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Veinte mil leguas de viaje submarino/Primera parte: Capítulo VII
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2026-06-04T16:54:33Z
Ignacio Rodríguez
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{{Encabezado
|título=[[Veinte mil leguas de viaje submarino]]
|autor=[[Julio Verne]]
|anterior=[[Veinte mil leguas de viaje submarino/Primera parte: Capítulo VI|Primera parte - Capítulo VI - A todo vapor]]
|sección=Primera parte - Capítulo VII - Una ballena de especie desconocida
|próximo=[[Veinte mil leguas de viaje submarino/Primera parte: Capítulo VIII|Primera parte - Capítulo VIII - «Mobilis in mobile»]]}}
<div style='text-align:justify'>
<br><br>
[[fr:Vingt mille lieues sous les mers - Partie 1, Chapitre 7]]
<div class="prose">
La sorpresa causada por tan inesperada caída no me privó de la muy clara impresión de mis sensaciones.<br>
La caída me sumergió a una profundidad de unos veinte pies. Sin pretender igualarme a Byron y a Edgar Poe, que son maestros de natación, creo poder decir que soy buen nadador. Por ello la zambullida no me hizo perder la cabeza, y dos vigorosos taconazos me devolvieron a la superficie del mar. Mi primer cuidado fue buscar con los ojos la fragata. ¿Se habría dado cuenta la tripulación de mi desaparición? ¿Habría virado de bordo el Abraham Lincoln? ¿Habría botado el comandante Farragut una embarcación en mi búsqueda? ¿Podía esperar mi salvación?<br>
Profundas eran las tinieblas. Entreví una masa negra que desaparecía hacia el Este y cuyas luces de posición iban desapareciendo en la lejanía. Era la fragata. Me sentí perdido.<br>
-¡Socorro! ¡Socorro! -grité, mientras nadaba desesperadamente hacia el Abraham Lincoln, embarazado por mis ropas que, pegadas a mi cuerpo por el agua, paralizaban mis movimientos. Me iba abajo... Me ahogaba.<br>
-¡Socorro!<br>
Fue el último grito que exhalé. Mi boca se llenó de agua. Me debatía, succionado por el abismo.
De pronto me sentí asido por una mano vigorosa que me devolvió violentamente a la superficie, y oí, sí, oí estas palabras pronunciadas a mi oído:<br>
-Si el señor fuera tan amable de apoyarse en mi hombro, nadaría con más facilidad.<br>
Mi mano se asió del brazo de mi fiel Conseil.<br>
-¡Tú! ¡Eres tú!<br>
-Yo mismo -respondió-, a las órdenes del señor.<br>
-¿Te precipitó el choque al mar al mismo tiempo que a mí?<br>
-No. Pero como estoy al servicio del señor, seguí al señor.<br>
El buen muchacho encontraba eso natural.<br>
-¿Y la fragata?<br>
-¡La fragata! -respondió Conseil, volviéndose de espaldas-. Creo que el señor hará bien en no contar con ella.<br>
-¿Cómo dices?<br>
Digo que en el momento en que me arrojé al mar, oí que los timoneles gritaban: «¡Se han roto la hélice y el timón!».<br>
-¿Rotos?<br>
-Sí; destrozados por el diente del monstruo. Es la única avería, creo yo, que ha sufrido el Abraham Lincoln. Pero desgraciadamente para nosotros es una avería que le impide gobernarse.<br>
-Entonces estamos perdidos.<br>
-Posiblemente respondió Conseil, con la mayor tranquilidad . Pero aún tenemos unas cuantas horas por delante, y en unas horas pueden pasar muchas cosas.<br>
La imperturbable sangre fría de Conseil me dio ánimos. Nadé con más vigor, pero, incomodado por mis ropas que me oprimían como los cellos de un barril, tenía grandes dificultades para sostenerme a flote. Conseil se dio cuenta.<br>
-Permítame el señor hacerle una incisión.<br>
Y con una navaja desgarró mis ropas de arriba abajo en un rápido movimiento. Luego me liberó de mis ropas con gran habilidad, mientras yo nadaba por los dos. A mi vez procedí a prestar idéntico servicio a Conseil, y continuamos «navegando» uno junto al otro.<br>
Nuestra situación era terrible. Tal vez no se hubiera dado cuenta nadie de nuestra desaparición, y aunque no hubiera pasado inadvertida, la fragata, privada de gobierno, no podría venir en busca nuestra. únicamente podíamos contar con sus botes.<br>
Partiendo de esta hipótesis, Conseil razonó fríamente e hizo un plan consecuente. ¡Qué extraordinaria naturaleza la de este flemático muchacho, que se sentía allí como en su casa!
Dado que nuestra única posibilidad de salvación era la de ser recogidos por los botes del Abraham Lincoln, se decidió que debíamos organizarnos de suerte que pudiéramos esperarlos el mayor tiempo posible. Yo resolví entonces que dividiéramos nuestras fuerzas a fin de no agotarlas simultáneamente, y así convinimos que uno de nosotros se mantendría inmóvil, tendido de espaldas, con los brazos cruzados y las piernas extendidas, mientras el otro nadaría impulsándolo hacia adelante. Esta tarea de remolcador no debía prolongarse más de diez minutos, y relevándonos así podríamos nadar durante varias horas y mantenernos incluso hasta el alba.<br>
Débil posibilidad, pero ¡la esperanza está tan fuertemente enraizada en el corazón del hombre! Además, éramos dos. Y, por último, puedo afirmar, por improbable que esto parezca, que aunque tratara de destruir en mí toda ilusión, aunque me esforzara por desesperar, no podía conseguirlo.
La colisión de la fragata y del cetáceo se había producido hacia las once de la noche. Calculé, pues, que debíamos nadar durante unas ocho horas hasta la salida del sol. Operación rigurosamente practicable con nuestro sistema de relevos. El mar, bastante bonancible, nos fatigaba poco. A veces trataba yo de penetrar con la mirada las espesas tinieblas que tan sólo rompía la fosforescencia provocada por nuestros movimientos. Miraba esas ondas luminosas que se deshacían en mis manos y cuya capa espejeante formaba como una película de tonalidades lívidas. Se hubiera dicho que estábamos sumergidos en un baño de mercurio.<br>
Hacia la una de la mañana me sentía ya totalmente extenuado, con los miembros rígidos por el efecto de unos violentos calambres. Conseil tuvo que sostenerme, y a partir de ese momento nuestra conservación pesó exclusivamente sobre él. Pronto oí jadear al pobre muchacho. Su respiración se tornó corta y rápida, y eso me hizo comprender que no podría resistir ya mucho más tiempo.<br>
-¡Déjame! ¡Déjame! -le dije.<br>
-¡Abandonar al señor! ¡Nunca! Antes me ahogaré yo. Me ahogaré antes que él.<br>
La luna apareció en aquel momento, entre los bordes de una espesa nube que el viento impelía hacia el Este. La superficie del mar rieló bajo sus rayos. La bienhechora luz reanimó nuestras fuerzas. Pude levantar la cabeza y escrutar el horizonte. Vi la fragata, a unas cinco millas de nosotros, como una masa oscura, apenas reconocible. Pero no había ni un bote a la vista.<br>
Quise gritar. ¡Para qué, a tal distancia! Mis labios hinchados no dejaron pasar ningún sonido. Conseil pudo articular algunas palabras, y gritar repetidas veces:<br>
-¡Socorro! ¡Socorro!<br>
Suspendidos por un instante nuestros movimientos, escuchamos. Y quizá fuera uno de esos zumbidos que en el oído produce la sangre congestionada, pero me pareció que un grito había respondido al de Conseil.<br>
-¿Has oído? -murmuré.<br>
-¡Sí! ¡Sí!<br>
Y Conseil lanzó al espacio otra llamada desesperada.<br>
Ya no había error posible. ¡Una voz humana estaba respondiendo a la nuestra! ¿Era la voz de algún infortunado abandonado en medio del océano, la de otra víctima del choque sufrido por el navío? ¿O provenía esa voz de un bote de la fragata, llamándonos en la oscuridad?<br>
Conseil hizo un supremo esfuerzo y, apoyándose en mi hombro, mientras yo extraía fuerzas de una última convulsión, irguió medio cuerpo fuera del agua sobre la que cayó en seguida, agotado.<br>
-¿Has visto algo?<br>
-He visto... -murmuró-, he visto... pero no hablemos..., conservemos todas nuestras fuerzas...<br>
¿Qué podía haber visto? Entonces, no sé cómo ni por qué, me asaltó por vez primera el recuerdo del monstruo. Pero ¿y esa voz... ? En estos tiempos los Jonás no se refugian ya en el vientre de las ballenas.<br>
Conseil comenzó a remolcarme. De vez en cuando levantaba la cabeza, miraba ante sí y profería un grito de reconocimiento al que respondía la voz, cada vez más cercana. Yo apenas podía oírla, llegado ya al límite de mis fuerzas. Notaba cómo se me iban separando los dedos; mis manos no me obedecían ya y me negaban un punto de apoyo; la boca, abierta convulsivamente, se llenaba de agua; el frío me invadía hasta los huesos. Levanté la cabeza por última vez y me hundí... En ese instante, choqué con un cuerpo duro, y me agarré a él. Sentí cómo me retiraban y me sacaban a la superficie. Mis pulmones se descongestionaron, y me desvanecí...<br>
Pronto volví en mí, gracias a unas vigorosas fricciones que recorrieron mi cuerpo. Entreabrí los ojos.<br>
-¡Conseil! murmuré.<br>
-¿Llamaba el señor? -dijo Conseil.<br>
A la débil luz de la luna que descendía por el horizonte vi una figura que no era la de Conseil y que reconocí en seguida.<br>
-¡Ned! -exclamé.<br>
-En persona, señor, el mismo, que va corriendo tras de la prima ganada respondió el canadiense.<br>
-¿También le precipitó al mar el choque de la fragata?<br>
-Sí, señor profesor, pero más afortunado que usted, pude tomar pie casi inmediatamente sobre un islote flotante.<br>
-¿Un islote?<br>
-O, por decirlo con más propiedad, sobre su narval gigantesco.<br>
-Explíquese, Ned.<br>
Sólo que pronto pude comprender por qué mi arpón no le hirió y se melló en su piel.<br>
-¿Porqué, Ned, porqué?<br>
-Porque esta bestia, señor profesor, está hecha de acero.<br>
Debo aquí hacer acopio de mis impresiones, revivificar mis recuerdos y controlar mis propias aserciones.<br>
Las últimas palabras del canadiense habían dado un vuelco a mi cerebro. Rápidamente me icé hasta la cima del ser o del objeto semisumergido que nos servía de refugio y la golpeé con el pie. Era evidentemente un cuerpo duro, impenetrable, y no la sustancia blanda que forma la masa de los grandes mamíferos marinos. Pero ese cuerpo duro podía ser un caparazón óseo semejante al de los animales antediluvianos, que me permitiría clasificar al monstruo entre los reptiles anfibios, tales como las tortugas y los aligátores.<br>
Pues bien, no. El lomo negruzco que me soportaba era liso, bruñido, sin imbricaciones. Respondía a los golpes con una sonoridad metálica, y, por increíble que fuera, parecía estar hecho, qué digo, estaba hecho con planchas atornilladas.<br>
La duda ya no era posible. El animal, el monstruo, el fenómeno natural que había intrigado al mundo científico de todo el orbe y excitado y extraviado la imaginación de los marinos de ambos hemisferios era, había que reconocerlo, un fenómeno aún más asombroso, un fenómeno creado por la mano del hombre.<br>
El descubrimiento de la existencia del ser más fabuloso, del ser más mitológico, no habría podido sorprender tanto y en tan alto grado a mi razón como el que acababa de hacer. Que lo prodigioso provenga del Creador, parece sencillo. Pero hallar de repente bajo los ojos lo imposible, misteriosa y humanamente realizado, es algo que hace naufragar a la razón.<br>
Y no había vacilación posible. Nos hallábamos, efectivamente, tendidos sobre la superficie de una especie de barco submarino cuya forma, hasta donde podía juzgar por lo que de ella veía, era la de un enorme pez de acero. Ned Land tenía ya formada su opinión al respecto, y Conseil y yo hubimos de compartirla con él.<br>
-Pero, puesto que es así -dije-, este aparato contiene un mecanismo de locomoción y una tripulación para maniobrarlo.<br>
-Evidentemente -respondió el arponero-, y sin embargo hace ya tres horas que habito esta isla flotante sin que su tripulación haya dado todavía señales de vida.<br>
-¿Ha permanecido inmóvil durante todo este tiempo?<br>
-Así es, señor Aronnax. Se deja mecer por las olas, sin ningún otro movimiento.<br>
-Sin embargo, nosotros sabemos, sin la menor duda, que está dotado de una gran velocidad. Ahora bien, para producir esa velocidad hace falta una máquina y para hacer funcionar ésta un maquinista. De todo ello infiero que... ¡estamos salvados!<br>
-¡Hum! -exclamó Ned Land, en tono de duda.<br>
En aquel mismo momento, y como corroboración de mi argumento, se oyó un ruido procedente de la extremidad posterior del extraño aparato, cuyo propulsor era evidentemente una hélice, y se puso en movimiento. Apenas si tuvimos tiempo para aferrarnos a su parte superior que emergía de las aguas en unos ochenta centímetros. Afortunadamente, su velocidad no era excesiva.<br>
-Mientras navegue horizontalmente murmuró Ned Land nada tengo que objetar, pero como le dé por sumergirse, no doy dos dólares por mi pellejo.<br>
Y aún hubiera podido dar menos. Se hacía, pues, urgente comunicar con los seres encerrados en el interior de la máquina. Busqué en la superficie de la misma una abertura, una escotilla, un «agujero de hombre», por emplear la expresión técnica. Pero las líneas de tornillos, sólidamente fijados en las junturas de las planchas, eran continuas y uniformes.<br>
La luna desapareció en ese momento y nos sumió en una profunda oscuridad. Necesario era esperar la llegada del día para considerar los medios de penetración en el interior del barco submarino.<br>
Así, pues, nuestra salvación dependía únicamente del capricho de los misteriosos tripulantes que dirigían el aparato. Si decidían sumergirse, estaríamos perdidos. Exceptuado este caso, no dudaba yo de la posibilidad de entrar en relación con ellos. Pues, en efecto, de no producir por sí mismos el aire, necesario era que ascendiesen de vez en cuando a la superficie del océano para renovar su provisión de moléculas respirables. De ahí la necesidad de que existiera una abertura que pusiera en comunicación el interior del barco con la atmósfera.<br>
Había que descartar ya completamente toda esperanza de ser salvados por el comandante Farragut, pues íbamos hacia el Oeste y a una velocidad que, aunque relativamente moderada, yo estimaba no inferior a unas doce millas por hora. La hélice batía el agua con una regularidad matemática, y a veces emergía lanzando una espuma fosforescente a gran altura.<br>
Hacia las cuatro de la mañana aumentó la velocidad. Nos era muy difícil resistir a tan vertiginosa marcha, sobre todo cuando las olas nos azotaban de plano. Afortunadamente, Ned halló una argolla fijada a la superficie del aparato, a la que pudimos asirnos con seguridad.<br>
Al fin acabó la espantosa noche, de la que mi memoria no ha podido conservar todas sus impresiones. Tan sólo un detalle quedó impreso en ella. Durante algunos momentos de calma del mar y del viento creí oír en varias ocasiones unos vagos sonidos, una especie de armonía fugaz producida por lejanos acordes. ¿Cuál era, pues, el misterio de esa navegación submarina cuya explicación buscaba en vano el mundo entero? ¿Qué seres vivían en ese extraño barco? ¿Qué agente mecánico le permitía desplazarse con tan prodigiosa velocidad?<br>
Se hizo de día. Las brumas matinales nos envolvían, pero no tardaron en desgarrarse. Me disponía a examinar atentamente la superficie del aparato, que en su parte superior presentaba una especie de plataforma horizontal, cuando me di cuenta de que el barco iniciaba un movimiento de inmersión.<br>
-¡Eh! ¡Por todos los diablos! -gritó Ned Land, al tiempo que golpeaba con el pie la plancha sonora-. ¡Ábrannos, navegantes inhospitalarios!<br>
Pero era difícil hacerse oír en medio del ensordecedor zumbido de la hélice.<br>
Afortunadamente, cesó el movimiento de inmersión.<br>
De repente, se produjo en el interior del barco un ruido de herrajes, que precedió a la apertura de una plancha por la que apareció un hombre que profirió un extraño grito antes de desaparecer en seguida.<br>
Algunos instantes después, ocho hombres muy fornidos, con el rostro velado, aparecieron por la abertura y, silenciosamente, nos introdujeron en su formidable máquina.<br>
</div>
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El alcalde de Zalamea/Personas que hablan en ella
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Ignacio Rodríguez
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El REY, don Felipe II
Don LOPE de Figueroa
Don ÁLVARO de Atayde, capitán
Un SARGENTO
SOLDADOS
REBOLLEDO, soldado
La CHISPA, soldadera
Pedro CRESPO, labrador
JUAN, hijo de Pedro Crespo
ISABEL, hija de Pedro Crespo
INÉS, prima de Isabel
Don MENDO, hidalgo gracioso
NUÑO, criado de don Mendo
Un ESCRIBANO
VILLANOS
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<br><br>
<div class="verse">
<pre>
Salen REBOLLEDO, la CHISPA, y algunos SOLDADOS
REBOLLEDO: ¿Cuerpo de Cristo con quien
de esta suerte hace marchar
de un lugar a otro lugar
sin dar un refresco!
TODOS: ¡Amén!
REBOLLEDO: ¿Somo gitanos aquí,
para andar de esta manera?
¿Una arrollada bandera
nos ha de llevar tras sí
con una caja...
SOLDADO 1: ¿Ya empiezas?
REBOLLEDO: ...que este rato que calló
nos hizo merced de no
rompernos estas cabezas?
SOLDADO 2: No muestres de eso pesar,
si ha de olvidarse, imagino,
el cansancio del camino
a la entrada del lugar.
REBOLLEDO: ¿A qué entrada, si voy muerto?
Y aunque llegue vivo allá
sabe mi Dios si será
para alojar; pues es cierto
llegar luego al comisario
los alcaldes a decir,
que si es que se pueden ir,
que darán lo necesario.
Responderle lo primero
que es imposible, que viene
la gente muerta; y, si tiene
el concejo algún dinero,
decir, "Señores, soldados,
orden hay que no paremos;
luego al instante marchemos."
Y nosotros, muy menguados,
a obedecer al instante
orden, que es, en caso tal,
para él orden monacal,
y para mi mendicante.
Pues, ¡voto a Dios!, que si llego
esta tarde a Zalamea,
y pasar de allí desea
por diligencia o por ruego,
que ha de ser sin mí la ida;
pues no, con desembarazo
será el primero tornillazo
que habré yo dado en mi vida.
SOLDADO 1: Tampoco será el primero,
que haya la vida costado
a un miserable soldado;
y más hoy, si considero,
que es el cabo de esta gente
don Lope de Figueroa,
que, si tiene tanta loa
de animoso y de valiente
la tiene también de ser
el hombre más desalmado,
jurador y renegado
del mundo, y que sabe hacer
justicia del más amigo,
sin fulminar el proceso.
REBOLLEDO: ¿Ven ustedes todo eso?
Pues yo haré lo que yo digo.
SOLDADO 2: ¿De eso un soldado blasona?
REBOLLEDO: Po mí muy poco me inquieta;
sino por esa pobreta
que viene tras la persona.
CHISPA: Seor Rebolledo, por mí
vuecé no se aflija, no;
que bien se sabe que yo
barbada el alma nací;
y ese temor me deshonra,
pues no vengo yo a servir
menos, que para sufrir
trabajos con mucha honra;
que para estarme, en rigor,
regalada, no dejara
en mi vida, cosa es clara,
la casa del regidor,
donde todo sobra, pues
al mes mil regalos vienen;
que hay regidores, que tienen
menos regla con el mes;
y pues a venir aquí
a marchar y perecer
con Rebolledo, sin ser
postema, me resolví,
por mí ¿en qué duda o repara?
REBOLLEDO: ¡Viven los cielos, que eres
corona de las mujeres!
SOLDADO 2: Aquesa es verdad bien clara.
¡Viva la Chispa!
REBOLLEDO: ¡Reviva!
Y más, si, por divertir
esta fatiga de ir
cuesta abajo y cuesta arriba,
con su voz al aire inquieta
una jácara o canción.
CHISPA: Responda a esa petición
citada la castañeta.
REBOLLEDO: Y yo ayudaré también.
Sentencien los camaradas
todas las partes citadas.
SOLDADO 1: ¡Vive Dios, que han dicho bien!
Cantan REBOLLEDO y la CHISPA
CHISPA: "Yo soy tiritiritaina,
flor de la jacarandana.
REBOLLEDO: "Yo soy tiritiritina,
flor de la jacarandina.
CHISPA: "Vaya a la guerra el alférez,
y embárquese el capitán.
REBOLLEDO: "Mate moros quien quisiere;
que a mí no me han hecho mal.
CHISPA: "Vaya y venga la tabla al horno,
y a mí no me falte pan.
REBOLLEDO: "Huéspeda, máteme una gallina,
que el carnero me hace mal."
SOLDADO 1: Aguarda; que ya me pesa
-que íbamos entretenidos
en nuestros mismos oídos-,
caballeros, de ver esa
torre, pues es necesario
que donde paremos sea.
REBOLLEDO: ¿Es aquélla Zalamea?
CHISPA: Dígalo su campanario.
No sienta tanto vusté,
que cese el cantico ya;
mil ocasiones habrá
en lograrle; porque
esto me divierte tanto,
que como de otras no ignoran,
que a cada cosa lloran,
yo a casa cosica canto,
y oirá ucé jácaras ciento.
REBOLLEDO: Hagamos aquí alto, pues
justo, hasta que venga, es
con la orden el sargento,
por si hemos de entrar marchando
o en tropas.
SOLDADO 2: Él solo es quien
llega ahora. Mas también
el capitán esperando
está.
Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
ÁLVARO: Señores soldados,
albricias puedo pedir;
de aquí no hemos de salir,
y hemos de estar alojados
hasta que don Lope venga
con la gente, que quedó
en Llerena; que hoy llegó
orden de que se prevenga
toda, y no salga de aquí
a Guadalupe, hasta que
junto todo el tercio esté,
y él vendrá luego; y así
del cansancio bien podrán
descansar algunos días.
REBOLLEDO: Albricias pedir podías.
TODOS: ¡Vítor nuestro capitán!
ÁLVARO: Ya está hecho el alojamiento.
El comisario irá dando
boletas, como llegando
fueren.
CHISPA: Hoy saber intento,
por qué dijo, voto a tal,
aquella jacarandina;
"Huéspeda, máteme una gallina;
que el carnero me hace mal."
Vanse todos, y quedan el CAPITÁN y el SARGENTO
ÁLVARO: Señor sargento, ¿ha guardado
las boletas para mí
que me tocan?
SARGENTO: Señor, sí.
ÁLVARO: ¿Y dónde estoy alojado?
SARGENTO: En la casa de un villano,
que el hombre más rico es
del lugar, de quien después
he oído, que es el más vano
hombre del mundo, y que tiene
más pompa y más presunción,
que un infante de León.
ÁLVARO: Bien a un villano conviene
rico aquesa vanidad.
SARGENTO: Dicen, que esta es la mejor
casa del lugar, señor;
y si va a decir verdad,
yo la escogí para ti,
no tanto porque lo sea,
como porque en Zalamea
no hay tan bella mujer...
ÁLVARO: Di.
SARGENTO: ...como una hija suya.
ÁLVARO: Pues,
¿por muy hermosa y muy vana
será más que una villana
con malas manos y pies?
SARGENTO: ¡Que haya en el mundo quien diga
eso!
ÁLVARO: ¿Pues no, mentecato?
SARGENTO: ¿Hay más bien gastado rato
-a quien amor no le obliga,
sino ociosidad no más-
que el de una villana, y ver,
que no acierta a responder
a propósito jamás?
ÁLVARO: Cosa es que en toda mi vida,
ni aun de paso, me agradó;
porque en no mirando yo
aseada y bien prendida
una mujer, me parece
que no es mujer para mí.
SARGENTO: Pues para mí, señor, sí,
cualquiera que se me ofrece.
Vamos allá; que por Dios,
que me pienso entretener
con ella.
ÁLVARO: Quieres saber
¿cuál dice bien de los dos?
El que una belleza adora,
dijo, viendo a la que amó,
"Aquella es mi dama," y no,
"Aquella es mi labradora."
Luego si dama se llama
la que se ama, claro es ya,
que en una villana está
vendido el nombre de dama.
Mas, ¿qué ruido es ese?
SARGENTO: Un hombre,
que de un flaco rocinante
a la vuelta de esa esquina
se apeó, y en rostro y talle
parece aquel Don Quijote
de quien Miguel de Cervantes
escribió las aventuras.
ÁLVARO: ¡Qué figura tan notable!
SARGENTO: Vamos, señor; que ya es hora.
ÁLVARO: Lléveme el sargento antes
a la posada la ropa,
y vuelva luego a avisarme.
Vanse. Salen don MENDO, hidalgo de figura, y NUÑO, su criado
MENDO: ¿Cómo va el rucio?
NUÑO: Rodado,
pues no puede menearse.
MENDO: ¿Dijiste al lacayo, di,
que un rato le pasease?
NUÑO: ¡Qué lindo pienso!
MENDO: No hay cosa
que tanto a un bruto descanse.
NUÑO: Aténgome a la cebada.
MENDO: ¿Y que a los galgos no aten,
dijiste?
NUÑO: Ellos se holgarán
mas no el carnicero.
MENDO: Baste;
y pues que han dado las tres,
cálzome palillo y guantes.
NUÑO: ¿Si te prenden el palillo
por palillo falso?
MENDO: Si alguien,
que no he comido un faisán,
dentro de sí imaginare,
que allá dentro de sí miente,
aquí y en cualquiera parte
lo sustentaré.
NUÑO: ¿Mejor
no sería sustentarme
a mí que al otro, que en fin
te sirvo?
MENDO: ¡Que necedades!
En efecto, ¿que han entrado
soldados aquesta tarde
en el pueblo?
NUÑO: Sí, señor.
MENDO: Lástima da el villanaje
con los huéspedes que espera.
NUÑO: Más lástima da y más grande
con los que no espera...
MENDO: ¿Quién?
NUÑO: La hidalguez, y no te espante;
que, si no alojan, señor,
en casa de hidalgos a nadie,
¿por qué piensas que es?
MENDO: ¿Por qué?
NUÑO: Porque no se mueran de hambre.
MENDO: En buen descanso esté el alma
de mi buen señor y padre,
pues en fin me dejó una
ejecutoria tan grande,
pintada de oro y azul,
exención de mi linaje.
NUÑO: Tomáramos que dejara
un poco del oro aparte.
MENDO: Aunque, si reparo en ello,
y si va a decir verdades,
no tengo que agradecerle
de que hidalgo me engendrase;
porque yo no me dejara
engendrar, aunque él porfiase,
sino fuera de una hidalgo,
en el vientre de mi madre.
NUÑO: Fuera de saber difícil.
MENDO: No fuera, sino muy fácil.
NUÑO: ¿Cómo, señor?
MENDO: Tú en efecto
filosofía no sabes,
y así ignoras los principios.
NUÑO: Sí, mi señor, y aun los antes
y postres, desde que como
contigo; y es, que al instante
mesa divina es tu mesa,
sin medios, postres ni antes.
MENDO: Yo no digo esos principios.
Has de saber que el que nace
sustancia es del alimento,
que antes comieron sus padres...
NUÑO: ¿Luego tus padres comieron?
Esa maña no heredaste.
MENDO: ...esto después se convierte
en su propia carne y sangre;
luego si hubiera comido
el mío cebolla, al instante
me hubiera dado el olor,
y hubiera dicho yo, "Tate,
que no me está bien hacerme
de excremento semejante."
NUÑO: Ahora digo que es verdad.
MENDO: ¿Qué?
NUÑO: Que adelgaza la hambre
los ingenios.
MENDO: Majadero,
¿téngola yo?
NUÑO: No te enfades;
que, sino la tienes, puedes
tenerla; pues de la tarde
son ya las tres, y no hay greda,
que mejor las manchas saque,
que tu saliva y la mía.
MENDO: Pues, ¿esa es causa bastante
para tener hambre yo?
Tengan hambre los gañanes;
que no somos todos unos;
que a un hidalgo no le hace
falta el comer...
NUÑO: ¡Oh quién fuera
hidalgo!
MENDO: Y más no me hables
de esto, pues ya de Isabel
vamos entrando en la calle.
NUÑO: ¿Por qué, si de Isabel eres
tan firme y rendido amante,
a su padre no la pides?
Pues con esto tú y su padre
remediaréis de una vez
entrambas necesidades;
tú comerás, y él hará
hidalgos sus nietos.
MENDO: No hables
más Nuño, calla. ¿Dineros
tanto habían de postrarme,
que a un hombre llano por fuerza
había de admitir?
NUÑO: Pues antes
pensé, que ser hombre llano
para suegro era importante;
pues de otros dicen, que son
tropezones, en que caen
los yernos; y si no has
de casarte, ¿por qué haces
tantos extremos de amor?
MENDO: ¿Pues no hay, sin que yo me case,
Huelgas en Burgos, adonde
llevarla, cuando me enfade?
Mira, si acaso la ves.
NUÑO: Temo si acierta a mirarme
Pero Crespo.
MENDO: ¿Qué ha de hacer,
siendo mi crïado, nadie?
Haz lo que manda tu amo.
NUÑO: Sí, haré. Aunque no he de sentarme
con él a la mesa.
MENDO: Es propio
de los que sirven, refranes.
NUÑO: Albricias que, con su prima
Inés, a la reja sale.
MENDO: Di que por el bello oriente,
coronado de diamantes,
hoy, repitiéndose el sol,
amanece por la tarde.
Salen a la ventana ISABEL e INÉS, labradoras
INÉS: Asómate a esa ventana,
prima, así el cielo te guarde,
verás los soldados, que entran
en el lugar.
ISABEL: No me mandes,
que a la ventana me ponga,
estando ese hombre en la calle,
Inés, pues ya, en cuánto el verle
en ella me ofende, sabes.
INÉS: En notable tema ha dado
de servirte y festejarte.
ISABEL: No soy más dichosa yo.
INÉS: A mi parecer, mal haces
de hacer sentimiento de esto.
ISABEL: Pues, ¿qué había de hacer?
INÉS: Donaire.
ISABEL: ¿Donaire de los disgustos?
MENDO habla a ISABEL
MENDO: Hasta aqueste mismo instante
jurara yo a fe de hidalgo,
-que es juramento inviolable-
que no había amanecido;
mas, ¿qué mucho que lo extrañe,
hasta que a vuestras auroras
segundo día les sale?
ISABEL: Ya os he dicho muchas veces,
señor don Mendo, cuán en balde
gastáis finezas de amor,
locos extremos de amante
haciendo todos los días
en mi casa y en mi calle.
MENDO: Si las mujeres hermosas
supieran, cuanto las hace
más hermosas el enojo,
el rigor, desdén y ultraje,
en su vida gastarían
más afeite, que enojarse.
Hermosa estáis, por mi vida;
decid, decid más pesares.
ISABEL: Cuando no baste el decirlos,
don Mendo, el hacerlos baste,
de aquesta manera: Inés,
éntrate allá dentro, y dale
con la ventana en los ojos.
Vase ISABEL
INÉS: Señor caballero andante,
que de aventurero entráis
siempre en lides semejantes,
porque de mantenedor,
no era para vos tan fácil,
Amor os provea.
Vase INÉS
MENDO: Inés,
las hermosuras se salen
con cuanto ellas quieren. ¡Nuño!
NUÑO: ¡Oh qué desairados nacen
todos los pobres!
Sale Pedro CRESPO, labrador
CRESPO: (¡Que nunca Aparte
entre y salga yo en mi calle,
que no vea a este hidalgote
pasearse en ella muy grave!)
NUÑO: Pedro Crespo viene aquí.
MENDO: Vamos por esta otra parte,
que es villano malicioso.
Sale JUAN, su hijo
JUAN: (¡Que siempre que venga halle Aparte
esta fantasma a mi puerta,
calzado de frente y guantes!)
NUÑO: Pero acá viene su hijo.
MENDO: No te turbes ni embaraces.
CRESPO: Mas Juanico viene aquí.
JUAN: Pero aquí viene mi padre.
MENDO: Disimula. Pedro Crespo,
Dios os guarde.
CRESPO: Dios os guarde.
Vanse don MENDO y NUÑO
(Él ha dado en porfiar Aparte
y alguna vez he de darle
de manera que le duela.)
JUAN: (Algún día he de enojarme.) Aparte
¿De adónde bueno, señor?
CRESPO: De las eras; que esta tarde
salí a mirar la labranza,
y están las parvas notables
de manojos y montones,
que parecen al mirarse
desde lejos montes de oro,
y aun oro de más quilates
pues de los granos de aqueste,
es todo el cielo el contraste.
Allí el bieldo, hiriendo a soplos
el viento en ellos süave,
deja en esta parte el grano
y la paja en la otra parte;
que aun allí lo más humilde
da el lugar a lo más grave.
¿Oh, quiera Dios, que en las trojes
yo llegue a encerrarlo, antes
que algún turbión me lo lleve
o algún viento me la tale!
Tú, ¿qué has hecho?
JUAN: No sé cómo
decirlo, sin enojarte.
A la pelota he jugado
dos partidos esta tarde,
y entrambos los he perdido.
CRESPO: Naces bien, si los pagaste.
JUAN: No los pagué; que no tuve
dineros para ellos; antes
vengo a pedirte, señor...
CRESPO: Pues escucha antes de hablarme;
dos cosas no has de hacer nunca,
no ofrecer los que no sabes
que has de cumplir, ni jugar
más de lo que está delante,
porque, si por accidente
falta, tu opinión no falte.
JUAN: El consejo es como tuyo,
y por tal debo estimarle;
y he de pagarte con otro:
en tu vida no has de darle
consejo al que ha menester
dinero.
CRESPO: ¡Bien te vengaste!
Sale el SARGENTO
SARGENTO: ¿Vive Pedro Crespo aquí?
CRESPO: ¿Hay algo que usté le mande?
SARGENTO: Traer a casa la ropa
de don Álvaro de Atayde,
que es el capitán de aquesta
compañía, que esta tarde
se ha alojado en Zalamea.
CRESPO: No digáis más, esto baste;
que para servir al Rey,
y al Rey en sus capitanes,
están mi casa y mi hacienda.
Y en tanto, que se le hace
el aposento, dejad
la ropa en aquella parte,
e id a decirle que venga,
cuando su merced mandare,
a que se sirva de todo.
SARGENTO: Él vendrá luego al instante.
Vase [el SARGENTO]
JUAN: ¡Que quieras, siento tú rico,
vivir a estos hospedajes
sujeto!
CRESPO: Pues, ¿cómo puedo
excusarlos ni excusarme?
JUAN: Comprando una ejecutoria.
CRESPO: Dime por tu vida, ¿hay alguien
que no sepa que yo soy,
si bien de limpio linaje,
hombre llano? No, por cierto.
Pues, ¿qué gano yo en comprarle
una ejecutoria al Rey
si no le compro la sangre?
¿Dirán entonces que soy
mejor que ahora? No, es dislate.
Pues, ¿qué dirán? Que soy noble
por cinco o seis mil reales;
y esto es dinero y no es honra;
que honra no la compra nadie.
¿Quieres, aunque sea trivial
un ejemplillo escucharme?
"Es calvo un hombre mil años,
y al cabo de ellos se hace
una cabellera. Éste,
en opiniones vulgares,
¿deja de ser calvo? No.
Pues, ¿qué dicen al mirarle?
Bien puesta la caballera
trae fulano." Pues, ¿qué hace,
si, aunque no le vean la calva,
todos que la tiene saben?
JUAN: Enmendar su vejación,
remediarse de su parte,
y redimir vejaciones
del sol, del hielo y del aire.
CRESPO: Yo no quiero honor postizo
que el defecto ha de dejar
en casa. Villanos fueron
mis abuelos y mis padres;
sean villanos mis hijos.
Llama a tu hermana.
JUAN: Ella sale.
Salen ISABEL e INÉS
CRESPO: Hija, el Rey, nuestro señor,
que el cielo mil años guarde,
va a Lisboa, porque en ella
solicita coronarse
como legítimo dueño;
a cuyo efecto, marciales
tropas caminan con tantos
aparatos militares
hasta bajar a Castilla
el tercio viejo de Flandes
con un don Lope, que dicen
todos que es español Marte.
Hoy han de venir a casa
soldados, y es importante,
que no te vean. Así, hija,
al punto has de retirarte
en esos desvanes, donde
yo vivía.
ISABEL: A suplicarte
me dieses esta licencia
venía yo. Sé que el estarme
aquí es estar solamente
a escuchar mil necedades.
En ese cuarto mi prima
y yo estaremos, sin que nadie
ni aun el sol mismo, no sepa
de nosotras.
CRESPO: Dios os guarde.
Juanico, quédate aquí.
Recibe a huéspedes tales,
mientras busco en el lugar
algo con qué regalarles.
Vase Pedro CRESPO
ISABEL: Vamos, Inés.
INÉS: Vamos, prima.
(Mas tengo por disparate Aparte
el guardar una mujer
si ella no quiere guardarse.)
Vanse ISABEL e INÉS. Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
SARGENTO: Ésta es, señor, la casa.
ÁLVARO: Pues del cuerpo de guardia al punto pasa
toda mi ropa.
SARGENTO: Quiero
registrar la villana lo primero.
Vase [el SARGENTO]
JUAN: Vos seáis bien venido
a aquesta casa; que ventura ha sido
grande venir a ella un caballero
tan noble como en vos le considero.
(¡Qué galán y alentado!
Aparte
Envidia tengo al traje de soldado.)
ÁLVARO: Vos seáis bien hallado.
JUAN: Perdonaréis, no estar acomodado;
que mi padre quisiera
que hoy un alcázar esta casa fuera.
Él ha ido a buscaros
que comáis, que desea regalaros,
y yo voy a que esté vuestro aposento
aderezado.
ÁLVARO: Agradecer intento
la merced y el cuidado.
JUAN: Estaré siempre a vuestros pies postrado.
Vase JUAN y sale el SARGENTO
ÁLVARO: ¿Qué hay, sargento? ¿Has ya visto
a la tal labradora?
SARGENTO: ¡Vive Cristo!
Que con aquese intento
no he dejado cocina ni aposento
y que no la he topado.
ÁLVARO: Sin duda el villanchón la ha retirado.
SARGENTO: Pregunté a una criada
por ella, y respondióme que ocupada
su padre la tenía
en ese cuarto alto, y que no había
de bajar nunca acá, que es muy celoso.
ÁLVARO: ¿Qué villano no ha sido malicioso?
De mí digo, que, si hoy aquí la viera,
caso de ella no hiciera;
y sólo porque el viejo la ha guardado,
deseo, vive Dios, de entrar me ha dado
donde está.
SARGENTO: Pues, ¿qué haremos,
para que allá, señor, con causa entremos,
sin dar sospecha alguna?
ÁLVARO: Solo por tema la he de ver, y una
industria he de buscar.
SARGENTO: Aunque no sea
de mucho ingenio para quien la vea
hoy, no importará nada;
que con eso será más celebrada.
ÁLVARO: Óyela pues ahora.
SARGENTO: Di, ¿qué ha sido?
ÁLVARO: Tú has de fingir... Mas no, pues que ha venido
ese soldado, que es más despejado,
él fingirá mejor lo que he trazado.
Salen REBOLLEDO y la CHISPA
REBOLLEDO: Con este intento vengo
a hablar al capitán, por ver si tengo
dicha en algo.
CHISPA: Pues háblale de modo
que le obliges; que en fin no ha de ser todo
desatino y locura.
REBOLLEDO: Préstame un poco tú de tu cordura.
CHISPA: Poco y mucho pudiera.
REBOLLEDO: Mientras hablo con él, aquí me espera.
Habla REBOLLEDO a don ÁLVARO
Yo vengo a suplicarte...
ÁLVARO: En cuanto puedo
ayudaré, por Dios, a Rebolledo,
porque me ha aficionado
su despejo y su brío.
SARGENTO: Es gran soldado.
ÁLVARO: Pues, ¿qué hay que se le ofrezca?
REBOLLEDO: Yo he perdido
cuanto dinero tengo y he tenido
y he de tener, porque de pobre juro,
en presente, en pretérito y futuro.
Hágaseme merced de que por vía
de ayudilla de costa aqueste día
el alférez me dé...
ÁLVARO: Diga, ¿qué intenta?
REBOLLEDO: El juego del boliche por mi cuenta;
que soy hombre cargado
de obligaciones y honbre al fin honrado.
ÁLVARO: Digo que eso es muy justo,
y el alférez sabrá que este es mi gusto.
La CHISPA habla aparte
CHISPA: (Bien le habla el capitán. ¡Oh si me viera
llamar de todos ya la bolichera!)
REBOLLEDO: Daréle ese recado.
ÁLVARO: Oye. Primero
que le lleves, de ti fïarme quiero
para cierta invención que he imaginado,
con que salir intento de un cuidado.
REBOLLEDO: Pues, ¿qué es lo que se aguarda?
Lo que tarda en saberse, es lo que tarda
en hacerse.
ÁLVARO: Escúchame. Yo intento
subir a ese aposento
por ver sien él una persona habita,
que de mí hoy esconderse solicita.
REBOLLEDO: Pues, ¿por qué no le subes?
ÁLVARO: No quisiera,
sin que alguna color para esto hubiera,
por disculparlo más; y así, fingiendo
que yo riño contigo, has de irte huyendo
por ahí arriba. Yo entonces enojado
la espada sacaré. Tú muy turbado
has de entrarte hasta donde
esta persona que busque se esconde.
REBOLLEDO: Bien informado quedo.
CHISPA: (Pues habla el capitán con Rebolledo
hoy de aquella manera,
desde hoy me llamarán la bolichera.)
Habla REBOLLEDO en alta voz
REBOLLEDO: ¡Voto a Dios que han tenido
esta ayuda de costa, que he pedido,
un ladrón, un gallina y un cuitado,
y ahora que la pide un hombre honrado,
¿se la dan?
CHISPA: (¡Ya empieza su tronera!)
ALVARO: Pues, ¿cómo me habla a mí de esa manera?
REBOLLEDO: ¿No tengo de enojarme
cuando tengo razón?
ÁLVARO: No, ni ha de hablarme;
y agradezca que sufro aqueste exceso.
REBOLLEDO: Ucé es mi capitán, sólo por eso
callaré. Mas, ¡por Dios!, que si yo hubiera
la bengala en mi mano...
ÁLVARO: ¿Qué me hiciera?
CHISPA: ¡Tente, señor! (Su muerte considero.)
REBOLLEDO: ...que me hablara mejor.
ÁLVARO: ¿Qué es lo que espero,
que no doy muerte a un pícaro atrevido?
REBOLLEDO: Huyo, por el respeto que he tenido
a esa insignia.
ÁLVARO: Aunque huyas,
te he de matar.
CHISPA: (Ya él hizo de las suyas.)
SARGENTO: ¡Tente, señor!
CHISPA: ¡Escucha!
SARGENTO: ¡Aguarda, espera!
CHISPA: (Ya no me llamarán la bolichera.)
Éntrale acuchillando y salen JUAN con espada y Pedro CRESPO
JUAN: ¡Acudid todos presto!
CRESPO: ¿Qué ha sucedido aquí?
JUAN: ¿Qué ha sido aquesto?
CHISPA: Que la espada ha sacado
el capitán aquí para un soldado,
y esa escalera arriba
sube tras él.
CRESPO: ¿Hay suerte más esquiva?
CHISPA: Subid todos tras él.
JUAN: Acción fue vana
esconder a mi prima y a mi hermana.
Éntranse y salen REBOLLEDO huyendo, e ISABEL e INÉS
REBOLLEDO: Señoras, si siempre ha sido
sagrado el que es templo, hoy
sea mi sagrado aqueste,
pues es templo del Amor.
ISABEL: ¿Quién a vos de esa manera
os obliga?
INÉS: ¿Qué ocasión
tenéis de entrar hasta aquí?
ISABEL: ¿Quién os sigue o busca?
Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
ÁLVARO: Yo;
que tengo de dar la muerte
al pícaro, ¡vive Dios!
Si pensase....
ISABEL: Deteneos,
siquiera porque, señor,
vino a valerse de mí;
que los hombres, como vos,
han de amaparar las mujeres,
si no por lo que ellas son,
porque son mujeres; que esto
basta, sindo vos quien sois.
ÁLVARO: No pudiera otro sagrado
librarle de mi furor,
sino vuestra gran belleza;
por ella vida le doy.
Pero mirad, que no es bbien
en tan precisa ocasión
hacer vos el homicidio,
que no queréis que haga yo.
ISABEL: Caballero, si cortés
ponéis en obligación
nuestras vidas, no zozobre
tan presto la intercesión.
Que dejéis este soldado
os suplico; pero no
que cobréis de mí la deuda
a que agradecida estoy.
ÁLVARO: No sólo vuestra hermosura
es derara perfección,
pero vuestro entendimiento
lo es también; porque hoy en vos
alianza están jurando
hermosura y discreción.
Salen Pedro CRESPO y JUAN, las espadas desnudas
CRESPO: ¿Cómo es eso, caballero?
¿Cuando pensó mi temor
hallaros matando a un hombre,
os hallo...
ISABEL: (¡Válgame Dios!) Aparte
CRESPO: ...requebrando a una mujer?
Muy noble sin duda sois,
pues que tan presto se os pasan
los enojos.
ÁLVARO: Quien nació
con obligaciones debe
acudir a ellas; y yo
al respeto de esta dama
suspendí todo el furor.
CRESPO: Isabel es hija mía,
y es labradora, señor,
que no dama.
JUAN: (¡Vive el cielo Aparte
que todo ha sido invención,
para haber entrado aquí!
Corrido en el alma estoy
de que piensen, que me engañan,
y no ha de ser.) Bien, señor
capitán, pudierais ver
con más segura atención
lo que mi padre desea
hoy serviros, para no
haberle hecho este disgusto.
CRESPO: ¿Quién os mete en eso a vos,
rapaz? ¿Que disgusto ha habido?
Si el soldado le enojó,
¿no había de ir tras él?
Mi hija os estima el favor
del haberle perdonado,
y el de su respeto yo.
ÁLVARO: Claro está, que no habrá sido
otra causa, y ved mejor
lo que decís.
JUAN: Yo lo veo
muy bien.
CRESPO: Pues, ¿cómo habláis vos
así?
ÁLVARO: Porque estáis delante,
más castigo no le doy
a este rapaz.
CRESPO: Detened,
señor capitán; que yo
puedo tratar a mi hijo
como quisiere, y vos no.
JUAN: Y yo sufrirlo a mi padre,
mas a otra persona no.
ÁLVARO: ¿Qué habíais de hacer?
JUAN: Perder
la vida por la opinión.
ÁLVARO: ¿Qué opinión tiene un villano?
JUAN: Aquella misma que vos;
que no hubiera un capitán
sino hubiera un labrador.
ÁLVARO: ¡Vive Dios, que ya es bajeza
sufrirlo!
CRESPO: Ved que yo estoy
de por medio.
Sacan las espadas
REBOLLEDO: ¡Vive Cristo,
Chispa, que ha de haber hurgón!
CHISPA: ¡Aquí del cuerpo de guardia!
REBOLLEDO: ¡Don Lope, ojo avisor!
Sale don LOPE con hábito, muy galán, y bengala
LOPE: ¿Qué es aquesto? ¿La primera
cosa que he de encontrar hoy,
acabado de llegar,
ha de ser una cuestión?
ÁLVARO: (¡A qué mal tiempo don Lope
Aparte
de Figueroa llegó!)
CRESPO: (¡Por Dios, que se las tenía Aparte
con todos el rapagón!)
LOPE: ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido?
Hablad, porque, ¡votos a Dios!,
que a hombres, mujeres y casa
eche por un corredor!
¿No me basta haber subido
hasta aquí, con el dolor
de esta pierna, que los diablos
llevarán, amén, si no
no decirme, "Aquesto ha sido"?
CRESPO: Todo eso es nada, señor.
LOPE: Hablad, decid la verdad.
ÁLVARO: Pues es que alojado estoy
en esta casa; un soldado...
LOPE: Decid.
ÁLVARO: ...ocasión me dio
a que sacase con él
la espada. Hasta aquí se entró
huyendo. Entréme tras él
donde estaban esas dos
labradoras, y su padre
o su hermano-o lo que son-
se han disgustado de que
entrase hasta aquí.
LOPE: Pues yo
a tan buen tiempo he llegado,
satisfaré a todos hoy.
¿Quién fue el soldado, decid,
que a su capitán le dio
ocasión de que sacase
la espada?
REBOLLEDO: (¡A que pago yo Aparte
por todos!)
ISABEL: Aquéste fue
el que huyendo hasta aquí entró.
LOPE: Denle dos tratos de cuerda.
REBOLLEDO: Tras... ¿Qué me han de dar, señor?
LOPE: Tratos de cuerda.
REBOLLEDO: Yo hombre
de estos tratos no soy.
CHISPA: (De esta vez me lo estropean.) Aparte
ÁLVARO: (¡Ah, Rebolledo, por Dios, Aparte
que nada digas! Yo haré
que te libren.)
REBOLLEDO habla aparte a él
REBOLLEDO: (¿Cómo no
lo he de decir, pues si callo,
los brazos me pondrán hoy
atrás, como mal soldado?)
A don LOPE
El capitán me mandó
que fingiese la pendencia,
para tener ocasión
de entrar aquí.
CRESPO: Ved ahora,
si hemos tenido razón.
LOPE: No tuvisteis, para haber
así puesto en ocasión
de perderse este lugar.
¡Hola! Echa un bando tambor:
-Que al cuerpo de guardia vayan
los soldados cuantos son,
y que no salga ninguno,
pena de muerte, en todo hoy-
Y para que no quedéis
con aqueste empeño vos,
y vos con este disgusto,
y satisfechos los dos,
buscad otro alojamiento;
que yo en esta casa estoy
desde hoy alojado, en tanto
que a Guadalupe no voy
donde está el Rey.
ÁLVARO: Tus preceptos,
órdenes precisas son
para mí.
Vanse los soldados
CRESPO: Entraos allá dentro.
Vanse ISABEL, INÉS y JUAN
Mil gracias, señor, os doy
por la merced, que me hicisteis
de excusarme una ocasión
de perderme.
LOPE: ¿Cómo habíais,
decid, de perderos vos?
CRESPO: Dando muerte a quien pensara
ni aun el agravio menor.
LOPE: ¿Sabes, ¡voto a Dios!, que es
capitán?
CRESPO: Sí, ¡voto a Dios!,
y aunque fuera él general,
en tocando a mi opinión
le matara.
LOPE: A quien tocara
ni aun al soldado menor
sólo un pelo de la ropa,
¡por vida del cielo!, yo
le ahorcara.
CRESPO: A quien se atreviera
a un átomo de mi honor,
¡por vida también del cielo!,
que también le ahorcara yo.
LOPE: ¿Sabéis que estáis olbigado
a sufrir, por ser quien sois,
estas cargas?
CRESPO: Con mi hacienda,
pero con mi fama no.
Al Rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.
LOPE: ¡Juro a Cristo!, que parece
que vais teniendo razón!
CRESPO: Sí, ¡juro a Cristo!, porque
siempre la he tenido yo.
LOPE: Yo vengo cansado, y esta
pierna, que el diablo me dio,
ha menester descansar.
CRESPO: Pues, ¿quién os dice que no?
Ahí me dio el diablo una cama,
y servirá para vos.
LOPE: ¿Y dióle hecha el diablo?
CRESPO: Sí.
LOPE: Pues a deshacerla voy,
que estoy, ¡voto a Dios!, cansado.
CRESPO: Pues descansad, ¡voto a Dios!
LOPE: (Testarudo es el villano; Aparte
también jura como yo.)
CRESPO: (Caprichoso es el don Lope
Aparte
no haremos migas los dos.)
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
</pre>
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[[Personas que hablan en ella]]|
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Ignacio Rodríguez
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<div style='text-align:justify'>
<br><br>
<div class="verse">
<pre>
Salen REBOLLEDO, la CHISPA, y algunos SOLDADOS
REBOLLEDO: ¿Cuerpo de Cristo con quien
de esta suerte hace marchar
de un lugar a otro lugar
sin dar un refresco!
TODOS: ¡Amén!
REBOLLEDO: ¿Somo gitanos aquí,
para andar de esta manera?
¿Una arrollada bandera
nos ha de llevar tras sí
con una caja...
SOLDADO 1: ¿Ya empiezas?
REBOLLEDO: ...que este rato que calló
nos hizo merced de no
rompernos estas cabezas?
SOLDADO 2: No muestres de eso pesar,
si ha de olvidarse, imagino,
el cansancio del camino
a la entrada del lugar.
REBOLLEDO: ¿A qué entrada, si voy muerto?
Y aunque llegue vivo allá
sabe mi Dios si será
para alojar; pues es cierto
llegar luego al comisario
los alcaldes a decir,
que si es que se pueden ir,
que darán lo necesario.
Responderle lo primero
que es imposible, que viene
la gente muerta; y, si tiene
el concejo algún dinero,
decir, "Señores, soldados,
orden hay que no paremos;
luego al instante marchemos."
Y nosotros, muy menguados,
a obedecer al instante
orden, que es, en caso tal,
para él orden monacal,
y para mi mendicante.
Pues, ¡voto a Dios!, que si llego
esta tarde a Zalamea,
y pasar de allí desea
por diligencia o por ruego,
que ha de ser sin mí la ida;
pues no, con desembarazo
será el primero tornillazo
que habré yo dado en mi vida.
SOLDADO 1: Tampoco será el primero,
que haya la vida costado
a un miserable soldado;
y más hoy, si considero,
que es el cabo de esta gente
don Lope de Figueroa,
que, si tiene tanta loa
de animoso y de valiente
la tiene también de ser
el hombre más desalmado,
jurador y renegado
del mundo, y que sabe hacer
justicia del más amigo,
sin fulminar el proceso.
REBOLLEDO: ¿Ven ustedes todo eso?
Pues yo haré lo que yo digo.
SOLDADO 2: ¿De eso un soldado blasona?
REBOLLEDO: Po mí muy poco me inquieta;
sino por esa pobreta
que viene tras la persona.
CHISPA: Seor Rebolledo, por mí
vuecé no se aflija, no;
que bien se sabe que yo
barbada el alma nací;
y ese temor me deshonra,
pues no vengo yo a servir
menos, que para sufrir
trabajos con mucha honra;
que para estarme, en rigor,
regalada, no dejara
en mi vida, cosa es clara,
la casa del regidor,
donde todo sobra, pues
al mes mil regalos vienen;
que hay regidores, que tienen
menos regla con el mes;
y pues a venir aquí
a marchar y perecer
con Rebolledo, sin ser
postema, me resolví,
por mí ¿en qué duda o repara?
REBOLLEDO: ¡Viven los cielos, que eres
corona de las mujeres!
SOLDADO 2: Aquesa es verdad bien clara.
¡Viva la Chispa!
REBOLLEDO: ¡Reviva!
Y más, si, por divertir
esta fatiga de ir
cuesta abajo y cuesta arriba,
con su voz al aire inquieta
una jácara o canción.
CHISPA: Responda a esa petición
citada la castañeta.
REBOLLEDO: Y yo ayudaré también.
Sentencien los camaradas
todas las partes citadas.
SOLDADO 1: ¡Vive Dios, que han dicho bien!
Cantan REBOLLEDO y la CHISPA
CHISPA: "Yo soy tiritiritaina,
flor de la jacarandana.
REBOLLEDO: "Yo soy tiritiritina,
flor de la jacarandina.
CHISPA: "Vaya a la guerra el alférez,
y embárquese el capitán.
REBOLLEDO: "Mate moros quien quisiere;
que a mí no me han hecho mal.
CHISPA: "Vaya y venga la tabla al horno,
y a mí no me falte pan.
REBOLLEDO: "Huéspeda, máteme una gallina,
que el carnero me hace mal."
SOLDADO 1: Aguarda; que ya me pesa
-que íbamos entretenidos
en nuestros mismos oídos-,
caballeros, de ver esa
torre, pues es necesario
que donde paremos sea.
REBOLLEDO: ¿Es aquélla Zalamea?
CHISPA: Dígalo su campanario.
No sienta tanto vusté,
que cese el cantico ya;
mil ocasiones habrá
en lograrle; porque
esto me divierte tanto,
que como de otras no ignoran,
que a cada cosa lloran,
yo a casa cosica canto,
y oirá ucé jácaras ciento.
REBOLLEDO: Hagamos aquí alto, pues
justo, hasta que venga, es
con la orden el sargento,
por si hemos de entrar marchando
o en tropas.
SOLDADO 2: Él solo es quien
llega ahora. Mas también
el capitán esperando
está.
Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
ÁLVARO: Señores soldados,
albricias puedo pedir;
de aquí no hemos de salir,
y hemos de estar alojados
hasta que don Lope venga
con la gente, que quedó
en Llerena; que hoy llegó
orden de que se prevenga
toda, y no salga de aquí
a Guadalupe, hasta que
junto todo el tercio esté,
y él vendrá luego; y así
del cansancio bien podrán
descansar algunos días.
REBOLLEDO: Albricias pedir podías.
TODOS: ¡Vítor nuestro capitán!
ÁLVARO: Ya está hecho el alojamiento.
El comisario irá dando
boletas, como llegando
fueren.
CHISPA: Hoy saber intento,
por qué dijo, voto a tal,
aquella jacarandina;
"Huéspeda, máteme una gallina;
que el carnero me hace mal."
Vanse todos, y quedan el CAPITÁN y el SARGENTO
ÁLVARO: Señor sargento, ¿ha guardado
las boletas para mí
que me tocan?
SARGENTO: Señor, sí.
ÁLVARO: ¿Y dónde estoy alojado?
SARGENTO: En la casa de un villano,
que el hombre más rico es
del lugar, de quien después
he oído, que es el más vano
hombre del mundo, y que tiene
más pompa y más presunción,
que un infante de León.
ÁLVARO: Bien a un villano conviene
rico aquesa vanidad.
SARGENTO: Dicen, que esta es la mejor
casa del lugar, señor;
y si va a decir verdad,
yo la escogí para ti,
no tanto porque lo sea,
como porque en Zalamea
no hay tan bella mujer...
ÁLVARO: Di.
SARGENTO: ...como una hija suya.
ÁLVARO: Pues,
¿por muy hermosa y muy vana
será más que una villana
con malas manos y pies?
SARGENTO: ¡Que haya en el mundo quien diga
eso!
ÁLVARO: ¿Pues no, mentecato?
SARGENTO: ¿Hay más bien gastado rato
-a quien amor no le obliga,
sino ociosidad no más-
que el de una villana, y ver,
que no acierta a responder
a propósito jamás?
ÁLVARO: Cosa es que en toda mi vida,
ni aun de paso, me agradó;
porque en no mirando yo
aseada y bien prendida
una mujer, me parece
que no es mujer para mí.
SARGENTO: Pues para mí, señor, sí,
cualquiera que se me ofrece.
Vamos allá; que por Dios,
que me pienso entretener
con ella.
ÁLVARO: Quieres saber
¿cuál dice bien de los dos?
El que una belleza adora,
dijo, viendo a la que amó,
"Aquella es mi dama," y no,
"Aquella es mi labradora."
Luego si dama se llama
la que se ama, claro es ya,
que en una villana está
vendido el nombre de dama.
Mas, ¿qué ruido es ese?
SARGENTO: Un hombre,
que de un flaco rocinante
a la vuelta de esa esquina
se apeó, y en rostro y talle
parece aquel Don Quijote
de quien Miguel de Cervantes
escribió las aventuras.
ÁLVARO: ¡Qué figura tan notable!
SARGENTO: Vamos, señor; que ya es hora.
ÁLVARO: Lléveme el sargento antes
a la posada la ropa,
y vuelva luego a avisarme.
Vanse. Salen don MENDO, hidalgo de figura, y NUÑO, su criado
MENDO: ¿Cómo va el rucio?
NUÑO: Rodado,
pues no puede menearse.
MENDO: ¿Dijiste al lacayo, di,
que un rato le pasease?
NUÑO: ¡Qué lindo pienso!
MENDO: No hay cosa
que tanto a un bruto descanse.
NUÑO: Aténgome a la cebada.
MENDO: ¿Y que a los galgos no aten,
dijiste?
NUÑO: Ellos se holgarán
mas no el carnicero.
MENDO: Baste;
y pues que han dado las tres,
cálzome palillo y guantes.
NUÑO: ¿Si te prenden el palillo
por palillo falso?
MENDO: Si alguien,
que no he comido un faisán,
dentro de sí imaginare,
que allá dentro de sí miente,
aquí y en cualquiera parte
lo sustentaré.
NUÑO: ¿Mejor
no sería sustentarme
a mí que al otro, que en fin
te sirvo?
MENDO: ¡Que necedades!
En efecto, ¿que han entrado
soldados aquesta tarde
en el pueblo?
NUÑO: Sí, señor.
MENDO: Lástima da el villanaje
con los huéspedes que espera.
NUÑO: Más lástima da y más grande
con los que no espera...
MENDO: ¿Quién?
NUÑO: La hidalguez, y no te espante;
que, si no alojan, señor,
en casa de hidalgos a nadie,
¿por qué piensas que es?
MENDO: ¿Por qué?
NUÑO: Porque no se mueran de hambre.
MENDO: En buen descanso esté el alma
de mi buen señor y padre,
pues en fin me dejó una
ejecutoria tan grande,
pintada de oro y azul,
exención de mi linaje.
NUÑO: Tomáramos que dejara
un poco del oro aparte.
MENDO: Aunque, si reparo en ello,
y si va a decir verdades,
no tengo que agradecerle
de que hidalgo me engendrase;
porque yo no me dejara
engendrar, aunque él porfiase,
sino fuera de una hidalgo,
en el vientre de mi madre.
NUÑO: Fuera de saber difícil.
MENDO: No fuera, sino muy fácil.
NUÑO: ¿Cómo, señor?
MENDO: Tú en efecto
filosofía no sabes,
y así ignoras los principios.
NUÑO: Sí, mi señor, y aun los antes
y postres, desde que como
contigo; y es, que al instante
mesa divina es tu mesa,
sin medios, postres ni antes.
MENDO: Yo no digo esos principios.
Has de saber que el que nace
sustancia es del alimento,
que antes comieron sus padres...
NUÑO: ¿Luego tus padres comieron?
Esa maña no heredaste.
MENDO: ...esto después se convierte
en su propia carne y sangre;
luego si hubiera comido
el mío cebolla, al instante
me hubiera dado el olor,
y hubiera dicho yo, "Tate,
que no me está bien hacerme
de excremento semejante."
NUÑO: Ahora digo que es verdad.
MENDO: ¿Qué?
NUÑO: Que adelgaza la hambre
los ingenios.
MENDO: Majadero,
¿téngola yo?
NUÑO: No te enfades;
que, sino la tienes, puedes
tenerla; pues de la tarde
son ya las tres, y no hay greda,
que mejor las manchas saque,
que tu saliva y la mía.
MENDO: Pues, ¿esa es causa bastante
para tener hambre yo?
Tengan hambre los gañanes;
que no somos todos unos;
que a un hidalgo no le hace
falta el comer...
NUÑO: ¡Oh quién fuera
hidalgo!
MENDO: Y más no me hables
de esto, pues ya de Isabel
vamos entrando en la calle.
NUÑO: ¿Por qué, si de Isabel eres
tan firme y rendido amante,
a su padre no la pides?
Pues con esto tú y su padre
remediaréis de una vez
entrambas necesidades;
tú comerás, y él hará
hidalgos sus nietos.
MENDO: No hables
más Nuño, calla. ¿Dineros
tanto habían de postrarme,
que a un hombre llano por fuerza
había de admitir?
NUÑO: Pues antes
pensé, que ser hombre llano
para suegro era importante;
pues de otros dicen, que son
tropezones, en que caen
los yernos; y si no has
de casarte, ¿por qué haces
tantos extremos de amor?
MENDO: ¿Pues no hay, sin que yo me case,
Huelgas en Burgos, adonde
llevarla, cuando me enfade?
Mira, si acaso la ves.
NUÑO: Temo si acierta a mirarme
Pero Crespo.
MENDO: ¿Qué ha de hacer,
siendo mi crïado, nadie?
Haz lo que manda tu amo.
NUÑO: Sí, haré. Aunque no he de sentarme
con él a la mesa.
MENDO: Es propio
de los que sirven, refranes.
NUÑO: Albricias que, con su prima
Inés, a la reja sale.
MENDO: Di que por el bello oriente,
coronado de diamantes,
hoy, repitiéndose el sol,
amanece por la tarde.
Salen a la ventana ISABEL e INÉS, labradoras
INÉS: Asómate a esa ventana,
prima, así el cielo te guarde,
verás los soldados, que entran
en el lugar.
ISABEL: No me mandes,
que a la ventana me ponga,
estando ese hombre en la calle,
Inés, pues ya, en cuánto el verle
en ella me ofende, sabes.
INÉS: En notable tema ha dado
de servirte y festejarte.
ISABEL: No soy más dichosa yo.
INÉS: A mi parecer, mal haces
de hacer sentimiento de esto.
ISABEL: Pues, ¿qué había de hacer?
INÉS: Donaire.
ISABEL: ¿Donaire de los disgustos?
MENDO habla a ISABEL
MENDO: Hasta aqueste mismo instante
jurara yo a fe de hidalgo,
-que es juramento inviolable-
que no había amanecido;
mas, ¿qué mucho que lo extrañe,
hasta que a vuestras auroras
segundo día les sale?
ISABEL: Ya os he dicho muchas veces,
señor don Mendo, cuán en balde
gastáis finezas de amor,
locos extremos de amante
haciendo todos los días
en mi casa y en mi calle.
MENDO: Si las mujeres hermosas
supieran, cuanto las hace
más hermosas el enojo,
el rigor, desdén y ultraje,
en su vida gastarían
más afeite, que enojarse.
Hermosa estáis, por mi vida;
decid, decid más pesares.
ISABEL: Cuando no baste el decirlos,
don Mendo, el hacerlos baste,
de aquesta manera: Inés,
éntrate allá dentro, y dale
con la ventana en los ojos.
Vase ISABEL
INÉS: Señor caballero andante,
que de aventurero entráis
siempre en lides semejantes,
porque de mantenedor,
no era para vos tan fácil,
Amor os provea.
Vase INÉS
MENDO: Inés,
las hermosuras se salen
con cuanto ellas quieren. ¡Nuño!
NUÑO: ¡Oh qué desairados nacen
todos los pobres!
Sale Pedro CRESPO, labrador
CRESPO: (¡Que nunca Aparte
entre y salga yo en mi calle,
que no vea a este hidalgote
pasearse en ella muy grave!)
NUÑO: Pedro Crespo viene aquí.
MENDO: Vamos por esta otra parte,
que es villano malicioso.
Sale JUAN, su hijo
JUAN: (¡Que siempre que venga halle Aparte
esta fantasma a mi puerta,
calzado de frente y guantes!)
NUÑO: Pero acá viene su hijo.
MENDO: No te turbes ni embaraces.
CRESPO: Mas Juanico viene aquí.
JUAN: Pero aquí viene mi padre.
MENDO: Disimula. Pedro Crespo,
Dios os guarde.
CRESPO: Dios os guarde.
Vanse don MENDO y NUÑO
(Él ha dado en porfiar Aparte
y alguna vez he de darle
de manera que le duela.)
JUAN: (Algún día he de enojarme.) Aparte
¿De adónde bueno, señor?
CRESPO: De las eras; que esta tarde
salí a mirar la labranza,
y están las parvas notables
de manojos y montones,
que parecen al mirarse
desde lejos montes de oro,
y aun oro de más quilates
pues de los granos de aqueste,
es todo el cielo el contraste.
Allí el bieldo, hiriendo a soplos
el viento en ellos süave,
deja en esta parte el grano
y la paja en la otra parte;
que aun allí lo más humilde
da el lugar a lo más grave.
¿Oh, quiera Dios, que en las trojes
yo llegue a encerrarlo, antes
que algún turbión me lo lleve
o algún viento me la tale!
Tú, ¿qué has hecho?
JUAN: No sé cómo
decirlo, sin enojarte.
A la pelota he jugado
dos partidos esta tarde,
y entrambos los he perdido.
CRESPO: Naces bien, si los pagaste.
JUAN: No los pagué; que no tuve
dineros para ellos; antes
vengo a pedirte, señor...
CRESPO: Pues escucha antes de hablarme;
dos cosas no has de hacer nunca,
no ofrecer los que no sabes
que has de cumplir, ni jugar
más de lo que está delante,
porque, si por accidente
falta, tu opinión no falte.
JUAN: El consejo es como tuyo,
y por tal debo estimarle;
y he de pagarte con otro:
en tu vida no has de darle
consejo al que ha menester
dinero.
CRESPO: ¡Bien te vengaste!
Sale el SARGENTO
SARGENTO: ¿Vive Pedro Crespo aquí?
CRESPO: ¿Hay algo que usté le mande?
SARGENTO: Traer a casa la ropa
de don Álvaro de Atayde,
que es el capitán de aquesta
compañía, que esta tarde
se ha alojado en Zalamea.
CRESPO: No digáis más, esto baste;
que para servir al Rey,
y al Rey en sus capitanes,
están mi casa y mi hacienda.
Y en tanto, que se le hace
el aposento, dejad
la ropa en aquella parte,
e id a decirle que venga,
cuando su merced mandare,
a que se sirva de todo.
SARGENTO: Él vendrá luego al instante.
Vase [el SARGENTO]
JUAN: ¡Que quieras, siento tú rico,
vivir a estos hospedajes
sujeto!
CRESPO: Pues, ¿cómo puedo
excusarlos ni excusarme?
JUAN: Comprando una ejecutoria.
CRESPO: Dime por tu vida, ¿hay alguien
que no sepa que yo soy,
si bien de limpio linaje,
hombre llano? No, por cierto.
Pues, ¿qué gano yo en comprarle
una ejecutoria al Rey
si no le compro la sangre?
¿Dirán entonces que soy
mejor que ahora? No, es dislate.
Pues, ¿qué dirán? Que soy noble
por cinco o seis mil reales;
y esto es dinero y no es honra;
que honra no la compra nadie.
¿Quieres, aunque sea trivial
un ejemplillo escucharme?
"Es calvo un hombre mil años,
y al cabo de ellos se hace
una cabellera. Éste,
en opiniones vulgares,
¿deja de ser calvo? No.
Pues, ¿qué dicen al mirarle?
Bien puesta la caballera
trae fulano." Pues, ¿qué hace,
si, aunque no le vean la calva,
todos que la tiene saben?
JUAN: Enmendar su vejación,
remediarse de su parte,
y redimir vejaciones
del sol, del hielo y del aire.
CRESPO: Yo no quiero honor postizo
que el defecto ha de dejar
en casa. Villanos fueron
mis abuelos y mis padres;
sean villanos mis hijos.
Llama a tu hermana.
JUAN: Ella sale.
Salen ISABEL e INÉS
CRESPO: Hija, el Rey, nuestro señor,
que el cielo mil años guarde,
va a Lisboa, porque en ella
solicita coronarse
como legítimo dueño;
a cuyo efecto, marciales
tropas caminan con tantos
aparatos militares
hasta bajar a Castilla
el tercio viejo de Flandes
con un don Lope, que dicen
todos que es español Marte.
Hoy han de venir a casa
soldados, y es importante,
que no te vean. Así, hija,
al punto has de retirarte
en esos desvanes, donde
yo vivía.
ISABEL: A suplicarte
me dieses esta licencia
venía yo. Sé que el estarme
aquí es estar solamente
a escuchar mil necedades.
En ese cuarto mi prima
y yo estaremos, sin que nadie
ni aun el sol mismo, no sepa
de nosotras.
CRESPO: Dios os guarde.
Juanico, quédate aquí.
Recibe a huéspedes tales,
mientras busco en el lugar
algo con qué regalarles.
Vase Pedro CRESPO
ISABEL: Vamos, Inés.
INÉS: Vamos, prima.
(Mas tengo por disparate Aparte
el guardar una mujer
si ella no quiere guardarse.)
Vanse ISABEL e INÉS. Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
SARGENTO: Ésta es, señor, la casa.
ÁLVARO: Pues del cuerpo de guardia al punto pasa
toda mi ropa.
SARGENTO: Quiero
registrar la villana lo primero.
Vase [el SARGENTO]
JUAN: Vos seáis bien venido
a aquesta casa; que ventura ha sido
grande venir a ella un caballero
tan noble como en vos le considero.
(¡Qué galán y alentado!
Aparte
Envidia tengo al traje de soldado.)
ÁLVARO: Vos seáis bien hallado.
JUAN: Perdonaréis, no estar acomodado;
que mi padre quisiera
que hoy un alcázar esta casa fuera.
Él ha ido a buscaros
que comáis, que desea regalaros,
y yo voy a que esté vuestro aposento
aderezado.
ÁLVARO: Agradecer intento
la merced y el cuidado.
JUAN: Estaré siempre a vuestros pies postrado.
Vase JUAN y sale el SARGENTO
ÁLVARO: ¿Qué hay, sargento? ¿Has ya visto
a la tal labradora?
SARGENTO: ¡Vive Cristo!
Que con aquese intento
no he dejado cocina ni aposento
y que no la he topado.
ÁLVARO: Sin duda el villanchón la ha retirado.
SARGENTO: Pregunté a una criada
por ella, y respondióme que ocupada
su padre la tenía
en ese cuarto alto, y que no había
de bajar nunca acá, que es muy celoso.
ÁLVARO: ¿Qué villano no ha sido malicioso?
De mí digo, que, si hoy aquí la viera,
caso de ella no hiciera;
y sólo porque el viejo la ha guardado,
deseo, vive Dios, de entrar me ha dado
donde está.
SARGENTO: Pues, ¿qué haremos,
para que allá, señor, con causa entremos,
sin dar sospecha alguna?
ÁLVARO: Solo por tema la he de ver, y una
industria he de buscar.
SARGENTO: Aunque no sea
de mucho ingenio para quien la vea
hoy, no importará nada;
que con eso será más celebrada.
ÁLVARO: Óyela pues ahora.
SARGENTO: Di, ¿qué ha sido?
ÁLVARO: Tú has de fingir... Mas no, pues que ha venido
ese soldado, que es más despejado,
él fingirá mejor lo que he trazado.
Salen REBOLLEDO y la CHISPA
REBOLLEDO: Con este intento vengo
a hablar al capitán, por ver si tengo
dicha en algo.
CHISPA: Pues háblale de modo
que le obliges; que en fin no ha de ser todo
desatino y locura.
REBOLLEDO: Préstame un poco tú de tu cordura.
CHISPA: Poco y mucho pudiera.
REBOLLEDO: Mientras hablo con él, aquí me espera.
Habla REBOLLEDO a don ÁLVARO
Yo vengo a suplicarte...
ÁLVARO: En cuanto puedo
ayudaré, por Dios, a Rebolledo,
porque me ha aficionado
su despejo y su brío.
SARGENTO: Es gran soldado.
ÁLVARO: Pues, ¿qué hay que se le ofrezca?
REBOLLEDO: Yo he perdido
cuanto dinero tengo y he tenido
y he de tener, porque de pobre juro,
en presente, en pretérito y futuro.
Hágaseme merced de que por vía
de ayudilla de costa aqueste día
el alférez me dé...
ÁLVARO: Diga, ¿qué intenta?
REBOLLEDO: El juego del boliche por mi cuenta;
que soy hombre cargado
de obligaciones y honbre al fin honrado.
ÁLVARO: Digo que eso es muy justo,
y el alférez sabrá que este es mi gusto.
La CHISPA habla aparte
CHISPA: (Bien le habla el capitán. ¡Oh si me viera
llamar de todos ya la bolichera!)
REBOLLEDO: Daréle ese recado.
ÁLVARO: Oye. Primero
que le lleves, de ti fïarme quiero
para cierta invención que he imaginado,
con que salir intento de un cuidado.
REBOLLEDO: Pues, ¿qué es lo que se aguarda?
Lo que tarda en saberse, es lo que tarda
en hacerse.
ÁLVARO: Escúchame. Yo intento
subir a ese aposento
por ver sien él una persona habita,
que de mí hoy esconderse solicita.
REBOLLEDO: Pues, ¿por qué no le subes?
ÁLVARO: No quisiera,
sin que alguna color para esto hubiera,
por disculparlo más; y así, fingiendo
que yo riño contigo, has de irte huyendo
por ahí arriba. Yo entonces enojado
la espada sacaré. Tú muy turbado
has de entrarte hasta donde
esta persona que busque se esconde.
REBOLLEDO: Bien informado quedo.
CHISPA: (Pues habla el capitán con Rebolledo
hoy de aquella manera,
desde hoy me llamarán la bolichera.)
Habla REBOLLEDO en alta voz
REBOLLEDO: ¡Voto a Dios que han tenido
esta ayuda de costa, que he pedido,
un ladrón, un gallina y un cuitado,
y ahora que la pide un hombre honrado,
¿se la dan?
CHISPA: (¡Ya empieza su tronera!)
ALVARO: Pues, ¿cómo me habla a mí de esa manera?
REBOLLEDO: ¿No tengo de enojarme
cuando tengo razón?
ÁLVARO: No, ni ha de hablarme;
y agradezca que sufro aqueste exceso.
REBOLLEDO: Ucé es mi capitán, sólo por eso
callaré. Mas, ¡por Dios!, que si yo hubiera
la bengala en mi mano...
ÁLVARO: ¿Qué me hiciera?
CHISPA: ¡Tente, señor! (Su muerte considero.)
REBOLLEDO: ...que me hablara mejor.
ÁLVARO: ¿Qué es lo que espero,
que no doy muerte a un pícaro atrevido?
REBOLLEDO: Huyo, por el respeto que he tenido
a esa insignia.
ÁLVARO: Aunque huyas,
te he de matar.
CHISPA: (Ya él hizo de las suyas.)
SARGENTO: ¡Tente, señor!
CHISPA: ¡Escucha!
SARGENTO: ¡Aguarda, espera!
CHISPA: (Ya no me llamarán la bolichera.)
Éntrale acuchillando y salen JUAN con espada y Pedro CRESPO
JUAN: ¡Acudid todos presto!
CRESPO: ¿Qué ha sucedido aquí?
JUAN: ¿Qué ha sido aquesto?
CHISPA: Que la espada ha sacado
el capitán aquí para un soldado,
y esa escalera arriba
sube tras él.
CRESPO: ¿Hay suerte más esquiva?
CHISPA: Subid todos tras él.
JUAN: Acción fue vana
esconder a mi prima y a mi hermana.
Éntranse y salen REBOLLEDO huyendo, e ISABEL e INÉS
REBOLLEDO: Señoras, si siempre ha sido
sagrado el que es templo, hoy
sea mi sagrado aqueste,
pues es templo del Amor.
ISABEL: ¿Quién a vos de esa manera
os obliga?
INÉS: ¿Qué ocasión
tenéis de entrar hasta aquí?
ISABEL: ¿Quién os sigue o busca?
Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
ÁLVARO: Yo;
que tengo de dar la muerte
al pícaro, ¡vive Dios!
Si pensase....
ISABEL: Deteneos,
siquiera porque, señor,
vino a valerse de mí;
que los hombres, como vos,
han de amaparar las mujeres,
si no por lo que ellas son,
porque son mujeres; que esto
basta, sindo vos quien sois.
ÁLVARO: No pudiera otro sagrado
librarle de mi furor,
sino vuestra gran belleza;
por ella vida le doy.
Pero mirad, que no es bbien
en tan precisa ocasión
hacer vos el homicidio,
que no queréis que haga yo.
ISABEL: Caballero, si cortés
ponéis en obligación
nuestras vidas, no zozobre
tan presto la intercesión.
Que dejéis este soldado
os suplico; pero no
que cobréis de mí la deuda
a que agradecida estoy.
ÁLVARO: No sólo vuestra hermosura
es derara perfección,
pero vuestro entendimiento
lo es también; porque hoy en vos
alianza están jurando
hermosura y discreción.
Salen Pedro CRESPO y JUAN, las espadas desnudas
CRESPO: ¿Cómo es eso, caballero?
¿Cuando pensó mi temor
hallaros matando a un hombre,
os hallo...
ISABEL: (¡Válgame Dios!) Aparte
CRESPO: ...requebrando a una mujer?
Muy noble sin duda sois,
pues que tan presto se os pasan
los enojos.
ÁLVARO: Quien nació
con obligaciones debe
acudir a ellas; y yo
al respeto de esta dama
suspendí todo el furor.
CRESPO: Isabel es hija mía,
y es labradora, señor,
que no dama.
JUAN: (¡Vive el cielo Aparte
que todo ha sido invención,
para haber entrado aquí!
Corrido en el alma estoy
de que piensen, que me engañan,
y no ha de ser.) Bien, señor
capitán, pudierais ver
con más segura atención
lo que mi padre desea
hoy serviros, para no
haberle hecho este disgusto.
CRESPO: ¿Quién os mete en eso a vos,
rapaz? ¿Que disgusto ha habido?
Si el soldado le enojó,
¿no había de ir tras él?
Mi hija os estima el favor
del haberle perdonado,
y el de su respeto yo.
ÁLVARO: Claro está, que no habrá sido
otra causa, y ved mejor
lo que decís.
JUAN: Yo lo veo
muy bien.
CRESPO: Pues, ¿cómo habláis vos
así?
ÁLVARO: Porque estáis delante,
más castigo no le doy
a este rapaz.
CRESPO: Detened,
señor capitán; que yo
puedo tratar a mi hijo
como quisiere, y vos no.
JUAN: Y yo sufrirlo a mi padre,
mas a otra persona no.
ÁLVARO: ¿Qué habíais de hacer?
JUAN: Perder
la vida por la opinión.
ÁLVARO: ¿Qué opinión tiene un villano?
JUAN: Aquella misma que vos;
que no hubiera un capitán
sino hubiera un labrador.
ÁLVARO: ¡Vive Dios, que ya es bajeza
sufrirlo!
CRESPO: Ved que yo estoy
de por medio.
Sacan las espadas
REBOLLEDO: ¡Vive Cristo,
Chispa, que ha de haber hurgón!
CHISPA: ¡Aquí del cuerpo de guardia!
REBOLLEDO: ¡Don Lope, ojo avisor!
Sale don LOPE con hábito, muy galán, y bengala
LOPE: ¿Qué es aquesto? ¿La primera
cosa que he de encontrar hoy,
acabado de llegar,
ha de ser una cuestión?
ÁLVARO: (¡A qué mal tiempo don Lope
Aparte
de Figueroa llegó!)
CRESPO: (¡Por Dios, que se las tenía Aparte
con todos el rapagón!)
LOPE: ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido?
Hablad, porque, ¡votos a Dios!,
que a hombres, mujeres y casa
eche por un corredor!
¿No me basta haber subido
hasta aquí, con el dolor
de esta pierna, que los diablos
llevarán, amén, si no
no decirme, "Aquesto ha sido"?
CRESPO: Todo eso es nada, señor.
LOPE: Hablad, decid la verdad.
ÁLVARO: Pues es que alojado estoy
en esta casa; un soldado...
LOPE: Decid.
ÁLVARO: ...ocasión me dio
a que sacase con él
la espada. Hasta aquí se entró
huyendo. Entréme tras él
donde estaban esas dos
labradoras, y su padre
o su hermano-o lo que son-
se han disgustado de que
entrase hasta aquí.
LOPE: Pues yo
a tan buen tiempo he llegado,
satisfaré a todos hoy.
¿Quién fue el soldado, decid,
que a su capitán le dio
ocasión de que sacase
la espada?
REBOLLEDO: (¡A que pago yo Aparte
por todos!)
ISABEL: Aquéste fue
el que huyendo hasta aquí entró.
LOPE: Denle dos tratos de cuerda.
REBOLLEDO: Tras... ¿Qué me han de dar, señor?
LOPE: Tratos de cuerda.
REBOLLEDO: Yo hombre
de estos tratos no soy.
CHISPA: (De esta vez me lo estropean.) Aparte
ÁLVARO: (¡Ah, Rebolledo, por Dios, Aparte
que nada digas! Yo haré
que te libren.)
REBOLLEDO habla aparte a él
REBOLLEDO: (¿Cómo no
lo he de decir, pues si callo,
los brazos me pondrán hoy
atrás, como mal soldado?)
A don LOPE
El capitán me mandó
que fingiese la pendencia,
para tener ocasión
de entrar aquí.
CRESPO: Ved ahora,
si hemos tenido razón.
LOPE: No tuvisteis, para haber
así puesto en ocasión
de perderse este lugar.
¡Hola! Echa un bando tambor:
-Que al cuerpo de guardia vayan
los soldados cuantos son,
y que no salga ninguno,
pena de muerte, en todo hoy-
Y para que no quedéis
con aqueste empeño vos,
y vos con este disgusto,
y satisfechos los dos,
buscad otro alojamiento;
que yo en esta casa estoy
desde hoy alojado, en tanto
que a Guadalupe no voy
donde está el Rey.
ÁLVARO: Tus preceptos,
órdenes precisas son
para mí.
Vanse los soldados
CRESPO: Entraos allá dentro.
Vanse ISABEL, INÉS y JUAN
Mil gracias, señor, os doy
por la merced, que me hicisteis
de excusarme una ocasión
de perderme.
LOPE: ¿Cómo habíais,
decid, de perderos vos?
CRESPO: Dando muerte a quien pensara
ni aun el agravio menor.
LOPE: ¿Sabes, ¡voto a Dios!, que es
capitán?
CRESPO: Sí, ¡voto a Dios!,
y aunque fuera él general,
en tocando a mi opinión
le matara.
LOPE: A quien tocara
ni aun al soldado menor
sólo un pelo de la ropa,
¡por vida del cielo!, yo
le ahorcara.
CRESPO: A quien se atreviera
a un átomo de mi honor,
¡por vida también del cielo!,
que también le ahorcara yo.
LOPE: ¿Sabéis que estáis olbigado
a sufrir, por ser quien sois,
estas cargas?
CRESPO: Con mi hacienda,
pero con mi fama no.
Al Rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.
LOPE: ¡Juro a Cristo!, que parece
que vais teniendo razón!
CRESPO: Sí, ¡juro a Cristo!, porque
siempre la he tenido yo.
LOPE: Yo vengo cansado, y esta
pierna, que el diablo me dio,
ha menester descansar.
CRESPO: Pues, ¿quién os dice que no?
Ahí me dio el diablo una cama,
y servirá para vos.
LOPE: ¿Y dióle hecha el diablo?
CRESPO: Sí.
LOPE: Pues a deshacerla voy,
que estoy, ¡voto a Dios!, cansado.
CRESPO: Pues descansad, ¡voto a Dios!
LOPE: (Testarudo es el villano; Aparte
también jura como yo.)
CRESPO: (Caprichoso es el don Lope
Aparte
no haremos migas los dos.)
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
</pre>
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El alcalde de Zalamea/Jornada Segunda
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Ignacio Rodríguez
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<div class="verse">
<pre>
Salen don MENDO y NUÑO, su criado
MENDO: ¿Quién os contó todo esto?
NUÑO: Todo esto contó Ginesa,
su criada.
MENDO: ¿El capitán,
después de aquella pendencia,
que en su casa tuvo, fuése?
¿Ya verdad o ya cautela,
ha dado en enamorar
a Isabel?
NUÑO: Y es de manera,
que tan poco humo en su casa
él hace, como en la nuestra
nosotros. Él todo el día
no se quita de su puerta.
No hay hora, que no le envíe
recados; con ellos entra
y sale un mal soldadillo,
confidente suyo.
MENDO: ¡Cesa!
Que es mucho veneno, mucho,
para que el alma lo beba
de una vez.
NUÑO: Y más no habiendo
en el estómago fuerzas
con que resistirle.
MENDO: Hablemos
un rato, Nuño, de veras.
NUñO: ¡Pluguiera a Dios fueran burlas!
MENDO: ¿Y qué le responde ella?
NUñO: Lo que a ti; porque Isabel
es deidad hermosa y bella,
a cuyo cielo no empañan
los vapores de la tierra.
MENDO: ¡Buenas nuevas te dé Dios!
Dale [a NUÑO] un bofetón
NUÑO: A ti te dé mal de muelas,
que me has quebrado dos dientes.
Mas bien has hecho, si intentas
reformalos por familia,
que no sirve ni aprovecha.
¡El capitán!
MENDO: ¡Vive Dios,
si por el honor no fuera
de Isabel, que lo matara!
NUÑO: Más mira por tu cabeza.
Salen don ÁLVARO, el SARGENTO y
REBOLLEDO
MENDO: Escucharé retirado.
Aquí, a esta parte, te llega.
Retíranse [don MENDO y NUÑO]
ÁLVARO: Este fuego, esta pasión
no es amor solo, que es tema,
es ira, es rabia, es furor.
REBOLLEDO: ¡Oh nunca, señor, hubieras
visto a la hermosa villana,
que tantas ansias te cuesta!
ÁLVARO: ¿Que te dijo la criada?
REBOLLEDO: ¿Ya no sabes sus respuestas?
[Don MENDO habla aparte] a NUÑO
MENDO: Esto ha de ser; pues ya tiende
lo noche sus sombras negras,
antes que se haya resuelto
a lo mejor mi prudencia,
ven a armarme.
NUÑO: Pues, ¿qué tienes
más armas, señor, que aquellas
que están en un azulejo
sobre elmarco de la puerta?
MENDO: En mi guardarnés presumo
que hay para tales empresas
algo que ponerme.
NUÑO: Vamos,
sin que el capitán no sienta.
Vanse [don MENDO y NUÑO]
ÁLVARO: ¡Que en una villana haya
tan hidalga resistencia,
que no me haya respondido
una palabra siquiera
apacible!
SARGENTO: Éstas, señor,
no de los hombre se prendan
como tú. Si otro villano
le festejara y sirviera,
hiciera más caso de él.
Fuera de que con tus quejas
sin tiempo. Si te has de ir
mañana, ¿para qué intentas,
que una mujer en un día
te escuche y te favorezca?
ÁLVARO: En un día el sol alumbra
y falta; en un día se trueca
un reino todo; en un día
es edificio una peña;
en un día una batalla
perdida y victoria ostenta;
en un día tiene el mar
tranquilidad y tormenta;
en un día nace un hombre
y muere; luego pudiera
en un día ver mi amor
sobra y luz, como planeta;
pena y dicha, como imperio;
fente y brutos, como selva;
paz e inquietud como mar;
triunfo y ruina, como guerra;
vida y muerte, como dueño
de sentidos y potencias.
Y habiendo tenido edad
en un día su violencia
de hacerme tan desdichado,
¿por qué, por qué no pudiera
tener edad en un día
de hacerme dichoso? ¿Es fuerza
que se engendren más despacio
las glorias que las ofensas?
SARGENTO: ¿Verla una vez solamente
a tanto extremo te fuerza?
ÁLVARO: ¿Qué más causa había de haber,
llegando a verla, que verla?
De sola una vez a incendio
crece una breve pavesa;
de una vez sola un abismo
fulgúreo volcán revienta;
de una vez se enciende el rayo
que destruye cuanto encuentra;
de una vez escupe horror
la más reformada pieza.
De una vez amor, ¿qué mucho,
fuego de cuatro maneras,
mina, incendio, pieza y rayo,
postre, abrase, asombre y hiera?
SARGENTO: ¿No decías que villanas
nunca tenían belleza?
ÁLVARO: Y aun aquesa confianza
me mató; porque el que piensa
que va a un pelligro, ya va,
prevenido a la defensa;
quien va a una seguridad
es el que más riesgo lleva,
por la novedad que halla
siacaso un peligro encuentra.
Pensé hallar una villana;
si hallé una deidad, ¿no era
preciso que peligrase
en mi misma inadvertencia?
En toda mi vida vi
más divina, más perfecta
hermosura. ¡Ay, Rebolledo,
no sé qué hiciera por verla!
REBOLLEDO: En la compañía hay soldado
que canta por excelencia,
y la Chispa, que es mi alcaida
del boliche, es la primera
mujer en jacarear.
Haya, señor, jira y fiesta
y música a su ventana;
que con esto podrás verla
y aun hablarla.
ÁLVARO: Como está
don Lope allí, no quisiera
despertarle.
REBOLLEDO: Pues donLope,
¿cuándo duerme con su pierna?
Fuera, señor, que la culpa
si se entiende,será nuestra,
no tuya, si de rebozo
vas en la tropa.
ÁLVARO: Aunque tenga
mayores dificultades,
pase por todas mi pena.
Juntaos todos esta noche,
mas de suerte que no entiendan
que yo lo mando. ¡Ay, Isabel,
qué de cuidados me cuestas!
Vanse don ÁLVARO y el SARGENTO, y sale la
CHISPA
CHISPA: ¡Téngase!
REBOLLEDO: Chispa, ¿qué es eso?
CHISPA: Ahí un pobrete que queda
con un rasguño en el rostro.
REBOLLEDO: Pues, ¿por qué fue la pendencia?
CHISPA: Sobre hacerme alicantina
del barato de hora y media
que estuvo echando las bolas,
teniéndome muy atenta
a si eran pares o nones.
Canséme y dílo con ésta.
Saca la daga
Mientras que con el barbero
poniéndose en puntos queda,
vamos al cuerpo de guardia
que allá te daré la cuenta.
REBOLLEDO: ¡Bueno es estar de mohina,
cuando vengo yo de fiesta!
CHISPA: ¿Pues qué estorba el uno al otro?
Aquí está la castañeta.
¿Qué se ofrece que cantar?
REBOLLEDO: Ha de ser cuando anochezca,
y música más fundada.
Vamos y no te detengas,
Anda acá al cuerpo de guardia.
CHISPA: Fama ha de qiedar emtera
de mí en el mundo, que soy
Chispilla, la bolichera.
Vanse. Salen don LOPE y Pedro CRESPO, y algunos
criados
CRESPO: En este paso, que está
más fresco, poned la mesa
al señor don Lope.
[CRESPO habla] a don LOPE
Aquí
os sabrá mejor la cena;
que al fin los días de agosto
no tienen más recompensa
que sus noches.
LOPE: Apacible
estancia en extremo es ésta.
CRESPO: Un pedazo es de jardín
do mi hija se divierta.
Sentaos. Que el viento süave,
que en las blandas hojas suena
de estas parras y estas copas,
mil cláusulas lisonjeras
hace al compás de esta fuente,
cítara de plata y perlas,
poreque son en trastes de oro
las guijas tmepladas cuerdas.
Perdonad, si de instrumentos
solos la música suena,
de músicos que deleiten
sin voces que os entretengan;
que como músicos son
los pájaros que gorjean,
no quieren cantar de noche,
ni yo puedo hacerles fuerza.
Sentaos, pues, y divertidd
esa continua dolencia.
LOPE: No podré; que es imposible,
que divertimiento tenga.
¡Válgame Dios!
CRESPO: ¡Valga, amén!
LOPE: ¡Los cielos me den paciencia!
Sentaos, Crespo.
CRESPO: Yo estoy bien.
LOPE: Sentaos.
CRESPO: Pues me dais licencia,
digo, señor, que obedezco,
aunque excusarlo pudierais.
Siéntase
LOPE: ¿No sabéis qué he reparado?
Que ayer la cólera vuestra
os debió de enajenar
de vos.
CRESPO: Nuna me enajena
a mí de mí nada.
LOPE: Pues,
¡cómo ayer, sin que os dijera
que os sentarais, os sentasteis,
aun en la silla primera?
CRESPO: Porque nome lo dijisteis,
y hoy, que lo decís, quisiera
no hacerlo. La cortesía
tenerla con quien la tenga.
LOPE: Ayer todo erais reniegos,
porvidas, votos y pesias;
y hoy estáis más apacible,
con más gusto y más prudencia.
CRESPO: Yo, señor, siempre respondo
en el tono y en la letra,
que me hablan. Ayer vos
así hablabais, y era fuerza
que fuera de un mismo tono
la pregunta y la respuesta.
Demás de que yo he tomado
por política discreta,
jurar con aquel que jura,
rezar con aquel que reza.
A todo hago compañía;
y es aquesto de manera
que en toda la noche pude
dormir en la pierna vuestra
pensando, y amanecí
con dolor en ambas piernas;
que, porno errar la que os duele,
si es la izquierda o la derecha,
me dolieron a mí entrambas.
Decidme, ¡por vida vuestra!,
cuál es y sépalo yo
porque una sola me duela.
LOPE: ¿No tengo mucha razón
de quejarme, si ha ya treinta
años que asistiendo en Flandes
al servicio de la guerra,
el invierno con la escarcha
y el verano con la fuerza
del sol, nunca descansé
y no he sabido qué sea
estar sin dolor un hora?
CRESPO: ¡Dios, señor, os dé paciencia!
LOPE: ¿Para qué la quiero yo?
CRESPO: ¡No os la dé!
LOPE: Nunca acá venga,
sino que dos mil demonios
carguen conmigo y con ella.
CRESPO: ¡Amén! Y si no lo hacen
es por no hacer cosa buena.
LOPE: ¡Jesús mil veces, Jesús!
CRESPO: Con vos y conmigo sea.
LOPE: ¡Voto a Cristo, que me muero!
CRESPO: ¡Voto a Cristo, que me pesa!
Saca la mesa JUAN
JUAN: Ya tienes la mesa aquí.
LOPE: ¿Cómo a servirla no entran
mis criados?
CRESPO: Yo, señor,
dije, con vuestra licencia,
que no entraran a serviros,
y que en mi casa no hicieran
prevenciones; que a Dios gracias,
pienso, que no os falte en ella
nada.
LOPE: Pues, que no entran criados,
hacedme favor que venga
vuestra hija aquí a cenar
conmigo.
CRESPO: Dile que venga
tu hermana al instante, Juan.
Vase JUAN
LOPE: Mi poca salud me deja
sin sospecha en esta parte.
CRESPO: Aunque vuestra salud fuera,
señor, la que yo os deseo,
me dejara sin sospecha.
Agravio hacéis a mi amor
que nada de eso me inquieta;
que el decirle que no entrara
aquí fue con advertencia
de que no estuviese a oír
ociosas impertinencias;
que si todos los soldados
corteses, como vos, fueran,
ella había de acudir
a servirlos la primera.
LOPE: (¡Qué ladino es el villano! Aparte
¡Oh, cómo tiene prudencia!)
Salen INÉS e ISABEL [y JUAN]
ISABEL: ¿Qué es, señor, lo que me mandas?
CRESPO: El señor don Lope intenta
honraros. Él es quien llama.
ISABEL: Aquí está una esclava vuestra.
LOPE: Serviros intento yo.
(¡Qué hermosura tan honesta!) Aparte
Que cenéis conmigo quiero.
ISABEL: Mejor es, que a vuestra cena
sirvamos las dos.
LOPE: Sentaos.
CRESPO: Sentaos. Haced lo que ordena
el señor don Lope.
ISABEL: Está
el mérito en la obediencia.
Tocan guitarras [dentro]
LOPE: ¿Qué es aquello?
CRESPO: Por la calle
los soldados se pasean,
cantando y bailando.
LOPE: Mal
los trabajos de la guerra,
sin aquesta libertad
se llevarán; que es estrecha
religión la de un soldado,
y darle ensanchas es fuerza.
JUAN: Con todo eso es linda vida.
LOPE: ¿Fuérades con gusto a ella?
JUAN: Sí, señor, como llevara
por amparo a vueselencia.
Dentro [dicen y luego cantan]
UNO: Mejor se cantará aquí.
REBOLLEDO: Vaya a Isabel una letra.
Para que despierte, tira
a su ventana una piedra.
CRESPO: (A ventana señalada Aparte
va la música. ¡Paciencia!)
MÚSICOS: "La flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
y mañana serán miel."
LOPE: (Música, vaya. Mas esto Aparte
de tirar es desvergüenza.
¡Y a la casa donde estoy
venirse a dar cantaletas!...
Pero disimularé
por Pedro Crespo y por ella.)
¡Qué travesuras!
CRESPO: Son mozos.
(Si por don Lope, no fuera, Aparte
yo les hiciera...)
JUAN: (Si yo Aparte
una rodelilla vieja
que en el cuarto de don Lope
está colgada, pudiera
sacar...)
[JUAN] hace que se va
CRESPO: ¡Dónde vais, mancebo?
JUAN: Voy a que traigan la cena.
CRESPO: Allá hay mozos que la traigan.
TODOS: Despierta, Isabel, despierta.
ISABEL: (¿Qué culpa tengo yo, cielos, Aparte
para estar a esto sujeta?)
LOPE: Ya no se puede sufrir,
porque es cosa muy mal hecha.
Arroja don LOPE la mesa
CRESPO: Pues, ¡y cómo si lo es!
Arroja Pedro CRESPO la silla
LOPE: Llevéme de mi impaciencia.
¿No es, decidme, muy mal hecho,
que tanto una pierna duela?
CRESPO: De eso mismo hablaba yo.
LOPE: Pensé que otra cosa era.
Como arrojasteis la silla...
CRESPO: Como arrojasteis la mesa
vos, no tuve que arrojar
otra cosa yo más cerca.
(¡Disimulemos honor!) Aparte
LOPE: (¡Quién en la calle estuviera!) Aparte
Ahora bien, cenar no quiero.
Retiraos.
CRESPO: Enhorabuena.
LOPE: Señora, quedad con Dios.
ISABEL: El cielo os guarde.
LOPE: (A la puerta Aparte
de la calle, ¿no es mi cuarto?
Y en él, ¿no está una rodela?)
CRESPO: (¿No tiene puerta el corral, Aparte
y yo una espadilla vieja?)
LOPE: Buenas noches.
CRESPO: Buenas noches.
(Encerraré por de fuera Aparte
a mis hijos.)
LOPE: (Dejaré Aparte
un poco la casa quieta.)
ISABEL: (¡Oh, qué mal, cielos, los dos Aparte
disimulan que les pesa!)
INÉS: (Mal el uno por el otro Aparte
van haciendo la deshecha.)
CRESPO: ¡Hola, mancebo!
JUAN: ¿Señor?
CRESPO: Acá está la cama vuestra.
Vanse [todos]. Salen don ÁLVARO, el
SARGENTO, la CHISPA y REBOLLEDO, con guitarras, y soldados
REBOLLEDO: Mejor estamos aquí,
el sitio es más oportuno;
tome rancho cada uno.
CHISPA: ¿Vuelve la música?
REBOLLEDO: Sí.
CHISPA: Ahora estoy en mi centro.
ÁLVARO: ¡Que no haya un ventana
entreabierto esta villana!
SARGENTO: Pues bien lo oyen allá dentro.
CHISPA: Espera.
SARGENTO: Será a mi costa
REBOLLEDO: No es más de hasta ver quién es
quien llega.
CHISPA: ¿Pues qué? ¿No ves
un jinete de la costa?
Salen don MENDO con adarga, y NUÑO
MENDO: ¿Ves bien lo que pasa?
NUñO: No,
no veo bien; pero bien
lo escucho.
MENDO: ¿Quién, cielos, quien
esto puede sufrir?
NUÑO: Yo.
MENDO: ¿Abrirá acaso Isabel
la ventana?
NUÑO: Sí, abrirá.
MENDO: No hará, villano.
NUÑO: No hará.
MENDO: ¡Ah celos, pena crüel!
Bien supiera yo arrojar
a todos a cuchilladas
de aquí; mas disimuladas
mis desdichas han de estar
hasta ver, si ella ha tenido
culpa de ello.
NUÑO: Pues aquí
nos sentemos.
MENDO: Bien. Así
estaré desconocido.
REBOLLEDO: Pues ya el hombre se ha sentado
--si ya no es, que ser ordena
algún alma que anda en pena
de las cañas que ha jugado
con su adarga a cuestas. Da
voz al aire.
CHISPA: Ya él la lleva.
REBOLLEDO: Va una jácara tan nueva,
que corra sangre.
CHISPA: Sí hará.
Salen don LOPE y Pedro CRESPO a un tiempo, con broqueles. [Canta
la CHISPA]
CHISPA: "Érase cierto Sampayo
la flor de los andaluces,
el jaque de mayor porte,
y el jaque de mayor lustre;
éste, pues, a la Chillona
topó un día..."
REBOLLEDO: No le culpen
la fecha, que el consonante
quiere que haya sido en lunes.
CHISPA: "Topó, digo, a la Chillona,
que, brindando entre dos luces,
ocupaba con el Garlo
la casa de los azumbres.
El Garlo, que siempre fue
en todo lo que le cumple
rayo de tejado abajo,
porque era rayo sin nube,
sacó la espada, y a un tiempo
un tajo y revés sacude."
Acuchíllanlos don LOPE y Pedro CRESPO
CRESPO: Sería de esta manera.
LOPE: Que sería así no duden.
Métenlos a cuchilladas y sale don LOPE
LOPE: ¡Gran valor! Uno ha quedado
de ellos, que es el que está aquí.
Sale Pedro CRESPO
CRESPO: Cierto es que el que queda ahí
sin duda es algún soldado.
LOPE: Ni aun éste no ha de escapar
sin almagre.
CRESPO: Ni éste quiero
que quede sin que mi acero
la calle le haga dejar.
LOPE: ¿No huís con los otros?
CRESPO: ¡Huid vos,
que sabréis hüír más bien!
Riñen
LOPE: ¡Voto a Dios, que riñe bien!
CRESPO: ¡Bien pelea, voto a Dios!
Sale JUAN
JUAN: (¡Quiera el cielo, que le tope!) Aparte
Señor, a tu lado estoy.
LOPE: ¿Es Pedro Crespo?
CRESPO: Yo soy.
¿Es don Lope?
LOPE: Sí, es don Lope.
¿Que no habíais, no dijisteis,
de salir? ¿Qué hazaña es ésta?
CRESPO: Sean disculpa y respuesta
hacer lo que vos hicisteis.
LOPE: Aquesta era ofensa mía,
vuestra no.
CRESPO: No hay que fingir;
que yo he salido a reñir
por haceros compañía.
Dentro, los SOLDADOS
SOLDADO 1: A dar muerte nos juntemos
a estos villanos.
Salen don ÁLVARO y todos
ÁLVARO: Mirad...
LOPE: ¿Aquí no estoy yo? Esperad.
¿De qué son estos extremos?
ÁLVARO: Los soldados han tenido,
porque se estaban holgando
en esta calle cantando
sin alboroto y rüido,
una pendencia, y yo soy
quien los está deteniendo.
LOPE: Don Álvaro, bien entiendo
vuestra prudencia; y pues hoy
aqueste lugar está
en ojeriza, yo quiero
excusar rigor más fiero;
y pues amanece ya,
orden doy, que en todo el día,
para que mayor no sea
el daño, de Zalamea
saquéis vuestra compañía.
Y estas cosas acabadas,
no vuelvan a ser, porque
la paz otra vez pondré,
¡voto a Dios!, a cuchilladas.
ÁLVARO: Digo que aquesta mañana
la compañía haré marchar.
(La vida me has de costar, Aparte
hermosísima villana.)
Vanse don ÁLVARO y los SOLDADOS
CRESPO: (Caprichudo es el don Lope; Aparte
ya haremos migas los dos.)
LOPE: Veníos conmigo vos,
y solo ninguno os tope.
Vanse [todos]. Salen don MENDO y NUÑO
herido
MENDO: ¿Es algo, Nuño, la herida?
NUÑO: Aunque fuera menor, fuera
de mí muy mal recibida,
y mucho más que quisiera
MENDO: Yo no he tenido en mi vida
mayor pena ni tristeza.
NUÑO: Yo tampoco.
MENDO: Que me enoje
es justo. ¿Que su fiereza
luego te dio en la cabeza?
NUÑO: Todo este lado me coge.
Tocan
MENDO: ¿Qué es esto?
NUÑO: La compañía
que hoy se va.
MENDO: Y es dicha mía,
pues con este cesarán
los celos del capitán.
NUÑO: Hoy se ha de ir en todo el día.
Salen don ÁLVARO y el SARGENTO
ÁLVARO: Sargento, vaya marchando,
antes que decline el día,
con toda la compañía,
y con prevención que, cuando
se esconda en la espuma fría
del océano español
ese luciente farol,
en ese monte le espero,
porque hallar mi vida quiero
hoy en la muerte del sol.
SARGENTO: Calla, que está aquí un figura
del lugar.
MENDO: Pasar procura,
sin que entiendan mi tristeza.
No muestres, Nuño, flaqueza.
NUÑO: ¿Puedo yo mostrar gordura?
Vanse [don MENDO y NUÑO]
ÁLVARO: Yo he de volver al lugar,
porque tengo prevenida
una criada a mirar
si puedo por dicha hablar
a aquesta hermosa homicida.
Dádivas han granjeado,
que apadrine mi cuidado.
SARGENTO: Pues, señor, si has de volver,
mira que habrás menester
volver bien acompañado,
porque al fin no hay que fiar
de villanos.
ÁLVARO: Ya lo sé.
Algunos puedes nombrar
que vuelvan conmigo.
SARGENTO: Haré
cuanto me quieras mandar.
Pero, ¿si acaso volviese
don Lope, y te conociese
al volver?
ÁLVARO: Ese temor
quiso también que perdiese
en esta parte mi amor;
que don Lope se ha de ir
hoy también a prevenir
todo el tercio a Guadalupe;
que todo lo dicho supe,
yéndome ahora a despedir
de él; porque ya el Rey vendrá,
que puesto en camino está.
SARGENTO: Voy, señor, a obedecerte.
ÁLVARO: Que me va la vida, advierte.
Vase [el SARGENTO] y salen REBOLLEDO y la
CHISPA
REBOLLEDO: ¡Señor, albricias me da!
ÁLVARO: ¿De qué han de ser, Rebolledo?
REBOLLEDO: Muy bien merecerlas puedo,
pues solamente te digo...
ÁLVARO: ¿Qué?
REBOLLEDO: ...que ya hay un enemigo
menos a quien tener miedo.
ÁLVARO: ¿Quién es? Dilo presto.
REBOLLEDO: Aquel
mozo, hermano de Isabel.
Don Lope se le pidió
al padre, y él se le dio,
y va a la guerra con él.
En la calle le he topado
muy galán, muy alentado,
mezclando a un tiempo, señor,
rezagos de labrador
con primicias de soldado.
De suerte que el viejo es ya
quien pesadumbre nos da.
ÁLVARO: Todo nos sucede bien,
y más, si me ayuda quien
esta esperanza me da
de que esta noche podré
hablarla.
REBOLLEDO: No pongas duda.
ÁLVARO: Del camino volveré;
que ahora es razón que acuda
a la gente, que se ve
ya marchar. Los dos seréis
los que conmigo vendréis.
Vase [don ÁLVARO]
REBOLLEDO: Pocos somos, vive Dios,
aunque vengan otros dos,
otros cuatro y otros seis.
CHISPA: Y yo, si tú has de volver
allá, ¿qué tengo de hacer?
Pues no estoy segura yo,
si da conmigo el que dio
al barbero que coser.
REBOLLEDO: No sé qué he de hacer de ti.
¿No tendrás ánimo, di,
de acompañarme?
CHISPA: ¿Pues no?
Vestido no tengo yo;
ánimo y esfuerzo, sí.
REBOLLEDO: Vestido no faltará;
que ahí otro del paje está
de jineta, que se fue.
CHISPA: Pues yo a la par pasaré
con él.
REBOLLEDO: Vamos, que se va
la bandera.
CHISPA: Y yo veo ahora
porque en el mundo he cantado...
Canta [la CHISPA]
"...que el amor del soldado
no dura un hora."
Vanse y salen don LOPE, Pedro CRESPO, y JUAN
LOPE: A muchas cosas os soy
en extremo agradecido;
pero, sobre todas, ésta
de darme hoy a vuestro hijo
para soldado, en el alma
os la agradezco y estimo.
CRESPO: Yo os le doy para criado.
LOPE: Yo os le llevo para amigo;
que me ha inclinado en extremo
su desenfado y su brío,
y la afición a las armas.
JUAN: Siempre a vuestros pies rendido
me tendréis, y vos veréis
de la manera que os sirvo,
procurando obedeceros
en todo.
CRESPO: Lo que os suplico
es que perdonéis, señor,
si no acertare a serviros;
porque en el rústico estudio,
adonde rejas y trillos,
palas, azadas y bieldos
son nuestros mejores libros,
no habrá podido aprender
lo que en los palacios ricos
enseña la urbanidad
política de los siglos.
LOPE: Ya que va perdiendo el sol
la fuerza, irme determino.
JUAN: Veré si viene, señor,
la litera.
Vase [JUAN] y salen INÉS e ISABEL
ISABEL: ¿Y es bien iros
sin despediros de quien
tanto desea serviros?
LOPE: No me fuera sin besaros
las manos y sin pediros
que liberal perdonéis
un atrevimiento digno
de perdón, porque no el precio
hace el don, sino el servicio.
Esta venera que, aunque
está de diamantes ricos
guarnecida, llega pobre
a vuestras manos, suplico
que la toméis y traigáis
por patena en nombre mío.
ISABEL: Mucho siento que penséis,
con tan generoso indicio,
que pagáis el hospedaje,
pues, de honra que recibimos,
somos los deudores.
LOPE: Esto
no es paga, sino cariño.
ISABEL: Por cariño, y no por paga,
solamente la recibo.
A mi hermano os encomiendo,
ya que tan dichoso ha sido
que merece ir por criado
vuestro.
LOPE: Otra vez os afirmo
que podéis descuidar de él;
que va, señora, conmigo.
Sale JUAN
JUAN: Ya está la litera puesta.
LOPE: Con Dios os quedad.
CRESPO: El mismo
os guarde.
LOPE: ¡Ah, buen Pedro Crespo!
CRESPO: ¡Oh, señor don Lope invicto!
LOPE: ¿Quién nos dijera aquel día
primero que aquí nos vimos,
que habíamos de quedar
para siempre tan amigos?
CRESPO: Yo lo dijera, señor,
si allí supiera, al oíros,
que erais...
LOPE: Decid por mi vida.
CRESPO: Loco de tan buen capricho.
Vase [don LOPE y habla Pedro CRESPO] a JUAN
En tanto que se acomoda
el señor don Lope, hijo,
ante tu prima y tu hermana,
escucha lo que te digo.
Por la gracia de Dios, Juan,
eres de linaje limpio,
más que el sol, pero villano.
Lo uno y otro te digo;
aquello, porque no humilles
tanto tu orgullo y tu brío,
que dejes, desconfiado,
de aspirar con cuerdo arbitrio
a ser más; lo otro, porque
no vengas desvanecido
a ser menos. Igualmente
usa de entrambos designios
con humildad; porque, siendo
humilde, con cuerdo arbitrio
acordarás lo mejor
y como tal, en olvido
pondrás cosas, que suceden
al revés en los altivos.
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defecto consigo,
le han borrado por humildes;
y cuántos, que no han tenido
defecto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Sé cortés sobre manera;
sé liberal y partido,
que el sombrero y el dinero
son los que hacen los amigos;
y no vale tanto el oro
que el sol engendra en el indio
suelo, y que consume el mar,
como ser uno bienquisto.
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo,
que es digna de estimación;
porque al fin de ellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos, que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
"Aquesta escuela no es
la que ha de ser". Pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir; que yo afirmo
que, si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.
Con esto y con el dinero
que llevas para el camino,
y para hacer, en llegando
de asiento, un par de vestidos,
al amparo de don Lope
y mi bendición, yo fío
en Dios, que tengo de verte
en otro puesto. Adiós, hijo;
que me enternezco en hablarte.
JUAN: Hoy tus razones imprimo
en el corazón, adonde
vivirán, mientras yo vivo.
Dame tu mano. Y tú, hermana,
los brazos; que ya ha partido
don Lope mi señor, y es
fuerza alcanzarlo.
ISABEL: Los míos
bien quisieran detenerte.
JUAN: Prima, adiós.
INÉS: Nada te digo
con la voz, porque los ojos
hurtan a la voz su oficio.
Adiós.
CRESPO: ¡Ea, vete presto!
Que cada vez que te miro,
siento más el que te vayas,
y ha de ser, porque lo he dicho.
JUAN: El cielo con todos quede.
Vase [JUAN]
CRESPO: El cielo vaya contigo.
ISABEL: ¡Notable crueldad has hecho!
CRESPO: Ahora,que no le miro,
hablaré más consolado.
¿Qué había de hacer conmigo
sino ser toda su vida
un holgazán, un perdido?
Váyase a servir al Rey.
ISABEL: Que de noche haya salido,
me pesa a mí.
CRESPO: Caminar
de noche por el estío,
antes es comodidad,
que fatigo; y es preciso
que a don Lope alcance luego
al instante. (Enternecido Aparte
me deja, cierto, el muchacho,
aunque en público me animo.)
ISABEL: Éntrate, señor, en casa.
INÉS: Pues sin soldados vivimos,
estémonos otro poco
gozando a la puerta el frío
viento que corre; que luego
saldrán por ahí los vecinos.
CRESPO: (A la verdad, no entro dentro Aparte
porque desde aquí imagino
como el camino blanquea
veo a Juan en el camino.)
Inés, sácame a esta puerta
asiento.
INÉS: Aquí está un banquillo.
ISABEL: Esta tarde diz que ha hecho
la villa elección de oficios.
CRESPO: Siempre aquí por el agosto
se hace.
Salen don ÁLVARO, el SARGENTO, REBOLLEDO, la
CHISPA y soldados
ÁLVARO: Pisad sin rüido.
Llega, Rebolledo, tú,
y da a la criada aviso
de que ya estoy en la calle.
REBOLLEDO: Yo voy. Mas, ¿qué es lo que miro?
A su puerta hay gente.
SARGENTO: Y yo
en los reflejos y visos
que la luna hace en el rostro,
que es Isabel, imagino,
ésta.
ÁLVARO: Ella es; mas que la luna,
el corazón me lo ha dicho.
A buena ocasión llegamos.
Si ya, que una vez venimos,
nos atrevemos a todo,
buena venida habrá sido.
SARGENTO: ¿Estás para oír un consejo?
ÁLVARO: No.
SARGENTO: Pues ya no te lo digo.
Intenta lo que quisieres.
ÁLVARO: Yo he de llegar y atrevido
quitar a Isabel de allí.
Vosotros a un tiempo mismo
impedid a cuchilladas
el que me sigan.
SARGENTO: Contigo
venimos y a tu arden hemos
de estar.
ÁLVARO: Advertid, que el sitio
en que habemos de juntarnos
es ese monte vecino
que está a la mano derecha,
como salen del camino.
REBOLLEDO: ¡Chispa!
CHISPA: ¿Qué?
REBOLLEDO: Ten estas capas.
CHISPA: Que es del reñir, imagino,
la gala, el guardar la ropa,
aunque del nadar se dijo.
ÁLVARO: Yo he de llegar el primero.
CRESPO: Harto hemos gozado el sitio.
Entrémonos allá dentro.
ÁLVARO: Ya es tiempo. ¡Llegad, amigos!
ISABEL: ¡Ah, traidor! ¡Señor! ¿Qué es
esto?
ÁLVARO: Es una furia, un delirio
de amor.
Llévanla
ISABEL: ¡Ah, traidor! ¡Señor!
CRESPO: ¡Ah, cobardes!
INÉS: ¡Señor mío,
yo quiero aquí retirarme!
Vase [ISABEL]
CRESPO: Como echáis de ver, ¡ah, impíos!,
que estoy sin espada, aleves,
falsos y traidores!
REBOLLEDO: Idos,
si no queréis que la muerte
sea el último castigo.
CRESPO: ¿Qué importará, si está muerto
mi honor, el quedar yo vivo?
¡Ah, quién tuviera una espada!
Cuando sin armas te sido
es imposible. Ya airado
a ir por ella me animo.
¡Los he de perder de vista!
¿Qué he de hacer hados esquivos
que de cualquiera manera
es uno solo el peligro?
Sale INÉS con la espada
INÉS: Ésta, señor, es tu espada.
Vase [INÉS]
CRESPO: A buen tiempo la has traído.
Ya tengo honra, pues ya tengo
espada con que seguirlos.
Soltad la presa, traidores
cobardes, que habéis traído,
que he de cobrarla o la vida
he de perder.
Riñen
SARGENTO: Vano ha sido
tu intento, que somos muchos.
CRESPO: Mis males son infinitos,
y riñen todos por mí.
Pero la tierra que piso
me ha faltado.
Cae [Pedro CRESPO]
REBOLLEDO: ¡Dale muerte!
SARGENTO: Mirad, que es rigor impío
quitarle la vida y honor;
mejor es en lo escondido
del monte dejarle atado,
porque no lleve el aviso.
Dentro [ISABEL]
ISABEL: ¡Padre y señor!
CRESPO: Hija mía!
REBOLLEDO: Retírale, como has dicho.
CRESPO: Hija, solamente puedo
seguirte con mis suspiros.
Llévanle y sale JUAN
ISABEL: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Qué triste voz!
CRESPO: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Mortal gemido!
A la entrada de este monte
cayó mi rocín conmigo,
veloz corriendo, y yo ciego
por la maleza le sido.
Tristes voces a una parte,
y a otra míseros gemidos
escucho, que no conozco,
porque llegan mal distintos.
Dos necesidades son
las que apellidan a gritos
mi valor; y pues iguales,
a mi parecer, han sido,
y uno es hombre, otro mujer,
a seguir ésta me animo;
que así obedezco a mi padre
en dos cosas que me dijo:
"Reñir con buena ocasión,
y honrar la mujer." Pues miro
que así honro a la mujer,
y con buena ocasión riño.
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
</pre>
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El alcalde de Zalamea/Jornada Tercera
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Ignacio Rodríguez
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<div class="verse">
<pre>
Sale ISABEL como llorando
ISABEL: Nunca amanezca a mis ojos
la luz hermosa del día,
porque a su sombra no tenga
vergüenza yo de mí misma.
¡Oh tú, de tantas estrellas
primavera fugitiva,
no des lugar a la aurora,
que tu azul campaña pisa,
para que con risa y llanto
borre tu apacible vista!
Y ya que ha de ser, que sea
con llanto, mas no con risa.
¡Detente, oh mayor planeta,
mas tiempo en la espuma fría
del mar! Deja que una vez
dilate la noche fría
su trémulo imperio; deja
que de tu deidad se diga,
atenta a mis ruegos, que es
voluntaria y no precisa!
¿Para qué quieres salir
a ver en la historia mía
la más enorme maldad,
la más fiera tiranía,
que en venganza de los hombre
quiere el cielo que se escriba?
Mas, ¡ay de mí!, que parece
que es fiera tu tiranía;
pues desde que te rogué
que te detuvieses, miran
mis ojos tu faz hermosa
descollarse por encima
de los montes. ¡Ay de mí,
que acosada y perseguida
de tantas penas, de tantas
ansias, de tantas impías
fortunas, contra mi honor
se han conjurado tus iras!
¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir?
Si a mi casa determinan
volver mis erradas plantas,
será dar nueva mancilla
a un anciano padre mío,
que otro bien, otra alegría
no tuvo, sino mirarse
en la clara luna limpia
de mi honor, que hoy desdichado
tan torpe mancha le eclipsa.
Si dejo, por su respeta
y mi temor afligida,
de volver a casa, dejo
abierto el paso a que diga
que fui cómplice en mi infamia;
y ciega e inadvertida
vengo a hacer de la inocencia
acreedora a la malicia.
¡Qué mal hice, qué mal hice
de escaparme fugitiva
de mi hermano! ¿No valiera
más que su cólera altiva
me diera la muerte, cuando
llegó a ver la suerte mía?
Llamarle quiero, que vuelva
con saña más vengativa,
y me dé muerte. Confusas
voces el eco repita,
diciendo...
Dentro [Pedro CRESPO]
CRESPO: Vuelve a matarme,
serás piadoso homicida;
que no es piedad, no, dejar
a un desdichado con vida.
ISABEL: ¿Qué voz es ésta, que mal
pronunciada y poco oída,
no se deja conocer?
CRESPO: Dadme muerte, si os obliga
ser piadosos.
ISABEL: ¡Cielos, cielos!
Otro la muerte apellida,
otro desdichado hay
que hoy a pesar suyo viva.
Mas, ¿qué es lo que ven mis ojos?
Descúbrese CRESPO atado
CRESPO: Si piedades solicita
cualquiera que aqueste monte
temerosamente pisa,
llegue a dar muerte... Mas, ¡cielos!
¿Qué es lo que mis ojos miran?
ISABEL: Atadas atrás las manos
a una rigurosa encina...
CRESPO: Enterneciendo los cielos
con las voces que apellida...
ISABEL: ...mi padre está.
CRESPO: ...mi hija viene.
ISABEL: ¡Padre y señor!
CRESPO: ¡Hija mía!
Llégate, y quita estos lazos.
ISABEL: No me atrevo; que si quitan
los lazos, que te aprisionan,
una vez las manos mías,
no me atreveré, señor,
a contarte mis desdichas,
a referirte mis penas;
porque, si una vez te miras
con manos y sin honor
me darán muerte tus iras,
y quiero ante que las veas
referirte a mis fatigas.
CRESPO: Detente, Isabel, detente.
No prosigas; que desdichas,
Isabel, para contarlas
no es menester referirlas.
ISABEL: Hay muchas cosas que sepas,
y es forzoso que al decirlas
tu valor se irrite, y quieras
vengarlas antes de oírlas.
Estaba anoche gozando
la seguridad tranquila,
que al abrigo de tus canas
mis años me prometían,
cuando aquellos embozados
traidores, que determinan
que lo que el honor defiende
el atrevimiento rinda,
me robaros; bien así,
como de los pechos quita
carnicero hambriento lobo
a la simple corderilla.
Aquel capitán, aquel
huésped ingrato, que el día
primero introdujo en casa
tan nunca esperada cisma
de traiciones y cautelas,
de pendencias y rencillas,
fue el primero que en sus brazos
me cogió, mientras le hacías
espaldas otros traidores,
que la bandera militan.
Aquese intricado, oculto
monte que está a la salida
del lugar, fue su sagrado.
¿Cuándo de la tiranía
no son sagrados los montes?
Aquí ajena de mí misma
dos veces me miré, cuando
aun tu voz, que me seguía,
me dejó, porque ya el viento
a quien tus acentos fías,
con la distancia, por puntos
adelgazándose iba;
de suerte, que las que eras
antes razones distintas,
no eran voces sino ríos;
luego en el viento esparcidas,
no eran voces, sino ecos
de una confusas noticias;
como aquel que oye un clarín,
que, cuando de él se retira,
le queda por mucho rato,
si no el ruido, la noticia.
El traidor pues, en mirando
que ya nadie hay quien le diga,
que ya nadie hay que me ampara,
porque hasta la luna misma
ocultó entre pardas sombras,
o crüel o vengativa,
aquella, ¡ay de mí!, prestada
luz, que del sol participa,
pretendió--¡ay de mí otra vez
y otras mil!--con fementidas
palabras buscar disculpa
a su amor. ¿A quién no admira
querer de un instante a otro
hacer la ofensa caricia?
¡Mal hay el hombre, mal haya
el hombre que solicita
por fuerza ganar un alma!
Pues no advierte, pues no mira,
que las victorias de amor
no hay trofeo en que consistan,
sino en granjear el cariño
de la hermosura que estiman;
porque querer sin el alma
una hermosura ofendida,
es querer una belleza
hermosa pero no viva!
¡Qué ruegos, qué sentimientos,
ya de humilde, ya de altiva,
no le dije! Pero en vano;
pues--¡calle aquí la voz mía!--
soberbio--¡enmudezca el llanto!--
atrevido--¡el pecho gima!--
descortés--¡lloren los ojos!--
fiero--¡ensordezca la envidia!--
tirano--¡falte el aliento!--
osado--¡luto me vista!...
y si lo que la voz yerra,
tal vez el acción explica.
De vergüenza cubro el rostro,
de empacho lloro ofendida,
de rabia tuerzo las manos,
el pecho rompe de ira.
Entiende tú las acciones;
pues no hay voces que lo digan.
Baste decir que a las quejas
de los vientos repetidas,
en que ya no pedía al cielo
socorro sino justicia,
salió el alba, y con el alba,
trayendo a la luz por guía,
sentí ruido entre unas ramas.
Vuelvo a mirar quién sería,
y veo a mi hermano. ¡Ay cielos!
¿Cuándo, cuándo, ah suerte impía,
llegaron a un desdichado
los favores con más prisa?
Él, a la dudosa luz
que, si no alumbra, domina,
reconoce el daño antes
que ninguno se lo diga
--que son linces los pesares
que penetran con la vista--.
Sin hablar palabra, saca
el acero, que aquel día
le ceñiste. El capitán,
que el tardo socorro mira
en mi favor, contra el suyo
saca la blanca cuchilla.
Cierra el uno con el otro;
este repara, aquel tira;
y yo, en tanto que los dos
generosamente lidian,
viendo temerosa y triste,
que mi hermano no sabía
si tenía culpa o no,
por no aventurar mi vida
en la disculpa, la espalda
vuelvo, y por la entretejida
maleza del monte huyo;
pero no con tanta prisa,
que no hiciese de unas ramas
intricadas celosías;
porque deseaba, señor,
saber lo mismo que huía.
A poco rato mi hermano
dio al capitán una herida.
Cayó. Quiso asegurarle...
cuando los que ya venían
buscando a su capitán
en su venganza se incitan.
Quiere defenderse; pero
viendo que era una cuadrilla,
corre veloz. No le siguen,
porque todos determinan
más acudir al remedio
que a la venganza que incitan.
En brazos al capitán,
volvieron hacia la villa,
sin mirar en su delito;
que en las penas sucedidas
acudir determinaron
primero a la más precisa.
Yo, pues, que atenta miraba
eslabonadas y asidas
unas ansias de otras ansias,
ciega, confusa y corrida,
discurrí, bajé, corrí,
sin luz, sin norte, sin guía,
monte, llano y espesura,
hasta que a tus pies rendida,
antes que me des la muerte,
te he contado mis desdichas.
Ahora, que ya las sabes,
generosamente anima
contra mi vida el acero,
el valor contra mi vida;
que ya para que me mates
aquestos lazos te quitan
mis manos; alguno de ellos
mi cuello infeliz oprima.
Desátale
Tu hija soy, sin honra estoy,
y tú libre; solicita
con mi muerte tu alabanza,
para que de ti se diga
que, por dar vida a tu honor
diste la muerte a tu hija.
Arrodíllase
CRESPO: Álzate, Isabel, del suelo;
no, no estás más de rodillas;
que a no haber estos sucesos
que atormenten y persigan,
ociosas fueran las penas,
sin estimación las dichas.
Para los hombres se hicieron,
y es menester que se impriman
con valor dentro del pecho.
Isabel, vamos aprisa;
demos la vuelta a mi casa;
que este muchacho peligra,
y hemos menester hacer
diligencias exquisitas,
por saber de él, y ponerle
en salvo.
ISABEL: (¡Fortuna mía, Aparte
o mucha cordura o mucha
cautela es ésta!)
CRESPO: Camina.
(¡Vive Dios que si la fuerza Aparte
y necesidad precisa
de curarse hizo volver
al capitán a la villa,
que pienso que le está bien
morirse de aquella herida
por excusarse de otra
y otras mil, que el ansia mía
no ha de parar hasta darle
la muerte!) ¡Ea! Vamos, hija,
a nuestra casa.
Sale el ESCRIBANO
ESCRIBANO: ¡Oh, señor,
Pedro Crespo! ¡Dame albricias!
CRESPO: ¿Albricias? ¿De qué, escribano?
ESCRIBANO: En concejo aqueste día
os ha hecho alcalde, y tenéis
para estrena de justicia
dos grandes acciones hoy.
La primera es la venida
del Rey, que estará hoy aquí,
o mañana en todo el día
según dicen. Es la otra,
que ahora han traído a la villa
de secreto unos soldados
a curarse con gran prisa
aquel capitán que ayer
tuvo aquí su compañía.
Él no dice quién le hirió;
pero si esto se averigua
será una gran causa.
CRESPO: (¡Cielos, Aparte
cuando vengarte imaginas,
me hace dueño de mi honor
la vara de la justicia!
¿Cómo podré delinquir
yo, si en esta hora misma
me ponen a mí por juez
para que otros no delincan?
Pero cosas como aquestas
no se ven con tanta prisa.)
En extremo agradecido
estoy a quien solicita
honrarme.
ESCRIBANO: Vení a la casa
del concejo y, recibida
la posesión de la vara,
haréis en la causa misma
averiguaciones.
CRESPO: Vamos.
A ISABEL
A tu casa te retira.
ISABEL: (¡Duélese el cielo de mí!) Aparte
Yo he de acompañarte.
CRESPO: Hija,
ya tenéis el padre alcalde,
él os guardará justicia.
Vanse. Salen don ÁLVARO con banda, como
herido, y el SARGENTO
ÁLVARO: Pues la herida no era nada,
¿por qué me hicisteis volver
aquí?
SARGENTO: ¿Quién pudo saber
lo que era antes de curada?
ÁLVARO: Ya la cura prevenida,
hemos de considerar,
que no es bien aventurar
hoy la vida por la herida.
SARGENTO: ¿No fuera mucho peor
que te hubieras desangrado?
ÁLVARO: Puesto que ya estoy curado,
detenernos será error.
Vámonos, antes que corra
voz de que estamos aquí.
¿Están ahí los otros?
SARGENTO: Sí.
ÁLVARO: Pues la fuga nos socorra
del riesgo de estos villanos,
que, si se llega a saber
que estoy aquí, habrá de ser
fuerza apelar a las manos.
Sale REBOLLEDO
REBOLLEDO: La justicia aquí se ha entrado.
ÁLVARO: ¿Qué tiene que ver conmigo
justicia ordinaria?
REBOLLEDO: Digo,
que hasta aquí ha llegado.
ÁLVARO: Nada me puede a mí estar
mejor, llegando a saber
que estoy aquí, y no temer
a la gente del lugar;
que la justicia es forzoso
remitirme en esta tierra
a mi consejo de guerra;
con que, aunque el lance es penoso,
tengo mi seguridad.
REBOLLEDO: Sin duda se ha querellado
el villano.
ÁLVARO: Eso he pensado.
Dentro
ESCRIBANO: Todas las puertas tomad,
y no me salga de aquí
soldado que aquí estuviere;
y al que salirse quisiere,
matadle.
Salen Pedro CRESPO con vara, el ESCRIBANO, y los
que puedan
ÁLVARO: Pues, ¿cómo así
entráis? Mas... ¿qué es lo que veo?
CRESPO: ¿Cómo no? A mi parecer
la justicia ha menester
más licencia, a lo que creo.
ÁLVARO: La justicia, cuando vos
de ayer acá lo seáis,
no tiene, si lo miráis,
que ver conmigo.
CRESPO: Por Dios,
señor, que no os alteréis;
que sólo a una diligencia
vengo, con vuestra licencia,
aquí, y que solo os quedéis
importa.
A los soldados
ÁLVARO: Salíos de aquí.
Al ESCRIBANO y los otros
CRESPO: Salíos vosotros también.
Al escribano
Con esos soldados ten
gran cuidado.
ESCRIBANO: Harélo así.
Vanse [el ESCRIBANO, los soldados, y los
labradores]
CRESPO: Ya que yo, como justicia,
me valí de su respeto,
para obligaros a oírme,
la vara a esta parte dejo,
y como un hombre no más
deciros mis penas quiero.
Arrima la vara
Y puesto que estamos solos,
señor don Álvaro, hablemos
más claramente los dos
sin que tantos sentimientos
como tiene encerrados
en las cárceles del pecho
acierten a quebrantar
las prisiones del silencio.
Yo soy un hombre de bien;
que a escoger mi nacimiento,
no dejara, es Dios Testigo,
un escrúpulo, un defecto
en mí, que suplir pudiera
la ambición de mi deseo.
Siempre acá entre mis iguales
me he tratado con respeto.
De mí hacen estimación
el cabildo y el concejo.
Tango muy bastante hacienda,
porque no hay, gracias al cielo,
otro labrador más rico
en todos aquestos pueblos
de la comarca. Mi hija
se ha crïado, a lo que pienso,
con la mejor opinión,
virtud y recogimiento
del mundo. Tal madre tuvo
--téngala Dios en el cielo!--
...Bien pienso que bastará,
señor, para abono de esto,
el ser rico, y no haber quien
me murmure, ser modesto,
y no haber quien me baldone;
y mayormente viviendo
en un lugar corto, donde
otra falta no tenemos
más que decir unos de otros
las faltas y los defectos;
y pluguiera a Dios, señor,
que se quedara en saberlos.
Si es muy hermosa mi hija,
díganlo vuestros extremos,
aunque pudiera, al decirlos,
con mayores sentimientos
llorar. Señor, ya esto fue
mi desdicha. No apuremos
toda la ponzoña al vado;
quédese algo al sufrimiento.
No hemos de dejar, señor,
salirse con todo al tiempo;
algo hemos de hacer nosotros
para encubrir sus defectos.
Éste ya veis si es bien grande,
pues aunque encubrirle quiero,
no puedo; que sabe Dios,
que a poder estar secreto
y sepultado en mí mismo,
no viniera a lo que vengo;
que todo esto remitiera,
por no hablar, al sufrimiento.
Deseando pues remediar
agravio tan manifiesto,
buscar remedio a mi afrenta,
es venganza, no es remedio;
y vagando de uno en otro,
uno solamente advierto,
que a mí me está bien y a vos
no mal; y es, que desde luego
os toméis toda mi hacienda,
sin que para mi sustento
ni el de mi hijo, a quien yo
traeré a echar a los pies vuestros,
reserve un maravedí,
sino quedarnos pidiendo
limosna, cuando no haya
otro camino, otro medio
con que poder sustentarnos.
Y si queréis desde luego
poner una S y un clavo
hoy a los dos y vendernos,
será aquesta cantidad
más del dote que os ofrezco.
Restaurad una opinión
que habéis quitado. No creo,
que desluzcáis vuestro honor
porque los merecimientos,
que vuestros hijos, señor,
perdieren, por ser mis nietos,
ganarán con más ventaja,
señor, con ser hijos vuestros.
En Castilla, el refrán dice
que el caballo--y es lo cierto--
lleva la silla. Mirad,
Híncase de rodillas
que a vuestros pies os lo ruego
de rodillas y llorando
sobre estas canas que el pecho,
viendo nieve y agua, piensa,
que se me estás derritiendo.
¿Qué os pido? Un honor os pido,
que me quitasteis vos mesmo;
y con ser mío, parece,
según os lo estoy pidiendo
con humildad, que no os pido
lo que es mío, sino vuestro.
Mirad, que puedo tomarle
por mis manos, y no quiero,
sino que vos me los deis.
ÁLVARO: (¡Ya me falta el sufrimiento!) Aparte
Viejo cansado y prolijo,
agradeced que no os doy
la muerte a mis manos hoy,
por vos y por vuestro hijo;
porque quiero que debáis
no andar con vos más crüel
a la beldad de Isabel.
Si vengar solicitáis
por armas vuestra opinión,
poco tengo que temer;
si por justicia ha de ser,
no tenéis jurisdicción.
CRESPO: ¿Que en fin no os mueve mi llanto?
ÁLVARO: Llantos no se han de creer
de viejo, niño y mujer.
CRESPO: ¿Que no pueda dolor tanto
mereceros un consuelo?
ÁLVARO: ¿Qué más consuelo queréis,
pues con la vida volvéis?
CRESPO: Mirad que echado en el suelo
mi honor a voces os pido.
ÁLVARO: ¡Qué enfado!
CRESPO: Mirad que soy
alcalde en Zalamea hoy.
ÁLVARO: Sobre mí no habéis tenido
jurisdicción. Es consejo
de guerra enviará por mí.
CRESPO: ¿Es eso os resolvéis?
ÁLVARO: Sí,
caduco y cansado viejo.
CRESPO: ¿No hay remedio?
ÁLVARO: El de callar
es el mejor para vos.
CRESPO: ¿No otro?
ÁLVARO: No.
CRESPO: Pues, ¡juro a Dios,
[Levántase y] toma la vara
que me lo habéis de pagar!
¡Hola!
Salen el ESCRIBANO y los villanos
ESCRIBANO: ¿Señor?
ÁLVARO: ¿Qué querrán
estos villanos hacer?
ESCRIBANO: ¿Qué es lo que manda?
CRESPO: Prender
mando al señor capitán.
ÁLVARO: ¡Buenos son vuestros extremos!
Con un hombre como yo,
en servicio del Rey, no
se puede hacer.
CRESPO: Probaremos.
De aquí, si no es preso o muerto,
no saldréis.
ÁLVARO: Yo os apercibo
que soy un capitán vivo.
CRESPO: ¿Soy yo acaso alcalde [tuerto]?
Daos al instante a prisión.
ÁLVARO: (No me puedo defender Aparte
fuerza es dejarme prender.)
Al Rey de esta sinrazón
me quejaré.
CRESPO: Yo también
de esa otra; y aun bien que está
cerca de aquí, y nos oirá
a los dos. Dejar es bien
esa espada.
ÁLVARO: No es razón,
que...
CRESPO: ¿Cómo no, si vais preso?
ÁLVARO: Tratad con respeto.
CRESPO: Eso
está muy puesto en razón.
Al ESCRIBANO
Con respeto le llevad
a las casas en efeto
del concejo, y con respeto
un par de grillos le echad
y una cadena, y tened
con respeto gran cuidado,
que no hable a ningún soldado.
Y a todos también poned
en la cárcel, que es razón,
y aparte, porque después
con respeto a todos tres
les tomen la confesión.
Aparte a don ÁLVARO
Y aquí, para entre los dos
si hallo harto paño, en efeto
con muchísimo respeto
os he de ahorcar, ¡juro a Dios!
ÁLVARO: ¡Ah, villanos con poder!
Llévanle preso. Vanse. Salen REBOLLEDO, la
CHISPA, el ESCRIBANO y CRESPO
ESCRIBANO: Este paje, este soldado,
son los que mi cüidado
sólo ha podido prender;
que otro se puso en hüida.
CRESPO: Éste el pícaro es que canta.
Con un paso de garganta
no ha de hacer otro en su vida.
REBOLLEDO: ¿Pues qué delito es, señor,
el cantar?
CRESPO: Que es virtud siento,
y tanto, que un instrumento
tengo en que cantéis mejor.
Resolveos a decir...
REBOLLEDO: ¿Qué?
CRESPO: ...cuanto anoche pasó...
REBOLLEDO: Tu hija, mejor que yo
lo sabe.
CRESPO: ...o has de morir.
CHISPA: Rebolledo, determina
negarlo punto por punto;
serás, si niegas, asunto
para una jacarandina
que cantaré.
CRESPO: ¿A vos, después,
quién otra os ha de cantar?
CHISPA: A mí no me pueden dar
tormento.
CRESPO: Sepamos, pues,
por qué.
CHISPA: Esto es cosa asentada,
y que no hay ley que tal mande.
CRESPO: ¿Qué causa tenéis?
CHISPA: Bien grande.
CRESPO: ¡Decid, cuál!
CHISPA: Estoy preñada.
CRESPO: (¿Hay cosa más grande? Aparte
Mas la cólera me inquieta.)
¿No sois paje de jineta?
CHISPA: No, señor, sino de brida.
CRESPO: Resolveos a decir
vuestros dichos.
CHISPA: Sí, diremos
y aún más de los que sabemos;
que peor será morir.
CRESPO: Eso excusará a los dos
del tormento.
CHISPA: Si es así,
pues para cantar nací,
he de cantar, ¡vive Dios!
Cantan
"¡Tormento me quieren dar!"
REBOLLEDO: "Y, ¿qué quieren darme a mí?"
CRESPO: ¿Qué hacéis?
CHISPA: Templar desde aquí
pues que vamos a cantar.
Vanse. Sale JUAN
JUAN: Desde que al traidor herí
en el monte, desde que
riñendo con él, porque
llegaron tantos, volví
la espalda, el monte he corrido,
la espesura he penetrado,
y a mi hermana no he encontrado.
En efecto, me he atrevido
a venirme hasta el lugar
y entrar dentro de mi casa,
donde todo lo que pasa
a mi padre he de contar.
Veré lo que me aconseja
que haga, cielos, en favor
de mi vida y de mi honor.
Salen ISABEL e INÉS
INÉS: Tanto sentimiento deja;
que vivir tan afligida,
no es vivir, matarte es.
ISABEL: Pues, ¿quién te ha dicho, ¡ay Inés!,
que no aborrezco la vida?
JUAN: Diré a mi padre... ¡ay de mí!
¿No es ésta Isabel? Es llano,
pues, ¿qué espero?
Saca la daga
INÉS: ¡Primo!
ISABEL: ¡Hermano!
¿Qué intentas?
JUAN: Vengar así
la ocasión en que hoy has puesto
mi vida y mi honor.
ISABEL: ¡Advierte!...
JUAN: Tengo de darte la muerte,
¡viven los cielos!
Sale Pedro CRESPO [con la vara]
CRESPO: ¿Qué es esto?
JUAN: Es satisfacer, señor,
una injuria, y es vengar
una ofensa, y castigar...
CRESPO: Basta, basta; que es error
que os atreváis a venir...
JUAN: (¿Qué es lo que mirando estoy?) Aparte
CRESPO: ...delante así de mí hoy,
acabando ahora de herir
en el monte un capitán.
JUAN: Señor, si le hice esa ofensa,
que fue en honrada defensa
de tu honor.
CRESPO: ¡Ea, basta, Juan!
¡Hola!
Salen los labradores
¡Llevadle también
preso!
JUAN: ¿A tu hijo, señor,
tratas con tanto rigor?
CRESPO: Y aun a mi padre también
con tal rigor le tratara.
(Aquesto es asegurar Aparte
su vida, y han de pensar
que es la justicia más rara
del mundo.)
JUAN: Escucha por qué.
Habiendo un traidor herido,
a mi hermana he pretendido
matar también...
CRESPO: Ya lo sé.
Pero no basta sabello
yo como yo, que ha de ser
como alcalde, y he de hacer
información sobre ello;
y hasta que conste, qué culpa
te resulta del proceso,
tengo de tenerte preso.
(Yo le hallaré la disculpa.) Aparte
JUAN: Nadie entender solicita
tu fin, pues sin honra ya
prendes a quien te la da,
guardando a quien te la quita.
Llévanlo preso [a JUAN]
CRESPO: Isabel, entra a firmar
esta querella que has dado
contra aquél que te ha injuriado.
ISABEL: ¿Tú, que quisiste ocultar
nuestra ofensa, eres ahora
quien más trata publicarla?
Pues no consigues vengarla,
consigue el callarla ahora.
CRESPO: Que ya que,como quisiera
me quita esta obligación,
satisfacer mi opinión
ha de ser de esta manera.
Vase [ISABEL]
Inés, pon ahí esa vara;
pues que por bien no ha querido
ver el caso conclüido,
querrá por mal.
Dentro
LOPE: ¡Para, para!
CRESPO: ¿Qué es aquesto? ¿Quién,
quién hoy
se apea en mi casa así?
Pero, ¿quién se ha entrado aquí?
Sale don LOPE
LOPE: ¡Oh, Pero Crespo! Yo soy,
que volviendo a este lugar
de la mitad del camino
donde me trae--imagino--
un grandísimo pesar,
no era bien ir a apearme
a otra parte, siendo vos
tan mi amigo.
CRESPO: ¡Guárdeos Dios!
Que siempre tratáis de honrarme.
LOPE: Vuestro hijo no ha parecido
por allá.
CRESPO: Preso sabréis
la ocasión. La que tenéis,
señor, de haberos venido,
me haced merced de contar;
que venís mortal, señor.
LOPE: La desvergüenza es mayor
que se puede imaginar.
Es el mayor desatino
que hombre ninguno intentó.
Un soldado me alcanzó
y me dijo en el camino...
¡Que estoy perdido, os confieso,
de cólera!...
CRESPO: Proseguí.
LOPE: ...que un alcaldillo de aquí
al capitán tiene preso;
y, ¡voto a Dios!, no he sentido
en toda aquesta jornada
esta pierna excomulgada
si no es hoy, que me ha impedido
el haber antes llegado
donde el castigo le dé.
¡Voto a Jesucristo, que
al grande desvergonzado
a palos le he de matar!
CRESPO: Pues habéis venido en balde;
porque pienso que el alcalde
no se los dejará dar.
LOPE: Pues dárselos sin que deje
dárselos.
CRESPO: Malo lo veo;
ni que haya en el mundo creo
quien tan mal os aconseje.
¿Sabéis por qué le prendió?
LOPE: No; mas sea lo que fuere
justicia la parte espere
de mí; que también sé yo
degollar si es necesario.
CRESPO: Vos no debéis de alcanzar,
señor, lo que en un lugar
es un alcalde ordinario.
LOPE: ¿Será más de un villanote?
CRESPO: Un villanote será
que, si cabezudo da,
en que ha de darle garrote,
¡par Dios!, se salga con ello.
LOPE: No se saldrá tal, ¡par Dios!,
y si por ventura vos,
si sale o no, queréis vello,
decidme dó vive o no.
CRESPO: Bien cerca vive de aquí.
LOPE: Pues a decirme vení
quién es el alcalde.
CRESPO: Yo.
LOPE: ¡Voto a Dios, que lo sospecho!
CRESPO: ¡Voto a Dios, como os le he dicho!
LOPE: Pues, Crespo, lo dicho dicho.
CRESPO: Pues, señor, lo hecho hecho.
LOPE: Yo por el preso he venido
y a castigar este exceso.
CRESPO: Pues yo acá le tengo preso
por lo que acá ha sucedido.
LOPE: ¿Vos sabéis que a servir pasa
al Rey, y soy su juez yo?
CRESPO: ¿Vos sabéis que me robó
a mi hija de mi casa?
LOPE: ¿Vos sabéis que mi valor
dueño de esta causa ha sido?
CRESPO: ¿Vos sabéis cómo atrevido
robó en un monte mi honor?
LOPE: ¿Vos sabéis cuánto os prefiere
el cargo que he gobernado?
CRESPO: ¿Vos sabéis que le he rogado
con la paz y no la quiere?
LOPE: Que os entráis no es bien, se arguya,
en otra jurisdicción.
CRESPO: Él se me entró en mi opinión
sin ser jurisdicción suya.
LOPE: Yo os sabré satisfacer
obligándome a la paga.
CRESPO: Jamás pedí a nadie que haga
lo que yo me pueda hacer.
LOPE: Yo me he de llevar el preso;
ya estoy en ello empeñado.
CRESPO: Yo por acá he sustanciado
el proceso.
LOPE: ¿Qué es proceso?
CRESPO: Unos pliegos de papel,
que voy juntando, en razón
de hacer la averiguación
de la causa.
LOPE: Iré por él
a la cárcel.
CRESPO: No embarazo
que vais, solo se repare
que hay orden que al que llegare
le den un arcabuzazo.
LOPE: Como a esas balas estoy
enseñado yo a esperar...
(Mas no se ha de aventurar Aparte
nada en el acción de hoy.)
¡Hola, soldado!
Sale un SOLDADO
Id volando,
y a todas las compañías
que alojadas estos días
han estado y van marchando
decid que bien ordenadas
lleguen aquí en escuadrones,
con balas en los cañones
y con las cuerdas caladas.
SOLDADO 1: No fue menester llamar
la gente; que habiendo oído
aquesto que ha sucedido
se ha entrado en el lugar.
LOPE: Pues, ¡voto a Dios!, que he de ver
si me dan el preso o no.
CRESPO: Pues, ¡voto a Dios!, que antes yo
haré lo que se ha de hacer!
Éntranse. Tocan cajas y dicen dentro
LOPE: Ésta es la cárcel, soldados,
adonde está del capitán.
Si no os le dan al momento,
poned fuego y la abrasad.
Y si se pone en defensa
el lugar, todo el lugar.
ESCRIBANO: Ya, aunque rompan la cárcel,
no le darán libertad.
LOPE: ¡Mueran aquestos villanos!
CRESPO: ¿Que mueran? Pues, ¿qué? ¿No hay
más?
LOPE: Socorro les ha venido.
¡Romped la cárcel, llegad,
romped la puerta!
Salen el REY, don LOPE y los soldados, Pedro
CRESPO, y los villanos. Todos se descubren
REY: ¿Qué es esto?
Pues, ¿de esta manera estáis
viniendo yo?
LOPE: Ésta es, señor,
la mayor temeridad
de un villano, que vio el mundo.
Y, ¡vive Dios!, que a no entrar
en el lugar tan aprisa,
señor, Vuestra Majestad,
que había de hallar luminarias
puestas por todo el lugar.
REY: ¿Qué ha sucedido?
LOPE: Un alcalde
ha prendido un capitán
y viniendo yo por él
no le quieren entregar.
REY: ¿Quién es el alcalde?
CRESPO: Yo.
REY: ¿Y qué disculpas me dais?
CRESPO: Este proceso, en que bien
probado el delito está,
digno de muerte por ser
una doncella robar,
forzarla en un despoblado
y no quererse casar
con ella, habiendo su padre
rogádole con la paz.
LOPE: Éste es el alcalde, y es
su padre.
CRESPO: No importa en tal
caso; porque, si un extraño
se viniera a querellar,
¿no había de hacer justicia?
Sí. ¿Pues qué más se me da
hacer por mi hija lo mismo
que hiciera por los demás?
Fuera de que, como he preso
un hijo mío, es verdad
que no escuchara a mi hija,
pues era la sangre igual.
Mírese, si está bien hecha
la causa; miren, si hay
quien diga que yo haya hecho
en ella alguna maldad,
si he inducido algún testigo,
si está algo escrito demás
de lo que he dicho, y entonces
me den muerte.
REY: Bien está
sustanciado. Pero vos
no tenéis autoridad
de ejecutar la sentencia
que toca a otro tribunal.
Allá hay justicia, y así
remitid al preso.
CRESPO: Mal
podré, señor, remitirle;
porque, como por acá
no hay más que sola una audiencia,
cualquier sentencia que hay
la ejecuta ella; y así
ésta ejecutada está.
REY: ¿Qué decís?
CRESPO: Si no creéis
que es esto, señor, verdad,
volved los ojos y vello.
Aqueste es el capitán.
Aparece dado garrote en una silla don
ÁLVARO
REY: Pues, ¿cómo así os atrevisteis?
CRESPO: Vos habéis dicho que está
bien dada aquesta sentencia,
luego esto no está hecho mal.
REY: ¿El consejo no supiera
la sentencia ejecutar?
CRESPO: Toda la justicia vuestra
es sólo un cuerpo no más;
si éste tiene muchas manos,
decid, ¿qué más se me da
matar con aquesta un hombre
que esta otra había de matar?
¿Y qué importa errar lo menos
quien acertó lo demás?
REY: Pues ya que aquesto sea así,
¿por qué, como a capitán
y caballero, no hicisteis
degollarle?
CRESPO: ¿Eso dudáis?
Señor, como los hidalgos
viven tan bien por acá,
el verdugo que tenemos
no ha aprendido a degollar;
y ésa es querella del muerto,
que toca a su autoridad,
y hasta que él mismo se queje,
no les toca a los demás.
REY: Don Lope, aquesto ya es hecho,
bien dada la muerte está;
no importa error lo menos
quien acertó lo demás.
Aquí no quede soldado
alguno, y haced marchar
con brevedad; que me importa
llegar presto a Portugal.
[A CRESPO]
Vos, por alcalde perpetuo
de aquesta villa os quedad.
CRESPO: Sólo vos a la justicia
tanto supierais honrar.
Vanse el REY [y su acompañamiento, soldados,
y labradores]
LOPE: Agradeced al buen tiempo
que llegó Su Majestad.
CRESPO: ¡Par Dios!, aunque no llegara
no tenía remedio ya.
LOPE: ¿No fuera mejor hablarme,
dando el preso y remediar
el honor de vuestra hija?
CRESPO: Un convento tiene ya
elegido y tiene esposo
que no mira en calidad.
LOPE: Pues dadme los demás presos.
CRESPO: Al momento los sacad.
Salen REBOLLEDO y la CHISPA
LOPE: Vuestro hijo falta; porque
siendo mi soldado ya,
no ha de quedar preso.
CRESPO: Quiero
también, señor, castigar
el desacato que tuvo
de herir a su capitán;
que, aunque es verdad que su honor
a esto le pudo obligar,
de otra manera pudiera.
LOPE: Pero Crespo... ¡bien está!
Llamadle.
Sale JUAN
CRESPO: Ya él está aquí.
JUAN: Las plantas, señor, me dad;
que a ser vuestro esclavo iré.
REBOLLEDO: Yo no pienso ya cantar
en mi vida.
CHISPA: Pues, yo sí,
cuantas veces a mirar
llegue al pasado instrumento.
CRESPO: Con que fin el autor da
a esta historia verdadera.
Los defectos perdonad.
FIN DE LA COMEDIA
</pre>
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[[Categoría:El alcalde de Zalamea|El 04]]
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El delincuente honrado/Acto IV
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Ignacio Rodríguez
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El teatro representa el interior de una torre del alcázar, que sirve de prisión a TORCUATO. La escena es de noche. En esta habitación no habrá más adorno que dos o tres sillas, una mesa, y sobre ella un bujía. En el fondo habrá una puerta, que comunique al cuarto interior, donde se supone está el reo, y a esta puerta se verán dos centinelas. JUSTO está sentado junto a la mesa con aire triste, inquieto y pensativo, y el ESCRIBANO en pie, algo retirado.
Escena I
JUSTO, ESCRIBANO.
ESCRIBANO.- (Acercándose.) Señor, ya está todo evacuado; a las cinco y media en punto partió el posta con los autos y la representación.
JUSTO.- Muy bien, don Claudio; idos a mi cuarto, y esperadme en él sin separaros un instante. Si alguno me buscare para cosa urgente, avisadme; y si no lo fuere, que nadie me interrumpa. Si volviese el expreso, traedle aquí con reserva; sobre todo, un profundo silencio...
ESCRIBANO.- Ya entiendo, señor. (Yéndose.) ¡Qué afligido está!
Escena II
JUSTO.
JUSTO.- (Después de alguna pausa.) En fin, he cumplido con mi funesto ministerio sin olvidar la humanidad. ¡Quiera el cielo que mis razones sean atendidas! Pero el Ministro no verá las lágrimas de estos infelices, ni los clamores de una familia desolada podrán penetrar hasta su oído... ¡Ve aquí por qué los poderosos son insensibles...! Sumidas en el fausto y la grandeza, ¿cómo podrán sus almas prestarse a la compasión? ¡Ah! ¡Desdichados los que se creen dichosos en medio de las miserias públicas...! Mas yo confío en la piedad del Soberano... Su ánimo benigno no puede desatender tan justas instancias. (Se levanta y pasea inquieto.) No sé de qué nace esta inquietud que me atormenta. ¿No pudiera ser que don Torcuato...? Haber nacido en Salamanca... No tener noticia de sus padres... Su edad... Su fisonomía... ¡Ah, dulce y funesta ilusión! ¡El fruto desdichado de nuestros amores pasó rápidamente de la cuna al sepulcro...! No obstante, quiero hablarle. (Llamando a los centinelas.) ¡Hola!, que venga el reo a mi presencia. (Se sienta. Los centinelas entran por la puerta del cuarto interior; salen luego con TORCUATO, que debe venir poco a poco por causa de los grillos, y le conducen hasta la presencia del Juez.)
Escena III
JUSTO, TORCUATO.
JUSTO.- Sí, yo le preguntaré... (Viéndole.) Su vista me quebranta el corazón. (A los centinelas.) Despejad. (A TORCUATO.) Sentaos. (Los centinelas se retiran, y TORCUATO se irá acercando poco a poco a una de las sillas, donde se sienta.) Sentaos, amigo mío; ya no soy vuestro juez, pues sólo vengo a consolaros y daros una prueba de lo que os estimo. Vuestra honradez me tiene sorprendido, y vuestra franqueza me parece digna de la mayor admiración; pero siento que os hayan sido tan perjudiciales.
TORCUATO.- El honor, que fue la única causa de mi delito, es, señor, la única disculpa que pudiera alegar; pero esta excepción no la aprecian las leyes. Respeto, como debo, la autoridad pública, y no trato de eludir sus decisiones con enredos y falsedades. Cuando acepté el desafío preví estas consecuencias; por no perder el honor me expuse entonces a la muerte, y ahora por conservarle la sufriré tranquilo.
JUSTO.- Pero ¡tanto empeño en callar las injurias con que os provocó vuestro agresor...! Tal vez su atrocidad, representada al Soberano...
TORCUATO.- ¡Ay, señor!, las leyes son recientes y claras, y no dejan refugio alguno al que acepta un desafío. ¿Por qué queríais que dejase perpetuados en el proceso los nombres viles...?
JUSTO.- Pues qué, ¿acaso el marqués...?
TORCUATO.- Me habéis dicho que no me habláis como juez; por eso os voy a responder como amigo. Mi ofensor, señor, era uno de aquellos hombres temerarios a quienes su alto nacimiento y una perversa educación inspiran un orgullo intolerable. En nuestro disgusto me dijo mil denuestos, que yo disimulé a su temeridad. Me desafió varias veces, y yo me desentendí sin contestarle; pero al fin insistió tanto y llevó a tal extremo su provocación, que me echó en cara un defecto... El rubor no me deja repetirle. (TORCUATO se cubre el rostro.)
JUSTO.- Y bien, ¿qué os dijo? Habladme con lisura.
TORCUATO.- (Llorando.) ¡Ay, señor! entre mis desgracias cuento por la mayor la de no saber a quién debo la vida. Yo he sido fruto desdichado de un amor ilegítimo; y aunque este defecto estuvo siempre oculto, ciertos rumores... En fin, el marqués...
JUSTO.- (Sobresaltado y con prontitud.) Ya, ya entiendo... Y, con efecto, ¿habéis nacido en Salamanca?
TORCUATO.- Sí, señor; allí nací, y allí tuve mi primera educación.
JUSTO.- (Siempre sobresaltado.) ¿Y a quién la debisteis?
TORCUATO.- A una parienta de mi propia madre, que me negó siempre el dulce nombre de hijo.
JUSTO.- (Con mayor inquietud.) Pero ¿supisteis después que lo erais en efecto?
TORCUATO.- Una criada antigua me dio las únicas noticias que tengo de mi origen. Mi madre, señor, fue una de aquellas damas desdichadas a quienes el arrepentimiento de una flaqueza empeña para siempre en el ejercicio de la virtud. Su pundonor y su recato eran extremos. No se contentó con ocultar al público su desgracia por los medios más exquisitos, sino que pensó toda su vida en remediarla. Una parienta anciana fue la única confidente de su cuidado; por medio de ésta me hizo criar en una aldea vecina a Salamanca; después me agregó a su familia con el título de sobrino, fingiendo que mis padres habían muerto en Vizcaya; y, en fin, engañó aun a su mismo amante, suponiendo mi muerte, y reservando para otro tiempo la noticia de mi existencia. Ni paró aquí su delicadeza; clamó continuamente por la vuelta de mi padre, a quien la necesidad obligara a buscar en países lejanos los medios de mantener honradamente una familia. Estaba ya cercana su vuelta, y para entonces preparado un matrimonio que debía asegurarme la noticia y la legitimidad de mi origen; pero la muerte desbarató estos proyectos. Un accidente repentino privó a mi madre de la vida, y a mí de tan dulces y legítimas esperanzas... Mas, señor, vos estáis inquieto; ¿sentís acaso alguna novedad?
JUSTO.- (Mirándole atentamente y conturbado en extremo.) No hay duda; él es... sí; él es...
TORCUATO.- ¡Señor...!
JUSTO.- (Esforzándose para mostrar serenidad.) No, amigo mío; no tengáis cuidado; y decidme: ¿nunca habéis sabido el nombre de ese padre desdichado?
TORCUATO.- No, señor; la única noticia que pude adquirir de él fue que había pasado con empleo a Nueva España y que debía regresar con la última flota.
JUSTO.- ¡Oh, Dios! ¡Oh, justo Dios! Mi corazón me lo había dicho... ¡Hijo mío...!
TORCUATO.- (Asombrado.) ¡Qué! Señor, ¿es posible...?
JUSTO.- (Prontamente.) Sí, hijo mío; yo soy ese padre desdichado que nunca has conocido.
TORCUATO.- (De rodillas, y besando la mano de su padre con gran ternura y llanto.) ¡Mi padre...! ¡Ay, padre mío!, después de haber pronunciado tan dulce nombre, ya no temo la muerte.
JUSTO.- (Con extremo dolor y ternura.) ¡Hijo mío! ¡Hijo desventurado...! ¡En qué estado te vuelve el cielo a los brazos de tu padre!
TORCUATO.- (Como antes.) No, padre mío; después de haberos conocido, ya moriré contento.
JUSTO.- (Levantándole.) El cielo castiga en este instante las flaquezas de mi liviana juventud... Pero ¿sabes, hijo infeliz, cuál es tu desgracia? ¿Sabes cuánto debe ser mi dolor en este día...? ¡Ah!, ¿por qué no suspendí una hora, siquiera una hora...? Tu desdichado padre ha vuelto de su largo destierro sólo para ser causa de tu ruina... ¡Ay, Flora; por cuántos títulos me debe ser dolorosa la noticia de tu muerte!
TORCUATO.- (Con serenidad y ternura.) Bien sé, padre mío, cuál es mi situación y cuál el funesto ministerio que debéis ejercer conmigo. Pero suponiendo mi suerte inevitable, ¿no es un favor distinguido de la Providencia que me restituya a los brazos de mi padre? Ya no moriré con el desconsuelo de ignorar el autor de mis días; vos me confortaréis en el terrible trance, vuestra virtud sostendrá mi flaqueza; y a Laura, (enternecido), le quedará un digno consolador en su triste viudez.
JUSTO.- (Enternecido.) ¡Hijo infeliz! ¡Hijo digno de mejor suerte y de un padre menos desdichado! Tu virtud me encanta y tus discursos me destrozan el corazón... ¡Ah, yo pude salvarte, y te he perdido...! Sólo la bondad del Soberano... Sí; su corazón es grande y benéfico, y no desatenderá mis razones.
Escena IV
ESCRIBANO, los dichos.
ESCRIBANO.- (A JUSTO, desde el fondo de la escena.) Señor, el caballero Corregidor solicita entrar.
JUSTO.- (Al ESCRIBANO.) Aguardad un momento. (A TORCUATO.) Hijo mío, reserva en tu corazón este secreto, porque importa a mis ideas; y si el cielo no se doliere de este padre desventurado, ocultemos a la naturaleza un ejemplo capaz de horrorizarla.
ESCRIBANO.- (Desde la puerta.) ¡Con qué ternura le habla! Hasta le da el nombre de hijo por consolarle. ¡Oh, qué ejemplo tan digno de imitación y de alabanza!
JUSTO.- (Al ESCRIBANO.) Que entre. (El ESCRIBANO se retira, vuelve con SIMÓN hasta la puerta, y se va.)
TORCUATO.- Sólo me toca obedeceros.
Escena V
SIMÓN, JUSTO, TORCUATO.
SIMÓN.- Perdonad, señor don Justo. Esta muchacha no me deja sosegar un instante; si no la detengo, ya venía despeñada a echarse a vuestros pies. Clama por su marido, y dice que no quiere separarse de su lado. También desea verle don Anselmo.
JUSTO.- ¡Ah, si supieran cuál es su suerte!
SIMÓN.- (A TORCUATO.) ¡Muy buena la hemos hecho, Torcuato! ¡Mira en qué estado nos has puesto!
JUSTO.- (Con gravedad.) Señor don Simón, ya no es tiempo de reconvenciones; si no os doléis de su triste situación, al menos no le aflijáis.
TORCUATO.- (A JUSTO.) Pero, señor, ¿se me negará el consuelo...?
JUSTO.- (Con blandura.) ¿Para qué queréis exponeros a la angustia de ver las lágrimas de vuestra esposa y vuestro amigo? Tan tiernos objetos sólo pueden serviros de mayor quebranto. Yo quiero excusárosle, amigo mío; retiraos un instante, y tratad de tranquilizar vuestro espíritu. Quizá en mejor ocasión podréis satisfacer tan justo deseo. (A los centinelas.) ¡Hola!, retiradle. (Los centinelas se van con TORCUATO en la misma forma que han salido.)
Escena VI
JUSTO, SIMÓN.
SIMÓN (Viendo salir a TORCUATO.) ¡Este mozo nos ha perdido! Mi casa está hecha una Babilonia; todos lloran, todos se afligen y todos sienten su desgracia. Ve aquí, señor don Justo, las consecuencias de los desafíos. Estos muchachos quieren disculparse con el honor, sin advertir que por conservarle atropellan todas sus obligaciones. No; la ley los castiga con sobrada razón.
JUSTO.- Otra vez hemos tocado este punto, y yo creía haberos convencido. Bien sé que el verdadero honor es el que resulta del ejercicio de la virtud y del cumplimiento de los propios deberes. El hombre justo debe sacrificar a su conservación todas las preocupaciones vulgares; pero por desgracia la solidez de esta máxima se esconde a la muchedumbre. Para un pueblo de filósofos sería buena la legislación que castigase con dureza al que admite un desafío, que entre ellos fuera un delito grande. Pero en un país donde la educación, el clima, las costumbres, el genio nacional y la misma constitución inspiran a la nobleza estos sentimientos fogosos y delicados a que se da el nombre de pundonor; en un país donde el más honrado es el menos sufrido, y el más valiente el que tiene más osadía; en un país, en fin, donde a la cordura se llama cobardía, y a la moderación falta de espíritu, ¿será justa la ley que priva de la vida a un desdichado sólo porque piensa como sus iguales; una ley que sólo podrán cumplir los muy virtuosos o los muy cobardes?
SIMÓN.- Pero, señor; yo creía que el mejor modo de hacer a los mozos más sufridos era agravar las penas contra los temerarios.
JUSTO.- Cuando haya mejores ideas acerca del honor, convendrá acaso asegurarlas por ese medio; pero entre tanto las penas fuertes serán injustas y no producirán efecto alguno. Nuestra antigua legislación era en este punto menos bárbara. El genio caballeresco de los antiguos españoles hacía plausibles los duelos, y entonces la legislación los autorizaba; pero hoy pensamos, poco más o menos, como los godos, y, sin embargo, castigamos los duelos con penas capitales.
SIMÓN.- Esos discursos, señor, son demasiado profundos; yo no soy filósofo ni los entiendo, pero estoy muy mal con que los mozos...
JUSTO.- (Con alguna aspereza.) Dejemos una contestación que debe afligirnos a entrambos, y vamos a consolar a Laura, pues tanto lo necesita.
SIMÓN.- Pero, decidme, ¿no habrá algún medio de salvar a Torcuato?
JUSTO.- (Con seriedad.) Esa pregunta es bien extraña en quien sabe las obligaciones de un juez. El órgano de la ley no es árbitro de ella. No tengo más arbitrio que el de representar; y pues habéis oído cómo pienso, podréis inferir si lo habré hecho con eficacia.
SIMÓN.- ¡Oh! pues si habéis representado, yo confío...
JUSTO.- No haréis bien en confiar. Las representaciones de un juez suelen valer muy poco cuando conspiran a mitigar el rigor de una ley reciente. Sin embargo, la Providencia... la piedad del Soberano...
Escena VII
ESCRIBANO, los dichos.
ESCRIBANO.- Señor, acaba de llegar el expreso.
JUSTO.- (Recibiendo el pliego.) Veamos... (Asustado.) No sé lo que me altera; el corazón no me cabe en el pecho.
SIMÓN.- ¿Qué tendrá, que tanto se ha turbado?
JUSTO.- (Leyendo en secreto la carta, manifiesta en su semblante grande conmoción y extremo dolor, y después de haber acabado se arroja en una silla.) ¡Oh, padre sin ventura! ¡Oh, hijo desdichado!
ESCRIBANO.- ¡Malo, malo! ¡Sin duda se ha confirmado la sentencia! (Se va el ESCRIBANO, y SIMÓN, como temeroso de interrumpir a JUSTO, se retira al fondo de la escena, sin resolverse a desampararle.)
SIMÓN.- Yo no comprendo... Él ha perdido el color... ¡Cuál se ha puesto, Dios mío! ¿Qué traerá esta carta? (Cuanto dice JUSTO en el resto de la presente escena, se entiende aparte.)
JUSTO.- Sí, sí; yo he sido el cruel que ha acelerado su desgracia... ¡Ah! Yo esperaba que mis clamores en favor de un inocente... ¡Hijo desventurado!
SIMÓN.- ¿Señor...? (Acercándose con timidez.) ¿Qué tendrá que tanto exclama?
JUSTO.- (Sin oírle.) ¡No sólo aprueban su muerte, sino que quieren también atropellarla! (Levantándose.) No; al Soberano le han engañado. ¡Ah! Si hubiera oído mis razones, ¿cómo pudiera negarse su piadoso ánimo a la defensa de un inocente?
SIMÓN.- (Desde lejos.) Señor don Justo...
JUSTO.- (Paseando por la escena, como fuera de sí.) ¡Hijo mío! ¡Hijo desdichado! ¿Cómo he de consentir...? Iré a bañar los pies del mejor de los reyes con mis humildes lágrimas.
SIMÓN.- ¡Cuál está, Dios mío! ¡No sosiega un instante! Señor don Justo... Por vida de... Señor don Justo... Pero, ¡qué gritos...!
Escena VIII
LAURA, ANSELMO, los dichos.
(LAURA entra corriendo en la escena y ANSELMO deteniéndola.)
ANSELMO.- Señora, señora, deteneos.
LAURA.- (Mirando a todas partes.) ¡Qué! ¿Él correrá a la muerte, y yo no podré abrazarle...? Querido esposo, ¿dónde te esconden? ¿Quiénes son los crueles que nos separan?
SIMÓN.- ¡Hija mía! ¿Qué es esto...? Don Anselmo...
ANSELMO.- Señor, no he podido contenerla... El posta que llegó de la corte esparció la voz de que traía malas nuevas; entendiéronlo algunos de la familia, y sus lágrimas...
LAURA.-(A JUSTO, de rodillas.) ¡Ay señor! ¿Así abandonáis a vuestro amigo?¿Sufriréis que su esposa desventurada...?
JUSTO.- (Volviendo el rostro.) ¡Ve aquí lo que faltaba al complemento de mi desdicha! Señor don Simón, separad a vuestra hija de este sitio, donde nada es capaz de aliviar su dolor.
SIMÓN.- Vamos, hija, vamos.
LAURA- (Resistiéndose.) No, yo no me separaré de aquí... ¡Qué! Después de perderle, ¿me negarán también el consuelo de morir en sus brazos? ¡Crueles! Todos son crueles con esta desdichada. (SIMÓN lleva casi violentamente a su hija, y ANSELMO pretende seguirlos, pero se detiene, avisado por JUSTO.)
Escena IX
JUSTO, ANSELMO.
JUSTO.- Quedaos, don Anselmo. Los sucesos de este triste día me han hecho conocer la fina amistad que profesáis a don Torcuato. ¿Queréis dar un paso en su favor, que le pueda librar de la desdicha que le amenaza?
ANSELMO.- ¡Pues qué!, ¿lo dudáis, señor? ¡Ah!, no es posible comprender cuánto estimo sus virtudes ni cuánto me duele su triste situación. ¡Ah!, si pudiera a costa de mi vida...
JUSTO.- A menos costa podéis serle muy útil y defender la suya. A pesar de cuantas razones expuse en su favor, la corte ha resuelto lo que oiréis ahora.
ANSELMO.- ¡Oh, Dios!
JUSTO.- (Lee con dolor y turbación.) «He dado cuenta al Rey de la causa escrita sobre el desafío que hubo en esa ciudad el día 4 de agosto del año próximo pasado, entre el marqués de Montilla y don Torcuato Ramírez, de que resultó la muerte del primero; y sin embargo de cuanto V. S. expone en su representación a favor del homicida, S. M., considerando el escándalo que ha causado este suceso en esa ciudad, este real Sitio y todo el reino, singularmente cuando estaba tan reciente la publicación de su pragmática de 28 de abril del mismo año pasado, y teniendo asimismo presente que el reo está llanamente confeso en su delito, se ha servido resolver que V. S. ponga en ejecución la sentencia de muerte y confiscación que ha dado en dicha causa, concediendo al reo sólo el tiempo preciso para disponerse a morir como cristiano; y V. S. me dará cuenta de haberse ejecutado en la forma prevenida. -Nuestro Señor, etc.»
ANSELMO.- (Lloroso.) ¡Infeliz amigo! Yo no podré sobrevivir a tu muerte.
JUSTO.- ¡Desdichado! ¡Todos se compadecen de su desgracia! Sólo la corte está sorda a nuestros clamores. Pero, don Anselmo, aún no sabéis hasta dónde llega la desdicha de vuestro amigo.
ANSELMO.-¡Qué, señor!, ¿después de una sentencia...?
JUSTO.- Sí, amigo mío; esta bárbara sentencia ha sido dictada por su mismo padre.
ANSELMO.- (Asombrado.) ¿Vos padre suyo? ¡Oh, Dios!
JUSTO.- (Transportado de pena.) No, yo no soy su padre; soy un monstruo, que le ha dado la vida para arrebatársela después... ¡Insensato! Yo hubiera podido... Pero no perdamos, amigo, un tiempo tan precioso. La terrible sentencia se va a notificar a Torcuato; la corte está cerca; vos sois su amigo; tenéis en ella valedores... Tal vez nuestras instancias...
ANSELMO.- (Yéndose con precipitación.) Basta, señor, he entendido; no me detengo ni un instante.
JUSTO.- (Siguiéndole.) Si fuere preciso que el nombre de su padre...
ANSELMO.- (Desde la puerta, y sin volver el rostro.) Entiendo, entiendo.
Escena X
JUSTO, solo.
JUSTO.- ¡Santo Dios, encamina sus pasos...! Ve aquí el natural y dulce fruto de la virtud: todos se complacen en protegerla, y todos corren ansiosos a sostenerla en la adversidad. Pero ¡cuán débiles son sus apoyos contra la fuerza y el poder! ¡Virtud santa y amable! Tú serás siempre respetada de las almas sencillas; mas no esperes hallar asilo entre los vanos y poderosos... ¡Cuánto ha cambiado mi suerte en solo un día! ¿Es posible que me he de hallar en la dura necesidad de derramar mi propia sangre...? ¡Hijo desventurado...! ¡La mano de tu bárbaro padre te va a ofrecer el amargo cáliz de la muerte! ¡Funesta obligación...! ¡Horrible ministerio...! Si acaso don Anselmo... ¡Ah!, ¡qué podrán sus débiles ruegos contra los de tantos importunos... contra el respeto de las leyes... contra la preocupación del Gobierno...! ¡Ah!...
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El delincuente honrado/Acto V
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Ignacio Rodríguez
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'''Acto V'''
Descúbrese a TORCUATO, sentado con prisiones y con la misma ropa que debe llevar al suplicio. JUSTO, algo distante, se pasea con aire profundamente inquieto y abatido. El ESCRIBANO estará retirado lejos de todos, y habrá centinelas dobles. La escena es de día.
Escena I
JUSTO, TORCUATO, el ESCRIBANO.
JUSTO.- (Al ESCRIBANO.) Dejadnos solos por un rato, y avisad cuando sea tiempo. (Se va el ESCRIBANO. Sacando el reloj.) Ya no me queda esperanza alguna... La hora funesta está cercana, y don Anselmo no parece... ¡Oh, justo Dios! ¿negaréis este consuelo a mis ardientes lágrimas?
TORCUATO.- (Con voz desmayada.) En este triste y pavoroso instante la imagen de Laura ocupa únicamente mi memoria, y el eco penetrante de sus suspiros resuena en el fondo de mi alma... ¡Ay, Laura! Yo no soy digno de tan amargas lágrimas... (Mirando a su padre.) Mi padre... ¡Ah! su venerable presencia y su tristeza me destrozan el corazón... ¡Oh, muerte! Sin
estos objetos tú no serías terrible a mis ojos. (Llamando a su padre.) Padre...
JUSTO.- (Sin oírle, y paseándose.) Hay que vencer tantas dificultades antes de hablar a un Soberano!
TORCUATO.- (Con voz más animada.) Padre...
JUSTO.- (Paseándose, pero sin volver el rostro.) Las lágrimas me ahogan... No puedo responderle.
TORCUATO.- (Esforzando más la voz.) Querido padre...
JUSTO.- (Prontamente.) ¡Hijo mío!
TORCUATO.- Yo estoy fatigado, y el peso de los grillos no me deja llegar a vuestras plantas... Mi hora se acerca... Dignaos de bendecir por la última vez a este hijo desgraciado.
JUSTO.- (Acercándose y tomando su mano.) ¡Hijo mío! Tus angustias se acabarán muy luego, y tú irás a descansar para siempre en el seno del Criador. Allí hallarás un Padre que sabrá recompensar tus virtudes.
TORCUATO.- Sí, venerado padre; voy a ofrecerle mi espíritu y a interceder en su presencia por los dulces objetos de que me separa su justicia... ¡Padre mío! Vuestro corazón y el de Laura, llenos de pureza y rectitud, tendrán todo su valor ante el Omnipotente! ¡Ah, qué consuelo! ¡Esperar en el seno de la eternidad la compañía de dos almas tan puras!
JUSTO.- Tú has cumplido, hijo mío, con todos tus deberes, y puedes creerte dichoso, pues vas a recibir el galardón. ¡Ah!, nosotros, infelices, quedamos sumidos en un abismo de aflicción y miseria, mientras tu espíritu sobre las alas de la inmortalidad va a penetrar las mansiones eternas y a esconderse en el seno del mismo Dios que le ha criado. Procura imprimir en tu alma estas dulces ideas; que ellas te harán superior a las angustias de la muerte. (A este tiempo se oye el reloj que da las once; TORCUATO se estremece; JUSTO, horrorizado, se aparta de él, volviendo el rostro a otro lado, e inmediatamente entra el ESCRIBANO.)
Escena II
ESCRIBANO, los dichos.
ESCRIBANO.- (Desde la puerta y con voz tímida.) Señor... la hora ha dado ya.
TORCUATO.- (Asustado.) ¡Oh, Dios...! Esta es la última de mi vida... Conque, ¿no hay remedio...? (Resignado, después de alguna pausa.) Vamos, pues, a morir.
JUSTO.- (Con extrema inquietud, paseando por el frente de la escena.) Este don Anselmo... ¡Don Anselmo...! ¡Gran Dios!, ¿así abandonáis al inocente...? (Hace seña al ESCRIBANO, que se habrá mantenido a la puerta).
Escena III
Los dichos.
El ESCRIBANO, sin salir, hace una seña desde la puerta, y a ella entran sucesivamente el ALCAIDE, la tropa y los ministros de Justicia. El ALCAIDE despoja a TORCUATO de sus prisiones; los soldados, con bayoneta calada, le rodean por todos lados, y la gente de justicia se coloca parte a la frente y parte cerrando la comitiva. El ESCRIBANO precede a todos. En este orden irán saliendo con mucha pausa, y entretanto sonará a lo lejos música militar lúgubre. JUSTO se mantiene inmoble en un extremo del teatro con toda la serenidad que pueda aparentar, pero sin volver el rostro hacia el interior de la escena.
TORCUATO.- (Mientras le quitan las prisiones.) Querido padre, yo os recomiendo la inocente Laura; sustituidla en lugar de este hijo, que vais a perder.
JUSTO.- Hijo mío, ella será mi único consuelo en las angustias que me aguardan.
TORCUATO.- (Empezando a salir.) ¡Padre! Adiós, querido padre. (JUSTO no le puede responder por el exceso de su dolor; se arroja en una silla, luego se reclina sobre la mesa, cubriendo su rostro con las manos, y entretanto acaba de salir todo el acompañamiento.)
JUSTO.- (Levantando las manos al cielo.) ¡Este don Anselmo...!
TORCUATO.- (Fuera de la escena.) ¡Adiós, querido padre! (JUSTO, al oírle, se vuelve a cubrir el rostro, y reclinado como antes, guarda silencio por un rato.)
Escena IV
JUSTO, con voz interrumpida.
JUSTO.- ¡Hijo infeliz...! Yo soy quien te priva de la inocente vida... Lo que hice por salvarle ha sido tan poco... ¡Qué idea tan horrible...! Pero no hay remedio... Bien presto la fúnebre campana me avisará de su muerte... (Levantándose asustado.) Ya parece que suena en mis oídos. ¡Santo Dios! (Paseándose por la escena con suma inquietud.) No hallo sosiego en parte alguna. ¡Hijo desdichado! ¿Es posible...? ¿Conque tu inocencia, tus virtudes, los ruegos de un amigo, los tiernos suspiros de una esposa, las lágrimas de un padre y el sentimiento universal de la naturaleza, nada pudo librarte de la muerte; de una muerte tan acerba y tan ignominiosa...? ¡Buen Dios! ¿Por qué no le socorres... (Asustado.) ¿Pero qué ruido se oye? ¿Si estará ya expirando?
Escena V
SIMÓN, LAURA, JUSTO.
LAURA entra en la escena corriendo, desgreñada y llorosa, y su padre deteniéndola.
SIMÓN.- (Desde el fondo.) Señor, señor; no puedo detenerla. Un solo instante que nos descuidamos...
LAURA.- (Mirando a todas partes.) No, no; todos me engañan. ¡Crueles! ¿Por qué me quitáis a mi esposo? ¿Dónde está? ¡Qué!, ¿no parece? ¿Se le han llevado ya? ¡Verdugos! ¡Crueles verdugos de mi inocente esposo! ¿Estaréis ya contentos...? No, él no ha muerto aún, pues yo respiro. Dejadme, dejadme que vaya a acompañarle; que la sangrienta espada corte a un mismo tiempo nuestros cuellos... ¡Querido esposo! ¡Ah! Tú lucharás también con tus verdugos por venir a unirte con tu Laura. ¿Por qué no quieren que expiremos juntos?
JUSTO.- (Procurando templar a LAURA.) ¡Hija...!
LAURA.- (Mirándole con horror.) Yo no soy vuestra hija, ¡cruel!, yo no soy vuestra hija. Vos me habéis quitado mi esposo; sí, vos me le habéis quitado. Y no os disculpéis con las leyes, con esas leyes bárbaras y crueles, que sólo tienen fuerza contra los desvalidos.
JUSTO.- ¡Qué alma podrá resistir a tantas aflicciones! (Se oye a lo lejos una confusa gritería, y casi al mismo tiempo el toque de la campana que se acostumbra en semejantes casos.) Pero, ¡qué oigo! ¡Qué rumor...! ¡Oh, santo Dios! Recibe su espíritu. (Se vuelve a arrojar en la silla, tomando la misma situación en que antes estuvo. LAURA corre como furiosa; su padre manifiesta también mucho dolor, y la sigue sin hablar.)
LAURA.- ¡Qué! ¿Ya expiró? No, no puede ser... Mi esposo... ¡Oh, triste; oh, desdichado esposo...! Tu sangre corre ya derramada... ¡Ah!, voy a detenerla. (Hace un esfuerzo por salir de la escena, y cae al suelo, oprimida del dolor.)
SIMÓN.- ¡Hija mía! ¡Hija de mi vida...! ¡Ah!, que no respira. (Aquí se hace una larga pausa, y durante ella continúa el sonido de la campana.)
JUSTO.- Este melancólico silencio llena mi alma de luto y de pavor. ¡Eterno Dios! ¡Tú has recibido ya su espíritu en la morada de los justos!
SIMÓN.- Hija mía... ¡Oh, padre desdichado!
LAURA.- (Volviendo en sí.) Conque, ¿ya no hay remedio? Conque, el golpe fatal... No, yo no puedo vivir. ¡Querido esposo! ¡Ah, bárbaros! ¡Ah, crueles verdugos!
JUSTO.- Buen Dios, pues nos envías esta tribulación, conforta nuestras almas para sufrirla.
SIMÓN.- ¡Hija mía! ¡Querida Laura...!
LAURA.- (Levantándose con furor.) ¿Y el justo cielo no vengará la sangre del inocente? ¡Oh, Dios! Atiende a mi ruego, y haz que perezcan los verdugos que le han asesinado; que la triste sombra de mi inocente esposo llene sus corazones de susto y de zozobra; que los gritos, los atroces lamentos de su viuda infeliz, resuenen siempre en sus almas impías, que sean eterno objeto de tu terrible cólera. (Vuelve a caer en los brazos de su padre, como antes.)
SIMÓN.- ¡Hija...! El dolor la tiene sin sentido. ¡Hija mía...!
JUSTO.- ¡Ah! ¡Su dolor es muy justo! ¡Desventurada...! Pero ¿qué nuevo rumor? ¿Qué habrá sucedido...?
Escena VI
Los dichos.
(El ALCAIDE, el ESCRIBANO, EUGENIA y algunos otros domésticos salen apresurados a la escena, diciendo todos a una voz:)
¡Albricias, albricias!
SIMÓN.- Pues ¿qué? ¿Qué hay?
ESCRIBANO.- ¡Albricias! ¡El Rey le ha perdonado!
JUSTO y SIMÓN.- ¡Oh, Dios!
LAURA.- (Corriendo hacia el ESCRIBANO.) ¿Pues qué? ¿Vive? ¿Vive todavía? Amigo...
ESCRIBANO (Fatigado.) Si el señor don Anselmo tarda un instante más, todo se ha perdido; pero el cielo le trajo a tan buen tiempo... Sí, señores; vive aún, y está perdonado; este es su indulto. (Entrega un pliego a JUSTO.)
LAURA.- ¿Y dónde está? Vamos a verle. (SIMÓN la detiene.)
JUSTO.- (Abriendo el pliego, besa la real firma, la pone sobre la cabeza, y se retira a leer, diciendo): Al fin, ¡buen Dios!, los clamores de un padre desdichado no han sido vanos en tu adorable presencia.
SIMÓN.- (Al ESCRIBANO.) Pues vaya, hombre; cuéntenos lo que ha pasado, y sáquenos de dudas.
ESCRIBANO.- (Mientras lee JUSTO.) Yo no sé si podré, porque estoy tan alterado, tan gozoso... Ya todo estaba pronto, y el reo había subido a lo alto del cadalso; toda la ciudad se hallaba en la gran plaza de este alcázar, ansiosa de ver el triste espectáculo; el susto y la curiosidad tenían al pueblo en profundo silencio, y sólo se oía el funesto pregón de la sentencia y las voces de los religiosos que auxiliaban. Entretanto conservaba Torcuato en su semblante la compostura y gravedad de su natural, y los ojos de todo el concurso estaban clavados en él, cuando el verdugo le advirtió que había llegado su hora. Entonces, sereno y mesurado, se acomoda la lúgubre vestidura, tiende su vista por toda la plaza, la fija por un rato en este alcázar, y lanzando un profundo suspiro, se dispone para la sangrienta ejecución. Todos guardaban un melancólico silencio, y ya el verdugo iba a descargar el fatal golpe, cuando una voz que clamaba a lo lejos: «¡Perdón, perdón!» detuvo el impulso de su brazo. A esta voz siguió una grande y confusa gritería del pueblo, cuyo rumor engañó al que tenía a su cargo la campana; de suerte que el fúnebre sonido de ésta y las alegres voces del indulto y del perdón resonaron a un tiempo en todos los oídos. Ya a este punto llegaba don Anselmo a caballo al sitio del suplicio. El susto, el polvo y el sudor habían desfigurado su semblante de forma que nadie le conocía. Traía en su mano la real cédula de indulto, que me entregó al instante (JUSTO acaba de leer, y se acerca a oír al ESCRIBANO), y dándome orden de que viniese a presentarla, se apeó, subió al cadalso, y allí queda, dando tiernos abrazos a su amigo y bañando su rostro en lágrimas de gozo.
JUSTO.- ¡Ay, amigo!, corred; no os detengáis un punto, poned a mi hijo en libertad, y que venga al instante a nuestra vista. (El ESCRIBANO se va con precipitación.) ¡Oh, buen Dios! Mi corazón desfallece de contento. Sí, querida Laura; él es mi hijo, y tú lo eres también... Ven a mis brazos, y ayúdame a dar gracias a la Providencia por este inefable beneficio.
LAURA.- (Corriendo a abrazarle.) ¿Qué, señor? ¿Vos sois su padre?
SIMÓN.- ¿Su padre? ¿También tenemos ésa?
JUSTO.- Sí, soy su padre, y sin embargo, había decretado su muerte. ¡Ah! si el cielo no le hubiese salvado, sólo el sepulcro pudiera terminar mis tormentos. Sosiégate, querida hija, y tranquiliza tu espíritu agitado. En mejor tiempo te descubriré los designios de la Providencia sobre el origen de tu esposo.
LAURA.- (Besando la mano a JUSTO.) ¡Querido padre! El cielo me le vuelve por vuestra mano, y a su virtud y a la vuestra debo tan gran ventura.
SIMÓN.- Señores, cuanto pasa parece una novela; yo estoy aturdido, y apenas creo lo mismo que estoy viendo... Querida Laura, ven a los brazos de tu padre. (LAURA va a abrazar a su padre; pero viendo a su esposo, corre a encontrarle al fondo de la escena, donde se abrazan estrechamente.)
Escena VII
ANSELMO, TORCUATO, FELIPE, los dichos.
(TORCUATO, desgreñado, pero sin las vestiduras de reo, con semblante risueño, aunque muy conmovido. ANSELMO, lleno de polvo y en traje de posta.)
LAURA.- ¡Ah, querido esposo...!
TORCUATO.- (Corriendo a abrazarla.) ¡Ah, Laura mía...!
JUSTO.- (Abrazando a ANSELMO.) ¡Mi bienhechor, mi amigo! ¿Con qué podremos corresponder a tan sublime beneficio?
ANSELMO.- En él mismo, señor, está mi recompensa. He tenido la dulce satisfacción de salvar a mi amigo.
TORCUATO.- (A su padre, abrazándole.) ¡Querido padre!
JUSTO.- Ven a mis brazos, hijo mío; ven a mis brazos... Tú serás el apoyo de mi vejez.
LAURA.- ¡Ah!, el gozo me tiene fuera de mí... Querido don Anselmo, yo seré eternamente esclava vuestra.
TORCUATO.- (A SIMÓN.) ¡Padre mío...!
SIMÓN.- (Abrazándole.) Buen susto nos has dado, hijo; Dios te le perdone... Vaya, señores, dejemos los abrazos para mejor tiempo, y díganos don Anselmo cómo se ha hecho este milagro.
ANSELMO.- Jamás sufrió mi alma tan terribles angustias. Cuando llegué a la corte estaba S. M. recogido, y mis gritos, mis clamores fueron vanos, porque nadie se atrevió a interrumpir su descanso. Yo no dormí en toda la noche ni un instante, pero tampoco dejé sosegar a nadie. El ministro, el sumiller, el mayordomo mayor, el capitán de guardias, todos sufrieron mis importunidades. En vano me decían que mi solicitud era inasequible; porque yo no los dejaba respirar. Al fin, por librarse de mí, ofrecieron pedir a S. M. una audiencia, y con esto los dejé por un rato; pero empleé el tiempo que restaba hasta la hora señalada en prevenir a los que debían extender la cédula, en caso de ser el despacho favorable, con lo cual todos estuvieron prontos y propicios. A las siete me admitió el Soberano. Le expuse con brevedad y con modestia cuanto había pasado en el desafío; le pinté con colores muy vivos el genio provocativo del marqués, el corazón blando y virtuoso de Torcuato, el candor y la virtud de su esposa, y sobre todo, la constancia y rectitud del juez, diciendo que era su mismo padre. El cielo sin duda animaba mis palabras, y disponía el corazón del Monarca. ¡Ah, qué Monarca tan piadoso! ¡Yo vi correr tiernas lágrimas de sus augustos ojos! Después de haberme oído con la mayor humanidad: «La suerte de ese desdichado -me dijo- conmueve mi real ánimo, y mucho más la de su buen padre. Anda, ya está perdonado; pero no pueda jamás vivir en Segovia ni entrar en mi corte». Al punto me postré a sus pies y los inundé con abundoso llanto. Salgo corriendo, acelero el despacho, tomo el caballo, vuelo en el camino, y ¡oh, Dios!, un instante más me hubiera privado del mejor amigo.
TORCUATO.- Querido amigo, vuelve otra vez a mis brazos; tú has sido mi libertador. ¡Cuántos y cuán dulces vínculos unirán desde hoy nuestras almas!
JUSTO.- Hijos míos, empecemos a corresponder a los beneficios del Rey obedeciéndole. Vamos a tratar de vuestro destino, y demos gracias a la inefable Providencia, que nunca abandona a los virtuosos ni se olvida de los inocentes oprimidos.
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[[Categoría:El delincuente honrado]]
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|título=El Único y su Propiedad
|más info= (''Der Einzige und sein Eigentum'')
|autor=Max Stirner}}
{{Índice auxiliar|título={{Anclaje+|Índice}}|
Introducción: [[El Único y su Propiedad/1|Yo he basado mi causa sobre nada]]
[[El Único y su Propiedad/2a|Primera parte: El hombre]]
I [[El Único y su Propiedad/2|La vida de un hombre]]
[[El Único y su Propiedad/3a|II Los antiguos y los modernos]]
:1. Los antiguos
:2. Los modernos
::a. [[El Único y su Propiedad/3|El espíritu]]
::b. [[El Único y su Propiedad/4|Los poseídos]]
:::[[El Único y su Propiedad/5|El fantasma]]
:::[[El Único y su Propiedad/6|La alucinación]]
::c. [[El Único y su Propiedad/7|La jerarquía]]
:3. [[El Único y su Propiedad/8|Los libres]]
::a. [[El Único y su Propiedad/9|El liberalismo político]]
::b. [[El Único y su Propiedad/10|El liberalismo social]]
::c. [[El Único y su Propiedad/11|El liberalismo humanista]]
[[El Único y su Propiedad/12a|Segunda parte: Yo]]
I [[El Único y su Propiedad/12|La propiedad y la individualidad]]
II [[El Único y su Propiedad/13|El propietario y el individuo]]
:1. [[El Único y su Propiedad/14|Mi poder]]
:2. [[El Único y su Propiedad/15|Mis relaciones]]
:3. [[El Único y su Propiedad/16|Mi autodisfrute]]
III. [[El Único y su Propiedad/17|El único]]
<br><br>
{{c|Traducción de [[Pedro González Blanco]], 1905}}<br>
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[[Categoría:Obras de Max Stirner]]
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'''Introducción'''
'''Yo he basado mi causa sobre nada'''
¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, es la causa de Dios, de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; luego, la de mi príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; más tarde será la del Espíritu, y después otras mil... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ''"¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!"''
¿Pero estos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, cómo entienden su causa? Veámoslo.
Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas; vosotros que durante siglos habéis ''"explorado las profundidades de la divinidad"'' y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, ¿podéis decirme cómo entiende Dios la ''"causa divina"'' que estamos llamados a servir. No nos ocultéis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿Ha abrazado, como a nosotros se nos prescribe, una causa ajena y se ha hecho el campeón de la verdad y del amor? Este absurdo subleva; enseñáis que siendo Dios mismo todo amor y todo verdad, la causa de la verdad y la del amor se confunden con la suya y le son consustanciales. Os repugna admitir que Dios pueda, como nosotros, hacer suya la causa de otro. "¿Pero abrazaría Dios la causa de la verdad, si no fuese él mismo la verdad?"'' Dios no se ocupa más que de su causa, sólo él es todo en todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros no somos todo en todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos ''"servir a una causa superior"''. Más claro: Dios no se inquieta más que de lo suyo, Dios no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí mismo y no pone sus miras fuera de sí mismo; ¡ay de lo que contraríe sus designios!. No sirve a nada superior y no trata nada más que de satisface. La causa que defiende es puramente ¡egoísta! Dios es un ególatra.
¿Y la humanidad, cuyos intereses debemos también defender como nuestros, qué causa defiende? ¿La de otro? ¿Una superior? No. La humanidad no se ve más que a sí misma, la humanidad no tiene otro objeto que la humanidad; su causa es ella misma. Con tal que ella de desenvuelva, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos reclamaba, los echa al cesto de papeles inservibles de la Historia. ¿La causa que defiende la Humanidad no es puramente egoísta? Inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas cosas, Dios, Humanidad, etc., tratan tan sólo de su bien y no del nuestro. Pasad revista a las demás, y decid si la verdad, la libertad, la justicia, etc., se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que les rindáis homenaje, es todo lo que os piden.
Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres se hace ''"floreciente"''! Mueren los individuos ''"por la gran causa del Pueblo"'', que se conforma con dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento y que guarda para sí todo el provecho. Eso me parece un egoísmo demasiado lucrativo.
Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a ''"los suyos"''. ¿No es la imagen de la más pura abnegación, y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por ''"los suyos"''! ¿Quieres hacer un ensayo? Muestra que no eres ''"el suyo"'', sino ''"el tuyo"''; rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es todo en todo, es el único, y no permite a nadie que no sea uno de ''"los suyos"''.
¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré yo mismo el egoísta.
Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mi todo, soy el único.
Si Dios y la humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mí mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi ''"vanidad"''. Yo no soy nada, en el sentido de que ''"todo es vanidad"''; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo.
¡Mal haya, pues, toda causa que no es entera y exclusivamente la mía! Mi causa, pensaréis, debería ser al menos la ''"buena causa"''. ¿Qué es bueno, qué es malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras.
Lo divino mira a Dios; lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío; no es general, sino única, como soy único.
Nada está, para mí, por encima de mí.
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
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|sección='''Introducción'''
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|próximo = [[El Único y su Propiedad/2a]]}}
'''Introducción'''
'''Yo he basado mi causa sobre nada'''
¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, es la causa de Dios, de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; luego, la de mi príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; más tarde será la del Espíritu, y después otras mil... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ''"¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!"''
¿Pero estos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, cómo entienden su causa? Veámoslo.
Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas; vosotros que durante siglos habéis ''"explorado las profundidades de la divinidad"'' y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, ¿podéis decirme cómo entiende Dios la ''"causa divina"'' que estamos llamados a servir. No nos ocultéis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿Ha abrazado, como a nosotros se nos prescribe, una causa ajena y se ha hecho el campeón de la verdad y del amor? Este absurdo subleva; enseñáis que siendo Dios mismo todo amor y todo verdad, la causa de la verdad y la del amor se confunden con la suya y le son consustanciales. Os repugna admitir que Dios pueda, como nosotros, hacer suya la causa de otro. "¿Pero abrazaría Dios la causa de la verdad, si no fuese él mismo la verdad?"'' Dios no se ocupa más que de su causa, sólo él es todo en todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros no somos todo en todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos ''"servir a una causa superior"''. Más claro: Dios no se inquieta más que de lo suyo, Dios no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí mismo y no pone sus miras fuera de sí mismo; ¡ay de lo que contraríe sus designios!. No sirve a nada superior y no trata nada más que de satisface. La causa que defiende es puramente ¡egoísta! Dios es un ególatra.
¿Y la humanidad, cuyos intereses debemos también defender como nuestros, qué causa defiende? ¿La de otro? ¿Una superior? No. La humanidad no se ve más que a sí misma, la humanidad no tiene otro objeto que la humanidad; su causa es ella misma. Con tal que ella de desenvuelva, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos reclamaba, los echa al cesto de papeles inservibles de la Historia. ¿La causa que defiende la Humanidad no es puramente egoísta? Inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas cosas, Dios, Humanidad, etc., tratan tan sólo de su bien y no del nuestro. Pasad revista a las demás, y decid si la verdad, la libertad, la justicia, etc., se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que les rindáis homenaje, es todo lo que os piden.
Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres se hace ''"floreciente"''! Mueren los individuos ''"por la gran causa del Pueblo"'', que se conforma con dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento y que guarda para sí todo el provecho. Eso me parece un egoísmo demasiado lucrativo.
Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a ''"los suyos"''. ¿No es la imagen de la más pura abnegación, y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por ''"los suyos"''! ¿Quieres hacer un ensayo? Muestra que no eres ''"el suyo"'', sino ''"el tuyo"''; rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es todo en todo, es el único, y no permite a nadie que no sea uno de ''"los suyos"''.
¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré yo mismo el egoísta.
Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mi todo, soy el único.
Si Dios y la humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mí mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi ''"vanidad"''. Yo no soy nada, en el sentido de que ''"todo es vanidad"''; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo.
¡Mal haya, pues, toda causa que no es entera y exclusivamente la mía! Mi causa, pensaréis, debería ser al menos la ''"buena causa"''. ¿Qué es bueno, qué es malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras.
Lo divino mira a Dios; lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío; no es general, sino única, como soy único.
Nada está, para mí, por encima de mí.
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Ignacio Rodríguez
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|autor=Max Stirner
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|sección='''Introducción'''
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}}
'''Introducción'''
'''Yo he basado mi causa sobre nada'''
¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, es la causa de Dios, de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; luego, la de mi príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; más tarde será la del Espíritu, y después otras mil... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ''"¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!"''
¿Pero estos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, cómo entienden su causa? Veámoslo.
Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas; vosotros que durante siglos habéis ''"explorado las profundidades de la divinidad"'' y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, ¿podéis decirme cómo entiende Dios la ''"causa divina"'' que estamos llamados a servir. No nos ocultéis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿Ha abrazado, como a nosotros se nos prescribe, una causa ajena y se ha hecho el campeón de la verdad y del amor? Este absurdo subleva; enseñáis que siendo Dios mismo todo amor y todo verdad, la causa de la verdad y la del amor se confunden con la suya y le son consustanciales. Os repugna admitir que Dios pueda, como nosotros, hacer suya la causa de otro. "¿Pero abrazaría Dios la causa de la verdad, si no fuese él mismo la verdad?"'' Dios no se ocupa más que de su causa, sólo él es todo en todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros no somos todo en todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos ''"servir a una causa superior"''. Más claro: Dios no se inquieta más que de lo suyo, Dios no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí mismo y no pone sus miras fuera de sí mismo; ¡ay de lo que contraríe sus designios!. No sirve a nada superior y no trata nada más que de satisface. La causa que defiende es puramente ¡egoísta! Dios es un ególatra.
¿Y la humanidad, cuyos intereses debemos también defender como nuestros, qué causa defiende? ¿La de otro? ¿Una superior? No. La humanidad no se ve más que a sí misma, la humanidad no tiene otro objeto que la humanidad; su causa es ella misma. Con tal que ella de desenvuelva, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos reclamaba, los echa al cesto de papeles inservibles de la Historia. ¿La causa que defiende la Humanidad no es puramente egoísta? Inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas cosas, Dios, Humanidad, etc., tratan tan sólo de su bien y no del nuestro. Pasad revista a las demás, y decid si la verdad, la libertad, la justicia, etc., se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que les rindáis homenaje, es todo lo que os piden.
Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres se hace ''"floreciente"''! Mueren los individuos ''"por la gran causa del Pueblo"'', que se conforma con dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento y que guarda para sí todo el provecho. Eso me parece un egoísmo demasiado lucrativo.
Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a ''"los suyos"''. ¿No es la imagen de la más pura abnegación, y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por ''"los suyos"''! ¿Quieres hacer un ensayo? Muestra que no eres ''"el suyo"'', sino ''"el tuyo"''; rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es todo en todo, es el único, y no permite a nadie que no sea uno de ''"los suyos"''.
¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré yo mismo el egoísta.
Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mi todo, soy el único.
Si Dios y la humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mí mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi ''"vanidad"''. Yo no soy nada, en el sentido de que ''"todo es vanidad"''; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo.
¡Mal haya, pues, toda causa que no es entera y exclusivamente la mía! Mi causa, pensaréis, debería ser al menos la ''"buena causa"''. ¿Qué es bueno, qué es malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras.
Lo divino mira a Dios; lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío; no es general, sino única, como soy único.
Nada está, para mí, por encima de mí.
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|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
| Anterior =
| Sección = [[El Único y su Propiedad/1|Yo he basado mi causa sobre nada]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/2a|Primera parte: El hombre]]
}}
'''Introducción'''
'''Yo he basado mi causa sobre nada'''
¿Qué causa es la que voy a defender? Ante todo, mi causa es la buena causa, es la causa de Dios, de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; luego, la de mi príncipe, la de mi Pueblo, la de mi Patria; más tarde será la del Espíritu, y después otras mil... ¡Pero la causa que yo defiendo no es mi causa! ''"¡Abomino del egoísta que no piensa más que en sí!"''
¿Pero estos cuyos intereses son sagrados, esos por quienes debemos decidirnos y entusiasmarnos, cómo entienden su causa? Veámoslo.
Vosotros que sabéis de Dios tantas y tan profundas cosas; vosotros que durante siglos habéis ''"explorado las profundidades de la divinidad"'' y habéis penetrado con vuestras miradas hasta el fondo de su corazón, ¿podéis decirme cómo entiende Dios la ''"causa divina"'' que estamos llamados a servir. No nos ocultéis los designios del Señor. ¿Qué quiere? ¿Qué persigue? ¿Ha abrazado, como a nosotros se nos prescribe, una causa ajena y se ha hecho el campeón de la verdad y del amor? Este absurdo subleva; enseñáis que siendo Dios mismo todo amor y todo verdad, la causa de la verdad y la del amor se confunden con la suya y le son consustanciales. Os repugna admitir que Dios pueda, como nosotros, hacer suya la causa de otro. "¿Pero abrazaría Dios la causa de la verdad, si no fuese él mismo la verdad?"'' Dios no se ocupa más que de su causa, sólo él es todo en todo, de suerte que todo es su causa. Pero nosotros no somos todo en todo, y nuestra causa es bien mezquina, bien despreciable; así, debemos ''"servir a una causa superior"''. Más claro: Dios no se inquieta más que de lo suyo, Dios no se ocupa más que de sí mismo, no piensa más que en sí mismo y no pone sus miras fuera de sí mismo; ¡ay de lo que contraríe sus designios!. No sirve a nada superior y no trata nada más que de satisface. La causa que defiende es puramente ¡egoísta! Dios es un ególatra.
¿Y la humanidad, cuyos intereses debemos también defender como nuestros, qué causa defiende? ¿La de otro? ¿Una superior? No. La humanidad no se ve más que a sí misma, la humanidad no tiene otro objeto que la humanidad; su causa es ella misma. Con tal que ella de desenvuelva, poco le importa que los individuos y los pueblos sucumban; saca de ellos lo que puede sacar, y cuando han cumplido la tarea que de ellos reclamaba, los echa al cesto de papeles inservibles de la Historia. ¿La causa que defiende la Humanidad no es puramente egoísta? Inútil es proseguir y demostrar cómo cada una de esas cosas, Dios, Humanidad, etc., tratan tan sólo de su bien y no del nuestro. Pasad revista a las demás, y decid si la verdad, la libertad, la justicia, etc., se preocupan de vosotros más que para reclamar vuestro entusiasmo y vuestros servicios. Que seáis servidores celosos, que les rindáis homenaje, es todo lo que os piden.
Mirad a un pueblo redimido por nobles patriotas; los patriotas caen en la batalla o revientan de hambre y de miseria; ¿qué dice el pueblo? ¡Abonado con sus cadáveres se hace ''"floreciente"''! Mueren los individuos ''"por la gran causa del Pueblo"'', que se conforma con dedicarles alguna que otra lamentable frase de reconocimiento y que guarda para sí todo el provecho. Eso me parece un egoísmo demasiado lucrativo.
Pues contemplad ahora a ese sultán que cuida tan tiernamente a ''"los suyos"''. ¿No es la imagen de la más pura abnegación, y no es su vida un perpetuo sacrificio? ¡Sí, por ''"los suyos"''! ¿Quieres hacer un ensayo? Muestra que no eres ''"el suyo"'', sino ''"el tuyo"''; rehúsate a su egoísmo y serás perseguido, encarcelado, atormentado. El sultán no ha basado su causa sobre nada más que sobre sí mismo; es todo en todo, es el único, y no permite a nadie que no sea uno de ''"los suyos"''.
¿No os sugieren nada estos ejemplos? ¿No os invitan a pensar que el egoísta tiene razón? Yo, al menos, aprendo de ellos, y en vez de continuar sirviendo con desinterés a esos grandes egoístas, seré yo mismo el egoísta.
Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mi todo, soy el único.
Si Dios y la humanidad son poderosos con lo que contienen, hasta el punto que para ellos mismos todo está en todo, yo advierto que me falta a mí mucho menos todavía, y que no tengo que quejarme de mi ''"vanidad"''. Yo no soy nada, en el sentido de que ''"todo es vanidad"''; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo.
¡Mal haya, pues, toda causa que no es entera y exclusivamente la mía! Mi causa, pensaréis, debería ser al menos la ''"buena causa"''. ¿Qué es bueno, qué es malo? Yo mismo soy mi causa, y no soy ni bueno ni malo; ésas no son, para mí, más que palabras.
Lo divino mira a Dios; lo humano mira al hombre. Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero, ni lo bueno, ni lo justo, ni lo libre, es lo mío; no es general, sino única, como soy único.
Nada está, para mí, por encima de mí.
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
|sección='''Primera parte: El hombre.'''
|anterior=[[El Único y su Propiedad :2a]]
|siguiente=[[El Único y su Propiedad :3a]]
}}
''I. La vida de un hombre''
Desde el mismo momento en que abre los ojos y ve la luz del mundo, el hombre procura desasirse y conquistarse en medio del caos confuso en el que circula junto a todos los Demás, poseyéndose.
En todo lo que puede el niño forcejea contra lo que entra en contacto, contra sus atracciones y reafirma su independencia.
Todos se mantienen sobre sí mismos y entran constantemente en colisión con los demás, debe combatir inevitanlemente por la supremacía de sí mismo es inevitable.
Vencer o ser derrotado, no hay más opciones. El vencedor será el Señor y el otro, esclavo: uno gozará de la soberanía y de los "derechos del Señor"; éste cumplirá dedicación y respeto sus deberes de vasallo.
Pero ninguno de ambos depone las armas y se escrutan; cada uno de ellos espía las debilidades del otro, los hijos las de los padres, los padres las de los hijos (sus temores, por ejemplo). O el palo es superior al hombre o el hombre es superior al palo.
Ahí está la vía que desde la infancia nos lleva a la liberación: queremos penetrar en el fundamento de las cosas, "detrás de las cosas"; para eso acechamos sus puntos débiles y en ello los niños tienen un instinto que no les engaña. Por ello nos complace romper lo que encontramos a mano, gustamos de escudriñar los rincones prohibidos, explorar todo lo que se oculta a nuestras miradas, ensayamos nuestras fuerzas en todo. Y, descubierto al fin el secreto, nos sentimos seguros de Nosotros. Si, por ejemplo, hemos llegado a convencernos de que la palmeta no puede nada contra Nuestra obstinación, no la tememos ya; hemos pasado de la edad de la férula. ¡Tras los azotes se levantan, más poderosos que ellos, Nuestra audacia y Nuestra obstinada libertad! Nos deslizamos dulcemente a través de todo lo inquietante, a través de la fuerza temida del látigo, a través del rostro severo de nuestro padre y detrás de todo descubrimos Nuestra Ataraxia, es decir, Nuestra imperturbabilidad, Nuestro arrojo y Nuestra oposición, Nuestro poder superior y Nuestra incoerción. Lo que nos inspiraba miedo y respeto, lejos de intimidarnos, nos alienta. Tras del rudo mandato de los superiores y de los padres, se levanta más obstinada nuestra voluntad, más artificiosa nuestra astucia. Cuando más nos sentimos a Nosotros mismos, más irrisorio nos parece lo que habíamos creído insuperable. Pero, ¿qué son nuestra destreza, audacia y valor, sino el Espíritu?
Durante largo tiempo escapamos a una lucha, que luego nos será fatigosa y triste, la lucha contra la razón. Lo mejor de la infancia pasa sin que tengamos que luchar contra la razón. Siquiera nos cuidamos de ella, no tenemos nada que ver con ella, rechazamos la razón. El convencimiento es entonces un absurdo: sordos a las buenas razones y a los argumentos sólidos, reaccionamos, por el contrario, vivamente bajo las caricias y los castigos.
Más tarde comienza el rudo combate contra la razón y con él se abre una nueva fase de nuestra vida. En la niñez, correteábamos sin cavilar demasiado. Con el Espíritu se revela por primera vez en Nosotros nuestro ser íntimo, la primera divinización de lo divino, es decir, lo inquietante, el fantasma, el poder superior. Nada se impone desde entonces a nuestro respeto, al sentimiento juvenil de nuestra fuerza, y el mundo pierde su crédito ante nuestros ojos, pues nos sentimos superiores a él, nos sentimos Espíritu.
Por vez primera comprendemos que hasta ahora Nosotros no habíamos visto el mundo con los ojos del Espíritu, tan sólo lo contemplábamos embobados. Ensayamos sobre las potencias de la naturaleza nuestras primeras fuerzas. Nuestros padres se nos imponen como potencias naturales, más tarde pensamos que se debería abandonar al padre y a la madre, para aniquilar todo poder natural. Ellos son superados. Para el hombre racional, es decir, para el Hombre Espiritual, no existe la familia como poder natural: renuncia a los padres, a los hermanos, etc. Si esos padres renacen posteriormente como potencias espirituales y racionales, esas potencias nuevas no son, en modo alguno, lo que eran en su origen.
Y el joven no supera sólo el yugo de los padres, sino el de los Hombres en general. Ellos no constituyen ya un obstáculo ante el cual es preciso detenerse, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El nuevo punto de vista es celestial, y desde su altura, todo lo terrenal retrocede a una lejanía desdeñable.
De ahí que la orientación del joven se haya invertido completamente y su nueva actitud sea espiritual, en tanto que el niño, que no se sentía aún Espíritu, quedaba confinado a la comprensión no-espiritual. El joven no se aferra ya a las cosas, sino que procura aprehender los pensamientos que esas cosas encubren; así, por ejemplo, deja de acumular confusamente en su mente los hechos y las fechas de la historia, para penetrar el pensamiento que ella encierra. El niño, por el contrario, aunque comprenda bien el encadenamiento de los hechos, es incapaz de sacar de ellos Ideas, el Espíritu amontona los conocimientos que adquiere sin seguir un plan a priori, sin sujetarse a un método teórico, en resumen, sin perseguir Ideas.
Si en la niñez tenía que superar la resistencia de las leyes del mundo, en el presente, propóngase lo que quiera, choca con una objeción del Espíritu, de la Razón, de la propia Conciencia. ¡Eso no es razonable, no es cristiano, no es patriótico!, nos grita la conciencia; y nos abstenemos. No tememos el poder vengador de las Euménides, ni la cólera de Poseidón, ni a Dios en tanto que también comprende lo oculto, ni tememos el castigo paterno, sino la conciencia.
Somos, desde entonces, los servidores de nuestros pensamientos; obedecemos sus órdenes, como en otro tiempo las de los padres o las de los hombres. Son ellas (ideas, representaciones, creencias) las que reemplazan a los mandatos paternos y las que gobiernan nuestra vida.
De niños, pensábamos ya, sin embargo nuestros pensamientos no eran entonces incorporales, abstractos, absolutos, es decir, nada más que pensamientos, un cielo para sí, un mundo puro de pensamientos, pensamientos lógicos.
Por el contrario, nuestros pensamientos, eran pensamientos de las cosas, juzgábamos que una cosa determinada era de tal o cual naturaleza. Pensábamos, sí, Dios es quien ha creado este mundo que vemos; pero nuestro pensamiento no iba más lejos, no escrutábamos las profundidades mismas de la divinidad. Decíamos esto es lo verdadero de la cosa, pero sin indagar lo verdadero en sí, la verdad en sí, sin preguntarnos si Dios es la verdad. Poco nos importaban las profundidades de la divinidad, ni cuál fuese la verdad. Pilato no se detiene en cuestiones de pura lógica (o en otros términos, de pura teología) como ¿qué es la verdad? Y, sin embargo, llegada la ocasión, no vacila en distinguir lo que hay de verdadero y lo que hay de falso en un asunto, es decir, si tal cosa determinada es verdadera.
Todo pensamiento vinculado a un objeto no es todavía nada más que un pensamiento, un pensamiento absoluto.
No hay para el joven placer más vivo que descubrir y hacer suyo el pensamiento puro; la Verdad, la Libertad, la Humanidad, el Hombre, etc., esos astros brillantes que alumbran el mundo de las ideas, iluminan y exaltan las almas juveniles.
Pero una vez reconocido el Espíritu como esencial, aparece una diferencia: el Espíritu puede ser rico o pobre y nos esforzamos, por consiguiente, en hacernos ricos de Espíritu; el Espíritu quiere expandirse, fundar su reino, un reino que no es de este mundo, sino de mucho más allá; así aspira a devenir todo en todo, es decir, si bien soy un Espíritu, no soy un Espíritu perfecto y debo empezar por buscar ese Espíritu perfecto.
Con ello, yo, que apenas me había descubierto, reconociéndome Espíritu, me pierdo de nuevo, en el instante en que, penetrado de mi inanidad, me inclino ante el Espíritu perfecto, reconociendo que no está en mí, sino más allá de mí. Todo depende del Espíritu, pero ¿todo Espíritu es justo? El Espíritu justo y verdadero es el espíritu ideal, el Espíritu Santo. No es ni el Mío ni el Tuyo, es un Espíritu ideal, trascendente: es Dios, Dios es el espíritu. Y ese Padre celestial que está en el más allá, dará Espíritu a quienes lo pidan (San Lucas, XI, 13). El hombre ya maduro difiere del joven en que considera el mundo tal como es, sin ver por todas partes mal que corregir, entuertos que enderezar, y sin pretender modelarlo sobre su Ideal. En él se consolida la opinión de que uno debe obrar para con el mundo según su interés y no según su Ideal.
Mientras no se vea en sí más que el Espíritu y ponga todo el mérito en ser Espíritu (al Joven le es fácil arriesgar su vida, lo corporal, por Nada, por la necedad del agravio); únicamente se tienen pensamientos, ideas que se espera ver realizadas un día, cuando haya encontrado su camino, hallado una salida a su actividad. No se tienen, pues, más que Ideas, Pensamientos o Ideas inconsumadas.
Pero cuando se ama vivamente (lo que sucede ordinariamente en la edad madura) y se experimenta un placer de ser tal como uno es, con vivir su vida, se cesa de perseguir el ideal para apegarse a un interés personal, egoísta, es decir, a un interés que ya no busca sólo la satisfacción del Espíritu, sino el disfrute total, el goce de todo el individuo, el propio interés.
Comparad, pues, al hombre maduro con el hombre joven. ¿No os parece más duro, más egoísta, menos generoso? ¡Sin duda! ¿Es por eso más malo? No -diréis-, es que se ha hecho más positivo, más práctico. Lo fundamental es que resueltamente hace de sí el centro de todo, más que el joven, distraído en cosas ajenas a él, como Dios, la patria y otras.
De este modo, el hombre se descubre por segunda vez. El joven había advertido su espiritualidad para extraviarse de nuevo en la investigación del Espíritu universal y perfecto, del Espíritu Santo, del Hombre, de la Humanidad, en una palabra, en todos los Ideales. El hombre se recobra y vuelve a hallar su espíritu encarnado en él, hecho carne.
Un niño no pone en sus deseos ni ideas ni pensamientos; un joven no persigue más que intereses espirituales, los intereses del hombre, en cambio, son materiales, personales y egoístas.
Cuando el niño no tiene ningún objeto en qué ocuparse, se aburre, porque no sabe todavía ocuparse de sí mismo. El joven, al contrario, se cansa pronto de los objetos, porque de esos objetos salen para él pensamientos, y él, ante todo, se interesa por sus pensamientos, sus sueños, en lo que espiritualmente le ocupa: su espíritu está ocupado.
En todo lo que no es espiritual, el joven no ve más que futilidades. Si se le ocurre tomar en serio las más insignificantes niñerías (por ejemplo, las ceremonias de la vida universitaria), es porque se apoderan de su espíritu, es decir porque ve en ellas símbolos.
Yo Me he colocado detrás de las cosas y he descubierto mi Espíritu; igualmente, más tarde Me encuentro detrás de mis pensamientos y me siento su creador y su poseedor. En la edad del Espíritu, mis pensamientos proyectaban sombra sobre Mi cerebro, como el árbol sobre el suelo que le nutre; giraban a Mi entorno como ensueños de calenturiento, y me turbaban con su espantoso poder. Los pensamientos mismos habían adquirido corporeidad y se llamaban Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etcétera. Hoy destruyo su cuerpo, entro en posesión de Mis pensamientos, los hago Míos y digo: sólo yo poseo un cuerpo. No veo ya en el mundo más que lo que él es para Mí, es Mío, es mi propiedad. Yo lo refiero todo a Mí. No hace mucho era Espíritu y el mundo era a mis ojos digno sólo de mi desprecio; hoy soy Yo su propietario y rechazo esos Espíritus o esas Ideas cuya vanidad he medido. Todo eso no tiene sobre mí más poder que el que las potencias de la Tierra tienen sobre el espíritu. El niño era realista, embarazado por las cosas de este mundo, hasta que llegó poco a poco a penetrarlas. El joven es idealista, ocupado en sus pensamientos, hasta el día en que llega a ser hombre egoísta que no persigue a través de las cosas y de los pensamientos más que el gozo de su corazón y pone por encima de todo su interés personal. En cuanto al anciano ... cuando yo lo sea ... tendré tiempo de hablar de él.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 03]]
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
| Sección = [[El Único y su Propiedad/2|La vida de un hombre]]
| Anterior = [[El Único y su Propiedad/2a|Primera parte: El hombre]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/3a|II Los antiguos y los modernos]]
}}
''I. La vida de un hombre''
Desde el mismo momento en que abre los ojos y ve la luz del mundo, el hombre procura desasirse y conquistarse en medio del caos confuso en el que circula junto a todos los Demás, poseyéndose.
En todo lo que puede el niño forcejea contra lo que entra en contacto, contra sus atracciones y reafirma su independencia.
Todos se mantienen sobre sí mismos y entran constantemente en colisión con los demás, debe combatir inevitanlemente por la supremacía de sí mismo es inevitable.
Vencer o ser derrotado, no hay más opciones. El vencedor será el Señor y el otro, esclavo: uno gozará de la soberanía y de los "derechos del Señor"; éste cumplirá dedicación y respeto sus deberes de vasallo.
Pero ninguno de ambos depone las armas y se escrutan; cada uno de ellos espía las debilidades del otro, los hijos las de los padres, los padres las de los hijos (sus temores, por ejemplo). O el palo es superior al hombre o el hombre es superior al palo.
Ahí está la vía que desde la infancia nos lleva a la liberación: queremos penetrar en el fundamento de las cosas, "detrás de las cosas"; para eso acechamos sus puntos débiles y en ello los niños tienen un instinto que no les engaña. Por ello nos complace romper lo que encontramos a mano, gustamos de escudriñar los rincones prohibidos, explorar todo lo que se oculta a nuestras miradas, ensayamos nuestras fuerzas en todo. Y, descubierto al fin el secreto, nos sentimos seguros de Nosotros. Si, por ejemplo, hemos llegado a convencernos de que la palmeta no puede nada contra Nuestra obstinación, no la tememos ya; hemos pasado de la edad de la férula. ¡Tras los azotes se levantan, más poderosos que ellos, Nuestra audacia y Nuestra obstinada libertad! Nos deslizamos dulcemente a través de todo lo inquietante, a través de la fuerza temida del látigo, a través del rostro severo de nuestro padre y detrás de todo descubrimos Nuestra Ataraxia, es decir, Nuestra imperturbabilidad, Nuestro arrojo y Nuestra oposición, Nuestro poder superior y Nuestra incoerción. Lo que nos inspiraba miedo y respeto, lejos de intimidarnos, nos alienta. Tras del rudo mandato de los superiores y de los padres, se levanta más obstinada nuestra voluntad, más artificiosa nuestra astucia. Cuando más nos sentimos a Nosotros mismos, más irrisorio nos parece lo que habíamos creído insuperable. Pero, ¿qué son nuestra destreza, audacia y valor, sino el Espíritu?
Durante largo tiempo escapamos a una lucha, que luego nos será fatigosa y triste, la lucha contra la razón. Lo mejor de la infancia pasa sin que tengamos que luchar contra la razón. Siquiera nos cuidamos de ella, no tenemos nada que ver con ella, rechazamos la razón. El convencimiento es entonces un absurdo: sordos a las buenas razones y a los argumentos sólidos, reaccionamos, por el contrario, vivamente bajo las caricias y los castigos.
Más tarde comienza el rudo combate contra la razón y con él se abre una nueva fase de nuestra vida. En la niñez, correteábamos sin cavilar demasiado. Con el Espíritu se revela por primera vez en Nosotros nuestro ser íntimo, la primera divinización de lo divino, es decir, lo inquietante, el fantasma, el poder superior. Nada se impone desde entonces a nuestro respeto, al sentimiento juvenil de nuestra fuerza, y el mundo pierde su crédito ante nuestros ojos, pues nos sentimos superiores a él, nos sentimos Espíritu.
Por vez primera comprendemos que hasta ahora Nosotros no habíamos visto el mundo con los ojos del Espíritu, tan sólo lo contemplábamos embobados. Ensayamos sobre las potencias de la naturaleza nuestras primeras fuerzas. Nuestros padres se nos imponen como potencias naturales, más tarde pensamos que se debería abandonar al padre y a la madre, para aniquilar todo poder natural. Ellos son superados. Para el hombre racional, es decir, para el Hombre Espiritual, no existe la familia como poder natural: renuncia a los padres, a los hermanos, etc. Si esos padres renacen posteriormente como potencias espirituales y racionales, esas potencias nuevas no son, en modo alguno, lo que eran en su origen.
Y el joven no supera sólo el yugo de los padres, sino el de los Hombres en general. Ellos no constituyen ya un obstáculo ante el cual es preciso detenerse, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El nuevo punto de vista es celestial, y desde su altura, todo lo terrenal retrocede a una lejanía desdeñable.
De ahí que la orientación del joven se haya invertido completamente y su nueva actitud sea espiritual, en tanto que el niño, que no se sentía aún Espíritu, quedaba confinado a la comprensión no-espiritual. El joven no se aferra ya a las cosas, sino que procura aprehender los pensamientos que esas cosas encubren; así, por ejemplo, deja de acumular confusamente en su mente los hechos y las fechas de la historia, para penetrar el pensamiento que ella encierra. El niño, por el contrario, aunque comprenda bien el encadenamiento de los hechos, es incapaz de sacar de ellos Ideas, el Espíritu amontona los conocimientos que adquiere sin seguir un plan a priori, sin sujetarse a un método teórico, en resumen, sin perseguir Ideas.
Si en la niñez tenía que superar la resistencia de las leyes del mundo, en el presente, propóngase lo que quiera, choca con una objeción del Espíritu, de la Razón, de la propia Conciencia. ¡Eso no es razonable, no es cristiano, no es patriótico!, nos grita la conciencia; y nos abstenemos. No tememos el poder vengador de las Euménides, ni la cólera de Poseidón, ni a Dios en tanto que también comprende lo oculto, ni tememos el castigo paterno, sino la conciencia.
Somos, desde entonces, los servidores de nuestros pensamientos; obedecemos sus órdenes, como en otro tiempo las de los padres o las de los hombres. Son ellas (ideas, representaciones, creencias) las que reemplazan a los mandatos paternos y las que gobiernan nuestra vida.
De niños, pensábamos ya, sin embargo nuestros pensamientos no eran entonces incorporales, abstractos, absolutos, es decir, nada más que pensamientos, un cielo para sí, un mundo puro de pensamientos, pensamientos lógicos.
Por el contrario, nuestros pensamientos, eran pensamientos de las cosas, juzgábamos que una cosa determinada era de tal o cual naturaleza. Pensábamos, sí, Dios es quien ha creado este mundo que vemos; pero nuestro pensamiento no iba más lejos, no escrutábamos las profundidades mismas de la divinidad. Decíamos esto es lo verdadero de la cosa, pero sin indagar lo verdadero en sí, la verdad en sí, sin preguntarnos si Dios es la verdad. Poco nos importaban las profundidades de la divinidad, ni cuál fuese la verdad. Pilato no se detiene en cuestiones de pura lógica (o en otros términos, de pura teología) como ¿qué es la verdad? Y, sin embargo, llegada la ocasión, no vacila en distinguir lo que hay de verdadero y lo que hay de falso en un asunto, es decir, si tal cosa determinada es verdadera.
Todo pensamiento vinculado a un objeto no es todavía nada más que un pensamiento, un pensamiento absoluto.
No hay para el joven placer más vivo que descubrir y hacer suyo el pensamiento puro; la Verdad, la Libertad, la Humanidad, el Hombre, etc., esos astros brillantes que alumbran el mundo de las ideas, iluminan y exaltan las almas juveniles.
Pero una vez reconocido el Espíritu como esencial, aparece una diferencia: el Espíritu puede ser rico o pobre y nos esforzamos, por consiguiente, en hacernos ricos de Espíritu; el Espíritu quiere expandirse, fundar su reino, un reino que no es de este mundo, sino de mucho más allá; así aspira a devenir todo en todo, es decir, si bien soy un Espíritu, no soy un Espíritu perfecto y debo empezar por buscar ese Espíritu perfecto.
Con ello, yo, que apenas me había descubierto, reconociéndome Espíritu, me pierdo de nuevo, en el instante en que, penetrado de mi inanidad, me inclino ante el Espíritu perfecto, reconociendo que no está en mí, sino más allá de mí. Todo depende del Espíritu, pero ¿todo Espíritu es justo? El Espíritu justo y verdadero es el espíritu ideal, el Espíritu Santo. No es ni el Mío ni el Tuyo, es un Espíritu ideal, trascendente: es Dios, Dios es el espíritu. Y ese Padre celestial que está en el más allá, dará Espíritu a quienes lo pidan (San Lucas, XI, 13). El hombre ya maduro difiere del joven en que considera el mundo tal como es, sin ver por todas partes mal que corregir, entuertos que enderezar, y sin pretender modelarlo sobre su Ideal. En él se consolida la opinión de que uno debe obrar para con el mundo según su interés y no según su Ideal.
Mientras no se vea en sí más que el Espíritu y ponga todo el mérito en ser Espíritu (al Joven le es fácil arriesgar su vida, lo corporal, por Nada, por la necedad del agravio); únicamente se tienen pensamientos, ideas que se espera ver realizadas un día, cuando haya encontrado su camino, hallado una salida a su actividad. No se tienen, pues, más que Ideas, Pensamientos o Ideas inconsumadas.
Pero cuando se ama vivamente (lo que sucede ordinariamente en la edad madura) y se experimenta un placer de ser tal como uno es, con vivir su vida, se cesa de perseguir el ideal para apegarse a un interés personal, egoísta, es decir, a un interés que ya no busca sólo la satisfacción del Espíritu, sino el disfrute total, el goce de todo el individuo, el propio interés.
Comparad, pues, al hombre maduro con el hombre joven. ¿No os parece más duro, más egoísta, menos generoso? ¡Sin duda! ¿Es por eso más malo? No -diréis-, es que se ha hecho más positivo, más práctico. Lo fundamental es que resueltamente hace de sí el centro de todo, más que el joven, distraído en cosas ajenas a él, como Dios, la patria y otras.
De este modo, el hombre se descubre por segunda vez. El joven había advertido su espiritualidad para extraviarse de nuevo en la investigación del Espíritu universal y perfecto, del Espíritu Santo, del Hombre, de la Humanidad, en una palabra, en todos los Ideales. El hombre se recobra y vuelve a hallar su espíritu encarnado en él, hecho carne.
Un niño no pone en sus deseos ni ideas ni pensamientos; un joven no persigue más que intereses espirituales, los intereses del hombre, en cambio, son materiales, personales y egoístas.
Cuando el niño no tiene ningún objeto en qué ocuparse, se aburre, porque no sabe todavía ocuparse de sí mismo. El joven, al contrario, se cansa pronto de los objetos, porque de esos objetos salen para él pensamientos, y él, ante todo, se interesa por sus pensamientos, sus sueños, en lo que espiritualmente le ocupa: su espíritu está ocupado.
En todo lo que no es espiritual, el joven no ve más que futilidades. Si se le ocurre tomar en serio las más insignificantes niñerías (por ejemplo, las ceremonias de la vida universitaria), es porque se apoderan de su espíritu, es decir porque ve en ellas símbolos.
Yo Me he colocado detrás de las cosas y he descubierto mi Espíritu; igualmente, más tarde Me encuentro detrás de mis pensamientos y me siento su creador y su poseedor. En la edad del Espíritu, mis pensamientos proyectaban sombra sobre Mi cerebro, como el árbol sobre el suelo que le nutre; giraban a Mi entorno como ensueños de calenturiento, y me turbaban con su espantoso poder. Los pensamientos mismos habían adquirido corporeidad y se llamaban Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etcétera. Hoy destruyo su cuerpo, entro en posesión de Mis pensamientos, los hago Míos y digo: sólo yo poseo un cuerpo. No veo ya en el mundo más que lo que él es para Mí, es Mío, es mi propiedad. Yo lo refiero todo a Mí. No hace mucho era Espíritu y el mundo era a mis ojos digno sólo de mi desprecio; hoy soy Yo su propietario y rechazo esos Espíritus o esas Ideas cuya vanidad he medido. Todo eso no tiene sobre mí más poder que el que las potencias de la Tierra tienen sobre el espíritu. El niño era realista, embarazado por las cosas de este mundo, hasta que llegó poco a poco a penetrarlas. El joven es idealista, ocupado en sus pensamientos, hasta el día en que llega a ser hombre egoísta que no persigue a través de las cosas y de los pensamientos más que el gozo de su corazón y pone por encima de todo su interés personal. En cuanto al anciano ... cuando yo lo sea ... tendré tiempo de hablar de él.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 03]]
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
|sección= '''Primera parte: Los hombres de la época antigua y de la época moderna, Los modernos, El Espíritu.'''
|anterior=[[El Único y su Propiedad :2a]]
|siguiente=[[El Único y su Propiedad :3a]]
}}
''Los hombres de la época antigua y de la época moderna''
''Los modernos''
'''El Espíritu'''
El mundo de los Espíritus es prodigiosamente vasto, el de lo espiritual es infinito: examinemos, pues, lo que es propiamente ese espíritu que nos han legado los antiguos. Ellos lo dieron a luz entre dolores, pero no pudieron reconocerse en él; pudieron crearlo, pero hablar sólo podía hacerlo Él mismo. El Dios nacido, el Hijo del hombre, expresó por primera vez este pensamiento: que el Espíritu, es decir, Él, Dios, no tiene ningún vínculo con las cosas terrenales y sus relaciones, sino únicamente con las cosas espirituales y sus relaciones.
Mi inquebrantable firmeza en la adversidad, mi inflexibilidad y mi audacia, ¿son ya el Espíritu, en la plena acepción de la palabra? ¿No puede el mundo, en efecto, nada con ellas? Si fuera así, el Espíritu estaría todavía en oposición con el mundo y todo su poder se limitaría a no someterse a él ¡No!, en tanto que no se ocupa exclusivamente de sí mismo, en tanto que no tiene únicamente que hacer con su mundo, con el mundo espiritual, el Espíritu no es todavía el Espíritu libre; permanece siendo el Espíritu del mundo, encadenado a este mundo. El Espíritu no es Espíritu libre, es decir, realmente Espíritu, más que en el mundo que le es propio; aquí abajo, en este mundo terrenal es siempre un extraño. Sólo en un mundo espiritual el Espíritu se completa y toma posesión de sí, porque este bajo mundo no lo comprende y no puede guardar junto a él a la hija forastera.
Pero ¿dónde encontrará ese dominio espiritual? ¿Dónde sino en sí mismo? Él tiene que exteriorizarse y las palabras que expresa, las revelaciones en las que se manifiesta, ésas son su mundo. Como el extravagante no vive sino en el mundo fantástico que crea su imaginación, como el loco engendra su propio mundo de sueños, sin el cual no sería loco, así el Espíritu debe crear su mundo de fantasmas, y en tanto que no lo crea, no es Espíritu; en ellos se reconoce como su creador; Él vive en ellos, ellos son su mundo.
¿Qué es, pues, el Espíritu? El Espíritu es el creador de un mundo espiritual. Se reconoce su presencia en Ti y en Mí, en cuanto se comprueba que nos hemos apropiado de algo espiritual, es decir, de pensamientos: que estos pensamientos nos hayan sido sugeridos, poco importa, con tal que nosotros les hayamos dado vida. Pues, de niños, las máximas más eficaces carecían de toda eficacia en la medida en que no podíamos recrearlas en Nosotros. Así, también el Espíritu no existe más que cuando crea algo espiritual y su existencia resulta de su unión con lo espiritual, creación suya.
En sus obras es donde le reconocemos. ¿Qué son esas obras? Las obras, los hijos del Espíritu, son otros Espíritus, otros fantasmas.
Si los que me leyesen fueran judíos, judíos ortodoxos, podría detenerme aquí y dejarles meditar sobre el misterio de su incredulidad y de su incomprensión de veinte siglos. Pero como Tú, lector, no eres judío, al menos un judío de pura sangre -pues ninguno me hubiese seguido hasta aquí- (Este comentario, de tinte segregacionista merece una condena completa, sin embargo, vale la pena ser tolerantes y proseguir con la lectura de esta obra, no obstante los exhabruptos de mal gusto de que hace gala el autor. Nota de los editores.), sigamos todavía juntos un trecho del camino, hasta que tal vez Tú me vuelvas la espalda a Mí, porque me burlo de Ti.
Si alguien te dijese que eres todo Espíritu, te tocarías y no le creerías, pero responderías: Poseo, en verdad, Espíritu; sin embargo, no existo únicamente como Espíritu: soy un hombre de carne y hueso. Además, siempre distinguirías entre Ti y Tu Espíritu. Pero -replica tu interlocutor- es Tu destino, aunque seas todavía al presente el prisionero de un cuerpo, llegar a ser algún día Espíritu bienaventurado; y si puedes figurarte el aspecto futuro de ese Espíritu, es igualmente cierto que en la muerte abandonarás ese cuerpo, y que lo que guardes para la eternidad será tu Espíritu. Por consiguiente, lo que hay de verdadero y de eterno en Ti, es el Espíritu; el cuerpo no es más que tu morada en este mundo, morada que puedes abandonar y quizá cambiar por otra.
¡Hete aquí convencido! Por el momento, en verdad no eres un puro Espíritu, pero cuando hayas emigrado de este cuerpo perecedero, podrás salir del paso sin él; así, es necesario que tomes tus precauciones y que cuides a tiempo tu Yo por excelencia: ¿De qué servirá al hombre conquistar el universo, si tuviera para eso que dañar su alma?
Graves dudas se han elevado en el curso de los tiempos contra los dogmas cristianos, y Te han despojado de Tu fe en la inmortalidad de Tu espíritu, pero una cosa sigue en pie: tú estás siempre firmemente convencido de que el Espíritu es lo que hay de mejor en Ti y que lo espiritual debe aventajar a todo lo demás. Cualquiera que sea tu ateísmo, comulga con los creyentes en la inmortalidad de su celo contra el egoismo.
¿Qué entiendes Tú por egoísta? Un hombre que en lugar de vivir para una idea, es decir, para alguna cosa espiritual, y sacrificar a esta idea su interés personal, sirve, al contrario, a este último. Un buen patriota, por ejemplo, lleva su ofrenda al altar de la patria, y que la patria sea una pura idea no ofrece duda alguna, porque no hay ni patria ni patriotismo para los animales o para los niños, carentes todavía de Espíritu. Quien no dé muestras de patriotismo, aparece frente a la patria como egoísta. Lo mismo sucede en una infinidad de casos: gozar de un privilegio a expensas del resto de la sociedad, es pasar por egoísmo contra la idea de igualdad; ejercer el poder es violar como egoísta la idea de libertad, etc., etc.
Tal es la causa de tu aversión por el egoísta, porque él subordina lo espiritual a lo personal, y es en él en quien piensas cuando preferirías verle obrar por el amor de una idea. Lo que os distingue es que tú refieres a tu Espíritu todo lo que Él refiere a sí mismo; en otros términos, Tú escindes tu Yo y eriges tu Yo propiamente dicho, el Espíritu, en señor soberano del resto que juzgas sin valor, en tanto que Él no quiere saber nada de tal reparto y persigue a su gusto sus propios intereses, tanto espirituales como materiales. Tú crees no sublevarte más que contra los que no conciben ningún interés espiritual, pero de hecho huyes de todos los que no consideran esos intereses espirituales como los verdaderos y supremos intereses. Tú llevas tan lejos el oficio de caballero, siervo de esta beldad, que la proclamas la única belleza existente en el mundo. No es para Ti para quien Tú vives, sino para Tu Espíritu y para lo que depende del Espíritu, es decir, para las Ideas.
Puesto que el Espíritu no existe sino en tanto que creador espiritual, procuremos, pues, descubrir su primera creación. De ésta se deriva, naturalmente, una generación indefinida de creaciones; como en el mito, bastó que los primeros humanos fuesen creados para que la raza se multiplicase espontáneamente. Esta primera creación debe originarse de la Nada, es decir, que el Espíritu, para realizarla no dispone más que de sí mismo; más aún, siquiera dispone todavía de Él, pero debe crearse. El Espíritu es, por consiguiente, Él mismo, su primera creación. Por místico que el hecho parezca, su realidad no está menos atestiguada por una experiencia de todos los días. ¿Eres pensador antes de haber pensado? Sólo por el hecho de crear Tu primer pensamiento, creas en Ti el pensador, porque no piensas en tanto que no has tenido un pensamiento. ¿No es Tu primer canto el que hace de Ti un cantor, la primera palabra la que hace de Ti un hombre que habla? Igualmente es tu primera producción espiritual lo que hace de Ti un Espíritu. Si te distingues del pensador y del cantor, deberías distinguirte igualmente del Espíritu y sentir claramente que Tú eres también algo distinto que el Espíritu. Para lo mismo que el Yo pensante pierde fácilmente la vista y el oído en su exaltación del pensar, así también la exaltación del Espíritu Te ha aprehendido y ahora aspiras con todas tus fuerzas a hacerte todo Espíritu y a fundirte en el Espíritu. El Espíritu es tu Ideal, lo inaccesible, el más allá; tú llamas al espíritu Dios: ¡Dios es el espíritu!
Tu celo te excita contra todo lo que no es Espíritu, y te sublevas contra Ti mismo. En lugar de decir: Yo soy más que Espíritu, dices con contrición: Yo soy menos que Espíritu. El espíritu, el puro espÍritu no puedo más que concebirlo, pero Yo no lo soy, Otro lo es, y a ese Otro lo llamo Dios.
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
| Sección = [[El Único y su Propiedad/3|El espíritu]]
| Anterior = [[El Único y su Propiedad/3a|II Los antiguos y los modernos]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/4|Los poseídos]]
}}
''Los hombres de la época antigua y de la época moderna''
''Los modernos''
'''El Espíritu'''
El mundo de los Espíritus es prodigiosamente vasto, el de lo espiritual es infinito: examinemos, pues, lo que es propiamente ese espíritu que nos han legado los antiguos. Ellos lo dieron a luz entre dolores, pero no pudieron reconocerse en él; pudieron crearlo, pero hablar sólo podía hacerlo Él mismo. El Dios nacido, el Hijo del hombre, expresó por primera vez este pensamiento: que el Espíritu, es decir, Él, Dios, no tiene ningún vínculo con las cosas terrenales y sus relaciones, sino únicamente con las cosas espirituales y sus relaciones.
Mi inquebrantable firmeza en la adversidad, mi inflexibilidad y mi audacia, ¿son ya el Espíritu, en la plena acepción de la palabra? ¿No puede el mundo, en efecto, nada con ellas? Si fuera así, el Espíritu estaría todavía en oposición con el mundo y todo su poder se limitaría a no someterse a él ¡No!, en tanto que no se ocupa exclusivamente de sí mismo, en tanto que no tiene únicamente que hacer con su mundo, con el mundo espiritual, el Espíritu no es todavía el Espíritu libre; permanece siendo el Espíritu del mundo, encadenado a este mundo. El Espíritu no es Espíritu libre, es decir, realmente Espíritu, más que en el mundo que le es propio; aquí abajo, en este mundo terrenal es siempre un extraño. Sólo en un mundo espiritual el Espíritu se completa y toma posesión de sí, porque este bajo mundo no lo comprende y no puede guardar junto a él a la hija forastera.
Pero ¿dónde encontrará ese dominio espiritual? ¿Dónde sino en sí mismo? Él tiene que exteriorizarse y las palabras que expresa, las revelaciones en las que se manifiesta, ésas son su mundo. Como el extravagante no vive sino en el mundo fantástico que crea su imaginación, como el loco engendra su propio mundo de sueños, sin el cual no sería loco, así el Espíritu debe crear su mundo de fantasmas, y en tanto que no lo crea, no es Espíritu; en ellos se reconoce como su creador; Él vive en ellos, ellos son su mundo.
¿Qué es, pues, el Espíritu? El Espíritu es el creador de un mundo espiritual. Se reconoce su presencia en Ti y en Mí, en cuanto se comprueba que nos hemos apropiado de algo espiritual, es decir, de pensamientos: que estos pensamientos nos hayan sido sugeridos, poco importa, con tal que nosotros les hayamos dado vida. Pues, de niños, las máximas más eficaces carecían de toda eficacia en la medida en que no podíamos recrearlas en Nosotros. Así, también el Espíritu no existe más que cuando crea algo espiritual y su existencia resulta de su unión con lo espiritual, creación suya.
En sus obras es donde le reconocemos. ¿Qué son esas obras? Las obras, los hijos del Espíritu, son otros Espíritus, otros fantasmas.
Si los que me leyesen fueran judíos, judíos ortodoxos, podría detenerme aquí y dejarles meditar sobre el misterio de su incredulidad y de su incomprensión de veinte siglos. Pero como Tú, lector, no eres judío, al menos un judío de pura sangre -pues ninguno me hubiese seguido hasta aquí- (Este comentario, de tinte segregacionista merece una condena completa, sin embargo, vale la pena ser tolerantes y proseguir con la lectura de esta obra, no obstante los exhabruptos de mal gusto de que hace gala el autor. Nota de los editores.), sigamos todavía juntos un trecho del camino, hasta que tal vez Tú me vuelvas la espalda a Mí, porque me burlo de Ti.
Si alguien te dijese que eres todo Espíritu, te tocarías y no le creerías, pero responderías: Poseo, en verdad, Espíritu; sin embargo, no existo únicamente como Espíritu: soy un hombre de carne y hueso. Además, siempre distinguirías entre Ti y Tu Espíritu. Pero -replica tu interlocutor- es Tu destino, aunque seas todavía al presente el prisionero de un cuerpo, llegar a ser algún día Espíritu bienaventurado; y si puedes figurarte el aspecto futuro de ese Espíritu, es igualmente cierto que en la muerte abandonarás ese cuerpo, y que lo que guardes para la eternidad será tu Espíritu. Por consiguiente, lo que hay de verdadero y de eterno en Ti, es el Espíritu; el cuerpo no es más que tu morada en este mundo, morada que puedes abandonar y quizá cambiar por otra.
¡Hete aquí convencido! Por el momento, en verdad no eres un puro Espíritu, pero cuando hayas emigrado de este cuerpo perecedero, podrás salir del paso sin él; así, es necesario que tomes tus precauciones y que cuides a tiempo tu Yo por excelencia: ¿De qué servirá al hombre conquistar el universo, si tuviera para eso que dañar su alma?
Graves dudas se han elevado en el curso de los tiempos contra los dogmas cristianos, y Te han despojado de Tu fe en la inmortalidad de Tu espíritu, pero una cosa sigue en pie: tú estás siempre firmemente convencido de que el Espíritu es lo que hay de mejor en Ti y que lo espiritual debe aventajar a todo lo demás. Cualquiera que sea tu ateísmo, comulga con los creyentes en la inmortalidad de su celo contra el egoismo.
¿Qué entiendes Tú por egoísta? Un hombre que en lugar de vivir para una idea, es decir, para alguna cosa espiritual, y sacrificar a esta idea su interés personal, sirve, al contrario, a este último. Un buen patriota, por ejemplo, lleva su ofrenda al altar de la patria, y que la patria sea una pura idea no ofrece duda alguna, porque no hay ni patria ni patriotismo para los animales o para los niños, carentes todavía de Espíritu. Quien no dé muestras de patriotismo, aparece frente a la patria como egoísta. Lo mismo sucede en una infinidad de casos: gozar de un privilegio a expensas del resto de la sociedad, es pasar por egoísmo contra la idea de igualdad; ejercer el poder es violar como egoísta la idea de libertad, etc., etc.
Tal es la causa de tu aversión por el egoísta, porque él subordina lo espiritual a lo personal, y es en él en quien piensas cuando preferirías verle obrar por el amor de una idea. Lo que os distingue es que tú refieres a tu Espíritu todo lo que Él refiere a sí mismo; en otros términos, Tú escindes tu Yo y eriges tu Yo propiamente dicho, el Espíritu, en señor soberano del resto que juzgas sin valor, en tanto que Él no quiere saber nada de tal reparto y persigue a su gusto sus propios intereses, tanto espirituales como materiales. Tú crees no sublevarte más que contra los que no conciben ningún interés espiritual, pero de hecho huyes de todos los que no consideran esos intereses espirituales como los verdaderos y supremos intereses. Tú llevas tan lejos el oficio de caballero, siervo de esta beldad, que la proclamas la única belleza existente en el mundo. No es para Ti para quien Tú vives, sino para Tu Espíritu y para lo que depende del Espíritu, es decir, para las Ideas.
Puesto que el Espíritu no existe sino en tanto que creador espiritual, procuremos, pues, descubrir su primera creación. De ésta se deriva, naturalmente, una generación indefinida de creaciones; como en el mito, bastó que los primeros humanos fuesen creados para que la raza se multiplicase espontáneamente. Esta primera creación debe originarse de la Nada, es decir, que el Espíritu, para realizarla no dispone más que de sí mismo; más aún, siquiera dispone todavía de Él, pero debe crearse. El Espíritu es, por consiguiente, Él mismo, su primera creación. Por místico que el hecho parezca, su realidad no está menos atestiguada por una experiencia de todos los días. ¿Eres pensador antes de haber pensado? Sólo por el hecho de crear Tu primer pensamiento, creas en Ti el pensador, porque no piensas en tanto que no has tenido un pensamiento. ¿No es Tu primer canto el que hace de Ti un cantor, la primera palabra la que hace de Ti un hombre que habla? Igualmente es tu primera producción espiritual lo que hace de Ti un Espíritu. Si te distingues del pensador y del cantor, deberías distinguirte igualmente del Espíritu y sentir claramente que Tú eres también algo distinto que el Espíritu. Para lo mismo que el Yo pensante pierde fácilmente la vista y el oído en su exaltación del pensar, así también la exaltación del Espíritu Te ha aprehendido y ahora aspiras con todas tus fuerzas a hacerte todo Espíritu y a fundirte en el Espíritu. El Espíritu es tu Ideal, lo inaccesible, el más allá; tú llamas al espíritu Dios: ¡Dios es el espíritu!
Tu celo te excita contra todo lo que no es Espíritu, y te sublevas contra Ti mismo. En lugar de decir: Yo soy más que Espíritu, dices con contrición: Yo soy menos que Espíritu. El espíritu, el puro espÍritu no puedo más que concebirlo, pero Yo no lo soy, Otro lo es, y a ese Otro lo llamo Dios.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: Los poseídos.
'''Los poseídos'''
¿Has visto ya un espíritu? - ¿Yo? No, pero mi abuela los ha visto. - Así me ocurre a mí, Yo no los he visto nunca, pero a Mi abuela le corrían sin cesar por entre las piernas; y por respeto al testimonio de nuestras abuelas, creemos en la existencia de los espíritus.
Pero ¿no teníamos también abuelos y no se encogían de hombros cada vez que nuestras abuelas relataban historias de aparecidos? ¡Ay, sí!, eran incrédulos y con su incredulidad han causado grandes daños a nuestra buena religión. ¡Esos reveladores! Vamos a demostrarlo. ¿Qué es en el fondo esa fe profunda en los espectros, sino la fe en la existencia de seres espirituales en general? Y ésta, ¿no se quebrantaría al quedar establecido que todo hombre con entendimiento debe encogerse de hombros ante la primera?
Los románticos, sintiendo cuánto comprometería a la creencia en Dios el abandono de la creencia en los espíritus o espectros, se esforzaron en conjurar esta consecuencia, no sólo resucitando el mundo maravilloso de las leyendas, sino particularmente escudriñando el mundo superior con sus sonámbulos, sus virtudes, etc. Los creyentes sinceros y los padres de la Iglesia no sospechaban que, con la fe en los espectros, desaparecía, también, la base misma de la religión, y que, desde ese instante, ella pende del aire. Quien no cree en ningún fantasma, tiene que ser consecuente consigo mismo para que su incredulidad le conduzca a advertir que detrás de las cosas no se oculta ningún ser separado, ningún fantasma o -tomando una palabra que en sentido ingenuo se considera sinónima- ningún Espíritu.
¡Existen Espíritus! Contempla el mundo que te rodea, y dime si detrás de todo, Tú no adivinas un Espíritu. A través de la flor, la hermosa flor, te habla el Espíritu Creador que le dio su bella forma, las estrellas anuncian al Espíritu que ordena su marcha por los espacios celestes, un Espíritu de sublimidad se cierne por la cima de los montes, el Espíritu de la melancolía y del deseo murmura bajo las aguas y en los hombres hablan millones de Espíritus. Que los montes se hundan en el abismo, que se marchiten las flores y las estrellas se reduzcan a polvo, que mueran los hombres. ¿Qué sobrevive a la ruina de esos cuerpos visibles? ¡EI Espíritu, el invisible, que es eterno! Sí, todo en este mundo está encantado. ¿Qué digo? Este mundo mismo está encantado, máscara engañosa, es la forma errante de un Espíritu, es un fantasma. ¿Qué es un fantasma sino un cuerpo aparente y un Espíritu real? Tal es el mundo, vano, nulo, ilusoria apariencia sin otra realidad que el Espíritu. Es la apariencia corpórea de un Espíritu. Mira a Tu entorno y la lejanía, por todas partes te rodea un mundo de fantasmas, estás asediado por visiones. Todo lo que se Te aparece no es más que el reflejo del Espíritu que lo habita, una aparición espectral; el mundo entero no es más que una fantasmagoría, tras la cual se agita el Espíritu. Tú ves espíritus.
¿Pretendes compararte con los antiguos, que veían dioses por todas partes? Los dioses, mi querido Moderno, no son Espíritus; los dioses no reducen el mundo a una apariencia y no lo espiritualizan.
A tus ojos, el mundo entero está espiritualizado, ha venido a ser un enigmático fantasma, por eso no te sorprende tampoco hallar en Ti más que un fantasma. ¿No hechiza Tu Espíritu a Tu cuerpo y no es Él lo verdadero, lo real, en tanto que Tu cuerpo es una mera apariencia , algo perecedero y carente de valor? ¿No somos todos espectros, pobres seres atormentados que aguardan la redención? ¿No somos Espíritus?
Desde que el Espíritu ha aparecido en el mundo, desde que el Verbo se ha hecho carne, ese mundo espiritualizado no es más que una casa encantada, un fantasma. Tú tienes un Espíritu porque tienes pensamientos. Pero ¿qué son esos pensamientos? -Seres espirituales-. ¿No son, pues, cosas? No, sino el Espíritu de las cosas, lo que en ellas hay de más íntimo, de más esencial, su Idea. Lo que piensas, ¿no es simplemente tu pensamiento? Al contrario, es lo que hay de más real, lo propiamente verdadero en el mundo: es la Verdad misma. Cuando Yo pienso correctamente, pienso la Verdad. Cierto, puedo engañarme acerca de la Verdad, puedo no comprenderla, pero cuando mi comprensión es verídica, el objeto de mi comprensión es la Verdad. ¿Aspiras, pues, a conocer la Verdad? La Verdad es sagrada para Mí. Puede suceder que encuentre una verdad inacabada que deba reemplazar por otra mejor, pero no puedo suprimir la Verdad. Yo creo en la Verdad y por eso la busco; pues nada la supera y es eterna.
¡Sagrada y eterna, la Verdad es lo Sagrado y lo Eterno mismo! Pero Tú, que te llenas de esa santidad y haces de ella tu guía, serás santificado. Lo sagrado no se manifiesta jamás a Tus sentidos; Tú, como ser sensitivo, jamás descubres su huella. No se revela más que a tu fe, o más exactamente, a tu Espíritu, porque ella misma es algo espiritual, un Espíritu; es Espíritu para el Espíritu.
No se suprime lo Sagrado con tanta facilidad como parecen creerlo muchos que todavía rehúsan esta palabra impropia. Cualquiera que sea el punto de vista bajo el que se me acuse de egoísmo, se sobreentiende siempre que se tiende la vista a algún Otro al que Yo debería servir con prioridad a Mí mismo, a quien Yo debería considerar más importante que a todo lo demás; en resumen, un Algo en el que hallaría Mi bien, una cosa sagrada. Que ese sacrosanto sea, por otra parte, tan humano como se quiera, que sea lo humano mismo, no quita nada de su carácter y, cuando más, convierte ese sagrado supraterrenal en un sagrado terrenal, ese sagrado divino en un sagrado humano.
Todo es sagrado para el egoísta que no se reconoce como tal, para el egoísta involuntario. Llamo así al que, incapaz de traspasar los límites de su Yo, no lo considera, sin embargo, como el Ser Supremo; no sirve más que a sí mismo, creyendo servir a un ser superior y que no conociendo nada superior a sí mismo, sueña, sin embargo, con alguna cosa superior. En resumen, es el egoísta que quisiera no ser egoísta, que se humilla y que combate su egoísmo, pero que no se humilla más que para ser ensalzado, es decir, para satisfacer su egoísmo. No quiere ser egoísta, y por ello escudriña el cielo y la tierra en busca de algún ser superior al que pueda ofrecer sus servicios y sus sacrificios. Pero, por más que se esfuerza y mortifica, no lo hace en definitiva más que por amor a sí mismo y el egoísmo, el odioso egoísmo no se separa de él. He aquí por qué lo llamo egoísta involuntario. Todos sus esfuerzos y todas sus preocupaciones para separarse de sí mismo no son más que el esfuerzo mal comprendido de la autodisolución.
¿Estás encadenado al tiempo pasado? ¿Tienes que parlotear hoy porque lo hiciste ayer? ¿No puedes transformarte, Tú a ti mismo, en cada instante? Entonces te sientes apresado por las cadenas de la esclavitud y paralizado. Por ello, en cada instante de tu existencia brilla un instante futuro que te llama, y Tú, en tu desarrollo, te separas de Ti, de tu Yo actual. Lo que Tú eres en cada instante es tu propia creación y no debes separarte a Ti de esta creación, Tú, su creador. Tú mismo eres un ser superior a Ti, Tú que te superas a Ti mismo. Como egoísta involuntario, ignoras que Tú eres el que es superior a Ti, es decir, que no eres meramente una criatura, sino, a su vez, Tu creador. Por ello, el ser superior es para Ti un ser extraño. Todo ser superior, como la Verdad, la Humanidad, etc., es un ser que está por encima de Nosotros.
Lo extraño es una característica de lo Sagrado. En todo lo sagrado existe algo misterioso, o sea, extraño, algo que nos incomoda. Lo que para Mí es sagrado, no Me es propio y si, por ejemplo, la propiedad de otro no me fuera sagrada, la consideraría Mi propiedad y la utilizaría en cuanto tuviera la mejor ocasión. Por el contrario, el rostro del emperador chino es sagrado para Mí, por ello es extraño a mis ojos y bajo la mirada ante su presencia.
¿Por qué no considero sagrada una verdad matemática, indiscutible, que podría llamarse eterna, en el sentido habitual de la palabra? Porque no es revelada, no es la revelación de un ser superior. Entender únicamente por reveladas las verdades religiosas, sería absolutamente erróneo, sería desconocer por completo el significado del concepto ser superior. Los ateos se ríen de ese ser superior al que se rinde culto bajo el nombre de Ser Supremo y reducen a polvo, una tras otra, todas las pruebas de su existencia, sin notar que ellos mismos obedecen así a su necesidad de un ser superior y que no destruyen al antiguo sino para dejar lugar a otro nuevo.
[[Categoría:El Único y su Propiedad]]
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| Anterior = [[El Único y su Propiedad/3|El espíritu]]
| Sección = [[El Único y su Propiedad/4|Los poseídos]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/5|El fantasma]]
| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
}}
[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: Los poseídos.
'''Los poseídos'''
¿Has visto ya un espíritu? - ¿Yo? No, pero mi abuela los ha visto. - Así me ocurre a mí, Yo no los he visto nunca, pero a Mi abuela le corrían sin cesar por entre las piernas; y por respeto al testimonio de nuestras abuelas, creemos en la existencia de los espíritus.
Pero ¿no teníamos también abuelos y no se encogían de hombros cada vez que nuestras abuelas relataban historias de aparecidos? ¡Ay, sí!, eran incrédulos y con su incredulidad han causado grandes daños a nuestra buena religión. ¡Esos reveladores! Vamos a demostrarlo. ¿Qué es en el fondo esa fe profunda en los espectros, sino la fe en la existencia de seres espirituales en general? Y ésta, ¿no se quebrantaría al quedar establecido que todo hombre con entendimiento debe encogerse de hombros ante la primera?
Los románticos, sintiendo cuánto comprometería a la creencia en Dios el abandono de la creencia en los espíritus o espectros, se esforzaron en conjurar esta consecuencia, no sólo resucitando el mundo maravilloso de las leyendas, sino particularmente escudriñando el mundo superior con sus sonámbulos, sus virtudes, etc. Los creyentes sinceros y los padres de la Iglesia no sospechaban que, con la fe en los espectros, desaparecía, también, la base misma de la religión, y que, desde ese instante, ella pende del aire. Quien no cree en ningún fantasma, tiene que ser consecuente consigo mismo para que su incredulidad le conduzca a advertir que detrás de las cosas no se oculta ningún ser separado, ningún fantasma o -tomando una palabra que en sentido ingenuo se considera sinónima- ningún Espíritu.
¡Existen Espíritus! Contempla el mundo que te rodea, y dime si detrás de todo, Tú no adivinas un Espíritu. A través de la flor, la hermosa flor, te habla el Espíritu Creador que le dio su bella forma, las estrellas anuncian al Espíritu que ordena su marcha por los espacios celestes, un Espíritu de sublimidad se cierne por la cima de los montes, el Espíritu de la melancolía y del deseo murmura bajo las aguas y en los hombres hablan millones de Espíritus. Que los montes se hundan en el abismo, que se marchiten las flores y las estrellas se reduzcan a polvo, que mueran los hombres. ¿Qué sobrevive a la ruina de esos cuerpos visibles? ¡EI Espíritu, el invisible, que es eterno! Sí, todo en este mundo está encantado. ¿Qué digo? Este mundo mismo está encantado, máscara engañosa, es la forma errante de un Espíritu, es un fantasma. ¿Qué es un fantasma sino un cuerpo aparente y un Espíritu real? Tal es el mundo, vano, nulo, ilusoria apariencia sin otra realidad que el Espíritu. Es la apariencia corpórea de un Espíritu. Mira a Tu entorno y la lejanía, por todas partes te rodea un mundo de fantasmas, estás asediado por visiones. Todo lo que se Te aparece no es más que el reflejo del Espíritu que lo habita, una aparición espectral; el mundo entero no es más que una fantasmagoría, tras la cual se agita el Espíritu. Tú ves espíritus.
¿Pretendes compararte con los antiguos, que veían dioses por todas partes? Los dioses, mi querido Moderno, no son Espíritus; los dioses no reducen el mundo a una apariencia y no lo espiritualizan.
A tus ojos, el mundo entero está espiritualizado, ha venido a ser un enigmático fantasma, por eso no te sorprende tampoco hallar en Ti más que un fantasma. ¿No hechiza Tu Espíritu a Tu cuerpo y no es Él lo verdadero, lo real, en tanto que Tu cuerpo es una mera apariencia , algo perecedero y carente de valor? ¿No somos todos espectros, pobres seres atormentados que aguardan la redención? ¿No somos Espíritus?
Desde que el Espíritu ha aparecido en el mundo, desde que el Verbo se ha hecho carne, ese mundo espiritualizado no es más que una casa encantada, un fantasma. Tú tienes un Espíritu porque tienes pensamientos. Pero ¿qué son esos pensamientos? -Seres espirituales-. ¿No son, pues, cosas? No, sino el Espíritu de las cosas, lo que en ellas hay de más íntimo, de más esencial, su Idea. Lo que piensas, ¿no es simplemente tu pensamiento? Al contrario, es lo que hay de más real, lo propiamente verdadero en el mundo: es la Verdad misma. Cuando Yo pienso correctamente, pienso la Verdad. Cierto, puedo engañarme acerca de la Verdad, puedo no comprenderla, pero cuando mi comprensión es verídica, el objeto de mi comprensión es la Verdad. ¿Aspiras, pues, a conocer la Verdad? La Verdad es sagrada para Mí. Puede suceder que encuentre una verdad inacabada que deba reemplazar por otra mejor, pero no puedo suprimir la Verdad. Yo creo en la Verdad y por eso la busco; pues nada la supera y es eterna.
¡Sagrada y eterna, la Verdad es lo Sagrado y lo Eterno mismo! Pero Tú, que te llenas de esa santidad y haces de ella tu guía, serás santificado. Lo sagrado no se manifiesta jamás a Tus sentidos; Tú, como ser sensitivo, jamás descubres su huella. No se revela más que a tu fe, o más exactamente, a tu Espíritu, porque ella misma es algo espiritual, un Espíritu; es Espíritu para el Espíritu.
No se suprime lo Sagrado con tanta facilidad como parecen creerlo muchos que todavía rehúsan esta palabra impropia. Cualquiera que sea el punto de vista bajo el que se me acuse de egoísmo, se sobreentiende siempre que se tiende la vista a algún Otro al que Yo debería servir con prioridad a Mí mismo, a quien Yo debería considerar más importante que a todo lo demás; en resumen, un Algo en el que hallaría Mi bien, una cosa sagrada. Que ese sacrosanto sea, por otra parte, tan humano como se quiera, que sea lo humano mismo, no quita nada de su carácter y, cuando más, convierte ese sagrado supraterrenal en un sagrado terrenal, ese sagrado divino en un sagrado humano.
Todo es sagrado para el egoísta que no se reconoce como tal, para el egoísta involuntario. Llamo así al que, incapaz de traspasar los límites de su Yo, no lo considera, sin embargo, como el Ser Supremo; no sirve más que a sí mismo, creyendo servir a un ser superior y que no conociendo nada superior a sí mismo, sueña, sin embargo, con alguna cosa superior. En resumen, es el egoísta que quisiera no ser egoísta, que se humilla y que combate su egoísmo, pero que no se humilla más que para ser ensalzado, es decir, para satisfacer su egoísmo. No quiere ser egoísta, y por ello escudriña el cielo y la tierra en busca de algún ser superior al que pueda ofrecer sus servicios y sus sacrificios. Pero, por más que se esfuerza y mortifica, no lo hace en definitiva más que por amor a sí mismo y el egoísmo, el odioso egoísmo no se separa de él. He aquí por qué lo llamo egoísta involuntario. Todos sus esfuerzos y todas sus preocupaciones para separarse de sí mismo no son más que el esfuerzo mal comprendido de la autodisolución.
¿Estás encadenado al tiempo pasado? ¿Tienes que parlotear hoy porque lo hiciste ayer? ¿No puedes transformarte, Tú a ti mismo, en cada instante? Entonces te sientes apresado por las cadenas de la esclavitud y paralizado. Por ello, en cada instante de tu existencia brilla un instante futuro que te llama, y Tú, en tu desarrollo, te separas de Ti, de tu Yo actual. Lo que Tú eres en cada instante es tu propia creación y no debes separarte a Ti de esta creación, Tú, su creador. Tú mismo eres un ser superior a Ti, Tú que te superas a Ti mismo. Como egoísta involuntario, ignoras que Tú eres el que es superior a Ti, es decir, que no eres meramente una criatura, sino, a su vez, Tu creador. Por ello, el ser superior es para Ti un ser extraño. Todo ser superior, como la Verdad, la Humanidad, etc., es un ser que está por encima de Nosotros.
Lo extraño es una característica de lo Sagrado. En todo lo sagrado existe algo misterioso, o sea, extraño, algo que nos incomoda. Lo que para Mí es sagrado, no Me es propio y si, por ejemplo, la propiedad de otro no me fuera sagrada, la consideraría Mi propiedad y la utilizaría en cuanto tuviera la mejor ocasión. Por el contrario, el rostro del emperador chino es sagrado para Mí, por ello es extraño a mis ojos y bajo la mirada ante su presencia.
¿Por qué no considero sagrada una verdad matemática, indiscutible, que podría llamarse eterna, en el sentido habitual de la palabra? Porque no es revelada, no es la revelación de un ser superior. Entender únicamente por reveladas las verdades religiosas, sería absolutamente erróneo, sería desconocer por completo el significado del concepto ser superior. Los ateos se ríen de ese ser superior al que se rinde culto bajo el nombre de Ser Supremo y reducen a polvo, una tras otra, todas las pruebas de su existencia, sin notar que ellos mismos obedecen así a su necesidad de un ser superior y que no destruyen al antiguo sino para dejar lugar a otro nuevo.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El fantasma.
'''El fantasma'''
Con los aparecidos entramos en el reino de los Espíritus, en el reino de las Esencias.
El ser enigmático e incomprensible que encanta y conturba al universo, es el fantasma misterioso que llamamos Ser Supremo. Penetrar ese fantasma, comprenderlo, descubrir la realidad que existe en él (probar la existencia de Dios) es la tarea a la que los hombres se han dedicado durante siglos. Se han torturado en la empresa imposible y atroz, ese interminable trabajo de Danaidas, de convertir el fantasma en un no-fantasma, lo no-real en real, el Espíritu en una persona corporal. Tras el mundo existente buscaron la cosa en sí, el ser, la esencia. Tras las cosas buscaron fantasmagorías.
Examínese a fondo el menor fenómeno, búsquese su esencia y se descubrirá en ella frecuentemente otra cosa muy distinta a su ser aparente. Una palabra melosa y un corazón embustero, un discurso pomposo y pensamientos mezquinos, etc. Y por lo mismo que se hace resaltar la esencia, se reduce lo aparente, hasta entonces mal comprendido, a una mera apariencia, un engaño. La esencia de este mundo es, para el que escruta sus profundidades, la vanidad. Quien es religioso no se ocupa de la apariencia engañosa, de los vanos fenómenos, sino que busca la Esencia y cuando tiene esa Esencia, tiene la Verdad.
Las Esencias que se manifiestan bajo ciertos aspectos son las malas Esencias, las que se manifiestan bajo otros son las buenas. La Esencia del sentimiento humano, por ejemplo, es el Amor; la Esencia de la voluntad humana, el Bien; la Esencia del pensamiento es lo Verdadero, etc.
Lo que al principio se considera existencia, como el mundo y lo que a él se refiere, aparece ahora como una pura ilusión, y lo que existe verdaderamente es la Esencia, cuyo reino se llena de dioses, de espíritus y de demonios, es decir, de buenas y de malas Esencias. Desde entonces, este mundo invertido, el mundo de las Esencias, es el único que existe verdaderamente. El corazón humano puede carecer de amor, pero su esencia existe: el Dios que es el Amor; el pensamiento humano puede extraviarse en el error, pero su esencia, la Verdad, no por ello existe menos: Dios es la verdad. No conocer y no reconocer más que a las Esencias, es lo propio de la religión; su reino es un reino de Esencias, de fantasmas, de espectros.
La obsesión de hacer palpable el fantasma, o de realizar el non sens, ha llevado a producir un fantasma corporal, un fantasma o un espíritu provisto de un cuerpo real, un fantasma hecho carne. ¡Cuánto se han martirizado los grandes genios del cristianismo para aprehender esa apariencia fantasmagórica! Pero, a despecho de sus esfuerzos, la contradicción de dos naturalezas sigue siendo irreductible: de una parte la divina, de otra parte la humana; de una parte el fantasma, de la otra el cuerpo sensible. El más extraordinario de los fantasmas sigue siendo un absurdo. Quien se martirizaba el alma no era todavía un Espíritu y ningún chamán de los que se torturan hasta el delirio furioso y el frenesí para exorcisar un espíritu, ha experimentado las angustias que esa apariencia inaprehensible produjo a los cristianos.
Fue Cristo quien sacó a luz esta verdad: que el verdadero Espíritu, el fantasma por excelencia es el hombre. El Espíritu corpóreo es el hombre, su propia esencia y lo aparente de su esencia, a su vez, su existencia y su ser. Desde entonces el hombre no huye de los espectros que están fuera de él, sino de él mismo; es para sí mismo un objeto de espanto. En el fondo de su pecho habita el Espíritu del Pecado; el pensamiento más suave (y este pensamiento mismo es un Espíritu) puede ser un diablo, etc.
El fantasma se ha corporificado, el Dios se ha hecho hombre, pero el hombre se convierte en el aterrador fantasma que él mismo persigue, trata de conjurar, averiguar, transformar en realidad y en verbo; el hombre es Espíritu. Que el cuerpo se reseque, con tal que el Espíritu se salve. Todo depende del Espíritu y toda la atención se centra en la salvación del Espíritu o del alma. El hombre mismo se ha reducido a un espectro, un fantasma obscuro y engañoso, al que está asignado un lugar determinado en el cuerpo. (Disputas sobre el lugar que ocupa el alma, la cabeza, etc.)
Tú no eres para Mí un ser superior, y Yo no lo soy para Ti. Puede suceder sin embargo, que cada uno de nosotros oculte un ser superior que exija de nosotros un respeto mutuo. Así, para tomar como ejemplo lo que hay en nosotros de más general, en Ti y en Mí vive el hombre. Si yo no viese al hombre en Ti, ¿que te tendría que respetar? En verdad, tú no eres el hombre, no eres su verdadera y adecuada figura, no eres más que la envoltura perecedera que el hombre reviste por algunas horas, y que puede abandonar sin dejar de ser él mismo. Sin embargo, ese ser general y superior, mora por el momento en Ti. Así me apareces Tú, cuya forma pasajera ha revestido un Espíritu inmortal, Tú en quien un Espíritu se manifiesta sin estar ligado ni a tu cuerpo ni a esta forma de aparición, como un fantasma. Por ello no Te considero como un ser superior y no respeto en Ti más que el ser superior que albergas, es decir, el Hombre. Los antiguos no tenían, desde este punto de vista, ningún respeto para sus esclavos, porque no los consideraban como el ser superior que honramos hoy con el nombre de Hombre. Ellos descubrían en los demás otros fantasmas, otros Espíritus. El Pueblo es un ser superior al individuo, es el Espíritu del pueblo. A este Espíritu honraban los antiguos y el individuo no tenía más importancia para ellos que la de estar a su servicio o al de un Espíritu semejante: el Espíritu de Familia. Por amor a este ser superior, al Pueblo, se concedía algún valor a cada ciudadano. De igual modo que Tú estás santificado a nuestros ojos por el Hombre que te hechiza, así también se estaba en aquel tiempo santificado por tal o cual otro ser superior: el Pueblo, la Familia, etc.
Si Yo Te prodigo atenciones y cuidados, es porque Te quiero, es porque encuentro en Ti el alimento de Mi corazón, la satisfacción de Mi deseo; si Te amo, no es por amor a un ser superior de quien seas la encarnación consagrada, no es porque vea en Ti un fantasma y adivine un Espíritu; Te amo por el goce; es a Ti a quien amo porque Tu esencia no es nada superior, no es ni más elevado ni más general que Tú; es única como Tú mismo, es Tú mismo.
No sólo el hombre es un fantasma; todo está hechizado. El ser superior, el Espíritu que se agita en todas las cosas, no está ligado a nada y no hace más que aparecer en las cosas. ¡Fantasmas en todos los rincones!
Éste sería el lugar de hacer desfilar a esos fantasmas, pero tendremos ocasión en lo sucesivo de evocarlos de nuevo, para verlos desvanecerse ante el egoísmo. Podemos, pues, limitarnos a citar algunos a guisa de ejemplos: el Espíritu Santo, la Verdad, el Rey, la Ley, el Bien, la Majestad, el Honor, el Orden, la Patria, etc., etc.
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| Anterior = [[El Único y su Propiedad/4|Los poseídos]]
| Sección = [[El Único y su Propiedad/5|El fantasma]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/6|La alucinación]]
| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El fantasma.
'''El fantasma'''
Con los aparecidos entramos en el reino de los Espíritus, en el reino de las Esencias.
El ser enigmático e incomprensible que encanta y conturba al universo, es el fantasma misterioso que llamamos Ser Supremo. Penetrar ese fantasma, comprenderlo, descubrir la realidad que existe en él (probar la existencia de Dios) es la tarea a la que los hombres se han dedicado durante siglos. Se han torturado en la empresa imposible y atroz, ese interminable trabajo de Danaidas, de convertir el fantasma en un no-fantasma, lo no-real en real, el Espíritu en una persona corporal. Tras el mundo existente buscaron la cosa en sí, el ser, la esencia. Tras las cosas buscaron fantasmagorías.
Examínese a fondo el menor fenómeno, búsquese su esencia y se descubrirá en ella frecuentemente otra cosa muy distinta a su ser aparente. Una palabra melosa y un corazón embustero, un discurso pomposo y pensamientos mezquinos, etc. Y por lo mismo que se hace resaltar la esencia, se reduce lo aparente, hasta entonces mal comprendido, a una mera apariencia, un engaño. La esencia de este mundo es, para el que escruta sus profundidades, la vanidad. Quien es religioso no se ocupa de la apariencia engañosa, de los vanos fenómenos, sino que busca la Esencia y cuando tiene esa Esencia, tiene la Verdad.
Las Esencias que se manifiestan bajo ciertos aspectos son las malas Esencias, las que se manifiestan bajo otros son las buenas. La Esencia del sentimiento humano, por ejemplo, es el Amor; la Esencia de la voluntad humana, el Bien; la Esencia del pensamiento es lo Verdadero, etc.
Lo que al principio se considera existencia, como el mundo y lo que a él se refiere, aparece ahora como una pura ilusión, y lo que existe verdaderamente es la Esencia, cuyo reino se llena de dioses, de espíritus y de demonios, es decir, de buenas y de malas Esencias. Desde entonces, este mundo invertido, el mundo de las Esencias, es el único que existe verdaderamente. El corazón humano puede carecer de amor, pero su esencia existe: el Dios que es el Amor; el pensamiento humano puede extraviarse en el error, pero su esencia, la Verdad, no por ello existe menos: Dios es la verdad. No conocer y no reconocer más que a las Esencias, es lo propio de la religión; su reino es un reino de Esencias, de fantasmas, de espectros.
La obsesión de hacer palpable el fantasma, o de realizar el non sens, ha llevado a producir un fantasma corporal, un fantasma o un espíritu provisto de un cuerpo real, un fantasma hecho carne. ¡Cuánto se han martirizado los grandes genios del cristianismo para aprehender esa apariencia fantasmagórica! Pero, a despecho de sus esfuerzos, la contradicción de dos naturalezas sigue siendo irreductible: de una parte la divina, de otra parte la humana; de una parte el fantasma, de la otra el cuerpo sensible. El más extraordinario de los fantasmas sigue siendo un absurdo. Quien se martirizaba el alma no era todavía un Espíritu y ningún chamán de los que se torturan hasta el delirio furioso y el frenesí para exorcisar un espíritu, ha experimentado las angustias que esa apariencia inaprehensible produjo a los cristianos.
Fue Cristo quien sacó a luz esta verdad: que el verdadero Espíritu, el fantasma por excelencia es el hombre. El Espíritu corpóreo es el hombre, su propia esencia y lo aparente de su esencia, a su vez, su existencia y su ser. Desde entonces el hombre no huye de los espectros que están fuera de él, sino de él mismo; es para sí mismo un objeto de espanto. En el fondo de su pecho habita el Espíritu del Pecado; el pensamiento más suave (y este pensamiento mismo es un Espíritu) puede ser un diablo, etc.
El fantasma se ha corporificado, el Dios se ha hecho hombre, pero el hombre se convierte en el aterrador fantasma que él mismo persigue, trata de conjurar, averiguar, transformar en realidad y en verbo; el hombre es Espíritu. Que el cuerpo se reseque, con tal que el Espíritu se salve. Todo depende del Espíritu y toda la atención se centra en la salvación del Espíritu o del alma. El hombre mismo se ha reducido a un espectro, un fantasma obscuro y engañoso, al que está asignado un lugar determinado en el cuerpo. (Disputas sobre el lugar que ocupa el alma, la cabeza, etc.)
Tú no eres para Mí un ser superior, y Yo no lo soy para Ti. Puede suceder sin embargo, que cada uno de nosotros oculte un ser superior que exija de nosotros un respeto mutuo. Así, para tomar como ejemplo lo que hay en nosotros de más general, en Ti y en Mí vive el hombre. Si yo no viese al hombre en Ti, ¿que te tendría que respetar? En verdad, tú no eres el hombre, no eres su verdadera y adecuada figura, no eres más que la envoltura perecedera que el hombre reviste por algunas horas, y que puede abandonar sin dejar de ser él mismo. Sin embargo, ese ser general y superior, mora por el momento en Ti. Así me apareces Tú, cuya forma pasajera ha revestido un Espíritu inmortal, Tú en quien un Espíritu se manifiesta sin estar ligado ni a tu cuerpo ni a esta forma de aparición, como un fantasma. Por ello no Te considero como un ser superior y no respeto en Ti más que el ser superior que albergas, es decir, el Hombre. Los antiguos no tenían, desde este punto de vista, ningún respeto para sus esclavos, porque no los consideraban como el ser superior que honramos hoy con el nombre de Hombre. Ellos descubrían en los demás otros fantasmas, otros Espíritus. El Pueblo es un ser superior al individuo, es el Espíritu del pueblo. A este Espíritu honraban los antiguos y el individuo no tenía más importancia para ellos que la de estar a su servicio o al de un Espíritu semejante: el Espíritu de Familia. Por amor a este ser superior, al Pueblo, se concedía algún valor a cada ciudadano. De igual modo que Tú estás santificado a nuestros ojos por el Hombre que te hechiza, así también se estaba en aquel tiempo santificado por tal o cual otro ser superior: el Pueblo, la Familia, etc.
Si Yo Te prodigo atenciones y cuidados, es porque Te quiero, es porque encuentro en Ti el alimento de Mi corazón, la satisfacción de Mi deseo; si Te amo, no es por amor a un ser superior de quien seas la encarnación consagrada, no es porque vea en Ti un fantasma y adivine un Espíritu; Te amo por el goce; es a Ti a quien amo porque Tu esencia no es nada superior, no es ni más elevado ni más general que Tú; es única como Tú mismo, es Tú mismo.
No sólo el hombre es un fantasma; todo está hechizado. El ser superior, el Espíritu que se agita en todas las cosas, no está ligado a nada y no hace más que aparecer en las cosas. ¡Fantasmas en todos los rincones!
Éste sería el lugar de hacer desfilar a esos fantasmas, pero tendremos ocasión en lo sucesivo de evocarlos de nuevo, para verlos desvanecerse ante el egoísmo. Podemos, pues, limitarnos a citar algunos a guisa de ejemplos: el Espíritu Santo, la Verdad, el Rey, la Ley, el Bien, la Majestad, el Honor, el Orden, la Patria, etc., etc.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: La alucinación.
'''La alucinación'''
¡Hombre, Tu cerebro está desquiciado! ¡Tienes alucinaciones! Te imaginas grandes cosas y Te forjas todo un mundo de dlvlnldades que exlste para Ti, un reino de Espíritus al que estás destinado, un Ideal al que sirves. ¡Tienes ideas obsesivas!
No creas que bromeo o que hablo metafóricamente cuando declaro radicalmente locos, locos de atar, a todos los atormentados por lo infinito y lo sobrehumano, es decir, a juzgar por la unanimidad de sus votos, poco más o menos a toda la humanidad. ¿A qué se llama, en efecto, una idea obsesiva? A una idea a la que está sometido el hombre. Si reconocéis tal idea como una locura, encerráis a su esclavo en un manicomio. Pero ¿qué son la verdad religiosa de la que no puede dudarse, la majestad (la del pueblo, por ejemplo), que no puede sacudirse sin lesa majestad, la virtud, a la que el censor de la moralidad no tolera el menor ataque? ¿No son otras tantas ideas obsesivas? ¿Y qué es, por ejemplo, ese desatinar que llena la mayor parte de nuestros periódicos, sino el lenguaje de locos, a quienes hechiza una idea obsesiva de legalidad, de moralidad, de cristianismo, locos que no parecen estar libres más que por la magnitud del patio en que tienen sus recreos? Tratad de convencer a tal loco acerca de su manía e inmediatamente tendréis que proteger vuestro espinazo contra su maldad; porque esos locos de grandes alas tienen, además, esa semejanza con las gentes declaradas locas en debida forma: se arrojan rencorosamente sobre cualquiera que roce su obsesión. Os roban primero las armas, os roban la libertad de palabra, luego se arrojan sobre vosotros. Cada día muestra mejor la cobardía y la rabia de esos maniáticos, y el pueblo imbécil les prodiga sus aplausos. Basta leer los periódicos y oír hablar a los filisteos para adquirir bien pronto la convicción de que está uno encerrado con locos en una casa de salud. ¡No, no creerás que tu hermano está loco sino también que ... etc! Este argumento es necio y repito: mis hermanos son locos perdidos.
Que un pobre loco alimente en su celda la ilusión de que es Dios Padre, el Emperador del Japón o el Espíritu Santo, o un buen burgués se imagine que está llamado por su destino a ser buen cristiano, fiel protestante, ciudadano leal, hombre virtuoso, es idénticamente la misma idea obsesiva. El que no se ha arriesgado jamás a ser ni buen cristiano, fiel protestante, ciudadano leal, hombre virtuoso, está cogido y encogido en la fe, la virtud, etc. Así los escolásticos no filosofaban más que dentro de los límites de la fe de la Iglesia, y el Papa Benedicto XIV escribió voluminosos tomos dentro de los límites de la superstición papista, sin que la menor duda desflorase su creencia; y así también, los escritores amontonan infolios sobre infolios tratando del Estado, sin poner jamás en tela de juicio la idea fija del Estado; y nuestros periódicos rebosan de política, porque están vacunados a la ilusión de que el hombre está hecho para ser un zoon político. Y los súbditos vegetan en su servidumbre, las gentes virtuosas en la virtud, los liberales en los eternos principios del 89, sin intervenir jamás su idea obsesiva con el escalpelo de la crítica. Esos ídolos permanecen inquebrantables sobre sus anchos pies, como las manías de un loco, y el que los pone en duda juega con los vasos sagrados del altar. Digámoslo una vez más: ¡Una idea obsesiva es lo verdaderamente sacrosanto! ¿No tropezamos más que con poseídos del diablo, o encontramos también a menudo poseídos de especies contrarias, poseídos por el Bien, la Virtud, la Moral, la Ley o cualquier otro principio? Las posesiones diabólicas no son las únicas: si el diablo nos tira por una manga, Dios nos tira por la otra, por un lado la tentación, por otro la gracia, pero cualquiera que sea la que opere, los poseídos no están menos encarnizados en su opinión. ¿Posesión os desagrada? Decid obsesión. O bien, ya que es el Espíritu el que os posee y os sugiere todo, decid inspiración, entusiasmo. Yo añado que el entusiasmo en su plenitud, porque no puede tratarse de entusiasmo pobre o a medias, se llama fanatismo.
El fanatismo es particularmente propio de las gentes cultas, porque la cultura de un hombre está en relación con el interés que toma en las cosas del Espíritu, y este interés espiritual, si es fuerte y vivaz, no es ni puede ser más que fanatismo; es un interés fanático por lo que es sagrado (fanum).
Observad a vuestros liberales, leed nuestros diarios sajones, y escuchad lo que dice Schlosser. La sociedad de Holbach urdió un complot formal contra la doctrina tradicional y el orden establecido, y sus miembros ponían en su incredulidad tanto fanatismo, como frailes y curas, jesuitas, pietistas y metodistas tienen costumbre de poner al servicio de su piedad inconsciente y mecánica de su fe literal.
Examinad la manera como se conduce hoy un hombre moral que cree haber acabado con Dios, y que rechaza el cristianismo como un pingajo. Preguntadle si alguna vez se le ha ocurrido poner en duda que las relaciones carnales entre hermano y hermana sean incesto, que la monogamia sea la verdadera ley del matrimonio, que la piedad sea un deber sagrado, etc. Le veréis sobrecogido de un virtuoso horror a la idea de que pudiese tratar a su hermana como mujer, etc. ¿Y de dónde le viene ese horror? De que cree en una ley moral. Esta fe está sólidamente anclada en él. Cualquiera que sea la vivacidad con que se subleva contra la piedad de los cristianos, él es igualmente cristiano en cuanto a la moralidad. Por su lado moral, el cristianismo lo tiene encadenado, y encadenado en la fe. La monogamia debe ser algo sagrado, y el bígamo será castigado como un criminal; el que se entregue al incesto, cargará con el peso de su crimen. Y esto se aplica también a los que no cesan de gritar que la religión no tiene nada que ver con el Estado, que judío y cristiano son igualmente ciudadanos. Incesto, monogamia, ¿no son otros tantos dogmas? Tratad de rozarlo y experimentaréis que hay en este hombre moral el poso de un inquisidor que envidiarían Krummacher o Felipe II. Éstos defendían la autoridad religiosa de la Iglesia, él defiende la autoridad moral del Estado, las leyes morales sobre las que el Estado reposa; el uno como el otro condenan en nombre de artículos de fe: a cualquiera que obre de modo que se resienta su fe, se le infringirá la deshonra debida a su crimen y se le enviará a pudrirse en una casa de corrección, en el fondo de un calabozo. La creencia moral no es menos fanática que la religiosa. ¿Y se llama libertad de conciencia a que un hermano y una hermana sean arrojados a una prisión en nombre de un principio que su conciencia había rechazado? -¡Pero daban un ejemplo detestable!- Cierto que sí, porque podía suceder que otros advirtieran, gracias a ellos, que el Estado no tiene que mezclarse en sus relaciones, ¿y qué sería de la pureza de las costumbres? ¡Santidad divina!, gritan los celosos defensores de la fe. ¡Virtud sagrada!, gritan los apóstoles de la moral.
Los que se agitan por intereses sagrados se parecen muy poco. ¡Cuánto difieren los ortodoxos estrictos o viejos creyentes de los combatientes por la verdad, la luz y el derecho, de los Filaletes, de los amigos de la luz, etc.! Y, sin embargo, nada esencial, fundamental, los separa. Si se ataca a tal o cual de las viejas verdades tradicionales (el milagro, el derecho divino), los más ilustrados aplauden, los viejos creyentes son los únicos que gimen. Pero si se ataca a la verdad misma, inmediatamente todos se vuelven creyentes o se vuelcan encima. Lo mismo ocurre con las cosas de la moral: los beatos son intolerantes, los cerebros ilustrados, se precian de ser más laxos; pero si a alguno se le ocurre tocar a la moral misma, todos hacen inmediatamente causa común con él. Verdad, moral, derecho, son y deben permanecer sagrados. Lo que se halla de censurable en el cristianismo, sólo puede haberse introducido en él torcidamente, y no es cristianismo, dicen los más liberales; el cristianismo debe quedar por encima de toda discusión, es la base inmutable que nadie puede conmover. El herético contra la creencia pura no está ya expuesto, es cierto, a la persecución de otros tiempos, pero ésta se ha vuelto contra el herético que roza la moral pura.
Desde hace un siglo, la piedad ha sufrido tantos asaltos, ha oído tan a menudo reprochar a su esencia sobrehumana el ser simplemente inhumana, que no da tentaciones de atacarla. Y, sin embargo, si se han presentado adversarios para combatirla, fue, casi siempre, en nombre de la moral misma, para destronar al ser supremo. Así, Proudhon (De la creación del orden en la humanidad, pag. 36) no vacila en decir: Los hombres están destinados a vivir sin religión, pero la moral es eterna y absoluta: ¿quién osaría hoy atacar a la moral? Los moralistas han pasado todos por el lecho de la religión, y después que se han hundido hasta el cuello en el adulterio, dicen, limpiándose los labios: ¿La religión? ¡No conozco a esa mujer!.
Si mostramos que la religión está lejos de ser moralmente herida, en tanto que se limiten a criticar su esencia sobrenatural, y que ella apela en última instancia, al Espíritu (porque Dios es el Espíritu), habremos hecho ver lo suficiente su acuerdo final con la moralidad para que nos sea permitido dejarles en su interminable querella.
Ya habléis de la religión o de la moral, se trata siempre de un Ser Supremo; que este Ser Supremo sea sobrehumano o humano, poco me importa; es en todo caso un ser superior a mí. Ya venga a ser en último análisis la esencia humana o el Hombre, no habrá hecho más que dejar la piel de la vieja religión para revestir una nueva piel religiosa.
Feuerbach nos enseña que desde el momento en que uno se atiene a la filosofía especulativa, es decir, que se hace sistemáticamente del predicado el sujeto, y recíprocamente del sujeto el objeto y el principio, se posee la verdad desnuda y sin velos. Sin duda, abandonando así el punto de vista estrecho de la religión, abandonamos al Dios que en este punto de vista es sujeto; pero no hacemos más que trocarlo por la otra faz del punto de vista religioso: lo moral. No decimos ya, por ejemplo, Dios es el amor, pero sí el divino amor, e incluso reemplazamos el predicado divino por su equivalente sagrado permaneciendo siempre en el punto de partida; no hemos dado ni un paso. El amor sigue siendo para el hombre igualmente el bien, aquello que lo diviniza, que lo hace respetable, su verdadera humanidad, o, para expresarnos más exactamente, el amor es lo que hay de verdaderamente humano en el hombre, y lo que hay en él de inhumano es el egoísta sin amor. Pero precisamente todo lo que el cristianismo, y con él la filosofía especulativa, es decir, la teología, nos presenta como el bien (o, lo que viene a ser lo mismo, no es más que el bien); de suerte que esta transmutación del predicado en sujeto no hace sino afirmar más sólidamente todavía el ser cristiano (el predicado mismo postula ya el ser). El Dios y lo divino me enlazan más indisolublemente aún. Haber desalojado al Dios de su cielo y haberlo arrebatado a la transcendencia no justifica en modo alguno vuestras pretensiones y una victoria definitiva, en tanto que no hagáis más que rechazarlo dentro del corazón humano y dotarlo de una indesarraigable inmanencia. Será preciso decir desde ahora: lo divino es lo verdaderamente humano.
Quienes rehúsan ver en el cristianismo el fundamento del Estado y que se sublevan contra toda fórmula tal como Estado cristiano, cristianismo de Estado, etc., no se cansan de repetir que la moralidad es la base de la vida social y del Estado. ¡Como si en el reinado de la moralidad no fuese la dominación absoluta de lo sagrado una jerarquía! (...)
No derivando ya la moralidad simplemente de la piedad, sino teniendo sus raíces propias, el principio de la moral no se deriva de los mandamientos divinos, sino de las leyes de la razón; para que aquellos mandamientos mantengan su validez, se necesita primero que su valor haya sido comprobado por la razón y que sea apoyado por ella. Las leyes de la razón son la expresión del hombre mismo, para que el Hombre sea razonable y la esencia del Hombre implique necesariamente esas leyes. Piedad y moralidad difieren en que la primera reconoce a Dios y la segunda al hombre por legisladores. Desde un cierto punto de vista de la moralidad, se razona poco más o menos así: O el hombre obedece a su sensualidad, y por ello es inmoral, u obedece al Bien, el cual, en cuanto factor que obra sobre la voluntad, se llama sentido moral (sentimiento, preocupación del Bien) y en este caso es moral. ¿Cómo, desde este punto de vista puede llamarse inmoral el acto de Sand matando a Kotzebue? Este acto fue desinteresado, seguramente tanto como, por ejemplo, los hurtos de San Crispín en provecho de los pobres. Él no debía asesinar, porque está escrito: ¡no matarás!. -Perseguir el Bien, el Bien público (como Sand creía hacerlo) o el Bien de los pobres (como San Crispín) es, pues, moral, pero el homicidio y el robo son inmorales: fin moral, medio inmoral. ¿Por qué? -Porque el homicidio, el asesinato están mal en sí, de una manera absoluta.- Cuando las guerrillas atraían a los enemigos de su país a los precipicios y los tiroteaban a sus anchas, emboscados detrás de los matorrales, ¿no era eso un asesinato?
Si os atenéis al principio de la moral que prescribe perseguir por todas partes y siempre el Bien, os veis reducidos a preguntaros si en ningún caso el homicidio puede llegar a realizar este Bien: en caso afirmativo debéis dar por lícito ese homicidio productor del Bien. No podéis condenar la acción de Sand; fue moral por desinteresada, y sin otro objeto que el Bien; fue un castigo infligido por un individuo, una ejecución en la que arriesgaba su vida.
¿Qué se ve en la empresa de Sand, sino su voluntad de suprimir a viva fuerza ciertos escritos? ¿No habéis visto nunca aplicar ese mismo procedimiento como muy legal? ¿Y qué responder a eso en nombre de vuestros principios de la moralidad? ¡Era una ejecución ilegal! ¿La inmoralidad del hecho estaba, pues, en su ilegalidad, en la desobediencia a la ley? ¡Concededme de una vez que el Bien no es otra cosa más que la ley y que moralidad es igual a legalidad! Vuestra moralidad debe resignarse a no ser más que una vana fachada de legalidad, una falsa devoción al cumplimiento de la ley, mucho más tiránica y más irritante que la antigua; ésta no exigía más que la práctica exterior, en tanto que vosotros exigís, además, la intención; debe uno llevar en sí la regla y el dogma, y lo más legalmente intencionado es lo más moral. El último resplandor de la vida católica se extingue en esta legalidad protestante. Así, finalmente, se completa y se hace absoluta la dominación de la ley. No soy Yo quien vivo, es la Ley la que vive en mí. Yo llego a no ser más que la nave de su gloria. Cada prusiano lleva un gendarme en el pecho, decía hablando de sus compatriotas un oficial superior. (...)
El hombre moral está necesariamente limitado en cuanto no concibe otro enemigo que lo inmoral; lo que no está bien está mal, y por consiguiente, es reprobado, odioso, etc. Así es radicalmente incapaz de comprender al egoísta. ¿El amor fuera del matrimonio no es inmoral? El hombre moral puede ignorar y confundir la cuestión; sin embargo, no escapará a la necesidad de condenar al fornicador. El amor libre es ciertamente una inmoralidad y esta verdad moral ha costado la vida a Emilia Galotti. Una joven virtuosa envejecerá soltera, un hombre virtuoso rechazará las aspiraciones de su naturaleza, procurando ahogarlas y hasta se mutilará por amor a la virtud, como Orígenes, por amor al cielo: eso será honrar la santidad del matrimonio, la inviolable santidad de la castidad; eso será moral. La impureza jamás puede dar buen fruto; cualquiera que sea la indulgencia con que el hombre honrado juzgue al que se entrega a ella, seguirá siendo una falta, una infracción de una castidad que era y continúa siendo de los votos monacales, y que ha entrado en el dominio de la moral común.
Para el egoísta, al contrario, la castidad no es una virtud; es para él una cosa sin importancia. Así, ¿cuál va a ser el juicio del hombre moral acerca de él? Éste clasificará al egoísta en la única categoría de gentes fuera de las morales, en la de las inmorales. No puede hacer otra cosa; el egoísta, que no tiene ningún respeto por la moralidad, debe parecerle inmoral. Si lo juzgase de otro modo, sin confesárselo, no sería ya un hombre verdaderamente moral, sino un apóstata de la moralidad. Este fenómeno, que es frecuente hoy, puede inducirnos al error, debe, sí, decirse que el que tolere el menor ataque a la moralidad merece tanto el nombre de hombre moral como Lessing merecía el de piadoso cristiano, él, que en una parábola muy conocida, compara a la religión cristiana, la mahometana y la judía, con una sortija falsa. A menudo, las gentes van ya mucho más lejos de lo que pretendían.
Hubiera sido una inmoralidad por parte de Sócrates acoger los ofrecimientos seductores de Critón y escaparse de su prisión; el único partido que moralmente podía tomar era quedarse.
Los hombres de la revolución, inmorales e impíos, habían jurado fidelidad a Luis XVI, lo que no les impidió decretar su destitución y enviarlo al cadalso: acción inmoral que causará horror a las gentes honradas para toda la eternidad. (...)
Imaginan decir una gran cosa quienes ponen el desinterés en el corazón del hombre. ¿Qué entienden por eso? Alguna cosa muy cercana a la abnegación de sí. ¿De sí? ¿De quién, pues? ¿Quién será el negado y qué interés habrá abandonado? Parece que debes ser Tú. ¿Y en provecho de quién se te recomienda esa abnegación desinteresada? De nuevo en Tu provecho, en Tu beneficio, simplemente a condición de perseguir por desinterés Tu verdadero interés. Tú debes sacar provecho de Ti, pero no buscar Tu provecho.
El bienhechor de la humanidad, como Francke, el creador de las casas de huérfanos, u O'Connell, el infatigable defensor de la causa irlandesa, pasa por desinteresado. De la misma manera el fanático, Como San Bonifacio, que expone su vida por la conversión de los paganos; Robespierre, que todo lo sacrifica a la virtud, o Korner, que muere por su Dios, su rey y su patria. Su desinterés es cosa admitida. Así, los adversarios de O'Connell, por ejemplo, se esforzaban en presentarlo como un hombre codicioso (acusaciones a que su fortuna daba alguna verosimilitud) sabiendo bien que si llegaban a hacer sospechoso su desinterés, les sería fácil quitarle sus partidarios. Todo lo que podían probar era que O'Connell tenía sus miras en otro objetivo que el que confesaba. Pero ya atendiese a una ventaja pecuniaria o a la libertad de su pueblo, es en todo caso evidente que perseguía un objetivo; en un caso como en otro tenía un interés; sólo ocurrió que su interés nacional también era útil a Otros, lo que hacía de él un interés común.
¿No existe desinterés, ni puede encontrarse jamás? ¡Al contrario, nada es más común! Incluso se podría llamar al desinterés un artículo de moda del mundo civilizado y se le tiene por tan necesario, que cuando siendo de buena tela cuesta demasiado caro, se le compra de mala clase; se remienda el desinterés.
¿Dónde empieza el desinterés? Precisamente en el instante en que un objetivo deja de ser nuestro objetivo y nuestra propiedad y en que cesamos de disponer de él a nuestro gusto, como propietarios, cuando ese objetivo se convierte en un objeto fijo o una idea obsesiva y comienza a inspirarnos, a entusiasmarnos, a fanatizarnos; en resumen, cuando se convierte en nuestro dueño. No es uno desinteresado en tanto que tiene el objetivo en su poder; se llega a serIo cuando se exhala el grito del corazón de los poseídos: Yo soy así, no puedo ser de otro modo y se aplica a un objetivo sagrado un celo sagrado.
Yo no soy desinteresado mientras el objetivo Me sea propio, en lugar de convertirme en el instrumento ciego de su cumplimiento lo pongo perpetuamente en cuestión. No por ello mi celo ha de ser menor que el del fanático, pero ante mi objetivo soy frío, incrédulo, su enemigo irreconciliable, sigo siendo su juez, porque soy su propietario.
El desinterés pulula allí donde reina la posesión, tanto en las posesiones del diablo como en las del buen Espíritu; allá, vicio, locura, etc., aquí, resignación, sumisión, etc.
¿Adónde dirigir la mirada sin hallar alguna víctima de la renuncia de sí? Frente a mi casa habita una joven que desde hace cerca de diez años ofrece a su alma sangrientos holocaustos. Era tiempo atrás una adorable criatura, pero la laxitud mortal encorva hoy su frente y su juventud se desangra y muere lentamente bajo sus mejillas pálidas. ¡Pobre niña, cuántas veces las pasiones habrán palpitado en su corazón y el ímpetu de la juventud habrá reclamado su derecho! Cuando posabas tu cabeza en la almohada, ¡cómo se estremecía la naturaleza viviente en tus miembros, cómo saltaba la sangre en tus arterias! Tú sola lo sabes y Tú sola podrías decir los ardientes ensueños que encendían en Tus ojos la llama del deseo. Entonces, apareció el espectro del alma y de su santidad.
¡Espantada juntabas las manos, elevabas al cielo tu torturada mirada, orabas! El tumulto de la naturaleza se apaciguaba y la calma inmensa del mar ahogaba el océano de tus deseos. Poco a poco, la vida se extinguía en tus ojos, cerrabas tus párpados amoratados, se hacía el silencio en tu corazón, tus manos juntas volvían a caer inertes sobre tu seno sin sacudidas; un suspiro último se exhalaba de tus labios, y el alma quedaba apaciguada. Te dormías para despertar al día siguiente con nuevas luchas y nuevas oraciones.
Hoy, el hábito de la renuncia ha helado el ardor de Tus deseos y las rosas de Tu primavera palidecen al viento desecante de Tu felicidad futura. El alma está a salvo, el cuerpo puede perecer. ¡Oh, Lais; oh, Ninón, qué razón tuvisteis en despreciar esa incolora prudencia! ¡Una griseta, libre y alegre, por mil solteronas encanecidas por la virtud! (...)
Si opongo la espontaneidad de la inspiración a la pasividad de la sugestión y lo que Nos es propio a lo que nos es dado, se haría mal en responderme que, dependiendo todo de todo, y formando el Universo un todo solidario, nada de lo que somos o de lo que tenemos está, por consiguiente, aislado, sino que nos viene de las influencias circundantes y, en resumen, nos es dado. La objeción resultaría falsa, porque hay una gran diferencia entre los sentimientos y los pensamientos que Me son sugeridos por lo ajeno y los sentimientos y los pensamientos que Me son dados porque Dios, Inmortalidad, Libertad, Humanidad, son de estos últimos: se nos inculcan desde la infancia y en nosotros hunden sus raíces más o menos profundamente. Pero, ya gobiernen a unos sin que lo adviertan, ya en otros, naturalezas más ricas, se ensanchen y se hagan el punto de partida de sistemas o de obras de arte, no dejan de ser sentimientos dados y no sugeridos, porque creemos en ellos, y se nos imponen.
Que exista un absoluto y que ese absoluto pueda ser percibido, sentido y pensado, es un artículo de fe para los que consagran sus veladas a penetrarlo y definirlo. El sentimiento de lo absoluto es para ellos algo dado, el texto sobre el cual toda su actividad se limita a bordar las cosas más diversas. Igualmente, el sentimiento religioso era para Klopstock un dato que no hizo más que traducir en forma de obra de arte en su Mesiada. Si la religión no hubiera hecho más que estimular a sentir y a pensar, y si hubiera podido tomar él mismo posesión enfrente de ella, hubiese llegado a analizar y finalmente a destruir el objeto de sus piadosas efusiones. Pero hecho hombre, no hizo más que alambicar los sentimientos de que se había henchido su cerebro de niño y derrochó su talento y sus fuerzas en vestir sus antiguas muñecas.
La diferencia existe, pues, entre los sentimientos que nos son dados y aquellos que las circunstancias exteriores Nos sugieren. Estos últimos son propios, son egoístas, porque no nos los han apuntado e impuesto en cuanto sentimientos; los primeros, por el contrario, nos han sido dados, los cuidamos como una herencia, los cultivamos y nos poseen.
¿Quién no se ha percatado, consciente o inconscientemente, de que toda nuestra educación consiste en injertar en nuestro cerebro ciertos sentimientos en lugar de dejarnos a Nosotros mismos su elaboración, cualquiera que fuese su resultado? Cuando oímos el nombre de Dios, debemos experimentar temor, cuando se pronuncia ante nosotros el nombre de Su Majestad el Príncipe, debemos sentirnos penetrados de respeto, de veneración y de sumisión, si se nos habla de moralidad, debemos entender alguna cosa inviolable, si se nos habla del mal o de los malvados, no podemos dispensarnos de temblar, y así sucesivamente. Esos sentimientos son obligatorios y quien, por ejemplo, se deleitase en el relato de las hazañas de malvados, sería azotado y castigado para enderezarlo por el buen camino.
Embutidos de sentimientos dados, llegamos a la mayoría de edad y podemos ser emancipados. Nuestro equipo consiste en sentimientos elevados, pensamientos sublimes, máximas edificantes, principios eternos, etc. Los jóvenes son mayores cuando murmuran como los viejos; se les empuja a las escuelas para que en ellas aprendan los viejos estribillos, y cuando los saben de memoria llega la hora de la emancipación.
No nos está permitido experimentar con ocasión de cada objeto y de cada nombre que se presentan a nosotros el primer sentimiento que sobrevenga; el nombre de Dios no debe despertar en nosotros imágenes risibles o sentimientos irrespetuosos; lo que de él debemos pensar y lo que debemos sentir nos está trazado y prescrito de antemano.
Tal es el sentido de lo que se llama cura de almas; mi alma y mi espíritu deben estar moldeados según lo que conviene a los Demás y no según lo que pudiera convenirme a Mí mismo.
¡Cuánto esfuerzo requiere Uno para adquirir un sentimiento propio y reírse en las barbas de quien espera de nosotros una mirada beata y una actitud respetuosa ante su perorata!
Lo que Nos es dado Nos es ajeno, no Nos pertenece como propio y por ello es sagrado y es difícil despojarse de la santa emoción que nos inspira. Se oye alabar mucho hoy a la seriedad, la gravedad en los asuntos y los negocios de alta importancia, la gravedad alemana, etc. Esta manera de tomar las cosas por lo serio muestra cuán inveteradas y graves se han hecho ya la locura y la posesión. Porque no hay nada más serio que el loco cuando se pone a cabalgar en su quimera favorita; ante su celo no es cosa de bromear. (Véanse las casas de locos.)
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: La alucinación.
'''La alucinación'''
¡Hombre, Tu cerebro está desquiciado! ¡Tienes alucinaciones! Te imaginas grandes cosas y Te forjas todo un mundo de dlvlnldades que exlste para Ti, un reino de Espíritus al que estás destinado, un Ideal al que sirves. ¡Tienes ideas obsesivas!
No creas que bromeo o que hablo metafóricamente cuando declaro radicalmente locos, locos de atar, a todos los atormentados por lo infinito y lo sobrehumano, es decir, a juzgar por la unanimidad de sus votos, poco más o menos a toda la humanidad. ¿A qué se llama, en efecto, una idea obsesiva? A una idea a la que está sometido el hombre. Si reconocéis tal idea como una locura, encerráis a su esclavo en un manicomio. Pero ¿qué son la verdad religiosa de la que no puede dudarse, la majestad (la del pueblo, por ejemplo), que no puede sacudirse sin lesa majestad, la virtud, a la que el censor de la moralidad no tolera el menor ataque? ¿No son otras tantas ideas obsesivas? ¿Y qué es, por ejemplo, ese desatinar que llena la mayor parte de nuestros periódicos, sino el lenguaje de locos, a quienes hechiza una idea obsesiva de legalidad, de moralidad, de cristianismo, locos que no parecen estar libres más que por la magnitud del patio en que tienen sus recreos? Tratad de convencer a tal loco acerca de su manía e inmediatamente tendréis que proteger vuestro espinazo contra su maldad; porque esos locos de grandes alas tienen, además, esa semejanza con las gentes declaradas locas en debida forma: se arrojan rencorosamente sobre cualquiera que roce su obsesión. Os roban primero las armas, os roban la libertad de palabra, luego se arrojan sobre vosotros. Cada día muestra mejor la cobardía y la rabia de esos maniáticos, y el pueblo imbécil les prodiga sus aplausos. Basta leer los periódicos y oír hablar a los filisteos para adquirir bien pronto la convicción de que está uno encerrado con locos en una casa de salud. ¡No, no creerás que tu hermano está loco sino también que ... etc! Este argumento es necio y repito: mis hermanos son locos perdidos.
Que un pobre loco alimente en su celda la ilusión de que es Dios Padre, el Emperador del Japón o el Espíritu Santo, o un buen burgués se imagine que está llamado por su destino a ser buen cristiano, fiel protestante, ciudadano leal, hombre virtuoso, es idénticamente la misma idea obsesiva. El que no se ha arriesgado jamás a ser ni buen cristiano, fiel protestante, ciudadano leal, hombre virtuoso, está cogido y encogido en la fe, la virtud, etc. Así los escolásticos no filosofaban más que dentro de los límites de la fe de la Iglesia, y el Papa Benedicto XIV escribió voluminosos tomos dentro de los límites de la superstición papista, sin que la menor duda desflorase su creencia; y así también, los escritores amontonan infolios sobre infolios tratando del Estado, sin poner jamás en tela de juicio la idea fija del Estado; y nuestros periódicos rebosan de política, porque están vacunados a la ilusión de que el hombre está hecho para ser un zoon político. Y los súbditos vegetan en su servidumbre, las gentes virtuosas en la virtud, los liberales en los eternos principios del 89, sin intervenir jamás su idea obsesiva con el escalpelo de la crítica. Esos ídolos permanecen inquebrantables sobre sus anchos pies, como las manías de un loco, y el que los pone en duda juega con los vasos sagrados del altar. Digámoslo una vez más: ¡Una idea obsesiva es lo verdaderamente sacrosanto! ¿No tropezamos más que con poseídos del diablo, o encontramos también a menudo poseídos de especies contrarias, poseídos por el Bien, la Virtud, la Moral, la Ley o cualquier otro principio? Las posesiones diabólicas no son las únicas: si el diablo nos tira por una manga, Dios nos tira por la otra, por un lado la tentación, por otro la gracia, pero cualquiera que sea la que opere, los poseídos no están menos encarnizados en su opinión. ¿Posesión os desagrada? Decid obsesión. O bien, ya que es el Espíritu el que os posee y os sugiere todo, decid inspiración, entusiasmo. Yo añado que el entusiasmo en su plenitud, porque no puede tratarse de entusiasmo pobre o a medias, se llama fanatismo.
El fanatismo es particularmente propio de las gentes cultas, porque la cultura de un hombre está en relación con el interés que toma en las cosas del Espíritu, y este interés espiritual, si es fuerte y vivaz, no es ni puede ser más que fanatismo; es un interés fanático por lo que es sagrado (fanum).
Observad a vuestros liberales, leed nuestros diarios sajones, y escuchad lo que dice Schlosser. La sociedad de Holbach urdió un complot formal contra la doctrina tradicional y el orden establecido, y sus miembros ponían en su incredulidad tanto fanatismo, como frailes y curas, jesuitas, pietistas y metodistas tienen costumbre de poner al servicio de su piedad inconsciente y mecánica de su fe literal.
Examinad la manera como se conduce hoy un hombre moral que cree haber acabado con Dios, y que rechaza el cristianismo como un pingajo. Preguntadle si alguna vez se le ha ocurrido poner en duda que las relaciones carnales entre hermano y hermana sean incesto, que la monogamia sea la verdadera ley del matrimonio, que la piedad sea un deber sagrado, etc. Le veréis sobrecogido de un virtuoso horror a la idea de que pudiese tratar a su hermana como mujer, etc. ¿Y de dónde le viene ese horror? De que cree en una ley moral. Esta fe está sólidamente anclada en él. Cualquiera que sea la vivacidad con que se subleva contra la piedad de los cristianos, él es igualmente cristiano en cuanto a la moralidad. Por su lado moral, el cristianismo lo tiene encadenado, y encadenado en la fe. La monogamia debe ser algo sagrado, y el bígamo será castigado como un criminal; el que se entregue al incesto, cargará con el peso de su crimen. Y esto se aplica también a los que no cesan de gritar que la religión no tiene nada que ver con el Estado, que judío y cristiano son igualmente ciudadanos. Incesto, monogamia, ¿no son otros tantos dogmas? Tratad de rozarlo y experimentaréis que hay en este hombre moral el poso de un inquisidor que envidiarían Krummacher o Felipe II. Éstos defendían la autoridad religiosa de la Iglesia, él defiende la autoridad moral del Estado, las leyes morales sobre las que el Estado reposa; el uno como el otro condenan en nombre de artículos de fe: a cualquiera que obre de modo que se resienta su fe, se le infringirá la deshonra debida a su crimen y se le enviará a pudrirse en una casa de corrección, en el fondo de un calabozo. La creencia moral no es menos fanática que la religiosa. ¿Y se llama libertad de conciencia a que un hermano y una hermana sean arrojados a una prisión en nombre de un principio que su conciencia había rechazado? -¡Pero daban un ejemplo detestable!- Cierto que sí, porque podía suceder que otros advirtieran, gracias a ellos, que el Estado no tiene que mezclarse en sus relaciones, ¿y qué sería de la pureza de las costumbres? ¡Santidad divina!, gritan los celosos defensores de la fe. ¡Virtud sagrada!, gritan los apóstoles de la moral.
Los que se agitan por intereses sagrados se parecen muy poco. ¡Cuánto difieren los ortodoxos estrictos o viejos creyentes de los combatientes por la verdad, la luz y el derecho, de los Filaletes, de los amigos de la luz, etc.! Y, sin embargo, nada esencial, fundamental, los separa. Si se ataca a tal o cual de las viejas verdades tradicionales (el milagro, el derecho divino), los más ilustrados aplauden, los viejos creyentes son los únicos que gimen. Pero si se ataca a la verdad misma, inmediatamente todos se vuelven creyentes o se vuelcan encima. Lo mismo ocurre con las cosas de la moral: los beatos son intolerantes, los cerebros ilustrados, se precian de ser más laxos; pero si a alguno se le ocurre tocar a la moral misma, todos hacen inmediatamente causa común con él. Verdad, moral, derecho, son y deben permanecer sagrados. Lo que se halla de censurable en el cristianismo, sólo puede haberse introducido en él torcidamente, y no es cristianismo, dicen los más liberales; el cristianismo debe quedar por encima de toda discusión, es la base inmutable que nadie puede conmover. El herético contra la creencia pura no está ya expuesto, es cierto, a la persecución de otros tiempos, pero ésta se ha vuelto contra el herético que roza la moral pura.
Desde hace un siglo, la piedad ha sufrido tantos asaltos, ha oído tan a menudo reprochar a su esencia sobrehumana el ser simplemente inhumana, que no da tentaciones de atacarla. Y, sin embargo, si se han presentado adversarios para combatirla, fue, casi siempre, en nombre de la moral misma, para destronar al ser supremo. Así, Proudhon (De la creación del orden en la humanidad, pag. 36) no vacila en decir: Los hombres están destinados a vivir sin religión, pero la moral es eterna y absoluta: ¿quién osaría hoy atacar a la moral? Los moralistas han pasado todos por el lecho de la religión, y después que se han hundido hasta el cuello en el adulterio, dicen, limpiándose los labios: ¿La religión? ¡No conozco a esa mujer!.
Si mostramos que la religión está lejos de ser moralmente herida, en tanto que se limiten a criticar su esencia sobrenatural, y que ella apela en última instancia, al Espíritu (porque Dios es el Espíritu), habremos hecho ver lo suficiente su acuerdo final con la moralidad para que nos sea permitido dejarles en su interminable querella.
Ya habléis de la religión o de la moral, se trata siempre de un Ser Supremo; que este Ser Supremo sea sobrehumano o humano, poco me importa; es en todo caso un ser superior a mí. Ya venga a ser en último análisis la esencia humana o el Hombre, no habrá hecho más que dejar la piel de la vieja religión para revestir una nueva piel religiosa.
Feuerbach nos enseña que desde el momento en que uno se atiene a la filosofía especulativa, es decir, que se hace sistemáticamente del predicado el sujeto, y recíprocamente del sujeto el objeto y el principio, se posee la verdad desnuda y sin velos. Sin duda, abandonando así el punto de vista estrecho de la religión, abandonamos al Dios que en este punto de vista es sujeto; pero no hacemos más que trocarlo por la otra faz del punto de vista religioso: lo moral. No decimos ya, por ejemplo, Dios es el amor, pero sí el divino amor, e incluso reemplazamos el predicado divino por su equivalente sagrado permaneciendo siempre en el punto de partida; no hemos dado ni un paso. El amor sigue siendo para el hombre igualmente el bien, aquello que lo diviniza, que lo hace respetable, su verdadera humanidad, o, para expresarnos más exactamente, el amor es lo que hay de verdaderamente humano en el hombre, y lo que hay en él de inhumano es el egoísta sin amor. Pero precisamente todo lo que el cristianismo, y con él la filosofía especulativa, es decir, la teología, nos presenta como el bien (o, lo que viene a ser lo mismo, no es más que el bien); de suerte que esta transmutación del predicado en sujeto no hace sino afirmar más sólidamente todavía el ser cristiano (el predicado mismo postula ya el ser). El Dios y lo divino me enlazan más indisolublemente aún. Haber desalojado al Dios de su cielo y haberlo arrebatado a la transcendencia no justifica en modo alguno vuestras pretensiones y una victoria definitiva, en tanto que no hagáis más que rechazarlo dentro del corazón humano y dotarlo de una indesarraigable inmanencia. Será preciso decir desde ahora: lo divino es lo verdaderamente humano.
Quienes rehúsan ver en el cristianismo el fundamento del Estado y que se sublevan contra toda fórmula tal como Estado cristiano, cristianismo de Estado, etc., no se cansan de repetir que la moralidad es la base de la vida social y del Estado. ¡Como si en el reinado de la moralidad no fuese la dominación absoluta de lo sagrado una jerarquía! (...)
No derivando ya la moralidad simplemente de la piedad, sino teniendo sus raíces propias, el principio de la moral no se deriva de los mandamientos divinos, sino de las leyes de la razón; para que aquellos mandamientos mantengan su validez, se necesita primero que su valor haya sido comprobado por la razón y que sea apoyado por ella. Las leyes de la razón son la expresión del hombre mismo, para que el Hombre sea razonable y la esencia del Hombre implique necesariamente esas leyes. Piedad y moralidad difieren en que la primera reconoce a Dios y la segunda al hombre por legisladores. Desde un cierto punto de vista de la moralidad, se razona poco más o menos así: O el hombre obedece a su sensualidad, y por ello es inmoral, u obedece al Bien, el cual, en cuanto factor que obra sobre la voluntad, se llama sentido moral (sentimiento, preocupación del Bien) y en este caso es moral. ¿Cómo, desde este punto de vista puede llamarse inmoral el acto de Sand matando a Kotzebue? Este acto fue desinteresado, seguramente tanto como, por ejemplo, los hurtos de San Crispín en provecho de los pobres. Él no debía asesinar, porque está escrito: ¡no matarás!. -Perseguir el Bien, el Bien público (como Sand creía hacerlo) o el Bien de los pobres (como San Crispín) es, pues, moral, pero el homicidio y el robo son inmorales: fin moral, medio inmoral. ¿Por qué? -Porque el homicidio, el asesinato están mal en sí, de una manera absoluta.- Cuando las guerrillas atraían a los enemigos de su país a los precipicios y los tiroteaban a sus anchas, emboscados detrás de los matorrales, ¿no era eso un asesinato?
Si os atenéis al principio de la moral que prescribe perseguir por todas partes y siempre el Bien, os veis reducidos a preguntaros si en ningún caso el homicidio puede llegar a realizar este Bien: en caso afirmativo debéis dar por lícito ese homicidio productor del Bien. No podéis condenar la acción de Sand; fue moral por desinteresada, y sin otro objeto que el Bien; fue un castigo infligido por un individuo, una ejecución en la que arriesgaba su vida.
¿Qué se ve en la empresa de Sand, sino su voluntad de suprimir a viva fuerza ciertos escritos? ¿No habéis visto nunca aplicar ese mismo procedimiento como muy legal? ¿Y qué responder a eso en nombre de vuestros principios de la moralidad? ¡Era una ejecución ilegal! ¿La inmoralidad del hecho estaba, pues, en su ilegalidad, en la desobediencia a la ley? ¡Concededme de una vez que el Bien no es otra cosa más que la ley y que moralidad es igual a legalidad! Vuestra moralidad debe resignarse a no ser más que una vana fachada de legalidad, una falsa devoción al cumplimiento de la ley, mucho más tiránica y más irritante que la antigua; ésta no exigía más que la práctica exterior, en tanto que vosotros exigís, además, la intención; debe uno llevar en sí la regla y el dogma, y lo más legalmente intencionado es lo más moral. El último resplandor de la vida católica se extingue en esta legalidad protestante. Así, finalmente, se completa y se hace absoluta la dominación de la ley. No soy Yo quien vivo, es la Ley la que vive en mí. Yo llego a no ser más que la nave de su gloria. Cada prusiano lleva un gendarme en el pecho, decía hablando de sus compatriotas un oficial superior. (...)
El hombre moral está necesariamente limitado en cuanto no concibe otro enemigo que lo inmoral; lo que no está bien está mal, y por consiguiente, es reprobado, odioso, etc. Así es radicalmente incapaz de comprender al egoísta. ¿El amor fuera del matrimonio no es inmoral? El hombre moral puede ignorar y confundir la cuestión; sin embargo, no escapará a la necesidad de condenar al fornicador. El amor libre es ciertamente una inmoralidad y esta verdad moral ha costado la vida a Emilia Galotti. Una joven virtuosa envejecerá soltera, un hombre virtuoso rechazará las aspiraciones de su naturaleza, procurando ahogarlas y hasta se mutilará por amor a la virtud, como Orígenes, por amor al cielo: eso será honrar la santidad del matrimonio, la inviolable santidad de la castidad; eso será moral. La impureza jamás puede dar buen fruto; cualquiera que sea la indulgencia con que el hombre honrado juzgue al que se entrega a ella, seguirá siendo una falta, una infracción de una castidad que era y continúa siendo de los votos monacales, y que ha entrado en el dominio de la moral común.
Para el egoísta, al contrario, la castidad no es una virtud; es para él una cosa sin importancia. Así, ¿cuál va a ser el juicio del hombre moral acerca de él? Éste clasificará al egoísta en la única categoría de gentes fuera de las morales, en la de las inmorales. No puede hacer otra cosa; el egoísta, que no tiene ningún respeto por la moralidad, debe parecerle inmoral. Si lo juzgase de otro modo, sin confesárselo, no sería ya un hombre verdaderamente moral, sino un apóstata de la moralidad. Este fenómeno, que es frecuente hoy, puede inducirnos al error, debe, sí, decirse que el que tolere el menor ataque a la moralidad merece tanto el nombre de hombre moral como Lessing merecía el de piadoso cristiano, él, que en una parábola muy conocida, compara a la religión cristiana, la mahometana y la judía, con una sortija falsa. A menudo, las gentes van ya mucho más lejos de lo que pretendían.
Hubiera sido una inmoralidad por parte de Sócrates acoger los ofrecimientos seductores de Critón y escaparse de su prisión; el único partido que moralmente podía tomar era quedarse.
Los hombres de la revolución, inmorales e impíos, habían jurado fidelidad a Luis XVI, lo que no les impidió decretar su destitución y enviarlo al cadalso: acción inmoral que causará horror a las gentes honradas para toda la eternidad. (...)
Imaginan decir una gran cosa quienes ponen el desinterés en el corazón del hombre. ¿Qué entienden por eso? Alguna cosa muy cercana a la abnegación de sí. ¿De sí? ¿De quién, pues? ¿Quién será el negado y qué interés habrá abandonado? Parece que debes ser Tú. ¿Y en provecho de quién se te recomienda esa abnegación desinteresada? De nuevo en Tu provecho, en Tu beneficio, simplemente a condición de perseguir por desinterés Tu verdadero interés. Tú debes sacar provecho de Ti, pero no buscar Tu provecho.
El bienhechor de la humanidad, como Francke, el creador de las casas de huérfanos, u O'Connell, el infatigable defensor de la causa irlandesa, pasa por desinteresado. De la misma manera el fanático, Como San Bonifacio, que expone su vida por la conversión de los paganos; Robespierre, que todo lo sacrifica a la virtud, o Korner, que muere por su Dios, su rey y su patria. Su desinterés es cosa admitida. Así, los adversarios de O'Connell, por ejemplo, se esforzaban en presentarlo como un hombre codicioso (acusaciones a que su fortuna daba alguna verosimilitud) sabiendo bien que si llegaban a hacer sospechoso su desinterés, les sería fácil quitarle sus partidarios. Todo lo que podían probar era que O'Connell tenía sus miras en otro objetivo que el que confesaba. Pero ya atendiese a una ventaja pecuniaria o a la libertad de su pueblo, es en todo caso evidente que perseguía un objetivo; en un caso como en otro tenía un interés; sólo ocurrió que su interés nacional también era útil a Otros, lo que hacía de él un interés común.
¿No existe desinterés, ni puede encontrarse jamás? ¡Al contrario, nada es más común! Incluso se podría llamar al desinterés un artículo de moda del mundo civilizado y se le tiene por tan necesario, que cuando siendo de buena tela cuesta demasiado caro, se le compra de mala clase; se remienda el desinterés.
¿Dónde empieza el desinterés? Precisamente en el instante en que un objetivo deja de ser nuestro objetivo y nuestra propiedad y en que cesamos de disponer de él a nuestro gusto, como propietarios, cuando ese objetivo se convierte en un objeto fijo o una idea obsesiva y comienza a inspirarnos, a entusiasmarnos, a fanatizarnos; en resumen, cuando se convierte en nuestro dueño. No es uno desinteresado en tanto que tiene el objetivo en su poder; se llega a serIo cuando se exhala el grito del corazón de los poseídos: Yo soy así, no puedo ser de otro modo y se aplica a un objetivo sagrado un celo sagrado.
Yo no soy desinteresado mientras el objetivo Me sea propio, en lugar de convertirme en el instrumento ciego de su cumplimiento lo pongo perpetuamente en cuestión. No por ello mi celo ha de ser menor que el del fanático, pero ante mi objetivo soy frío, incrédulo, su enemigo irreconciliable, sigo siendo su juez, porque soy su propietario.
El desinterés pulula allí donde reina la posesión, tanto en las posesiones del diablo como en las del buen Espíritu; allá, vicio, locura, etc., aquí, resignación, sumisión, etc.
¿Adónde dirigir la mirada sin hallar alguna víctima de la renuncia de sí? Frente a mi casa habita una joven que desde hace cerca de diez años ofrece a su alma sangrientos holocaustos. Era tiempo atrás una adorable criatura, pero la laxitud mortal encorva hoy su frente y su juventud se desangra y muere lentamente bajo sus mejillas pálidas. ¡Pobre niña, cuántas veces las pasiones habrán palpitado en su corazón y el ímpetu de la juventud habrá reclamado su derecho! Cuando posabas tu cabeza en la almohada, ¡cómo se estremecía la naturaleza viviente en tus miembros, cómo saltaba la sangre en tus arterias! Tú sola lo sabes y Tú sola podrías decir los ardientes ensueños que encendían en Tus ojos la llama del deseo. Entonces, apareció el espectro del alma y de su santidad.
¡Espantada juntabas las manos, elevabas al cielo tu torturada mirada, orabas! El tumulto de la naturaleza se apaciguaba y la calma inmensa del mar ahogaba el océano de tus deseos. Poco a poco, la vida se extinguía en tus ojos, cerrabas tus párpados amoratados, se hacía el silencio en tu corazón, tus manos juntas volvían a caer inertes sobre tu seno sin sacudidas; un suspiro último se exhalaba de tus labios, y el alma quedaba apaciguada. Te dormías para despertar al día siguiente con nuevas luchas y nuevas oraciones.
Hoy, el hábito de la renuncia ha helado el ardor de Tus deseos y las rosas de Tu primavera palidecen al viento desecante de Tu felicidad futura. El alma está a salvo, el cuerpo puede perecer. ¡Oh, Lais; oh, Ninón, qué razón tuvisteis en despreciar esa incolora prudencia! ¡Una griseta, libre y alegre, por mil solteronas encanecidas por la virtud! (...)
Si opongo la espontaneidad de la inspiración a la pasividad de la sugestión y lo que Nos es propio a lo que nos es dado, se haría mal en responderme que, dependiendo todo de todo, y formando el Universo un todo solidario, nada de lo que somos o de lo que tenemos está, por consiguiente, aislado, sino que nos viene de las influencias circundantes y, en resumen, nos es dado. La objeción resultaría falsa, porque hay una gran diferencia entre los sentimientos y los pensamientos que Me son sugeridos por lo ajeno y los sentimientos y los pensamientos que Me son dados porque Dios, Inmortalidad, Libertad, Humanidad, son de estos últimos: se nos inculcan desde la infancia y en nosotros hunden sus raíces más o menos profundamente. Pero, ya gobiernen a unos sin que lo adviertan, ya en otros, naturalezas más ricas, se ensanchen y se hagan el punto de partida de sistemas o de obras de arte, no dejan de ser sentimientos dados y no sugeridos, porque creemos en ellos, y se nos imponen.
Que exista un absoluto y que ese absoluto pueda ser percibido, sentido y pensado, es un artículo de fe para los que consagran sus veladas a penetrarlo y definirlo. El sentimiento de lo absoluto es para ellos algo dado, el texto sobre el cual toda su actividad se limita a bordar las cosas más diversas. Igualmente, el sentimiento religioso era para Klopstock un dato que no hizo más que traducir en forma de obra de arte en su Mesiada. Si la religión no hubiera hecho más que estimular a sentir y a pensar, y si hubiera podido tomar él mismo posesión enfrente de ella, hubiese llegado a analizar y finalmente a destruir el objeto de sus piadosas efusiones. Pero hecho hombre, no hizo más que alambicar los sentimientos de que se había henchido su cerebro de niño y derrochó su talento y sus fuerzas en vestir sus antiguas muñecas.
La diferencia existe, pues, entre los sentimientos que nos son dados y aquellos que las circunstancias exteriores Nos sugieren. Estos últimos son propios, son egoístas, porque no nos los han apuntado e impuesto en cuanto sentimientos; los primeros, por el contrario, nos han sido dados, los cuidamos como una herencia, los cultivamos y nos poseen.
¿Quién no se ha percatado, consciente o inconscientemente, de que toda nuestra educación consiste en injertar en nuestro cerebro ciertos sentimientos en lugar de dejarnos a Nosotros mismos su elaboración, cualquiera que fuese su resultado? Cuando oímos el nombre de Dios, debemos experimentar temor, cuando se pronuncia ante nosotros el nombre de Su Majestad el Príncipe, debemos sentirnos penetrados de respeto, de veneración y de sumisión, si se nos habla de moralidad, debemos entender alguna cosa inviolable, si se nos habla del mal o de los malvados, no podemos dispensarnos de temblar, y así sucesivamente. Esos sentimientos son obligatorios y quien, por ejemplo, se deleitase en el relato de las hazañas de malvados, sería azotado y castigado para enderezarlo por el buen camino.
Embutidos de sentimientos dados, llegamos a la mayoría de edad y podemos ser emancipados. Nuestro equipo consiste en sentimientos elevados, pensamientos sublimes, máximas edificantes, principios eternos, etc. Los jóvenes son mayores cuando murmuran como los viejos; se les empuja a las escuelas para que en ellas aprendan los viejos estribillos, y cuando los saben de memoria llega la hora de la emancipación.
No nos está permitido experimentar con ocasión de cada objeto y de cada nombre que se presentan a nosotros el primer sentimiento que sobrevenga; el nombre de Dios no debe despertar en nosotros imágenes risibles o sentimientos irrespetuosos; lo que de él debemos pensar y lo que debemos sentir nos está trazado y prescrito de antemano.
Tal es el sentido de lo que se llama cura de almas; mi alma y mi espíritu deben estar moldeados según lo que conviene a los Demás y no según lo que pudiera convenirme a Mí mismo.
¡Cuánto esfuerzo requiere Uno para adquirir un sentimiento propio y reírse en las barbas de quien espera de nosotros una mirada beata y una actitud respetuosa ante su perorata!
Lo que Nos es dado Nos es ajeno, no Nos pertenece como propio y por ello es sagrado y es difícil despojarse de la santa emoción que nos inspira. Se oye alabar mucho hoy a la seriedad, la gravedad en los asuntos y los negocios de alta importancia, la gravedad alemana, etc. Esta manera de tomar las cosas por lo serio muestra cuán inveteradas y graves se han hecho ya la locura y la posesión. Porque no hay nada más serio que el loco cuando se pone a cabalgar en su quimera favorita; ante su celo no es cosa de bromear. (Véanse las casas de locos.)
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: La jerarquía.
'''La jerarquía'''
Las reflexiones históricas sobre nuestra herencia mongólica que intercalo aquí en forma de digresión, no tienen pretensión alguna de profundidad ni de solidez. Si las presento al lector, es simplemente porque creo que pueden contribuir al esclarecimiento de lo demás.
La historia de la humanidad, que pertenece, propiamente hablando, a la raza caucásica, parece haber recorrido hasta el presente dos períodos. Al primero, durante el cual tuvimos que despojarnos de nuestra original naturaleza negra, sucedió el período mongol (chino). El período negro representa la antigüedad, los siglos de dependencia a las cosas (se devoraban los pollos sagrados, vuelo de las aves, estornudo, trueno y relámpagos, murmullo de los árboles, etc. ); el período mongol representa los siglos de dependencia a los pensamientos, es el período cristiano. Al porvenir le están reservadas estas palabras: Yo soy poseedor del mundo de las cosas y del mundo del Espiritu.
El valor de mi Yo no puede encarecerse, en tanto que el duro diamante del no-yo (sea este no-yo el Dios o el mundo) continúe a un precio tan exorbitante. El no-yo está aún demasiado verde y demasiado duro para que Yo pueda catarlo y absorberlo. Los hombres, con una actividad extraordinaria por lo demás, no hacen más que arrastrarse sobre ese inmutable, es decir, sobre esa substancia, como insectos sobre un cadáver cuyos jugos sirven como alimento, y que por ello no le destruyen. Todo el trabajo de los mongoles es una actividad de gusanos. Entre los chinos, en efecto, todo continúa como antes; una revolución no suprime nada esencial o substancial, y no hace más que volverlos más afanosos en torno de lo que queda en pie, lo que lleva el nombre de antigüedad, de abuelos, etc.
Por eso, en el período mongol que atravesamos, todo cambio no ha sido nunca más que una reforma, una mejora, jamás una destrucción, un trastorno, una aniquilación. La substancia, el objeto, permanece. Toda nuestra industria no ha sido más que actividad de hormigas y saltos de pulgas, juglerías, sobre la cuerda tirante de lo objetivo y servicios corporales bajo el bastón del capataz de lo inmutable o eterno. Los chinos son ciertamente el más positivo de los pueblos, y eso porque están enterrados bajo los dogmas; pero la Era Cristiana tampoco ha salido de lo positivo; es decir, de la libertad restringida, de la libertad hasta cierto límite. En los grados más elevados de la civilización, esa actividad es llamada científica y se traduce por un trabajo que reposa sobre una suposición fija, una hipótesis inconmovible.
La moralidad, bajo su primera y más ininteligible forma, se presenta como hábito. Obrar conforme a los usos y costumbres de su país, es ser moral. Por ello es más fácil a los chinos obrar moralmente y llegar a una pura y natural moralidad: no tienen más que atenerse a las viejas usanzas, a las viejas costumbres y odiar toda innovación como un crimen que merece la muerte. La innovación es, en efecto, la enemiga mortal del hábito, de la tradición y de la rutina. Está fuera de duda que el hábito acoraza al hombre contra la importunidad de las cosas y le crea un mundo especial, el único en el que se siente en su casa, es decir, un cielo. ¿Qué es un cielo, en efecto, sino la patria propia del hombre, donde nada extraño le solicita y le domina, donde ninguna influencia terrena le enajena, en una palabra, donde, purificado de las manchas terrenales, pone fin a su lucha contra el mundo, donde no tiene ya que renunciar a nada? El cielo es el fin de la renuncia, el goce libre. El hombre no tiene que renunciar a nada, porque allí nada le es extraño u hostil.
El hábito es, pues, una segunda naturaleza que desata y libra al hombre de su naturaleza primitiva y le pone al abrigo de los azares de esa naturaleza. Las tradiciones de la civilización china han prevenido todas las eventualidades. Todo está previsto. Suceda lo que quiera, el chino sabe siempre cómo debe portarse; no tiene necesidad nunca de tomar consejo de las circunstancias. Jamás un acontecimiento inesperado le precipita del cielo de su reposo. El chino que ha vivido en la moralidad y que se ha aclimatado a ella perfectamente, ni puede ser sorprendido, ni desconcertado; en toda ocasión guarda su sangre fría, es decir, la calma del corazón y del espíritu, porque su corazón y su espíritu, gracias a la previsión de las viejas costumbres tradicionales, no pueden trastornarse ni turbarse en ningún caso, lo imprevisto no existe ya. Por el hábito, la humanidad asciende el primer escalón de la civilización o de la cultura y como, ascendiendo en la cultura, se imagina alcanzar, al mismo tiempo, el cielo o reino de la cultura y de la segunda naturaleza sube en realidad por el hábito el primer escalón de la ascensión celestial.
Si los mongoles han afirmado la existencia de seres espirituales, y creado un cielo, un mundo de Espíritus, los caucásicos, por otra parte, durante millares de años, han luchado contra esos seres espirituales para penetrarlos y comprenderlos. No hacían en esto más que edificar sobre el terreno mongol. No edificaban sobre la arena, sino en los aires; han luchado contra la tradición mongol y asaltado el cielo mongol, el Thian. ¿Cuándo acabarán por aniquilarlo definitivamente? ¿Cuándo se convertirán por fin en auténticos caucásicos y se encontrarán a sí mismos? La inmortalidad del alma, que en los últimos tiempos parecía haberse consolidado más, presentándose como inmortalidad del Espíritu, ¿cuándo se invertirá en mortalidad del Espíritu?
Gracias a los industriosos esfuerzos de la raza mongol, los hombres habían construido un cielo, cuando los caucásicos, en tanto que por tradición mongol se cuidaban del cielo, se entregaron a una tarea opuesta: la tarea de asaltar ese cielo de la moralidad y conquistarlo. Derribar todo dogma para elevar sobre el terreno devastado uno nuevo y mejor, destruir las costumbres para poner en su lugar costumbres nuevas y mejores, ésa es toda su obra. Pero ¿esta obra es lo que se propone ser y alcanza verdaderamente su objeto? No: esta persecución de lo mejor está contaminada de mongolismo; no conquista el cielo más que para crear uno nuevo, no derriba una antigua potencia más que para legitimar una nueva, no hace, en suma, más que mejorar. Y sin embargo, el objetivo, por mucho que repetidamente se pierda de vista, es la destrucción verdadera y completa del cielo, de la tradición, etcétera; es, en una palabra, el fin del hombre asegurado únicamente contra el mundo, el fin de su aislamiento, de su solitaria interioridad. En el cielo de la civilización, el hombre trata de aislarse del mundo y quebrar su potencia hostil. Pero este aislamiento celeste debe ser destruido a su vez y el verdadero fin de la conquista del cielo es la destrucción, el aniquilamiento del cielo. El caucásico que mejora y que reforma, obra como mongol, porque no hace más que restablecer lo que era, es decir, un dogma, un absoluto, un cielo. El, que ha consagrado al cielo un odio implacable, edifica cada día nuevos cielos; elevando cielo sobre cielo, no hace más que aplastarlos uno bajo el otro; el cielo de los judíos destruye el de los griegos, el de los cristianos destruye el de los judíos, el de los protestantes el de los católicos, etc. Si esos titanes humanos llegan a liberar la sangre caucásica de su herencia mongol, enterrarán al hombre espiritual bajo las cenizas de su prodigioso mundo espiritual, el hombre aislado bajo su mundo aislado y a todos los que construyen un cielo, bajo las ruinas de ese cielo. Y el cielo es el reino de los Espíritus, el dominio de la libertad espiritual.
El reino de los cielos, el reino de los Espíritus y de los fantasmas, ha encontrado el puesto que le convenía en la filosofía especulativa. Se ha convertido en el reino de los pensamientos, de los conceptos y de las ideas; el cielo está poblado de ideas y de pensamientos y ese reino de los Espíritus es la realidad misma.
Querer libertar el Espíritu es puro mongolismo, libertad del Espíritu, del sentimiento, de la moral, son libertades mongoles.
Se considera la palabra moralidad como sinónimo de actividad espontánea, de libre disposición de sí mismo. Sin embargo, no hay nada de eso; al contrario, si el caucásico ha dado pruebas de alguna actividad personal, ha sido a pesar de la moralidad que tenía de sus adherencias mongolas.El cielo mongol o tradición moral ha seguido siendo una incontestable fortaleza, y el caucásico ha dado pruebas de moralidad sólo por los asaltos repetidos que le ha dado; porque si ya no hubiese tenido ningún cuidado de la moralidad, si no hubiera visto en esta última su perpetuo e invencible enemigo, la relación entre él y la tradición, es decir, su moralidad, habría desaparecido.
El hecho de que sus impulsos naturales sean todavía morales, es precisamente lo que le queda de su herencia mongol; es una señal de que no se ha repuesto todavía. Los impulsos morales corresponden exactamente a la filosofía religiosa y ortodoxa, a la monarquía constitucional, al Estado cristiano, a la libertad dentro de ciertos límites, o para emplear una imagen, al héroe clavado en su lecho de dolor.
El hombre no habrá vencido realmente al chamanismo y al cortejo de fantasmas que arrastra detrás de sí, más que cuando tenga la fuerza de rechazar, no sólo la superstición, sino la fe, no sólo la creencia en los espíritus, sino la creencia en el Espíritu.
Quien cree en los espectros no se inclina más profundamente ante la intervención de un mundo superior que lo hace quien cree en el Espíritu, y ambos buscan un mundo espiritual tras el mundo sensible. En otros términos, engendran otro mundo y creen en él; ese otro mundo, creación de su espíritu, es un mundo espiritual; sus sentimientos no perciben ni conocen nada de ese otro mundo inmaterial, sólo su espíritu vive en él. Cuando se cree, como el mongol, en la existencia de seres espirituales, no se está lejos de concluir que la esencia propiamente humana es su Espíritu y que se deben dedicar todos sus cuidados solamente al Espíritu, a la salvaci6n del alma. Se afirma así la posibilidad de obrar sobre el Espíritu, lo que se llama influencia moral.
Salta, pues, a la vista que el mongolismo representa la negación radical de los sentidos y el reinado del sin-sentido y de la contranaturaleza y que el pecado y la conciencia del pecado han sido durante miles de años una plaga mongol.
Pero ¿quién reducirá el Espíritu a su nada? El, que mediante su Espíritu descubrió la Naturaleza como nada, limitada y perecedera, sólo él puede probar la nadeidad del Espíritu. Yo lo puedo, y entre vosotros lo pueden todos aquellos que, en tanto que Yo ilimitado, dominan y crean, lo puede; en una palabra, el egoísta. (...)
Divídense los hombres en dos clases, los cultos y los incultos. Los primeros, en la medida en que eran dignos de esta apelación, se ocupaban con los pensamientos, con el Espíritu, y como durante la era postcristiana, que tuvo el pensamiento por principio, eran los amos, exigieron de todos la más respetuosa sumisión a los pensamientos reconocidos por ellos. Estado, Emperador, Iglesia, Dios, Moralidad, Orden, etc., son éstos pensamientos o espíritus que no existen más que para el Espíritu. Un ser simplemente vivo, un animal, se inquieta de ellos tan poco como un niño. Pero los incultos no son en realidad más que niños y el que no piensa más que en proveer a las necesidades de su vida, es indiferente a todos los fantasmas; pero por otra parte, carente de fuerza contra ellos, acaba por sucumbir a su poder y ser dominado por pensamientos. Tal es el sentido de la jerarquía.
¡La jerarquía es la dominación del pensamiento, el dominio del Espíritu!
Hemos sido jerárquicos hasta ahora, oprimidos por quienes se apoyan en pensamientos. Los pensamientos son lo sagrado.
Pero a cada instante el culto choca con el inculto, y a la inversa, no sólo en ocasión del encuentro de dos hombres, sino en un solo y mismo hombre. Porque ningún culto es tan culto que no tenga algún placer en las cosas, obrando con ello como un inculto, y ningún inculto carece totalmente de pensamientos. Hegel pone en evidencia la ardiente ansiedad del hombre precisamente más culto, por las cosas, y su repudio de toda teoría hueca. Así la realidad, el mundo de las cosas, debe corresponder completamente al pensamiento, y ningún concepto debe carecer de realidad. Eso es lo que ha hecho llamar objetivo al sistema de Hegel, con preferencia a toda otra doctrina, porque el pensamiento y el objeto, lo ideal y lo real celebraban en él su unión. Este sistema no es sin embargo, más que la apoteosis del pensamiento, su despotismo más extremo, su poder absoluto; es el triunfo del Espíritu y con Él el triunfo de la filosofía. La filosofía no puede elevarse más alta, pues su culminación es la omnipotencia del Espíritu, su totalitarismo.
Los hombres espirituales se han puesto Algo en la cabeza que debe ser realizado. Tienen las nociones de Amor, de Bien, etc. que desearían ver realizadas. Quieren, en efecto, fundar sobre la Tierra un reino, en el que nadie obrará ya por interés egoísta, sino por Amor. El Amor debe dominar. Lo que se han puesto en la cabeza no tiene más que un nombre; es una idea obsesiva. Su cerebro está hechizado, y el más importuno, el más obstinado de los fantasmas que ha elegido allí su domicilio, es el Hombre. Acordaos del proverbio: El camino del infierno está empedrado de buenas resoluciones. La resolución de realizar completamente en sí al Hombre es uno de esos excelentes empedrados del camino de la perdición y los firmes propósitos de ser Bueno, Noble, Caritativo, etc., proceden de la misma cantera. (...)
¡Cuán limitado es el imperio del hombre! Debe dejar al sol seguir su camino, al mar levantar las olas, a la montaña elevarse hacia el cielo. Se ve impotente ante lo inmutable. ¿Puede defenderse de la sensación de impotencia frente a este mundo titánico? El mundo es la ley inquebrantable a la que el hombre ha de someterse, la ley que determina su destino.
¿Cuál fue el objetivo de los esfuerzos de la humanidad precristiana? Defenderse de los golpes de la suerte y escapar a su merced. Los estoicos lo consiguieron mediante la apatía, considerando como indiferentes los azares de la naturaleza, y no dejándose afectar por ellos. Horacio, con su célebre Nihil mirari, proclama igualmente con indiferencia frente al otro, al mundo, que no debe ni influir sobre nosotros, ni excitar nuestro asombro. Y el impavidum ferient ruinae del poeta expresa precisamente la misma impasividad que el tercer versículo del salmo XLV: No temeremos, cuando la tierra se hunda ... etc. En todos ellos, el aforismo sobre la vanidad del mundo, abre las puertas al desprecio cristiano del mundo.
La impasibilidad de espíritu del sabio, por la que el mundo antiguo prepara su ruina, recibió una sacudida interior, que ni la ataraxia, ni el estoicismo pudieron proteger. El Espíritu, sustraído a la influencia del mundo, insensible a sus golpes, elevado por encima de sus ataques, ese Espíritu que ya no se asombra de nada y al que el derrumbamiento del mundo hubiera sido incapaz de conmover, vino a desbordarse irresistiblemente, distendido por los gases (espíritus, gas, vapor) nacidos en su interior; y cuando los choques mecánicos venidos de fuera llegaron a ser impotentes contra él, las afinidades químicas, excitadas en su seno, entraron en juego y empezaron a ejercer su maravillosa acción.
La historia antigua se cierra virtualmente el día en que Yo consigo hacer del mundo Mi propiedad. Mi padre me ha puesto todas las cosas en mis manos. El mundo cesa de aplastarme con su poder, no es ya inaccesible, sagrado, divino, etc.; los dioses han muerto y Yo trato al mundo tan a mi antojo, que sólo de mí dependería operar en él milagros, que son obras del espíritu: yo podría derribar montañas, ordenar a esa morera que se desarraigase y fuese a arrojarse al mar, y todo lo que es posible, es decir, pensable. Todas las cosas son posibles al que cree. Yo soy el señor del mundo, el señorío está en Mí. El mundo se ha hecho prosaico, porque lo divino ha desaparecido de él: es Mi propiedad y Yo uso de ella como me place, esto es, como place al Espíritu.
Con la ascensión del Yo a poseedor del mundo, el egoísmo consigue su primera victoria, y una victoria decisiva; ha vencido al mundo y lo ha suprimido, confiscando en su provecho la obra de una larga serie de siglos.
¡La primera propiedad, el primer trono, está conquistado!
Pero el señor del mundo no es todavía señor de sus pensamientos, de sus sentimientos y de su voluntad; no es el señor y poseedor del Espíritu, porque el Espíritu es aún sagrado, es el Espíritu Santo. El cristianismo, que ha negado el mundo, no puede negar a Dios.
La lucha de la antigüedad era una lucha contra el mundo, el combate de la Edad Media fue un combate contra sí mismo, contra el Espíritu. El enemigo de los antiguos había sido exterior; el de los cristianos fue interior, y el campo de batalla en que llegaron a las manos fue la intimidad de su pensamiento, de su conciencia.
Toda la sabiduría de los antiguos es la Cosmología, toda la sabiduría de los modernos es la Teología, la ciencia de Dios.
Los paganos (comprendidos los judíos), habían acabado con el mundo: se trató, en lo sucesivo, de acabar consigo mismo, con el Espíritu, y de negar el Espíritu, es decir, de negar a Dios.
Durante cerca de dos mil años nos hemos esforzado en avasallar al Espíritu Santo, y poco a poco hemos desgarrado algunos jirones de la santidad y los hemos pisoteado, pero el formidable adversario se levanta siempre de nuevo bajo otras formas u otros nombres. El Espíritu no ha cesado aún de ser divino, santo, sagrado. Hace largo tiempo, en verdad, que no se cierne ya por encima de nuestras cabezas como una paloma; hace largo tiempo que no desciende ya sólo sobre los elegidos; se deja coger también por laicos, etc.; pero en cuanto Espíritu de la humanidad, es decir, Espíritu del hombre, permanece para Ti y para Mí como un Espíritu ajeno, muy lejos de ser una propiedad de la que podamos disponer según nuestro antojo.
Es cierto, no obstante, un hecho que ha dominado visiblemente el desarrollo de la historia postcristiana: el afán de convertir el Espíritu Santo en humano, aproximarlo a los hombres, o aproximar los hombres a él. Por ello ha sido concebido finalmente como el Espíritu de la Humanidad, y nos parece más fácil, más familiar y asequible bajo sus diversos nombres de idea de la Humanidad, Género Humano, Humanismo, filantropía, etc.
¿No se debería pensar que hoy cada uno puede poseer el Espíritu Santo, interpretar la Idea de la Humanidad y realizar en sí el Género Humano?
No, el Espíritu no ha perdido ni su santidad, ni su inviolabilidad, no nos es accesible y no es nuestra propiedad, porque el Espíritu de la Humanidad no es Mi Espíritu. Puede ser mi ideal, y en cuanto yo lo pienso, lo llamaré Mío; el pensamiento de la humanidad es Mi propiedad y lo pruebo superabundantemente por el solo hecho de que yo hago de él lo que me place y le doy hoy tal forma y mañana tal otra. Nos representamos el Espíritu bajo los aspectos más diversos, pero es, sin embargo, un fideicomiso que no puedo enajenar ni tampoco puedo suprimir.
A la larga y después de múltiples avatares, el Espíritu Santo se ha convertido en la idea absoluta, la cual a su vez, dividiéndose y subdividiéndose, ha dado a luz a las diversas ideas de filantropía, de buen sentido, de virtud cívica, etc. Pero ¿puedo llamar a la idea Mi propiedad cuando es la idea de la humanidad y puedo considerar al Espíritu como superado, cuando debo servirle y sacrificarme por Él?
La antigüedad, al declinar, no consiguió hacer del mundo su propiedad sino una vez destruida su supremacía y su divinidad y haber reconocido su vanidad y su impotencia.
Mi actitud frente al Espíritu es idéntica: si lo reduzco a un fantasma y rebajo el poder que ejerce sobre Mí al rango de una ilusión, no parecerá ya ni santo, ni sagrado, ni divino, y Yo me serviré de él en vez de servirle, como me sirvo de la Naturaleza, a Mi gusto y sin el menor escrúpulo.
La naturaleza de las cosas, la noción de las relaciones, deben guiarme: la naturaleza de las cosas enseña cómo debo portarme con ellas; la noción de las relaciones, me enseña a obtener conclusiones.
¡Como si la idea de una cosa existiese por sí misma! ¡Como si la relación que Yo concibo no fuese única, por el hecho de que Yo, que la concibo, soy Único! ¿Qué importa el título bajo el cual los demás la pongan? Pero lo mismo que se ha separado la esencia del hombre del hombre real, y que se juzga a éste con arreglo a aquélla, así también se ha separado al hombre real de sus actos, a los que se aplica como criterio la dignidad humana. Las ideas deben decidir sobre todo; son ideas las que gobiernan la vida, son ideas las que reinan. Tal es el mundo religioso al que Hegel ha dado una expresión sistemática, cuando, poniendo método en el absurdo, sienta sobre las leyes de la lógica los cimientos profundos de todo su edificio dogmático. Las ideas nos imponen la ley, y el hombre real, es decir, Yo, estoy forzado a vivir según esas leyes de la lógica. ¿Puede haber una dominación peor, y no convino desde el principio el cristianismo en que no se perseguía otro fin que hacer más rigurosa la dominación de la ley judaica? (No ha de perderse ni una letra de la ley.)
El liberalismo no ha hecho más que poner otras ideas a la orden del día: ha reemplazado lo divino con lo humano, la Iglesia con el Estado y el fiel con el sabio, o, en general, los dogmas toscos y los aforismos anticuados por ideas reales y leyes extemas.
Hoy nada reina ya en el mundo más que el Espíritu. Una innumerable multitud de ideas zumban en todos sentidos en las cabezas; y ¿qué hacen los que quieren avanzar? ¡Niegan esas ideas para poner otras en su lugar! Ellos dicen: os formáis una idea falsa del Derecho, del Estado, del Hombre, de la libertad, de la verdad, del honor, etc., la idea que hay que formarse del Derecho, etc., es más bien una que proponemos. Así, la confusión de las ideas va creciendo.
La historia del mundo es cruel para nosotros, y el Espíritu ha conquistado un poder soberano. Tú debes respetar Mis miserables zapatos, que podrían proteger Tus pies desnudos, debes respetar Mi sal, gracias a la cual tus patatas estarían menos insípidas, y Mi soberbia carroza, cuya posesión Te pondría para siempre al abrigo de la necesidad; no puedes alargar la mano hacia todo ello. Todas esas cosas, y otras innumerables, son independientes de Ti, y el hombre debe reconocerlas como tales; debe tenerlas por intangibles e inaccesibles, honrarlas, respetarlas, ¡desgraciado de él si eleva la mano a ellas, eso lo llamamos tener las uñas largas!
¿Qué nos queda? Bien poca cosa; ¡ay, tanto valdría decir que nada! Todo nos es arrebatado, y no podemos intentar nada de lo que no nos ha sido dado; si vivimos, no es más que por la clemencia del donador, que nos ha concedido esa gracia. Ni siquiera Te es permitido recoger un alfiler si no has pedido antes permiso, y si no eres autorizado para ello. ¿Y autorizado por quién? ¡Por el respeto! Sólo cuando él Te haya otorgado la propiedad de ese alfiler, podrás bajarte y cogerlo. Más aún no podrás tener ningún pensamiento, pronunciar ninguna sílaba, efectuar ningún acto que tengan en Ti sólo su sanción, en lugar de recibirla de la moralidad, de la razón o de la humanidad.
¡Bienaventurada ingenuidad la del hombre que no conoce más que sus apellidos, con qué crueldad se ha procurado inmolarte sobre el altar de la fuerza!
Alrededor del altar se levanta una iglesia, y esa iglesia se agranda, y sus murallas se apartan cada día más. Lo que cubre la sombra de sus bóvedas es sagrado, inaccesible a tus deseos, sustraído a tus ataques. Con el vientre vacío, rondas al pie de esas murallas, buscando para apagar Tu hambre algunos restos de lo profano, y los círculos de tu carrera se ensanchan sin cesar. Pronto esa Iglesia cubrirá la Tierra entera, y Tú serás rechazado a sus más lejanos límites; un paso aún y el mundo de lo sagrado habrá vencido y Tú te hundirás en el abismo. ¡Valor, pues, paria, puesto que es tiempo aún! ¡Cesa de errar, clamando hambre, a través de los campos segados de lo profano, arriésgalo todo y arrójate forzando las puertas en el corazón mismo del santuario! ¡Si destruyes lo sagrado, lo habrás convertido en Tu propiedad! ¡Digiere la hostia, y queda libre!
[[Categoría:El Único y su Propiedad]]
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: La jerarquía.
'''La jerarquía'''
Las reflexiones históricas sobre nuestra herencia mongólica que intercalo aquí en forma de digresión, no tienen pretensión alguna de profundidad ni de solidez. Si las presento al lector, es simplemente porque creo que pueden contribuir al esclarecimiento de lo demás.
La historia de la humanidad, que pertenece, propiamente hablando, a la raza caucásica, parece haber recorrido hasta el presente dos períodos. Al primero, durante el cual tuvimos que despojarnos de nuestra original naturaleza negra, sucedió el período mongol (chino). El período negro representa la antigüedad, los siglos de dependencia a las cosas (se devoraban los pollos sagrados, vuelo de las aves, estornudo, trueno y relámpagos, murmullo de los árboles, etc. ); el período mongol representa los siglos de dependencia a los pensamientos, es el período cristiano. Al porvenir le están reservadas estas palabras: Yo soy poseedor del mundo de las cosas y del mundo del Espiritu.
El valor de mi Yo no puede encarecerse, en tanto que el duro diamante del no-yo (sea este no-yo el Dios o el mundo) continúe a un precio tan exorbitante. El no-yo está aún demasiado verde y demasiado duro para que Yo pueda catarlo y absorberlo. Los hombres, con una actividad extraordinaria por lo demás, no hacen más que arrastrarse sobre ese inmutable, es decir, sobre esa substancia, como insectos sobre un cadáver cuyos jugos sirven como alimento, y que por ello no le destruyen. Todo el trabajo de los mongoles es una actividad de gusanos. Entre los chinos, en efecto, todo continúa como antes; una revolución no suprime nada esencial o substancial, y no hace más que volverlos más afanosos en torno de lo que queda en pie, lo que lleva el nombre de antigüedad, de abuelos, etc.
Por eso, en el período mongol que atravesamos, todo cambio no ha sido nunca más que una reforma, una mejora, jamás una destrucción, un trastorno, una aniquilación. La substancia, el objeto, permanece. Toda nuestra industria no ha sido más que actividad de hormigas y saltos de pulgas, juglerías, sobre la cuerda tirante de lo objetivo y servicios corporales bajo el bastón del capataz de lo inmutable o eterno. Los chinos son ciertamente el más positivo de los pueblos, y eso porque están enterrados bajo los dogmas; pero la Era Cristiana tampoco ha salido de lo positivo; es decir, de la libertad restringida, de la libertad hasta cierto límite. En los grados más elevados de la civilización, esa actividad es llamada científica y se traduce por un trabajo que reposa sobre una suposición fija, una hipótesis inconmovible.
La moralidad, bajo su primera y más ininteligible forma, se presenta como hábito. Obrar conforme a los usos y costumbres de su país, es ser moral. Por ello es más fácil a los chinos obrar moralmente y llegar a una pura y natural moralidad: no tienen más que atenerse a las viejas usanzas, a las viejas costumbres y odiar toda innovación como un crimen que merece la muerte. La innovación es, en efecto, la enemiga mortal del hábito, de la tradición y de la rutina. Está fuera de duda que el hábito acoraza al hombre contra la importunidad de las cosas y le crea un mundo especial, el único en el que se siente en su casa, es decir, un cielo. ¿Qué es un cielo, en efecto, sino la patria propia del hombre, donde nada extraño le solicita y le domina, donde ninguna influencia terrena le enajena, en una palabra, donde, purificado de las manchas terrenales, pone fin a su lucha contra el mundo, donde no tiene ya que renunciar a nada? El cielo es el fin de la renuncia, el goce libre. El hombre no tiene que renunciar a nada, porque allí nada le es extraño u hostil.
El hábito es, pues, una segunda naturaleza que desata y libra al hombre de su naturaleza primitiva y le pone al abrigo de los azares de esa naturaleza. Las tradiciones de la civilización china han prevenido todas las eventualidades. Todo está previsto. Suceda lo que quiera, el chino sabe siempre cómo debe portarse; no tiene necesidad nunca de tomar consejo de las circunstancias. Jamás un acontecimiento inesperado le precipita del cielo de su reposo. El chino que ha vivido en la moralidad y que se ha aclimatado a ella perfectamente, ni puede ser sorprendido, ni desconcertado; en toda ocasión guarda su sangre fría, es decir, la calma del corazón y del espíritu, porque su corazón y su espíritu, gracias a la previsión de las viejas costumbres tradicionales, no pueden trastornarse ni turbarse en ningún caso, lo imprevisto no existe ya. Por el hábito, la humanidad asciende el primer escalón de la civilización o de la cultura y como, ascendiendo en la cultura, se imagina alcanzar, al mismo tiempo, el cielo o reino de la cultura y de la segunda naturaleza sube en realidad por el hábito el primer escalón de la ascensión celestial.
Si los mongoles han afirmado la existencia de seres espirituales, y creado un cielo, un mundo de Espíritus, los caucásicos, por otra parte, durante millares de años, han luchado contra esos seres espirituales para penetrarlos y comprenderlos. No hacían en esto más que edificar sobre el terreno mongol. No edificaban sobre la arena, sino en los aires; han luchado contra la tradición mongol y asaltado el cielo mongol, el Thian. ¿Cuándo acabarán por aniquilarlo definitivamente? ¿Cuándo se convertirán por fin en auténticos caucásicos y se encontrarán a sí mismos? La inmortalidad del alma, que en los últimos tiempos parecía haberse consolidado más, presentándose como inmortalidad del Espíritu, ¿cuándo se invertirá en mortalidad del Espíritu?
Gracias a los industriosos esfuerzos de la raza mongol, los hombres habían construido un cielo, cuando los caucásicos, en tanto que por tradición mongol se cuidaban del cielo, se entregaron a una tarea opuesta: la tarea de asaltar ese cielo de la moralidad y conquistarlo. Derribar todo dogma para elevar sobre el terreno devastado uno nuevo y mejor, destruir las costumbres para poner en su lugar costumbres nuevas y mejores, ésa es toda su obra. Pero ¿esta obra es lo que se propone ser y alcanza verdaderamente su objeto? No: esta persecución de lo mejor está contaminada de mongolismo; no conquista el cielo más que para crear uno nuevo, no derriba una antigua potencia más que para legitimar una nueva, no hace, en suma, más que mejorar. Y sin embargo, el objetivo, por mucho que repetidamente se pierda de vista, es la destrucción verdadera y completa del cielo, de la tradición, etcétera; es, en una palabra, el fin del hombre asegurado únicamente contra el mundo, el fin de su aislamiento, de su solitaria interioridad. En el cielo de la civilización, el hombre trata de aislarse del mundo y quebrar su potencia hostil. Pero este aislamiento celeste debe ser destruido a su vez y el verdadero fin de la conquista del cielo es la destrucción, el aniquilamiento del cielo. El caucásico que mejora y que reforma, obra como mongol, porque no hace más que restablecer lo que era, es decir, un dogma, un absoluto, un cielo. El, que ha consagrado al cielo un odio implacable, edifica cada día nuevos cielos; elevando cielo sobre cielo, no hace más que aplastarlos uno bajo el otro; el cielo de los judíos destruye el de los griegos, el de los cristianos destruye el de los judíos, el de los protestantes el de los católicos, etc. Si esos titanes humanos llegan a liberar la sangre caucásica de su herencia mongol, enterrarán al hombre espiritual bajo las cenizas de su prodigioso mundo espiritual, el hombre aislado bajo su mundo aislado y a todos los que construyen un cielo, bajo las ruinas de ese cielo. Y el cielo es el reino de los Espíritus, el dominio de la libertad espiritual.
El reino de los cielos, el reino de los Espíritus y de los fantasmas, ha encontrado el puesto que le convenía en la filosofía especulativa. Se ha convertido en el reino de los pensamientos, de los conceptos y de las ideas; el cielo está poblado de ideas y de pensamientos y ese reino de los Espíritus es la realidad misma.
Querer libertar el Espíritu es puro mongolismo, libertad del Espíritu, del sentimiento, de la moral, son libertades mongoles.
Se considera la palabra moralidad como sinónimo de actividad espontánea, de libre disposición de sí mismo. Sin embargo, no hay nada de eso; al contrario, si el caucásico ha dado pruebas de alguna actividad personal, ha sido a pesar de la moralidad que tenía de sus adherencias mongolas.El cielo mongol o tradición moral ha seguido siendo una incontestable fortaleza, y el caucásico ha dado pruebas de moralidad sólo por los asaltos repetidos que le ha dado; porque si ya no hubiese tenido ningún cuidado de la moralidad, si no hubiera visto en esta última su perpetuo e invencible enemigo, la relación entre él y la tradición, es decir, su moralidad, habría desaparecido.
El hecho de que sus impulsos naturales sean todavía morales, es precisamente lo que le queda de su herencia mongol; es una señal de que no se ha repuesto todavía. Los impulsos morales corresponden exactamente a la filosofía religiosa y ortodoxa, a la monarquía constitucional, al Estado cristiano, a la libertad dentro de ciertos límites, o para emplear una imagen, al héroe clavado en su lecho de dolor.
El hombre no habrá vencido realmente al chamanismo y al cortejo de fantasmas que arrastra detrás de sí, más que cuando tenga la fuerza de rechazar, no sólo la superstición, sino la fe, no sólo la creencia en los espíritus, sino la creencia en el Espíritu.
Quien cree en los espectros no se inclina más profundamente ante la intervención de un mundo superior que lo hace quien cree en el Espíritu, y ambos buscan un mundo espiritual tras el mundo sensible. En otros términos, engendran otro mundo y creen en él; ese otro mundo, creación de su espíritu, es un mundo espiritual; sus sentimientos no perciben ni conocen nada de ese otro mundo inmaterial, sólo su espíritu vive en él. Cuando se cree, como el mongol, en la existencia de seres espirituales, no se está lejos de concluir que la esencia propiamente humana es su Espíritu y que se deben dedicar todos sus cuidados solamente al Espíritu, a la salvaci6n del alma. Se afirma así la posibilidad de obrar sobre el Espíritu, lo que se llama influencia moral.
Salta, pues, a la vista que el mongolismo representa la negación radical de los sentidos y el reinado del sin-sentido y de la contranaturaleza y que el pecado y la conciencia del pecado han sido durante miles de años una plaga mongol.
Pero ¿quién reducirá el Espíritu a su nada? El, que mediante su Espíritu descubrió la Naturaleza como nada, limitada y perecedera, sólo él puede probar la nadeidad del Espíritu. Yo lo puedo, y entre vosotros lo pueden todos aquellos que, en tanto que Yo ilimitado, dominan y crean, lo puede; en una palabra, el egoísta. (...)
Divídense los hombres en dos clases, los cultos y los incultos. Los primeros, en la medida en que eran dignos de esta apelación, se ocupaban con los pensamientos, con el Espíritu, y como durante la era postcristiana, que tuvo el pensamiento por principio, eran los amos, exigieron de todos la más respetuosa sumisión a los pensamientos reconocidos por ellos. Estado, Emperador, Iglesia, Dios, Moralidad, Orden, etc., son éstos pensamientos o espíritus que no existen más que para el Espíritu. Un ser simplemente vivo, un animal, se inquieta de ellos tan poco como un niño. Pero los incultos no son en realidad más que niños y el que no piensa más que en proveer a las necesidades de su vida, es indiferente a todos los fantasmas; pero por otra parte, carente de fuerza contra ellos, acaba por sucumbir a su poder y ser dominado por pensamientos. Tal es el sentido de la jerarquía.
¡La jerarquía es la dominación del pensamiento, el dominio del Espíritu!
Hemos sido jerárquicos hasta ahora, oprimidos por quienes se apoyan en pensamientos. Los pensamientos son lo sagrado.
Pero a cada instante el culto choca con el inculto, y a la inversa, no sólo en ocasión del encuentro de dos hombres, sino en un solo y mismo hombre. Porque ningún culto es tan culto que no tenga algún placer en las cosas, obrando con ello como un inculto, y ningún inculto carece totalmente de pensamientos. Hegel pone en evidencia la ardiente ansiedad del hombre precisamente más culto, por las cosas, y su repudio de toda teoría hueca. Así la realidad, el mundo de las cosas, debe corresponder completamente al pensamiento, y ningún concepto debe carecer de realidad. Eso es lo que ha hecho llamar objetivo al sistema de Hegel, con preferencia a toda otra doctrina, porque el pensamiento y el objeto, lo ideal y lo real celebraban en él su unión. Este sistema no es sin embargo, más que la apoteosis del pensamiento, su despotismo más extremo, su poder absoluto; es el triunfo del Espíritu y con Él el triunfo de la filosofía. La filosofía no puede elevarse más alta, pues su culminación es la omnipotencia del Espíritu, su totalitarismo.
Los hombres espirituales se han puesto Algo en la cabeza que debe ser realizado. Tienen las nociones de Amor, de Bien, etc. que desearían ver realizadas. Quieren, en efecto, fundar sobre la Tierra un reino, en el que nadie obrará ya por interés egoísta, sino por Amor. El Amor debe dominar. Lo que se han puesto en la cabeza no tiene más que un nombre; es una idea obsesiva. Su cerebro está hechizado, y el más importuno, el más obstinado de los fantasmas que ha elegido allí su domicilio, es el Hombre. Acordaos del proverbio: El camino del infierno está empedrado de buenas resoluciones. La resolución de realizar completamente en sí al Hombre es uno de esos excelentes empedrados del camino de la perdición y los firmes propósitos de ser Bueno, Noble, Caritativo, etc., proceden de la misma cantera. (...)
¡Cuán limitado es el imperio del hombre! Debe dejar al sol seguir su camino, al mar levantar las olas, a la montaña elevarse hacia el cielo. Se ve impotente ante lo inmutable. ¿Puede defenderse de la sensación de impotencia frente a este mundo titánico? El mundo es la ley inquebrantable a la que el hombre ha de someterse, la ley que determina su destino.
¿Cuál fue el objetivo de los esfuerzos de la humanidad precristiana? Defenderse de los golpes de la suerte y escapar a su merced. Los estoicos lo consiguieron mediante la apatía, considerando como indiferentes los azares de la naturaleza, y no dejándose afectar por ellos. Horacio, con su célebre Nihil mirari, proclama igualmente con indiferencia frente al otro, al mundo, que no debe ni influir sobre nosotros, ni excitar nuestro asombro. Y el impavidum ferient ruinae del poeta expresa precisamente la misma impasividad que el tercer versículo del salmo XLV: No temeremos, cuando la tierra se hunda ... etc. En todos ellos, el aforismo sobre la vanidad del mundo, abre las puertas al desprecio cristiano del mundo.
La impasibilidad de espíritu del sabio, por la que el mundo antiguo prepara su ruina, recibió una sacudida interior, que ni la ataraxia, ni el estoicismo pudieron proteger. El Espíritu, sustraído a la influencia del mundo, insensible a sus golpes, elevado por encima de sus ataques, ese Espíritu que ya no se asombra de nada y al que el derrumbamiento del mundo hubiera sido incapaz de conmover, vino a desbordarse irresistiblemente, distendido por los gases (espíritus, gas, vapor) nacidos en su interior; y cuando los choques mecánicos venidos de fuera llegaron a ser impotentes contra él, las afinidades químicas, excitadas en su seno, entraron en juego y empezaron a ejercer su maravillosa acción.
La historia antigua se cierra virtualmente el día en que Yo consigo hacer del mundo Mi propiedad. Mi padre me ha puesto todas las cosas en mis manos. El mundo cesa de aplastarme con su poder, no es ya inaccesible, sagrado, divino, etc.; los dioses han muerto y Yo trato al mundo tan a mi antojo, que sólo de mí dependería operar en él milagros, que son obras del espíritu: yo podría derribar montañas, ordenar a esa morera que se desarraigase y fuese a arrojarse al mar, y todo lo que es posible, es decir, pensable. Todas las cosas son posibles al que cree. Yo soy el señor del mundo, el señorío está en Mí. El mundo se ha hecho prosaico, porque lo divino ha desaparecido de él: es Mi propiedad y Yo uso de ella como me place, esto es, como place al Espíritu.
Con la ascensión del Yo a poseedor del mundo, el egoísmo consigue su primera victoria, y una victoria decisiva; ha vencido al mundo y lo ha suprimido, confiscando en su provecho la obra de una larga serie de siglos.
¡La primera propiedad, el primer trono, está conquistado!
Pero el señor del mundo no es todavía señor de sus pensamientos, de sus sentimientos y de su voluntad; no es el señor y poseedor del Espíritu, porque el Espíritu es aún sagrado, es el Espíritu Santo. El cristianismo, que ha negado el mundo, no puede negar a Dios.
La lucha de la antigüedad era una lucha contra el mundo, el combate de la Edad Media fue un combate contra sí mismo, contra el Espíritu. El enemigo de los antiguos había sido exterior; el de los cristianos fue interior, y el campo de batalla en que llegaron a las manos fue la intimidad de su pensamiento, de su conciencia.
Toda la sabiduría de los antiguos es la Cosmología, toda la sabiduría de los modernos es la Teología, la ciencia de Dios.
Los paganos (comprendidos los judíos), habían acabado con el mundo: se trató, en lo sucesivo, de acabar consigo mismo, con el Espíritu, y de negar el Espíritu, es decir, de negar a Dios.
Durante cerca de dos mil años nos hemos esforzado en avasallar al Espíritu Santo, y poco a poco hemos desgarrado algunos jirones de la santidad y los hemos pisoteado, pero el formidable adversario se levanta siempre de nuevo bajo otras formas u otros nombres. El Espíritu no ha cesado aún de ser divino, santo, sagrado. Hace largo tiempo, en verdad, que no se cierne ya por encima de nuestras cabezas como una paloma; hace largo tiempo que no desciende ya sólo sobre los elegidos; se deja coger también por laicos, etc.; pero en cuanto Espíritu de la humanidad, es decir, Espíritu del hombre, permanece para Ti y para Mí como un Espíritu ajeno, muy lejos de ser una propiedad de la que podamos disponer según nuestro antojo.
Es cierto, no obstante, un hecho que ha dominado visiblemente el desarrollo de la historia postcristiana: el afán de convertir el Espíritu Santo en humano, aproximarlo a los hombres, o aproximar los hombres a él. Por ello ha sido concebido finalmente como el Espíritu de la Humanidad, y nos parece más fácil, más familiar y asequible bajo sus diversos nombres de idea de la Humanidad, Género Humano, Humanismo, filantropía, etc.
¿No se debería pensar que hoy cada uno puede poseer el Espíritu Santo, interpretar la Idea de la Humanidad y realizar en sí el Género Humano?
No, el Espíritu no ha perdido ni su santidad, ni su inviolabilidad, no nos es accesible y no es nuestra propiedad, porque el Espíritu de la Humanidad no es Mi Espíritu. Puede ser mi ideal, y en cuanto yo lo pienso, lo llamaré Mío; el pensamiento de la humanidad es Mi propiedad y lo pruebo superabundantemente por el solo hecho de que yo hago de él lo que me place y le doy hoy tal forma y mañana tal otra. Nos representamos el Espíritu bajo los aspectos más diversos, pero es, sin embargo, un fideicomiso que no puedo enajenar ni tampoco puedo suprimir.
A la larga y después de múltiples avatares, el Espíritu Santo se ha convertido en la idea absoluta, la cual a su vez, dividiéndose y subdividiéndose, ha dado a luz a las diversas ideas de filantropía, de buen sentido, de virtud cívica, etc. Pero ¿puedo llamar a la idea Mi propiedad cuando es la idea de la humanidad y puedo considerar al Espíritu como superado, cuando debo servirle y sacrificarme por Él?
La antigüedad, al declinar, no consiguió hacer del mundo su propiedad sino una vez destruida su supremacía y su divinidad y haber reconocido su vanidad y su impotencia.
Mi actitud frente al Espíritu es idéntica: si lo reduzco a un fantasma y rebajo el poder que ejerce sobre Mí al rango de una ilusión, no parecerá ya ni santo, ni sagrado, ni divino, y Yo me serviré de él en vez de servirle, como me sirvo de la Naturaleza, a Mi gusto y sin el menor escrúpulo.
La naturaleza de las cosas, la noción de las relaciones, deben guiarme: la naturaleza de las cosas enseña cómo debo portarme con ellas; la noción de las relaciones, me enseña a obtener conclusiones.
¡Como si la idea de una cosa existiese por sí misma! ¡Como si la relación que Yo concibo no fuese única, por el hecho de que Yo, que la concibo, soy Único! ¿Qué importa el título bajo el cual los demás la pongan? Pero lo mismo que se ha separado la esencia del hombre del hombre real, y que se juzga a éste con arreglo a aquélla, así también se ha separado al hombre real de sus actos, a los que se aplica como criterio la dignidad humana. Las ideas deben decidir sobre todo; son ideas las que gobiernan la vida, son ideas las que reinan. Tal es el mundo religioso al que Hegel ha dado una expresión sistemática, cuando, poniendo método en el absurdo, sienta sobre las leyes de la lógica los cimientos profundos de todo su edificio dogmático. Las ideas nos imponen la ley, y el hombre real, es decir, Yo, estoy forzado a vivir según esas leyes de la lógica. ¿Puede haber una dominación peor, y no convino desde el principio el cristianismo en que no se perseguía otro fin que hacer más rigurosa la dominación de la ley judaica? (No ha de perderse ni una letra de la ley.)
El liberalismo no ha hecho más que poner otras ideas a la orden del día: ha reemplazado lo divino con lo humano, la Iglesia con el Estado y el fiel con el sabio, o, en general, los dogmas toscos y los aforismos anticuados por ideas reales y leyes extemas.
Hoy nada reina ya en el mundo más que el Espíritu. Una innumerable multitud de ideas zumban en todos sentidos en las cabezas; y ¿qué hacen los que quieren avanzar? ¡Niegan esas ideas para poner otras en su lugar! Ellos dicen: os formáis una idea falsa del Derecho, del Estado, del Hombre, de la libertad, de la verdad, del honor, etc., la idea que hay que formarse del Derecho, etc., es más bien una que proponemos. Así, la confusión de las ideas va creciendo.
La historia del mundo es cruel para nosotros, y el Espíritu ha conquistado un poder soberano. Tú debes respetar Mis miserables zapatos, que podrían proteger Tus pies desnudos, debes respetar Mi sal, gracias a la cual tus patatas estarían menos insípidas, y Mi soberbia carroza, cuya posesión Te pondría para siempre al abrigo de la necesidad; no puedes alargar la mano hacia todo ello. Todas esas cosas, y otras innumerables, son independientes de Ti, y el hombre debe reconocerlas como tales; debe tenerlas por intangibles e inaccesibles, honrarlas, respetarlas, ¡desgraciado de él si eleva la mano a ellas, eso lo llamamos tener las uñas largas!
¿Qué nos queda? Bien poca cosa; ¡ay, tanto valdría decir que nada! Todo nos es arrebatado, y no podemos intentar nada de lo que no nos ha sido dado; si vivimos, no es más que por la clemencia del donador, que nos ha concedido esa gracia. Ni siquiera Te es permitido recoger un alfiler si no has pedido antes permiso, y si no eres autorizado para ello. ¿Y autorizado por quién? ¡Por el respeto! Sólo cuando él Te haya otorgado la propiedad de ese alfiler, podrás bajarte y cogerlo. Más aún no podrás tener ningún pensamiento, pronunciar ninguna sílaba, efectuar ningún acto que tengan en Ti sólo su sanción, en lugar de recibirla de la moralidad, de la razón o de la humanidad.
¡Bienaventurada ingenuidad la del hombre que no conoce más que sus apellidos, con qué crueldad se ha procurado inmolarte sobre el altar de la fuerza!
Alrededor del altar se levanta una iglesia, y esa iglesia se agranda, y sus murallas se apartan cada día más. Lo que cubre la sombra de sus bóvedas es sagrado, inaccesible a tus deseos, sustraído a tus ataques. Con el vientre vacío, rondas al pie de esas murallas, buscando para apagar Tu hambre algunos restos de lo profano, y los círculos de tu carrera se ensanchan sin cesar. Pronto esa Iglesia cubrirá la Tierra entera, y Tú serás rechazado a sus más lejanos límites; un paso aún y el mundo de lo sagrado habrá vencido y Tú te hundirás en el abismo. ¡Valor, pues, paria, puesto que es tiempo aún! ¡Cesa de errar, clamando hambre, a través de los campos segados de lo profano, arriésgalo todo y arrójate forzando las puertas en el corazón mismo del santuario! ¡Si destruyes lo sagrado, lo habrás convertido en Tu propiedad! ¡Digiere la hostia, y queda libre!
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: Los libres.
'''Los libres'''
Como hemos consagrado dos capítulos distintos a los antiguos y a los modernos, se podría juzgar conveniente que consagrásemos especialmente uno a los libres, como representantes de un tercer momento de la evolución del pensamiento humano. Pero no hay nada de eso. Los libres no son más que modernos, los más modernos entre los modernos; si les hacemos el honor de un estudio aparte es únicamente porque son el presente y el presente merece, ante todo, fijar nuestra atención. Yo empleo el nombre de libres como un sinónimo de liberales, pero debo dejar para más tarde el examen de la idea de libertad, como de varias otras cuya alusión no podré evitar en el presente.
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| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: Los libres.
'''Los libres'''
Como hemos consagrado dos capítulos distintos a los antiguos y a los modernos, se podría juzgar conveniente que consagrásemos especialmente uno a los libres, como representantes de un tercer momento de la evolución del pensamiento humano. Pero no hay nada de eso. Los libres no son más que modernos, los más modernos entre los modernos; si les hacemos el honor de un estudio aparte es únicamente porque son el presente y el presente merece, ante todo, fijar nuestra atención. Yo empleo el nombre de libres como un sinónimo de liberales, pero debo dejar para más tarde el examen de la idea de libertad, como de varias otras cuya alusión no podré evitar en el presente.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo político.
'''El liberalismo político'''
En el siglo XVIII, cuando se había vaciado hasta las heces la copa del poder absoluto, se notó que el brebaje que ofreciera a los hombres era desagradable y se sintió la necesidad de beber otro distinto. Siendo hombres nuestros padres, quisieron ser condenados como hombres. A cualquiera que vea en nosotros otra cosa, lo miramos como extraño a la humanidad, inhumano. Por el contrario, quien reconoce en Nosotros hombres y Nos garantiza contra el peligro de ser tratados de otro modo que como hombres, lo honramos como Nuestro sostén y Nuestro protector. Unámonos, pues, y sostengámonos mutuamente; Nuestra asociación nos asegura la protección de que tenemos necesidad, y Nosotros, los asociados, formaremos una comunidad, cuyos miembros reconocen su calidad de hombres. El producto de Nuestra asociación es el Estado; Nosotros, sus miembros, formamos la nación.
Reunidos en la nación o el Estado, no somos más que hombres. Que fuera de él, en cuanto individuos, hagamos nuestros propios negocios y persigamos nuestros intereses personales, poco importa al Estado; eso concierne exclusivamente a nuestra vida privada; únicamente es verdaderamente humana nuestra vida pública o social. Lo que hay en nosotros de inhumano, de egoísta, ha de confinarse en el círculo inferior de los asuntos privados, y Nosotros distinguimos cuidadosamente el Estado de la sociedad civil, dominio del egoísmo.
El verdadero Hombre es la nación; el individuo es siempre un egoísta. Despojaos, pues, de esa individualidad que os aísla, de ese individualismo que no respira más que desigualdad egoísta y discorde y consagraos enteramente al verdadero Hombre, a la nación, al Estado. Entonces solamente adquiriréis vuestro pleno valor de hombres y gozaréis de las cualidades propias al Hombre. El Estado, que es el verdadero Hombre, os hará sitio en la mesa común y os conferirá los derechos del Hombre, los derechos que el Hombre sólo da y que sólo el Hombre recibe.
Tal es el principio cívico.
El civismo es la idea de que el Estado es todo, de que él es el Hombre por excelencia, y que el valor del individuo como hombre se deriva de su cualidad de ciudadano. Bajo este punto de vista, el mérito supremo es ser buen ciudadano; no hay nada superior, a no ser el viejo ideal de buen cristiano.
La burguesía se desarrolló en el curso de la lucha contra las castas privilegiadas que la trataban sin consideración como tercer estado, y la confundían con la canalla. Hasta entonces había prevalecido en el Estado el principio de la desigualdad de las personas. El hijo de un noble estaba llamado por derecho a ocupar cargos a los que en vano aspiraban los burgueses más instruidos, etc. El sentimiento de la burguesía se sublevó contra esta situación: ¡basta de prerrogativas personales, basta de privilegios, basta de jerarquía de clases! ¡Que todos sean iguales! Ningún interés particular puede equipararse al interés general. El Estado debe ser una reunión de hombres libres e iguales, y cada cual debe consagrarse al bien público, solidarizarse con el Estado, hacer del Estado su fin y su ideal. ¡El Estado! ¡El Estado! Ésta fue la aclamación general, y desde entonces se procuró organizar bien el Estado y se inquirió la mejor constitución, es decir, la mejor forma que darle. El pensamiento del Estado penetró en todos los corazones y excitó en ellos el entusiasmo; servir a ese dios terrenal se convirtió en un culto nuevo. La era propiamente política se abría. Servir al Estado o la nación fue el ideal supremo, el interés público, el supremo interés, y representar un papel en el Estado (lo que no implicaba en modo alguno ser funcionario) el supremo honor.
Con ello, los intereses particulares, personales, se disiparon y su sacrificio en el altar del Estado vino a ser una rutina. Fue preciso remitirse al Estado para todas las cosas y vivir para él; la actividad debe ser desinteresada, carecer de otro objetivo que el Estado. El Estado vino a ser así la verdadera persona ante la que desaparece la personalidad del individuo; no soy Yo quien vivo, es él quien vive en Mí. De ahí la necesidad de desterrar el egoismo de otros tiempos y convertirlo en el desinterés y la impersonalidad mismos. Ante el Estado-Dios desaparecía todo egoísmo y todos eran iguales ante él, todos eran hombres y nada más que hombres, sin que nada permitiese distinguir a los unos de los otros.
La propiedad fue la chispa que prendió fuego a la revolución. El Gobierno tenía necesidad de dinero. Tenía que mostrar que era absoluto, y por consiguiente, dueño de toda propiedad; tenía que apropiarse de su dinero, que estaba a disposición pero no era propiedad de sus súbditos. En lugar de eso, convocó Estados generales para hacerse conceder el dinero necesario. No osando ser consecuente hasta el fin, se destruyó la ilusión del poder absoluto: el Gobierno que tiene que hacerse conceder alguna cosa, no puede ya pasar por absoluto. Los súbditos advirtieron que los verdaderos propietarios eran ellos, y que era su dinero el que se les exigía.
Quienes hasta entonces no habían sido más que súbditos, llegaron a la conciencia de ser propietarios; es lo que Bailly expresa en pocas palabras: Sin mi consentimiento no podéis disponer de mi propiedad. ¡Y dispondríais de mi persona, de todo lo que constituye mi posición moral y social! Todo eso es mi propiedad, con el mismo título que el campo que cultivo: mi derecho y mi interés consiste en hacer yo mismo las leyes ...
Las palabras de Bailly parece que quieren decir que cada uno es un propietario; pero, en realidad, en lugar del Gobierno, en lugar de los príncipes, el poseedor y el dueño fue la nación. Desde entonces, el ideal es la libertad del pueblo, un pueblo libre, etc.
Ya el 8 de julio de 1789, las declaraciones del obispo de Autun y de Barrére disiparon la ilusión de que cada uno, cada individuo tuviese alguna importancia en la legislación; ellas mostraron la radical impotencia de los comitentes: la mayoría de los representes son los señores. El 9 de julio, cuando se pone a la orden del día el proyecto de ley sobre el reparto de los trabajos de la Constitución. Mirabeau hace notar que el Gobierno dispone de la fuerza y no del derecho, que es sólo en el pueblo donde debe buscarse la fuente de todo derecho. El 16 de julio, el mismo Mirabeau exclama: ¿No es el pueblo la fuente de todo poder?. ¡Digno pueblo! ¡Fuente de todo derecho y de todo poder! Sea dicho de paso, se entrevé aquí el contenido del derecho: es la fuerza. Quien tiene el poder, tiene el derecho.
La burguesía es la heredera de las clases privilegiadas. De hecho, no se hizo más que traspasar a la burguesía los derechos arrebatados a los barones, considerados como derechos usurpados. La burguesía se llamaba ahora nación. Todos los privilegios recayeron en manos de la nación, dejaron de ser privilegios para convertirse en derechos. En adelante es la nación la que percibirá los diezmos y las prestaciones personales, ella es la heredera de los derechos señoriales, el derecho de caza y de los siervos. La noche del 4 de agosto fue la noche en que murieron los privilegios (las ciudades, los municipios, las magistraturas eran privilegiadas, dotadas de privilegios y de derechos señoriales) y a su fin se levantó la aurora del Derecho, de los Derechos del Estado, de los Derechos de la nación.
El despotismo no había sido en manos de los reyes más que un poder complaciente y relajado, en comparación con lo que hizo de él la Nación soberana. Esta nueva Monarquía se reveló cien veces más severa, más rigurosa y más consecuente que la antigua: todos los derechos y todos los privilegios se derrumban ante el nuevo monarca. ¡Cuán templada parece en comparación la realeza absoluta del antiguo régimen! La Revolución, en realidad, sustituyó la Monarquía, limitada por la Monarquía absoluta. En adelante todo derecho que no conceda el Monarca-Estado es una usurpación, todo privilegio que otorga se convierte en un derecho. La época necesitaba la realeza absoluta, la Monarquía absoluta, por ello se desmoronó lo que hasta entonces se había llamado realeza absoluta, que había consentido en ser tan poco absoluta que se dejaba recortar y limitar por mil autoridades subalternas.
La burguesía ha cumplido el sueño de tantos siglos; ha hallado al Señor absoluto ante el cual otros Señores no pueden ya elevarse como otras tantas restricciones. Ha creado el único Señor que otorga títulos legítimos, sin cuyo consentimiento nada es legítimo. Sabemos que los ídolos no son nada en el mundo y que no hay otro dios más que el Dios único.
No se puede ya atacar al derecho como se atacaba un derecho, sosteniendo que era injusto. Todo lo que puede decirse en adelante, se reduce a que es un no-sentido, una ilusión. Si se le acusa de ser contrario al derecho se vería uno obligado a oponerle otro derecho y compararlos. Pero si se rechaza totalmente el derecho, el derecho en sí, se niega al mismo tiempo la posibilidad de violarlo y se hace tabla rasa de todo concepto de justicia (y por consiguiente de injusticia).
Todos gozamos de la igualdad de los derechos políticos.
¿Qué significa esta igualdad? Simplemente que el Estado no tolera ninguna acepción de persona, que yo no soy a sus ojos, como el primer llegado, más que un hombre y no tengo mayor importancia para él. Poco le importa que yo sea gentil-hombre e hijo de noble; poco le importa que yo sea el heredero de un funcionario cuyo cargo (como en la Edad Media los condados, etc., y más tarde, bajo la Monarquía absoluta, ciertas funciones sociales) me corresponde a título hereditario. Hoy el Estado tiene una multitud de derechos que conferir, como, por ejemplo, el derecho de mandar un batallón, una compañía, el derecho de enseñar en una Universidad. Le pertenece disponer de ellos porque son suyos, porque son derechos del Estado, derechos políticos. Poco le importa, por otra parte, a quien le caen en suerte, con tal que el beneficiado cumpla los deberes que le impone su función. Somos, bajo ese punto de vista, todos iguales ante él y ninguno tiene más o menos derechos que otro (a un puesto vacante). No necesito saber, dice el Estado soberano, quién ejerce el mando del ejército, desde el momento en que aquel a quien invisto con ese mando posea las capacidades necesarias. Igualdad de los derechos políticos significa, pues, que cada cual puede adquirir todos los derechos que el Estado tiene para distribuir, si cumple las condiciones requeridas; y esas condiciones dependen de la naturaleza del empleo y no pueden ser dictadas por preferencias personales (persona grata). El derecho de ser oficial, por ejemplo, exige, por su naturaleza, que se posean miembros sanos y ciertos conocimientos especiales, pero no exige como condición ser de origen noble. Si pudiera cerrarse una carrera al ciudadano más apto, ello constituiría la desigualdad y la negación de los derechos políticos. Los Estados modernos han implantado, con mayor o menor rigor, este principio de igualdad. (...)
La burguesía es la nobleza del beneficio. Al beneficio su corona, es su divisa. Ella luchó contra la nobleza corrompida, pues ella, laboriosa, ennoblecida por el trabajo y el beneficio no considera libre al hombre bien nacido, ni al Yo; antes bien, libre es quien lo merece, el servidor íntegro (de su Rey, del Estado o del pueblo en nuestros Estados constitucionales). Por los servicios prestados se adquiere la libertad, aunque fuere sirviendo a Mammon. Es preciso haber merecido el Estado, es decir, el principio del Estado, su Espíritu moral. Quien sirve al Espíritu del Estado, es, cualquiera que sea la rama de la industria de que viva, un buen ciudadano. A sus ojos, los innovadores tienen un triste oficio. Sólo el tendero es práctico y el mismo espíritu de tráfico hace que se alcancen los empleos, que se adquiera fortuna en el comercio y que uno se esfuerce en hacerse útil a sí mismo y a los demás.
Si al beneficio se lo considera como el fundamento de la libertad, el siervo es el libre. ¡EI siervo obediente, he aquí al hombre libre! ¡Y he aquí un absurdo! Sin embargo, tal es el sentido íntimo de la burguesía; su poeta, Goethe, como su filósofo, Hegel, han celebrado la dependencia del sujeto frente al objeto, la sumisión al mundo objetivo, etc, Quien sólo sirve a las cosas y se entrega completamente a ellas, encuentra la verdadera libertad. Y la cosa es, para cualquiera que haga profesión de pensar, la razón; la razón, que, como el Estado y la Iglesia, promulga leyes generales y hace comulgar a los individuos en la idea de la Humanidad. Ella determina lo que es verdadero y la ley por la cual debe uno guiarse. No hay personas más razonables que los siervos leales y, ante todo, los que, siervos del Estado, se llaman buenos ciudadanos y buenos burgueses.
¡Sé lo que puedas, un rico o un mendigo - el Estado burgués te deja elegir -, pero ten buenas ideas! ¡EI Estado exige esto de Ti, y considera su deber principal hacer germinar en todos esas buenas ideas! Con este fin te protegerá contra las sugestiones malas, reprimirá a los que piensan mal, ahogará sus discursos subversivos bajo las sanciones de la censura, o de las leyes sobre la prensa, o tras los muros de un calabozo. Por otra parte, escogerá como censores a gentes de ideas firmes y Te someterá a la influencia moralizadora de quienes tienen buenas ideas y bien intencionadas. Cuando Te haya ensordecido a las malas sugestiones, Te volverá a abrir los oídos de par en par a las sugestiones buenas.
Con la era de la burguesía se abre la del liberalismo. Se quiere instaurar por todas partes lo razonable, lo oportuno. La definición siguiente del liberalismo, expresada en su honor, lo caracteriza perfectamente: El liberalismo no es más que la aplicación del conocimiento racional a las condiciones existentes (Einundzwanzing bogen aus der schweiz, Georg Herwegh, Zürich-Winterthur 1843, p. 12). Su ideal es un orden razonable, una conducta moral, una libertad moderada , y no la anarquía, la ausencia de leyes, el individualismo. Pero si la razón reina, la persona sucumbe. El arte no sólo ha tolerado lo feo, sino que lo ha reivindicado como su dominio y ha hecho de él uno de sus recursos; el monstruo le es necesario, etc. Los liberales extremistas van también tan lejos en el terreno de la religión, tan lejos aún, que no quieren ver, considerar y tratar como ciudadano al hombre más religioso, es decir, al monstruo religioso. Ya no quieren oír hablar de la inquisición. Pero ninguno debe rebelarse contra la ley razonable, so pena de los más severos castigos. El liberalismo no hace valer el libre desarrollo, ni la persona, ni Yo, sino la razón. Es, en una palabra, la dictadura de la razón. Los liberales son apóstoles, no de la fe en Dios, sino de la razón, su Señor. Su racionalismo, no dejando ninguna latitud al capricho, excluyó en consecuencia toda espontaneidad en el desarrollo y la realización del Yo; su tutela por la de los Señores más absolutos.
¡Libertad política! ¿Qué se debe entender por eso? ¿Seria la independencia del individuo frente al Estado y sus leyes? De ningún modo, es, por el contrario, la sujeción del individuo al Estado y a las leyes del Estado. ¿Por qué, pues, libertad? Porque nada se interpone ya entre Mí y el Estado, sino que Yo estoy vinculado inmediatamente con él, porque soy ciudadano y no ya súbdito de Otro, siquiera si ese Otro fuese el Rey, no me inclino ante la persona real, sino ante su cualidad de jefe del Estado. La libertad política, máxima fundamental del liberalismo, no es más que una segunda fase del protestantismo, y la libertad religiosa le sirve exactamente de complemento. (Luis Blanc dice, hablando de la Restauración: El protestantismo vino a ser el fondo de las ideas y de las costumbres. Historia de los diez años, París, 1841-44, I, p. 138). En efecto, ¿qué implica esta última? ¿Independencia de toda religión? Evidentemente no, sino únicamente exención de toda persona interpuesta entre el cielo y vosotros. Supresión de la mediación del sacerdote, abolición de la oposición entre el laico y el clérigo y apertura de relación directa e inmediata del fiel con la religión o el Dios, tal es el sentido de la libertad religiosa. No se puede gozar de ella sino a condición de ser religioso, y lejos de significar irreligión, significa intimidad de la fe, relación inmediata y directa del alma con Dios.
Para el religioso libre, la religión es una causa del corazón, es una causa propia y se consagra a ella con un santo fervor. Lo mismo sucede con el político libre que considera al Estado con una santa seriedad, como una causa del corazón, la primera de todas las causas, su propia causa.
Libertad política supone que el Estado, la polis, es libre, y la libertad religiosa que la religión es libre, lo mismo que libertad de conciencia supone que la conciencia es libre. Ver en ellas mi libertad, mi independencia frente al Estado, la religión o la conciencia, sería un contrasentido absoluto. No se trata aquí de Mi libertad, sino de la libertad de una fuerza que Me gobierna y oprime. Estado, religión o conciencia son mis tiranos, y su libertad engendra mi esclavitud. Es obvio que persiguen la divisa el fin justifica los medios. Si el bien del Estado es el fin, el medio de alcanzarlo, la guerra, es un medio santificado; si la justicia es el fin del Estado, el homicidio como medio se convierte en un acto legítimo y lleva el nombre sagrado de ejecución, etc. La santidad del Estado se impregna en todo lo que le es útil. (...)
En el Estado no hay más que gentes libres, a las que oprimen mil violencias (respetos, convicciones, etc.). Pero, ¿qué importa? El que las aplasta se llama el Estado, la ley, pero nunca esta o aquella persona.
¿De dónde viene la hostilidad encarnizada de la burguesía contra todo mandato personal, es decir, no emanado de los hechos, de la razón, etc.? ¡No lucha más que en interés de las cosas y contra la dominación de las personas! Pero el interés del espíritu es lo razonable, lo virtuoso, lo legal, etc. Ahí está la buena causa. La burguesía quiere un Señor impersonal. He aquí su principio, que sólo el interés de las cosas deben gobernar al hombre, especialmente el interés de la moralidad, de la legalidad, etc. Así ninguno puede ser lesionado en sus intereses por otro (como ocurría cuando los cargos nobles estaban vedados a los burgueses, los oficios vedados a los nobles, etc.). Que la competencia sea libre, y si alguno es lesionado, no podrá ya serIo más que por un objeto, y no por una persona (el rico, por ejemplo, oprime al pobre por el dinero, que es un objeto).
No existe, pues, más que un solo Señor: la autoridad del Estado. Nadie es personalmente el Señor de otro. Desde su nacimiento, el niño pertenece al Estado; sus padres no son más que los representantes de este último, y es él, por ejemplo, quien no tolera el infanticidio, quien se ocupa de los cuidados del bautismo, etc.
A los paternales ojos del Estado, todos sus hijos son iguales (igualdad civil o política), y libres de discurrir los medios de triunfar sobre los demás: no tienen más que competir.
La libre competencia no es más que el derecho que posee cada uno de tomar posición contra los demás, de hacerse valer, de luchar. El partido del feudalismo se ha defendido naturalmente contra ella, no siendo posible su existencia más que por la no competencia. Las luchas de la Restauración en Francia no tenían otro objeto; la burguesía quería la competencia libre, la aristocracia procuraba restaurar el sistema corporativo y el monopolio.
Hoy la competencia es victoriosa, como debía serIo, en su lucha contra el sistema corporativo.
La revolución ha conducido a una reacción, y eso muestra lo que la revolución era en realidad. Toda aspiración conduce, en efecto, a una reacción cuando da una vuelta sobre sí misma y comienza a reflexionar; no impulsa a la acción, sino mientras subsiste la embriaguez, una irreflexión. La reflexión, tal es la contraseña de toda reacción, porque la reflexión pone límites y separa del desencadenamiento y del desarreglo primitivos, el objeto preciso que se ha perseguido, es decir, el principio.
Los calaveras, los estudiantes escandalosos y descreídos que desafían todas las conveniencias no son, propiamente hablando, más que filisteos; lo mismo que estos últimos, tienen por único objetivo las conveniencias. Desafiarlas por fanfarronada, como lo hacen, es aún conformarse con ellas, es, si queréis, conformarse con ellas negativamente; convertidos en filisteos, se someterán a ellas un día y se conformarán positivamente. Todos sus actos, todos sus pensamientos, de unos como de otros, tienden a la consideración , pero el filisteo es reaccionario comparado con el pillastre. El uno es un calavera sosegado, llegado al arrepentimiento; el otro un filisteo en flor. La experiencia diaria demuestra la verdad de esta observación: los cabellos de los peores calaveras encanecen sobre cráneos de filisteos.
Lo que se llama en Alemania la reacción, aparece igualmente como la prolongación reflexiva del acceso de entusiasmo provocado por la guerra, por la libertad.
La revolución no iba dirigida contra el orden en general, sino contra el orden establecido, contra un estado de cosas determinado. Ella derribó este Gobierno, y no el Gobierno; los franceses, al contrario, han sido abrumados posteriormente bajo el más inflexible de los despotismos. La revolución mató viejos abusos inmorales, para establecer sólidamente usos morales, es decir, que no hizo más que poner la virtud en lugar del vicio (vicio y virtud diferentes como el calavera y el filisteo). Hasta ese día, el principio revolucionario no ha cambiado: no atacar más que a una u otra institución determinada, en una palabra, reformar. Cuando más se ha mejorado, más cuidado pone la reflexión que viene inmediatamente a conservar el progreso realizado. Siempre un nuevo Señor es puesto en lugar del antiguo, no se demuele más que para reconstruir, y toda revolución es una restauración. Es siempre la diferencia entre el joven y el viejo filisteo. La revolución ha comenzado, como pequeña burguesa, por la elevación del tercer Estado, y va granando sin haber salido de su trastienda.
Quien es libre no es el hombre en cuanto individuo -y sólo él es hombre- sino el burgués, el ciudadano, el hombre político que no es un hombre sino un ejemplar de la raza humana, y más especialmente, un ejemplar de la especie burguesa, un ciudadano libre.
En la revolución no fue el individuo quien actuó en la historia mundial sino un pueblo: la nación soberana quiso hacerlo todo. Es una entidad artificial, imaginaria, una idea (la nación no es nada más) la que se revela obrando; los individuos no son más que los instrumentos al servicio de esta idea, y no escapan al papel de ciudadano.
La burguesía obtiene su poder, y al mismo tiempo sus límites, de la Constitución del Estado, de una Carta, de un príncipe legítimo o legitimado que se dirige o que gobierna según leyes razonables, en suma, de la legalidad. El período burgués está dominado por el espíritu de la legalidad, de importación inglesa. Una asamblea de los Estados, por ejemplo, no olvida jamás que sus derechos no son limitados, que se hace una gracia convocándola y que un disfavor puede disolverla. No pierde nunca de vista el objeto de su convocación, su vocación. No se puede, en verdad, negar que Mi padre me ha engendrado; pero hoy que es cosa hecha, las intenciones que tenía al proceder a esa operación no me incumben ya, y cualquiera que sea el fin con que me ha dado la vida, Yo hago de ella lo que me place. Igualmente, los Estados generales, convocados al principio de la Revolución francesa, juzgaron muy justamente que una vez reunidos eran independientes de quien los había convocado: existían y hubieran sido bien tontos en no hacer valer sus derechos a la existencia, y en creerse a merced de su padre.
Quien es convocado no tiene ya que preguntarse: ¿Qué se quería de mí al llamarme? sino ¿Qué quiero, ahora que estoy presente al llamamiento? Ni el autor de la convocatoria, ni la carta en virtud de la cual ha sido llamado, ni sus comitentes, ni sus cuadernos, nada es para él un poder sagrado, sustraído a sus ataques. Está autorizado a todo lo que está en su poder, no reconocerá ningún mandato imperativo o restrictivo y no pretenderá ser legal (permanecer en la legalidad). La consecuencia de esto sería -si de un parlamento pudiera esperarse nada parecido- una Cámara perfectamente egoísta, cuyo cordón umbilical moral estuviese cortado, y que no guardasen ya ningún miramiento. Pero las cámaras son siempre devotas de alguno o de alguna cosa. ¿Cómo extrañarse de ver siempre ostentarse en ellas tanto semiegoísmo, egoísmo no confesado e hipócrita?
Los miembros de los parlamentos no pueden franquear los límites que les trazan la carta, la voluntad real, etc. Excederse de esos límites o intentar excederse sería usurpar. ¿Qué hombre fiel a sus deberes osaría propasarse en su misión, poniéndose en primer lugar él mismo, sus convicciones o su voluntad? ¿Quién sería lo suficiente inmoral para hacerse valer y para imponer su individualidad a riesgo de ser la causa de que se desplomase el cuerpo a que pertenece y todo lo demás con él? Uno se mantiene respetuosamente en los límites de sus derechos y, por otra parte, conviene que se quede en los límites de su poder, no intentando nadie más de lo que pueda. Que mi fuerza o mi impotencia sean mi solo freno, y que mandatos, misiones, vocaciones, no sean más que dogmas que me embarazan. ¿Quién podría suscribir una doctrina de tan audaz nihilismo? En todo caso, yo no: ¡Yo soy un ciudadano legal!
La burguesía se reconoce en su moral, estrechamente ligada a su esencia. Lo que ella exige ante todo, es que se tenga una ocupación seria, una profesión honrosa, una conducta moral. El caballero de industria, la ramera, el ladrón, el bandido y el asesino, el jugador, el bohemio, son individuos inmorales y el burgués experimenta por esas gentes sin costumbres la más viva repulsión. Lo que les falta a todos es esa especie de derecho de domicilio en la vida que da un negocio sólido: medios de existencia seguros, rentas estables, etc.; como su vida no reposa sobre una base segura, pertenecen al clan de los individuos peligrosos, al peligroso proletariado: son particulares que no ofrecen ninguna garantía y no tienen nada que perder, ni nada que arriesgar.
La familia o el matrimonio, por ejemplo, ligan al hombre, y este lazo le proporciona un lugar en la sociedad, le sirve de fiador; pero ¿quién responde de la cortesana? El jugador lo arriesga todo a una carta, se arruina a sí y a los demás: ¡no tiene garantía!
Se podría reunir bajo el nombre de vagabundos a todos los que el burgués considera sospechosos, hostiles y peligrosos. El vagabundo desagrada al burgués, y existen también vagabundos del espíritu, que, ahogándose bajo el techo que abrigaba a sus padres, van a buscar lejos más aire y más espacio. En lugar de permanecer en el rincón del hogar familiar removiendo las cenizas de una opinión moderada, en lugar de tener por verdades indiscutibles lo que ha consolado y apaciguado a tantas generaciones anteriores, saltan las barreras que encierran el campo paterno y se van, por los caminos audaces de la crítica, adonde los lleva su invencible curiosidad de duda. Esos extravagantes vagabundos entran en la clase de las gentes inquietas, inestables y sin reposo, como son los proletarios, y cuando crean sospechas de la falta de domicilio moral, se les llama enredadores, cabezas calientes y exaltados.
Tal es el sentido amplio del llamado proletariado y del pauperismo. ¡Cuánto se engañaría el que creyese a la burguesía capaz de desear la desaparición de la miseria (del pauperismo) y de consagrar a ese fin todos sus esfuerzos! Nada, por el contrario, conforta al buen burgués como la convicción, incomparablemente consoladora, de que un sabio decreto de la Providencia ha repartido de una vez y para siempre las riquezas y la dicha. La miseria que se amontona en las calles a su alrededor, no turba al verdadero ciudadano hasta el punto de solicitarlo a hacer algo más que congraciarse con ella, echándole una limosna o suministrando el trabajo y la pitanza a algún buen muchacho laborioso. Pero siente vivamente la turbación de sus apacibles goces por los murmullos de la miseria descontenta y ávida de cambios, por esos pobres que no sufren ni penan ya en el silencio, sino que comienzan a agitarse y a desatinar. ¡Encerrad al vagabundo! ¡Arrojad al perturbador en los más sombríos calabozos! ¡Quiere atizar los descontentos y derribar el orden establecido! ¡Apedreadlo! ¡Apedreadlo!
Pero precisamente esos descontentos hacen, poco más o menos, el siguiente razonamiento: Los buenos burgueses se inquietan poco por quien los protege a ellos y a sus principios; rey absoluto, rey constitucional o República, son buenos para ellos con tal de que sean protegidos. ¿Y cuál es su principio, ese principio cuyo protector aman siempre? No es el trabajo, no es tampoco el nacimiento; pero es la medianía, el justo medio, un poco de trabajo y un poco de nacimiento; en dos palabras: un capital que produce intereses. El capital es el fondo, lo dado, lo heredado (nacimiento); el interés es el esfuerzo dedicado (trabajo): el capital trabaja. ¡Pero nada de exceso, nada de radicalismo! Evidentemente, es preciso que el nombre, el nacimiento, puedan dar alguna ventaja, pero ello no puede ser más que un capital, una colocación de fondos. Evidentemente, se necesita trabajo, pero que ese trabajo sea poco o nada personal, que sea el trabajo del capital y de los trabajadores sojuzgados.
Cuando una época está sumergida en un error, siempre se benefician algunos de este error, en tanto que otros lo sufren. En la Edad Media, el error generalizado entre los cristianos, era que la Iglesia, todopoderosa, debía ser en la Tierra la superintendente y la dispensadora de todos los bienes. Los eclesiásticos admitían esta verdad, exactamente como los laicos; el mismo error estaba igualmente arraigado en todos. Pero el beneficio del poder era para los sacerdotes, y el daño, el avasallamiento, para los laicos. La desgracia -se dice- hace inteligente; así, los laicos, aleccionados, acabaron por no admitir ya esa verdad de la Edad Media.
Sucede exactamente igual con la burguesía y el proletariado. Burgueses y obreros creen en la verdad del dinero; quienes no lo tienen están tan penetrados de esta realidad , como quienes lo tienen, los laicos como los clérigos. El dinero rige el mundo, es la tónica de la época burguesa. Un gentilhombre sin un sueldo y un trabajador sin un sueldo son, igualmente, muertos de hambre, sin valor político. Nada son el nacimiento ni el trabajo, sólo el dinero es fuente del valor. Los poseedores gobiernan, pero el Estado elige entre los no poseyentes sus siervos y les distribuye algunas sumas (salarios, sueldos) en la medida en que administran (gobiernan) en su nombre.
Yo recibo todo del Estado. ¿Puedo tener alguna cosa sin permiso del Estado? No, todo lo que podría obtener así, me lo arrebata advirtiendo que carezco de títulos de propiedad: todo lo que poseo lo debo a su clemencia. La burguesía se apoya únicamente en los títulos. El burgués sólo es lo que es, gracias a la benévola protección del Estado. Tendría que perderlo todo si el poder del Estado llegara a desplomarse. Pero, ¿cuál es la situación del desposeído en esta bancarrota social del proletariado? Como todo lo que tiene, y lo que podría perder, se escribe con un cero, no tiene para ese cero ninguna necesidad de la protección del Estado. Por el contrario, sólo puede ganar si esa protección llegase a faltar a los protegidos.
Así, el desposeído considera al Estado como un poder tutelar de los poseedores; ese ángel guardián capitalista es un vampiro que le chupa la sangre.
El Estado es un Estado burgués, es el status de la burguesía. Concede su protección al hombre, no en razón de su trabajo, sino en razón de su docilidad (lealtad), según usa los derechos que el Estado le concede, conformándose a la voluntad o, dicho de otro modo, a las leyes del Estado.
El régimen burgués entrega a los trabajadores a los poseedores, es decir, a los que tienen algún bien del Estado (y toda fortuna es un bien del Estado, pertenece al Estado, y no es dada más que en feudo al individuo) y particularmente a los que tienen en sus manos el dinero, a los capitalistas.
El obrero no puede obtener de su trabajo un precio que corresponda al valor del producto de ese trabajo para su consumidor. ¡EI trabajo está mal pagado! El beneficio mayor va al capitalista. Pero bien pagados, y más que bien pagados, están los trabajos de quienes contribuyen a realzar el brillo y el poder del Estado, los trabajos de los altos servidores del Estado. El Estado paga bien, para que los buenos ciudadanos, los poseedores, puedan pagar mal impunemente. Se asegura, pagándolos bien, la fidelidad de sus servidores, y hace de ellos, para la salvaguardia de los buenos ciudadanos, una policía (a la policía pertenecen los soldados, los funcionarios de todas clases, jueces, pedagogos, etc., en suma toda la máquina del Estado). Los buenos ciudadanos, por su parte, le pagan, sin torcer el gesto, grandes impuestos, a fin de poder pagar tanto más miserablemente a sus obreros. Pero los obreros no son protegidos por el Estado en cuanto obreros; como súbditos del Estado, tienen simplemente el codisfrute de la policía, que les asegura lo que se llama una garantía legal; así la clase de los trabajadores sigue siendo una potencia hostil frente a ese Estado, el Estado de los ricos, el reino de la burguesía. Su principio, el trabajo, no es estimado en su valor, sino explotado; es el botín de guerra de los ricos, del enemigo.
Los obreros disponen de un poder formidable y cuando lleguen a darse bien cuenta de él y se decidan a usarlo, nada podrá resistirles. Bastará que cesen todo trabajo y se apropien de todos los productos de su trabajo, que los consideren.y los gocen como propios. Éste es el sentido de los motines obreros que vemos estallar casi por todas partes.
¡El Estado está fundado sobre la esclavitud del trabajo. Cuando el trabajo sea libre, se desmoronará el Estado.
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo político.
'''El liberalismo político'''
En el siglo XVIII, cuando se había vaciado hasta las heces la copa del poder absoluto, se notó que el brebaje que ofreciera a los hombres era desagradable y se sintió la necesidad de beber otro distinto. Siendo hombres nuestros padres, quisieron ser condenados como hombres. A cualquiera que vea en nosotros otra cosa, lo miramos como extraño a la humanidad, inhumano. Por el contrario, quien reconoce en Nosotros hombres y Nos garantiza contra el peligro de ser tratados de otro modo que como hombres, lo honramos como Nuestro sostén y Nuestro protector. Unámonos, pues, y sostengámonos mutuamente; Nuestra asociación nos asegura la protección de que tenemos necesidad, y Nosotros, los asociados, formaremos una comunidad, cuyos miembros reconocen su calidad de hombres. El producto de Nuestra asociación es el Estado; Nosotros, sus miembros, formamos la nación.
Reunidos en la nación o el Estado, no somos más que hombres. Que fuera de él, en cuanto individuos, hagamos nuestros propios negocios y persigamos nuestros intereses personales, poco importa al Estado; eso concierne exclusivamente a nuestra vida privada; únicamente es verdaderamente humana nuestra vida pública o social. Lo que hay en nosotros de inhumano, de egoísta, ha de confinarse en el círculo inferior de los asuntos privados, y Nosotros distinguimos cuidadosamente el Estado de la sociedad civil, dominio del egoísmo.
El verdadero Hombre es la nación; el individuo es siempre un egoísta. Despojaos, pues, de esa individualidad que os aísla, de ese individualismo que no respira más que desigualdad egoísta y discorde y consagraos enteramente al verdadero Hombre, a la nación, al Estado. Entonces solamente adquiriréis vuestro pleno valor de hombres y gozaréis de las cualidades propias al Hombre. El Estado, que es el verdadero Hombre, os hará sitio en la mesa común y os conferirá los derechos del Hombre, los derechos que el Hombre sólo da y que sólo el Hombre recibe.
Tal es el principio cívico.
El civismo es la idea de que el Estado es todo, de que él es el Hombre por excelencia, y que el valor del individuo como hombre se deriva de su cualidad de ciudadano. Bajo este punto de vista, el mérito supremo es ser buen ciudadano; no hay nada superior, a no ser el viejo ideal de buen cristiano.
La burguesía se desarrolló en el curso de la lucha contra las castas privilegiadas que la trataban sin consideración como tercer estado, y la confundían con la canalla. Hasta entonces había prevalecido en el Estado el principio de la desigualdad de las personas. El hijo de un noble estaba llamado por derecho a ocupar cargos a los que en vano aspiraban los burgueses más instruidos, etc. El sentimiento de la burguesía se sublevó contra esta situación: ¡basta de prerrogativas personales, basta de privilegios, basta de jerarquía de clases! ¡Que todos sean iguales! Ningún interés particular puede equipararse al interés general. El Estado debe ser una reunión de hombres libres e iguales, y cada cual debe consagrarse al bien público, solidarizarse con el Estado, hacer del Estado su fin y su ideal. ¡El Estado! ¡El Estado! Ésta fue la aclamación general, y desde entonces se procuró organizar bien el Estado y se inquirió la mejor constitución, es decir, la mejor forma que darle. El pensamiento del Estado penetró en todos los corazones y excitó en ellos el entusiasmo; servir a ese dios terrenal se convirtió en un culto nuevo. La era propiamente política se abría. Servir al Estado o la nación fue el ideal supremo, el interés público, el supremo interés, y representar un papel en el Estado (lo que no implicaba en modo alguno ser funcionario) el supremo honor.
Con ello, los intereses particulares, personales, se disiparon y su sacrificio en el altar del Estado vino a ser una rutina. Fue preciso remitirse al Estado para todas las cosas y vivir para él; la actividad debe ser desinteresada, carecer de otro objetivo que el Estado. El Estado vino a ser así la verdadera persona ante la que desaparece la personalidad del individuo; no soy Yo quien vivo, es él quien vive en Mí. De ahí la necesidad de desterrar el egoismo de otros tiempos y convertirlo en el desinterés y la impersonalidad mismos. Ante el Estado-Dios desaparecía todo egoísmo y todos eran iguales ante él, todos eran hombres y nada más que hombres, sin que nada permitiese distinguir a los unos de los otros.
La propiedad fue la chispa que prendió fuego a la revolución. El Gobierno tenía necesidad de dinero. Tenía que mostrar que era absoluto, y por consiguiente, dueño de toda propiedad; tenía que apropiarse de su dinero, que estaba a disposición pero no era propiedad de sus súbditos. En lugar de eso, convocó Estados generales para hacerse conceder el dinero necesario. No osando ser consecuente hasta el fin, se destruyó la ilusión del poder absoluto: el Gobierno que tiene que hacerse conceder alguna cosa, no puede ya pasar por absoluto. Los súbditos advirtieron que los verdaderos propietarios eran ellos, y que era su dinero el que se les exigía.
Quienes hasta entonces no habían sido más que súbditos, llegaron a la conciencia de ser propietarios; es lo que Bailly expresa en pocas palabras: Sin mi consentimiento no podéis disponer de mi propiedad. ¡Y dispondríais de mi persona, de todo lo que constituye mi posición moral y social! Todo eso es mi propiedad, con el mismo título que el campo que cultivo: mi derecho y mi interés consiste en hacer yo mismo las leyes ...
Las palabras de Bailly parece que quieren decir que cada uno es un propietario; pero, en realidad, en lugar del Gobierno, en lugar de los príncipes, el poseedor y el dueño fue la nación. Desde entonces, el ideal es la libertad del pueblo, un pueblo libre, etc.
Ya el 8 de julio de 1789, las declaraciones del obispo de Autun y de Barrére disiparon la ilusión de que cada uno, cada individuo tuviese alguna importancia en la legislación; ellas mostraron la radical impotencia de los comitentes: la mayoría de los representes son los señores. El 9 de julio, cuando se pone a la orden del día el proyecto de ley sobre el reparto de los trabajos de la Constitución. Mirabeau hace notar que el Gobierno dispone de la fuerza y no del derecho, que es sólo en el pueblo donde debe buscarse la fuente de todo derecho. El 16 de julio, el mismo Mirabeau exclama: ¿No es el pueblo la fuente de todo poder?. ¡Digno pueblo! ¡Fuente de todo derecho y de todo poder! Sea dicho de paso, se entrevé aquí el contenido del derecho: es la fuerza. Quien tiene el poder, tiene el derecho.
La burguesía es la heredera de las clases privilegiadas. De hecho, no se hizo más que traspasar a la burguesía los derechos arrebatados a los barones, considerados como derechos usurpados. La burguesía se llamaba ahora nación. Todos los privilegios recayeron en manos de la nación, dejaron de ser privilegios para convertirse en derechos. En adelante es la nación la que percibirá los diezmos y las prestaciones personales, ella es la heredera de los derechos señoriales, el derecho de caza y de los siervos. La noche del 4 de agosto fue la noche en que murieron los privilegios (las ciudades, los municipios, las magistraturas eran privilegiadas, dotadas de privilegios y de derechos señoriales) y a su fin se levantó la aurora del Derecho, de los Derechos del Estado, de los Derechos de la nación.
El despotismo no había sido en manos de los reyes más que un poder complaciente y relajado, en comparación con lo que hizo de él la Nación soberana. Esta nueva Monarquía se reveló cien veces más severa, más rigurosa y más consecuente que la antigua: todos los derechos y todos los privilegios se derrumban ante el nuevo monarca. ¡Cuán templada parece en comparación la realeza absoluta del antiguo régimen! La Revolución, en realidad, sustituyó la Monarquía, limitada por la Monarquía absoluta. En adelante todo derecho que no conceda el Monarca-Estado es una usurpación, todo privilegio que otorga se convierte en un derecho. La época necesitaba la realeza absoluta, la Monarquía absoluta, por ello se desmoronó lo que hasta entonces se había llamado realeza absoluta, que había consentido en ser tan poco absoluta que se dejaba recortar y limitar por mil autoridades subalternas.
La burguesía ha cumplido el sueño de tantos siglos; ha hallado al Señor absoluto ante el cual otros Señores no pueden ya elevarse como otras tantas restricciones. Ha creado el único Señor que otorga títulos legítimos, sin cuyo consentimiento nada es legítimo. Sabemos que los ídolos no son nada en el mundo y que no hay otro dios más que el Dios único.
No se puede ya atacar al derecho como se atacaba un derecho, sosteniendo que era injusto. Todo lo que puede decirse en adelante, se reduce a que es un no-sentido, una ilusión. Si se le acusa de ser contrario al derecho se vería uno obligado a oponerle otro derecho y compararlos. Pero si se rechaza totalmente el derecho, el derecho en sí, se niega al mismo tiempo la posibilidad de violarlo y se hace tabla rasa de todo concepto de justicia (y por consiguiente de injusticia).
Todos gozamos de la igualdad de los derechos políticos.
¿Qué significa esta igualdad? Simplemente que el Estado no tolera ninguna acepción de persona, que yo no soy a sus ojos, como el primer llegado, más que un hombre y no tengo mayor importancia para él. Poco le importa que yo sea gentil-hombre e hijo de noble; poco le importa que yo sea el heredero de un funcionario cuyo cargo (como en la Edad Media los condados, etc., y más tarde, bajo la Monarquía absoluta, ciertas funciones sociales) me corresponde a título hereditario. Hoy el Estado tiene una multitud de derechos que conferir, como, por ejemplo, el derecho de mandar un batallón, una compañía, el derecho de enseñar en una Universidad. Le pertenece disponer de ellos porque son suyos, porque son derechos del Estado, derechos políticos. Poco le importa, por otra parte, a quien le caen en suerte, con tal que el beneficiado cumpla los deberes que le impone su función. Somos, bajo ese punto de vista, todos iguales ante él y ninguno tiene más o menos derechos que otro (a un puesto vacante). No necesito saber, dice el Estado soberano, quién ejerce el mando del ejército, desde el momento en que aquel a quien invisto con ese mando posea las capacidades necesarias. Igualdad de los derechos políticos significa, pues, que cada cual puede adquirir todos los derechos que el Estado tiene para distribuir, si cumple las condiciones requeridas; y esas condiciones dependen de la naturaleza del empleo y no pueden ser dictadas por preferencias personales (persona grata). El derecho de ser oficial, por ejemplo, exige, por su naturaleza, que se posean miembros sanos y ciertos conocimientos especiales, pero no exige como condición ser de origen noble. Si pudiera cerrarse una carrera al ciudadano más apto, ello constituiría la desigualdad y la negación de los derechos políticos. Los Estados modernos han implantado, con mayor o menor rigor, este principio de igualdad. (...)
La burguesía es la nobleza del beneficio. Al beneficio su corona, es su divisa. Ella luchó contra la nobleza corrompida, pues ella, laboriosa, ennoblecida por el trabajo y el beneficio no considera libre al hombre bien nacido, ni al Yo; antes bien, libre es quien lo merece, el servidor íntegro (de su Rey, del Estado o del pueblo en nuestros Estados constitucionales). Por los servicios prestados se adquiere la libertad, aunque fuere sirviendo a Mammon. Es preciso haber merecido el Estado, es decir, el principio del Estado, su Espíritu moral. Quien sirve al Espíritu del Estado, es, cualquiera que sea la rama de la industria de que viva, un buen ciudadano. A sus ojos, los innovadores tienen un triste oficio. Sólo el tendero es práctico y el mismo espíritu de tráfico hace que se alcancen los empleos, que se adquiera fortuna en el comercio y que uno se esfuerce en hacerse útil a sí mismo y a los demás.
Si al beneficio se lo considera como el fundamento de la libertad, el siervo es el libre. ¡EI siervo obediente, he aquí al hombre libre! ¡Y he aquí un absurdo! Sin embargo, tal es el sentido íntimo de la burguesía; su poeta, Goethe, como su filósofo, Hegel, han celebrado la dependencia del sujeto frente al objeto, la sumisión al mundo objetivo, etc, Quien sólo sirve a las cosas y se entrega completamente a ellas, encuentra la verdadera libertad. Y la cosa es, para cualquiera que haga profesión de pensar, la razón; la razón, que, como el Estado y la Iglesia, promulga leyes generales y hace comulgar a los individuos en la idea de la Humanidad. Ella determina lo que es verdadero y la ley por la cual debe uno guiarse. No hay personas más razonables que los siervos leales y, ante todo, los que, siervos del Estado, se llaman buenos ciudadanos y buenos burgueses.
¡Sé lo que puedas, un rico o un mendigo - el Estado burgués te deja elegir -, pero ten buenas ideas! ¡EI Estado exige esto de Ti, y considera su deber principal hacer germinar en todos esas buenas ideas! Con este fin te protegerá contra las sugestiones malas, reprimirá a los que piensan mal, ahogará sus discursos subversivos bajo las sanciones de la censura, o de las leyes sobre la prensa, o tras los muros de un calabozo. Por otra parte, escogerá como censores a gentes de ideas firmes y Te someterá a la influencia moralizadora de quienes tienen buenas ideas y bien intencionadas. Cuando Te haya ensordecido a las malas sugestiones, Te volverá a abrir los oídos de par en par a las sugestiones buenas.
Con la era de la burguesía se abre la del liberalismo. Se quiere instaurar por todas partes lo razonable, lo oportuno. La definición siguiente del liberalismo, expresada en su honor, lo caracteriza perfectamente: El liberalismo no es más que la aplicación del conocimiento racional a las condiciones existentes (Einundzwanzing bogen aus der schweiz, Georg Herwegh, Zürich-Winterthur 1843, p. 12). Su ideal es un orden razonable, una conducta moral, una libertad moderada , y no la anarquía, la ausencia de leyes, el individualismo. Pero si la razón reina, la persona sucumbe. El arte no sólo ha tolerado lo feo, sino que lo ha reivindicado como su dominio y ha hecho de él uno de sus recursos; el monstruo le es necesario, etc. Los liberales extremistas van también tan lejos en el terreno de la religión, tan lejos aún, que no quieren ver, considerar y tratar como ciudadano al hombre más religioso, es decir, al monstruo religioso. Ya no quieren oír hablar de la inquisición. Pero ninguno debe rebelarse contra la ley razonable, so pena de los más severos castigos. El liberalismo no hace valer el libre desarrollo, ni la persona, ni Yo, sino la razón. Es, en una palabra, la dictadura de la razón. Los liberales son apóstoles, no de la fe en Dios, sino de la razón, su Señor. Su racionalismo, no dejando ninguna latitud al capricho, excluyó en consecuencia toda espontaneidad en el desarrollo y la realización del Yo; su tutela por la de los Señores más absolutos.
¡Libertad política! ¿Qué se debe entender por eso? ¿Seria la independencia del individuo frente al Estado y sus leyes? De ningún modo, es, por el contrario, la sujeción del individuo al Estado y a las leyes del Estado. ¿Por qué, pues, libertad? Porque nada se interpone ya entre Mí y el Estado, sino que Yo estoy vinculado inmediatamente con él, porque soy ciudadano y no ya súbdito de Otro, siquiera si ese Otro fuese el Rey, no me inclino ante la persona real, sino ante su cualidad de jefe del Estado. La libertad política, máxima fundamental del liberalismo, no es más que una segunda fase del protestantismo, y la libertad religiosa le sirve exactamente de complemento. (Luis Blanc dice, hablando de la Restauración: El protestantismo vino a ser el fondo de las ideas y de las costumbres. Historia de los diez años, París, 1841-44, I, p. 138). En efecto, ¿qué implica esta última? ¿Independencia de toda religión? Evidentemente no, sino únicamente exención de toda persona interpuesta entre el cielo y vosotros. Supresión de la mediación del sacerdote, abolición de la oposición entre el laico y el clérigo y apertura de relación directa e inmediata del fiel con la religión o el Dios, tal es el sentido de la libertad religiosa. No se puede gozar de ella sino a condición de ser religioso, y lejos de significar irreligión, significa intimidad de la fe, relación inmediata y directa del alma con Dios.
Para el religioso libre, la religión es una causa del corazón, es una causa propia y se consagra a ella con un santo fervor. Lo mismo sucede con el político libre que considera al Estado con una santa seriedad, como una causa del corazón, la primera de todas las causas, su propia causa.
Libertad política supone que el Estado, la polis, es libre, y la libertad religiosa que la religión es libre, lo mismo que libertad de conciencia supone que la conciencia es libre. Ver en ellas mi libertad, mi independencia frente al Estado, la religión o la conciencia, sería un contrasentido absoluto. No se trata aquí de Mi libertad, sino de la libertad de una fuerza que Me gobierna y oprime. Estado, religión o conciencia son mis tiranos, y su libertad engendra mi esclavitud. Es obvio que persiguen la divisa el fin justifica los medios. Si el bien del Estado es el fin, el medio de alcanzarlo, la guerra, es un medio santificado; si la justicia es el fin del Estado, el homicidio como medio se convierte en un acto legítimo y lleva el nombre sagrado de ejecución, etc. La santidad del Estado se impregna en todo lo que le es útil. (...)
En el Estado no hay más que gentes libres, a las que oprimen mil violencias (respetos, convicciones, etc.). Pero, ¿qué importa? El que las aplasta se llama el Estado, la ley, pero nunca esta o aquella persona.
¿De dónde viene la hostilidad encarnizada de la burguesía contra todo mandato personal, es decir, no emanado de los hechos, de la razón, etc.? ¡No lucha más que en interés de las cosas y contra la dominación de las personas! Pero el interés del espíritu es lo razonable, lo virtuoso, lo legal, etc. Ahí está la buena causa. La burguesía quiere un Señor impersonal. He aquí su principio, que sólo el interés de las cosas deben gobernar al hombre, especialmente el interés de la moralidad, de la legalidad, etc. Así ninguno puede ser lesionado en sus intereses por otro (como ocurría cuando los cargos nobles estaban vedados a los burgueses, los oficios vedados a los nobles, etc.). Que la competencia sea libre, y si alguno es lesionado, no podrá ya serIo más que por un objeto, y no por una persona (el rico, por ejemplo, oprime al pobre por el dinero, que es un objeto).
No existe, pues, más que un solo Señor: la autoridad del Estado. Nadie es personalmente el Señor de otro. Desde su nacimiento, el niño pertenece al Estado; sus padres no son más que los representantes de este último, y es él, por ejemplo, quien no tolera el infanticidio, quien se ocupa de los cuidados del bautismo, etc.
A los paternales ojos del Estado, todos sus hijos son iguales (igualdad civil o política), y libres de discurrir los medios de triunfar sobre los demás: no tienen más que competir.
La libre competencia no es más que el derecho que posee cada uno de tomar posición contra los demás, de hacerse valer, de luchar. El partido del feudalismo se ha defendido naturalmente contra ella, no siendo posible su existencia más que por la no competencia. Las luchas de la Restauración en Francia no tenían otro objeto; la burguesía quería la competencia libre, la aristocracia procuraba restaurar el sistema corporativo y el monopolio.
Hoy la competencia es victoriosa, como debía serIo, en su lucha contra el sistema corporativo.
La revolución ha conducido a una reacción, y eso muestra lo que la revolución era en realidad. Toda aspiración conduce, en efecto, a una reacción cuando da una vuelta sobre sí misma y comienza a reflexionar; no impulsa a la acción, sino mientras subsiste la embriaguez, una irreflexión. La reflexión, tal es la contraseña de toda reacción, porque la reflexión pone límites y separa del desencadenamiento y del desarreglo primitivos, el objeto preciso que se ha perseguido, es decir, el principio.
Los calaveras, los estudiantes escandalosos y descreídos que desafían todas las conveniencias no son, propiamente hablando, más que filisteos; lo mismo que estos últimos, tienen por único objetivo las conveniencias. Desafiarlas por fanfarronada, como lo hacen, es aún conformarse con ellas, es, si queréis, conformarse con ellas negativamente; convertidos en filisteos, se someterán a ellas un día y se conformarán positivamente. Todos sus actos, todos sus pensamientos, de unos como de otros, tienden a la consideración , pero el filisteo es reaccionario comparado con el pillastre. El uno es un calavera sosegado, llegado al arrepentimiento; el otro un filisteo en flor. La experiencia diaria demuestra la verdad de esta observación: los cabellos de los peores calaveras encanecen sobre cráneos de filisteos.
Lo que se llama en Alemania la reacción, aparece igualmente como la prolongación reflexiva del acceso de entusiasmo provocado por la guerra, por la libertad.
La revolución no iba dirigida contra el orden en general, sino contra el orden establecido, contra un estado de cosas determinado. Ella derribó este Gobierno, y no el Gobierno; los franceses, al contrario, han sido abrumados posteriormente bajo el más inflexible de los despotismos. La revolución mató viejos abusos inmorales, para establecer sólidamente usos morales, es decir, que no hizo más que poner la virtud en lugar del vicio (vicio y virtud diferentes como el calavera y el filisteo). Hasta ese día, el principio revolucionario no ha cambiado: no atacar más que a una u otra institución determinada, en una palabra, reformar. Cuando más se ha mejorado, más cuidado pone la reflexión que viene inmediatamente a conservar el progreso realizado. Siempre un nuevo Señor es puesto en lugar del antiguo, no se demuele más que para reconstruir, y toda revolución es una restauración. Es siempre la diferencia entre el joven y el viejo filisteo. La revolución ha comenzado, como pequeña burguesa, por la elevación del tercer Estado, y va granando sin haber salido de su trastienda.
Quien es libre no es el hombre en cuanto individuo -y sólo él es hombre- sino el burgués, el ciudadano, el hombre político que no es un hombre sino un ejemplar de la raza humana, y más especialmente, un ejemplar de la especie burguesa, un ciudadano libre.
En la revolución no fue el individuo quien actuó en la historia mundial sino un pueblo: la nación soberana quiso hacerlo todo. Es una entidad artificial, imaginaria, una idea (la nación no es nada más) la que se revela obrando; los individuos no son más que los instrumentos al servicio de esta idea, y no escapan al papel de ciudadano.
La burguesía obtiene su poder, y al mismo tiempo sus límites, de la Constitución del Estado, de una Carta, de un príncipe legítimo o legitimado que se dirige o que gobierna según leyes razonables, en suma, de la legalidad. El período burgués está dominado por el espíritu de la legalidad, de importación inglesa. Una asamblea de los Estados, por ejemplo, no olvida jamás que sus derechos no son limitados, que se hace una gracia convocándola y que un disfavor puede disolverla. No pierde nunca de vista el objeto de su convocación, su vocación. No se puede, en verdad, negar que Mi padre me ha engendrado; pero hoy que es cosa hecha, las intenciones que tenía al proceder a esa operación no me incumben ya, y cualquiera que sea el fin con que me ha dado la vida, Yo hago de ella lo que me place. Igualmente, los Estados generales, convocados al principio de la Revolución francesa, juzgaron muy justamente que una vez reunidos eran independientes de quien los había convocado: existían y hubieran sido bien tontos en no hacer valer sus derechos a la existencia, y en creerse a merced de su padre.
Quien es convocado no tiene ya que preguntarse: ¿Qué se quería de mí al llamarme? sino ¿Qué quiero, ahora que estoy presente al llamamiento? Ni el autor de la convocatoria, ni la carta en virtud de la cual ha sido llamado, ni sus comitentes, ni sus cuadernos, nada es para él un poder sagrado, sustraído a sus ataques. Está autorizado a todo lo que está en su poder, no reconocerá ningún mandato imperativo o restrictivo y no pretenderá ser legal (permanecer en la legalidad). La consecuencia de esto sería -si de un parlamento pudiera esperarse nada parecido- una Cámara perfectamente egoísta, cuyo cordón umbilical moral estuviese cortado, y que no guardasen ya ningún miramiento. Pero las cámaras son siempre devotas de alguno o de alguna cosa. ¿Cómo extrañarse de ver siempre ostentarse en ellas tanto semiegoísmo, egoísmo no confesado e hipócrita?
Los miembros de los parlamentos no pueden franquear los límites que les trazan la carta, la voluntad real, etc. Excederse de esos límites o intentar excederse sería usurpar. ¿Qué hombre fiel a sus deberes osaría propasarse en su misión, poniéndose en primer lugar él mismo, sus convicciones o su voluntad? ¿Quién sería lo suficiente inmoral para hacerse valer y para imponer su individualidad a riesgo de ser la causa de que se desplomase el cuerpo a que pertenece y todo lo demás con él? Uno se mantiene respetuosamente en los límites de sus derechos y, por otra parte, conviene que se quede en los límites de su poder, no intentando nadie más de lo que pueda. Que mi fuerza o mi impotencia sean mi solo freno, y que mandatos, misiones, vocaciones, no sean más que dogmas que me embarazan. ¿Quién podría suscribir una doctrina de tan audaz nihilismo? En todo caso, yo no: ¡Yo soy un ciudadano legal!
La burguesía se reconoce en su moral, estrechamente ligada a su esencia. Lo que ella exige ante todo, es que se tenga una ocupación seria, una profesión honrosa, una conducta moral. El caballero de industria, la ramera, el ladrón, el bandido y el asesino, el jugador, el bohemio, son individuos inmorales y el burgués experimenta por esas gentes sin costumbres la más viva repulsión. Lo que les falta a todos es esa especie de derecho de domicilio en la vida que da un negocio sólido: medios de existencia seguros, rentas estables, etc.; como su vida no reposa sobre una base segura, pertenecen al clan de los individuos peligrosos, al peligroso proletariado: son particulares que no ofrecen ninguna garantía y no tienen nada que perder, ni nada que arriesgar.
La familia o el matrimonio, por ejemplo, ligan al hombre, y este lazo le proporciona un lugar en la sociedad, le sirve de fiador; pero ¿quién responde de la cortesana? El jugador lo arriesga todo a una carta, se arruina a sí y a los demás: ¡no tiene garantía!
Se podría reunir bajo el nombre de vagabundos a todos los que el burgués considera sospechosos, hostiles y peligrosos. El vagabundo desagrada al burgués, y existen también vagabundos del espíritu, que, ahogándose bajo el techo que abrigaba a sus padres, van a buscar lejos más aire y más espacio. En lugar de permanecer en el rincón del hogar familiar removiendo las cenizas de una opinión moderada, en lugar de tener por verdades indiscutibles lo que ha consolado y apaciguado a tantas generaciones anteriores, saltan las barreras que encierran el campo paterno y se van, por los caminos audaces de la crítica, adonde los lleva su invencible curiosidad de duda. Esos extravagantes vagabundos entran en la clase de las gentes inquietas, inestables y sin reposo, como son los proletarios, y cuando crean sospechas de la falta de domicilio moral, se les llama enredadores, cabezas calientes y exaltados.
Tal es el sentido amplio del llamado proletariado y del pauperismo. ¡Cuánto se engañaría el que creyese a la burguesía capaz de desear la desaparición de la miseria (del pauperismo) y de consagrar a ese fin todos sus esfuerzos! Nada, por el contrario, conforta al buen burgués como la convicción, incomparablemente consoladora, de que un sabio decreto de la Providencia ha repartido de una vez y para siempre las riquezas y la dicha. La miseria que se amontona en las calles a su alrededor, no turba al verdadero ciudadano hasta el punto de solicitarlo a hacer algo más que congraciarse con ella, echándole una limosna o suministrando el trabajo y la pitanza a algún buen muchacho laborioso. Pero siente vivamente la turbación de sus apacibles goces por los murmullos de la miseria descontenta y ávida de cambios, por esos pobres que no sufren ni penan ya en el silencio, sino que comienzan a agitarse y a desatinar. ¡Encerrad al vagabundo! ¡Arrojad al perturbador en los más sombríos calabozos! ¡Quiere atizar los descontentos y derribar el orden establecido! ¡Apedreadlo! ¡Apedreadlo!
Pero precisamente esos descontentos hacen, poco más o menos, el siguiente razonamiento: Los buenos burgueses se inquietan poco por quien los protege a ellos y a sus principios; rey absoluto, rey constitucional o República, son buenos para ellos con tal de que sean protegidos. ¿Y cuál es su principio, ese principio cuyo protector aman siempre? No es el trabajo, no es tampoco el nacimiento; pero es la medianía, el justo medio, un poco de trabajo y un poco de nacimiento; en dos palabras: un capital que produce intereses. El capital es el fondo, lo dado, lo heredado (nacimiento); el interés es el esfuerzo dedicado (trabajo): el capital trabaja. ¡Pero nada de exceso, nada de radicalismo! Evidentemente, es preciso que el nombre, el nacimiento, puedan dar alguna ventaja, pero ello no puede ser más que un capital, una colocación de fondos. Evidentemente, se necesita trabajo, pero que ese trabajo sea poco o nada personal, que sea el trabajo del capital y de los trabajadores sojuzgados.
Cuando una época está sumergida en un error, siempre se benefician algunos de este error, en tanto que otros lo sufren. En la Edad Media, el error generalizado entre los cristianos, era que la Iglesia, todopoderosa, debía ser en la Tierra la superintendente y la dispensadora de todos los bienes. Los eclesiásticos admitían esta verdad, exactamente como los laicos; el mismo error estaba igualmente arraigado en todos. Pero el beneficio del poder era para los sacerdotes, y el daño, el avasallamiento, para los laicos. La desgracia -se dice- hace inteligente; así, los laicos, aleccionados, acabaron por no admitir ya esa verdad de la Edad Media.
Sucede exactamente igual con la burguesía y el proletariado. Burgueses y obreros creen en la verdad del dinero; quienes no lo tienen están tan penetrados de esta realidad , como quienes lo tienen, los laicos como los clérigos. El dinero rige el mundo, es la tónica de la época burguesa. Un gentilhombre sin un sueldo y un trabajador sin un sueldo son, igualmente, muertos de hambre, sin valor político. Nada son el nacimiento ni el trabajo, sólo el dinero es fuente del valor. Los poseedores gobiernan, pero el Estado elige entre los no poseyentes sus siervos y les distribuye algunas sumas (salarios, sueldos) en la medida en que administran (gobiernan) en su nombre.
Yo recibo todo del Estado. ¿Puedo tener alguna cosa sin permiso del Estado? No, todo lo que podría obtener así, me lo arrebata advirtiendo que carezco de títulos de propiedad: todo lo que poseo lo debo a su clemencia. La burguesía se apoya únicamente en los títulos. El burgués sólo es lo que es, gracias a la benévola protección del Estado. Tendría que perderlo todo si el poder del Estado llegara a desplomarse. Pero, ¿cuál es la situación del desposeído en esta bancarrota social del proletariado? Como todo lo que tiene, y lo que podría perder, se escribe con un cero, no tiene para ese cero ninguna necesidad de la protección del Estado. Por el contrario, sólo puede ganar si esa protección llegase a faltar a los protegidos.
Así, el desposeído considera al Estado como un poder tutelar de los poseedores; ese ángel guardián capitalista es un vampiro que le chupa la sangre.
El Estado es un Estado burgués, es el status de la burguesía. Concede su protección al hombre, no en razón de su trabajo, sino en razón de su docilidad (lealtad), según usa los derechos que el Estado le concede, conformándose a la voluntad o, dicho de otro modo, a las leyes del Estado.
El régimen burgués entrega a los trabajadores a los poseedores, es decir, a los que tienen algún bien del Estado (y toda fortuna es un bien del Estado, pertenece al Estado, y no es dada más que en feudo al individuo) y particularmente a los que tienen en sus manos el dinero, a los capitalistas.
El obrero no puede obtener de su trabajo un precio que corresponda al valor del producto de ese trabajo para su consumidor. ¡EI trabajo está mal pagado! El beneficio mayor va al capitalista. Pero bien pagados, y más que bien pagados, están los trabajos de quienes contribuyen a realzar el brillo y el poder del Estado, los trabajos de los altos servidores del Estado. El Estado paga bien, para que los buenos ciudadanos, los poseedores, puedan pagar mal impunemente. Se asegura, pagándolos bien, la fidelidad de sus servidores, y hace de ellos, para la salvaguardia de los buenos ciudadanos, una policía (a la policía pertenecen los soldados, los funcionarios de todas clases, jueces, pedagogos, etc., en suma toda la máquina del Estado). Los buenos ciudadanos, por su parte, le pagan, sin torcer el gesto, grandes impuestos, a fin de poder pagar tanto más miserablemente a sus obreros. Pero los obreros no son protegidos por el Estado en cuanto obreros; como súbditos del Estado, tienen simplemente el codisfrute de la policía, que les asegura lo que se llama una garantía legal; así la clase de los trabajadores sigue siendo una potencia hostil frente a ese Estado, el Estado de los ricos, el reino de la burguesía. Su principio, el trabajo, no es estimado en su valor, sino explotado; es el botín de guerra de los ricos, del enemigo.
Los obreros disponen de un poder formidable y cuando lleguen a darse bien cuenta de él y se decidan a usarlo, nada podrá resistirles. Bastará que cesen todo trabajo y se apropien de todos los productos de su trabajo, que los consideren.y los gocen como propios. Éste es el sentido de los motines obreros que vemos estallar casi por todas partes.
¡El Estado está fundado sobre la esclavitud del trabajo. Cuando el trabajo sea libre, se desmoronará el Estado.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo social.
'''El liberalismo social'''
Somos hombres, hemos nacido libres, y hacia cualquier lado que volvamos la mirada nos vemos reducidos a la servidumbre por egoístas. ¿Debemos, pues, hacernos también Nosotros egoístas? ¡EI cielo nos preserve de ello! ¡Hagamos antes imposible todo egoísmo! ¡Convirtamos a todos en indigentes! Si nadie tiene nada, todos tendrán.
Así hablan los socialistas:
-¿Quién es esa persona a quien llamáis todos? -¡Es la Sociedad! -¿Tiene, pues, un cuerpo? -Nosotros somos su cuerpo. -¿Vosotros? ¡Vamos! Vosotros no sois un cuerpo; Tú tienes un cuerpo y Tú también, y aquel tercero igualmente; pero todos vosotros juntos sois cuerpos y no un cuerpo. Por consiguiente, la Sociedad, admitiendo que sea alguien, tendría muchos cuerpos a su servicio, pero no un cuerpo único que le perteneciese en propiedad. Como la Nación de los políticos, no es más que un Espíritu, un fantasma, y su cuerpo no es más que una apariencia.
Para el liberalismo político, la libertad del hombre es la libertad de personas, de dominación personal, es la libertad personal garantizando a cada individuo contra los demás individuos. Nadie tiene el derecho de ordenar, sólo la ley ordena.
Pero si las personas son iguales, lo que poseen no es igual. El pobre tiene necesidad del rico, como el rico del pobre; el primero tiene necesidad de la riqueza del segundo, y éste del trabajo del primero: si cada uno necesita al otro, no es como persona, sino como proveedor, como alguien que tiene algo que dar, como detentor o poseedor de alguna cosa. Por consiguiente, el hombre es lo que tiene. Y, por su haber, los hombres son desiguales.
El socialismo concluye que nadie debe poseer, lo mismo que el liberalismo político concluía que nadie debe mandar. Si para éste, únicamente mandaba el Estado, para aquél sólo la Sociedad posee.
Por el hecho de su protección a cada persona y a toda propiedad frente a los demás, el Estado aisla a los individuos: lo que Yo soy y lo que Yo tengo no me incumbe más que a Mí. Quien se contenta con lo que es y con lo que tiene, no trata de ir más lejos, pero quien quiere ser y tener más, busca ese aumento y lo encuentra en poder de otras personas. Venimos a parar a una contracción: uno no es personalmente más que otro, y sin embargo, uno tiene lo que otro no tiene y desearía tener; así, pues, uno posee lo que necesita y otro no, puesto que uno es rico y otro pobre.
¿Debemos, pues, continúan los socialistas, dejar resucitar lo que habíamos enterrado con tanta razón, y debemos dejar restaurar por un subterfugio esa desigualdad de las personas que hemos querido abolir? No. Preciso es, por el contrario, acabar la tarea que tan sólo se ha realizado a medias. Falta aún a nuestra libertad frente a las personas, la libertad frente a lo que se les permite oprimir del otro, a lo que es el fundamento del poder personal, es decir, la libertad frente a la propiedad personal. Suprimamos, pues, la propiedad personal. Que ninguno posea ya nada, que todos sean indigentes. Que la propiedad sea impersonal, que pertenezca a la Sociedad.
Ante el Propietario Supremo, venimos a ser todos indigentes iguales. Hasta el presente, alguien puede ser un pordiosero, un pobre diablo, respecto a su vecino, en adelante toda distinción se borra, pues todos son indigentes, y la sociedad comunista se resume en lo que puede llamarse la indigencia generalizada.
Cuando el proletario haya conseguido realizar la Sociedad que tiene en sus miras y en la cual debe desaparecer toda diferencia entre rico y pobre, será un indigente. Sin embargo, ser un indigente es para él ser alguna cosa, y podría convertir la palabra indigente en un título tan honroso como lo ha sido el titulo de burgués gracias a la Revolución. El indigente es su ideal y todos debemos hacernos indigentes.
Tal es el segundo robo hecho a la personalidad en provecho de la Humanidad. No se deja al individuo ni el derecho de mandar, ni el derecho de poseer: el Estado toma el uno, la Sociedad toma el otro.
Presentando la sociedad actual los inconvenientes más enojosos, quienes tienen que sufrirlos más, es decir, los miembros de las regiones interiores de la sociedad, son también los más heridos y creen poder atribuir todo el mal a la sociedad misma; así se imponen el trabajo de descubrir la sociedad justa. No es mas que la vieja ilusión de buscar la culpa en todos los demás, antes de indagarla en sí mismo. En el caso presente se recrimina al Estado, al egoísmo de los ricos, etc., aun cuando es ciertamente culpa nuestra que existan un Estado y ricos.
Las reflexiones, y las conclusiones del comunismo parecen las mas sencillas. En el estado actual de cosas, los unos son perjudicados por los otros, y, de hecho es la mayoría la que sufre a causa de la minoría. Los unos gozan del bienestar, los otros se encuentran en la necesidad, la situación presente, es decir, el Estado (status, situación), no puede subsistir. ¿Qué poner en su lugar? El bienestar general, el bienestar de todos, en lugar del de algunos.
La Revolución ha hecho a la burguesía omnipotente y ha suprimido toda desigualdad, en el sentido de que cada cual se ha elevado o ha descendido, según su posición anterior al rango de ciudadano; el plebeyo ha sido elevado y el noble rebajado; el Tercer Estado ha venido a ser el único Estado, es decir, el Estado de los ciudadanos.
A eso, el comunismo responde: lo que constituye nuestro valor, nuestra dignidad, no es nuestra cualidad de hijos iguales de nuestra madre el Estado, y nacidos con los mismos derechos bajo su amor y su protección, sino el hecho de que existimos los unos para los otros. Nuestra igualdad o lo que nos hace iguales, consiste en que Yo, Tu, todos nosotros, obramos o trabajamos para los Demás. Dicho de otro modo, si somos iguales es porqué cada uno de nosotros es un trabajador. Lo esencial en nosotros no es lo que somos para el Estado, es decir, nuestra cualidad de ciudadano, nuestra ciudadanía, sino que existimos los unos para los otros: cada cual existe por y para Otro: vosotros cuidáis mis intereses y, recíprocamente, yo velo por los vuestros. Así, por ejemplo, vosotros trabajáis para vestirme (sastre), yo en divertiros (poeta dramático, acróbata, etc.), vosotros trabajáis en alimentarme (cocinero, etc.), yo en instruiros (sabio, etc.). El Trabajo hace nuestra dignidad y nuestra igualdad.
¿Qué ventajas sacamos de la ciudadanía? ¡Cargas! ¿Y cómo se estima nuestro trabajo? Todo lo bajo posible. Sin embargo, el trabajo constituye nuestro único valor; el trabajador es lo mejor de nosotros y si tenemos alguna significación en el mundo es como trabajadores. Sea, pues, por nuestro trabajo que se nos aprecie, y sea nuestro trabajo lo que se evalúe.
¿Qué podéis ofrecernos? Trabajo y nada más que trabajo. Si os debemos alguna recompensa es a causa del trabajo que suministráis, de la molestia que os tomáis y no simplemente porque existís; es en razón de lo que sois para Nosotros y no de lo que sois para Vosotros. ¿En qué se fundan vuestros derechos sobre Nosotros? ¿Sobre vuestro origen elevado? ¡De ningún modo! Nada más que sobre lo que hacéis para satisfacer Nuestras necesidades o Nuestros deseos. Convengamos, pues, en esto: vosotros Nos evaluaréis según lo que hagamos por Nosotros y Nosotros haremos lo mismo en cuanto a vosotros. El trabajo crea el valor, y el valor se mide por el trabajo, se entiende, el trabajo para otros, el trabajo de utilidad general. Sea cada cual a los ojos de los demás un trabajador. Quien ejecuta una tarea útil no es inferior a nadie; en otros términos: todos los trabajadores (naturalmente en el sentido de productores para la comunidad, trabajadores comunistas) son iguales. Si el trabajador es digno de su salario, que su salario sea digno de él. (...)
En tanto que bastó la fe para asegurar al hombre su dignidad y su rango, no se tuvo nada que objetar al trabajo, por absorbente que fuese, si no apartaba al hombre de la fe. Pero hoy, que cada cual tiene en sí una humanidad que cultivar, la relegación del hombre a un trabajo de máquina no tiene más que un nombre: esclavitud. ¡Si el obrero de fábrica debe matarse trabajando durante doce horas o más al día, no se hable ya para él de dignidad humana! Toda tarea debe tener un fin que satisfaga al hombre, y hace falta para eso que cada obrero pueda llegar a ser maestro en su arte y que la obra que produce sea completa. En una fábrica de alfileres, por ejemplo, el obrero que no fabrica más que cabezas, o que no hace más que pasar por la hilera el hilo de latón, es rebajado a la calidad de máquina, es un forzado y no será jamás un artista; su trabajo no puede interesarle y satisfacerle, no puede más que fatigarle. Su obra, considerada en sí misma, no significa nada, no tiene ningún fin en sí, no es nada definitivo; es el fragmento de un todo que otro emplea, explotando al productor.
Todo goce de un espíritu cultivado está vedado a los obreros al servicio de otro; no les quedan más que los placeres groseros; toda cultura les está cerrada. Para ser buen cristiano basta creer y es posible creer bajo las condiciones más opresivas. Así, las gentes de convicciones cristianas no ponen sus miras más que en la piedad de los trabajadores avasallados, su paciencia, su resignación, etc. Las clases oprimidas pudieron soportar toda su miseria mientras fueron cristianas, porque el cristianismo es un maravilloso apaciguador de todos los murmullos y de todas las rebeliones. Pero no se trata ya hoy de ahogar los deseos, sino de satisfacerlos. La burguesía, que ha proclamado el evangelio del goce de la vida, del goce material, se extraña de ver que en esta doctrina encuentra partidarios entre nosotros, los pobres; ella ha mostrado que ni la fe ni la pobreza engendran la felicidad, sino la instrucción y la riqueza; ¡y ciertamente así lo entendemos nosotros los proletarios!
La burguesía se ha libertado del despotismo y de la arbitrariedad individual; pero ha dejado subsistir la arbitrariedad que resulta del concurso de las circunstancias y que puede llamarse la fatalidad de los acontecimientos; hay siempre una suerte que favorece y gentes que tienen suerte. Cuando, por ejemplo, una rama de la industria llega a pararse y millares de obreros se quedan en la calle, se piensa con bastante exactitud que el individuo no es culpable, sino que la culpa es de las circunstancias; cambiemos, pues, esas circunstancias y cambiémoslas radicalmente para que no estén ya a la merced de semejantes eventualidades: ¡Que obedezcan en adelante a una ley! ¡Creemos un nuevo orden de cosas que ponga fin a todas las fluctuaciones y que ese orden sea sagrado!
En otro tiempo, para obtener alguna cosa era preciso conquistar al Señor, pero desde la Revolución se necesita tener suerte. Una persecución de la suerte, un juego de azar, tal es la vida burguesa; de ahí el precepto de que no se debe arriesgar de nuevo en el juego lo que se ha conseguido ganar.
La competencia, tema único a cuyo alrededor se desarrollan todas las variaciones de la vida civil y política, ha venido a ser una pura lotería, desde la especulación en la bolsa hasta la caza de los clientes, de los puestos, del trabajo, del ascenso y de las condecoraciones, y hasta del miserable negociejo de los usureros judíos. Si se consigue batir y suplantar a sus competidores, se da un buen golpe.
Las gentes, que sin ver mal en ello, pasan su vida bamboleadas por el flujo y reflujo de la avena, se llenan de la más santa indignación cuando se revela su propio principio bajo su verdadera luz trayéndoles desgracias. Los socialistas quieren poner fin a estos caprichos de la fortuna, fundando una Sociedad en la que los hombres no sean ya juguetes del azar, sino seres libres. Este afán se manifiesta, naturalmente, por el odio de los desgraciados contra los dichosos, es decir, de quienes han sido abandonados por la suerte contra aquellos a los que el azar ha colmado de bienes. Pero el odio del desventurado no se cierne tanto sobre quien ha tenido suerte, como sobre la suerte misma, esta columna podrida del edificio burgués.
Los comunistas, basándose en el principio de que la actividad libre es la esencia del hombre, tienen necesidad del domingo, compensación necesaria al trabajo de los días laborables. Les hace falta el dios, la elevación y la deificación que reclama todo esfuerzo material para poner un poco de espíritu en su trabajo de máquinas.
Si el comunista ve en Ti un hombre y un hermano, ésa es sólo su manera de ver de los domingos; los demás días de la semana no Te considera en modo alguno como un hombre nada más, sino como un trabajador humano o un hombre que trabaja. Si el primer punto de vista se inspira en el principio liberal, el segundo encubre la iliberalidad. Si Tú fueses un holgazán, no reconocería en Ti al hombre, vería un hombre perezoso al que corregir de su pereza y que catequizar para convertirlo a la creencia de que el trabajo es el destino y la vocación del hombre.
Así, el comunismo se presenta bajo un doble aspecto: de una parte, da gran importancia a la satisfacción del hombre espiritual, y de otra propone los medios de satisfacer al hombre material, o carnal. Provee al hombre de un doble beneficio, a la vez material y espiritual.
La burguesía había proclamado libres los bienes espirituales y materiales, y había dejado a cada cual el cuidado de obtener lo que codiciaba. El comunismo da realmente esos bienes a cada uno, se los impone y le obliga a sacar partido de ellos, considerando que solamente los bienes materiales y espirituales hacen de nosotros hombres, considera esencial que podamos adquirir esos bienes sin obstáculo alguno que impida ser hombres. La burguesía hacía la producción libre, el comunismo obliga a la producción y no admite más que a los productores artesanos. No basta que las profesiones Te estén abiertas, es preciso que practiques una.
Sólo queda ya a la crítica demostrar que la adquisición de esos bienes en modo alguno hace de nosotros hombres.
El postulado del liberalismo, en virtud del cual cada uno debe hacer de sí un hombre y adquirir una humanidad, implica la necesidad para cada uno de tener tiempo de consagrarse a esa humanización y de trabajar en sí mismo. El liberalismo político creía haber hecho lo necesario entregando a la competencia todo el campo de la actividad humana y permitiendo al individuo tender hacia todo lo que es humano: Que todos puedan luchar contra todos. El liberalismo social juzga este permiso insuficiente, porque permitido significa simplemente que no está prohibido a nadie, y no que es posible a todos y cada uno. De esto concluye que la burguesía no es liberal más que de palabra, mientras que de hecho es extremadamente iliberal. Por su parte, pretende facilitarnos a todos el medio de trabajar para nosotros mismos.
El principio del trabajo suprime, evidentemente, el del azar y el de la competencia. Pero tiene igualmente por efecto mantener al trabajador en ese sentimiento de que lo esencial en él es el trabajador desprendido de todo egoísmo. El trabajador se somete a la supremacía de una sociedad de trabajadores, de la misma manera que el burgués aceptaba sin objeción la competencia. El bello sueño de un deber social es hoy todavía el ensueño de muchas gentes, y se imaginan que dándonos la sociedad aquello que necesitamos, estamos obligados a ella, se lo debemos todo. Se persiste en la voluntad de servidumbre a un dispensador supremo de todo bien.
¡Que la sociedad no es un Yo capaz de dar, prestar, o de permitir sino unicamente un medio, un instrumento de que Nos servimos -que no tenemos ningún deber social, sino unicamente intereses, para cuya adquisición utilizamos la sociedad -que no debemos a la sociedad ningun sacrificio, pero que si algo sacrificamos no es más que a Nosotros mismos -son cosas que los socialistas no pueden adivinar: son liberales y como tales, imbuidos de un principio religioso. La sociedad con que sueñan es, como antes el Estado, ¡sagrada!
¡La Sociedad, que todo lo proporciona, es un nuevo Señor, un nuevo fantasma, un nuevo Ser Supremo que nos impone servidumbre y deber!
El examen más profundo del liberalismo, tanto político como social, seguirá más adelante. Contentémonos, por el momento, con llamarlos al tribunal del liberalismo humanitario o liberalismo crítico.
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| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
}}
[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo social.
'''El liberalismo social'''
Somos hombres, hemos nacido libres, y hacia cualquier lado que volvamos la mirada nos vemos reducidos a la servidumbre por egoístas. ¿Debemos, pues, hacernos también Nosotros egoístas? ¡EI cielo nos preserve de ello! ¡Hagamos antes imposible todo egoísmo! ¡Convirtamos a todos en indigentes! Si nadie tiene nada, todos tendrán.
Así hablan los socialistas:
-¿Quién es esa persona a quien llamáis todos? -¡Es la Sociedad! -¿Tiene, pues, un cuerpo? -Nosotros somos su cuerpo. -¿Vosotros? ¡Vamos! Vosotros no sois un cuerpo; Tú tienes un cuerpo y Tú también, y aquel tercero igualmente; pero todos vosotros juntos sois cuerpos y no un cuerpo. Por consiguiente, la Sociedad, admitiendo que sea alguien, tendría muchos cuerpos a su servicio, pero no un cuerpo único que le perteneciese en propiedad. Como la Nación de los políticos, no es más que un Espíritu, un fantasma, y su cuerpo no es más que una apariencia.
Para el liberalismo político, la libertad del hombre es la libertad de personas, de dominación personal, es la libertad personal garantizando a cada individuo contra los demás individuos. Nadie tiene el derecho de ordenar, sólo la ley ordena.
Pero si las personas son iguales, lo que poseen no es igual. El pobre tiene necesidad del rico, como el rico del pobre; el primero tiene necesidad de la riqueza del segundo, y éste del trabajo del primero: si cada uno necesita al otro, no es como persona, sino como proveedor, como alguien que tiene algo que dar, como detentor o poseedor de alguna cosa. Por consiguiente, el hombre es lo que tiene. Y, por su haber, los hombres son desiguales.
El socialismo concluye que nadie debe poseer, lo mismo que el liberalismo político concluía que nadie debe mandar. Si para éste, únicamente mandaba el Estado, para aquél sólo la Sociedad posee.
Por el hecho de su protección a cada persona y a toda propiedad frente a los demás, el Estado aisla a los individuos: lo que Yo soy y lo que Yo tengo no me incumbe más que a Mí. Quien se contenta con lo que es y con lo que tiene, no trata de ir más lejos, pero quien quiere ser y tener más, busca ese aumento y lo encuentra en poder de otras personas. Venimos a parar a una contracción: uno no es personalmente más que otro, y sin embargo, uno tiene lo que otro no tiene y desearía tener; así, pues, uno posee lo que necesita y otro no, puesto que uno es rico y otro pobre.
¿Debemos, pues, continúan los socialistas, dejar resucitar lo que habíamos enterrado con tanta razón, y debemos dejar restaurar por un subterfugio esa desigualdad de las personas que hemos querido abolir? No. Preciso es, por el contrario, acabar la tarea que tan sólo se ha realizado a medias. Falta aún a nuestra libertad frente a las personas, la libertad frente a lo que se les permite oprimir del otro, a lo que es el fundamento del poder personal, es decir, la libertad frente a la propiedad personal. Suprimamos, pues, la propiedad personal. Que ninguno posea ya nada, que todos sean indigentes. Que la propiedad sea impersonal, que pertenezca a la Sociedad.
Ante el Propietario Supremo, venimos a ser todos indigentes iguales. Hasta el presente, alguien puede ser un pordiosero, un pobre diablo, respecto a su vecino, en adelante toda distinción se borra, pues todos son indigentes, y la sociedad comunista se resume en lo que puede llamarse la indigencia generalizada.
Cuando el proletario haya conseguido realizar la Sociedad que tiene en sus miras y en la cual debe desaparecer toda diferencia entre rico y pobre, será un indigente. Sin embargo, ser un indigente es para él ser alguna cosa, y podría convertir la palabra indigente en un título tan honroso como lo ha sido el titulo de burgués gracias a la Revolución. El indigente es su ideal y todos debemos hacernos indigentes.
Tal es el segundo robo hecho a la personalidad en provecho de la Humanidad. No se deja al individuo ni el derecho de mandar, ni el derecho de poseer: el Estado toma el uno, la Sociedad toma el otro.
Presentando la sociedad actual los inconvenientes más enojosos, quienes tienen que sufrirlos más, es decir, los miembros de las regiones interiores de la sociedad, son también los más heridos y creen poder atribuir todo el mal a la sociedad misma; así se imponen el trabajo de descubrir la sociedad justa. No es mas que la vieja ilusión de buscar la culpa en todos los demás, antes de indagarla en sí mismo. En el caso presente se recrimina al Estado, al egoísmo de los ricos, etc., aun cuando es ciertamente culpa nuestra que existan un Estado y ricos.
Las reflexiones, y las conclusiones del comunismo parecen las mas sencillas. En el estado actual de cosas, los unos son perjudicados por los otros, y, de hecho es la mayoría la que sufre a causa de la minoría. Los unos gozan del bienestar, los otros se encuentran en la necesidad, la situación presente, es decir, el Estado (status, situación), no puede subsistir. ¿Qué poner en su lugar? El bienestar general, el bienestar de todos, en lugar del de algunos.
La Revolución ha hecho a la burguesía omnipotente y ha suprimido toda desigualdad, en el sentido de que cada cual se ha elevado o ha descendido, según su posición anterior al rango de ciudadano; el plebeyo ha sido elevado y el noble rebajado; el Tercer Estado ha venido a ser el único Estado, es decir, el Estado de los ciudadanos.
A eso, el comunismo responde: lo que constituye nuestro valor, nuestra dignidad, no es nuestra cualidad de hijos iguales de nuestra madre el Estado, y nacidos con los mismos derechos bajo su amor y su protección, sino el hecho de que existimos los unos para los otros. Nuestra igualdad o lo que nos hace iguales, consiste en que Yo, Tu, todos nosotros, obramos o trabajamos para los Demás. Dicho de otro modo, si somos iguales es porqué cada uno de nosotros es un trabajador. Lo esencial en nosotros no es lo que somos para el Estado, es decir, nuestra cualidad de ciudadano, nuestra ciudadanía, sino que existimos los unos para los otros: cada cual existe por y para Otro: vosotros cuidáis mis intereses y, recíprocamente, yo velo por los vuestros. Así, por ejemplo, vosotros trabajáis para vestirme (sastre), yo en divertiros (poeta dramático, acróbata, etc.), vosotros trabajáis en alimentarme (cocinero, etc.), yo en instruiros (sabio, etc.). El Trabajo hace nuestra dignidad y nuestra igualdad.
¿Qué ventajas sacamos de la ciudadanía? ¡Cargas! ¿Y cómo se estima nuestro trabajo? Todo lo bajo posible. Sin embargo, el trabajo constituye nuestro único valor; el trabajador es lo mejor de nosotros y si tenemos alguna significación en el mundo es como trabajadores. Sea, pues, por nuestro trabajo que se nos aprecie, y sea nuestro trabajo lo que se evalúe.
¿Qué podéis ofrecernos? Trabajo y nada más que trabajo. Si os debemos alguna recompensa es a causa del trabajo que suministráis, de la molestia que os tomáis y no simplemente porque existís; es en razón de lo que sois para Nosotros y no de lo que sois para Vosotros. ¿En qué se fundan vuestros derechos sobre Nosotros? ¿Sobre vuestro origen elevado? ¡De ningún modo! Nada más que sobre lo que hacéis para satisfacer Nuestras necesidades o Nuestros deseos. Convengamos, pues, en esto: vosotros Nos evaluaréis según lo que hagamos por Nosotros y Nosotros haremos lo mismo en cuanto a vosotros. El trabajo crea el valor, y el valor se mide por el trabajo, se entiende, el trabajo para otros, el trabajo de utilidad general. Sea cada cual a los ojos de los demás un trabajador. Quien ejecuta una tarea útil no es inferior a nadie; en otros términos: todos los trabajadores (naturalmente en el sentido de productores para la comunidad, trabajadores comunistas) son iguales. Si el trabajador es digno de su salario, que su salario sea digno de él. (...)
En tanto que bastó la fe para asegurar al hombre su dignidad y su rango, no se tuvo nada que objetar al trabajo, por absorbente que fuese, si no apartaba al hombre de la fe. Pero hoy, que cada cual tiene en sí una humanidad que cultivar, la relegación del hombre a un trabajo de máquina no tiene más que un nombre: esclavitud. ¡Si el obrero de fábrica debe matarse trabajando durante doce horas o más al día, no se hable ya para él de dignidad humana! Toda tarea debe tener un fin que satisfaga al hombre, y hace falta para eso que cada obrero pueda llegar a ser maestro en su arte y que la obra que produce sea completa. En una fábrica de alfileres, por ejemplo, el obrero que no fabrica más que cabezas, o que no hace más que pasar por la hilera el hilo de latón, es rebajado a la calidad de máquina, es un forzado y no será jamás un artista; su trabajo no puede interesarle y satisfacerle, no puede más que fatigarle. Su obra, considerada en sí misma, no significa nada, no tiene ningún fin en sí, no es nada definitivo; es el fragmento de un todo que otro emplea, explotando al productor.
Todo goce de un espíritu cultivado está vedado a los obreros al servicio de otro; no les quedan más que los placeres groseros; toda cultura les está cerrada. Para ser buen cristiano basta creer y es posible creer bajo las condiciones más opresivas. Así, las gentes de convicciones cristianas no ponen sus miras más que en la piedad de los trabajadores avasallados, su paciencia, su resignación, etc. Las clases oprimidas pudieron soportar toda su miseria mientras fueron cristianas, porque el cristianismo es un maravilloso apaciguador de todos los murmullos y de todas las rebeliones. Pero no se trata ya hoy de ahogar los deseos, sino de satisfacerlos. La burguesía, que ha proclamado el evangelio del goce de la vida, del goce material, se extraña de ver que en esta doctrina encuentra partidarios entre nosotros, los pobres; ella ha mostrado que ni la fe ni la pobreza engendran la felicidad, sino la instrucción y la riqueza; ¡y ciertamente así lo entendemos nosotros los proletarios!
La burguesía se ha libertado del despotismo y de la arbitrariedad individual; pero ha dejado subsistir la arbitrariedad que resulta del concurso de las circunstancias y que puede llamarse la fatalidad de los acontecimientos; hay siempre una suerte que favorece y gentes que tienen suerte. Cuando, por ejemplo, una rama de la industria llega a pararse y millares de obreros se quedan en la calle, se piensa con bastante exactitud que el individuo no es culpable, sino que la culpa es de las circunstancias; cambiemos, pues, esas circunstancias y cambiémoslas radicalmente para que no estén ya a la merced de semejantes eventualidades: ¡Que obedezcan en adelante a una ley! ¡Creemos un nuevo orden de cosas que ponga fin a todas las fluctuaciones y que ese orden sea sagrado!
En otro tiempo, para obtener alguna cosa era preciso conquistar al Señor, pero desde la Revolución se necesita tener suerte. Una persecución de la suerte, un juego de azar, tal es la vida burguesa; de ahí el precepto de que no se debe arriesgar de nuevo en el juego lo que se ha conseguido ganar.
La competencia, tema único a cuyo alrededor se desarrollan todas las variaciones de la vida civil y política, ha venido a ser una pura lotería, desde la especulación en la bolsa hasta la caza de los clientes, de los puestos, del trabajo, del ascenso y de las condecoraciones, y hasta del miserable negociejo de los usureros judíos. Si se consigue batir y suplantar a sus competidores, se da un buen golpe.
Las gentes, que sin ver mal en ello, pasan su vida bamboleadas por el flujo y reflujo de la avena, se llenan de la más santa indignación cuando se revela su propio principio bajo su verdadera luz trayéndoles desgracias. Los socialistas quieren poner fin a estos caprichos de la fortuna, fundando una Sociedad en la que los hombres no sean ya juguetes del azar, sino seres libres. Este afán se manifiesta, naturalmente, por el odio de los desgraciados contra los dichosos, es decir, de quienes han sido abandonados por la suerte contra aquellos a los que el azar ha colmado de bienes. Pero el odio del desventurado no se cierne tanto sobre quien ha tenido suerte, como sobre la suerte misma, esta columna podrida del edificio burgués.
Los comunistas, basándose en el principio de que la actividad libre es la esencia del hombre, tienen necesidad del domingo, compensación necesaria al trabajo de los días laborables. Les hace falta el dios, la elevación y la deificación que reclama todo esfuerzo material para poner un poco de espíritu en su trabajo de máquinas.
Si el comunista ve en Ti un hombre y un hermano, ésa es sólo su manera de ver de los domingos; los demás días de la semana no Te considera en modo alguno como un hombre nada más, sino como un trabajador humano o un hombre que trabaja. Si el primer punto de vista se inspira en el principio liberal, el segundo encubre la iliberalidad. Si Tú fueses un holgazán, no reconocería en Ti al hombre, vería un hombre perezoso al que corregir de su pereza y que catequizar para convertirlo a la creencia de que el trabajo es el destino y la vocación del hombre.
Así, el comunismo se presenta bajo un doble aspecto: de una parte, da gran importancia a la satisfacción del hombre espiritual, y de otra propone los medios de satisfacer al hombre material, o carnal. Provee al hombre de un doble beneficio, a la vez material y espiritual.
La burguesía había proclamado libres los bienes espirituales y materiales, y había dejado a cada cual el cuidado de obtener lo que codiciaba. El comunismo da realmente esos bienes a cada uno, se los impone y le obliga a sacar partido de ellos, considerando que solamente los bienes materiales y espirituales hacen de nosotros hombres, considera esencial que podamos adquirir esos bienes sin obstáculo alguno que impida ser hombres. La burguesía hacía la producción libre, el comunismo obliga a la producción y no admite más que a los productores artesanos. No basta que las profesiones Te estén abiertas, es preciso que practiques una.
Sólo queda ya a la crítica demostrar que la adquisición de esos bienes en modo alguno hace de nosotros hombres.
El postulado del liberalismo, en virtud del cual cada uno debe hacer de sí un hombre y adquirir una humanidad, implica la necesidad para cada uno de tener tiempo de consagrarse a esa humanización y de trabajar en sí mismo. El liberalismo político creía haber hecho lo necesario entregando a la competencia todo el campo de la actividad humana y permitiendo al individuo tender hacia todo lo que es humano: Que todos puedan luchar contra todos. El liberalismo social juzga este permiso insuficiente, porque permitido significa simplemente que no está prohibido a nadie, y no que es posible a todos y cada uno. De esto concluye que la burguesía no es liberal más que de palabra, mientras que de hecho es extremadamente iliberal. Por su parte, pretende facilitarnos a todos el medio de trabajar para nosotros mismos.
El principio del trabajo suprime, evidentemente, el del azar y el de la competencia. Pero tiene igualmente por efecto mantener al trabajador en ese sentimiento de que lo esencial en él es el trabajador desprendido de todo egoísmo. El trabajador se somete a la supremacía de una sociedad de trabajadores, de la misma manera que el burgués aceptaba sin objeción la competencia. El bello sueño de un deber social es hoy todavía el ensueño de muchas gentes, y se imaginan que dándonos la sociedad aquello que necesitamos, estamos obligados a ella, se lo debemos todo. Se persiste en la voluntad de servidumbre a un dispensador supremo de todo bien.
¡Que la sociedad no es un Yo capaz de dar, prestar, o de permitir sino unicamente un medio, un instrumento de que Nos servimos -que no tenemos ningún deber social, sino unicamente intereses, para cuya adquisición utilizamos la sociedad -que no debemos a la sociedad ningun sacrificio, pero que si algo sacrificamos no es más que a Nosotros mismos -son cosas que los socialistas no pueden adivinar: son liberales y como tales, imbuidos de un principio religioso. La sociedad con que sueñan es, como antes el Estado, ¡sagrada!
¡La Sociedad, que todo lo proporciona, es un nuevo Señor, un nuevo fantasma, un nuevo Ser Supremo que nos impone servidumbre y deber!
El examen más profundo del liberalismo, tanto político como social, seguirá más adelante. Contentémonos, por el momento, con llamarlos al tribunal del liberalismo humanitario o liberalismo crítico.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo humanista.
'''El liberalismo humanista'''
El liberalismo encuentra su expresión completa y definitiva en el liberalismo crítico que se somete él mismo a examen y, sin embargo, el crítico es un liberal que no traspasa los límites del principio del liberalismo, el Hombre. Esta última encarnación del principio es la que merece por excelencia ser llamada liberalismo humano o humanista.
El trabajador pasa por el más material y el más egoísta de los hombres; no hace nada por la humanidad, y no obra más que para sí mismo, con la intención de satisfacer sus propias necesidades.
La burguesía, no haciendo al hombre libre más que por su nacimiento, lo ha dejado para el resto de la vida en las garras del inhumano (del egoísta). Así el egoísmo posee, bajo el régimen del liberalismo político, un campo de acción extraordinariamente extenso. Como el ciudadano utiliza el Estado, el trabajador utilizará la sociedad con un fin egoísta. ¡Tú no tienes más que un fin egoísta, tu bienestar! -grita el humanista al socialista -. Abraza un interés puramente humano, si quieres que Yo sea tu compañero. Pero se necesitaría para eso una conciencia más firme y más comprensiva que una conciencia de puro trabajador.
El trabajador no hace nada y por ello carece de todo, pero si no hace nada, es porque su trabajo, permaneciendo siempre individual, e impuesto por la necesidad inmediata, carece de mañana. Se podría pensar lo contrario: la obra de Gutenberg no ha quedado aislada, y hoy sigue viva, púes respondía a una necesidad de la humanidad, así que es eterna, imperecedera.
La conciencia humanista desprecia tanto a la conciencia del burgués, como a la del trabajador, el burgués se indigna contra los vagabundos (todos los que no tienen una posición estable) y su inmoralidad; el trabajador se subleva contra los holgazanes y sus máximasinmorales, por antisociales y explotadoras. El humanista les responde: ¡La falta de establecimiento de la mayor parte es tu obra, filisteo! Pero si Tú, proletario, quieres que todos se maten a trabajar, si exiges que todos lleven el yugo, es porque no has sido hasta ahora nada más que una bestia de carga. Pretendes, en verdad, condenándonos a todos a trabajos forzados, aliviar el esfuerzo mismo, pero es únicamente para que todos dispongan de los mismos descansos. ¿Y qué harán de esos descansos? ¿Cómo se arreglará tu Sociedad para que los descansos así conquistados sean empleados humanamente? Deberá, sí, abandonarlos como una presa al egoísmo, y todo el beneficio de tu Sociedad lo acaparará el egoísta. ¿Qué ha resultado de la liberación del hombre de todo capricho personal, esa conquista tan loada de la burguesía? El Estado, no habiendo podido dar a esa libertad un valor humano, ha tenido que abandonarla a lo arbitrario.
Ciertamente, conviene que el hombre no tenga Señor, pero se necesita para eso que el egoísta no se convierta en su Señor, y que él sea el Señor del egoísta. No es menos necesario que el hombre goce de descansos, pero si el egoísta es quien desvía esos descansos en su provecho, serán perdidos para el hombre; así debéis dar a los descansos una significación humana. Pero a vuestro trabajo mismo, vosotros los obreros, no os entregáis sino con un fin egoísta, porque queréis comer, vivir. ¿Cómo podríais ser menos egoístas en vuestro reposo? No trabajáis sino porque una vez acabada la tarea, es dulce recrearse, callejear; en cuanto a la forma en que ocuparéis vuestras horas de descanso, sólo el azar lo decidirá.
Para cerrar bien todas las puertas por donde el egoísmo puede introducirse en la plaza, habría que esforzarse en llegar al completo desinterés. Sólo el desinterés es humano, ya que sólo el hombre es desinteresado, en tanto que el egoísta no lo es jamás.(...)
En la sociedad humana que nos promete el humanista no hay evidentemente lugar para lo que Tú y Yo tenemos de particular y nada puede ya entrar en la cuenta que lleve el sello de asunto privado. Así se completa el ciclo del liberalismo; su buen principio es el egoísta y todo lo que es privado; allí está su dios, aquí su diablo. Perdiendo la persona particular todo valor en el Estado (nada de privilegios), y despojándose la propiedad particular o privada de su legitimidad por la Sociedad de los trabajadores o Sociedad de los indigentes, viene la sociedad humana, que liquida indistintamente todo lo particular o privado. Sólo el día en que la crítica pura haya terminado su laboriosa información, sabremos exactamente lo que debemos considerar por privado, y penetrados de su vanidad y de su nada ... dejar todo exactamente como antes.
Ni el Estado ni la Sociedad satisfacen al liberal humanista; así, niega a ambos, a condición de conservarlos. Afirma que el problema de la época no es político, sino social, y promete de nuevo el Estado libre del futuro. En realidad, la Sociedad humana es a la vez Estado universal y Sociedad universal. Tan sólo critica al Estado limitado por estar demasiado ligado a los intereses espirituales privados (por ejemplo, las convicciones religiosas de las personas), y a la Sociedad limitada por atender con exceso los intereses materiales privados. Ambos deben entregar a los particulares el cuidado de los intereses privados, y convirtiéndose en Sociedad humana, preocuparse únicamente por los intereses humanos generales.
Cuando los políticos trataban de suprimir la voluntad personal (lo arbitrario y el real agrado), no advertían que la propiedad les ofrecía un segundo asilo.
Cuando los socialistas, a su vez, suprimen la propiedad, no se cuidan de observar que esa propiedad se perpetúa bajo la forma de individualidad. ¿No existe otra propiedad que el dinero y los bienes materiales?
¿Cada uno de mis pensamientos, cada una de mis opiniones, no Me es igualmente propio, no es Mío?
No hay otra alternativa, pues, para el pensamiento, que desaparecer o hacerse impersonal. La persona no crea opiniones, todo lo que pudiera tener como propio, debe retornar a alguna cosa más general que ella misma: lo mismo que el Estado ha confiscado la voluntad y que la sociedad ha acaparado la propiedad, el Hombre, a su vez, debe totalizar los pensamientos individuales y hacer de ellos el pensamiento humano, pura y universalmente humano.
Si se dejan subsistir las opiniones individuales, Yo tendré Mi Dios (Dios no puede ser más que Mi Dios , es Mi opinión o Mi conciencia) y si yo tengo Mi Dios, tendré Mi fe, Mi religión, Mis pensamientos, Mis ideales. Por eso tiene que constituirse una fe común a todos los hombres: el fanatismo de la libertad. Ésta será una fe estrechamente correspondiente a la esencia humana, y será, en fin, siendo sólo el hombre razonable (Tú y Yo podemos ser muy poco razonables), una fe razonable.
Para reducir a la impotencia la voluntad y la propiedad privadas, es preciso, ante todo, domar el individualismo, o el egoísmo. Tras esa victoria fundamental, etapa suprema en la evolución del hombre libre, se desmoronarán los fines de orden inferior, tales como el bienestar social de los socialistas ante la sublime idea de la Humanidad. Todo lo que no es universalmente Humano, constituye algo separado que no satisface más que a algunos o a uno solo, y que, si satisface a todo el mundo, no satisface a todos ellos sino en tanto que individuo y no en tanto que hombre; dicho de otro modo: todo lo que no es Humanidad pura es egoísmo.
El bienestar es aún el fin supremo de los socialistas, como el libre concurso, la emulación, lo es de los liberales políticos. Ahora también es uno libre de vivir bien y de hacer para ello lo necesario, lo mismo que se permite entrar en la liza a quien intenta la competencia. Pero para tomar parte en la competencia basta ser ciudadano, y para tener parte en el bienestar social, ser trabajador: ciudadano y trabajador no son todavía, ni el uno ni el otro, sinónimos de hombre. ¡El hombre no llega al verdadero bien sino cuando es también espiritualmente libre! Porque el Hombre es Espíritu y por ello todas las potencias extrañas a él, al Espíritu, todas las potencias suprahumanas celestes, no humanas, deben ser destruidas, y el nombre de Hombre debe elevarse radiante por encima de todos los nombres.
Así, la época moderna (época de los modernos) acaba por volver a su punto de partida, y convierte de nuevo la libertad espiritual en su principio y su fin.
El liberal humanista, dirigiéndose particularmente al comunista, le dice: Si la sociedad Te prescribe una actividad, libera esta actividad de la influencia de los individuos, es decir, de los egoístas; sin embargo, ella no es todavía una actividad puramente humana, ni te convierte en un órgano de la Humanidad. ¿Qué especie de actividad exige la Sociedad de Ti? Sólo el azar de las circunstancias lo decidirá; podría emplearte en construir un templo o algo semejante, si no lo hiciese, podrías por tu propio impulso dedicarte a una tontería, o dicho de otro modo, a algo no humano. Más aún, si trabajas es únicamente para proveer a Tus necesidades y, en suma, para vivir por el amor de Tu querida vida, y en modo alguno por la mayor gloria de la humanidad. ¿Qué se necesita, pues, para poder lisonjearte de una actividad verdaderamente libre? Se necesita que Te liberes de todas las necesidades, que te eximas de todo lo que no es humano, sino egoísta (relativo al individuo y no al hombre que el individuo encarna), es preciso que te despojes de todas las ideas cuya falsedad obscurece al Hombre o a la idea de Humanidad. En suma, es preciso que no solamente seas libre de actuar, sino que, además, el contenido de tu actividad sea exclusivamente humano, y no obres ni vivas más que para la Humanidad. Tú estás lejos de eso en tanto que tus esfuerzos no tiendan hacia otro objeto que el bienestar, la prosperidad tuya y de todos: lo que haces por Tu sociedad de indigentes, no es nada para la sociedad Humana.
El trabajo solo no basta para hacer de Ti un hombre, porque el trabajo es algo formal y su materia está a merced de las circunstancias; lo que hay que saber es quién eres Tú que trabajas. Puedes trabajar perfectamente espoleado por necesidades egoístas (materiales), nada más que para procurarte el vivir, etc., el trabajo debe ser guiado por la Humanidad, ha de tender al bien de la Humanidad, ser provechoso a su evolución histórica. En suma, el trabajo debe ser humano. Eso supone dos cosas: primero, que sea útil a la Humanidad y segundo, que sea la obra de un Hombre. La primera de estas dos condiciones puede cumplirse por todo trabajo, sea el que fuere, porque las obras de la Naturaleza misma, los animales, por ejemplo, son puestas a contribución por la Humanidad y sirven para las investigaciones científicas, etc., pero la segunda condición implica que el trabajador conozca el objeto humano de su labor. Pues bien, de ese objeto no puede darse cuenta sino cuando se sabe hombre. ¿Y quién le instruirá en su dignidad humana? -La conciencia de sí.
Ciertamente, mucho se ha conseguido si dejas de estar encadenado a un fragmento del trabajo, pero no abarcas más que con la vista el conjunto de tu tarea, y la conciencia de tu obra que has adquirido está aún muy lejos de la conciencia de ti, de la conciencia de tu verdadero Yo, o de tu esencia de Hombre. El trabajador siente, pues, la necesidad de una conciencia superior que le falta, y de esta necesidad que no puede satisfacer por la práctica de su oficio, busca la satisfacción fuera de las horas de trabajo, durante sus descansos. Así, el recreo, el asueto, siguen siendo el complemento necesario de su trabajo; se ve forzado a considerar como humanos, a la vez el trabajo y la holganza, y aun a dar la primacía al perezoso, a quien descansa. No trabaja más que para verse libre de su trabajo, no quiere franquear el trabajo más que para eximirse de él.
En suma, su trabajo no le satisface, simplemente está prescrito por la Sociedad, sólo es una carga, un deber, una tarea. Recíprocamente, su Sociedad no le satisface porque no le suministra más que trabajo. El trabajo debería satisfacerle en cuanto hombre, pero no satisface más que a la Sociedad; la Sociedad debería emplearlo como hombre, pero no le emplea sino como un trabajador indigente o un indigente trabajador.
Trabajo y Sociedad no le son provechosos sino en tanto que tiene las necesidades de un egoísta y no de un hombre.
Tal es la crítica del trabajo. Ella apela al Espíritu, dirige la lucha del Espíritu contra la masa (Allgemeine Literatur-Zeitung, Bruno Bauer, Charlottenburg, 1843-44) y declara que el trabajo comunista es una tarea sin ninguna huella de Espíritu. La masa que teme al trabajo se hace el trabajo fácil. En la literatura que nos inunda, este horror del trabajo tiene por consecuencia esa superficialidad bien conocida que rehúsa la fatiga de investigar.
Por eso, el liberalismo humanista afirma: ¿Queréis el trabajo? Perfectamente, nosotros lo queremos también, pero lo queremos integral. No buscamos un medio de tener descansos, sino pretendemos hallar en él plena satisfacción. Deseamos el trabajo porque él es nuestra autorrealización.
Pero, para eso, es preciso que el trabajo sea digno de este nombre. Sólo honra al hombre el trabajo humano y consciente que no tiene un fin egoísta, sino que tiene por fin al Hombre, la expansión de las energías humanas, de suerte que permite decir: laboro ergo sum; trabajo, luego soy hombre. El humanista quiere el trabajo del Espíritu que elabora la materia; quiere que el Espíritu no deje nada de reposo, que no repose ante nada, que analice y ponga sin cesar sobre el telar de su crítica los resultados obtenidos. Ese Espíritu inquieto es el verdadero trabajador; es él quien destruye las preocupaciones, quien derriba todas las barreras y las limitaciones y exalta al hombre por encima de todo lo que podría dominarlo, en tanto que el comunista, que no trabaja más que para él, nunca libremente, sino siempre forzado por la necesidad, no se libera de la esclavitud del trabajo, continúa siendo un trabajador esclavo.
El trabajador, tal como lo concibe el humanista, no tiene nada de egoísta, porque no produce para individuos, ni para sí mismo, ni para otros; su satisfacción no tiende a la satisfacción de necesidades privadas, sino que tiene por fin la Humanidad y su progreso; no se detiene en aliviar los sufrimientos individuales ni en inquietarse por los deseos de cada uno; abate las barreras que encierran la Humanidad, desarraiga las preocupaciones seculares, barre los obstáculos que embarazan el camino, desvela los errores que hacen tropezar a los hombres y las verdades que descubre para todos y para siempre; en suma, vive y trabaja para la Humanidad. Yo respondo a eso:
En primer lugar, quien descubre una verdad importante, sabe que puede ser útil a los demás hombres, y como ocultarla celosamente no le procuraría ningún goce, da parte de ella y la comparte con ellos. Pero si tiene acaso conciencia de que esa participación es preciada para los demás, no es sin embargo, en modo alguno por amor de los demás, sino únicamente por sí mismo, por lo que ha buscado y hallado, porque el problema lo atraía y la obscuridad y el error no le habrían dejado reposo si no hubiera desembrollado el caos y descifrado el enigma de la mejor manera posible.
Trabaja, pues, para sí mismo, para satisfacer su deseo. Que su obra resulte útil a los demás y para la posteridad, no quita el carácter egoísta de su trabajo.
En segundo lugar, siendo así que trabaja para sí mismo, ¿por qué sería su obra humana, cuando la de los demás es inhumana, es decir, egoísta? ¿Sería porque ese libro, ese cuadro, esa sinfonía, es la obra de todo su ser, porque en ella ha puesto lo mejor de él, porque en ella se ha exteriorizado y en ella puede reconocerse en su totalidad, mientras que la obra del artesano no refleja más que el artesano, es decir, la habilidad profesional y no el hombre? Por sus poemas conocemos todos a Schiller, en tanto que centenares y millares de estufas no nos enseñan a conocer más que al fumista, y no al hombre.
Esto equivale a decir simplemente que tal obra me revela todas mis posibilidades, en tanto que tal otra no atestigua más que el conocimiento que tengo de mi oficio. ¿No soy yo una vez más el que expreso el fruto de mis veladas? ¿Y no es más egoísta hacer de su obra el pedestal sobre el que uno se expone a los ojos del mundo, sobre el cual uno se ostenta en todas las posturas posibles, que permanecer disimulado detrás de ella? ¡Tú me dirás que lo que expones así es el Hombre! Pero observa que ese hombre que nos muestras eras Tú: no nos muestras más que a Ti, y si algo te distingue del artesano, es que éste no sabe expresarse así, en pequeño, en una sola y única obra, sino que necesita, para ser reconocido como él mismo, ser considerado bajo todos los demás aspectos que constituyen su vida; el deseo para cuya satisfacción había nacido su obra era teórico.
Vas a replicar que revelas un hombre muy distinto, un hombre más digno, más elevado, más grande, en una palabra, más Hombre que tal o cual otro. Sea; quiero admitir que realizas todas las posibilidades humanas, que has llegado adonde ningún otro puede alcanzar. ¿En qué consiste tu grandeza? Precisamente en que eres más que otros hombres (que la masa), más que los hombres ordinarios, lo que te hace grande es tu elevación por encima de los hombres. Si Te distingues entre ellos, no es de ningún modo porque eres un hombre, sino porque eres un hombre único. Tu obra atestigua, sí, de lo que un hombre es capaz, pero del hecho que Tú, que eres un hombre, la hayas realizado, no se desprende que todos los hombres puedan hacer otro tanto. Sólo porque eres un hombre único has podido hacerla, y en eso eres único.
No es el Hombre quien hace Tu grandeza, eres Tú quien la hace, porque eres más que un hombre y más poderoso que otros hombres. Uno se imagina no poder ser más que hombre. Ser menos que hombre sería, sin embargo, mucho más difícil.
Uno se imagina, además, que todo lo que se hace bueno, bello, notable, honra al Hombre. Pero Yo soy hombre de la misma manera que Schiller era suavo, Kant prusiano y Gustavo Adolfo miope, y mis méritos y los tuyos hacen de nosotros un hombre, un suavo, un prusiano y un miope distinguidos, Todos esos calificativos valen, en el fondo, lo que el bastón de Federico el Grande, que no es célebre sino porque Federico lo es.
Al antiguo rendid homenaje a Dios, corresponde el moderno rendid homenaje al Hombre. Pero Mis homenajes me los guardo para Mí.
Cuando la crítica exhorta a los hombres a ser humanos, formula la condición indispensable de la sociabilidad porque sólo en tanto que Hombre se puede vivir en sociedad con otros hombres. Ella muestra así su fin social, la fundación de la sociedad humana.
La crítica es, indudablemente, la teoría social más perfecta porque quita y reduce todo lo que separa al hombre: todos los privilegios, e incluso el privilegio de la fe. Ella ha acabado de purificar y ha sistematizado el verdadero principio social, el principio de amor del cristianismo, y ella es la que habrá hecho la última tentativa posible para despojar a los hombres de su exclusivismo y de su radical enemistad, luchando cuerpo a cuerpo con el egoísmo bajo su forma más primitiva y, por consiguiente, más dura: la unicidad o el exclusivismo.
¿Cómo podéis vivir una vida verdaderamente social si existe en vosotros la menor huella de exclusivismo?
Yo pregunto, inversamente: ¿Cómo podéis ser verdaderamente únicos, si existe en vosotros la menor huella de dependencia, la menor cosa que no sea Vosotros y nada más que Vosotros? ¡Mientras permanezcáis encadenados unos a otros, no podréis hablar de Vosotros en singular, mientras os una un lazo, seguís siendo un plural; de vosotros doce hacéis la docena, mil formáis un pueblo y algunos millones la Humanidad!
¡Sólo si sois humanos podréis relacionaros los unos con los otros como Hombres, de la misma manera que sólo os podréis comprender como patriotas si sois patriotas!
Sea, pero yo respondo: Sólo si sois únicos podréis relacionaros los unos con los otros como los que sois Vosotros mismos.
El critico más radical es precisamente al que hiere más cruelmente la maldición que pesa sobre su principio. A medida que se despoja de un exclusivismo tras otro y que sacude sucesivamente su celo religioso, su patriotismo, etc., desata un lazo tras otro y se separa de los devotos, de los patriotas, etcétera, a tal punto, que, finalmente, desplomándose todos los lazos, se encuentra solo. Está forzado a rechazar todo lo que tiene algo de exclusivo o de privado, pero, ¿qué puede ser, en definitiva, más exclusivo que la exclusiva, la única persona misma? (...)
Hasta el presente, los hombres han tratado siempre de descubrir una forma social en la que sus antiguas desigualdades no fuesen ya esenciales. El objeto de sus esfuerzos fue una nivelación y con ella la igualdad y esa pretensión de poner tantas cabezas bajo un mismo sombrero significaba nada menos que esto: buscaban un Señor, un lazo, una fe (todos creemos en un Dios). Si alguna cosa es común a los hombres e igual en todos, es ciertamente el Hombre, y gracias a esa comunidad, la necesidad de amor ha encontrado su satisfacción: ella no descansó hasta que hubo realizado esa última nivelación, allanado toda desigualdad y echado al hombre en los brazos del hombre. Pero es justamente ese lazo de unión lo que hace la ruptura y el antagonismo más escandaloso; una sociedad limitada ponía en riña al francés y el alemán, al cristiano y el mahometano, etc., en tanto que ahora el Hombre se opone a los hombres, o, puesto que los hombres no son el Hombre, al no hombre.
A la proposición Dios se ha hecho hombre, sucede ahora esta otra: el Hombre se ha hecho Yo. He aquí el Yo humano. Pero decimos, por el contrario: Yo no he podido encontrarme en tanto que me he buscado como Hombre. Si el Hombre intenta llegar a ser Yo y alcanzar una corporeidad en Mí, Yo noto que, en suma, todo reposa sobre Mí, y que sin Mí el Hombre está perdido. Yo no puedo, sin embargo, sacrificarme sobre el altar de ese santo de los santos, y en adelante no me preguntaré ya si mis manifestaciones son de un Hombre o de un no hombre. ¡Que ese Espíritu me deje en paz!
El liberalismo humanista no se para en barras. Cuando quieras, no importa bajo qué punto de vista, ser o tener alguna cosa particular, cuando pretendas la menor ventaja que no tienen los demás y quieras autorizarte con un derecho que no es uno de los "derechos generales de la humanidad", entonces eres un egoísta.
Sea; yo no pretendo tener o ser nada particular que me haga pasar antes que los demás, no quiero beneficiarme a sus expensas de ningún privilegio; pero Yo no me mido por la medida de los demás, y si no quiero sinrazón en mi favor, no quiero tampoco ninguna clase de derecho. Yo quiero ser todo lo que puedo ser, tener todo lo que puedo tener. Que los otros sean o tengan algo análogo, ¿qué me importa? Tener lo que Yo tengo, ser lo que Yo soy, no lo pueden. Yo no les hago ningún agravio, como no hago agravio a la roca teniendo sobre ella el privilegio del movimiento. Si ella pudiera tenerlo, lo tendría.
¡No hacer agravio a los demás hombres! De ahí se derivan la necesidad de no poseer ningún privilegio, de renunciar a toda ventaja y la más rigurosa doctrina de renuncia. No debe uno considerarse como algo especial, por ejemplo, como judío o como cristiano. ¡Muy bien, Yo tampoco me tengo por alguna cosa particular! ¡Me tengo por único! Tengo, sí, alguna analogía con los demás, pero eso no tiene importancia más que para la comparación y la reflexión; de hecho, soy incomparable, único. Mi carne no es su carne, mi Espíritu no es su Espíritu. Aunque los coloquéis en categorías generales, la carne, el Espíritu, ésos son pensamientos vuestros, que no tienen nada común con mi carne y mi espíritu, y de ningún modo pueden pretender dictarme una vocación.
Yo no quiero respetar en Ti nada, ni el propietario, ni el indigente, ni siquiera el Hombre, pero quiero utilizarte. Yo aprecio que la sal hace saber mejor mis alimentos, así es que no dejo de usarla; reconozco en el pescado un alimento que me conviene y lo como; he descubierto en Ti el don de iluminar y de amenizar Mi vida y he hecho de Ti mi compañero. Pudiera ser también que Yo estudiase en la sal la cristalización, en el pescado la animalidad y en Ti la humanidad, pero Tú no eres jamás, a mis ojos, más que lo que eres para Mí, es decir, mi objeto, y en tanto que Mi objeto, eres Mi propiedad.
El liberalismo humanista es el apogeo de la indigencia. Debemos empezar por descender hasta el último escalón de la desnudez y de la indigencia, si queremos llegar a la individualidad. Pero, ¿hay nada más miserable que el Hombre completamente desnudo?
Es más que indigencia, despojarse incluso del Hombre, al sentir que él también Me es extraño y que no debo configurarme a su imagen. Pero ya no es mera indigencia: desprendidos sus últimos harapos, al enderezarse el indigente en su desnudez, despojado de toda cubierta extraña, encuentra que ha rechazado incluso su indigencia y por ello deja de ser un indigente.
No soy ya un indigente, pero lo fui.
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Primera parte: El liberalismo humanista.
'''El liberalismo humanista'''
El liberalismo encuentra su expresión completa y definitiva en el liberalismo crítico que se somete él mismo a examen y, sin embargo, el crítico es un liberal que no traspasa los límites del principio del liberalismo, el Hombre. Esta última encarnación del principio es la que merece por excelencia ser llamada liberalismo humano o humanista.
El trabajador pasa por el más material y el más egoísta de los hombres; no hace nada por la humanidad, y no obra más que para sí mismo, con la intención de satisfacer sus propias necesidades.
La burguesía, no haciendo al hombre libre más que por su nacimiento, lo ha dejado para el resto de la vida en las garras del inhumano (del egoísta). Así el egoísmo posee, bajo el régimen del liberalismo político, un campo de acción extraordinariamente extenso. Como el ciudadano utiliza el Estado, el trabajador utilizará la sociedad con un fin egoísta. ¡Tú no tienes más que un fin egoísta, tu bienestar! -grita el humanista al socialista -. Abraza un interés puramente humano, si quieres que Yo sea tu compañero. Pero se necesitaría para eso una conciencia más firme y más comprensiva que una conciencia de puro trabajador.
El trabajador no hace nada y por ello carece de todo, pero si no hace nada, es porque su trabajo, permaneciendo siempre individual, e impuesto por la necesidad inmediata, carece de mañana. Se podría pensar lo contrario: la obra de Gutenberg no ha quedado aislada, y hoy sigue viva, púes respondía a una necesidad de la humanidad, así que es eterna, imperecedera.
La conciencia humanista desprecia tanto a la conciencia del burgués, como a la del trabajador, el burgués se indigna contra los vagabundos (todos los que no tienen una posición estable) y su inmoralidad; el trabajador se subleva contra los holgazanes y sus máximasinmorales, por antisociales y explotadoras. El humanista les responde: ¡La falta de establecimiento de la mayor parte es tu obra, filisteo! Pero si Tú, proletario, quieres que todos se maten a trabajar, si exiges que todos lleven el yugo, es porque no has sido hasta ahora nada más que una bestia de carga. Pretendes, en verdad, condenándonos a todos a trabajos forzados, aliviar el esfuerzo mismo, pero es únicamente para que todos dispongan de los mismos descansos. ¿Y qué harán de esos descansos? ¿Cómo se arreglará tu Sociedad para que los descansos así conquistados sean empleados humanamente? Deberá, sí, abandonarlos como una presa al egoísmo, y todo el beneficio de tu Sociedad lo acaparará el egoísta. ¿Qué ha resultado de la liberación del hombre de todo capricho personal, esa conquista tan loada de la burguesía? El Estado, no habiendo podido dar a esa libertad un valor humano, ha tenido que abandonarla a lo arbitrario.
Ciertamente, conviene que el hombre no tenga Señor, pero se necesita para eso que el egoísta no se convierta en su Señor, y que él sea el Señor del egoísta. No es menos necesario que el hombre goce de descansos, pero si el egoísta es quien desvía esos descansos en su provecho, serán perdidos para el hombre; así debéis dar a los descansos una significación humana. Pero a vuestro trabajo mismo, vosotros los obreros, no os entregáis sino con un fin egoísta, porque queréis comer, vivir. ¿Cómo podríais ser menos egoístas en vuestro reposo? No trabajáis sino porque una vez acabada la tarea, es dulce recrearse, callejear; en cuanto a la forma en que ocuparéis vuestras horas de descanso, sólo el azar lo decidirá.
Para cerrar bien todas las puertas por donde el egoísmo puede introducirse en la plaza, habría que esforzarse en llegar al completo desinterés. Sólo el desinterés es humano, ya que sólo el hombre es desinteresado, en tanto que el egoísta no lo es jamás.(...)
En la sociedad humana que nos promete el humanista no hay evidentemente lugar para lo que Tú y Yo tenemos de particular y nada puede ya entrar en la cuenta que lleve el sello de asunto privado. Así se completa el ciclo del liberalismo; su buen principio es el egoísta y todo lo que es privado; allí está su dios, aquí su diablo. Perdiendo la persona particular todo valor en el Estado (nada de privilegios), y despojándose la propiedad particular o privada de su legitimidad por la Sociedad de los trabajadores o Sociedad de los indigentes, viene la sociedad humana, que liquida indistintamente todo lo particular o privado. Sólo el día en que la crítica pura haya terminado su laboriosa información, sabremos exactamente lo que debemos considerar por privado, y penetrados de su vanidad y de su nada ... dejar todo exactamente como antes.
Ni el Estado ni la Sociedad satisfacen al liberal humanista; así, niega a ambos, a condición de conservarlos. Afirma que el problema de la época no es político, sino social, y promete de nuevo el Estado libre del futuro. En realidad, la Sociedad humana es a la vez Estado universal y Sociedad universal. Tan sólo critica al Estado limitado por estar demasiado ligado a los intereses espirituales privados (por ejemplo, las convicciones religiosas de las personas), y a la Sociedad limitada por atender con exceso los intereses materiales privados. Ambos deben entregar a los particulares el cuidado de los intereses privados, y convirtiéndose en Sociedad humana, preocuparse únicamente por los intereses humanos generales.
Cuando los políticos trataban de suprimir la voluntad personal (lo arbitrario y el real agrado), no advertían que la propiedad les ofrecía un segundo asilo.
Cuando los socialistas, a su vez, suprimen la propiedad, no se cuidan de observar que esa propiedad se perpetúa bajo la forma de individualidad. ¿No existe otra propiedad que el dinero y los bienes materiales?
¿Cada uno de mis pensamientos, cada una de mis opiniones, no Me es igualmente propio, no es Mío?
No hay otra alternativa, pues, para el pensamiento, que desaparecer o hacerse impersonal. La persona no crea opiniones, todo lo que pudiera tener como propio, debe retornar a alguna cosa más general que ella misma: lo mismo que el Estado ha confiscado la voluntad y que la sociedad ha acaparado la propiedad, el Hombre, a su vez, debe totalizar los pensamientos individuales y hacer de ellos el pensamiento humano, pura y universalmente humano.
Si se dejan subsistir las opiniones individuales, Yo tendré Mi Dios (Dios no puede ser más que Mi Dios , es Mi opinión o Mi conciencia) y si yo tengo Mi Dios, tendré Mi fe, Mi religión, Mis pensamientos, Mis ideales. Por eso tiene que constituirse una fe común a todos los hombres: el fanatismo de la libertad. Ésta será una fe estrechamente correspondiente a la esencia humana, y será, en fin, siendo sólo el hombre razonable (Tú y Yo podemos ser muy poco razonables), una fe razonable.
Para reducir a la impotencia la voluntad y la propiedad privadas, es preciso, ante todo, domar el individualismo, o el egoísmo. Tras esa victoria fundamental, etapa suprema en la evolución del hombre libre, se desmoronarán los fines de orden inferior, tales como el bienestar social de los socialistas ante la sublime idea de la Humanidad. Todo lo que no es universalmente Humano, constituye algo separado que no satisface más que a algunos o a uno solo, y que, si satisface a todo el mundo, no satisface a todos ellos sino en tanto que individuo y no en tanto que hombre; dicho de otro modo: todo lo que no es Humanidad pura es egoísmo.
El bienestar es aún el fin supremo de los socialistas, como el libre concurso, la emulación, lo es de los liberales políticos. Ahora también es uno libre de vivir bien y de hacer para ello lo necesario, lo mismo que se permite entrar en la liza a quien intenta la competencia. Pero para tomar parte en la competencia basta ser ciudadano, y para tener parte en el bienestar social, ser trabajador: ciudadano y trabajador no son todavía, ni el uno ni el otro, sinónimos de hombre. ¡El hombre no llega al verdadero bien sino cuando es también espiritualmente libre! Porque el Hombre es Espíritu y por ello todas las potencias extrañas a él, al Espíritu, todas las potencias suprahumanas celestes, no humanas, deben ser destruidas, y el nombre de Hombre debe elevarse radiante por encima de todos los nombres.
Así, la época moderna (época de los modernos) acaba por volver a su punto de partida, y convierte de nuevo la libertad espiritual en su principio y su fin.
El liberal humanista, dirigiéndose particularmente al comunista, le dice: Si la sociedad Te prescribe una actividad, libera esta actividad de la influencia de los individuos, es decir, de los egoístas; sin embargo, ella no es todavía una actividad puramente humana, ni te convierte en un órgano de la Humanidad. ¿Qué especie de actividad exige la Sociedad de Ti? Sólo el azar de las circunstancias lo decidirá; podría emplearte en construir un templo o algo semejante, si no lo hiciese, podrías por tu propio impulso dedicarte a una tontería, o dicho de otro modo, a algo no humano. Más aún, si trabajas es únicamente para proveer a Tus necesidades y, en suma, para vivir por el amor de Tu querida vida, y en modo alguno por la mayor gloria de la humanidad. ¿Qué se necesita, pues, para poder lisonjearte de una actividad verdaderamente libre? Se necesita que Te liberes de todas las necesidades, que te eximas de todo lo que no es humano, sino egoísta (relativo al individuo y no al hombre que el individuo encarna), es preciso que te despojes de todas las ideas cuya falsedad obscurece al Hombre o a la idea de Humanidad. En suma, es preciso que no solamente seas libre de actuar, sino que, además, el contenido de tu actividad sea exclusivamente humano, y no obres ni vivas más que para la Humanidad. Tú estás lejos de eso en tanto que tus esfuerzos no tiendan hacia otro objeto que el bienestar, la prosperidad tuya y de todos: lo que haces por Tu sociedad de indigentes, no es nada para la sociedad Humana.
El trabajo solo no basta para hacer de Ti un hombre, porque el trabajo es algo formal y su materia está a merced de las circunstancias; lo que hay que saber es quién eres Tú que trabajas. Puedes trabajar perfectamente espoleado por necesidades egoístas (materiales), nada más que para procurarte el vivir, etc., el trabajo debe ser guiado por la Humanidad, ha de tender al bien de la Humanidad, ser provechoso a su evolución histórica. En suma, el trabajo debe ser humano. Eso supone dos cosas: primero, que sea útil a la Humanidad y segundo, que sea la obra de un Hombre. La primera de estas dos condiciones puede cumplirse por todo trabajo, sea el que fuere, porque las obras de la Naturaleza misma, los animales, por ejemplo, son puestas a contribución por la Humanidad y sirven para las investigaciones científicas, etc., pero la segunda condición implica que el trabajador conozca el objeto humano de su labor. Pues bien, de ese objeto no puede darse cuenta sino cuando se sabe hombre. ¿Y quién le instruirá en su dignidad humana? -La conciencia de sí.
Ciertamente, mucho se ha conseguido si dejas de estar encadenado a un fragmento del trabajo, pero no abarcas más que con la vista el conjunto de tu tarea, y la conciencia de tu obra que has adquirido está aún muy lejos de la conciencia de ti, de la conciencia de tu verdadero Yo, o de tu esencia de Hombre. El trabajador siente, pues, la necesidad de una conciencia superior que le falta, y de esta necesidad que no puede satisfacer por la práctica de su oficio, busca la satisfacción fuera de las horas de trabajo, durante sus descansos. Así, el recreo, el asueto, siguen siendo el complemento necesario de su trabajo; se ve forzado a considerar como humanos, a la vez el trabajo y la holganza, y aun a dar la primacía al perezoso, a quien descansa. No trabaja más que para verse libre de su trabajo, no quiere franquear el trabajo más que para eximirse de él.
En suma, su trabajo no le satisface, simplemente está prescrito por la Sociedad, sólo es una carga, un deber, una tarea. Recíprocamente, su Sociedad no le satisface porque no le suministra más que trabajo. El trabajo debería satisfacerle en cuanto hombre, pero no satisface más que a la Sociedad; la Sociedad debería emplearlo como hombre, pero no le emplea sino como un trabajador indigente o un indigente trabajador.
Trabajo y Sociedad no le son provechosos sino en tanto que tiene las necesidades de un egoísta y no de un hombre.
Tal es la crítica del trabajo. Ella apela al Espíritu, dirige la lucha del Espíritu contra la masa (Allgemeine Literatur-Zeitung, Bruno Bauer, Charlottenburg, 1843-44) y declara que el trabajo comunista es una tarea sin ninguna huella de Espíritu. La masa que teme al trabajo se hace el trabajo fácil. En la literatura que nos inunda, este horror del trabajo tiene por consecuencia esa superficialidad bien conocida que rehúsa la fatiga de investigar.
Por eso, el liberalismo humanista afirma: ¿Queréis el trabajo? Perfectamente, nosotros lo queremos también, pero lo queremos integral. No buscamos un medio de tener descansos, sino pretendemos hallar en él plena satisfacción. Deseamos el trabajo porque él es nuestra autorrealización.
Pero, para eso, es preciso que el trabajo sea digno de este nombre. Sólo honra al hombre el trabajo humano y consciente que no tiene un fin egoísta, sino que tiene por fin al Hombre, la expansión de las energías humanas, de suerte que permite decir: laboro ergo sum; trabajo, luego soy hombre. El humanista quiere el trabajo del Espíritu que elabora la materia; quiere que el Espíritu no deje nada de reposo, que no repose ante nada, que analice y ponga sin cesar sobre el telar de su crítica los resultados obtenidos. Ese Espíritu inquieto es el verdadero trabajador; es él quien destruye las preocupaciones, quien derriba todas las barreras y las limitaciones y exalta al hombre por encima de todo lo que podría dominarlo, en tanto que el comunista, que no trabaja más que para él, nunca libremente, sino siempre forzado por la necesidad, no se libera de la esclavitud del trabajo, continúa siendo un trabajador esclavo.
El trabajador, tal como lo concibe el humanista, no tiene nada de egoísta, porque no produce para individuos, ni para sí mismo, ni para otros; su satisfacción no tiende a la satisfacción de necesidades privadas, sino que tiene por fin la Humanidad y su progreso; no se detiene en aliviar los sufrimientos individuales ni en inquietarse por los deseos de cada uno; abate las barreras que encierran la Humanidad, desarraiga las preocupaciones seculares, barre los obstáculos que embarazan el camino, desvela los errores que hacen tropezar a los hombres y las verdades que descubre para todos y para siempre; en suma, vive y trabaja para la Humanidad. Yo respondo a eso:
En primer lugar, quien descubre una verdad importante, sabe que puede ser útil a los demás hombres, y como ocultarla celosamente no le procuraría ningún goce, da parte de ella y la comparte con ellos. Pero si tiene acaso conciencia de que esa participación es preciada para los demás, no es sin embargo, en modo alguno por amor de los demás, sino únicamente por sí mismo, por lo que ha buscado y hallado, porque el problema lo atraía y la obscuridad y el error no le habrían dejado reposo si no hubiera desembrollado el caos y descifrado el enigma de la mejor manera posible.
Trabaja, pues, para sí mismo, para satisfacer su deseo. Que su obra resulte útil a los demás y para la posteridad, no quita el carácter egoísta de su trabajo.
En segundo lugar, siendo así que trabaja para sí mismo, ¿por qué sería su obra humana, cuando la de los demás es inhumana, es decir, egoísta? ¿Sería porque ese libro, ese cuadro, esa sinfonía, es la obra de todo su ser, porque en ella ha puesto lo mejor de él, porque en ella se ha exteriorizado y en ella puede reconocerse en su totalidad, mientras que la obra del artesano no refleja más que el artesano, es decir, la habilidad profesional y no el hombre? Por sus poemas conocemos todos a Schiller, en tanto que centenares y millares de estufas no nos enseñan a conocer más que al fumista, y no al hombre.
Esto equivale a decir simplemente que tal obra me revela todas mis posibilidades, en tanto que tal otra no atestigua más que el conocimiento que tengo de mi oficio. ¿No soy yo una vez más el que expreso el fruto de mis veladas? ¿Y no es más egoísta hacer de su obra el pedestal sobre el que uno se expone a los ojos del mundo, sobre el cual uno se ostenta en todas las posturas posibles, que permanecer disimulado detrás de ella? ¡Tú me dirás que lo que expones así es el Hombre! Pero observa que ese hombre que nos muestras eras Tú: no nos muestras más que a Ti, y si algo te distingue del artesano, es que éste no sabe expresarse así, en pequeño, en una sola y única obra, sino que necesita, para ser reconocido como él mismo, ser considerado bajo todos los demás aspectos que constituyen su vida; el deseo para cuya satisfacción había nacido su obra era teórico.
Vas a replicar que revelas un hombre muy distinto, un hombre más digno, más elevado, más grande, en una palabra, más Hombre que tal o cual otro. Sea; quiero admitir que realizas todas las posibilidades humanas, que has llegado adonde ningún otro puede alcanzar. ¿En qué consiste tu grandeza? Precisamente en que eres más que otros hombres (que la masa), más que los hombres ordinarios, lo que te hace grande es tu elevación por encima de los hombres. Si Te distingues entre ellos, no es de ningún modo porque eres un hombre, sino porque eres un hombre único. Tu obra atestigua, sí, de lo que un hombre es capaz, pero del hecho que Tú, que eres un hombre, la hayas realizado, no se desprende que todos los hombres puedan hacer otro tanto. Sólo porque eres un hombre único has podido hacerla, y en eso eres único.
No es el Hombre quien hace Tu grandeza, eres Tú quien la hace, porque eres más que un hombre y más poderoso que otros hombres. Uno se imagina no poder ser más que hombre. Ser menos que hombre sería, sin embargo, mucho más difícil.
Uno se imagina, además, que todo lo que se hace bueno, bello, notable, honra al Hombre. Pero Yo soy hombre de la misma manera que Schiller era suavo, Kant prusiano y Gustavo Adolfo miope, y mis méritos y los tuyos hacen de nosotros un hombre, un suavo, un prusiano y un miope distinguidos, Todos esos calificativos valen, en el fondo, lo que el bastón de Federico el Grande, que no es célebre sino porque Federico lo es.
Al antiguo rendid homenaje a Dios, corresponde el moderno rendid homenaje al Hombre. Pero Mis homenajes me los guardo para Mí.
Cuando la crítica exhorta a los hombres a ser humanos, formula la condición indispensable de la sociabilidad porque sólo en tanto que Hombre se puede vivir en sociedad con otros hombres. Ella muestra así su fin social, la fundación de la sociedad humana.
La crítica es, indudablemente, la teoría social más perfecta porque quita y reduce todo lo que separa al hombre: todos los privilegios, e incluso el privilegio de la fe. Ella ha acabado de purificar y ha sistematizado el verdadero principio social, el principio de amor del cristianismo, y ella es la que habrá hecho la última tentativa posible para despojar a los hombres de su exclusivismo y de su radical enemistad, luchando cuerpo a cuerpo con el egoísmo bajo su forma más primitiva y, por consiguiente, más dura: la unicidad o el exclusivismo.
¿Cómo podéis vivir una vida verdaderamente social si existe en vosotros la menor huella de exclusivismo?
Yo pregunto, inversamente: ¿Cómo podéis ser verdaderamente únicos, si existe en vosotros la menor huella de dependencia, la menor cosa que no sea Vosotros y nada más que Vosotros? ¡Mientras permanezcáis encadenados unos a otros, no podréis hablar de Vosotros en singular, mientras os una un lazo, seguís siendo un plural; de vosotros doce hacéis la docena, mil formáis un pueblo y algunos millones la Humanidad!
¡Sólo si sois humanos podréis relacionaros los unos con los otros como Hombres, de la misma manera que sólo os podréis comprender como patriotas si sois patriotas!
Sea, pero yo respondo: Sólo si sois únicos podréis relacionaros los unos con los otros como los que sois Vosotros mismos.
El critico más radical es precisamente al que hiere más cruelmente la maldición que pesa sobre su principio. A medida que se despoja de un exclusivismo tras otro y que sacude sucesivamente su celo religioso, su patriotismo, etc., desata un lazo tras otro y se separa de los devotos, de los patriotas, etcétera, a tal punto, que, finalmente, desplomándose todos los lazos, se encuentra solo. Está forzado a rechazar todo lo que tiene algo de exclusivo o de privado, pero, ¿qué puede ser, en definitiva, más exclusivo que la exclusiva, la única persona misma? (...)
Hasta el presente, los hombres han tratado siempre de descubrir una forma social en la que sus antiguas desigualdades no fuesen ya esenciales. El objeto de sus esfuerzos fue una nivelación y con ella la igualdad y esa pretensión de poner tantas cabezas bajo un mismo sombrero significaba nada menos que esto: buscaban un Señor, un lazo, una fe (todos creemos en un Dios). Si alguna cosa es común a los hombres e igual en todos, es ciertamente el Hombre, y gracias a esa comunidad, la necesidad de amor ha encontrado su satisfacción: ella no descansó hasta que hubo realizado esa última nivelación, allanado toda desigualdad y echado al hombre en los brazos del hombre. Pero es justamente ese lazo de unión lo que hace la ruptura y el antagonismo más escandaloso; una sociedad limitada ponía en riña al francés y el alemán, al cristiano y el mahometano, etc., en tanto que ahora el Hombre se opone a los hombres, o, puesto que los hombres no son el Hombre, al no hombre.
A la proposición Dios se ha hecho hombre, sucede ahora esta otra: el Hombre se ha hecho Yo. He aquí el Yo humano. Pero decimos, por el contrario: Yo no he podido encontrarme en tanto que me he buscado como Hombre. Si el Hombre intenta llegar a ser Yo y alcanzar una corporeidad en Mí, Yo noto que, en suma, todo reposa sobre Mí, y que sin Mí el Hombre está perdido. Yo no puedo, sin embargo, sacrificarme sobre el altar de ese santo de los santos, y en adelante no me preguntaré ya si mis manifestaciones son de un Hombre o de un no hombre. ¡Que ese Espíritu me deje en paz!
El liberalismo humanista no se para en barras. Cuando quieras, no importa bajo qué punto de vista, ser o tener alguna cosa particular, cuando pretendas la menor ventaja que no tienen los demás y quieras autorizarte con un derecho que no es uno de los "derechos generales de la humanidad", entonces eres un egoísta.
Sea; yo no pretendo tener o ser nada particular que me haga pasar antes que los demás, no quiero beneficiarme a sus expensas de ningún privilegio; pero Yo no me mido por la medida de los demás, y si no quiero sinrazón en mi favor, no quiero tampoco ninguna clase de derecho. Yo quiero ser todo lo que puedo ser, tener todo lo que puedo tener. Que los otros sean o tengan algo análogo, ¿qué me importa? Tener lo que Yo tengo, ser lo que Yo soy, no lo pueden. Yo no les hago ningún agravio, como no hago agravio a la roca teniendo sobre ella el privilegio del movimiento. Si ella pudiera tenerlo, lo tendría.
¡No hacer agravio a los demás hombres! De ahí se derivan la necesidad de no poseer ningún privilegio, de renunciar a toda ventaja y la más rigurosa doctrina de renuncia. No debe uno considerarse como algo especial, por ejemplo, como judío o como cristiano. ¡Muy bien, Yo tampoco me tengo por alguna cosa particular! ¡Me tengo por único! Tengo, sí, alguna analogía con los demás, pero eso no tiene importancia más que para la comparación y la reflexión; de hecho, soy incomparable, único. Mi carne no es su carne, mi Espíritu no es su Espíritu. Aunque los coloquéis en categorías generales, la carne, el Espíritu, ésos son pensamientos vuestros, que no tienen nada común con mi carne y mi espíritu, y de ningún modo pueden pretender dictarme una vocación.
Yo no quiero respetar en Ti nada, ni el propietario, ni el indigente, ni siquiera el Hombre, pero quiero utilizarte. Yo aprecio que la sal hace saber mejor mis alimentos, así es que no dejo de usarla; reconozco en el pescado un alimento que me conviene y lo como; he descubierto en Ti el don de iluminar y de amenizar Mi vida y he hecho de Ti mi compañero. Pudiera ser también que Yo estudiase en la sal la cristalización, en el pescado la animalidad y en Ti la humanidad, pero Tú no eres jamás, a mis ojos, más que lo que eres para Mí, es decir, mi objeto, y en tanto que Mi objeto, eres Mi propiedad.
El liberalismo humanista es el apogeo de la indigencia. Debemos empezar por descender hasta el último escalón de la desnudez y de la indigencia, si queremos llegar a la individualidad. Pero, ¿hay nada más miserable que el Hombre completamente desnudo?
Es más que indigencia, despojarse incluso del Hombre, al sentir que él también Me es extraño y que no debo configurarme a su imagen. Pero ya no es mera indigencia: desprendidos sus últimos harapos, al enderezarse el indigente en su desnudez, despojado de toda cubierta extraña, encuentra que ha rechazado incluso su indigencia y por ello deja de ser un indigente.
No soy ya un indigente, pero lo fui.
[[Categoría:El Único y su Propiedad]]
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
''La propiedad y la individualidad''
¿No aspira el Espíritu a la Libertad? -¡Ay! ¡No sólo mi Espíritu, toda mi carne arde sin cesar en el mismo deseo! Cuando ante el olor de la cocina del palacio mi nariz habla a mi paladar de los platos sabrosos que alli se guisan, encuentro mi pan seco horriblemente amargo; cuando mis ojos alaban a mi callosa espalda los blandos cojines sobre los que le sería mucho más dulce extenderse que sobre su paja pisoteada, el despecho y la rabia se apoderan de mí; cuando ... ¿pero a qué evocar más dolores? ¿Y es eso lo que llamas tu ardiente sed de libertad? ¿De qué quieres, pues, ser librado? ¿De tu pan seco y de tu lecho de paja? Pues bien, ¡échalos al fuego! Pero no por eso estarás más adelantado; lo que quieres es más bien la libertad de gozar de una buena cama y de un buen lecho. ¿Te lo permitirán los hombres? ¿Te darán esa libertad? No esperes eso del amor de los hombres, porque sabes que piensan todos como Tú: ¡cada uno es para sí mismo el prójimo! ¿Cómo harás para gozar de esos platos, de esos cojines que envidías? ¡No hay otra solución que convertirlos en tu propiedad!
Si piensas bien en ello, lo que quieres no es la libertad de tener todas esas bellas cosas, pues por esta libertad no las posees aún. Tú quieres tener esas cosas realmente, quieres llamarlas Tuyas y poseerlas como Tu propiedad. ¿De qué te sirve una libertad que no te da nada? Por otra parte, si te hubiese librado de todo, no tendrías ya nada, porque está por esencia, vacía de todo contenido. No es más que un vano permiso para el que no sabe servirse de ella; y sí yo me sirvo de ella, la manera en que la uso no depende más que de mí, de mi individualidad.
No encuentro nada que desaprobar en la libertad, pero yo te deseo más que libertad. No deberías carecer sencillamente de lo que no quieres, también deberías tener lo que quieres. No te basta ser libre , debes ser más, debes ser propietario.
¿Quieres ser libre? ¿Y de qué? ¿De qué no puede liberarse uno? Se puede sacudir el yugo de la servidumbre, del poder soberano, de la aristocracia y de los príncipes; se puede sacudir la dominación de los apetitos y de las pasiones y hasta el imperio de la voluntad propia y personal; la abnegación total; la completa renuncia no son más que libertad, libertad para consigo mismo, su arbitrio y sus determinaciones. Son nuestros esfuerzos hacia la libertad como hacia algo absoluto, de un precio infinito, los que nos despojaron de la individualidad, creando la abnegación.
Cuanto más libre soy, más se eleva la contricción como una torre ante mis ojos, y más impotente me siento. El salvaje, en su sencillez, no conoce aún nada de las barreras que asfixian al civilizado; le parece que es más libre que este último. Cuanta más libertad adquiero, más Me creo nuevos límites y nuevos deberes. ¿He inventado los ferrocarriles?, inmediatamente Me siento débil, porque no puedo aún hendir los aires como el pájaro; ¿he resuelto un problema cuya obscuridad angustiaba mi espíritu?, ya surgen otras mil cuestiones, mil enigmas nuevos embarazan mis pasos, desconciertan Mis miradas y me hacen sentir con mayor dolor los límites de Mi libertad. Así, habiendo sido liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia (Romanos, VI, 18).
Los republicanos, con su amplia libertad, ¿no son esclavos de la ley? ¡Con qué avidez los corazones verdaderamente cristianos desearon en todo tiempo ser libres, y cuánto tardaba para ellos verse librados de los lazos de esta vida terrenal! Ellos buscaban con los ojos la tierra prometida de la libertad. El Jerusalén de allá arriba es libre y él es nuestra madre de todos. (Gálatas, IV, 26).
Ser libre de alguna cosa, significa simplemente carecer o estar exento de ella. "Se ha librado de su dolor de cabeza" es igual a "está exento, no tiene ya dolor en la cabeza"; "está libre de preocupaciones", igual a "no las tiene" o se "ha desembarazado de ellas". La libertad que entrevió y saludó al cristianismo, la completamos por la negación que expresa el sin, el in negativo; sin pecado, inocente; sin Dios, impío; sin costumbres, inmoral.
La libertad es la doctrina del cristianismo: Sois, queridos hermanos, llamados a la libertad; arreglad, pues, vuestras palabras y vuestras acciones como debiendo ser juzgados por la ley de la libertad.
¿Debemos rechazar la libertad porque se revela como un ideal cristiano? No; se trata de no perder nada y tampoco la libertad. De lo que se trata es de hacérnosla propia, lo que le es imposible bajo su forma de libertad.
¡Qué diferencia entre la libertad y la propiedad! Se puede carecer de muchas cosas, pero no se puede estar sin nada; se puede estar libre de muchas cosas, pero no libre de todo. El esclavo mismo puede ser interiormente libre, pero sólo con respecto a ciertas cosas, y no a todas; como esclavo no es libre frente al látigo, los caprichos imperiosos del amo, etcétera. ¡La libertad no existe más que en el reino de los sueños! La individualidad, es decir, mi propiedad, es en cambio, toda mi existencia y mi esencia, es Yo mismo. Yo soy libre de lo que carezco, soy propietario de lo que está en mi poder o de aquello que puedo. Yo soy en todo tiempo y en todas circunstancias Mío desde el momento en que entiendo ser Mío y no me prostituyo a otro. Yo no puedo querer verdaderamente la Libertad, pues no puedo realizarla, crearla; todo lo que puedo hacer es desearla y soñar en ella, pero sigue siendo un ideal, un fantasma. Las cadenas de la realidad infligen a cada instante a mi carne las más crueles magulladuras, pero yo sigo siendo Mi bien propio. Entregado en servidumbre a un dueño, no pongo mis miras más que en Mí y Mis ventajas; sus golpes, en verdad, me alcanzan, no estoy libre de ellos, pero no los soporto más que en mi propio interés, ya quiera engañarlo por una fingida sumisión, ya tema atraerme algo peor por mi resistencia. Pero como no tengo la mira más que en mí y en mi interés personal, aprovecharé la primera ocasión que se presente y aplastaré a mi dueño. Y entonces seré libre de él y de su látigo; ello no será más que la consecuencia de mi egoísmo anterior.
Se me dirá que, aun esclavo, yo era libre, que yo poseía la libertad en sí e interiormente. Pero ser libre en sí no es ser realmente libre, e interior no es exterior. Lo que yo era en desquite, es mío, mío propio, y lo era totalmente, exterior como interiormente. Bajo la dominación de un amo cruel, mi cuerpo no es libre de la tortura y los latigazos; pero son mis huesos los que gimen en el tormento, son mis fibras las que se estremecen bajo los golpes, y Yo gimo porque mi cuerpo gime. Si suspiro y si tiemblo, es porque soy todavía mío, porque soy siempre mi propiedad. Mi pierna no es libre bajo el palo del amo, pero sigue siendo mi pierna y no puede serme arrancada. ¡Que Me la arranque, y diga si tiene aún mi pierna! No tendrá ya en la mano más que el cadáver de mi pierna, y ese cadáver no es mi pierna más que un perro muerto es un perro: un perro tiene un corazon que late, y lo que se llama un perro muerto no lo tiene ya y no es ya un perro.
Decir que un esclavo puede ser, a pesar de todo, interiormente libre, es en realidad enunciar la más vulgar y trivial de las banalidades. ¿A quién podría, en efecto, ocurrírsele sostener que un hombre puede carecer de toda libertad? Sea yo el más rastrero de los lacayos, ¿no estaré, sin embargo, libre de una infinidad de cosas? ¿De la fe en Zeus, por ejemplo, o de la sed de fama, etc.? ¿Y por qué, pues, un esclavo azotado no podría estar él también interiormente libre de todo pensamiento poco cristiano, de todo odio para sus enemigos, etc.? Es, en ese caso, cristianamente libre, puro de todo lo que no es cristiano; pero ¿es absolutamente libre, está liberado de todo, de la ilusión cristiana, del dolor corporal, etc.?
Puede parecer, a primera vista, que todo esto ataca más al nombre que a la cosa. Pero ¿es el nombre una cosa tan indiferente, y no es siempre por una palabra, un equívoco por lo que los hombres han sido inspirados y ... engañados? Existe, por otra parte, entre la libertad y la propiedad o la individualidad una sima más profunda que una simple diferencia de palabras. ( ...)
Las luchas por la libertad no han tenido en todo tiempo por objetivo más que la conquista de una libertad determinada, como por ejemplo, la libertad religiosa; el hombre religioso quería ser libre e independiente. ¿De qué? ¿De la fe? En modo alguno, sino de los inquisidores de la fe. Lo mismo ocurre hoy con la libertad política o civil. El ciudadano quiere ser liberado, no de su ciudadanía, sino de la opresión de los arrendadores y tratantes, de la arbitrariedad real, etc.
El conde de Provenza emigró de Francia precisamente en el momento en que esa misma Francia intentaba inaugurar el reinado de la libertad, y he aquí sus palabras: Mi cautiverio se me había hecho insoportable; no tenía más que una pasión: conquistar la libertad; no pensaba más que en ella.
El impulso hacía una libertad determinada implica siempre la perspectiva de una nueva dominación; la Revolución podía, sí, inspirar a sus defensores el sublime orgullo de combatir por la libertad, pero no tenía en sus miras más que cierta libertad; así resultó una dominación nueva: la de la ley.
¡Libertad queréis todos; quered, pues, la libertad! , ¿por qué regatear por un poco más o menos? La libertad no puede ser más que la libertad toda entera; un poco de libertad no es la libertad. ¿No esperáis que sea posible alcanzar la libertad total, la libertad frente a todo? ¿Pensáis que es locura desearla solamente? Cesad, pues, de perseguir un fantasma y dirigid vuestros esfuerzos hacia un fin mejor que lo inaccesible.
¡No, nada es mejor que la libertad!
¿Qué tendréis, pues, cuando tengáis la libertad? (bien entendido que hablo aquí de la libertad completa y no de vuestras migajas de libertad). Estaréis desembarazados de todo, absolutamente de todo lo que os molesta, y nada en la vida podrá ya molestaros e importunaros. ¿Y por el amor de quién queréis ser librados de esas molestias? Por el amor de Vosotros mismos, porque contrarrestan vuestros deseos. Pero suponed que alguna cosa no os sea penosa, sino, por el contrario, agradable; por ejemplo, la mirada, muy dulce sin duda, pero irresistiblemente imperiosa, de vuestra amada: ¿queréis también ser desembarazados de ella? No; y renunciaréis sin pena a Vuestra libertad. ¿Por qué? De nuevo por el amor de Vosotros mismos. Así, pues, hacéis de Vosotros la medida y el juez de todo. Gustosamente dejáis correr la libertad, cuando la no libertad de la dulce servidumbre del amor tiene para Vosotros más encantos, y la tomáis de nuevo ocasionalmente cuando vuelve a empezar a agradaros, suponiendo, lo que no hay que examinar aquí, que otros motivos (por ejemplo, religiosos) no os aparten de ella.
¿Por qué, pues, no tener un arranque de valor y no hacer de Vosotros resueltamente el centro y el principio? ¿Por qué embobarse con la libertad, vuestro ensueño? ¿Sois vosotros vuestro ensueño? No toméis consejo de vuestros sueños, de vuestras imaginaciones, de vuestros pensamientos, porque todo eso no es más que vana teoría. Interrogaos y haced caso de Vosotros, eso es ser práctico, y no os desagrada ser prácticos.
Pero uno se pregunta lo que dirá su Dios (naturalmente su Dios es lo que él designa con ese nombre); otro se pregunta lo que dirán su sentido moral, su conciencia, su sentimiento del deber; un tercero se inquieta por lo que las gentes van a pensar, y cuando cada uno ha interrogado a su oráculo (las gentes son un oráculo tan seguro y más comprensible que el de arriba: vox populi, vox Dei), todos obedecen a la voluntad de su Señor, y no escuchan ya poco ni mucho lo que Él mismo hubiera podido decir y decidir.
¡Dirigíos, pues, a Vosotros mismos, antes que a vuestros dioses o vuestros ídolos: descubrid en Vosotros lo que está oculto, traedlo a la luz y revelaos!
Como cada uno no obra más que conforme a sí mismo, y no se inquieta por nada más, los cristianos se han imaginado que no le podía suceder de otro modo a Dios. Él obra como le place. Y el hombre insensato, que podría hacer lo mismo, ha de guardarse bien de ello y debe obrar como place a Dios. ¿Afirmais que Dios se conduce según leyes eternas? Igualmente podéis decirlo de Mí, pues Yo tampoco puedo salir de mi piel, sino que mi ley está escrita en toda mi naturaleza, es decir, en Mí.
Pero basta dirigirse a Vosotros llamándoos a Vosotros mismos para que os sumerjáis en la incertidumbre. ¿Qué soy?, se pregunta cada uno de Vosotros. ¡Un abismo en que hierven, sin regla y sin ley, los instintos, los apetitos, los deseos, las pasiones; un caos sin claridad y sin estrella! Si no tengo consideraciones ni para los mandamientos de Dios, ni para los deberes que me prescribe la moral, ni para la voz de la razón que, en el curso de la historia y tras duras experiencias, ha erigido lo mejor y lo más sabio en ley, si no me escuchó únicamente más que a Mí, ¿cómo podré dar una respuesta juiciosa? ¡Mis pasiones me aconsejarán precisamente las mayores locuras! -Así, cada uno de Vosotros se considera a sí mismo como el diablo. Pues de considerarse simplemente como una bestia (en la medida que la religión, etc., no le preocupan nada), observaría muy fácilmente que la bestia, a pesar de no tener otro consejero que su instinto, no corre derecha al absurdo, y marcha muy sosegadamente.
Pero la costumbre de pensar religiosamente nos ha falseado tanto el espíritu, que nos espantamos ante Nosotros mismos en nuestra desnudez, nuestra naturalidad. Hasta tal punto nos ha degradado la religión, que nos imaginamos manchados por el pecado original, nos consideramos demonios vivientes. Naturalmente, inmediatamente pensaréis que vuestro deber exige la práctica del Bien, de la Moral, de la Justicia. Y si únicamente os interrogáis a Vosotros mismos sobre lo que tenéis que hacer, ¿ cómo podría resonar en vosotros la buena voz, la voz que indica el camino del Bien, de lo Justo, de lo Verdadero, etc.? ¿Cómo hablan Dios y Belial?
¿Qué pensaríais si alguien os respondiere que Dios, la conciencia, el deber, la ley, etc., son mentiras con las que se os han henchido la cabeza y el corazón hasta embruteceros? ¿Y si alguien os preguntara de dónde sabéis de ciencia tan cierta, que la voz de la naturaleza es una voz tentadora? ¿Y si os instigase a trastocar los papeles y a tener francamente la voz de Dios y de la conciencia por la obra del diablo? Hay hombres asaz malvados para eso; ¿cómo hacerlos callar? No podríais apelar contra ellos a vuestros sacerdotes, a vuestros abuelos y a vuestras gentes honradas, porque ellos los miran justamente como vuestros seductores: son ellos, dicen, los que verdaderamente han manchado y corrompido a la juventud, sembrando a manos llenas la cizaña del desprecio de sí y del respeto a los dioses; son ellos los que han encenagado los corazones jóvenes y embrutecido los jóvenes cerebros.
Pero van más lejos y os preguntan: ¿por amor a quién os preocupáis de Dios y de los demás mandamientos? Bien sabéis que no obráis por pura complacencia para con Dios; ¿por amor a quién os tomáis, pues, tantos cuidados? De nuevo, por amor a Vosotros mismos. Aquí, Vosotros todavía sois lo principal, y cada cual debe decirse: Yo soy para Mí todo, y todo lo que Yo hago, lo hago en causa propia. Si os ocurriese, aunque sólo fuera una vez, ver claramente que el Dios, la ley, etc., no hacen más que perjudicaros, que os empequeñecen y corrompen, de cierto los rechazaríais lejos de vosotros, como los cristianos derribaron en otro tiempo las imágenes de Apolo y de Minerva y de la moral pagana. Es verdad que erigieron en su lugar a Cristo, y más tarde a María, así como una moral cristiana, pero no lo hicieron sino por la salvación de su alma, es decir, por egoísmo o individualismo.
Y fue este mismo egoísmo, este individualismo el que los desembarazó y los liberó del antiguo mundo de los dioses. La individualidad engendró una nueva libertad, porque la individualidad es la creadora universal; y desde largo tiempo se considera una de sus formas, el genio (que siempre es singularidad u originalidad) como el creador de todas las obras señaladas en la historia del mundo.
¡Si la libertad es el objeto de vuestros esfuerzos, saciad sus exigencias! ¿Quién, pues, puede ser libre? ¡Tú, Yo, Nosotros! ¿Libres de qué? ¡De todo lo que no sea Tú, Yo, Nosotros! Yo soy el núcleo, yo soy la almendra que debe ser liberada de todas sus cubiertas, de todas las cáscaras que la encierran. ¿Y qué quedará cuando Yo sea liberado de todo lo que no sea Yo? ¡Yo, siempre y nada más que Yo! Pero no tiene la libertad nada que ver con ese Yo; ¿qué vendré a ser Yo una vez libre? Sobre este punto la libertad permanece muda; ella es como nuestras leyes penales, que a la expiación de su pena abren al prisionero la puerta de la prisión, y le dicen: ¡Márchate!.
Siendo esto así, ¿por qué, si sólo busco la libertad en Mi propio interés, por qué no me convierto a Mí en el principio, el medio y el fin? ¿No valgo más Yo que la libertad? ¿No soy Yo quien me hago libre, y no soy Yo, pues, lo primero? Aun esclavo, aun cubierto de mis cadenas, Yo existo; Yo no soy, como la libertad, algo futuro que se espera, soy actual. Pensad maduramente en ello, y decidid si inscribiréis en nuestra bandera la libertad, ese ensueño, o el egoísmo, el individualismo, esa resolución. La libertad impulsa vuestra cólera contra todo lo que no sois Vosotros; el egoísmo os llama al goce de Vosotros mismos, a la alegría de ser; la libertad es y sigue siendo una aspiración, una elegía romántica, una esperanza cristiana del porvenir y del más allá; la individualidad es una realidad que por sí misma suprime toda traba a la libertad, por lo mismo que os molesta y os cierra el camino. No tenéis que ser liberados de lo que no os hace ningún mal, y si alguna cosa comienza a molestaros, sabed que es a Vosotros a quienes debéis obedecer, antes que a los hombres. La libertad os dice haceos libres, aligeraos de todo lo que os pese; no os enseña lo que sois Vosotros mismos. ¡Libre, libre! es un grito de convocación, y oprimiéndoos ávidamente sobre sus pasos, os hacéis libres a vosotros mismos, os abnegáis a Vosotros mismos. La individualidad os llama a vosotros, os grita: ¡Vuelve en Ti! Bajo la égida de la libertad carecéis de muchas cosas, pero ved que algo os oprime de nuevo: Libertaos del mal, el mal ha quedado. Como individuos, sois realmente libres de todo; lo que os queda inherente, lo habéis aceptado por vuestra plena elección y con vuestro pleno agrado. El individuo es radicalmente libre, libre de nacimiento, el libre, por el contrario, sólo anhela la libertad, es un soñador y un iluso.
El primero es originalmente libre, porque no reconoce más que a sí mismo; no tiene que empezar por liberarse, porque a priori rechaza todo fuera de él, porque no aprecia más que a sí mismo, no admite nada por encima de él; en suma, porque parte de sí mismo y llega a sí mismo. Desde la infancia, contenido por el respeto, lucha ya por liberarse de esa constricción. La individualidad se pone en acción en el pequeño egoísta y le procura lo que desea: la libertad.
Siglos de cultura han oscurecido a vuestros ojos vuestra significación y os han hecho creer que no sois egoístas, que Vuestra vocación es ser idealistas, buenas gentes. ¡Sacudid todo eso! No busquéis en la abnegación una libertad que os despoja de Vosotros mismos, sino buscaos Vosotros mismos, haceos egoístas y que cada uno de Vosotros se convierta en un Yo Omnipotente. Más claramente: conoceos a Vosotros mismos, no reconozcáis más que lo que sois realmente y abandonad Vuestros esfuerzos hipócritas, vuestra manía insensata de ser otra cosa de lo que sois. Llamo a Vuestros esfuerzos hipocresía, porque, durante siglos habéis sido egoístas dormidos, que se engañan ellos mismos, y cuya demencia los hace heautontimorumenos y sus propios verdugos. Jamás una religión ha podido pasarse sin promesas pagaderas en este mundo o en el otro (una larga vida, etc.) porque el hombre exige un salario y no hace nada ''por Dios''. Sin embargo, se hace el bien por el amor del bien, sin esperar ninguna recompensa. ¡Como si la recompensa no estuviese contenida en la satisfacción misma que procura una buena acción! La religión misma está fundada sobre nuestro egoísmo y lo explota; basada sobre nuestros apetitos, ahoga los unos para satisfacer a los otros. Ella nos ofrece el espectáculo del egoísta engañado, el egoísta que no se satisface, pero que satisface uno de sus apetitos, por ejemplo, la sed de felicidad. La religión me promete el Bien Supremo, para ganarlo dejo de prestar oídos a mis demás deseos y no los sacio. Todos Vuestros actos, todos Vuestros esfuerzos, son egoísmo inconfesado, secreto, oculto, disimulado. Pero ese egoísmo que no queréis convenir y que calláis a vosotros mismos, no se ostenta ni se pregona, y permanece inconsciente, no es egoísmo sino servidumbre, adhesión, abnegación. Sois egoístas y no lo sois, porque renegáis del egoísmo. ¡Y precisamente Vosotros habéis entregado esa palabra egoísta a la execración y al desprecio; Vosotros a quienes ella se aplica tan bien!
Yo aseguro Mi libertad contra el mundo, en la medida en que me apropio el mundo, cualquiera que sea, por otra parte, el medio que emplee para conquistarlo y hacerlo mío: persuasión, ruego, orden, categoría o aun hipocresía, engaño, etc. Los medios que utilizo no los dirijo más que a lo que Yo soy. Si soy débil, no dispondré más que de medios débiles, tales como los que he citado y que bastan, sin embargo, para hacerse superior a cierta parte del mundo. Así, el dolor, la duplicidad y la mentira, parecen peores de lo que son. ¿Quién rehusaría engañar a su opresor y sortear la ley? ¿Quién no tomaría bien deprisa un aire de cándida lealtad, cuando encuentra a los guardias, para ocultar alguna ilegalidad que acaba de cometer, etc.? Quien no lo hace y se deja violentar es un cobarde, por escrúpulos. Yo siento ya que mi libertad está rebajada cuando no puede imponer mi voluntad a otro (ya carezca de voluntad, como una roca, ya quiera, como un Gobierno, un individuo, etc.); pero es renegar de mi individualidad abandonarme Yo mismo a otro, ceder, doblegarme, renunciar por sumisión y resignación.
Abandonar una manera de obrar que no conduce al objeto, o dejar un mal camino, es otra cosa muy distinta que someterse. Yo rodeo una roca que cierra mi camino hasta que tengo pólvora bastante para hacerla saltar. Yo sorteo las leyes de mi país, en tanto que no tengo fuerza para destruirlas. Si no puedo coger la luna, ¿debe por eso convertirse en sagrada, ser para mí una Astarté? ¡Si yo pudiera tan sólo asirte, no vacilaría, ciertamente, y si hallase un medio de llegar hasta ti, no me darías miedo! ¡Eres lo inaccesible!, pero no seguirás siéndolo más que hasta el día en que Yo haya conquistado el poder necesario para alcanzarte, y ese día tú serás Mía: Yo no me inclino ante ti; ¡aguarda que haya llegado mi hora!
Así es como siempre han obrado los hombres poderosos. Los sometidos habían situado bien en lo alto el poder de su señor y, subordinados, exigían de todos la misma adoración; venía uno de esos hijos de la Naturaleza que rehusaba humillarse, y desalojaba al poder adorado de su inaccesible Olimpo. Él gritaba al sol: ¡Detente!, y hacía girar a la Tierra; los sometidos tenían que resignarse a ello; daba con su hacha en el tronco de las encinas sagradas, y los sometidos se asombraban de no verlo devorado por el fuego celeste; derribaba al Papa de la Sede de San Pedro, y los sometidos no sabían impedírselo; arrasa hoy el albergue de la gracia de Dios, los sometidos graznan, pero acabarán por callarse, impotentes.
Mi libertad no llega a ser completa más que cuando es mi poder; únicamente por él, digo de ser meramente libre para hacerme individuo y poseedor. ¿Por qué la libertad de los pueblos es palabra vana? ¡Porque no tienen poder! El soplo de un Yo vivo basta para derribar pueblos, ya sea un soplo de un Nerón, de un emperador de la China o de un pobre escritor. ¿Por qué languidecen inútilmente las Cámaras a... (lemanas) soñando con la libertad y se hacen llamar al orden por los ministros? Porque no son poderosas. La fuerza es una bella cosa útil en muchos casos, pues se llega más lejos con una mano potente que con un saco lleno de derecho. ¿Aspiráis a la libertad? ¡Locos! Tened la fuerza, y la libertad vendrá por sí sola. ¡Ved: el que tiene la fuerza, está por encima de las leyes! ¿Es esta observación de vuestro gusto, gentes legales? ¡Pero si vosotros no tenéis gusto!
Por todas partes resuenan llamamientos a la libertad. ¿Pero se siente y se sabe lo que significa una libertad dada, otorgada? Se ignora que toda libertad es, en la plena acepción de la palabra, esencialmente una auto-liberación, es decir, que Yo tan sólo puedo tener tanta libertad como la cree Mi individualidad. ¡Bien avanzados estarán los carneros con que nadie les escatime su libre balar! ¡Continuarán balando! Dad al que, en el fondo del corazón es mahometano, judío o cristiano, el permiso de decir lo que se le pase por la mente: hablará como antes. Pero si algunos os arrebatan la libertad de hablar y de escuchar, es porque ven muy claramente su ventaja actual, porque podríais tal vez ser tentados, en verdad, a decir u oír alguna cosa que resquebrajase el crédito de esos algunos.
Si, no obstante, os dan la libertad, no son sino bribones que dan más que tienen. No os dan nada de lo que les pertenece, sino una mercancía robada; os dan Vuestra propia libertad, la libertad que habríais podido tomar Vosotros mismos, y si os la dan, no es sino para evitar que la toméis y para que no pidáis, además de ello, cuentas a los ladrones. Astutos como son, saben bien que una libertad que se da (o que se otorga) no es la libertad, y que sólo la libertad que se toma, la de los egoístas, boga a toda vela. Una libertad recibida de regalo, carga sus velas desde que la tempestad se levanta o el viento cae; tiene que ser siempre impulsada por una brisa moderada y dulce.
Esto nos muestra la diferencia entre la auto-liberación y la emancipación. Cualquiera que hoy pertenezca a la oposición, reclama a grito herido la emancipación. ¡Los príncipes deben proclamar a sus pueblos mayores, es decir, emanciparlos! Si por vuestra manera de conduciros sois mayores, nada tenéis con ser emancipados; si no sois mayores, no sois dignos de la emancipación, y no es ella la que apresurará vuestra madurez. Los griegos mayores de edad arrojaron a sus tiranos y el hijo mayor de edad se separa de su padre; si los griegos hubieran esperado a que sus tiranos les hiciesen la gracia de ponerlos fuera de tutela, habrían aguardado largo tiempo; el padre cuyo hijo no quiere hacerse mayor, lo pone, si es sensato, en la puerta de su casa, y el imbécil no tiene más de lo que merece. No se concede la libertad más que a un esclavo liberado, un libertinus, un perro que arrastra un cabo de la cadena; es un siervo vestido de hombre libre, como el asno bajo la piel del león. Judíos a quienes se ha emancipado no valen más por eso, están simplemente aliviados en cuanto judíos; preciso es, sin embargo, reconocer que el que alivia su suerte, es más que un cristiano religioso, porque este último no podría hacerlo sin inconsecuencia. Pero, emancipado o no, un judío sigue siendo un judío; quien no se libera a sí mismo, no es más que un emancipado. En vano el Estado protestante ha querido liberar (emancipar) a los católicos; como no se liberen ellos mismos, siguen siendo católicos.
Hemos tratado ya anteriormente del interés personal y del desinterés. Los amigos de la libertad echan bombas y centellas contra el interés personal, porque no han llegado a liberarse de la grande, de la sublime abnegación en sus religiosos esfuerzos por conquistar la libertad. Es al egoísmo al que guarda rencor el liberal, porque el egoísta no se apega jamás a una cosa por amor a ella, sino por amor a sí mismo: la cosa debe servirle. Es egoísta no conceder a la cosa ningún valor propio o absoluto, y hacerse a sí mismo la medida de ese valor. Se oye con frecuencia citar como un caso innoble de egoísmo práctico a quienes hacen de sus estudios un modo de ganar el pan (Brotstudium); se dice que es una vergonzosa profanación de la ciencia. Pero Yo me pregunto: ¿para qué otra cosa puede servir la ciencia? Francamente, el que no sabe emplearla en nada mejor que en ganarse la vida, no descubre más que un egoísmo bastante débil, porque su potencia de egoísmo es de las más limitadas; pero se necesita ser un poseído para censurar en eso al egoísmo y la prostitución de la ciencia.
El cristianismo, incapaz de comprender al individuo como único, que no lo consideraba más que como dependiente, no fue, propiamente hablando, más que una teoria social, una doctrina de la vida en común, tanto del hombre con Dios como del hombre con el hombre; así es que llegó a despreciar profundamente todo lo que es propio, particular, del individuo. Nada menos cristiano que las ideas expresadas por las palabras alemanas Eigennutz (interés egoísta), Eigensinn y Eigenwille (capricho, obstinaci6n, testarudez, etc.), Eigenheit (individualidad, particularidad), Eigenliebe (amor propio), etc., que encierran todas las ideas de eigen (propio, particular). La óptica cristiana ha deformado poco a poco el sentido de una multitud de palabras que, primitivamente honrosas, se han convertido en términos de censura; ¿por qué no se las rehabilitaría? Así, la palabra Schimpf, que significaba en tiempos pasados burla, significa hoy ultraje, afrenta, porque el celo cristiano no entiende de bromas, y todo pasatiempo es a sus ojos una pérdida de tiempo; frech, insolente, audaz, quería simplemente decir atrevido, animoso; Frevel, el delito, no era más que la audacia. Sabido es durante cuánto tiempo la palabra razón ha sido mirada de reojo. Nuestra lengua ha sido así modelada poco a poco sobre el punto de vista cristiano, y la conciencia universal es aún demasiado cristiana para no retroceder con espanto ante lo no cristiano, como ante algo imperfecto o malo; es por esta razón que el interés personal, egoísta, es tan poco estimado.
Egoísmo, en el sentido cristiano de la palabra, significa algo como interés exclusivo, por lo que es útil al hombre carnal. Pero ¿esta cualidad de hombre carnal es, acaso, Mi sola propiedad? ¿Me pertenezco cuando estoy entregado a la sensualidad? ¿Obedezco a Mí mismo, a Mi propia decisión, cuando obedezco a la carne, a Mis sentidos? Yo no soy verdaderamente Mío sino cuando estoy sometido a Mi propio poder y no al de los sentidos, no más, por otra parte, que al de cualquiera que no sea Yo (Dios, los hombres, la autoridad, la ley, el Estado, la Iglesia, etc.). Lo que persigue mi egoísmo es lo que me es útil a mí, al autónomo, el autócrata.
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| Anterior = [[El Único y su Propiedad/12a|Segunda parte: Yo]]
| Sección = [[El Único y su Propiedad/12|La propiedad y la individualidad]]
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| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
''La propiedad y la individualidad''
¿No aspira el Espíritu a la Libertad? -¡Ay! ¡No sólo mi Espíritu, toda mi carne arde sin cesar en el mismo deseo! Cuando ante el olor de la cocina del palacio mi nariz habla a mi paladar de los platos sabrosos que alli se guisan, encuentro mi pan seco horriblemente amargo; cuando mis ojos alaban a mi callosa espalda los blandos cojines sobre los que le sería mucho más dulce extenderse que sobre su paja pisoteada, el despecho y la rabia se apoderan de mí; cuando ... ¿pero a qué evocar más dolores? ¿Y es eso lo que llamas tu ardiente sed de libertad? ¿De qué quieres, pues, ser librado? ¿De tu pan seco y de tu lecho de paja? Pues bien, ¡échalos al fuego! Pero no por eso estarás más adelantado; lo que quieres es más bien la libertad de gozar de una buena cama y de un buen lecho. ¿Te lo permitirán los hombres? ¿Te darán esa libertad? No esperes eso del amor de los hombres, porque sabes que piensan todos como Tú: ¡cada uno es para sí mismo el prójimo! ¿Cómo harás para gozar de esos platos, de esos cojines que envidías? ¡No hay otra solución que convertirlos en tu propiedad!
Si piensas bien en ello, lo que quieres no es la libertad de tener todas esas bellas cosas, pues por esta libertad no las posees aún. Tú quieres tener esas cosas realmente, quieres llamarlas Tuyas y poseerlas como Tu propiedad. ¿De qué te sirve una libertad que no te da nada? Por otra parte, si te hubiese librado de todo, no tendrías ya nada, porque está por esencia, vacía de todo contenido. No es más que un vano permiso para el que no sabe servirse de ella; y sí yo me sirvo de ella, la manera en que la uso no depende más que de mí, de mi individualidad.
No encuentro nada que desaprobar en la libertad, pero yo te deseo más que libertad. No deberías carecer sencillamente de lo que no quieres, también deberías tener lo que quieres. No te basta ser libre , debes ser más, debes ser propietario.
¿Quieres ser libre? ¿Y de qué? ¿De qué no puede liberarse uno? Se puede sacudir el yugo de la servidumbre, del poder soberano, de la aristocracia y de los príncipes; se puede sacudir la dominación de los apetitos y de las pasiones y hasta el imperio de la voluntad propia y personal; la abnegación total; la completa renuncia no son más que libertad, libertad para consigo mismo, su arbitrio y sus determinaciones. Son nuestros esfuerzos hacia la libertad como hacia algo absoluto, de un precio infinito, los que nos despojaron de la individualidad, creando la abnegación.
Cuanto más libre soy, más se eleva la contricción como una torre ante mis ojos, y más impotente me siento. El salvaje, en su sencillez, no conoce aún nada de las barreras que asfixian al civilizado; le parece que es más libre que este último. Cuanta más libertad adquiero, más Me creo nuevos límites y nuevos deberes. ¿He inventado los ferrocarriles?, inmediatamente Me siento débil, porque no puedo aún hendir los aires como el pájaro; ¿he resuelto un problema cuya obscuridad angustiaba mi espíritu?, ya surgen otras mil cuestiones, mil enigmas nuevos embarazan mis pasos, desconciertan Mis miradas y me hacen sentir con mayor dolor los límites de Mi libertad. Así, habiendo sido liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia (Romanos, VI, 18).
Los republicanos, con su amplia libertad, ¿no son esclavos de la ley? ¡Con qué avidez los corazones verdaderamente cristianos desearon en todo tiempo ser libres, y cuánto tardaba para ellos verse librados de los lazos de esta vida terrenal! Ellos buscaban con los ojos la tierra prometida de la libertad. El Jerusalén de allá arriba es libre y él es nuestra madre de todos. (Gálatas, IV, 26).
Ser libre de alguna cosa, significa simplemente carecer o estar exento de ella. "Se ha librado de su dolor de cabeza" es igual a "está exento, no tiene ya dolor en la cabeza"; "está libre de preocupaciones", igual a "no las tiene" o se "ha desembarazado de ellas". La libertad que entrevió y saludó al cristianismo, la completamos por la negación que expresa el sin, el in negativo; sin pecado, inocente; sin Dios, impío; sin costumbres, inmoral.
La libertad es la doctrina del cristianismo: Sois, queridos hermanos, llamados a la libertad; arreglad, pues, vuestras palabras y vuestras acciones como debiendo ser juzgados por la ley de la libertad.
¿Debemos rechazar la libertad porque se revela como un ideal cristiano? No; se trata de no perder nada y tampoco la libertad. De lo que se trata es de hacérnosla propia, lo que le es imposible bajo su forma de libertad.
¡Qué diferencia entre la libertad y la propiedad! Se puede carecer de muchas cosas, pero no se puede estar sin nada; se puede estar libre de muchas cosas, pero no libre de todo. El esclavo mismo puede ser interiormente libre, pero sólo con respecto a ciertas cosas, y no a todas; como esclavo no es libre frente al látigo, los caprichos imperiosos del amo, etcétera. ¡La libertad no existe más que en el reino de los sueños! La individualidad, es decir, mi propiedad, es en cambio, toda mi existencia y mi esencia, es Yo mismo. Yo soy libre de lo que carezco, soy propietario de lo que está en mi poder o de aquello que puedo. Yo soy en todo tiempo y en todas circunstancias Mío desde el momento en que entiendo ser Mío y no me prostituyo a otro. Yo no puedo querer verdaderamente la Libertad, pues no puedo realizarla, crearla; todo lo que puedo hacer es desearla y soñar en ella, pero sigue siendo un ideal, un fantasma. Las cadenas de la realidad infligen a cada instante a mi carne las más crueles magulladuras, pero yo sigo siendo Mi bien propio. Entregado en servidumbre a un dueño, no pongo mis miras más que en Mí y Mis ventajas; sus golpes, en verdad, me alcanzan, no estoy libre de ellos, pero no los soporto más que en mi propio interés, ya quiera engañarlo por una fingida sumisión, ya tema atraerme algo peor por mi resistencia. Pero como no tengo la mira más que en mí y en mi interés personal, aprovecharé la primera ocasión que se presente y aplastaré a mi dueño. Y entonces seré libre de él y de su látigo; ello no será más que la consecuencia de mi egoísmo anterior.
Se me dirá que, aun esclavo, yo era libre, que yo poseía la libertad en sí e interiormente. Pero ser libre en sí no es ser realmente libre, e interior no es exterior. Lo que yo era en desquite, es mío, mío propio, y lo era totalmente, exterior como interiormente. Bajo la dominación de un amo cruel, mi cuerpo no es libre de la tortura y los latigazos; pero son mis huesos los que gimen en el tormento, son mis fibras las que se estremecen bajo los golpes, y Yo gimo porque mi cuerpo gime. Si suspiro y si tiemblo, es porque soy todavía mío, porque soy siempre mi propiedad. Mi pierna no es libre bajo el palo del amo, pero sigue siendo mi pierna y no puede serme arrancada. ¡Que Me la arranque, y diga si tiene aún mi pierna! No tendrá ya en la mano más que el cadáver de mi pierna, y ese cadáver no es mi pierna más que un perro muerto es un perro: un perro tiene un corazon que late, y lo que se llama un perro muerto no lo tiene ya y no es ya un perro.
Decir que un esclavo puede ser, a pesar de todo, interiormente libre, es en realidad enunciar la más vulgar y trivial de las banalidades. ¿A quién podría, en efecto, ocurrírsele sostener que un hombre puede carecer de toda libertad? Sea yo el más rastrero de los lacayos, ¿no estaré, sin embargo, libre de una infinidad de cosas? ¿De la fe en Zeus, por ejemplo, o de la sed de fama, etc.? ¿Y por qué, pues, un esclavo azotado no podría estar él también interiormente libre de todo pensamiento poco cristiano, de todo odio para sus enemigos, etc.? Es, en ese caso, cristianamente libre, puro de todo lo que no es cristiano; pero ¿es absolutamente libre, está liberado de todo, de la ilusión cristiana, del dolor corporal, etc.?
Puede parecer, a primera vista, que todo esto ataca más al nombre que a la cosa. Pero ¿es el nombre una cosa tan indiferente, y no es siempre por una palabra, un equívoco por lo que los hombres han sido inspirados y ... engañados? Existe, por otra parte, entre la libertad y la propiedad o la individualidad una sima más profunda que una simple diferencia de palabras. ( ...)
Las luchas por la libertad no han tenido en todo tiempo por objetivo más que la conquista de una libertad determinada, como por ejemplo, la libertad religiosa; el hombre religioso quería ser libre e independiente. ¿De qué? ¿De la fe? En modo alguno, sino de los inquisidores de la fe. Lo mismo ocurre hoy con la libertad política o civil. El ciudadano quiere ser liberado, no de su ciudadanía, sino de la opresión de los arrendadores y tratantes, de la arbitrariedad real, etc.
El conde de Provenza emigró de Francia precisamente en el momento en que esa misma Francia intentaba inaugurar el reinado de la libertad, y he aquí sus palabras: Mi cautiverio se me había hecho insoportable; no tenía más que una pasión: conquistar la libertad; no pensaba más que en ella.
El impulso hacía una libertad determinada implica siempre la perspectiva de una nueva dominación; la Revolución podía, sí, inspirar a sus defensores el sublime orgullo de combatir por la libertad, pero no tenía en sus miras más que cierta libertad; así resultó una dominación nueva: la de la ley.
¡Libertad queréis todos; quered, pues, la libertad! , ¿por qué regatear por un poco más o menos? La libertad no puede ser más que la libertad toda entera; un poco de libertad no es la libertad. ¿No esperáis que sea posible alcanzar la libertad total, la libertad frente a todo? ¿Pensáis que es locura desearla solamente? Cesad, pues, de perseguir un fantasma y dirigid vuestros esfuerzos hacia un fin mejor que lo inaccesible.
¡No, nada es mejor que la libertad!
¿Qué tendréis, pues, cuando tengáis la libertad? (bien entendido que hablo aquí de la libertad completa y no de vuestras migajas de libertad). Estaréis desembarazados de todo, absolutamente de todo lo que os molesta, y nada en la vida podrá ya molestaros e importunaros. ¿Y por el amor de quién queréis ser librados de esas molestias? Por el amor de Vosotros mismos, porque contrarrestan vuestros deseos. Pero suponed que alguna cosa no os sea penosa, sino, por el contrario, agradable; por ejemplo, la mirada, muy dulce sin duda, pero irresistiblemente imperiosa, de vuestra amada: ¿queréis también ser desembarazados de ella? No; y renunciaréis sin pena a Vuestra libertad. ¿Por qué? De nuevo por el amor de Vosotros mismos. Así, pues, hacéis de Vosotros la medida y el juez de todo. Gustosamente dejáis correr la libertad, cuando la no libertad de la dulce servidumbre del amor tiene para Vosotros más encantos, y la tomáis de nuevo ocasionalmente cuando vuelve a empezar a agradaros, suponiendo, lo que no hay que examinar aquí, que otros motivos (por ejemplo, religiosos) no os aparten de ella.
¿Por qué, pues, no tener un arranque de valor y no hacer de Vosotros resueltamente el centro y el principio? ¿Por qué embobarse con la libertad, vuestro ensueño? ¿Sois vosotros vuestro ensueño? No toméis consejo de vuestros sueños, de vuestras imaginaciones, de vuestros pensamientos, porque todo eso no es más que vana teoría. Interrogaos y haced caso de Vosotros, eso es ser práctico, y no os desagrada ser prácticos.
Pero uno se pregunta lo que dirá su Dios (naturalmente su Dios es lo que él designa con ese nombre); otro se pregunta lo que dirán su sentido moral, su conciencia, su sentimiento del deber; un tercero se inquieta por lo que las gentes van a pensar, y cuando cada uno ha interrogado a su oráculo (las gentes son un oráculo tan seguro y más comprensible que el de arriba: vox populi, vox Dei), todos obedecen a la voluntad de su Señor, y no escuchan ya poco ni mucho lo que Él mismo hubiera podido decir y decidir.
¡Dirigíos, pues, a Vosotros mismos, antes que a vuestros dioses o vuestros ídolos: descubrid en Vosotros lo que está oculto, traedlo a la luz y revelaos!
Como cada uno no obra más que conforme a sí mismo, y no se inquieta por nada más, los cristianos se han imaginado que no le podía suceder de otro modo a Dios. Él obra como le place. Y el hombre insensato, que podría hacer lo mismo, ha de guardarse bien de ello y debe obrar como place a Dios. ¿Afirmais que Dios se conduce según leyes eternas? Igualmente podéis decirlo de Mí, pues Yo tampoco puedo salir de mi piel, sino que mi ley está escrita en toda mi naturaleza, es decir, en Mí.
Pero basta dirigirse a Vosotros llamándoos a Vosotros mismos para que os sumerjáis en la incertidumbre. ¿Qué soy?, se pregunta cada uno de Vosotros. ¡Un abismo en que hierven, sin regla y sin ley, los instintos, los apetitos, los deseos, las pasiones; un caos sin claridad y sin estrella! Si no tengo consideraciones ni para los mandamientos de Dios, ni para los deberes que me prescribe la moral, ni para la voz de la razón que, en el curso de la historia y tras duras experiencias, ha erigido lo mejor y lo más sabio en ley, si no me escuchó únicamente más que a Mí, ¿cómo podré dar una respuesta juiciosa? ¡Mis pasiones me aconsejarán precisamente las mayores locuras! -Así, cada uno de Vosotros se considera a sí mismo como el diablo. Pues de considerarse simplemente como una bestia (en la medida que la religión, etc., no le preocupan nada), observaría muy fácilmente que la bestia, a pesar de no tener otro consejero que su instinto, no corre derecha al absurdo, y marcha muy sosegadamente.
Pero la costumbre de pensar religiosamente nos ha falseado tanto el espíritu, que nos espantamos ante Nosotros mismos en nuestra desnudez, nuestra naturalidad. Hasta tal punto nos ha degradado la religión, que nos imaginamos manchados por el pecado original, nos consideramos demonios vivientes. Naturalmente, inmediatamente pensaréis que vuestro deber exige la práctica del Bien, de la Moral, de la Justicia. Y si únicamente os interrogáis a Vosotros mismos sobre lo que tenéis que hacer, ¿ cómo podría resonar en vosotros la buena voz, la voz que indica el camino del Bien, de lo Justo, de lo Verdadero, etc.? ¿Cómo hablan Dios y Belial?
¿Qué pensaríais si alguien os respondiere que Dios, la conciencia, el deber, la ley, etc., son mentiras con las que se os han henchido la cabeza y el corazón hasta embruteceros? ¿Y si alguien os preguntara de dónde sabéis de ciencia tan cierta, que la voz de la naturaleza es una voz tentadora? ¿Y si os instigase a trastocar los papeles y a tener francamente la voz de Dios y de la conciencia por la obra del diablo? Hay hombres asaz malvados para eso; ¿cómo hacerlos callar? No podríais apelar contra ellos a vuestros sacerdotes, a vuestros abuelos y a vuestras gentes honradas, porque ellos los miran justamente como vuestros seductores: son ellos, dicen, los que verdaderamente han manchado y corrompido a la juventud, sembrando a manos llenas la cizaña del desprecio de sí y del respeto a los dioses; son ellos los que han encenagado los corazones jóvenes y embrutecido los jóvenes cerebros.
Pero van más lejos y os preguntan: ¿por amor a quién os preocupáis de Dios y de los demás mandamientos? Bien sabéis que no obráis por pura complacencia para con Dios; ¿por amor a quién os tomáis, pues, tantos cuidados? De nuevo, por amor a Vosotros mismos. Aquí, Vosotros todavía sois lo principal, y cada cual debe decirse: Yo soy para Mí todo, y todo lo que Yo hago, lo hago en causa propia. Si os ocurriese, aunque sólo fuera una vez, ver claramente que el Dios, la ley, etc., no hacen más que perjudicaros, que os empequeñecen y corrompen, de cierto los rechazaríais lejos de vosotros, como los cristianos derribaron en otro tiempo las imágenes de Apolo y de Minerva y de la moral pagana. Es verdad que erigieron en su lugar a Cristo, y más tarde a María, así como una moral cristiana, pero no lo hicieron sino por la salvación de su alma, es decir, por egoísmo o individualismo.
Y fue este mismo egoísmo, este individualismo el que los desembarazó y los liberó del antiguo mundo de los dioses. La individualidad engendró una nueva libertad, porque la individualidad es la creadora universal; y desde largo tiempo se considera una de sus formas, el genio (que siempre es singularidad u originalidad) como el creador de todas las obras señaladas en la historia del mundo.
¡Si la libertad es el objeto de vuestros esfuerzos, saciad sus exigencias! ¿Quién, pues, puede ser libre? ¡Tú, Yo, Nosotros! ¿Libres de qué? ¡De todo lo que no sea Tú, Yo, Nosotros! Yo soy el núcleo, yo soy la almendra que debe ser liberada de todas sus cubiertas, de todas las cáscaras que la encierran. ¿Y qué quedará cuando Yo sea liberado de todo lo que no sea Yo? ¡Yo, siempre y nada más que Yo! Pero no tiene la libertad nada que ver con ese Yo; ¿qué vendré a ser Yo una vez libre? Sobre este punto la libertad permanece muda; ella es como nuestras leyes penales, que a la expiación de su pena abren al prisionero la puerta de la prisión, y le dicen: ¡Márchate!.
Siendo esto así, ¿por qué, si sólo busco la libertad en Mi propio interés, por qué no me convierto a Mí en el principio, el medio y el fin? ¿No valgo más Yo que la libertad? ¿No soy Yo quien me hago libre, y no soy Yo, pues, lo primero? Aun esclavo, aun cubierto de mis cadenas, Yo existo; Yo no soy, como la libertad, algo futuro que se espera, soy actual. Pensad maduramente en ello, y decidid si inscribiréis en nuestra bandera la libertad, ese ensueño, o el egoísmo, el individualismo, esa resolución. La libertad impulsa vuestra cólera contra todo lo que no sois Vosotros; el egoísmo os llama al goce de Vosotros mismos, a la alegría de ser; la libertad es y sigue siendo una aspiración, una elegía romántica, una esperanza cristiana del porvenir y del más allá; la individualidad es una realidad que por sí misma suprime toda traba a la libertad, por lo mismo que os molesta y os cierra el camino. No tenéis que ser liberados de lo que no os hace ningún mal, y si alguna cosa comienza a molestaros, sabed que es a Vosotros a quienes debéis obedecer, antes que a los hombres. La libertad os dice haceos libres, aligeraos de todo lo que os pese; no os enseña lo que sois Vosotros mismos. ¡Libre, libre! es un grito de convocación, y oprimiéndoos ávidamente sobre sus pasos, os hacéis libres a vosotros mismos, os abnegáis a Vosotros mismos. La individualidad os llama a vosotros, os grita: ¡Vuelve en Ti! Bajo la égida de la libertad carecéis de muchas cosas, pero ved que algo os oprime de nuevo: Libertaos del mal, el mal ha quedado. Como individuos, sois realmente libres de todo; lo que os queda inherente, lo habéis aceptado por vuestra plena elección y con vuestro pleno agrado. El individuo es radicalmente libre, libre de nacimiento, el libre, por el contrario, sólo anhela la libertad, es un soñador y un iluso.
El primero es originalmente libre, porque no reconoce más que a sí mismo; no tiene que empezar por liberarse, porque a priori rechaza todo fuera de él, porque no aprecia más que a sí mismo, no admite nada por encima de él; en suma, porque parte de sí mismo y llega a sí mismo. Desde la infancia, contenido por el respeto, lucha ya por liberarse de esa constricción. La individualidad se pone en acción en el pequeño egoísta y le procura lo que desea: la libertad.
Siglos de cultura han oscurecido a vuestros ojos vuestra significación y os han hecho creer que no sois egoístas, que Vuestra vocación es ser idealistas, buenas gentes. ¡Sacudid todo eso! No busquéis en la abnegación una libertad que os despoja de Vosotros mismos, sino buscaos Vosotros mismos, haceos egoístas y que cada uno de Vosotros se convierta en un Yo Omnipotente. Más claramente: conoceos a Vosotros mismos, no reconozcáis más que lo que sois realmente y abandonad Vuestros esfuerzos hipócritas, vuestra manía insensata de ser otra cosa de lo que sois. Llamo a Vuestros esfuerzos hipocresía, porque, durante siglos habéis sido egoístas dormidos, que se engañan ellos mismos, y cuya demencia los hace heautontimorumenos y sus propios verdugos. Jamás una religión ha podido pasarse sin promesas pagaderas en este mundo o en el otro (una larga vida, etc.) porque el hombre exige un salario y no hace nada ''por Dios''. Sin embargo, se hace el bien por el amor del bien, sin esperar ninguna recompensa. ¡Como si la recompensa no estuviese contenida en la satisfacción misma que procura una buena acción! La religión misma está fundada sobre nuestro egoísmo y lo explota; basada sobre nuestros apetitos, ahoga los unos para satisfacer a los otros. Ella nos ofrece el espectáculo del egoísta engañado, el egoísta que no se satisface, pero que satisface uno de sus apetitos, por ejemplo, la sed de felicidad. La religión me promete el Bien Supremo, para ganarlo dejo de prestar oídos a mis demás deseos y no los sacio. Todos Vuestros actos, todos Vuestros esfuerzos, son egoísmo inconfesado, secreto, oculto, disimulado. Pero ese egoísmo que no queréis convenir y que calláis a vosotros mismos, no se ostenta ni se pregona, y permanece inconsciente, no es egoísmo sino servidumbre, adhesión, abnegación. Sois egoístas y no lo sois, porque renegáis del egoísmo. ¡Y precisamente Vosotros habéis entregado esa palabra egoísta a la execración y al desprecio; Vosotros a quienes ella se aplica tan bien!
Yo aseguro Mi libertad contra el mundo, en la medida en que me apropio el mundo, cualquiera que sea, por otra parte, el medio que emplee para conquistarlo y hacerlo mío: persuasión, ruego, orden, categoría o aun hipocresía, engaño, etc. Los medios que utilizo no los dirijo más que a lo que Yo soy. Si soy débil, no dispondré más que de medios débiles, tales como los que he citado y que bastan, sin embargo, para hacerse superior a cierta parte del mundo. Así, el dolor, la duplicidad y la mentira, parecen peores de lo que son. ¿Quién rehusaría engañar a su opresor y sortear la ley? ¿Quién no tomaría bien deprisa un aire de cándida lealtad, cuando encuentra a los guardias, para ocultar alguna ilegalidad que acaba de cometer, etc.? Quien no lo hace y se deja violentar es un cobarde, por escrúpulos. Yo siento ya que mi libertad está rebajada cuando no puede imponer mi voluntad a otro (ya carezca de voluntad, como una roca, ya quiera, como un Gobierno, un individuo, etc.); pero es renegar de mi individualidad abandonarme Yo mismo a otro, ceder, doblegarme, renunciar por sumisión y resignación.
Abandonar una manera de obrar que no conduce al objeto, o dejar un mal camino, es otra cosa muy distinta que someterse. Yo rodeo una roca que cierra mi camino hasta que tengo pólvora bastante para hacerla saltar. Yo sorteo las leyes de mi país, en tanto que no tengo fuerza para destruirlas. Si no puedo coger la luna, ¿debe por eso convertirse en sagrada, ser para mí una Astarté? ¡Si yo pudiera tan sólo asirte, no vacilaría, ciertamente, y si hallase un medio de llegar hasta ti, no me darías miedo! ¡Eres lo inaccesible!, pero no seguirás siéndolo más que hasta el día en que Yo haya conquistado el poder necesario para alcanzarte, y ese día tú serás Mía: Yo no me inclino ante ti; ¡aguarda que haya llegado mi hora!
Así es como siempre han obrado los hombres poderosos. Los sometidos habían situado bien en lo alto el poder de su señor y, subordinados, exigían de todos la misma adoración; venía uno de esos hijos de la Naturaleza que rehusaba humillarse, y desalojaba al poder adorado de su inaccesible Olimpo. Él gritaba al sol: ¡Detente!, y hacía girar a la Tierra; los sometidos tenían que resignarse a ello; daba con su hacha en el tronco de las encinas sagradas, y los sometidos se asombraban de no verlo devorado por el fuego celeste; derribaba al Papa de la Sede de San Pedro, y los sometidos no sabían impedírselo; arrasa hoy el albergue de la gracia de Dios, los sometidos graznan, pero acabarán por callarse, impotentes.
Mi libertad no llega a ser completa más que cuando es mi poder; únicamente por él, digo de ser meramente libre para hacerme individuo y poseedor. ¿Por qué la libertad de los pueblos es palabra vana? ¡Porque no tienen poder! El soplo de un Yo vivo basta para derribar pueblos, ya sea un soplo de un Nerón, de un emperador de la China o de un pobre escritor. ¿Por qué languidecen inútilmente las Cámaras a... (lemanas) soñando con la libertad y se hacen llamar al orden por los ministros? Porque no son poderosas. La fuerza es una bella cosa útil en muchos casos, pues se llega más lejos con una mano potente que con un saco lleno de derecho. ¿Aspiráis a la libertad? ¡Locos! Tened la fuerza, y la libertad vendrá por sí sola. ¡Ved: el que tiene la fuerza, está por encima de las leyes! ¿Es esta observación de vuestro gusto, gentes legales? ¡Pero si vosotros no tenéis gusto!
Por todas partes resuenan llamamientos a la libertad. ¿Pero se siente y se sabe lo que significa una libertad dada, otorgada? Se ignora que toda libertad es, en la plena acepción de la palabra, esencialmente una auto-liberación, es decir, que Yo tan sólo puedo tener tanta libertad como la cree Mi individualidad. ¡Bien avanzados estarán los carneros con que nadie les escatime su libre balar! ¡Continuarán balando! Dad al que, en el fondo del corazón es mahometano, judío o cristiano, el permiso de decir lo que se le pase por la mente: hablará como antes. Pero si algunos os arrebatan la libertad de hablar y de escuchar, es porque ven muy claramente su ventaja actual, porque podríais tal vez ser tentados, en verdad, a decir u oír alguna cosa que resquebrajase el crédito de esos algunos.
Si, no obstante, os dan la libertad, no son sino bribones que dan más que tienen. No os dan nada de lo que les pertenece, sino una mercancía robada; os dan Vuestra propia libertad, la libertad que habríais podido tomar Vosotros mismos, y si os la dan, no es sino para evitar que la toméis y para que no pidáis, además de ello, cuentas a los ladrones. Astutos como son, saben bien que una libertad que se da (o que se otorga) no es la libertad, y que sólo la libertad que se toma, la de los egoístas, boga a toda vela. Una libertad recibida de regalo, carga sus velas desde que la tempestad se levanta o el viento cae; tiene que ser siempre impulsada por una brisa moderada y dulce.
Esto nos muestra la diferencia entre la auto-liberación y la emancipación. Cualquiera que hoy pertenezca a la oposición, reclama a grito herido la emancipación. ¡Los príncipes deben proclamar a sus pueblos mayores, es decir, emanciparlos! Si por vuestra manera de conduciros sois mayores, nada tenéis con ser emancipados; si no sois mayores, no sois dignos de la emancipación, y no es ella la que apresurará vuestra madurez. Los griegos mayores de edad arrojaron a sus tiranos y el hijo mayor de edad se separa de su padre; si los griegos hubieran esperado a que sus tiranos les hiciesen la gracia de ponerlos fuera de tutela, habrían aguardado largo tiempo; el padre cuyo hijo no quiere hacerse mayor, lo pone, si es sensato, en la puerta de su casa, y el imbécil no tiene más de lo que merece. No se concede la libertad más que a un esclavo liberado, un libertinus, un perro que arrastra un cabo de la cadena; es un siervo vestido de hombre libre, como el asno bajo la piel del león. Judíos a quienes se ha emancipado no valen más por eso, están simplemente aliviados en cuanto judíos; preciso es, sin embargo, reconocer que el que alivia su suerte, es más que un cristiano religioso, porque este último no podría hacerlo sin inconsecuencia. Pero, emancipado o no, un judío sigue siendo un judío; quien no se libera a sí mismo, no es más que un emancipado. En vano el Estado protestante ha querido liberar (emancipar) a los católicos; como no se liberen ellos mismos, siguen siendo católicos.
Hemos tratado ya anteriormente del interés personal y del desinterés. Los amigos de la libertad echan bombas y centellas contra el interés personal, porque no han llegado a liberarse de la grande, de la sublime abnegación en sus religiosos esfuerzos por conquistar la libertad. Es al egoísmo al que guarda rencor el liberal, porque el egoísta no se apega jamás a una cosa por amor a ella, sino por amor a sí mismo: la cosa debe servirle. Es egoísta no conceder a la cosa ningún valor propio o absoluto, y hacerse a sí mismo la medida de ese valor. Se oye con frecuencia citar como un caso innoble de egoísmo práctico a quienes hacen de sus estudios un modo de ganar el pan (Brotstudium); se dice que es una vergonzosa profanación de la ciencia. Pero Yo me pregunto: ¿para qué otra cosa puede servir la ciencia? Francamente, el que no sabe emplearla en nada mejor que en ganarse la vida, no descubre más que un egoísmo bastante débil, porque su potencia de egoísmo es de las más limitadas; pero se necesita ser un poseído para censurar en eso al egoísmo y la prostitución de la ciencia.
El cristianismo, incapaz de comprender al individuo como único, que no lo consideraba más que como dependiente, no fue, propiamente hablando, más que una teoria social, una doctrina de la vida en común, tanto del hombre con Dios como del hombre con el hombre; así es que llegó a despreciar profundamente todo lo que es propio, particular, del individuo. Nada menos cristiano que las ideas expresadas por las palabras alemanas Eigennutz (interés egoísta), Eigensinn y Eigenwille (capricho, obstinaci6n, testarudez, etc.), Eigenheit (individualidad, particularidad), Eigenliebe (amor propio), etc., que encierran todas las ideas de eigen (propio, particular). La óptica cristiana ha deformado poco a poco el sentido de una multitud de palabras que, primitivamente honrosas, se han convertido en términos de censura; ¿por qué no se las rehabilitaría? Así, la palabra Schimpf, que significaba en tiempos pasados burla, significa hoy ultraje, afrenta, porque el celo cristiano no entiende de bromas, y todo pasatiempo es a sus ojos una pérdida de tiempo; frech, insolente, audaz, quería simplemente decir atrevido, animoso; Frevel, el delito, no era más que la audacia. Sabido es durante cuánto tiempo la palabra razón ha sido mirada de reojo. Nuestra lengua ha sido así modelada poco a poco sobre el punto de vista cristiano, y la conciencia universal es aún demasiado cristiana para no retroceder con espanto ante lo no cristiano, como ante algo imperfecto o malo; es por esta razón que el interés personal, egoísta, es tan poco estimado.
Egoísmo, en el sentido cristiano de la palabra, significa algo como interés exclusivo, por lo que es útil al hombre carnal. Pero ¿esta cualidad de hombre carnal es, acaso, Mi sola propiedad? ¿Me pertenezco cuando estoy entregado a la sensualidad? ¿Obedezco a Mí mismo, a Mi propia decisión, cuando obedezco a la carne, a Mis sentidos? Yo no soy verdaderamente Mío sino cuando estoy sometido a Mi propio poder y no al de los sentidos, no más, por otra parte, que al de cualquiera que no sea Yo (Dios, los hombres, la autoridad, la ley, el Estado, la Iglesia, etc.). Lo que persigue mi egoísmo es lo que me es útil a mí, al autónomo, el autócrata.
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El Único y su Propiedad/13
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
''II. El propietario y el individuo''
¿Llegaré Yo a Mí mismo y a lo Mío mediante el liberalismo ?
El liberal, ¿a quién considera su semejante? ¡Al Hombre! Sé tan sólo un Hombre -y Tú ya lo eres- y el liberal te llamará su hermano. Poco le importan tus opiniones y tus necedades privadas, desde el momento en que no puede ver en Ti más que al Hombre.
Poco le importa lo que Tú eres particularmente, porque si es consecuente, sus principios le impiden considerarle el menor valor; no ve en Ti más de lo que eres genéricamente. En otros términos, no ve en Ti a ti mismo, sino al género; no a Pedro o Pablo, sino al Hombre; no lo real o lo único, sino tu esencia o tu concepto; no el individuo en carne y hueso, sino el Espíritu.
En cuanto eres Pedro, no eres su semejante, porque él es Pablo y no Pedro; en cuanto Hombre, eres lo que él es. Si es verdaderamente un liberal y no un egoísta inconsciente, Tú, Pedro, eres a sus ojos tanto como inexistente, lo que, entre paréntesis, hace asaz ligero su amor fraternal; lo que él ama en Ti no es a Pedro, de quien no sabe ni quiere saber nada, sino únicamente al Hombre. ( ...)
La religión humana no es más que la última metamorfosis de la religión cristiana. El liberalismo, en efecto, es una religión, porque Me separa de Mi esencia y la coloca por encima de Mí, porque eleva "al Hombre" como la religión eleva a su dios o su ídolo, porque convierte lo Mío en un más allá y hace de mis atributos, de mi propiedad, algo extraño a Mí, es decir, una esencia; en suma, el liberalismo es una religión, porque me somete al "Hombre" y a una "vocación". Por las formas mismas que reviste, el liberalismo revela aún su naturaleza de religión: reclama una devoción ferviente al Ser Supremo, al Hombre; una fe que obra y da pruebas de su celo, un fervor que no se entibia (Bruno Bauer, Die Judenfrage, Braunschweig, 1843, página 61). Pero como el liberalismo es una religión humana, sus adeptos hacen profesión de ser tolerantes para con los adeptos de las demás religiones (judía, cristiana, etc.); de esa misma tolerancia daba pruebas Federico el Grande para con todo el que cumplía sus deberes de súbdito, cualquiera que fuese, por otra parte, el modo con que tuviese a bien hacer su salvación. Esta religión debe elevarse a una universalidad bastante alta para separarse de todas las demás como de puras nimiedades privadas, respecto de las cuales uno se conduce muy liberalmente en consideración a su misma insignificancia.
Puede llamársele religión estatal, la religión del Estado libre, no en el sentido antiguo de religión preconizada y privilegiada por el Estado, sino porque es la religión que el Estado libre no solamente está autorizado, sino obligado a exigir de cada uno de sus súbditos, ya sean privadamente judíos, cristianos o lo que les agrade. Ella juega en el Estado el mismo papel que la piedad en la familia. Para que la familia sea aceptada por cada uno de sus miembros, es preciso que cada uno de ellos considere el lazo de sangre como sagrado.
¿Cuál es la idea más elevada para el Estado? Es ciertamente la de ser una verdadera sociedad humana, una sociedad en que se admita un miembro cualquiera que sea verdaderamente Hombre, es decir, que no sea no-hombre. Por amplia que sea la tolerancia de un Estado, ella se detiene ante el no-hombre y ante lo inhumano. Y, sin embargo, ese no-hombre es hombre, lo inhumano es algo humano, algo únicamente posible en el hombre y no en el animal, esa inhumanidad es una posibilidad humana.
Pero aunque todo no-hombre sea un hombre, el Estado lo excluye de su seno o lo aprisiona y le convierte de súbdito del Estado en súbdito de la cárcel ( de una casa de locos o de una casa de salud, según el comunismo).
Es fácil definir en términos burdos lo que se entiende por un no-hombre: es un hombre que no corresponde al concepto Hombre, como lo inhumano que no coincide con el conjunto de atributos que forman el concepto humano. Eso es lo que la lógica llama una tautología. ¿Se puede, en efecto, emitir el juicio de que un hombre puede no ser un hombre, a menos que se admita la hipótesis de que el concepto hombre puede ser separado del hombre existente, la esencia del fenómeno? Se dice: parece un hombre, pero no lo es.
¡Hace muchos siglos que los hombres se contentan con esta petición de principio! Y, lo que es más, durante todo ese tiempo no han existido más que no-hombres. ¿Qué individuo ha coincidido jamás con su esquema? El cristianismo no conoce más que un solo y único Hombre -el Cristo- y aun éste no es, bajo el punto de vista opuesto, más que un no-hombre: es un hombre sobrehumano, un Dios. El hombre real sólo es el no-hombre.
Esos hombres que no son Hombres, ¿qué podrían ser más que fantasmas? Cada hombre real que no corresponde al concepto Hombre o que no está conforme con el genio de la especie, es un espectro. Pero si yo hago Mía mi esencia, la convierto en un atributo inherente a Mí y el Hombre deja de ser mi ideal, mi vocación, mi esencia o el concepto que imperaba por encima de Mí y estaba más allá de Mí mismo para devenir mi humanidad, mi ser-hombre, de suerte, que aquello que Yo hago no es humano sino porque Yo soy quien lo llevo a cabo y no porque corresponde al concepto de Hombre, ¿soy entonces un no-hombre? Yo soy, en realidad, Hombre y no hombre en Uno, porque soy a la vez hombre y más que hombre: Yo soy el Yo de esa individualidad, que es mi propiedad y nada más que mi propiedad. ( ...)
Decir que el Estado debe tomar en cuenta nuestra humanidad, equivale a decir que debe contar con nuestra moralidad. Ver en otro un hombre y conducirse como un hombre respecto a él, es obrar moralmente; todo el amor espiritual del Cristianismo se reduce a esto. Si yo no veo en Ti al Hombre, lo mismo que veo en Mí al Hombre y únicamente al Hombre, haré por Ti lo que haría por Mí, porque somos en ese caso lo que los matemáticos llaman dos cantidades iguales a una tercera: A=B y B=C, luego A=C, o de otro modo, Yo=Hombre y Tú=Hombre, luego Yo=Tú; luego Tú y Yo tenemos igual valor. La moralidad es incompatible con el egoísmo, porque no es a Mí, sino solamente al Hombre que soy al que concede un valor. Si el Estado es una Sociedad de Hombres y no una comunidad de Yos en la que cada uno sólo tiene en cuenta a Sí mismo, no puede subsistir sin la moralidad, y debe basarse en ella. Así, el Estado y Yo somos enemigos. El bien de la sociedad humana no me llega al corazón, a mí, el egoísta; Yo no me sacrifico por ella, no hago más que emplearla; pero, a fin de poder usar de ella plenamente, la convierto en mi propiedad, hago de ella mi criatura; es decir, la aniquilo y edifico en su lugar la asociación de los egoístas.
El Estado, por su parte, descubre su hostilidad respecto a mí, exigiendo que Yo sea un Hombre, lo que supone que podría no serIo y pasar a sus ojos como un no-hombre; convierte la Humanidad en un deber. Exige, además, que Yo me abstenga de toda acción susceptible de negar su existencia; la existencia del Estado debe serme sagrada. Así, no debo ser un egoísta, sino un hombre de buenas ideas y de buenas obras" , o, dicho de otro modo, un hombre moral. Ante el Estado y su organización, debo ser impotente, respetuoso, etc.
Ese Estado, que por otra parte no tiene actualmente ninguna realidad, que todavía hay que fundar, es el ideal del liberalismo progresista. Será una verdadera sociedad humana, donde todo aquel que sea Hombre hallará su lugar. El liberalismo se propone como objeto realizar el Hombre, es decir, crearle un mundo, un mundo que será un mundo humano, o la sociedad humana universal (comunista). La Iglesia, decía, no podía ocuparse más que del Espíritu; el Estado debe encargarse del Hombre todo entero (Moses Hess, Die europäische Tiarchie, Leipzig, 1841, pág. 76). Pero ¿el Hombre no es Espíritu? El núcleo del Estado es el Hombre, esa irrealidad, y el Estado mismo no es más que una sociedad de Hombres. El mundo que crea el creyente (Espíritu creyente) se llama Iglesia; el mundo que crea el Hombre (Espíritu Humano), se llama Estado. Pero no es ése mi mundo. Lo que yo ejecuto no es nunca Humano ni abstracto, pero siempre me es propio; mi obra de hombre es diferente de todas las demás obras de Hombres, y sólo gracias a esa diferencia es real y me pertenece. Lo Humano en sí es una abstracción y por consiguiente, un fantasma, un ser imaginario. ( ...)
Bruno Bauer piensa, por el contrario, que judíos y cristianos podrían mirarse como Hombres y tratarse mutuamente como tales, si se despojaran de esa manera particular de ser, que los separa y les hace un deber de perpetuar esa separación, para reconocer en el Hombre su verdadera esencia. A creerlo, el error, tanto de los judíos como de los cristianos, sería pretender ser y tener alguna cosa aparte, en lugar de ser simplemente Hombres y tender hacia lo humano, es decir, hacia los derechos universales del hombre. Su error fundamental sería creerse elegido, creerse en posesión de privilegios y, de un modo general, creer en la existencia del privilegio. Él responde objetándoles los derechos del hombre. ¡Derechos del hombre!
El Hombre es el Hombre en general y cada uno es hombre. Cada uno debe, pues, poseer los derechos eternos de que se trata, y debe gozar de ellos, según el parecer de los comunistas, en la completa democracia, o como sería más exacto llamarla: antropocracia. Pero sólo Yo tengo todo lo que me procuro. Como Hombre, no tengo nada. Se quisiera ver a cada hombre gozar de todos los bienes, simplemente porque lleva el título de Hombre. Pero Yo pongo el acento en Mí y no en el hecho de que soy Hombre. El hombre no es nada, sino en tanto que atributo Mío (mi propiedad); sucede con la humanidad lo que con la virilidad y la femenidad. El ideal de los antiguos era la virilidad; la virtud era para ellos virtus, y arete el valor varonil. ¿Qué pensar de una mujer que no quisiera ser más que perfectamente mujer? Ser mujer no es dado a todo el mundo, y yo sé de no pocas gentes que se propondrían en ello un ideal inaccesible. Pero la mujer es, en todo caso, femenina, lo es por naturaleza: la femeneidad es uno de los elementos de su individualidad y no tiene que hacerse auténticamente femenina. Yo soy hombre exactamente como la Tierra es astro. No es menos ridículo imponerse como una misión ser verdaderamente hombre como lo sería hacer a la Tierra un deber de ser verdaderamente astro.
Cuando Fichte dice: El Yo es Todo, parece estar en perfecta armonía con mi teoría. Pero el Yo no es Todo únicamente, sino que destruye Todo, y sólo el Yo que se aniquila a sí mismo, el Yo que no es jamás, el Yo finito, es realmente Yo. Fichte habla de un Yo absoluto, en tanto que Yo hablo de Mí, del Yo finito.
¡Se está muy cerca de admitir que el Hombre y Yo son sinónimos! Y vemos, sin embargo, a Feuerbach, por ejemplo, declarar que el término Hombre no debe aplicarse más que al Yo absoluto, al género, y no al Yo individual, efímero y caduco. Egoísmo y humanismo deberían significar la misma cosa; sin embargo, según Feuerbach, si el individuo puede franquear los límites de su individualidad, no puede, sin embargo, elevarse por encima de las leyes y de los caracteres esenciales de la especie a que pertenece (L. Feuerbach, Wesen des Christentums, zweite Auflage, Leipzig, 1843, pag. 401). Sólo que la especie no es nada, y el individuo que franquea los límites de su individualidad, es, por esta razón misma, más él, más individual, pues no es individuo sino en tanto que se eleva, no sigue siendo lo que es; de no ser de este modo, sería un ser acabado, muerto. El Hombre no es más que un ideal, y la especie no es más que un pensamiento. Ser un hombre, no significa representar el ideal del hombre, sino ser él, el individuo. ¿Qué tengo Yo que ver con la realización de lo Humano en general? Mi tarea es contentarme, bastarme a mí mismo. Yo soy quien soy, mi especie; Yo carezco de regla, de ley, de modelo, etc. Puede ser que Yo no pueda hacer de Mí más que muy poca cosa, pero ese poco es Todo, ese poco vale más de lo que pudiera hacer de Mí una fuerza extraña, la dirección de la moral, de la religión, de la ley, del Estado, etc. Mejor es- si acaso puede tratarse aquí de mejor y de peor -más vale, digo, un niño indisciplinado que un niño modelo, más vale el hombre que se niega a todo y a todos, que el que consiente siempre; el recalcitrante, el rebelde, puede aún modelarse a su agrado, en tanto que el bien educado, el benévolo, echados en el molde general de la especie son determinados por ella: ella es su ley. Digo determinados, es decir, destinados, porque, ¿qué es la especie para ellos sino el destino y su destino o su vocación?
Ya me proponga yo por ideal la Humanidad, especie, y tienda hacia ese fin, o haga el mismo esfuerzo hacia Dios y el Cristo, no veo en ello ninguna diferencia esencial: mi vocación es, cuando más, en el primer caso, más determinada, más vaga y más flotante.
El individuo es toda la Naturaleza y toda la especle.
Lo que Yo soy, determina necesariamente todo lo que hago, pienso, etc., en suma, todas mis manifestaciones. El judío, por ejemplo, sólo puede querer tal cosa, sólo puede mostrarse tal y no otro; el cristiano, haga lo que haga, sólo puede mostrarse y manifestarse cristiano. Si Te fuera posible ser judio o ser cristiano, no producirías más que algo judío o cristiano; pero eso no es posible; toda Tu conducta es la de un egoísta, de un pecador contra los conceptos judío, cristiano, etc. Lo que se ha encontrado más perfecto en ese género, es el Hombre. Siendo judío eres demasiado poco, y el judío no es tu deber; ser un griego, ser un alemán, no basta. Pero sé un Hombre y lo tendrás todo; elige lo humano como tu vocación.
Ahora ya sé lo que Yo debo hacer, y podría escribir el nuevo catecismo. De nuevo el sujeto es subordinado al predicado, y lo particular inmolado a lo general; la dominación se asegura de nuevo a una idea, y el sujeto se prepara para una nueva religión. Hemos progresado en el campo de la religión y muy particularmente del cristiano, pero no hemos dado un paso para salir de ellos.
Franquear ese paso, nos conduciría a lo indecible, porque la lengua indigente no tiene palabra para decirme, y el verbo, el logos, no es, cuando se aplica a Mí, más que una palabra vana.
Se busca mi esencia. No es el judío, el alemán, etcétera, es el Hombre. El Hombre es mi esencia.
Yo me soy desagradable o antipático, Me repugno, Me hastío y Me doy horror, o bien no soy jamás bastante, ni hago jamás bastante por Mí. De tales sentimientos nace ya la autonegación, ya la autocrítica. La religiosidad comienza con la abnegación y acaba por la crítica radical.
Yo estoy poseído y quiero exorcizar el espíritu maligno. ¿Qué hacer? Cometer audazmente el pecado más negro a los ojos de los cristianos; blasfemar del Espíritu Santo. Si alguno blasfema contra el Espíritu Santo, no recibirá jamás el perdón y quedará cargado de una condenación eterna (Marcos, 2, 29). Yo no quiero el perdón ni temo el castigo.
El Hombre es el último de los malos espíritus, el último fantasma, y el más fecundo en imposturas y en engaños; es el más sutil mentiroso que se haya ocultado nunca bajo una máscara de honradez; es el padre de las mentiras. El egoísta que se subleva contra los deberes, las aspiraciones y las ideas que están en curso, comete despiadadamente la suprema profanación: ¡nada le es sagrado!
Sería absurdo sostener que no hay potencias superiores a la mía. Pero la posición que Yo tome respecto a ellas, será en todo diferente de la que hubiera sido en las edades religiosas: Yo seré el enemigo de toda potencia superior, mientras que la religión nos enseña a hacernos de ella un amigo, y a ser humildes con ella.
El sacrilegio concentra sus fuerzas contra todo temor de Dios, porque el temor de Dios le quitaría todo imperio sobre aquello cuyo carácter sagrado dejara subsistir. Ya sea el Dios o el Hombre el que ejerce en el Hombre-Dios el poder santificante, ya sea a la santidad de Dios o a la del Hombre a la que dirijamos nuestros homenajes, ello no cambia nada el temor a Dios: el Hombre convertido en Ser Supremo será objeto de la misma veneración que Dios, Ser Supremo de la religión: ambos exigen de nosotros temor y respeto.
El temor a Dios propiamente dicho está desde hace largo tiempo quebrantado, y la moda es un ateísmo más o menos consciente que exteriormente se reconoce en un abandono general de los ejercicios del culto. Pero se ha trasladado al Hombre todo lo que se ha quitado a Dios, y el poder de la humanidad ha aumentado con todo lo que la piedad ha perdido en importancia: el Hombre es el dios de hoy, y el temor al Hombre ha tomado el lugar del antiguo temor a Dios.
Pero como el Hombre no responde más que otro Ser Supremo, el Ser Supremo no ha sufrido, en suma, más que una simple metamorfosis, y el temor al Hombre no es más que un aspecto diferente del temor a Dios.
Nuestros ateos son gente piadosa.
Si durante los tiempos llamados feudales recibíamos todo en feudo de Dios, el período liberal nos ha puesto en el mismo estado de vasallaje respecto al Hombre. Dios era el Señor, en el presente, el Hombre es el Señor; Dios era el Mediador, en el presente, lo es el Hombre; Dios era el Espíritu, y el Hombre es hoy el Espíritu. Bajo este triple aspecto, el vasallaje se ha transformado; en primer lugar, tenemos del Hombre todopoderoso nuestro poder, y este poder, emanado de una autoridad superior, no se llama potencia o fuerza, sino que se llama el derecho: el derecho del Hombre. En segundo lugar, tenemos de él nuestra relación con el mundo, porque es el mediador que ordena nuestras relaciones, y éstas no pueden, por consiguiente, ser más que humanas. En fin, tenemos de él a Nosotros mismos, es decir, nuestro valor propio o todo aquello de que somos dignos, porque no tenemos ningún valor si él no habita en Nosotros y si no somos humanos. El poder es del Hombre, el mundo es del Hombre y Yo soy del Hombre.
Pero ¿cómo declarar que Yo soy Mi justificador, Mi mediador y Mi propietario? Yo diré:
Mi poder es mi propiedad.
Mi poder me da la propiedad.
Yo mismo soy mi poder y soy por él mi propiedad.
[[Categoría:El Único y su Propiedad]]
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| Sección = [[El Único y su Propiedad/13|El propietario y el individuo]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/14|Mi poder]]
| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
}}
[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
''II. El propietario y el individuo''
¿Llegaré Yo a Mí mismo y a lo Mío mediante el liberalismo ?
El liberal, ¿a quién considera su semejante? ¡Al Hombre! Sé tan sólo un Hombre -y Tú ya lo eres- y el liberal te llamará su hermano. Poco le importan tus opiniones y tus necedades privadas, desde el momento en que no puede ver en Ti más que al Hombre.
Poco le importa lo que Tú eres particularmente, porque si es consecuente, sus principios le impiden considerarle el menor valor; no ve en Ti más de lo que eres genéricamente. En otros términos, no ve en Ti a ti mismo, sino al género; no a Pedro o Pablo, sino al Hombre; no lo real o lo único, sino tu esencia o tu concepto; no el individuo en carne y hueso, sino el Espíritu.
En cuanto eres Pedro, no eres su semejante, porque él es Pablo y no Pedro; en cuanto Hombre, eres lo que él es. Si es verdaderamente un liberal y no un egoísta inconsciente, Tú, Pedro, eres a sus ojos tanto como inexistente, lo que, entre paréntesis, hace asaz ligero su amor fraternal; lo que él ama en Ti no es a Pedro, de quien no sabe ni quiere saber nada, sino únicamente al Hombre. ( ...)
La religión humana no es más que la última metamorfosis de la religión cristiana. El liberalismo, en efecto, es una religión, porque Me separa de Mi esencia y la coloca por encima de Mí, porque eleva "al Hombre" como la religión eleva a su dios o su ídolo, porque convierte lo Mío en un más allá y hace de mis atributos, de mi propiedad, algo extraño a Mí, es decir, una esencia; en suma, el liberalismo es una religión, porque me somete al "Hombre" y a una "vocación". Por las formas mismas que reviste, el liberalismo revela aún su naturaleza de religión: reclama una devoción ferviente al Ser Supremo, al Hombre; una fe que obra y da pruebas de su celo, un fervor que no se entibia (Bruno Bauer, Die Judenfrage, Braunschweig, 1843, página 61). Pero como el liberalismo es una religión humana, sus adeptos hacen profesión de ser tolerantes para con los adeptos de las demás religiones (judía, cristiana, etc.); de esa misma tolerancia daba pruebas Federico el Grande para con todo el que cumplía sus deberes de súbdito, cualquiera que fuese, por otra parte, el modo con que tuviese a bien hacer su salvación. Esta religión debe elevarse a una universalidad bastante alta para separarse de todas las demás como de puras nimiedades privadas, respecto de las cuales uno se conduce muy liberalmente en consideración a su misma insignificancia.
Puede llamársele religión estatal, la religión del Estado libre, no en el sentido antiguo de religión preconizada y privilegiada por el Estado, sino porque es la religión que el Estado libre no solamente está autorizado, sino obligado a exigir de cada uno de sus súbditos, ya sean privadamente judíos, cristianos o lo que les agrade. Ella juega en el Estado el mismo papel que la piedad en la familia. Para que la familia sea aceptada por cada uno de sus miembros, es preciso que cada uno de ellos considere el lazo de sangre como sagrado.
¿Cuál es la idea más elevada para el Estado? Es ciertamente la de ser una verdadera sociedad humana, una sociedad en que se admita un miembro cualquiera que sea verdaderamente Hombre, es decir, que no sea no-hombre. Por amplia que sea la tolerancia de un Estado, ella se detiene ante el no-hombre y ante lo inhumano. Y, sin embargo, ese no-hombre es hombre, lo inhumano es algo humano, algo únicamente posible en el hombre y no en el animal, esa inhumanidad es una posibilidad humana.
Pero aunque todo no-hombre sea un hombre, el Estado lo excluye de su seno o lo aprisiona y le convierte de súbdito del Estado en súbdito de la cárcel ( de una casa de locos o de una casa de salud, según el comunismo).
Es fácil definir en términos burdos lo que se entiende por un no-hombre: es un hombre que no corresponde al concepto Hombre, como lo inhumano que no coincide con el conjunto de atributos que forman el concepto humano. Eso es lo que la lógica llama una tautología. ¿Se puede, en efecto, emitir el juicio de que un hombre puede no ser un hombre, a menos que se admita la hipótesis de que el concepto hombre puede ser separado del hombre existente, la esencia del fenómeno? Se dice: parece un hombre, pero no lo es.
¡Hace muchos siglos que los hombres se contentan con esta petición de principio! Y, lo que es más, durante todo ese tiempo no han existido más que no-hombres. ¿Qué individuo ha coincidido jamás con su esquema? El cristianismo no conoce más que un solo y único Hombre -el Cristo- y aun éste no es, bajo el punto de vista opuesto, más que un no-hombre: es un hombre sobrehumano, un Dios. El hombre real sólo es el no-hombre.
Esos hombres que no son Hombres, ¿qué podrían ser más que fantasmas? Cada hombre real que no corresponde al concepto Hombre o que no está conforme con el genio de la especie, es un espectro. Pero si yo hago Mía mi esencia, la convierto en un atributo inherente a Mí y el Hombre deja de ser mi ideal, mi vocación, mi esencia o el concepto que imperaba por encima de Mí y estaba más allá de Mí mismo para devenir mi humanidad, mi ser-hombre, de suerte, que aquello que Yo hago no es humano sino porque Yo soy quien lo llevo a cabo y no porque corresponde al concepto de Hombre, ¿soy entonces un no-hombre? Yo soy, en realidad, Hombre y no hombre en Uno, porque soy a la vez hombre y más que hombre: Yo soy el Yo de esa individualidad, que es mi propiedad y nada más que mi propiedad. ( ...)
Decir que el Estado debe tomar en cuenta nuestra humanidad, equivale a decir que debe contar con nuestra moralidad. Ver en otro un hombre y conducirse como un hombre respecto a él, es obrar moralmente; todo el amor espiritual del Cristianismo se reduce a esto. Si yo no veo en Ti al Hombre, lo mismo que veo en Mí al Hombre y únicamente al Hombre, haré por Ti lo que haría por Mí, porque somos en ese caso lo que los matemáticos llaman dos cantidades iguales a una tercera: A=B y B=C, luego A=C, o de otro modo, Yo=Hombre y Tú=Hombre, luego Yo=Tú; luego Tú y Yo tenemos igual valor. La moralidad es incompatible con el egoísmo, porque no es a Mí, sino solamente al Hombre que soy al que concede un valor. Si el Estado es una Sociedad de Hombres y no una comunidad de Yos en la que cada uno sólo tiene en cuenta a Sí mismo, no puede subsistir sin la moralidad, y debe basarse en ella. Así, el Estado y Yo somos enemigos. El bien de la sociedad humana no me llega al corazón, a mí, el egoísta; Yo no me sacrifico por ella, no hago más que emplearla; pero, a fin de poder usar de ella plenamente, la convierto en mi propiedad, hago de ella mi criatura; es decir, la aniquilo y edifico en su lugar la asociación de los egoístas.
El Estado, por su parte, descubre su hostilidad respecto a mí, exigiendo que Yo sea un Hombre, lo que supone que podría no serIo y pasar a sus ojos como un no-hombre; convierte la Humanidad en un deber. Exige, además, que Yo me abstenga de toda acción susceptible de negar su existencia; la existencia del Estado debe serme sagrada. Así, no debo ser un egoísta, sino un hombre de buenas ideas y de buenas obras" , o, dicho de otro modo, un hombre moral. Ante el Estado y su organización, debo ser impotente, respetuoso, etc.
Ese Estado, que por otra parte no tiene actualmente ninguna realidad, que todavía hay que fundar, es el ideal del liberalismo progresista. Será una verdadera sociedad humana, donde todo aquel que sea Hombre hallará su lugar. El liberalismo se propone como objeto realizar el Hombre, es decir, crearle un mundo, un mundo que será un mundo humano, o la sociedad humana universal (comunista). La Iglesia, decía, no podía ocuparse más que del Espíritu; el Estado debe encargarse del Hombre todo entero (Moses Hess, Die europäische Tiarchie, Leipzig, 1841, pág. 76). Pero ¿el Hombre no es Espíritu? El núcleo del Estado es el Hombre, esa irrealidad, y el Estado mismo no es más que una sociedad de Hombres. El mundo que crea el creyente (Espíritu creyente) se llama Iglesia; el mundo que crea el Hombre (Espíritu Humano), se llama Estado. Pero no es ése mi mundo. Lo que yo ejecuto no es nunca Humano ni abstracto, pero siempre me es propio; mi obra de hombre es diferente de todas las demás obras de Hombres, y sólo gracias a esa diferencia es real y me pertenece. Lo Humano en sí es una abstracción y por consiguiente, un fantasma, un ser imaginario. ( ...)
Bruno Bauer piensa, por el contrario, que judíos y cristianos podrían mirarse como Hombres y tratarse mutuamente como tales, si se despojaran de esa manera particular de ser, que los separa y les hace un deber de perpetuar esa separación, para reconocer en el Hombre su verdadera esencia. A creerlo, el error, tanto de los judíos como de los cristianos, sería pretender ser y tener alguna cosa aparte, en lugar de ser simplemente Hombres y tender hacia lo humano, es decir, hacia los derechos universales del hombre. Su error fundamental sería creerse elegido, creerse en posesión de privilegios y, de un modo general, creer en la existencia del privilegio. Él responde objetándoles los derechos del hombre. ¡Derechos del hombre!
El Hombre es el Hombre en general y cada uno es hombre. Cada uno debe, pues, poseer los derechos eternos de que se trata, y debe gozar de ellos, según el parecer de los comunistas, en la completa democracia, o como sería más exacto llamarla: antropocracia. Pero sólo Yo tengo todo lo que me procuro. Como Hombre, no tengo nada. Se quisiera ver a cada hombre gozar de todos los bienes, simplemente porque lleva el título de Hombre. Pero Yo pongo el acento en Mí y no en el hecho de que soy Hombre. El hombre no es nada, sino en tanto que atributo Mío (mi propiedad); sucede con la humanidad lo que con la virilidad y la femenidad. El ideal de los antiguos era la virilidad; la virtud era para ellos virtus, y arete el valor varonil. ¿Qué pensar de una mujer que no quisiera ser más que perfectamente mujer? Ser mujer no es dado a todo el mundo, y yo sé de no pocas gentes que se propondrían en ello un ideal inaccesible. Pero la mujer es, en todo caso, femenina, lo es por naturaleza: la femeneidad es uno de los elementos de su individualidad y no tiene que hacerse auténticamente femenina. Yo soy hombre exactamente como la Tierra es astro. No es menos ridículo imponerse como una misión ser verdaderamente hombre como lo sería hacer a la Tierra un deber de ser verdaderamente astro.
Cuando Fichte dice: El Yo es Todo, parece estar en perfecta armonía con mi teoría. Pero el Yo no es Todo únicamente, sino que destruye Todo, y sólo el Yo que se aniquila a sí mismo, el Yo que no es jamás, el Yo finito, es realmente Yo. Fichte habla de un Yo absoluto, en tanto que Yo hablo de Mí, del Yo finito.
¡Se está muy cerca de admitir que el Hombre y Yo son sinónimos! Y vemos, sin embargo, a Feuerbach, por ejemplo, declarar que el término Hombre no debe aplicarse más que al Yo absoluto, al género, y no al Yo individual, efímero y caduco. Egoísmo y humanismo deberían significar la misma cosa; sin embargo, según Feuerbach, si el individuo puede franquear los límites de su individualidad, no puede, sin embargo, elevarse por encima de las leyes y de los caracteres esenciales de la especie a que pertenece (L. Feuerbach, Wesen des Christentums, zweite Auflage, Leipzig, 1843, pag. 401). Sólo que la especie no es nada, y el individuo que franquea los límites de su individualidad, es, por esta razón misma, más él, más individual, pues no es individuo sino en tanto que se eleva, no sigue siendo lo que es; de no ser de este modo, sería un ser acabado, muerto. El Hombre no es más que un ideal, y la especie no es más que un pensamiento. Ser un hombre, no significa representar el ideal del hombre, sino ser él, el individuo. ¿Qué tengo Yo que ver con la realización de lo Humano en general? Mi tarea es contentarme, bastarme a mí mismo. Yo soy quien soy, mi especie; Yo carezco de regla, de ley, de modelo, etc. Puede ser que Yo no pueda hacer de Mí más que muy poca cosa, pero ese poco es Todo, ese poco vale más de lo que pudiera hacer de Mí una fuerza extraña, la dirección de la moral, de la religión, de la ley, del Estado, etc. Mejor es- si acaso puede tratarse aquí de mejor y de peor -más vale, digo, un niño indisciplinado que un niño modelo, más vale el hombre que se niega a todo y a todos, que el que consiente siempre; el recalcitrante, el rebelde, puede aún modelarse a su agrado, en tanto que el bien educado, el benévolo, echados en el molde general de la especie son determinados por ella: ella es su ley. Digo determinados, es decir, destinados, porque, ¿qué es la especie para ellos sino el destino y su destino o su vocación?
Ya me proponga yo por ideal la Humanidad, especie, y tienda hacia ese fin, o haga el mismo esfuerzo hacia Dios y el Cristo, no veo en ello ninguna diferencia esencial: mi vocación es, cuando más, en el primer caso, más determinada, más vaga y más flotante.
El individuo es toda la Naturaleza y toda la especle.
Lo que Yo soy, determina necesariamente todo lo que hago, pienso, etc., en suma, todas mis manifestaciones. El judío, por ejemplo, sólo puede querer tal cosa, sólo puede mostrarse tal y no otro; el cristiano, haga lo que haga, sólo puede mostrarse y manifestarse cristiano. Si Te fuera posible ser judio o ser cristiano, no producirías más que algo judío o cristiano; pero eso no es posible; toda Tu conducta es la de un egoísta, de un pecador contra los conceptos judío, cristiano, etc. Lo que se ha encontrado más perfecto en ese género, es el Hombre. Siendo judío eres demasiado poco, y el judío no es tu deber; ser un griego, ser un alemán, no basta. Pero sé un Hombre y lo tendrás todo; elige lo humano como tu vocación.
Ahora ya sé lo que Yo debo hacer, y podría escribir el nuevo catecismo. De nuevo el sujeto es subordinado al predicado, y lo particular inmolado a lo general; la dominación se asegura de nuevo a una idea, y el sujeto se prepara para una nueva religión. Hemos progresado en el campo de la religión y muy particularmente del cristiano, pero no hemos dado un paso para salir de ellos.
Franquear ese paso, nos conduciría a lo indecible, porque la lengua indigente no tiene palabra para decirme, y el verbo, el logos, no es, cuando se aplica a Mí, más que una palabra vana.
Se busca mi esencia. No es el judío, el alemán, etcétera, es el Hombre. El Hombre es mi esencia.
Yo me soy desagradable o antipático, Me repugno, Me hastío y Me doy horror, o bien no soy jamás bastante, ni hago jamás bastante por Mí. De tales sentimientos nace ya la autonegación, ya la autocrítica. La religiosidad comienza con la abnegación y acaba por la crítica radical.
Yo estoy poseído y quiero exorcizar el espíritu maligno. ¿Qué hacer? Cometer audazmente el pecado más negro a los ojos de los cristianos; blasfemar del Espíritu Santo. Si alguno blasfema contra el Espíritu Santo, no recibirá jamás el perdón y quedará cargado de una condenación eterna (Marcos, 2, 29). Yo no quiero el perdón ni temo el castigo.
El Hombre es el último de los malos espíritus, el último fantasma, y el más fecundo en imposturas y en engaños; es el más sutil mentiroso que se haya ocultado nunca bajo una máscara de honradez; es el padre de las mentiras. El egoísta que se subleva contra los deberes, las aspiraciones y las ideas que están en curso, comete despiadadamente la suprema profanación: ¡nada le es sagrado!
Sería absurdo sostener que no hay potencias superiores a la mía. Pero la posición que Yo tome respecto a ellas, será en todo diferente de la que hubiera sido en las edades religiosas: Yo seré el enemigo de toda potencia superior, mientras que la religión nos enseña a hacernos de ella un amigo, y a ser humildes con ella.
El sacrilegio concentra sus fuerzas contra todo temor de Dios, porque el temor de Dios le quitaría todo imperio sobre aquello cuyo carácter sagrado dejara subsistir. Ya sea el Dios o el Hombre el que ejerce en el Hombre-Dios el poder santificante, ya sea a la santidad de Dios o a la del Hombre a la que dirijamos nuestros homenajes, ello no cambia nada el temor a Dios: el Hombre convertido en Ser Supremo será objeto de la misma veneración que Dios, Ser Supremo de la religión: ambos exigen de nosotros temor y respeto.
El temor a Dios propiamente dicho está desde hace largo tiempo quebrantado, y la moda es un ateísmo más o menos consciente que exteriormente se reconoce en un abandono general de los ejercicios del culto. Pero se ha trasladado al Hombre todo lo que se ha quitado a Dios, y el poder de la humanidad ha aumentado con todo lo que la piedad ha perdido en importancia: el Hombre es el dios de hoy, y el temor al Hombre ha tomado el lugar del antiguo temor a Dios.
Pero como el Hombre no responde más que otro Ser Supremo, el Ser Supremo no ha sufrido, en suma, más que una simple metamorfosis, y el temor al Hombre no es más que un aspecto diferente del temor a Dios.
Nuestros ateos son gente piadosa.
Si durante los tiempos llamados feudales recibíamos todo en feudo de Dios, el período liberal nos ha puesto en el mismo estado de vasallaje respecto al Hombre. Dios era el Señor, en el presente, el Hombre es el Señor; Dios era el Mediador, en el presente, lo es el Hombre; Dios era el Espíritu, y el Hombre es hoy el Espíritu. Bajo este triple aspecto, el vasallaje se ha transformado; en primer lugar, tenemos del Hombre todopoderoso nuestro poder, y este poder, emanado de una autoridad superior, no se llama potencia o fuerza, sino que se llama el derecho: el derecho del Hombre. En segundo lugar, tenemos de él nuestra relación con el mundo, porque es el mediador que ordena nuestras relaciones, y éstas no pueden, por consiguiente, ser más que humanas. En fin, tenemos de él a Nosotros mismos, es decir, nuestro valor propio o todo aquello de que somos dignos, porque no tenemos ningún valor si él no habita en Nosotros y si no somos humanos. El poder es del Hombre, el mundo es del Hombre y Yo soy del Hombre.
Pero ¿cómo declarar que Yo soy Mi justificador, Mi mediador y Mi propietario? Yo diré:
Mi poder es mi propiedad.
Mi poder me da la propiedad.
Yo mismo soy mi poder y soy por él mi propiedad.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mi poder.
'''Mi poder'''
El derecho es el Espíritu de la sociedad. Si la sociedad tiene una voluntad, es precisamente esa voluntad la que constituye el derecho; la sociedad no existe más que por el derecho. Pero como sólo existe por el hecho de ejercer un dominio sobre el individuo, se puede decir que el derecho es su voluntad soberana. La justicia es la utilidad de la sociedad, decía Aristóteles.
Todo derecho establecido es un derecho extraño, un derecho que se me concede, del que se me permite disfrutar. ¿Tendría Yo el derecho de mi parte porque el mundo entero me diese la razon? ¿Qué son, pues, mis derechos en el Estado o en la sociedad sino derechos exteriores, derechos que tengo de otro? Que me dé un imbécil la razón, e inmediatamente mi derecho se me hará sospechoso, porque no hago caso de su aprobación. Pero aun cuando sea un sabio el que me apruebe, no por eso tendré aún razón. El hecho de tener razón o no tenerla es absolutamente independiente de la aprobación del loco y del sabio. Es, sin embargo, ese derecho, que no es más que la aprobación de otro, el que hasta el presente hemos tratado de obtener. Cuando buscamos nuestro derecho, nos dirigimos a un tribunal. ¿A qué tribunal? A un tribunal real, papal, popular, etc. El tribunal del Sultán, ¿puede ser órgano de otro derecho que el designado por el Sultán como tal derecho? ¿Puede darme la razón, cuando reclamo un derecho que no corresponde a lo que el Sultán llama el derecho? ¿Puede, por ejemplo, concederme el derecho de alta traición, si este último no es un derecho a los ojos del Sultán? Ese tribunal, el tribunal de la censura, por ejemplo, ¿puede reconocerme el derecho de expresar libremente mi opinión, si el Sultán no quiere oír hablar de ése mi derecho? ¿Qué pido, pues, a ese tribunal? Le pido el derecho del Sultán y no mi derecho, le pido un derecho ajeno. Es verdad que mientras este derecho ajeno corresponda al mío, podré encontrar también este último.
El Estado no permite que dos hombres vengan a las manos; se opone al duelo. La menor riña es castigada, aun cuando ninguno de los combatientes llame a la policía en su socorro, excepción hecha, sin embargo, del caso en que el golpeante y el golpeado, en lugar de ser Tú y Yo, son un jefe de familia y su hijo: la familia, y el padre en su nombre, tiene derechos que Yo, el individuo, no tengo. (...)
Tenga yo el derecho por mí o contra mí, nadie sino Yo mismo puede ser juez de ello. Todo lo que los demás pueden hacer, es juzgar si mi derecho está o no de acuerdo con el suyo, y apreciar si para ellos también es un derecho.
Consideremos la cuestión bajo otro punto de vista. En un sultanato Yo debo respetar el derecho del Sultán; en una República el derecho del pueblo; en la comunidad católica el derecho canónico, etc. Debo someterme a sus derechos, tenerlos por sagrados. Este sentido del derecho, este espíritu de justicia está tan sólidamente arraigado en la mente de las gentes, que los más radicales de los revolucionarios actuales no se proponen nada más que sujetarnos a un nuevo Derecho tan sagrado como el antiguo: al derecho de la sociedad, al derecho de la Humanidad, al derecho de todos, etc. El derecho de todos debe tener la preferencia sobre Mi derecho. Ese derecho de todos debiera ser también mi derecho, puesto que Yo formo parte de todos; pero observad que no es por ser el derecho de los demás, ni aun de todos los demás, por lo que me siento impulsado a trabajar por su conservación. Yo no lo defenderé porque sea un derecho de todos, sino únicamente porque es mi derecho; ¡cada cual vele por conservarle igualmente! El derecho de todos (el de comer, por ejemplo) es el derecho de cada individuo. Si cada cual vela por guardárselo intacto, todos lo ejercerán por sí mismos; ¡que el individuo no se cuide, pues, de todos y defienda su derecho sin hacerse el celador de un derecho de todos!
Pero los reformadores sociales nos predican un derecho de la Sociedad. Por él, el individuo se convierte en esclavo de la Sociedad, y sólo tiene derecho cuando se lo da la Sociedad, es decir, si vive según las leyes de la Sociedad como hombre legal. Ya sea legal bajo un gobierno despótico o en una sociedad tal como la sueña Weitling, no tengo ningún derecho, porque en un caso como en otro, todo lo que puedo tener no es mi derecho, sino un derecho ajeno a mí. Cuando se habla de derecho hay una cuestión que se plantea siempre: ¿Quién o qué cosa me da el derecho de hacer esto o aquello? Respuesta: ¡Dios, el Amor, la Razón, la Humanidad, etc.!. ¡Eh, no, amigo mío! Lo que te da ese derecho es Tu fuerza, Tu poder y nada más (Tu razon, por ejemplo, puede dartelo ).
El comunismo, que admite que los hombres tienen naturalmente derechos iguales, se contradice sosteniendo que los hombres no tienen ningún derecho de la naturaleza. En efecto, no admite, por ejemplo, que la naturaleza dé a los padres derechos sobre sus hijos y a estos últimos, derechos sobre sus padres: suprime la familia. La naturaleza no da absolutamente ningún derecho a los padres, a los hermanos y a las hermanas, etc. En el fondo, ese principio revolucionario o babeuvista, (Véase Die Kommunisten in der Schweiz, Kommission-albericht, Zürich 1843, pag. 3) reposa sobre una concepción religiosa, es decir, falsa. ¿Quién puede indagar el Derecho si no se coloca bajo el punto de vista religioso? ¿No es el Derecho una noción religiosa, es decir, algo sagrado? La igualdad de los derechos que proclamó la Revolución no es, bajo otro nombre, más que la igualdad cristiana; la igualdad fraternal que reina entre los hijos de Dios, entre los cristianos; es, en una palabra, la fraternIdad.
Toda controversia sobre el Derecho merece ser flagelada con estas palabras de Schiller: Muchos años ha me sirvo de mi nariz para oler.
¿Tengo realmente un derecho indiscutible sobre ella?
Dando a la igualdad la estampilla del Derecho, la Revolución tomaba posiciones sobre el terreno de la religión, en el dominio de lo sagrado, de lo ideal. De ahí, pues, la lucha por los sagrados e inalienables derechos del Hombre. En oposición con el eterno derecho del Hombre se hacen valer, lo que es muy natural y también muy legítimo, los derechos adquiridos y los títulos que da la ocupación. ¡Derecho contra derecho! Cada uno ensaya naturalmente convencer al otro de injusticia. Tal es el proceso que está pendiente desde la Revolución.
Vosotros queréis que el derecho esté por vosotros y contra los demás; pero no es posible: frente a ellos permanecéis eternamente en vuestra sinrazón, porque no serían vuestros adversarios si no tuviesen también el derecho de su lado; siempre os quitarán la razón. Pero, me diréis, mi derecho es más elevado, más grande, más poderoso que el de los demás. Nada de eso: vuestro derecho no es más fuerte que el suyo, en tanto que vosotros mismos no sois más fuertes que ellos. ¿Tienen los súbditos chinos derecho a la libertad? Hacedles de ella regalo y apreciaréis vuestro error: no tienen ningún derecho a la libertad porque son incapaces de utilizarla, o con mayor claridad, justamente porque no tienen la libertad, no tienen ningún derecho a ella. Los niños no tienen ningún derecho a la mayoría de edad, porque siendo niños no son mayores. Los pueblos que se dejan mantener en tutela no tienen derecho a la emancipación: sólo rechazando la tutela adquirirán el derecho a emanciparse.
Todo esto equivale simplemente a lo siguiente: Tienes el derecho de ser lo que Tú tienes poder de ser. Sólo de Mí deriva todo derecho y toda justicia: tengo el derecho de hacerlo todo, en tanto que tengo el poder para ello. Tengo el derecho de derribar a Jesús, Jehová, Dios, etc., si puedo; si no lo puedo, esos dioses quedarán en pie ante mí, fuertes con su derecho y su poder; el temor a Dios encorvará mi impotencia, Yo seguiré sus mandamientos y creeré andar rectamente en tanto que obre en todo conforme a su derecho: así son esos guarda-fronteras rusos que se creen en el derecho de derribar a tiros a los fugitivos sospechosos, desde el momento en que los asesinan en nombre de una autoridad superior, es decir, conforme al derecho. Yo, por el contrario, me doy el derecho de matar desde el momento en que no me prohibo a mí mismo el homicidio y no retrocedo ante él con horror, juzgándolo contrario al derecho. Esta idea forma el fondo de un poema de Chamisso, Das Mordenthal, que nos muestra a un viejo indio asesino forzando al respeto al blanco cuyos compañeros ha sacrificado. Si existe alguna cosa que no tenga el derecho de hacer, es porque no la hago con propósito deliberado, esto es, porque no me autorizo para ello.
A Mí corresponde decidir lo que es para mí el derecho. Fuera de Mí, no existe ningún derecho. Lo que para Mí es justo, es justo. Puede suceder que los demás no juzguen por eso que es justo, pero eso es asunto suyo y no mío; ¡ellos se guarden! Aun cuando una cosa pareciese injusta a todo el mundo, si esa cosa fuera justa para Mí, es decir, si Yo la quisiera, me cuidaría poco de todo el mundo. Así lo acostumbran, más o menos según su grado de egoísmo, todos los que saben estimarse a sí mismos, porque el poder es anterior al derecho y con pleno derecho. (...)
Quien para existir tiene que contar con la falta de voluntad de los otros, es sencillamente un producto de esos otros, como el Señor es un producto del siervo. Si la sumisión llegara a cesar, ello sería el fin de la dominación.
Mi voluntad individual es destructora del Estado; así, él la deshonra con el nombre de indisciplina. La voluntad individual y el Estado son potencias enemigas entre las que es imposible una paz eterna. En tanto que el Estado se mantiene proclama que la voluntad individual es su irreconciliable adversaria, irrazonable, mala, etc. Y la voluntad individual se deja convencer, lo que prueba que lo es, en efecto: no ha tomado aún posesión de sí misma, ni adquirido conciencia de su valor, es decir, todavía es incompleta, maleable, etc.
Todo Estado es despótico, sea el déspota uno, sean varios, o (y así se puede representar una República) siendo todos Señores, o sea cada uno el déspota del otro. Este último caso se presenta, por ejemplo, cuando, a consecuencia de un voto, una voluntad expresada por una Asamblea del pueblo llega a ser para el individuo una ley a la que debe obedecer o conformarse. Imaginad incluso el caso en que cada uno de los individuos que componen el pueblo haya expresado la misma voluntad, suponed que haya habido perfecta unanimidad; la cosa vendría aún a ser la misma. ¿No estaría yo ligado, hoy y siempre, a mi voluntad de ayer? Mi voluntad, en ese caso, estaría inmovilizada, paralizada. ¡Siempre esa desdichada estabilidad! ¡Un acto de voluntad determinado, creación mía, vendrá a ser mi Señor! y Yo que lo he querido, Yo el creador, ¿me vería trabado en mi carrera, sin poder romper mis lazos? Porque Yo era ayer un loco, ¿tendría que serIo toda mi vida? Así pues, en la vida estatal, yo soy en el mejor de los casos -podría decir también en el peor de los casos- un esclavo de Mí mismo. Porque ayer tenía una voluntad, hoy careceré de ella; Señor ayer, seré esclavo hoy.
¿Qué hacer? Nada más que no reconocer deberes, es decir, no atarme ni dejarme atar. Si no tengo deber, no conozco tampoco ley. ¡Pero se me atará! Nadie puede encadenar mi voluntad, y Yo siempre seré libre de rebelarme.
¡Pero si cada uno hiciera lo que quisiera, todo andaría de cabeza! ¿Y quién os dice que cada uno podría hacerlo todo? ¡Defendeos, y no se os hará nada! Quien quiere quebrar vuestra voluntad es vuestro enemigo, tratadlo como tal. Si algunos millones de otros están detrás de vosotros y os sostienen, sois un poder imponente y no os costará gran trabajo vencer. Pero si gracias a vuestro poder llegáis a imponeros al adversario, no os considerará por eso, a menos que sea un pobre diablo, como una autoridad sagrada. No os debe ni respeto ni homenajes, aunque tenga que mantenerse en guardia midiendo vuestro poder.
Clasificamos habitualmente los Estados según la forma en que el poder supremo está distribuido: si pertenece a uno solo, es una monarquía; si pertenece a todos, una democracia, etc. Este poder supremo, ¿contra quién se ejerce? Contra el individuo y su voluntad de individuo. El poder del Estado emplea la fuerza, el individuo no debe hacerlo. En manos del Estado la fuerza se llama derecho, en manos del individuo recibirá el nombre de crimen.
Crimen significa el empleo de la fuerza por el individuo; sólo por el crimen puede el individuo destruir el poder del Estado, cuando considera que está por encima del Estado y no el Estado por encima de él.
Y ahora, si quisiera ironizar, podría, con un mohín de ortodoxia, exhortaros a no hacer ley que contraríe mi desarrollo individual, mi espontaneidad y mi personalidad creadoras. No doy ese consejo, porque si lo siguieseis Vosotros, seríais cándidos y yo sería estafado. No os pido absolutamente nada, porque por poco que os pida, seríais siempre autores de leyes autoritarias; lo seríais y debéis serIo, porque un cuervo no sabe cantar, y un ladrón no puede vivir sin robar. Me dirigiré más bien a quienes quieren ser egoístas, y les preguntaré lo que les parece más egoísta, recibir Vuestras leyes y respertar las existentes, o resolverse a la insubordinación, a la desobediencia total.
Buenas almas dicen que las leyes no deberían prescribir más que lo que el sentimiento del pueblo estima bueno y justo. Pero ¿qué me importa el valor que tienen las cosas entre el pueblo y para el pueblo? El pueblo será quizá enemigo de los blasfemos; de ahí, la ley contra la blasfemia. ¿Será ésa una razón para que Yo no blasfeme? ¿Será esa ley para Mí algo más que una orden? ¡Yo os lo pregunto! (...)
Los crímenes surgen de las ideas obsesivas. La santidad del matrimonio es una idea obsesiva. De que la fe conyugal es sagrada, se sigue que traicionarla es criminal y, en consecuencia, cierta ley matrimonial castiga el adulterio con una pena más o menos grave. Pero los que proclaman la libertad sagrada, deben considerar esa pena como un crimen contra la libertad; y sólo bajo ese punto de vista la opinión pública reprueba la ley de que se trata.
La Sociedad quiere, es cierto, que cada uno obtenga su derecho; pero este derecho no es sino aquél que la Sociedad ha sancionado; es el derecho de la Sociedad y no de cada uno. Yo, por el contrario, fuerte con mi propio poder, tomo o me doy un derecho, y frente a todo poder superior al mío, soy un criminal incorregible. Poseedor y creador de mi derecho, no reconozco otra fuente del derecho que Yo, y no Dios, ni el Estado, ni la Naturaleza, ni siquiera el hombre con sus eternos derechos del hombre; no reconozco derecho humano, ni derecho divino.
Derecho en sí y para sí. ¡Luego en modo alguno relativo a Mí! Derecho absoluto. ¡Luego separado de Mí! ¡Un ser en sí y para sí! ¡Un absoluto! ¡Un derecho eterno como una verdad eterna!
El derecho, tal como lo conciben los liberales, me obliga, porque es una emanación de la razón humana, frente a la cual mi razón no es más que sinrazón. En nombre de la razón divina se condenaba en tiempos pasados a la débil razón humana; en nombre de la poderosa razón humana se condena hoy a la razón egoísta bajo el nombre despreciativo de sinrazón. Y, sin embargo, no hay más razón real precisamente que esa sinrazón. Ni la razón divina, ni la razón humana tienen realidad; solas Tu razón y Mi razón son reales, lo mismo y precisamente por lo mismo que Tú y Yo somos reales.
Por su origen, el derecho es un pensamiento; es mi pensamiento, es decir, tiene su fuente en Mí. Pero tan pronto como ha brotado fuera de Mí al pronunciar la palabra, el Verbo se ha hecho carne, y ese pensamiento se convierte en una idea obsesiva. Desde entonces no puedo ya desembarazarme de ella; a cualquier lado que me vuelva, ella se levanta ante Mí. Así los hombres han llegado a ser ya incapaces de dominar esa idea del derecho que ellos mismos habían creado; su propia criatura les ha reducido a la esclavitud. En tanto que lo respetamos como absoluto, no podemos ya utilizarlo y nos consume nuestro poder creador. La criatura es más que el creador, es en sí y para sí.
Ya no dejes vagar en libertad al derecho; vuélvelo a su fuente, es decir, a ti, y será tu derecho; será justo lo que para ti sea justo. (...)
No me queda, para acabar, sino suprimir de mi vocabulario la palabra derecho, que sólo he requerido mientras indagaba sus entrañas, no pudiendo al menos emplear provisionalmente el nombre. Pero en el presente la palabra no tiene ya sentido. Lo que yo llamaba derecho no es, en modo alguno, un derecho, pues un derecho no puede ser conferido más que por un Espíritu, ya sea este Espíritu de la naturaleza, de la especie, de la humanidad o de Dios, de Su Santidad, de Su Eminencia, etc. Lo que yo poseo independientemente de la sanción del Espíritu, lo poseo sin derecho, lo poseo únicamente por mi poder. No reivindico ningún derecho, ni tengo, pues, ninguno que reconocer. Aquello de que puedo apoderarme, lo agarro y me lo apropio; sobre lo que se me escapa, no tengo ningún derecho y no son esos mis derechos imprescindibles de que me enorgullezco o que me consuelan.
El derecho absoluto arrastra en su caída a los derechos mismos, y con ellos se derrumba la soberanía del concepto del derecho. Porque no debe olvidarse que hasta ahora hemos sido dominados por ideas, conceptos, principios, y que entre tantos Señores, la idea de derecho o la idea de justicia ha desempeñado uno de los principales papeles. ¿Legítimo o ilegítimo, justo o injusto, qué me importa? Lo que me permite mi poder, nadie más tiene necesidad de permitírmelo; él me da la única autorización que me hace falta. El derecho es la alucinación con la que nos ha agraciado un fantasma; el poder soy Yo, que soy poderoso, poseedor del poder.
El derecho está por encima de Mí, es absoluto, Yo existo como un ser superior que me lo concede como un favor; es una gracia que me hace el juez. El poder y la fuerza sólo existen en Mí, que soy el Poderoso y el Fuerte.
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mi poder.
'''Mi poder'''
El derecho es el Espíritu de la sociedad. Si la sociedad tiene una voluntad, es precisamente esa voluntad la que constituye el derecho; la sociedad no existe más que por el derecho. Pero como sólo existe por el hecho de ejercer un dominio sobre el individuo, se puede decir que el derecho es su voluntad soberana. La justicia es la utilidad de la sociedad, decía Aristóteles.
Todo derecho establecido es un derecho extraño, un derecho que se me concede, del que se me permite disfrutar. ¿Tendría Yo el derecho de mi parte porque el mundo entero me diese la razon? ¿Qué son, pues, mis derechos en el Estado o en la sociedad sino derechos exteriores, derechos que tengo de otro? Que me dé un imbécil la razón, e inmediatamente mi derecho se me hará sospechoso, porque no hago caso de su aprobación. Pero aun cuando sea un sabio el que me apruebe, no por eso tendré aún razón. El hecho de tener razón o no tenerla es absolutamente independiente de la aprobación del loco y del sabio. Es, sin embargo, ese derecho, que no es más que la aprobación de otro, el que hasta el presente hemos tratado de obtener. Cuando buscamos nuestro derecho, nos dirigimos a un tribunal. ¿A qué tribunal? A un tribunal real, papal, popular, etc. El tribunal del Sultán, ¿puede ser órgano de otro derecho que el designado por el Sultán como tal derecho? ¿Puede darme la razón, cuando reclamo un derecho que no corresponde a lo que el Sultán llama el derecho? ¿Puede, por ejemplo, concederme el derecho de alta traición, si este último no es un derecho a los ojos del Sultán? Ese tribunal, el tribunal de la censura, por ejemplo, ¿puede reconocerme el derecho de expresar libremente mi opinión, si el Sultán no quiere oír hablar de ése mi derecho? ¿Qué pido, pues, a ese tribunal? Le pido el derecho del Sultán y no mi derecho, le pido un derecho ajeno. Es verdad que mientras este derecho ajeno corresponda al mío, podré encontrar también este último.
El Estado no permite que dos hombres vengan a las manos; se opone al duelo. La menor riña es castigada, aun cuando ninguno de los combatientes llame a la policía en su socorro, excepción hecha, sin embargo, del caso en que el golpeante y el golpeado, en lugar de ser Tú y Yo, son un jefe de familia y su hijo: la familia, y el padre en su nombre, tiene derechos que Yo, el individuo, no tengo. (...)
Tenga yo el derecho por mí o contra mí, nadie sino Yo mismo puede ser juez de ello. Todo lo que los demás pueden hacer, es juzgar si mi derecho está o no de acuerdo con el suyo, y apreciar si para ellos también es un derecho.
Consideremos la cuestión bajo otro punto de vista. En un sultanato Yo debo respetar el derecho del Sultán; en una República el derecho del pueblo; en la comunidad católica el derecho canónico, etc. Debo someterme a sus derechos, tenerlos por sagrados. Este sentido del derecho, este espíritu de justicia está tan sólidamente arraigado en la mente de las gentes, que los más radicales de los revolucionarios actuales no se proponen nada más que sujetarnos a un nuevo Derecho tan sagrado como el antiguo: al derecho de la sociedad, al derecho de la Humanidad, al derecho de todos, etc. El derecho de todos debe tener la preferencia sobre Mi derecho. Ese derecho de todos debiera ser también mi derecho, puesto que Yo formo parte de todos; pero observad que no es por ser el derecho de los demás, ni aun de todos los demás, por lo que me siento impulsado a trabajar por su conservación. Yo no lo defenderé porque sea un derecho de todos, sino únicamente porque es mi derecho; ¡cada cual vele por conservarle igualmente! El derecho de todos (el de comer, por ejemplo) es el derecho de cada individuo. Si cada cual vela por guardárselo intacto, todos lo ejercerán por sí mismos; ¡que el individuo no se cuide, pues, de todos y defienda su derecho sin hacerse el celador de un derecho de todos!
Pero los reformadores sociales nos predican un derecho de la Sociedad. Por él, el individuo se convierte en esclavo de la Sociedad, y sólo tiene derecho cuando se lo da la Sociedad, es decir, si vive según las leyes de la Sociedad como hombre legal. Ya sea legal bajo un gobierno despótico o en una sociedad tal como la sueña Weitling, no tengo ningún derecho, porque en un caso como en otro, todo lo que puedo tener no es mi derecho, sino un derecho ajeno a mí. Cuando se habla de derecho hay una cuestión que se plantea siempre: ¿Quién o qué cosa me da el derecho de hacer esto o aquello? Respuesta: ¡Dios, el Amor, la Razón, la Humanidad, etc.!. ¡Eh, no, amigo mío! Lo que te da ese derecho es Tu fuerza, Tu poder y nada más (Tu razon, por ejemplo, puede dartelo ).
El comunismo, que admite que los hombres tienen naturalmente derechos iguales, se contradice sosteniendo que los hombres no tienen ningún derecho de la naturaleza. En efecto, no admite, por ejemplo, que la naturaleza dé a los padres derechos sobre sus hijos y a estos últimos, derechos sobre sus padres: suprime la familia. La naturaleza no da absolutamente ningún derecho a los padres, a los hermanos y a las hermanas, etc. En el fondo, ese principio revolucionario o babeuvista, (Véase Die Kommunisten in der Schweiz, Kommission-albericht, Zürich 1843, pag. 3) reposa sobre una concepción religiosa, es decir, falsa. ¿Quién puede indagar el Derecho si no se coloca bajo el punto de vista religioso? ¿No es el Derecho una noción religiosa, es decir, algo sagrado? La igualdad de los derechos que proclamó la Revolución no es, bajo otro nombre, más que la igualdad cristiana; la igualdad fraternal que reina entre los hijos de Dios, entre los cristianos; es, en una palabra, la fraternIdad.
Toda controversia sobre el Derecho merece ser flagelada con estas palabras de Schiller: Muchos años ha me sirvo de mi nariz para oler.
¿Tengo realmente un derecho indiscutible sobre ella?
Dando a la igualdad la estampilla del Derecho, la Revolución tomaba posiciones sobre el terreno de la religión, en el dominio de lo sagrado, de lo ideal. De ahí, pues, la lucha por los sagrados e inalienables derechos del Hombre. En oposición con el eterno derecho del Hombre se hacen valer, lo que es muy natural y también muy legítimo, los derechos adquiridos y los títulos que da la ocupación. ¡Derecho contra derecho! Cada uno ensaya naturalmente convencer al otro de injusticia. Tal es el proceso que está pendiente desde la Revolución.
Vosotros queréis que el derecho esté por vosotros y contra los demás; pero no es posible: frente a ellos permanecéis eternamente en vuestra sinrazón, porque no serían vuestros adversarios si no tuviesen también el derecho de su lado; siempre os quitarán la razón. Pero, me diréis, mi derecho es más elevado, más grande, más poderoso que el de los demás. Nada de eso: vuestro derecho no es más fuerte que el suyo, en tanto que vosotros mismos no sois más fuertes que ellos. ¿Tienen los súbditos chinos derecho a la libertad? Hacedles de ella regalo y apreciaréis vuestro error: no tienen ningún derecho a la libertad porque son incapaces de utilizarla, o con mayor claridad, justamente porque no tienen la libertad, no tienen ningún derecho a ella. Los niños no tienen ningún derecho a la mayoría de edad, porque siendo niños no son mayores. Los pueblos que se dejan mantener en tutela no tienen derecho a la emancipación: sólo rechazando la tutela adquirirán el derecho a emanciparse.
Todo esto equivale simplemente a lo siguiente: Tienes el derecho de ser lo que Tú tienes poder de ser. Sólo de Mí deriva todo derecho y toda justicia: tengo el derecho de hacerlo todo, en tanto que tengo el poder para ello. Tengo el derecho de derribar a Jesús, Jehová, Dios, etc., si puedo; si no lo puedo, esos dioses quedarán en pie ante mí, fuertes con su derecho y su poder; el temor a Dios encorvará mi impotencia, Yo seguiré sus mandamientos y creeré andar rectamente en tanto que obre en todo conforme a su derecho: así son esos guarda-fronteras rusos que se creen en el derecho de derribar a tiros a los fugitivos sospechosos, desde el momento en que los asesinan en nombre de una autoridad superior, es decir, conforme al derecho. Yo, por el contrario, me doy el derecho de matar desde el momento en que no me prohibo a mí mismo el homicidio y no retrocedo ante él con horror, juzgándolo contrario al derecho. Esta idea forma el fondo de un poema de Chamisso, Das Mordenthal, que nos muestra a un viejo indio asesino forzando al respeto al blanco cuyos compañeros ha sacrificado. Si existe alguna cosa que no tenga el derecho de hacer, es porque no la hago con propósito deliberado, esto es, porque no me autorizo para ello.
A Mí corresponde decidir lo que es para mí el derecho. Fuera de Mí, no existe ningún derecho. Lo que para Mí es justo, es justo. Puede suceder que los demás no juzguen por eso que es justo, pero eso es asunto suyo y no mío; ¡ellos se guarden! Aun cuando una cosa pareciese injusta a todo el mundo, si esa cosa fuera justa para Mí, es decir, si Yo la quisiera, me cuidaría poco de todo el mundo. Así lo acostumbran, más o menos según su grado de egoísmo, todos los que saben estimarse a sí mismos, porque el poder es anterior al derecho y con pleno derecho. (...)
Quien para existir tiene que contar con la falta de voluntad de los otros, es sencillamente un producto de esos otros, como el Señor es un producto del siervo. Si la sumisión llegara a cesar, ello sería el fin de la dominación.
Mi voluntad individual es destructora del Estado; así, él la deshonra con el nombre de indisciplina. La voluntad individual y el Estado son potencias enemigas entre las que es imposible una paz eterna. En tanto que el Estado se mantiene proclama que la voluntad individual es su irreconciliable adversaria, irrazonable, mala, etc. Y la voluntad individual se deja convencer, lo que prueba que lo es, en efecto: no ha tomado aún posesión de sí misma, ni adquirido conciencia de su valor, es decir, todavía es incompleta, maleable, etc.
Todo Estado es despótico, sea el déspota uno, sean varios, o (y así se puede representar una República) siendo todos Señores, o sea cada uno el déspota del otro. Este último caso se presenta, por ejemplo, cuando, a consecuencia de un voto, una voluntad expresada por una Asamblea del pueblo llega a ser para el individuo una ley a la que debe obedecer o conformarse. Imaginad incluso el caso en que cada uno de los individuos que componen el pueblo haya expresado la misma voluntad, suponed que haya habido perfecta unanimidad; la cosa vendría aún a ser la misma. ¿No estaría yo ligado, hoy y siempre, a mi voluntad de ayer? Mi voluntad, en ese caso, estaría inmovilizada, paralizada. ¡Siempre esa desdichada estabilidad! ¡Un acto de voluntad determinado, creación mía, vendrá a ser mi Señor! y Yo que lo he querido, Yo el creador, ¿me vería trabado en mi carrera, sin poder romper mis lazos? Porque Yo era ayer un loco, ¿tendría que serIo toda mi vida? Así pues, en la vida estatal, yo soy en el mejor de los casos -podría decir también en el peor de los casos- un esclavo de Mí mismo. Porque ayer tenía una voluntad, hoy careceré de ella; Señor ayer, seré esclavo hoy.
¿Qué hacer? Nada más que no reconocer deberes, es decir, no atarme ni dejarme atar. Si no tengo deber, no conozco tampoco ley. ¡Pero se me atará! Nadie puede encadenar mi voluntad, y Yo siempre seré libre de rebelarme.
¡Pero si cada uno hiciera lo que quisiera, todo andaría de cabeza! ¿Y quién os dice que cada uno podría hacerlo todo? ¡Defendeos, y no se os hará nada! Quien quiere quebrar vuestra voluntad es vuestro enemigo, tratadlo como tal. Si algunos millones de otros están detrás de vosotros y os sostienen, sois un poder imponente y no os costará gran trabajo vencer. Pero si gracias a vuestro poder llegáis a imponeros al adversario, no os considerará por eso, a menos que sea un pobre diablo, como una autoridad sagrada. No os debe ni respeto ni homenajes, aunque tenga que mantenerse en guardia midiendo vuestro poder.
Clasificamos habitualmente los Estados según la forma en que el poder supremo está distribuido: si pertenece a uno solo, es una monarquía; si pertenece a todos, una democracia, etc. Este poder supremo, ¿contra quién se ejerce? Contra el individuo y su voluntad de individuo. El poder del Estado emplea la fuerza, el individuo no debe hacerlo. En manos del Estado la fuerza se llama derecho, en manos del individuo recibirá el nombre de crimen.
Crimen significa el empleo de la fuerza por el individuo; sólo por el crimen puede el individuo destruir el poder del Estado, cuando considera que está por encima del Estado y no el Estado por encima de él.
Y ahora, si quisiera ironizar, podría, con un mohín de ortodoxia, exhortaros a no hacer ley que contraríe mi desarrollo individual, mi espontaneidad y mi personalidad creadoras. No doy ese consejo, porque si lo siguieseis Vosotros, seríais cándidos y yo sería estafado. No os pido absolutamente nada, porque por poco que os pida, seríais siempre autores de leyes autoritarias; lo seríais y debéis serIo, porque un cuervo no sabe cantar, y un ladrón no puede vivir sin robar. Me dirigiré más bien a quienes quieren ser egoístas, y les preguntaré lo que les parece más egoísta, recibir Vuestras leyes y respertar las existentes, o resolverse a la insubordinación, a la desobediencia total.
Buenas almas dicen que las leyes no deberían prescribir más que lo que el sentimiento del pueblo estima bueno y justo. Pero ¿qué me importa el valor que tienen las cosas entre el pueblo y para el pueblo? El pueblo será quizá enemigo de los blasfemos; de ahí, la ley contra la blasfemia. ¿Será ésa una razón para que Yo no blasfeme? ¿Será esa ley para Mí algo más que una orden? ¡Yo os lo pregunto! (...)
Los crímenes surgen de las ideas obsesivas. La santidad del matrimonio es una idea obsesiva. De que la fe conyugal es sagrada, se sigue que traicionarla es criminal y, en consecuencia, cierta ley matrimonial castiga el adulterio con una pena más o menos grave. Pero los que proclaman la libertad sagrada, deben considerar esa pena como un crimen contra la libertad; y sólo bajo ese punto de vista la opinión pública reprueba la ley de que se trata.
La Sociedad quiere, es cierto, que cada uno obtenga su derecho; pero este derecho no es sino aquél que la Sociedad ha sancionado; es el derecho de la Sociedad y no de cada uno. Yo, por el contrario, fuerte con mi propio poder, tomo o me doy un derecho, y frente a todo poder superior al mío, soy un criminal incorregible. Poseedor y creador de mi derecho, no reconozco otra fuente del derecho que Yo, y no Dios, ni el Estado, ni la Naturaleza, ni siquiera el hombre con sus eternos derechos del hombre; no reconozco derecho humano, ni derecho divino.
Derecho en sí y para sí. ¡Luego en modo alguno relativo a Mí! Derecho absoluto. ¡Luego separado de Mí! ¡Un ser en sí y para sí! ¡Un absoluto! ¡Un derecho eterno como una verdad eterna!
El derecho, tal como lo conciben los liberales, me obliga, porque es una emanación de la razón humana, frente a la cual mi razón no es más que sinrazón. En nombre de la razón divina se condenaba en tiempos pasados a la débil razón humana; en nombre de la poderosa razón humana se condena hoy a la razón egoísta bajo el nombre despreciativo de sinrazón. Y, sin embargo, no hay más razón real precisamente que esa sinrazón. Ni la razón divina, ni la razón humana tienen realidad; solas Tu razón y Mi razón son reales, lo mismo y precisamente por lo mismo que Tú y Yo somos reales.
Por su origen, el derecho es un pensamiento; es mi pensamiento, es decir, tiene su fuente en Mí. Pero tan pronto como ha brotado fuera de Mí al pronunciar la palabra, el Verbo se ha hecho carne, y ese pensamiento se convierte en una idea obsesiva. Desde entonces no puedo ya desembarazarme de ella; a cualquier lado que me vuelva, ella se levanta ante Mí. Así los hombres han llegado a ser ya incapaces de dominar esa idea del derecho que ellos mismos habían creado; su propia criatura les ha reducido a la esclavitud. En tanto que lo respetamos como absoluto, no podemos ya utilizarlo y nos consume nuestro poder creador. La criatura es más que el creador, es en sí y para sí.
Ya no dejes vagar en libertad al derecho; vuélvelo a su fuente, es decir, a ti, y será tu derecho; será justo lo que para ti sea justo. (...)
No me queda, para acabar, sino suprimir de mi vocabulario la palabra derecho, que sólo he requerido mientras indagaba sus entrañas, no pudiendo al menos emplear provisionalmente el nombre. Pero en el presente la palabra no tiene ya sentido. Lo que yo llamaba derecho no es, en modo alguno, un derecho, pues un derecho no puede ser conferido más que por un Espíritu, ya sea este Espíritu de la naturaleza, de la especie, de la humanidad o de Dios, de Su Santidad, de Su Eminencia, etc. Lo que yo poseo independientemente de la sanción del Espíritu, lo poseo sin derecho, lo poseo únicamente por mi poder. No reivindico ningún derecho, ni tengo, pues, ninguno que reconocer. Aquello de que puedo apoderarme, lo agarro y me lo apropio; sobre lo que se me escapa, no tengo ningún derecho y no son esos mis derechos imprescindibles de que me enorgullezco o que me consuelan.
El derecho absoluto arrastra en su caída a los derechos mismos, y con ellos se derrumba la soberanía del concepto del derecho. Porque no debe olvidarse que hasta ahora hemos sido dominados por ideas, conceptos, principios, y que entre tantos Señores, la idea de derecho o la idea de justicia ha desempeñado uno de los principales papeles. ¿Legítimo o ilegítimo, justo o injusto, qué me importa? Lo que me permite mi poder, nadie más tiene necesidad de permitírmelo; él me da la única autorización que me hace falta. El derecho es la alucinación con la que nos ha agraciado un fantasma; el poder soy Yo, que soy poderoso, poseedor del poder.
El derecho está por encima de Mí, es absoluto, Yo existo como un ser superior que me lo concede como un favor; es una gracia que me hace el juez. El poder y la fuerza sólo existen en Mí, que soy el Poderoso y el Fuerte.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mis relaciones.
'''Mis relaciones'''
Todo lo sagrado es un lazo, una cadena.
Todo lo sagrado es y tiene que ser tergiversado por falsarios; así se encuentran en nuestra época una multitud de ellos en todas las esferas. Preparan la ruptura con el derecho, la supresión del derecho.
¡Pobres atenienses, a quienes se acusa de argucia y de sofística! ¡Pobre Alcibíades, al que se acusa de intriga! Eso es, justamente, lo mejor que teníais, ése era vuestro primer paso hacia la libertad. Vuestro Esquilo, vuestro Herodoto y demás, sólo querían la libertad del pueblo griego. Vosotros vislumbrasteis por vez primera algo de vuestra libertad.
Todo pueblo oprime a quienes elevan por encima de su majestad; el ostracismo amenaza al ciudadano demasiado poderoso, la inquisición de la Iglesia espía al herético, y la inquisición, igualmente, espía al traidor al Estado, etc.
Porque el pueblo no se preocupa más que de mantenerse y de afirmarse, reclama de cada uno una abnegación patriótica. El individuo en sí le es indiferente, una nada, y el pueblo no debe hacer, ni aun permitir, que el individuo cumpla lo que sólo él es capaz de cumplir, su realización. Todo pueblo, todo Estado, es injusto con los egoístas.
Mientras permanece de pie una sola institución que el individuo no pueda aniquilar, no existe ni individualidad y autonomía del Yo. ¿Cómo hablar de libertad, mientras deba, por ejemplo, ligarme por juramento a una Constitución, a una Carta, a una ley, mientras deba jurar pertenecer en cuerpo y alma a mi pueblo? ¿Cómo ser Yo mismo si mis facultades no pueden desarrollarse, sino en la medida que no turben la armonía de la Sociedad? (Weitling).
La caída de los pueblos y de la humanidad, será la señal de Mi elevación.
¡Escucha! En el momento mismo en que escribo estas líneas, las campanas se han puesto a sonar; llevan a lo lejos un alegre mensaje: mañana se celebra el milésimo aniversario de nuestra querida Alemania. ¡Sonad, sonad, oh campanas, campanas de los funerales! Vuestra voz es tan solemne y tan grave, que parece que vuestras lenguas de bronce sean movidas por un presentimiento y que escoltéis a un muerto. El pueblo alemán y los pueblos alemanes, tienen tras sí diez siglos de historia; ¡qué larga vida! ¡Descended, pues, a la tumba para no levantaros jamás y que sean libres los que habéis tenido encadenados por tanto tiempo! El pueblo ha muerto, Yo me abro a la vida.
¡Oh Tú, mi torturado pueblo alemán! ¿Cuál ha sido tu sufrimiento? Era la tortura de un pensamiento que no puede engendrar un cuerpo, el tormento de un Espíritu errante que se desvanece cuando canta el gallo, y que aspira, sin embargo, a su salvación y a su realización. ¡En Mí también has vivido largo tiempo, querido pensamiento, querido fantasma! Ya creía haber encontrado la palabra mágica que debe redimirte, ya creía haber descubierto carne y miembros para vestir al Espíritu errante y de pronto oigo el doblar de las campanas que te conducen al reposo eterno; vuela la última esperanza, el último amor se extingue. Yo me despido de la mansión desierta, y regreso entre los vivos, porque los vivos sólo tienen razón.
Adiós, pues, ensueño de tantos millones de hombres; adiós, Tú, que durante mil años has tiranizado a tus hijos!
Mañana se te depositará en tierra; pronto tus hermanas las naciones te seguirán. Cuando todas hayan partido detrás de ti, la humanidad será enterrada, y sobre su tumba, Yo, mi único Señor al fin.. Yo, su heredero, reiré. (...)
La palabra Gesellschaft (sociedad) tiene por etimología la palabra Saal (sala). Cuando en una sala hay varias personas reunidas, esas personas están en sociedad. Están en sociedad, pero no constituyen la sociedad; constituyen, cuando más, una sociedad de salón. En cuanto a las verdaderas relaciones sociales, son independientes de la sociedad; pueden existir o no existir, sin que la naturaleza de lo que se llama sociedad sea alterada. Las relaciones implican reciprocidad, son el comercio (commercium) de los individuos. La sociedad no es más que la ocupación en común de una sala; las estatuas, en una sala de museo, están en sociedad, están agrupadas. Siendo tal la significación natural de la palabra sociedad, se sigue de aquí que la sociedad no es la obra de Ti o de Mí, sino de un tercero; ese tercero es el que hace de nosotros compañeros y es el verdadero fundador, el creador de la sociedad.
Lo mismo ocurre en una sociedad o comunidad de prisioneros (los que padecen una misma prisión). El tercero que encontramos aquí es ya más complejo que lo era el anterior, el simple local, la sala-Prisión no designa simplemente un lugar, sino un lugar en relación con sus habitantes. ¿Quién determinará la manera de vivir de la sociedad de prisioneros? La prisión. Pero ¿quién determina sus relaciones? ¿Es también la prisión? ¡Alto! Aquí os detengo. Evidentemente, si entran en relaciones, no puede ser más que como prisioneros, es decir, en cuanto lo permiten los reglamentos de la prisión; pero únicamente ellos crean esas relaciones, es el Yo quien se pone en relación con el Tú; no sólo esas relaciones no pueden ser la obra de la prisión, sino que ésta debe velar para oponerse a toda relación egoísta, puramente personal (las únicas que pueden establecerse realmente entre un Yo y un Tú).
La prisión consiente en que hagamos un trabajo en común, nos mira complacida manejar juntos una máquina o tomar parte en cualquier tarea. Pero si Yo olvido que soy un prisionero y anudo relaciones contigo, igualmente olvidado de tu suerte, ved que eso pone la prisión en peligro: no solamente no puede crear ella semejantes relaciones, sino que no puede siquiera tolerarlas. Y he ahí por qué la Cámara francesa, santa y moralmente pensando, ha adoptado el sistema de la prisión celular; las demás, no menos virtuosamente intencionadas, harán lo mismo para poner un obstáculo a las relaciones desmoralizadoras. Desde que el encarcelamiento es asunto hecho, es sagrado y no es permitido ya atacarlo. La menor tentativa de ese género es punible, como lo es toda rebelión contra una de las sacrosantidades a que el hombre debe entregarse atado de pies y manos. La prisión, como la sala, crea una sociedad, una cooperación, una comunidad (comunidad de trabajo, por ejemplo), pero no unas relaciones, una reciprocidad, ni una asociación. Por el contrario, toda asociación entre individuos nacida a la sombra de la prisión, lleva en sí el germen peligroso de un complot, y esta semilla de rebelión puede, si las circunstancias son favorables, germinar y dar sus frutos.
A la prisión no se va voluntariamente, y es igualmente poco común permanecer en ella por propia voluntad; más bien se alimenta un deseo egoísta de libertad. Es de presumir, pues, que todas las relaciones entre prisioneros serán hostiles a la sociedad realizada por la prisión, y no tenderán a nada menos que a disolver esa sociedad que resulta del cautiverio común.
Dirijámonos, pues, a otras sociedades, a sociedades donde parece que permanecemos con gusto y de nuestro pleno agrado, sin querer comprometer su existencia con nuestras maniobras egoístas.
Como comunidad que cumple estas condiciones, se presenta en primer lugar la familia. Padres, esposos, hijos, hermanos y hermanas, forman un todo o constituyen una familia cuyas alianzas vienen poco a poco a engrosar sus filas. La familia no es realmente una comunidad, más que si todos los miembros observan la ley, la piedad o el amor familiar. Un hijo a quien padre, madre, hermanos y hermanas se han hecho indiferentes, ha sido hijo, pero no manifestándose en cualidad de hijo activamente, tiene tan poca importancia como la unión, desde hace mucho tiempo destruida, de la madre y el hijo por el cordón umbilical. Esta última unión ha existido en otro tiempo, es un hecho que no es posible deshacer y en virtud del cual queda uno irrevocablemente hijo de una madre y hermano de sus otros hijos; pero una dependencia permanente no puede resultar más que de la permanencia de la piedad, del Espíritu de familia. Los individuos no son miembros de una familia en toda la aceptación de la palabra, más que imponiéndose el deber de conservarla. Lejos de poner en cuestión sus fundamentos, ellos deben ser sus conservadores. Hay para todo miembro de la familia una cosa inamovible y sagrada: es la familia, o más exactamente, la piedad. La familia debe subsistir; tal es, para aquel de sus miembros que no se ha dejado invadir por ningún egoísmo antifamiliar, la verdad fundamental, la que no puede desflorar ninguna duda. En una palabra, si la familia es sagrada, ninguno de sus miembros pueden separarse de la misma, so pena de cometer un crimen. Jamás podrá perseguir un interés contrario al de la familia; casarse mal, por ejemplo, le está prohibido. Quien deshonra a su familia, es causa de su vergüenza, etc.
El individuo cuyo instinto egoísta no es bastante fuerte, se somete: concierta el matrimonio que satisface las pretensiones de su familia, escoge una carrera en armonía con su posición, etc., en suma, hace honor a su familia.
Si, por el contrario, la sangre egoísta hierve con bastante ardor en sus venas, prefiere convertirse en el criminal de su familia y sustraerse a sus leyes. (...)
Supongamos que el egoísta haya roto los lazos familiares y encontrado en el Estado un protector contra el Espíritu de familia gravemente ofendido. ¿A qué llega? A formar parte de una nueva sociedad en que su egoísmo va a encontrar los mismos lazos, las mismas redes que aquellos de que acaba de soslayarse. El Estado también es una sociedad y no una asociación: es la extensión de la familia (padre del pueblo, madre del pueblo, hijos del pueblo) ...
Lo que se llama Estado es un tejido, un entrelazamiento de dependencias y adhesiones; es una solidaridad, una reciprocidad cuyo efecto consiste en que todos aquellos entre los cuales se establece esa coordinación se concilian entre sí y dependen los unos de los otros: el Estado es el orden, el régimen de esa dependencia mutua. Aunque el Rey, cuya autoridad repercute sobre quienes tengan el menor empleo público, incluso sobre el criado del verdugo, llegue a desaparecer, no por eso se mantiene menos el orden frente del desorden de la bestialidad por todos aquellos en quienes vela el sentido del orden. Si triunfara el desorden, el Estado se extinguiría.
Sin embargo, ¿es capaz de conquistarnos esa buena inteligencia, esa adhesión recíproca, esa dependencia mutua, ese pensamiento amoroso? Según esto, el Estado sería el amor realizado; vivir en el Estado sería ser para otro y vivir para otro. Pero el Espíritu del orden, ¿no aniquila la individualidad? ¿No se encontrará que todo está lo mejor posible con tal que se llegue por la fuerza a hacer reinar el orden, es decir, a diseminar y a acorralar juiciosamente al rebaño de modo que ninguno pise al andar a su vecino? Todo está dispuesto en el mejor orden y ése se llama Estado.
Nuestras sociedades y nuestros Estados existen, sin que otros los hagamos, pueden aliarse sin que haya alianza entre nosotros; están predestinados y tienen una existencia propia, independiente; frente a Vosotros, los egoístas, son el estado de cosas existente e indisoluble. Todas las luchas de hoy van dirigidas contra el estado de cosas reinante. Pero se desconoce su verdadero objetivo; parecería, de oír a nuestros reformadores, que se trata simplemente de sustituir el orden que existe en la actualidad por otro orden mejor. Es más bien al orden mismo, es decir, a todo Estado (status) , cualquiera que éste sea, al que se debería declarar la guerra y no a tal Estado determinado, a la forma actual del Estado. El objetivo por alcanzar no es otro Estado (el Estado popular, por ejemplo), sino la alianza, la unión, la armonía siempre inestable y cambiante de todo lo que es y no es más que a condición de cambiar sin cesar.
Un Estado existe independientemente de mi actividad; yo nazco en él, crezco en él, tengo para con él deberes y le debo fe y homenaje. Él me acoge bajo sus alas tutelares y Yo vivo de su gracia. Así, la existencia independiente del Estado es el fundamento de mi dependencia; su vida como organismo exige que Yo carezca de libertad y, según su naturaleza, me aplica las tijeras de la cultura. Me da una educación y una instrucción adecuadas a Él y no a Mí, y me enseña, por ejemplo, a respetar las leyes, aguardarme de atentar a la propiedad del Estado (es decir, a la propiedad privada), a venerar una Alteza divina o terrestre, etc.; en una palabra, me enseña a ser irreprochable, sacrificando mi individualidad sobre el altar de la santidad (santo o sagrado en todo lo que se puede imaginar: propiedad, vida de otros, etc.). Tal es la especie de cultura que el Estado es capaz de darme: me adiestra para ser un buen instrumento, un miembro útil a la Sociedad.
Es lo que debe hacer todo Estado, ya sea democrático, absoluto o constitucional. Y lo hará en tanto que no nos hayamos deshecho de la idea errónea de que él es un Yo, y como tal, una persona, moral, mística o política. De esa piel de león del Yo, debo Yo, que soy un verdadero Yo, despojar al vanidoso devorador de cardos. ¡A qué saqueo no he caído Yo desde que el mundo es mundo! Fueron primero el sol, la luna y las estrellas, los gatos y los cocodrilos, los que tuvieron el honor de pasar por Yo; fueron después Jehová, Alá, Nuestro Padre, los que usurparon mi título; luego las familias, las tribus, los pueblos y hasta la humanidad; vinieron al fin el Estado y la Iglesia, siempre con la misma pretensión de ser Yo: y Yo los contemplaba apaciblemente. ¿Qué extraño, pues, que siempre se presentara un Yo real y me haya afirmado en mi cara que no era para mí un Tú, sino buenamente mi propio yo? Si lo hizo el hijo del hombre por excelencia, ¿qué impediría hacer otro tanto a un hijo del hombre? Viendo así a mi Yo siempre por encima y fuera de mí, no he llegado nunca a ser realmente Yo mismo.
Yo no he creído nunca en Mí, no he creído en mi actualidad, y no he sabido jamás verme sino en el porvenir. El niño cree que será verdaderamente él, cuando llegue a ser otro, cuando sea grande; el hombre piensa que sólo más allá de esta vida podrá ser verdaderamente alguna cosa; y para poner un ejemplo más cercano a nosotros, los mejores, ¿no pretenden todavía hoy que antes de ser realmente un Yo, se debe ser un ciudadano libre, un ciudadano del Estado, un hombre libre o un verdadero hombre, haberse incorporado de antemano al Estado, a su Pueblo, a la Humanidad y muchas cosas más? Ellos tampoco conciben ni verdad, ni realidad para el Yo, más que a la aceptación de un Yo ajeno al que uno se sacrifica. ¿Y qué es ese Yo? Un Yo que no es ni un Yo ni un Tú; un Yo imaginario, un fantasma. ( ...)
Se habla de la tolerancia y se alaba como una característica de los Estados civilizados la libertad de expresarse que allí tienen las tendencias más opuestas, etc. Es verdad que mientras algunos lanzan sus policías en persecución de los fumadores en pipa, otros son bastante fuertes para no dejarse conmover por los mitines más turbulentos. Pero debe observarse que para todo Estado, el juego recíproco de las individualidades, los altos y bajos de su vida cotidiana son, en cierto modo, una parte abandonada al azar, una parte que tiene, sí, que abandonarles, a falta de poder canalizarla útilmente. Ciertos Estados hacen como el fariseo que se tragaba los camellos y hacía remilgos ante una mosca, en tanto que otros son más tolerantes; en estos últimos, los individuos son más libres. Pero libre, no lo soy en ningún Estado. Su famosa tolerancia no se ejerce más que en favor de lo que es inofensivo y carente de peligro; no es más que su indiferencia ante las cosas insignificantes; un despotismo más imponente, más augusto y más orgulloso. Cierto Estado ha manifestado durante algún tiempo veleidades de elevarse por encima de las disputas literarias y permitir a todos entregarse a ellas a su pleno agrado. Inglaterra lleva la cabeza demasiado alta para oír el rumor de la multitud y oler el humo del tabaco. Pero, ¡ay de la literatura que ataca el Estado mismo, ay de las revueltas populares que ponen al Estado en peligro! En el Estado a que hacíamos alusión se sueña con una ciencia libre, y en Inglaterra, con una vida popular libre.
El Estado deja jugar libremente todo lo posible a los individuos, con tal que no tomen su juego en serio y no pierdan de vista al Estado. No pueden establecerse de hombre a hombre relaciones que no sean turbadas por la vigilancia e intervención superior. Yo no puedo hacer todo aquello que sería capaz, sino sólo hacer todo aquello que el Estado me permite hacer; no puedo hacer valer ni mis pensamientos, ni mi trabajo, ni, en general, nada de lo que es Mío.
El Estado no persigue más que un fin: limitar, encadenar, sujetar al individuo, subordinarlo a una generalidad cualquiera. No puede subsistir sino a condición de que el individuo no sea para sí mismo Todo en Todo; implica la limitación del Yo, mi mutilación y mi esclavitud. Jamás el Estado se propone estimular la libre actividad del individuo, la sola actividad que alienta es la que se refiere al fin que él mismo persigue. Jamás es capaz el Estado de producir nada colectivo, no se puede decir que un tejido es la obra colectiva de las diferentes partes de una máquina, es más bien la obra de toda la máquina, considerada como una unidad; lo mismo ocurre con todo lo que sale de la máquina del Estado, porque el Estado es el resorte que pone en movimiento los rodajes de los espíritus individuales, de los que ninguno sigue su propio impulso. El Estado trata de ahogar toda actividad libre mediante su censura, su vigilancia y su policía, y considera su deber estrangularla, porque debe conservarse a sí mismo. El Estado quiere hacer del hombre alguna cosa, quiere modelarlo; así el hombre (que viviendo en un Estado no es más que un hombre ficticio), en cuanto quiere ser él mismo, se convierte en el adversario del Estado y no es nada. No es nada significa: el Estado no lo utiliza, no le concede ningún empleo, ninguna comisión, etc.
E. Bauer, en sus Liberalen Bestrebungen (Reivindicaciones liberales, II, 50), sueña con un gobierno que, surgido del pueblo, no pueda nunca encontrarse en oposición con él. Es verdad que él mismo retira (pág. 69) la palabra gobierno. En una República no puede haber gobierno, no hay lugar más que para un Poder ejecutivo. Pura y simple emanación del pueblo, ese Poder no podría oponerse ni a un Poder independiente, ni a principios y funcionarios suyos; no tendría otro fundamento, y su autoridad y sus principios no tendrán otra fuente que el pueblo, única y suprema potencia del Estado. La noción de gobierno es incompatible con la del Estado democrático. Pero eso viene a ser lo mismo. Todo lo que emana, procede o se deriva de una cosa, se hace independiente, y, como el niño salido del seno de la madre, se pone inmediatamente en oposición con ella. El Gobierno, sin ese carácter de independencia y de oposición, no sería absolutamente nada.
En el Estado libre no hay gobierno, etc. (página 94). Esto quiere simplemente decir que el pueblo, cuando es soberano, no se deja gobernar por un poder superior. Pero ¿sucede de otro modo en la Monarquía absoluta? ¿Existe un gobierno superior al soberano? Ya se llame el soberano príncipe o pueblo, jamás puede haber un gobierno por encima de él. Pero en todo Estado absoluto, republicano o libre, habrá siempre un gobierno por encima de Mí, y Yo no estaré mejor en uno que en otro.
La República no es más que una Monarquía absoluta, porque poco importa que el soberano se llame príncipe o pueblo: uno y otro son una majestad.
El régimen constitucional demuestra precisamente que nadie quiere ni puede resignarse a no ser más que un instrumento. Los ministros dominan a un Señor, el príncipe, y los diputados lo hacen a un Señor, el Señor pueblo. El príncipe debe someterse a la voluntad de los ministros y el pueblo debe dejarse llevar cogido de la mano a donde le plazca a las Cámaras. El constitucionalismo va más lejos que la República, puesto que en él, el Estado se concibe en su disolución. (...)
Es un político, y lo seguirá siendo por toda la eternidad, aquel que mete el Estado en su cabeza, en su corazón, o en ambos a la vez; el poseído del Estado o el creyente en el Estado.
El Estado es la condición indispensable del desarrollo integral de la humanidad. Ciertamente, lo fue tanto tiempo como nos propusimos desarrollar la humanidad; pero ahora que queremos desarrollarnos a Nosotros mismos, no puede sernos ya más que un estorbo.
¿Puede proponerse todavía hoy reformar y mejorar el Estado y el pueblo? Tanto como a la nobleza, el clero, la iglesia, etc.; se puede superar, destruir, abolir el Estado, pero no reformarlo. No es reformándolo como se convierte un absurdo en una cosa sensata; más vale desecharlo inmediatamente.
En el futuro no se hablará ya del Estado ( constitución del Estado, etc.), sino de Mí. Todas las cuestiones relativas al Poder soberano, a la Constitución, etc., caen de nuevo así en el abismo de que no habría debido salir, su nada. Yo, esta nada, haré brotar de mí mismo mis creaciones. (...)
* I
Al capítulo de la Sociedad pertenece el del partido, cuyas alabanzas se han cantado en estos últimos tiempos.
Hay en el Estado partidos. ¡Mi partido! ¡Quién no tomaría partido! Pero el individuo es único, y no es miembro de un partido. Libremente se une, y después se separa libremente. Un partido no es otra cosa que un Estado dentro del Estado, y la paz debe reinar en ese pequeño enjambre de abejas como en el grande. Aun aquellos que proclaman con más energía que es precisa la existencia de una oposición en el Estado, son los primeros en indignarse contra la discordia de los partidos. Prueba de que ellos tampoco quieren más que un Estado. Contra el individuo y no contra el Estado se rompen todos los partidos.
Hoy nada se oye más a menudo que la exhortación de fidelidad a su partido; los hombres de partido no desprecian nada tanto como a un renegado. Se debe marchar a ojos cerrados tras su partido, aprobar y adoptar sin reservas todos sus principios. En verdad, el mal no es tan grande aquí como en ciertas sociedades que ligan a sus miembros por leyes o estatutos fijos e inmutables (por ejemplo, las órdenes religiosas, la Compañía de Jesús, etc.). Pero el partido cesa de ser una asociación desde el momento en que quiere hacer obligatorios ciertos principios y ponerlos por encima de toda discusión y de toda crítica: es precisamente ese momento el que marca el nacimiento del partido. El partido del absolutismo no puede tolerar en ninguno de sus miembros la menor duda sobre la verdad del principio absolutista. Esa duda no les sería posible más que si fueran bastante egoístas para querer ser todavía alguna cosa fuera de su partido, es decir, para querer ser imparciales. No pueden ser imparciales más que como egoístas y no como hombres de partido. Si eres protestante y perteneces al partido del protestantismo, no puedes más que mantener a tu partido en el buen camino; en rigor podrías purificarlo, pero no rechazarlo. ¿Eres cristiano, estás alistado en el partido cristiano? No puedes salir de él en cuanto miembro de ese partido; si haces transgresión de su disciplina, será sólo cuando tu egoísmo, es decir, tu imparcialidad, te impulse a ello. Por esfuerzos que hayan hecho los cristianos, hasta Hegel y los comunistas inclusive, para fortificar su partido, han quedado en esto: el cristianismo contiene la verdad eterna, por consiguiente basta extraerla, demostrarla y completarla.
En suma, el partido es contrario a la imparcialidad y esta última es una manifestación del egoísmo. ¿Qué me importa, por otro lado, el partido? Yo encontraré siempre bastantes compañeros que se unan a Mí sin prestar juramento a mi bandera.
Si alguno pasa de un partido a otro se le llama inmediatamente tránsfugo, desertor, renegado, apóstata, etc. La moral, en efecto, exige que uno se adhiera firmemente a su partido; hacerle traición es mancharse con el crimen de infidelidad; pero la individualidad no conoce ni abnegación ni fidelidad de precepto; permite todo, comprendida la apostasía, la deserción y demás. Los morales mismos se dejan dirigir inconscientemente por el principio egoísta cuando tienen que juzgar a alguien que abandona su partido para unirse al de ellos, más aún, no tienen ningún escrúpulo en ir a reclutar partidarios en el campo opuesto. Sólo que deberían tener conciencia de una cosa, y es que es necesario obrar de una manera inmoral para obrar de una manera personal, lo que equivale a decir que es preciso saber romper su fe y hasta su juramento si uno quiere determinarse a sí mismo en lugar de dejarse determinar por consideraciones morales. Un apóstata se pinta siempre bajo colores dudosos a los ojos de las gentes de moralidad severa; no le concederán fácilmente su confianza, porque está manchado por una traición, es decir, por una inmoralidad. Ese sentimiento es casi general entre las gentes de cultura inferior. Los más ilustrados están sobre ese punto, como sobre todos, inciertos y turbados; la confusión de sus ideas no les permite tener claramente conciencia de la contradicción a que los estrecha necesariamente el principio de moralidad. No se atreven a acusar francamente al apóstata de inmoralidad, porque ellos mismos predican, en suma, la apostasía, el paso de una religión a otra, etc.; por otra parte, no se atreven a abandonar su punto de apoyo en la moralidad. ¡Qué excelente ocasión, sin embargo, de echarla por la borda!
¿Los Individuos o los Únicos son un partido?
¡Eh! ¿Cómo podrían ser únicos si perteneciesen a un partido?
¿No se puede, pues, ser de ningún partido? Entendámonos. Al entrar en vuestro partido y en vuestros círculos, Yo concluyo con vosotros una alianza, que durará tanto tiempo como vuestro partido y Yo persigamos el mismo objeto. Pero si hoy me uno todavía a su programa, mañana quizá ya no podré hacerlo y le seré infiel. El partido no tiene para Mí nada que me ligue, nada obligatorio, y Yo no lo respeto; si deja de agradarme, me vuelvo contra él.
Los miembros de todo partido que atiende a su existencia y a su conservación, tienen tanta menos libertad, o más exactamente, tanta menos personalidad, y carecen tanto más de egoísmo, cuando más completamente se someten a todas las exigencias de ese partido. La independencia del partido implica la dependencia de sus miembros.
Un partido, cualquiera que sea, no puede jamás pasarse sin una profesión de fe, porque sus miembros deben creer en su principio y no ponerlo en duda sin discutirlo: debe ser para ellos un axioma cierto e indudable. En otros términos: se debe pertenecer en cuerpo y alma a su partido, de lo contrario, no se es verdaderamente un hombre de partido, sino más o menos egoísta. Si la menor duda acerca del cristianismo acosa en Ti, ya no serás un verdadero cristiano, Tú que habrás tenido la gran impiedad de examinar el dogma y de arrastrar el cristianismo ante el tribunal de tu egoísmo. Te habrás hecho culpable para con el cristianismo, este asunto de partido (asunto de partido, porque no es el asunto, por ejemplo, de los judíos, que son de otro partido). Pero tanto mejor para ti si un pecado no te espanta; tu audaz impiedad va a ayudarte a alcanzar la individualidad. Así, pues, un egoísta, ¿no podrá nunca abrazar un partido, no podrá nunca tener un partido? ¡Pues sí; puede con tal que no se deje coger y encadenar por el partido! (...)
Proudhon (como Weitling) cree hacer la peor injuria a la propiedad calificándola de robo. Sin querer remover esta cuestión embarazosa, preguntamos simplemente: ¿hay una objeción bien seria que hacer al robo? ¿La idea de robo puede subsistir, si no se deja subsistir la idea de la propiedad? ¿Cómo se podría robar si no hubiese propiedad? Lo que no pertenece a nadie no puede ser robado: el que saca agua del mar no roba. Por consiguiente, la propiedad no es un robo; sólo por ella resulta el robo posible. Weitling, que considera todo como la propiedad de todos, ha de llegar necesariamente a la misma conclusión que Proudhon: si alguna cosa pertenece a todos, el individuo que se la apropia es un ladrón.
La propiedad privada vive por la gracia del Derecho. El Derecho es su única garantía, porque poseer un objeto no es aún ser su propietario; lo que Yo poseo no se convierte en mi propiedad más que por la sanción del Derecho; ella no es un hecho, como piensa Proudhon, sino una ficción, una idea; una idea, he ahí lo que es la propiedad que engendra el Derecho, la propiedad legítima, garantizada. No soy Yo quien hago de lo que poseo mi propiedad, es el Derecho.
No obstante, se designa bajo el nombre de propiedad el poder limitado que Yo tengo sobre las cosas (objeto, animal u hombre) de que puedo usar y abusar a mi agrado; el Derecho romano define la propiedad jus utendi et abutendi re sua, quatenus juris ratio patitur, un derecho exclusivo e ilimitado; pero la propiedad tiene por condición el poder. Lo que está en mi poder es mío. En tanto que mantengo mi situación de poseedor de un objeto, sigo siendo su propietario; no si se me escapa, sea cualquiera la fuerza que me lo quite (el hecho, por ejemplo, de que Yo reconozca que otro tiene derecho a él). Propiedad y posesión vienen, pues, a ser lo mismo. No es un derecho exterior a mi poder el que me hace legítimo propietario, sino mi poder mismo y sólo él; si lo pierdo, el objeto se me escapa. Desde el día en que los romanos no tuvieron ya la fuerza de oponerse a los germanos, Roma y los despojos del mundo que diez siglos de omnipotencia habían acumulado dentro de sus murallas, pertenecieron a los vencedores, y sería ridículo pretender que los romanos quedaran, no obstante, sus legítimos propietarios. Toda cosa es la propiedad de quien sabe tomarla y guardarla, y queda siendo de él, en tanto que no le es recogida; así, la libertad pertenece al que la toma.
El poder decide la propiedad; el Estado (ya sea el Estado de los burgueses, de los indigentes, o lisa y llanamente, de los hombres), siendo el único poderoso, es también el único propietario; Yo, el Único, no tengo nada; no soy más que un colono en las tierras del Estado, soy un vasallo, y por consiguiente un siervo. Bajo la dominación del Estado, ninguna propiedad es Mía.
Yo quiero aumentar mi valor, quiero elevar el precio de todas las propiedades de que está hecha mi individualidad, ¿y habría de despreciar la propiedad? ¡Jamás! Del mismo modo que nunca he sido apreciado porque siempre se ponía por encima de Mí al pueblo, la humanidad y otras cien abstracciones, tampoco se ha reconocido plenamente hasta hoy el valor de la propiedad. La propiedad no era más que la propiedad de un fantasma, del pueblo, por ejemplo: mi existencia toda entera pertenecía a la patria; Yo y, como consecuencia, todo lo que llamaba mío, pertenecía a la patria, al pueblo, al Estado.
Se pide a los Estados que pongan fin al pauperismo. Tanto valdría pedirles que se cortasen la cabeza y la pusieran a sus pies, porque en tanto que el Estado es un Yo, el Yo individual debe reducirse a ser un pobre diablo, un no-Yo. El interés del Estado es enriquecerse él mismo; poco le importa que Pedro sea rico y Pablo pobre; igual querría que fuese Pablo el rico y Pedro el pobre, mira al uno enriquecerse y al otro empobrecerse sin conmoverse por su juego de báscula. Como individuos, todos son realmente iguales ante su faz. Y en eso tiene razón: pobre y rico no son para él nada, lo mismo que ante Dios todos somos pobres pecadores. Por otra parte, el Estado tiene un interés muy grande en que esos mismos individuos que hacen de él su Yo, compartan sus riquezas: él los hace participar de su propiedad. La propiedad, de la que hace un cebo y una recompensa para los individuos, le sirve para amansarlos; pero sigue siendo su propiedad, y nadie tiene su disfrute sino en tanto que lleva en su corazón el Yo del Estado, como miembro leal de la sociedad que es; en caso contrario, la propiedad es confiscada o se funde en procesos ruinosos. La propiedad es y sigue siendo, pues, la propiedad del Estado, sin ser nunca la propiedad del Yo. Decir que el Estado no arrebata arbitrariamente al individuo lo que el individuo tiene del Estado, equivale simplemente a decir que el Estado se roba a sí mismo. El que es un Yo de Estado, es decir, un buen ciudadano o un buen súbdito, goza de su feudo con toda seguridad, pero goza de él como Yo del Estado, y no como Yo propio, como individuo. Es lo que expresa el Código cuando define la propiedad, lo que Yo llamo mío por Dios o por el Derecho. Pero Dios y el Derecho no lo hacen mío más que si el Estado no se opone a ello.
En casos de expropiación, de requisa de armas, etcétera, o también, por ejemplo, cuando el fisco recoge una sucesión cuyos derechohabientes no se han presentado en los plazos legales, el principio, habitualmente vedado, salta a la vista de todos; el pueblo, el Estado, es el único propietario; el individuo no es más que un arrendatario.
Yo quería decir esto: el Estado no puede proponerse que un individuo sea propietario en su propio interés, no puede querer que yo sea rico, ni siquiera que Yo posea tan sólo alguna holgura; en cuanto soy Yo, el Estado nada puede reconocerme, nada permitirme, nada concederme. El Estado no puede obviar el pauperismo, porque la indigencia es mi indigencia. El que no es más que lo que hacen de él las circunstancias o la voluntad de un tercero (el Estado), tampoco posee, y ello es perfectamente justo, más de lo que ese tercero le concede. Y ese tercero no le dará más de lo que merece, es decir, el salario de sus servicios. No es él quien se hace valer y quien saca de sí mismo el mejor partido posible, es el Estado.
La economía política trata con predilección sobre esta cuestión. Sin embargo, traspasa el dominio de la política y excede en cien codos del horizonte del Estado, y no conoce más propiedad que la suya y no puede repartir más que ella. El Estado no puede hacer otra cosa que someter la posesión de la propiedad a condiciones, como lo somete todo; por ejemplo, el matrimonio cuya validez depende de su sanción. Pero una propiedad no es mi propiedad más que si es Mía sin condiciones; sólo si estoy incondicionado puedo ser propietario, unirme a la mujer que amo y dedicarme libremente a una actividad.
El Estado no se preocupa ni de Mí, ni de lo Mío, no se preocupa más que de Sí y de lo Suyo; si tengo un valor a sus ojos, sólo es como su hiio, el hijo del país, etc., como Yo mismo, no soy nada para él. Mi vida, sus altos y bajos, mi fortuna o mi ruina, no son para el Estado más que una contingencia, un accidente. Pero si Yo y lo Mío no somos para él más que un accidente, ¿qué prueba eso sino que él es incapaz de comprenderme? Yo excedo a su comprensión, o en otros términos, su inteligencia es demasiado corta para comprenderme. Lo que explica, por otra parte, que no pueden hacer nada por Mí.
El pauperismo es un corolario de la pauperización de Mi, de mi impotencia para hacerme valer. Así, Estado y pauperismo son dos fenómenos inseparables. El Estado no admite que Yo me aproveche de Mí mismo, y no existe más que a condición de que Yo carezca de valor; siempre tiende a sacar provecho de mí, es decir, explotarme, despojarme, o hacerme servir para alguna cosa, aunque no fuese más que para cuidar de una prole (proletariado) quiere que Yo sea su criatura.
El pauperismo no podrá ser superado hasta el día en que mi valor no dependa más que de Mí, lo fije Yo mismo y Yo mismo establezca su precio. Si quiero verme en alza, cosa Mía es alzarme y levantarme.
Haga lo que haga, ya fabrique harina o algodón, o extraiga con gran esfuerzo el carbón y el hierro de la tierra, ése es mi trabajo y Yo mismo quiero extraer de él todo el provecho posible. Quejarme no serviría de nada, mi trabajo no será pagado en lo que vale; el comprador no me escuchará y el Estado hará igualmente oídos sordos hasta el momento en que crea necesario apaciguarme para prevenir la explosión de mi terrible poder. Pero esas medidas de aplacamiento que usa a guisa de válvula de seguridad son todo lo que Yo puedo esperar de él; si se me ocurre reclamar más, el Estado se volverá contra Mí y me hará sentir sus uñas y sus garras, porque es el Rey de los animales, el león y el águila. Si el precio que él fija a mi trabajo y a mis mercancías no me satisface, y si intento fijar Yo mismo el valor correspondiente a mis productos, es decir, me las compongo para que Yo sea pagado por mis esfuerzos, chocaré con un desahucio absoluto en el consumidor. Si este conflicto se desenlazara por un acuerdo entre las dos partes, el Estado no encontraría en ello nada que replicar, porque le importa poco cómo los particulares se arreglan entre sí, desde el momento en que no causa ningún perjuicio a su inteligencia. No se juzga ofendido ni puesto en peligro más que, cuando al no encontrar un terreno de acuerdo, los antagonistas llegan a las manos. Son esas relaciones inmediatas de hombre a hombre lo que el Estado no puede tolerar; debe interponerse como mediador, tiene que intervenir. El Estado, asumiendo ese papel de intercesor, ha venido a ser lo que era Jesucristo, lo que eran la Iglesia y los Santos, un mediador. Separa a los hombres y se interpone entre ellos como Espíritu. (...)
* II
El Estado me permite sacar provecho de todos mis pensamientos y utilizarlos en mi relación con los hombres (ya saco de ellos un precio con el solo hecho, por ejemplo, de que me valen el aprecio o la admiración de los oyentes); el me lo permite, pero con la condición de que mis pensamientos sean sus pensamientos. Si alimento, por el contrario, pensamientos que él no puede aprobar, es decir, hacer suyos, me prohibe formalmente realizar su valor, cambiarlos y relacionarme con ellos. Mis pensamientos no son libres, sino cuando el Estado lo permite, es decir, cuando son pensamientos del Estado. Él no me deja filosofar con libertad, si no me muestro filósofo de Estado; pero no puedo filosofar contra el Estado, aunque él me permita con gusto remediar sus imperfecciones, enderezarlo. Lo mismo, pues, que yo no puedo considerar mi Yo como legítimo más que si lleva la estampilla del Estado y puede exhibir los certificados y pasaportes que este último le ha concedido graciosamente, de igual modo no estoy autorizado a hacer valer lo Mío más que si lo tengo por lo suyo, por un feudo dependiente del Estado. Mis caminos deben ser sus caminos, de lo contrario me tapa la boca. Nada es más temible para el Estado que el valor del Yo; no hay nada de lo que deba separarme más cuidadosamente, que de toda ocasión de valorarme Yo mismo. Yo soy el adversario inconciliable del Estado, que no puede escapar al torno del dilema: él o Yo. Así no trata solamente de paralizar el Yo, sino además, de alquilar lo Mío. No hay en el Estado ninguna propiedad, es decir, ninguna propiedad del individuo: no hay más que propiedades del Estado. Lo que Yo tengo, no lo tengo más que por el Estado; lo que soy, no lo soy sino por él. Mi propiedad privada es la que el Estado me concede de su propiedad y en la medida que la limita (la priva) a otros de sus miembros, es una propiedad del Estado.
Pero por más que haga el Estado, Yo siento cada vez más claramente que me queda un poder considerable; tengo un poder sobre Mí mismo, es decir, sobre todo lo que no es, ni puede ser más que Mío y que no existe sino porque es Mío.
¿Qué hacer cuando mi camino no es ya el suyo, cuando mis pensamientos no son ya los suyos? Pasar de largo y no contar más que conmigo mismo y sobre Mí mismo. Mi propiedad real, aquella de que puedo disponer a mi agrado, con la que puedo traficar a mi gusto, son mis pensamientos, a los que no hace falta una sanción y que me importa poco ver legitimar por un destino, una autorización o una gracia. Siendo Míos, son mis criaturas y Yo puedo abandonarlos por otros; si los cedo a cambio de otros, esos otros vienen a ser, a su vez, mi propiedad.
¿Qué es, pues, mi propiedad? Lo que está en mi poder y nada más. ¿A qué estoy legítimamente autorizado? A todo aquello que puedo. Yo me doy el derecho de propiedad sobre un objeto por el solo hecho de que me apodero de él, o en otros términos, me hago propietario de derecho cada vez que me hago propietario por la fuerza; al darme el poder, me doy el título.
Mientras no podáis arrebatarme mi poder sobre una cosa, esa cosa sigue siendo mi propiedad. ¡Pues bien, sea! ¡Que la fuerza decida de la propiedad y Yo esperaré todo de mi fuerza! El poder ajeno, el poder que yo dejo a otro ha hecho de mí un siervo; ¡que mi propio poder haga de mí un proletario! Vuelva yo, pues, a entrar en posesión del poder que he abandonado a los demás, ignorante como era de la fuerza de mi poder. A mis ojos, mi propiedad se extiende hasta donde se extiende mi brazo; Yo reivindicaré como mío todo lo que soy capaz de conquistar y extenderé mi propiedad hasta donde llegue mi derecho, es decir, mi poder.
El egoísmo, el interés personal han de decidir, y no el principio de amor, las razones sentimentales como caridad, indulgencia, benevolencia o siquiera equidad y justicia (porque la justicia también es un fenómeno de amor, un producto del amor); el amor no conoce más que el sacrificio y exige la abnegación. ¿Sacrificar alguna cosa? ¿Privarse de alguna cosa? El egoísta ni lo piensa; dice simplemente: ¡aquello de lo que tengo necesidad me es preciso y lo tendré!
Todas las tentativas de someter la propiedad a leyes racionales tienen su fuente en el amor y conducen a un borrascoso océano de reglamentaciones y de coerción. El socialismo y el comunismo tampoco constituyen una excepción. Cada cual debe estar provisto de medios de existencia suficientes y poco importa que estos medios los encuentre, según la idea socialista, en una propiedad personal, o que, con los comunistas, los obtenga de la comunidad de bienes. Los individuos no conocerán más que la dependencia. El tribunal arbitral a quien encarguéis de repartir equitativamente los bienes no me concederá más que la parte que me haya medido su espíritu de equidad, su benévolo cuidado de las necesidades de todos. Yo, el individuo, no veo menor obstáculo en la riqueza de la colectividad que en la riqueza de los demás individuos, porque ni una ni otra me pertenecen. Ya estén los bienes en manos de la comunidad que me concede una parte, o en manos de los particulares, resulta siempre para mí la misma coerción, puesto que en ningún caso puedo disponer de ellos. Más aún, aboliendo la propiedad personal, el comunismo se constituye en un nuevo Estado, un status, un orden de cosas destinado a paralizar la libertad de mis movimientos, un poder soberano superior a Mí; él se opone con razón a la opresión de los individuos propietarios, de los que Yo soy víctima, pero el poder que da a la comunidad es más tiránico aún.
El egoísmo sigue otro camino para la supresión de la miseria de la plebe. Él no dice: aguarda lo que una autoridad cualquiera, encargada de repartir los bienes en nombre de la comunidad, te dé en su equidad (porque de un don es de lo que se trata siempre en los Estados, recibiéndolo cada uno según sus méritos, es decir, sus servicios); él dice: pon la mano sobre aquello que necesitas y tómalo. Es la declaración de guerra de todos contra todos. Sólo Yo soy juez de lo que quiero tener.
En verdad, esa sabiduría no es nueva, pues eso siempre lo han hecho los egoístas. Poco importa que la cosa no sea nueva si sólo desde hoy se tiene conciencia de ella; y esa conciencia no puede pretender una gran antigüedad (a menos que la hagáis remontar a las leyes de Egipto y de Esparta); bastaría vuestra objeción y el desprecio con que habláis del egoísta para probar que está poco extendida. Lo que es preciso decir es que el acto de poner la mano sobre un objeto despreciable es puramente el hecho del egoísta consciente y consecuente consigo mismo.
Sólo cuando no espere ya ni de los individuos ni de la comunidad lo que puedo darme Yo mismo, escaparé de las cadenas del amor; la plebe no dejará de ser plebe hasta el día en que tome lo que necesita. No es plebe sino porque teme tomarlo y teme el castigo que seguiría. Tomar es un pecado, tomar es un crimen; he ahí el dogma, y ese dogma por sí mismo basta para crear la plebe; pero si la plebe continúa siendo lo que es, ¿de quién será culpa? De ella, en primer término, que admite ese dogma, y en segundo lugar de quienes por egoísmo (para devolverles su injuria favorita), quieren que sea respetado. No se tiene conciencia de esta nueva sabiduría, y la vieja conciencia del pecado es la causa de ella.
Si los hombres llegan a perder el respeto de la propiedad, cada individuo tendrá una propiedad, lo mismo que todos los esclavos se hacen hombres libres desde que dejan de respetar en su Señor a un Señor. Entonces podrán concluirse alianzas entre individuos, asociaciones egoístas, que tendrán por efecto multiplicar los medios de acción de cada cual y afirmar su propiedad, sin cesar amenazada.
Según los comunistas, la comunidad debe ser propietaria. Por el contrario, Yo soy propietario, y no hago más que entenderme con otros acerca de mi propiedad. Si la comunidad va contra mis intereses, Yo me sublevo contra ella y me defiendo. Soy propietario, pero la propiedad no es sagrada. ¿No seré; pues, meramente poseedor? ¡Eh, no! Hasta hoy, no se era poseedor, no se tenía una parcela, sino porque igualmente se dejaba a otros la propiedad de su parcela. Pero en adelante todo me pertenece; soy propietario de todo lo que necesito y puedo apoderarme. Si el socialista dice: la Sociedad me da lo que me hace falta, el egoísta responde: Yo tomo lo que necesito. Si los comunistas obran como indigentes, el egoísta obra como propietario.
Todas las tentativas basadas en el principio del amor que tienen por objeto el alivio de las clases miserables han de fracasar. La plebe sólo puede ser ayudada por el egoísmo: esta ayuda debe prestársela a sí misma, y eso es lo que hará. La plebe es un poder, con tal que no se deje domar por el miedo. Las gentes perderían todo respeto de no haberles enseñado a tener miedo, decía el espantajo del gato con botas. Por consiguiente, la propiedad no puede, ni debe abolirse; de lo que se trata es de arrebatársela a los fantasmas para convertirla en mi propiedad. Entonces se desvanecerá esa ilusión de que Yo no pueda tomar todo cuanto necesite.
¡Pero de cuántas cosas tiene el hombre necesidad! Quién tiene necesidad de mucho y se ingenia para tomarlo, ¿se ha creído nunca en falta por apropiárselo? Napoleón ha tomado Europa y los franceses Argel. Lo que convendría es que el populacho al que paraliza el respeto, aprenda, por fin, a procurarse lo que le hace falta. Si va demasiado lejos y si os juzgáis ofendidos, ¡pues bien!, defendeos; no debéis hacerle regalos benévolamente. Cuando él se conozca, o más bien, cuando se reconozca como populacho, lo rechazarán de la misma manera que rehusarán vuestras limosnas. Pero es perfectamente ridículo declarar pecador y criminal a quien ya no pretende vivir de vuestros beneficios y quiere salir adelante por él mismo. Vuestros dones lo engañan y le hacen perder la paciencia. Defended vuestra propiedad, seréis fuertes; pero si queréis guardar la facultad de dar y gozar tantos más derechos políticos cuantas más limosnas podáis hacer (impuesto de los pobres), eso durará tanto como lo toleren quienes agraciáis.
La cuestión de la propiedad no es, creo haberlo mostrado, tan sencilla de resolver como se lo imaginan los socialistas e incluso los comunistas. No será resuelta más que por la guerra de todos contra todos. Los pobres no llegarán a ser libres y propietarios más que cuando se insurreccionen, se subleven, se eleven. Les deis, lo que les deis, querrán siempre más, porque no quieren nada menos que la supresión de todo don.
Se preguntará. Pero ¿qué pasará cuando quienes carecen de fortuna hayan cobrado ánimos? ¿Cómo se realizará la nivelación? Tanto valdría pedirme que sacara el horóscopo de un niño. ¿Lo que hará un esclavo cuando haya roto sus cadenas? ... Aguardad y lo sabréis. (...)
* III
El principio de la competencia está estrechamente ligado al principio de la ciudadanía. ¿Es otra cosa que la igualdad? Y la igualdad, ¿no es precisamente un producto de esa Revolución que hizo la burguesía o la clase media? Nada impide a nadie rivalizar con todos los demás miembros del Estado (excepto el príncipe, porque representa al Estado), cada cual puede tratar de elevarse al rango de los demás e incluso superarlo, hasta arruinarlos, despojarlos y arrancarles hasta los últimos jirones de su fortuna. Eso prueba con toda evidencia que ante el tribunal del Estado cada uno no tiene el valor más que de un simple individuo y no debe contar con ningún favor. Superaos el uno al otro, exaltaos el uno al otro cuanto queráis y cuanto podáis, yo, el Estado, no tengo nada que ver en ello. Sois libres de competir entre vosotros, sois competidores y la competencia es vuestra posición social. Pero ante mí, el Estado, no sois más que simples individuos.
La igualdad que se ha establecido teóricamente como principio entre todos los hombres, encuentra su aplicación y su realización práctica en la competencia, porque la igualdad no es más que la libre competencia. Todos son, frente al Estado, simples particulares y en la Sociedad, es decir, en la relación de unos con otros, competidores.
Yo no tengo que ser más que un simple individuo para poder competir con cualquier otro hombre, excepto el príncipe y su familia. Esta libertad era en tiempos pasados imposible, puesto que no se gozaba de la libertad de hacerse valer más que en la corporación y por la corporación. Bajo el sistema de las corporaciones y del feudalismo, el Estado concedía privilegios, en tanto que bajo el régimen de la competencia y del liberalismo se limita a otorgar patentes (título dado a un candidato, estableciendo que tal profesión le está abierta).
Pero la libre competencia, ¿es realmente libre? ¿Es siquiera verdaderamente una competencia, es decir, un concurso entre las personas? Es lo que pretende ser, puesto que funda su derecho precisamente en ese título. En efecto, se origina del hecho que las personas han sido liberadas de toda dominación personal. ¿Puede decirse que la competencia es libre cuando el Estado, soberano por el principio de la burguesía, se ingenia en restringirla de mil maneras?
Ved un rico fabricante que hace grandes negocios y al que yo querria hacerle la competencia.
Hazla -dice el Estado -; por mi parte, nada veo que se oponga a que la hagas como persona.
¡Sí, pero me haría falta un lugar para mi instalación, me haría falta dinero!
Esto es grave, pero si no tienes dinero, no puedes pensar en competir. Y no cabe que Tú tomes nada a nadie, porque yo protejo la propiedad y sus privilegios.
La libre competencia no es libre porque los medios de competir, las cosas necesarias para la competencia, me faltan. Contra mi persona, nada se tiene que objetar; pero como yo no tengo la cosa, preciso es que mi persona renuncie. ¿Y quién está en posesión de los medios, quién tiene esas cosas necesarias? ¿Es quizá tal o cual fabricante? ¡No; porque en ese caso, yo podría apropiármelas! El único propietario es el Estado; el fabricante no es propietario; lo que posee no lo tiene más que a titulo de concesion, de deposito.
¡Vamos, sea! Si no puedo nada contra el fabricante, me voy a competir con ese profesor de Derecho; es un necio, y yo sé cien veces más que él: haré desertar a su auditorio.
¿Has hecho tus estudios, amigo mío, y te has promocionado?
No; mas ¿para qué? Poseo ampliamente los conocimientos necesarios para esa enseñanza.
Lo siento; pero aquí la competencia no es libre. Contra tu persona nada hay que decir, pero la cosa esencial te falta; el diploma de doctor. ¡Y ese diploma, yo, el Estado, lo exijo! Pídemelo primero muy cortésmente y luego veremos lo que hay que hacer.
He aquí a qué se reduce la libertad de la competencia. Preciso es que el Estado, mi Señor, me confiera el derecho a competir.
Pero además, ¿son en realidad las personas quienes compiten? ¡No, una vez más son las cosas! El dinero, en primer lugar, etc.
En la lucha habrá siempre vencidos (así el poeta mediocre deberá ceder la palma, etc.). Pero lo que importa distinguir es si los medios que faltan al competidor desgraciado son personales o materiales y pueden adquirirse mediante la capacidad personal, o si únicamente pueden obtenerse por un favor, como simples dones; por ejemplo si el pobre ha de dejar su riqueza al rico, es decir, regalársela. En suma, si es preciso que Yo aguarde la autorización del Estado para obtener los medios o utilizarlos (por ejemplo, cuando se trata de un diploma), esos medios son una gracia del Estado.
Tal es, en el fondo, el sentido de la libre competencia. El Estado considera a todos los hombres como sus hijos iguales; libre es cada uno de hacer todo lo que pueda para merecer los bienes y los favores que el Estado dispensa. Así todos se lanzan en persecución de la fortuna, de los bienes (dinero, empleo, títulos, etc.), en una palabra, de las cosas.
En el sentido burgués, todo hombre posee, cada cual es propietario. ¿Cómo explicar, pues, que la mayor parte de los hombres tengan tanto como nada? Ello se debe a que la mayor parte son plenamente dichosos con ser propietarios, aunque no sea más que de algunos harapos, como los niños se regocijan con su primer pantalón o con la primera moneda que se les ha dado. Examinemos con detalle esta cuestión. El liberalismo declaró que la esencia del hombre no era la propiedad, sino ser propietario. No aplicándola más que al Hombre y no al individuo, la extensión de esta propiedad, que sólo interesa al individuo, fue menospreciada. De aquí que el egoísmo del individuo, con las manos libres respecto a esta extensión, se lanzara infatigable a la competencia.
El egoísmo feliz debía causar recelos a quien estaba menos favorecido; este último, apoyándose siempre sobre el principio de humanidad, planteó la cuestión del cociente de reparto de los bienes sociales y la resolvió así: El hombre debe tener tanto como le es necesario.
Pero ¿podrá contentarse con eso mi egoísmo? Las necesidades del Hombre no son, en modo alguno, una medida aplicable a Mí, y a mis necesidades, porque Yo puedo necesitar más o menos. No, Yo debo tener tanto como soy capaz de apropiarme.
Cada uno tiene a su disposición los medios de competir, porque esos medios (y ahí está el vicio fundamental de la competencia) no dependen de la persona, sino de circunstancias enteramente independientes a ella. La mayor parte de los hombres están desprovistos de esos instrumentos, y por tanto, de los bienes que podrían obtener de ellos.
Así, los socialistas reclaman para todos los hombres los instrumentos y aspiran a una sociedad que proporcione estos instrumentos a todos. No reconocemos, dicen, tus riquezas (haber), como tu riqueza (poder). Tú tendrás que crearte otra riqueza proveerte de otros medios de acción que serán tu fuerza de trabajo. El hombre es hombre como poseedor de un haber, como el poseedor y por ello respetamos provisionalmente a ese poseedor que llamábamos propietario. Tú posees las cosas, mientras no te sean arrebatadas a tu propiedad.
Quien posee es rico, pero sólo en tanto los demás no lo sean. Y como tu mercancía no constituye tu riqueza sino mientras seas capaz de mantenerla en tu posesión, es decir, por tanto tiempo como Nosotros no tengamos poder sobre ella, bueno será que tú trates de procurarte otros medios de acción, porque nuestro poder supera hoy tu pretendida riqueza.
Mucho se ha conquistado al poder ser considerado como poseedor. La servidumbre desaparece y el hombre que hasta entonces debía la prestación personal a su Señor y era aproximadamente la propiedad de este último, viene a ser, a su vez, un Señor. Pero en adelante no es suficiente que poseas y tu haber no será reconocido, pero tu trabajar y tu trabajo aumentan de valor. Tú no vales a Nuestros ojos sino en la medida en que pones en acción las cosas, del mismo modo que en otro tiempo, en tu posesión. Tu trabajo es tu riqueza. En adelante, Tú ya no eres dueño o poseedor más que de lo producido por Ti, no de lo heredado.
Mientras tanto, como no existe posesión cuyo origen no sea la herencia, como todas las monedas que forman tu haber tienen la efigie de la herencia y no la efigie del trabajo, preciso es que todo sea refundido en el crisol común. Pero ¿es cierto, como lo piensan los comunistas que mi riqueza no consista más que en mi trabajo? ¿No consiste más bien en todo aquello de que pueda apoderarme? La Sociedad de los trabajadores misma está obligada a convenir en ello, puesto que ayuda a los enfermos, a los niños, en una palabra, a los que no pueden trabajar. Ellos todavía son capaces, por ejemplo, de que procuréis la conservación de su vida. Y si son capaces es porque poseen un poder sobre Vosotros. No concederíais nada a quien no ejerciera absolutamente ningún poder sobre vosotros; éste, sólo podría desaparecer.
¡Tu riqueza consiste en todo aquello de que puedes apoderarte! Si eres capaz de procurar un placer a millares de hombres, esos millares de hombres te darán honorarios, porque está en tu poder dejar de serles agradable. Pero si no eres capaz de interesar a nadie, ya puedes morirte de hambre.
¿No debo, pues, Yo, que soy capaz de mucho, tener la ventaja sobre los que pueden menos? Henos aquí sentados a la mesa ante la abundancia, ¿voy a abstenerme de servirme lo mejor que pueda y a aguardar lo que me toque en un reparto igual? Contra la competencia se levanta el principio de la sociedad de los indigentes, el principio del reparto igual.
El individuo no soporta ser considerado más que como una fracción, una parte alícuota de la sociedad, porque es más que eso; su unicidad se subleva contra esa concepción que lo disminuye y lo rebaja.
Por eso no admite que los demás le adjudiquen su parte. No aguarda su riqueza más que de sí mismo, y dice: lo que yo soy capaz de procurarme es mi riqueza. ¿Qué riqueza no posee el niño en su sonrisa, en sus gestos, en su voz, en el solo hecho de que existe! ¿Sois capaces de resistir a su deseo? Así, madre, ¿no le ofreces tu seno, y Tú, padre, no te privas de muchas cosas para que no le falte nada? Él os obliga y por eso mismo posee lo que vosotros creéis vuestro. Si Yo tengo adhesión a tu persona, tu existencia tiene ya para Mí un valor; si no tengo necesidad más que de una de tus facultades, es tu complacencia o tu asistencia la que tiene un precio a mis ojos y que yo compro.
¿No estimas en Mí más que el dinero? Era el caso de los ciudadanos alemanes vendidos por dinero y expedidos a América, cuya historia cuenta la odisea. ¿Se dirá que el vendedor debía hacer mayor caso de ellos, que se dejaron vender? Él prefería el dinero contante a aquella mercancía viviente que no había sabido hacerse preciosa a sus ojos. Si no reconocía en ellos un valor mayor es que en definitiva su mercancía no valía gran cosa.
La práctica egoísta consiste en no considerar a los demás ni como propietarios, ni como indigentes o trabajadores, sino en ver en ellos una parte de vuestra riqueza, objetos que os pueden servir. Siendo así, no pagaréis nada al que posee (al propietario), no pagaréis nada al que trabaja, no daréis más que a quien necesitéis. ¿Tenemos necesidad de un Rey?, dicen los americanos del Norte. Y responden: no daríamos un céntimo ni por él ni por su trabajo.
Cuando se dice que la competencia lo pone todo al alcance de todos, se expresa uno de modo inexacto; es más justo decir que, gracias a ella, todo está a la venta. Poniendo todo a la disposición de todos, lo entrega a su apreciación y pide un precio.
Pero a los aficionados les falta con la mayor frecuencia el medio de hacerse compradores: no tienen dinero. Con dinero se puede obtener todo lo que está a la venta, pero justamente es el dinero lo que falta. ¿Dónde tomar el dinero, esa propiedad móvil o circulante? Sabe, pues, que tienes tanto dinero cuanto poder tengas, porque Tú tienes el valor que sabes darte.
No paga uno con dinero del que puede estar escaso, sino con su riqueza, su poder, pues no se es propietario más que de aquello de que se es dueño. Weitling ha imaginado un nuevo instrumento de cambio, el trabajo. Pero el verdadero instrumento de pago aún es, como siempre, nuestra riqueza. Tú pagas con lo que tienes en tu poder. ¡Piensa, pues, en aumentar tu riqueza!
Concediendo ello, llegamos inmediatamente a la máxima: A cada uno según sus medios. Pero ¿quién me dará según mis medios? ¿La sociedad? Entonces tendría que someterme a su apreciación. No, Yo tomaré según mis medios.¡Todo pertenece a todos! Esta proposición procede también de una teoría fútil. A cada cual pertenece solamente lo que él puede. Cuando Yo digo: el mundo es para Mí, ésa es también una frase vacía de sentido, a menos que Yo simplemente quiera dar a entender que no respeto ninguna propiedad ajena. Sólo es mío lo que Yo tengo en mi poder, lo que depende de mi fuerza. No se es digno de tener lo que se deja arrebatar por debilidad; no se es digno porque no se es capaz de guardarlo.
Se hace gran ruido con la injusticia secular de los ricos con los pobres. ¡Como si fuera culpa de los ricos que existan pobres, y no fueran también los pobres culpables de que haya ricos! ¿Qué diferencia hay entre ellos sino la que separa la potencia de la impotencia y a los capaces de los incapaces? ¿Qué crimen han cometido los ricos? ¡Son duros! Pero, ¿quién ha mantenido a los pobres, quién ha atendido su subsistencia cuando ya no podían trabajar, quién ha esparcido con profusión las limosnas, esas limosnas cuyo nombre mismo significa compasión? Los ricos, ¿no fueron siempre compasivos? ¿No fueron siempre caritativos? Y los impuestos para los pobres, los hospicios, los establecimientos de beneficencia de toda especie, ¿de dónde vienen?
Pero todo eso no os basta. Los ricos deberían, ¿no es eso? repartir con los pobres. En una palabra deberían suprimir la miseria. Sin contar con que apenas hay uno de vosotros que consintiera en repartir, y que ése sería un loco, preguntaos: ¿Por qué los ricos habrían de despojarse y sacrificarse cuando a los pobres esta acción les sería mucho más provechosa? Tú, que percibes un peso al día, eres un rico al Iado de millares de hombres que viven con diez sueldos; ¿tu interés es repartir con ellos, o más bien es el suyo?
Cuando menos, la competencia está ligada a la intención de hacer las cosas lo meior posible, lo más lucrativamente posible, con el menor gasto y el mayor beneficio que cabe. Así, no se estudia más que para crearse una posición (Brotstudium), se aprenden las reverencias y las buenas maneras, se procura adquirir la rutina y el conocimiento de los negocios, se trabaja por la forma. Y si aparentemente se trata de cumplir bien las funciones propias, no se tiende en realidad más que a hacer un buen negocio. Se trabaja en una profesión cualquiera, según se dice, por amor del oficio, pero en realidad por amor del beneficio. Si alguien se hace censor no es porque el oficio sea atractivo, sino porque la posición no es desagradable, y se puede ascender posteriormente. No faltará quien quisiera administrar, hacer justicia, etc., con toda conciencia, pero teme ser trasladado o separado: ante todo, es preciso vivir.
Toda esa práctica es, en suma, una lucha por esta querida vida, una serie de esfuerzos interrumpidos para ascender gradualmente a un mayor o menor bienestar. Y todas sus penas y todos sus cuidados no producen a la mayor parte de los hombres más que una vida amarga, una amarga indigencia. ¡Tanto ardor por tan poca cosa!
Una infatigable ansia de botín no nos deja respirar y detenernos en un goce apacible. No conocemos la alegría de poseer.
La organización del trabajo no se refiere sino a aquellos trabajos que otros pueden hacer en nuestro lugar, por ejemplo, el del carnicero, el del labrador, etc., pero hay trabajos que siguen siendo de la incumbencia del egoísmo, puesto que nadie puede ejecutar por Vosotros el cuadro que pintáis, producir vuestras composiciones musicales, etc., nadie puede hacer la obra de Rafael. Estos últimos trabajos son los de un Único, son las obras que solamente este Único puede llevar a cabo mientras que los primeros son trabajos banales que podrían llamarse humanos, puesto que en ellos, la individualidad carece de importancia y cabe enseñarlos más o menos a todos los hombres.
Como la Sociedad no puede tomar en consideración más que los trabajos que presentan una utilidad general, los trabajos humanos, su solicitud no puede extenderse a la obra del Único; su intervención en este caso podría ser incluso perjudicial. El Único podrá, sí, elevarse en la Sociedad por su trabajo, pero la Sociedad no puede elevar al Único.
Por consiguiente, siempre es de desear que nos unamos para los trabajos humanos, a fin de que no absorban ya todo nuestro tiempo y nuestros esfuerzos como lo hacían bajo el régimen de la competencia. Desde ese punto de vista, el comunismo está llamado a dar sus frutos. Aquello de que todo el mundo es capaz o puede hacerse capaz estaba antes del advenimiento de la burguesía en poder de algunos y negado a todos los demás: era el tiempo del privilegio. La burguesía consideró justo permitir a todos el acceso a lo que parecía convenir a cualquiera que sea hombre. Sin embargo, lo que permitía a todos, no lo daba realmente a nadie; solamente dejaba a cada cual libre de apoderarse de ello por sus esfuerzos humanos. Todas las miradas se dirigieron hacia esos bienes humanos, que desde entonces sonreían a todos los transeúntes, y resultó esa tendencia que se oye deplorar a cada instante bajo el nombre de materialismo de las costumbres.
El comunismo trata de frenarlo divulgando la creencia de que los bienes humanos no exigen tanto trabajo y que, en una organización juiciosa, pueden obtenerse sin el gran gasto de tiempo y de energías al parecer imprescindibles hasta el presente.
Pero ¿para quién hay que ganar tiempo? ¿Por qué tiene el hombre necesidad de más tiempo que el preciso para reanimar sus fuerzas, agotadas por el trabajo? Aquí el comunismo se calla.
¿Por qué? ¡Pues bien, para gozar de sí mismos como Únicos, después de haber hecho su parte como hombres!
En la primera alegría de verse autorizado a alargar la mano hacia todo lo que es humano, no se pensó ya en desear otra cosa y se lanzaron por los caminos de la competencia en persecución de lo humano, como si su posesión fuera el objeto de todos nuestros votos.
Pero después de una carrera desenfrenada se advierte al fin que la riqueza no da la felicidad. Y trata uno de procurarse lo necesario con menos gasto y de no consagrarle más que el tiempo y los trabajos indispensables. La riqueza se encuentra despreciada y la pobreza satisfecha, la indigencia olvidada se convierte en el seductor ideal.
¿Es necesario que ciertas funciones humanas para las que todo el mundo se cree apto, estén mejor remuneradas que las demás y que para alcanzarlas se entreguen todas las fuerzas y toda la energía? La frase empleada con tanta frecuencia: ¡Ah, si yo fuese ministro, si yo fuese el ... eso no pasaría así!, expresa la convicción de que uno se siente capaz de representar el papel de uno de esos dignos personajes que gozan de bienes y de privilegios desmesurados en comparación de los que ocupan los grados inferiores de la escala social.
* IV
Sin embargo, estos últimos, inspirados primero por la doctrina socialista, más tarde, sin duda, también por un sentimiento egoísta, se atreven a preguntar: ¿Qué es, pues, lo que hace la seguridad de vuestra propiedad, señores privilegiados? y responden ellos mismos: ¡Vuestra propiedad está segura, porque nos abstenemos de atacarla! ¿Y qué nos dáis en recompensa? No tenéis para la gente menuda más que desprecio y puntapiés, la vigilancia de la policía y un catecismo con un principio fundamental: ¡Respeta lo que no es tuyo, lo que pertenece a Otro! ¡Respeta a los demás, y en particular a tus superiores! A eso respondemos: ¿queréis nuestro respeto? Sea, comprádnoslo, he aquí el precio que pedimos por él. Queremos, sí, dejaros vuestra propiedad, pero mediante una compensación suficiente. ¿Qué compensación recibimos de vosotros por comer patatas, mirándoos tranquilamente sorber vuestras ostras? Compradnos tan sólo estas ostras al precio que nosotros tenemos que compraros las patatas, y podréis continuar comiéndolas en paz. ¿Os imagináis quizá que las ostras no son tan Nuestras como Vuestras? Clamaríais por la violencia si nos viérais llenar nuestro plato con ellas y ponernos a consumirlas por Vosotros, y tendríais razón. Sin violencia, no las tendremos, del mismo modo que Vosotros sólo las tenéis porque hacéis violencia sobre Nosotros.
Pero pasemos a una propiedad que nos toca más de cerca, al trabajo.
Nosotros padecemos doce horas al día con el sudor en nuestra frente y nos dais por eso algunas piezas de bronce. ¡Pues bien! Haceos pagar vuestro trabajo al mismo precio. ¡Eso no os resulta! ¿Os imagináis acaso que nuestro trabajo está regiamente pagado, en tanto que el vuestro vale un sueldo de veinte mil pesos? Pero si no tasarais el vuestro a tan alto precio, y si no dejáseis sacar mejor partido del nuestro, ¿quién os dice que no seríamos capaces de producir cosas más importantes que todo lo que habéis hecho hasta aquí con vuestros millares de pesos? Si no recibiérais más que un salario como el nuestro, os volveríais pronto más asiduos para ganar más. Por nuestra parte, proyectamos también trabajos que nos pagaréis mejor que con nuestro salario habitual. De acuerdo con tal que se entienda que nadie haga ni reciba regalos.
Y hasta podemos sostener con nuestro propio pecunio a los achacosos, los enfermos y los ancianos, para que la miseria no nos los arrebate. Si queremos que vivan, debemos comprar la satisfacción de ese deseo. Digo bien: que la compramos; no pienso de ningún modo en una miserable limosna. Su vida es también su propiedad, incluso para quienes no pueden trabajar; y si queremos (no importa por qué razón) que no nos priven de esa vida que les pertenece, no hay otro medio de obtener ese resultado que comprándolo. ¡Sólo que nada de regalos! Guardad los Vuestros y no los esperéis ya de Nosotros. Hace siglos que os damos limosna con una buena voluntad estúpida; hace siglos que derrochamos el óbolo del pobre y damos al señor lo que no es del señor. Se acabó: desatad los cordones de vuestra bolsa, porque desde ahora el precio de nuestra mercancía está en un alza enorme. No os tomaremos nada, absolutamente nada, pero pagaréis mejor lo que queráis tener.
Tú, ¿cuál es tu fortuna? -Tengo una hacienda de mil fanegas-. Pues bien, Yo soy tu criado de labranza, y de ahora en adelante no labraré ya tu campo más que al precio de cien pesos por día. -Entonces tomaré otro. -No lo encontrarás, porque nosotros los trabajadores del campo no trabajamos ya más que con esas condiciones, y si se presenta uno que pida menos, ¡qué tenga cuidado!
Aquí está la criada que pide otro tanto, y no la encontrarás ya por bajo de este precio. -¡Pero entonces estoy arruinado! -¡Poco a poco! Te quedará siempre tanto como a nosotros; si fuera de otro modo, nosotros rebajaríamos lo suficiente para que pudieses vivir como nosotros. -¡Pero yo estoy acostumbrado a vivir mejor! -Procura reducir tus gastos. ¿Hemos de ajustarnos nosotros con rebaja para que tú puedas vivir bien?
El rico dirige siempre al pobre estas palabras: -¿Tengo algo que ver con tu miseria? Procura salir del paso como puedas: es asunto Tuyo y no Mío. -Sea; velaremos por ello y no dejaremos ya a los ricos acaparar en su provecho los medios de los que de nosotros mismos tenemos que sacar partido. -Sin embargo, Vosotros, gentes sin instrucción, no tenéis tantas necesidades como nosotros. -No importa eso; tomaremos alguna cosa más para ponernos en condiciones de procurarnos la instrucción que podamos necesitar. -Y si abatís así a los ricos, ¿quién sostendrá todavía las artes y las ciencias? -¡Pues al público toca hacerlo! Escotaremos, así se reúnen bonitas sumas. Por otra parte, sabemos cómo vosotros, ricos, alentáis las artes; no compráis más que libros insípidos o santas vírgenes de la más lamentable vulgaridad, cuando no es el par de pantorrillas de una bailarina.-¡Ah, maldita igualdad! -No, mi buen señor, no se trata aquí de igualdad. Queremos sencillamente que se nos cuente por lo que valemos; si valéis más que nosotros, eso no importa, se os contará por más. Lo que queremos es tener un valor, y deseamos mostrarnos dignos del precio que paguéis.
¿Es capaz el Estado de despertar en el asalariado tan animosa confianza y un sentimiento tan vivo de su Yo? ¿Puede hacer el Estado que el hombre tenga conciencia de su valor? ¿Osaría proponerse tal objeto? ¿Puede querer que el individuo conozca su valor y obtenga de él el mejor partido? La cuestión es doble. Veamos lo que el Estado es capaz de realizar en ese sentido. Ya que se necesitaría la unanimidad de los criados de labranza, sólo influiría esta unanimidad y una ley del Estado sería eliminada por la competencia secretamente. Pero ¿puede tolerarlo el Estado? Al Estado le es imposible tolerar que las gentes sufran otra coerción que la suya; no puede, pues, admitirse que los obreros coligados se hagan justicia contra los que quieran ajustarse a un precio demasiado bajo. Supongamos, sin embargo, que el Estado haya dictado una ley con la que los obreros estén perfectamente de acuerdo; ¿podría consentirlo el Estado en tal caso?
En ese caso aislado, sí; pero ese caso aislado es más que eso, es un caso de principio; de lo que se trata aquí es de la valoración del Yo por sí mismo y, por consiguiente, de su afirmación contra el Estado. Hasta ahí, los comunistas estaban de acuerdo con nosotros. Pero la valoración del Yo por sí mismo está necesariamente en contraposición, no sólo con el Estado, sino también con la sociedad: ella está por encima de la comuna y del comunismo, por egoísmo.
El comunismo convierte el principio de la burguesía de que todo hombre es poseedor (propietario), en una verdad indiscutible, una realidad que pone fin a la preocupación de adquirir, haciendo que cada cual tenga aquello que necesita. Es la potencia de trabajo de cada cual lo que forma su riqueza, y si no hace uso de ella, la culpa es suya. Ninguna competencia subsiste ya como estéril (lo que ocurría demasiado a menudo hasta hoy ), puesto que todo esfuerzo de trabajo tiene por efecto procurarle lo necesario a quien lo efectúa. Cada uno es poseedor de modo seguro y sin preocupaciones. Y lo es precisamente porque no busca ya su riqueza en una mercancía, sino en su potencia de trabajo.
Por el trabajo, puedo llegar por ejemplo, a desempeñar funciones de presidente o de ministro; esos empleos no exigen más que la instrucción media, es decir, accesible a todo el mundo, o una habilidad de que todo el mundo es capaz. Pero si es verdad que esas funciones pueden ser ejercidas por todo hombre, cualquiera que sea, no es, sin embargo, más que la fuerza única del individuo, propia exclusivamente del individuo, la que les da en cierto modo una vida y una significación. Si no cumple sus funciones como un hombre ordinario, sino que gasta en ellas todo el tesoro de su unicidad, no queda pagado por el hecho de percibir el sueldo propio del empleado o del ministro. Si os ha satisfecho plenamente y queréis continuar beneficiándoos, no sólo de su trabajo de funcionario sino, además, de su precioso poder individual, no le pagaréis sólo como un hombre que no hace más que la tarea humana, sino, además, como un productor único. Haced pagar igual a vuestro propio trabajo.
No se puede aplicar a la obra de mi unicidad una tasa general como a lo que yo hago en cuanto hombre. Sólo respecto a esta última cualidad puede determinarse una tasa.
Fijad, pues, una tasa general para los trabajos humanos, pero, para ganarla, no sacrifiquéis vuestra unicidad.
Tus necesidades humanas o generales pueden ser satisfechas por la Sociedad; pero a Ti te toca buscar la satisfacción de tus necesidades únicas. La Sociedad no puede procurarte una amistad o el servicio de un amigo, ni siquiera asegurarte los buenos oficios de un individuo. Y sin embargo, tendrás a cada instante necesidad de servicios de este género; en las circunstancias más insignificantes te hará falta alguno para asistirte. No cuentes para eso con la Sociedad; pero haz de modo que tengas con qué comprar la satisfacción de tus deseos.
¿Los egoístas deben conservar el dinero? A la antigua moneda se une la tacha de la posesión hereditaria; no hagáis ya nada por ese dinero, y todo su poder se arruina. Tachad la herencia, y el sello del magistrado quedará anulado. En el presente, todo es herencia, ya esté el heredero en su posesión o no. Si todo eso es vuestro, ¿por qué dejarlo poner bajo sellos, por qué inquietarnos por los sellos?
Mas, ¿para qué crear un nuevo dinero? ¿Aniquilaréis acaso la mercancía porque le quitéis el sello de la herencia? Pues bien, la moneda es una mercancía, un medio fundamental, una riqueza. Porque impide la anquilosis de la riqueza, la mantiene en circulación y opera su cambio. Si conocéis mejor instrumento de cambio, adoptadlo, lo acepto, pero seguirá siendo aún dinero bajo una nueva forma. No es el dinero el que os hace mal, sino vuestra impotencia para obtenerlo. Poned en juego todos vuestros medios, haced valer todos vuestros esfuerzos y no os faltará el dinero: será un dinero vuestro, una moneda de vuestro cuño. Pero trabajar no es lo que yo llamo poner en juego todos vuestros medios. Los que se contentan con buscar trabajo, con tener la voluntad de trabajar bien, están condenados fatalmente, y, por su culpa, a convertirse en obreros en paro.
Del dinero depende la dicha y la desdicha. Si en el período burgués se convierte en un poder, es porque se le corteja como a una muchacha, pero nadie se casa con él.
Quien es favorecido por la suerte se lleva consigo a la novia. El indigente tiene suerte; introduce a la joven en su familia que es la Sociedad, y le quita su virginidad. En su casa no es ya la doncella, sino la mujer, y con su virginidad desaparece su nombre de familia: la joven doncella se llamaba Dinero, y hoy se llama Trabajo, porque Trabajo es el nombre del marido. Está bajo la tutela del marido. Para acabar con esta comparación, el hijo del Trabajo y del Dinero, es de nuevo una muchacha y virgen, es decir, Dinero, pero con una filiación cierta: ha nacido de Trabajo, su padre. Las facciones del rostro, su efigie proceden de otro cuño.
Finalmente, volvamos, una vez más, a la competencia. La competencia existe porque nadie se apropia de su casa y se entiende con los demás a través de ella. El pan, por ejemplo, es un objeto de primera necesidad. Luego nada más natural que ponerse de acuerdo para establecer una panadería pública. En vez de eso, se abandona ese indispensable suministro a panaderos que se hacen competencia. Y así se hace con la carne a los carniceros, el vino a los taberneros, etc.
Abolir el régimen de la competencia no quiere decir favorecer el régimen de la corporación. He aquí la diferencia: en la corporación, hacer el pan, etcétera, es causa de los agremiados; bajo la competencia, lo sería de quienes desean competir; en la asociación, es la causa de quienes tienen necesidad de pan, por consiguiente, la mía, la vuestra: no es la causa de los agremiados ni de los panaderos con patente, sino la de los asociados.
Si Yo no me preocupo de mi causa, preciso es que me contente con lo que a los demás les place darme. Tener pan es mi causa, mi deseo y mi afán, no puedo prescindir de él y, sin embargo, uno se entrega a los panaderos, sin otra esperanza que obtener de su discordia, de sus celos, de su rivalidad, en una palabra, de su competencia, una ventaja con la que no se podía contar con los miembros de las corporaciones, que estaban entera y exclusivamente en posesión del monopolio de la panadería. AqueIlo de que cada cual tiene necesidad, cada cual también debiera tomar parte en producirlo o en fabricarlo; es su causa, su propiedad, y no la propiedad de los miembros de tal corporación o de tal patrono con patente.
Reconsideremos de nuevo la cuestión. El mundo pertenece a sus hijos, los hijos de los hombres. No es ya el mundo de Dios, sino el mundo de los hombres. El hombre puede considerar suyo todo lo que puede procurarse; sólo que el verdadero hombre, el Estado, la Sociedad Humana, o la Humanidad velarán para que nadie se apropie más de lo que pueda apropiarse en cuanto hombre, es decir, de una manera humana. La apropiación no humana no está autorizada por el hombre: es criminal, mientras que la apropiación humana es justa y se hace por un camino legal.
Así es como se habla desde la Revolución.
Mi propiedad no es una cosa, puesto que ésta tiene una existencia independiente de Mí; sólo mi poder es mío. Este árbol no es mío; lo que es mío, es mi poder sobre él, el uso que hago de él. Pero ¿cómo se invierte mi poder sobre las cosas? Se dice, Yo tengo un derecho sobre este árbol, o bien, es mi legítima propiedad. Si lo he adquirido, es por la fuerza. Se olvida que la propiedad no dura sino mientras el poder permanece activo; o más exactamente, se olvida que el poder no existe por sí mismo, sino por la fuerza del Yo, y no existe más que en Mí, el poderoso.
* V
Se eleva el poder, como otras de mis propiedades (la humanidad, la majestad, etc.) al ser para sí (Fürsichseiend), de suerte que sigue existiendo aun cuando haya dejado de ser mi poder. Así, transformado en fantasma, el poder es el derecho. Ese poder inmortalizado no se extingue siquiera con mi muerte, es transmisible (hereditario). Así pues, en realidad las cosas pertenecen al derecho, no a Mí.
Todo eso no es más que una apariencia. El poder del individuo no se hace permanente ni se convierte en derecho, sino en cuanto a su poder se aúna el poder de otros individuos. La ilusión consiste en creer que ya no pueden retirar su poder a quienes lo han otorgado. Aquí reaparece el mismo fenómeno del divorcio del poder y del Yo; Yo no puedo recobrar del poseedor la parte del poder que le viene de Mí. Uno ha dado plenos poderes, se ha desprendido del poder, ha renunciado al poder de tomar mejor partido.
El propietario puede renunciar a su poder y a su derecho sobre una cosa haciendo son de ello, disipándola, etc. ¿Y nosotros no podríamos igualmente abandonar el poder que le hemos prestado?
El hombre legítimo, el hombre justo, no desea hacer suyo lo que no es de él de derecho, o aquello a lo que no tiene derecho; no reivindica más que su propiedad legítima. ¿Quién, pues, será juez y fijará los límites de su derecho? En última instancia, debe ser el Hombre, porque de él se tienen los derechos del hombre. Por consiguiente se puede decir con Terencio, pero en un sentido más amplio que humani nihil a me alienum puto, es decir, lo humano es mi propiedad. De cualquier manera que uno se arregle, en ese terreno se tendrá inevitablemente un juez, y en nuestro tiempo los diversos jueces que uno se había dado, han acabado por encarnarse en dos personas mortalmente enemigas: el Dios y el Hombre. Los unos se declaran por el derecho divino, los otros por el derecho humano o los derechos del hombre.
Pero está claro que en ambos casos el individuo mismo no crea su derecho.
¡Encontradme hoy una sola acción que no ofenda un derecho! A cada instante los derechos del hombre son pisoteados por los unos, en tanto que los otros no pueden abrir la boca sin blasfemar contra el derecho divino. Dad limosna y ultrajaréis un derecho del hombre, puesto que la relación de mendigo a bienhechor no es humana; expresad una duda, pecaréis contra un derecho divino. Comed vuestro pan seco con contento, vuestra resignación será una ofensa a los derechos del hombre; comedlo con descontento y vuestros murmullos serán un insulto al derecho divino. No hay uno de Vosotros que no cometa a cada instante un crimen; todos vuestros discursos son crímenes y toda traba a vuestra libertad de discurrir no es menos criminal. Todos Vosotros sois criminales. Sin embargo, no lo sois sino porque os mantenéis todos en el terreno del derecho, es decir, porque no sabéis que sois criminales, ni sabéis felicitaros por ello.
La propiedad inviolable o sagrada ha nacido en ese mismo terreno; es un concepto del derecho.
El perro que ve un hueso en poder de otro no renuncia a él más que si se siente demasiado débil. Pero el hombre respeta el derecho de otro a su hueso. Esto es considerado como humano, aquello como brutal o egoísta.
Y por todas partes, como en este caso, lo que es humano es ver en todo alguna cosa espiritual (aquí, el derecho), es decir, hacer de cualquier cosa un fantasma, que se puede, sí, arrojar, cuando se muestra, pero que no se puede matar. Humano es no considerar lo particular como particular, sino como algo general.
Yo no debo ya a la naturaleza, como tal, ningún respeto; sé que tengo en cuanto a ella todos los derechos. Pero estoy obligado a respetar en el árbol del jardín que está ahí su cualidad de objeto ajeno (desde un punto de vista más estricto se dice: respetar la propiedad), y no me es permitido tocarlo. Y eso no podrá cambiar sino cuando Yo no vea en el hecho de dejar ese árbol a otra persona, algo diferente al hecho de dejarle, por ejemplo, mi bastón, es decir, cuando Yo haya cesado de considerar ese árbol como algo ajeno a priori, sagrado. Yo, por el contrario, no considero un crimen el derribarlo si eso me place; continúa siendo mi propiedad por largo que sea el tiempo durante el cual lo he abandonado a otros: era y sigue siendo mío. Yo no veo la cualidad de objeto ajeno en la riqueza del banquero más que Napoleón en las provincias de los reyes. No tenemos ningún escrúpulo en intentar su conquista y procurarnos por todos los medios llegar a ella. Nosotros rechazamos el espíritu de lo ajeno ante el que nos habíamos espantado.
¡Pero es indispensable para eso que Yo no pretenda nada en calidad de Hombre, sino sólo en calidad de Yo, de ese Yo que soy! No pretenderé por consiguiente, nada humano, sino sólo lo que es mío, o en otros términos, nada de lo que me corresponde en cuanto hombre, sino lo que Yo quiero y porque Yo lo quiero. (...)
Hasta el presente, las relaciones se basaban en el amor, las consideraciones y los servicios recíprocos. Si uno debiera santificarse, es decir, entronizar en sí al Ser Supremo y hacer de él una verdad y una realidad, también debería ayudar a los demás a realizar su esencia y su destino; en ambos casos la esencia del hombre debería contribuir a su realización. Sólo que uno no debe hacerse nada de sí, ni de sí mismo, ni de los demás. No se debe nada ni a la propia esencia, ni a la de los demás. Todas las relaciones que reposan sobre una esencia son relaciones con un fantasma y no con una realidad. Mis relaciones con el Ser Supremo no son relaciones conmigo; y mis relaciones con la esencia del Hombre no son relaciones con los hombres.
Del amor, tal como es natural al hombre sentirlo, la civilización ha hecho un mandamiento. Pero en cuanto mandato, el amor pertenece al Hombre como a tal y no a Mí: es mi esencia, esa esencia que se tiene por tal esencia y no es mi propiedad. Es el Hombre, es decir, la humanidad, quien me lo impone; el amor es obligatorio, amar es mi deber. Así, en lugar de tener su fuente realmente en mí, la tiene en el hombre en general, del que es la propiedad, el atributo particular: El Hombre, es decir, cada hombre, debe amar: amar es el deber y la vocación de cada hombre, etc.
Preciso es, por consiguiente, que yo reivindique el amor para mí y lo sustraiga al poder del Hombre.
Se ha llegado a concederme como un feudo cuya propiedad pertenece al hombre lo que primitivamente era mío, pero sin tazón lógica, instintivamente. Amando he venido a ser un vasallo, me he convertido en el siervo de la Humanidad, un simple representante de esa especie; cuando Yo obro no como Yo, sino como Hombre, obro como un ejemplar de la especie humana, es decir, humanamente. Toda nuestra civilización es un sistema feudal en el que la propiedad pertenece al Hombre o a la Humanidad y en el que nada pertenece al Yo. Despojando al individuo de todo para atribuir todo al Hombre, se ha fundado una enorme feudalidad. El individuo no aparece ya, a fin de cuentas, más que, como radicalmente malo.
¿Acaso no he de interesarme activamente por la persona de otro? Lejos de eso yo puedo sacrificarle con alegría innumerables goces, puedo imponerme privaciones sin número para aumentar sus placeres, y puedo por él poner en peligro lo que sin él me sería muy querido: mi vida, mi prosperidad, mi libertad. En efecto, para Mí es un placer y una felicidad el espectáculo de su felicidad y de su placer. Pero no me sacrifico a él, permanezco egoísta y gozo de él. Sacrificándole todo lo que si no fuera por mi amor para él me reservaría, hago una cosa muy sencilla y hasta más común en la vida de lo que parece, que prueba únicamente que cierta pasión es más fuerte en Mí que todas las demás. El cristianismo también enseña a sacrificar todas las demás pasiones a aquélla. Pero sacrificar unas pasiones a otra no es sacrificarme Yo mismo, Yo no sacrifico nada a aquello por lo cual soy verdaderamente Yo; no sacrifico lo que, propiamente hablando, constituye mi valor, mi individualidad. Pudiera ser que esa enojosa eventualidad, se produjese; ocurre esto en el amor como en cualquier otra pasión, desde el momento en que la obedezco ciegamente; si el ambicioso, al que su pasión arrastra, es sordo a las advertencias que un instante de sangre fría despierta en él, es que ha dejado que esa pasión tome las proporciones de una tiranía a la que ha perdido el poder de sustraerse. Ha abdicado ante ella porque no sabe ya apartarse de ella y, por consiguiente, liberarse. Está poseído.
Yo también amo a los hombres, no sólo a algunos, sino a cada uno de ellos. Pero los amo con la conciencia de mi egoísmo; los amo porque el amor me hace dichoso; amo porque me es natural y agradable amar. No conozco obligación de amar. Tengo simpatía por todo ser sensible; lo que le aflige me aflige, y lo que le alivia me alivia; Yo podría matarlo, no puedo martirizarlo. Por el contrario, el noble y virtuoso filisteo, que es el príncipe Rodolfo de los Misterios de París, se ingenia para martirizar a los malvados, porque le exasperan. Mi simpatía prueba simplemente que el sentimiento de los que sienten es también el Mío, que es mi propiedad; en tanto que el proceder despiadado del hombre de bien (la manera, por ejemplo, como trata al notario Ferrand), recuerda la insensibilidad de aquel bandido que, según la medida de su cama, cortaba o extendía a la fuerza las piernas de sus prisioneros. La cama de Rodolfo, a cuya medida corta a los hombres, es la noción del bien. El sentimiento del derecho, de la virtud, etc., vuelve duro e intolerable. Rodolfo no siente como el notario, siente, por el contrario, que el malvado tiene lo que ha merecido. No es eso simpatía. Vosotros amáis al hombre y eso os sirve de razón para torturar al individuo, al egoísta; vuestro amor al Hombre os convierte en los verdugos de los hombres.
Cuando Yo veo sufrir a quien amo, sufro con él y no tengo reposo mientras no haya intentado todo para consolarlo y distraerlo. Cuando Yo le veo alegre, Yo me alegro de su alegría. No se sigue de ahí que sea el mismo objeto el que produce su pena o su alegría y el que despierte en Mí los mismos sentimientos; eso es, sobre todo, evidente cuando se trata del dolor corporal que yo no siento como él; su muela es lo que le hace daño, y lo que me hace daño a Mí es su sufrimiento.
Y porque Yo no puedo soportar ese pliegue doloroso sobre la frente amada, y, por consiguiente, en mi interés, es por lo que lo borro con un beso. Si yo no te amase, podrías fruncir el entrecejo tanto como quisieras, sin conmoverme; Yo no quiero disipar más que mi pesar.
¿Hay ahora alguien o alguna cosa que Yo no ame, y que tenga el derecho de ser amada por Mí? ¿Qué es primero, mi amor o su derecho? Los parientes, los amigos, el pueblo, la patria, la ciudad natal, etc., en fin, en general mis semejantes (mis hermanos), pretenden tener derecho a mi amor y lo reclaman imperiosamente. Lo consideran como su propiedad, y a Mí, si no respeto esa propiedad, me consideran como un ladrón que les quita lo que les pertenece. Yo debo amar. Pero si el amor es un mandamiento y una ley, preciso es que se me forme y se me instruya para él y que se me castigue si llego a infringirlo. Se ejercerá, pues, sobre mí para llevarme a amar la más enérgica influencia moral posible. Está fuera de duda que se puede excitar e inducir a los hombres al amor tan bien como a las demás pasiones, al odio, por ejemplo. El odio se transmite de generación en generación; cabe odiarse únicamente porque los antepasados de los unos eran güelfos y los de los otros gibelinos.
Pero el amor no es un mandato. Como todos mis demás sentimientos, es mi propiedad. Conseguid, es decir, comprad mi propiedad y Yo os la cederé. Yo no tengo que amar una religión, una patria, una familia, etc., que no saben conquistar mi amor; vendo mi ternura al precio que me place fijarla. ( ...)
Si he dicho, ciertamente, Yo amo al mundo, puedo con igual exactitud añadir ahora: Yo no lo amo, porque Yo lo aniquilo como me aniquilo; Yo lo liquido. No me limito a experimentar por los hombres más que un sólo e invariable sentimiento; doy libre curso a todos aquellos de que soy capaz.
¿Por qué no declararlo crudamente? ¡Sí, yo exploto al mundo y a los hombres! Puedo así quedar abierto a toda clase de impresiones, sin que ninguna de ellas me arranque a Mí mismo. Puedo amar, amar con toda mi alma, y dejar arder en mi corazón el fuego devorador de la pasión, sin tomar, sin embargo, al ser amado por otra cosa que por el alimento de mi pasión, un alimento que la aviva sin saciarla jamás. Todos los cuidados de que yo le rodeo, no se dirigen más que al objeto de mi amor, más que a aquel de quien mi amor tiene necesidad, al bien amado. ¡Cuán indiferente me sería, de no existir mi amor! Es mi amor el que mantengo con él, no me sirve más que para eso: Yo gozo de él indiscutiblemente.
Escojamos otro ejemplo muy actual: Yo veo a los hombres sumergidos en las tinieblas de la superstición, hostigados por un enjambre de fantasmas. Si procuro, en la medida de mis fuerzas, proyectar la luz del día sobre esas apariciones de la noche, ¿creéis que obedece a mi amor a los hombres? ¡Eh, no! Escribo porque quiero dar existencia en el mundo a ideas que son mis ideas. Si previese que esas ideas tenían que arrebataros la paz y el reposo, si en esas ideas que siembro viese los gérmenes de ideas sangrientas y una causa de ruina para muchas generaciones, no las esparciría menos. Haced de ellas lo que queráis, haced lo que podáis, eso es asunto Vuestro y por ello no me preocupo. Tal vez no os traerán más que el pesar, los combates, la muerte, y no serán más que para muy pocos de Vosotros un manantial de placer. Si yo tomase a pecho vuestro bienestar, imitaría a la Iglesia que prohíbe a los legos la lectura de la Biblia, o a los gobiernos cristianos, que hacen un deber sagrado de defender al hombre del pueblo contra los malos libros.
No sólo no es por amor a Vosotros por lo que expreso lo que pienso, sino que ni siquiera es por amor de la verdad. No:
Canto cual canta el ave
que en el follaje habita;
el canto mismo que mi voz produce
es mi salario, y es salario real.
¿Canto? ¡Canto porque soy un cantor! Si para eso me sirvo de Vosotros, es porque tengo necesidad de oídos.
Cuando me encuentro con el mundo (y lo encuentro siempre), Yo lo consumo para aplacar el hambre de mi egoísmo: Tú no eres para mí más que un alimento; de igual modo, Tú también me consumes y me haces servir para tu uso. No hay entre nosotros más que una relación: la de la utilidad, del provecho, del interés. No nos debemos nada uno al otro, porque lo que aparentemente pueda deberte, lo debo, cuando más, a Mí. Si para hacerte sonreír me acerco a Ti con cara alegre, es porque tengo interés en tu sonrisa y porque mi rostro está al servicio de mi deseo. A otras mil personas a quienes Yo no deseo hacerles sonreír, no les sonreiré. (...)
* VI
El estado primitivo del hombre no es el aislamiento o la soledad, sino la sociedad. Al comienzo de nuestra existencia nos encontramos ya estrechamente unidos a nuestra madre, puesto que aun antes de respirar participamos de su vida. Cuando después abrimos los ojos a la luz es para reposar aún sobre el seno de un ser humano que nos mecerá en sus rodillas, que guiará nuestros primeros pasos y nos encadenará a su persona por los mil lazos del amor. La sociedad es nuestro estado de naturaleza. Por eso la unión que al principio ha sido tan íntima se relaja poco a poco, a medida que nos conocemos, y la disolución de la sociedad primitiva se hace cada vez más manifiesta. Si la madre quiere una vez más tener para sí sola el hijo que ha llevado en su seno, es preciso que vaya a arrancarlo a la calle y a la sociedad de sus camaradas. El niño prefiere las relaciones que ha anudado con sus semejantes, a la sociedad en que no ha entrado, en que no ha hecho más que nacer.
Pero la unión o la asociación son la disolución de la sociedad. Es decir, que una asociación puede degenerar en sociedad, como un pensamiento puede degenerar en idea fija; esto ocurre cuando en el pensamiento se extingue la energía pensante, él pensar mismo, esa perpetua retracción de todos los pensamientos que tienden a tomar demasiada consistencia. Cuando una asociación se ha cristalizado en sociedad, cesa de ser una asociación (porque la asociación quiere que la acción de asociarse sea permanente), no consiste más que en el hecho de estar asociados, no es más que la inmovilidad, la fijación; está muerta como asociación, es el cadáver de la asociación, es decir, que es sociedad, comunidad. El partido proporciona un ejemplo análogo de esta cristalización.
Que una sociedad, el Estado, por ejemplo, restrinja mi libertad, eso no me turba. Porque yo bien sé que debo esperar ver mi libertad limitada por toda clase de potencias, por todo lo que es más fuerte que Yo, hasta por cada uno de mis vecinos; aun cuando yo fuese el autócrata de todas las R ... no gozaría de la libertad absoluta. Pero no dejaré arrebatarme mi individualidad. Y precisamente es a la individualidad a la que la sociedad ataca, ella es la que debe sucumbir bajo sus golpes.
Una sociedad a la que me adhiero me quita, sí, ciertas libertades, pero en cambio me asegura otras. Importa igualmente bien poco que Yo mismo me prive, por ejemplo, por un contrato de tal o cual libertad. Por el contrario, defenderé celosamente mi individualidad.
Toda comunidad tiende, más o menos según sus fuerzas, a convertirse en una autoridad para sus miembros y a imponerles límites. Ella les pide y debe pedirles cierto espíritu de obediencia, ella exige que sus miembros le estén sometidos, sean sus súbditos, ella no existe más que por la sujeción. No quiere eso decir que no pueda dar prueba de ciertos proyectos de mejoramiento, a los consejos y a las críticas, en cuanto tengan por mira su beneficio; pero la crítica debe mostrarse benévola, no se le permite ser insolente e irreverente; en otros términos, se necesita dejar intacta y tener por sagrada la substancia de la sociedad. La sociedad no pretende que sus miembros se eleven y se coloquen por encima de ella; quiere que permanezcan en los límites de la legalidad; es decir, que no se permitan más de lo que les permiten la sociedad y sus leyes.
Hay gran distancia de una sociedad que no limita más que mi libertad a una sociedad que limita mi individualidad. La primera es una unión, un acuerdo, una asociación. Pero lo que amenaza la individualidad es un poder para sí mismo y por encima de Mí, una potencia que me es inaccesible, que Yo puedo, sí, admirar, honrar, respetar, adorar, pero que no puedo ni dominar ni aprovechar, porque ante ella me resigno y abdico. La sociedad está fundada sobre mi resignación, mi abnegación, mi cobardía, que llaman humildad. Mi humildad hace su grandeza, mi sumisión su soberanía.
Pero, con respecto a la libertad, no hay diferencia esencial entre el Estado y la asociación. Lo mismo que el Estado no es compatible con una libertad ilimitada, la asociación no puede nacer y subsistir si no restringe algunas formas de libertad. No se puede en parte alguna evitar cierta limitación de la libertad, porque es imposible liberarse de todo: no se puede volar como un pájaro, puesto que no es posible desembarazarse del propio peso; no puede uno vivir a su agrado bajo el agua como un pez, por que se tiene la necesidad de aire, es ésa una necesidad de la que no cabe liberarse y así sucesivamente. La religión, y en particular el cristianismo, ha torturado al hombre exigiéndole que realice lo antinatural, y ese impulso religioso extravagante llegó a elevar a rango de ideal la libertad en sí, la libertad absoluta, lo que era ostentar en plena luz el absurdo de los votos imposibles.
Con todo, la asociación proporciona mayor libertad y podrá considerarse como una nueva libertad; uno escapa, en efecto, a la violencia inseparable de la vida en el Estado o la sociedad; sin embargo, las restricciones a la libertad y los obstáculos a la voluntad no faltarán. Porque el objeto de la asociación no es precisamente la libertad, que sacrifica a la individualidad, sino esta individualidad misma. Relativamente a ésta, la diferencia es grande entre el Estado y la asociación. El Estado es el enemigo, el asesino de la individualidad; la asociación es su hija y su auxiliar; el primero es un Espíritu, que quiere ser adorado como Espíritu y como verdad, la segunda es mi obra, ha nacido de Mí. El Estado es el señor de mi Espíritu, quiere que crea en él y me impone un credo, el credo de la legalidad. Él ejerce sobre Mí una influencia moral, reina sobre mi Espíritu, prescribe mi Yo para sustituirse a él como mi verdadero Yo. En suma, es el verdadero hombre, el Espíritu, el fantasma. La asociación, al contrario, es mi obra, mi criatura: no es sagrada ni es una potencia espiritual superior a mi Espíritu.
Yo no quiero ser esclavo de mis máximas, sino exponerlas constantemente a mi crítica, sin ninguna garantía. Yo no les concedo ningún derecho de ciudadanía en Mí; pero pretendo menos aún comprometer mi porvenir en la asociación y venderle mi alma, como se dice cuando se trata del diablo y como realmente es el caso cuando se trata del Estado o de una autoridad espiritual. Yo soy y sigo siendo para mí más que el Estado, más que la Iglesia, Dios, etc., y por consiguiente, también infinitamente más que la asociación.
La sociedad que el comunismo quiere fundar parece, a primera vista, acercarse en extremo a la asociación tal como yo la entiendo. El objeto que se propone es el bien de todos, y cuando se dice de todos, debe entenderse -Weitling no se cansa de repetirlo- de absolutamente todos, de todos sin excepción. Pero ¿cuál será ese bien? ¿Hay un solo y mismo bien con una sola y misma cosa? Si así es, se trata del verdadero bien. Y henos aquí precisamente en el punto en que comienza la tiranía de la religión. El cristianismo dice: No os detengáis en las vanidades de este mundo, buscad vuestro verdadero bien: haceos piadosos cristianos. Ser cristiano, he ahí el verdadero bien. Es el verdadero bien de todos, porque es el bien del Hombre como tal (del fantasma). Pero el bien de todos, ¿es, necesariamente, mi bien y tu bien? Pero si Yo y Tú no consideramos este bien como el nuestro, ¿tratarán de proporcionarnos el bien que nosotros queremos? Por el contrario, si Tú prefieres las delicias de la pereza, el goce sin trabajo, la sociedad, que vela por el bien de todos, decretando que el bien verdadero es éste o aquél, por ejemplo, el goce adquirido honradamente con el trabajo, se guardará de ofrecerte lo que Tú consideras tu bien. El comunismo, que se hace el campeón del bien de todos los hombres, aniquila precisamente el bienestar de los que han vivido hasta el presente de sus rentas y que probablemente se encuentran mejor con eso que con las horas de trabajo estrictamente reguladas que les promete Weitling.
El mismo Weitling afirma que el bienestar de algunos millares de hombres no puede ponerse en parangón con el bienestar de varios millones y exhorta a los primeros a renunciar a sus ventajas particulares por el amor del bien general. No, no exijáis de las gentes que sacrifiquen la menor parte de lo que tienen a la comunidad; ésa es una manera cristiana de presentar las cosas con la cual no llegáis a nada. Exhortadlos, al contrario, a no dejarse arrancar por nadie lo que tienen, comprometedIos a asegurarse su posesión de modo que sea duradera; os comprenderán mucho mejor. Ellos llegarán por sí mismos a decirse que el mejor medio de cuidar su bien es aliarse con otros, con ese objetivo; es decir: sacrificar una parte de su libertad, no en el interés de todos, sino de su propio interés. ¿Cómo se puede estar todavía tentado de apelar al espíritu de sacrificio y al amor desinteresado de los hombres? Demasiado se sabe que esos bellos sentimientos no han producido, después de una gestación de varios millares de años, más que la presente miseria. ¿Por qué obstinarse todavía en aguardar de la abnegación la venida de mejores tiempos? ¿Por qué no poner más bien su esperanza en la usurpación? No es ya de los mansos y de los misericordiosos, no es ya de los que dan y de los que aman de quienes vendrá la salvación, sino únicamente de los que tomen, que se apropien y que sepan decir: esto es para Mí. El comunismo, y consciente o inconsciente, el humanismo que escarnece el egoísmo, sigue contando todavía con el amor.
Cuando la comunidad ha llegado a ser una necesidad para el hombre, cuando él siente que le ayuda a realizar sus designios, no tarda, tomando rango de principio, en imponerle sus leyes, las leyes de la sociedad. El principio de los hombres llega así a reinar soberanamente sobre ellos; viene a ser su ser supremo, su Dios, y como tal, su legislador. El comunismo lleva este principio hasta sus más rigurosas consecuencias, y el cristianismo es la religión de la sociedad; porque, como Feuerbach lo dice exactamente, aunque su pensamiento no sea justo, el amor es la esencia del Hombre; es decir, la esencia de la sociedad o del Hombre social (comunista). Toda religión es un culto de la sociedad, del principio que rige al hombre social (al hombre cultivado); así, ningún dios es nunca el Dios exclusivo de un Yo; un dios siempre es el Dios de una sociedad o de una comunidad, de una familia (lares, penates), de un pueblo (dioses nacionales) o de todos los hombres. (Él es el padre de todos los hombres.)
No se espere llegar a destruir de arriba abajo la religión, mientras no se haya deshechado previamente la sociedad y todo lo que implica su principio. Precisamente el comunismo trata de culminar ese principio, puesto que todo debe ser común a fin de que reine la igualdad. Una vez conquistada esta igualdad, la libertad no faltará tampoco, pero ¿la libertad de quién? ¡De la Sociedad! La sociedad entonces es el gran Pan, y los hombres no existen más que los unos para los otros. ¡Es la apoteosis del Estado amoroso!
Pero Yo prefiero recurrir al egoísmo de los hombres que a sus servicios de amor, a su misericordia, a su caridad, etc. El egoísmo exige la reciprocidad (Tú a Mí, como Yo a Ti); él no hace nada por nada y si ofrece sus servicios es para que los compren. Pero el servicio del amor, ¿cómo procurármelo? El azar hará que yo trate justamente con un buen corazón. Y yo no puedo mover la caridad sino mendigando sus servicios, ya por mi exterior miserable, ya por mi angustia, mi miseria, mi sufrimiento. -¿Y qué puedo Yo ofrecerle a cambio de su asistencia? ¡Nada! Preciso es que Yo la reciba como un regalo. El amor no se paga, o, digámoslo mejor, el amor puede, sí, pagarse, pero sólo en amor (un servicio vale otro). ¡Qué miseria, qué mendicidad recibir de año en año, sin volver nunca nada a cambio, los dones que nos hace, por ejemplo, el pobre trabajador! Quien recibe de esta suerte, ¿qué puede hacer por el otro a cambio de esos céntimos cuya acumulación forma, sin embargo, toda su fortuna? El trabajador tendría más goces si el que engorda con sus laboriosos beneficios no existiera, ni sus leyes, ni sus instituciones que él paga además. ¡Y a pesar de todo, el pobre diablo ama todavía a su señor!
No, la comunidad como objetivo de la historia, hasta el presente es imposible. Deshagámonos cuanto antes de toda ilusión hipócrita acerca de ello, y reconozcamos que si como Hombres somos iguales, iguales no lo somos, puesto que no somos Hombres. No somos iguales, sino en el pensamiento; lo que hay de igual en Nosotros, es en el Nosotros como pensamiento, y no como somos en realidad y en persona. Yo soy Yo y Tú eres Yo, pero Yo no soy ese Yo pensado; no es por él por lo que todos somos iguales, porque él no es más que mi pensamiento. Yo soy Hombre y Tú eres Hombre, pero Hombre no es más que una idea, una generalidad abstracta. Ni Yo ni Tú podemos ser expresados; somos indecibles, porque solo las ideas pueden ser expresadas y fijarse en una palabra. Dejemos, pues, de aspirar a la comunidad; aspiremos más bien las miras a la particularidad. No busquemos la colectividad más amplia, la sociedad humana, no busquemos en los demás más que medios y órganos que poner en acción con nuestra propiedad. En el árbol y en el animal no vemos a nuestros semejantes, y la hipótesis, según la cual los demás serían nuestros semejantes, resulta de una hipocresía. Nadie es mi semejante, pero, semejante a todos los demás seres, el hombre es para Mí una propiedad, En vano se me dice que Yo debo ser hombre con el prójimo (Bruno Bauer, La cuestión judía) y que debo respetar a mi prójimo. Nadie es para Mí un objeto de respeto; mi prójimo, como todos los demás seres, es un objeto por el cual tengo o no tengo simpatía, un objeto que me interesa o que no me interesa, que puedo o no utilizar.
Si puede serme útil, consiento en entenderme con él, en asociarme con él para que ese acuerdo aumente mi fuerza, para que nuestras potencias reunidas produzcan más de lo que una de ellas podría hacerlo aisladamente. Pero Yo no veo en esa unión nada más que la multiplicación de mi fuerza, y no la conservo sino en tanto que es mi fuerza multiplicada. En ese sentido es una asociación.
La asociación no se mantiene por un lazo natural, ni por un lazo espiritual; no es ni una sociedad natural ni una sociedad moral. No es ni la unidad de la sangre, ni la unidad de la creencia (es decir, de Espíritu) lo que la engendra. En una unión natural -como una familia, una tribu, una nación o hasta la humanidad- Ios individuos no tienen más que el valor de ejemplar de un mismo género o especie; es decir, en una sociedad moral, como una comunidad religiosa o una iglesia, el individuo no representa más que un miembro animado del Espíritu común; en uno como en otro caso, lo que Tú eres como Único debe pasar a segundo término y borrarse. No es más que en la asociación donde Vuestra unicidad puede afirmarse, porque la asociación no os posee, pero Vosotros la poseéis y os servís de ella.
En la asociación y sólo en la asociación, la propiedad toma su verdadero valor y es realmente propiedad, puesto que en ella, yo no debo a nadie lo que es Mío. Los comunistas no hacen más que proseguir consecuentemente un estado de cosas que dura desde que comenzó la evolución religiosa y la del Estado, es decir, la falta de propiedad, el feudalismo. El Estado se esfuerza en disciplinar los apetitos; en otros términos, trata de dirigirlos exclusivamente a sí y satisfacerlos con lo que sólo él puede ofrecer. El Estado no puede saciar un apetito por la voluntad del apetito mismo; él deshonra con el nombre de egoísta al que manifiesta deseos desarreglados, y el hombre egoísta es su enemigo. Lo es, porque el Estado, incapaz de comprender al egoísta, no puede entenderse con él. Como el Estado (y no podría ser de otro modo) no se ocupa más que de sí mismo, no se informa de mis necesidades y no se preocupa de mí más que para corromperme y falsearme, es decir, para hacer de Mí otro Yo, un buen ciudadano. El Estado utiliza una serie de medidas para mejorar las costumbres. ¿Y con qué medio se atrae a los individuos? A través de sí mismo, es decir, de lo que es del Estado, de la propiedad del Estado. Se ocupa sin descanso en hacer participar a todo el mundo de sus bienes, en hacer aprovecharse a todo el mundo de las ventajas de la instrucción; os pone en condiciones de llegar por las vías de la industria a la propiedad, es decir, a la enfeudación. Señor generoso, no exige de Vosotros, a cambio de esa investidura, más que el legítimo homenaje de un reconocimiento perpetuo.
En la asociación, Tú tienes todo tu poder, toda tu riqueza, y te haces valer en ella. En la sociedad, Tú y tu actividad sois utilizados. En la primera, Tú vives como egoísta; en la segunda vives como Hombre, es decir, religiosamente; trabajas en la viña del Señor. Tú debes a la sociedad todo lo que tienes, estás obligado a ella y eres atormentado por deberes sociales; en la asociación, no eres deudor de nada, ella te sirve y Tú la abandonas sin escrúpulos cuando no te ofrece ya ventajas.
Si la sociedad es más que Tú, la harás pasar delante de ti y te harás su servidor; la asociación es tu instrumento, tu arma; ella agudiza y multiplica tu fuerza natural. La asociación no existe más que para ti y por ti; la sociedad, por el contrario, te reclama como su bien y puede existir sin ti: la sociedad se sirve de ti y Tú te sirves de la asociación.
Probablemente se objetará que el acuerdo que hemos concluido puede hacerse molesto y limitar nuestra libertad; se dirá que, en definitiva, también convenimos a que cada uno tenga que sacrificar una parte de su libertad en interés de la comunidad. Pero no es, en modo alguno, a la comunidad a quien se hará ese sacrificio, lo mismo que no es por amor a la comunidad o a cualquier otro por lo que Yo me he contratado; si me asocio es por mi propio interés, y si sacrificara alguna cosa sería también en interés mío, por puro egoísmo. Por otra parte, en materia de sacrificio no renuncio más que a lo que escapa a mi poder; es decir, no sacrifico absolutamente nada.
Volviendo a la propiedad, el señor es el propietario. Y ahora escoge: ¿quieres ser el señor o quieres que la sociedad sea señora? ¡De ello dependerá que Tú seas un propietario o un indigente! El egoísmo hace al propietario, la sociedad hace al indigente. Indigencia o ausencia de propiedad, tal es el sentido del feudalismo, del régimen de vasallaje, que, desde el pasado siglo no ha hecho más que cambiar de señor, poniendo al Hombre en lugar de Dios y haciendo un feudo del Hombre.
Hemos mostrado anteriormente que la indigencia del comunismo es llevada, por el principio humanitario, a la indigencia absoluta, a la más indigente de las indigencias; pero hemos mostrado también que sólo por esta vía la indigencia puede conducir a la individualidad. El antiguo régimen feudal ha sido tan completamente aniquilado por la Revolución, que toda reacción, por habilidad que despliegue en galvanizar el cadáver del pasado, está en adelante condenada a abortar miserablemente, porque lo que está muerto, muerto está. Pero en la historia del cristianismo, la resurrección también debía mostrarse como una verdad; así lo ha hecho en un mundo nuevo, el feudalismo ha resucitado con un cuerpo transfigurado: feudalismo nuevo bajo la alta soberanía del Hombre.
El cristianismo no ha sido aniquilado, y sus fieles tenían razón en confiar en los asaltos que han sufrido hasta el presente, no viendo en ellos más que tentativas de purificarlo y fortalecerlo. En realidad, el cristianismo no ha hecho sino transfigurarse, y el cristianismo descubierto es el humano. Vivimos todavía en plena era cristiana, y quienes más se irritan por ello son precisamente los que más contribuyen a conservarlo. Cuanto más humano es el feudalismo, más nos agrada: no reconocemos ya el carácter del feudalismo en lo que, llenos de confianza, tomamos por nuestra propiedad; y creemos haber encontrado lo que es nuestro cuando descubrimos lo que pertenece al Hombre.
Si el liberalismo quiere darme lo que es mío, no es porque vea en ello lo mío, sino lo humano. ¡Como si, bajo ese disfraz, me fuera posible alcanzarlo! Los derechos del Hombre mismos, ese producto tan elogiado de la Revolución, deben entenderse en este sentido: el Hombre que está en Mí me da derecho a tal y cual cosa: en cuanto individuo, es decir, tal como soy, no tengo ningún derecho; los derechos son el patrimonio del Hombre, y él es quien me autoriza y me justifica. Como Hombre, puedo tener un derecho, pero Yo soy más que Hombre, Yo soy un hombre particular, y este derecho puede serme negado a Mí, el particular. ( ...)
Revolución e insurrección no son sinónimos. La primera consiste en una transformación del orden establecido, del status del Estado o de la Sociedad; no tiene, pues, más que un alcance político o social. La segunda conduce inevitablemente a la transformación de las instituciones establecidas. Pero no parte de este propósito, sino del descontento de los hombres. No es un motín, sino el alzamiento de los individuos, una sublevación que prescinde de las instituciones que pueda engendrar. La revolución tiende a organizaciones nuevas, la insurrección conduce a no dejarnos organizar, sino a organizarnos por nosotros mismos, y no cifra sus esperanzas en las organizaciones futuras. Es una lucha contra lo que está establecido en el sentido de que, cuando triunfa, lo establecido se derrumba por sí solo. Es mi esfuerzo para desprenderme del presente que me oprime; y en cuanto lo he abandonado, ese presente ha muerto y, naturalmente, se descompone.
En suma, no siendo mi objetivo derribar lo que es, sino elevarme por encima de ello, mis intenciones y mis actos no tienen nada de político, ni de social; no teniendo otro objetivo que Yo y mi individualidad, son egoístas.
La revolución ordena organizarse; la insurrección reivindica la sublevación o el levantamiento.
La elección de una constitución, tal era el problema que preocupaba a los cerebros revolucionarios; toda la historia política de la Revolución está llena de luchas y cuestiones constitucionales; igualmente, los genios del socialismo se han mostrado asombrosamente fecundos en instituciones sociales (falansterios, etc.). Por la insurrección ansía liberarse de toda constitución. ( ...)
¿A qué tienden mis relaciones con el mundo? Yo quiero gozar de él; para eso es preciso que sea mi propiedad, y quiero, pues, conquistarlo. Yo no quiero la libertad de los hombres, no quiero la igualdad de los hombres, no quiero más que mi poder sobre los hombres, que sean mi propiedad, gozarlos. Y si ellos se oponen a esto, ¿qué hacer? El derecho de vida y muerte que se han reservado la Iglesia y el Estado, también me pertenece.
Estigmatizad a la viuda de oficial que, durante la retirada de Rusia, habiendo perdido una pierna por bala de cañón, se quitó su liga, estranguló con ella a su hijito, y luego se desangró al lado del cadáver. ¡Quién sabe los servicios que hubiera prestado este niño al mundo de haber vivido! ¡Y la madre lo mató, porque quería morir contenta y tranquila! Esa historia conmueve quizá todavía nuestro sentimentalismo, pero no sabéis sacar de ella nada más. Sea. En cuanto a mí, quiero mostrar con ese ejemplo que es mi satisfacción la que decide mis relaciones con los hombres, y que no hay acceso de humildad que no pueda hacerme renunciar al poder de vida y de muerte.
En cuanto a los deberes sociales en general, no corresponde a un tercero fijar mi posición frente a los demás, no es, por consiguiente, ni Dios, ni la Humanidad, quienes pueden determinar las relaciones entre mí y los hombres; soy Yo el que tomo posición. Eso equivale a decir más claramente: Yo no tengo deberes con los demás, como no tengo deberes conmigo (por ejemplo, el deber de la conservación, opuesto al suicidio), a menos que me distinga Yo mismo (mi alma inmortal de mi existencia terrestre, etc.).
Yo no me humillo ya ante ningún poder. Yo reconozco que cualquier poder no es más que el Mío, y que debo abatirlo en cuanto amenace oponerse a Mí, o hacerse superior a Mí. Todo poder no puede ser considerado sino como uno de mis medios para llegar a sus fines. A todos los poderes que fueron mis señores, los rebajo, pues, al papel de mis servidores. Los ídolos no existen más que por Mí; basta que deje de crearlos, para que desaparezcan: no hay poderes superiores, sino porque yo los elevo y me pongo debajo de ellos.
He aquí, pues, en qué consisten mis relaciones con el mundo. Yo no hago ya nada por él, por el amor de Dios, no hago ya nada por el amor del Hombre, sino por mi amor propio. Así, tan sólo el mundo puede satisfacerme, mientras quienes lo consideran desde el punto de vista religioso (con el cual, notadlo bien, confundo el punto de vista moral y humano), el mundo sigue siendo un piadoso deseo (pium desiderium), es decir, un más allá, un inaccesible. Tales son la felicidad universal, el mundo moral, en que reinarían el amor universal, la paz eterna, la extinción del egoísmo, etc. ¡Nada en este mundo es perfecto! A estas tristes palabras, los buenos se apartan de él y se refugian junto a él en el oratorio, o en el orgulloso santuario de su conciencia. Pero nosotros permanecemos en este mundo imperfecto: tal como es, sabemos utilizarlo para nuestro disfrute.
Mis relaciones con el mundo consisten en que yo disfruto de él y lo utilizo para mi goce. Mis relaciones son mi disfrute del mundo que pertenece a mi autodisfrute.
[[Categoría:El Único y su Propiedad]]
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| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mis relaciones.
'''Mis relaciones'''
Todo lo sagrado es un lazo, una cadena.
Todo lo sagrado es y tiene que ser tergiversado por falsarios; así se encuentran en nuestra época una multitud de ellos en todas las esferas. Preparan la ruptura con el derecho, la supresión del derecho.
¡Pobres atenienses, a quienes se acusa de argucia y de sofística! ¡Pobre Alcibíades, al que se acusa de intriga! Eso es, justamente, lo mejor que teníais, ése era vuestro primer paso hacia la libertad. Vuestro Esquilo, vuestro Herodoto y demás, sólo querían la libertad del pueblo griego. Vosotros vislumbrasteis por vez primera algo de vuestra libertad.
Todo pueblo oprime a quienes elevan por encima de su majestad; el ostracismo amenaza al ciudadano demasiado poderoso, la inquisición de la Iglesia espía al herético, y la inquisición, igualmente, espía al traidor al Estado, etc.
Porque el pueblo no se preocupa más que de mantenerse y de afirmarse, reclama de cada uno una abnegación patriótica. El individuo en sí le es indiferente, una nada, y el pueblo no debe hacer, ni aun permitir, que el individuo cumpla lo que sólo él es capaz de cumplir, su realización. Todo pueblo, todo Estado, es injusto con los egoístas.
Mientras permanece de pie una sola institución que el individuo no pueda aniquilar, no existe ni individualidad y autonomía del Yo. ¿Cómo hablar de libertad, mientras deba, por ejemplo, ligarme por juramento a una Constitución, a una Carta, a una ley, mientras deba jurar pertenecer en cuerpo y alma a mi pueblo? ¿Cómo ser Yo mismo si mis facultades no pueden desarrollarse, sino en la medida que no turben la armonía de la Sociedad? (Weitling).
La caída de los pueblos y de la humanidad, será la señal de Mi elevación.
¡Escucha! En el momento mismo en que escribo estas líneas, las campanas se han puesto a sonar; llevan a lo lejos un alegre mensaje: mañana se celebra el milésimo aniversario de nuestra querida Alemania. ¡Sonad, sonad, oh campanas, campanas de los funerales! Vuestra voz es tan solemne y tan grave, que parece que vuestras lenguas de bronce sean movidas por un presentimiento y que escoltéis a un muerto. El pueblo alemán y los pueblos alemanes, tienen tras sí diez siglos de historia; ¡qué larga vida! ¡Descended, pues, a la tumba para no levantaros jamás y que sean libres los que habéis tenido encadenados por tanto tiempo! El pueblo ha muerto, Yo me abro a la vida.
¡Oh Tú, mi torturado pueblo alemán! ¿Cuál ha sido tu sufrimiento? Era la tortura de un pensamiento que no puede engendrar un cuerpo, el tormento de un Espíritu errante que se desvanece cuando canta el gallo, y que aspira, sin embargo, a su salvación y a su realización. ¡En Mí también has vivido largo tiempo, querido pensamiento, querido fantasma! Ya creía haber encontrado la palabra mágica que debe redimirte, ya creía haber descubierto carne y miembros para vestir al Espíritu errante y de pronto oigo el doblar de las campanas que te conducen al reposo eterno; vuela la última esperanza, el último amor se extingue. Yo me despido de la mansión desierta, y regreso entre los vivos, porque los vivos sólo tienen razón.
Adiós, pues, ensueño de tantos millones de hombres; adiós, Tú, que durante mil años has tiranizado a tus hijos!
Mañana se te depositará en tierra; pronto tus hermanas las naciones te seguirán. Cuando todas hayan partido detrás de ti, la humanidad será enterrada, y sobre su tumba, Yo, mi único Señor al fin.. Yo, su heredero, reiré. (...)
La palabra Gesellschaft (sociedad) tiene por etimología la palabra Saal (sala). Cuando en una sala hay varias personas reunidas, esas personas están en sociedad. Están en sociedad, pero no constituyen la sociedad; constituyen, cuando más, una sociedad de salón. En cuanto a las verdaderas relaciones sociales, son independientes de la sociedad; pueden existir o no existir, sin que la naturaleza de lo que se llama sociedad sea alterada. Las relaciones implican reciprocidad, son el comercio (commercium) de los individuos. La sociedad no es más que la ocupación en común de una sala; las estatuas, en una sala de museo, están en sociedad, están agrupadas. Siendo tal la significación natural de la palabra sociedad, se sigue de aquí que la sociedad no es la obra de Ti o de Mí, sino de un tercero; ese tercero es el que hace de nosotros compañeros y es el verdadero fundador, el creador de la sociedad.
Lo mismo ocurre en una sociedad o comunidad de prisioneros (los que padecen una misma prisión). El tercero que encontramos aquí es ya más complejo que lo era el anterior, el simple local, la sala-Prisión no designa simplemente un lugar, sino un lugar en relación con sus habitantes. ¿Quién determinará la manera de vivir de la sociedad de prisioneros? La prisión. Pero ¿quién determina sus relaciones? ¿Es también la prisión? ¡Alto! Aquí os detengo. Evidentemente, si entran en relaciones, no puede ser más que como prisioneros, es decir, en cuanto lo permiten los reglamentos de la prisión; pero únicamente ellos crean esas relaciones, es el Yo quien se pone en relación con el Tú; no sólo esas relaciones no pueden ser la obra de la prisión, sino que ésta debe velar para oponerse a toda relación egoísta, puramente personal (las únicas que pueden establecerse realmente entre un Yo y un Tú).
La prisión consiente en que hagamos un trabajo en común, nos mira complacida manejar juntos una máquina o tomar parte en cualquier tarea. Pero si Yo olvido que soy un prisionero y anudo relaciones contigo, igualmente olvidado de tu suerte, ved que eso pone la prisión en peligro: no solamente no puede crear ella semejantes relaciones, sino que no puede siquiera tolerarlas. Y he ahí por qué la Cámara francesa, santa y moralmente pensando, ha adoptado el sistema de la prisión celular; las demás, no menos virtuosamente intencionadas, harán lo mismo para poner un obstáculo a las relaciones desmoralizadoras. Desde que el encarcelamiento es asunto hecho, es sagrado y no es permitido ya atacarlo. La menor tentativa de ese género es punible, como lo es toda rebelión contra una de las sacrosantidades a que el hombre debe entregarse atado de pies y manos. La prisión, como la sala, crea una sociedad, una cooperación, una comunidad (comunidad de trabajo, por ejemplo), pero no unas relaciones, una reciprocidad, ni una asociación. Por el contrario, toda asociación entre individuos nacida a la sombra de la prisión, lleva en sí el germen peligroso de un complot, y esta semilla de rebelión puede, si las circunstancias son favorables, germinar y dar sus frutos.
A la prisión no se va voluntariamente, y es igualmente poco común permanecer en ella por propia voluntad; más bien se alimenta un deseo egoísta de libertad. Es de presumir, pues, que todas las relaciones entre prisioneros serán hostiles a la sociedad realizada por la prisión, y no tenderán a nada menos que a disolver esa sociedad que resulta del cautiverio común.
Dirijámonos, pues, a otras sociedades, a sociedades donde parece que permanecemos con gusto y de nuestro pleno agrado, sin querer comprometer su existencia con nuestras maniobras egoístas.
Como comunidad que cumple estas condiciones, se presenta en primer lugar la familia. Padres, esposos, hijos, hermanos y hermanas, forman un todo o constituyen una familia cuyas alianzas vienen poco a poco a engrosar sus filas. La familia no es realmente una comunidad, más que si todos los miembros observan la ley, la piedad o el amor familiar. Un hijo a quien padre, madre, hermanos y hermanas se han hecho indiferentes, ha sido hijo, pero no manifestándose en cualidad de hijo activamente, tiene tan poca importancia como la unión, desde hace mucho tiempo destruida, de la madre y el hijo por el cordón umbilical. Esta última unión ha existido en otro tiempo, es un hecho que no es posible deshacer y en virtud del cual queda uno irrevocablemente hijo de una madre y hermano de sus otros hijos; pero una dependencia permanente no puede resultar más que de la permanencia de la piedad, del Espíritu de familia. Los individuos no son miembros de una familia en toda la aceptación de la palabra, más que imponiéndose el deber de conservarla. Lejos de poner en cuestión sus fundamentos, ellos deben ser sus conservadores. Hay para todo miembro de la familia una cosa inamovible y sagrada: es la familia, o más exactamente, la piedad. La familia debe subsistir; tal es, para aquel de sus miembros que no se ha dejado invadir por ningún egoísmo antifamiliar, la verdad fundamental, la que no puede desflorar ninguna duda. En una palabra, si la familia es sagrada, ninguno de sus miembros pueden separarse de la misma, so pena de cometer un crimen. Jamás podrá perseguir un interés contrario al de la familia; casarse mal, por ejemplo, le está prohibido. Quien deshonra a su familia, es causa de su vergüenza, etc.
El individuo cuyo instinto egoísta no es bastante fuerte, se somete: concierta el matrimonio que satisface las pretensiones de su familia, escoge una carrera en armonía con su posición, etc., en suma, hace honor a su familia.
Si, por el contrario, la sangre egoísta hierve con bastante ardor en sus venas, prefiere convertirse en el criminal de su familia y sustraerse a sus leyes. (...)
Supongamos que el egoísta haya roto los lazos familiares y encontrado en el Estado un protector contra el Espíritu de familia gravemente ofendido. ¿A qué llega? A formar parte de una nueva sociedad en que su egoísmo va a encontrar los mismos lazos, las mismas redes que aquellos de que acaba de soslayarse. El Estado también es una sociedad y no una asociación: es la extensión de la familia (padre del pueblo, madre del pueblo, hijos del pueblo) ...
Lo que se llama Estado es un tejido, un entrelazamiento de dependencias y adhesiones; es una solidaridad, una reciprocidad cuyo efecto consiste en que todos aquellos entre los cuales se establece esa coordinación se concilian entre sí y dependen los unos de los otros: el Estado es el orden, el régimen de esa dependencia mutua. Aunque el Rey, cuya autoridad repercute sobre quienes tengan el menor empleo público, incluso sobre el criado del verdugo, llegue a desaparecer, no por eso se mantiene menos el orden frente del desorden de la bestialidad por todos aquellos en quienes vela el sentido del orden. Si triunfara el desorden, el Estado se extinguiría.
Sin embargo, ¿es capaz de conquistarnos esa buena inteligencia, esa adhesión recíproca, esa dependencia mutua, ese pensamiento amoroso? Según esto, el Estado sería el amor realizado; vivir en el Estado sería ser para otro y vivir para otro. Pero el Espíritu del orden, ¿no aniquila la individualidad? ¿No se encontrará que todo está lo mejor posible con tal que se llegue por la fuerza a hacer reinar el orden, es decir, a diseminar y a acorralar juiciosamente al rebaño de modo que ninguno pise al andar a su vecino? Todo está dispuesto en el mejor orden y ése se llama Estado.
Nuestras sociedades y nuestros Estados existen, sin que otros los hagamos, pueden aliarse sin que haya alianza entre nosotros; están predestinados y tienen una existencia propia, independiente; frente a Vosotros, los egoístas, son el estado de cosas existente e indisoluble. Todas las luchas de hoy van dirigidas contra el estado de cosas reinante. Pero se desconoce su verdadero objetivo; parecería, de oír a nuestros reformadores, que se trata simplemente de sustituir el orden que existe en la actualidad por otro orden mejor. Es más bien al orden mismo, es decir, a todo Estado (status) , cualquiera que éste sea, al que se debería declarar la guerra y no a tal Estado determinado, a la forma actual del Estado. El objetivo por alcanzar no es otro Estado (el Estado popular, por ejemplo), sino la alianza, la unión, la armonía siempre inestable y cambiante de todo lo que es y no es más que a condición de cambiar sin cesar.
Un Estado existe independientemente de mi actividad; yo nazco en él, crezco en él, tengo para con él deberes y le debo fe y homenaje. Él me acoge bajo sus alas tutelares y Yo vivo de su gracia. Así, la existencia independiente del Estado es el fundamento de mi dependencia; su vida como organismo exige que Yo carezca de libertad y, según su naturaleza, me aplica las tijeras de la cultura. Me da una educación y una instrucción adecuadas a Él y no a Mí, y me enseña, por ejemplo, a respetar las leyes, aguardarme de atentar a la propiedad del Estado (es decir, a la propiedad privada), a venerar una Alteza divina o terrestre, etc.; en una palabra, me enseña a ser irreprochable, sacrificando mi individualidad sobre el altar de la santidad (santo o sagrado en todo lo que se puede imaginar: propiedad, vida de otros, etc.). Tal es la especie de cultura que el Estado es capaz de darme: me adiestra para ser un buen instrumento, un miembro útil a la Sociedad.
Es lo que debe hacer todo Estado, ya sea democrático, absoluto o constitucional. Y lo hará en tanto que no nos hayamos deshecho de la idea errónea de que él es un Yo, y como tal, una persona, moral, mística o política. De esa piel de león del Yo, debo Yo, que soy un verdadero Yo, despojar al vanidoso devorador de cardos. ¡A qué saqueo no he caído Yo desde que el mundo es mundo! Fueron primero el sol, la luna y las estrellas, los gatos y los cocodrilos, los que tuvieron el honor de pasar por Yo; fueron después Jehová, Alá, Nuestro Padre, los que usurparon mi título; luego las familias, las tribus, los pueblos y hasta la humanidad; vinieron al fin el Estado y la Iglesia, siempre con la misma pretensión de ser Yo: y Yo los contemplaba apaciblemente. ¿Qué extraño, pues, que siempre se presentara un Yo real y me haya afirmado en mi cara que no era para mí un Tú, sino buenamente mi propio yo? Si lo hizo el hijo del hombre por excelencia, ¿qué impediría hacer otro tanto a un hijo del hombre? Viendo así a mi Yo siempre por encima y fuera de mí, no he llegado nunca a ser realmente Yo mismo.
Yo no he creído nunca en Mí, no he creído en mi actualidad, y no he sabido jamás verme sino en el porvenir. El niño cree que será verdaderamente él, cuando llegue a ser otro, cuando sea grande; el hombre piensa que sólo más allá de esta vida podrá ser verdaderamente alguna cosa; y para poner un ejemplo más cercano a nosotros, los mejores, ¿no pretenden todavía hoy que antes de ser realmente un Yo, se debe ser un ciudadano libre, un ciudadano del Estado, un hombre libre o un verdadero hombre, haberse incorporado de antemano al Estado, a su Pueblo, a la Humanidad y muchas cosas más? Ellos tampoco conciben ni verdad, ni realidad para el Yo, más que a la aceptación de un Yo ajeno al que uno se sacrifica. ¿Y qué es ese Yo? Un Yo que no es ni un Yo ni un Tú; un Yo imaginario, un fantasma. ( ...)
Se habla de la tolerancia y se alaba como una característica de los Estados civilizados la libertad de expresarse que allí tienen las tendencias más opuestas, etc. Es verdad que mientras algunos lanzan sus policías en persecución de los fumadores en pipa, otros son bastante fuertes para no dejarse conmover por los mitines más turbulentos. Pero debe observarse que para todo Estado, el juego recíproco de las individualidades, los altos y bajos de su vida cotidiana son, en cierto modo, una parte abandonada al azar, una parte que tiene, sí, que abandonarles, a falta de poder canalizarla útilmente. Ciertos Estados hacen como el fariseo que se tragaba los camellos y hacía remilgos ante una mosca, en tanto que otros son más tolerantes; en estos últimos, los individuos son más libres. Pero libre, no lo soy en ningún Estado. Su famosa tolerancia no se ejerce más que en favor de lo que es inofensivo y carente de peligro; no es más que su indiferencia ante las cosas insignificantes; un despotismo más imponente, más augusto y más orgulloso. Cierto Estado ha manifestado durante algún tiempo veleidades de elevarse por encima de las disputas literarias y permitir a todos entregarse a ellas a su pleno agrado. Inglaterra lleva la cabeza demasiado alta para oír el rumor de la multitud y oler el humo del tabaco. Pero, ¡ay de la literatura que ataca el Estado mismo, ay de las revueltas populares que ponen al Estado en peligro! En el Estado a que hacíamos alusión se sueña con una ciencia libre, y en Inglaterra, con una vida popular libre.
El Estado deja jugar libremente todo lo posible a los individuos, con tal que no tomen su juego en serio y no pierdan de vista al Estado. No pueden establecerse de hombre a hombre relaciones que no sean turbadas por la vigilancia e intervención superior. Yo no puedo hacer todo aquello que sería capaz, sino sólo hacer todo aquello que el Estado me permite hacer; no puedo hacer valer ni mis pensamientos, ni mi trabajo, ni, en general, nada de lo que es Mío.
El Estado no persigue más que un fin: limitar, encadenar, sujetar al individuo, subordinarlo a una generalidad cualquiera. No puede subsistir sino a condición de que el individuo no sea para sí mismo Todo en Todo; implica la limitación del Yo, mi mutilación y mi esclavitud. Jamás el Estado se propone estimular la libre actividad del individuo, la sola actividad que alienta es la que se refiere al fin que él mismo persigue. Jamás es capaz el Estado de producir nada colectivo, no se puede decir que un tejido es la obra colectiva de las diferentes partes de una máquina, es más bien la obra de toda la máquina, considerada como una unidad; lo mismo ocurre con todo lo que sale de la máquina del Estado, porque el Estado es el resorte que pone en movimiento los rodajes de los espíritus individuales, de los que ninguno sigue su propio impulso. El Estado trata de ahogar toda actividad libre mediante su censura, su vigilancia y su policía, y considera su deber estrangularla, porque debe conservarse a sí mismo. El Estado quiere hacer del hombre alguna cosa, quiere modelarlo; así el hombre (que viviendo en un Estado no es más que un hombre ficticio), en cuanto quiere ser él mismo, se convierte en el adversario del Estado y no es nada. No es nada significa: el Estado no lo utiliza, no le concede ningún empleo, ninguna comisión, etc.
E. Bauer, en sus Liberalen Bestrebungen (Reivindicaciones liberales, II, 50), sueña con un gobierno que, surgido del pueblo, no pueda nunca encontrarse en oposición con él. Es verdad que él mismo retira (pág. 69) la palabra gobierno. En una República no puede haber gobierno, no hay lugar más que para un Poder ejecutivo. Pura y simple emanación del pueblo, ese Poder no podría oponerse ni a un Poder independiente, ni a principios y funcionarios suyos; no tendría otro fundamento, y su autoridad y sus principios no tendrán otra fuente que el pueblo, única y suprema potencia del Estado. La noción de gobierno es incompatible con la del Estado democrático. Pero eso viene a ser lo mismo. Todo lo que emana, procede o se deriva de una cosa, se hace independiente, y, como el niño salido del seno de la madre, se pone inmediatamente en oposición con ella. El Gobierno, sin ese carácter de independencia y de oposición, no sería absolutamente nada.
En el Estado libre no hay gobierno, etc. (página 94). Esto quiere simplemente decir que el pueblo, cuando es soberano, no se deja gobernar por un poder superior. Pero ¿sucede de otro modo en la Monarquía absoluta? ¿Existe un gobierno superior al soberano? Ya se llame el soberano príncipe o pueblo, jamás puede haber un gobierno por encima de él. Pero en todo Estado absoluto, republicano o libre, habrá siempre un gobierno por encima de Mí, y Yo no estaré mejor en uno que en otro.
La República no es más que una Monarquía absoluta, porque poco importa que el soberano se llame príncipe o pueblo: uno y otro son una majestad.
El régimen constitucional demuestra precisamente que nadie quiere ni puede resignarse a no ser más que un instrumento. Los ministros dominan a un Señor, el príncipe, y los diputados lo hacen a un Señor, el Señor pueblo. El príncipe debe someterse a la voluntad de los ministros y el pueblo debe dejarse llevar cogido de la mano a donde le plazca a las Cámaras. El constitucionalismo va más lejos que la República, puesto que en él, el Estado se concibe en su disolución. (...)
Es un político, y lo seguirá siendo por toda la eternidad, aquel que mete el Estado en su cabeza, en su corazón, o en ambos a la vez; el poseído del Estado o el creyente en el Estado.
El Estado es la condición indispensable del desarrollo integral de la humanidad. Ciertamente, lo fue tanto tiempo como nos propusimos desarrollar la humanidad; pero ahora que queremos desarrollarnos a Nosotros mismos, no puede sernos ya más que un estorbo.
¿Puede proponerse todavía hoy reformar y mejorar el Estado y el pueblo? Tanto como a la nobleza, el clero, la iglesia, etc.; se puede superar, destruir, abolir el Estado, pero no reformarlo. No es reformándolo como se convierte un absurdo en una cosa sensata; más vale desecharlo inmediatamente.
En el futuro no se hablará ya del Estado ( constitución del Estado, etc.), sino de Mí. Todas las cuestiones relativas al Poder soberano, a la Constitución, etc., caen de nuevo así en el abismo de que no habría debido salir, su nada. Yo, esta nada, haré brotar de mí mismo mis creaciones. (...)
* I
Al capítulo de la Sociedad pertenece el del partido, cuyas alabanzas se han cantado en estos últimos tiempos.
Hay en el Estado partidos. ¡Mi partido! ¡Quién no tomaría partido! Pero el individuo es único, y no es miembro de un partido. Libremente se une, y después se separa libremente. Un partido no es otra cosa que un Estado dentro del Estado, y la paz debe reinar en ese pequeño enjambre de abejas como en el grande. Aun aquellos que proclaman con más energía que es precisa la existencia de una oposición en el Estado, son los primeros en indignarse contra la discordia de los partidos. Prueba de que ellos tampoco quieren más que un Estado. Contra el individuo y no contra el Estado se rompen todos los partidos.
Hoy nada se oye más a menudo que la exhortación de fidelidad a su partido; los hombres de partido no desprecian nada tanto como a un renegado. Se debe marchar a ojos cerrados tras su partido, aprobar y adoptar sin reservas todos sus principios. En verdad, el mal no es tan grande aquí como en ciertas sociedades que ligan a sus miembros por leyes o estatutos fijos e inmutables (por ejemplo, las órdenes religiosas, la Compañía de Jesús, etc.). Pero el partido cesa de ser una asociación desde el momento en que quiere hacer obligatorios ciertos principios y ponerlos por encima de toda discusión y de toda crítica: es precisamente ese momento el que marca el nacimiento del partido. El partido del absolutismo no puede tolerar en ninguno de sus miembros la menor duda sobre la verdad del principio absolutista. Esa duda no les sería posible más que si fueran bastante egoístas para querer ser todavía alguna cosa fuera de su partido, es decir, para querer ser imparciales. No pueden ser imparciales más que como egoístas y no como hombres de partido. Si eres protestante y perteneces al partido del protestantismo, no puedes más que mantener a tu partido en el buen camino; en rigor podrías purificarlo, pero no rechazarlo. ¿Eres cristiano, estás alistado en el partido cristiano? No puedes salir de él en cuanto miembro de ese partido; si haces transgresión de su disciplina, será sólo cuando tu egoísmo, es decir, tu imparcialidad, te impulse a ello. Por esfuerzos que hayan hecho los cristianos, hasta Hegel y los comunistas inclusive, para fortificar su partido, han quedado en esto: el cristianismo contiene la verdad eterna, por consiguiente basta extraerla, demostrarla y completarla.
En suma, el partido es contrario a la imparcialidad y esta última es una manifestación del egoísmo. ¿Qué me importa, por otro lado, el partido? Yo encontraré siempre bastantes compañeros que se unan a Mí sin prestar juramento a mi bandera.
Si alguno pasa de un partido a otro se le llama inmediatamente tránsfugo, desertor, renegado, apóstata, etc. La moral, en efecto, exige que uno se adhiera firmemente a su partido; hacerle traición es mancharse con el crimen de infidelidad; pero la individualidad no conoce ni abnegación ni fidelidad de precepto; permite todo, comprendida la apostasía, la deserción y demás. Los morales mismos se dejan dirigir inconscientemente por el principio egoísta cuando tienen que juzgar a alguien que abandona su partido para unirse al de ellos, más aún, no tienen ningún escrúpulo en ir a reclutar partidarios en el campo opuesto. Sólo que deberían tener conciencia de una cosa, y es que es necesario obrar de una manera inmoral para obrar de una manera personal, lo que equivale a decir que es preciso saber romper su fe y hasta su juramento si uno quiere determinarse a sí mismo en lugar de dejarse determinar por consideraciones morales. Un apóstata se pinta siempre bajo colores dudosos a los ojos de las gentes de moralidad severa; no le concederán fácilmente su confianza, porque está manchado por una traición, es decir, por una inmoralidad. Ese sentimiento es casi general entre las gentes de cultura inferior. Los más ilustrados están sobre ese punto, como sobre todos, inciertos y turbados; la confusión de sus ideas no les permite tener claramente conciencia de la contradicción a que los estrecha necesariamente el principio de moralidad. No se atreven a acusar francamente al apóstata de inmoralidad, porque ellos mismos predican, en suma, la apostasía, el paso de una religión a otra, etc.; por otra parte, no se atreven a abandonar su punto de apoyo en la moralidad. ¡Qué excelente ocasión, sin embargo, de echarla por la borda!
¿Los Individuos o los Únicos son un partido?
¡Eh! ¿Cómo podrían ser únicos si perteneciesen a un partido?
¿No se puede, pues, ser de ningún partido? Entendámonos. Al entrar en vuestro partido y en vuestros círculos, Yo concluyo con vosotros una alianza, que durará tanto tiempo como vuestro partido y Yo persigamos el mismo objeto. Pero si hoy me uno todavía a su programa, mañana quizá ya no podré hacerlo y le seré infiel. El partido no tiene para Mí nada que me ligue, nada obligatorio, y Yo no lo respeto; si deja de agradarme, me vuelvo contra él.
Los miembros de todo partido que atiende a su existencia y a su conservación, tienen tanta menos libertad, o más exactamente, tanta menos personalidad, y carecen tanto más de egoísmo, cuando más completamente se someten a todas las exigencias de ese partido. La independencia del partido implica la dependencia de sus miembros.
Un partido, cualquiera que sea, no puede jamás pasarse sin una profesión de fe, porque sus miembros deben creer en su principio y no ponerlo en duda sin discutirlo: debe ser para ellos un axioma cierto e indudable. En otros términos: se debe pertenecer en cuerpo y alma a su partido, de lo contrario, no se es verdaderamente un hombre de partido, sino más o menos egoísta. Si la menor duda acerca del cristianismo acosa en Ti, ya no serás un verdadero cristiano, Tú que habrás tenido la gran impiedad de examinar el dogma y de arrastrar el cristianismo ante el tribunal de tu egoísmo. Te habrás hecho culpable para con el cristianismo, este asunto de partido (asunto de partido, porque no es el asunto, por ejemplo, de los judíos, que son de otro partido). Pero tanto mejor para ti si un pecado no te espanta; tu audaz impiedad va a ayudarte a alcanzar la individualidad. Así, pues, un egoísta, ¿no podrá nunca abrazar un partido, no podrá nunca tener un partido? ¡Pues sí; puede con tal que no se deje coger y encadenar por el partido! (...)
Proudhon (como Weitling) cree hacer la peor injuria a la propiedad calificándola de robo. Sin querer remover esta cuestión embarazosa, preguntamos simplemente: ¿hay una objeción bien seria que hacer al robo? ¿La idea de robo puede subsistir, si no se deja subsistir la idea de la propiedad? ¿Cómo se podría robar si no hubiese propiedad? Lo que no pertenece a nadie no puede ser robado: el que saca agua del mar no roba. Por consiguiente, la propiedad no es un robo; sólo por ella resulta el robo posible. Weitling, que considera todo como la propiedad de todos, ha de llegar necesariamente a la misma conclusión que Proudhon: si alguna cosa pertenece a todos, el individuo que se la apropia es un ladrón.
La propiedad privada vive por la gracia del Derecho. El Derecho es su única garantía, porque poseer un objeto no es aún ser su propietario; lo que Yo poseo no se convierte en mi propiedad más que por la sanción del Derecho; ella no es un hecho, como piensa Proudhon, sino una ficción, una idea; una idea, he ahí lo que es la propiedad que engendra el Derecho, la propiedad legítima, garantizada. No soy Yo quien hago de lo que poseo mi propiedad, es el Derecho.
No obstante, se designa bajo el nombre de propiedad el poder limitado que Yo tengo sobre las cosas (objeto, animal u hombre) de que puedo usar y abusar a mi agrado; el Derecho romano define la propiedad jus utendi et abutendi re sua, quatenus juris ratio patitur, un derecho exclusivo e ilimitado; pero la propiedad tiene por condición el poder. Lo que está en mi poder es mío. En tanto que mantengo mi situación de poseedor de un objeto, sigo siendo su propietario; no si se me escapa, sea cualquiera la fuerza que me lo quite (el hecho, por ejemplo, de que Yo reconozca que otro tiene derecho a él). Propiedad y posesión vienen, pues, a ser lo mismo. No es un derecho exterior a mi poder el que me hace legítimo propietario, sino mi poder mismo y sólo él; si lo pierdo, el objeto se me escapa. Desde el día en que los romanos no tuvieron ya la fuerza de oponerse a los germanos, Roma y los despojos del mundo que diez siglos de omnipotencia habían acumulado dentro de sus murallas, pertenecieron a los vencedores, y sería ridículo pretender que los romanos quedaran, no obstante, sus legítimos propietarios. Toda cosa es la propiedad de quien sabe tomarla y guardarla, y queda siendo de él, en tanto que no le es recogida; así, la libertad pertenece al que la toma.
El poder decide la propiedad; el Estado (ya sea el Estado de los burgueses, de los indigentes, o lisa y llanamente, de los hombres), siendo el único poderoso, es también el único propietario; Yo, el Único, no tengo nada; no soy más que un colono en las tierras del Estado, soy un vasallo, y por consiguiente un siervo. Bajo la dominación del Estado, ninguna propiedad es Mía.
Yo quiero aumentar mi valor, quiero elevar el precio de todas las propiedades de que está hecha mi individualidad, ¿y habría de despreciar la propiedad? ¡Jamás! Del mismo modo que nunca he sido apreciado porque siempre se ponía por encima de Mí al pueblo, la humanidad y otras cien abstracciones, tampoco se ha reconocido plenamente hasta hoy el valor de la propiedad. La propiedad no era más que la propiedad de un fantasma, del pueblo, por ejemplo: mi existencia toda entera pertenecía a la patria; Yo y, como consecuencia, todo lo que llamaba mío, pertenecía a la patria, al pueblo, al Estado.
Se pide a los Estados que pongan fin al pauperismo. Tanto valdría pedirles que se cortasen la cabeza y la pusieran a sus pies, porque en tanto que el Estado es un Yo, el Yo individual debe reducirse a ser un pobre diablo, un no-Yo. El interés del Estado es enriquecerse él mismo; poco le importa que Pedro sea rico y Pablo pobre; igual querría que fuese Pablo el rico y Pedro el pobre, mira al uno enriquecerse y al otro empobrecerse sin conmoverse por su juego de báscula. Como individuos, todos son realmente iguales ante su faz. Y en eso tiene razón: pobre y rico no son para él nada, lo mismo que ante Dios todos somos pobres pecadores. Por otra parte, el Estado tiene un interés muy grande en que esos mismos individuos que hacen de él su Yo, compartan sus riquezas: él los hace participar de su propiedad. La propiedad, de la que hace un cebo y una recompensa para los individuos, le sirve para amansarlos; pero sigue siendo su propiedad, y nadie tiene su disfrute sino en tanto que lleva en su corazón el Yo del Estado, como miembro leal de la sociedad que es; en caso contrario, la propiedad es confiscada o se funde en procesos ruinosos. La propiedad es y sigue siendo, pues, la propiedad del Estado, sin ser nunca la propiedad del Yo. Decir que el Estado no arrebata arbitrariamente al individuo lo que el individuo tiene del Estado, equivale simplemente a decir que el Estado se roba a sí mismo. El que es un Yo de Estado, es decir, un buen ciudadano o un buen súbdito, goza de su feudo con toda seguridad, pero goza de él como Yo del Estado, y no como Yo propio, como individuo. Es lo que expresa el Código cuando define la propiedad, lo que Yo llamo mío por Dios o por el Derecho. Pero Dios y el Derecho no lo hacen mío más que si el Estado no se opone a ello.
En casos de expropiación, de requisa de armas, etcétera, o también, por ejemplo, cuando el fisco recoge una sucesión cuyos derechohabientes no se han presentado en los plazos legales, el principio, habitualmente vedado, salta a la vista de todos; el pueblo, el Estado, es el único propietario; el individuo no es más que un arrendatario.
Yo quería decir esto: el Estado no puede proponerse que un individuo sea propietario en su propio interés, no puede querer que yo sea rico, ni siquiera que Yo posea tan sólo alguna holgura; en cuanto soy Yo, el Estado nada puede reconocerme, nada permitirme, nada concederme. El Estado no puede obviar el pauperismo, porque la indigencia es mi indigencia. El que no es más que lo que hacen de él las circunstancias o la voluntad de un tercero (el Estado), tampoco posee, y ello es perfectamente justo, más de lo que ese tercero le concede. Y ese tercero no le dará más de lo que merece, es decir, el salario de sus servicios. No es él quien se hace valer y quien saca de sí mismo el mejor partido posible, es el Estado.
La economía política trata con predilección sobre esta cuestión. Sin embargo, traspasa el dominio de la política y excede en cien codos del horizonte del Estado, y no conoce más propiedad que la suya y no puede repartir más que ella. El Estado no puede hacer otra cosa que someter la posesión de la propiedad a condiciones, como lo somete todo; por ejemplo, el matrimonio cuya validez depende de su sanción. Pero una propiedad no es mi propiedad más que si es Mía sin condiciones; sólo si estoy incondicionado puedo ser propietario, unirme a la mujer que amo y dedicarme libremente a una actividad.
El Estado no se preocupa ni de Mí, ni de lo Mío, no se preocupa más que de Sí y de lo Suyo; si tengo un valor a sus ojos, sólo es como su hiio, el hijo del país, etc., como Yo mismo, no soy nada para él. Mi vida, sus altos y bajos, mi fortuna o mi ruina, no son para el Estado más que una contingencia, un accidente. Pero si Yo y lo Mío no somos para él más que un accidente, ¿qué prueba eso sino que él es incapaz de comprenderme? Yo excedo a su comprensión, o en otros términos, su inteligencia es demasiado corta para comprenderme. Lo que explica, por otra parte, que no pueden hacer nada por Mí.
El pauperismo es un corolario de la pauperización de Mi, de mi impotencia para hacerme valer. Así, Estado y pauperismo son dos fenómenos inseparables. El Estado no admite que Yo me aproveche de Mí mismo, y no existe más que a condición de que Yo carezca de valor; siempre tiende a sacar provecho de mí, es decir, explotarme, despojarme, o hacerme servir para alguna cosa, aunque no fuese más que para cuidar de una prole (proletariado) quiere que Yo sea su criatura.
El pauperismo no podrá ser superado hasta el día en que mi valor no dependa más que de Mí, lo fije Yo mismo y Yo mismo establezca su precio. Si quiero verme en alza, cosa Mía es alzarme y levantarme.
Haga lo que haga, ya fabrique harina o algodón, o extraiga con gran esfuerzo el carbón y el hierro de la tierra, ése es mi trabajo y Yo mismo quiero extraer de él todo el provecho posible. Quejarme no serviría de nada, mi trabajo no será pagado en lo que vale; el comprador no me escuchará y el Estado hará igualmente oídos sordos hasta el momento en que crea necesario apaciguarme para prevenir la explosión de mi terrible poder. Pero esas medidas de aplacamiento que usa a guisa de válvula de seguridad son todo lo que Yo puedo esperar de él; si se me ocurre reclamar más, el Estado se volverá contra Mí y me hará sentir sus uñas y sus garras, porque es el Rey de los animales, el león y el águila. Si el precio que él fija a mi trabajo y a mis mercancías no me satisface, y si intento fijar Yo mismo el valor correspondiente a mis productos, es decir, me las compongo para que Yo sea pagado por mis esfuerzos, chocaré con un desahucio absoluto en el consumidor. Si este conflicto se desenlazara por un acuerdo entre las dos partes, el Estado no encontraría en ello nada que replicar, porque le importa poco cómo los particulares se arreglan entre sí, desde el momento en que no causa ningún perjuicio a su inteligencia. No se juzga ofendido ni puesto en peligro más que, cuando al no encontrar un terreno de acuerdo, los antagonistas llegan a las manos. Son esas relaciones inmediatas de hombre a hombre lo que el Estado no puede tolerar; debe interponerse como mediador, tiene que intervenir. El Estado, asumiendo ese papel de intercesor, ha venido a ser lo que era Jesucristo, lo que eran la Iglesia y los Santos, un mediador. Separa a los hombres y se interpone entre ellos como Espíritu. (...)
* II
El Estado me permite sacar provecho de todos mis pensamientos y utilizarlos en mi relación con los hombres (ya saco de ellos un precio con el solo hecho, por ejemplo, de que me valen el aprecio o la admiración de los oyentes); el me lo permite, pero con la condición de que mis pensamientos sean sus pensamientos. Si alimento, por el contrario, pensamientos que él no puede aprobar, es decir, hacer suyos, me prohibe formalmente realizar su valor, cambiarlos y relacionarme con ellos. Mis pensamientos no son libres, sino cuando el Estado lo permite, es decir, cuando son pensamientos del Estado. Él no me deja filosofar con libertad, si no me muestro filósofo de Estado; pero no puedo filosofar contra el Estado, aunque él me permita con gusto remediar sus imperfecciones, enderezarlo. Lo mismo, pues, que yo no puedo considerar mi Yo como legítimo más que si lleva la estampilla del Estado y puede exhibir los certificados y pasaportes que este último le ha concedido graciosamente, de igual modo no estoy autorizado a hacer valer lo Mío más que si lo tengo por lo suyo, por un feudo dependiente del Estado. Mis caminos deben ser sus caminos, de lo contrario me tapa la boca. Nada es más temible para el Estado que el valor del Yo; no hay nada de lo que deba separarme más cuidadosamente, que de toda ocasión de valorarme Yo mismo. Yo soy el adversario inconciliable del Estado, que no puede escapar al torno del dilema: él o Yo. Así no trata solamente de paralizar el Yo, sino además, de alquilar lo Mío. No hay en el Estado ninguna propiedad, es decir, ninguna propiedad del individuo: no hay más que propiedades del Estado. Lo que Yo tengo, no lo tengo más que por el Estado; lo que soy, no lo soy sino por él. Mi propiedad privada es la que el Estado me concede de su propiedad y en la medida que la limita (la priva) a otros de sus miembros, es una propiedad del Estado.
Pero por más que haga el Estado, Yo siento cada vez más claramente que me queda un poder considerable; tengo un poder sobre Mí mismo, es decir, sobre todo lo que no es, ni puede ser más que Mío y que no existe sino porque es Mío.
¿Qué hacer cuando mi camino no es ya el suyo, cuando mis pensamientos no son ya los suyos? Pasar de largo y no contar más que conmigo mismo y sobre Mí mismo. Mi propiedad real, aquella de que puedo disponer a mi agrado, con la que puedo traficar a mi gusto, son mis pensamientos, a los que no hace falta una sanción y que me importa poco ver legitimar por un destino, una autorización o una gracia. Siendo Míos, son mis criaturas y Yo puedo abandonarlos por otros; si los cedo a cambio de otros, esos otros vienen a ser, a su vez, mi propiedad.
¿Qué es, pues, mi propiedad? Lo que está en mi poder y nada más. ¿A qué estoy legítimamente autorizado? A todo aquello que puedo. Yo me doy el derecho de propiedad sobre un objeto por el solo hecho de que me apodero de él, o en otros términos, me hago propietario de derecho cada vez que me hago propietario por la fuerza; al darme el poder, me doy el título.
Mientras no podáis arrebatarme mi poder sobre una cosa, esa cosa sigue siendo mi propiedad. ¡Pues bien, sea! ¡Que la fuerza decida de la propiedad y Yo esperaré todo de mi fuerza! El poder ajeno, el poder que yo dejo a otro ha hecho de mí un siervo; ¡que mi propio poder haga de mí un proletario! Vuelva yo, pues, a entrar en posesión del poder que he abandonado a los demás, ignorante como era de la fuerza de mi poder. A mis ojos, mi propiedad se extiende hasta donde se extiende mi brazo; Yo reivindicaré como mío todo lo que soy capaz de conquistar y extenderé mi propiedad hasta donde llegue mi derecho, es decir, mi poder.
El egoísmo, el interés personal han de decidir, y no el principio de amor, las razones sentimentales como caridad, indulgencia, benevolencia o siquiera equidad y justicia (porque la justicia también es un fenómeno de amor, un producto del amor); el amor no conoce más que el sacrificio y exige la abnegación. ¿Sacrificar alguna cosa? ¿Privarse de alguna cosa? El egoísta ni lo piensa; dice simplemente: ¡aquello de lo que tengo necesidad me es preciso y lo tendré!
Todas las tentativas de someter la propiedad a leyes racionales tienen su fuente en el amor y conducen a un borrascoso océano de reglamentaciones y de coerción. El socialismo y el comunismo tampoco constituyen una excepción. Cada cual debe estar provisto de medios de existencia suficientes y poco importa que estos medios los encuentre, según la idea socialista, en una propiedad personal, o que, con los comunistas, los obtenga de la comunidad de bienes. Los individuos no conocerán más que la dependencia. El tribunal arbitral a quien encarguéis de repartir equitativamente los bienes no me concederá más que la parte que me haya medido su espíritu de equidad, su benévolo cuidado de las necesidades de todos. Yo, el individuo, no veo menor obstáculo en la riqueza de la colectividad que en la riqueza de los demás individuos, porque ni una ni otra me pertenecen. Ya estén los bienes en manos de la comunidad que me concede una parte, o en manos de los particulares, resulta siempre para mí la misma coerción, puesto que en ningún caso puedo disponer de ellos. Más aún, aboliendo la propiedad personal, el comunismo se constituye en un nuevo Estado, un status, un orden de cosas destinado a paralizar la libertad de mis movimientos, un poder soberano superior a Mí; él se opone con razón a la opresión de los individuos propietarios, de los que Yo soy víctima, pero el poder que da a la comunidad es más tiránico aún.
El egoísmo sigue otro camino para la supresión de la miseria de la plebe. Él no dice: aguarda lo que una autoridad cualquiera, encargada de repartir los bienes en nombre de la comunidad, te dé en su equidad (porque de un don es de lo que se trata siempre en los Estados, recibiéndolo cada uno según sus méritos, es decir, sus servicios); él dice: pon la mano sobre aquello que necesitas y tómalo. Es la declaración de guerra de todos contra todos. Sólo Yo soy juez de lo que quiero tener.
En verdad, esa sabiduría no es nueva, pues eso siempre lo han hecho los egoístas. Poco importa que la cosa no sea nueva si sólo desde hoy se tiene conciencia de ella; y esa conciencia no puede pretender una gran antigüedad (a menos que la hagáis remontar a las leyes de Egipto y de Esparta); bastaría vuestra objeción y el desprecio con que habláis del egoísta para probar que está poco extendida. Lo que es preciso decir es que el acto de poner la mano sobre un objeto despreciable es puramente el hecho del egoísta consciente y consecuente consigo mismo.
Sólo cuando no espere ya ni de los individuos ni de la comunidad lo que puedo darme Yo mismo, escaparé de las cadenas del amor; la plebe no dejará de ser plebe hasta el día en que tome lo que necesita. No es plebe sino porque teme tomarlo y teme el castigo que seguiría. Tomar es un pecado, tomar es un crimen; he ahí el dogma, y ese dogma por sí mismo basta para crear la plebe; pero si la plebe continúa siendo lo que es, ¿de quién será culpa? De ella, en primer término, que admite ese dogma, y en segundo lugar de quienes por egoísmo (para devolverles su injuria favorita), quieren que sea respetado. No se tiene conciencia de esta nueva sabiduría, y la vieja conciencia del pecado es la causa de ella.
Si los hombres llegan a perder el respeto de la propiedad, cada individuo tendrá una propiedad, lo mismo que todos los esclavos se hacen hombres libres desde que dejan de respetar en su Señor a un Señor. Entonces podrán concluirse alianzas entre individuos, asociaciones egoístas, que tendrán por efecto multiplicar los medios de acción de cada cual y afirmar su propiedad, sin cesar amenazada.
Según los comunistas, la comunidad debe ser propietaria. Por el contrario, Yo soy propietario, y no hago más que entenderme con otros acerca de mi propiedad. Si la comunidad va contra mis intereses, Yo me sublevo contra ella y me defiendo. Soy propietario, pero la propiedad no es sagrada. ¿No seré; pues, meramente poseedor? ¡Eh, no! Hasta hoy, no se era poseedor, no se tenía una parcela, sino porque igualmente se dejaba a otros la propiedad de su parcela. Pero en adelante todo me pertenece; soy propietario de todo lo que necesito y puedo apoderarme. Si el socialista dice: la Sociedad me da lo que me hace falta, el egoísta responde: Yo tomo lo que necesito. Si los comunistas obran como indigentes, el egoísta obra como propietario.
Todas las tentativas basadas en el principio del amor que tienen por objeto el alivio de las clases miserables han de fracasar. La plebe sólo puede ser ayudada por el egoísmo: esta ayuda debe prestársela a sí misma, y eso es lo que hará. La plebe es un poder, con tal que no se deje domar por el miedo. Las gentes perderían todo respeto de no haberles enseñado a tener miedo, decía el espantajo del gato con botas. Por consiguiente, la propiedad no puede, ni debe abolirse; de lo que se trata es de arrebatársela a los fantasmas para convertirla en mi propiedad. Entonces se desvanecerá esa ilusión de que Yo no pueda tomar todo cuanto necesite.
¡Pero de cuántas cosas tiene el hombre necesidad! Quién tiene necesidad de mucho y se ingenia para tomarlo, ¿se ha creído nunca en falta por apropiárselo? Napoleón ha tomado Europa y los franceses Argel. Lo que convendría es que el populacho al que paraliza el respeto, aprenda, por fin, a procurarse lo que le hace falta. Si va demasiado lejos y si os juzgáis ofendidos, ¡pues bien!, defendeos; no debéis hacerle regalos benévolamente. Cuando él se conozca, o más bien, cuando se reconozca como populacho, lo rechazarán de la misma manera que rehusarán vuestras limosnas. Pero es perfectamente ridículo declarar pecador y criminal a quien ya no pretende vivir de vuestros beneficios y quiere salir adelante por él mismo. Vuestros dones lo engañan y le hacen perder la paciencia. Defended vuestra propiedad, seréis fuertes; pero si queréis guardar la facultad de dar y gozar tantos más derechos políticos cuantas más limosnas podáis hacer (impuesto de los pobres), eso durará tanto como lo toleren quienes agraciáis.
La cuestión de la propiedad no es, creo haberlo mostrado, tan sencilla de resolver como se lo imaginan los socialistas e incluso los comunistas. No será resuelta más que por la guerra de todos contra todos. Los pobres no llegarán a ser libres y propietarios más que cuando se insurreccionen, se subleven, se eleven. Les deis, lo que les deis, querrán siempre más, porque no quieren nada menos que la supresión de todo don.
Se preguntará. Pero ¿qué pasará cuando quienes carecen de fortuna hayan cobrado ánimos? ¿Cómo se realizará la nivelación? Tanto valdría pedirme que sacara el horóscopo de un niño. ¿Lo que hará un esclavo cuando haya roto sus cadenas? ... Aguardad y lo sabréis. (...)
* III
El principio de la competencia está estrechamente ligado al principio de la ciudadanía. ¿Es otra cosa que la igualdad? Y la igualdad, ¿no es precisamente un producto de esa Revolución que hizo la burguesía o la clase media? Nada impide a nadie rivalizar con todos los demás miembros del Estado (excepto el príncipe, porque representa al Estado), cada cual puede tratar de elevarse al rango de los demás e incluso superarlo, hasta arruinarlos, despojarlos y arrancarles hasta los últimos jirones de su fortuna. Eso prueba con toda evidencia que ante el tribunal del Estado cada uno no tiene el valor más que de un simple individuo y no debe contar con ningún favor. Superaos el uno al otro, exaltaos el uno al otro cuanto queráis y cuanto podáis, yo, el Estado, no tengo nada que ver en ello. Sois libres de competir entre vosotros, sois competidores y la competencia es vuestra posición social. Pero ante mí, el Estado, no sois más que simples individuos.
La igualdad que se ha establecido teóricamente como principio entre todos los hombres, encuentra su aplicación y su realización práctica en la competencia, porque la igualdad no es más que la libre competencia. Todos son, frente al Estado, simples particulares y en la Sociedad, es decir, en la relación de unos con otros, competidores.
Yo no tengo que ser más que un simple individuo para poder competir con cualquier otro hombre, excepto el príncipe y su familia. Esta libertad era en tiempos pasados imposible, puesto que no se gozaba de la libertad de hacerse valer más que en la corporación y por la corporación. Bajo el sistema de las corporaciones y del feudalismo, el Estado concedía privilegios, en tanto que bajo el régimen de la competencia y del liberalismo se limita a otorgar patentes (título dado a un candidato, estableciendo que tal profesión le está abierta).
Pero la libre competencia, ¿es realmente libre? ¿Es siquiera verdaderamente una competencia, es decir, un concurso entre las personas? Es lo que pretende ser, puesto que funda su derecho precisamente en ese título. En efecto, se origina del hecho que las personas han sido liberadas de toda dominación personal. ¿Puede decirse que la competencia es libre cuando el Estado, soberano por el principio de la burguesía, se ingenia en restringirla de mil maneras?
Ved un rico fabricante que hace grandes negocios y al que yo querria hacerle la competencia.
Hazla -dice el Estado -; por mi parte, nada veo que se oponga a que la hagas como persona.
¡Sí, pero me haría falta un lugar para mi instalación, me haría falta dinero!
Esto es grave, pero si no tienes dinero, no puedes pensar en competir. Y no cabe que Tú tomes nada a nadie, porque yo protejo la propiedad y sus privilegios.
La libre competencia no es libre porque los medios de competir, las cosas necesarias para la competencia, me faltan. Contra mi persona, nada se tiene que objetar; pero como yo no tengo la cosa, preciso es que mi persona renuncie. ¿Y quién está en posesión de los medios, quién tiene esas cosas necesarias? ¿Es quizá tal o cual fabricante? ¡No; porque en ese caso, yo podría apropiármelas! El único propietario es el Estado; el fabricante no es propietario; lo que posee no lo tiene más que a titulo de concesion, de deposito.
¡Vamos, sea! Si no puedo nada contra el fabricante, me voy a competir con ese profesor de Derecho; es un necio, y yo sé cien veces más que él: haré desertar a su auditorio.
¿Has hecho tus estudios, amigo mío, y te has promocionado?
No; mas ¿para qué? Poseo ampliamente los conocimientos necesarios para esa enseñanza.
Lo siento; pero aquí la competencia no es libre. Contra tu persona nada hay que decir, pero la cosa esencial te falta; el diploma de doctor. ¡Y ese diploma, yo, el Estado, lo exijo! Pídemelo primero muy cortésmente y luego veremos lo que hay que hacer.
He aquí a qué se reduce la libertad de la competencia. Preciso es que el Estado, mi Señor, me confiera el derecho a competir.
Pero además, ¿son en realidad las personas quienes compiten? ¡No, una vez más son las cosas! El dinero, en primer lugar, etc.
En la lucha habrá siempre vencidos (así el poeta mediocre deberá ceder la palma, etc.). Pero lo que importa distinguir es si los medios que faltan al competidor desgraciado son personales o materiales y pueden adquirirse mediante la capacidad personal, o si únicamente pueden obtenerse por un favor, como simples dones; por ejemplo si el pobre ha de dejar su riqueza al rico, es decir, regalársela. En suma, si es preciso que Yo aguarde la autorización del Estado para obtener los medios o utilizarlos (por ejemplo, cuando se trata de un diploma), esos medios son una gracia del Estado.
Tal es, en el fondo, el sentido de la libre competencia. El Estado considera a todos los hombres como sus hijos iguales; libre es cada uno de hacer todo lo que pueda para merecer los bienes y los favores que el Estado dispensa. Así todos se lanzan en persecución de la fortuna, de los bienes (dinero, empleo, títulos, etc.), en una palabra, de las cosas.
En el sentido burgués, todo hombre posee, cada cual es propietario. ¿Cómo explicar, pues, que la mayor parte de los hombres tengan tanto como nada? Ello se debe a que la mayor parte son plenamente dichosos con ser propietarios, aunque no sea más que de algunos harapos, como los niños se regocijan con su primer pantalón o con la primera moneda que se les ha dado. Examinemos con detalle esta cuestión. El liberalismo declaró que la esencia del hombre no era la propiedad, sino ser propietario. No aplicándola más que al Hombre y no al individuo, la extensión de esta propiedad, que sólo interesa al individuo, fue menospreciada. De aquí que el egoísmo del individuo, con las manos libres respecto a esta extensión, se lanzara infatigable a la competencia.
El egoísmo feliz debía causar recelos a quien estaba menos favorecido; este último, apoyándose siempre sobre el principio de humanidad, planteó la cuestión del cociente de reparto de los bienes sociales y la resolvió así: El hombre debe tener tanto como le es necesario.
Pero ¿podrá contentarse con eso mi egoísmo? Las necesidades del Hombre no son, en modo alguno, una medida aplicable a Mí, y a mis necesidades, porque Yo puedo necesitar más o menos. No, Yo debo tener tanto como soy capaz de apropiarme.
Cada uno tiene a su disposición los medios de competir, porque esos medios (y ahí está el vicio fundamental de la competencia) no dependen de la persona, sino de circunstancias enteramente independientes a ella. La mayor parte de los hombres están desprovistos de esos instrumentos, y por tanto, de los bienes que podrían obtener de ellos.
Así, los socialistas reclaman para todos los hombres los instrumentos y aspiran a una sociedad que proporcione estos instrumentos a todos. No reconocemos, dicen, tus riquezas (haber), como tu riqueza (poder). Tú tendrás que crearte otra riqueza proveerte de otros medios de acción que serán tu fuerza de trabajo. El hombre es hombre como poseedor de un haber, como el poseedor y por ello respetamos provisionalmente a ese poseedor que llamábamos propietario. Tú posees las cosas, mientras no te sean arrebatadas a tu propiedad.
Quien posee es rico, pero sólo en tanto los demás no lo sean. Y como tu mercancía no constituye tu riqueza sino mientras seas capaz de mantenerla en tu posesión, es decir, por tanto tiempo como Nosotros no tengamos poder sobre ella, bueno será que tú trates de procurarte otros medios de acción, porque nuestro poder supera hoy tu pretendida riqueza.
Mucho se ha conquistado al poder ser considerado como poseedor. La servidumbre desaparece y el hombre que hasta entonces debía la prestación personal a su Señor y era aproximadamente la propiedad de este último, viene a ser, a su vez, un Señor. Pero en adelante no es suficiente que poseas y tu haber no será reconocido, pero tu trabajar y tu trabajo aumentan de valor. Tú no vales a Nuestros ojos sino en la medida en que pones en acción las cosas, del mismo modo que en otro tiempo, en tu posesión. Tu trabajo es tu riqueza. En adelante, Tú ya no eres dueño o poseedor más que de lo producido por Ti, no de lo heredado.
Mientras tanto, como no existe posesión cuyo origen no sea la herencia, como todas las monedas que forman tu haber tienen la efigie de la herencia y no la efigie del trabajo, preciso es que todo sea refundido en el crisol común. Pero ¿es cierto, como lo piensan los comunistas que mi riqueza no consista más que en mi trabajo? ¿No consiste más bien en todo aquello de que pueda apoderarme? La Sociedad de los trabajadores misma está obligada a convenir en ello, puesto que ayuda a los enfermos, a los niños, en una palabra, a los que no pueden trabajar. Ellos todavía son capaces, por ejemplo, de que procuréis la conservación de su vida. Y si son capaces es porque poseen un poder sobre Vosotros. No concederíais nada a quien no ejerciera absolutamente ningún poder sobre vosotros; éste, sólo podría desaparecer.
¡Tu riqueza consiste en todo aquello de que puedes apoderarte! Si eres capaz de procurar un placer a millares de hombres, esos millares de hombres te darán honorarios, porque está en tu poder dejar de serles agradable. Pero si no eres capaz de interesar a nadie, ya puedes morirte de hambre.
¿No debo, pues, Yo, que soy capaz de mucho, tener la ventaja sobre los que pueden menos? Henos aquí sentados a la mesa ante la abundancia, ¿voy a abstenerme de servirme lo mejor que pueda y a aguardar lo que me toque en un reparto igual? Contra la competencia se levanta el principio de la sociedad de los indigentes, el principio del reparto igual.
El individuo no soporta ser considerado más que como una fracción, una parte alícuota de la sociedad, porque es más que eso; su unicidad se subleva contra esa concepción que lo disminuye y lo rebaja.
Por eso no admite que los demás le adjudiquen su parte. No aguarda su riqueza más que de sí mismo, y dice: lo que yo soy capaz de procurarme es mi riqueza. ¿Qué riqueza no posee el niño en su sonrisa, en sus gestos, en su voz, en el solo hecho de que existe! ¿Sois capaces de resistir a su deseo? Así, madre, ¿no le ofreces tu seno, y Tú, padre, no te privas de muchas cosas para que no le falte nada? Él os obliga y por eso mismo posee lo que vosotros creéis vuestro. Si Yo tengo adhesión a tu persona, tu existencia tiene ya para Mí un valor; si no tengo necesidad más que de una de tus facultades, es tu complacencia o tu asistencia la que tiene un precio a mis ojos y que yo compro.
¿No estimas en Mí más que el dinero? Era el caso de los ciudadanos alemanes vendidos por dinero y expedidos a América, cuya historia cuenta la odisea. ¿Se dirá que el vendedor debía hacer mayor caso de ellos, que se dejaron vender? Él prefería el dinero contante a aquella mercancía viviente que no había sabido hacerse preciosa a sus ojos. Si no reconocía en ellos un valor mayor es que en definitiva su mercancía no valía gran cosa.
La práctica egoísta consiste en no considerar a los demás ni como propietarios, ni como indigentes o trabajadores, sino en ver en ellos una parte de vuestra riqueza, objetos que os pueden servir. Siendo así, no pagaréis nada al que posee (al propietario), no pagaréis nada al que trabaja, no daréis más que a quien necesitéis. ¿Tenemos necesidad de un Rey?, dicen los americanos del Norte. Y responden: no daríamos un céntimo ni por él ni por su trabajo.
Cuando se dice que la competencia lo pone todo al alcance de todos, se expresa uno de modo inexacto; es más justo decir que, gracias a ella, todo está a la venta. Poniendo todo a la disposición de todos, lo entrega a su apreciación y pide un precio.
Pero a los aficionados les falta con la mayor frecuencia el medio de hacerse compradores: no tienen dinero. Con dinero se puede obtener todo lo que está a la venta, pero justamente es el dinero lo que falta. ¿Dónde tomar el dinero, esa propiedad móvil o circulante? Sabe, pues, que tienes tanto dinero cuanto poder tengas, porque Tú tienes el valor que sabes darte.
No paga uno con dinero del que puede estar escaso, sino con su riqueza, su poder, pues no se es propietario más que de aquello de que se es dueño. Weitling ha imaginado un nuevo instrumento de cambio, el trabajo. Pero el verdadero instrumento de pago aún es, como siempre, nuestra riqueza. Tú pagas con lo que tienes en tu poder. ¡Piensa, pues, en aumentar tu riqueza!
Concediendo ello, llegamos inmediatamente a la máxima: A cada uno según sus medios. Pero ¿quién me dará según mis medios? ¿La sociedad? Entonces tendría que someterme a su apreciación. No, Yo tomaré según mis medios.¡Todo pertenece a todos! Esta proposición procede también de una teoría fútil. A cada cual pertenece solamente lo que él puede. Cuando Yo digo: el mundo es para Mí, ésa es también una frase vacía de sentido, a menos que Yo simplemente quiera dar a entender que no respeto ninguna propiedad ajena. Sólo es mío lo que Yo tengo en mi poder, lo que depende de mi fuerza. No se es digno de tener lo que se deja arrebatar por debilidad; no se es digno porque no se es capaz de guardarlo.
Se hace gran ruido con la injusticia secular de los ricos con los pobres. ¡Como si fuera culpa de los ricos que existan pobres, y no fueran también los pobres culpables de que haya ricos! ¿Qué diferencia hay entre ellos sino la que separa la potencia de la impotencia y a los capaces de los incapaces? ¿Qué crimen han cometido los ricos? ¡Son duros! Pero, ¿quién ha mantenido a los pobres, quién ha atendido su subsistencia cuando ya no podían trabajar, quién ha esparcido con profusión las limosnas, esas limosnas cuyo nombre mismo significa compasión? Los ricos, ¿no fueron siempre compasivos? ¿No fueron siempre caritativos? Y los impuestos para los pobres, los hospicios, los establecimientos de beneficencia de toda especie, ¿de dónde vienen?
Pero todo eso no os basta. Los ricos deberían, ¿no es eso? repartir con los pobres. En una palabra deberían suprimir la miseria. Sin contar con que apenas hay uno de vosotros que consintiera en repartir, y que ése sería un loco, preguntaos: ¿Por qué los ricos habrían de despojarse y sacrificarse cuando a los pobres esta acción les sería mucho más provechosa? Tú, que percibes un peso al día, eres un rico al Iado de millares de hombres que viven con diez sueldos; ¿tu interés es repartir con ellos, o más bien es el suyo?
Cuando menos, la competencia está ligada a la intención de hacer las cosas lo meior posible, lo más lucrativamente posible, con el menor gasto y el mayor beneficio que cabe. Así, no se estudia más que para crearse una posición (Brotstudium), se aprenden las reverencias y las buenas maneras, se procura adquirir la rutina y el conocimiento de los negocios, se trabaja por la forma. Y si aparentemente se trata de cumplir bien las funciones propias, no se tiende en realidad más que a hacer un buen negocio. Se trabaja en una profesión cualquiera, según se dice, por amor del oficio, pero en realidad por amor del beneficio. Si alguien se hace censor no es porque el oficio sea atractivo, sino porque la posición no es desagradable, y se puede ascender posteriormente. No faltará quien quisiera administrar, hacer justicia, etc., con toda conciencia, pero teme ser trasladado o separado: ante todo, es preciso vivir.
Toda esa práctica es, en suma, una lucha por esta querida vida, una serie de esfuerzos interrumpidos para ascender gradualmente a un mayor o menor bienestar. Y todas sus penas y todos sus cuidados no producen a la mayor parte de los hombres más que una vida amarga, una amarga indigencia. ¡Tanto ardor por tan poca cosa!
Una infatigable ansia de botín no nos deja respirar y detenernos en un goce apacible. No conocemos la alegría de poseer.
La organización del trabajo no se refiere sino a aquellos trabajos que otros pueden hacer en nuestro lugar, por ejemplo, el del carnicero, el del labrador, etc., pero hay trabajos que siguen siendo de la incumbencia del egoísmo, puesto que nadie puede ejecutar por Vosotros el cuadro que pintáis, producir vuestras composiciones musicales, etc., nadie puede hacer la obra de Rafael. Estos últimos trabajos son los de un Único, son las obras que solamente este Único puede llevar a cabo mientras que los primeros son trabajos banales que podrían llamarse humanos, puesto que en ellos, la individualidad carece de importancia y cabe enseñarlos más o menos a todos los hombres.
Como la Sociedad no puede tomar en consideración más que los trabajos que presentan una utilidad general, los trabajos humanos, su solicitud no puede extenderse a la obra del Único; su intervención en este caso podría ser incluso perjudicial. El Único podrá, sí, elevarse en la Sociedad por su trabajo, pero la Sociedad no puede elevar al Único.
Por consiguiente, siempre es de desear que nos unamos para los trabajos humanos, a fin de que no absorban ya todo nuestro tiempo y nuestros esfuerzos como lo hacían bajo el régimen de la competencia. Desde ese punto de vista, el comunismo está llamado a dar sus frutos. Aquello de que todo el mundo es capaz o puede hacerse capaz estaba antes del advenimiento de la burguesía en poder de algunos y negado a todos los demás: era el tiempo del privilegio. La burguesía consideró justo permitir a todos el acceso a lo que parecía convenir a cualquiera que sea hombre. Sin embargo, lo que permitía a todos, no lo daba realmente a nadie; solamente dejaba a cada cual libre de apoderarse de ello por sus esfuerzos humanos. Todas las miradas se dirigieron hacia esos bienes humanos, que desde entonces sonreían a todos los transeúntes, y resultó esa tendencia que se oye deplorar a cada instante bajo el nombre de materialismo de las costumbres.
El comunismo trata de frenarlo divulgando la creencia de que los bienes humanos no exigen tanto trabajo y que, en una organización juiciosa, pueden obtenerse sin el gran gasto de tiempo y de energías al parecer imprescindibles hasta el presente.
Pero ¿para quién hay que ganar tiempo? ¿Por qué tiene el hombre necesidad de más tiempo que el preciso para reanimar sus fuerzas, agotadas por el trabajo? Aquí el comunismo se calla.
¿Por qué? ¡Pues bien, para gozar de sí mismos como Únicos, después de haber hecho su parte como hombres!
En la primera alegría de verse autorizado a alargar la mano hacia todo lo que es humano, no se pensó ya en desear otra cosa y se lanzaron por los caminos de la competencia en persecución de lo humano, como si su posesión fuera el objeto de todos nuestros votos.
Pero después de una carrera desenfrenada se advierte al fin que la riqueza no da la felicidad. Y trata uno de procurarse lo necesario con menos gasto y de no consagrarle más que el tiempo y los trabajos indispensables. La riqueza se encuentra despreciada y la pobreza satisfecha, la indigencia olvidada se convierte en el seductor ideal.
¿Es necesario que ciertas funciones humanas para las que todo el mundo se cree apto, estén mejor remuneradas que las demás y que para alcanzarlas se entreguen todas las fuerzas y toda la energía? La frase empleada con tanta frecuencia: ¡Ah, si yo fuese ministro, si yo fuese el ... eso no pasaría así!, expresa la convicción de que uno se siente capaz de representar el papel de uno de esos dignos personajes que gozan de bienes y de privilegios desmesurados en comparación de los que ocupan los grados inferiores de la escala social.
* IV
Sin embargo, estos últimos, inspirados primero por la doctrina socialista, más tarde, sin duda, también por un sentimiento egoísta, se atreven a preguntar: ¿Qué es, pues, lo que hace la seguridad de vuestra propiedad, señores privilegiados? y responden ellos mismos: ¡Vuestra propiedad está segura, porque nos abstenemos de atacarla! ¿Y qué nos dáis en recompensa? No tenéis para la gente menuda más que desprecio y puntapiés, la vigilancia de la policía y un catecismo con un principio fundamental: ¡Respeta lo que no es tuyo, lo que pertenece a Otro! ¡Respeta a los demás, y en particular a tus superiores! A eso respondemos: ¿queréis nuestro respeto? Sea, comprádnoslo, he aquí el precio que pedimos por él. Queremos, sí, dejaros vuestra propiedad, pero mediante una compensación suficiente. ¿Qué compensación recibimos de vosotros por comer patatas, mirándoos tranquilamente sorber vuestras ostras? Compradnos tan sólo estas ostras al precio que nosotros tenemos que compraros las patatas, y podréis continuar comiéndolas en paz. ¿Os imagináis quizá que las ostras no son tan Nuestras como Vuestras? Clamaríais por la violencia si nos viérais llenar nuestro plato con ellas y ponernos a consumirlas por Vosotros, y tendríais razón. Sin violencia, no las tendremos, del mismo modo que Vosotros sólo las tenéis porque hacéis violencia sobre Nosotros.
Pero pasemos a una propiedad que nos toca más de cerca, al trabajo.
Nosotros padecemos doce horas al día con el sudor en nuestra frente y nos dais por eso algunas piezas de bronce. ¡Pues bien! Haceos pagar vuestro trabajo al mismo precio. ¡Eso no os resulta! ¿Os imagináis acaso que nuestro trabajo está regiamente pagado, en tanto que el vuestro vale un sueldo de veinte mil pesos? Pero si no tasarais el vuestro a tan alto precio, y si no dejáseis sacar mejor partido del nuestro, ¿quién os dice que no seríamos capaces de producir cosas más importantes que todo lo que habéis hecho hasta aquí con vuestros millares de pesos? Si no recibiérais más que un salario como el nuestro, os volveríais pronto más asiduos para ganar más. Por nuestra parte, proyectamos también trabajos que nos pagaréis mejor que con nuestro salario habitual. De acuerdo con tal que se entienda que nadie haga ni reciba regalos.
Y hasta podemos sostener con nuestro propio pecunio a los achacosos, los enfermos y los ancianos, para que la miseria no nos los arrebate. Si queremos que vivan, debemos comprar la satisfacción de ese deseo. Digo bien: que la compramos; no pienso de ningún modo en una miserable limosna. Su vida es también su propiedad, incluso para quienes no pueden trabajar; y si queremos (no importa por qué razón) que no nos priven de esa vida que les pertenece, no hay otro medio de obtener ese resultado que comprándolo. ¡Sólo que nada de regalos! Guardad los Vuestros y no los esperéis ya de Nosotros. Hace siglos que os damos limosna con una buena voluntad estúpida; hace siglos que derrochamos el óbolo del pobre y damos al señor lo que no es del señor. Se acabó: desatad los cordones de vuestra bolsa, porque desde ahora el precio de nuestra mercancía está en un alza enorme. No os tomaremos nada, absolutamente nada, pero pagaréis mejor lo que queráis tener.
Tú, ¿cuál es tu fortuna? -Tengo una hacienda de mil fanegas-. Pues bien, Yo soy tu criado de labranza, y de ahora en adelante no labraré ya tu campo más que al precio de cien pesos por día. -Entonces tomaré otro. -No lo encontrarás, porque nosotros los trabajadores del campo no trabajamos ya más que con esas condiciones, y si se presenta uno que pida menos, ¡qué tenga cuidado!
Aquí está la criada que pide otro tanto, y no la encontrarás ya por bajo de este precio. -¡Pero entonces estoy arruinado! -¡Poco a poco! Te quedará siempre tanto como a nosotros; si fuera de otro modo, nosotros rebajaríamos lo suficiente para que pudieses vivir como nosotros. -¡Pero yo estoy acostumbrado a vivir mejor! -Procura reducir tus gastos. ¿Hemos de ajustarnos nosotros con rebaja para que tú puedas vivir bien?
El rico dirige siempre al pobre estas palabras: -¿Tengo algo que ver con tu miseria? Procura salir del paso como puedas: es asunto Tuyo y no Mío. -Sea; velaremos por ello y no dejaremos ya a los ricos acaparar en su provecho los medios de los que de nosotros mismos tenemos que sacar partido. -Sin embargo, Vosotros, gentes sin instrucción, no tenéis tantas necesidades como nosotros. -No importa eso; tomaremos alguna cosa más para ponernos en condiciones de procurarnos la instrucción que podamos necesitar. -Y si abatís así a los ricos, ¿quién sostendrá todavía las artes y las ciencias? -¡Pues al público toca hacerlo! Escotaremos, así se reúnen bonitas sumas. Por otra parte, sabemos cómo vosotros, ricos, alentáis las artes; no compráis más que libros insípidos o santas vírgenes de la más lamentable vulgaridad, cuando no es el par de pantorrillas de una bailarina.-¡Ah, maldita igualdad! -No, mi buen señor, no se trata aquí de igualdad. Queremos sencillamente que se nos cuente por lo que valemos; si valéis más que nosotros, eso no importa, se os contará por más. Lo que queremos es tener un valor, y deseamos mostrarnos dignos del precio que paguéis.
¿Es capaz el Estado de despertar en el asalariado tan animosa confianza y un sentimiento tan vivo de su Yo? ¿Puede hacer el Estado que el hombre tenga conciencia de su valor? ¿Osaría proponerse tal objeto? ¿Puede querer que el individuo conozca su valor y obtenga de él el mejor partido? La cuestión es doble. Veamos lo que el Estado es capaz de realizar en ese sentido. Ya que se necesitaría la unanimidad de los criados de labranza, sólo influiría esta unanimidad y una ley del Estado sería eliminada por la competencia secretamente. Pero ¿puede tolerarlo el Estado? Al Estado le es imposible tolerar que las gentes sufran otra coerción que la suya; no puede, pues, admitirse que los obreros coligados se hagan justicia contra los que quieran ajustarse a un precio demasiado bajo. Supongamos, sin embargo, que el Estado haya dictado una ley con la que los obreros estén perfectamente de acuerdo; ¿podría consentirlo el Estado en tal caso?
En ese caso aislado, sí; pero ese caso aislado es más que eso, es un caso de principio; de lo que se trata aquí es de la valoración del Yo por sí mismo y, por consiguiente, de su afirmación contra el Estado. Hasta ahí, los comunistas estaban de acuerdo con nosotros. Pero la valoración del Yo por sí mismo está necesariamente en contraposición, no sólo con el Estado, sino también con la sociedad: ella está por encima de la comuna y del comunismo, por egoísmo.
El comunismo convierte el principio de la burguesía de que todo hombre es poseedor (propietario), en una verdad indiscutible, una realidad que pone fin a la preocupación de adquirir, haciendo que cada cual tenga aquello que necesita. Es la potencia de trabajo de cada cual lo que forma su riqueza, y si no hace uso de ella, la culpa es suya. Ninguna competencia subsiste ya como estéril (lo que ocurría demasiado a menudo hasta hoy ), puesto que todo esfuerzo de trabajo tiene por efecto procurarle lo necesario a quien lo efectúa. Cada uno es poseedor de modo seguro y sin preocupaciones. Y lo es precisamente porque no busca ya su riqueza en una mercancía, sino en su potencia de trabajo.
Por el trabajo, puedo llegar por ejemplo, a desempeñar funciones de presidente o de ministro; esos empleos no exigen más que la instrucción media, es decir, accesible a todo el mundo, o una habilidad de que todo el mundo es capaz. Pero si es verdad que esas funciones pueden ser ejercidas por todo hombre, cualquiera que sea, no es, sin embargo, más que la fuerza única del individuo, propia exclusivamente del individuo, la que les da en cierto modo una vida y una significación. Si no cumple sus funciones como un hombre ordinario, sino que gasta en ellas todo el tesoro de su unicidad, no queda pagado por el hecho de percibir el sueldo propio del empleado o del ministro. Si os ha satisfecho plenamente y queréis continuar beneficiándoos, no sólo de su trabajo de funcionario sino, además, de su precioso poder individual, no le pagaréis sólo como un hombre que no hace más que la tarea humana, sino, además, como un productor único. Haced pagar igual a vuestro propio trabajo.
No se puede aplicar a la obra de mi unicidad una tasa general como a lo que yo hago en cuanto hombre. Sólo respecto a esta última cualidad puede determinarse una tasa.
Fijad, pues, una tasa general para los trabajos humanos, pero, para ganarla, no sacrifiquéis vuestra unicidad.
Tus necesidades humanas o generales pueden ser satisfechas por la Sociedad; pero a Ti te toca buscar la satisfacción de tus necesidades únicas. La Sociedad no puede procurarte una amistad o el servicio de un amigo, ni siquiera asegurarte los buenos oficios de un individuo. Y sin embargo, tendrás a cada instante necesidad de servicios de este género; en las circunstancias más insignificantes te hará falta alguno para asistirte. No cuentes para eso con la Sociedad; pero haz de modo que tengas con qué comprar la satisfacción de tus deseos.
¿Los egoístas deben conservar el dinero? A la antigua moneda se une la tacha de la posesión hereditaria; no hagáis ya nada por ese dinero, y todo su poder se arruina. Tachad la herencia, y el sello del magistrado quedará anulado. En el presente, todo es herencia, ya esté el heredero en su posesión o no. Si todo eso es vuestro, ¿por qué dejarlo poner bajo sellos, por qué inquietarnos por los sellos?
Mas, ¿para qué crear un nuevo dinero? ¿Aniquilaréis acaso la mercancía porque le quitéis el sello de la herencia? Pues bien, la moneda es una mercancía, un medio fundamental, una riqueza. Porque impide la anquilosis de la riqueza, la mantiene en circulación y opera su cambio. Si conocéis mejor instrumento de cambio, adoptadlo, lo acepto, pero seguirá siendo aún dinero bajo una nueva forma. No es el dinero el que os hace mal, sino vuestra impotencia para obtenerlo. Poned en juego todos vuestros medios, haced valer todos vuestros esfuerzos y no os faltará el dinero: será un dinero vuestro, una moneda de vuestro cuño. Pero trabajar no es lo que yo llamo poner en juego todos vuestros medios. Los que se contentan con buscar trabajo, con tener la voluntad de trabajar bien, están condenados fatalmente, y, por su culpa, a convertirse en obreros en paro.
Del dinero depende la dicha y la desdicha. Si en el período burgués se convierte en un poder, es porque se le corteja como a una muchacha, pero nadie se casa con él.
Quien es favorecido por la suerte se lleva consigo a la novia. El indigente tiene suerte; introduce a la joven en su familia que es la Sociedad, y le quita su virginidad. En su casa no es ya la doncella, sino la mujer, y con su virginidad desaparece su nombre de familia: la joven doncella se llamaba Dinero, y hoy se llama Trabajo, porque Trabajo es el nombre del marido. Está bajo la tutela del marido. Para acabar con esta comparación, el hijo del Trabajo y del Dinero, es de nuevo una muchacha y virgen, es decir, Dinero, pero con una filiación cierta: ha nacido de Trabajo, su padre. Las facciones del rostro, su efigie proceden de otro cuño.
Finalmente, volvamos, una vez más, a la competencia. La competencia existe porque nadie se apropia de su casa y se entiende con los demás a través de ella. El pan, por ejemplo, es un objeto de primera necesidad. Luego nada más natural que ponerse de acuerdo para establecer una panadería pública. En vez de eso, se abandona ese indispensable suministro a panaderos que se hacen competencia. Y así se hace con la carne a los carniceros, el vino a los taberneros, etc.
Abolir el régimen de la competencia no quiere decir favorecer el régimen de la corporación. He aquí la diferencia: en la corporación, hacer el pan, etcétera, es causa de los agremiados; bajo la competencia, lo sería de quienes desean competir; en la asociación, es la causa de quienes tienen necesidad de pan, por consiguiente, la mía, la vuestra: no es la causa de los agremiados ni de los panaderos con patente, sino la de los asociados.
Si Yo no me preocupo de mi causa, preciso es que me contente con lo que a los demás les place darme. Tener pan es mi causa, mi deseo y mi afán, no puedo prescindir de él y, sin embargo, uno se entrega a los panaderos, sin otra esperanza que obtener de su discordia, de sus celos, de su rivalidad, en una palabra, de su competencia, una ventaja con la que no se podía contar con los miembros de las corporaciones, que estaban entera y exclusivamente en posesión del monopolio de la panadería. AqueIlo de que cada cual tiene necesidad, cada cual también debiera tomar parte en producirlo o en fabricarlo; es su causa, su propiedad, y no la propiedad de los miembros de tal corporación o de tal patrono con patente.
Reconsideremos de nuevo la cuestión. El mundo pertenece a sus hijos, los hijos de los hombres. No es ya el mundo de Dios, sino el mundo de los hombres. El hombre puede considerar suyo todo lo que puede procurarse; sólo que el verdadero hombre, el Estado, la Sociedad Humana, o la Humanidad velarán para que nadie se apropie más de lo que pueda apropiarse en cuanto hombre, es decir, de una manera humana. La apropiación no humana no está autorizada por el hombre: es criminal, mientras que la apropiación humana es justa y se hace por un camino legal.
Así es como se habla desde la Revolución.
Mi propiedad no es una cosa, puesto que ésta tiene una existencia independiente de Mí; sólo mi poder es mío. Este árbol no es mío; lo que es mío, es mi poder sobre él, el uso que hago de él. Pero ¿cómo se invierte mi poder sobre las cosas? Se dice, Yo tengo un derecho sobre este árbol, o bien, es mi legítima propiedad. Si lo he adquirido, es por la fuerza. Se olvida que la propiedad no dura sino mientras el poder permanece activo; o más exactamente, se olvida que el poder no existe por sí mismo, sino por la fuerza del Yo, y no existe más que en Mí, el poderoso.
* V
Se eleva el poder, como otras de mis propiedades (la humanidad, la majestad, etc.) al ser para sí (Fürsichseiend), de suerte que sigue existiendo aun cuando haya dejado de ser mi poder. Así, transformado en fantasma, el poder es el derecho. Ese poder inmortalizado no se extingue siquiera con mi muerte, es transmisible (hereditario). Así pues, en realidad las cosas pertenecen al derecho, no a Mí.
Todo eso no es más que una apariencia. El poder del individuo no se hace permanente ni se convierte en derecho, sino en cuanto a su poder se aúna el poder de otros individuos. La ilusión consiste en creer que ya no pueden retirar su poder a quienes lo han otorgado. Aquí reaparece el mismo fenómeno del divorcio del poder y del Yo; Yo no puedo recobrar del poseedor la parte del poder que le viene de Mí. Uno ha dado plenos poderes, se ha desprendido del poder, ha renunciado al poder de tomar mejor partido.
El propietario puede renunciar a su poder y a su derecho sobre una cosa haciendo son de ello, disipándola, etc. ¿Y nosotros no podríamos igualmente abandonar el poder que le hemos prestado?
El hombre legítimo, el hombre justo, no desea hacer suyo lo que no es de él de derecho, o aquello a lo que no tiene derecho; no reivindica más que su propiedad legítima. ¿Quién, pues, será juez y fijará los límites de su derecho? En última instancia, debe ser el Hombre, porque de él se tienen los derechos del hombre. Por consiguiente se puede decir con Terencio, pero en un sentido más amplio que humani nihil a me alienum puto, es decir, lo humano es mi propiedad. De cualquier manera que uno se arregle, en ese terreno se tendrá inevitablemente un juez, y en nuestro tiempo los diversos jueces que uno se había dado, han acabado por encarnarse en dos personas mortalmente enemigas: el Dios y el Hombre. Los unos se declaran por el derecho divino, los otros por el derecho humano o los derechos del hombre.
Pero está claro que en ambos casos el individuo mismo no crea su derecho.
¡Encontradme hoy una sola acción que no ofenda un derecho! A cada instante los derechos del hombre son pisoteados por los unos, en tanto que los otros no pueden abrir la boca sin blasfemar contra el derecho divino. Dad limosna y ultrajaréis un derecho del hombre, puesto que la relación de mendigo a bienhechor no es humana; expresad una duda, pecaréis contra un derecho divino. Comed vuestro pan seco con contento, vuestra resignación será una ofensa a los derechos del hombre; comedlo con descontento y vuestros murmullos serán un insulto al derecho divino. No hay uno de Vosotros que no cometa a cada instante un crimen; todos vuestros discursos son crímenes y toda traba a vuestra libertad de discurrir no es menos criminal. Todos Vosotros sois criminales. Sin embargo, no lo sois sino porque os mantenéis todos en el terreno del derecho, es decir, porque no sabéis que sois criminales, ni sabéis felicitaros por ello.
La propiedad inviolable o sagrada ha nacido en ese mismo terreno; es un concepto del derecho.
El perro que ve un hueso en poder de otro no renuncia a él más que si se siente demasiado débil. Pero el hombre respeta el derecho de otro a su hueso. Esto es considerado como humano, aquello como brutal o egoísta.
Y por todas partes, como en este caso, lo que es humano es ver en todo alguna cosa espiritual (aquí, el derecho), es decir, hacer de cualquier cosa un fantasma, que se puede, sí, arrojar, cuando se muestra, pero que no se puede matar. Humano es no considerar lo particular como particular, sino como algo general.
Yo no debo ya a la naturaleza, como tal, ningún respeto; sé que tengo en cuanto a ella todos los derechos. Pero estoy obligado a respetar en el árbol del jardín que está ahí su cualidad de objeto ajeno (desde un punto de vista más estricto se dice: respetar la propiedad), y no me es permitido tocarlo. Y eso no podrá cambiar sino cuando Yo no vea en el hecho de dejar ese árbol a otra persona, algo diferente al hecho de dejarle, por ejemplo, mi bastón, es decir, cuando Yo haya cesado de considerar ese árbol como algo ajeno a priori, sagrado. Yo, por el contrario, no considero un crimen el derribarlo si eso me place; continúa siendo mi propiedad por largo que sea el tiempo durante el cual lo he abandonado a otros: era y sigue siendo mío. Yo no veo la cualidad de objeto ajeno en la riqueza del banquero más que Napoleón en las provincias de los reyes. No tenemos ningún escrúpulo en intentar su conquista y procurarnos por todos los medios llegar a ella. Nosotros rechazamos el espíritu de lo ajeno ante el que nos habíamos espantado.
¡Pero es indispensable para eso que Yo no pretenda nada en calidad de Hombre, sino sólo en calidad de Yo, de ese Yo que soy! No pretenderé por consiguiente, nada humano, sino sólo lo que es mío, o en otros términos, nada de lo que me corresponde en cuanto hombre, sino lo que Yo quiero y porque Yo lo quiero. (...)
Hasta el presente, las relaciones se basaban en el amor, las consideraciones y los servicios recíprocos. Si uno debiera santificarse, es decir, entronizar en sí al Ser Supremo y hacer de él una verdad y una realidad, también debería ayudar a los demás a realizar su esencia y su destino; en ambos casos la esencia del hombre debería contribuir a su realización. Sólo que uno no debe hacerse nada de sí, ni de sí mismo, ni de los demás. No se debe nada ni a la propia esencia, ni a la de los demás. Todas las relaciones que reposan sobre una esencia son relaciones con un fantasma y no con una realidad. Mis relaciones con el Ser Supremo no son relaciones conmigo; y mis relaciones con la esencia del Hombre no son relaciones con los hombres.
Del amor, tal como es natural al hombre sentirlo, la civilización ha hecho un mandamiento. Pero en cuanto mandato, el amor pertenece al Hombre como a tal y no a Mí: es mi esencia, esa esencia que se tiene por tal esencia y no es mi propiedad. Es el Hombre, es decir, la humanidad, quien me lo impone; el amor es obligatorio, amar es mi deber. Así, en lugar de tener su fuente realmente en mí, la tiene en el hombre en general, del que es la propiedad, el atributo particular: El Hombre, es decir, cada hombre, debe amar: amar es el deber y la vocación de cada hombre, etc.
Preciso es, por consiguiente, que yo reivindique el amor para mí y lo sustraiga al poder del Hombre.
Se ha llegado a concederme como un feudo cuya propiedad pertenece al hombre lo que primitivamente era mío, pero sin tazón lógica, instintivamente. Amando he venido a ser un vasallo, me he convertido en el siervo de la Humanidad, un simple representante de esa especie; cuando Yo obro no como Yo, sino como Hombre, obro como un ejemplar de la especie humana, es decir, humanamente. Toda nuestra civilización es un sistema feudal en el que la propiedad pertenece al Hombre o a la Humanidad y en el que nada pertenece al Yo. Despojando al individuo de todo para atribuir todo al Hombre, se ha fundado una enorme feudalidad. El individuo no aparece ya, a fin de cuentas, más que, como radicalmente malo.
¿Acaso no he de interesarme activamente por la persona de otro? Lejos de eso yo puedo sacrificarle con alegría innumerables goces, puedo imponerme privaciones sin número para aumentar sus placeres, y puedo por él poner en peligro lo que sin él me sería muy querido: mi vida, mi prosperidad, mi libertad. En efecto, para Mí es un placer y una felicidad el espectáculo de su felicidad y de su placer. Pero no me sacrifico a él, permanezco egoísta y gozo de él. Sacrificándole todo lo que si no fuera por mi amor para él me reservaría, hago una cosa muy sencilla y hasta más común en la vida de lo que parece, que prueba únicamente que cierta pasión es más fuerte en Mí que todas las demás. El cristianismo también enseña a sacrificar todas las demás pasiones a aquélla. Pero sacrificar unas pasiones a otra no es sacrificarme Yo mismo, Yo no sacrifico nada a aquello por lo cual soy verdaderamente Yo; no sacrifico lo que, propiamente hablando, constituye mi valor, mi individualidad. Pudiera ser que esa enojosa eventualidad, se produjese; ocurre esto en el amor como en cualquier otra pasión, desde el momento en que la obedezco ciegamente; si el ambicioso, al que su pasión arrastra, es sordo a las advertencias que un instante de sangre fría despierta en él, es que ha dejado que esa pasión tome las proporciones de una tiranía a la que ha perdido el poder de sustraerse. Ha abdicado ante ella porque no sabe ya apartarse de ella y, por consiguiente, liberarse. Está poseído.
Yo también amo a los hombres, no sólo a algunos, sino a cada uno de ellos. Pero los amo con la conciencia de mi egoísmo; los amo porque el amor me hace dichoso; amo porque me es natural y agradable amar. No conozco obligación de amar. Tengo simpatía por todo ser sensible; lo que le aflige me aflige, y lo que le alivia me alivia; Yo podría matarlo, no puedo martirizarlo. Por el contrario, el noble y virtuoso filisteo, que es el príncipe Rodolfo de los Misterios de París, se ingenia para martirizar a los malvados, porque le exasperan. Mi simpatía prueba simplemente que el sentimiento de los que sienten es también el Mío, que es mi propiedad; en tanto que el proceder despiadado del hombre de bien (la manera, por ejemplo, como trata al notario Ferrand), recuerda la insensibilidad de aquel bandido que, según la medida de su cama, cortaba o extendía a la fuerza las piernas de sus prisioneros. La cama de Rodolfo, a cuya medida corta a los hombres, es la noción del bien. El sentimiento del derecho, de la virtud, etc., vuelve duro e intolerable. Rodolfo no siente como el notario, siente, por el contrario, que el malvado tiene lo que ha merecido. No es eso simpatía. Vosotros amáis al hombre y eso os sirve de razón para torturar al individuo, al egoísta; vuestro amor al Hombre os convierte en los verdugos de los hombres.
Cuando Yo veo sufrir a quien amo, sufro con él y no tengo reposo mientras no haya intentado todo para consolarlo y distraerlo. Cuando Yo le veo alegre, Yo me alegro de su alegría. No se sigue de ahí que sea el mismo objeto el que produce su pena o su alegría y el que despierte en Mí los mismos sentimientos; eso es, sobre todo, evidente cuando se trata del dolor corporal que yo no siento como él; su muela es lo que le hace daño, y lo que me hace daño a Mí es su sufrimiento.
Y porque Yo no puedo soportar ese pliegue doloroso sobre la frente amada, y, por consiguiente, en mi interés, es por lo que lo borro con un beso. Si yo no te amase, podrías fruncir el entrecejo tanto como quisieras, sin conmoverme; Yo no quiero disipar más que mi pesar.
¿Hay ahora alguien o alguna cosa que Yo no ame, y que tenga el derecho de ser amada por Mí? ¿Qué es primero, mi amor o su derecho? Los parientes, los amigos, el pueblo, la patria, la ciudad natal, etc., en fin, en general mis semejantes (mis hermanos), pretenden tener derecho a mi amor y lo reclaman imperiosamente. Lo consideran como su propiedad, y a Mí, si no respeto esa propiedad, me consideran como un ladrón que les quita lo que les pertenece. Yo debo amar. Pero si el amor es un mandamiento y una ley, preciso es que se me forme y se me instruya para él y que se me castigue si llego a infringirlo. Se ejercerá, pues, sobre mí para llevarme a amar la más enérgica influencia moral posible. Está fuera de duda que se puede excitar e inducir a los hombres al amor tan bien como a las demás pasiones, al odio, por ejemplo. El odio se transmite de generación en generación; cabe odiarse únicamente porque los antepasados de los unos eran güelfos y los de los otros gibelinos.
Pero el amor no es un mandato. Como todos mis demás sentimientos, es mi propiedad. Conseguid, es decir, comprad mi propiedad y Yo os la cederé. Yo no tengo que amar una religión, una patria, una familia, etc., que no saben conquistar mi amor; vendo mi ternura al precio que me place fijarla. ( ...)
Si he dicho, ciertamente, Yo amo al mundo, puedo con igual exactitud añadir ahora: Yo no lo amo, porque Yo lo aniquilo como me aniquilo; Yo lo liquido. No me limito a experimentar por los hombres más que un sólo e invariable sentimiento; doy libre curso a todos aquellos de que soy capaz.
¿Por qué no declararlo crudamente? ¡Sí, yo exploto al mundo y a los hombres! Puedo así quedar abierto a toda clase de impresiones, sin que ninguna de ellas me arranque a Mí mismo. Puedo amar, amar con toda mi alma, y dejar arder en mi corazón el fuego devorador de la pasión, sin tomar, sin embargo, al ser amado por otra cosa que por el alimento de mi pasión, un alimento que la aviva sin saciarla jamás. Todos los cuidados de que yo le rodeo, no se dirigen más que al objeto de mi amor, más que a aquel de quien mi amor tiene necesidad, al bien amado. ¡Cuán indiferente me sería, de no existir mi amor! Es mi amor el que mantengo con él, no me sirve más que para eso: Yo gozo de él indiscutiblemente.
Escojamos otro ejemplo muy actual: Yo veo a los hombres sumergidos en las tinieblas de la superstición, hostigados por un enjambre de fantasmas. Si procuro, en la medida de mis fuerzas, proyectar la luz del día sobre esas apariciones de la noche, ¿creéis que obedece a mi amor a los hombres? ¡Eh, no! Escribo porque quiero dar existencia en el mundo a ideas que son mis ideas. Si previese que esas ideas tenían que arrebataros la paz y el reposo, si en esas ideas que siembro viese los gérmenes de ideas sangrientas y una causa de ruina para muchas generaciones, no las esparciría menos. Haced de ellas lo que queráis, haced lo que podáis, eso es asunto Vuestro y por ello no me preocupo. Tal vez no os traerán más que el pesar, los combates, la muerte, y no serán más que para muy pocos de Vosotros un manantial de placer. Si yo tomase a pecho vuestro bienestar, imitaría a la Iglesia que prohíbe a los legos la lectura de la Biblia, o a los gobiernos cristianos, que hacen un deber sagrado de defender al hombre del pueblo contra los malos libros.
No sólo no es por amor a Vosotros por lo que expreso lo que pienso, sino que ni siquiera es por amor de la verdad. No:
Canto cual canta el ave
que en el follaje habita;
el canto mismo que mi voz produce
es mi salario, y es salario real.
¿Canto? ¡Canto porque soy un cantor! Si para eso me sirvo de Vosotros, es porque tengo necesidad de oídos.
Cuando me encuentro con el mundo (y lo encuentro siempre), Yo lo consumo para aplacar el hambre de mi egoísmo: Tú no eres para mí más que un alimento; de igual modo, Tú también me consumes y me haces servir para tu uso. No hay entre nosotros más que una relación: la de la utilidad, del provecho, del interés. No nos debemos nada uno al otro, porque lo que aparentemente pueda deberte, lo debo, cuando más, a Mí. Si para hacerte sonreír me acerco a Ti con cara alegre, es porque tengo interés en tu sonrisa y porque mi rostro está al servicio de mi deseo. A otras mil personas a quienes Yo no deseo hacerles sonreír, no les sonreiré. (...)
* VI
El estado primitivo del hombre no es el aislamiento o la soledad, sino la sociedad. Al comienzo de nuestra existencia nos encontramos ya estrechamente unidos a nuestra madre, puesto que aun antes de respirar participamos de su vida. Cuando después abrimos los ojos a la luz es para reposar aún sobre el seno de un ser humano que nos mecerá en sus rodillas, que guiará nuestros primeros pasos y nos encadenará a su persona por los mil lazos del amor. La sociedad es nuestro estado de naturaleza. Por eso la unión que al principio ha sido tan íntima se relaja poco a poco, a medida que nos conocemos, y la disolución de la sociedad primitiva se hace cada vez más manifiesta. Si la madre quiere una vez más tener para sí sola el hijo que ha llevado en su seno, es preciso que vaya a arrancarlo a la calle y a la sociedad de sus camaradas. El niño prefiere las relaciones que ha anudado con sus semejantes, a la sociedad en que no ha entrado, en que no ha hecho más que nacer.
Pero la unión o la asociación son la disolución de la sociedad. Es decir, que una asociación puede degenerar en sociedad, como un pensamiento puede degenerar en idea fija; esto ocurre cuando en el pensamiento se extingue la energía pensante, él pensar mismo, esa perpetua retracción de todos los pensamientos que tienden a tomar demasiada consistencia. Cuando una asociación se ha cristalizado en sociedad, cesa de ser una asociación (porque la asociación quiere que la acción de asociarse sea permanente), no consiste más que en el hecho de estar asociados, no es más que la inmovilidad, la fijación; está muerta como asociación, es el cadáver de la asociación, es decir, que es sociedad, comunidad. El partido proporciona un ejemplo análogo de esta cristalización.
Que una sociedad, el Estado, por ejemplo, restrinja mi libertad, eso no me turba. Porque yo bien sé que debo esperar ver mi libertad limitada por toda clase de potencias, por todo lo que es más fuerte que Yo, hasta por cada uno de mis vecinos; aun cuando yo fuese el autócrata de todas las R ... no gozaría de la libertad absoluta. Pero no dejaré arrebatarme mi individualidad. Y precisamente es a la individualidad a la que la sociedad ataca, ella es la que debe sucumbir bajo sus golpes.
Una sociedad a la que me adhiero me quita, sí, ciertas libertades, pero en cambio me asegura otras. Importa igualmente bien poco que Yo mismo me prive, por ejemplo, por un contrato de tal o cual libertad. Por el contrario, defenderé celosamente mi individualidad.
Toda comunidad tiende, más o menos según sus fuerzas, a convertirse en una autoridad para sus miembros y a imponerles límites. Ella les pide y debe pedirles cierto espíritu de obediencia, ella exige que sus miembros le estén sometidos, sean sus súbditos, ella no existe más que por la sujeción. No quiere eso decir que no pueda dar prueba de ciertos proyectos de mejoramiento, a los consejos y a las críticas, en cuanto tengan por mira su beneficio; pero la crítica debe mostrarse benévola, no se le permite ser insolente e irreverente; en otros términos, se necesita dejar intacta y tener por sagrada la substancia de la sociedad. La sociedad no pretende que sus miembros se eleven y se coloquen por encima de ella; quiere que permanezcan en los límites de la legalidad; es decir, que no se permitan más de lo que les permiten la sociedad y sus leyes.
Hay gran distancia de una sociedad que no limita más que mi libertad a una sociedad que limita mi individualidad. La primera es una unión, un acuerdo, una asociación. Pero lo que amenaza la individualidad es un poder para sí mismo y por encima de Mí, una potencia que me es inaccesible, que Yo puedo, sí, admirar, honrar, respetar, adorar, pero que no puedo ni dominar ni aprovechar, porque ante ella me resigno y abdico. La sociedad está fundada sobre mi resignación, mi abnegación, mi cobardía, que llaman humildad. Mi humildad hace su grandeza, mi sumisión su soberanía.
Pero, con respecto a la libertad, no hay diferencia esencial entre el Estado y la asociación. Lo mismo que el Estado no es compatible con una libertad ilimitada, la asociación no puede nacer y subsistir si no restringe algunas formas de libertad. No se puede en parte alguna evitar cierta limitación de la libertad, porque es imposible liberarse de todo: no se puede volar como un pájaro, puesto que no es posible desembarazarse del propio peso; no puede uno vivir a su agrado bajo el agua como un pez, por que se tiene la necesidad de aire, es ésa una necesidad de la que no cabe liberarse y así sucesivamente. La religión, y en particular el cristianismo, ha torturado al hombre exigiéndole que realice lo antinatural, y ese impulso religioso extravagante llegó a elevar a rango de ideal la libertad en sí, la libertad absoluta, lo que era ostentar en plena luz el absurdo de los votos imposibles.
Con todo, la asociación proporciona mayor libertad y podrá considerarse como una nueva libertad; uno escapa, en efecto, a la violencia inseparable de la vida en el Estado o la sociedad; sin embargo, las restricciones a la libertad y los obstáculos a la voluntad no faltarán. Porque el objeto de la asociación no es precisamente la libertad, que sacrifica a la individualidad, sino esta individualidad misma. Relativamente a ésta, la diferencia es grande entre el Estado y la asociación. El Estado es el enemigo, el asesino de la individualidad; la asociación es su hija y su auxiliar; el primero es un Espíritu, que quiere ser adorado como Espíritu y como verdad, la segunda es mi obra, ha nacido de Mí. El Estado es el señor de mi Espíritu, quiere que crea en él y me impone un credo, el credo de la legalidad. Él ejerce sobre Mí una influencia moral, reina sobre mi Espíritu, prescribe mi Yo para sustituirse a él como mi verdadero Yo. En suma, es el verdadero hombre, el Espíritu, el fantasma. La asociación, al contrario, es mi obra, mi criatura: no es sagrada ni es una potencia espiritual superior a mi Espíritu.
Yo no quiero ser esclavo de mis máximas, sino exponerlas constantemente a mi crítica, sin ninguna garantía. Yo no les concedo ningún derecho de ciudadanía en Mí; pero pretendo menos aún comprometer mi porvenir en la asociación y venderle mi alma, como se dice cuando se trata del diablo y como realmente es el caso cuando se trata del Estado o de una autoridad espiritual. Yo soy y sigo siendo para mí más que el Estado, más que la Iglesia, Dios, etc., y por consiguiente, también infinitamente más que la asociación.
La sociedad que el comunismo quiere fundar parece, a primera vista, acercarse en extremo a la asociación tal como yo la entiendo. El objeto que se propone es el bien de todos, y cuando se dice de todos, debe entenderse -Weitling no se cansa de repetirlo- de absolutamente todos, de todos sin excepción. Pero ¿cuál será ese bien? ¿Hay un solo y mismo bien con una sola y misma cosa? Si así es, se trata del verdadero bien. Y henos aquí precisamente en el punto en que comienza la tiranía de la religión. El cristianismo dice: No os detengáis en las vanidades de este mundo, buscad vuestro verdadero bien: haceos piadosos cristianos. Ser cristiano, he ahí el verdadero bien. Es el verdadero bien de todos, porque es el bien del Hombre como tal (del fantasma). Pero el bien de todos, ¿es, necesariamente, mi bien y tu bien? Pero si Yo y Tú no consideramos este bien como el nuestro, ¿tratarán de proporcionarnos el bien que nosotros queremos? Por el contrario, si Tú prefieres las delicias de la pereza, el goce sin trabajo, la sociedad, que vela por el bien de todos, decretando que el bien verdadero es éste o aquél, por ejemplo, el goce adquirido honradamente con el trabajo, se guardará de ofrecerte lo que Tú consideras tu bien. El comunismo, que se hace el campeón del bien de todos los hombres, aniquila precisamente el bienestar de los que han vivido hasta el presente de sus rentas y que probablemente se encuentran mejor con eso que con las horas de trabajo estrictamente reguladas que les promete Weitling.
El mismo Weitling afirma que el bienestar de algunos millares de hombres no puede ponerse en parangón con el bienestar de varios millones y exhorta a los primeros a renunciar a sus ventajas particulares por el amor del bien general. No, no exijáis de las gentes que sacrifiquen la menor parte de lo que tienen a la comunidad; ésa es una manera cristiana de presentar las cosas con la cual no llegáis a nada. Exhortadlos, al contrario, a no dejarse arrancar por nadie lo que tienen, comprometedIos a asegurarse su posesión de modo que sea duradera; os comprenderán mucho mejor. Ellos llegarán por sí mismos a decirse que el mejor medio de cuidar su bien es aliarse con otros, con ese objetivo; es decir: sacrificar una parte de su libertad, no en el interés de todos, sino de su propio interés. ¿Cómo se puede estar todavía tentado de apelar al espíritu de sacrificio y al amor desinteresado de los hombres? Demasiado se sabe que esos bellos sentimientos no han producido, después de una gestación de varios millares de años, más que la presente miseria. ¿Por qué obstinarse todavía en aguardar de la abnegación la venida de mejores tiempos? ¿Por qué no poner más bien su esperanza en la usurpación? No es ya de los mansos y de los misericordiosos, no es ya de los que dan y de los que aman de quienes vendrá la salvación, sino únicamente de los que tomen, que se apropien y que sepan decir: esto es para Mí. El comunismo, y consciente o inconsciente, el humanismo que escarnece el egoísmo, sigue contando todavía con el amor.
Cuando la comunidad ha llegado a ser una necesidad para el hombre, cuando él siente que le ayuda a realizar sus designios, no tarda, tomando rango de principio, en imponerle sus leyes, las leyes de la sociedad. El principio de los hombres llega así a reinar soberanamente sobre ellos; viene a ser su ser supremo, su Dios, y como tal, su legislador. El comunismo lleva este principio hasta sus más rigurosas consecuencias, y el cristianismo es la religión de la sociedad; porque, como Feuerbach lo dice exactamente, aunque su pensamiento no sea justo, el amor es la esencia del Hombre; es decir, la esencia de la sociedad o del Hombre social (comunista). Toda religión es un culto de la sociedad, del principio que rige al hombre social (al hombre cultivado); así, ningún dios es nunca el Dios exclusivo de un Yo; un dios siempre es el Dios de una sociedad o de una comunidad, de una familia (lares, penates), de un pueblo (dioses nacionales) o de todos los hombres. (Él es el padre de todos los hombres.)
No se espere llegar a destruir de arriba abajo la religión, mientras no se haya deshechado previamente la sociedad y todo lo que implica su principio. Precisamente el comunismo trata de culminar ese principio, puesto que todo debe ser común a fin de que reine la igualdad. Una vez conquistada esta igualdad, la libertad no faltará tampoco, pero ¿la libertad de quién? ¡De la Sociedad! La sociedad entonces es el gran Pan, y los hombres no existen más que los unos para los otros. ¡Es la apoteosis del Estado amoroso!
Pero Yo prefiero recurrir al egoísmo de los hombres que a sus servicios de amor, a su misericordia, a su caridad, etc. El egoísmo exige la reciprocidad (Tú a Mí, como Yo a Ti); él no hace nada por nada y si ofrece sus servicios es para que los compren. Pero el servicio del amor, ¿cómo procurármelo? El azar hará que yo trate justamente con un buen corazón. Y yo no puedo mover la caridad sino mendigando sus servicios, ya por mi exterior miserable, ya por mi angustia, mi miseria, mi sufrimiento. -¿Y qué puedo Yo ofrecerle a cambio de su asistencia? ¡Nada! Preciso es que Yo la reciba como un regalo. El amor no se paga, o, digámoslo mejor, el amor puede, sí, pagarse, pero sólo en amor (un servicio vale otro). ¡Qué miseria, qué mendicidad recibir de año en año, sin volver nunca nada a cambio, los dones que nos hace, por ejemplo, el pobre trabajador! Quien recibe de esta suerte, ¿qué puede hacer por el otro a cambio de esos céntimos cuya acumulación forma, sin embargo, toda su fortuna? El trabajador tendría más goces si el que engorda con sus laboriosos beneficios no existiera, ni sus leyes, ni sus instituciones que él paga además. ¡Y a pesar de todo, el pobre diablo ama todavía a su señor!
No, la comunidad como objetivo de la historia, hasta el presente es imposible. Deshagámonos cuanto antes de toda ilusión hipócrita acerca de ello, y reconozcamos que si como Hombres somos iguales, iguales no lo somos, puesto que no somos Hombres. No somos iguales, sino en el pensamiento; lo que hay de igual en Nosotros, es en el Nosotros como pensamiento, y no como somos en realidad y en persona. Yo soy Yo y Tú eres Yo, pero Yo no soy ese Yo pensado; no es por él por lo que todos somos iguales, porque él no es más que mi pensamiento. Yo soy Hombre y Tú eres Hombre, pero Hombre no es más que una idea, una generalidad abstracta. Ni Yo ni Tú podemos ser expresados; somos indecibles, porque solo las ideas pueden ser expresadas y fijarse en una palabra. Dejemos, pues, de aspirar a la comunidad; aspiremos más bien las miras a la particularidad. No busquemos la colectividad más amplia, la sociedad humana, no busquemos en los demás más que medios y órganos que poner en acción con nuestra propiedad. En el árbol y en el animal no vemos a nuestros semejantes, y la hipótesis, según la cual los demás serían nuestros semejantes, resulta de una hipocresía. Nadie es mi semejante, pero, semejante a todos los demás seres, el hombre es para Mí una propiedad, En vano se me dice que Yo debo ser hombre con el prójimo (Bruno Bauer, La cuestión judía) y que debo respetar a mi prójimo. Nadie es para Mí un objeto de respeto; mi prójimo, como todos los demás seres, es un objeto por el cual tengo o no tengo simpatía, un objeto que me interesa o que no me interesa, que puedo o no utilizar.
Si puede serme útil, consiento en entenderme con él, en asociarme con él para que ese acuerdo aumente mi fuerza, para que nuestras potencias reunidas produzcan más de lo que una de ellas podría hacerlo aisladamente. Pero Yo no veo en esa unión nada más que la multiplicación de mi fuerza, y no la conservo sino en tanto que es mi fuerza multiplicada. En ese sentido es una asociación.
La asociación no se mantiene por un lazo natural, ni por un lazo espiritual; no es ni una sociedad natural ni una sociedad moral. No es ni la unidad de la sangre, ni la unidad de la creencia (es decir, de Espíritu) lo que la engendra. En una unión natural -como una familia, una tribu, una nación o hasta la humanidad- Ios individuos no tienen más que el valor de ejemplar de un mismo género o especie; es decir, en una sociedad moral, como una comunidad religiosa o una iglesia, el individuo no representa más que un miembro animado del Espíritu común; en uno como en otro caso, lo que Tú eres como Único debe pasar a segundo término y borrarse. No es más que en la asociación donde Vuestra unicidad puede afirmarse, porque la asociación no os posee, pero Vosotros la poseéis y os servís de ella.
En la asociación y sólo en la asociación, la propiedad toma su verdadero valor y es realmente propiedad, puesto que en ella, yo no debo a nadie lo que es Mío. Los comunistas no hacen más que proseguir consecuentemente un estado de cosas que dura desde que comenzó la evolución religiosa y la del Estado, es decir, la falta de propiedad, el feudalismo. El Estado se esfuerza en disciplinar los apetitos; en otros términos, trata de dirigirlos exclusivamente a sí y satisfacerlos con lo que sólo él puede ofrecer. El Estado no puede saciar un apetito por la voluntad del apetito mismo; él deshonra con el nombre de egoísta al que manifiesta deseos desarreglados, y el hombre egoísta es su enemigo. Lo es, porque el Estado, incapaz de comprender al egoísta, no puede entenderse con él. Como el Estado (y no podría ser de otro modo) no se ocupa más que de sí mismo, no se informa de mis necesidades y no se preocupa de mí más que para corromperme y falsearme, es decir, para hacer de Mí otro Yo, un buen ciudadano. El Estado utiliza una serie de medidas para mejorar las costumbres. ¿Y con qué medio se atrae a los individuos? A través de sí mismo, es decir, de lo que es del Estado, de la propiedad del Estado. Se ocupa sin descanso en hacer participar a todo el mundo de sus bienes, en hacer aprovecharse a todo el mundo de las ventajas de la instrucción; os pone en condiciones de llegar por las vías de la industria a la propiedad, es decir, a la enfeudación. Señor generoso, no exige de Vosotros, a cambio de esa investidura, más que el legítimo homenaje de un reconocimiento perpetuo.
En la asociación, Tú tienes todo tu poder, toda tu riqueza, y te haces valer en ella. En la sociedad, Tú y tu actividad sois utilizados. En la primera, Tú vives como egoísta; en la segunda vives como Hombre, es decir, religiosamente; trabajas en la viña del Señor. Tú debes a la sociedad todo lo que tienes, estás obligado a ella y eres atormentado por deberes sociales; en la asociación, no eres deudor de nada, ella te sirve y Tú la abandonas sin escrúpulos cuando no te ofrece ya ventajas.
Si la sociedad es más que Tú, la harás pasar delante de ti y te harás su servidor; la asociación es tu instrumento, tu arma; ella agudiza y multiplica tu fuerza natural. La asociación no existe más que para ti y por ti; la sociedad, por el contrario, te reclama como su bien y puede existir sin ti: la sociedad se sirve de ti y Tú te sirves de la asociación.
Probablemente se objetará que el acuerdo que hemos concluido puede hacerse molesto y limitar nuestra libertad; se dirá que, en definitiva, también convenimos a que cada uno tenga que sacrificar una parte de su libertad en interés de la comunidad. Pero no es, en modo alguno, a la comunidad a quien se hará ese sacrificio, lo mismo que no es por amor a la comunidad o a cualquier otro por lo que Yo me he contratado; si me asocio es por mi propio interés, y si sacrificara alguna cosa sería también en interés mío, por puro egoísmo. Por otra parte, en materia de sacrificio no renuncio más que a lo que escapa a mi poder; es decir, no sacrifico absolutamente nada.
Volviendo a la propiedad, el señor es el propietario. Y ahora escoge: ¿quieres ser el señor o quieres que la sociedad sea señora? ¡De ello dependerá que Tú seas un propietario o un indigente! El egoísmo hace al propietario, la sociedad hace al indigente. Indigencia o ausencia de propiedad, tal es el sentido del feudalismo, del régimen de vasallaje, que, desde el pasado siglo no ha hecho más que cambiar de señor, poniendo al Hombre en lugar de Dios y haciendo un feudo del Hombre.
Hemos mostrado anteriormente que la indigencia del comunismo es llevada, por el principio humanitario, a la indigencia absoluta, a la más indigente de las indigencias; pero hemos mostrado también que sólo por esta vía la indigencia puede conducir a la individualidad. El antiguo régimen feudal ha sido tan completamente aniquilado por la Revolución, que toda reacción, por habilidad que despliegue en galvanizar el cadáver del pasado, está en adelante condenada a abortar miserablemente, porque lo que está muerto, muerto está. Pero en la historia del cristianismo, la resurrección también debía mostrarse como una verdad; así lo ha hecho en un mundo nuevo, el feudalismo ha resucitado con un cuerpo transfigurado: feudalismo nuevo bajo la alta soberanía del Hombre.
El cristianismo no ha sido aniquilado, y sus fieles tenían razón en confiar en los asaltos que han sufrido hasta el presente, no viendo en ellos más que tentativas de purificarlo y fortalecerlo. En realidad, el cristianismo no ha hecho sino transfigurarse, y el cristianismo descubierto es el humano. Vivimos todavía en plena era cristiana, y quienes más se irritan por ello son precisamente los que más contribuyen a conservarlo. Cuanto más humano es el feudalismo, más nos agrada: no reconocemos ya el carácter del feudalismo en lo que, llenos de confianza, tomamos por nuestra propiedad; y creemos haber encontrado lo que es nuestro cuando descubrimos lo que pertenece al Hombre.
Si el liberalismo quiere darme lo que es mío, no es porque vea en ello lo mío, sino lo humano. ¡Como si, bajo ese disfraz, me fuera posible alcanzarlo! Los derechos del Hombre mismos, ese producto tan elogiado de la Revolución, deben entenderse en este sentido: el Hombre que está en Mí me da derecho a tal y cual cosa: en cuanto individuo, es decir, tal como soy, no tengo ningún derecho; los derechos son el patrimonio del Hombre, y él es quien me autoriza y me justifica. Como Hombre, puedo tener un derecho, pero Yo soy más que Hombre, Yo soy un hombre particular, y este derecho puede serme negado a Mí, el particular. ( ...)
Revolución e insurrección no son sinónimos. La primera consiste en una transformación del orden establecido, del status del Estado o de la Sociedad; no tiene, pues, más que un alcance político o social. La segunda conduce inevitablemente a la transformación de las instituciones establecidas. Pero no parte de este propósito, sino del descontento de los hombres. No es un motín, sino el alzamiento de los individuos, una sublevación que prescinde de las instituciones que pueda engendrar. La revolución tiende a organizaciones nuevas, la insurrección conduce a no dejarnos organizar, sino a organizarnos por nosotros mismos, y no cifra sus esperanzas en las organizaciones futuras. Es una lucha contra lo que está establecido en el sentido de que, cuando triunfa, lo establecido se derrumba por sí solo. Es mi esfuerzo para desprenderme del presente que me oprime; y en cuanto lo he abandonado, ese presente ha muerto y, naturalmente, se descompone.
En suma, no siendo mi objetivo derribar lo que es, sino elevarme por encima de ello, mis intenciones y mis actos no tienen nada de político, ni de social; no teniendo otro objetivo que Yo y mi individualidad, son egoístas.
La revolución ordena organizarse; la insurrección reivindica la sublevación o el levantamiento.
La elección de una constitución, tal era el problema que preocupaba a los cerebros revolucionarios; toda la historia política de la Revolución está llena de luchas y cuestiones constitucionales; igualmente, los genios del socialismo se han mostrado asombrosamente fecundos en instituciones sociales (falansterios, etc.). Por la insurrección ansía liberarse de toda constitución. ( ...)
¿A qué tienden mis relaciones con el mundo? Yo quiero gozar de él; para eso es preciso que sea mi propiedad, y quiero, pues, conquistarlo. Yo no quiero la libertad de los hombres, no quiero la igualdad de los hombres, no quiero más que mi poder sobre los hombres, que sean mi propiedad, gozarlos. Y si ellos se oponen a esto, ¿qué hacer? El derecho de vida y muerte que se han reservado la Iglesia y el Estado, también me pertenece.
Estigmatizad a la viuda de oficial que, durante la retirada de Rusia, habiendo perdido una pierna por bala de cañón, se quitó su liga, estranguló con ella a su hijito, y luego se desangró al lado del cadáver. ¡Quién sabe los servicios que hubiera prestado este niño al mundo de haber vivido! ¡Y la madre lo mató, porque quería morir contenta y tranquila! Esa historia conmueve quizá todavía nuestro sentimentalismo, pero no sabéis sacar de ella nada más. Sea. En cuanto a mí, quiero mostrar con ese ejemplo que es mi satisfacción la que decide mis relaciones con los hombres, y que no hay acceso de humildad que no pueda hacerme renunciar al poder de vida y de muerte.
En cuanto a los deberes sociales en general, no corresponde a un tercero fijar mi posición frente a los demás, no es, por consiguiente, ni Dios, ni la Humanidad, quienes pueden determinar las relaciones entre mí y los hombres; soy Yo el que tomo posición. Eso equivale a decir más claramente: Yo no tengo deberes con los demás, como no tengo deberes conmigo (por ejemplo, el deber de la conservación, opuesto al suicidio), a menos que me distinga Yo mismo (mi alma inmortal de mi existencia terrestre, etc.).
Yo no me humillo ya ante ningún poder. Yo reconozco que cualquier poder no es más que el Mío, y que debo abatirlo en cuanto amenace oponerse a Mí, o hacerse superior a Mí. Todo poder no puede ser considerado sino como uno de mis medios para llegar a sus fines. A todos los poderes que fueron mis señores, los rebajo, pues, al papel de mis servidores. Los ídolos no existen más que por Mí; basta que deje de crearlos, para que desaparezcan: no hay poderes superiores, sino porque yo los elevo y me pongo debajo de ellos.
He aquí, pues, en qué consisten mis relaciones con el mundo. Yo no hago ya nada por él, por el amor de Dios, no hago ya nada por el amor del Hombre, sino por mi amor propio. Así, tan sólo el mundo puede satisfacerme, mientras quienes lo consideran desde el punto de vista religioso (con el cual, notadlo bien, confundo el punto de vista moral y humano), el mundo sigue siendo un piadoso deseo (pium desiderium), es decir, un más allá, un inaccesible. Tales son la felicidad universal, el mundo moral, en que reinarían el amor universal, la paz eterna, la extinción del egoísmo, etc. ¡Nada en este mundo es perfecto! A estas tristes palabras, los buenos se apartan de él y se refugian junto a él en el oratorio, o en el orgulloso santuario de su conciencia. Pero nosotros permanecemos en este mundo imperfecto: tal como es, sabemos utilizarlo para nuestro disfrute.
Mis relaciones con el mundo consisten en que yo disfruto de él y lo utilizo para mi goce. Mis relaciones son mi disfrute del mundo que pertenece a mi autodisfrute.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
'''Yo'''
En la aurora de los nuevos tiempos se alza el Hombre-Dios. A su declinar, ¿se desvanecerá únicamente el Dios, y podrá morir verdaderamente el Hombre-Dios, muriendo sólo el Dios en Él? Lejos de plantear esta cuestión, se creyó haberla resuelto, cuando en nuestros días la obra iluminista y la superación de Dios se llevó a su culminación victoriosa. Se ha ignorado que el Hombre ha dado muerte al Dios, para convertirse en el único Dios que reina en los cielos. El Más Allá de Nosotros se ha desterrado y la gran obra del iluminismo se ha consumado. Pero el Más Allá en Nosotros se ha convertido en el nuevo cielo y nos incita a que lo asaltemos: Dios ha tenido que dejar su sitio, pero no para Nosotros, sino para el Hombre. ¿Cómo podéis creer que el Hombre-Dios haya muerto mientras en Él, además del Dios, no haya muerto el Hombre?
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| Sección = [[El Único y su Propiedad/12a|Segunda parte: Yo]]
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| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Yo.
'''Yo'''
En la aurora de los nuevos tiempos se alza el Hombre-Dios. A su declinar, ¿se desvanecerá únicamente el Dios, y podrá morir verdaderamente el Hombre-Dios, muriendo sólo el Dios en Él? Lejos de plantear esta cuestión, se creyó haberla resuelto, cuando en nuestros días la obra iluminista y la superación de Dios se llevó a su culminación victoriosa. Se ha ignorado que el Hombre ha dado muerte al Dios, para convertirse en el único Dios que reina en los cielos. El Más Allá de Nosotros se ha desterrado y la gran obra del iluminismo se ha consumado. Pero el Más Allá en Nosotros se ha convertido en el nuevo cielo y nos incita a que lo asaltemos: Dios ha tenido que dejar su sitio, pero no para Nosotros, sino para el Hombre. ¿Cómo podéis creer que el Hombre-Dios haya muerto mientras en Él, además del Dios, no haya muerto el Hombre?
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mi autodisfrute.
'''Mi autodisfrute'''
Estamos en el límite de una época. El mundo no ha pensado hasta el presente más que en conquistar la vida, su única preocupación ha sido vivir. Ya tienda toda actividad hacia las cosas de aquí abajo o hacia el más allá, hacia la vida temporal o hacia la eterna, ya se aspire al pan cotidiano (dadnos nuestro pan cotidiano), o al pan sagrado (el verdadero pan del cielo, el pan de Dios que ha bajado del cielo y que da la vida al mundo, el pan de la vida, San Juan, VI, 32, 33,48), ya se preocupe uno de la querida vida o de la vida eterna, el fin de todo esfuerzo, el objetivo de toda solicitud no cambia; se trata siempre de la vida.
¿Las tendencias modernas anuncian algo distinto? Se quiere que las necesidades de la vida no sean ya un tormento para nadie, y se enseña, por otra parte, que el hombre debe ocuparse en este mundo y vivir su vida real, sin vano cuidado del más allá.
Consideremos la cuestión desde otro punto de vista: quien sólo trata de vivir, no puede pensar en gozar de la vida. Mientras su vida esté todavía en cuestión, mientras pueda temblar por ella, no puede consagrar todas sus fuerzas a utilizar la vida, es decir, a gozar de ella. Pero ¿cómo gozar de ella? Usándola, como se quema la vela que se emplea. Usa uno de la vida y de sí mismo, consumiéndola y consumiéndose. Gozar de la vida es devorarla y destruirla.
Pues bien, ¿qué hacemos? Buscamos el goce de la vida. ¿Y qué hacía el mundo religioso? Buscaba también la vida. ¿En qué consiste la verdadera vida, la vida bienaventurada, etc.? ¿Cómo alcanzarla? ¿Qué debe hacer el hombre, y qué debe ser para ser un verdadero viviente? ¿Qué deberes le impone esta vocación? Estas preguntas y otras semejantes indican que sus autores todavía se buscan, buscando su verdadero sentido, el sentido que su vida debe tener para ser verdadera. ¡No soy más que sombra y bruma. Lo que seré, será mi verdadero Yo! Perseguir ese Yo, prepararlo, realizarlo, tal es la pesada tarea de los mortales; ellos no mueren más que para resucitar, no viven más que para morir y para encontrar la verdadera vida.
Sólo cuando estoy seguro de mí y cuando no me investigo ya, soy verdaderamente mi propiedad. Entonces me poseo y por eso me utilizo y disfruto de mí. Pero mientras creo, por el contrario, tener que descubrir todavía mi verdadero Yo, mientras me esfuerzo porque en mí no viva Yo, sino el cristiano, o cualquier otro Yo espiritual, es decir, cualquier fantasma tal como el Hombre, la esencia del Hombre, etc., me está para siempre prohibido gozar de mí.
Un abismo separa ambas concepciones: según la antigua, Yo soy mi fin; según la nueva, Yo soy mi punto de partida; según la primera, Yo me busco; según la segunda, me poseo y hago de mí lo que haría de cualquier otra de mis propiedades, gozo de mí a mi agrado. No tiemblo ya por mi vida, la prodigo. La cuestión, en adelante, no es ya saber cómo conquistar la vida, sino cómo gastarla y gozar de ella; no se trata ya de hacer florecer en mí el verdadero Yo, sino de hacer mi vendimia y consumir mi vida.
¿Qué es el Ideal, sino el Yo siempre buscado y nunca alcanzado? ¿Os buscáis? ¡Pues es que no os poseéis todavía! ¿Os preguntáis lo que debéis ser? ¡No lo sois, pues! Vuestra vida no es más que una larga y apasionada espera: durante siglos se ha suspirado por el porvenir y se ha vivido de esperanzas. Es cosa muy distinta vivir del disfrute.
¿Es sólo a los llamados piadosos a quienes se dirigen mis palabras? De ningún modo; se dirigen a todos aquellos que pertenecen a esta época que acaba y aún a sus alegres vividores. A ellos el domingo también sucede a los días laborables, y los bullicios de la vida son seguidos del ensueño de un mundo mejor, de una dicha universal, de un Ideal, en una palabra. ¡Pero los filósofos, al menos, deben oponerse a los devotos! ¿Ellos? ¿Han pensado jamás en otra cosa que el ideal y han aspirado nunca a otra cosa que al Yo absoluto? Siempre ansia y esperanza: es el romanticismo.
Si el disfrute de la vida ha de triunfar sobre la aspiración a la vida o la esperanza de la vida, tiene que vencerla bajo su doble significación -expuesta por Schiller en El ideal y la vida -, aplastar tanto la pobreza espiritual como la temporal y exterminar a la vez el ideal y el hambre de pan cotidiano. Quien tiene que usar su vida para conservarla, no puede gozar de ella, y quien la busca no la tiene y tampoco puede gozar de ella: ambos son pobres, pero ¡bienaventurados los pobres!.
El Ser Supremo del liberal es el Hombre; el Hombre es su mentor y la humanidad es su catecismo. Dios es Espíritu, pero el hombre es el espíritu acabado, el resultado final de la conquista del Espíritu, o de la investigación de las profundidades de la divinidad, es decir, del Espíritu.
Cada una de tus facciones debe ser humana. Tú mismo tienes que serlo de la médula hasta el dedo gordo del pie, desde tu interior hasta la punta de tus cabellos, pues la humanidad es tu vocación.
¡Vocación, destino, deber!
Lo que uno puede ser, lo es. El disfavor de las circunstancias podrá impedir al que nació poeta ser el primero de su tiempo, y no permitirle producir obras maestras, privándolo de los largos pero indispensables estudios preliminares; pero hará versos, ya sea criado de labor o tenga la suerte de vivir en la corte de Weimar. El músico hará música, aunque tuviera, por falta de instrumento, que soplar en una caña. Una cabeza filosófica meditará grandes problemas, ya adorne los hombros de un filósofo de Universidad o de un filósofo de aldea. En fin, el imbécil, que puede ser al mismo tiempo un malintencionado (las dos cosas van muy bien juntas; cualquiera que haya frecuentado los colegios encontrará en su memoria varios ejemplos, si pasa revista a sus antiguos condiscípulos), el imbécil, digo, será siempre imbécil, se le haya enseñado y ejercitado para ser jefe de oficina o para limpiar las botas de dicho jefe. Los cerebros obtusos forman la clase humana indisputablemente más numerosa. Pero ¿por qué no habría en la especie humana las mismas diferencias que es imposible desconocer en cualquier especie animal? Se encuentran por todas partes seres más o menos bien dotados.
Pocos, sin embargo, son lo bastante obtusos para que no se pueda introducir algunas ideas. Así se considera ordinariamente a todos los hombres como capaces de tener religión. Son además, susceptibles de ser enseñados, en cierta medida, sobre otras ideas, y se puede darles, por ejemplo, alguna comprensión musical y hasta un tinte de filosofía. Aquí el sacerdocio se liga a la religión, a la moralidad, a la cultura, a la ciencia, etc., y los comunistas, por ejemplo, quieren, con su escuela popular, hacerlo todo accesible a todos. Se sostiene ordinariamente que la gran masa no podría pasarse sin religión; los comunistas extienden esa afirmación y dice que no sólo la gran masa, sino todos están llamados a todo.
No basta haber instruido las masas en la religión, en el presente hay que rellenarlas de todo lo que es humano. Y el adiestramiento se hace cada día más universal y más extenso.
¡Pobres seres, que podríais ser tan felices, si no se os obligase a someteros a los pedagogos! ¿No acaba de sublevaros ver que se os toma siempre por otra cosa de lo que queréis parecer? ¡No! Repetís mecánicamente la lección que se os ha apuntado. ¿A qué soy llamado? ¿Cuál es mi deber? Y basta que hagáis la pregunta para que inmediatamente la respuesta se imponga a Vosotros: Vosotros os ordenáis lo que debéis hacer, os trazáis una vocación, u os dais las órdenes y os imponéis la vocación que el Espíritu ha prescrito de antemano. Con relación a la voluntad, eso puede anunciarse así: Yo quiero ser lo que debo.
Un hombre no tiene vocación a nada; no tiene más deber y vocación que la tienen una planta o un animal. La flor que se abre no obedece a una vocación, pero se esfuerza en gozar del mundo y consumirlo tanto como puede; es decir, saca tantos jugos de la tierra, tanto aire del éter y tanta luz del sol como puede absorber y contener. El ave no vive para realizar una vocación, pero emplea sus fuerzas lo mejor posible; caza insectos y canta a su gusto. Las fuerzas de la flor y del ave son débiles, comparadas con las de un hombre que apresta sus fuerzas para conquistar el mundo y lo oprime mucho más poderosamente que lo hace la flor y el ave. Él no tiene vocación o misión que cumplir, pero tiene fuerzas y estas fuerzas se despliegan alli donde se encuentren, porque, para ellas, ser consiste en manifestarse y no pueden mantenerse inactivas al igual que la vida, que si se detuviera siquiera un segundo, dejaría ya de ser vida. Se podría, pues, decir al hombre: ¡emplea tu fuerza! Pero ese imperativo implicaría todavía una idea de deber, y no se trata de eso. Por otra parte, ¿a qué ese consejo? Cada cual lo sigue y obra sin comenzar por ver en la acción un deber, cada cual despliega a cada instante toda la fuerza que posee. Se dice, sí, de un vencido que habría debido desplegar sus fuerzas; pero se olvida que si en el momento de sucumbir hubiera tenido el poder de desplegar sus fuerzas (corporales, por ejemplo), lo hubiese hecho; no ha tenido quizás más que un minuto de desaliento, pero fue, en suma, un minuto de impotencia. Las fuerzas pueden evidentemente agudizarse y multiplicarse, particularmente por las bravatas del enemigo o por exhortaciones amigas; pero cuando no se ponen en acción es seguro que no existen. Se puede hacer saltar chispas de una piedra, pero sin el choque no hay chispa; igualmente el hombre tiene necesidad de un impulso.
Puesto que las fuerzas se muestran siempre activas por sí mismas, la orden de ponerlas en acción sería superflua y carente de sentido. Emplear sus fuerzas no es la vocación y el deber del hombre, sino un acto perpetuamente real y actual. Fuerza no es más que una palabra más sencilla para decir manifestación de fuerza. Esa rosa es, desde que existe, una verdadera rosa, y ese ruiseñor es y ha sido siempre, un verdadero ruiseñor; igualmente Yo: sólo cuando cumplo mi misión y me conformo con mi destino, soy un verdadero hombre; lo soy, lo he sido siempre y no dejaré de serIo. Mi primer vagido fue la señal de vida de un verdadero hombre: los combates de mi vida son las manifestaciones de una fuerza verdaderamente humana, y mi último suspiro será el último esfuerzo del Hombre.
El verdadero hombre no está en el porvenir, no es el objetivo de un afán, sino que está aquí, en el presente, existe en realidad; cualquiera que Yo sea, alegre o apenado, niño o anciano, en la confianza o en la duda, en el sueño o la vigilia, soy Yo. Yo soy el verdadero hombre.
Pero si soy el Hombre, si he encontrado realmente en Mí aquel de quien la humanidad religiosa hacía un objetivo lejano, todo lo que es verdaderamente humano es, por eso mismo, mi propiedad. Todo lo que se atribuía a la idea de humanidad me pertenece.
Todo me pertenece y recobraré todo lo que quiera sustraerse a Mí; pero ante todo me recobro a Mí mismo, si una servidumbre cualquiera me ha hecho escapar de mí mismo. Mas eso tampoco es mi vocación, es mi conducta natural.
En resumen, existe una gran diferencia entre considerarme como punto de partida o como punto de llegada. Si soy mi fin, no me poseo, soy todavía extraño a mí, soy mi esencia, mi verdadera naturaleza íntima y esta esencia verdadera tomará como un fantasma mil nombres y mil formas diversas para burlarse de mí. Si Yo no soy aún yo, otro (Dios, el verdadero Hombre, el verdadero devoto, el hombre racional, el hombre libre, etc.), es el Yo, mi Yo. Todavía bien lejos de Mí, hago de Mí dos partes, de las que una, la que no es alcanzada y tengo que realizar, es la verdadera. La otra, la no verdadera, es decir, la no espiritual, debe ser sacrificada; lo que hay de verdadero en Mí, es decir, el Espíritu, debe ser todo el hombre. Eso se traduce asl: El Espíritu es lo esencial en el hombre o el hombre no es Hombre más que por el Espíritu. Uno se precipita ávidamente para coger al Espíritu como si al mismo tiempo fuera a cogerse él mismo, y en esta persecución desatinada del Yo se pierde de vista el Yo que uno es.
Al precipitarse en pos de sí, el inalcanzable, se desdeña la regla de los sabios que aconsejan tomar a los hombres como ellos son; se prefiere tomarlos como deberían ser y en consecuencia galopa uno sin tregua sobre la pista de su Yo tal como debería ser y se esfuerza en volver a todos los hombres igualmente justos, estimables, morales o razonables.
Sí, si los hombres fueran como deberían y como podrían ser, si todos los hombres fueran razonables, si se amasen los unos a los otros como hermanos, ¡la vida sería un paraíso! Pero los hombres no son como deben ser y como pueden ser. ¿Qué deben ser? ¡Lo que pueden ser y nada más! ¿Y qué pueden ser? Nada más de lo que pueden, es decir, de lo que tienen el poder o la fuerza de ser. Pero eso, lo son realmente, puesto que lo que no son, no son capaces de serlo; porque ser capaz de hacer o de ser, quiere decir hacer o ser realmente. Uno no es capaz de ser lo que no es; uno no es capaz de Hacer lo que no hace. Ese hombre a quien la catarata ciega, ¿podría ver? Ciertamente, bastaría que fuese operado con buen éxito. Mas, por el momento no puede ver porque no ve. Posibilidad y realidad son inseparables. No se puede hacer lo que no se hace, como no se hace lo que no se puede hacer. La singularidad de esta proposición desaparece si se quiere reflexionar bien que las palabras es posible que. ..etc., no signifiquen en el fondo casi nunca otra cosa que Yo puedo imaginar ... etcétera. Por ejemplo: Es posible que todos los hombres vivan racionalmente, quiere decir: Yo puedo imaginar que... etc. Mi pensamiento no puede hacer, y por consiguiente no hace que los hombres vivan razonablemente: ésa es una cosa que no depende de Mí, sino de ellos; la razón de todos los hombres no es, pues, para Mí más que pensable, no me es más que inteligible; pero como tal, es de hecho una realidad; si esa realidad toma el nombre de posibilidad, sólo es con relación a lo que Yo no puedo hacer, es decir, a la razón de las gentes. De suponer que eso dependiese de Ti, todos los hombres podrían ser racionales, porque Tú no ves en ello ningún inconveniente, y aun por lejos que se extienda tu pensamiento, no descubres quizá nada que a ello se oponga; resulta que ningún obstáculo se opone a la cosa en tu pensamiento, no descubres quizá nada que a ello se oponga; ella es pensable.
Pero los hombres no son todos racIonales; es, pues, sin duda, que no pueden serIo.
Cuando algo que se imaginaba posible no es o no sucede, puede uno estar seguro de que ha chocado con un obstáculo y es imposible. Nuestra época tiene su arte, su ciencia, etc.; su arte puede ser execrable, pero en ese caso ¿podemos decir que merecíamos tener uno mejor, habríamos podido tener uno mejor si lo hubiéramos querido? Tenemos justamente tanto arte como podemos tener; nuestro arte actual es actualmente el único posible y por eso es nuestro arte real.
Reducid aún el sentido de la palabra posible hasta que no signifique finalmente más que futuro y será todavía el equivalente de real. Cuando se dice, por ejemplo, es posible que el sol salga mañana, eso no significa más que, con relación a hoy, mañana es el porvenir real; porque no hay apenas necesidad de expresar que un porvenir no está realmente por venir, más que si no ha aparecido todavía.
¿A qué, decís, esa disección microscópica de una palabra? ¡Ah!, si no fuese detrás de ella donde se mantiene emboscado el error que ha tenido desde hace siglos más consecuencias, si esa pequeña palabra posible no fuese, en el cerebro de los hombres, el rincón en donde se dan cita todos los fantasmas que lo hechizan, no nos hubiéramos ocupado de ella.
El pensamiento, ya lo hemos mostrado antes, reina sobre el mundo poseído. Volvamos a la posibilidad que es uno de los lugartenientes. Posible, decíamos, no es nada más que pensable, inteligible, e innumerables víctimas han sido sacrificadas a ese terrible inteligible. Es pensable que los hombres puedan ser razonables; es pensable que puedan reconocer a Cristo; pensable que puedan ser inspirados por el bien y ser morales; pensable que puedan refugiarse en el seno de la Iglesia, que puedan no hacer nada, no pensar nada, no decir nada que ponga al Estado en peligro; pensable es incluso que puedan ser súbditos obedientes. Pero ved hasta dónde va a llevarnos esto. Siendo todo eso pensable, es posible y siendo posible a los hombres, deben serIo o deben hacerlo, es su vocación. Y, en fin, no se debe ver nada en los hombres más que en su vocación, debe mirárseles como llamamos a alguna cosa y tenerles, no por lo que son sino por lo que deben ser.
Otra consecuencia: no es el individuo el que es el Hombre; el Hombre es un pensamiento, un ideal. El individuo no es al Hombre lo que la infancia es a la edad madura, sino lo que un punto hecho con yeso es al punto matemático, lo que una criatura finita es al Creador infinito, o en términos más modernos, lo que el ejemplar es a la especie. De aquí el culto de la Humanidad eterna, inmortal, a cuya gloria (ad majorem humanitatis gloriam) debe sacrificarlo todo el individuo, convencido de que sería para él un honor eterno haber hecho alguna cosa por el Espíritu de la humanidad.
Resulta de aquí que quienes piensan gobiernan el mundo, mientras dure la época de los sacerdotes y de los pedagogos; lo que piensan es posible, y lo que es posible debe ser realizado. Ellos piensan en un ideal humano que no tiene realidad provisionalmente más que en su pensamiento, pero piensan después en la posibilidad de realizar este ideal, y es indisputable que esa realización es real ... mente pensable: es una Idea.
Puede ser que un Krummacher piense que Yo y Tú somos aún capaces de hacernos buenos cristianos; pero si se le ocurriese trabajarnos en ese sentido, le haríamos pronto sentir que nuestra cristianización, aunque pensable, es, sin embargo, imposible, y si se obstinase en asesinarnos con sus pensamientos y su buena doctrina de que nada tenemos que hacer, no tardaría en convencerse de que nada tenemos que ser que no nos agrade ser.
Y el razonamiento que resumíamos hace poco prosigue, dejando tras sí a devotos y gazmoños. ¡Si todos los hombres fuesen razonables, si todos practicasen la justicia, si todos tomaran por guía la caridad, etc.! Razón, justicia, caridad, les son presentadas como la vocación del hombre, como el objeto a que deben tender sus esfuerzos. ¿Y qué significa ser razonable? ¿Es razonarse uno mismo, comprenderse? No; la Razón es un gran libro repleto de artículos de leyes, todos atestados contra el egoísmo.
La historia no ha sido hasta el presente más que la historia del hombre espiritual. Después de la edad de los sentidos ha comenzado la historia propiamente dicha, es decir, la edad de la inteligencia, de lo espiritual, de lo suprasensible, de lo ideal, del no sentido. El hombre se pone entonces a querer ser algo. ¿Ser qué? Bueno, bello, verdadero, o más exactamente moral, piadoso, noble, etc. Quiere hacer de sí mismo un verdadero hombre: el Hombre es su objetivo, su imperativo, su deber, su destino, su vocación, su ideal: el Hombre es para él un futuro, un más allá. Y si llega a ser lo que sueña, no puede serIo más que gracias a algo, que se llamará veracidad, bondad, moralidad, etc. Desde entonces mira de través a cualquiera que no rinda homenaje al mismo algo, no siga la misma moral y no tenga la misma ley: persigue a los disidentes, los heréticos, las sectas, etc. (...)
* I
Con el reino de los pensamientos, el cristianismo ha llegado a su plenitud; el pensamiento es esa interioridad en que se extinguen todas las luces del mundo, en que toda existencia se hace inexistente y en que el hombre interior (el cerebro, el corazón) viene a ser Todo en Todo. Ese reino de los pensamientos espera su libertad; espera, como la Esfinge, que Edipo resuelva el enigma y le permita entrar en la muerte. Yo soy su destructor, porque en mi reino, en el reino del creador, ya no pueden formarse reinos propios y Estados dentro del Estado: es una creación de mi creadora ausencia de pensamientos. El mundo cristiano, el cristianismo y la religión en general, no perecerán sino con la muerte del pensamiento; cuando desaparezcan los pensamientos, los creyentes dejarán de existir. Para el pensante, pensar es una labor sublime, una actividad sagrada y reposa en una fe sólida, la fe en la verdad. Primero, la oración fue una santa actividad: luego ese santo recogimiento se convierte en un "pensar" racional y razonador que, sin embargo, conserva también como base la inquebrantable fe de la verdad sagrada y no es más que una máquina maravillosa que el Espíritu de la verdad dispone para su servicio.
El pensamiento libre y la ciencia libre me ocupan (porque no soy Yo quien soy libre y quien me ocupo, sino el pensamiento) del cielo y de lo celeste o divino; es decir, en realidad, del mundo y de lo mundano, con la reserva que este mundo ha venido a ser otro: el mundo ha sufrido sencillamente una mudanza, una enajenación, y Yo me ocupo de su esencia, lo que constituye otra enajenación. Quien piensa es ciego a las cosas que lo rodean, e inepto para apropiarse de ellas; no come, ni bebe, ni goza, porque comer y beber jamás es pensar; descuida todo, su vida, su conservación, etcétera, por pensar. Lo olvida, como lo olvida quien reza. Así, el vigoroso hijo de la Naturaleza lo mira como un cerebro desarreglado, como un loco, aun cuando lo tiene por un santo; así, los antiguos tenían a los frenéticos por sagrados. El pensamiento libre es un frenesí, una locura, puesto que es un puro movimiento de la interioridad, del hombre meramente interior que domina el resto del hombre. El chamán y el filósofo luchan contra los aparecidos, los demonios, los espíritus, los dioses.
Radicalmente diferente del pensamiento libre es el pensamiento que me es propio, el pensamiento que no me domina, sino que Yo lo domino, tengo sus riendas y lo lanzo o lo retengo a mi agrado. Este pensamiento propio difiere tanto del pensamiento libre, como la sensualidad que Yo tengo en mi poder y que satisfago si me place y como me place, difiere de la sensualidad libre y sin bridas, a la cual sucumbo.
Feuerbach, en sus Principios de la Filosofía del futuro (Grundsätzen der Philosophie der Zukunft), vuelve siempre al Ser. A pesar de toda su hostilidad contra Hegel y la filosofía de lo absoluto, se hunde hasta el cuello en la abstracción, porque el Ser es una abstracción, del mismo modo que el Yo. Solamente Yo no soy puramente una abstracción, Yo soy Todo en Todo, por consiguiente soy hasta abstracción y nada, soy todo y nada. Yo no soy un simple pensamiento, pero estoy lleno, entre otras cosas, de pensamientos; soy un mundo de pensamientos. Hegel condena todo lo que me es propio, mi hacienda y mi consejo privados. El pensamiento absoluto es aquel que pierde de vista que se trata de mi pensamiento, que Yo lo pienso y que sólo existe por Mí. En cuanto soy Yo, devoro lo que es mío, soy su dueño; el pensamiento no es más que mi opinión, opinión que puedo cambiar a cada momento, es decir, aniquilarla, retornarla a Mí y consumirla. Feuerbach quiere demoler el pensamiento absoluto de Hegel con el Ser insuperado. Pero el Ser no es menos superado por Mí que el pensamiento: aquél es mi Yo soy, como éste es mi Yo pienso.
Feuerbach, naturalmente, no viene sino a demostrar la tesis, en sí trivial, de que Yo tengo necesidad de los sentidos o que no puedo pasarme completamente sin esos órganos. Por supuesto, no puedo pensar si no soy un ser sensible, sólo que, para el pensamiento como para la sensación, para lo abstracto como para lo concreto, tengo ante todo necesidad de Mí, y cuando hablo de Mí, entiendo ese Yo perfectamente determinado que soy Yo, el único. Si Yo no fuera Fulano, si no fuera Hegel, por ejemplo, no contemplaría el mundo como lo contemplo, no encontraría el sistema filosófico que, siendo Hegel, encuentro, etc. Tendría sentidos como cualquiera los tiene, pero no los emplearía como le hago. (...)
El Ser no justifica nada. Lo pensado es tanto como lo no pensado; la piedra de la calle es y mi representación de ella es igualmente; la piedra y su representación ocupan simplemente espacios diferentes, estando la una en el aire y la otra en mi cabeza, en Mí: porque Yo soy espacio como la calle.
Los miembros de una corporación o los privilegiados no toleran ninguna libertad de pensar, es decir, ningún pensamiento que no venga del dispensador de todo bien, ya se llame ese dispensador Dios, el Papa, la Iglesia o no importa quién. Si alguno de ellos nutre pensamientos ilegítimos, debe decirlos al oído de su Confesor y dejarse imponer por él penitencias y mortificaciones hasta que el látigo de la esclavitud se haga intolerable en esos libres pensamientos. El espíritu de cuerpo, por otra parte, ha recurrido incluso a otros procedimientos a fin de que los pensamientos libres no salgan del todo a la luz; en primer lugar, se recurre a una educación apropiada. Quien se ha impregnado convenientemente de los principios de la moral no queda jamás libre de pensamientos morales; el robo, el perjurio, el engaño, etc. siguen siendo para él ideas fijas contra las cuales ninguna libertad de pensamiento puede protegerlo. Tiene los pensamientos que le vienen de lo alto y se atiene a ellos.
No sucede lo mismo con los Concesionarios o Autorizados. Cada uno debe, según ellos, ser libre de tener y de formarse los pensamientos que quiera. Si tiene la patente, la concesión de una facultad de pensar, no le hace falta un privilegio especial. Como todos los hombres están dotados de razón, cada cual es libre de que se le ocurra cualquier pensamiento y de amontonar según la patente de sus capacidades naturales una riqueza más o menos grande de sus pensamientos. Y se os exhorta a respetar todas las opiniones y todas las convicciones, se afirma que toda convicción es legítima, que se debe mostrar tolerancia con las opiniones de los demás, etc.
Pero nuestros pensamientos no son mis pensamientos y vuestros caminos no son mis caminos, o más bien, es lo contrario lo que quiero decir: Vuestros pensamientos son mis pensamientos, de los que yo hago lo que quiero y lo que puedo, y los derribo despiadadamente: son mi propiedad, que Yo aniquilo si me agrada. No espero vuestra autorización para henchir de aire o deshacer las bolas de jabón de vuestros pensamientos. Poco me importa que también llaméis esos pensamientos los vuestros; no por eso dejarán de seguir siendo míos. Mi actitud respecto a ellos es asunto mío y no un permiso que me arrogo. Puede agradarme dejaros con vuestros pensamientos y me callaré. ¿Creéis que los pensamientos son como pájaros y revolotean tan libremente que cada cual no tenga más que coger uno para poder prevalerse después de él contra Mí, como de su propiedad? Todo lo que vuela es mío.
¿Creéis tener vuestros pensamientos para Vosotros y no tener que responder de ellos ante nadie, o, como decís, no tener que dar cuenta de ellos más que a Dios? No es nada de eso; vuestros pensamientos, grandes o pequeños, me pertenecen y los utilizo a mi antojo.
El pensamiento no me es propio más que cuando no tengo escrúpulos de ponerlo en peligro de muerte y no tengo que temer su pérdida como una pérdida para mí, una caducidad. El pensamiento no es mío sino cuando soy Yo quien lo subyugo y él nunca puede encorvarme bajo su yugo, fanatizarme y hacer de mí el instrumento de su realización. La libertad de pensar existe cuando Yo puedo tener todos los pensamientos posibles; pero los pensamientos no llegan a ser una propiedad más que perdiendo el poder de hacerse mis señores. En tanto que el pensamiento es libre, los pensamientos (las ideas) son los que reinan; pero si llego a hacer de estas últimas mi propiedad, se conducen como criaturas mías.
Si la jerarquía no estuviera tan profundamente arraigada en el corazón del hombre, hasta el punto que les desaniman a buscar pensamientos libres, es decir, quizás desagradables a Dios, la libertad de pensamiento sería una expresión tan vacía de sentido como, por ejemplo, libertad de digerir.
Las gentes que pertenecen a una confesión, son del parecer que el pensamiento me es dado; según los librepensadores, Yo busco el pensamiento. Para los primeros, la verdad está ya descubierta y existe; Yo sólo tengo que acusar recibo de ella al donante que me hace la gracia de concedérmela; para los segundos, la verdad está por buscar, es un objeto colocado en el futuro y hacia el que debo tender.
Para unos como para otros, la verdad (el pensamiento verdadero) está fuera de Mí y me esfuerzo en obtenerla, ya como un presente (la gracia), ya como una ganancia (mérito personal). Luego: 1. La verdad es un privilegio. 2. No, el camino que conduce a ella está patente a todos; ni la Biblia, ni el Santo Padre, ni la Iglesia están en posesión de la verdad, pero se especula sobre su posesión.
Unos y otros, como se ve, carecen de propiedad en materia de verdad. No pueden retenerla más que a título de feudo (porque el Santo Padre, por ejemplo, no es un individuo en cuanto único, es un tal Sixto, un tal Clemente, etc. y en cuanto Sixto o Clemente, no posee la verdad, si es su depositario, es como Santo Padre, es decir, como Espíritu), o tenerla por idea. Si es un feudo, está reservada a un pequeño número (privilegiados); si es un ideal, es para todos (autorizados).
La libertad de pensar tiene, pues, el sentido siguiente: todos erramos en la obscuridad por los caminos del error, pero cada cual puede acercarse a la verdad por esas sendas, y entonces está en el camino recto (todos los caminos llevan a Roma, al fin del mundo, etc.). La libertad de pensar implica, por consiguiente, que la verdad del pensamiento no me es propia, porque si lo fuera, ¿cómo se querría excluirme de ella?
El pensar ha venido a ser enteramente libre, y ha codificado una multitud de verdades a las que Yo debo someterme. Procura completarse por un sistema elevado y elevarse a la altura de una constitución absoluta. En el Estado, por ejemplo, persigue la idea hasta que haya instaurado el Estado-razón y en el hombre (la antropología) hasta que haya descubierto al Hombre. Quien piensa no difiere del creyente sino porque cree más que este último, el cual piensa, en cambio, mucho menos en su fe (artículos de fe). Quien piensa recurre a mil dogmas allí donde el creyente se contenta con algunos; pero los relaciona y considera esta relación como la medida de su valor. Si uno u otro no hace su negocio, lo desecha.
Los aforismos queridos a los pensadores forman exactamente la pareja de los que gustan a los creyentes: en lugar de si eso viene de Dios, no lo destruiréis, dice: si eso viene de la Verdad, es verdadero; en vez de rendid homenaje a Dios, rendid homenaje a la Verdad. Pero a Mí poco me importa quién sea el vencedor, Dios o la Verdad; lo que quiero es vencer Yo.
¿Cómo se puede imaginar una libertad ilimitada en el Estado o en la sociedad? El Estado puede, sí, proteger a uno contra otro, pero no puede dejarse poner a sí mismo en peligro por una libertad ilimitada, por lo que se llama la licencia desenfrenada. El Estado, al proclamar la libertad de la enseñanza, proclama simplemente que cualquiera que enseñe como lo quiere el Estado, o más exactamente, como lo quiere el poder del Estado, está en su derecho. La competencia está igualmente sometida a ese como lo quiere el Estado; si el clero, por ejemplo, no quiere como el Estado, se excluye él mismo de la competencia (véase lo que ha pasado en Francia). Los límites que pone el Estado necesariamente a toda competencia, son llamados la vigilancia y la alta dirección del Estado. Por el hecho mismo de mantener la libertad de la enseñanza en los límites convenientes, el Estado consigue su objeto en la libertad de pensar, porque las gentes, es lo general, no piensan más allá que lo que sus maestros han pensado. (...)
* II
La cuestión de nuestro tiempo no será soluble en tanto que se la plantee así: ¿Es legítima cualquier generalidad o sólo la individualidad? ¿Es la generalidad (Estado, Leyes, Costumbres, Moralidad, etcétera), o la individualidad la que autoriza? El problema no es soluble ni resuelto más que cuando uno no se preocupa ya de una autorización ni se hace ya simplemente la guerra a los privilegios.
Una libertad de enseñanza razonable que no reconozca más que la conciencia de la razón no nos conduce a nuestra meta; tenemos mayor necesidad de una libertad de enseñanza egoísta, plegándose a toda individualidad, por la que Yo pueda hacerme comprensible, y exponerme sin que nada me lo impida. Que Yo me haga inteligible, sólo eso es razón, pero no es razonable que Yo sea; si me hago comprender y si me comprendo Yo mismo, los demás gozarán de Mí como Yo gozo, y me consumirán como Yo me consumo.
¿Qué se ganaría con ver hoy al Yo razonable libre, como lo fue en otro tiempo el Yo creyente, legal, moral,etc.? Esa libertad, ¿es mi libertad?
Si Yo no soy libre sino en tanto Yo razonable, es lo razonable o la razón lo que es libre en mí, y esa libertad de la razón o libertad del pensamiento ha sido siempre el ideal del mundo cristiano. Se quería liberar el pensamiento y como hemos dicho, la creencia también es pensar y el pensar es creencia. Para los demás, la libertad era imposible. Pero la libertad de los que piensan es la libertad de los hijos de Dios, es la más despiadada jerarquía o dominación del pensamiento, porque Yo soy sometido al pensamiento. Si los pensamientos son libres, Yo estoy dominado por ellos, no tengo sobre ellos ningún poder y soy su esclavo. Pero Yo quiero gozar del pensamiento, quiero estar lleno de pensamientos y sin embargo, liberado de los pensamientos, Yo me quiero libre de pensamientos, en lugar de libre de pensar.
Para hacerme comprender y para comunicarme con los demás, Yo no puedo utilizar más que medios humanos, medios que dispongo porque, como ellos, soy hombre. Y en realidad, en cuanto hombre, Yo no tengo más que pensamientos, mientras que en cuanto Yo, carezco, además, de pensamientos. Si no se puede apartar de un pensamiento, no se es nada más que hombre, esclavo de la lengua, esa producción de los hombres, ese tesoro de pensamientos humanos. La lengua o la palabra ejerce sobre nosotros la más espantosa tiranía, porque conduce contra nosotros todo un ejército de ideas obsesivas.
No es sólo durante tu sueño cuando careces de pensamiento y de palabras; careces de ellos en las más profundas meditaciones e incluso es justamente entonces cuando careces más. Y no es más que por esa ausencia de pensamientos, por esa libertad de pensar desconocida o libertad frente al pensar, por lo que Tú te perteneces. Sólo gracias a ella llegarás a usar del lenguaje como de tu propiedad.
Si el pensar no es mi pensar, no es más que el devanar de un madeja de pensamientos, es una tarea de esclavo, de esclavo de las palabras. El origen de mi pensar no es mi pensamiento, soy Yo; también soy Yo igualmente su objeto y todo su curso no es más que el curso de mi goce y de Mí. El origen del pensar absoluto o libre es, por el contrario, el pensar libre mismo, y se deforma, remontando este origen a la abstracción más externa (por ejemplo, el Ser). Cuando se tiene el cabo de esta abstracción o de este pensamiento inicial, no queda más que tirar del hilo para que toda la madeja se devane.
El pensar absoluto es asunto del Espíritu humano; y éste es un Espíritu santo. Así, ese pensar es asunto de los sacerdotes; ellos solos tienen su inteligencia y tienen el sentido de los intereses supremos de la humanidad, del Espíritu.
Las verdades son para el creyente una cosa hecha. Para el librepensador son una cosa que aún tiene que hacerse. Por desembarazado de toda credulidad que esté el pensar absoluto, su escepticismo tiene límites y le queda la fe en la Verdad, en el Espíritu, en la Idea y en su victoria final; no peca contra el Espíritu Santo. Pero todo pensar que no peca contra el Espíritu Santo no es más que una fe en los espíritus y en los fantasmas.
Yo no puedo deshacerme más del pensamiento que de la sensación, ni de la actividad del espíritu que de la actividad de los sentidos. Lo mismo que el sentir es nuestra visión de las cosas, el pensar es nuestra visión de las esencias del pensamiento (pensamientos). Las esencias existen en todo lo que es sensible, y particularmente en el verbo. El poder de las palabras sucede al poder de las cosas; primero, se es forzado por los azotes, más tarde, por la convicción. El poder de las cosas sobrepasa nuestro valor, nuestro ingenio; contra el poder de una convicción, y por tanto de una palabra, los potros y el tajo pierden su superioridad y su fuerza. Los hombres de convicciones son sacerdotes que resisten a los lazos de Satán. (...)
Las verdades son frases, expresiones, palabras; unidas las unas a las otras, enhebradas de extremo a extremo y ordenadas en líneas, esas palabras forman la lógica, la ciencia, la filosofía.
Yo empleo las verdades y las palabras para pensar y para hablar, como empleo los alimentos para comer; sin ellas y sin ellos no puedo pensar, ni hablar, ni comer. Las verdades son los pensamientos de los hombres traducidos en palabras y por ello no existen más que para el espíritu o el pensar. Son producciones de los hombres y de las criaturas humanas; si se hace de ellas revelaciones divinas, se me hacen extrañas y aunque propias criaturas mías, se alejan de Mí inmediatamente después del acto de la creación.
El hombre cristiano es el que tiene fe en el pensamiento, el que cree en la soberanía de los pensamientos y quiere hacer reinar ciertos pensamientos que él llama principios. Muchos hay, es cierto, que hacen sufrir a los pensamientos una prueba previa, y no eligen ninguno por señor sin crítica, pero recuerdan con ello al perro que olfatea a las gentes para oler a su dueño; se dirigen siempre a los pensamientos dominantes. El cristiano puede reformar y trastornar indefinidamente las ideas que dominan desde hace siglos, puede hasta destruirlas, pero será siempre para tender hacia un nuevo principio o un nuevo señor; siempre erigirá una verdad más elevada o más profunda, siempre fundará un culto, siempre proclamará un espíritu llamado a la soberanía y establecerá una ley para todos.
En tanto quede una sola verdad a la que el hombre deba consagrar su vida y sus fuerzas porque es hombre, el Yo estará avasallado a una regla, a una dominación, a una ley, etc., será siervo. El hombre, la humanidad, la libertad, pertenecen a ese género.
Se puede decir, por el contrario: si quieres continuar ocupándote en pensamientos, sólo de tí depende; sabe únicamente que si quieres conseguir algo considerable, hay una multitud de problemas difíciles a resolver, y si no los superas, no llegarás lejos. Para Ti, ocuparte en pensamientos no es un deber o una vocación; si, no obstante, lo quieres, harás bien en aprovecharte de las fuerzas gastadas por los demás para mover esos pesados objetos.
Así, pues, quien quiere pensar, se impone por ello mismo, consciente o inconscientemente, una tarea; pero nada le obliga a aceptar esta tarea. Se puede decir: Tú no vas bastante lejos, tu curiosidad es limitada y tímida, no vas al fondo de las cosas; en suma, no te haces completamente su dueño; pero, por otra parte, por lejos que hayas llegado, estás siempre al final de la tarea; ninguna vocación te llama a ir más lejos y eres libre de hacer lo que quieras o lo que puedas. Ocurre con el pensamiento como con cualquier otra tarea: puedes abandonarlo cuando te venga en gana. Igualmente, cuando no puedes ya creer una cosa, no tienes que esforzarte en creerla y en continuar ocupándote de ella como de un santo artículo de fe, a la manera de los teólogos o de los filósofos; audazmente puedes desviar de ella tu interés, y darle la despedida.
Los espíritus sacerdotales seguramente considerarán ese desinterés como pereza de espíritu, irreflexión, apatía, etc., no te ocupes de esas necedades. Nada, ningún interés supremo de la humanidad, ninguna causa sagrada vale que Tú la sirvas y te ocupes de ella por amor de ella; no le busques otro valor que en lo que vale para Ti. Recuerda por tu conducta la palabra bíblica: Sed como niños; los niños no tienen intereses sagrados ni tienen ninguna idea de una buena causa.
El pensar no puede cesar más que al sentir. Pero el poder de los pensamientos y de las ideas, la dominación de las teorías y de los principios, el imperio del Espíritu, en una palabra, la jerarquía, durará tanto tiempo como los sacerdotes tengan la palabra, los sacerdotes, es decir, los teólogos, los filósofos, los hombres de Estado, los filisteos, los liberales, los maestros de escuela, los criados, los padres, los hijos, los esposos, Proudhon, Jorge Sand, Bluntschli, etc., etc. La jerarquía durará tanto como se crea en los principios; tanto como se piense en ellos y aunque se los critique; porque la crítica, incluso la más corrosiva, la que arruina todos los principios admitidos, aún cree en definitiva en un principio.
Cada cual critica, pero el criterio difiere. Se busca el verdadero criterio. Ese criterio es la hipótesis primera. El crítico parte de un axioma, de una verdad, de una creencia; ésta no es una creación del crítico, sino del dogmático; de ordinario, sencillamente se toma tal cual es a la cultura del tiempo; así, por ejemplo, la libertad, la humanidad, etcétera. No es el crítico quien ha descubierto al Hombre; el Hombre ha sido sólidamente establecido como verdad por el dogmático, y el crítico, que puede, por otra parte, ser la misma persona, cree en esa verdad, en ese artículo de fe. En esta fe y poseído de esta fe, critica.
El secreto de la crítica es una verdad; tal es el arcano de su fuerza.
Pero Yo distingo entre la crítica oficiosa y la crítica propia o egoísta. Si critico partiendo de la hipótesis de un Ser supremo, mi crítica sirve a ese ser y se ejerce en su favor; si estoy poseído de la fe de un Estado libre, yo critico todo lo que se refiere a ella desde el punto de vista de su concordancia, de su conveniencia, para el Estado libre, porque Yo amo ese Estado; si soy un crítico piadoso, todo se dividirá para mí en dos clases: lo divino y lo diabólico; la naturaleza entera está hecha a mis ojos de huellas de Dios o de huellas del diablo (de ahí los lugares llamados Gottesgabe, don de Dios; Gottesberg, montaña de Dios; Teufelskauzel, silla del diablo, etc.), los hombres se dividirán en fieles e infieles, etc.; si el crítico cree en el Hombre, empezará por colocarlo todo bajo las rúbricas Hombres y no Hombres, etc. La crítica ha seguido siendo hasta el presente una obra del amor, porque la hemos ejercido en todo tiempo por amor de uno o de otro ser. Toda crítica oficiosa es un producto del amor, una posesión, y obedece al precepto del Nuevo Testamento: "Probadlo todo y retened lo que es bueno". Lo "bueno" es la piedra de toque, el criterio. Lo bueno, bajo mil nombres y mil formas diferentes, ha sido siempre la hipótesis, el punto de apoyo dogmático de la crítica, la idea fija.
El crítico presume ingenuamente la verdad al ponerse a la obra, y la busca, convencido de que está todavía por encontrar. Quiere descubrir la verdad, y tiene por ello ese bien.
La hipótesis, la suposición, no es más que el hecho de sentar un pensamiento o de pensar cierta cosa, debajo y antes que cualquier otra: partiendo de lo pensado, se pensará después todo lo demás, es decir, se mediará y se criticará según él. En otros términos: esto equivale a decir que el pensar debe empezar con algo ya pensado. Los hegelianos se expresan siempre como si el pensar pensase y obrase; hacen de él el Espíritu que piensa, esto es, el pensar personificado, el pensar hecho fantasma. El liberalismo crítico, por su parte, os dirá: la crítica hace esto o aquello, o bien: la conciencia juzga de tal o cual manera. Pero si consideráis activa a la crítica, mi pensamiento debe ser su antecedente. El pensar y la crítica, para ser por sí mismos activos, tendrían que ser la hipótesis misma de su actividad, puesto que no pueden ser actividad sin ser. Y el pensar, en cuanto supuesto, es un pensamiento fijo, un dogma; resulta de ello que el pensar y la crítica no pueden surgir más que de un dogma, es decir, de un pensamiento, de una idea fija, de una hipótesis.
Con ello volvemos a lo que hemos dicho ya anteriormente, de que el Cristianismo consiste en el desarrollo de un mundo de pensamientos, o que es la verdadera libertad de pensamiento, el pensamiento libre, el libre Espíritu. La verdadera crítica que yo he llamado oficiosa, es igual y por la misma razón la libre crítica porque no es mi propiedad.
Muy distinto cuando lo tuyo no se convierte en algo para sí, se personifica, no se hace un espíritu independiente de Ti. Tu pensar no tiene por hipótesis el pensar, sino Tú. Así, pues, ¿te has supuesto Tú? Sí, pero no es a Mí a quien me supongo, es a mi pensar. Mi Yo es anterior a mi pensar. Síguese de aquí que ningún pensamiento precede a mi pensar, o que mi pensar no tiene hipótesis. Porque si Yo soy un supuesto con relación a mi pensar, este supuesto no es la obra del pensar, no es sub-pensamiento, sino que es la posición misma del pensar y su poseedor; ello prueba simplemente que el pensar no es más que una propiedad, es decir, que no existe ni pensar en sí, ni espíritu pensante.
Esta inversión de la manera habitual de considerar las cosas, podría parecer un juego de manos con abstracciones, tan vano, que aquellas mismas contra las cuales va dirigido, no arriesgarían nada en prestarse a ese inofensivo cambio, pero las consecuencias prácticas que de ello se derivan son graves. La conclusión que extraigo de ello es que el Hombre no es la medida de todo, sino que Yo soy esa medida. El crítico oficioso mira a otro ser que él mismo, a una idea a la que quiere servir; así no hace a su Dios más que hecatombes de falsos ídolos. Lo que hace por el amor de ese ser, no es más que una obra de amor. Pero Yo, cuando critico, no miro solamente a mi objeto; me procuro, aparte de eso, un placer, me divierto según mi gusto, según me conviene, mastico la cosa o me limito a olerla.
* III
La verdad es una cosa muerta, es una letra, una palabra, un material que yo puedo emplear. Toda verdad para sí es un cadáver; si vive, sólo es como vive mi pulmón, es decir, según la medida de mi propia vitalidad. Las verdades son como el grano bueno y la cizaña: ¿son buen grano, son cizaña?; sólo Yo puedo decirlo.
Los objetos no son para mí más que los materiales que pongo en acción. La verdad es mía, y no tengo ninguna necesidad de desearla. No me propongo ponerme al servicio de la verdad; no es más que un alimento para mi cerebro pensador, como la patata lo es para mi estómago digestivo o el amigo para mi corazón sociable. Mientras tenga la satisfacción y la fuerza de pensar, toda verdad no me sirve más que para modelarla cuanto me es posible. La verdad es para mí lo que la mundalidad es para los cristianos: vana y frívola. No menos existe, lo mismo que las cosas del mundo continúan existiendo aunque el cristiano haya mostrado su nada; pero es vana, porque su valor no está en sí misma sino en Mí. Para sí, carece de valor. La verdad es una criatura.
Por vuestra actividad creáis innumerables obras; habéis cambiado el aspecto de la tierra y edificado por todas partes monumentos humanos; de igual modo, gracias a vuestro pensamiento, podéis descubrir innumerables verdades, y de ello nos regocijamos de todo corazón. Pero Yo no consentiré nunca en hacerme el esclavo de vuestras nuevas máquinas, no ayudaré a ponerlas en marcha más que para mi uso.
Todas las verdades inferiores a Mí son para mí bien venidas; de verdades por encima de Mí, de verdades a las que Yo debería doblegarme, no entiendo. No hay verdad por encima de mí, porque por encima de mí no hay nada. ¡Ni mi esencia, ni la esencia del Hombre están por encima de Mí! ¡Sí, de Mí, esta gota en la cuba, de este ser insignificante!
Creéis tener una audacia extraordinaria cuando afirmáis que no hay verdad absoluta, puesto que decís que cada época tiene su verdad y que sólo pertenece a ella. ¿Concedéis, sin embargo, que cada época tuvo su verdad? ; pues con eso mismo creáis propiamente una verdad absoluta, una verdad que no falta en ninguna época, porque cada una, cualquiera que sea su verdad, tiene una. ¿Basta decir que se ha pensado en todo tiempo y que se han tenido, por consiguiente, pensamientos y verdades, distintos, en cada época que en la época precedente? No; se debe decir que cada época tuvo su verdad de fe, y de hecho, no se ha visto ninguna que no reconociese una verdad suprema ante la que no se inclinase como a la soberana majestad. La verdad de una época es una idea fija; cuando llega un día en que se encuentra otra verdad, no se la descubre sino porque se buscaba una; no se hacía más que reformar su locura y vestirla de nuevo. Porque se quería estar inspirado por una idea, se procuraba estar dominado, poseído por un pensamiento. El postrer vástago de esta dinastía es nuestra esencia o el Hombre.
Para toda crítica libre, el criterio era un pensamiento; para la crítica propia, egoísta, el criterio soy Yo. Yo el indecible, y por consiguiente, el impensable (porque lo pensado puede siempre expresarse, puesto que palabra y pensamiento coinciden). Es verdadero lo que es mío; es falso aquello que Yo no poseo; verdadera, por ejemplo, es la asociación, falsos son el Estado y la sociedad. La crítica libre y verdadera trabaja por la dominación lógica de un pensamiento, de una idea, de un Espíritu; la crítica propia no trabaja más que por mi deleite. Así se aproxima -y no querríamos ahorrarle esta vergüenza -a la crítica animal del instinto. Sucede conmigo como con el animal; criticando, no veo en mis asuntos más que a Mí y no a ellos. Yo soy el criterio de la Verdad, pero no soy una idea; soy más que una idea, porque excedo de toda fórmula. Mi crítica no es libre, frente a mí, ni es oficiosa al servicio de una idea, me es propia.
Del mismo modo que el mundo al convertirse en mi propiedad, ha venido a ser un material del que Yo hago lo que quiero, el Espíritu, al hacerse mi propiedad, ha de rebajarse al material, ante el cual no siento ya el terror de lo sagrado. En adelante no me estremeceré de horror ante ningún pensamiento por temerario o diabólico que parezca, porque, por poco importuno o desagradable que se vuelva para Mí, su fin está en mi poder; y en adelante no me detendré ya temblando ante una acción porque el espíritu de impiedad, de inmoralidad o de injusticia habite allí, ni más ni menos que San Bonifacio no se abstuvo por escrúpulo religioso de derribar las encinas sagradas de los paganos. Como las cosas del mundo se han hecho vanas, inevitablemente vanos deben hacerse los pensamientos del Espíritu.
Ningún pensamiento es sagrado, porque ningún pensamiento es una devoción; ningún sentimiento es sagrado (no hay sentimiento sagrado de la amistad, del santo amor maternal, etc.), ninguna fe es sagrada. Pensamientos, sentimientos, creencias, son irrevocables, y son mi propiedad, propiedad irrevocable que Yo mismo destruyo, como Yo la creo.
El Cristianismo puede verse despojado de todas las cosas u objetos, puede perder a las personas más amadas, esos objetos de su amor, sin desesperar por eso de sí mismo; es decir, en el sentido cristiano de su espíritu, de su alma. El propietario puede rechazar lejos de sí todos los pensamientos que eran queridos a su espíritu y encendían su celo; él volverá a ganar mil veces otro tanto; porque él, su creador, subsiste.
Inconsciente e involuntariamente, todos tendemos a la individualidad; sería difícil encontrar uno solo entre nosotros que no haya abandonado ningún sentimiento sagrado y roto con algún santo pensamiento o alguna santa creencia: pero no encontraríamos a nadie que no pudiera liberarse aún de uno u otro de sus pensamientos sagrados. Cada vez que atacamos una convicción, partimos de la opinión de que somos capaces de arrojar, por decirlo así, al adversario de las trincheras de su pensamiento. Pero lo que Yo hago inconscientemente, no lo hago más que a medias; así, después de cada victoria sobre una creencia, vuelvo a ser el prisionero (el poseído) de una nueva creencia, que me vuelve a tomar por entero a su servicio, ella hace de mí un fanático de la razón cuando he cesado de entusiasmarme por la Biblia, o un fanático de la idea de Humanidad cuando dejo de luchar por el Cristianismo.
Propietario de mis pensamientos, protegeré, sin duda, mi propiedad bajo mi escudo, exactamente como propietario de las cosas, a nadie dejo cogerlas; pero sonriendo acogeré el término del combate, sonriendo depondré mi escudo sobre el cadáver de mis pensamientos y de mi fe, y sonriendo, vencido triunfaré.
A la sentencia cristiana todos somos pecadores, yo opongo ésta: ¡Todos somos perfectos! Porque a cada instante somos todo lo que podemos ser y nada nos obliga jamás a ser más. Como no arrastramos con nosotros ninguna falta, ningún defecto, el pecado no tiene sentido. ¡Mostradme aún un pecador en un mundo en que nadie tiene ya que satisfacer nada superior a sí! Si Yo no quiero más que satisfacerme, no satisfaciéndome no peco, puesto que no ofendo en mí mismo ninguna santidad; al contrario, si debo ser piadoso, tengo que satisfacer a Dios; si debo obrar humanamente, tengo que satisfacer a la esencia del Hombre, a la idea de humanidad, etc. A quien el religioso llama un pecador, el humanista le llama un egoísta. Pero, una vez más, no tengo que contentar a nadie: ¿qué es, pues, el Egoísta, ese diablo a la nueva moda que se ha creado el Humanista? El Egoísta, ante el cual los humanistas se santiguan con espanto, no es más que un fantasma, como el diablo; no es más que un espantajo y una fantasmagoría de su cerebro. Si no estuviesen hechizados ingenuamente por la vieja antítesis del bien y del mal, a la que han dado respectivamente los nombres de humano y de egoísta para rejuvenecerlo, no habrían cocido al pecador encanecido en la caldera del egoísmo, y no habrían zurcido una pieza nueva a un vestido viejo. Pero no podían hacer otra cosa porque consideran como su deber ser Hombres.
¡Todos Somos perfectos y no hay sobre la Tierra un solo hombre que sea un pecador! Como hay locos que se imaginan ser Dios padre, Dios hijo o el hombre de la luna, hormiguean insensatos que se creen pecadores. Los primeros no son el hombre de la luna y ellos no son pecadores. Su pecado es quimérico.
Pero, se objeta insidiosamente, ¿su demencia o su posesión es, al menos, su pecado? Su posesión no es más que lo que han podido producir y el resultado de su desarrollo, exactamente como la fe de Lutero en la Biblia era todo lo que había podido producir. Su desarrollo conduce al primero a una casa de locos y al segundo al Panteón o al Walhalla. ¡No existe ningún pecador, ni ningún egoísmo pecaminoso!
No llames a los hombres pecadores y no lo serán: Tú sólo eres el creador de los pecados; Tú eres quien te imaginas amar a los hombres, quien los arrojas en el fango del crimen; Tú eres quien los hace viciosos o virtuosos, humanos o inhumanos, y Tú eres quien los salpicas con la baba de tu posesión; porque Tú no amas a los hombres, sino al Hombre. Yo te lo digo: no has visto jamás pecadores, sólo los has soñado.
Yo derrocho mi autodisfrute porque creo deber servir a otro que Yo, porque me creo deberes para con él y me creo llamado al sacrificio, a la abnegación, al entusiasmo. Pues bien, si no sirvo ya a ninguna Idea, a ningún Ser superior, dicho está que tampoco serviré ya a ningún hombre, salvo -y en otros casos- a Mí. Y así no es sólo por el ser o por la acción, sino incluso por la conciencia por lo que soy el Único.
Te corresponde más que lo divino, lo humano, etcétera; te corresponde lo que es tuyo.
Considérate más poderoso que todo aquello por lo que se te hace pasar y serás más poderoso; considérate más y serás más.
No estás simplemente destinado a todo lo divino y autorizado a todo lo humano, sino que eres poseedor de lo tuyo, es decir, de todo lo que puedes apropiarte con tu fuerza.
Se ha creído siempre que se debía darme un destino exterior a Mí y así se llegó finalmente a exhortarme a ser humano y a obrar humanamente, porque Yo=Hombre. Ése es el círculo mágico cristiano. El Yo de Fichte es igualmente un ser exterior y extraño a Mí, porque ese Yo es cada uno y tiene sólo derechos, de suerte que es el Yo y no Yo. Pero Yo, no soy un Yo junto a otros Yo; soy el solo Yo, soy Único. Y mis necesidades, mis acciones, todo en Mí es único. Por el solo hecho de ser ese Yo único, de todo hago mi propiedad poniéndome a la obra y desarrollándome. No es como Hombre como me desarrollo y no desarrollo al Hombre: soy Yo quien Me desarrollo.
Tal es el sentido del Único.
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| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: Mi autodisfrute.
'''Mi autodisfrute'''
Estamos en el límite de una época. El mundo no ha pensado hasta el presente más que en conquistar la vida, su única preocupación ha sido vivir. Ya tienda toda actividad hacia las cosas de aquí abajo o hacia el más allá, hacia la vida temporal o hacia la eterna, ya se aspire al pan cotidiano (dadnos nuestro pan cotidiano), o al pan sagrado (el verdadero pan del cielo, el pan de Dios que ha bajado del cielo y que da la vida al mundo, el pan de la vida, San Juan, VI, 32, 33,48), ya se preocupe uno de la querida vida o de la vida eterna, el fin de todo esfuerzo, el objetivo de toda solicitud no cambia; se trata siempre de la vida.
¿Las tendencias modernas anuncian algo distinto? Se quiere que las necesidades de la vida no sean ya un tormento para nadie, y se enseña, por otra parte, que el hombre debe ocuparse en este mundo y vivir su vida real, sin vano cuidado del más allá.
Consideremos la cuestión desde otro punto de vista: quien sólo trata de vivir, no puede pensar en gozar de la vida. Mientras su vida esté todavía en cuestión, mientras pueda temblar por ella, no puede consagrar todas sus fuerzas a utilizar la vida, es decir, a gozar de ella. Pero ¿cómo gozar de ella? Usándola, como se quema la vela que se emplea. Usa uno de la vida y de sí mismo, consumiéndola y consumiéndose. Gozar de la vida es devorarla y destruirla.
Pues bien, ¿qué hacemos? Buscamos el goce de la vida. ¿Y qué hacía el mundo religioso? Buscaba también la vida. ¿En qué consiste la verdadera vida, la vida bienaventurada, etc.? ¿Cómo alcanzarla? ¿Qué debe hacer el hombre, y qué debe ser para ser un verdadero viviente? ¿Qué deberes le impone esta vocación? Estas preguntas y otras semejantes indican que sus autores todavía se buscan, buscando su verdadero sentido, el sentido que su vida debe tener para ser verdadera. ¡No soy más que sombra y bruma. Lo que seré, será mi verdadero Yo! Perseguir ese Yo, prepararlo, realizarlo, tal es la pesada tarea de los mortales; ellos no mueren más que para resucitar, no viven más que para morir y para encontrar la verdadera vida.
Sólo cuando estoy seguro de mí y cuando no me investigo ya, soy verdaderamente mi propiedad. Entonces me poseo y por eso me utilizo y disfruto de mí. Pero mientras creo, por el contrario, tener que descubrir todavía mi verdadero Yo, mientras me esfuerzo porque en mí no viva Yo, sino el cristiano, o cualquier otro Yo espiritual, es decir, cualquier fantasma tal como el Hombre, la esencia del Hombre, etc., me está para siempre prohibido gozar de mí.
Un abismo separa ambas concepciones: según la antigua, Yo soy mi fin; según la nueva, Yo soy mi punto de partida; según la primera, Yo me busco; según la segunda, me poseo y hago de mí lo que haría de cualquier otra de mis propiedades, gozo de mí a mi agrado. No tiemblo ya por mi vida, la prodigo. La cuestión, en adelante, no es ya saber cómo conquistar la vida, sino cómo gastarla y gozar de ella; no se trata ya de hacer florecer en mí el verdadero Yo, sino de hacer mi vendimia y consumir mi vida.
¿Qué es el Ideal, sino el Yo siempre buscado y nunca alcanzado? ¿Os buscáis? ¡Pues es que no os poseéis todavía! ¿Os preguntáis lo que debéis ser? ¡No lo sois, pues! Vuestra vida no es más que una larga y apasionada espera: durante siglos se ha suspirado por el porvenir y se ha vivido de esperanzas. Es cosa muy distinta vivir del disfrute.
¿Es sólo a los llamados piadosos a quienes se dirigen mis palabras? De ningún modo; se dirigen a todos aquellos que pertenecen a esta época que acaba y aún a sus alegres vividores. A ellos el domingo también sucede a los días laborables, y los bullicios de la vida son seguidos del ensueño de un mundo mejor, de una dicha universal, de un Ideal, en una palabra. ¡Pero los filósofos, al menos, deben oponerse a los devotos! ¿Ellos? ¿Han pensado jamás en otra cosa que el ideal y han aspirado nunca a otra cosa que al Yo absoluto? Siempre ansia y esperanza: es el romanticismo.
Si el disfrute de la vida ha de triunfar sobre la aspiración a la vida o la esperanza de la vida, tiene que vencerla bajo su doble significación -expuesta por Schiller en El ideal y la vida -, aplastar tanto la pobreza espiritual como la temporal y exterminar a la vez el ideal y el hambre de pan cotidiano. Quien tiene que usar su vida para conservarla, no puede gozar de ella, y quien la busca no la tiene y tampoco puede gozar de ella: ambos son pobres, pero ¡bienaventurados los pobres!.
El Ser Supremo del liberal es el Hombre; el Hombre es su mentor y la humanidad es su catecismo. Dios es Espíritu, pero el hombre es el espíritu acabado, el resultado final de la conquista del Espíritu, o de la investigación de las profundidades de la divinidad, es decir, del Espíritu.
Cada una de tus facciones debe ser humana. Tú mismo tienes que serlo de la médula hasta el dedo gordo del pie, desde tu interior hasta la punta de tus cabellos, pues la humanidad es tu vocación.
¡Vocación, destino, deber!
Lo que uno puede ser, lo es. El disfavor de las circunstancias podrá impedir al que nació poeta ser el primero de su tiempo, y no permitirle producir obras maestras, privándolo de los largos pero indispensables estudios preliminares; pero hará versos, ya sea criado de labor o tenga la suerte de vivir en la corte de Weimar. El músico hará música, aunque tuviera, por falta de instrumento, que soplar en una caña. Una cabeza filosófica meditará grandes problemas, ya adorne los hombros de un filósofo de Universidad o de un filósofo de aldea. En fin, el imbécil, que puede ser al mismo tiempo un malintencionado (las dos cosas van muy bien juntas; cualquiera que haya frecuentado los colegios encontrará en su memoria varios ejemplos, si pasa revista a sus antiguos condiscípulos), el imbécil, digo, será siempre imbécil, se le haya enseñado y ejercitado para ser jefe de oficina o para limpiar las botas de dicho jefe. Los cerebros obtusos forman la clase humana indisputablemente más numerosa. Pero ¿por qué no habría en la especie humana las mismas diferencias que es imposible desconocer en cualquier especie animal? Se encuentran por todas partes seres más o menos bien dotados.
Pocos, sin embargo, son lo bastante obtusos para que no se pueda introducir algunas ideas. Así se considera ordinariamente a todos los hombres como capaces de tener religión. Son además, susceptibles de ser enseñados, en cierta medida, sobre otras ideas, y se puede darles, por ejemplo, alguna comprensión musical y hasta un tinte de filosofía. Aquí el sacerdocio se liga a la religión, a la moralidad, a la cultura, a la ciencia, etc., y los comunistas, por ejemplo, quieren, con su escuela popular, hacerlo todo accesible a todos. Se sostiene ordinariamente que la gran masa no podría pasarse sin religión; los comunistas extienden esa afirmación y dice que no sólo la gran masa, sino todos están llamados a todo.
No basta haber instruido las masas en la religión, en el presente hay que rellenarlas de todo lo que es humano. Y el adiestramiento se hace cada día más universal y más extenso.
¡Pobres seres, que podríais ser tan felices, si no se os obligase a someteros a los pedagogos! ¿No acaba de sublevaros ver que se os toma siempre por otra cosa de lo que queréis parecer? ¡No! Repetís mecánicamente la lección que se os ha apuntado. ¿A qué soy llamado? ¿Cuál es mi deber? Y basta que hagáis la pregunta para que inmediatamente la respuesta se imponga a Vosotros: Vosotros os ordenáis lo que debéis hacer, os trazáis una vocación, u os dais las órdenes y os imponéis la vocación que el Espíritu ha prescrito de antemano. Con relación a la voluntad, eso puede anunciarse así: Yo quiero ser lo que debo.
Un hombre no tiene vocación a nada; no tiene más deber y vocación que la tienen una planta o un animal. La flor que se abre no obedece a una vocación, pero se esfuerza en gozar del mundo y consumirlo tanto como puede; es decir, saca tantos jugos de la tierra, tanto aire del éter y tanta luz del sol como puede absorber y contener. El ave no vive para realizar una vocación, pero emplea sus fuerzas lo mejor posible; caza insectos y canta a su gusto. Las fuerzas de la flor y del ave son débiles, comparadas con las de un hombre que apresta sus fuerzas para conquistar el mundo y lo oprime mucho más poderosamente que lo hace la flor y el ave. Él no tiene vocación o misión que cumplir, pero tiene fuerzas y estas fuerzas se despliegan alli donde se encuentren, porque, para ellas, ser consiste en manifestarse y no pueden mantenerse inactivas al igual que la vida, que si se detuviera siquiera un segundo, dejaría ya de ser vida. Se podría, pues, decir al hombre: ¡emplea tu fuerza! Pero ese imperativo implicaría todavía una idea de deber, y no se trata de eso. Por otra parte, ¿a qué ese consejo? Cada cual lo sigue y obra sin comenzar por ver en la acción un deber, cada cual despliega a cada instante toda la fuerza que posee. Se dice, sí, de un vencido que habría debido desplegar sus fuerzas; pero se olvida que si en el momento de sucumbir hubiera tenido el poder de desplegar sus fuerzas (corporales, por ejemplo), lo hubiese hecho; no ha tenido quizás más que un minuto de desaliento, pero fue, en suma, un minuto de impotencia. Las fuerzas pueden evidentemente agudizarse y multiplicarse, particularmente por las bravatas del enemigo o por exhortaciones amigas; pero cuando no se ponen en acción es seguro que no existen. Se puede hacer saltar chispas de una piedra, pero sin el choque no hay chispa; igualmente el hombre tiene necesidad de un impulso.
Puesto que las fuerzas se muestran siempre activas por sí mismas, la orden de ponerlas en acción sería superflua y carente de sentido. Emplear sus fuerzas no es la vocación y el deber del hombre, sino un acto perpetuamente real y actual. Fuerza no es más que una palabra más sencilla para decir manifestación de fuerza. Esa rosa es, desde que existe, una verdadera rosa, y ese ruiseñor es y ha sido siempre, un verdadero ruiseñor; igualmente Yo: sólo cuando cumplo mi misión y me conformo con mi destino, soy un verdadero hombre; lo soy, lo he sido siempre y no dejaré de serIo. Mi primer vagido fue la señal de vida de un verdadero hombre: los combates de mi vida son las manifestaciones de una fuerza verdaderamente humana, y mi último suspiro será el último esfuerzo del Hombre.
El verdadero hombre no está en el porvenir, no es el objetivo de un afán, sino que está aquí, en el presente, existe en realidad; cualquiera que Yo sea, alegre o apenado, niño o anciano, en la confianza o en la duda, en el sueño o la vigilia, soy Yo. Yo soy el verdadero hombre.
Pero si soy el Hombre, si he encontrado realmente en Mí aquel de quien la humanidad religiosa hacía un objetivo lejano, todo lo que es verdaderamente humano es, por eso mismo, mi propiedad. Todo lo que se atribuía a la idea de humanidad me pertenece.
Todo me pertenece y recobraré todo lo que quiera sustraerse a Mí; pero ante todo me recobro a Mí mismo, si una servidumbre cualquiera me ha hecho escapar de mí mismo. Mas eso tampoco es mi vocación, es mi conducta natural.
En resumen, existe una gran diferencia entre considerarme como punto de partida o como punto de llegada. Si soy mi fin, no me poseo, soy todavía extraño a mí, soy mi esencia, mi verdadera naturaleza íntima y esta esencia verdadera tomará como un fantasma mil nombres y mil formas diversas para burlarse de mí. Si Yo no soy aún yo, otro (Dios, el verdadero Hombre, el verdadero devoto, el hombre racional, el hombre libre, etc.), es el Yo, mi Yo. Todavía bien lejos de Mí, hago de Mí dos partes, de las que una, la que no es alcanzada y tengo que realizar, es la verdadera. La otra, la no verdadera, es decir, la no espiritual, debe ser sacrificada; lo que hay de verdadero en Mí, es decir, el Espíritu, debe ser todo el hombre. Eso se traduce asl: El Espíritu es lo esencial en el hombre o el hombre no es Hombre más que por el Espíritu. Uno se precipita ávidamente para coger al Espíritu como si al mismo tiempo fuera a cogerse él mismo, y en esta persecución desatinada del Yo se pierde de vista el Yo que uno es.
Al precipitarse en pos de sí, el inalcanzable, se desdeña la regla de los sabios que aconsejan tomar a los hombres como ellos son; se prefiere tomarlos como deberían ser y en consecuencia galopa uno sin tregua sobre la pista de su Yo tal como debería ser y se esfuerza en volver a todos los hombres igualmente justos, estimables, morales o razonables.
Sí, si los hombres fueran como deberían y como podrían ser, si todos los hombres fueran razonables, si se amasen los unos a los otros como hermanos, ¡la vida sería un paraíso! Pero los hombres no son como deben ser y como pueden ser. ¿Qué deben ser? ¡Lo que pueden ser y nada más! ¿Y qué pueden ser? Nada más de lo que pueden, es decir, de lo que tienen el poder o la fuerza de ser. Pero eso, lo son realmente, puesto que lo que no son, no son capaces de serlo; porque ser capaz de hacer o de ser, quiere decir hacer o ser realmente. Uno no es capaz de ser lo que no es; uno no es capaz de Hacer lo que no hace. Ese hombre a quien la catarata ciega, ¿podría ver? Ciertamente, bastaría que fuese operado con buen éxito. Mas, por el momento no puede ver porque no ve. Posibilidad y realidad son inseparables. No se puede hacer lo que no se hace, como no se hace lo que no se puede hacer. La singularidad de esta proposición desaparece si se quiere reflexionar bien que las palabras es posible que. ..etc., no signifiquen en el fondo casi nunca otra cosa que Yo puedo imaginar ... etcétera. Por ejemplo: Es posible que todos los hombres vivan racionalmente, quiere decir: Yo puedo imaginar que... etc. Mi pensamiento no puede hacer, y por consiguiente no hace que los hombres vivan razonablemente: ésa es una cosa que no depende de Mí, sino de ellos; la razón de todos los hombres no es, pues, para Mí más que pensable, no me es más que inteligible; pero como tal, es de hecho una realidad; si esa realidad toma el nombre de posibilidad, sólo es con relación a lo que Yo no puedo hacer, es decir, a la razón de las gentes. De suponer que eso dependiese de Ti, todos los hombres podrían ser racionales, porque Tú no ves en ello ningún inconveniente, y aun por lejos que se extienda tu pensamiento, no descubres quizá nada que a ello se oponga; resulta que ningún obstáculo se opone a la cosa en tu pensamiento, no descubres quizá nada que a ello se oponga; ella es pensable.
Pero los hombres no son todos racIonales; es, pues, sin duda, que no pueden serIo.
Cuando algo que se imaginaba posible no es o no sucede, puede uno estar seguro de que ha chocado con un obstáculo y es imposible. Nuestra época tiene su arte, su ciencia, etc.; su arte puede ser execrable, pero en ese caso ¿podemos decir que merecíamos tener uno mejor, habríamos podido tener uno mejor si lo hubiéramos querido? Tenemos justamente tanto arte como podemos tener; nuestro arte actual es actualmente el único posible y por eso es nuestro arte real.
Reducid aún el sentido de la palabra posible hasta que no signifique finalmente más que futuro y será todavía el equivalente de real. Cuando se dice, por ejemplo, es posible que el sol salga mañana, eso no significa más que, con relación a hoy, mañana es el porvenir real; porque no hay apenas necesidad de expresar que un porvenir no está realmente por venir, más que si no ha aparecido todavía.
¿A qué, decís, esa disección microscópica de una palabra? ¡Ah!, si no fuese detrás de ella donde se mantiene emboscado el error que ha tenido desde hace siglos más consecuencias, si esa pequeña palabra posible no fuese, en el cerebro de los hombres, el rincón en donde se dan cita todos los fantasmas que lo hechizan, no nos hubiéramos ocupado de ella.
El pensamiento, ya lo hemos mostrado antes, reina sobre el mundo poseído. Volvamos a la posibilidad que es uno de los lugartenientes. Posible, decíamos, no es nada más que pensable, inteligible, e innumerables víctimas han sido sacrificadas a ese terrible inteligible. Es pensable que los hombres puedan ser razonables; es pensable que puedan reconocer a Cristo; pensable que puedan ser inspirados por el bien y ser morales; pensable que puedan refugiarse en el seno de la Iglesia, que puedan no hacer nada, no pensar nada, no decir nada que ponga al Estado en peligro; pensable es incluso que puedan ser súbditos obedientes. Pero ved hasta dónde va a llevarnos esto. Siendo todo eso pensable, es posible y siendo posible a los hombres, deben serIo o deben hacerlo, es su vocación. Y, en fin, no se debe ver nada en los hombres más que en su vocación, debe mirárseles como llamamos a alguna cosa y tenerles, no por lo que son sino por lo que deben ser.
Otra consecuencia: no es el individuo el que es el Hombre; el Hombre es un pensamiento, un ideal. El individuo no es al Hombre lo que la infancia es a la edad madura, sino lo que un punto hecho con yeso es al punto matemático, lo que una criatura finita es al Creador infinito, o en términos más modernos, lo que el ejemplar es a la especie. De aquí el culto de la Humanidad eterna, inmortal, a cuya gloria (ad majorem humanitatis gloriam) debe sacrificarlo todo el individuo, convencido de que sería para él un honor eterno haber hecho alguna cosa por el Espíritu de la humanidad.
Resulta de aquí que quienes piensan gobiernan el mundo, mientras dure la época de los sacerdotes y de los pedagogos; lo que piensan es posible, y lo que es posible debe ser realizado. Ellos piensan en un ideal humano que no tiene realidad provisionalmente más que en su pensamiento, pero piensan después en la posibilidad de realizar este ideal, y es indisputable que esa realización es real ... mente pensable: es una Idea.
Puede ser que un Krummacher piense que Yo y Tú somos aún capaces de hacernos buenos cristianos; pero si se le ocurriese trabajarnos en ese sentido, le haríamos pronto sentir que nuestra cristianización, aunque pensable, es, sin embargo, imposible, y si se obstinase en asesinarnos con sus pensamientos y su buena doctrina de que nada tenemos que hacer, no tardaría en convencerse de que nada tenemos que ser que no nos agrade ser.
Y el razonamiento que resumíamos hace poco prosigue, dejando tras sí a devotos y gazmoños. ¡Si todos los hombres fuesen razonables, si todos practicasen la justicia, si todos tomaran por guía la caridad, etc.! Razón, justicia, caridad, les son presentadas como la vocación del hombre, como el objeto a que deben tender sus esfuerzos. ¿Y qué significa ser razonable? ¿Es razonarse uno mismo, comprenderse? No; la Razón es un gran libro repleto de artículos de leyes, todos atestados contra el egoísmo.
La historia no ha sido hasta el presente más que la historia del hombre espiritual. Después de la edad de los sentidos ha comenzado la historia propiamente dicha, es decir, la edad de la inteligencia, de lo espiritual, de lo suprasensible, de lo ideal, del no sentido. El hombre se pone entonces a querer ser algo. ¿Ser qué? Bueno, bello, verdadero, o más exactamente moral, piadoso, noble, etc. Quiere hacer de sí mismo un verdadero hombre: el Hombre es su objetivo, su imperativo, su deber, su destino, su vocación, su ideal: el Hombre es para él un futuro, un más allá. Y si llega a ser lo que sueña, no puede serIo más que gracias a algo, que se llamará veracidad, bondad, moralidad, etc. Desde entonces mira de través a cualquiera que no rinda homenaje al mismo algo, no siga la misma moral y no tenga la misma ley: persigue a los disidentes, los heréticos, las sectas, etc. (...)
* I
Con el reino de los pensamientos, el cristianismo ha llegado a su plenitud; el pensamiento es esa interioridad en que se extinguen todas las luces del mundo, en que toda existencia se hace inexistente y en que el hombre interior (el cerebro, el corazón) viene a ser Todo en Todo. Ese reino de los pensamientos espera su libertad; espera, como la Esfinge, que Edipo resuelva el enigma y le permita entrar en la muerte. Yo soy su destructor, porque en mi reino, en el reino del creador, ya no pueden formarse reinos propios y Estados dentro del Estado: es una creación de mi creadora ausencia de pensamientos. El mundo cristiano, el cristianismo y la religión en general, no perecerán sino con la muerte del pensamiento; cuando desaparezcan los pensamientos, los creyentes dejarán de existir. Para el pensante, pensar es una labor sublime, una actividad sagrada y reposa en una fe sólida, la fe en la verdad. Primero, la oración fue una santa actividad: luego ese santo recogimiento se convierte en un "pensar" racional y razonador que, sin embargo, conserva también como base la inquebrantable fe de la verdad sagrada y no es más que una máquina maravillosa que el Espíritu de la verdad dispone para su servicio.
El pensamiento libre y la ciencia libre me ocupan (porque no soy Yo quien soy libre y quien me ocupo, sino el pensamiento) del cielo y de lo celeste o divino; es decir, en realidad, del mundo y de lo mundano, con la reserva que este mundo ha venido a ser otro: el mundo ha sufrido sencillamente una mudanza, una enajenación, y Yo me ocupo de su esencia, lo que constituye otra enajenación. Quien piensa es ciego a las cosas que lo rodean, e inepto para apropiarse de ellas; no come, ni bebe, ni goza, porque comer y beber jamás es pensar; descuida todo, su vida, su conservación, etcétera, por pensar. Lo olvida, como lo olvida quien reza. Así, el vigoroso hijo de la Naturaleza lo mira como un cerebro desarreglado, como un loco, aun cuando lo tiene por un santo; así, los antiguos tenían a los frenéticos por sagrados. El pensamiento libre es un frenesí, una locura, puesto que es un puro movimiento de la interioridad, del hombre meramente interior que domina el resto del hombre. El chamán y el filósofo luchan contra los aparecidos, los demonios, los espíritus, los dioses.
Radicalmente diferente del pensamiento libre es el pensamiento que me es propio, el pensamiento que no me domina, sino que Yo lo domino, tengo sus riendas y lo lanzo o lo retengo a mi agrado. Este pensamiento propio difiere tanto del pensamiento libre, como la sensualidad que Yo tengo en mi poder y que satisfago si me place y como me place, difiere de la sensualidad libre y sin bridas, a la cual sucumbo.
Feuerbach, en sus Principios de la Filosofía del futuro (Grundsätzen der Philosophie der Zukunft), vuelve siempre al Ser. A pesar de toda su hostilidad contra Hegel y la filosofía de lo absoluto, se hunde hasta el cuello en la abstracción, porque el Ser es una abstracción, del mismo modo que el Yo. Solamente Yo no soy puramente una abstracción, Yo soy Todo en Todo, por consiguiente soy hasta abstracción y nada, soy todo y nada. Yo no soy un simple pensamiento, pero estoy lleno, entre otras cosas, de pensamientos; soy un mundo de pensamientos. Hegel condena todo lo que me es propio, mi hacienda y mi consejo privados. El pensamiento absoluto es aquel que pierde de vista que se trata de mi pensamiento, que Yo lo pienso y que sólo existe por Mí. En cuanto soy Yo, devoro lo que es mío, soy su dueño; el pensamiento no es más que mi opinión, opinión que puedo cambiar a cada momento, es decir, aniquilarla, retornarla a Mí y consumirla. Feuerbach quiere demoler el pensamiento absoluto de Hegel con el Ser insuperado. Pero el Ser no es menos superado por Mí que el pensamiento: aquél es mi Yo soy, como éste es mi Yo pienso.
Feuerbach, naturalmente, no viene sino a demostrar la tesis, en sí trivial, de que Yo tengo necesidad de los sentidos o que no puedo pasarme completamente sin esos órganos. Por supuesto, no puedo pensar si no soy un ser sensible, sólo que, para el pensamiento como para la sensación, para lo abstracto como para lo concreto, tengo ante todo necesidad de Mí, y cuando hablo de Mí, entiendo ese Yo perfectamente determinado que soy Yo, el único. Si Yo no fuera Fulano, si no fuera Hegel, por ejemplo, no contemplaría el mundo como lo contemplo, no encontraría el sistema filosófico que, siendo Hegel, encuentro, etc. Tendría sentidos como cualquiera los tiene, pero no los emplearía como le hago. (...)
El Ser no justifica nada. Lo pensado es tanto como lo no pensado; la piedra de la calle es y mi representación de ella es igualmente; la piedra y su representación ocupan simplemente espacios diferentes, estando la una en el aire y la otra en mi cabeza, en Mí: porque Yo soy espacio como la calle.
Los miembros de una corporación o los privilegiados no toleran ninguna libertad de pensar, es decir, ningún pensamiento que no venga del dispensador de todo bien, ya se llame ese dispensador Dios, el Papa, la Iglesia o no importa quién. Si alguno de ellos nutre pensamientos ilegítimos, debe decirlos al oído de su Confesor y dejarse imponer por él penitencias y mortificaciones hasta que el látigo de la esclavitud se haga intolerable en esos libres pensamientos. El espíritu de cuerpo, por otra parte, ha recurrido incluso a otros procedimientos a fin de que los pensamientos libres no salgan del todo a la luz; en primer lugar, se recurre a una educación apropiada. Quien se ha impregnado convenientemente de los principios de la moral no queda jamás libre de pensamientos morales; el robo, el perjurio, el engaño, etc. siguen siendo para él ideas fijas contra las cuales ninguna libertad de pensamiento puede protegerlo. Tiene los pensamientos que le vienen de lo alto y se atiene a ellos.
No sucede lo mismo con los Concesionarios o Autorizados. Cada uno debe, según ellos, ser libre de tener y de formarse los pensamientos que quiera. Si tiene la patente, la concesión de una facultad de pensar, no le hace falta un privilegio especial. Como todos los hombres están dotados de razón, cada cual es libre de que se le ocurra cualquier pensamiento y de amontonar según la patente de sus capacidades naturales una riqueza más o menos grande de sus pensamientos. Y se os exhorta a respetar todas las opiniones y todas las convicciones, se afirma que toda convicción es legítima, que se debe mostrar tolerancia con las opiniones de los demás, etc.
Pero nuestros pensamientos no son mis pensamientos y vuestros caminos no son mis caminos, o más bien, es lo contrario lo que quiero decir: Vuestros pensamientos son mis pensamientos, de los que yo hago lo que quiero y lo que puedo, y los derribo despiadadamente: son mi propiedad, que Yo aniquilo si me agrada. No espero vuestra autorización para henchir de aire o deshacer las bolas de jabón de vuestros pensamientos. Poco me importa que también llaméis esos pensamientos los vuestros; no por eso dejarán de seguir siendo míos. Mi actitud respecto a ellos es asunto mío y no un permiso que me arrogo. Puede agradarme dejaros con vuestros pensamientos y me callaré. ¿Creéis que los pensamientos son como pájaros y revolotean tan libremente que cada cual no tenga más que coger uno para poder prevalerse después de él contra Mí, como de su propiedad? Todo lo que vuela es mío.
¿Creéis tener vuestros pensamientos para Vosotros y no tener que responder de ellos ante nadie, o, como decís, no tener que dar cuenta de ellos más que a Dios? No es nada de eso; vuestros pensamientos, grandes o pequeños, me pertenecen y los utilizo a mi antojo.
El pensamiento no me es propio más que cuando no tengo escrúpulos de ponerlo en peligro de muerte y no tengo que temer su pérdida como una pérdida para mí, una caducidad. El pensamiento no es mío sino cuando soy Yo quien lo subyugo y él nunca puede encorvarme bajo su yugo, fanatizarme y hacer de mí el instrumento de su realización. La libertad de pensar existe cuando Yo puedo tener todos los pensamientos posibles; pero los pensamientos no llegan a ser una propiedad más que perdiendo el poder de hacerse mis señores. En tanto que el pensamiento es libre, los pensamientos (las ideas) son los que reinan; pero si llego a hacer de estas últimas mi propiedad, se conducen como criaturas mías.
Si la jerarquía no estuviera tan profundamente arraigada en el corazón del hombre, hasta el punto que les desaniman a buscar pensamientos libres, es decir, quizás desagradables a Dios, la libertad de pensamiento sería una expresión tan vacía de sentido como, por ejemplo, libertad de digerir.
Las gentes que pertenecen a una confesión, son del parecer que el pensamiento me es dado; según los librepensadores, Yo busco el pensamiento. Para los primeros, la verdad está ya descubierta y existe; Yo sólo tengo que acusar recibo de ella al donante que me hace la gracia de concedérmela; para los segundos, la verdad está por buscar, es un objeto colocado en el futuro y hacia el que debo tender.
Para unos como para otros, la verdad (el pensamiento verdadero) está fuera de Mí y me esfuerzo en obtenerla, ya como un presente (la gracia), ya como una ganancia (mérito personal). Luego: 1. La verdad es un privilegio. 2. No, el camino que conduce a ella está patente a todos; ni la Biblia, ni el Santo Padre, ni la Iglesia están en posesión de la verdad, pero se especula sobre su posesión.
Unos y otros, como se ve, carecen de propiedad en materia de verdad. No pueden retenerla más que a título de feudo (porque el Santo Padre, por ejemplo, no es un individuo en cuanto único, es un tal Sixto, un tal Clemente, etc. y en cuanto Sixto o Clemente, no posee la verdad, si es su depositario, es como Santo Padre, es decir, como Espíritu), o tenerla por idea. Si es un feudo, está reservada a un pequeño número (privilegiados); si es un ideal, es para todos (autorizados).
La libertad de pensar tiene, pues, el sentido siguiente: todos erramos en la obscuridad por los caminos del error, pero cada cual puede acercarse a la verdad por esas sendas, y entonces está en el camino recto (todos los caminos llevan a Roma, al fin del mundo, etc.). La libertad de pensar implica, por consiguiente, que la verdad del pensamiento no me es propia, porque si lo fuera, ¿cómo se querría excluirme de ella?
El pensar ha venido a ser enteramente libre, y ha codificado una multitud de verdades a las que Yo debo someterme. Procura completarse por un sistema elevado y elevarse a la altura de una constitución absoluta. En el Estado, por ejemplo, persigue la idea hasta que haya instaurado el Estado-razón y en el hombre (la antropología) hasta que haya descubierto al Hombre. Quien piensa no difiere del creyente sino porque cree más que este último, el cual piensa, en cambio, mucho menos en su fe (artículos de fe). Quien piensa recurre a mil dogmas allí donde el creyente se contenta con algunos; pero los relaciona y considera esta relación como la medida de su valor. Si uno u otro no hace su negocio, lo desecha.
Los aforismos queridos a los pensadores forman exactamente la pareja de los que gustan a los creyentes: en lugar de si eso viene de Dios, no lo destruiréis, dice: si eso viene de la Verdad, es verdadero; en vez de rendid homenaje a Dios, rendid homenaje a la Verdad. Pero a Mí poco me importa quién sea el vencedor, Dios o la Verdad; lo que quiero es vencer Yo.
¿Cómo se puede imaginar una libertad ilimitada en el Estado o en la sociedad? El Estado puede, sí, proteger a uno contra otro, pero no puede dejarse poner a sí mismo en peligro por una libertad ilimitada, por lo que se llama la licencia desenfrenada. El Estado, al proclamar la libertad de la enseñanza, proclama simplemente que cualquiera que enseñe como lo quiere el Estado, o más exactamente, como lo quiere el poder del Estado, está en su derecho. La competencia está igualmente sometida a ese como lo quiere el Estado; si el clero, por ejemplo, no quiere como el Estado, se excluye él mismo de la competencia (véase lo que ha pasado en Francia). Los límites que pone el Estado necesariamente a toda competencia, son llamados la vigilancia y la alta dirección del Estado. Por el hecho mismo de mantener la libertad de la enseñanza en los límites convenientes, el Estado consigue su objeto en la libertad de pensar, porque las gentes, es lo general, no piensan más allá que lo que sus maestros han pensado. (...)
* II
La cuestión de nuestro tiempo no será soluble en tanto que se la plantee así: ¿Es legítima cualquier generalidad o sólo la individualidad? ¿Es la generalidad (Estado, Leyes, Costumbres, Moralidad, etcétera), o la individualidad la que autoriza? El problema no es soluble ni resuelto más que cuando uno no se preocupa ya de una autorización ni se hace ya simplemente la guerra a los privilegios.
Una libertad de enseñanza razonable que no reconozca más que la conciencia de la razón no nos conduce a nuestra meta; tenemos mayor necesidad de una libertad de enseñanza egoísta, plegándose a toda individualidad, por la que Yo pueda hacerme comprensible, y exponerme sin que nada me lo impida. Que Yo me haga inteligible, sólo eso es razón, pero no es razonable que Yo sea; si me hago comprender y si me comprendo Yo mismo, los demás gozarán de Mí como Yo gozo, y me consumirán como Yo me consumo.
¿Qué se ganaría con ver hoy al Yo razonable libre, como lo fue en otro tiempo el Yo creyente, legal, moral,etc.? Esa libertad, ¿es mi libertad?
Si Yo no soy libre sino en tanto Yo razonable, es lo razonable o la razón lo que es libre en mí, y esa libertad de la razón o libertad del pensamiento ha sido siempre el ideal del mundo cristiano. Se quería liberar el pensamiento y como hemos dicho, la creencia también es pensar y el pensar es creencia. Para los demás, la libertad era imposible. Pero la libertad de los que piensan es la libertad de los hijos de Dios, es la más despiadada jerarquía o dominación del pensamiento, porque Yo soy sometido al pensamiento. Si los pensamientos son libres, Yo estoy dominado por ellos, no tengo sobre ellos ningún poder y soy su esclavo. Pero Yo quiero gozar del pensamiento, quiero estar lleno de pensamientos y sin embargo, liberado de los pensamientos, Yo me quiero libre de pensamientos, en lugar de libre de pensar.
Para hacerme comprender y para comunicarme con los demás, Yo no puedo utilizar más que medios humanos, medios que dispongo porque, como ellos, soy hombre. Y en realidad, en cuanto hombre, Yo no tengo más que pensamientos, mientras que en cuanto Yo, carezco, además, de pensamientos. Si no se puede apartar de un pensamiento, no se es nada más que hombre, esclavo de la lengua, esa producción de los hombres, ese tesoro de pensamientos humanos. La lengua o la palabra ejerce sobre nosotros la más espantosa tiranía, porque conduce contra nosotros todo un ejército de ideas obsesivas.
No es sólo durante tu sueño cuando careces de pensamiento y de palabras; careces de ellos en las más profundas meditaciones e incluso es justamente entonces cuando careces más. Y no es más que por esa ausencia de pensamientos, por esa libertad de pensar desconocida o libertad frente al pensar, por lo que Tú te perteneces. Sólo gracias a ella llegarás a usar del lenguaje como de tu propiedad.
Si el pensar no es mi pensar, no es más que el devanar de un madeja de pensamientos, es una tarea de esclavo, de esclavo de las palabras. El origen de mi pensar no es mi pensamiento, soy Yo; también soy Yo igualmente su objeto y todo su curso no es más que el curso de mi goce y de Mí. El origen del pensar absoluto o libre es, por el contrario, el pensar libre mismo, y se deforma, remontando este origen a la abstracción más externa (por ejemplo, el Ser). Cuando se tiene el cabo de esta abstracción o de este pensamiento inicial, no queda más que tirar del hilo para que toda la madeja se devane.
El pensar absoluto es asunto del Espíritu humano; y éste es un Espíritu santo. Así, ese pensar es asunto de los sacerdotes; ellos solos tienen su inteligencia y tienen el sentido de los intereses supremos de la humanidad, del Espíritu.
Las verdades son para el creyente una cosa hecha. Para el librepensador son una cosa que aún tiene que hacerse. Por desembarazado de toda credulidad que esté el pensar absoluto, su escepticismo tiene límites y le queda la fe en la Verdad, en el Espíritu, en la Idea y en su victoria final; no peca contra el Espíritu Santo. Pero todo pensar que no peca contra el Espíritu Santo no es más que una fe en los espíritus y en los fantasmas.
Yo no puedo deshacerme más del pensamiento que de la sensación, ni de la actividad del espíritu que de la actividad de los sentidos. Lo mismo que el sentir es nuestra visión de las cosas, el pensar es nuestra visión de las esencias del pensamiento (pensamientos). Las esencias existen en todo lo que es sensible, y particularmente en el verbo. El poder de las palabras sucede al poder de las cosas; primero, se es forzado por los azotes, más tarde, por la convicción. El poder de las cosas sobrepasa nuestro valor, nuestro ingenio; contra el poder de una convicción, y por tanto de una palabra, los potros y el tajo pierden su superioridad y su fuerza. Los hombres de convicciones son sacerdotes que resisten a los lazos de Satán. (...)
Las verdades son frases, expresiones, palabras; unidas las unas a las otras, enhebradas de extremo a extremo y ordenadas en líneas, esas palabras forman la lógica, la ciencia, la filosofía.
Yo empleo las verdades y las palabras para pensar y para hablar, como empleo los alimentos para comer; sin ellas y sin ellos no puedo pensar, ni hablar, ni comer. Las verdades son los pensamientos de los hombres traducidos en palabras y por ello no existen más que para el espíritu o el pensar. Son producciones de los hombres y de las criaturas humanas; si se hace de ellas revelaciones divinas, se me hacen extrañas y aunque propias criaturas mías, se alejan de Mí inmediatamente después del acto de la creación.
El hombre cristiano es el que tiene fe en el pensamiento, el que cree en la soberanía de los pensamientos y quiere hacer reinar ciertos pensamientos que él llama principios. Muchos hay, es cierto, que hacen sufrir a los pensamientos una prueba previa, y no eligen ninguno por señor sin crítica, pero recuerdan con ello al perro que olfatea a las gentes para oler a su dueño; se dirigen siempre a los pensamientos dominantes. El cristiano puede reformar y trastornar indefinidamente las ideas que dominan desde hace siglos, puede hasta destruirlas, pero será siempre para tender hacia un nuevo principio o un nuevo señor; siempre erigirá una verdad más elevada o más profunda, siempre fundará un culto, siempre proclamará un espíritu llamado a la soberanía y establecerá una ley para todos.
En tanto quede una sola verdad a la que el hombre deba consagrar su vida y sus fuerzas porque es hombre, el Yo estará avasallado a una regla, a una dominación, a una ley, etc., será siervo. El hombre, la humanidad, la libertad, pertenecen a ese género.
Se puede decir, por el contrario: si quieres continuar ocupándote en pensamientos, sólo de tí depende; sabe únicamente que si quieres conseguir algo considerable, hay una multitud de problemas difíciles a resolver, y si no los superas, no llegarás lejos. Para Ti, ocuparte en pensamientos no es un deber o una vocación; si, no obstante, lo quieres, harás bien en aprovecharte de las fuerzas gastadas por los demás para mover esos pesados objetos.
Así, pues, quien quiere pensar, se impone por ello mismo, consciente o inconscientemente, una tarea; pero nada le obliga a aceptar esta tarea. Se puede decir: Tú no vas bastante lejos, tu curiosidad es limitada y tímida, no vas al fondo de las cosas; en suma, no te haces completamente su dueño; pero, por otra parte, por lejos que hayas llegado, estás siempre al final de la tarea; ninguna vocación te llama a ir más lejos y eres libre de hacer lo que quieras o lo que puedas. Ocurre con el pensamiento como con cualquier otra tarea: puedes abandonarlo cuando te venga en gana. Igualmente, cuando no puedes ya creer una cosa, no tienes que esforzarte en creerla y en continuar ocupándote de ella como de un santo artículo de fe, a la manera de los teólogos o de los filósofos; audazmente puedes desviar de ella tu interés, y darle la despedida.
Los espíritus sacerdotales seguramente considerarán ese desinterés como pereza de espíritu, irreflexión, apatía, etc., no te ocupes de esas necedades. Nada, ningún interés supremo de la humanidad, ninguna causa sagrada vale que Tú la sirvas y te ocupes de ella por amor de ella; no le busques otro valor que en lo que vale para Ti. Recuerda por tu conducta la palabra bíblica: Sed como niños; los niños no tienen intereses sagrados ni tienen ninguna idea de una buena causa.
El pensar no puede cesar más que al sentir. Pero el poder de los pensamientos y de las ideas, la dominación de las teorías y de los principios, el imperio del Espíritu, en una palabra, la jerarquía, durará tanto tiempo como los sacerdotes tengan la palabra, los sacerdotes, es decir, los teólogos, los filósofos, los hombres de Estado, los filisteos, los liberales, los maestros de escuela, los criados, los padres, los hijos, los esposos, Proudhon, Jorge Sand, Bluntschli, etc., etc. La jerarquía durará tanto como se crea en los principios; tanto como se piense en ellos y aunque se los critique; porque la crítica, incluso la más corrosiva, la que arruina todos los principios admitidos, aún cree en definitiva en un principio.
Cada cual critica, pero el criterio difiere. Se busca el verdadero criterio. Ese criterio es la hipótesis primera. El crítico parte de un axioma, de una verdad, de una creencia; ésta no es una creación del crítico, sino del dogmático; de ordinario, sencillamente se toma tal cual es a la cultura del tiempo; así, por ejemplo, la libertad, la humanidad, etcétera. No es el crítico quien ha descubierto al Hombre; el Hombre ha sido sólidamente establecido como verdad por el dogmático, y el crítico, que puede, por otra parte, ser la misma persona, cree en esa verdad, en ese artículo de fe. En esta fe y poseído de esta fe, critica.
El secreto de la crítica es una verdad; tal es el arcano de su fuerza.
Pero Yo distingo entre la crítica oficiosa y la crítica propia o egoísta. Si critico partiendo de la hipótesis de un Ser supremo, mi crítica sirve a ese ser y se ejerce en su favor; si estoy poseído de la fe de un Estado libre, yo critico todo lo que se refiere a ella desde el punto de vista de su concordancia, de su conveniencia, para el Estado libre, porque Yo amo ese Estado; si soy un crítico piadoso, todo se dividirá para mí en dos clases: lo divino y lo diabólico; la naturaleza entera está hecha a mis ojos de huellas de Dios o de huellas del diablo (de ahí los lugares llamados Gottesgabe, don de Dios; Gottesberg, montaña de Dios; Teufelskauzel, silla del diablo, etc.), los hombres se dividirán en fieles e infieles, etc.; si el crítico cree en el Hombre, empezará por colocarlo todo bajo las rúbricas Hombres y no Hombres, etc. La crítica ha seguido siendo hasta el presente una obra del amor, porque la hemos ejercido en todo tiempo por amor de uno o de otro ser. Toda crítica oficiosa es un producto del amor, una posesión, y obedece al precepto del Nuevo Testamento: "Probadlo todo y retened lo que es bueno". Lo "bueno" es la piedra de toque, el criterio. Lo bueno, bajo mil nombres y mil formas diferentes, ha sido siempre la hipótesis, el punto de apoyo dogmático de la crítica, la idea fija.
El crítico presume ingenuamente la verdad al ponerse a la obra, y la busca, convencido de que está todavía por encontrar. Quiere descubrir la verdad, y tiene por ello ese bien.
La hipótesis, la suposición, no es más que el hecho de sentar un pensamiento o de pensar cierta cosa, debajo y antes que cualquier otra: partiendo de lo pensado, se pensará después todo lo demás, es decir, se mediará y se criticará según él. En otros términos: esto equivale a decir que el pensar debe empezar con algo ya pensado. Los hegelianos se expresan siempre como si el pensar pensase y obrase; hacen de él el Espíritu que piensa, esto es, el pensar personificado, el pensar hecho fantasma. El liberalismo crítico, por su parte, os dirá: la crítica hace esto o aquello, o bien: la conciencia juzga de tal o cual manera. Pero si consideráis activa a la crítica, mi pensamiento debe ser su antecedente. El pensar y la crítica, para ser por sí mismos activos, tendrían que ser la hipótesis misma de su actividad, puesto que no pueden ser actividad sin ser. Y el pensar, en cuanto supuesto, es un pensamiento fijo, un dogma; resulta de ello que el pensar y la crítica no pueden surgir más que de un dogma, es decir, de un pensamiento, de una idea fija, de una hipótesis.
Con ello volvemos a lo que hemos dicho ya anteriormente, de que el Cristianismo consiste en el desarrollo de un mundo de pensamientos, o que es la verdadera libertad de pensamiento, el pensamiento libre, el libre Espíritu. La verdadera crítica que yo he llamado oficiosa, es igual y por la misma razón la libre crítica porque no es mi propiedad.
Muy distinto cuando lo tuyo no se convierte en algo para sí, se personifica, no se hace un espíritu independiente de Ti. Tu pensar no tiene por hipótesis el pensar, sino Tú. Así, pues, ¿te has supuesto Tú? Sí, pero no es a Mí a quien me supongo, es a mi pensar. Mi Yo es anterior a mi pensar. Síguese de aquí que ningún pensamiento precede a mi pensar, o que mi pensar no tiene hipótesis. Porque si Yo soy un supuesto con relación a mi pensar, este supuesto no es la obra del pensar, no es sub-pensamiento, sino que es la posición misma del pensar y su poseedor; ello prueba simplemente que el pensar no es más que una propiedad, es decir, que no existe ni pensar en sí, ni espíritu pensante.
Esta inversión de la manera habitual de considerar las cosas, podría parecer un juego de manos con abstracciones, tan vano, que aquellas mismas contra las cuales va dirigido, no arriesgarían nada en prestarse a ese inofensivo cambio, pero las consecuencias prácticas que de ello se derivan son graves. La conclusión que extraigo de ello es que el Hombre no es la medida de todo, sino que Yo soy esa medida. El crítico oficioso mira a otro ser que él mismo, a una idea a la que quiere servir; así no hace a su Dios más que hecatombes de falsos ídolos. Lo que hace por el amor de ese ser, no es más que una obra de amor. Pero Yo, cuando critico, no miro solamente a mi objeto; me procuro, aparte de eso, un placer, me divierto según mi gusto, según me conviene, mastico la cosa o me limito a olerla.
* III
La verdad es una cosa muerta, es una letra, una palabra, un material que yo puedo emplear. Toda verdad para sí es un cadáver; si vive, sólo es como vive mi pulmón, es decir, según la medida de mi propia vitalidad. Las verdades son como el grano bueno y la cizaña: ¿son buen grano, son cizaña?; sólo Yo puedo decirlo.
Los objetos no son para mí más que los materiales que pongo en acción. La verdad es mía, y no tengo ninguna necesidad de desearla. No me propongo ponerme al servicio de la verdad; no es más que un alimento para mi cerebro pensador, como la patata lo es para mi estómago digestivo o el amigo para mi corazón sociable. Mientras tenga la satisfacción y la fuerza de pensar, toda verdad no me sirve más que para modelarla cuanto me es posible. La verdad es para mí lo que la mundalidad es para los cristianos: vana y frívola. No menos existe, lo mismo que las cosas del mundo continúan existiendo aunque el cristiano haya mostrado su nada; pero es vana, porque su valor no está en sí misma sino en Mí. Para sí, carece de valor. La verdad es una criatura.
Por vuestra actividad creáis innumerables obras; habéis cambiado el aspecto de la tierra y edificado por todas partes monumentos humanos; de igual modo, gracias a vuestro pensamiento, podéis descubrir innumerables verdades, y de ello nos regocijamos de todo corazón. Pero Yo no consentiré nunca en hacerme el esclavo de vuestras nuevas máquinas, no ayudaré a ponerlas en marcha más que para mi uso.
Todas las verdades inferiores a Mí son para mí bien venidas; de verdades por encima de Mí, de verdades a las que Yo debería doblegarme, no entiendo. No hay verdad por encima de mí, porque por encima de mí no hay nada. ¡Ni mi esencia, ni la esencia del Hombre están por encima de Mí! ¡Sí, de Mí, esta gota en la cuba, de este ser insignificante!
Creéis tener una audacia extraordinaria cuando afirmáis que no hay verdad absoluta, puesto que decís que cada época tiene su verdad y que sólo pertenece a ella. ¿Concedéis, sin embargo, que cada época tuvo su verdad? ; pues con eso mismo creáis propiamente una verdad absoluta, una verdad que no falta en ninguna época, porque cada una, cualquiera que sea su verdad, tiene una. ¿Basta decir que se ha pensado en todo tiempo y que se han tenido, por consiguiente, pensamientos y verdades, distintos, en cada época que en la época precedente? No; se debe decir que cada época tuvo su verdad de fe, y de hecho, no se ha visto ninguna que no reconociese una verdad suprema ante la que no se inclinase como a la soberana majestad. La verdad de una época es una idea fija; cuando llega un día en que se encuentra otra verdad, no se la descubre sino porque se buscaba una; no se hacía más que reformar su locura y vestirla de nuevo. Porque se quería estar inspirado por una idea, se procuraba estar dominado, poseído por un pensamiento. El postrer vástago de esta dinastía es nuestra esencia o el Hombre.
Para toda crítica libre, el criterio era un pensamiento; para la crítica propia, egoísta, el criterio soy Yo. Yo el indecible, y por consiguiente, el impensable (porque lo pensado puede siempre expresarse, puesto que palabra y pensamiento coinciden). Es verdadero lo que es mío; es falso aquello que Yo no poseo; verdadera, por ejemplo, es la asociación, falsos son el Estado y la sociedad. La crítica libre y verdadera trabaja por la dominación lógica de un pensamiento, de una idea, de un Espíritu; la crítica propia no trabaja más que por mi deleite. Así se aproxima -y no querríamos ahorrarle esta vergüenza -a la crítica animal del instinto. Sucede conmigo como con el animal; criticando, no veo en mis asuntos más que a Mí y no a ellos. Yo soy el criterio de la Verdad, pero no soy una idea; soy más que una idea, porque excedo de toda fórmula. Mi crítica no es libre, frente a mí, ni es oficiosa al servicio de una idea, me es propia.
Del mismo modo que el mundo al convertirse en mi propiedad, ha venido a ser un material del que Yo hago lo que quiero, el Espíritu, al hacerse mi propiedad, ha de rebajarse al material, ante el cual no siento ya el terror de lo sagrado. En adelante no me estremeceré de horror ante ningún pensamiento por temerario o diabólico que parezca, porque, por poco importuno o desagradable que se vuelva para Mí, su fin está en mi poder; y en adelante no me detendré ya temblando ante una acción porque el espíritu de impiedad, de inmoralidad o de injusticia habite allí, ni más ni menos que San Bonifacio no se abstuvo por escrúpulo religioso de derribar las encinas sagradas de los paganos. Como las cosas del mundo se han hecho vanas, inevitablemente vanos deben hacerse los pensamientos del Espíritu.
Ningún pensamiento es sagrado, porque ningún pensamiento es una devoción; ningún sentimiento es sagrado (no hay sentimiento sagrado de la amistad, del santo amor maternal, etc.), ninguna fe es sagrada. Pensamientos, sentimientos, creencias, son irrevocables, y son mi propiedad, propiedad irrevocable que Yo mismo destruyo, como Yo la creo.
El Cristianismo puede verse despojado de todas las cosas u objetos, puede perder a las personas más amadas, esos objetos de su amor, sin desesperar por eso de sí mismo; es decir, en el sentido cristiano de su espíritu, de su alma. El propietario puede rechazar lejos de sí todos los pensamientos que eran queridos a su espíritu y encendían su celo; él volverá a ganar mil veces otro tanto; porque él, su creador, subsiste.
Inconsciente e involuntariamente, todos tendemos a la individualidad; sería difícil encontrar uno solo entre nosotros que no haya abandonado ningún sentimiento sagrado y roto con algún santo pensamiento o alguna santa creencia: pero no encontraríamos a nadie que no pudiera liberarse aún de uno u otro de sus pensamientos sagrados. Cada vez que atacamos una convicción, partimos de la opinión de que somos capaces de arrojar, por decirlo así, al adversario de las trincheras de su pensamiento. Pero lo que Yo hago inconscientemente, no lo hago más que a medias; así, después de cada victoria sobre una creencia, vuelvo a ser el prisionero (el poseído) de una nueva creencia, que me vuelve a tomar por entero a su servicio, ella hace de mí un fanático de la razón cuando he cesado de entusiasmarme por la Biblia, o un fanático de la idea de Humanidad cuando dejo de luchar por el Cristianismo.
Propietario de mis pensamientos, protegeré, sin duda, mi propiedad bajo mi escudo, exactamente como propietario de las cosas, a nadie dejo cogerlas; pero sonriendo acogeré el término del combate, sonriendo depondré mi escudo sobre el cadáver de mis pensamientos y de mi fe, y sonriendo, vencido triunfaré.
A la sentencia cristiana todos somos pecadores, yo opongo ésta: ¡Todos somos perfectos! Porque a cada instante somos todo lo que podemos ser y nada nos obliga jamás a ser más. Como no arrastramos con nosotros ninguna falta, ningún defecto, el pecado no tiene sentido. ¡Mostradme aún un pecador en un mundo en que nadie tiene ya que satisfacer nada superior a sí! Si Yo no quiero más que satisfacerme, no satisfaciéndome no peco, puesto que no ofendo en mí mismo ninguna santidad; al contrario, si debo ser piadoso, tengo que satisfacer a Dios; si debo obrar humanamente, tengo que satisfacer a la esencia del Hombre, a la idea de humanidad, etc. A quien el religioso llama un pecador, el humanista le llama un egoísta. Pero, una vez más, no tengo que contentar a nadie: ¿qué es, pues, el Egoísta, ese diablo a la nueva moda que se ha creado el Humanista? El Egoísta, ante el cual los humanistas se santiguan con espanto, no es más que un fantasma, como el diablo; no es más que un espantajo y una fantasmagoría de su cerebro. Si no estuviesen hechizados ingenuamente por la vieja antítesis del bien y del mal, a la que han dado respectivamente los nombres de humano y de egoísta para rejuvenecerlo, no habrían cocido al pecador encanecido en la caldera del egoísmo, y no habrían zurcido una pieza nueva a un vestido viejo. Pero no podían hacer otra cosa porque consideran como su deber ser Hombres.
¡Todos Somos perfectos y no hay sobre la Tierra un solo hombre que sea un pecador! Como hay locos que se imaginan ser Dios padre, Dios hijo o el hombre de la luna, hormiguean insensatos que se creen pecadores. Los primeros no son el hombre de la luna y ellos no son pecadores. Su pecado es quimérico.
Pero, se objeta insidiosamente, ¿su demencia o su posesión es, al menos, su pecado? Su posesión no es más que lo que han podido producir y el resultado de su desarrollo, exactamente como la fe de Lutero en la Biblia era todo lo que había podido producir. Su desarrollo conduce al primero a una casa de locos y al segundo al Panteón o al Walhalla. ¡No existe ningún pecador, ni ningún egoísmo pecaminoso!
No llames a los hombres pecadores y no lo serán: Tú sólo eres el creador de los pecados; Tú eres quien te imaginas amar a los hombres, quien los arrojas en el fango del crimen; Tú eres quien los hace viciosos o virtuosos, humanos o inhumanos, y Tú eres quien los salpicas con la baba de tu posesión; porque Tú no amas a los hombres, sino al Hombre. Yo te lo digo: no has visto jamás pecadores, sólo los has soñado.
Yo derrocho mi autodisfrute porque creo deber servir a otro que Yo, porque me creo deberes para con él y me creo llamado al sacrificio, a la abnegación, al entusiasmo. Pues bien, si no sirvo ya a ninguna Idea, a ningún Ser superior, dicho está que tampoco serviré ya a ningún hombre, salvo -y en otros casos- a Mí. Y así no es sólo por el ser o por la acción, sino incluso por la conciencia por lo que soy el Único.
Te corresponde más que lo divino, lo humano, etcétera; te corresponde lo que es tuyo.
Considérate más poderoso que todo aquello por lo que se te hace pasar y serás más poderoso; considérate más y serás más.
No estás simplemente destinado a todo lo divino y autorizado a todo lo humano, sino que eres poseedor de lo tuyo, es decir, de todo lo que puedes apropiarte con tu fuerza.
Se ha creído siempre que se debía darme un destino exterior a Mí y así se llegó finalmente a exhortarme a ser humano y a obrar humanamente, porque Yo=Hombre. Ése es el círculo mágico cristiano. El Yo de Fichte es igualmente un ser exterior y extraño a Mí, porque ese Yo es cada uno y tiene sólo derechos, de suerte que es el Yo y no Yo. Pero Yo, no soy un Yo junto a otros Yo; soy el solo Yo, soy Único. Y mis necesidades, mis acciones, todo en Mí es único. Por el solo hecho de ser ese Yo único, de todo hago mi propiedad poniéndome a la obra y desarrollándome. No es como Hombre como me desarrollo y no desarrollo al Hombre: soy Yo quien Me desarrollo.
Tal es el sentido del Único.
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[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: El único.
''EL ÚNICO''
La época precristiana y la cristiana persiguen fines opuestos. La primera quiso idealizar lo real, y la segunda realizar lo ideal; una buscó al Espíritu Santo, la segunda busca al cuerpo glorificado. Así, la primera conduce a la insensibilidad respecto a lo real, al desprecio del Mundo, mientras que la segunda finalizará con la ruina de lo ideal y el desprecio del Espíritu.
La oposición de lo real y lo ideal es incompatible y lo uno no puede nunca devenir lo otro: si lo ideal se hiciese real, no sería ya lo ideal, y si lo real se hiciese ideal sería lo ideal y no sería lo real. La contradicción de ambos términos no puede resolverse más que si se los destruye. Sólo en este se, en este tercer término, desaparece la contradicción. De lo contrario, ideal y real no se encuentran jamás. La idea no puede ser realizada y seguir siendo idea, es preciso que perezca como idea, lo mismo sucede con lo real que deviene ideal.
Ante Nosotros se presentan los antiguos partidarios de la idea, y los modernos partidarios de la realidad. Ni unos ni otros llegaron a deshacerse de esta oposición; se limitaron a suspirar, los antiguos por el Espíritu, y desde el día en que pareció que el deseo del mundo antiguo estaba satisfecho y que aquel Espíritu parecía llegar, los modernos comenzaron a aspirar por la realización de ese espíritu, realización que debe seguir siendo eternamente un piadoso deseo.
El deseo piadoso de los antiguos era la santidad, el de los modernos es la corporalidad. Pero lo mismo que la antigüedad debía sucumbir el día en que sus votos fuesen colmados (porque no existían más que por ellos), también es alcanzar la corporalidad sin salir del Cristianismo. A la corriente de santificación o de purificación que atraviesa el mundo antiguo (abluciones, etc.) le sigue la corriente de encarnación a través del mundo cristiano: el Dios se precipita en este mundo, se hace carne y quiere rescatar el mundo, es decir, llenarlo de él; como él es la Idea o el Espíritu, se acaba (Hegel, por ejemplo) por introducir la Idea en Todo, en el mundo, y se demuestra que la Idea, la razón está en Todo. A lo que los estoicos del paganismo alaban como el Sabio, responde en la cultura actual el Hombre; uno y otro dos seres sin carne. El sabio irreal, ese santo incorporal de los estoicos, ha venido a ser una persona real y un santo corporal en el Dios encarnado; el hombre irreal, el Yo incorporal llegará a ser real en el Yo corporal que Yo soy.
Al Cristianismo está ligada la cuestión de la existencia de Dios; esta cuestión, siempre y sin cesar repetida y debatida, prueba que el deseo de la existencia, de la corporalidad, de la personalidad, de la realidad, era para los corazones un asunto de constante preocupación, porque no llegaba nunca a una solución satisfactoria. Por fin declinó la cuestión de la existencia de Dios, pero para levantarse inmediatamente bajo una nueva forma, en la doctrina de la existencia de lo divino (Feuerbach). Pero lo divino tampoco tiene existencia, y su último refugio, que lo puramente humano puede ser realizado, pronto no tendrá ya asilo que ofrecerle. Ninguna idea tiene existencia, porque ninguna es susceptible de corporalizarse. La controversia escolástica del realismo y del nominalismo no tuvo otro objeto; en suma, ese problema atraviesa de un extremo a otro la historia cristiana y no puede encontrar en ella su solución.
El mundo cristiano se esfuerza en realizar las Ideas en todas las circunstancias de la vida individual y en todas las instituciones y en las leyes de la Iglesia y del Estado; pero esas Ideas resisten siempre a sus tentativas y siempre les queda alguna cosa que no es posible corporalizar (irrealizable); cualquiera que sea el ardor con que uno se esfuerza en dotarlas de un cuerpo, permanecen siempre sin realidad tangible.
El realizador de ideas se inquieta poco de las realidades, con tal de que esas realidades encarnen una idea; así, examina sin descanso si en lo realizado habita su núcleo, la Idea; al experimentar lo real, experimenta al mismo tiempo la Idea y comprueba si es realizable tal como él la piensa, o bien si la ha comprendido incorrectamente y por tanto es irrealizable.
En cuanto existencias, la familia, el Estado, etc., no interesan ya al cristiano; los cristianos no deben, como los antiguos, sacrificarse por esas cosas divinas, sino interesarse por ellas como realización del Espíritu. La familia real ha venido a ser indiferente, y una familia ideal (verdaderamente real) debe brotar de ella; familia santa, bendita de Dios, o en estilo liberal, racional. Para los antiguos, la familia, la patria, el Estado, etc. son actualmente divinos; para los modernos, aguardan la divinización y no son, bajo su forma existente, inacabados terrenales y deben ser liberados, es decir, deben ser realizados verdaderamente. En otros términos, la familia, etc. no son lo existente y lo real, sino lo divino, la Idea; la cuestión está en saber si tal familia podrá llegar a ser real por obra de lo verdadero real, de la Idea. El individuo no tiene por deber servir a la familia como una divinidad, sino servir a lo divino y elevar hasta él la familia aún no divina; es decir, avasallarlo todo a la idea, enarbolar por todas partes la bandera de la vida, y llevar la Idea a una actividad que sea realmente real y eficaz.
Si bien el Cristianismo y la antigüedad tienen que ver con lo divino, llegan siempre a él por las vías más opuestas. Al fin del paganismo, lo divino se hace extramundano; al fin del cristianismo, intramundano. La antigüedad no consiguió ponerlo completamente fuera del mundo y cuando el cristianismo emprende esa tarea, lo divino tiende a reintegrar el mundo que quiere rescatar. Pero, en el seno del Cristianismo, lo divino como intramundano no se transforma ni puede transformarse en lo mundano mismo, porque lo malo, lo irracional, lo fortuito, lo egoísta, son lo mundano, en el mal sentido de la palabra, y están y permanecen cerrados a lo divino. El Cristianismo comienza con la encarnación del Dios que se hace hombre y prosigue toda su obra de conversión y de redención, con el fin de llevar al Dios a florecer en todos los hombres y en todo lo humano y de penetrarlo todo del Espíritu. Él se atiene a preparar una sede para el Espíritu.
Si se llegó finalmente a detener la atención sobre el Hombre o la humanidad, fue de nuevo la idea lo que se eternizó. ¡El Hombre no muere! Se pensó haber encontrado la realidad de la idea: el Hombre que es el Yo de la historia; es él, ese ideal, el que se desarrolla, es decir, se realiza. Él es verdaderamente real y corporal, porque la historia es su cuerpo, del que los individuos no son más que los miembros. El Cristo es el Yo de la historia del mundo, hasta de la que precede a su aparición sobre la Tierra; para la filosofía moderna, ese Yo es el Hombre. La imagen de Cristo ha venido a ser la imagen del Hombre, y el Hombre como tal, el Hombre, nada más es el centro de la historia. Con el hombre reaparece el comienzo imaginario, porque el Hombre es tan imaginario como el Cristo. El Hombre, Yo de la historia del mundo, cierra el ciclo del pensamiento cristiano.
El círculo mágico del cristianismo se quebraría si cesara el conflicto entre la existencia y la vocación, entre Yo tal como soy y Yo tal como debo ser; el Cristianismo no consiste más que en la aspiración de la Idea a la corporalidad, y expira si desaparece la separación entre ambos. El Cristianismo sólo subsiste si la Idea persiste como Idea (y el Hombre y la Humanidad no son todavía más que Ideas sin cuerpo). La idea devenida corporal, el Espíritu encadenado o perfecto, flotan ante los ojos del cristiano y representan a su imaginación el último día o el objetivo de la historia, pero no son para él su presente.
El individuo sólo puede tomar parte en la edificación del reino de Dios, o bien, en su forma moderna, en el desarrollo de la historia y de la humanidad, y esta participación es la que da un valor cristiano, o, en forma moderna, humano; para lo demás no es más que un puñado de ceniza y el pasto de los gusanos.
Que el individuo es para sí una historia universal, y que el resto de la historia no es más que su propiedad, eso va más allá del Cristianismo. Para éste, la historia es superior, porque es la historia del Cristo o del Hombre; para el egoísta, sólo su historia tiene un valor, porque no quiere desarrollar más que a sí mismo y no el plan de Dios, los designios de la Providencia, la libertad, etc. Él no se considera un instrumento de la Idea o un recipiente de Dios, no reconoce ninguna vocación, no se imagina destinado a contribuir al desarrollo de la humanidad, y no cree en el deber de aportar en él su óbolo; vive su vida sin cuidarse de que la humanidad obtenga de ella pérdida o provecho. -¡Y qué! ¿Estoy yo en el mundo para realizar ideas, para realizar con mi civismo la Idea del Estado, o para dar por mi matrimonio una existencia como esposo y padre a la Idea de familia? ¿Qué me quiere esa vocación? Yo no vivo para realizar una vocación, al igual que la flor no nace y exhala perfume por deber.
El ideal Hombre está realizado cuando la concepción cristiana se transforma en la siguiente: Yo, este único, soy el Hombre. La cuestión: ¿Qué es el hombre? se ha convertido en la pregunta personal: ¿Quién es el hombre? Qué es, preguntaba por el concepto a realizar; comenzando por quién es desaparece la cuestión, porque la respuesta existe en quien interroga: la pregunta es su propia respuesta.
Se dice de Dios: Los nombres no te nombran. Eso es igualmente justo para Mí; ningún concepto me expresa, nada de lo que se considera como mi esencia me agota, no son más que nombres. Se dice, además, de Dios, que es perfecto, y no tiene ninguna vocación, no tiene que tender hacia la perfección. También esto es cierto para Mí.
Yo soy el propietario de mi poder, y lo soy cuando me sé Único. En el Único, el poseedor vuelve a la Nada creadora de que ha salido. Todo ser superior a Mí, sea Dios o sea el Hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad, y palidece al sol de esa conciencia.
Si yo baso mi causa en Mí, el Único, ella reposa sobre su creador efímero y perecedero que se devora él mismo, y Yo puedo decir:
Yo he basado mi causa en Nada.
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| Sección = [[El Único y su Propiedad/17|El único]]
| Título = [[El Único y su Propiedad]]
| Año = 1844
| Autor = Max Stirner
}}
[[El Único y su Propiedad]], [[Max Stirner]], 1844. Segunda parte: El único.
''EL ÚNICO''
La época precristiana y la cristiana persiguen fines opuestos. La primera quiso idealizar lo real, y la segunda realizar lo ideal; una buscó al Espíritu Santo, la segunda busca al cuerpo glorificado. Así, la primera conduce a la insensibilidad respecto a lo real, al desprecio del Mundo, mientras que la segunda finalizará con la ruina de lo ideal y el desprecio del Espíritu.
La oposición de lo real y lo ideal es incompatible y lo uno no puede nunca devenir lo otro: si lo ideal se hiciese real, no sería ya lo ideal, y si lo real se hiciese ideal sería lo ideal y no sería lo real. La contradicción de ambos términos no puede resolverse más que si se los destruye. Sólo en este se, en este tercer término, desaparece la contradicción. De lo contrario, ideal y real no se encuentran jamás. La idea no puede ser realizada y seguir siendo idea, es preciso que perezca como idea, lo mismo sucede con lo real que deviene ideal.
Ante Nosotros se presentan los antiguos partidarios de la idea, y los modernos partidarios de la realidad. Ni unos ni otros llegaron a deshacerse de esta oposición; se limitaron a suspirar, los antiguos por el Espíritu, y desde el día en que pareció que el deseo del mundo antiguo estaba satisfecho y que aquel Espíritu parecía llegar, los modernos comenzaron a aspirar por la realización de ese espíritu, realización que debe seguir siendo eternamente un piadoso deseo.
El deseo piadoso de los antiguos era la santidad, el de los modernos es la corporalidad. Pero lo mismo que la antigüedad debía sucumbir el día en que sus votos fuesen colmados (porque no existían más que por ellos), también es alcanzar la corporalidad sin salir del Cristianismo. A la corriente de santificación o de purificación que atraviesa el mundo antiguo (abluciones, etc.) le sigue la corriente de encarnación a través del mundo cristiano: el Dios se precipita en este mundo, se hace carne y quiere rescatar el mundo, es decir, llenarlo de él; como él es la Idea o el Espíritu, se acaba (Hegel, por ejemplo) por introducir la Idea en Todo, en el mundo, y se demuestra que la Idea, la razón está en Todo. A lo que los estoicos del paganismo alaban como el Sabio, responde en la cultura actual el Hombre; uno y otro dos seres sin carne. El sabio irreal, ese santo incorporal de los estoicos, ha venido a ser una persona real y un santo corporal en el Dios encarnado; el hombre irreal, el Yo incorporal llegará a ser real en el Yo corporal que Yo soy.
Al Cristianismo está ligada la cuestión de la existencia de Dios; esta cuestión, siempre y sin cesar repetida y debatida, prueba que el deseo de la existencia, de la corporalidad, de la personalidad, de la realidad, era para los corazones un asunto de constante preocupación, porque no llegaba nunca a una solución satisfactoria. Por fin declinó la cuestión de la existencia de Dios, pero para levantarse inmediatamente bajo una nueva forma, en la doctrina de la existencia de lo divino (Feuerbach). Pero lo divino tampoco tiene existencia, y su último refugio, que lo puramente humano puede ser realizado, pronto no tendrá ya asilo que ofrecerle. Ninguna idea tiene existencia, porque ninguna es susceptible de corporalizarse. La controversia escolástica del realismo y del nominalismo no tuvo otro objeto; en suma, ese problema atraviesa de un extremo a otro la historia cristiana y no puede encontrar en ella su solución.
El mundo cristiano se esfuerza en realizar las Ideas en todas las circunstancias de la vida individual y en todas las instituciones y en las leyes de la Iglesia y del Estado; pero esas Ideas resisten siempre a sus tentativas y siempre les queda alguna cosa que no es posible corporalizar (irrealizable); cualquiera que sea el ardor con que uno se esfuerza en dotarlas de un cuerpo, permanecen siempre sin realidad tangible.
El realizador de ideas se inquieta poco de las realidades, con tal de que esas realidades encarnen una idea; así, examina sin descanso si en lo realizado habita su núcleo, la Idea; al experimentar lo real, experimenta al mismo tiempo la Idea y comprueba si es realizable tal como él la piensa, o bien si la ha comprendido incorrectamente y por tanto es irrealizable.
En cuanto existencias, la familia, el Estado, etc., no interesan ya al cristiano; los cristianos no deben, como los antiguos, sacrificarse por esas cosas divinas, sino interesarse por ellas como realización del Espíritu. La familia real ha venido a ser indiferente, y una familia ideal (verdaderamente real) debe brotar de ella; familia santa, bendita de Dios, o en estilo liberal, racional. Para los antiguos, la familia, la patria, el Estado, etc. son actualmente divinos; para los modernos, aguardan la divinización y no son, bajo su forma existente, inacabados terrenales y deben ser liberados, es decir, deben ser realizados verdaderamente. En otros términos, la familia, etc. no son lo existente y lo real, sino lo divino, la Idea; la cuestión está en saber si tal familia podrá llegar a ser real por obra de lo verdadero real, de la Idea. El individuo no tiene por deber servir a la familia como una divinidad, sino servir a lo divino y elevar hasta él la familia aún no divina; es decir, avasallarlo todo a la idea, enarbolar por todas partes la bandera de la vida, y llevar la Idea a una actividad que sea realmente real y eficaz.
Si bien el Cristianismo y la antigüedad tienen que ver con lo divino, llegan siempre a él por las vías más opuestas. Al fin del paganismo, lo divino se hace extramundano; al fin del cristianismo, intramundano. La antigüedad no consiguió ponerlo completamente fuera del mundo y cuando el cristianismo emprende esa tarea, lo divino tiende a reintegrar el mundo que quiere rescatar. Pero, en el seno del Cristianismo, lo divino como intramundano no se transforma ni puede transformarse en lo mundano mismo, porque lo malo, lo irracional, lo fortuito, lo egoísta, son lo mundano, en el mal sentido de la palabra, y están y permanecen cerrados a lo divino. El Cristianismo comienza con la encarnación del Dios que se hace hombre y prosigue toda su obra de conversión y de redención, con el fin de llevar al Dios a florecer en todos los hombres y en todo lo humano y de penetrarlo todo del Espíritu. Él se atiene a preparar una sede para el Espíritu.
Si se llegó finalmente a detener la atención sobre el Hombre o la humanidad, fue de nuevo la idea lo que se eternizó. ¡El Hombre no muere! Se pensó haber encontrado la realidad de la idea: el Hombre que es el Yo de la historia; es él, ese ideal, el que se desarrolla, es decir, se realiza. Él es verdaderamente real y corporal, porque la historia es su cuerpo, del que los individuos no son más que los miembros. El Cristo es el Yo de la historia del mundo, hasta de la que precede a su aparición sobre la Tierra; para la filosofía moderna, ese Yo es el Hombre. La imagen de Cristo ha venido a ser la imagen del Hombre, y el Hombre como tal, el Hombre, nada más es el centro de la historia. Con el hombre reaparece el comienzo imaginario, porque el Hombre es tan imaginario como el Cristo. El Hombre, Yo de la historia del mundo, cierra el ciclo del pensamiento cristiano.
El círculo mágico del cristianismo se quebraría si cesara el conflicto entre la existencia y la vocación, entre Yo tal como soy y Yo tal como debo ser; el Cristianismo no consiste más que en la aspiración de la Idea a la corporalidad, y expira si desaparece la separación entre ambos. El Cristianismo sólo subsiste si la Idea persiste como Idea (y el Hombre y la Humanidad no son todavía más que Ideas sin cuerpo). La idea devenida corporal, el Espíritu encadenado o perfecto, flotan ante los ojos del cristiano y representan a su imaginación el último día o el objetivo de la historia, pero no son para él su presente.
El individuo sólo puede tomar parte en la edificación del reino de Dios, o bien, en su forma moderna, en el desarrollo de la historia y de la humanidad, y esta participación es la que da un valor cristiano, o, en forma moderna, humano; para lo demás no es más que un puñado de ceniza y el pasto de los gusanos.
Que el individuo es para sí una historia universal, y que el resto de la historia no es más que su propiedad, eso va más allá del Cristianismo. Para éste, la historia es superior, porque es la historia del Cristo o del Hombre; para el egoísta, sólo su historia tiene un valor, porque no quiere desarrollar más que a sí mismo y no el plan de Dios, los designios de la Providencia, la libertad, etc. Él no se considera un instrumento de la Idea o un recipiente de Dios, no reconoce ninguna vocación, no se imagina destinado a contribuir al desarrollo de la humanidad, y no cree en el deber de aportar en él su óbolo; vive su vida sin cuidarse de que la humanidad obtenga de ella pérdida o provecho. -¡Y qué! ¿Estoy yo en el mundo para realizar ideas, para realizar con mi civismo la Idea del Estado, o para dar por mi matrimonio una existencia como esposo y padre a la Idea de familia? ¿Qué me quiere esa vocación? Yo no vivo para realizar una vocación, al igual que la flor no nace y exhala perfume por deber.
El ideal Hombre está realizado cuando la concepción cristiana se transforma en la siguiente: Yo, este único, soy el Hombre. La cuestión: ¿Qué es el hombre? se ha convertido en la pregunta personal: ¿Quién es el hombre? Qué es, preguntaba por el concepto a realizar; comenzando por quién es desaparece la cuestión, porque la respuesta existe en quien interroga: la pregunta es su propia respuesta.
Se dice de Dios: Los nombres no te nombran. Eso es igualmente justo para Mí; ningún concepto me expresa, nada de lo que se considera como mi esencia me agota, no son más que nombres. Se dice, además, de Dios, que es perfecto, y no tiene ninguna vocación, no tiene que tender hacia la perfección. También esto es cierto para Mí.
Yo soy el propietario de mi poder, y lo soy cuando me sé Único. En el Único, el poseedor vuelve a la Nada creadora de que ha salido. Todo ser superior a Mí, sea Dios o sea el Hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad, y palidece al sol de esa conciencia.
Si yo baso mi causa en Mí, el Único, ella reposa sobre su creador efímero y perecedero que se devora él mismo, y Yo puedo decir:
Yo he basado mi causa en Nada.
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|autor=Max Stirner
|año=1844
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'''''Primera parte'''''
'''El hombre'''
"El Hombre es para el hombre el Ser Supremo", dice Feuerbach.
"El Hombre acaba de descubrirse", dice Bruno Bauer.
Examinemos detenidamente a ese Ser Supremo y ese reciente descubrimiento.
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|anterior=[[El Único y su Propiedad :2]]
|siguiente=[[El Único y su Propiedad :3]]
}}
'''''Primera parte'''''
'''El hombre'''
"El Hombre es para el hombre el Ser Supremo", dice Feuerbach.
"El Hombre acaba de descubrirse", dice Bruno Bauer.
Examinemos detenidamente a ese Ser Supremo y ese reciente descubrimiento.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 02]]
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
| Sección = [[El Único y su Propiedad/2a|Primera parte: El hombre]]
| Anterior = [[El Único y su Propiedad/1|Yo he basado mi causa sobre nada]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/2|La vida de un hombre]]
}}
'''''Primera parte'''''
'''El hombre'''
"El Hombre es para el hombre el Ser Supremo", dice Feuerbach.
"El Hombre acaba de descubrirse", dice Bruno Bauer.
Examinemos detenidamente a ese Ser Supremo y ese reciente descubrimiento.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 02]]
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El Único y su Propiedad/3a
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{{incompleto}}
{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
|sección= '''Primera parte: El hombre.<br>II'''
|anterior=[[El Único y su Propiedad :3]]
}}
''II. Los antiguos y los modernos''
¿Cómo se desarrolló cada uno nosotros? ¿cuáles fueron sus ambiciones? ¿qué salió bien? ¿qué falló? ¿qué objetivos perseguía antes? ¿qué deseos y qué proyectos ocupan hoy su corazón? ¿qué cambios sufrieron sus opiniones? ¿qué perturbó sus principios? en resumen, ¿cómo cada uno nosotros ha llegado a ser lo que es hoy, lo que no era ayer o antes?
De todo eso cada uno puede acordárse más o menos más fácilmente, pero experimenta con una particular vivacidad las transformaciones que se hicieron en sí mismo, los cambios de los cuales fue el teatro precisamente cuando es el desarrollo de una existencia distinta de la propia lo que tiene ante sus ojos.
Examinemos, pues, cuál fue el objetivo y la manera de la vida que llevaban nuestros antepasados.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 04]]
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{{Encabezado
|título=[[El Único y su Propiedad]]
|autor=Max Stirner
|año=1844
| Sección = [[El Único y su Propiedad/3a|II Los antiguos y los modernos]]
| Anterior = [[El Único y su Propiedad/2|La vida de un hombre]]
| Siguiente = [[El Único y su Propiedad/3|El espíritu]]
}}
''II. Los antiguos y los modernos''
¿Cómo se desarrolló cada uno nosotros? ¿cuáles fueron sus ambiciones? ¿qué salió bien? ¿qué falló? ¿qué objetivos perseguía antes? ¿qué deseos y qué proyectos ocupan hoy su corazón? ¿qué cambios sufrieron sus opiniones? ¿qué perturbó sus principios? en resumen, ¿cómo cada uno nosotros ha llegado a ser lo que es hoy, lo que no era ayer o antes?
De todo eso cada uno puede acordárse más o menos más fácilmente, pero experimenta con una particular vivacidad las transformaciones que se hicieron en sí mismo, los cambios de los cuales fue el teatro precisamente cuando es el desarrollo de una existencia distinta de la propia lo que tiene ante sus ojos.
Examinemos, pues, cuál fue el objetivo y la manera de la vida que llevaban nuestros antepasados.
[[Categoría:El Único y su Propiedad|El 04]]
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El Discreto/Preliminares
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
{{encabezado
|titulo = [[El Discreto]]
|sección = Preliminares
|autor = Baltasar Gracián
|anterior = [[El Discreto/Criterios de edición|Criterios de edición]]
|próximo = [[El Discreto/Realce I|Realce I]]}}
{{t3|Preliminares}}
<div class=Parrafo>
{{c|[PRELIMINARES]}}
{{c|'''Al príncipe Baltasar Carlos'''}}
Señor:
Este feliz asunto, que la amistad pudo hacerle mío, dedicándole yo a Vuestra Alteza le consagro a la eternidad. Pequeño es el don, pero confiado; que si al gran Jerjes le cayó en gusto la vulgar agua brindada,<ref>El agua corrompida que un siervo le ofreció a Artajerjes a falta de otra mejor con la que apagar su sed.</ref> con más realce será lisonja a Vuestra Alteza el singular sudor de un estudioso, ofrecido en este culto trabajo. Émulo es de ''El Héroe'', más que hermano, en el intento y en la dicha; que si aquel se admiró en la mayor esfera del selecto Museo Real<ref>Gracián tuvo ocasión de contemplar su anterior libro, ''El Héroe'', en los anaqueles de la Biblioteca Real del Alcázar de Madrid.</ref>, este aspira al sumo grado del juicioso agrado de Vuestra Alteza. Examínese de águila esta pluma a los rayos de un sol que amanece tan brillante a eclipsar lunas y marchitar flores.<ref>La imagen significa: mi pluma pretende ser un águila (según los bestiarios único animal que podía mirar al astro rey sin quemar su vista) expuesta al sol naciente (el príncipe Baltasar Carlos) que eclipsa lunas (símbolo del poder musulmán) y flores (las de lis, emblema de la monarquía francesa)</ref> Señor, pues Vuestra Alteza es el verdadero ''Discreto'', dígnese dar a un imaginado el ser, la vida, la fama de tan augusto patrocinio.<ref>El estudio del estilo tanto de esta dedicatoria como del prólogo "a los lectores" (véase abajo) muestra que no salieron de la pluma de Lastanosa, sino del mismo Gracián.</ref>
<div style="text-align:right">''Don Vincencio Juan de Lastanosa''</div>
<br>
{{c|'''Aprobación'''}}
{{c|''Del doctor don Manuel de Salinas y Lizana, canónigo de la Santa Iglesia de Huesca''}}
<br>
Por comisión del ilustre señor Jerónimo Arascués, doctor en Derechos, canónigo de esta Santa Iglesia de Huesca, oficial y vicario general del ilustrísimo y reverendísimo señor don Esteban Esmir, obispo de Huesca, del Consejo de su Majestad, vi ''El Discreto'', que publica don Vincencio Juan de Lastanosa. Costome su lectura admiración y cuidado, que ha menester tenerle el más perspicaz ingenio, para no ocupar el tiempo sin lograrle; que hay distancia de lo que percibe el oído a lo que penetra el entendimiento. Solo el título promete mucho, pero desempeña más, que en genios de remonte de águila está asegurado el acierto en la dificultad del asunto. Todos los que ha logrado este autor (otros emprenden, él logra) son singulares; no lo atribuyo a afectación, sino a fuerza del natural, que el entendimiento siempre busca proporcionado el objeto, por diferenciarle de la voluntad, que es ciega. Dio las primeras luces de su idea a la enseñanza de un príncipe en ''El Héroe'' y ''Político'', que es muy propio de sol dorar con sus primeros rayos las cumbres. Por ser tan eminente el modo de su enseñanza, dio ''Arte'' al ''Ingenio'', que mal se caminara por senda tan desconocida y nueva sin arte. Forma ahora de política general un ''Discreto'', si le halla entendido, que esta es prenda del natural y aquella del arte y la experiencia. Enseña a un hombre a ser perfecto en todo; por eso no enseña a todos. Autoriza cuerdamente su doctrina con ejemplos de insignes varones de todos siglos, que siempre han menester la virtud y magnanimidad, en nuestra flaqueza, el estímulo. El estilo es lacónico, y tan divinizado, que a fuer de lo más sacro, tiene hasta en la puntuación misterios. Mídese con la grandeza de la materia. Todo conseguirá la aprobación de los entendidos, que no acredita el aplauso de todos, cuando son tan pocos los doctos. Obra es no para ocupar las horas, sino para lograrlas, que ofrece poco a la lectura pero mucho al discurso. No contiene cosa contra la fe, antes la aviva, porque excita el entendimiento; ni contra las costumbres, pues no trata sino de enseñar a mejorarlas. Y así puede darse licencia para que se imprima. Éste es mi parecer, en Huesca, a 30 de enero de 1646.
<div style="text-align:right">''Manuel de Salinas y Lizana'' </div>
<div style="text-align:right">
''Vista la Aprobación del señor canónigo Salinas,<br /> damos licencia que se imprima ''El Varón Discreto.''' </div><div style="text-align:right">
''El doctor Jerónimo Arascués,'' <br>
''Oficial y Vicario general''</div>
<br>
{{c|'''Aprobación'''}}
{{c|''Del doctor Juan Francisco Andrés''}}
''El Discreto'', de Lorenzo Gracián<ref>Baltasar Gracián publicó sus obras a nombre de Lorenzo Gracián, su hermano, para evitar en algo la vigilancia de la Compañía de Jesús.</ref>, que publica don Vincencio Juan de Lastanosa, se me comete de orden del ilustre señor don Miguel Marta, doctor en ambos derechos, del Consejo de su Majestad y Regente de la Real Cancillería del reino de Aragón, para que diga mi sentir y le asegure de los encuentros de las preeminencias reales y bien de la república, en cuyos escollos está muy lejos de peligrar la discreción. El asunto que describe es tan provechoso cuanto experimentarán los que atentamente le meditaren, que no basta leerle para comprenderle. La cultura de su estilo y la sutileza de sus conceptos se unen con engarce tan relevante, que necesita la atención de sus cuidadosos reparos para aprovecharse de su doctrina. Ostentó sus airosos rasgos en el ''Arte de Ingenio'' y ''Agudeza'', y en otras fatigas de igual artificio, pero ¿quién admirará la singularidad de su idea, pues tiene por cuna a Bílbilis (hoy Calatayud), patria augusta de Marcial, que también se hereda el ingenio como la naturaleza? Las constelaciones influyen con más benevolencia en unos climas que en otros; de aquí nace la abundancia en unos y la necesidad en otros de varones sabios, aunque esta falta se ocasiona muchas veces de la violencia de los genios, señalando los padres a sus hijos las artes y ciencias que eligió un antojo, sin averiguar sus geniales inclinaciones; de esta causa se originan las desdichas o los aciertos de las repúblicas, porque faltando en ellas la sabiduría y madurez fácilmente vacilan, porque éstas son los ejes políticos donde se asegura la estabilidad. Pudiera la ignorancia desengañarse en sus desaciertos, pero depusiera su malignidad si llegara a conocerlos, y así vanamente desvanecida en su tema, procura adelantarlo y aun persuadirlo, pues desprecia las observaciones de aquellos que examinan la propensión del ánimo. En muchas provincias se platican los dictámenes del acierto y se lucen también, que las artes liberales, encontradas con los sujetos que las profesan, no resplandecen con eminencia, sino con mediocridad.
Estos errores podrá enmendar quien observare las reglas del ''Varón Discreto'', porque sin la discreción será lo mismo que un diamante rudo, pues aunque tiene valor intrínseco, no le descubre hasta que el buril lo proporciona, debiendo más luces al artífice que a su oculto resplandor; y así merece darse a la estampa. Huesca, 5 de febrero, 1646.
<div style="text-align:right">
''El Dr. Juan Francisco Andrés''<br />
''Imprimatur:'' <br />
''Marta Regens''. </div>
{{c|'''A los lectores'''}}
{{c|''Don Vincencio Juan de Lastanosa<ref>En realidad, tanto el estilo como el contenido de este prólogo «A los lectores» revelan la indudable autoría de Gracián.</ref>''}}
El cuarto (que es calidad) de los trabajos de un amigo doy al lucimiento. Muchos faltan hasta doce, que aspiran a tanta emulación. Puedo asegurar que no le desaniman al presente los pasados, aunque el primero fue un ''Héroe'', cuya mayor gloria no es haberse visto impreso tantas veces y en tantas leguas, todas de su fama; no haber sido celebrado de las más cultas naciones; no haberle honrado tanto algunos escritores, que injirieron capítulos enteros en sus eruditas obras, como lo es ''El Privado Cristiano''.<ref>En ''El Privado Cristiano'', Madrid, 1641, de Fray José Laínez, se insertan páginas completas del Héroe.</ref> Su verdadero aplauso, y aun su vida, fueron estas reales palabras que dijo, habiéndose dignado de leerle el gran Filipo IV de las Españas: «Es muy donoso este brinquiño;<ref>''brinquiño:''joya pequeña colgante que llevaban las damas</ref> asegúroos que contiene cosas grandes». Que fue lo mismo que laurearlo de inmortal.
Tampoco le retira la crisis<ref>''crisis:'' juicio, estimación</ref> real aquella célebre ''Política'' del rey don Fernando el Católico, que a votos de juiciosos es lo mejor de este autor. No la prodigiosa ''Arte de Agudeza'', por lo raro, erudito e ingenioso, que antes de ella se tenía por imposible hallarle arte al ingenio. Contentole tanto a un genovés, que la tradujo luego en italiano, y aun se la apropió, que no se contentan éstos con traducir el oro y plata de España, sino que quieren chuparla hasta los ingenios.<ref>Matteo Peregrini publicó su ''Delle Acutezze'' en 1639, tres años antes que el Arte ''de ingenio. Tratado de la agudeza'' de Gracián. Es pues injusta la acusación de plagio aquí aducida.</ref> Ninguno, pues, de los que le preceden, juzgaría que le espanta, si los que le siguen, especialmente un ''Atento'' y un ''Galante'', que le vienen ya a los alcances y le han de pasar a ''non plus ultra''.<ref>Aquí se mencionan dos obras que el jesuita no llegó a públicar y que tal vez quedaron en parte refundidas en el ''Oráculo manual y arte de prudencia''.</ref>
Mas a dos géneros de lectores he oído quejarse de estas obras: a unos de las cosas y a otros del estilo; aquéllos por sobra de estimación, y éstos por deseársela. Objetan los primeros, y aun se lastimaba la fénix de nuestro siglo para toda una eternidad, la excelentísima señora condesa de Aranda, en fe de sus seis inmortales plumas, de que materias tan sublimes, dignas de solos héroes, se vulgarizasen con la estampa y que cualquier plebeyo, por precio de un real, haya de malograr lo que no le tiene. Oponen los segundos que este modo de escribir puntual, en este estilo conciso, echa a perder la lengua castellana, destruyendo su claridad, que ellos llaman pureza. ¡Oh, cómo solemnizara este vulgar cargo, si lo oyera, el crítico Barclayo, y aun lo añadiera a su ''Satiricón'', donde apasionadamente condena a barbaridad la española llaneza en sus escritores!
Intento responder a entrambos de una vez, y satisfacer a los unos con los otros, de suerte que la objeción primera sea solución de la segunda, y la segunda, de la primera. Digo, pues, que no se escribe para todos, y por eso es de modo que la arcanidad del estilo aumente veneración a la sublimidad de la materia, haciendo más veneradas las cosas el misterioso modo del decirlas. Que no echaron a perder Aristóteles ni Séneca las dos lenguas, griega y latina, con su escribir recóndito. Afectáronle, por no vulgarizar entrambas filosofías, la natural aquél y la moral éste, por más que el Momo<ref>Momo es la personificación de la burla y la sátira, se representa como un dios anciano y holgazán. </ref> inútil los apode a entrambos, de jibia<ref>Sepia, calamar. Por defenderse con la tinta, es emblema del engaño mediante la oscuridad. Se refiere a la fama de estilo oscuro que cobró Aristóteles desde Plinio.</ref> al uno y de arena sin cal<ref> Todo el pasaje alude a que Calígula, un inútil Momo ridículo, que despreciaba el estilo conciso de Séneca, pues "arena sin cal" significa carente de adornos, de ornato.</ref> al otro.
Merezca, lector discreto, o porque lo eres o para que lo seas, tener vez este arte de entendidos, estos aforismos de prudencia, en tu gusto y tu provecho.
{{c|'''Soneto acróstico al autor'''}}
<center>''Del doctor don Manuel de Salinas y Lizana'', <br>
''canónigo de la Santa Iglesia de Huesca''</center>
<br>
<div style="margin-left:40%;text-indent:0">
'''B'''enjamín de Minerva, no ya en vano <br>
'''A'''l mundo el nombre recatar intentes. <br>
'''L'''auro, el laurel con que el nativo mientes <br>
'''T'''e corona y te ostenta más ufano. <br>
'''H'''ombre que, humilde, hazañas de su mano <br>
'''A''' la noticia esconde de las gentes, <br>
'''S'''olicita con rayos más lucientes <br>
'''A'''plausos del Apolo soberano. <br>
'''R'''epetidos blasones, ''El Discreto'' <br>
'''G'''oce ya de la fama, que ligera <br>
'''R'''ompe el aire tu nombre publicando. <br>
'''A'''tento ya el ''Varón'', varón perfecto, <br>
'''C'''orra en la prensa con veloz carrera, <br>
'''Y''' váyanse hasta doce continuando, <br>
'''A'''sí serás tú solo <br>
'''N'''orte de ingenios y laurel de Apolo.
</div><br>
{{c|'''Epigrama'''}}
{{c|''Del doctor Juan Francisco Andrés a don Vincencio Juan de Lastanosa''}}
<br>
<div style="margin-left:40%;text-indent:0">
Cuánto a tu genio toda España deba <br>
Contarán tus ''Medallas'' conocidas, <br>
Si antes la oscuridad ''desconocidas'', <br>
Juzgó hasta que tu pluma las renueva.
Nuevos aplausos a los doctos mueva <br>
La edición de las luces escondidas <br>
A tus ansias debiendo esclarecidas <br>
El lucimiento, que su autor reprueba.
A cuál debamos más no fácilmente <br>
Se podrá discernir; aquél oculta <br>
Su propio nombre artificiosamente.
Tú, porque del retiro le resulta <br>
Mayor gloria, divulgas diligente <br>
Las sutilezas de su lima culta.</div>
</div>
----
<div class="noprint">
'''Notas del editor:'''
<references/></div>
</div>
[[Categoría:El Discreto]]
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Las Siete Palabras/II
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Ignacio Rodríguez
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wikitext
text/x-wiki
{{Encabezado
|título=[[Las Siete Palabras]]
|sección = SUPREMO MENSAJE DEL GRAN AVATARA DE ACUARIO AUN WEOR INICIADOR DE LA NUEVA ERA REENCARNADO AHORA EN COLOMBIA
|autor=Samael Aun Weor}}
Amadísimos discípulos:
Gracias a nuestro querido discípulo Narciso E. Santana Q., podemos hoy hacer llegar a vosotros el Supremo Mensaje de la Nueva Era Acuaria.
Hermanos míos: Abandonad vuestras idolatrías y herejías, y volved a la doctrina que Cristo enseñó en secreto a sus setenta discípulos.
No es el espiritismo con sus médium, ni el "Rojismo" con su indigestión de librería, ni el Teosofismo morboso, los que puedan llevaros hasta la liberación.
El mediumnismo y el espiritismo solo han servido para llenar los manicomios de enajenados. El "Rojismo" de Colombia, con su espinazo de goma, solo ha sabido arrodillarse, hacerle genuflexiones a los magos negros.
El Teosofismo, entregado al opio de sus teorías, sola ha servido para invitar a los estudiantes a la molicie, y a la fornicación...
Israel Rojas R., aseguraba hace algunos años, que el mago negro Omar Cherenzi Lind, era dizque el gran Maestro K. H.
¿Si Rojas es un Maestro, por que se equivocó?
Tengo que informar a todos los estudiantes espiritualistas de Colombia, ya, gracias a Dios, yo Aun Weor acabé con la tenebrosa escuela Cherenzista, cuyo responsable del establecimiento de esa escuela en Colombia, fue el señor Israel Rojas R.
El "Rojismo" herido de muerte, esta desapareciendo de nuestra tierra colombiana. El Teosofismo y el espiritismo con sus médium, afortunadamente ya prácticamente han desparecido de este territorio colombiano.
Todas esas idolatrías, todas esas herejías han corrompido a la humanidad y la han llevado al abismo.
Este es el momento en que los estudiantes deben reflexionar y volver a la Senda de Nuestro Señor Jesucristo.
Hay necesidad de formar en nosotros al Yo Cristo. Hay necesidad de formar a CRISTO en nosotros. Hay que volver a esa vieja doctrina de los mártires. A esa doctrina que Pablo predico en Roma cuando llego cargado de cadenas. Hay que volver a esa doctrina que Cristo predico en secreto a sus setenta discípulos. A esa doctrina por la cual fueron perseguidos todos los santos de Jerusalem, y por la cual Esteban murió mártir.
Cristo que soporto todas las tentaciones, es el único que puede darnos poder para resistir con heroísmo todas las tentaciones. Pero hay que formar a CRISTO en nosotros, para adquirir la fortaleza del Cristo.
Todo esto pertenece a la doctrina del Melquisedec: "Del cual tenemos mucho que decir, y dificultoso de declarar, por cuanto sois flacos para oír" (Vers. 11, Cáp. 5: HEBREOS).
Todo esto pertenece a los grandes misterios del sexo, los cuales son dificultosos de declarar, por cuanto sois flacos para oír. Todos vosotros os habéis escandalizado, cuando os hemos hablado francamente de la Magia Sexual.
"Porque debiendo ser ya Maestros a causa del tiempo, tenéis necesidad de volver a ser enseñados cuales sean los primeros rudimentos de la palabra de Dios; y habéis llegado a ser tales que tengáis necesidad de leche, no de manjar sólido" (Vers. 12, Cap. 5: HEBREOS).
Debierais ser ya maestros a causa del tiempo, porque tenéis detrás de vosotros millares de vidas y de muertes, desde los antiguos tiempos.
Empero, como os habéis alejado de los misterios del sexo, tenéis necesidad de volver a ser enseñados cuales sean los primeros rudimentos de las palabras de Dios. Esos primeros rudimentos de la divina palabra se hallan encerrados en el Phalo y en el Útero, los cuales son dificultosos de declarar, por cuanto sois flacos para oír.
Todos estos misterios del sexo, se hallan encerrados en la sabiduría de Melquisedec.
No debéis olvidar, Hermanos espiritualistas de Colombia, que Cristo, el divino Salvador del mundo, fue hecho Sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec.
Toda la sabiduría del Cristo está encerrada entre los misterios de Melquisedec. Toda la sabiduría de Melquisedec se halla encerrada entre los misterios del sexo, pero como vosotros os habéis alejado de los misterios del sexo, tenéis ahora necesidad de volver a ser enseñados, cuales sean los primeros rudimentos de la palabra de Dios.
Si vosotros estudiáis el Génesis, podréis comprender que el hombre salió del Edén por la puerta del sexo y que solo por esa puerta podréis vosotros volver a entrar al Edén.
Por donde se salió, hay que volver a entrar. Nadie se puede saltar las tapias del Edén.
Vosotros habéis querido saltar las tapias del Paraíso y habéis fracasado.
Vosotros habíais creído que usando el "Rojismo" o el "Cherenzismo" o el "Mediumnismo" espiritista como escalera para saltaros las tapias del Edén podríais burlaros de las puertas del sexo, y habéis fracasado en vuestro inútil empeño, porque el Edén es el mismo sexo.
No olvidéis Hermanos, que cada uno de vuestros siete cuerpos debe convertirse en la imagen y semblanza del divino Rabí de Galilea, No olvidéis que cada uno de vuestros siete cuerpos tiene su Serpiente sagrada. La Cristificación se realiza subiendo los siete escalones ardientes.
La Cristificación se realiza mediante los siete grados del poder del FUEGO. El FUEGO sagrado se despierta con la Magia sexual.
Perseverad en la oración; perseverad en el partimiento del pan y del vino. Retiraos de vuestras idolatrías y herejías; hollad la Senda de la santidad y haced las primeras obras buenas para que subáis al Padre y recibáis el Espíritu Santo, como yo lo recibí. Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
SED PUROS, PUROS, PUROS...
Abandonad esas escuelas del "Rojismo" del "Teosofismo" y del horrible espiritismo y tenebroso mediumnismo y regresad a la vieja senda de los mártires...
Volved a la santa doctrina de los Gnósticos.
Os envío lo que jamás se había publicado... Os entrego la doctrina Secreta de Nuestro Señor Jesucristo.
Yo no quiero secuaces ni seguidores, sino tan solo imitadores de mi ejemplo. No os preocupéis tanto por mi persona, mi persona no vale nada, la obra lo es todo.
QUE LA PAZ SEA CON VOSOTROS.
'''AUN WEOR'''
SUMUM SUPREMUM SANTUARIO DE LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA
Febrero 15 de 1953
{{Plantilla:Las Siete Palabras}}
[[Categoría:Las Siete Palabras]]
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo I
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Ignacio Rodríguez
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[[Especial:Errores_de_sintaxis/html5-misnesting]]
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wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[El buscapié]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo I|Capítulo I]] - De la penitencia que a imitación de Beltenebros principió y no concluyó nuestro buen caballero don Quijote
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo II|Capítulo II]]}}
{{t3|Capítulo I}}
La casualidad quiso que Rocinante tomase por una vereda que en dos por tres los llevó, al través de un montecillo, a un verde y fresco prado por donde corría manso un arroyuelo, después de caer a lo largo de una roca. El sol iba a ponerse tras los montes, y sus últimos rayos, hiriendo horizontalmente los objetos, iluminaban la cima de los árboles. El murmurio del arroyo que en cascaditas espumosas no acaba de desprenderse de la altura; el verde obscuro del pequeño valle donde tal cual silvestre florecilla se yergue sobre su tronco; el susurro de la brisa que está circulando por las ramas; el zumbido de los insectos invisibles que a la caída del sol cantan a su modo los secretos de la naturaleza, todo estaba convidando al recogimiento y la melancolía, y don Quijote no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse profundamente triste.
-Tan grande es mi desventura, ¡oh amigo! -dijo-, que se ha de prolongar más allá de mis días, pues no veo que hacia mí venga doncella ninguna con ninguna carta. Oriana fue menos cruel con Amadís, Onoloria con Lisuarte, Claridiana con el caballero del Febo: convencidas de su error en el negocio de sus celos, mandó cada cual una doncella a sacar a su amante de las asperezas donde estaba consumiéndose. Para mí no hay doncella, viuda ni paje que me traiga la cédula de mi perdón, y a semejanza de Tristán de Leonís habré de perder el juicio en estas soledades.
Se apeó en este punto y se quedó inmóvil, apoyado en su lanza, muy persuadido de que un mundo de amor y dolor estaba gravitando sobre él. Contemplole un buen espacio su escudero; mas viendo que la apasionada criatura se dormía en sus pensamientos, se atrevió a interpelarle de este modo:
-¿Así piensa vuesa merced pasar la noche, señor don Quijote? Si la señora Dulcinea tuviera noticia de este martirio, aún no tan malo; pero atormentarse el jaque mientras la coima está solazándose, sabe el diablo con qué buena pécora, no me parece puesto en razón. Quiérala vuesa merced, mas no hasta perder el hambre ni el sueño; que ellas no lo suelen pasar mal en consideración a nuestras amarguras. Hijos de tus bragas, y bueyes de tus vacas, señor. Del viejo el consejo: oiga vuesa merced el mío, y dejando para mejor ocasión la penitencia, monte a caballo, y vámonos adelante, que tiempo no nos ha de faltar para morir de apasionados mientras hay hembras en el mundo.
Avínole bien a Sancho que su amo estuviese tan absorto en sus pensamientos, que si oyó la voz maquinalmente, no apreció el sentido de las palabras. Llamarle jaque a él y coima a su angélica soberana, era irreverencia digna de doscientos palos. No respondía el caballero, y seguía pensativo y melancólico, echando ayes de más de la marca y volviendo los ojos a la bóveda celeste. De súbito se tiró sobre Rocinante y se metió por un bosquecillo, mientras el escudero daba de los talones a su jumento, por no quedarse rezagado. No a mucho andar, desembocó en un sitio descubierto, y vio a su señor hacia la margen de un riachuelo, con ese talante alerta y belicoso con que el caballero solía brillar cuando pensaba ser cosa de aventura.
-Asombrado estoy, Sancho: o es alucinación mía, o por estas orillas sonó poco ha el blando llorar de un niño. Mira por esas malezas si das con una cuna de marfil o un cestillo de mimbres; que de este modo suelen exponer a las corrientes de las aguas los hijos que las princesas han a furto de sus padres.
-Si vuesa merced oyó ese clamor, diga que es el diablo -respondió Sancho-. ¿Qué niño ha de haber por estos despoblados? Haga la Virgen que estos sean otros batanes, o aquí me acabo de morir de miedo.
-¿Cómo quieres -replicó don Quijote- que la malicia, la perversidad, la condenación tomen la forma de los ángeles? Ángeles son los niños en la tierra: si los años y las tentaciones del mundo no torciesen y corrompiesen su naturaleza, no tendría el hombre necesidad de pensar en otra vida, porque en esta misma gozaría de la gloria.
-¿Y cómo es -volvió Sancho a decir- que vemos al diablo pasar echando fuego por los ojos, saltando y bramando como chivo, o se nos mete en casa en figura de gato negro, cuando no prefiere ser mono?
-Mona es tu cara, lego supersticioso -dijo don Quijote-. Concediendo que Satanás tuviese el poder de entrometerse con nosotros, yo nunca le daría un exterior perfecto, ni él me engañaría con su persona, aunque fuese brujo. Si se presenta de gallardo mancebo, el pie de horqueta no lo puede ocultar; si comparece de fraile, la joroba le denuncia; si viene de niña hermosa, la una oreja le está ardiendo como una ascua.
-Y cuando sale de caballero andante, ¿en qué se le conoce, señor? -preguntó Sancho.
-De escudero suele salir, bellaco: yo no se si ahora mismo no lo tengo en mi presencia. De caballero andante no sale ni puede salir: la profesión de los tales caballeros es el amparo de los desvalidos, el socorro de los menesterosos, el remedio de los angustiados, y aquel personaje se ocupa en hacer todo lo contrario. Ve y requiere la espesura de esas cañas, de donde a mi parecer salió el vagido.
-¿Vuesa merced me garantiza de que el Malo no se convierte jamás en persona humana?
-Aun cuando por de pronto cargase contigo-respondió don Quijote-, no sería cosa: del quinto infierno te habría yo de sacar, y como el fuego todo lo purifica, bien pudiera ser que te dejaras por allá algunas de tus impertinencias y bellaquerías.
Habíase apeado Sancho Panza y se puso a cruzarse el pecho con santiguadas enormes. Armado así, empezó a volar la ribera.
-¡Hide... tal, y cómo se menea! -gritó al cabo de un rato-:¡no tiene mal rejo el angelote!.
Acudió el caballero a las voces, y vio un fresco pimpollo tendido al pie de un arbusto. Negros y grandes eran los ojos del párvulo, y miraban con dulce limpidez, dejando ver tras ellos la pureza de los serafines.
-¿Querías que éste fuese el demonio, hombre sin fe ni conciencia? -dijo don Quijote-. Al pecho debe tener una carta que indique su nombre y condición; si bien estas ricas telas nos dan a conocer anticipadamente la real prosapia de este infante.
Y quedándose pensativo un rato, agregó con algún recuerdo caballeresco:
::«Tomes este niño, conde,
::Y lléveslo a cristianar:
::Llamédesle Montesinos,
::Montesinos le llamad».
-Este muchacho debe de pertenecer a una familia de pastores -dijo Sancho-, quienes le dejaron aquí dormido mientras recogen las ovejas.
-¡La oveja eres tú! -respondió su amo encolerizándose manifiestamente-. Si supieras cómo pasan las cosas en el mundo de la caballería, dieras por cierto que este mancebillo tendrá trono que ocupar y pueblo que regir, por obra de esta mi buena espada.
-Ofrecida sea al diablo la gana que tengo de cargar con este avechucho, señor don Quijote.
-Cuando yo tengo por príncipe a este ser tan bello como desvalido -respondió el caballero- has de hablar de él con respeto, so pena de incurrir en delito de lesa majestad. ¿Qué hubiera sido del mayor de los profetas, si en vez de la doncella caritativa que le salvó del agua, se hallasen por ahí un corazón bronco y un juicio huero como los tuyos? ¿Y Pelayo, el gran Pelayo, no fue asimismo expuesto a la corriente del Tajo y depositado en la orilla del río que obedecía los decretos de la Providencia? Mira cuántos y cuán grandes males, sin una mano benéfica que le salvase y un hombre discreto que le criase. Los moros dueños de España para siempre, la fe de Jesucristo perdida en ella, la noble raza de Alarico sujeta a la cimitarra.
-Juro a Dios por esta cruz -dijo Sancho- que si este rapazuelo está para evitar esas calamidades, yo he de ser su tutor y padre, y le he de mantener como a mi hijo propio, aun cuando me salga un tarambana, pues yo sé el refrán que dice: «A padre ganador, hijo despendedor»; y no se me olvida que «a padre santo, hijo diablo».
-Si a refranes va -replicó don Quijote-, el que haría al caso sería el que dice: «de padre cojo, hijo ronco». Pero no das en el clavo; esos males están remediados e impedidos para en lo adelante; ni se trata de que este niño sea Pelayo, sino uno que está destinado quizás para mayores cosas. Don Amadís de Gaula, dime, don Amadís de Gaula, ¿cómo piensas que salió a buen puesto, y vivió para ser el espejo de la caballería? ¿Y el niño Esplandián, hijo de este buen Amadís y la sin par Oriana, no fue asimismo echado al mar, porque su madre no padeciese en su fama? Angeloro, fruto ilegítimo de Medoro y Angélica la bella, que vino a ser soberano del Catay, debió la vida y el cetro al sabio Proserpido, habiendo aportado la cuna de ese emperador en cierne en la isla de este solitario. Alza el niño, Sancho, y vente tras mí. El buen obrar trae consigo mismo la recompensa, aun cuando no se sigan efectos más notorios.
-Si hay aquí gato encerrado -dijo Sancho- yo he de ser, como de costumbre, el que lo lleve al agua.
Don Quijote estaba ya muy adelante, y no oyó las razones de su escudero, el cual hubo de seguir con el hallazgo a cuestas, esperando la segunda parte de la aventura, que de ordinario suele verificarse sobre sus costillas.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo II
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo I|Capítulo I]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo II|Capítulo II]] - Del encuentro que don Quijote de la Mancha tuvo con Urganda la desconocida
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo III|Capítulo III]]}}
{{t3|Capítulo II}}
Una columna de humo que salía de un arbolado los guió a la mansión campestre que daba esa señal doméstica tan grata para rendidos caminantes. Apeose don Quijote, y como a nadie viese, dijo a Sancho:
-Mira si descubres por ahí algún ser viviente con quien podamos averiguarnos. El humo es claro indicio de la presencia humana, y el fuego el más fiel y consolador amigo del hombre.
-No veo animales ni aves caseras -respondió Sancho-; y no hay choza sin gallinas, ni gente honrada que no tenga su vaca, o por lo menos su cerdo en el patio. Esta es guarida de ladrones, o soy mal zahorí. De más buena gana ando yo por caminos reales, donde los peligros no son tan eminentes, y adonde la Santa Hermandad puede acudir a tiempo. Conviene, señor don Quijote, que nos vuélvamos sin tocar al avispero. Guárdate, dice el Señor.
-El miedo y la ignorancia -respondió el hidalgo- son los toques principales de tu carácter. Si algún peligro hubiese, podría él ser inminente. Eminentes son los príncipes de la Iglesia. Y quieres que nos vuélvamos: sé tú más buen cristiano, y querrás cuando más que nos volvamos. ¿Qué temes, apocada criatura? ¿Por qué lloras, niño septenario? ¿Qué es lo que te hace temblar, mujer sin resolución?
::::::Niña sois, pulceta tierna;
::::::Tu edad, de quince no pasa,
pero yo te haré pasar por las llamas infernales si fuere necesario. ¿No ves que con tu eterna pusilanimidad me pierdes el respeto, dando a entender que no tienes entera fe en la eficacia de mi protección? Si te asaltan bandoleros, si te aporrean venteros, no es nada: aquí está don Quijote para seguirlos, cogerlos y escarmentarlos.
-El cielo pague tan buenas intenciones -replicó Sancho-; mas cuando veo que ellas nada valen contra estacas de yangüeses, no puedo renunciar del todo a la prudencia. Can de buena raza, siempre ha mientes del pan y de la... manta.
-La prudencia suele servir de máscara a la cobardía -dijo Don Quijote- y las previsiones extremadas son diligencias del miedo las más veces. Ni espectros ves, ni oyes alaridos, ni hay cosa que justifique tu desmayo.
-Ni espectros vi, ni oí alaridos en el val de las estacas, señor, y con todo, no saqué muy sano el cuerpo.
-Cuando eso te quiere suceder -volvió a decir don Quijote-, ¿por qué no te defiendes como bueno? ¿Parécete mejor andar enfermándome los oídos con tus lamentaciones, que arrostrar al enemigo, y vencerle o sucumbir con gloria?.
En estas razones estaban caballero y escudero, cuando salió de por ahí una vejezuela, apoyada en un bordón que la sostenía a duras penas. Un siglo en piel y huesos, cien años comprimidos y reunidos en escaso volumen, tal era el objeto que se ofrecía a la vista de los aventureros, quienes no las tuvieron todas consigo en presencia de ese ente vaporoso. Ni se vio jamás cara más arrugada, amoratada y desfigurada; ojos más chiquitos, hundidos, amortiguados y nublados; cuerpo más seco, trémulo y enclenque; paso más inarmónico, débil e inseguro que los del espectro que allí se les venía acercando. Las manos eran flacas, los dedos nudosos, la cabeza sin pelo, sino tal cual mechón ceniciento por la nuca; los labios, negros, flojos y caídos; el cuello, cuatro cuerdas; el pecho, teatro de amor y voluptuosidades ahora ha ochenta años, causaba horror. Si persona humana, era esa la burla que el viejo hechicero llamado Tiempo hace del hombre transmutándole en un ser de naturaleza extraña, en el cual no caben hermosura ni felicidad. Esos ojos que hielan el corazón fueron ojos de ángel enamorado; la boca purpurina, nido de dulces sonrisas, es hoy puerta de la sepultura; la convexidad rubicunda de sus mejillas, los declivios suaves, primorosos de su seno, son cavernas; la mano, blanca, lisa, es un horrible garfio. Ese ente feo, horripilante, fue mujer hermosa, amó e infundió amor. El hombre que se extralimita en los términos comunes de la existencia humana sale del mundo, en cierto modo, sin dar en la eternidad, y se queda entre la vida y la muerte, causando en los demás un respeto que hasta se parece al miedo. El que llega a los cien años tiene ya sobradas conexiones con la tumba, es un aparecido, y no se le puede mirar sin el terror secreto con que contemplamos el Genio del sepulcro revestido de fuerzas humanas.
La vejezuela tenía los ojos clavados en el niño, mientras Sancho Panza no podía ya con la angustia de su pecho, dando al demonio la adquisición de esa prenda.
-No habrá sino entregarlo como está, señor don Quijote -dijo-: sano le hallé, sano le traigo, y cuéntenle los pañales.
-He de ser muy hábil y mañero para que yo haga carrera contigo -respondió don Quijote; y acomodando las circunstancias a su locura, le habló pasito de este modo:
-Esta es, hijo Sancho, una fada o encantadora que quiere probarme. La sabia Belonia miraba por don Belianís de Grecia; Hipermea protegió a don Olivante de Laura; la fada Morgaina y la dueña Fondovalle a Florambel de Lucea ...
Aquí estaba de sus divagaciones don Quijote, cuando llegó corriendo una mujer exasperada, se tiró sobre el parvulito, y arrancándolo de los brazos del escudero, se puso a devorarlo a besos.
-Hermosa señora -dijo don Quijote-, vos sois, sin duda, la madre de este niño: don Quijote de la Mancha ha tomado por suya la cuita de vuestra grandeza, y promete no envainar la espada sino después del más completo desagravio que a princesa hizo jamás ningún andante caballero.
La angustiada madre empezó a requerir con la vista los alrededores, cosa de malísimo agüero para Sancho, quien no perdió tiempo de alegar en su defensa:
-Mirad, hermana, que yo no quito hijos a nadie, pues los tengo propios; ni robo gente, porque no la he menester. Hallamos solo y abandonado a este mamoncito, y le he cogido en mis brazos como obra de caridad. En honradez yo sé quién soy, y mi señor don Quijote que no me dejará mentir.
Serenada la pobre mujer con este discurso, preguntó a los viajeros el motivo de encontrarse por lugar tan solitario.
::::«El caballo iba cansado
::::De por las breñas saltare:
::::El marqués muy enojado
::::Las riendas le fue a soltare.
::::Por do el caballo quería
::::Le dejaba caminare»,
respondió don Quijote, aludiendo a la costumbre de los aventureros de dejarse llevar por sus caballos.
-¡Deo gratias! -dijo uno como gigante, presentándose allí con una hacha al brazo-; ¿quiénes son estos hombres?
-¿Hombres decís? -respondió don Quijote-; ¿hombres y nada más?
-¡Arre allá, diablo! -repuso el gañán-; ¿qué buscarán éstos por aquí? Si esta choza acomoda, serán voacedes servidos con el queso de mis cabras y con una zalea para dormir. Hombres somos todos, y ojalá fuéramos hermanos.
Subyugado por tan buenas expresiones, mandó el caballero poner las bestias al pasto de la verde grama, teniendo en cuenta no quitar a Rocinante sino el freno, según es de uso y costumbre en las aventuras. Como el diligente escudero andaba en este afán, se le llegó su amo y le dijo con cierta cautela:
-¿Pueden rodar las cosas por su pendiente natural, cuando en ellas anda metida una mágica tan entruchona como Urganda? No dudes en tener por tal a esa viejecilla. Tú vas a verlo: envuelta en una nube se nos va por los aires cuando menos acordemos, o desaparece convertida en fiera sierpe. ¿Quién sabe si este no es un castillo encantado, y aquel jayán el mago Alquife, marido de la dicha Urganda? Diligencia no he de omitir para desentrañar la verdad; y cuando todo saliere fallido, mi espada no faltará. Aunque es cosa de ver despacio si no me estuviera mejor deshacer el encanto con arte y maña, valiéndome de un anillo prodigioso, el de Gigés, verbigracia, del cual se sirvió Bradamante en un caso tan peliagudo como éste. Bien es que para ello me habré de disfrazar de mujer, y me hará muy al caso llamarme Daraya o Garaya, a imitación del príncipe Agesilao.
-Tan castillo encantado es este como el de Juan Palomeque -respondió Sancho-. Venga ese queso aunque sea de cabra, que en año malo la paja es grano; y donde nada nos deben, buenos son cinco dineros. En lo de Urganda no me entremeto: vuesa merced puede tener razón, y yo mismo estoy en un tris de tener por bruja a esa vieja.
-¿Y donde hay bruja no habrá magia? -replicó don Quijote-; ¿y donde hay magia no habrá encanto?, ¿y dónde hay encanto no habrá príncipes y princesas? Ven acá, bobillo, ¿te juzgas más perito que tu señor en esto de las aventuras? Espera y verás lo que es bueno.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo III
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo II|Capítulo II]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo III|Capítulo III]] - De la manera como don Quijote de la Mancha hizo suya una aventura de otro famoso caballero
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IV|Capítulo IV]]}}
{{t3|Capítulo III}}
No era muy claro el estilo caballeresco para esa buena gente, y estaba entre admirando a huésped tan singular y recelándose de sus armas. La hacendosa campesina no había por esto dejado de entender en la bucólica, y un puchero humeante era el testimonio de su diligencia. El alma se le iba a Sancho tras aquel humillo: hubiera querido verse ya mano a mano con la cazuela, aun cuando ella no prometiera tanto como las bodas de Camacho. Pero no hay manjar como la buena disposición, y el hambre adereza maravillosamente hasta las cosas humildes: ella es la mejor cocinera del mundo; todo lo da lampreado y a poquísima costa. Dichosos los pobres si tienen qué comer, porque comen con hambre. La salud y el trabajo tienden la mesa, bien como la conciencia limpia y la tranquilidad hacen la cama: el hombre de bien, trabajador, se sienta a la una, se acuesta en la otra, y come y duerme de manera de causar envidia a los potentados. La pobreza tiene privilegios que la riqueza comprara a toda costa si los pudiera comprar; mientras que la riqueza padece incomodidades contra las cuales nada pueden onzas de oro. ¿Cuánto no daría un magnate por un buen estómago? El pobre nunca lo tiene malo, porque la escasez y moderación le sirven de tónico, y el pan que Dios le da es sencillo, fácil de digerir, como el maná del desierto. El rico cierne la tierra, se va al fondo del mar, rompe los aires en demanda de los comestibles raros y valiosos con que se emponzoña lentamente para morir en un martirio, quejándose de Dios: el pobre tiene a la mano el sustento, con las suyas lo ha sembrado enfrente de su choza, y una mata le sobra para un día. El faisán, la perdiz son necesidades para el opulento, hijo de la gula; al pobre, como al filósofo, no le atormentan deseos de cosas exquisitas. Más alegre y satisfecho sale el uno de su merienda parca y bien ganada, que el otro andando a penas, henchido de viandas gordas y vaporosos jugos. El uno come legumbres, el otro mariscos suculentos, producciones admirables del Océano: el uno se contenta con el agua, licor de la naturaleza; el otro apura añejos vinos; y en resumidas cuentas, el que no tiene sino lo necesario viene a ser de mejor condición que el que nada en lo superfluo. ¿Hay algo más embarazoso, fastidioso, peligroso que lo superfluo? Donde la necesidad y la comodidad se dan la mano, allí está la felicidad, y, de esa combinación no nacen ni el hastío ni el orgullo; otra ventaja. Soberbia, malestar, desabrimiento, de la riqueza provienen, cuando no es bien empleada; que cuando sirve de báculo de la senectud, vestido de la desnudez, pan de la indigencia, la riqueza es fuente de gratas sensaciones, y por sus méritos a ella le toca el cetro del mundo. ¿Pero dónde están los ricos ocupados en el bien de sus semejantes? Son de especie superior, creído lo tienen, y su corazón, bronco por la mayor parte, no suele abrigar los afectos suaves, puros, que vuelven la inocencia al hombre, le poetizan y elevan hasta los ángeles, sus hermanos. El Señor promete el reino de los cielos a los pobres; de los ricos, dice ser muy difícil que atinen con sus puertas. Si, pues, los ricos tienen esta dificultad, no son los más bien librados; aunque pueden redimirse con sus caudales, empleándolos en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, siempre de corazón, sin prevalecer por la soberbia. El silencio es el reino de la caridad, abismo luminoso donde no ve sino Dios; si alquilas las campanas para llamar a los pobres y dar limosna a mediodía en la puerta de la iglesia pregonando tu nombre, eres de los réprobos. La misericordia es muy callada, la compasión muy discreta, la caridad muy modesta: al cielo subimos sin ruido, porque la escalera de luz no suena.
Sancho era de los pobres: el ejercicio daba en él fuerza al hambre, a la cual ayuda el no tener idea fija ni pensamiento inquieto, con un corazón del todo apagado. Así es que, en ofreciéndose espumar un caldero, no lo hacía con etiqueta, y a falta de pichones no asqueaba la gallina. El dueño de casa invitó a sus huéspedes en buenos términos a la penitencia; y don Quijote comió sin dejar de figurarse que estaba en el palacio de un emperador. Fija la imaginación en los encantamientos, transmutaciones y prodigios que él se tenía sabidos, explayó en ellos la palabra, y después de otras razones, continuó de sobremesa:
-No pocas glorias me ha frustrado un sabio mi enemigo que en particular me persigue; pues han de saber vuesas mercedes que así como echo en tierra a mi contrario y le tengo debajo de mi lanza, me lo convierte luego en persona distinta, y siempre un conocido, a fin de que no acabe yo de matarle, o en objetos ruines que se burlan de mi justa cólera. Los gigantes vueltos cueros de vino; la transmutación de mi señora Dulcinea del Toboso en una labradora; el caballero de los Espejos cambiado en bachiller Sansón Carrasco, y su escudero en Tomé Cecial, son niñerías para con la aventura del gigante Orrilo.
-¡Y qué narices las del tal escudero! -dijo Sancho-: sé decir al señor don Quijote que si sus enemigos invisibles no cambian ese monstruo en Tomé Cecial, allí entrego yo el alma al diablo. Salgo fiador, señores, de la verdad de esa aventura, si bien la del gigante Burrillo no se me acuerda por ahora.
-Decir pudieras -respondió don Quijote- que te constaba aquel suceso. ¿No te acuerdas cómo no había forma de acabar con el nigromante, porque así le derribaba yo un miembro como él lo tomaba y lo volvía a su lugar? Échole un brazo en tierra; hele allí que se agacha, lo toma y se lo pega como nacido. De un tajo, ¡zas!, le vuelo entrambas piernas: corre y se incorpora en ellas para volver a la carga. Le corto la cabeza, la que rueda por el suelo dando botes: el mago se precipita sobre ella y se la planta sobre los hombros. ¿Y esto se te olvida?, ¿y esto pones en duda?, ¿y esto niegas, desalmado Sancho?
-No niego, señor don Quijote. Déme vuesa merced la primera letra del lugar de ese acaecido, y podré venir en lo que vuesa merced mandare.
-En Damiata, cautivo -replicó don Quijote-; en la desembocadura del Nilo, desmemoriado; no lejos del Cairo, impostor; al pie de la torre de donde aquel ladrón salía y mataba o se llevaba prisioneros a cuantos podía haber a las manos en un gran circuito.
-Dígame, señor don Quijote, y así Dios provea a sus necesidades, ¿vuesa merced consumó en persona esa hazaña? ¿Yo dónde estuve?
-Estarías en los infiernos, bellaco. En persona no consumé la hazaña; mas como vencí a Astolfo, vencedor de Orrilo, todas sus acciones y proezas me pasaron a mí; y según las reglas de la andante caballería, puedo y aun debo contarlas por mías. ¿Qué más da que hubiera yo vencido al nigromante o al aventurero que le quitó la vida?
-Y a ese Astolfo ¿en dónde le venció, señor mío de mi ánima? -preguntó Sancho.
-De las narices bien te acuerdas -respondió don Quijote-; mis hechos de armas de buena gana olvidas. ¿Quién piensas que fue ese que pareció el bachiller Sansón Carrasco cuando le tuve muerto? ¿Quién se combatió conmigo bajo el nombre de caballero de los Espejos? ¿A quién rendí, a quién perdoné, a quién mandé ir y ponerse a los pies de mi señora Dulcinea del Toboso, para que ésta hiciese de él a su guisa y talante? Pues ése fue Astolfo, según yo me lo doy a entender; y ese Astolfo hizo con el gigante Orrilo lo que no quieres comprender ni confesar. Oye bien, gaznápiro: no es Burrillo como dijiste, sino Orrilo.
-Según eso -volvió Sancho a decir- vuesa merced dispuso de la cabeza del jayán, pues le correspondía como botín de guerra.
-Y dispondré de la tuya. Lo que dispongo es que no digas ni chus ni mus hasta nueva licencia, o te compongo las intenciones y enderezo las palabras, galopín ingenioso. La cabeza del jayán no podía yo sino echar a los perros; el despojo que ansiaba era el famoso cuerno de su vencedor, prenda más codiciable que el anillo de Angélica o las armas de Rolando.
La exaltación del caballero era ya de las que su criado solía respetar; y así salió mohíno éste, so pretexto de mirar por las caballerías, no fuese que Ginesillo de Parapilla cargase de nuevo con el rucio. Como en todo pecho generoso, la cólera no duraba en don Quijote: cuando la consideró apagada, volvió el escudero; y como la noche anduviese muy adelante, cada cual se acomodó lo mejor que pudo, y todo quedó en silencio. Silencio que no duró una eternidad, porque don Quijote lo interrumpió diciendo:
-Sancho, Sancho, esto de la reposición en su trono del príncipe que hallarnos poco ha, es cosa de mucho momento. Mira cómo te levantas y con suma cautela requieres las murallas de esta fortaleza, por si descubres un resquicio o desportilladura que me dé paso, puesto yo sobre Rocinante. Tomándolos por sorpresa, me llevo de calles a todos los paladines que lo defienden, y sin más ni más dejamos concluido este negocio. Pero ten cuenta de no hacerte sentir por el atalaya, porque te disparará por lo pronto una jabalina y echará a vuelo las campanas del castillo. Anda, hijo, y da gracias a Dios que así te dé para ocasiones donde te muestres prudente y generoso.
-Albricias, madre, que pregonan a mi padre -respondió Sancho-: ahora debo dar gracias por lo que me mataría de pena, si me viese en la necesidad de cumplir. A res vieja alíviale la reja, señor: sin descansar no hay trabajar, y sin dormir no hay azotarse.
-¿Qué estás diciendo ahí de azotes, embustero? ¿Quién te ha mandado azotarte ahora?
-Como vuesa merced -replicó Sancho- quiere remediarlo todo a costa mía, pensé que se trataba de desencantar de nuevo a mi señora Dulcinea, y de camino al muchacho.
-Duerme, animal -dijo don Quijote-, duerme, y no me saques de mis casillas con tus necedades y embustes. Cuando yo te mande que te azotes, te azotarás; y si no te azotas, morirás, escudero mal intencionado e insurgente.
Durmió Sancho; no se azotó ni bien ni mal, y al otro día salió a la conquista del mundo tras su señor, el cual no se acordó del príncipe, de Urganda la desconocida, ni de maldita la cosa.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IV
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo III|Capítulo III]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IV|Capítulo IV]] - De la grande aventura de los tres penitentes, y otras de menos suposición
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo V|Capítulo V]]}}
{{t3|Capítulo IV}}
-¿Y ahora adónde vamos? -preguntó Sancho-. Si todas las aventuras han de correr como la de esta noche, ya puede vuesa merced llevarme al fin del mundo. Hemos comido bien, no hemos dormido mal, y ni la fada Urganda ni el mago Alquife nos han perjudicado en lo más mínimo.
-Si esta resolución dura en ti -respondió don Quijote- no veo lejano el día en que te halles conde de Oropesa o pertiguero mayor de Santiago. El buen semblante que ponemos a los sucesos de la vida parece modificarlos en favor de los ánimos serenos, a quienes el pasado no aflige, no desconcierta el presente ni pone cavilosos el porvenir. Pero si los quebrantos y las desgracias encuentran en ti la filosófica resistencia del sabio, ten cuidado de no salir de madre al primer viento propicio que te sople: harto dejas conocer que así te ensoberbece la próspera como te hace desmayar la adversa fortuna. ¿Qué motivo de alborozo es el que hubieses comido y dormido bien una noche? Más digno de nosotros sería haberla pasado en vela y en ayunas para seguir mejor nuestra profesión de andantes.
-Yo supongo -replicó Sancho- que no porque uno satisfaga sus necesidades, será menos caballero ni escudero. Antes pienso que los a quienes compete la fuerza y cuyo asunto es la espada, se han de alimentar mejor. Para vivir ayunando, tanto valiera dar en ermitaños, o de una vez en santos milagrosos, a quienes les bastan cinco habas crudas o tres hojas silvestres por comida.
-¿Y no compensamos -repuso don Quijote- las penurias de nuestro estado con los festines que nos ofrecen las reinas y emperatrices a quienes vamos reponiendo en sus dominios?
-El pan de Dios dádnosle hoy como todos los días, reza nuestra santa madre Iglesia -dijo Sancho.
-Tendríaste por hereje -respondió don Quijote- si no embaulases cuanto puedes haber a las manos. A tu parecer, Sanchico, bueno es aquel negocio; y será mejor si añades los mandamientos de hurtar los bienes ajenos y codiciar la mujer de tu prójimo. Pues, ¡voto al demonio!, que te hallas apto para recibir las órdenes sacerdotales. En la primera ciudad adonde lleguemos, te hago tonsurar, y si tienes capellanías, a dos tirones te ves cura de Tordesillas o canónigo de Toledo.
-Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, señor don Quijote: uno que anda al servicio de vuesa merced no puede parar en menos. Viénesme a deseo, huélesme a poleo: ¿a vuesa merced he oído que Maripapas hubo en Roma?
-Como Marisanchas en tu pueblo -respondió don Quijote-: pudieras haber dicho papisas. Sí, señor; y se llamaba Juana la más notable de ellas.
-Sea -dijo Sancho- que el tiñoso por pez vendrá.
-¡Válate el diablo, Sancho excomulgado!, ¿a qué viene el tiñoso en el asunto que tratamos?
-Viene a que todos somos unos; y con el mazo dando y a Dios llamando; y que así como hubo en Roma una papisa Juana, así ha de haber en el Toboso una obispa Dulcinea. Si la mujer del alcalde es alcalda, y la del testigo testiga, la del obispo ha de ser por fuerza obispa. Y a quien Dios se la dio a San Pedro se la bendiga; que yo con la mía me contento, aunque regaña y aconseja más que un abad. Pero a mujer brava, soga larga; y holgad, gallinas, que es muerto el gallo.
-Si por algo quisiera yo sobrevivirte -repuso don Quijote- sería por grabar sobre tu losa en indelebles caracteres este epitafio que parece hecho para ti:
::Y es tanto lo que fabló
::Que aunque más no ha de fablar,
::Nunca llegará el callar
::Adonde el fablar llegó.
¿De dónde sacas ese chorro de refranes, parlanchín desesperado? Tú eres mejor para dueña que para escudero, y no estoy lejos de ponerte con faldas y tocas blancas al servicio de una reverenda viuda.
-Eso sería echar margaritas a los puercos, señor don Quijote; sobre que mi silla había de quedar vacante, supuesto que vuesa merced me destina para el coro.
-Señor prebendado -dijo don Quijote-, si vuestra dignidad no me lo estorbara, os había yo de refrescar ahora los lomos con el asta de mi lanza. Pero dad por recibida esta demostración y seguidme, cosidos los labios más que si fuerais mudo de nacimiento.
Algunas horas habían andado hasta cuando desembocaron en una carretera por donde fueron siguiendo callados y con hambre. Don Quijote mismo no hubiera puesto reparo en desayunarse, aunque sus deseos ordinarios eran de aventuras antes que de otra cosa. Como si todo ocurriera para dar asunto a su profesión, sucedió que por ahí se viniesen acercando tres personas, no de pies como racionales, sino a modo de cuadrúpedos. Todos venían descubiertos y descalzos, con señales de estar cumpliendo una penitencia, según la humildad de la postura y la compunción con que se arrastraban.
-¿Y eso qué diablos es? -dijo don Quijote al verlos-. Yo me los voy encima, Sancho, y a punta de lanza escudriño este que parece misterio, si no es más bien una entruchada de algún sabio burlón que quiere darme una cantaleta.
Sin añadir otra cosa, apretó los talones contra los ijares de su caballo, bajó la lanza, arremetió, desbarató y dispersó la tropilla de esa gente a gatas. No debían de ser paralíticos los mezquinos, porque tan luego como sintieron esa estantigua sobre ellos, se pusieron de pies y echaron a correr de modo que no los alcanzara un galgo. Librolos la Virgen a los dos; el tercero fue víctima de don Quijote, pues en el punto en que se enderezaba cayó de nuevo en tierra, sin más ánimo que el que hubo menester para encomendarse a Dios y sus santos.
-Yo le volviera la vida a este malandrín -dijo don Quijote-, sin perjuicio de quitársela por segunda vez, para que me explicara lo que significaba el ir así por estos caminos, y adónde iban en cuatro pies que no pudieran ir en dos.
-Habrán sido baldados -respondió Sancho.
-Eres un sandio que se pierde de vista -replicó don Quijote-: a tus ojos se disparan como ciervos y piensas que serán baldados.
-Pues si no son baldados -volvió a decir Sancho- serán pícaros que están haciendo de inválidos para beneficiar nuestra bolsa. Mátelos vuesa merced a todos, señor don Quijote, que estos ciegos y estos cojos fingidos perjudican a los verdaderos.
-Tengan piedad, hermanos -dijo el difunto-: no somos pícaros ni inválidos de industria, sino gente de bien y católicos, que hemos hecho voto de ir arrastrándonos a un santuario a cinco leguas de aquí.
-¿No estáis en la otra, buen hombre? -preguntó Sancho.
-Me parece que no -respondió el peregrino.
-¿Mirad no os equivoquéis? -insistió Sancho.
-Como hay Dios -replicó el peregrino- que soy poco amigo de lo ajeno. Íbamos a lo que dije, y por más señas, era requisito de la promesa que hasta cuando llegáramos al monte no nos habíamos de poner en pie si nos mataban. Hágame la caridad de avisarme si mis cofrades son muertos.
-Idos son... -respondió Sancho-. ¡Cómo que a los penitentes se les desmadejaron las piernas!
-El amor a la vida, hermano -dijo el romero sentado ya.
-¿Cuántas heridas tenéis? -preguntó Sancho.
-Según los dolores no deben de pasar de cuatro -respondió el devoto-; o es sólo una contusión, porque en verdad no veo sangre. Milagro, señores, milagro. ¿Promete vuesa merced a la Virgen Santísima, señor caballero, no matarme otra vez?
-Si es como habéis dicho, lo prometo -respondió don Quijote-. ¿Os hallábades en la vía purgativa o en la iluminativa?
-¿Qué vías son esas? -preguntó el penitente.
-La purgativa -respondió don Quijote- es el primer estado del alma que desea llegar a la perfección por medio de lágrimas, golpes de pecho y disciplinas.
-Algo más, señor, algo más -dijo el romero.
-Luego estábades en la vía iluminativa: este es el segundo estado del alma que desea llegar a la perfección, y se ocupa en amar y servir a Dios, profundamente metida dentro de sí misma.
-Algo más, señor, algo más.
-Ya comprendo, vuestra vida era la unitiva: este es el último estado del alma, que pasando por los dos primeros, ha hecho, en cierto modo, acto posesivo de la beatitud divina, y ha venido a ser una misma cosa con los bienaventurados y los ángeles.
-En esa estábamos, señor caballero -respondió el santo gateador. Sancho Panza no quiso callar más y dijo:
-Vuesa merced, señor don Quijote, se ha echado sobre la conciencia la mala obra de haber desviado a estos hombres; y fuera menester enderezarles el tuerto que se les ha hecho.
-Engáñaste por la barba -respondió el caballero-: lejos de desviarle con dos o tres palos al que está haciendo penitencia, se le da algo más en que ejercite el sufrimiento y el perdón, virtudes sin las que no hay salvarse. Pláceme veros sano y salvo, hermano peregrino, sea ello efecto de un milagro, sea de no haberos yo cogido de lleno con mi lanza. Perdonad, y buena manderecha.
Diciendo esto, picó su caballo, le siguió su escudero, y a poco andar tomó otra vez la palabra.
-Ahí tienes, Sancho, un héroe de poema épico, o por mejor decir, tres protagonistas de otras tantas epopeyas. ¡Aquí de Cristóbal de Virués! Un asesino y pirata que se acoge a buen vivir y se traslada en cuatro pies de Roma a Cataluña, es en verdad asunto de un poema de marca. ¿Qué ideas sublimes ha de inspirar un bribón que no halla manera de venderse por bueno, sino echarse a tierra y arrastrarse como bruto? Rara concepción la del bueno de Virués, ¡un héroe que gana en cuatro pies la ermita más elevada de un monte, a contar en los dedos los robos y las muertes en que ha pasado la vida! Las ideas poéticas encarnadas en expresiones magníficas pasan de siglo a siglo. Homero y Virgilio las conciben; mas no pueden sugerirlas sino héroes excelsos, Aquiles y Héctor, Eneas y Turno. El cuadrúpedo Garín, ni respeto ni veneración infunde: un innoble matador, o un fanático menguado que imagina ponerse a derechas con el Todopoderoso, si se vuelven jumentos, no son personajes de poema. ¿Es por ventura concepto razonable pensar que con ir a gatas algunas leguas alcanzamos el reino de los cielos? Dios es altísimo, santísimo: hónrale con decoro, adórale con majestad. Lo que envilece su obra no le agrada; lo que la embrutece le irrita. El hombre de virtud eminente es el que le ama con uno como orgullo celestial; orgullo que no es sino con vencimiento de su propia excelencia. Unirse al Infinito por la luz, sentirle en los afectos propios, buscarle con las buenas obras, esto es ser santo. Pero somos de condición los españoles, que, como un frailecico por ahí nos diga que labramos para el alma, sin sombrero nos vamos al infierno, andando de rodillas.
Tocábale la respuesta a Sancho Panza, y Dios solamente sabe las sandeces que hubiera ensartado, si hubiera tenido tiempo; mas cuando ya se le pudrían las palabras en la lengua, una aventura que se le ofreció a su amo vino a ponerlas en olvido. Y fue que un hombre llegaba ahí trote trote por una costezuela, trayendo a otro atado a la cola de su caballo. Echaba ya el corazón este infelice, acezando y sudando de modo de caerse muerto; y sin duda le reventara la hiel a cuatro pasos, a no presentarse allí don Quijote en ademán de batalla.
-Poneos con Dios y apercibíos para la muerte, si al punto no os apeáis y desatáis a este mezquino.
-Le llevo preso -respondió el hombre- y no le soltaría si me lo mandase el Santo Oficio.
-¿A virtud de qué mandamiento -repuso don Quijote- le lleváis preso y aherrojado? ¿Sois por dicha cuadrillero de la Santa Hermandad, alguacil o corchete?
-Andaos a decir donaires -respondió el caminante-: apártese, buen hombre, o buen diablo, y no sea tan mosca. ¿Está su merced de chunga? Eso de soltar a este pillo, será lo que tase un sastre. Sepa que le llevo a la cárcel con mis manos, porque soy su acreedor.
-¡Acreedor sois vos a cuatrocientos palos! -dijo don Quijote; y le asentó un mandoble tal en la cabeza, que dio con el atrevido sin conocimiento en el suelo. Porque no saliese el caballo, le tomó por la brida y mandó a Sancho apearse y desatar de la cola al hombre. Sancho, que de suyo era propenso a la compasión, obedeció de buena gana y lo despachó todo por la posta.
-Os hago dueño del caballo de vuestro opresor -dijo don Quijote al cautivo redimido- como despojo ganado en buena guerra. Vuestro es sin condición ni restricción, tan luego como hubiereis cumplido la orden que voy a daros.
Mandole en seguida cómo de ese camino enderezase para el Toboso, se presentase a la sin par Dulcinea, e hiciese todo lo demás que él acostumbraba mandar a los que iba venciendo, o favoreciendo y libertando. Juró el villano cumplir esas órdenes a la letra, montó de prisa, y sin despedirse del menor don Quijote del mundo, tomó el largo y desapareció por esos trigos. Sancho Panza iba llegándose al cadáver, no sin tiento:
-Veamos -dijo- lo que reza este muerto.
Y fue a tomarle un pie a fin de darle pasaporte para la sepultura, si de veras había fallecido.
-¡El diablo es el muerto! -respondió el difunto con grandísima cólera, y dio una patada que si le coge de lleno al ex gobernador, no hubiera quien le arrendara la ganancia. Llevó éste el mayor susto que en su vida había llevado; y tirándose sobre el rucio desatinadamente, voló tras su amo, quien andaba ya a buena distancia.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo V
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IV|Capítulo IV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo V|Capítulo V]] - Donde se ve si devotos se quedan con los agravios que reciben, y se da cuenta de cómo don Quijote embistió a una legión que él tuvo por de mala ralea
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VI|Capítulo VI]]}}
{{t3|Capítulo V}}
Estaba Sancho Panza refiriendo los desmanes de aquel bellaco de difunto, cuando echándose de súbito de un barranco al camino tres hombres con sendos palos, le asentaron a don Quijote tantos y con tal prisa, que el pobre caballero hubo de venir a tierra.
-Vuesa merced se halla hoy en la vía purgativa -le dijo uno de ellos-; veamos en cuál se halla su escudero.
De buena gana se hubiera puesto en cobro Sancho; pero el maldito rucio no se quiso mover, más que si fuera de palo. Llegaron los penitentes y le dieron una tanda que no le pedía favor a la que acababa de recibir el malaventurado don Quijote.
-Quiere vuesa merced -le dijo a éste el mismo que había hecho fisga de él- entrar en la vía iluminativa?
-Alevoso palmero -respondió el hidalgo-, de ruines ha sido en todo tiempo el acometer sin reto ni advertencia. Dejad que pueda yo levantarme, y daos por muertos cuantos sois vosotros, ora vengáis a pies, ora vengáis a gatas.
-Luego desea vuesa merced entrar en la última vía -repuso el palmero- cuando nos zahiere con tanto primor y delicadeza.
Y dándole otra media docena de palos, tomaron un trotecillo de ladrón y se fueron, Dios sabe si a vacar a su romería.
-Qui multum Peregrinantur raro sanctificantur, Sancho -dijo don Quijote-. Yo me tengo la culpa, que no acabé de matar a esos traidores cuando los tuve debajo. Pero no te duela de ello, porque los seguiré hasta el polo, y tomaré tal venganza, que para los días del mundo les quedará maldita la gana de salir a romería en dos ni en cuatro pies.
-A bien te salgan, hijo, tus barraganadas -se puso Sancho a responder con harta flema-; el toro era muerto, y hacía alcacorras con el capirote por las ventanas.
-¿Es a culpa mía -volvió a decir don Quijote con asaz de cólera- si esos malandrines caen de improviso, y después de su mala obra se escapan de mi enojo por los pies? Si así como son tres braguillas esos penitentes, fueran trescientos jayanes, yo diera buena cuenta de ellos en menos de treinta minutos. Haz que yo tenga lugar de meter mano a la espada, y como quede un pelo de ellos, di que tu señor no es de los buenos andantes.
-El conejo ido, palos en el nido -replicó Sancho con la misma cachaza.
-¿Querrás por si acaso darme a entender -dijo don Quijote- que he venido a tierra por falta de valor y pericia? Me ves tirado en tierra cuan largo soy, y piensas que puedes darme soga; en lo cual te yerras de parte a parte.
-¿Luego vuesa merced también, está molido? -preguntó Sancho.
-Por lo que alcanzo a comprender -respondió don Quijote- tengo hechas añicos las paletas; mas en tanto que pueda yo empuñar la espada, eso me da que me desbaraten el cuerpo. ¿No sabes que los caballeros andantes estamos hechos a todo género de hazañas y trabajos, y que el número ni la magnitud de las heridas son pretexto para echarnos a la cama? Venga aquí el sabio Apolidón, y propóngame la aventura del Arco Encantado, o la de la Cámara Defendida, o una y otra; y cuando no me sea dable concluillas, podré ser imputado de fortuna escasa, no de falta de intrepidez, puesto que las he acometido. Pero dejando lo uno por lo otro, Sancho, ¿te hallas en capacidad de levantarte y ponerme sobre Rocinante?
-Deje vuesa merced -respondió Sancho- que pruebe a moverme; y como tenga yo el uso de los miembros principales, cuente con mi socorro y amparo. La cabeza no está mal: ¡oiga!, las piernas no se encuentran fraturadas. Ahora, con el favor de Dios, los brazos los tengo enteros.
-Sea en buena hora, Sancho -dijo don Quijote-, y démosle gracias por su misericordia. Respecto de las piernas, te falta alguna cosa; pues no has de decir fraturadas, sino fracturadas; ni es fratura, sino fractura.
-En mi casa nunca se ha dicho sino fratura -replicó Sancho.
-Costumbre buena o costumbre mala, el villano quiere que vala, Sancho amigo. Entre palabras y miembros estropeados, yo siempre optaré por la salud de los segundos.
-Aparéjese vuesa merced para montar -dijo Sancho-, que voy allá tan luego como me pase el calambre que me ha dado en este pie.
-¡Por vida del chápiro verde -respondió el hidalgo-, si pudiera yo aparejarme para montar, por el mismo caso montaría sin que me fuese necesaria tu asistencia!
-Mucho habla vuesa merced, señor don Quijote, para hallarse tan malo como se figura. Hasta que el cielo acabe de mejorar sus horas, ¿podría vuesa merced decirme cómo unos hombres que están en la última vía de la salvación hacen cosas parecidas a la que han hecho con nosotros?
-Si supieras lo que es el alma de un devoto, no preguntaras eso -respondió don Quijote-. Los devotos son los que menos obligados se creen a sufrir una injuria o a perdonar un agravio por amor de Dios. Por un insulto vuelven cuatro; por un palo, ciento, según lo acabas de ver, y no en cabeza ajena.
-Pero yo no les di ni uno, señor; y así los que he llevado son gatuitos -dijo Sancho.
-También los suelen dar -respondió don Quijote- si no gatuitos, por lo menos gratuitos o sin motivo.
Aquí estaban de la disquisición, cuando cayó allí arrebatadamente el hombre a quien don Quijote había vencido una hora antes; y echándose sobre él sin andarse en razones de ninguna especie, le hubiera quitado la vida ahorcándole entre sus dedos de fierro, si Sancho no arremetiera con el belitre, y de tan buena guisa, que a pocas vueltas le tenía debajo. Don Quijote, que se vio libre, y que en realidad no estaba tan mal ferido como creía, se levantó y dijo:
-A ti, Sancho, te toca e incumbe el vencimiento de este malandrín: ora porque es villano, ora por no defraudarte de la gloria del triunfo, quiero que le venzas y le mates solo.
Sintiéndose lleno de fuerza y brío Sancho, se alzó en un pronto, cogió la lanza, y le dio tal mano de palos al caído, que le dejó por muerto. Hueco y orgulloso, hizo montar a su amo, ganó su rucio, y tran tran echaron a andar por esos caminos.
-Aquí tienes -principió diciendo don Quijote- una página de tu historia que no hará poco en los anales de la caballería. Sin mucha exageración podemos tener por jayán a ese bellaco: el que vence a un jayán puede vencer a un gigante; el que vence a un gigante puede muy bien cortarle la cabeza: ahora digo, si el escudero Gandalín alcanzó el cetro con haber cortado la cabeza a una giganta, ¿por qué el escudero Sancho Panza no ha de ganar una corona?
-No tropiezo -respondió Sancho- sino en que la de Gandalín fue giganta, y el que yo he de matar lo ha puesto vuesa merced gigante: ¿no hará esta diferencia que se me vaya el reino de entre las manos, señor?
-No te dé cuidado así como hubieres matado a ese quisque, haremos que importe poco su sexo.
-Pues a la mano de Dios -replicó Sancho-: venga esa corona, y sepan gatos qué es antruejo. Pero haga también vuesa merced que mis territorios no estén situados muy lejos de mi lugar, por aquello de «aza do escarba el gallo».
-Esa cortapisa -respondió don Quijote- hará que tu reino no sea tan grande como un pegujalillo. Mira si te está mejor omitir esa condición y allanarte al que él parta límites con el Catay o con Trapisonda.
-Vengo en ello -dijo Sancho-; ni habrá embarazo para mi transporte. Sobre que este mi buen asno es mío propio en propiedad, lo que se llama propiedad, alquilo dos o tres, y que nos busquen en Trapisonda a mí, junto con toda mi familia. Teresa podrá ir a mujeriegas; pero Sanchica, señor don Quijote, como muchacha ¿le parece que puede ir a horcajadillas?
-Al punto que es princesa -respondió don Quijote- ya puede ir a horcajadillas: a horcajadillas se la llevó don Gaiferos a Melisendra del castillo donde se la tenía escondida. No vas mal aparejado, Sancho; y tan tuyo viene a ser el asno, que si lo vendieses una vez o se te muriese dos, todavía sería tuyo por más de un título. Lo que conviene ahora es que busquemos la aventura de donde ha de resultar todo eso. Pero ten cuenta con no ir por tu parte a mujeriegas cuando vayas a posesionarte de tu reino; pues si tus vasallos saben su deber, te darán con las puertas en las narices.
Aventuras, pocas veces le faltaban a don Quijote, como quien sabía convertir en ellas cualesquiera sucesos, hasta los naturalísimos. Don raro y excelente el de hallar un lance caballeresco en toda circunstancia, un enemigo a quien vencer en cualquier viandante, una princesa enamorada en cada hija de ventero, e ir por todas partes ejerciendo la noble profesión de poner las cosas en su punto. Cuentan de un antiguo que demandó a sus parientes y al médico que le había curado la locura, y les acusó de malhechores. Ese antiguo tuvo razón. Demandamos al que nos trampea, matamos al que nos agravia atrozmente, ¿y no sería sensato arrastrásemos ante los tribunales de justicia al que nos desbarata un mundo entero de felicidad? Cuando loco, ese enfermo era el más feliz de los mortales, pues su desarreglo consistía en estar viendo el mundo cual un teatro iluminado por luz divina, donde se estaban desenvolviendo prodigios increíbles al son de una música lejana y vaga. Si vivimos contentos merced a un engaño, ningún bien nos hacen con sacarnos de él y volvernos a la realidad, madre de sinsabores y dolores. ¡Felices los locos, si no propenden al mal y su locura rueda en una órbita sonora y luminosa! ¡Oh locura!, tú eres como la pobreza, heredad fácil de cultivar, no sujeta a los celos de los amigos, ni expuesta a la envidia y la venganza de ruines y perversos. El demente cuyo desvarío es agradable, es más feliz sin duda que el hombre cuerdo cuyas verdades son su propio tormento y el de sus semejantes. El sabio no resucitaría a un muerto ni curaría a un loco, aun cuando lo pudiese, a menos que no quisiese burlarse de ellos o hacerles un mal, porque sabe que la locura y la tumba son dos abismos donde caen y se desvanecen todos los dolores del hombre.
Seguía adelante sin dirección conocida el caballero, cuando echó de ver un golpe de gente que se arremolinaba en plácida baraúnda, al compás de tres o cuatro pífanos y tamboriles. Clérigos a caballo, legos a pie, mujeres con las faldas en cinta, grande y variada muchedumbre. Don Quijote hubiera querido esperar que llegaran; mas al ver que todo ese mundo confuso y revuelto propendía hacia otra parte, picó su caballo y, lanza en ristre, fue a herir en los que encontrase desde luego, y esto sin averiguación ninguna. Llevose a las primeras dos o tres monigotes vestidos de musgo, y siguió adelante rompiendo briosamente por la chusma. En el centro venían unos cuantos clérigos cubiertos con papahigos o mascarillas y unas como sobrepellices de salvaje, cosa que les daba fea y terrible catadura. Suspensos todos, nadie sabía lo que fuera, y así don Quijote llegó a ellos sin obstáculo y en voz ferviente dijo:
-Muertos sois, follones, si no os entregáis maniatados al caballero de cuya espada están pendientes vuestras vidas.
Uno de ellos respondió que se rendían, pues ya el vestiglo de don Quijote le pinchaba el estómago con la lanza. El clérigo era por ventura más cuerdo que animoso, y reparando en la falta de juicio de su agresor, juzgó necesario contemplarle cuanto fuese posible.
-Todo lo que aquí mira vuesa merced, es pura devoción -dijo-: detenga el brazo, y no derrame sangre inocente.
-¿Devoción cargar con esta caterva femenina? -replicó don Quijote-; ¿sangre inocente la de malandrines endemoniados como vosotros?
-No hay aquí endemoniados ni malandrines, señor caballero: yo soy cura de un pueblo de esta comarca y vicario de estos contornos. Los eclesiásticos presentes son mis coadjutores y mis hermanos de las demás parroquias. Andamos, señor, en la obra pía de levantar la iglesia que hemos derribado porque amenazaba ruina. Ahora vengo del monte con mis feligreses, adonde hemos ido a cortar la madera.
No acababa don Quijote de dar crédito a estas razones:
-Quitaos el papahigo -replicó- y por el rostro saque yo la verdad de las palabras.
Quitóselo sin contradicción el bueno del vicario, y puso de manifiesto la cara bonachona y bienaventurada del cura pacífico que ha vivido largos años cebándose en su parroquia al lado de su prole, en haz y paz de la santa madre Iglesia. Hubo de convencerse el caballero de la verdad del caso; y así, bajó la lanza, y excusándose a las mil maravillas, pidió se le agregase a la devota caravana. Vino en ello el vicario, mas no en que don Quijote pusiese el hombro a las andas de la Virgen que allí iba, por cuanto en eso entendían exclusivamente las mujeres. Sancho Panza, temiendo por su amo, se había abierto paso por entre la muchedumbre, y le alcanzó cuando ya andaba todo a las buenas. Consolado de hallarle entero y sano, y alegre sobre modo del acuerdo que reinaba, saludó a los eclesiásticos, dijo quiénes eran él y su señor, y de hecho fue uno, y no el menos principal del acompañamiento.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VI
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo V|Capítulo V]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VI|Capítulo VI]] - Donde se da cuenta del ágape que honró con su presencia don Quijote de la Mancha
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VII|Capítulo VII]]}}
{{t3|Capítulo VI}}
Llegados al pueblo, hizo el vicario una breve plática alabando la piedad de sus feligreses y exhortándolos para que concurriesen todos con el mismo objeto la semana venidera. Dispersose la gente, fuera de los curas vecinos y más eclesiásticos que tenían ese día mantel largo en casa de su huésped. De apacible genio y nada rencoroso debía de ser el señor vicario, cuando lejos de toda inquina, convidó con suaves razones a su vencedor; si no era que, conociendo su locura, le movía antes la compasión que el deseo de vengarse. Era regular hubiera entre las personas del concurso algunas más o menos instruidas en materias de caballería, puesto que, echando leña al fuego, le sacaban de juicio al aventurero con una furia de dudas y argumentos.
-¿Cree vuesa merced en esas cosas como en artículos de fe? -le preguntó un religioso cuya respetable gordura se le escurría un tanto por la jovialidad de su genio-: trabajo le mando de que me nombre algún autor católico que hubiese escrito esas historias como ciertas; ni podría citarme un solo caballero andante, sino de imaginación.
::«Lanzarote y D. Tristán,
::Y el rey Artús y Galbán
::Y otros muchos son presentes
::De los que dicen las gentes
::Que a sus aventuras van»,
respondió don Quijote. Y no se me dirá que Alvar Gómez de Cibdad Real hubiese sido pagano, ni historiador de poca fama. Duden vuesas mercedes de Esferamundi o del obispo Turpín; pero habrán de dar asenso a testigos como Santa Teresa, quien gustaba de la caballería, en términos que a su parecer eran cortos los días y las noches para saborearse con sus aventuras; y aun sucedió que muy de propósito compusiese un libro, cuyo argumento son las de un caballero famosísimo.
-Si nuestra madre Santa Teresa ha escrito jamás ese menguado libro -replicó el fraile-, él fue, sin duda, una de las causas de sus inquietudes y pesadumbres posteriores; mas nadie sostendrá que en tales nonadas se hubiese ocupado durante la madurez de su juicio y virtud.
-El gran Carlos V -dijo don Quijote- era lector infatigable de libros andantescos, y pudo renunciar la corona imperial, mas no prescindir de esas historias.
-El emperador las había prohibido -arguyó el fraile-; si él, por lo que tocaba a él, no hizo caso de su prohibición, lo hemos de atribuir a flaqueza, y como hombre, no le podían faltar. ¿Pero cuáles son los caballeros andantes que realmente han existido y hecho lo que de ellos se cuenta?
-¿Cuáles? -respondió don Quijote-; el Caballero de la Fortuna, el del Ave Fénix, el del Unicornio; don Amadís de Gaula, don Amadís de Grecia; Tirante el Blanco, Tablante de Pricamonte, Félix Marte de Hircania; don Cirongilio de Tracia, don Siloís de la Selva, don Briances de Boecia; Reinaldo de Montalbán, Esplandián, Galaor, el príncipe Rosicler, y toda esa gloriosa falange que por sus altos hechos vive en la memoria de las gentes.
-Si vuesa merced da por inconcuso cuanto de esos fantásticos personajes se refiere -dijo uno de los coadjutores- habrá de convenir asimismo en la existencia de los mágicos, nigromantes y adivinos, los gigantes y las gigantas, los jayanes y las jayanas de que están rebosando esos libros del demonio.
-¿Quién duda de todo eso? -respondió don Quijote-. ¿Qué fue Merlín sino un sabio encantador? ¿Qué Artemidoro sino un famoso adivino? ¿Qué Morgaina sino una incomparable mágica?
-¡Dios nos asista! -exclamó el fraile-. ¿Ahora va a probarnos vuesa merced que hasta las mujeres se han metido en esas herejías?
-Ni lo podían por menos -respondió don Quijote-; Morgaina, Urganda la desconocida, Hipermea, la dueña Fondovalle, Alcina, Melisa, Logistila. ¿Piensa vuesa paternidad que Onoloria, la sin par Oriana, Polinarda, Florisbella, la linda Magalona, la princesa Cupidea, la reina Ginebra y otras muchas no han existido real y verdaderamente? ¿Pues a quiénes amaron, por quiénes vivieron muriendo esos que se llamaron Lismarte de Grecia, Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra, Esplandián, el valiente Pierres?
-Luego el fin de esa profesión no es tan católico -replicó el fraile en tono recalcado y zahiriente.
-Su fin es el desagravio de las doncellas ofendidas -dijo don Quijote-, el socorro de las viudas angustiadas, la humillación de los soberbios; su fin es acudir al menesteroso, levantar al caído, valer al indefenso. Si todo esto no es católico, ponga vuesa merced ahora mismo en entredicho el reino de la caballería, y príveles del agua y del fuego a sus campeones.
-Al contrario, señor caballero, si las aventuras son de las romanas, digo, de las apostólicas, no es imposible que yo abrace la carrera de las armas, en pudiendo haber frailes andantes.
-No sé -repuso don Quijote-; no me acuerdo haberlos hallado en mis viajes ni en mis libros.
-Ya le quisiera yo ver a fray Pancracio encambronado a lo barón de la Edad media -dijo un vejarro que comía a la esquina de la mesa-; si bien me temo que no hubiera peto ni ventrera para su persona. ¿Propónese llevar el coselete con todas sus piezas? Coraza, espaldar y brazales; escarcela y greba; capellina y yelmo con su respectiva visera; aindamáis la manopla de hierro: fuera en verdad cosa de ver.
-Y muy de ver, hermano Paco -respondió el flexible y avenidero religioso-. Pero ya el señor don Quijote me ha desviado de mi resolución: si no hay frailes andantes, me debo estar humildemente en mi abadía.
-Si ya no quisiere vuesa merced -dijo don Quijote- venirse conmigo a título de capellán, con cargo de ir absolviendo a los que yo fuere derribando. Pero ni esto se me acuerda haber visto en las historias; y lo mejor será siga adelante cada cual en su manera de vida y profesión.
-¿Luego vuesa merced no aprueba el modo de proceder de Carlos V, que deja a un lado el cetro del mundo, y se humilla y evangeliza hasta el extremo de pasar a un monasterio a llamarse fray Carlos simplemente?
-Si yo ganare un imperio, será para regirlo -dijo don Quijote-; y no por medio de privado ni valido, sino en persona.
-¿Se siente vuesa merced, señor don Quijote, con el numen y el tacto que se han menester para el mando de un gran pueblo? Cosa delicada es, señor: muchos reinan, pocos saben gobernar. El que se halla al frente de un imperio ha de saber gobernar; y en sabiéndolo, no ha menester palaciegos favorecidos que le desacrediten por una parte y le defrauden de su gloria por otra. La sabiduría en ninguna parte es más útil a los hombres que en el trono; y el cetro, o el poder, en ninguna mano está mejor que en la del sabio.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VII
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VI|Capítulo VI]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VII|Capítulo VII]] - Donde continúa el festín del cura, dado con la ocasión que ya sabemos
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VIII|Capítulo VIII]]}}
{{t3|Capítulo VII}}
Las razones de don Quijote eran muy bien pesadas en ciertas materias; pero como lo que los clérigos querían era hacerle desbarrar, el más socarrón le dijo:
-Si vuestra merced da por punto indiscutible la existencia de las hechiceras, no dudará tampoco de las gigantas.
-Ahí está Batayaza -respondió don Quijote-; ahí está Gregasta; ahí están Gadalesa y Gadalfea. Y la hermosa jayana Pintiquiniestra ¿no es bien conocida en el mundo?
-¿Quién es esa Pintiquiniestra? -preguntó el vicario-: trabajo le mando al señor don Quijote de que nos enseñe ese nombre en el santoral.
-Lo hallará vuesa merced en el santoral de las amazonas -replicó el hidalgo-, de quienes fue reina esa princesa; y «era hermosa como un ángel» y tenía los ojos grandes como estrellas.
-¿Las amazonas -tornó a preguntar el vicario- no son esas gentes a quienes llaman de menguadas tetas?
-Sí, señor -respondió don Quijote-, a causa que se cortan la una, para disparar la flecha con más comodidad.
-Pero no solamente la Iglesia, mas también el poder civil se declaran contra esas peligrosas fantasías, señor don Quijote: en prueba de esta aserción, no tengo sino echar mano por cualquier códice de España.
Y levantándose el vicario con el permiso de sus comensales, tomó de su estante un libro, desempolvolo con alentar en él, lo hojeó no sin maestría, y leyó: «Otrosí decimos que está muy notorio el daño que hace a hombres mozos e a doncellas e a otros géneros de gentes leer libros de mentiras, como son Amadís y todos los que después dél se han fingido de su calidad y letura, coplas de amores, farsas y otras vanidades; y aficionados los tales hombres mozos y las tales doncellas a esas fantásticas sotilezas, cuando algún caso se ofrece ansí de armas como de amores, danse a ellos con más rienda suelta que si no los oviesen leído: y muchas veces deja la madre la hija encerrada en casa, creyendo la deja recogida, y queda leyendo en estos libros semejantes del demonio, embelesados en aquellas maneras de hablar, e aficionados a aquellas cosas».
-Así pues, vuesa merced, como buen cristiano, ha de atenerse a los preceptos de nuestra santa madre Iglesia, la cual no cree en magia negra ni blanca, en caballería andante ni echante, sino en la Santísima Trinidad y en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
-Si fuera que vuesa merced -respondió don Quijote- hablara yo con más seso y puntualidad. Caballería echante, será la de los que lo pasan entre flores, sin más imposición que la cura de almas, echados o sentados, solos o en buena compañía.
-Mire vuesa merced este capón -le dijo su vecino en voz apacible para amansarle-, cuán bien tostado aparece, y cómo provoca su pechuga blanca y sedosa: acéptelo, y luego estas albondiguillas que no hay más que apetecer, tras las que vendrá oliendo a poleo un traguito de ese moscatel añejo.
-No más que por reducir a vuesas paternidades al trance de una batalla -repuso don Quijote- negaré por un instante la existencia de San Pedro, si me apuran con esto de albondiguillas.
-¿Y no temerá vuesa merced incurrir en pena de comunión latae sententiae? -preguntó en tono de amenaza uno de los clérigos.
::«El papa cuando lo supo
::Al Cid le ha descomulgado:
::Sabiéndolo el de Vivar
::Ante el Papa se ha postrado:
::Absolvedme, dijo, Papa,
::Si no seraos mal contado»,
respondió don Quijote con cierto retintín que harto estaba demostrando su intención.
-Todo lo que aquí se ha dicho ha sido en vía de pasatiempo -dijo el vicario- y a manera de controversia pacífica, por atersar el ingenio, el que suele empañarse cuando no se le rebruñe con la disputa. Pero dudar de la caballería andante, allá se iría con dudar del ave Fénix. Sólo sí deseara yo que el señor don Quijote se retractara de lo que ha dicho respecto de San Pedro, por si en ello consistiese la salvación de su alma.
-En esto de cantar la palinodia -respondió don Quijote- suele haber un tanto de vergüenza, aunque el que la canta obra influido, no por el interés y la amenaza, sino por la manifestación de la verdad. Los hombres somos así: lo que una vez afirmamos lo sostenemos a capa y espada, como si en el dar un paso atrás fuese de la honra y no de la negra honrilla. Yo tengo para mí que presupone más valor el combatirse uno consigo mismo y vencerse en pro de la justicia, que el llevar adelante errores declarados o necias pretensiones. En este concepto, si algo senté de pecaminoso, me desdigo: la andante caballería en ninguna manera se opone a la doctrina cristiana; antes los más renombrados caballeros han sido, no sólo creyentes humildísimos, sino también rezadores y devotos. Don Belianís de Grecia, en medio de la fogosidad de su carácter, dando y recibiendo cuchilladas, era un santo. Florindo de la Extraña Ventura hacía milagros, ni más ni menos que San Diego. «Mi Dios y mi damas» es nuestra divisa; y primero que embistamos con el enemigo, es obligación nuestra encomendarnos a ellos.
-Conforme a ese principio -dijo uno de los religiosos- vuesa merced debe de tener su dama, ya que sin el nombre de ella, la divisa sería incompleta. ¿O es por ventura caballero novel y solitario?
-Si la modestia no me lo estorbara -respondió don Quijote- diría que soy de los más provectos y enamorados; mas como las alabanzas propias deslustran hasta los timbres verdaderos, me he de contentar con decir a vuesa merced que no hay caballero andante sin dama, y que la de mis pensamientos es la nata de la hermosura.
-Sea vuesa merced servido -tornó a decir el fraile- de ponernos al corriente del nombre y la prosapia de esa gran señora. ¿Debe de pertenecer a la gran casa de Béjar, si ya no fuese de la de Benavides de León?
-Nada de eso: la mía es la sin par Dulcinea del Toboso.
-¿Duquesa de Arjona o del Infantado, o marquesa de Algaba y de los Ardales? Dígame vuesa merced la nariz que tiene, si aguileña, si arremangada, y al punto declaro a cuál de las casas grandes de España pertenece.
-Los duques de Medina de Rioseco la tienen un tanto repulgada; indicio de altivez, mas no de malevolencia. Los de Pastrana, al contrario, la suelen inclinar hacia la boca. La familia de los Portocarreros de Varón, condes de Medellín, la usan con las ventanas más que medianamente abiertas, lo que indica sangre ardiente e impetuosidad amorosa. La de los Men Rodríguez de Sanabria tiene el tabique echado hacia fuera, y con esto manifiesta la soberbia de su raza; mientras que en los marqueses de Carcasena, ella es chupada como fuelle dormido, señal de blandura de genio, aunque no de prodigalidad. Los Ladrones de Guevara, condes de Oñate, son de nariz combada como si hubieran nacido para el trono -respondió don Quijote con oportunidad, y alzados los manteles, se levantaron los señores, después de una corta dación de gracias al que nos ofrece el pan de cada día. El cura invitó al caballero a visitar su fábrica, en donde le haría ver, dijo, una capilla famosísima que había quedado en pie por milagro especial del santo dueño de ella.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VIII
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VII|Capítulo VII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VIII|Capítulo VIII]] - Donde se descubre la ingeniosa manera de que el cura usó para dar un banquete sin que le costase un maravedí y se trata de Sancho Panza y la revuelta en que se vio metido muy a pesar suyo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IX|Capítulo IX]]}}
{{t3|Capítulo VIII}}
Si el santo hombre de vicario se daba la mano con Harpagón, mucho que lo afirman las historias; pero lo cierto es que ese día todos nadaban en la abundancia; pues a fuero de ingenioso, el cura había imaginado el modo de servirse un banquete a ninguna costa; y era imponer sobre sus feligreses una contribución de platos de todo linaje, con decir que era cosa de la Iglesia, y que yendo la Virgen en persona por la madera, sería poco cristiano no festejarla con alguna piadosa demostración a su regreso. Gravó, pues, con un manjar a cada familia de viso, de suerte que sus manteles se cubriesen tres o cuatro vueltas y los postres fuesen acomodados a ofrecerlos a Su Santidad en persona. A una impuso las sopas, a otra los asados; a ésta los rellenos, a ésa las ensaladas; las tortas a cual, los dulces a tal; a la de acá el pan, a la de allá el vino; y así fue la vehemencia de su palabra, que consiguió de sus oyentes hasta mistelas finas y toda clase de sainetes y bocadillos de reina, ofreciendo sacar del purgatorio el número de almas que fuere menester. Sancho Panza, el escudero, participaba largamente de la generosidad del vecindario, comiendo y bebiendo con más holgura y menos ceremonias que en la ínsula Barataria; pues no había más doctor Pedro Recio de Tirteafuera que un pillo ordenado de menores, entre diácono y sacristán, que tiraba a matraquearle, habiendo barruntado la sencillez del majadero.
-Supuesto que la hija de vuesa merced se cría para condesa -dijo- bien podemos desde ahora, me parece, llamar conde a vuesa merced, en cuanto padre legítimo de esa alhaja.
-Por la misma razón -contestó Sancho- ya podrá la pelarruecas de la esquina subir al campanario a repicar, dado y concedido que vuesa merced es hijo de su madre. Condes serán los de Sanchica, o duques, si mi amo tuviere por mejor casarla con el de Arembergue y Ariscot.
-Mi madre no pela ruecas -dijo con mucha cólera el monigote-; lo que solemos pelar por aquí son las barbas a los atrevidos que maman y gruñen.
-El pelar barbas está cometido a los andantes -respondió Sancho-: si vuesa merced quiere meter la hoz en mies ajena, sucederá quizás que vaya por lana y vuelva trasquilado, y trasquilado a cruces.
-Turpiter decalvare -dijo un buen viejo que picaba en latinista, y era tío desgraciado de uno de los clérigos; de esos parientes que, por humildes y pobres en demasía, suelen huir de la mesa principal-. A esto el Fuero juzgo llama esquilar laidamiente -añadió-. ¿Conque se propone vuesa merced esquilar laidamiente a este muchacho?
-Tal es mi determinación -respondió el escudero.
-Y vos ¿quién sois para abrigar esos designios? -preguntó el monigote-: ¿Estáis a nuestra mesa, y os proponéis trasquilar a cruces a los que os dan de comer?.
Levantándose con estas razones, se sacudió y se fue lleno de furia.
-Ahora que ese buscarruidos nos ha hecho el favor de largarse -dijo el latinista- cuéntenos el buen Sancho, ¿a qué centro tira sus líneas en esto de irse por el mundo tras un loco? El hombre se afana por llegar al término del cual vuesa merced está huyendo; esto es, a la vida doméstica tranquila y sosegada, en medio de la esposa y de los hijos, frescos pimpollos que respiran inocencia y alegría cuando niños, amor cuando mayores. He visto el hogar y me he calentado en él: Vale, calefactus sum, vide focum.
El discurso del latinizante parecía lógico, y el escudero echó por el atajo diciendo:
-Como el señor don Quijote no varíe de intención y acabe por hacerse emperador, según lo tiene resuelto, ya puede vuesa merced considerar la ganga que me espera, pues no me habré de contentar con menos que con ser su gentilhombre de cámara.
-¿Y qué hará vuesa merced, señor don Sancho Panza, cuando sea gentilhombre de cámara de un emperador? No estoy lejos de pensar que más le conviniera un beneficio curado, donde se come de pichón, sin peligro de que le anden a uno refrescándole los lomos con estacas, según por acá sospecharnos que ha sucedido con el señor exgobernador.
-Y no pocas veces en la gobernación, y fuera de ella -respondió Sancho-. Pero mi amo dice que esos son percances de la caballería, y que si el acometerse es de valientes, el sufrir es de constantes. Respecto de lo que haré cuando me vea gentilhombre, ¿qué he de hacer sino holgarme? Como, bebo, duermo sin cuidado, me levanto tarde y dejo pasar los días por sobre mí, gozando de la vida.
-¿Quién os impide cumplir ese programa ahora mismo? -preguntó en vía de argumento el latinista-: para comer y beber, dormir sin recelo y levantaros tarde, no necesitáis hallaros en esa elevada jerarquía. La paz reina en la casa modesta: lo cómodo, lo apetecible, lo suave y halagüeño están en el hogar: la felicidad tiene vida privada, y es cosa muy diferente del resplandor soberbio de las alturas sociales. Los vientos arrecian por los montes, señor Panza, cuando el humilde valle se está sereno en su bajo nivel. Y puesto que sois tan amigo de refranes, aquí encaja el de "al capón que se hace gallo, azotallo". No os alcéis a mayores y quedaos en vuestro lugar, que es lo más seguro.
El vino no habla en estos términos: ni la pobreza le impedía tener razón, ni el abatimiento le había echado a los vicios al buen viejo.
-No soy gallo -respondió Sancho en voz casi arrogante-; ni a mí me azota nadie: si me los doy con mano propia, no es de por fuerza, sino voluntariamente, por desencantar a la persona de mi amo, cuyo pan estoy comiendo.
-Más vale flaco en el mato que gordo en el papo del gato, amigo Panza -repuso el viejo-: en vuestra casa sois gentilhombre, señor de los camareros, barón, conde, todo: nadie os manda en ella, vos mandáis en los sujetos a vuestra jurisdicción. Coméis cuando os viene el hambre, sin etiqueta ni modales importunos: ganáis la cama cuando os rinde el sueño, libre de andar por corredores y antesalas, esclavo de un reloj, como sucede con la gente palaciega. Vestís a vuestro antojo, y el opresor uniforme, o digamos más bien librea, no os quita tiempo ni comodidad. ¿Y qué cosa más apetecible que la atmósfera pura y limitada de la casa donde respiramos con satisfacción entre personas queridas, a salvo de las inquietudes y molestias que zozobran de continuo a los ambiciosos? La gente de corte vive en una altura sin cimientos, señor Panza: de caballo de regalo a rocín de molinero, cuando menos se lo piensa. Y aun sin esto, si sois de los principales, tenéis mil enemigos secretos que os indisponen con el príncipe y os difaman en el público: envidia, odio, calumnia os roen a sordas: muy afortunado habéis de ser si al voltear la cabeza no os soplan la dama.
-¡Eso no! -dijo Sancho-: Teresa Cascajo tiene sus retobos, pero es tan fiel como mi rucio.
-Justamente porque no lo habéis aún aposentado en un palacio. La castidad y la inocencia suelen ser campesinas que conservan su frescura al aire libre. El lujo, la bulla, el relumbrón del siglo, son afeites que destruyen la belleza del alma. Si eres feliz, morirás en tu nido, porque en el están los bienes. Bona bonis creata sunt.
Aquí estaba en su disertación el bachiller, cuando invadió el comedor una vieja tempestuosa que venía diciendo:
-¿Cuál es ese harto de ajos infame? Nada ha perdido por haber esperado.
Y como el monigote que la seguía le indicase a Sancho Panza, arremetió con él la vieja, y prendiéndosele a las barbas, le dio remesones tales, que estuvo en un tris de arrancárselas con quijadas y todo. Sancho Panza las dio por gritar desde luego; mas viendo que eso no aprovechaba, se entregó a repetir puñadas por dentro y fuera, de tal modo, que en breve la puso a la arpía como un trapo. Al ver tan mal parada a su madre, el monigote cerró con Sancho, y a mansalva le molió la cabeza a coscorrones y le tostó la cara a bofetadas. Don Quijote y el cura, que a la sazón estaban saliendo del comedor, acudieron al ruido, y por medio de su autoridad pusieron fin a la pelea. La vieja trapisondista salió desmelenada, despechugada y rota, con dos dientes menos de los tres que le habían dejado por puro favor los años y el corrimiento, y sin ceder un ápice de su venganza, expuso sus agravios ante el cura. Como todo lo vio trastornado, el prudente varón resolvió que las partes volviesen dentro del tercero día, por no decir dentro de cien años. Tan enrevesada parecía la cuestión, que el Areópago no hubiera determinado otra cosa. Puesta en la calle la gente de fuera, y restablecido el buen gobierno, el machucado escudero solicitó por algunas unturas que le hiciesen al caso.
-Non vos acuitedes -le dijo don Quijote-: tan luego como yo vuelva a hacer el bálsamo que sabes, te pondrás bueno y sano y rejuvenecido. Calla por ahora, y conténtate con lavarte el rostro, que en verdad lo tienes achocolatado, como si te lo hubieran hecho adrede.
-No ha sido de errada -respondió Sancho; y de pura cólera se arrancó tres o cuatro mechones de pelo, y se estuvo magullando las canillas con sus propios pies durante un cuarto de hora.
-Eso es llover sobre mojado, Sancho iracundo -dijo don Quijote-; repórtate, y ten piedad de ti mismo: si ahora estás debajo, mañana estarás encima; y si hoy te hallas molido, ya molerás a tu vez. Lo que conviene, es que compongas el semblante y te vengas conmigo?
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IX
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo VIII|Capítulo VIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IX|Capítulo IX]] - Que trata de cosas varias e interesantes por sí mismas, y todavía más por la parte que en ellas tomó don Quijote de la Mancha
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo X|Capítulo X]]}}
{{t3|Capítulo IX}}
Según que se había propuesto, llevó el cura a don Quijote a visitar su fábrica. El maestro de obras dijo que el monumento sería de orden corintio, como lo estaban pregonando las columnas y la fachada cuyo trazo tenía ya en la idea, aun cuando no estaban principiadas.
-Y no piense vuesa merced que ésta sea la única que tengo entre manos: el puente de Juan Bunbún, pesadilla de los arquitectos más famosos, en dos paletas lo he echado sobre el abismo; y Dios mediante, mi ánimo es llevar a cima esta iglesia, con un pináculo que no le vaya en zaga a la catedral de Sevilla. Y mire vuesa merced, todo lo hago por pura devoción, en descuento de alguna de mis culpas, confiando en la infinita misericordia de nuestro Señor Jesucristo que me perdonará mis pecados.
Llegose al cura don Quijote, y le dijo por lo bajo:
-Si no me engaño, la cabeza del arquitecto de vuesa merced es de orden compuesto de varios licores.
-Es un honrado discípulo de Fidias -respondió el cura-; alza el codo por casualidad como cuando cae domingo; pero no falla a las reglas arquitectónicas. Suele asimismo solemnizar el día lunes con una diversión dentro de casa. Por lo demás, fuera del sábado, que dedica todo entero a recrearse, no bebe sino el jueves y cuando tiene frío. Festeja sus cumpleaños y los de todos sus parientes, amigos y conocidos. Concurre a los velorios, no pierde bodas, es puntualísimo en pésames y parabienes, y no hay fandango donde no se halle, sin camorra ni pendencia, eso sí, porque es pacífico y avenidero.
-Échese y no se derrame -dijo don Quijote-: flojillo ha de salir el edificio. Con griegos como éste, yo haría Partenones.
-Yo no pienso hacer otra cosa -repuso el cura-: nunca dirige mejor la obra don Emigdio que cuando se halla en buenas. Así tenemos un médico, maravilloso de bebido: ningún enfermo se le va. Y mire vuesa merced, en juicio es una pieza inútil.
-Loado sea el inventor de la viña -dijo don Quijote-; pero yo quiero acabar en manos de un tonto morigerado: si la salud queda oliendo a aguardiente, opto por la sepultura. ¡Las torres de esta iglesia deberán de salir inclinadas como las de Pisa y Bolonia!
-Dios no lo permita -respondió el cura; y mandó abrir la puerta de la capilla del santo milagroso, de quien antes había dado noticia a don Quijote.
Lo primero que se ofreció a los ojos, fueron unos grandes cuadros que contenían los milagros principales del patrono del pueblo.
-Esto sucedió en el golfo de Vizcaya -dijo el cura, señalando un naufragio-. Todos los pasajeros se salvaron, fuera de los que se ahogaron.
-¿Luego no se salvaron todos? -preguntó don Quijote.
-Ni la tercera parte, señor.
-Y los que perecieron, ¿dónde están? -volvió a preguntar don Quijote.
-Donde Dios los ha puesto, señor; en el lienzo no están sino los del milagro.
-Holgárame -repuso el caballero- de que el milagro hubiese obrado en todos, y de que todos se hubiesen salvado en vez de unos pocos. Explíqueme vuesa merced, si es servido, la materia de estotro lienzo: si no me engaño, esa figura descarnada ¿trae en las manos sus intestinos palpitantes?
-Eso es dar en la cabeza del clavo -respondió el cura-: el hombre a quien vuesa merced está contemplando, recibió una cuchillada desmedida, por la cual se le iba la asadura; mas tuvo tiempo de llegar a su casa, donde expiró como buen cristiano.
-Este pasaje me reduce a la memoria -volvió a decir don Quijote- a aquel venerable judío llamado Razías, que iba corriendo delante de sus perseguidores, y de cuando en cuando se volteaba hacia ellos para aventarles al rostro sus entrañas vivas. ¿El milagro en qué consiste, señor cura?
-En que no murió de redondo, señor caballero. Ahora eche vuesa merced los ojos a esta parte.
Y abriendo una caja de fierro, mil figurillas de oro y de plata resplandecieron a la vista.
-¡Vive el Señor! -exclamó Sancho-: gran cateador fue el santo, y dio con buena pinta.
-El oro es amonedado o en bruto, señor cura?
-Ni uno ni otro, amigo Sancho; son figurillas y símbolos que representan milagros diferentes; pues habéis de saber que el ministerio principal del patrono de este pueblo es curar toda clase de enfermedades, mediante una prenda de oro o de plata que figure el miembro enfermo. Veis aquí -añadió, tomando del arca uno de esos fragmentos preciosos- esta pierna consagrada por un hombre a quien se le rompió la suya en cuatro partes: desafiadle ahora a la carrera, y veremos si no os deja una legua atrás. Aquí tenéis un brazo de plata mandado hacer por un paralítico: el sabe si lo hubiera movido, y aun jugado pelota, a no haberse muerto en muy mala sazón. Esta es una garganta cuyo torneo es de lo más perfecto: pues sepan cuantos son nacidos que la señora que hizo este presente al santo, adolecía de esa enfermedad que afea y embrutece a un mismo tiempo, porque del cuello pasa a desvirtuar los órganos de la inteligencia.
-¿Qué mal es ese, señor cura? -preguntó Sancho.
-Si entendéis de ciencias, amigo Panza, los médicos le llaman broncocele. En lenguaje menos científico son lamparones, y en el familiar se suele decir papera.
-Ya caigo -dijo Sancho-, esto es lo que en confianza se llama coto.
-Así es -respondió el cura-, y la señora, cuando el milagro empezaba a dar indicios de verificarse, salió también muriéndose. Ahora véase este corazón macizo; no pesa menos de diez onzas: es ofrenda de un hidalgo que padecía de hipertrofia, y ya no la padece: Dios le tenga entre sus santos. Estotra alhaja la ofreció a la iglesia una buena matrona que murió de tisis: tosía la desdichada de manera de no ser cumplidero con ella ningún caso extraordinario y se fue dejando dos huérfanos y un parvulito de año y medio. Mirad aquí esta cabeza de plata, redonda y nervuda como la de un emperador romano: el que la regaló al santuario padecía de por vida de un insoportable dolor a las sienes, que acabó por volverle el juicio, sin el cual vive todavía en un hospicio de Barcelona. Este es un hígado de oro de un hacendado a quien come la tierra tres años ha, pues cuando acudió al santo, ya lo tenía en plena supuración.
-¿Dígame vuesa merced -preguntó don Quijote interrumpiéndole-, una vez que los ofrendistas de estas preseas han muerto de sus enfermedades, cuál es la parte del santo? ¿Dónde están los milagros que representan estos miembros diminutos?
-Vuesa merced no es incrédulo, sin duda -respondió el cura-, y sabe que los milagros son visibles e invisibles. Los primeros los tocamos con la mano; los segundos se ocultan a nuestro frágil entendimiento. ¿Quién sabe la virtud secreta de las cosas divinas, ni la manera de obrar de los bienaventurados? Mortales endebles, se nos pasan por alto las mayores cosas: la inteligencia humana tiene sus estrechuras en donde no caben, ni de lado, los grandes misterios de nuestra religión. Si el milagro se verificó, poco hace al caso que sea o no palpable. Aquí tiene vuesa merced un ojo de plata, ofrenda de uno que los tenía torcidos. ¿Supone el señor don Quijote que así pagó el tributo al santo ese quídam, como se puso a mirar derechamente? Nada de eso. Pero el dueño de este ojo sabe que si en este mundo ve un tanto al sesgo, en la eternidad ha de ver en línea recta.
-Si este tuerto se condena, ¿de qué le sirve un ojo de plata? -preguntó Sancho.
-El que algo da a la Iglesia, se condena poco, amigo Panza -respondió el cura-; y mientras más dé un buen cristiano, se condena menos. El que da en abundancia, no se condena sino escasamente; y el que da cuanto posee, nada se condena.
-Si yo prometiera y diera mi rucio con enjalma y todo a este santo milagroso, ¿qué pudiera sucederme de bueno?
-Sucedería que anduvieseis a pie; con lo que haríais penitencia, y si a pies descalzos, mejor.
-Pero mi santo no ha menester vuestro rucio, porque él anda a caballo; ni yo supiera qué hacer de semejante alimaña, la cual, según he visto, ni con azogue en los oídos se menea.
-El asno de mi escudero no puede ser lo que dice vuesa merced -respondió don Quijote-; porque si tan malo fuera, no se anduviera junto con mi caballo. Pero sea de esto lo que fuere, las riquezas de este santo deben de ir siempre a más, siendo el ingreso constante, ninguna la salida; y bien se pudiera aprovechar de ellas en obras pías, cosa que agradaría muy mucho al dueño del tesoro. Pues en suma, de nada sirven estos brazos y piernas preciosos, cuando hay tantas hambres que mitigar, tantos dolores que aliviar. La piedad al servicio de la caridad, es el bello y dulce misterio de la religión cristiana.
-Nadie toca estas joyas, señor mío -respondió el cura-: fraude sería ese, que el santo castigaría con rigor. Le gusta ver de día y de noche estas prendas de veneración, y él sabe en sus altos juicios para lo que las destina.
-¿El cura tiene derecho a ellas? -tornó Sancho a preguntar.
-Cuando urge la necesidad -respondió el cura- puede disponer de tres o cuatro.
-Como por vía de espumar este depósito -dijo Sancho- y a modo de seña de haber visitado el santuario, ¿no pudiera un pasajero tomar a su cargo dos o mas de estas alhajuelas? ¡No es bueno que yo me halle en disposición de contentarme con las más usadas! Algunillas que no le sirven al santo, señor cura; de esas que por antiguas han sido echadas al rincón.
-Hará cosa de seis meses -respondió el cura- vino una loca a preguntar si a dicha no había por aquí algunas cucharas de plata, de esas que ya no sirven, y tuvo a modestia el afirmar que se contentaría hasta con una docena. Más humilde se nos descubre el señor Panza; pues ofrece quedar satisfecho con algunas preseas de oro o de plata de piña. Primero os diera yo la píxide que una de estas santas chilindrinas. ¿Y son mías, por ventura, para que yo me ponga a derrocharlas en favor de cualquier quisque traído por el viento? Nemo dat quod non habet; «ca los sabios antiguos non tovieron que era cosa con guisa, nin que podiese seer con derecho, dar un home a otro lo que non hobiese». ¡Hijo de Dios! ¡Los símbolos, como si dijéramos la parte material de los milagros del santo, quiere que se los demos! ¿Vuesa merced, señor don Quijote, ha criado este pajarraco?
-La disparidad -respondió el caballero- entre la que vino por las cucharas y este plepa, no está sino en el sexo.
-¿Conque San jacinto te ha de dar alhajas de oro que no sirvan, mentecato? La Virgen tiene en su camarín -prosiguió el cura- buena cantidad de perlas, diamantes, rubíes y otras porquerías de estas: ¿sería vuesa merced servido, señor don Sancho Panza, de tomarlas también a su cargo? Son gargantillas, sortijas, rosarios y relicarios que ya no se usan; favor nos haría su merced con desembarazarnos de todo ese cascote. ¡Y miren cómo discurre el cara de caballo!
-¡Los sofiones que da el señor cura! -respondió Sancho-: aínas me hace ahorcar por haber pedido una presa de esas crudas. Yo sé dónde espumé tres gallinas y dos gansos, hasta cuando llegase la hora de comer, y aquí me dan con las del martes por haber solicitado una triste pierna.
-Una triste pierna de oro -replicó el vicario-. Nos desrancharemos por serviros, noble mancebo: ahora están crudas esas presas y será bien esperemos que se hallen en su punto.
Salieron de la capilla, y como volviesen a pasar por la fábrica, se llegó de nuevo el arquitecto a don Quijote, y alargándole la mano, le dijo:
-Mi querido.
Esto era para el caballero peor que llamarle buen hombre: sintió agolpársele la sangre a la cabeza, al tiempo que su mano caía instintivamente sobre la empuñadura de su espada.
-¿Sabe este bebedor quién es "mi querido"? -respondió apretando los dientes y temblándole las carnes del cuerpo-. Mirad dónde os ponéis, o daréis con tal maestro que os enseñe las cuatro primeras reglas de la buena crianza.
Hubo de interponerse el cura y suplicar a don Quijote dispensase el atrevimiento involuntario de aquel viejo, quien no era en suma sino un pobre diablo.
-El aguardiente -respondió el caballero- sobre ser de mala índole es muy mal educado. Podemos dispensar por un instante a un borracho, señor cura; mas no me consta la necesidad de seguir sufriendo sus impertinencias.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo X
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo IX|Capítulo IX]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo X|Capítulo X]] - Del encuentro que tuvo don Quijote con un poderoso enemigo, y de los trabajos que a esta aventura sucedieron
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XI|Capítulo XI]]}}
{{t3|Capítulo X}}
Como en la casa parroquial no hubiese el ámbito necesario para tan gran señor, le invitó el cura a pasar a la vecindad, donde le había preparado alojamiento digno de su persona. Aceptolo don Quijote, y seguido de su escudero, se fue adonde le dirigían, pues la cama le hacía muy al caso. Los monacillos con quienes don Quijote había dado en el suelo cuando encontró la procesión, antes se hubieran dejado ahorcar que perdonarle; y así anduvieron con tiempo dándose sus trazas para que su venganza fuese cumplida. Llegados a la casa, le designaron su aposento, advirtiéndole que en él hallaría lo necesario, y se fueron sin hacer ni decir otra cosa. Abrió la puerta don Quijote, y se dio de hocicos con una figura desemejable, puesta allí lanza en ristre, capaz de infundir pavor en el corazón más denodado como no fuera en el de don Quijote. Hubo de retroceder a pesar de su valentía el poderoso manchego; mas vuelto en sí al instante, arremetió al fantasma, y de una lanzada le echó por tierra.
-Está muerto -gritó Sancho-: mire vuesa merced cómo tiene el cadáver esta pierna fuera del cuerpo, y lo mismo este brazo.
-La cabeza no está más en su lugar -respondió don Quijote, dando un puntillón en la del difunto, la que rodó por el pavimento-. El gigante ha sido de piezas, o mi lanza ha adquirido la virtud de reducir a polvo a mis enemigos.
Sacando por el ruido que la cabeza podía muy bien no ser de carne y hueso, se acercó a ella Sancho poco a poco, y asiéndola con cauta timidez, rompió en una carcajada.
-¿Qué ocasión de risa es esta, Sancho impudente? -preguntó don Quijote-: reír en presencia de un muerto, es o suma necedad o suma impiedad; y en cualquiera de estos casos, incurres en mi enojo.
-No hay muerto, señor, ni vivo ni muerto -respondió Sancho.
-¡Cómo! -repuso el caballero-, ¿hay por ventura un término medio entre la vida y la muerte? Si este descompasado animal no está vivo, en ley de justicia ha de estar muerto; si no está muerto, ha de estar vivo.
-La cabecita es de palo -dijo Sancho-; y los miembros son de paja. Si no, ¿dónde están la sangre que ha corrido por el suelo y los ayes que ha echado el moribundo?
-Esta es otra de las del sabio que me persigue -respondió don Quijote-: ¿cómo puede suceder que no haya sido gigante real y verdadero éste que ahora parece obra hecha a mano? Piensa, di, haz las cosas con un granito de sal, buen Sancho. Desencapotemos el negocio, ven acá: ¿te parece razonable que este hombre, gigante o demonio a quien a cabo de quitar la vida, hubiese podido ir y venir, ponerse a caballo, manejar la lanza y entrar en combate con esta cabeza de palo? Aquí hay una entruchada de Fristón; y no te podría yo decir si esta aventura no es presagio de nuevas desventuras.
-Haya sido o no de carne y hueso este demonio -dijo Sancho-, ¿de los despojos bien nos podemos aprovechar?
-Eso te cumple -respondió don Quijote-; dispón de ellos sin darme cuenta. Ahora tomemos algunas horas de reposo: esta armazón dentro de la cual traemos el alma, así como requiere movimiento requiere inmovilidad. La noche es nodriza de toda criatura viviente: nos llama a su regazo y nos arrulla con el silencio blandamente. Quítame el arnés, buen Sancho; que yo extienda a mi sabor estos fuertes y trabajados miembros.
Sancho se puso a repetir con socarronería lo que más de una vez le había oído:
::«Mis arreos son las armas,
::Mi descanso el pelear,
::Mi cama las duras peñas,
::Mi dormir siempre velar».
-Una cosa es dormir noche por noche -respondió don Quijote- y otra dar consigo en la cama, allá, cuando después de muchas aventuras bien concluidas no tenemos los caballeros andantes otras que acometer. Si te acuerdas, los héroes más famosos se entregaron al sueño, y esto, en trances apuradísimos, como Alejandro Magno, que se llevó de un tirón veinte horas hasta cuando Parmenión le vino a despertar diciendo en voz alta: «¡Alejandro, Alejandro, cargan los persas!». Y Mario, dime, Mario, aquel buen muchacho que hizo frente a Sila, vencedor de su padre, ¿no se echó muy de propósito a dormir debajo de un árbol, cuando las dos huestes contrarias se venían a las manos? Déjate de escrúpulos y ayúdame a deponer estas pesadas armas.
No poco satisfecho de verle pensar así, el bueno de Sancho le quitó coraza, brazales, escarcela, grebas y más piezas con que don Quijote andaba aherrojado; y como éste mantuviese la celada, era de ver la figura del noble manchego con sus calzas adheridas a los huesos, largo y desmirriado, el yelmo en la cabeza y baja la visera. En este pelaje se llegó a la mesa, y puesto delante de un enorme jarro, habló como sigue:
-Agua, licor celestial, ¿no eres tú el que circulaba en el Olimpo con nombre de néctar de los Dioses? ¿No eres tú el que la hacendosa y delicada Hebe llevaba sobre el hombro en tazones de sonrosada perla, y vertía a chorros cristalinos en las copas de los inmortales? Agua, primor del universo, esencia pura y saludable que la tierra elabora en sus entrañas, tú eres la leche sin la que el hombre se criaría raquítico y deforme. ¿Hay cosa más inocente, pura, suave, necesaria en el mundo? Eres lo más precioso y nada cuestas; lo más fino, y sobreabundas. La árida roca, como un seno de la naturaleza, te echa de sí alegre y murmullante, y corres a lo largo de la peña o te recoges en silvestre receptáculo rebulléndote en mil sonoras burbujitas. El vino es artificio del hombre; el agua, invención del Todopoderoso: el vino ha traído la embriaguez al mundo; el agua limpia las entrañas y aclara el entendimiento; el vino desmejora y enloquece; el agua no ocasiona mal ninguno, porque de suyo es inofensiva; y porque nadie abusa de ella. Manjar no hay en la tierra que más delicadamente saboree el hombre de buenas costumbres y templados apetitos, ni que más regenere y conforte. Quiero decir que tengo sed -añadió variando el tono y alzándose la visera-. Es gran fortuna del hombre que su deseo más ardiente y su satisfacción más intensa no le hayan de costar trabajo ni dinero.
Diciendo estas palabras, tomó el jarro y lo empinó con la misma gana con que se había echado al coleto el bálsamo de Fierabrás. Pero si algo le cayó dentro, la mayor parte le fue al pecho, y corriéndole por el estómago en gruesos hilos, bajó a arrecirle más y más las piernas, que de suyo eran heladas.
-¡Maldito sea -dijo -el encantador que me persigue! -y frunciéndose de cólera, dio con el jarro en el suelo. Sancho intentó repetir la carcajada; pero un turbio vistazo de don Quijote se la convirtió en tos fementida.
-Lo que más hiciera al caso fuera que nos acostáramos -dijo- y aún podría ser que los encantadores nos respetasen el sueño.
No le pareció mal a don Quijote el dictamen de su escudero; y ganando resueltamente la tarima que se le había prevenido, se tiró de largo a largo.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XI
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo X|Capítulo X]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XI|Capítulo XI]] - De la temerosa aventura de la cautiva encadenada
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XII|Capítulo XII]]}}
{{t3|Capítulo XI}}
Estaban para querer dormirse los aventureros, cuando empezaron a oír un ruido crudo y estridente como el chis chas de una cadena.
-¡Santo Dios! -exclamó don Quijote sentándose en la cama, al tiempo que su escudero, poseído de terror, acudía a refugiarse a su lado-. ¿Qué puede ser esto, Sancho, sino el preludio de una aventura de las que a mí me suelen suceder? El que arrastra esa cadena es un caballero cautivo, o quién sabe si una princesa a quien se ha hecho desaguisado, y tienen secuestrada sus injustos opresores por ocultar la mala obra. ¿Hacia dónde suena ese estridor temeroso, amigo Sancho?
-Señor -respondió Sancho en voz muy baja-, me está discurriendo por el cuerpo un hormiguillo junto con un trasudor, que me quita el conocimiento hasta de mi propia persona.
-No podría decirte -replicó don Quijote-, así, tan de pronto, si por ahora tu miedo es justificable; porque en verdad el que ahora quiere suceder, será uno de los casos más raros de la caballería. ¿O es a dicha un muerto que, no habiendo fenecido sus cuentas, vuelve al mundo por altos juicios de Dios, a encomendarme su asunto, sabedor de que soy caballero andante? Yo te pudiera recordar muchos sucesos de esta naturaleza, si dudaras de su posibilidad. Hombres hubo que se fueron con un grave secreto en el pecho cuyo descubrimiento era requisito para la salud de su alma, y aun por ventura para el sosiego de sus parientes vivos; y el Altísimo permite que salgan por un instante sine qua non de la eternidad y se presenten a quienes les cumple, para los fines que les convengan. Éste murió, sin duda, en un calabozo; fue sepultado con sus grillos a cuestas, y viene ahora a pedirme su libertad propia y el castigo de sus verdugos. Aún puede ser que el objeto de su viaje sobrenatural sea descubrirme un tesoro que dejó enterrado, el cual tiene que ser restituido a sus herederos forzosos.
En medio del trasudor, abrió el ojo Sancho al oír esto, y respondió que en siendo así, ya podía su amo, encomendándose al cielo y provisto de alguna reliquia, afrontarse con el aparecido y saber de él a ciencia cierta en dónde había quedado el tesoro.
-Tenga cuenta vuesa merced con tomarle bien las señas y mire no se le olvide el sitio que le indique.
Cuando esto se decía, iba saliendo a paso sepulcral por una puerta medianil una sombra temerosa, y con triste y grave continente, arrastrando una cadena, enderezaba su camino hacia los huéspedes maravillados.
-Mujer, fantasma o demonio -dijo don Quijote-, parad allí, y decidme si sois de esta o de la otra; o por la fe de caballero, os paso de parte a parte con mi lanza, aun cuando seáis un espíritu imponderable.
-Soy persona humana -respondió el espectro-. ¡Ay de mí, quién fuera tan feliz que descansara en el regazo de la tumba!
-Vos sois menesterosa -repuso don Quijote-; yo, caballero andante: exponed, señora, vuestra cuita, y dad por remediados vuestros males.
-Apenas los remediará la muerte -contestó el espectro-. Podréis, señor, castigar a mis tiranos; remediar los tormentos y amarguras de toda una vida, ¿cuándo? Dios mismo os manda porque no consiente en que la perversidad viva triunfante y la inocencia muera vencida. Veinte años ha gimo en un calabozo, por obra del hombre que el cielo me dio por marido y compañero.
-¿Vuestro marido os ha privado de la luz del sol, y esto a la faz del mundo? -preguntó don Quijote.
-A la faz del mundo no, señor: su crimen está envuelto en las tinieblas, y lo comete cada día bajo la máscara de la virtud, pues vierte lágrimas de amorosa memoria en presencia de los que de mí se acuerdan.
-El negocio es de difícil digestión -volvió a decir don Quijote-: vuesa merced me dé a entender más claramente en dónde finca el punto verdadero, y déjeme ponerme de pies en la dificultad.
-Ello es -replicó la dama- que ese hombre sin conciencia ni temor de Dios, poniendo a ganancia cierta situación de nuestra familia, me sepultó en esta torre y echó fama de mi muerte. Tan bien se supo averiguar con las dificultades, que, arrasados en lágrimas los ojos, vestido de luto hasta las uñas, salió airoso en su infernal empresa, rebosándole en el pecho la negra alegría de su triunfo. En tanto que mi cuerpo era llevado al cementerio con gran número de plañideras o endechaderas, yo, señor, cargada de grillos, estaba oyendo los dobles que por mí daban las campanas. Me lloré a mí misma, y empecé a ver desde ese instante que esto de vivir en la sepultura había sido el dolor más tétrico del mundo.
-¿Y qué era del señor vuestro marido?
-La pesadumbre le echó a la cama -respondió la sombra-; pero luego, impulsado por una santa desesperación, salió como loco por esas calles, y en el primer convento que topó se metió fraile.
-Conoció su yerro -volvió a decir don Quijote-; se arrepintió de su pecado; se castigó su delito.
-Por ocho días, señor -dijo la sombra-: al cabo de éstos, salió de la iglesia vecina casado, y bien casado con otra, merced a los religiosos por cuya mano había consumado el rapto de una doncella escasa de prudencia.
-Mía fe, hermano Sancho Panza -dijo don Quijote-; el señor viudo sabía lo que era bueno: ¿has visto un tejemaneje más curioso? Prosiga vuesa merced, señora, y hágame relación de los puntos esenciales. ¿Conque se casó el muy bellaco, robando una niña sin mundo, y esto por medio de unos religiosos?
-¡Y la muchacha era mi sobrina carnal, diga vuesa merced, señor!
-Los tiempos de agora, muy, al contrario son de los pasados -repuso don Quijote-. ¿Había sin duda hecho voto cuadragesimal ese santo hombre?
-¡Qué, señor, si se ayunaba trescientos ochenta días al año, y era el más insigne rezador que han visto los dominios de Su Majestad Católica! Dicen que cuando me hubo enterrado, juró por el Santísimo Sacramento no comer carne en los días de su vida, ni salir de noche, ni mudarse camisa sino de cuatro en cuatro meses.
-¿No juraría también -preguntó don Quijote- no raparse las sus barbas nin sacarse las sus botas, nin con la condesa holgare, a modo del conde Dirlos?
-Cabalmente -respondió el espectro- es conde el fementido, y pudo haber imitado en todo eso al Dirlos.
-¿Cómo se llama el truhán, señora?
-Llámase el conde Briel de Gariza y Huagrahuasi, señor; por otro nombre, el cruel Maureno.
-Más que crueldades -repuso don Quijote- son bellaquerías las que vuesa merced va refiriendo, y así yo no le llamaría el Cruel, sino el Bellaco. Ahora bien: ¿qué sucedió los tiempos adelante?
-¡Qué había de suceder! -respondió la cautiva-, sino que así como esta cuitada había oído los ayes y gritos de las endechaderas cuando la llevaban a enterrar, asimismo estuvo oyendo la baraúnda que el pérfido metió con motivo de su himeneo, pues hubo corrida de toros en el patio del castillo, juegos de cañas, torneo, zambra y cuanto puede imaginar un poderoso que quiere holgarse, sin omitir, eso sí, los responsos ni las misas por el bien de mi alma.
-Hurtó el puerco -dijo Sancho-, y daba por Dios los perniles.
-¿Qué perniles? -respondió el espectro con mucha cólera-, no daba sino las cerdas.
-No metas aquí tu cuarto a espadas -dijo don Quijote a su escudero-, o pondrás la relación en peligro de interrumpirse.
-¿Qué más hizo, señora, el tal conde Briel de Gariza y Huagrahuasi?
-En tanto que esta cosa frangible, delicada, que se llama hermosura, duró en mí, tenía por costumbre el cruel Maureno venir a mi prisión y valerse de la fuerza: desmejorada, enflaquecida, pálida, quince años ha que no le veo.
-Para que la reparación del daño -respondió don Quijote- y el castigo de las sinrazones a esos fechos, señora, no dejen nada que desear, conviene me digáis el nombre y las circunstancias atañaderas a vuestra rival vencedora.
-Intitúlase la bella Jipijapa, señor; aunque por acá tenemos noticia de que no es tan bella, porque es chata, y tiene la una oreja más larga que la otra.
-Esto no hace a nuestro propósito -dijo don Quijote-: tenga mi espada la longitud que ha menester para traspasar el corazón a ese menguado, y allá se averigüe él con las orejas de su parentela. ¿Vuesa merced como se llama, si es servida?
-Soy la condesa Remigia Guardinfante, criada de vuesa merced.
-Pues váyase libre y contenta la señora condesa Remigia Guardinfante, y diga al conde Briel de Gariza y Huagrahuasi que don Quijote de la Mancha es quien pone en libertad a vuesa merced, burlando todas sus trazas, y que el tal caballero mantiene sus hechos con armas y a caballo.
-Gran favor -respondió la cautiva-. ¿Y de estas cadenas qué hago?
-Las cadenas llévelas sobre sí la víctima; preséntese con ellas en medio de la corte del traidor, y hágalas rechinar muy alto y métaselas en las barbas a la bella Jipijapa, y vean todos cómo un solo caballero andante saca de las mazmorras presos envejecidos en ellas; de la sepultura, difuntos de veinte años; deshace matrimonios contrahechos, descubre fechorías, levanta caídos, da en rostro con sus secretos a los malvados omnipotentes, endereza tuertos y pone todas las cosas en su punto.
-Gran favor -volvió a decir el fantasma-. ¿Y ese estafermo que está ahí, quién es?
-Es mi escudero Sancho Panza -respondió don Quijote.
-¿Es mudo? -preguntó de nuevo la cautiva.
-¡Mi padre! -exclamó don Quijote-; si se ha estado callado ha sido de miedo. Él volverá a hablar: no se afane vuesa merced, señora condesa, y dése por libre.
-Pues me voy -dijo en conclusión la sombra encadenada, y enderezó el paso hacia los corredores.
Sancho Panza no quiso adrede hablar durante un cuarto de hora, por más que su amo le tentaba la boca; hasta que en última instancia, y por ahorrarse algunos palos, tomó la palabra, mas no para decir algo sobre los malos juicios de la prisionera respecto de su silencio, sino para hacer más de un reparo tocante al desentendimiento del aparecido en orden al tesoro.
-Si no era difunto, ¿qué tesoro había de descubrir? -gritó don Quijote, prendiéndose en cólera-: te estás ahí como un bausán un día entero, y a deshoras sales con una majadería de las tuyas.
-Si el espectro no dijo nada del tesoro -replicó Sancho-, hubiera hecho mejor en no venir a incomodarnos con sus pajarotadas. Yo soy hombre ocupado, y no tengo tiempo para echarlo por la ventana oyendo un día entero los ayes fingidos de cualquier condesa que me salga al paso, y todo de balde o gatis, esto es, sin coger un maravedí.
-Antes quisiera yo verte sin lengua y mudo como ahora ha poco -repuso don Quijote-. ¿Conque se te ha de pagar hasta porque se te hace el favor de hablar contigo, especulador endemoniado? Plegue al cielo que salga de las paredes o se entre por esas puertas una legión de diablos para que te mueras de miedo y yo descanse de tus negras vaciedades. ¿Qué entiendes por gatis, animal?.
Como si las palabras de don Quijote hubieran sido una poderosa evocación, se metió allí un personaje que harto se parecía al guardián mayor de un serrallo, pues ni el turbante ni la cimitarra al cinto le faltaban. Seguíanlo hasta seis figurones espantables, vestidos de hábito morado, cual si fuesen hermanos de una cofradía, trayendo por delante unas narices, la menor de las cuales sobrara para apuntalar una torre. Después de una danza macábrica atrozmente ridícula, se pusieron en hilera los vestiglos, y el capitán, mirando hacia los aventureros, dijo en voz ronca:
-¿Cuál es el hideputa que osó poner en libertad a la cautiva? ¡Guardias!, embestid con esos avechuchos que están ahí acurrucados, y dad trescientos capirotes y doscientos pasagonzales a cada uno de los fementidos, de orden del conde mi señor; e non faredes ende al.
Echáronse los esbirros sobre los aventureros, y les dieron un revolcón tan gracioso, que el coronista de estos acontecimientos no halla razones harto expresivas para encarecerlo. Excediéndose de las instrucciones, no se detuvieron en los límites de los capirotes y pasagonzales apuntados arriba; antes bien, hubo coces, mojicones, torcimientos de orejas y otras golosinas de las que menos le suelen agradar a Sancho. Diéronles por último un donosísimo capeo; y cuando el capitán hizo una señal en un castrapuercos tocado de la manera más risible del mundo, se alzaron los vestiglos y desaparecieron cual una legión fantástica.
-¡Vaya el diablo, para necio! -dijo don Quijote-; ¡y cómo ha cargado la mano en esta superchería! ¿Vives, Sancho? Haz que paren esos demonios, y el fin de la cuestión será que yo me los lleve de calles.
Sancho Panza tenía remachadas las narices, y más de un burujón en la cabeza. Cuando le pasó el terror, le sobrevino el enojo, y se puso a llorar de coraje, achacando a su amo cuantas desgracias le sucedían.
-Que yo te las cause o no -dijo don Quijote-, no es el nudo del asunto; pero ni desflorar quiero por ahora esta materia, que ya llegará el tiempo en que veas todas las cosas en claro. Si las lágrimas no fueran la expresión, así de la flaqueza como de la cólera, aquí te las castigaba yo con todo el rigor de mi ánimo. Lloró Eneas, lloró Amadís, lloró Nemrod, lloró Satanás, ¿por qué no has de llorar tú? Llora, Sancho; y aún puede ser que el llanto provenga en ti de la impetuosidad reprimida de tu corazón, al ver la impotencia en que te hallas de vengarte de tus enemigos. Las lágrimas no siempre son cosa de mujeres: caballeros andantes y emperadores conozco que han llorado como niños, en situaciones en que el fuego del alma no hallaba otro camino que los ojos. Has oído quizás imputar de cobardía al hombre que las vierte; pero eso suelen hacer los cobardes, cuyo valor está más en la lengua que en el pecho. Si uno llora y está pronto a cerrar con el enemigo, ¿habrá dado señales de miedo? Si llora, y sufre los quebrantos de la vida mejor que cualquier otro, ¿diremos que está demostrando su pequeñez? El llorar es como el reír, una de las expresiones de la naturaleza que corresponde a todos los hombres, débiles o esforzados, heroicos o pusilámines. Cuando las lágrimas son de queja, ya no las puedes verter, si eres caballero, pues los estatutos de la caballería rezan: «Otrosí todo caballero nunca debe decir ai; e lo más que podiere, excuse el quejarse, por ferida que haya». Si la exaltación, la indignación, el enojo sin desfogue te las arrancan, échalas sin melindre: el gran Amadís de Gaula lloraba todos los días; Eneas, según ya te llevo advertido, era un llorón de más de marca. La esterilidad de los ojos indica muchas veces esterilidad de corazón: una alma plebeya, seca, torpe, no se sentirá humedecer con el dulce rocío del amor, ni la compasión caerá sobre ella en forma de lluvia celestial. Terneza, lástima, vivo encendimiento del espíritu, son agentes misteriosos que empapan las entrañas de los hombres delicados en quienes los afectos de primer orden no duermen ni un instante. Los desprovistos de sensibilidad, los soberbios y vanidosos, los tontos, lloran si se les zurra, si se les quita algo, si les duele la cabeza, y es punto de honra en ellos no llorar donde lloran los hombres. Llora, Sancho, y así se te desagüen por los ojos la ingratitud y la falta de memoria. Las mercedes que te tengo hechas no son moco de pavo, y las que pienso hacerte son mayores, aunque no las mereces, criado mal agradecido.
Mohíno había estado oyendo el escudero el arranque de su señor, enjugándose las lágrimas en tanto que le oía. Entre ruborizado de su flaqueza y consolado con el razonable y en cierto modo cariñoso tono de don Quijote, se dio a partido y prometió seguir con él al fin del mundo.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XII
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Ignacio Rodríguez
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[[Especial:Errores_de_sintaxis/html5-misnesting]]
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XI|Capítulo XI]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XII|Capítulo XII]] - De la grande aventura del puente de Mantible que nuestro buen caballero se propuso acometer y concluir en un verbo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIII|Capítulo XIII]]}}
{{t3|Capítulo XII}}
Cide Hamete no cuenta si don Quijote rezaba en la carrera de las aventuras: lo omitió por sabido; como que el bueno del hidalgo era cristiano ante todo, y sabía que los caballeros andantes habían sido infatigables rezadores, maestros y peritos en el negocio del rosario. Belianís de Grecia no dejaba holgar la espada sino para rezar; el conde Dirlos iba siempre
::«Armado de armas blancas
::Y cuentas para rezare»;
y en rezar se ocupaba el almirante Balán en Girafontaina. Sentado en la cama don Quijote, mascullaba sus avemarías, cuando un fraile altísimo, calada la capilla, grave el paso, entró y se acercó a él con una lámpara en la mano.
-Pacem meam do vobis -dijo-. El ruido de vuestra fama, valeroso caballero, ha llegado al retiro donde unos cuantos hombres divorciados del mundo vivimos con Dios en el seno de la naturaleza, y vengo a encomendarme a vuestra espada contra un gigante descomulgado que infesta y roba estas comarcas.
-¿Cuál es el punto, padre reverendo -preguntó don Quijote-, y quién es vuesa paternidad?
-Soy el provincial de la orden, de cartujos que sobre esta montaña honra el Señor desde tiempos inmemoriales -respondió el fraile-. Me llamo padre Belerofonte, y gobierno el monasterio veinte años ha, porque a despecho de mi humildad no tengo oposición en el capítulo.
-Todo está bien -replicó don Quijote-, fuera de ese nombre que disuena, por no ser de los más católicos.
-A esta cuenta, ¿los hermanos de vuestra paternidad serán fray Jasón, fray Tifón, el padre Cancerbero, el padre Minotauro?
-Tanto como eso, no, señor: no son sino el padre Saturnino, el padre Benedicto, fray Blas, fray Pascual, y otros tan humildes de nombre como de condición.
-El nombre influye poco en el carácter de la persona o en la esencia de la cosa -dijo don Quijote-; lo que conviene por ahora es saber de lo que se trata.
-Es el caso, señor caballero, que un gentil llamado Galafre se ha apoderado del único puente por donde pasamos todos el río que baña estas regiones; y nadie es dueño de transitar por él, si no deja en manos del dicho Galafre cuanto lleva, sobre un tributo fijo, más oneroso que el impuesto por los moros al reino de León.
-¿Cuál es ese tributo? -preguntó don Quijote.
-Reyes no lo pudieran satisfacer, señor. El cristiano que allí toca ha de pagar treinta pares de perros de casta: galgos y mastines; dogos enormes, capaces de combatirse con tigres y leones; lebreles más rápidos que el viento, sabuesos, podencos, bracos. No admite perro de aguas, el pachón le irrita, y por cada uno que devuelve exige cuatro pares.
-Yo le echaré tal perro -dijo don Quijote- que valga por todos los que él ha menester. Deje vuesa paternidad ese ladrón a mi cuidado; y por ahora tome asiento aquí tranquilamente y acabe de referir la historia de sus cuitas.
-Dios le pague -respondió su reverenda, sentándose a la cabecera de don Quijote en una ancha silla, y prosiguió-: Exige además cien doncellas vírgenes de la más rara hermosura, con todas aquellas perfecciones que convienen a infantas reales y odaliscas. Quiérelas de modelos diferentes: unas han de ser beldades asiáticas, blancas, pelinegras, de ojos tan rasgados como apacibles y dulces; pecho de comba primorosa; garganta de Cleopatra; perfecciones, como llevo dicho, que no se hallan sino en esos lugares donde la virtud de la naturaleza se concreta sabiamente y forma las mujeres de Georgia, Circasia y Mingrelia. Otras deben ser de cara judaica, facies hebraica. ¿Habla el latín vuesa merced? Facies hebraica, semejantes a Herodías: labios tanto cuanto abultados, encendidos y entre abiertos; mirada suave, pero subyugadora; cabellera derramada sobre los hombros en negros tirabuzones.
-No tiene mal gusto ese descomulgado -dijo don Quijote-: ¿en dónde habrá aprendido a quererlas tan sumamente hermosas?
-Esa inclinación debe de ser natural -respondió el fraile-, o tal vez la finge de malicioso. Y mire vuesa merced cómo hasta en lo relativo al porte es intratable: unas han de ser de estatura sublime, que parezcan gigantas, aun cuando no lo sean; otras, pequeñitas y donosas, vivas y parleras, como la paloma. Éstas, gordas y muelles, por el estilo de las turcas; ésas, de talle fino y delicado, que traigan a la memoria las palmas de Bagdad. Risueñas y habladoras unas, melancólicas y taciturnas otras. Así varía de gustos ese tragamallas, que todo es contradicciones; y siendo pocos los capaces de satisfacer el gravamen, la mayor parte de los viajeros deja la cabeza en el brocal del puente o en los resaltos de las torres.
-Allí dejará la suya el pagano antojadizo -volvió a decir don Quijote-. ¿Eso es todo lo que pide el gigantuelo?
-¡Qué, señor! Si no fuera más que eso, no habría matachín que no pasase: le han de dar asimismo cien halcones mudados, forzudos como el águila, diestros y no nada recreídos. Los palumbarios recibe de mala gana, pues dice que la ralea de éstos es muy común, y él quiere unos que le tomen aves maravillosas por los aires.
-¿Qué caza desea ese Nemrod? -preguntó don Quijote-: querrá oropéndolas, cisnes y papagayos; pero ni estos son maravillosos. Yo no le daré sino gansos, y quedará satisfecho.
-¿Satisfecho, señor don Quijote? Falta lo principal, esto es, cien corceles ensillados y embardados, con ricos y completos jaeces. El bocado del freno ha de ser de oro; las cambas de plata de piña, y los sabores del dulce ámbar del Báltico.
-El freno que yo le ponga a él -dijo don Quijote- no será de oro, sino de fierro bruto.
-Oiga vuesa merced estas otras niñerías -siguió diciendo el fraile-: muserola de eslabones formados de diamantes: gualdrapa de púrpura de Melibea, con nudos de topacios y rubíes en figura de cabezas de clavo. Ahora, pues, en lo tocante a la silla, quiere que las correas sean de cuero de hipopótamo curtido en enjundia de avestruz. La cincha, señor, la cincha ha de ser un tejido sutilísimo de pelo de reinas, no menos que la gamarra.
-¿Dónde está ese follón? -exclamó don Quijote, saltando de ira-, ¿hay quien pague tal tributo a semejante ladrón estrafalario? ¿Conque habremos de cerrar a trasquilones con más de una reina para hacerle cinchas a sus caballos?
-Los quiere de paseo y de batalla, señor don Quijote; bridones, alfanas y palafrenes; cabalgadura para uno y otro sexo, como que el gigante obsequia a más de cincuenta damas que tiene de asiento en el castillo.
-¿Y éstas son sus esposas legítimas o las tiene robadas? -preguntó don Quijote.
-Robadas, no precisamente, señor, pero sí quitadas a sus maridos.
-¿Luego viven por su gusto en esa fortaleza? -volvió a preguntar don Quijote.
-No debe de ser así, mi reverendo padre, sino que están cautivas, y su mala aventura ha querido que hasta hoy no llegara el caballero andante que debía libertarlas.
-¿Es de presumir que en esto concluyan las exigencias del pagano?
-Es codicioso, señor: por cada pata de caballo se le entrega un marco de oro de Portugal. En orden a la edad de estos animales, ninguno ha de pasar de siete años, ni ha de bajar de tres. Las cernejas, como señal de fuerza, no son motivo de devolución. Hace un examen prolijo aquel pillastre, cual si estuviera comprando esclavas en un mercado de Turquía; si la cola no es como la del caballo del Apocalipsis, larga, ondeada y abundosa, lo rechaza sin remedio. El ojo, inquieto, relampagueante, heroico; la canilla, como una cañucela; si es negra, mejor; los cuartos traseros, acolchonados; la cerviz elevada y encorvada; la crin, esparcida, crespa, que esté flotando a modo de grandioso fleco. Ese enemigo del género humano tiene ya en su poder los más famosos caballos de los más renombrados paladines: ha quitado a Roldán su Brilladoro, a Rugero su Frontino, a Reinaldos su Bayarte, a Astolfo el alado Rabicán; y así como amanece, jura por Mahoma y su alfanje no parar hasta no haber ganado por las armas el célebre Rocinante de don Quijote de la Mancha.
Dio una risita desdeñosa don Quijote, como quien tiene lástima de una pretensión absurda, y dijo formalizándose:
-Yo le castigaré por separado la ambición y la insolencia: vamos allá ahora mismo.
-Galafre no pelea a obscuras -dijo el fraile-; fuerza será que vuesa merced espere a que amanezca. Yo de mi particular sé decir que el gigante me tiene oprimido y desesperado con asaltos continuos al monasterio, en cada uno de los que me extorsiona alguna de las preseas del templo, como son blandones, candelabros, ciriales, todo de plata. No ha más de tres días nos arrebató el muy ladrón una mesa monolita de esmeralda, la joya más rara que en el mundo puede verse; daño irresarcible que ha sumido en la consternación a toda la orden. ¿Sabe vuesa merced, señor caballero, lo que es mesa monolita? Mesa monolita es como si dijéramos capilla monolita, esto es, de una sola piedra.
-Los caballeros andantes saben más de lo que buenamente puede pensar un religioso -respondió don Quijote-: vuesa reverenda no se empeñe nunca en manifestar más saber que la persona con quien habla. La discreción es parte de la sabiduría; y así, del sabio es suplir al disimulo las omisiones y faltas del hombre de escasos conocimientos. Siga adelante vuesa paternidad, que mientras no haga por ser más sabio de lo preciso, holgaré mucho de oírle y servirle. Ese puente cuya conquista ha hecho el gigante, ¿es puente y fortaleza a un mismo tiempo?
-Es fortaleza, señor: las de Albraca y Lubaina son fortines para ver con ella. Susténtanlo treinta arcos de mármol, cuyos cimientos arrancan del centro de la tierra o el pirofilacio. ¿Sabe vuesa merced lo que es pirofilacio? A cada extremo del susodicho puente se alzan dos torres cuadradas con sendos puentes levadizos. Puentes levadizos, digo, señor caballero, vuelvo a decir puentes, y añado, cava profunda, rastrillo y todas aquellas partes de las fortalezas mejor guarnecidas. Galafre, el formidable custodio, está paseándose de largo a largo, una hacha al hombro, asistido por cien turcos que le ayudan a cobrar el pontazgo.
-No es cosa -volvió a decir el caballero-: en tanto que empuña su espada, nadie le pontazguea a don Quijote de la Mancha.
-¿Luego vuesa merced piensa no pagar el pontazgo? -preguntó el fraile.
-Mi pontazgo -respondió don Quijote- serán las cabezas del pontero y sus turcos. Ahora sepa vuesa paternidad que, por todas las señas que me ha dado, ese puente es el puente de Mantible, y que Galafre lo está ocupando por el almirante Balán, de quien es dependiente.
-¡Válgale a vuesa merced el Dios de los ejércitos! -repuso el fraile-; y tenga vuesa merced el ojo abierto sobre su escudero, porque el ladrón ha prometido quitarle así el caballo como el criado. La fama pregona por el mundo la habilidad consumada de Sancho Panza en el arte del fregar; y el terrateniente de Balán se propone hacerse del dicho Panza para este servicio, sin que obste el sexo que se atribuye el menguado escudero; pues todo estará en ponerle faldas y llamarle fregona.
-Diga vuesa merced al señor Galafre -respondió Sancho- que si el escudero tiene buena mano para fregar, el caballero la tiene mejor para despanzurrar jayanes; y que ya vamos allá.
-Esta es cosa mía -dijo don Quijote-; no te enfades ni te vueles, Sancho. Las grandes empresas requieren calma, y las mayores son consumadas con valor reposado, que es el de los realmente valerosos.
-Así es -apoyó el fraile. Y sacando de entre los hábitos una enorme caja de rapé, dio sobre la tapa repetidos golpecitos y ofreció una narigada a don Quijote. Aceptola éste, y tomando a tres dedos una buena porción, se lo aspiró como una ventosera.
-¿Y vos, hermano? -dijo a Sancho el fraile.
-Dios le pague, reverendísimo padre -respondió Sancho, e hizo lo que su señor.
-Quedamos -dijo el provincial a modo de despedida- en que vuesa merced, señor caballero, matará el gigante y sus turcos en amaneciendo Dios.
-Tal es mi obligación -respondió don Quijote.
-Mire no se le olvide a vuesa merced -repuso el fraile- cortarles la cabeza.
Y con esto se fue por esas puertas. No bien las hubo cerrado sobre sí, don Quijote y su escudero se desataron en un estornudar y un toser, que por poco que duraran les quitaran la vida según eran fuertes y preternaturales.
-El demonio que adivine la ponzoña que nos va dando el fraile -dijo Sancho-. Vengan seis dueñas y háganme doce mamonas, si ese fantasma no es cómplice de Galafre. Do no hay cabeza raída no hay cosa cumplida, señor don Quijote; sin este monjecito, lo que nos ha sucedido fuera tortas y pan pintado.
-Verdaderamente -respondió el caballero- parece que se me desbarata la máquina toda: yo que en mi vida he llorado, echo hoy lágrimas gordas como garbanzos. Hemos sorbido eléboro, hombre del diablo. ¿Y no advertiste cómo el bellaco del fraile, cual si lo hiciera adrede, me preguntó si sabía yo lo que era pirofilacio?
-Ése no debe de ser hechicero benévolo y amigo de los andantes, sino de los malandrines y burlones que han cursado la escuela de Fraudador de los Ardides.
-Deja que el hipócrita sea, como dices, fautor en las supercherías del gigante, y su cabeza lo dirá; pues no me habré de contentar con menos que con ponerla desmirlada en una soga, del puente para abajo.
-Ha de saber vuesa merced, señor don Quijote -dijo Sancho-, que cuando el frailecito iba a salir, advertí que se guardaba las barbas en la faltriquera.
-A fe de caballero -respondió don Quijote- que las tenía desmedidas: Juan de Barbalonga no se hubiera preciado de peinarlas más blancas y abundosas. El fraile dijo ser cartujo; mas por la cuenta no es sino capuchino. ¿Te ratificas en que se las quitó al salir?
-Me ratifico y aun lo juro sobre los santos Evangelios.
-Hechicero es, ya te lo dije. Y no pienses que haya contrariedad entre su estado de religioso y su profesión de brujo. Eneas Silvio fue un famoso encantador, y no por eso dejó de sentarse en la Silla de San Pedro con el nombre de Pío II. ¿Parécete cosa natural esto de descuajarse un fraile una selva de barbas y guardárselas en el bolsillo? Si echaste de ver, amigo, ¿cómo quedó el mágico sin ellas? ¿Tuviste por rostro corriente y moliente el suyo, o de hombre que poco semeja a los demás?
-Fue la negra al baño, y tuvo que contar un año -respondió Sancho-. Quedó mondo y liso como la chucazuela de mi rodilla; y vi que se reía a furto.
-Socarrón nos es su reverenda -tornó a decir don Quijote-. Mondo y liso... Pero no será como la chucazuela, sino como la choquezuela de tu rodilla, si a dicha no tienes cerdas en ella, como las tienes en la lengua. ¿Conque se rió a furto? Para lo que tiene que llorar, poco será cuanto se pueda reír. Espera, Sancho, y verás cosas de las que no suceden todos los días.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIII
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XII|Capítulo XII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIII|Capítulo XIII]] - Que trata de la maravillosa ascensión de don Quijote y del palacio encantado donde imaginó hallar a su señora Dulcinea
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIV|Capítulo XIV]]}}
{{t3|Capítulo XIII}}
Después de media hora de toser y hablar a intervalos, sintió don Quijote que subía con lecho y todo, en términos que, si él fuera hombre capaz de asustarse alguna vez, hubiera dado al traste con la serenidad de su ánimo.
-¿Adónde me llevan, Sancho? -dijo-. Ven, y ve cómo te ases a las patas de esta máquina; cuélgate de ella, y no dejes que me arrebaten a las nubes.
Oyendo hablar a su amo en las regiones superiores de la estancia, se puso a crujir de dientes el infelice Sancho, y aun pensó que subía el mismo por arte de encantamiento.
-Señor don Quijote -respondió-, juntos hemos llevado los palos y juntos hemos comido el pan de las aventuras: mire no me deje ir a caer en los abismos.
-¿Luego a tu vez estás subiendo? -preguntó don Quijote-; pellízcate, a ver si eres tú mismo; sacúdete por los cabellos por si no sea el tuyo más que un sueño. En cuanto a mí, me hallo ya muy arriba. ¿Quién sabe si al fin ha resuelto protegerme la sabia encantadora a cuyo cargo estaba mi destino? Ésta no es obra de enemigos, Sancho; suavemente voy subiendo y blandamente se me lleva. Como de estas cosas, suceden en el mundo de la caballería. La sabia Belonia se sirvió muchas veces del castillo de la Fama, para cargar en él por los aires con los caballeros a quienes protegía; y en una noche transpuso a don Belianís de Grecia de Persépolis a las montañas de Necaón. Si haces un poco de memoria, hallarás que Hipermea dio una prueba clásica de su poder, llevándose al emperador Arquelao de la prisión donde le tenían sus enemigos. ¿Qué mucho que igual prueba de amor me quiera dar a mí ésta, o cualquiera que sea la encantadora que ha tomado por su cuenta mi fortuna? Por mí no te inquietes, Sancho, y deja correr el influjo de las estrellas. Si andamos siempre hurtando el cuerpo, mal podremos acometer aventura que valga. Según anda este carrocín alado en que me llevan, no tardaré en llegar a alguna apartada montaña, a un alcázar donde me está esperando mi señora Dulcinea, conducida allá por un medio no menos maravilloso.
-¿Las mágicas o hadas, señor don Quijote -preguntó Sancho-, tienen en su ministerio la dependencia de urdir voluntades? ¿Digo si les es lícito echacorvear en pro de los caballeros y las doncellas andantes, resulte lo que resultare, o son casamenteras de ley que urden sus trazas en haz y paz de nuestra santa madre Iglesia?
-Las mágicas o hadas -respondió don Quijote- son honestas por la mayor parte; y la que toman en los amores de sus protegidos, raras veces va fuera de un noble y justo propósito. Día llegará en que yo te haga palpar las entradas y salidas de este negocio. Dado y no concedido que tus razones estuvieren fundadas en la buena fe, todavía pudiera yo responder a ellas de modo que tocases con la mano la necedad de tus preguntas. La sabia Hipermea, Belonia, Urganda la desconocida, no pueden entrar en docena con la madre Celestina. Ándate a la mano, Sancho, en las travesuras de tu buen humor; que harto se me alcanza el hito adonde echas tus pasadores.
-Sácame de aquí y degüéllame allí -replicó Sancho-: vuesa merced no me perdona la vida el lunes sino para quitármela el martes. Sepa, señor don Quijote, que lo que tengo es miedo; si bien no acabo de persuadirme de que vuesa merced ande ya tan arriba como piensa. Si llegare a esa montaña, será servido decir a mi señora Dulcinea que su escudero Sancho Panza le besa los pies.
-Cumpliré, Sancho, en deparándome la suerte el encontrarla. ¿O sucede más bien que los espíritus eternos quieren sacarme en vida de este mundo? Enoc fue arrebatado milagrosamente de la tierra que no era digna de poseerle. De no ser una de estas cosas, ¿qué significa esta ascensión extraordinaria? Nada hagas para detenerme; ni obrarías en mi servicio con salirme al camino en esta deliciosa carrera.
-La sangre me hormiguea por el cuerpo como si me estuvieran picando gusanitos, señor don Quijote; y sería bien nos callásemos, por si en esta consistiere nuestra salvación.
-Mientras te hallas a mi lado -dijo don Quijote-, nada temas: por experiencia sabes si soy o no capaz de sacarte de los cuernos del toro.
-Lo que es esta noche -respondió Sancho- más me hiciera al caso la protección de la Virgen y los santos; pero la memoria me niega alguna de las oraciones que cuadraran a la necesidad. ¿Saldría bien la de San Cristóbal?
-Si la plegaria te sale del corazón -respondió don Quijote- cualquiera te aprovechará; si bien las diligencias del miedo no son, ni las más convenientes para con el mundo; ni las más eficaces para con el cielo. Di con todo esa oración: de pecar por corto, vale más pecar por largo.
-¿Piensa vuesa merced que encaja bien aquí la de ese santo? -preguntó el escudero.
-Todo puede ser, amigo; como no la sé, no puedo decirte el grado de favor que con ella alcanzarías. Echa tu jácara y veremos sus efectos.
::-«Cabecita, cabecita,
::Tente en ti, no te resbales
::Y apareja dos quintales
::De la paciencia bendita».
-Sancho maldito -dijo don Quijote-, este es un conjuro, y de los más virtuales, que usan las brujas en sus trapacerías. ¿Quién te mete a pronunciar palabras tan siniestras?.
No debían de serlo tanto, pues como los pillos de los monigotes se hubiesen partido, encantamientos, porrazos, narigadas, estornutatorias, todo cesó; y poco a poco Sancho Panza fue tranquilizándose, cogió el sueño, y bonitamente se durmió para toda la noche con grandísimo sosiego. Al verse solo don Quijote, se entregó en cuerpo y alma a su locura, y fue para el cierto y muy cierto que su maga protectora le estaba llevando por los aires a un palacio encantado, donde le esperaba su señora Dulcinea.
-Leandro -decía para sí- dejó la vida en el Helesponto, después de haber nadado cinco leguas por no faltar a la cita de su querida Hero: Medoro se expuso a la cólera de Rolando por el amor de Angélica. Gaiferos, el tierno y constante don Gaiferos,
::«Tres años anduvo triste
::Por los montes y los valles
::Trayendo los pies descalzos,
::Las uñas chorreando sangre»,
de puro buscar a Melisendra. ¿Y qué hizo Avindarráez por su mora Jarifa? ¿Y qué Diego Marcilla por la hermosa doña Isabel? ¿No cayó ese apasionado moro en manos del alcaide de Antequera, cuando a media noche se iba en alas del amor desde Cartama hasta Coín? ¿Pues qué no hará este buen caballero don Quijote por la sin par Dulcinea?.
Ora se hubiese dormido y soñase de un modo conforme a sus deseos, ora la fuerza de su desvariada fantasía le presentase sus quimeras con aspecto de cosas reales, lo cierto es que don Quijote creyó haber llegado a la presencia de su dama, y como ella manifestase algún recelo de su dueño y señor, éste, para infundir confianza en ella, iba diciendo:
-¡Oh dichoso Lanzarote! ¡Oh infelice Ginebra! ¡Oh Amadís triunfante! ¡Oh bella Oriana perdida!... Muchas veces, señora mía, en una hora cae por el suelo toda una vida de continencia y virtud, y de una dulce imprudencia suelen dimanar desdichas sin cuento. Pero vos, señora, no hayáis temor; porque si no soy menos enamorado y aventurero que Lanzarote y Amadís, soy más fuerte y respetuoso que ellos, y vos no correréis la mala fortuna de Oriana y Ginebra.
Era en don Quijote tan subido el punto de honra como el valor; y de estas y otras virtudes formaba su nobleza, de tal suerte que, sin la locura, hubiera sido verdaderamente el espejo de la caballería.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIV
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIII|Capítulo XIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIV|Capítulo XIV]] - De la entrevista que el enamorado don Quijote creyó haber tenido con su dama
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XV|Capítulo XV]]}}
{{t3|Capítulo XIV}}
No dejó de admirarse don Quijote cuando a la luz del día, que en largos rayos entraba por las rendijas de la puerta, se vio trincado al maderamen del aposento, que no tenía cielo raso, no a más de tres varas sobre el suelo, habiendo pensado hallarse en un palacio como el de la fada Morgaina o en el de la encantadora Melisa. A poco se cimbreó la tarima, y aflojadas las sogas con gran ruido de poleas, bajó rápidamente a tierra. Abriose la puerta de par en par, lo cual era ponerla franca y prevenir a los huéspedes que era tiempo de largarse. Mas por entonces no tenían éstos mucha prisa, y principió don Quijote su discurso matinal en los términos siguientes:
-Pláceme hacerte relación de lo que me ha sucedido esta noche: la vi, Sancho, aspiré su aliento, me inebrié con las suaves y puras exhalaciones que toda ella despide como una planta del Indo o del país sabeo. ¿Cómo ponderar el conjunto de gracias que adornan su persona? ¿Cómo encarecer las sales de su espíritu? ¡Oh Sancho! Si antes de conocerla era yo su enamorado, mira lo que debo ser ahora que la conozco.
-Dígame vuesa merced -preguntó Sancho-, ¿se contentó con verla y aspirarla? O no estuvieron solos vuesas mercedes, o el diablo andaba lejos de allí en cosa de más importancia.
-Solos, Sancho, solos como Adán y Eva en el paraíso.
-Luego no estuvieron tan solos, señor don Quijote, por que allí hubo un tercero que todo lo echó a perder. Si la señora estaba tan zalamera como vuesa merced dice, algo había, en la trastienda. Can que mucho lame, saca sangre, señor.
-No podría yo decirte -repuso don Quijote- si estuvimos libres de una inquietud gratísima; mas sí puedo sostener que ni el enemigo en forma de serpiente es capaz de batir en ruina el muro de pudor y vergüenza que se levanta entre esa señora y yo. Amadís de Gaula pagó el tributo a la flaqueza, es verdad, cuando tuvo encerrada a la sin par Oriana en el castillo de Miraflores; pero lo puesto en razón es que imitemos las virtudes y desechemos los desvíos del modelo que sirve de norma a nuestras acciones. Si supieras que Roldán, Reinaldos de Montalbán y otros famosos caballeros pasaron a mejor vida sin haber perdido la inocencia, no me preguntaras lo que me preguntas.
-La ocasión es calva -tornó Sancho a decir-; y más vale un toma que dos te daré. Cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla. Debo no rompe panza, señor don Quijote. Oblíguela vuesa merced con uno de esos a buena cuenta que soyugan a las mujeres y las tienen blanditas hasta cuando se las corona emperatrices. Quien adama a la doncella, el alma trae en pena: vuesa merced está consumiéndose de aprensivo, con detrimento de su propia salud y conciencia.
-¡Por vida de Barrabás! -dijo don Quijote-, ensartas iniquidades que, si no fueran parto de tu sandez, te había yo de castigar tan ejecutiva como rigurosamente. ¿Qué a buena cuenta dices, libertino? El que procura gozar de un derecho que aún no ha adquirido, ha traspasado ya las leyes del deber. Tiempo oportuno en todo es el que llega por sus pasos. Con lo que es mío me ayude Dios: mis gustos son mis esperanzas; mis triunfos, los que obtengo sobre mis pasiones. Y pues no entiendes sino de refranes, paga adelantada, paga viciosa.
-Al buen pagador no le duelen prendas -replicó Sancho-. En siendo vuesa merced rey o arzobispo, ¿quién le impedirá que alargue la mano y diga: toma, hija, ya eres mi mujer, y ve si soy de los que dicen lo comido por lo servido? Pero muera la gallina con su pepita, que yo no he de vivir llorando males ajenos. Como he oído que la mujer de más provecho es la que da más hijos al reino, me pareció que mi señora Dulcinea, siendo tan principal en todo, no debía ser para menos en ese requesito.
-Requesito vendrá de requeso -dijo don Quijote-; aunque yo no conozco sino requesones. En lo tocante al punto mismo de la cuestión, sé decir al señor Panza que ya le llegará su vez a esa señora, y entonces será el preguntarle si a ella le había faltado lo que dice. Tú sabes que de Perión de Gaula nacieron tres famosos caballeros, y que de Amadís, uno de estos tres, derivó una larga sucesión de andantes. Siendo yo tan buen enamorado y tan buen caballero como Amadís, no he menester me andes recordando el tener hijos. En manos está el pandero, que lo sabrán bien tañer; y no digas mal del año hasta que sea pasado. Ya verás algún día si me siento a la mesa con mis cincuenta hijos, cual otro Príamo, y si Dulcinea le pide favor a Hécuba. Mas de tenerlos naturales no me hables, y mucho menos espurios.
-¡Señores huéspedes! -gritó el dueño de casa mostrándose de súbito-, el día está inmejorable para camino. Harán mal vuesas mercedes si desperdician la mañana.
Don Quijote advirtió al punto la intención de ese canalla, y dijo:
-No le toca al dueño de casa dar estos avisos: la hospitalidad tiene aprensiones que han de ser respetadas como virtudes. En el que la ofrece ha de haber delicadeza; en el que la busca o la acepta, agradecimiento. Sin bondad ni decoro, la hospitalidad bastardea y viene a ser cosa digna de vituperio. Sé deciros que es todavía más reprensible la manera alevosa de que usáis conmigo, que si a palos me echaseis fuera.
-No ha sido por despachar a vuesa merced -respondió el monigote-; guárdeme Dios de semejante indignidad: como el día promete ser tan bueno, y como mañana ha de llover, me pareció oportuno hacerlo notar al señor don Quijote.
-Indignidad -repuso el caballero-; habéis dado con el término propio. Indigno es el que tiene por carga y molestia una de las más nobles y fáciles virtudes; indigno el que se juzga arruinado con el consumo de una persona en dos días; indigno el que se respeta así tan poco que, ni por la consideración que se debe a sí mismo, huye de hacer a los demás esos ruines agravios, que no envilecen a quien los recibe, sino a quien los irroga. El pundonor, la decencia y hasta el orgullo nos obligan a usar de miramientos con el forastero que nos hace el favor de llamar a nuestras puertas. Vámonos, Sancho; que donde la envidia se vale de la infamia para hostilizarnos, estamos mal y muy mal alojados.
Sacudiose el cleriganso y dijo:
-Ni hubiéramos deseado la llegada, ni nos afligirá la partida de pécoras como vosotros.
Echó mano por su lanza don Quijote, y dio tras el monacillo, el cual hasta ahora está corriendo. Perdida la esperanza de alcanzarle, volvió, se vistió de sus armas defensivas, y alto el morrión, baja la visera, pendiente del talabarte la espada, el lanzón en la mano, salió seguido de su escudero a despedirse del cura y montar a caballo.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XV
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIV|Capítulo XIV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XV|Capítulo XV]] - De la conversación que caballero y escudero iban sosteniendo mientras caminaban
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVI|Capítulo XVI]]}}
{{t3|Capítulo XV}}
Puestos en camino, sintió Sancho que se le refrescaba el pecho y que toda su parte moral se le bañaba en un fluido vivificador, con esos movimientos súbitos de felicidad que de tarde en tarde suelen favorecer misteriosamente hasta al hombre más infortunado: tanto como esto puede la naturaleza cuando ejerce su amable prestigio por medio de un cielo límpido, nubes purpurinas y doradas puestas sobre el horizonte como decoración del mundo; atmósfera benigna, aire tibio, sierras obscuras que asombran los valles, colinas alegres, prados floridos, todos los toques de hermosura con que esa grande seductora cautiva sin pensarlo aun a los que no la comprenden.
-Si saliere fallida la esperanza del condado que vuesa merced me tiene prometido -dijo Sancho en tono de buen humor-, ¿no pudiera yo venir a ser cardenal, o por lo menos obispo?
-Por nuestra carrera no llegamos al capelo -respondió don Quijote-, ni aun a la tiara. Tanto como eso no presumas, ni levantes la ambición más arriba de lo verosímil. Halagüeñas son las esperanzas que infunden las cosas posibles: tan alto picas a las veces, que das en visionario. Si estás lejos de la púrpura cardenalicia, te hallas a un paso de otra fortuna.
-¿Habrá por si acaso vuesa merced resuelto hacerme duque? -preguntó Sancho.
-De Sabioneta o de Alburquerque no te sentaría mal; y de adehala marqués de Rivadeo. Por marqués de Rivadeo, tendrías el privilegio de comer con Su Majestad el día de pascua de Reyes. Pero no es mi ánimo parar en eso. Tú sabes que Tirante el Blanco fue proclamado emperador de Constantinopla; mas lo que tal vez no sabe vueseñoría es que a la muerte de ese famoso andante; su escudero Hipólito casó con la emperatriz viuda y ocupó el trono. Reinaldos, Esplandián, Palmerín de Oliva, don Rocerín, don Olivante de Laura fueron reyes o emperadores, obrando la invicta espada. ¿Pues qué diremos de Florisán, que llegó a ser preste Juan de las Indias y señor de los Montes Claros? Esto de ganar un imperio, Sancho hermano, es cosa muy factible para los buenos caballeros. Figúrate lo que habrán sido los escuderos de esos grandes paladines, y mira los honores y las rentas que te esperan en cualquier encrucijada de las que tengamos que pasar.
-A buen viento va la parva -dijo Sancho-. ¿Pedro por qué atiza? Por gozar de la ceniza. ¿Por qué piensa vuesa merced que pongo en las aventuras mi parte de hambres y de costillas? Medrados estaríamos si después de tantos palos no hubiese imperio que regir. Cuando siembres, siembra trigo, que chícharos hacen ruido. Por falta de hombres buenos a mi padre hicieron alcalde, y ruin es quien por ruin se tiene. Esos tales escuderos se empuñaron en sus cetros; pues ya verá el mundo si el hijo de los Panzas es menos que Gandalín y si hay cabello que no haga su sombra en el suelo. ¿Procurará, señor don Quijote, que mi imperio no produzca menos que el de vuesa merced?
-La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía -respondió don Quijote-. Tengan tus dominios rentas como tú echas refranes, y ahí sería el diablo si no superases a Salomón en las riquezas. Mucho hubiera sido que no te dijeses tu media docena en esta oportunidad. Ven acá, demonio, ¿no se agotará jamás esa mina de disparates que con nombre de refranes vienes derramando por todo el mundo? Emperadores tontos, emperadores brujos, emperadores llorones, de todo hemos visto; ¿mas qué emperador ha de ser un judío que en refranes hubiera puesto su parte en la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo?
-Palabras de santo y uñas de gato -dijo Sancho-. Vuesa merced no me hace emperador sino para aruñarme. La cruz en los pechos y el diablo en los hechos. Recíbame vuesa merced a perdón, y caminemos; pues como dicen, dame pega sin mancha, darte he mozo sin tacha.
-Si no te encastillas en el perdón que me has pedido -respondió don Quijote-, con lágrimas de tus ojos pagaras aquí tus impertinencias. Ahora dime, follón, desvanecido y malandrín, ¿piensas que esa corona te viene por tus obras y no por las mías? Metes tu media pala en el negocio de las aventuras, y te das a entender que serás emperador por tu propia virtud; ¿y aún quieres que tus estados no produzcan menos que los míos? Eso es meter aguja y sacar raja, logrero sin conciencia.
-Y todavía hay otra cosa mejor -replicó Sancho-; es a saber, que me hallo en potencia propincua de elevarme a la mano de mi señora Dulcinea del Toboso y reinar junto con ella.
-¿De qué modo? -preguntó don Quijote.
-A semejanza del escudero de Tirante el Blanco, que casó con la emperatriz viuda -respondió Sancho.
-Eso se entiende si yo vengo a morir primero que ella -replicó don Quijote-; y aún será cosa de averiguar si yo consiento en unión tan deslayada.
-Como los muertos no tienen voz ni voto, señor, me bastará el beneplácito de la emperatriz heredera.
-Lo das por hecho -dijo don Quijote-; mas yo tengo para mí que Dulcinea no me habría de sobrevivir sino para verter lágrimas tales y tantas, que fueran excusadas las ajenas; y como el Cid Rui Díaz, pondría yo esta cláusula en mi testamento:
::«Ítem: Mando que no alquilen
::Plañideras que me lloren:
::Bastan las de mi Jimena,
::Sin que otras lágrimas compre».
-De suerte que -dijo Sancho- mi señora Dulcinea ya no es Dulcinea, sino Jimena.
-¡Eso no! -respondió don Quijote-. Dulcinea no puede dejar de llevar su nombre; ni hay otro más suave, melifluo, almibarado que el suyo. La que se llama Dulcinea ¿puede aspirar a otra cosa? Carmesina, Briolanja, Florisbell; Doralice, ni la linda Magalona, ¿cuál se atreve a pronunciar su nombre al lado de Dulcinea? ¿No sientes que este divino vocablo se te pega en los labios como una hebra del panal hibleo? Di Dulcinea sin que la lengua se te quede olorosa, blancos los dientes, rojos los labios, cual si por ellos pasase el amor en forma de celeste llama. Música, pintura, poesía, ¿qué no hay en Dulcinea? Si el amor perteneciera al sexo femenino, se llamara Dulcinea; si las flores supieran su negocio, fueran dulcineas. ¿Y quieres trocármelo por Jimena a estas horas, hereje?
-Yo no quiero eso, señor don Quijote: vuesa merced dice que le va a poner ese epitafio con Jimena, y mi deber es respetar sus voluntades.
-No es epitafio, ¡zopenco! -dijo don Quijote-, sino cláusula testamentaria; porque no es ella quien se muere, sino yo. Si el Rui Díaz de otro tiempo dijo:
::«Ítem: mando que no alquilen
::Plañideras que me lloren:
::Bastan las de mi Jimena,
::Sin que otras lágrimas compre»;
¿qué habría sino que el otro dijese?:
::«Ítem: Mando que no alquilen
::Que me lloren plañideras:
::Al llanto ajeno renuncio,
::Si me llora Dulcinea».
-Vuesa merced será dueño de pergeñar su testamento según la conciencia le dictare -dijo Sancho-, como no ponga ningún paragarfio encaminado a entrabar la voluntad de la viuda.
-No solamente paragarfio, sino también parágrafo -respondió don Quijote-; y aun he de hacer codicilo prohibiendo expresa e irrevocablemente que la emperatriz contraiga segundas nupcias ni con el soldán del Cairo, menos con un simple escudero. ¿Piensas que es lo mismo ser viuda de Tirante el Blanco que de don Quijote de la Mancha? Poco haría Dulcinea con abdicar la corona después de mi fallecimiento y acogerse a un monasterio; lo más puesto en razón y verosímil es que se había de dejar morir de pesadumbre; pues no es desgracia de las de por ahí el perder marido como yo. Sabes, por otra parte, que señora como ella, de tan elevados pensamientos, no había de ir a ponerlos en un villano como tú, aun cuando yo muriese más de una vez.
-¿Y cómo piensa vuesa merced hacer rey a un villano como yo? -preguntó Sancho.
-Porque todavía es menos ser rey que aspirar a la mano de esa princesa -respondió don Quijote-; y antes te haría yo soldán o gran califa, que admitir, ni en vía de pasatiempo, que tú llegares a sucederme al lado de mi esposa. ¿Sabes quién es Dulcinea para haber dado cabida en tu obscura imaginación a la especie de venir a ser marido suyo en ningún tiempo? Yo mismo, con todos mis hechos de armas y mis nunca vistas hazañas, apenas he llegado a merecerla. Hay cosas inhereditables, Sancho temerario. Muy bien puedes tú ser un honrado y valiente escudero, y ella más imposible para ti que el ave Fénix. Conténtate con que yo te case con la confidente de mis amores, como es de uso en la caballería. Tristán de Leonís premió a su escudero con la mano de la doncella Denamarca; y ese mismo Tirante cuyo ejemplo invocas en tu favor, dio por mujer a su escudero Deifobo la bella Estefanía, hija del duque de Macedonia. Y aún eso se entiende si te comportares como Gandalín, quien siguió, alcanzó, mató y cortó la cabeza a la giganta Andandona. Si no haces cosas grandes y dignas de la posteridad, mal puedo recompensarte con merced tan señalada como darte por esposa una doncella de alta guisa. Las grandes recompensas forman los grandes valores, dicen: ya sabes que lo menos que te espera es una real infanta con un condado de dote.
-¿Cuál sería -preguntó Sancho- la doncella que vuesa merced me destinase, caso de que yo me resolviese a hacer esas cosas dignas de la posteridad?
-Sería Brianjuana -respondió don Quijote-, Darioleta, Floreta o ¿qué sé yo?: todas han sido confidentes de sus señoras respectivas. A menos que te decidieses por la dueña Quintañona, quien lo fue de la reina Ginebra en sus amores con Lanzarote del Lago. ¿O prefieres a la viuda Reposada? No olvides que esta gentil pieza, lejos de favorecer leal y legalmente a sus amigos y señores, se llegó a enamorar hasta el meollo del amante de su reina, y todo se lo llevó el diablo.
-¿Cuál de estas dos tiene más garabato, señor don Quijote, la viuda Reposada o la dueña Quintañona?
-Eso va de gustos, amigo Sancho. La viuda Reposada fue mujer hermosísima, pero cuando menos acordó estuvo vieja. La dueña Quintañona, otra que tal, ni fue menos hermosa ni vino a ser menos vieja que la Reposada.
-Pues desde aquí renuncio esas canonjías -dijo Sancho-. Deme vuesa merced una de las muchachas, y andemos. Pero sí ruego a vuesa merced, y así tenga buena muerte, me cambie con obra más hacedera el pontazgo de cortar la cabeza a la tal Andandona.
-Por no dar la cabeza de una gigantita -respondió don Quijote- has de perder la mano de una princesa. Yo sabré cómo, cuándo y con quién te caso: déjate de cavilaciones y vente callado. Tú me espantas la caza con este hablar sin término ni medida. ¿Quién sabe cuántas aventuras hemos perdido por venir engolfados en estas futilezas, las que en realidad nada son para con las grandes cosas que se deciden por la espada?
-Yo supongo -dijo Sancho sin querer callarse- que todo esto es puro modo de decir; ¿pues dónde deja vuesa merced a mi mujer?, ¿hémosla enterrado por dicha? Quien bien quiere, nunca olvida, señor don Quijote: viva la pobre y vívame mil años.
-Buena salutación le envías, ¡oh Sancho! «¡Rey, vive para siempre!», era la que los egipcios dirigían a su soberano. Manera grandiosa de manifestar amor e interés a una persona; como que ningún obsequio vale tanto como el de desearle a uno vida feliz y prolongada.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVI
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XV|Capítulo XV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVI|Capítulo XVI]] - De la casi aventura que casi tuvo don Quijote ocasionada por un viejo de los ramplones de su tiempo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVII|Capítulo XVII]]}}
{{t3|Capítulo XVI}}
Cuando esto decía don Quijote, echó de ver a un lado del camino un hombre entrado en edad que estaba haciendo hachar dos hermosos cipreses de un grupo que daba obscura y fresca sombra a un gran circuito. Parose y le preguntó por qué hacía derribar tan bellos árboles, destruyendo en un instante obra para la que la naturaleza requería tantos años.
-Los derribo -respondió el viejo- porque nada producen y ocupan ociosamente la heredad. Estos y los demás, todos los echo abajo, y no son menos de catorce.
-¿Hubiera modo -replicó don Quijote- de evitar este degüello? Si os incita el valor de estos cipreses, yo os los pago, y permanezcan ellos en pie.
-Eso allá se iría con vender la tierra, y no es lo que me propongo -dijo el dueño-; antes la estoy desmontando, no tanto por aprovecharme de estos árboles que no valen gran cosa, cuanto por dar a la labranza el suelo mismo.
-Cortados no valen nada -replicó el caballero-; vivos y hermosos como están, valen más que las pirámides de Egipto. Y así os ruego y encarezco miréis si os está mejor variar de resolución y hacer un obsequio a la madre naturaleza, la cual gusta de la sombra de sus hijos.
-Toda sombra es nociva -arguyó el viejo sanguinario-. La sombra nada me da; antes me quita lo que pudiera rendir esta heredad. Hoy la pongo como la palma de la mano, la aro en seguida, siembro lechugas y coles, y desde ahora queda vuesa merced convidado a festejarlas a su regreso.
-Dejaos de chanzas, que no estoy para ellas -dijo don Quijote-. Por última vez represento y pido lo ya representado y pedido, y andad por vuestras lechugas a otra parte.
-Donosa representación -respondió el hombre, quien a despecho de los años había sido algo maleante, o ya la figura de don Quijote junto con sus pretensiones le movió a echar por lo ridículo-: donosa notificación... Y caso de no venir yo en ello, ¿piensa vuesa merced apercibirme con su lanza?
-¡Vos lo habéis dicho! -replicó don Quijote, y arremetió con el viejo, el cual, en vía de defensa, se dejó caer patas arriba de la piedra en que estaba sentado.
-Convenid -gritó el caballero, teniéndole en jaque con su lanza- en que estos árboles queden ilesos; ofreced, prometed y aun jurad no tocarles ni a un pelo de la barba.
-Me allano a cuanto vuesa merced mandare -respondió el burlón, viendo resplandecer esa punta amenazante-. ¡Ea, amigos!, dejadme en pie esos árboles, y no se les ofenda con un hachazo más, supuesto que tal es la voluntad de este buen caballero.
No había cosa más urgente que salvar la vida, y después sería el averiguarse con el desagravio. Pero el andante dio de espuelas a su corcel, y tomó el largo sin añadir palabra, al tiempo que el vencido se levantaba con harta flema, echando pestes contra el loco que así le había puesto. Volvió luego don Quijote y dijo:
-Esas muescas o heridas de los cipreses pueden serles fatales: llenadlas de cera al punto, y echad sobre ella una capa de tierra húmeda, que así no habrá riesgo de que se marchiten y perezcan.
En esta sazón llegaban dos jinetes a los lados de un coche tirado por cuatro soberbias mulas ricamente enjaezadas y con altísimo plumaje. No era para uno como don Quijote dejar seguir adelante a nadie sin averiguación ninguna, y menos a comitiva que tanto olía a cosa de aventura. Echose a medio camino y dijo al postillón:
-Buen hombre, parad y responded punto por punto: ¿quiénes vienen aquí?, ¿de dónde vienen?, ¿adónde y a qué van?
-Es el ilustrísimo obispo de Jaén -respondió el postillón-: viene de Madrid y va a su diócesis.
-Norabuena -respondió el caballero-. Ahora advertid al ilustrísimo obispo de Jaén que don Quijote de la Mancha desea llevar consigo algunas de sus episcopales bendiciones.
-¿Quién es? -preguntaron de adentro del coche.
-El señor don Quijote de la Mancha, quien desea saludar al señor obispo -respondió uno de lo hombres de a caballo.
-¿Don Quijote de la Mancha?..., le conozco; el famoso caballero cuya historia anda por esos mundos. Pues yo me holgaría en verle. Decidle que, si es servido, se llegue a la portezuela.
Se apeó entonces don Quijote e hizo lo que el prelado deseaba, saludándole con una reverencia.
-¿Es vuesa merced, señor caballero, el mismo don Quijote de la Mancha cuyos hechos ha puesto en las nubes el historiador Cide Hamete Benengeli?
-No pienso que haya dos caballeros de ese nombre -respondió don Quijote gallardeándose-. Al que se atrevió a sustentarme que había vencido en singular batalla a un cierto don Quijote, ya le probé que se engañaba, por no decir mentía.
-Ese atrevido fue el caballero del Bosque -dijo el obispo-. ¿Qué hace vuesa merced por estos mundos? Nosotros le juzgábamos en Trapisonda, y aun hemos oído decir que había pasado a la isla de Lipadusa a combatirse con quienquiera que poseyese la espada Durindana.
-Tenga yo noticia de aquella famosa espada -respondió don Quijote- y pasaré, no digo a Lipadusa, sino a Estotilán o a Norumbeca; y para ganarla haré armas con el rey Gradaso, y aun con ese endiablado de don Roldán.
-Una vez sometido a vuesa merced ese endiablado de don Roldán -volvió a decir el obispo-, ¿qué obstará para que le quite, no solamente su espada, sino también su dama? De este modo, Angélica la bella vendrá como a suplantar a la señora Dulcinea.
-No, señor -respondió don Quijote-; Durindana y no otra cosa le he de quitar. ¿Ni qué habría yo de hacer de aquella damisela repulgada y veleidosa, que se va cuando se le antoja con un morillo mequetrefe, tan bisoño en guerra como en amores? Y diga vuestra ilustrísima, en desdoro de paladines como Roldán el encantado y Reinaldos de Montalbán.
-Si no lo ha vuesa merced a enojo -volvió a decir el obispo-, reitero mi pregunta: ¿qué negocio le trae a vuesa merced por estos mundos?
-Ando en busca de las aventuras -respondió don Quijote-. Si la casualidad no me encamina por acá, se consumaba ahora mismo un hecho de los que no sufre un caballero andante. Salga de su carrocín vuestra señoría ilustrísima, y vea con sus ojos si mi profesión importa al mundo, y si los que la seguimos perdemos el tiempo y ganamos la fama a poca costa.
Echose afuera el obispo, juzgando que realmente se hubiera intentado allí algún delito, y si aún era posible impedir una desgracia.
-¿Ve aquí vuestra ilustrísima esta pequeña selva cuyos árboles verde-obscuros se encumbran en forma de pirámides y derraman sobre el suelo esta densa y provocativa sombra? En verdad le digo que no iba a quedar rama sobre rama, porque este desalmado los echaba a tierra, si no llego yo aquí para librarlos de su hacha destructora.
La forma bíblica usada por don Quijote le pareció bien al obispo, y dando en el hito, y por llevarle el genio, manifestó que le desplacía mucho aquel desaguisado, y se unió a él para encarecer el desalmamiento de quien así había querido matar esos hermosos gigantes de la creación. Hablaba quizás de buena fe el prelado, ya que todo pecho donde anidan los afectos nobles tiene con la naturaleza conexiones ocultas.
Un árbol que ha recibido lentamente la virtud misteriosa de los siglos, junto con la recóndita substancia de la tierra, es objeto que infunde respeto y amor casi religioso. Hay quienes destruyen en un instante la obra de doscientos años por aprovecharse de la mezquina circunferencia que un árbol inutiliza con su sombra: para la codicia nada es sagrado: si el ave Fénix cayera en sus manos, se la comiera o la vendiera. Cosa que no produzca, no quiere el especulador: para el alma ruin, la belleza es una quimera. Un menguado sin luz en el cerebro ni música en el corazón, no alcanza el poder de gozarla, ni su alma tiene los requisitos que se han menester para que den golpe en ella los portentos del universo. No se arrodilla ante el Parnaso sino el hombre delicado cuyo numen le tiene despierto de continuo, maravillándole con las obras del Omnipotente, apasionándole a las gracias de la naturaleza.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVII
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVI|Capítulo XVI]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVII|Capítulo XVII]] - Donde se ve si don Quijote era más discreto que un obispo, hasta cuando llegaba el instante de ser loco
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVIII|Capítulo XVIII]]}}
{{t3|Capítulo XVII}}
Ya de miedo del uno, ya por respeto al otro, el viejo se excusó como pudo y se ratificó en la promesa de no llevar adelante una obra que en ninguna manera había juzgado digna de vituperio.
-¿Y cómo no? -dijo el obispo-; si no teníais necesidad imprescindible, no era nada católico destruir así, por puro gusto, un efecto tan hermoso de la virtud de nuestra madre tierra.
-Tengo para mí -dijo a su vez don Quijote- que los gentiles eran en muchas ocasiones más piadosos que nosotros: esa veneración por los bosques sagrados, manifiesta un mundo de religiosidad en su alma. El bosque de Delfos, la selva de Dodona, eran templos para ellos.
-No alegue vuesa merced la autoridad de los gentiles -volvió a decir el obispo-; los patriarcas de la ley antigua rendían honores casi divinos a los árboles. Abraham plantó un ciprés, un cedro y un pino, los cuales por obra del cielo se incorporaron en uno solo; de suerte que ese árbol fue mirado como un prodigio y cosa verdaderamente destinada para la Divinidad; y así, se le cortó para el templo de Salomón. ¿Y qué dice vuesa merced de la famosa encina a cuya sombra ese mismo patriarca de quien acabo de hacer mención armó sus tiendas de campaña? El pueblo se inclinaba ante ella, y hacía romería a los llanos de Mambrea por ver ese testigo de tan grandes cosas.
-Yo he leído -respondió don Quijote- que los japoneses, con ser bárbaros, respetan a los árboles tanto como a sus dioses. Plántanlos en dondequiera, y asombran con ellos los caminos; de modo que es un placer andar por esas vías frescas y verdes, en medio del sol abrasador de esas regiones.
-En algunos pueblos -dijo el obispo- se castiga con rigor a los que destruyen ciertas aves, como en Inglaterra, donde nadie puede matar águila, grulla ni cuervo. ¿Qué maravilla si los japoneses castigan al matador de un árbol?
-Si no es permitido matar cuervos en Inglaterra -contestó don Quijote fervorizándose- no es por respeto a este animal, sino por no herir en uno de ellos al rey Artús, quien anda encantado por su hermana la fada Morgaina, y con el transcurso del tiempo ha de volver a su forma genuina y a reinar sobre los ingleses; pues no fue el ánimo de aquella mágica, cuando le encantó, aniquilar a tan gran príncipe y valeroso caballero, sino librarle acaso de un peligro y hacer que los días corriesen por sobre él hasta cuando conviniera reponerlo en su propio ser y persona. Vuestra señoría sabe que esto se hace sin inconveniente, por cuanto nada puede el tiempo sobre los encantados: mil años transcurren, y no por esto salen con una cana o una arruga más de cuando obró en ellos el encanto.
-El rey Artús -dijo Su Ilustrísima-, ¿no es el que instituyó la tan célebre orden de los caballeros de la Tabla Redonda?
-No es otro, señor obispo. La famosa Tabla Redonda, a la cual no podían pertenecer sino los caballeros probados que habían muerto quinientos y aún más enemigos y cortado la cabeza a tres o cuatro gigantes. Esto tiene de particular esa orden, que el caballero que sucede al que acaba de morir ha de ser más valiente que él: de modo que el valor va siempre a más en esa gloriosa cofradía. Lanzarote y Tristán de Leonís, Galerzo y el nunca bien celebrado Galbán fueron más acometedores, mal sufridos, terribles e indomables que los que les habían dejado el lugar, y aun estoy por decir más corteses y enamorados.
-En lo de enamorados -replicó el obispo- tengo entendido que así Lanzarote como el señor Leonís se propasaron, el uno apasionándose a la mujer de su rey y compañero, el otro perdiendo el juicio de puro amor. Si ya no atribuimos estas irregularidades a las mañas y los artificios de esas pizperetas de la reina Yseo y Ginebra, y les echamos toda la culpa.
-Ginebra y la reina Yseo, señor ilustrísimo, fueron unas muy altas y aguisadas señoras que no usaron ni podían usar de superchería ninguna, filtro, poción amatoria ni amuleto para hacerse querer de esos aventureros; y así sufriré se hable mal de ellas, como que se me eche un gato a las barbas. Vuestra señoría ilustrísima rectifique los términos en que acaba de hacer mención de esas princesas, y sufrague por la paz, o por Dios Todopoderoso que habremos dado al traste con ella.
-No lo permita el cielo -respondió el obispo-: si no es más que eso, pongamos hermosas en lugar de pizpiretas, y el Señor sea con nosotros. Yo pensaba solamente que no era muy de caballeros andarse en dares y tomares con la esposa del amigo que está haciendo por la fama en la guerra o las aventuras.
-Guárdeme Dios -replicó el hidalgo- de aprobar ese desvío de Lanzarote: señoras de rumbo no le hubieran faltado: busque su dama entre las que no tenían deberes para con otros, y San Pedro se la bendiga. Pero vuestra señoría sabe que el amor es ciego, y sobre esto, malicioso. Ginebra fue mujer, reina además, y yo, como caballero andante, obligado estoy a volver por ella sin más averiguación. Respecto de Tristán de Leonís, no solamente le disculpo, mas aún le apruebo y aplaudo. Hizo bien de volverse loco. Yo mismo tengo determinado perder el juicio en obsequio de mi dama, y darle así una prueba de la pasión que no le cede un punto a la del dicho Leonís. ¿Qué piensa vuestra señoría que yo admiro más en don Roldán?, ¿la intrepidez en la batalla?, ¿la serenidad en el peligro?, ¿la fuerza y destreza en el manejo de las armas?, ¿su virtud de no poder ser herido sino por el talón? Si piensa que es algo de esto, se engaña vuestra señoría. Es el haberse vuelto loco de amor, con aquella locura admirable de arrancar encinas, desportillar los cauces de los ríos, quebrantar peñascos, y otras cosas no menos grandes que singulares.
-Téngome por hombre de ruin memoria -tornó a decir el obispo- si vuesa merced no dio ya a mi señora Dulcinea la más relevante prueba de locura amorosa que enamorado loco puede dar, cuando hizo por ella en Sierra Morena, de medio arriba vestido y de medio abajo desnudo, las zapatetas y cabriolas que recomienda Cide Hamete.
-Esas cabriolas y zapatetas -replicó don Quijote- no fueron sino un ensayo, o más bien el preludio de las grandes y memorables locuras que pienso hacer en honra y beneficio de la sin par Dulcinea; no locuras que duren la bagatela de tres días, como en Sierra Morena, sino de marca mayor y a la larga, hasta cuando ella me mande sosegar y comparecer en su presencia.
-Convendría sí -dijo el obispo-, que el señor don Quijote abriese un tanto el ojo, no fuese que, mientras él estaba haciendo esas locuras en un apartado monte, la otra estuviera imitando a la reina Ginebra.
-Para eso -respondió don Quijote- fuese menester que antes me convirtieran en cuervo.
-¡Albricias, que ya podan! -salió diciendo Sancho Panza-. Primero me han de convertir a mí en cigüeña que a vuesa merced en cuervo. Bonito es mi señor don Quijote para ave inmunda: pues admiremos en él ese alto vuelo. Dueña que arriba hila, abajo se humilla, señor. Mire no se deje volver eso que dicen, y si no puede rehuir el encanto, hágase convertir en gallipavo; que de hora en hora Dios mejora, y del mal el menos, y el viejo que se cura, cien años dura. Ahora deseo yo saber si me será lícito matar cuervos en lo adelante, o me debo abstener de esta dis tracción, a causa del rey Artús.
-Si alguno matares -respondió don Quijote-, cometerás quizás un regicidio; y quién sabe si yo mismo podré librarte de la horca.
-¡Plaza, plaza, que el rey llega! -dijo Sancho-; la horca allá con los ladrones. Tan rey soy yo en mi casa como el otro en su palacio. Con el hombre de bien, nada tiene que hacer el verdugo, señor, jurado ha el baño de blanco no hacer negro.
-Yo te impongo silencio so pena de azotes -gritó don Quijote con muy regular enojo, porque Sancho, a puras necedades, había trabucado la conversación de Su Ilustrísima.
-¡Oiga! -dijo el obispo-, ¿éste es el renombrado Sancho Panza, escudero de vuesa merced? ¿Conque éste es el famoso Sancho Panza que gobernó la ínsula Barataria?
-Ese mismo -respondió Sancho-: ese famoso escudero a quien, por honrarle, mantearon los perailes de Segovia; ese famoso escudero a quien dieron de palos, o más bien, de estacas los yangüeses; ese famoso escudero que anda muerto de hambre por encrucijadas y malezas; ese famosísimo escudero que tiene que darse tres mil y trescientos azotes por desencantar a una cierta señora Pirinea....
Suspenso estaba don Quijote oyendo las ironías de Sancho, y después de un instante de sorpresa, dijo:
-El que siempre anda poniendo por delante la parte mala de la vida y ocultando la buena, mucho se parece al ingrato, amigo Panza. Bienes y males, venturas y desventuras, placeres y sinsabores, de todo se compone el mundo; y lo puesto en razón es no lamentarse uno demasiado de la adversa, ni engreírse con exceso de la buena fortuna. ¿Hambre tienes en los castillos donde soy recibido? ¿Te mantean las princesas mis amigas? ¿Te dan de palos las reinas y señoras que se valen de mi espada para sus desagravios? Acuérdaste de los trabajos, pero de buena gana olvidas los triunfos que vienes alcanzando en junta mía. ¿Hasme oído una queja?, ¿has visto una lágrima en mis ojos en cuanto ha que me conoces?
-En Dios y en conciencia no lo pudiera yo afirmar -respondió Sancho-, salvo esas como garbanzos que dijo vuesa merced le manaban cuando el frailecito que nos vino con las pajarotas del puente de Mantible. Quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda; si en lo sucesivo me coge un ¡ay!, diga vuesa merced que no soy bueno para la caballería. La sangre se hereda y el vicio se pega: en mi abolengo debió de haber algunos Panzas cojijosos, los cuales me han pasado sus lloriqueos con la sangre. Si los vicios se pegan, se han de pegar asimismo las virtudes; y si hay en mí alguna viscosidad, en Dios confío que se me han de pegar las de mi señor don Quijote.
-Eso no será tan fácil, Sancho amigo -dijo el prelado-; los vicios suelen ser húmedos, pegadizos; las virtudes son secas por la mayor parte, y no tienen la fuerza de propagarse entre los hombres. Hay con todo en el corazón bien formado una pinguosidad fecunda que hace fructificar generosamente cuanta buena semilla se echa en él; y como el vuestro no es de los estériles, no será imposible os dejéis influir por las cualidades de vuestro amo y señor don Quijote.
Gustó por extremo la delicadeza del obispo así al amo como al criado; y el uno con sumisas demostraciones de respeto, el otro con señoriles ademanes, le ayudaron a subir al coche y se despidieron como entre buenos se acostumbra. No omitió don Quijote el ofrecer su espada a Su Ilustrísima, ni éste el corresponderle con algunas bendiciones cuando las mulas arrancaban.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVIII
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[[Especial:Errores_de_sintaxis/html5-misnesting]]
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVII|Capítulo XVII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVIII|Capítulo XVIII]] - De la grande aventura del globo encantado en que venía la mágica Zirfea
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIX|Capítulo XIX]]}}
{{t3|Capítulo XVIII}}
Siguió su camino don Quijote, y ahora fue él quien habló primero diciendo:
-Tienes del sexo frágil, Sancho, que no pierdes ocasión de soltar el trapo: ¿por qué metes tu cuchara en conferencias a que yo vengo con obispos y arzobispos? Donde habla el amo, calla el criado, Sancho incorregible; o por mejor decir donde el gallo canta... Ya me entiendes.
-Si el escudero ha de ser mudo -respondió Sancho-, ¿por qué en el acto de armarse los caballeros no le cortan o le pican la lengua? Así vuesas mercedes no se anduvieran dando de las astas con sus criados sobre si dicen esto y dicen lo otro.
-Ya te veo, besugo -replicó don Quijote-: si te cosieran los labios, hablaras por los ojos. Pues no se dirá que don Quijote de la Mancha dejó morir a su escudero por falta de paciencia para oírle.
-Lo que dirían sería que lo asesinó -repuso Sancho-: atar a uno atajándole el resuello, hendiéndole la mollera, o privándole del uso de la palabra, todo va a dar allá. Ahora digo a vuesa merced en verdad que desde chiquito he hablado, y que habrán de quitarme la vida para imponerme un silencio absoluto.
-Sancho dichoso -dijo don Quijote-, para ti el hablar es tan necesario como el respirar: ¡si te conozco!: permanecieras dos días en ayunas; una hora en silencio, no. Habla cuanto se te antoje, pero ten cuidado de tomarle el pulso a mi humor, que no siempre le podrás hallar como hoy, dispuesto a llevarte el genio.
Hubiera seguido adelante don Quijote sus razones; pero una aventura que prometía ser de mucho tomo le incitaba a un mismo tiempo por otro lado, y así se apercibió para ella, resuelto a acometerla con mano armada.
-En ese globo que llega rozando el suelo viene una encantadora, Sancho -dijo-: de este modo viaja Urganda la desconocida; de este modo corre el mundo la mágica Zirfea.
-Téngase vuesa merced y mire lo que hace -respondió Sancho-, que todavía me está cimbreando el cuerpo de los palos de ahora ha poco.
-Mucho miedo y poca vergüenza -dijo don Quijote-. Encantador o encantadora, brujo o bruja, incubo o súcubo, aquí he de ver lo que me quiere; y aunque sea el diablo en persona, se ha de volver rabo entre piernas.
Era el caso que por el camino adelante venía una recua de mulas envuelta en una manga de polvo, trayendo al cuello la capitana un esquilón que resonaba en la obscuridad.
-¿Quién viene aquí? -preguntó don Quijote en voz arrogante-: ¿es gente de la común y pasadera, o de aquella cuya corrección y castigo incumbe a los caballeros andantes?
-Dinero del rey -contestó uno de los guardas que allí venían-. Hágase a un lado, hermano, y deje pasar la recua.
-¿De dónde traéis ese dinero? ¿Adónde lo lleváis, cuánto es y a qué se lo destina?
-Remesa de Indias -volvió a contestar el guarda- llegada a Sevilla por la última flota. Nos lo han entregado a bulto, las talegas vienen selladas, y no sabemos cuánto sea. En orden al uso que Su Majestad dé a esta bicoca, lo sabe el diablo.
-Hablad del rey con humildad y respeto en presencia de un caballero andante -dijo don Quijote-, u os hago ver en este punto quién es don Quijote de la Mancha.
-Ahora viene este vestiglo -tornó a decir el guarda- a levantarme la especie de que murmuro de Su Majestad, y aún se propone castigarme de mano poderosa. Váyase el espantajo noramala, antes que yo pase con mis mulas sobre él y le deje proveído para cuatro meses de cama.
-¡Para doce os proveeré yo, bellaco! -gritó don Quijote, y arremetió de manera que si el agredido no se hace a un lado muy a prisa y hurta el cuerpo, su grosería le diera mucho de que se arrepintiese. Errado el golpe, quiso don Quijote venir a tierra por el arzón delantero de la silla, y en cuerpo indefenso le dio el guarda media docena de palos tales, que los yangüeses no se alabaran de habérselos dado mejores. Dejole por no matarle, muy asido el pobre caballero con la cerviz de Rocinante, mientras Sancho llevaba de otras manos, y no menos hábiles para esas gracias. Siguieron los arrieros su camino, sin dárseles una chita de la mala obra que acababan de hacer: si del todo morían aquellos desventurados, ¿qué había sino decir que les quitaron la vida en defensa de las acémilas del rey? Don Quijote se enderezó como pudo sobre su caballo, y dijo en voz quebrantada y dolorida:
-Tenga yo aquí el bálsamo que tú sabes, y estos huesos rompidos, Sancho, y estas heridas de que estoy acribillado no me dieran afincamiento. Dígote que de hoy para adelante, primero nos ha de faltar el pan en las alforjas que el bálsamo de Fierabrás. Con sólo haber hecho mención de él, me siento mejor; y si alcanzara a olfatearlo, siquiera a frasco cerrado, yo me diera por, sano.
-Repita vuesa merced esa palabra, y aquí echo el alma por la boca -respondió Sancho.
-Será porque tú no has llevado lo que yo -volvió a decir el caballero-: en sintiéndote molido, harto desearas el específico que ahora finges aborrecer.
-¿Qué ha llevado vuesa merced? -preguntó Sancho-; o yo se poco, o los míos fueron palos.
-A mí me tocó una cosa parecida -respondió don Quijote-. El mal estuvo en que a los primeros me invalidaron el brazo de la espada; de otro modo yo les diera a entender a esos malandrines quién es este a quien el mundo llama don Quijote. Ahora vengo a discurrir, hermano Sancho, que el héroe de esta hazaña, que para nosotros ha sido una desgracia, es Fristón. Entre ese encantador y yo hubo siempre alongamiento de voluntad; mas ya providenciaremos lo necesario, y él verá si se le vuelve la albarda a la barriga. Vente conmigo, Sancho, y por la fe de caballero juro que antes de un día habré reparado con una hazaña de las mías el mal que nos ha cabido en esta aventura.
Se arrellanó Sancho en su rucio, y cuando iban caminando dijo:
-¿Vuesa merced es perito en esto que llaman pecados, señor don Quijote?
-¿En el cometerlos? -respondió el caballero-, pecador soy yo a Dios; ¿a qué viene esa pregunta, Sancho indiscreto?
-Digo, señor, si vuesa merced sabe a ciencia cierta cuáles acciones tienen ese nombre, y cuándo incurre uno en ellos, y esto para que yo salga de un esprucu que me está carcomiendo las entrañas del alma.
-Apuesto cualquier cosa -replicó don Quijote a que quisiste decir escrúpulo. En este caso, puedes acallar la conciencia, cierto de que yo te lo quito de las entrañas del alma, y aun de más adentro, si la tuya se compone de muchos departamentos. Mas si ese esprucu es algún insecto, áspid, culebra u otro ente maléfico que se te ha adherido al alma, no me será dable sacarte de tu cuita.
-¿No llaman esprucu -volvió Sancho a decir- esa incomodidad del espíritu que uno experimenta cuando no acierta a saber si ha obrado bien o mal?
-Eso es escrúpulo -respondió don Quijote-; y pues tan bien lo explicas, di luego el que ahora te roe el pecho.
-Es el caso, señor, que cuando vuesa merced arremetió con el guarda, yo le tuve por muerto a esa buena pieza y pensé que el propio camino llevarían los demás; y así, juzgando lícito hacer mío el botín de guerra, resolví apoderarme del dinero de Su Majestad. ¿Es o no esto un principio de robo?
-Cuando pensabas tomar el dinero del rey -contestó don Quijote, ¿era como quien iba a robar o como quien resolvía apropiarse de una cosa ganada en buena guerra?
-Vuesa merced -replicó Sancho- tenga presente que yo jamás hago nada como quien roba: si acometo a las acémilas, hubiera sido a lo cristiano, sin mala intención ni daño de tercero.
-Todavía es verdad que no obraste como bueno -dijo don Quijote-: acudir al botín es cosa posterior y secundaria; y tú principias por echarte sobre él, dejando en pie al enemigo. Viste, por otra parte, que la batalla no se hizo sobre aquella remesa de Indias, la que, siendo del rey, era dos veces sagrada, sino ¡sobre si el bellacón del guarda se había de ir o no sin su merecido! Mas te arrepientes de tu mal pensamiento, y yo te doy por absuelto de la pena. Pon en la memoria, Sancho, que el fin de las venturas no es el hacernos de riquezas: podemos ganar un reino matando a su dueño en la batalla; pero no es del caballero andante pelear sobre simples bienes de fortuna. Más noble es mi profesión, buen Sancho, y más generosos y respetables estos que nos llamamos andantes. A esta ley te has de atener en lo sucesivo, sin que te sea prohibido hacer tuyos los despojos de los soberbios a quienes yo fuere derribando: regla que puedes poner en planta ahora mismo con esos que allí vienen.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIX
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XVIII|Capítulo XVIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIX|Capítulo XIX]] - Donde se da cuenta de cosas que sólo para Sancho Panza concluyeron como aventura
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XX|Capítulo XX]]}}
{{t3|Capítulo XIX}}
-Suponga vuesa merced -dijo Sancho- que no son sino unos buenos religiosos de San Francisco, y dígame por dónde les embiste que no quede excomulgado. O tengo pataratas en los ojos, o los gigantes que aquí llegan no son sino los frailecitos que he dicho.
-Pataratas tienes en el alma y la lengua -respondió don Quijote-; y pluguiese al cielo que tuvieras cataratas en los ojos, para que no vieses las cosas al revés. Lo que es ahora estás en lo justo, Sancho; pues o sé poco de frailes, o éstos son en efecto unos de San Francisco. Quiso la suerte de los viandantes que el caballero los tomase por lo que eran en verdad, y éstos no corrieron la de los monjes benitos con quienes nuestro hidalgo hizo lo que cuentan las historias. Eran los que venían tres sacerdotes de reposado y grave aspecto, uno de los cuales traía por delante una barriga veneranda asentada en el arzón, al abrigo de un sombrero bajo cuya ala pudiera sestear holgadamente el mejor rebaño de la Mesta. La cara abultada y sanguínea, los ojos comidos, las cejas blancas, los labios morados, el cuello corto, los hombros anchos, las piernas diminutas.
-Si vuesas paternidades no lo hubieran a enojo -dijo don Quijote después de saludarles- deseara yo saber ¿adónde van y cuál es la causa de haber dejado las ollas de Egipto por el polvo de estos campos?
-Soy el guardián de mi convento, señor -respondió el monje de ceja blanca-. Con motivo del capítulo, el nuevo provincial ha otorgado una semana de huelga, y voy con parte de la comunidad a una de nuestras posesiones, donde tomen descanso y se esparzan mis coristas y novicios. Media legua adelante los encontrará vuesa merced: háganos el favor de decirles que no se atrasen más de lo razonable. Heme separado de éllos por no estorbarles el buen humor y no poner mi autoridad a riesgo de menoscabo.
Y picando su mula, pasó el fraile junto con sus compañeros. Don Quijote y Sancho, por su parte, siguieron su camino, y a poco de haber andado en silencio dijo aquél:
-Maravillado estoy, Sancho, de que por la primera vez en la vida no hubieses metido el pico en una de mis conversaciones. Esto me induce a pensar que mis consejos te van aprovechando. Si llegas a perfeccionarte en la ciencia de la discreción, le he de dorar los cuernos al diablo.
-Yo esperaba, señor don Quijote -respondió Sancho-, que vuesa merced hiciera voto de dorarme los míos.
-El oro puro no se dora -replicó don Quijote-: si los tienes, ellos son de buenos quilates, y así no han menester barniz, funda ni vaina, y te cumple traerlos altos y descubiertos. Y no me digas otra cosa, que aquí vienen nuestros religiosos.
-Ténganse vuesas paternidades -dijo como llegaban los frailes-: estoy enterado de quiénes son, de dónde vienen y a lo que van; fáltame saber las circunstancias concernientes a vuestras reverencias; y así les ruego y encarezco satisfagan mi deseo, si es que no llevan prisa o no juzgan impertinente esta curiosidad mía, la cual puede muy bien estar fundada en cosa que mira a mi profesión.
Habíase detenido la cabalgata, y los buenos de los religiosos se estaban ahí admirando de esa figura no menos que de esas palabras.
-Vuesa merced especifique y puntualice, señor caballero -respondió el más listo-, el objeto de su curiosidad, y prometo satisfacerle hasta donde alcancen mis conocimientos.
-¿Cuáles de vuesas paternidades son de misa, cuáles de coro?
-De misa, señor, venimos hasta diez en este pelotón de la comunidad. Aquí tiene vuesa merced a fray Emerencio Caspicada, este religioso cuyos pies van a toca no toca, con ser su caballo tan grande como él mismo. Puesto al lado de la Giralda, no se sabe cuál es la torre y cuál el padre. Para la misa del gallo, señor, es el sacerdote que se conoce: se lo embaúla con plumas y todo, y la cresta la ofrece por el bien de sus antepasados.
Intentó fray Emerencio echar a malas el asunto; pero ni don Quijote ni su interlocutor hicieron caso de él, y la información continuó de esta manera:
-Este que vuesa merced ve a la derecha es el padre Frollo: hace dos meses le tenemos diciendo misa en seco, y transcurrirán ocho sin que la diga en mojado. Cuando ha de trasegar el vino al cáliz, se lo bebe en las vinajeras a pico de jarro: tal es su habilidad para la clerecía.
-¿Esas trocatintas las comete de ignorante o de distraído? -preguntó don Quijote.
-¿Ignorante, señor? Hombre es que con cuatro días de anticipación sabe cuando ha de caer domingo, y pocas veces yerra. Ahora conozca vuesa merced a fray Damián Arébalo, este frailecito de ojos tanto cuanto desviados: la lumbrera del convento, filósofo, humanista, crítico sin par. Corrige las pes y las tes mal hechas, con erudición y desenfado.
-Envidia, envidia, señor, es la envidia que me tienen -dijo el padre Arébalo sacando la cabeza-. No niego que haya censurado yo a cierto escritorzuelo, pero ha sido según todas las reglas del arte. Si viera vuesa merced las tildes que les pone a las eñes ese tonto, se destornillara de risa. ¿Y qué piensa vuesa merced que son esos cientopiés que ve allí estampados? Pues sepa que son las emes del famoso literato, cuyas efes asimismo parecen bayonetas.
-Puedo yo desternillarme de risa a las extremadas sandeces de un majadero -respondió don Quijote-; pero no me destornillo en ningún caso, porque mis órganos vocales no se componen de tornillos. Cuando un necio se ríe con mucha fuerza parece que se le rompe la ternilla de la nariz, y por eso decimos figuradamente que se desternilla de risa. Desterníllese, fray Damián, o destorníllese si le gusta; vuesa paternidad siga adelante en la relación que está haciendo de sus buenas cualidades.
-Poeta además -siguió diciendo el cicerone de don Quijote, quien se llamaba padre Justo.
-¿De los de a caballo o los de a pie? -preguntó don Quijote.
-De los últimos, señor. Sube a pie al Parnaso: musa pedestris. Y no por ser poeta de infantería es de los malos; que muchas veces en sus alforjas llevan un mundo los pedestres. Vuesa merced sabe que don Cleofás halló un gran demonio corchado en un frasquito.
-Una arruga de la frente puede contener una epopeya -respondió don Quijote-. Prosiga vuesa reverenda, y deme, si es servido, una muestra de las poesías del hermano Damián.
-No hay cosa más fácil, señor caballero. Para encarecer la pesadumbre que le estaba aquejando una vez, dijo que era su pecho una
::«Densa selva de cruel dolor»
por donde se paseaba él mismo
::«Dando unas voces tristes y muy nocturnas».
-Y esas voces tan nocturnas -preguntó don Quijote- las echaba de día el padre Arébalo?
-Entre obscuro y claro, señor -respondió el fraile, y siguió diciendo-: Este que ve aquí vuesa merced con su cara de cordero pascual, es el padre Deidacio, llamado entre nosotros el invisible a causa de la maña y sutileza con que se cuela rendijas adentro, y escudriña los menores rincones de la celda abacial, y sale sin dejar ni clavo ni estaca en la pared de cuantas golosinas envían al padre sus hijas de confesión y las monjas.
-No lo tome vuesa merced en mala parte -dijo el padre Deidacio-; esas curiosidades y golosinas que vienen del monasterio son tan bien condimentadas y llenas de guarniciones que, temiendo por la salud de mis superiores, les quito de los ojos la tentación, no sea que cuando menos acordemos les dé un patatús y quede la orden en acefalía. Pero yo no pruebo nada de eso; nuestro padre San Francisco sabe si estoy diciendo la verdad: satisfecho con preservar de un cólico miserere o de otro accidente aún más ejecutivo al reverendo padre provincial, otrosí, al guardián, reservo para los sopistas las gollerías que dice el hermano Justo. Sopistas son, señor, si a dicha no lo sabe, los pobres que a horas de comer acuden a las puertas del convento.
-De esta manera -dijo don Quijote- el padre Deidacio es el ángel de la guarda de sus superiores.
-Y aun de las alacenas, los cajones, armarios y escaparates -respondió el padre Justo. Y señalando con el dedo a un fraile de cara de ave marítima que estaba ahí riéndose a boca cerrada, prosiguió:
-Éste no es otro que Pepe Castañas, conocido en el claustro y aun fuera de él con el dictado de el argonauta, porque se anda por los aires del convento a la calle y de la calle al convento, sin que haya pared que no salte, ni torre por donde no se descuelgue todas las noches de la semana.
-Ponderación viciosa -dijo el padre Castañas-: no es sino jueves y domingo, y eso por visitar a los enfermos.
-Ahora mire vuesa merced -siguió diciendo fray Justo- un religioso que tenemos en vía de canonización, a quien a buena cuenta llamamos desde ahora el santo. Hablo de este que parece traer cilicios hasta en la horcajadura, según su dolorida y callada continencia. Es el hermano Valentín, señor. No hay tradición de que la ronda le hubiese hallado fuera de su cama, con ser que él no la ocupa sino cuando está indispuesto. Tiene un santo de su propiedad que le suple las faltas, y tan bien lo sabe acomodar en su humilde lecho, que el celador sale diciendo: «De Valentín no hay que temer».
-Al que no está en la esencia de las cosas -dijo a su vez el padre Valentín- esto le pudiera sonar mal, señor caballero. La verdad del caso es que, atendiendo a mi quebrantada salud, mis superiores me han prohibido bajo santa obediencia hacer oración a deshora en el frío de la iglesia, según ha sido mi costumbre desde chiquito. Me valgo, pues, del inocente artificio de poner ese santo en mi triste lecho, como dice Justo, a fin de pasar yo la noche donde más conviene para la salvación de mi alma.
-Mía fe, hermano Valentín -respondió don Quijote-, de ese modo tiene vuesa reverencia ganado el reino de los cielos: temo solamente que en esos mundos no le halle la ronda en la cama, porque no ha de haber santo que le haga tercería, y será menester vaya a buscarlo...
-En los infiernos -dijo el padre Justo.
En esta sazón, algunos frailecitos de menor cuantía andaban dando sus capeos al asno de Sancho Panza, de modo que la dicha alimaña estaba frunciéndose de las orejas al rabo, haciendo unos como pucheritos para corcovear, o digamos que daba indicios de no sufrir con paciencia las flaquezas de sus prójimos. Sancho hizo desde luego algunas observaciones respetuosas acerca de lo peliagudo de esa broma; mas como viese que nada prestaba su buen término, se le fue la boca y dijo tres o cuatro desvergüenzas de a folio, y de las mismas echara una carretilla si el más tunante de los frailes no hubiera puesto punto a ellas. Y es el caso que llegándose al mal mirado escudero, le asió por el collar del sayo y le tiró a una parte con tal gana, que cuando el jinete quiso abrazarse con el pescuezo del asno, era ya hombre caído en tierra, y se andaba a gatas por entre los pies de su buen compañero y amigo. Esta fue señal de partida para lo religiosos, pues se dispararon a galope, despidiéndose al vuelo del caballero andante. Y eran cosas de ver, bien así la suspensión con que éste los miraba, como la cólera de Sancho cuando puesto ya en pie, se descosía en un maremágnum de bravatas e improperios.
-¿Cómo que han dado al través contigo, Sancho el grande? -dijo don Quijote.
-El grande, sí -respondió Sancho-, el grandísimo bellaco y el grandísimo tonto que se anda tras un amo que muestra holgarse de cuantas lesiones recibe por amor suyo. Hazme la barba, hacerte he el capote, señor: vuesa merced me ha dejado arrostrar solo a esa legión de pantasmas, sobre esto se pone a darme soga. El amigo que no presta y el cuchillo que no corta, que se pierda poco importa.
-Fantasmas Sancho, que no pantasmas -dijo don Quijote.
-Ahora me libre Dios del diablo -replicó el fiero Sancho-: éstos eran el día y la hora de enseñarme a decir fantasmas en lugar de pantasmas... Pues reniego del amigo que cubre con las alas y muerde con el pico, y manos besa el hombre que quisiera ver cortadas.
-¿Tan poco te importa, Sancho, que acaben con tu señor sus enemigos, y tan menguada idea tienes de él, que le comparas con el cuchillo que no corta? Ahora digo por mi parte, que le hago salvo y perdonado al que te quite la vida, y que ya te pueden comer lobos, sin que yo experimente maldita la pesadumbre. Ven acá, mezquino: ¿por qué no saltas sobre el rucio, vuelas tras los frailes, los alcanzas, y haces en ellos el debido escarmiento, primero que estarte ahí hartándome de desvergüenzas.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XX
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XIX|Capítulo XIX]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XX|Capítulo XX]] - Donde nuestro caballero se muestra muy juicioso, hasta cuando la aventura en que gana el cuerno encantado de Astolfo le hace mostrarse más loco que nunca
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXI|Capítulo XXI]]}}
{{t3|Capítulo XX}}
::«Libertad e soltura non es por oro comprado»,
dijo D. Quijote; y dando de espuelas a su caballo, salió del camino por ser de la caballería no seguirlo siempre, sino al contrario, ir por lugares sin senda, por despoblados, montes y valles obscuros, donde suelen toparse doncellas andantes, jayanes enanos, moros encantados y malandrines a quienes despanzurra en un santiamén.
-Esto de salir uno cuando le viene en voluntad, amigo Sancho; entrar cuando está cansado, ponerse de nuevo en movimiento, ir y venir sin dar cuenta de sus acciones a nadie, es gran cosa para el hombre que gusta de gobernarse a sí mismo. Pregúntame cuál es el mayor de los males, y me oirás responderte: el cautiverio. ¿Cuál el más infeliz de los nacidos? El esclavo, el preso. La flor del viento, la luz matinal tomada en la campiña, son manjares que el alma saborea con ahínco; y hasta la verdura de los prados, la obscuridad de lo montes lejanos contienen un delicioso alimento para el espíritu y el corazón del hombre que puede gozarlos segura y libremente. Estos bienes son de aquellos cuyo precio no conocemos sino cuando por desgracia los venimos a perder: si te supones metido en un calabozo, privado del sol y el aire, verás que el ir por estos campos, libre y sin cautela, caballero en tu jumento, es para ti la tierra prometida.
-Vuesa merced -respondió Sancho- no es tan libre como todo eso, ya que no puede usar del camino real ni dormir en poblado.
-Las leyes de mi profesión -replicó el caballero- no me prohíben los caminos, ni se las traspasa con dormir en poblado alguna vez. Puedo seguir el camino, pero conviene más a las armas ir fuera de él; puedo dormir bajo tejado, mas el cielo raso con su alta y anchurosa bóveda es el abrigo natural de los aventureros. Ahora dime, Sancho, ¿cómo vamos de municiones de boca? O yo se poco, a son más de las doce del día, según las advertencias del estómago.
-Yo le hice ya un presente al mío -respondió Sancho-, en tanto que vuesa merced hablaba con Su Ilustrísima. Las alforjas no están muy desmedradas; y a fe de escudero que yo las rellene en la primera coyuntura, porque soy o no soy mozo de buen recado.
-En esto de la bucólica -dijo don Quijote- tú llevas la batuta. Cambises te hubiera hecho proveedor de sus ejércitos, como a uno que de la arena saca pan. Eres más listo que Cardona, Sancho; en tratándose de comer, tú no te andas en repulgos, y todos tus males se remedian con un cuarto de gallina. ¡Dichoso aquel cuyos sinsabores se endulzan con una empanada, cuyas lágrimas se enjugan con una bota de vino!.
Apeáronse en esta sazón, y sentados debajo de unos árboles, amo y mozo comieron lo que Dios quiso, dándole gracias por su misericordia.
-Ten hambre, Sancho -dijo don Quijote-, y no codicies la mesa del rico, pues tan bien te sabrá la carne sin condimento como un faisán lampreado.
-No sé a lo que sabe el faisán -respondió Sancho-: deme vuesa merced una uña de vaca o una costilla de carnero bien tostada, ítem pan frito y cebollas en caldo picante, y le hago donación entre vivos de cuanto faisán y gallipavo crían las Indias.
-Con eso pruebas tu humildad -repuso don Quijote-. Has de saber que entre la modestia y el orgullo, entre la sabiduría y la ignorancia hay más relaciones que nadie se imagina. El filósofo se contenta con lo que da de sí la naturaleza, y no anda importunando a la fortuna sobre que no le hace nadar en lo superfluo; exactamente como el campesino que se mira satisfecho con algunas pobres raíces y los granos que produce su diminuta heredad.
-Y los santos -dijo Sancho- que lo pasan en ayunas, y si comen es un par de habas crudas o algunas hojas sin substancia.
-Así va el mundo -respondió don Quijote-: a la virtud acendrada casi siempre le cabe en suerte la miseria: los buenos lo suelen pasar mal. Pero el hombre superior se levanta en cierto modo sobre las exigencias de la materia y se ríe de la gula; lo cual no es pasarlo mal, si la temperancia es obra de virtud y no de necesidad. Si todos los que padecen escasez fueran superiores a los que rebosan en comodidades, la gran mayoría del género humano vendría a merecer la corona de Sócrates. Filósofos hay que lo son mientras no pueden otra cosa; pero si de repente les sonríe la fortuna, ya no piensan sino en holgarse. Come, Sancho, come lo que te ofrece Dios hoy día, que ya llegará tiempo en que presidas tus banquetes, si no de rey, por lo menos de grande de primera clase.
-¿Entonces no será preciso ser humilde, señor don Quijote, y me mantendré como un marqués?
-El decoro -respondió don Quijote- exige que cada cual acorte o alargue sus gastos según su calidad y puesto. La templanza es virtud muy avenidera con las riquezas: te es dado practicarla, sin que por esto se eche de ver mezquindad en tu servicio. Haz cuenta con la hacienda: si posees bienes de fortuna, un cierto rumbo gobernado por el buen juicio no te sentará mal; si eres corto de medios, ríndase tu orgullo a la humildad de tus haberes. Uno como resplandor ilumina también la pobreza, y es la decencia, el aseo, esa atildadura que tanto se hermana con la escasez como con la abundancia. El agua nada cuesta: mírate la cara en tus vasos, que este es el lujo del pobre. Si no te es dado sentarte a mesa cubierta con primoroso alemanisco que pregona el fausto de tu casa, procura que el barato lienzo esté resplandeciendo de limpio, sin mancha ni arruga; y si no tienes para darlo a lavar y aplanchar, lávalo y aplánchalo con tus manos. Hubo un antiguo que, por no valerse de nadie para nada, aprendió cuantos oficios se relacionaban con sus necesidades, y más aún por hacerlo todo con limpieza y esmero. Cocinaba sus alimentos, cosía sus vestidos, lavaba su ropa, siendo nada menos que miembro de una famosa escuela de filosofía: cocina, cose y lava, Sancho, primero que verte descuidado en tu persona y tus cosas. Llegando yo un día a casa de un amigo pobre, sucedió que no hubiese mantel en ella: ¿sabes cómo acudió la señora a reparar esa falta? Cubrió la mesa con hojas de verde, fresco plátano, y comimos cual pudieran las ninfas en sus grutas. Esta es la sabiduría de la pobreza. Personas aprensivas hay a quienes todo parece mal, y tan delicadas, que si las sábanas tienen costura, ya no duermen.
-A mala cama, colchón de vino -dijo Sancho-: si la mía tiene costuras, ¿qué habrá sino que yo me eche al coleto una buena porción de Rivadavia, y me deje caer a un lado o a otro?
-Ves aquí que te emborrachas como príncipe -respondió don Quijote-: sobre el Rivadavia empina el Alaejos, y duerme a tu sabor, Panza dichoso. No digo -prosiguió el caballero tomando el hilo de su discurso- que un grande para ser modesto haya de mantenerse como ruin: todas las cosas tienen modo: la sabiduría está en no salir de los términos de la moderación. ¿Qué dices de ese antiguo para cuya mesa se derribaban doce jabalíes diarios?
-Digo que ese tal hacía bien -respondió Sancho- y que tenía buen gusto. Yo derribara veinticuatro si fuera antiguo.
-Y no es todo -prosiguió don Quijote-: si cuando estaba puesta la mesa no sentía hambre el personaje, se derribaban otros doce y se preparaba otra comida para más tarde.
-En eso no convengo -dijo Sancho-: cuando está la comida, yo siempre tengo hambre, y antes muchas veces. Para mí serían un desperdicio los segundos doce jabalíes, si yo no los guardase para la cena.
-Tú eres, sin duda, más hacendoso -replicó don Quijote-; y aun los guardaras para otro día. Pero te sé decir que el guardar las sobras para mañana es de cutres y canallas: ¿faltan criados, conocidos en tu casa?, ¿no tienes pobres a la puerta? Si eres noble, haz por que tu modo de proceder no empañe el lustre de tu alcurnia: la liberalidad, en el pobre, es carta ejecutoria; en el rico viene a ser decoro, pundonor. Mira si tú debes guardar para mañana los doce jabalíes que te sobran.
-Afuera, caballeros que no respetan fueros -dijo Sancho-: póngame vuesa merced en la cumbre que me anda señalando, y vea si soy la honra de mi casa.
-Pláceme esta manifestación de los sentimientos de tu ánimo -repuso don Quijote-. Ahora ve esotro que no quiere vivir sino de sesos de avestruz; y como esta ave los tiene más escasos que animal en el mundo, preciso es se mate un gran número de ellas para cada plato.
-Pues yo le había de quitar esa maña -volvió Sancho a decir- con hartarle de avestruces un día, de modo que las asquee hasta el fin del mundo; y si no engulle cuanto le doy, menudito con él.
-Imposible -replicó don Quijote-; ese era un poderoso monarca, y cruel y sanguinario.
-Pues haga lo que quiera -tornó a decir el bueno de Sancho-: yo no me expongo porque él devore más o menos sesos. Tenga yo los míos en su lugar, y mátense cuantos jabalíes y avestruces hay en la Mancha.
-¡En la Mancha no hay más avestruz ni jabalí que tú, pazguato! -gritó enojándose don Quijote-. Alza estos manteles, y ponte a caballo. Según trasluzco, aventura tenemos.
Y era que había oído el son de un cuerno con que un pastor estaba llamando a sus puercos, y al punto le pasó por la cabeza que instrumento como ése no podía sino ser el cuerno de Astolfo. Habiéndole vencido él en singular batalla, cuando se le presentó con nombre de el caballero del Bosque, al vencedor le tocaba ese preciado despojo. Puesto a caballo, prestó el oído, y arrimando las piernas a Rocinante, se disparó por la campiña. El pobre ganadero se estaba por ahí embelesado en sus animalias, cuando vio asomarse aquel demonio que, tendida la lanza, le venía embistiendo desde lejos. Quisiera mirar por sí, mas ya era tarde, pues el diablo de Rocinante traía un galope tan estirado, que corría verdaderamente o poco menos. Si el porquerizo se encomienda a los pies, allí lo alcanzaba don Quijote: se quedó parado, acudió a la humildad, y tirándose de rodillas ofreció estar a lo que el caballero tuviese a bien mandarle.
-Venid acá -dijo don Quijote-, ¿cómo sucede que poseáis este cuerno y a qué título lo guardáis, sin inquirir por su legítimo dueño? Si no sois el ladrón Brunelo, sois el diablo, y en uno y otro caso, mi obligación sería pasaros con esta lanza, si no os mostraseis tan sumiso.
Y arrancando de la mano el cuerno al angustiado pastor, lo embocó al punto y dio en él un sonido ronco e intercadente que le dejó de todo en todo satisfecho. Sin decir ni hacer otra cosa, se volvió al encuentro de Sancho, quien con harta moderación y cautela no le había seguido sino a cierta distancia.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXI
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{{t3|Capítulo XXI}}
-No habré yo menester otra cosa -dijo don Quijote cuando se vio junto a su escudero- y estaré del todo satisfecho si llego a poseer, según es mi intención, la espada Durindana, con la cual divido en cuatro de un solo golpe al más duro jayán o al más valiente caballero.
-En cuatro podrá vuesa merced partir de tres golpes -respondió Sancho- con esa o con otra espada; mas no convengo en que un hombre caiga hecho añicos de un solo revés, o sea un tajo.
-De uno solo -replicó don Quijote.
-De uno solo se le echa a tierra en dos mitades -tornó a decir Sancho-, y eso cualquiera lo hace; pero en cuatro...
-¡En cuatro le parto, cautivo! -gritó don Quijote picado de la contradicción.
-De Dios le venga el remedio al que vuesa merced embista, señor; pero salvo el parecer de vuesa merced, se contentará con caer en dos pedazos.
-¡En ocho le parto, traidor!
-Pero será de cuatro o seis espadadas señor.
-¡De una sola, pícaro contumaz!
-A menos que no sean cañutillos de vidrio -dijo el escudero- no alcanzo cómo nadie pueda echar por tierra en veinticinco fragmentos dos o tres gigantes, por quebradizos que sean.
-Cañutillo de vidrio fue Alifanfarón de Trapobana -respondió don Quijote-; cañutillo de vidrio fue Pandofilando el de la fosca vista; cañutillos de vidrio fueron todos aquellos que, viéndolo tú, han caído partidos, no digo en cuatro, sino en ciento, y a quienes he mandado presentarse a mi señora Dulcinea del Toboso.
-Cañutillos de vidrio fueron los batanes -se puso a repetir Sancho-; cañutillos de vidrio los yangüeses; cañutillos de vidrio... -seguía ensartando el maligno Sancho con una entonación que le sonaba muy mal a don Quijote-. ¿De qué metal era esa espada que partía en cuatro de un solo golpe, señor? -preguntó por desviarle de la cólera.
-La virtud está no solamente en la espada -respondió don Quijote- sino también en el brazo que la menea. Si por la espada, ahí tienes la de Brabonel, señor de Rocaferro; ahí la de don Duardos, padre de Palmerín de Inglaterra; ahí la de Celidón de Iberia; ahí la de don Belianís de Grecia; ahí la famosa Balisarda de Reinaldos de Montalbán. Todas estas eran espadas encantadas que, al primer golpe, hacían del enemigo diez pedazos. Si por el brazo que la mueve, mira allí al caballero del Cisne, a don Amadís de Gaula, a Félix Marte de Hircania. Y Rugero ¿no hacía migas yelmos y corazas, hombres y caballos a cada golpe de los suyos? El Cid Rui Díaz, en la batalla de Alcocer, le dio tal espadada al moro que había herido al caballo de Alvar Fáñez, que cabeza, brazos y pecho vinieron a tierra, y quedaron jineteando las piernas, de la cintura para abajo.
::«Violo mío Cid Rui Díaz el castellano;
::Acostos' a' un alguacil que tenía buen caballo:
::Diol' tal espadada con el so diestro brazo,
::Cortol' por la cintura, el medio echó en el campo».
¿Pues qué hizo el caballero del Febo con el moro que guardaba el castillo donde estaba encantado su padre, sino partirle de un fendiente en dos mitades, y echar la una al un lado, la otra al otro?.
Viendo que la abundancia de don Quijote en esta materia no estaba cerca de agotarse, Sancho Panza quiso doblar esa hoja y preguntó:
-¿Y esa que acaba de ganar vuesa merced al porquerizo, qué arma es, señor, y qué se propone hacer de semejante pieza?
-Esta es una pieza curiosísima, amigo Sancho: con ella te metes de hoz y de coz en medio del más numeroso ejército, y si el brazo te falta, das con este cuerno un estallido que espanta y pone en fuga a tus contrarios, quienes, traspasados de terror, se despeñan por derrumbaderos y precipicios. Este es el cuerno con que Astolfo libró de las mujeres homicidas a Marfisa, Aquilante y Sansoneto, cuando la sanguinaria Orontea había resuelto la perdición de esos andantes. Ahora mismo puede llegar la ocasión de utilizar este buen cuerno, si es que me falta la espada en la aventura que se nos viene a las manos. ¿Ves esa fortaleza de acero que se levanta sobre esa colina? Dígote, Sancho, que es un palacio donde alguna mágica poderosa tiene encantados a algunos caballeros muy principales; o quién sabe si no es más bien morada de esas gigantas maliciosas que tienen por costumbre encerrar en una torre para muchos años a los caballeros que se rehúsan a quererlas, y los mantienen con pan y agua hasta cuando blandean y se entregan. Si después de haberlas vencido les otorgo la vida, allí mismo las pondré yo, y las haré encanecer en sus propios calabozos.
-¿Y eso será con el mismo fin con que ellas secuestran a los señores? -preguntó Sancho.
-Yo no he menester esos artificios -respondió don Quijote-; tú sabes si hay quien me quiera sin nada de eso. Por de pronto, veo allí a Gromadaza, esa giganta impía que está injuriando al cielo con los ojos llenos de cólera y venganza. El satisfacerla no mitiga su sed de sangre: cada veinticuatro horas hace sacar de sus mazmorras al rey Arbán de Norgales y al señor Angriote de Estrabaús, y en el patio de su castillo les da de azotes de modo que los deja por muertos. Yo haría con ella otro tanto, si al fin y al cabo no perteneciese al sexo femenino. Aprende, Sancho, a respetar a las mujeres, si son buenas; a perdonarlas, si son malas simplemente; pero también a castigarlas y refrenarlas, si son perversas y criminales.
-Y a quererlas si son bonitas -dijo Sancho.
-Eso corre de tu cuenta -respondió don Quijote, y se apercibió para la batalla que iba a tener con la giganta de la fortaleza, para poner en libertad a los caballeros que allí estaban encantados.
-¡Qué giganta ni qué caballeros -señor don Quijote!-: yo no veo sobre esa loma sino una parva y algunos caballos uncidos que van a trillar.
-Si supieras -dijo don Quijote- que la fada Morgaina tuvo encantado por doscientos años a Oger Danés, no anduvieras poniéndome dificultades. Y Urganda la Desconocida ¿no hizo lo propio con Esplandián, Florestán, Agrages y otros príncipes y señores, poniéndolos en la Ínsula Firme, sin que se le escapasen el maestro Elisabat, el enano Ardán ni el escudero Gandalín?
-Si las encantadoras encantan escuderos -dijo Sancho-, ¿pueden las enemigas de vuesa merced encantarme a mí?
-¡Y cómo si no lo pueden! -respondió don Quijote-. Pero no te dé cuidado, porque yo te he de desencantar y te he de sacar de nuevo a la luz del día, sin que te haya sobrevenido una arruga más de las que tuviste cuando te encantaron; aunque no podré oponerme a que te crezcan el pelo y las uñas.
-No se exponga vuesa merced -replicó Sancho- por impedir que me crezcan el pelo y las uñas; pero no consienta por ninguna calidad en que me conviertan en cuervo, como al rey Artús, porque puede tocarme una saeta, o por lo menos una posta. Mas dígame vuesa merced, ¿piensa de veras que son príncipes encantados esos caballos que estamos viendo en esa loma?
-La hechicera Malfado -respondió don Quijote- convertía en perros, puercos, asnos y otros animales a las personas que venían a pasar por las inmediaciones de su castillo. Por donde puede s ver si será imposible que otra de su propio linaje convierta en caballos a los caballeros que hubiesen concitado su ojeriza.
Vino a pasar en este punto un mancebo que se andaba por ahí a caza de codornices, al cual suplicó don Quijote en buenas razones que se le llegase un instante.
-Sea vuesa merced servido de sacar de un error a este mi escudero Sancho Panza -le dijo-: cree, sostiene y porfía que la giganta que está en esa floresta no es giganta, sino parva, y esos caballeros que están en su poder no son caballeros encantados, sino caballos.
El mancebo echó de ver al punto el pie de que cojeaba ese buen hombre, y respondió:
-¿El buen Sancho tiene la cabeza a las once, o se burla de propósito? Giganta es ésa como la madre que os parió, amigo Sancho Panza; y caballeros encantados esas bestias como el asno sobre el cual venís.
-¡Sea todo por amor de Dios! -dijo Sancho a su vez-: ahora veamos si vuesa merced conoce a esos caballeros, así como el señor don Quijote ha conocido a la giganta.
-Si yo no he podido conocer a esos señores -respondió don Quijote- debe de ser a causa de que no son de los principales; en siendo famosos, yo te los nombrara de uno en uno. Don Polidolfo de Croacia, don Astorildo de Caledonia, don Artidel de Mesopotamia, don Lucidán de Numidia, don Fénix de Corinto, don Deliarte del Valle Obscuro, Palmerín de Inglaterra, Palmerín de Oliva, dime cuáles quieres que sean; y si no te los doy con todas sus señas, tenme por mal conocedor de la gente de modo.
-Pues no son esos -dijo el mancebo-: yo, como vecino, los conozco, y sé decir a vuesa merced que la maga que los tiene encantados no los encantó de envidiosa, sino de buena y justiciera. Mire vuesa merced ese asno bayo, de cara bonachona, que parece estar meditando en su canonización: es un Tartufo llamado Pinipín de la Gerga, hombre que tiene de perverso cuanto quiere mostrar de santo, de aleve cuanto aparenta de leal. Su virtud es la hipocresía: so capa de religión está vendido a Satanás, so color de amistad mil traiciones se agitan en sus negras entrañas. Jura no haber hecho una cosa, y la ha hecho; jura no hacer otra, y la hace mañana.
-El peor de los hombres -dijo don Quijote- es el que siendo malo quiere pasar por bueno, siendo infame habla de virtud y pundonor. Malum est cadere a proposito; sed pejus est simulare propositum. ¿Vuesa merced ha sido estudiante?
-Lo soy actualmente, señor, y de teología; por donde vengo a recordar que esa sentencia es de nuestro padre San Agustín.
-Así debe de ser -dijo don Quijote-: hela hallado en mi memoria como cosa mostrenca o alhaja sin dueño; mas no por eso es verdad menos profunda y digna de hombre tan sabio como ese gran padre de la Iglesia. ¿En dónde estudia vuesa merced?
-En Oñate, señor.
-Bien se echa de ver -tornó a decir don Quijote- que vuesa merced tiene estudios. Continúe vuesa merced, y déme noticia, si es servido, de los otros encantados.
-Todos son de una misma calaña -respondió el estudiante-; ejusdem furfuris. La que los tiene encantados es una fada bienhechora llamada Felicia Propicia, amiga de los habitantes de esta comarca, por favorecer a los cuales ha recogido a sus enemigos y opresores y los ha puesto a buen recaudo. ¿Distingue vuesa merced ese rucio gordo, maduro, perezoso, de aspecto bonancible? Es un sabio historiador, señor caballero: se sabe la de su país como el Avemaría; pero no dice la verdad sino cuando ella conviene a su negocio; y como la verdad casi nunca les conviene a los bribones, sus obras históricas son una perpetua ocultación o desfiguración de los hechos y las causas que los han producido, mayormente cuando trata de sucesos casi contemporáneos.
-El que se dirige a las generaciones siguientes para engañarlas -respondió don Quijote- es mil veces más culpable que el que procura engañar a los vivos. Las razones que puede tener un hombre ruin para ocultar o pervertir los hechos, no existen para los siglos futuros. El historiador mentiroso es acreedor a la horca tanto como el monedero falso. La verdad es oro: pasar la mentira en relaciones escritas a los tiempos venideros, es falsificar la moneda sagrada que sirve para el cambio de ideas y la enseñanza de las gentes. ¿Qué es lo que le obliga a ese malandrín a disfrazar los acontecimientos?
-El vil interés, señor, unas veces; otras, el miedo. Reprendido una ocasión por un anciano de honradez acrisolada, respondió con gran cordura: «¿Y qué quiere vuesa merced? Si digo lo que todos sabemos, me matan esos pícaros».
-¿Y ese se llama historiador? -preguntó don Quijote-. No se tendrá sin duda por un Suetonio, ni por un austero Tácito.
-Él dice que se parece a Tito Livio -respondió el estudiante- en eso de acomodar los acontecimientos de modo que formen un grandioso cuadro poético, aun con cierto perjuicio de la exactitud histórica.
-Sin el fundamento de la verdad -repuso don Quijote- no hay obra maestra: la base de las grandes cosas es la moral: sin la verdad la moral no existe. Las inexactitudes de Livio no están sino en la forma, en esas oportunas y graciosas coincidencias con que el autor pergeña sus escenas trágicas; en lo tocante a la esencia misma de las cosas, Tito Livio es tan austero como Tácito. Sin este requisito no hubiera pasado a la posteridad. Tan noble, grande y respetable asunto es la historia, que Polibio, siendo hombre de mal vivir y muy desenfadado, no se atrevió a desfigurarla con supercherías, ni a envilecerla con la adulación; y ese sibarita, cuyas malas costumbres eran notorias, fue historiador casto, recto, y manifestó, como sacerdote del porvenir, inclinación violenta a la verdad y a la virtud. El historiador ha de tener muchas dotes y virtudes: sabiduría, rectitud, austeridad; discernimiento, criterio acendrado; osadía filosófica, olvido de sí mismo; valor a prueba de amenazas y peligros; sensatez, audacia, firmeza y disposición moral tan aventajada, que pase a caballo por delante las generaciones y los siglos, causando admiración y respeto.
-¡Cuán bello modo de decir, señor -dijo el estudiante-, esto de pasar el historiador a caballo por delante de las generaciones y los siglos!
-Quintiliano insinuó ya -respondió don Quijote- que la historia anda a caballo, aludiendo a la grandeza, elegancia y rapidez que caracteriza su estilo. Ahora quisiera yo saber el nombre del famoso historiador de quien vuesa merced me ha dado noticia, por si me ocurre la oportunidad de darle una lección:
-Es el gran Remingo Vulgo, señor caballero -dijo el estudiante-; y no vaya vuesa merced a confundirlo con Mingo Revulgo, que éste es un cancionero de marras.
-Yo sé quién es Mingo Revulgo -tornó a decir don Quijote-: conténtese vuesa merced con haberme hecho conocer a Remingo Vulgo y no se meta en biografías que no vienen al caso.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXII
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXI|Capítulo XXI]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXII|Capítulo XXII]] - Que da a conocer la casa adonde fue a parar don Quijote después de la aventura en que ganó el cuerno de Astolfo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIII|Capítulo XXIII]]}}
{{t3|Capítulo XXII}}
-Si la mágica Felicia Propicia hace la buena obra de tener secuestrados a esos malandrines -dijo don Quijote-, me guardaré muy bien de pelear con los turcos que defienden su castillo.
Y despidiéndose del joven cazador, picó su caballo y pasó adelante seguido de su escudero. No a mucho andar divisaron una casa entre jardines, arbustos y árboles corpulentos, en medio de un anchuroso valle. Una verde colina se levanta a un lado, y está hirviendo en lucios toros que suben y bajan rebramando lentamente; por otro se dilata una pradera, rompiéndola a lo largo un riachuelo cristalino en mil graciosas vueltas. A sus orillas crece la gayumba y esparce su olor por los contornos. Relincha el potro en la caballeriza, manoteando en las piedras con su herradura estrepitosa. Los perros ladran en el patio: las aves domésticas gritan en el huerto. El dueño de esta finca es un caballero principal llamado don Prudencio Santiváñez, hombre tan generoso como rico, tan excelente ciudadano como feliz padre de familia. Doña Engracia de Borja, su mujer, es por su parte la bendición de todos; en cuanto su propio bienestar y el que proporciona a los demás, provienen de las virtudes. La felicidad, para ser acendrada, pone por condición la virtud. Esas felicidades de la opulencia y el esplendor no son sino orgullo satisfecho, barniz reluciente debajo del cual gimen por ventura grandes llagas vivas. Casa donde habita la soberbia no tiene noticia del bien que trae consigo la serenidad de espíritu; y la donde se oculta el vicio, jamás saborea la dicha acendrada. Si el hombre justo y bueno es como un árbol a cuya sombra descansamos, la mujer virtuosa es fuente saludable, y los rasgos principales de su carácter son pudor, modestia, diligencia. Las hijas de esta madre serán a su vez felices, y la bendición de Dios se extenderá sobre ellas por largas generaciones. ¡Dichosa la familia que no tiene secretos! ¡Dichosa la que vive francamente a la faz de Dios y los hombres, sin temer el juicio del uno, ni correrse de las miradas de los otros! ¡Dichosa la pobreza misma, si no tiene de qué avergonzarse, y mil veces dichosa la riqueza, si enjuga las lágrimas de los que lloran y vive con Dios a un en medio de la opulencia!
Don Prudencio Santiváñez no tenía nada que pedir a la fortuna, pues en él estaban cumplidas las bendiciones del Señor: «Regocíjate, hijo del hombre, con la esposa que el cielo te depara: bebe agua de tu fuente, y el extranjero no perturbe el gozo de tu corazón: la castidad y terneza de la compañera de tu vida te fortifiquen siempre, y la aflicción no ponga los pies en los umbrales de tu casa».
Bienaventurados los temerosos de Dios en quienes se cumplen sus palabras; bienaventurados esos de quienes podemos decir: «Tu esposa es como una parra fecunda en el recinto de tu hogar: alrededor de tu mesa estarán tus descendientes como pimpollos de olivo: el Señor te bendiga para que contemples a los hijos de tus hijos y veas florecer la paz en tu morada».
La riqueza de ese buen cristiano consistía menos en fincas y dinero que en la admirable mujer que Dios le había dado, y en esos como pimpollos de olivo que se sentaban alrededor de su mesa, para hablar con la Escritura. Y tanto más dichoso, cuanto que ni en la edad florida había sucedido que la desconfianza le envenenase el corazón, ni que sus labios probasen la amargura. Decoro en el uno, honestidad en la otra, formaron siempre el armonioso concierto que fue la admiración de cuantos conocían esa familia afortunada. Sus ramas se dilatan al contorno, como los brazos de un árbol generador de un bosque. De todo hay en ella: muchachas de esas cuya sangre, fresca y pura, corre ardiendo por las venas en el fuego de los dieciocho y los veinte años; de esas que son deseo, esperanza, felicidad de los que tienen buena estrella; tormento, peligro, ruina de los que la tienen mala. Niñas de menos edad, que van bajando con un año, hasta concluir en una parvulita, desiguales como las cañas con que los pastores hacen sus zampoñas; adolescentes que se adelantan a la virilidad; mancebitos imberbes empeñados en pasar por hombres, y rapazuelos que producen el ruido del hogar, esa música de los niños que es el embeleso de sus padres y de los que, aun sin serlo, sienten por ellos una poética ternura. Los niños son en la tierra lo que las estrellas en el cielo, inocentes, puros, brillantes. Si así como distinguimos con la vista esos cuerpecillos luminosos que están estremeciéndose en el firmamento, oyéramos su voz, ¡cuán suaves, cuán delicados acentos fueran esos! ¿Lloran, ríen las estrellas en la bóveda celeste? Es la suya una melancólica alegría; pero cuando se las contempla despacio y con amor, parece que están saltando de placer en el regazo de su gran madre naturaleza. Así son los niños: si el hombre no pasara de cierto número de años, fuera quizás un ser tan puro y amable como el ángel. El vulgo piensa que el llanto de un niño ahuyenta al demonio: esta es una profunda malicia filosófica que atribuye a la infancia cierto poder de divinidad, el mismo que tiene aquel cuya mirada disipa las tinieblas. La casa donde no hay niños es triste, solitaria, casi lúgubre: si el crimen no habita en ella, desgracias y lágrimas no faltan. Un sabio dice que el hombre que se teme a sí mismo, o vive atormentado por las fantasmas de la imaginación, procure tener consigo un niño. ¿No es éste el ángel de la guarda? Nada puede en defensa nuestra un ente como ese tan ignorante desvalido; y con todo, en una vasta soledad, una densa obscuridad, yo no sintiera miedo teniendo un niño en mis rodillas.
Con los niños habita la inocencia en casa de don Prudencio Santiváñez, con los jóvenes el amor, y con los viejos la seriedad y el orden. Tras que la familia que mora bajo el mismo techo es numerosa, concurren los domingos los próximos parientes, esos medio hermanos llamados primos, que con frecuencia vienen a parar en hijos de la casa donde hay lindas muchachas; las primas, confidentes infalibles de las suyas, con las cuales así como llegan, se retiran a una ventana o un rincón y anudar el mil veces principiado y mil veces interrumpido cuchicheo. En la temporada del campo, la villeggiatura, como dicen en Italia, ve la familia redoblarse el número de sus miembros, en junta de los amigos íntimos se va a pasar en él algunos días En éstos se hallaba don Prudencio Santiváñez, y su casa llena de gente, entre la cual no pocos estudiantes y algunas señoritas, las inseparables de sus hijas, en quienes delira el buen señor. Corríanse novillos los días de fiesta en el patio del castillo: las noches eran, unas de música y baile, otras de juego, y otras, las de luna, de paseo nocturno y navegación por un hermoso lago que surcaban en botes al son de la vihuela. La devoción no podía ser descuidada donde la persona principal era una señora tan piadosa como doña Engracia; pero de ninguna manera obligatoria, porque eso más tenía de bueno la matrona que su tolerancia era tan cuerda como eficaz su ejemplo. No se vio jamás que de los hombres concurriesen al rosario sino los maduros, esos que, a fuerza de no poder otra cosa, dan en camanduleros; o si había algún inocentón barbudo, más rezado que enamorado. Los jóvenes serían tal vez creyentes allá para sí; mas no gustaban de manifestar su piedad con interminables padrenuestros, y eran completamente libres de concurrir o no al oratorio, sino los días de fiesta, en que don Prudencio los hubiera reducido al gremio de nuestra santa madre Iglesia con el azote si fuera necesario. Mas nunca sucedió que le pusiesen en este duro trance, porque muy de buena gana concurrían a misa los tunantes, y se la oían entera, aunque sesgueando la mirada a cada rato hacia las hermosas, con perjuicio de la salud eterna.
Doña Engracia y sus hijas eran madrinas infalibles de cuanto niño nacía por los alrededores; en vez de la iglesia del pueblo, gustaban más los campesinos de que sus retoños se bautizaran en el oratorio de los amos, quedando siempre el nombre del nuevo cristiano a la discreción de la comadre: el cual nombre no podía dejar de ser católico de todo en todo, si pendía del arbitrio de la señora doña Engracia, a quien sonaban muy mal los raros y extravagantes. Y con razón, porque esto de llamarse un hombre Eufemides o Teodolindo, es haber nacido para maldita de Dios la cosa buena. Dichoso el que se llama Pedro, mondo y lirondo, y no anda tras dos o tres nombres de sobrecarga, con los cuales desvalora y obscurece el del apóstol preferido del Señor. ¿Qué más quiere el que se llama Juan? Nombre corto, suave: con un ay está pronunciado, y no hiere los oídos ni llama la atención por lo sonoro y retumbante. El amigo y el discípulo más queridos de Jesús se llamaron Juan. Cuando oían salir de sus labios este dulce vocablo «Juan», cierto era para ellos que serían con él en el paraíso. Ha de creer que tiene buen juicio el que, en medio de este prurito general por ganar en importancia con la pluralidad de nombres, se ha quedado de Juan limpio, mientras sus conocidos, al cabo de treinta años, se han puesto nombrazos de una vara, sin que con esto les hubiese crecido la inteligencia ni la sabiduría. Los príncipes reales suelen tener cuatro y aun seis; huyendo de imitarles, contentémonos con uno los que no conocemos más trono que el de la virtud. Doña Engracia no consintió jamás en que niño se llamase Pompeyo, ni Flora, Damia o Laida criatura del sexo femenino. Todas las hijas de Eva habían de ser Manuelas, Mercedes, Carmen, y cuando más, consintió en que a una se pusiese el de Nieves, contemporizando con sus hijos, quienes se empeñaban en que se llamase Niobe. Entre los varones la mayor parte eran Diegos o Santiagos, por ser san Diego el patrono de España y de la señora; pero del oratorio salieron algunos Josés y no pocos Antonios, si bien un número considerable de villanitos iba a crecer el gremio de los Manueles y Marianos, y doña Engracia estaba satisfecha.
El autor de esta crónica ha pasado por un pueblo donde no había zote que no se llamase Jeremías, Ezequías o Temístocles, y vio un majagranzas barbiespeso a quien decían «don Demóstenes». ¿Tanto les cuesta a estos descomulgados hacerse bautizar de nuevo y llamarse Miguel, Rafael, Melchor, Gaspar o Baltasar, si son negros? En una casa gritaban: «¡Holofernes!» a un criado, y «Judit» a una niña hermosa. ¡Bendito sea Dios! Ya vendrán los padres de moda a poner los nombres de Herodes y Pilatos a sus hijos, y a las hembras los de Atalía y Mesalina, enemigas de Dios y de los hombres. Llámese una mujer mil veces Urraca, Guiomar o Berenguela, como en tiempo de Witiza, antes que Jezabel, Herodías ni Pintiquiniestra. ¿Hay nombre más apacible, melifluo, numeroso que Dolores? ¿Puede una linda muchacha llamarse mejor que Antonia? ¿Y no tiene más de medio mundo ganado la que se llama Rosa? Ahora no habrá quídam devoto que no bautice de Rideas y Medoras a sus hijas, como si entre las once mil vírgenes no hubiera Piedad, Rosario o Luisa a quienes se encomienden. Hermano lector, si Dios te diere más de una, llámalas Juana, Clara, Teresa. Si en todo caso quieres no ser vulgar, ve aquí estas suaves y dulces denominaciones: Luz, Delfina, Laura, cuando no llamares Elvira a la mejor, para tener un lucero en tu casa. Desde la hija del Cid, la que se llama Elvira ha de ser bella y de tierno corazón. Hasta música encierra este hermoso nombre: «Elvira». Si hay ángeles femeninos, se llaman Elvira, Lida, Estela.
Las hijas de doña Engracia tenían los más comunes, que justamente son los más cadenciosos y sonoros. Una era Isabel, otra Juana, ésta Ramona, ésa Adelaida; y por gran condescendencia, permitió una vez que la última tuviese el de Victoria, pero encerrándolo entre María y Purificación, a fin de cristianizarlo por todas partes. Uno de los varones acometió a ponerse Romeo sobre Carlos, con segunda intención el fementido: como hubiese por ahí una cierta Ana Julieta a quien se encomendaba, dijo para sí: «Llamándome yo Carlos Romeo, todo irá a pedir de boca». Esos enamorados tienen la letra menuda y son capaces de cogerle el pelo al huevo. ¿Que mucho que dé en el hito de llamarse Romeo el que ha llenado el ojo a una Julieta? Pero a éste se le fue el santo al cielo, pues cuando pensó haber dado en la mueca y haber hecho una cosa que su dama había de estimar sobre toda ponderación, consiguió a lo sumo que sus amigos le llamasen Carlos Borromeo; lo que le causó singular despecho, tanto más cuanto que, cuando quiso volver a llamarse Carlos a secas, ya no le fue posible.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIII
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Ignacio Rodríguez
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[[Especial:Errores_de_sintaxis/html5-misnesting]]
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXII|Capítulo XXII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIII|Capítulo XXIII]] - Donde se sigue a don Quijote hasta la casa que él tuvo por castillo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIV|Capítulo XXIV]]}}
{{t3|Capítulo XXIII}}
Quiso la suerte que hacia esta familia se dirigiese don Quijote, entre la cual no era probable se le hicieran burlas pesadas porque en su dueño concurrían la circunspección y la bondad cualidades necesarias de un carácter elevado. Sea majestuoso el hombre, que esto vale mucho, y no halle placer en cosas que dicen mal con las circunstancias que le vuelven distinguido. Gran señor que se une a sus criados para matraquear a un huésped, no corresponde a los favores de la fortuna, ni sabe guardar sus propios fueros. Algo hay de indecoroso y reprensible en ese empeño con que hacemos por divertirnos a costa de los dementes o los simples: calavera puede ser un mozalbete casquivano; chancero es cualquier truhán; pesados son los tontos: el hombre de representación y obligaciones, por fuerza he de ser filósofo, a lo menos en lo grave y circunspecto. Puede mostrarse alegre la virtud, mas huye de parecer ligera y socarrona: la sabiduría suele estar muy distante de la mofa, y es propio de ella el sonreír benignamente. Don Prudencio Santiváñez era un filósofo, bien así de natural como de educación: si calidad de padre le aconsejaba además ese porte elevado y señoril, tan conveniente para los que lo son de una numerosa familia. Sobre esto era de suyo hombre muy bueno, incapaz de hacer fisga de nadie, y tan compasivo, que no hubiera tocado con la desgracia sino para remediarla, si le fuera posible, o por lo menos aliviarla. Pero como la casa estuviese hirviendo en muchachones vivos y revolvedores, algo le había de suceder en ella a don Quijote, aunque no aventuras de las que suele pasar en los caminos. Si no se hacía más que llevarle el genio, era darle gusto el proporcionarle ocasiones a su profesión, y excitarle a que tratase de ella con la verbosidad pomposa con que solía dilatarse en esa gran materia.
-En este castillo nos alojaremos esta noche -dijo a su criado-: debe de ser su dueño gran señor que recibirá mucho contento de verme llegar a su casa. Ruégote, Sancho, que si hablas, sean discretas tus razones y te vayas a la mano en lo de los refranes, por que al primero de ellos no saques a relucir lo triste de tu condición y lo extremado de tu sandez. Quien bien quiere, bien obedece; y si bien me quieres, trátame como sueles. Sancho, Sancho, en la boca del discreto lo público es secreto; y no diga la lengua lo que pague la cabeza.
-Medrados estamos -respondió Sancho-: vuesa merced los echa a destajo, y los míos le escandalizan. Labrar y coser y hacer albardas, todo es dar puntadas, señor. Al cabo del año tiene el mozo las mañas del amo: vuesa merced me ha de pasar este mal de refranes, por poco que andemos juntos.
-Una golondrina no hace verano -replicó don Quijote-. Si a las veinte echo yo unillo es porque allí encaja; mientras que tú me hartas de ellos hasta en los días de ayuno.
-Pescador que pesca un pez, pescador es, señor don Quijote: si vuesa merced me echa una golondrina a cada triquete, yo le he de echar un rábano, y tómelo por las hojas.
-Tú me has de matar a fuego lento, hombre sin misericordia -repuso don Quijote-; y te hago saber que tus trocatintas me escuecen más de lo que piensas; trocatintas en las cuales la sandez y la malicia se disputan la palma. ¿Qué dices ahí de rábanos, menguado, ni qué tienen que ver las bragas con la alcabala de las habas? Te has puesto a partir peras conmigo, y Dios solamente sabe en qué abismo te han de precipitar tu familiaridad y petulancia. Si tienes algunos otros refranes amotinados en el garguero, vomítalos antes que lleguemos al castillo, porque delante de gente no me será posible tolerarlos.
-Boca con rodilla y punto a la taravilla -dijo Sancho-: por la cruz con que me santiguo, que no me oirá vuesa merced cosa que parezca refrán, adagio ni chascarrillo.
-La boca hace juego -respondió don Quijote-; mira no salgas refractario.
-Haré por cumplir mi palabra, señor. Mas dígame vuesa merced, ¿son tan malas mis razones, que así procura relegarlas a lo más obscuro de mis entrañas?
-Por buena que en sí misma sea una cosa, como la dices fuera de propósito, viene a ser mala: sin oportunidad no hay acierto; y para el que siempre va fuera de trastes, el silencio es gran negocio.
-Ahora bien -preguntó Sancho-, ¿es castillo verdaderamente ése adonde estamos yendo?.
Mucho más le gustaba a este excelente hombre llegar a casas grandes, donde comía a su gusto, dormía sin cuidado y no se le manteaba, que a ventas donde los mojicones nocturnos menudeaban más de lo que el había menester. Buen cristiano era; mas que le persignasen con estacas, no tenía por sana doctrina. A las bodas de Camacho hubiera concurrido cada semana; de la mansión de don Diego de Miranda guardaba un dulce recuerdo; pero se dejara matar antes que volver a la venta de Juan Palomeque, ese demonio manteador para quien eran buena moneda las alforjas de los pasajeros, si éstos no le pagaban como príncipes su mala comida y peor cama. El chirriar de los capones en el asador, el bullicioso hervir de los guisados, el ruidecillo de las frutas de sartén eran música para su alma; y donde veía columnas de quesos, sartas de roscas, ollas a las que pudiera espumar dos o tres capones, allí era el paraíso de ese católico escudero.
-Si el dueño del castillo adonde vamos, tornó a decir, es otro duque, desde aquí le tengo por mi amo y señor. ¡Ahí es nada echarse uno al coleto un buen lastre! Pues digamos que me llevará el viento, si me apuntalo con dos frascos de tinto. Lo que no viene a la boda, no viene a toda hora, hermano Sancho -siguió diciendo dirigiéndose a sí mismo la palabra-; sepa vuesa merced, si no lo sabe, que la otra gran señora tuvo cartas con una cierta Teresa Panza, y que a voacé le tuvieron por allá en las palmas de las manos, y que de ese castillo no salió sino para la gobernación de una ínsula.
-Todo el mundo sabe que has sido gobernador de una ínsula -dijo don Quijote interrumpiéndole-; pues no lo repitas a trochemoche. La gracia estuviera en que después de haberlo sido, vinieses a ser digno de un condado, y siendo conde, aspirases a un reino y lo obtuvieses. Alega lo que eres, no lo que fuiste, acaso sin merecerlo; o no alegues nada, si deseas se te admire, cuando menos por la moderación y el silencio.
-¿Cómo es esto? -respondió Sancho-: si callo los honores que he alcanzado gracias a mi señor don Quijote, soy bellaco, ingrato, monstruo; si hago mención de ellos, no me escapo de ser vanaglorioso e impertinente. Vuesa merced hallaría de qué reprenderme aun cuando yo obrase como un santo, de qué corregirme aun cuando hablase como un catedrático. Sanan las cuchilladas, y no las malas palabras, señor; y si quieres matar al perro, di que está con mal de rabia.
-Tras que la novia era tuerta... -replicó don Quijote-: amontonas disparates y desvergüenzas y vienes a quejarte de agravios que no se te han irrogado. Por lo que tienen de graciosas tus últimas razones, te las perdono; mas en llegando que lleguemos al castillo, muertos son los refranes, ¿lo juras?
-Sean estos señores de los que comen de lo bueno -tornó Sancho a decir- y podré pasar hasta dos días ayuno de refranes.
-Tú llevas siempre la mira puesta en la bucólica: dígote ahora que estoy a punto de no entrar en este castillo y dirigirme a un yermo, donde no haya ni bellotas ni cabrahigos ni cosa con que cebes tu hambre diaria. En el mundo se ha de ver escudero tan amigo de su buen pasar: tú naciste para confesor de monjas antes que para escudero de caballero andante. Huélgate cuanto quieras, pero sabe que estoy en un tris de echar a noramala a un regalón como tú, que no quiere vivir sino de gullerías.
Entre estas y otras muchas razones que agregó Sancho, llegaron a la casa de campo, hacienda o castillo, en uno de cuyos corredores se estaba paseando el dueño de ella. Después de saludarse mutuamente de la manera más cortés, dijo don Prudencio:
-Mi esposa se tendrá por favorecida en que se le haga conocer de visu el caballero a quien todos conocemos de reputación. Apéese vuesa merced, y esta su alfana tendrá en mi caballeriza el puesto que le corresponde.
-No es alfana -respondió don Quijote-, sino corcel.
-Si vuesa merced no lo hubiera trocado con otro, este debe de ser el famoso Rocinante -dijo don Prudencio-; y éste Sancho Panza, el criado de vuesa merced -añadió mirando de propósito al escudero, quien, apeado a su vez, se estaba ahí espiando la ocasión de dar puntada en la plática.
-Humilde servidor de vuesa merced -respondió el dicho escudero- y de mi señora la castellana, a quien deseo los años de santa Isabel y más hijos que a nuestra madre Eva.
-El Señor os los dé -volvió a decir don Prudencio-: ¿en dónde acomodaría yo tanta descendencia, hermano, a menos que todo el mundo fuese mío?
-Lugar no faltaría -respondió de nuevo Sancho-: la tierra es grande y hasta los gusanitos tienen su manida, y los mosquitos del aire hallan una hoja donde albergarse; cuanto más que los estados de vuestra magnificencia deben de ser vastos; y como dicen, a más moros más ganancia; aunque dicen también: quien tiene hijos al lado no morirá ahitado, y los padres a yugadas y los hijos a pulgadas.
-Calla, Sancho, calla, demonio -dijo don Quijote-: no descubras tu fondo tan desde el principio. ¡Oh hilo de plata!, ¡oh hilo de oro!, mal invertidos en esta burda tela. ¿Te habré bordado de tres altos, Sancho, para que no pierdas ocasión de poner de manifiesto la bayeta negra de que eres hecho? Si empiezas con tus refranes, ¿en dónde quieres que te esconda, pues no he de ir a mostrarte a la señora de este castillo, la cual debe de ser de las principales y más bien criadas?
-Vuesa merced puede tranquilizarse a ese respecto -dijo don Prudencio-: a mi mujer le gustan de tal manera las ingeniosidades y los refranes de este buen escudero, que nunca ha sucedido que él llegase a fastidiarla en las mil veces que hemos vuelto a leer la historia del insigne don Quijote de la Mancha. Sea vuesa merced servido de venirse conmigo, para que yo le presente a mi familia, de la cual será parte principal mientras tenga a bien honrarnos con su presencia.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIV
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIII|Capítulo XXIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIV|Capítulo XXIV]] - Donde se dan a conocer algunas de las personas con quienes tenía que habérselas don Quijote en casa de don Prudencio Santiváñez
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXV|Capítulo XXV]]}}
{{t3|Capítulo XXIV}}
Entró don Quijote con reposo y majestad imperial, y hecha la ceremonia de la presentación, el dueño de casa le guió en persona a los aposentos que le destinaba.
-Aquí estará vuesa merced -le dijo-, si no del modo correspondiente a su calidad, por lo menos con la holgura y las ventajas que ofrece el campo. Tan luego como se hubiere aderezado, holgaremos de verle con nosotros, para que nos sentemos a la mesa.
Volvió a la sala el buen señor, y encareció con firmes razones que nadie hiciese burla de su huésped.
-La hospitalidad -dijo- es la cosa más delicada del mundo, así como la desgracia es la más respetable, y en el caso presente se reúnen las dos, siendo el que tenemos en casa un hombre de los que, aun cuando se juzgan felices, a los ojos de los cuerdos deben pasar por desdichados.
Todos prometieron respetarle, y acto continuo estaban violando la promesa los mozalbetes y las niñas con no dejar de reírse de la catadura y el pelaje del recienvenido.
-Tú me vas a dar que hacer -dijo don Prudencio a un joven de rostro festivísimo que estaba ahí con una socarronería de desesperar a un muerto-: cuidado, muchacho.
No lo era tanto, pues frisaba con los veinticinco años, y a justo título pertenecía al gremio de los calaveras. Pariente próximo de doña Engracia de Borja, los hijos de ésta no podían vivir sin él, y aunque no con sobrada inclinación al campo, se venía con ellos, puesto que a la temporada concurriesen las señoritas de su gusto, que lo eran todas. Llamábase don Alejo Mayorga. Con alguna vanidad de su parte, hubiera muy bien podido titularse conde de Archidona, siendo como era tradición de la familia que sus antecesores habían dejado prescribir su título, porque no lo tenían en mucho, o porque llamándose Mayorgas no habían menester otra cosa. Era don Alejo el segundo génito, y como suele suceder, el ídolo de su madre: el libertino se lleva siempre la palma. Cuando éstos son de buena raza, no hay uno que no sea simpático. Ejerce el calavera un prestigio misterioso en los que tratan con él, y tanto, que a pesar de sus horribles travesuras, será querido en su casa con preferencia a sus hermanos, por juiciosos que éstos sean. De vivo ingenio, decidor, cuando se conseguía cogerle, era don Alejo el alma de la tertulia. Y estudiante de todo el noble mancebo: cursó jurisprudencia en la Universidad de Salamanca; pero al cabo de dos años echó de ver que su inclinación no era ésa, y estuvo a punto de seguir la carrera teológica, por complacer a la señora su madre, quien le rallaba por que se ordenase. La consideración del matrimonio, su idea primordial, le desvió de los proyectos eclesiásticos, y se entró de rondón en la milicia, su verdadera vocación. Y por Dios que fue militar gentil y valeroso, sin dejar en ningún caso ni tiempo de ser enamorado. Desde los diecisiete había empezado a querer casarse, y cada año renovaba su pretensión, siempre con otra novia, para tormento de su madre. ¡Qué de inquietudes, angustias, lágrimas, no costaba a la pobre señora ese adorado torbellino! Liberal, manirroto, jamás tenía un duro sino para echarlo por la ventana. Si detestaba los estudios serios, leía con vehemencia cuanta obra fantástica podía haber a las manos, como son novelas y libros caballerescos. Instruidísimo en cosas de poca monta, ejercitaba con sobrado calor la contenciosa movilidad de su temperamento, sin que hubiese punto de filosofía, humanidades, derecho, historia, artes ni oficio en que no diese su parecer y se remitiese a cien mil autores que no había leído.
Su hermano, mayor, don Zoilo de Mayorga, es vaciado en otro molde: joven asaz inteligente, su mérito principal consiste en juzgarse el primer hombre del mundo y en un filosófico desdén por la persona que está sobresaliendo y gozando de buena fama. Tiesierguido, el alma encambronada, todo lo decide con la autoridad del estagirita, cuando no es sino un pirrónico en cuya vida está campeando el egoísmo. El egoísmo, negra ausencia de los afectos nobles, los movimientos generosos del ánimo, que son la verdadera filosofía de los hombres de natural bueno y elevado. Llevarle la contra a este sumo pontífice es ser un tonto; saber algo uno es excitar su envenenada crítica, porque el no reconoce superior en ninguna materia, bien que la triste medianía le ha destinado a la indiferencia de los demás. Árbitro de las cosas, no hay nudo que no corte con la espada de Alejandro. Su elocuencia se ceba en el descrédito de los demás, y nunca tiene él más talento que cuando está haciendo ver palmariamente la inferioridad de sus amigos: parécele que no puede ser persona de viso, si ellos no son insignificantes: de la pequeñez de los otros saca su grandeza; y en esto no va fuera de camino, pues cuando nuestros méritos no descansan en las virtudes, preciso es que nuestra importancia derive de los defectos ajenos. El magnífico don Zoilo no piensa, pero dice que todos los hombres de talento viven atormentados por la más vil de las pasiones: habla de la envidia; y siendo él un sabio de primera clase en la difamación al disimulo, la grandeza de su alma le tiene lejos de ese feo pecado. Envidia, ¡oh!, envidia, amor de Satanás, gloria del infierno, de allí sales al mundo en ráfagas pestilentes, y enfermas y emponzoñas al género humano. Fada malhechora, vuelves negro lo blanco: hiere en las virtudes tu varilla siniestra, y las conviertes en vicios; cae en tus manos la inocencia, y se vuelve malicia. Tu lengua vive nadando en un fluido corrosivo; es larga y puntiaguda. Pasa la honra y la picas; huye de ti la austeridad y la alcanzas. Ves sin ojos; oyes sin oídos, vuelas sin alas: acuciosa eres, aprensiva. Los merecimientos, los triunfos de los demás, son injurias para ti; las buenas obras, provocaciones horribles; pero si te conviene el disimulo, disimulas: una de tus diligencias suele ser la hipocresía. Don Zoilo de Mayorga es víctima de la envidia, si bien el mismo no sabe lo que nadie pueda envidiar en él, o sus hechos admirables se han perdido en la ingrata memoria de las gentes. Para dar la última pincelada al carácter de este magnate, diremos que él no hubiera visto con indiferencia el título de marqués de Huagrahuigsa, y allá para su capote lo era en efecto, y por tal se tenía, desdeñando airadamente a los que no sintiesen correr por sus venas sangre de Braganzas.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXV
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIV|Capítulo XXIV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXV|Capítulo XXV]] - De cómo entró en conversación nuestro caballero con los señores del castillo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVI|Capítulo XXVI]]}}
{{t3|Capítulo XXV}}
Desarmado el caballero, se presentó garbosamente en la sala, supliendo con el desparpajo lo que faltaba de adorno a su persona, e hizo de nuevo su mesura con la rodilla ante la señora, a la cual convino ofrecer la mano para pasar al comedor. Puestos a la mesa, dijo don Quijote:
-Perdonad por indiscreto, y decidme, señores, vuestros nombres si gustáis.
-El mío es don Prudencio Santiváñez, señor caballero; mi mujer se llama doña Engracia de Borja.
-Criada del señor don Quijote -añadió doña Engracia.
-¿Todos estos jóvenes de uno y otro sexo pertenecen a la familia de vuesa merced? La mesa de Príamo no fue más concurrida, ni más feliz la venerable Hécuba con sus cincuenta hijos.
-No todos lo son de mis entrañas -respondió la señora-; aunque sí mis parientes. Por el afecto, cuantos ve aquí vuesa merced son hijos míos.
-Cuando el amor y la concordia gobiernan a una familia -dijo don Quijote-, por el número de sus miembros se ha de medir su felicidad. Los antiguos patriarcas eran de suyo respetables, más por su numerosa descendencia, pues había casa de cien personas, o poco menos, como las de los jueces de Israel, Abdón, Jair.
-¿Cuál es el estilo, señor don Quijote -preguntó don Alejo-, entre los caballeros andantes respecto del tener hijos? ¿Tiénenlos en gran número, o hay tasa y medida para ellos?
-Nuestros estatutos y ordenanzas -respondió don Quijote- no hablan de propósito en esta materia; mas como lo que abunda no daña, soy del sentir que los andantes se perpetúen para gloria de su raza en el mayor número posible de descendientes, a imitación de Perión de Gaula, cepa y origen de los mejores caballeros del mundo. Aunque, la verdad sea dicha, no sabría yo en qué emplearlos si pasasen de cuatro los que Dios fuese servido de darme.
-¿En qué? -replicó don Alejo-: los armaba caballeros vuesa merced y los enviaba en todas direcciones a desfacer agravios, enderezar tuertos y purgar la tierra de malandrines y follones. Y cuando no, puesto al frente de ellos, cerraba vuesa merced con el imperio del Catay y venía a coronarse emperador por obra de su brazo.
-¡Dígamelo a mí! -respondió don Quijote-: yo se cómo hace uno eso, y cuándo y en qué manera gana un imperio. Ganarlo entre cuarenta o cincuenta caballeros no es gracia: mi, negocio estará en ganarlo yo solo, matando con mi mano al emperador y sus capitanes, y sojuzgando a los que yo tuviere a bien el otorgar la vida.
-¿Piensa vuesa merced matar así tanta gente, solo como anda? -preguntó don Alejo.
-El rey Artús -respondió don Quijote- mató en una batalla cuatrocientos sesenta enemigos. Bradamante cortó la cabeza a trescientos moros en el campo de Marsilio. Obras son estas inhacederas para vuesas mercedes que viven entre flores, sabe Dios si bajo el prestigio de las Musas: todo corre por otro término en la órbita de la caballería, y las armas de los andantes encierran secretos que son milagros para los que no profesan el seguirlas.
-La historia trae -dijo don Prudencio- que Aristómenes quitó la vida con su mano a trescientos enemigos, ni más ni menos que Bradamante, sin otra diferencia sino que ése los mató en tres combates y éste en uno solo.
-No hay cosa inverosímil en las alusiones del honrado don Quijote -dijo a su vez un religioso de manso continente que estaba al lado de doña Engracia-: vemos en las sagradas letras que cuando el rey David volvía de escarmentar a los filisteos, las hijas de Israel, coronadas de rosas, danzaban a su alrededor cantando a contrapunto:
::«¡Saúl ha matado mil guerreros!
::¡David diez mil!»
-Por donde se puede ver -repuso don Quijote- de cuánto es capaz un caballero bien armado. Morgante no hizo menos que David, pues justamente fueron diez mil los enemigos que puso fuera de combate en una batalla, con un badajo que pesaba dos mil arrobas.
-¿Morgante mayor? -preguntó don Alejo-: ¿no habla vuesa merced de il Morgante Maggiore? Morgante se comía un elefante en un almuerzo, sin sobrar sino las patas, y bien pudo matar cuarenta, no que diez mil.
Don Quijote mostró hacer poco caudal de esta excepción y prosiguió:
-Si aquel buen rey hebreo, con toda su índole benigna y la santidad de su carácter, mató diez mil personas, ¿qué maravilla que otro menos sufrido mate quince o veinte mil, sean o no filisteos, y entre por fuerza de armas en el Cairo y Babilonia? Ahora vamos a ver, ¿qué le ha movido al honorable eclesiástico a llamarme el honrado don Quijote? El que mata o puede matar en una batalla quince mil judíos, o sean moros, ¿es bueno para que se le llame a secas el honrado don Quijote? Nunca hasta ahora habíamos oído decir el honrado don Grimaltos, el honrado don Brianges, el honrado don Tablante. La cortesía manda y el uso requiere se nombre a uno el caballero de la Muerte, a otro el de la Hoja Blanca, a éste el de la Sierpe, a ése el del Basilisco, sin honrado, jabonado ni alforja.
-Excuse y perdone vuesa merced a mi capellán -dijo don Prudencio-: no ha leído sin duda la historia de vuesa merced, y no sabe que el señor don Quijote se llama el caballero de los Leones.
-Y ¿quién no ha leído esa historia? -repuso el capellán-. Sepan vuesas mercedes que la tengo de ocho vueltas y soy más familiar con ella que con mi breviario. Llámese honrado el señor don Quijote, séalo en efecto, y no tenga cuidado de lo demás.
-Lo soy por naturaleza y costumbre -replicó el caballero-: en cuanto a que se me llame así, es otra cosa. Apuesto a que cuando vuesa paternidad se oye llamar con cierto retintín el honrado capellán piensa que le han echado el agraz en el ojo.
-Eso dependerá del retintín -dijo doña Engracia-; mas creo yo que el reverendo padre habló sin trastienda ni punteo de ninguna clase.
-No hubo sino tintín en lo que dijo -añadió el calaverón de don Alejo-. Pero ésta no es cosa esencial, y sin reñir por tan poco, llamaremos al señor don Quijote como le guste. ¿Prefiere vuesa merced la significativa denominación de Quijotín el Nebuloso? La Providencia, que encadena los acontecimientos pasados con los que están por venir, ha sugerido este modo de llamarse al caballero a quien tiene destinado para la más singular aventura que andante acometió ni acometerá jamás. Si las estrellas no me engañan, leo claramente en ellas que, con el transcurso del tiempo, don Quijote de la Mancha ha de sacar a la luz del mundo aquel vasto país de Ansén, que por efecto de un poderoso encanto yace desconocido en medio de una niebla espesa que le circunciñe cual muralla impenetrable.
-Esto es -dijo el capellán- en el continente asiático, en la Georgia. Y dicen que de esa niebla salen voces de gente, cantos de gallo, relinchos y otros ruidos, por donde los que los oyen vienen en conocimiento de que una nación ignorada habita esa tierra misteriosa. Nunca y nadie ha podido llegar a esa comarca con salir, como sale, de aquella densidad un caudaloso río, por el cual un denodado marino pudiera aventurarse a contracorriente.
-No por otra cosa se llama nebuloso el señor don Quijote -repuso don Alejo-, sino porque de esa nube ha de sacar esa nación y la ha de reducir a la fe de Jesucristo, bautizándola después de vencerla.
-Esto ha sucedido muchas veces -dijo don Quijote- y es muy común en la caballería volver católicos a los paganos vencidos, cuando no se les corta la cabeza. Roldán hizo armas con los tres gigantes Morgante, Pasamonte y Alabastro: mató a los dos, y al primero, como al más comedido, le otorgó la vida y le convirtió al cristianismo. Cuadragante, señor de Sansueña, venció a su enemigo Argamante, le volvió cristiano, y aun camandulero; de suerte que el desaforado neófito se vino a Constantinopla con su mujer Almatrafa y su hijo Ardidel Canileo, donde peleó contra los gentiles mandados por el rey Armato.
-¡Lo que pueden y lo que hacen los caballeros andantes, señor don Quijote! -dijo don Alejo en tono de profunda admiración, que halagó sobre manera la vanidad del infatuado hidalgo.
-Veníos conmigo, noble mancebo -respondió éste-; y aun cuando sea yo quien gane los despojos opimos en la guerra de Arsén, matando a su rey, emperador, soldán o como se llame, os otorgo desde ahora licencia para escoger entre esas damas la que fuere más de vuestro gusto, sin exclusión de la emperatriz viuda ni las infantas reales.
-Puede vuesa merced adjuntar a su séquito a mi sobrino -dijo doña Engracia- y casarlo por allá, cierto de que no habrá hecho un menudo servicio a una ciudad entera con quitárnoslo de la vista.
-Mi tía será la que más me llore -respondió don Alejo-. Cuente vuesa merced conmigo, señor don Quijote, y ármeme caballero en la primera iglesia o capilla que topemos, a fin de que pueda yo acometer cualquier género de aventuras.
-Ese cuidado será mío -tornó a decir don Quijote-: en último caso bastará la pescozada, si sucediere que halláremos estorbo para las otras ceremonias. Cuando el armar un caballero ocurre en un palacio, con tiempo y comodidad se hace la armadura sin omitir requisito; pero tan armado queda uno con que una princesa le calce las espuelas, una reina le ciña la espada y el padrino le de el espaldarazo, como con el simple espaldarazo y la vela de las armas.
Se concluyó la comida, y levantándose todos, invitó la señora a don Quijote a volver a la sala, donde continuarían la conversación de sobremesa. Pasaron a ella en efecto; y bien acomodados, las señoras en el suelo sobre muelles cojines o alfombras, los hombres en anchas sillas de vaqueta, don Alejo la anudó de esta manera:
-¿Conque no será circunstancia indispensable que una princesa me calce las espuelas? Vuesa merced tiene presente que en el acto de armarse caballero Rui Díaz de Vivar, hubo reyes y reinas e infantas y espuela de oro, y espada con empuñadura de diamantes, y Evangelios con pasta de nácar, sobre los cuales el Cid Campeador jurase. Y si no, ¿por qué la infanta doña Urraca le hubiera gritado desde las murallas de Zamora:
<poem>
«Afuera, afuera, Rodrigo,
El soberbio castellano;
Acordársete debiera
De aquel tiempo ya pasado,
Cuando fuiste caballero
En el altar de Santiago,
Cuando el rey fue tu padrino,
Y tú, Rodrigo, su ahijado.
Mi padre te dio las armas,
Mi madre te dio el caballo,
Yo te calcé las espuelas
Por que fueses más honrado?».
</poem>
-Esto es así -respondió don Quijote- y yo no digo otra cosa; antes abundo en los recuerdos de vuesa merced, y encareciendo sus ideas, añado que lo propio sucedió con el doncel Pedrarias a quien esa misma infanta doña Urraca ciñó la espada, para que saliera a combatirse con don Diego Ordóñez de Lara, según reza la crónica:
<poem>
«El padrino le dio paz,
Y el fuerte escudo le embraza,
Y doña Urraca le ciñe
Al lado izquierdo la espada».
</poem>
»Cuando el rey de la Gran Bretaña hizo caballeros a los tres príncipes en la villa de Fenusa, Oriana, Brisena y otras de su misma clase todas reinas o emperatrices, les calzaron las espuelas y ciñeron las espadas. La princesa Cupidea hizo lo propio con Leandro el Bel, y la hermosa Polinarda con Palmerín de Inglaterra. Mas no se le oculte a vuesa merced que Suero de Quiñones, mantenedor del Paso Honroso, armó caballero a Vasco de Barrionuevo, sin más que darle con la espada en el capacete diciendo: «Dios te faga buen caballero y te deje cumplir las condiciones que todo buen caballero debe tener». Y al punto el novel se trabó en batalla con Pedro de los Ríos, uno de los mantenedores. Aquí no halla vuesa merced espuela ni espolín, emperatriz, reina ni princesa, y no por eso queda el señor Vasco en menos aptitud para las armas. Nuestro gran emperador Carlos V armó asimismo varios caballeros en Aquisgrán, cuando la ceremonia de su coronación, dándoles tres golpes con la espada de Carlomagno; y no hizo otra cosa el rey de Portugal don Juan I en el Procinto de la batalla de Aljubarrota, al armar caballeros a varios señores portugueses, entre ellos Vasco de Lobeira. Vuesa merced no se acuite, ni ande caviloso en esto de la princesa, pues no por falta de ella dejará de verificarse la armadura. Y cuando vuesa merced hiciere pie en esa formalidad, ¿qué habrá sino entrarnos por las puertas de un rey cualquiera y servirnos de sus hijas para esas menudencias que no hacen sino dar esplendor a la ceremonia? En caso que el rey ponga dificultades, peleo con él, le venzo, le mato, le corto la cabeza, y San Pedro se la bendiga.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVI
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[[Especial:Errores_de_sintaxis/html5-misnesting]]
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXV|Capítulo XXV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVI|Capítulo XXVI]] - De lo que trataron Sancho Panza y el intendente del castillo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVII|Capítulo XXVII]]}}
{{t3|Capítulo XXVI}}
Aquí deja la historia a don Quijote para seguir a Sancho Panza, no a la ínsula Barataria, sino adonde con la gente de casa comía, o había comido, pues ahora se le encuentra hablando de sobremesa.
-Mi amo el señor don Quijote me tiene ofrecida una corona de conde, hasta cuando se nos venga a las manos un territorio de dimensiones tales, que se pueda llamar reino, de conde pase yo a ser rey. La paz está firmada con los emperadores vecinos: el dicho rey no tiene guerras, ni teme asalto ni anda vigilando ni escondiéndose de miedo de ser muerto, pues ya se entiende que es buen monarca, querido además por sus vasallos. Como hay aduanas, alcabalas, chapín de la reina, almojarifazgos, diezmos y primicias, las rentas de la corona son dignas de tal príncipe. Tras que éste se mantiene bien, no faltan algunas monedas curiosas que poner a un lado, y coro quien no dice nada, las reservas toman incremento, y al cabo de diez o doce años tienen vuesas mercedes un caudalito que no desmerece el nombre de tesoro. Esto es sin hacer mérito de las alquerías que corren de cuenta particular de la familia reinante, fincas y pastos donde se crían yeguas grandes como iglesias, que dan los mejores potros del mundo. En el natalicio de la reina, esta señora impetra de su augusto esposo indulto general para los delincuentes, y remisión de los pecados, con motivo de tan fausto acontecimiento.
-¡Alto ahí, señor don Sancho Panza! -dijo el mayordomo, que presidía la mesa-; eso de remitir los pecados es incumbencia de los sacerdotes, quienes los remiten uno por uno, si el pecador muestra arrepentirse; mas ¿cómo va a perdonarlos vuesa merced, cuando no es sino soberano temporal? Vuesa merced podrá otorgar salvoconductos, hacer excarcelaciones, eximir de juicio a un culpable, obrando a lo déspota, se entiende; mas le niego la facultad de conocer en esas acciones ocultas que se llaman pecados, y el derecho de darlos por remitidos. A menos que, ordenándose el rey, fuere a un mismo tiempo confesor y soberano, cosas que en cierto modo se contradicen. Lo mejor en vuesa merced sería acogerse a Iglesia, supuesto que son tan de su gusto la paz del mundo y la remisión de los pecados. Si bien se mira, el rey descrito por el señor Panza viene a ser indigno de la corona, por cuanto le quita el valor, prenda esencial en el caudillo de un pueblo, y le envilece con uno de los más feos defectos, cual es la codicia.
-Nada menos que eso, señor maestresala -replicó Sancho-: la codicia no da jamás, yo pienso dar a los pobres. Hasta corromperlos no les daré; mas tenga vuesa merced por cierto que en mis estados nadie se ha de morir de hambre. Economía no es avaricia; antes yo tengo por virtud aquel sabio guardar para los tiempos calamitosos, aun cuando no sea sino en consideración a los herederos. Cuanto al valor, no tenga cuidado vuesa merced; ni he dicho que no lo manifestaré cuando fuere del caso. Pero andar en busca del peligro, infatigable pretendiente de los hechos difíciles, no es de mi genio. Gloria vana, florece y no grana, señor mío. Después de esta vida alborotada y aporreada que estoy llevando en la profesión de seguir a un aventurero, me sentarán muy bien el descanso y la seguridad de mi casa.
-Esto es ser canónigo -repuso el maestresala-: a las nueve del día no amanece para vuesa merced, que aún está reposando dentro de un espeso cortinaje de damasco la venerable cabeza sobre dos almohadones de seda carmesí. El apetito y la abundancia le han dado buenas carnes: su papada reverenda se compone de tres pisos o planos, por donde baja lentamente la pereza junto con el sueño, fieles amigos del coro. Sobre eso de las diez del día, el ama de vuesa merced entreabre las cortinas para ver si conviene ofrecer la primera refección: mírala vuesa merced a medio ojo, como quien acepta el desayuno y quiere seguir durmiendo. Pide al fin las calzas, se pone los zapatos en chancletas, y muy arrebozado de un balandrán embutido, pasa a una butaca pontificia junto a la mesa, donde le está esperando una taza de chocolate, que se deja estar allí mientras vuesa merced le prepara el campo con un tercio de gallina. Y miren el desenfado con que extiende esa manteca sobre las planchas de pan candeal, sin dejar por esto de entretenerse con unos retacitos de longaniza, largos como un jeme, porquería que le gusta sobre modo. Almorzó vuesa merced: he ahí que llega el barbero de servicio, y en una jofaina donde cabe apenas la susodicha papada, le rae y pela y monda de tal suerte, que vuesa merced queda como si hubiera tomado siete baños en la fuente de Juvencio. Viene luego el vestirse, luego el salir majestuosamente por esas calles, con el chasquido tan marrullero de la seda, chis chas, pues ya se entiende que es de seda la sotana, y de fino azabache el cordón de botones que desde la quijada se suceden hasta la punta del pie. Llega vuesa merced al coro donde el capítulo está ya reunido, y se pone a cantar en voz respetable, interrumpida de cuando en cuando por una tos madura y no muy limpia, la cual da a conocer que sale de un reverendísimo vientre y pasa por un velludo pecho. En las solemnidades capitulares y las procesiones, vuesa merced parece un cometa por la sublime cauda que va arrastrando. Ahora, ¿qué diremos si de racionero sube vuesa merced a chantre, de chantre a arcediano, de arcediano a deán, y de aquí pasa a obispo por no decir arzobispo de una vez? Tengo para mí que la capa magna le había de sentar de perlas al señor don Sancho, y que sin más averiguación se le había de conceder el capelo, o digamos el cardenalato.
-Mi amo el señor don Quijote -respondió Sancho- dice que por la carrera de las armas no alcanzamos la púrpura cardenalicia. Siendo, por otra parte, necesaria la viudez para los honores eclesiásticos, hemos resuelto ganar la cumbre de los civiles. Hágame vuesa merced estas reflexiones en tiempo hábil, esto es, cuando podía yo ordenarme, y nadie me quita que al presente me besaran vuesas mercedes la esposa.
-¿Es joven? -preguntó el maestresala.
-¿Qué diablos pregunta ahí vuesa merced? -dijo Sancho-: ¿se figura por si acaso que a estas horas he de ir a ofrecer a nadie mi mujer a besar? Hablo de la sortija episcopal, que se llama esposa.
-Dispense vuesa merced el quid pro quo -repuso el intendente, maestresala o mayordomo, que para Sancho Panza no hay necesidad de mirar mucho en estas ligeras variedades-; dispense vuesa merced, y siga adelante en su plática.
-Digo -continuó Sancho-, que con haberme ordenado a tiempo, me hubiera ahorrado además las desazones y cuitas del matrimonio. Cuando uno ha sufrido veinte años a una mujer, señor intendente, esto de venir a ponerse en capacidad de recibir las órdenes eclesiásticas, debe de ser trance además gustoso y acomodado a las inclinaciones del hombre.
::-«Homes, aves, animalias, toda bestia de cueva
::Quieren según natura compaña siempre nueva».
dijo el intendente, quien era por ventura aficionado a Juan Ruiz el arcipreste de Hita.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIX
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Ignacio Rodríguez
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXVIII|Capítulo XXVIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXIX|Capítulo XXIX]] - Del ímpetu de coraje que tuvo don Quijote al saber lo que a su vez sabrá el que leyere este capítulo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXX|Capítulo XXX]]}}
{{t3|Capítulo XXIX}}
Como la noche estuviese muy entrada, se retiró don Quijote a su aposento, acompañándole don Alejo de Mayorga y un gran amigo suyo llamado Ambrosio Requesén, barón de Cocentaina, tan calavera y maleante el uno como el otro.
-Miren vuesas mercedes -dijo don Quijote llegándose a la ventana- cuán grande y silencioso el mundo se dilata entre dos inmensidades, el pasado y el porvenir, incomprensibles partes de la eternidad. Las estrellas que con su luz infantil están plateando la noche, contribuyen sin saberlo a embellecer el misterio de la creación.
-Lo que vuesa merced acaba de decir acerca de la noche y esos luminosos brotes del firmamento -respondió don Alejo de Mayorga- proviene de una cierta disposición de espíritu y de una fineza de sentidos que descubren primores en que no repara el vulgo.
-El pecho delicado -replicó don Quijote- abriga esa disposición; y cuando el amor está resplandeciendo dentro de él, lo fecundiza de manera extraña y hace brotar esas flores que se llaman poesía.
-Tenía yo creído -volvió a decir don Alejo- que las armas eran opuestas a las Musas, y que Marte y Apolo se miraban con ojeriza.
-Las letras humanas -repuso don Quijote- pueden muy bien hermanarse con las armas, según nos lo da a conocer el emblema del valor y la sabiduría, encarnado en esa gran divinidad que ora se llama Palas, ora Minerva. Las abejas del Hibla, dicen los antiguos, depositaban su miel en los labios de Jenofonte, uno de los mayores capitanes de los griegos. Y nuestro Garcilaso, ¿no fue tan buen poeta como guerrero?
::-«Entre las armas del sangriento Marte
::Hurté de tiempo aquesta breve suma,
::Tomando ora la lanza, ora la pluma»,
dijo el barón de Cocentaina, quien picaba en poeta y gustaba de adornar la memoria con algunas medidas y sonoras cláusulas. Y el otro que se tenía
:: «Armado siempre y siempre en ordenanza,
::La pluma ora en la mano, ora la lanza».
-Ese es don Alonso de Ercilla -respondió don Quijote-; Ercilla que, si no es épico, no por eso deja de ser poeta, como que ha hecho una muy hermosa relación donde el sentimiento, o digamos espíritu poético, se desenvuelve en verso, magnífico muchas veces. ¿Y qué dicen vuesas mercedes de Jorge Montemayor, que fue músico, soldado y poeta, y no de los de por ahí? Si sucede que yo me entregue de propósito algún día a componer obras poéticas, ya sean heroicas, ya pastorales, he de imitar a Montemayor en esa admirable malicia con que celebra a su dama tras el velo de la heroína del poema. Iba diciendo a vuesas mercedes que el ingenio y el valor, las armas y las letras, de ningún modo se excluyen. ¿No es esto lo que nos dan a entender los bardos cuando nos muestran a Aquiles pulsando la cítara y cantando amorosas endechas en las horas de sosiego? Los más renombrados caballeros andantes fueron tiernos músicos y amables trovadores: ya los ven vuesas mercedes mano a mano con un desemejado gigante, ya asidos a su arpa de marfil tañendo de manera de hacer perder el juicio a las señoras y las doncellas del castillo donde llegan a pasar la noche.
-Viene muy al caso -dijo don Alejo de Mayorga- el que los poetas sean a un mismo tiempo gente de guerra: pues yo sé poco, o ahora es cuando le conviene al señor don Quijote saber más de espada que de pluma.
-Dígame vuesa merced, ¿de qué se trata? -preguntó don Quijote.
-Nada menos, señor don Quijote, que de afrontarse con dos paganos que viven fortificados aquí, en el monte vecino. Ningún aventurero ha podido someterlos hasta ahora, porque no juegan limpio en la batalla y se valen de estratagemas por medio de las que, si no con la honra, se quedan siempre con la victoria. Llámanse Brandabrando el uno, Brandabrisio el otro; mas yo no sé por qué fusión, aligación o arte infernal, las dos personas vienen a ser una cuando les da la gana, logrando llamarse Brandabrandisio el bellaco del gigante.
-Bueno es el gigantillo -respondió don Quijote con una risita de desprecio entre natural y fingida-, y se acomoda a traer y llevar un nombre de una legua. Yo le quitaré la mitad del cómo se llama, y veremos si queda Brandabrán a secas o Brisio pelado. ¿Es éste su único delito?
-¡Cómo, señor! -repuso don Alejo-; cada día los comete mayores, y su profesión principal es el rapto a mano armada. Dicen que tiene la fortaleza llena de las más hermosas damas, porque así como otros son aficionados a hurtar bestias, éstos tiran por largo, y cargan con cuanta señora o doncella pueden haber a las manos en una vasta extensión de territorio. Ahora mismo está dando estampida en todo el reino una de sus proezas, y de las más atrevidas y difíciles; es a saber, el rapto de una princesa de la Mancha, que, según parece, se criaba para ceñir imperial diadema.
Se le fue el color a don Quijote, el cual, confuso y balbuciente, dijo a su escudero:
-Sancho, Sancho, ahora es cuando vas a manifestar la agilidad de tu persona y la sutileza de tu ingenio. Monta en el rucio y vuela al castillo donde se me quedó de olvido la ampolla del bálsamo prodigioso, esa mano de santo que vamos a necesitar dentro de poco; pues, según se me trasluce, feridas tendremos. Y como ahora no haces otra cosa, despáchame esta comisión en dos por tres.
-Mientras descansas, machaca esas granzas -respondió Sancho-. Porque no me ocupo en otra cosa, quiere vuesa merced que haga lo que no haría para ganar la salud eterna. Al bobo múdale el juego. Bien está San Pedro en Roma; y quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga no se enoje. En justos y en creyentes, señor don Quijote, no pienso hacer ese viaje, porque no le tengo ningún amor a la manta.
-¡En justos y en verenjustos lo harás, don monedero falso de refranes! -gritó don Quijote saltando de cólera-. Si no los falsificases, no los tendrías para echarlos por la ventana. No es a vuesa merced, señor Panza, a quien toca decidir en mis cosas; y esto os lo probaré ahora mismo con una docena de palos que os ablanden la mollera y os infundan más buena voluntad de la que mostráis en mi servicio.
-Vuesa merced me ha cogido entre uñas -replicó Sancho-, y se anda a buscarle el pelo al huevo.
-¡Qué pelo ni qué huevo, largo de uñas! -dijo don Quijote más y más exasperado-: lo que sucede es que has dado en levantarme el gallo, contando con la impunidad.
-Cada gallo canta en su muladar, señor don Quijote; y el bueno, en el suyo y el ajeno. Aunque de mí no se dirá que me hago el gallo, pues sé muy bien que al gallo que canta le aprietan la garganta. El gallo y el gavilán no se afanan por la presa, señor. Yo voy a escucha gallo, por rehuir el enojo de vuesa merced, y esto de nada me sirve, pues a cada vuelta de hoja me está cantando: Metí gallo en mi gallinero, hízose mi hijo y mi heredero. Al primer gallo, señor mío, uno está más para dormir que para ir por enjundias milagrosas; y la orden de vuesa merced, me llega entre gallos y media noche. Si otro amo yo tuviera, otro gallo me cantara. Mas no apuremos la cosa, que como dice el refrán, daca el gallo, toma el gallo, se quedan las plumas en la mano.
-Hay también -replicó don Quijote, uno que dice-: escarbó el gallo, y descubrió el cuchillo.
-Viva la gallina, y viva con su pepita -dijo Sancho, temiendo haberse propasado.
-¿Ahora principias con la gallina, hijo de Belcebú? Sarraceno, ven acá; ¿tienes entendido que me has de moler, me has de jorobar, y no has de morir?
-El bálsamo a que aludió vuesa merced -dijo el barón de Cocentaina echando allí el montante- se le podrá traer mañana; ¿pero cómo quiere que el bueno de Sancho se ponga en camino a estas horas? Por valeroso que sea este escudero, si da con una banda de ladrones, ha de pagar con la vida la obediencia.
-Que no vaya Sancho por los motivos que vuesa merced expone -respondió don Quijote-, anda con Dios; mas por temor de que se le mantee de nuevo, es mala fe consumada. Él sabe si le basta nombrarse y anunciarse como criado mío, para que todo el mundo le respete y aun le de la mano en sus comisiones.
Salía don Quijote más y más de sus quicios, y echando de repente mano a la espada, se iba sobre los gigantes, sin esperar tiempo ni auxilios mágicos; y de hecho se hubiera ido, a no habérsele opuesto bien así don Alejo de Mayorga y el barón, como el escudero Sancho Panza.
-Las cosas se han de hacer en buena sazón, señor don Quijote -dijo don Alejo-, guardando el temperamento necesario para que nuestras obras no vengan a parecer efectos de locura, sino resoluciones del ánimo sereno que encomienda al brazo el desagravio. Repórtese vuesa merced hasta cuando a la faz del sol pueda libertar a la princesa. Mas le hago saber que esos belleguines obligan a los que suben a su roca a pagar todo género de contribuciones, impuestos, sisas, gabelas y alcabalas; pontazgo, almojarifazgo; trabajo subsidiario, renta de sacas; moneda forera, castillerías y hasta chapín de la reina.
-Yo les impondré todas esas y muchas más -respondió don Quijote. Y como le viesen rendido a las súplicas y al poder de su criado, se fueron a la cama don Alejo y el barón echando la llave a la puerta.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXI
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXX|Capítulo XXX]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXI|Capítulo XXXI]] - De la desventura del bueno de Sancho Panza y los reproches que hizo a su señor, con la vehemente respuesta de este fogoso caballero
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXII|Capítulo XXXII]]}}
{{t3|Capítulo XXXI}}
Entre llevarle al huerto, hacerle ver la caballeriza y otras distracciones, llegaron las doce, hora en que el aventurero, puesto a caballo, se partió. Era su ánimo ir, acometer, vencer a los paganos, cortarles la cabeza, libertar a su dama, y volver a pasar una noche más en el castillo. Esta esperanza comunicaba algún vigor a Sancho, quien de bonísima gana se hubiera quedado hasta cuando su señor volviera. No vino en ello don Quijote, si bien no faltó por su criado el insinuárselo.
-Para hecho tan principal -dijo- no le estaría bien ir sin su escudero, cosa que aún pudiera dar ocasión a que se murmurara de su calidad.
Y afirmándose en la silla, estiradas las piernas, como quien montaba a la brida, el yelmo de Mambrino en la cabeza y el cuerno de Astolfo al cuello, salió al camino embrazando su rodela y empuñado de su lanza. Sancho, para quien
quedaba casi siempre lo peor, no fue tan feliz; porque un perro que estaba a guardar la puerta, tirándosele de repente encima, le dio un susto de dos mil demonios, aun cuando no le mordió de veras. Una vez recobrado el buen hombre, principió por maldecir a don Quijote, quien no tenía noticia de lo ocurrido, pues andaba ya muy adelante; siguió maldiciendo a la caballería y los caballeros; se maldijo a sí mismo, maldijo su linaje, el día en que nació, la hora en que entró al servicio de ese loco, y maldiciéndolo todo en este mundo, cerró con el rucio a mojicones, como si él hubiera tenido la culpa; montó y desapareció fuera del castillo.
-Tú más necesitas de espuelas que de freno -le dijo don Quijote cuando sintió que llegaba-: ¿por qué diantre tardas, Sancho? Si vienes con pie de plomo, se malogrará el influjo de las estrellas; y te afirmo que hoy nos corre del todo favorable.
-Vuesa merced me dejará comer de lobos, sin volver la cabeza -respondió Sancho-. Puesto que vuesa merced se aloje bien, cene bien, duerma bien, las estrellas son buenas, y cargue con el escudero una legión de diablos. Si a vuesa merced no se le da un ardite de mis enfermedades, mis necesidades, mis heridas, estoy aquí como entre enemigos, y me voy a mi pueblo. A carrera larga, nadie escapa. Muerto el hombre, muerto su nombre, señor: vuesa merced será el primero en olvidarme, o conozco poco el mundo. Hambre, manta, palos; esto es lo que saco de las aventuras. Vuesa merced lleva el gato al agua, pero la retaguardia a mí me la pican, y la manguardia a mí me la soplan. La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa. Esto se ha de aplicar ansimismo al hombre de bien, porque en ninguna parte está uno mejor que en la propia, y cada cual sabe dónde le aprieta el zapato.
-¿Qué quieres, salteador? -respondió don Quijote, prendido en ira-; ¿de qué te quejas, malandrín?, ¿en qué cavilas, truhán?, ¿por qué lloras, apocada y meticulosa criatura? Comes hasta no más, y hablas de hambre; bebes como un zurrón, y te aflige la sed; eres señor de ínsulas, y llamas leonina nuestra sociedad. Pues ¿qué decir cuando me imputas dejadez en tus negocios, indiferencia por tus cuitas, corta solicitud en el remedio de los golpes y las heridas que conmigo vienes recibiendo? ¿Qué ha sucedido y por qué traes esa tirria, embelequero perdurable? Para cada refrán un disparate, para cada disparate un refrán. Te sé decir que me estomagas con ellos y que no estoy lejos de poner yo mismo en ejecución tu sempiterna amenaza, dándote pasaporte para tu aldea o para los infiernos. La gracia que te hago en preferirte a los que se tuvieran por marqueses con sólo ser mis escuderos, no es para que tú andes echándomela a las barbas de día y de noche. Toma el portante cuando quieras, monstruo de ingratitud y malicia, aparador de mentiras, bodega de maldades. Para manifestarte cual eres, has escogido este día, esta hora, los más solemnes de mi vida, en que voy a pelear por la más santa de las causas. Si no ha de ser sino para distraer mi cólera de este grande asunto, ¡no vengas, ladrón! Ni los quebrantos de tu señor y compañero te sensibilizan, ni sus desdichas te duelen, ni sus peligros te asustan, ni su cariño te ablanda, ni sus bondades te cautivan, ni sus mercedes te ganan la voluntad; luego esos condados, esas coronas que te tienes en tu casa, puesto que soy yo quien te las promete, vienen a ser adquisiciones subrepticias, y mis dádivas se tornarán contra mí, si es verdad aquello de: «No dé Dios a nuestros amigos tanto bien que nos desconozcan». Si desde ahora me desconoces, ¿qué será cuando te veas en tu castillo, rodeado de tus vasallos? Entonces me has de declarar la guerra y has de invadir mis Estados en correspondencia de mis beneficios. ¿Qué retaguardia te pican, ni qué manguardia te soplan, pedazo de bayeta negra? Si no fueras un salsa de perro, se te pudiera poner quizás alguna vez a la vanguardia: pero a la manguardia no irás ni al purgatorio; porque eso más tienes de bellaco, que no eres el primero en morirte, ni aun cuando sabes que con ello hicieras una obra de misericordia.
Durante esta invectiva del caballero, el escudero había tenido tiempo de apagar su cólera: viendo que en efecto su señor ni por asomos venía a ser culpable de su última aventura, echó por el atajo confesando en buenos términos el motivo de su impaciencia, y dijo cómo le había salido la lengua de madre sin voluntad ni intención que mereciesen el trepe con que acababa de ser castigado.
-¡Voto al demonio! -replicó don Quijote-; ¿por qué te andas con rodeos y no dices buenamente lo que te sucede? Cuando un perro se te viene encima, no ocurre sino lo que rezan estas palabras; pues no me levantes torres sobre tan livianos cimientos. Tirante el Blanco de la Roca Salada peleó con el alano y le venció; y tú vienes a morirte de miedo de un pachoncito.
-No fue tan pachoncito como vuesa merced piensa -dijo Sancho-, sino un dogo como un tigre que no hubiera hecho de mí sino dos bocados. Pero ahora que hemos hecho las paces, señor don Quijote, dígame: ¿adónde y a qué vamos?
-¿No lo sabes? Voy a pelear con dos gigantes que tienen cautiva en su fortaleza a mi señora Dulcinea del Toboso.
-El año de la sierra no lo traiga Dios a la tierra -dijo Sancho-: de estas alturas no hemos de sacar sino desventuras. Acuérdesele a vuesa merced lo de los yangüeses y no se le olvide lo de los batanes.
-¿Qué duda te ocurre ahora acerca de mi valentía? -respondió don Quijote-; ¿qué indicios tienes para temer el éxito de la batalla? Échame al brazo los siete capitanes que debiendo haber sido reyes por sus hazañas no lo fueron, y si en menos de un per signum crucis no te los devuelvo capados de barbas, di que soy mal paladín y caballero de docena. Aquí no hay sino dos enemigos, y tú sabes si estoy acostumbrado a vencer de cuatro para arriba. La dificultad no está en el combate, sino en que esos paganos se resuelvan a pelear conmigo. Por lo demás, no temas, hijo; antes alégrate y da gracias a la fortuna: los jayanes de aquí arriba son riquísimos: sus tesoros están esperando al caballero que los ha de vencer y matar. Toma para ti cuanto quieras y te guste, Sancho desinteresado; que yo con las armas de mis enemigos me contento.
-Eso será cuando vuesa merced hubiere entrado en la fortaleza -dijo Sancho-; ¿mas qué hago yo mientras se declara la victoria?
-Te entretienes en recoger pepitas de oro de las que deben de abundar por estas sierras. Cuida, sí, de no extraviarte, y ten el oído pronto a las voces con que tu señor te llamará a tiempo.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIII
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXII|Capítulo XXXII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIII|Capítulo XXXIII]] - De la notable contienda del bravo don Quijote con el caballero del águila, y de otras cosas no menos interesantes que divertidas
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIV|Capítulo XXXIV]]}}
{{t3|Capítulo XXXIII}}
No a mucho de haber andado, oyó don Quijote el son de una bocina y tuvo por cierto que el atalaya le había visto desde las almenas y daba la señal de llegar caballero a los señores del castillo. Requirió sus armas, y puesto el yelmo, baja la visera, a buen paso se fue acercando a la fortaleza. Un barranco altísimo de piedra blanca, que entre la verdura del monte se le ofreció a la vista, fue para él la dicha fortaleza.
-Si la del mago Atlante en los Pirineos era de acero rebruñido -iba diciendo-, ¿por qué ésta no ha de ser de plata maciza, como ya las hubo en otras partes?.
De allí para abajo se venía un caballero cubierto de todas armas, cuyo peto resplandeciente y morrión negro le conciliaban aspecto gentil y marcial. Montaba este caballero un soberbio morcillo con ricos jaeces; un cobertor amplísimo adorna al noble bruto desde el nacimiento de la crin hasta la raíz de la cola. El jaquimón es de cuero oloroso de Marruecos, con rollos y chapetas de la más pura y reluciente plata. El jinete trae caída la babera, y sobre su yelmo se levanta un pendón de plumas rojas. La empresa del escudo es un león rendido a una águila; el mote: Aut Dulcinea aut nihil.
-Pelearé con vos -le dijo don Quijote cuando se vieron a tiro de pistola- no como quien pelea de igual a igual, sino como quien castiga y escarmienta a un raptor y ladrón.
-Moderaos, caballero -respondió su adversario-, y sabed que el caballero del Águila no sufre agravio chico ni grande mientras empuña la cuchilla. ¿Rapto llamáis la obra de la voluntad y el mutuo consentimiento? ¿Rapto llamáis un hecho consumado a la luz del sol? Si vos sois don Quijote de la Mancha, sabed que la princesa a quien servíais ha pasado a ser mi dama por el libre querer de esa señora quien ha sometido a la mía su voluntad y su hermosura juntamente.
-Mentís -replicó don Quijote-, y mentiréis cuantas veces afirméis una cosa tan contraria a la verdad y hasta al buen discurso.
-Remítase a las manos este asunto -dijo el caballero del Águila-; que no es de bien nacidos la soez contumelia, ni de valientes el reñir a injurias. Que la sin par Dulcinea del Toboso tiene puestos en mí sus cinco sentidos, es tan evidente como os lo va a probar Cortacabezas. Así se llama mi espada, a semejanza de las tan famosas que se llamaron Durindana, Fusberta y Balisarda.
-Si la mía tuviese nombre especial -repuso don Quijote- se llamaría quizá Joyosa del bel cortar; pero si no lo tiene sabe su deber, como lo vais a ver acto continuo.
El encuentro de los dos caballeros había sido en una meseta o grada del monte, escogida con este propósito por el truhán que había ideado esta aventura. Pudieron por consiguiente los dos paladines tomar distancia, y como volviesen a encontrarse lanza en ristre, tirado el cuerpo hacia adelante, un puente que cubría un zanjón ancho y profundo se alzó como por ensalmo, dejando interpuesto entre los combatientes un obstáculo insuperable.
-Alevoso caballero -dijo don Quijote-, ¿son éstos los hechos de armas de que blasonáis? ¿Qué tramoya es ésta, Maudén Fulurtín traidor?
-Yo estoy por creer -respondió con mucho sosiego el del Águila- que el famoso don Quijote de la Mancha es un cobarde y astuto caballero que se vale del arte mágica para evitar la espada de sus enemigos. Ahora se me acuerda haber oído que el dicho don Quijote hacía la corte a una cierta piruja llamada Leocasta, con la condición y el pontazgo de que ella había de estorbar por cualquier medio la batalla donde él pudiera correr peligro inminente de la vida. Fada aquella de segunda clase, pero a quien no se le ocultan los medios de librar de la muerte a su protegido. Esta vorágine, este puente levadizo no son de mi fortaleza, ni jamás los han visto mis ojos; el espejo de la caballería me hace un reto, y no me reta sino con un estorbo sobrenatural por delante. Si él me ha llamado Maudén Fulurtín, yo, con más fundamento, le he de llamar Fraudador de los Ardides, y por tal le he de tener; no por el verdadero y genuino don Quijote de la Mancha, caballero realmente valeroso y sin reproche.
-El mismo soy -replicó don Quijote-; el genuino y verdadero, cosa sobre la que tendréis entera convicción, así como pueda obrar mi espada. Mintió por la gorja el que dijo que yo obsequiaba a esa doncella, y no ha oído campanas el que la tiene por mágica de segunda clase: es muy de las principales y de mucha pro y fama, aunque nunca ha dispensado su protección a éste que el mundo conoce con el nombre de don Quijote de la Mancha. Aparejaos a ver por el suelo vuestra cabeza si al punto no reconocéis y confesáis que la sin par Dulcinea no se halla por su libre albedrío en vuestras manos y que la sabia Leocasta no es ni puede ser piruja, ni que el susodicho don Quijote le hace la rueda, como dijisteis.
Pero como el puente levadizo no cayese, pidió el caballero de la Mancha que las cosas permaneciesen in statu gano ante bellum hasta cuando cesase el encanto que imposibilitaba la batalla; y acordes en el volver a buscarse los dos paladines, se partieron, el uno hacia la fortaleza, el otro hacia el que él tenía por castillo.
A fuero de leal, Sancho Panza había seguido a su amo y aun presenciado a medio rebozo la escena del ermitaño. Hallábase bajo un árbol cuando vino a pasar don Quijote mohíno y caviloso.
-El diablo me lleve, señor -dijo-, si el jayán del puente y el solitario de allá abajo no son una misma persona, y si no estamos sobre una red donde caeremos a pocas vueltas.
-¿Cómo puede ser eso? -respondió don Quijote-: ¿el solitario y el jayán una misma persona?
-¿Conoce vuesa merced un ermitaño que se descuaje las barbas -replicó Sancho- y quede igual a uno a quien he visto en el castillo de mi señora doña Engracia? Yo pienso que aquí hay gato encerrado.
-Pensar no es saber -dijo don Quijote-: el jayán es un desaforado ladrón, sin Dios ni ley: el ermitaño un pobre diablo a quien se le ha pasmado el caletre a fuerza de ayuno. Tú verás esto por tus ojos cuando yo hubiere cortado la cabeza al primero, y reducido al segundo a mejor vida, llevándole a entre cristianos, donde se le quite lo solitario y lo selvático.
-El hábito no hace al monje, señor -volvió Sancho a decir-. La confianza sin tasa, empobrece la casa; y donde el bobo ve dorado, tal vez no hay sino salvado.
-¿Qué va de las necedades que estás ensartando, a la aventura que traigo entre manos? -preguntó don Quijote, mirándole despacio.
-Las canas son vanas, señor -repuso Sancho-, y no siempre viene con ellas la experiencia: hay quienes viven cincuenta años y no saben la jota ni la ge. Pero dice el refrán: ni fía ni porfía ni entres en cofradía; primero son mis dientes que mis parientes; y primero mi pellejo que esa piruja Leocasta, por quien vuesa merced va a exponer la vida. Mas no dirán que por la boca me pierdo: yo sé que palabra y piedra suelta no tienen vuelta, y me callo.
Don Quijote anduvo torcido con Sancho más de una hora, hasta que al desembocar en el valle, casi a obscuras, oyó una voz meliflua, de persona que cantaba apasionadamente en una ventana, que para él fue finiestra de un alcázar, y aun vio las torres y los balcones de plata, de tan soberbio edificio, no siendo ello, en verdad, sino una lechería vieja, triste, de paredes negras y ventanillas tenebrosas. Parose don Quijote al tiempo que decían:
<poem>
«¿Dónde estás, mi caballero,
Que no te duele mi cuita?
Tú corriendo a los placeres,
Yo gimiendo aquí cautiva.
Non es manera aguisada,
Nin nobleza que se diga,
Olvidar los tus amores
Por otros de mala guisa.
No era esto lo que jurabas
Cuando, echado de rodillas,
«Juro por Dios y mi acero
No olvidarte», me decías.
Y agora que en esta torre
Contemplo correr la vida,
Sin sol ni luz, secuestrada
Por obra de felonía,
No precias mis desventuras,
No te afligen mis desdichas,
Y cuando a la fe te llamo
Tus juramentos olvidas.
No demanda compasione,
Tu cariño solicita
La triste que en esta cárcel
Llorando vive cautiva.
Si vienes, ven por tu gusto;
Si por lástima, no sigas:
Tu amor una vez negado,
Muerte es mi sola valía.
Por ti la existencia guardo,
Mi seno por ti respira,
Vivo yo mientras la fácil
Esperanza en él anida.
Mas no quiero libertade
Si de tu afecto me privas:
Deja que triste en la torre,
Llorando muera cautiva».
</poem>
-¿Ahora qué dices, Sancho? -preguntó don Quijote así como hubo callado la sirena-. ¿De quién pueden ser estas voces sino de mi cuitada señora, que me recuerda la fe que le debo y me llama a libertarla? Ésta es, sin duda, una sucursal del castillo roquero; una fortaleza más propia para el efecto de tener escondida a tal señora, pues hasta la crueldad amaina ante lo venusto de esa doncella incomparable. Lo que debemos suponer es que sus opresores, no queriendo exponerla a los fríos cierzos de las alturas, la han puesto aquí al resguardo de algunas dueñas y gentiles hombres. Sancho, hijo, ¿viste el rostro de la mujer divina? ¿No te deslumbró el fuego de esos ojos, no te admiró la blancura de ese cutis, no te inquietó la rubicundez de esos labios entreabiertos? ¿Viste cómo tenía el brazo puesto sobre el barandaje, brazo de Elena, brazo de Hermione, que cual un verso ropálico va subiendo desde la delgada muñeca hasta la más suculenta gordura? ¿Viste esa cabellera, derramada sobre ella a modo de negra capa? ¿Viste ese porte real cuán poético y elegante se mostraba en su donosa posición de estar apoyado sobre el travesaño de oro? Deja, amigo, déjala presentarse de nuevo: la solicitud en que anda no es para que se contente con una sola tentativa. El amor suele ser un adorable porfiado.
-Por la salvación de mi alma -dijo Sancho-, juro que nada he visto sino el trapo que está columpiando en esa ventanilla negra como boca de horno. Tras él me parece que se halla una persona, la cual no sé si tendrá las propiedades numeradas por vuesa merced.
-Como no estás habilitado para estos prodigios, buen Sancho, bien puede ser que a tus ojos no se presenten las cosas como son. Si tocaras la verdad desnuda, admiraras en lo que tienes a la vista lo hermoso, lo suntuoso, lo gracioso; y rendido a la evidencia, confesaras al fin lo que te empeñas en poner en duda. Si no ves, oye a lo menos; quizás el oído sea en ti más sincero que la vista.
<poem>
«¿Dónde estabas, caballero,
En aquel infausto día?
En vano mis tristes voces
Asordaban la campiña.
Los traidores me arrebatan;
A toda rienda venían.
Caballero, caballero,
Me acorredes en mi cuita.
El brazo por la cintura,
Me levanta como a niña:
Sobre el caballo me ha puesto:
Al galope el moro se iba.
El rogar nada me sirve;
El gritar nada podía:
Desmayéme, y recobrando
La razón, me vi perdida.
Mi esclavo el raptor se llama;
El feroz humilde se hinca;
Jura non se levantare
Hasta que el perdón consiga.
A malas solicitudes
Mueve la lengua atrevida;
A sus labios ha llevado
De mi vestido la fimbria.
«¡Villano, non me toquedes!
¡No apuredes la perfidia!
Consiento en morir mil veces
Antes que en mi honra mancilla».
«A tu voluntad, señora,
Tu amoroso esclavo aspira»,
Dijo el moro, y se reviste
De moderación ficticia.
Y viendo que en mis desdenes
Se estrellaban sus caricias,
Me ha encerrado en esta torre
Donde moriré cautiva».
</poem>
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIV
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIII|Capítulo XXXIII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIV|Capítulo XXXIV]] - Del alborozo que nuestro enamorado caballero sintió al topar de manos a boca con su dama
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXV|Capítulo XXXV]]}}
{{t3|Capítulo XXXIV}}
-Este es el caso de don Gaiferos y Melisendra -dijo don Quijote-. Melisendra, robada y encerrada en una torre, sale una noche a llorar su cuita en la ventana, cuando ve a dicha un caballero que va a pasar.
::«Con voz triste y muy llorosa
::Le empezare de llamare:
::Por Dios ruego, caballero,
::Queráis os a mí llegare.
::Caballero, si a Francia ides,
::Por Gaiferos preguntade:
::Decidle que la su esposa
::Se le envía a encomendare».
»Gaiferos responde al pie de la torre:
::«Soy el infante Gaiferos,
::Señor de París la grande,
::Amores de Melisendra
::Son los que hasta aquí me traen».
Dulcinea está allí, yo aquí; robada y encerrada ella, errante y desconsolado yo. Y para que todo sea uno, pienso no entrar la fortaleza por fuerza de armas, sino, como el otro sutil enamorado, hago que mi dama se descuelgue sobre mí, y puesta horcajadillas a las ancas de mi caballo, que me sigan Hipógrifo y Rabicán.
-¿Cómo quiere vuesa merced -respondió Sancho- llevarse a mi señora Dulcinea a las ancas y montada a horcajadillas?
-Así se llevó don Gaiferos a Melisendra, Sancho. Cargue yo con la mía, y eso me da que sea a horcajadas o a mujeriegas. Lances tan ejecutivos como éste no exigen que estemos parando en niñerías. Y aun sé decir que hay cierto sabor caballeresco en llevarse uno de ese modo a su amiga, sacándola de una fortaleza por astucia. Vuelve a cantar la prisionera: oye, oye Sancho.
<poem>
«Elevado firmamento,
Astro que el mundo iluminas,
Se acabó para esta triste
El placer de quien os mira.
Montes, cerros y florestas,
Fuentes de agua cristalina,
¡Ay!, la triste prisionera
Ya no alcanza vuestra vista.
Ríos, árboles y flores
Que la tierra poetizan;
Verde puro de los prados
Que esperanza simboliza,
Son recuerdo las bellezas
Del mundo para quien gima
En el negro cautiverio
Que muerta me tiene en vida.
¿Dónde estás, mi caballero,
Que no me oyes? Tu rendida,
Tu constante Dulcinea,
¿Nada sobre ti podría?
Dueño mío, en mi socorro
Mueve la tu espada invicta.
¿De miedo no llegas pronto?
¿Desamor te desanima?
Derroca esta fiera torre,
Sácame a la luz del día;
Quebrántame estas cadenas,
Que aquí no muera cautiva».
</poem>
Para gran satisfacción de don Quijote y asombro de Sancho, mostró la cabeza una mujer y dijo:
-Señor mío, señor mío, ¿conoce por ventura vuesa merced al famoso caballero don Quijote de la Mancha? Debe de hallarse a la hora de esta en Trapisonda, en donde, según pregona la fama, se ha coronado emperador. Si allá fuere vuesa merced, será servido de decille que su esposa Dulcinea se le envía a encomendare, y que era ya tiempo de venir a sacarla de esta torre.
Como el aventurero se diese a conocer y le provocase a descolgarse sin miedo, la dama se ingenió de modo que en dos por tres estuvo sobre don Quijote, quien, tirado de rodillas, la esperaba con los brazos en alto, habiéndose desmontado para el efecto. El crepúsculo no se había aún rendido a la noche, y a su luz agonizante se distinguían los objetos en mirándolos de cerca. Vio don Quijote cara a cara a su señora: si la sorpresa y el asombro fueron grandes, no fue menor la indignación que en su pecho sobrevino. Habiéndose aproximado Sancho Panza, vio unas narices tales, que las del escudero del caballero del Bosque entraran en ellas como en vaina, y aun se zarandearan, por demasiado holgadas. Las trenzas de la hermosa eran dos colas de bueyes mulatos, que venían elegantemente caídas sobre los hombros. Una boca formidable apuntalada en sólo dos colmillos, como la de Asmodeo; y unos ojos que, por lo grandes, más parecían anteojos. Sancho se puso a temblar de la cabeza a los pies; ni don Quijote decía palabra, hasta cuando la suspensión hubo dado lugar a la cólera; y como no era hombre con quien pudiese el miedo,
-¡Fementido aborto! -dijo-: tú no eres ni puedes ser la señora a quien yo sirvo: huye de mi presencia, soez demonio, o aquí me has de pagar esta superchería.
Y como diciendo y haciendo tirase por la espada, la divina incógnita, al ver su amor tan mal correspondido, echó por esos mundos, de modo que no la alcanzaran cuatro don Quijotes. Sancho Panza que, viendo alejarse el peligro, se había repuesto medianamente, pudo ver que la fugitiva llevaba calzones debajo de las faldas, y como iba ella dando trancadas tales, que ni descuartizado él pudiera llegar a la mitad de una, sacó en limpio que la visión no era del género femenino, y preguntó:
-¿Estas son las Dulcineas de vuesa merced, señor don Quijote? Vuesa merced tiene el alma en su palma, y puede hacer lo que le guste; yo, ni aunque me dieran una reina encima, me casara con ese vestiglo. Pero dice el refrán: ir a la guerra y casar, nunca se ha de aconsejar. Si a vuesa merced le gustan esas narices, Dios le prospere.
-Sandio eres por demás -respondió don Quijote-: sólo en tu embrollada imaginación puede caber la extravagancia de pensar que ese engendro es la verdadera Dulcinea. ¿No estás viendo, menguado, menguadísimo, que ésta es obra del mago mi enemigo, y que solamente uno como Fristón es capaz de semejantes transmutaciones? No te atengas a lo que a ti te parece; atente a mi penetración en orden a las cábalas y manipulaciones de aquella estirpe de sabios y sabias que ora nos persiguen, ora nos favorecen, según que despertamos en ellos repulsión o simpatía. Y si no, ¿para qué piensas que son las Urgandas, las Morgainas, las Ipermeas, las Ardémulas, las Tarantas, las Linigobrias, las Almandrogas, las Melisas, las Zirfeas? ¿En qué piensas que vienen ocupados los Artidoros, los Artemidoros, los Merlines, los Alquifes, los Atlantes, los Silfenos y el nigromante sin rival que vive en la temerosa Selva de la Muerte, digo aquel Fristón que me persigue de su particular ojeriza? Allí tienes al encantador Arcalaús, mortal enemigo del famoso Amadís de Gaula. Otros magos y magas se ocupan, al contrario, en proteger a los caballeros andantes y en librarlos de las redes que les tienden sus envidiosos. Mira ese carro que viene por el aire, envuelto en esa nube: mira cómo la nube se abre de improviso y deja ver en medio de ella una señora: mira cómo la señora salta abajo, toma por el brazo al caballero que en gran peligro se halla combatiendo con doce gigantes, le mete en su fusta, se eleva y desaparece. Pues fue Belonia, señora de las Montañas Desiertas, que se llevó por los aires a don Belianís a curarle las heridas en un castillo conocido por ella solamente. De este modo los magos y las magas nos siguen los pasos a los caballeros andantes, cuándo con buenas, cuándo con malas intenciones.
-Cada uno quiere llevar el agua a su molino, dejando seco el del vecino -respondió Sancho-. El rey es mi gallo: yo sé quién se ha de salir con la suya, porque allá van leyes do quieren reyes. Si digo a vuesa merced que ese monstruo no es ni será jamás mi señora Dulcinea transmutada ni por transmutar, sino un perillán que se ha propuesto darnos soga, ¿qué dirá vuesa merced?
-En persona no fue ni podía ser Dulcinea -repuso don Quijote-: lo que digo, y torno a decir, y lo iré diciendo hasta el fin del mundo, si no me lo quieres abonar, es que en la caballería suceden cosas increíbles para quien no está iniciado en ella, pero lisas y de cada rato para los que se andan averiguando con esta gloriosa profesión. Y si no, dime, ¿cómo sucede que una espantable sierpe está riñendo con don Artidel de España, huye de repente, se tira a un lago, y vuelta una hermosa joven sale nadando a la orilla? ¿Qué significa convertirse en el viejo Torino la estatua de bronce con la que tiene batalla el príncipe Lepolemo? ¿Qué dices de la sabia Ipermea cuando la ves venir en forma de grifo, tomar en sus garras a los jayanes que llevan a mal andar a su protegido don Olivante de Laura, elevarse con ellos y soltarlos contra el suelo desde arriba? Por aquí puedes sacar lo que hay de real y verdadero en los sucesos que me atañen. Cree y calla, Sancho; economiza dudas importunas y vente tras mí.
Los señores del castillo estaban esperando a don Quijote en la puerta, y le recibieron haciéndose de nuevas de los sucesos que acababan de ocurrir. Dijo don Quijote lo que había en el asunto de la batalla, y les hizo saber que al día entrante, muy por la mañana, estaría de nuevo a caballo para concluirla.
-El enemigo ha levantado el campo, como vuesa merced puede verlo por sus ojos -respondió don Alejo de Mayorga. Y enseñando a don Quijote el cerro, le hizo notar una humareda rojinegra, en medio de la cual una llama angulosa echaba sus puntas a las nubes.
-Allí tiene vuesa merced la fortaleza del soberbio Brandabrando en cenizas: la ha prendido fuego con sus manos, para que no sea ocupada por su enemigo. En cuanto a la cautiva, yo me inclino a creer que todo ha sido jactancia de ese baladrón, y que no tuvo en su poder a Dulcinea chica ni grande. Su costumbre suele ser andar echando plantas y alabándose de que es dueño de las más renombradas princesas, cuando, bien averiguada la cosa, sus conquistas no pasan de una que otra pelandusca que se le entregan de propósito. Acalle la zozobra de ese pecho, señor, y véngase luego con nosotros a hacer algo por la vida, que el hambre sube ya de punto.
-En eso -repuso don Quijote- puede haber más verdad de lo que vuesas mercedes alcanzan a imaginar. Al Toboso he de ir o he de enviar a mi escudero, y tengan por cierto vuesas mercedes que me ha de dar buena cuenta de su embajada.
-Es mucho hombre éste -dijo don Alejo, mirando al citado escudero-: ¿conque vuesa merced le confía despachos y comisiones de tanta delicadeza?
-Es para más -replicó don Quijote-. Si su majestad el rey le hubiese mandado hacia el Gran Tamerlán, habría salido mejor que Rui González de Clavijo. Pero vamos a lo que vuesa merced propuso: si algo se de lo que pasa en mi persona, me haría muy al caso una ala de pollo.
Comieron luego, y pasaron a saludar a las damas, quienes, reunidas en la sala, estaban esperando a su gran huésped.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXV
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIV|Capítulo XXXIV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXV|Capítulo XXXV]] - Donde se da cuenta del grave asunto que trataron algunos de los personajes de esta historia
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVI|Capítulo XXXVI]]}}
{{t3|Capítulo XXXV}}
Hablose de puntos varios, y de uno en otro vinieron a parar en el tan ameno de las letras humanas, como que el marqués de Huagrahuigsa tiraba siempre a esa materia. Sin ser poeta era humanista; su profesión, aunque no su talento, la crítica literaria; y él, tan prolijo, tan sumamente prolijo, que en lo hondo del mar cogía un infusorio. Es propia de los malos críticos la habilidad para descubrir los defectos insignificantes, y propio de los escritores vulgares y ruines el odio por los que gozan de más consideración que ellos. El mérito de los demás es una deuda para el envidioso: en cuanto a las bellezas de la obra que tiene entre manos, se niega a verlas, y quién sabe si de buena fe no las descubre porque la envidia se las aparta de los ojos; y como le gobierna un vil propósito, cual es el descrédito del autor, no hace mención sino de las fealdades, echando tierra sobre los primores. O bien le falta el brío del ingenio y aquel aliento largo y poderoso que necesitamos para divisar y coger las perlas en el centro del Océano. El alcornoque, la algaova y las impurezas del mar están flotando hacia la orilla a la vista y a la mano de cualquiera. Estaba el marqués en lo fino de zarandear a Garcilaso, mondando y escardando sus églogas, como él mismo solía decir, cuando su tío don Prudencio Santiváñez, hombre de juicio recto, no lo pudo sufrir y respondió con irónica mansedumbre:
-He oído que para juzgar de las obras ajenas necesita uno tres cosas: ciencia, benevolencia y osadía. Nadie puede hablar acerca de los grandes autores sin reconocerse de hecho investido de la sabiduría que para tan arduos juicios requerimos. Ciencia igual o superior a la del autor. ¿Cómo de otro modo juzgar de sus aciertos o sus errores? Conviene mucha circunspección, dice el maestro en las humanidades, cuando hablamos de los grandes escritores; no sea que por ignorancia vengamos a condenar lo que no entendemos; y por falta de penetración, agrego yo, a reírnos de lo más primoroso de una obra. Y aun por esto viene a ser indispensable el otro requisito, la osadía, que presupone ciencia, sin la cual todo atrevimiento es declarada sandez y locura. Yo pienso que no hay profesión más complicada y difícil que la del censor literario, por cuanto es maravilla dar con uno en quien se hallen reunidas estas tres excelsas propiedades, ciencia, benevolencia y osadía. Un sabio bondadoso y arrojado que poniendo las cosas en su punto sabe guardar el temperamento con el cual convence de error, sin escarnecer al que lo ha cometido, debe ser hombre de los nada comunes.
-Y justamente -respondió don Alejo- la crítica es la ciencia más fácil y acomodadiza: la ciencia, digo, de fiscalizar a nuestros semejantes y condenarlos, que sean buenos, que sean malos, si les tenemos aversión; salvarlos y declararlos superiores, si son de los nuestros. Principios morales, políticos, literarios; maneras, conducta, todo cae debajo de la jurisdicción de la ignorancia. Nosotros, los doctos sin título ni autoridad, damos un corte en lo más intrincado, y la luz salta a los ojos del mundo.
-¿No has visto -repuso don Prudencio- cómo no hay quien no dé puntada en la medicina? Ponte malo, y ni viejo ni vieja te perdonan su remedio. Otro tanto sucede en lo moral, en lo político: los necios, los ignorantes son los más resueltos: nunca se quedan en chiquitas.
-Tío -dijo el marqués de Huagrahuigsa, con cierta rigidez-, si tengo o no derecho para resolver dificultades, yo me lo se, y a vuesa merced no se le oculta que paso la vida sobre los libros.
-No lo dije por tanto, mi querido Zoilo -replicó el buen tío-. Yo sé que eres joven de provecho; pero mi estimación por ti subiría de punto, si te oyese hablar con más respeto de los hombres a quienes el género humano ha consagrado, en cierto modo, y no pusieses tan en olvido la modestia. Ni los sabios ni los maestros pronuncian esas sentencias sin apelación que tú no vacilas en pronunciar todos los días. La cordura, la sabiduría suelen decir «me parece», «juzgo», «presumo», y otras expresiones de este linaje, con las cuales no despiertan e irritan la ojeriza de nuestros semejantes, dispuestos por la mayor parte a aborrecernos si ven en nosotros superioridad innegable, a motejarnos y reírse de nosotros si nuestros méritos están en duda. Tus aptitudes son evidentes; mas puesta siempre la mira a las obras ajenas, eres continuo averiguador de sus defectos, dejando de aprovecharte de tu capacidad intelectual. En tantos juicios como estás formulando cada día verbalmente de poetas, sin haber compuesto un verso; de prosistas, sin haber escrito una página digna de la posteridad; de filósofos y hombres de estado, héroes y gobernantes, con perdón sea dicho de tu buena índole, no tengo noticia de que jamás hubieses alabado nada en nadie, si no es justamente aquello que desechan la sana razón y las buenas costumbres. Pues tal no es el encargo del crítico imparcial: así se ocupa éste en lo bueno como en lo malo de las obras ajenas y nunca da de mano a lo excelente, sin incurrir en la tacha de envidioso ocultador del mérito. ¿Cuál es el fin de la crítica? Es, me parece, la enmienda de las faltas, la corrección de los errores, la tendencia al perfeccionamiento, y por aquí, a la belleza. La parte más difícil de la crítica es la favorable: para notar las gracias de un autor se ha menester buen gusto declarado: para exponerlas a la vista del público, benevolencia y buena fe. Los primores de la inteligencia son como los de la naturaleza, no se hallan en la superficie ni a los alcances de todo el mundo: el oro está en lo duro de la roca, el diamante debajo de la tierra. Así los grandes y bellos pensamientos requieren inteligencia y atención de parte de quien los lee, porque no vienen sobrenadando como espuma. La profundidad es indispensable para la solidez, la solidez para la duración: sin profundidad, pues, no hay verdadera hermosura: la hermosura ha de ser sólida para ser grande y perpetua. ¿Y quién duda que en lo profundo reina siempre una obscuridad respetable? El dar con los defectos es muy fácil; más fácil todavía el reírse de ellos: la risa es la sabiduría de la ignorancia, el arbitrio de la malignidad y la tontera.
-Tío -replicó el marqués-, si hablo de los antiguos, raras veces me propaso; mas los poetillas actuales y nuestros escritorzuelos menguados ¿por qué me han de inspirar ese respeto que dice vuesa merced? Sólo en un pueblo tan sin luces como el nuestro pueden pasar por hombres superiores, necios como aquel que, sabiendo apenas leer y escribir, tiene asegurado su nombre para la posteridad. El que uno de su propia calaña haga suyo el encargo de inmortalizarle no significa sino que en lugar de un tonto hay dos.
-No te mueras por eso -tornó a decir don Prudencio-; la opinión ajuiciada no sanciona los decretos cuyo fundamento no es el mérito, ni hace caudal de los encomios que propenden, no tanto a dar realce al héroe de la apología, cuanto a deprimir al ingenio que los historiadores inicuos o incapaces y los críticos envidiosos aborrecen. La mala fe tiene su política: para la envidia, un perro es más que un león; y verás a los malintencionados e ignorantes ir alabando sin término a un pobre diablo para que de allí resulte la inferioridad del que les quita el sueño.
-Abundo en ese modo de pensar -dijo a su vez don Alejo de Mayorga-, tanto más, cuanto que esas cábalas de la malevolencia las estamos viendo hoy mismo: ingenios eminentes tras de comunes y acaso ruines escritores. Nadando éstos en la fama y las riquezas, víctimas los otros de la obscuridad y por ventura de la inopia. Estas son injusticias, atrocidades de los hombres, los cuales tienen por necesario algo de que arrepentirse, si aún es tiempo, o una gran reparación que legar a los venideros. Nunca es tarde para el desagravio, pero dudo que algo le aproveche su estatua de bronce al que en la vida fue infeliz, y con todo su talento y su grande alma devoró el hambre, acosado por la maledicencia. Echadas bien las cuentas, díganme vuesas mercedes si los tardíos honores que los pueblos suelen tributar a los hombres preclaros descuentan de ninguna manera las tribulaciones y amarguras de que les hartaron en vida. La tumba es templo obscuro, impenetrable: la luz, el ruido del mundo no tienen entrada en ella: los muertos no ven sus mausoleos, sus bustos, sus estatuas; no oyen los panegíricos que pronuncian los oradores; no sienten alegría ni placer a las oraciones en que se les alaba. Bueno, justo y aun necesario es honrar la memoria de los varones esclarecidos con esas demostraciones con que los hijos descuentan la maldad o la indiferencia de sus padres; ¿mas no sería también conveniente mirar por un hombre ilustre cuando vive y necesita el apoyo de sus semejantes, sin esperar su muerte como condición indispensable de nuestra bondad y justicia?
-Este mal de la indiferencia por los seres privilegiados -respondió don Prudencio- ha envilecido al género humano desde su cuna. Digo indiferencia, por no decir persecución. La suerte es enemiga mortal de la naturaleza: destruir los dones de esta buena madre no lo puede; pero tiene el arte de hacer de ellos ocasión y motivo de desdicha. Esto es así, mi querido Zoilo. Ahora dime, ¿por dónde has venido a descubrir que esa buena madre naturaleza ha envuelto a todos tus compatriotas en un injusto desheredamiento, por colmarte a ti solo de sus favores? Mayorazgo de derecho divino, nada dejas para tus hermanos. Si hay algo que nos eleve suavemente sobre los de más, es la modestia. Tú has cultivado el ingenio con las lecturas livianas, poniendo en olvido a filósofos, historiadores y moralistas; y filosofía, historia y moral son manantiales donde bebe el corazón y mejoran los afectos. Has bañado tu alma en ese fragante arroyo que se llama poesía; pero atiende a que no siempre la Castalia es la fuente de la vida: Anacreonte, Safo, Catulo envejecieron antes de tiempo en sus aguas. El fuego de los sentidos puesto en obra es corrupción: la corrupción envejece y mata. En una palabra, hijo mío, y este consejo te lo da la experiencia, tienes que rectificar tu instrucción y enderezar tus propensiones. No me disgustaría ver cómo te echases en las llamas, impelido por un noble sentimiento del ánimo; ¿pero qué es esto de tirar siempre a lo peor y tenerse por el mejor? La liberalidad no te halla, la generosidad no te conoce; tu filosofía es el cinismo, tu dueño el interés: he aquí la grandeza de tu alma. ¿Podrías contar las obras de virtud que te vuelven acreedor a la veneración de tus semejantes?, ¿los actos de valor con los cuales granjeas su admiración? Ninguno, ninguno; ¿pues cómo, buen amigo, te tienes por venerable y admirable? Y ese flujo maldito por murmurar de todo, esa vengativa pequeñez con que todo lo censuras....
El marqués de Huagrahuigsa era el afín con el cual don Prudencio Santiváñez no comía en un plato: las índoles de estos sujetos no se tocaban por ninguna parte; y esta disparidad de temperamentos hacía que reinase entre los dos una cierta afección que bien puede llamarse antipatía. Disgustado de las ideas, harto de las impertinencias de aquel su sobrino, espiaba el buen señor una coyuntura para descargar su pecho y dar al empalagoso mancebo una lección. Se la dio y buena. El respeto debido a tan sagrado parentesco refrenaba apenas la ira del marqués; o era más bien que la perturbación de su espíritu en estos casos y el entorpecimiento de su lengua le coartaban las palabras, mudo y trémulo de pura soberbia. Orgullo no era el suyo; su alma no se iba por las elevadas regiones de esta afección o pasión que tiene mucho de noble. El orgullo puro y limpio no se opone a la modestia, no hace sino defendernos contra la humildad que, si no es la cristiana, se llama bajeza. El orgullo es un cierto conocimiento de la importancia propia, es deseo de corresponder a la naturaleza o al Criador, con un porte digno de sus favores. Traspasados ciertos términos, el orgullo es soberbia; mantenido en cierto grado, es una prenda del corazón y el espíritu. Puesto el orgullo en el lindero de las virtudes y los vicios, no llegan a él sino los hombres superiores, los capaces de las grandes cosas. Cuando éstas son obras del bien, se llaman virtudes; cuando del mal, crímenes. No hablo de los que comete el vulgo; esos son delitos, vilezas: hablo de las atrocidades grandes, de esas que llaman la atención de los pueblos y les obligan a admirarnos, aunque nos aborrezcan.
El marqués no alcanzaba fuerzas para el orgullo; se quedaba atascado en la vanidad, defecto que pone en claro las ineptitudes del corazón. Alabar a alguien en su presencia, era causarle tedio; no darle en todo caso el puesto de honor, agravio que le corría a lo hondo del pecho. En inteligencia no mal librado, de instrucción asaz provisto, el carácter malo, ajeno a las virtudes, incapaz de acciones generosas, y canalla en la menor oportunidad. Lástima de organización en la cual faltó el nervio de la generosidad, indispensable para la elevación del alma, aquella celsitud con que prevalecen los hombres realmente grandes, quienes a la vez suelen ser buenos, porque la bondad es parte esencial de la grandeza. Doña Engracia de Borja estaba aprobando en silencio el discurso de su marido, las señoritas escuchaban con respeto, y don Quijote, que todo lo había oído callando, sin recostarse una mínima a la causa del marqués, tomó la palabra y dijo:
-Si vuesas mercedes me dan licencia, echaré aquí mi jácara; una que viene al pelo del asunto.
Diéronsela, unos de viva voz, otros otorgando de cabeza, y nuestro hidalgo, que fuera de la caballería era muy cuerdo, habló como sigue:
-Han de saber vuesas mercedes que un famoso crítico, habiendo reunido en más de cuatro años todos los defectos y las faltas de un autor, los presentó a Apolo en una linda colección. Aceptola el Dios con una cortesía; y para corresponder el regalo según el genio y la calidad del personaje, le puso a los pies un saco de trigo con pelaza y todo, ordenándole separar del grano la paja, y hacer de ella un montón aparte. El crítico, alborozado con una comisión tan de su gusto, no ahorró trabajo ni prolijidad, y la cumplió cual convenía a tan advertida y minuciosa inteligencia. Una vez hecho el encargo, Apolo le adjudicó la paja en premio de su habilidad.
Había el loco acertado en la coyuntura. Mientras todos estaban mirándolos suspensos, tanto a él como al marqués, juraba éste allá para sí odio inmortal a don Quijote y la más cruda venganza que en su mano estuviera.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVI
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Ignacio Rodríguez
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXV|Capítulo XXXV]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVI|Capítulo XXXVI]] - Donde se enumeran los caballeros que han de concurrir al torneo de don Alejo de Mayorga en honra de las damas
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVII|Capítulo XXXVII]]}}
{{t3|Capítulo XXXVI}}
Para mudar de conversación acometió don Alejo a encarecer el torneo que debía verificarse, dijo, al otro día en uno de los patios del castillo, y propuso a don Quijote ser de los campeones. Eso era echar el pez al agua. Cogiendo al vuelo la invitación el caballero, preguntó quienes eran los justadores que acudían al palenque.
-Acuden los más notables de España -respondió don Alejo-, y aun de los otros reinos. Aquí tendrá vuesa merced a Gonzalo de Guzmán y Pero Vásquez de Sayavedra, a Juan de Merlo y Alfarán de Vivero, a Mosén Diego de Valera y el renombrado Gutierre Quijada, a cuyas manos murió Suero de Quiñones.
-Gutierre Quijada -repitió don Quijote-, señor de Villagarcía. Éste es el que, en junta de su primo Pero Barba, llevó una empresa a Borgoña, requiriendo a los bastardos del conde de San Polo, para que se presentasen a combatirse con ellos. Como las armas que hizo Gutierre fuesen muy de notar, el duque le envió una vajilla de treinta marcos de peso y otros ricos presentes, con lo cual se partió aquel buen castellano.
-Pues también estarán aquí -dijo don Alejo de Mayorga-, no menos que Juan de Bonifaz y Juan de Torres. Ahora, si hablamos de los extranjeros, tiene vuesa merced a Miser Jorge de Vouropag, caballero alemán que hizo lides en Castilla, adonde trajo una empresa, requiriendo a don Fernando Guevara.
-Olvidado me lo tengo -respondió don Quijote-. Prosiga vuesa merced y nómbreme uno por uno todos los paladines con quienes tenemos que haberlas.
-¿Conoce por ventura el señor don Quijote a Mosén Luis de Falces?
-El que hizo armas en Valladolid con el señor de Torija -respondió don Quijote-. El rey don Juan les tuvo plaza e mandó poner, como rezan las crónicas, dos ricas tiendas para los campeadores. Las armas se hicieron a pie y a caballo; y sin embargo de que el castellano llevase en ambas lides lo mejor, el rey, no queriendo que Mosén Luis fuese para menos, les envió a uno y a otro ricos vestidos de brocado de oro con aforros de marta cebellina.
-Vuesa merced tiene en la punta de la lengua la historia de los aventureros -dijo don Prudencio-; ¿sabrá, por tanto, quién es Miser Jacques de Lalain, ése que allí se presenta junto con Roberto, señor de Balse?
-Sí, por cierto -respondió don Quijote-: los tales caballeros hicieron armas con don Juan Pimentel, conde de Mayorga, Lope Destúñiga, Diego Razán y otros ricoshombres y señores de la casa del Condestable de Castilla.
-¿El conde de Mayorga, ha dicho vuesa merced? -preguntó don Alejo-. Sepa el señor don Quijote que yo soy su próximo pariente, y aun tengo derecho a su título. Pero esto no hace a mi propósito; lo que hace es aquel paladín que llega cubierto de todas armas, baja la visera por no ser conocido antes de tiempo. Con todo, vuesa merced ha columbrado ya su nombre y sabe que es Jacques de Xalau, señor de Amabila, el que tocó la empresa que don Diego de Valera había llevado a la corte de Borgoña. Este Diego de Valera se combatió en seguida con Teobaldo de Rougemont en el Paso que el señor de Charní mantuvo con tanto brío.
-¿Cuál es el mote de la empresa sobre la que hacemos armas? -preguntó don Quijote.
-El mote será éste: Soyez hardi. Y no extrañe vuesa merced que vaya en francés; el del Paso Honroso era: Il faut délibérer.
-Eso es lo de menos -repuso don Quijote-: lo que importa es saber por qué y por quién se hace la batalla y con qué condiciones.
-El Paso, señor mío, lo mantiene un insigne campeador, en desagravio de su dama, quien no se da por satisfecha de unos ciertos celos con menos de cuarenta lanzas rotas por el asta. Los amigos del dicho campeador son los mantenedores: los carteles se han repartido por todas las naciones caballerescas, y los aventureros acudirán en gran número. De Francia vienen Pierre de Brecemonte, Jacobo Lalain y el famoso Beltrán Claquin, el que tomó parte con don Enrique de Trastámara contra el rey don Pedro. Vuesa merced se acuerda del pasaje: el bastardo, mostrándose en el umbral de la puerta, alto, soberbio, como si él fuese el soberano, en voz arrogante dice: «¿Dónde está el hideputa que se llama rey de Castilla?» «El rey de Castilla aquí está, respondió don Pedro: hideputa es el bastardo».
-¡Qué expresiones son esas, Alejo! -gritó don Prudencio.
-Las de la historia, tío; constan en el Padre Mariana. Lo que anda impreso con licencia de la Santa Inquisición ¿será malo para dicho?
-Los autores -replicó don Prudencio- pueden alguna vez usar esas franquezas con el público, para exactitud de la relación. Hay cosas que quizá se dicen a todos y no son permitidas entre pocos.
-El fraile tiene la culpa, tío. Ahora pregunto yo: vuesa merced me manda leer algunas páginas en plena familia una de estas noches; llego a esos pasajes, topo con esas maneras de decir, ¿qué hago?
-Pues como a buen muchacho, hábil y previsor -replicó don Prudencio-, te viene una tos en ese instante, o se te trabucan los renglones, y pasas por el fuego sano y salvo.
-Ya -dijo don Alejo-: en lo sucesivo, cuando se me ofrezca decir algo con hi, he de decir hideperro. Pues dijo el rey: «El hideperro es el bastardo»; y tomándose a brazos los dos príncipes, se echaron a rodar por aquel suelo, como dos galopines. Don Pedro se halla encima; Claquin se llega, y diciendo: «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor», le pone debajo: evolución con la que tiene el bastardo comodidad para envasarle a su hermano bonitamente la daga hasta la empuñadura.
-En esto no fue hidalgo el señor Claquin -dijo don Quijote-. Con más aire se presenta cuando, hallándose prisionero en Londres, fija él mismo su rescate en una suma tan crecida que no la pudiera pagar un príncipe. Reconvenido por semejante extravagancia, contestó que Beltrán Duguesclin no valía menos; ni sería él quien diese su rescate. La reina de Inglaterra se suscribió, en efecto, en primer lugar para el rescate de su prisionero. Las damas de Francia pusieron lo demás.
-Y el amigo Duguesclin era feo como un oso, ¿de dónde provenía que fuera tan bienquisto con las damas? -preguntó el marqués de Huagrahuigsa, serenado ya en medio de tan amena conversación.
-Privilegio es del valor -respondió don Quijote- conciliar hasta belleza al que lo posee y ejercita. El valor no infunde envidia como el talento; el valor tiene ancho camino hacia los corazones. El valor cuenta con el respeto general, se hace admirar de los buenos, temer de los malos, y esto más tiene de favorable, que no aborrecen al valiente ni los mismos que le temen, siempre que lo sea en el círculo de la justicia y la moderación. El valiente es el más feliz de los mortales cuando le adornan también las gracias del espíritu. Beltrán Duguesclin era tan feo como atrevido, tan atrevido como cortés, tan cortés como enamorado; ¿qué mucho que las mujeres se fuesen tras su prestigio?
-Pues también estará aquí -volvió a decir don Alejo de Mayorga-. De los ingleses vendrán el lord Jeremías Oberbory, gentilhombre de Su Majestad, y Sir Odo Bolimbroke. Ahora eche vuesa merced la vista sobre Linsay de Byres, y vea como llega cubierto con sus armas, arrastrando el largo sable. Ni la manopla le falta: miren vuesas mercedes esos dedos de fierro, cada una de cuyas falanges puede servir de falleba a las puertas de un palacio. Este es el último de los insulares: tras ellos vienen los teutones. Miser Jorge de Vouropag, como ya dije, y Alberto de Austeriche. Los señores Bouqueburgo y Exterteine; los de Rostrappa Magdesprungo y Genrode Suderode; los de Bamberinguen, Bamberinga y Trevemunde, caballeros de los de lanza en ristre, pistola al cinto y espuela de platina. De Portugal no vienen sino el gran Prior de Mafra, Late Jiménez de Oporto y el señor de Tras os Montes. Desde ahora advierto al señor don Quijote, que es artículo de torneo el confesarse para entrar en la estacada; pues aun cuando no viene el físico sabidor en medicina, Salomón Setení, tenemos un fray Antón, no menos escrupuloso que el del Puente del Órbigo. Escuche vuesa merced y oiga los nombres de los paladines italianos que han de concurrir a nuestra justa: los Ventivoglio y los Picolomini; Giovanni Bombicini y Teodoro Rondinelli; el conde Domo d'Ossola y el barón Ornobasso di Caprino; Luigi Mezzatesta, señor de Camerlata; Hugo Fóscolo Tremezzo, gran síndico de Santa María degli Angeli; Andrés Palavicini, señor de Servelloni; Francesco Eremitano Pietrasanta; Miquele Papadópoli, señor de la Puente de la Motta; Gaudencio Calderara Mussolungo; Rebbio Lurate Malamocco, primer inquisidor de San Marino; Cerusso Chivassio di Cortona, gran preste y capellán de Sinigaglia; Timoteo Ghirlandayo Montelupo; Castrato Plomatto Misolonghi, archipámpano del Jura; Canossa Marzabotto, y el Príncipe Fulberio de Santoña. Los asiáticos y los africanos están ocupados actualmente en el sitio de Albraca, donde tienen asediada a Angélica la Bella, y no vendrán sino con el fiero rey Gradasso, poseedor de la espada Durindana, y el invencible Mandricardo.
-Si viene el rey Gradasso -dijo don Quijote- me ahorraré el trabajo de ir a buscarlo en Lipadusa. Al mantenedor del Paso no se lo ha citado por su nombre; estimaría yo de vuesa merced nos lo mentase.
-¿No lo dije? -respondió don Alejo-; es un cierto don Alejo, conde de Mayorga, quien ha hecho jura sobre un libro misale de non comer pan a manteles, nin hacerse la su barba, nin con la condesa...
Aquí se detuvo, y mirando de reojo a su tío, prosiguió:
-Ha jurado, digo, no quitarse las sus arenas hasta cuando hubiese vuelto a la gracia de la señora de sus pensamientos. Así como el mantenedor del Paso Honroso traía todos los jueves una argolla de fierro a la garganta en señal de servidumbre, así yo traigo cada viernes un cilicio al brazo en vía de penitencia amatoria hasta cuando hubiese recobrado el amor sin mácula de la sin par Zolidea de Rimbaude. ¿El señor don Quijote prefiere ser de los mantenedores, o viene como aventurero a disputarnos el prez de la victoria?
-Por lo visto -respondió el hidalgo- a mí me conviene ser de los aventureros; tanto más cuanto que por aquí he oído llamar sin par a esa señora Zolidea. Se me ofrece un reparo, señor mío; es a saber, que a la mayor parte de los paladines mencionados los come la tierra ha más de un siglo: vuesa merced va a mantener su Paso, no con los vivos, sino con los que han vivido.
-Como el torneo se abra a la hora citada -respondió don Alejo- eso me da que sean sombras o gente de carne y hueso los que hagan la batalla: cuanto más que no hacemos sino tomar los nombres de esos caballeros, a fin de ennoblecer el Paso y dar buena presa a la fama. Vuesa merced no piense que el señor de Vouropag ni Mosén Enrique de Remestán han de sacudir el polvo del sepulcro para tener la dicha de combatirse con nosotros. Esta es más bien una lid simulada, un deporte caballeresco en honra de las damas.
-Por Dios, Alejo -dijo doña Engracia-, no metas a las damas en ese embolismo que estás formando. Juego de manos, y tú sabes lo demás. Ve cómo aplacas de otro modo a tu señora, si es de las que no exigen sangre para sus desagravios.
-A los trabajos de Hércules me sujetaría yo -respondió el mancebo-, si ella me lo mandase. ¿Qué son para un buen caballero cuarenta lanzas rotas? Aquí no hay sino una cosa peliaguda, y es que el invencible don Quijote de la Mancha prefiere ser de los aventureros. Pero, Deo volente...
Sonriose don Quijote, y dijo:
-Si con mi lanza cuenta el conde de Mayorga para volver a la gracia de la señora de sus pensamientos, la hermosa Zolidea de Rimbaube se quedará enojada para toda la vida. Sea vuesa merced servido de ponerme al corriente de las condiciones del combate, el cual, aunque simulado, no deja de ser una demostración bélica. ¿Será a pie? ¿Será a caballo? ¿Habrán de acometerse uno a uno los campeones, o será ello una escaramuza general de bando a bando?
-La pelea será a caballo -respondió don Alejo-; las armas, arnés completo, exceptuando la babera porque iremos con celada borgoñona. El reencuentro no será cabeza por cabeza, singuli o uno a uno, sino una arremetida y confusión general, donde cada combatiente hará lo que pueda.
-Soy contento de esas condiciones -dijo don Quijote-. Sé decir a vuesas mercedes que, en caso de combate singular, yo provocaría a Juan de Merlo, a causa de sus grandes y numerosas hazañas. Este llevó empresas a todas partes: sostúvolas en Arrás contra Pedro de Brecemonte; en Basilea contra Mosén Enrique de Remestán. En Valladolid se halló, y esto es más, en las justas de don Álvaro de Luna, donde, combatiéndose con el rey don Juan, tuvo la honra de que su soberano rompiese en él una lanza. Acudió después al Puente del Órbigo, en cuyo Paso hirió a Suero de Quiñones; y finalmente murió en la demanda, siempre como bueno.
Dijo esto el caballero; y despidiéndose de la tertulia se retiró a su aposento, donde su escudero Sancho Panza le esperaba sepultado en un profundo sueño.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVIII
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Ignacio Rodríguez
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVII|Capítulo XXXVII]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXVIII|Capítulo XXXVIII]] - Del grave, raro e inesperado suceso que le fue revelado a nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIX|Capítulo XXXIX]]}}
{{t3|Capítulo XXXVIII}}
No bien habían cerrado los ojos don Quijote y su escudero, cuando volvió a abrirse la puerta con dos humildes golpecitos, entrándose por ella un hombre, fantasma o duende, que de todo tenía, envuelto en una enorme capa y con un sombrero bajo cuya ala pudiera acampar un ejército.
-¿Nadie nos oye? -preguntó llegándose a la cama de don Quijote-: mire vuesa merced que no cabe ponderación en el secreto que habemos menester; y así le ruego limpie de todo animal viviente esta morada. Lo que ahora ocurre no es para oído ni por los mosquitos del aire, ni por los gusanitos de la tierra.
Ya se moría don Quijote por ver la cara del hombre misterioso; cosa imposible como no fuera de la nariz abajo, en cuyas regiones predominaban un bigotillo a la chinesca, largo y angosto, que parecía pintado, y una pera de escasa población, si bien de asombrosa longitud.
-Yo me llamo -continuó diciendo- don Benedicto Rochafrida. Vuesa merced sea servido de mandar a este hombre salir, porque de otro modo no podría yo exponer las cosas de la manera como deben llegar al conocimiento de vuesa merced.
-Para con mi criado no tengo secreto -respondió don Quijote-. Si le perdonamos una cierta comezón de ensartar refranes, es tan discreto como inclinado a valer a los que pueden poco. Vuesa merced suponga que no le oye ni un mosquito, y haga sus entradas.
-Esa comezón no empece -dijo el fantasma-: si no es más que eso, puede quedarse. ¿Hay confianza absoluta, bien así en su reserva coleo en su buena voluntad? Las paredes oyen, señor caballero; por las rendijas de las puertas se salen las palabras y se entran las desgracias.
-¡Voto al demonio! -exclamó don Quijote-, ¿grave es en tanto extremo lo que vais a revelarme que sea preciso calafatear puertas y ventanas?
-¿Vuesa merced es casado? -preguntó don Benedicto.
-¿Conviene a vuestro asunto saber si lo soy o no? -respondió don Quijote.
-Tanto, que sin este preliminar me vería atascadísimo en mi narración.
-Pues sabed que no lo soy.
-¿Pero tendrá a lo menos eso que llaman amiga, querida o concubina?
-Los caballeros andantes -replicó don Quijote- no tienen nada de eso; lo que tienen es dama o señora de sus pensamientos. Y tengan lo que quieran, vos sois un atrevido bellaco.
-Pierda cuidado -volvió a decir don Benedicto-. Una vez que vuesa merced tiene dama, sabe quizás lo que es estar encinta una dama. En sabiendo lo que es estar encinta una dama, sabe sin duda lo que son en ella los antojos.
-Sí, por cierto -dijo don Quijote-; y los suelen tener muy extravagantes. La reina Romaguisa tuvo el estrafalario antojo de hacer adobes.
-¡Cristo crucificado! -exclamó don Benedicto Rochafrida-, ¿Y qué hizo el infeliz marido?
-El infeliz marido era un gran príncipe; hizo moler dos quintales de perlas finas, y con unos cuantos barriles de leche, dio rienda suelta a la pretensión de su muy amada consorte.
-Dichosa señora -tornó a decir don Benedicto-. No es lo mismo que la que descolló en su embarazo por el deseo vehemente de comerse crudas y de balde las orejas de un puerquecito que al paso vio derribado en una tienda.
-La puerquecita era ella -dijo Sancho Panza-: ¡y miren si no las quería de balde!
-Ahora ¿qué piensan vuesas mercedes -repuso don Benedicto- de la otra que en la luna de miel se puso a morir de melancolía porque su marido se negaba a satisfacer su antojo?
-¿Cuál era ese antojo? -preguntó Sancho.
-Quería ser azotada, y muy de veras, de modo que la sangre corriese en hilos por la blancura de esas carnes. Como anduviese rallando a su marido de día y de noche, y suspirando y llorando y quejándose de su mala voluntad, cogiola éste el rato menos pensado y le dio gusto de manera que aseguró su buen genio para algunos meses.
-Algo valen cabezadas oportunamente dadas -dijo Sancho-. ¿Y adónde va a parar vuesa merced con estos cuentos?
-A que unas desean ser azotadas, y otras azotar: unas quieren de balde orejas de lechoncillo, otras orejas de escudero, y no muy caras. Mi mujer os ha visto, y se muere ya de ganas de mordéroslas y de asentaros dos o tres docenas de azotes en lo limpio.
Sancho Panza, lejos de mostrar indignación, largó una carcajada y dijo:
-Vuesa merced trueca los frenos; lo que ella quiere es ser azotada por un escudero de fama.
Sin hacer caudal de esta impertinencia de Sancho, don Benedicto Rochafrida, dirigiéndose a don Quijote, dijo:
-Doce azotes, señor caballero, ¿qué son para uno que tiene que darse tres mil y trescientos por otro negocio? El que tiene dos orejas puede muy bien, me parece, dar a morder la una, sin mengua de su decoro ni cargo de conciencia.
Don Quijote, que había estado escuchando atentamente, dijo a su escudero:
-Cosa es de considerar despacio, Sancho hermano, y no tan digna de risa como piensas. Figúrate que ese párvulo intrauterino estuviese destinado a ser un famoso caballero andante, ¿no sería el non plus ultra de la inhumanidad y la cobardía dejarlo morir antes de nacido, porque un santo hombre llamado Sancho Panza se ahorrase doce miserables azotes?
-Hasta los gatos quieren zapatos -respondió Sancho-. Que me los dé yo por mi señora Dulcinea, cuando tenga tiempo y comodidad, no quiere decir que sea hombre de tocarme a un pelo por este alma de búho. ¡Arre allá, diablo!, escuderitos tenemos para todo: encantan a la señora Dulcinea, Sancho, azótate. Se les olvida el bálsamo de vomitar, Sancho, anda por él, ponte en manos de Juan Palomeque el zurdo, quien no hará sino mantearte. Ahora viene este zanguango con su pata de gallo: Sancho..., Sancho... Como a vuesa merced no le duele, anda poniendo mis carnes a la disposición de todo el mundo.
-Cálmate, buen Sancho -dijo don Quijote-; de algún tiempo acá has levantado tu carácter, y todo lo vuelves pendencia, como si hubieras nacido para dar de comer al diablo. ¿A qué me traes el bálsamo de Fierabrás, el encanto de Dulcinea y otras cosas pertenecientes a nuestra historia? ¿Qué tienen que ver Juan Palomeque con don Benedicto Rochafrida, ni los mil trescientos con los doce que ahora te proponen? Si consientes en recibir los últimos, es cosa tuya: si has de cumplir tu obligación respecto de los primeros, cosa mía. Veremos si prevalece mi voluntad o la vuestra, señor jurisconsulto. Os llamáis a la corona antes de tomar el hábito; pues yo os haré ver que vos surtís mi fuero, y dejándome de contemplaciones apretaré la mano y se os volverá la albarda a la barriga.
Sancho vio la mar alta, pero no estuvo en su poder callar del todo.
-A cuentas viejas barajas nuevas, señor don Quijote -dijo-; y cuenta errada, que no valga. Mas diga vuesa merced: tras tantos azotes, palos, mantas y bálsamos endiablados, ¿cuándo será el ganar el reino que me tiene prometido?
-¿No me ves con la mano en la masa? -respondió don Quijote-. ¿Para qué piensas que es todo aquello sino para ganar ese maldito reino que te ofrecí en mala hora? Dormiré, dormiré, buenas nuevas hallaré: te estás ahí empollando huevos, y quieres que los reinos vengan a dar aldabazos a tu puerta. Tirante el Blanco de Roca Salada no hizo rey a su escudero Gandalín sino después de muchas y grandes pruebas de buena caballería. Muéstrame tú los gigantes a quienes has matado en mi servicio; cuéntame las cartas que de enamoradas señoras me has traído. Gandalín no fue señor de la Ínsula Firme sino después de haber salvado la vida a su amo y cortado la cabeza a la giganta Andandona. ¿Dónde están las Andandonas a quienes has cortado la cabeza? ¿Cuáles son las reinas Falabras a quienes has seguido lanza en ristre por volverme a la libertad? Allí te tienes cien años encantada a mi señora Dulcinea, asqueando, por hacerte el melindroso, esos tres mil trescientos pobres azotes, y quieres que en un día te haga yo gobernador, emperador y todo. Te cubrirás de Grande de España en tiempo oportuno; luego serás Clavero mayor de Santiago, y de allí pasarás a la corona.
-Grano a grano hinche la gallina el papo -dijo Sancho-: si para ser rey no tengo sino que matar algunos gigantes, desde aquí pueden mis vasallos saludarme de Alteza.
-Ahora entro yo -dijo a su vez don Benedicto Rochafrida-. ¿En qué quedamos respecto de la merced que al señor don Quijote tengo pedida?
-Hermano advenedizo -respondió don Quijote-, ¿estáis cierto de lo que debe ser, luce meridiana clarior est, para exigir en razón de ello actos extraordinarios y aun sacrificios de quienes no os conocen? Desde luego conviene saber si de veras sois casado; en seguida es preciso ver si los antojos de vuestra esposa provienen de la enfermedad sublime que constituye a la mujer madre del género humano, o son veleidades y regodeos de dueña antojadiza, cuyo gusto es atormentar y arruinar a su marido. Por último, conviene resolver si los antojos no satisfechos ocasionan el parto prematuro. ¿Creéis vos que si vuestra mujer amanece un día con gana de comerse el Ave Fénix, estáis obligados a ir por la posta a la Arabia Feliz?
-Hasta mañana, hermano Benedicto -dijo el escudero-. Vuesa merced sabe que de Dios nos viene el bien y de las abejas la miel. Nada es imposible en este mundo: allá lo veremos todo cuando el sol nos amanezca.
-Si cumplís tan buenas intenciones -respondió don Benedicto-, Dios os lo pague; si no, os lo demande.
Y haciendo la mesura con la rodilla a don Quijote, salió sin añadir otra cosa. Tirose a la puerta Sancho Panza, echó la llave, apagó la luz, volvió a tientas a su cama, y quedó dormido.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XL
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|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XXXIX|Capítulo XXXIX]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XL|Capítulo XL]] - Donde se da cuenta del famoso torneo del castillo
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XLI|Capítulo XLI]]}}
{{t3|Capítulo XL}}
Cubierto de sus armas se echó afuera don Quijote, mandando a su escudero ensillar sobre la marcha a Rocinante. Una vez a caballo el valeroso manchego, se le vio comparecer en la liza, alto el morrión, calada la visera, gentil y denodado como el doncel de don Enrique el Doliente. Hallábanse ya los justadores en la arena, y el rey de armas les repartía el sol y el campo, divididos en dos cuadrillas, todos a cara descubierta.
-Quien quiera que seáis, caballero -dijo el juez del torneo a don Quijote-, obligado estáis a descubriros, porque tal es la condición de la batalla.
-Soy contento de ese capítulo -respondió don Quijote; y alzando el encaje puso de manifiesto su rostro largo y enjuto, con aquel su bigote sublime que consistía en ocho pelos de más que mediana longitud. Echó en torno suyo una mirada soberana y fue reconociendo sucesivamente a los campeadores. El primero que se le ofreció a la vista fue Gaudencio Calderara Musolungo, caballero milanés, montado en un soberbio alazán que con ojos sanguíneos y feroces estaba pidiendo entrar en combate. Vestía este caballero calzas atacadas, jaqueta de grana sobre el jubón, ostentando en las vueltas un camisón de bordados primorosos. De su cinto pendía una larga vaina de metal blanco, que chacoloteaba contra el estribo en sonoros, marciales golpecitos. Mostrósele en seguida Jacques de Lalain, uno de los más preciados justadores franceses; y luego el más preciado de todos, Beltrán Claquin, Guesclin o Duguesclin, que todo es uno. Gobierna éste un bridón castaño obscuro, de canilla negra y ancho casco, crin revuelta en pomposo desorden, cola prendida en el anca a modo de penacho, atusada militarmente; jaquimón, petral y grupera de grandísimo precio por las chapetas de oro con que están taraceados. El broquel del señor Duguesclin trae empresa y mote, cual conviene a los caballeros provectos, con las armas de Francia, pues el dicho caballero representa a esta nación en el torneo. Sobre su calzacalzón de raja se descuelgan las faldas de la loriga, cuyas láminas están despidiendo mil diminutas centellas, según que varían de viso con los movimientos del belicoso caballo.
Vio luego al inglés Jeremías Oberbory, rígido caballero que manifiesta su adustez, bien así en la persona propia como en la montura, sin más adornos que los de la sencilla naturaleza, la cual enamora de suyo y prevalece cuando es fuerte y grandiosa. Reconoció después a los alemanes Boukebourgo y Exterteine; a los españoles Alfarán de Vivero y Mosén Diego de Valera; al portugués Late Jiménez de Oporto, gran señor que llena la plaza con su entono, haciendo quiebros sobre un cuatralbo hermoso. Las armas de este lusitano son sinoples, sinople igualmente su vestido, sin más que una pluma azul en el capacete a modo de graciosa disonancia.
Ofreciose luego a la vista de don Quijote Juan de Merlo, caballero en un corcel de mediana alzada, no muy gordo, negro como la cola de armiño, cuyos ojos despiden llamas. Este paladín se encontró de vista con el de la Mancha, y al ojo se concertaron los dos para combatirse.
Vio en seguida un moro a la jineta, arrogante por demás en su apostura, que todo lo miraba como señor natural de vidas y haciendas. Es el rey Gradaso, quien trae a Durindana colgando de un talabarte de cuero de lobo marino. El soberbio pisador de este pagano es blanco: sus ancas desaparecen bajo una gualdrapa carmesí, paramentada de argentería morisca, y gruesas borlas de entorchados de plata bajan hasta los corvejones. El jinete lleva sobre los hombros un capellar sujeto al cuello con un gafetón de oro, y está sofrenando a la continua a su fogoso animal que solicita la batalla con grandes manotadas que da en el suelo, resoplando belicosamente.
El barón Ornobasso de Caprino hace armas con nombre de «El caballero de las Tinieblas»: dos alas negras, abiertas sobre el escudo de fondo azul con veros blancos, son la empresa. El mote: Muor mentre se lieto.
Timoteo Ghirlandayo Montelupo tiene parte en la jornada bajo el nombre de «El caballero de la Esperanza». Verdes son sus armas; la empresa de su escudo, un árbol con gruesos pomos amarillos; al pie del árbol, una zorra que está mirando hacia arriba. El mote dice: Eh, quando sia quel giorno!
Francesco Eremitano Pietrasanta, alboloñés de pro, monta un caballo árabe, cuyo cuello está erguido como el de la jirafa. Nació este noble bruto en los campos tartéseos de una yegua de esas que conciben del céfiro y dan hijos veloces como el viento. Francesco Eremitano Pietrasanta se denomina «El caballero del Triunfo». Sus armas son gules; su broquel tiene por empresa un león que está sesteando a la sombra de una palma; el mote reza: Sodi tu che vinci.
Entre los caballeros franceses reconoció además don Quijote a Jacques de Xalán. Las armas de este paladín son jaldes como las de Laucareo, esto es, amarillas, el color de los celos y la desconfianza: la empresa, una ninfa de dos caras: el mote: Bien fol est qui s'y fie.
Alfarán de Vivero y Mosén Diego de Valera montan cada uno un gran tordillo cuyo pecho tiembla cual provocativa cuajada. La cerviz forma un arco robusto; la crin, repartida en dos mitades, cae a un lado y otro, larga y abundosa; las manos son negras hasta las rodillas; el casco, limpio, ancho; la cola, crespa, larga hasta la tierra. Los dos españoles hacen armas con una misma empresa, dos gemelos unidos por un vínculo de oro. El mote es: Honni soit qui mal y pense.
Otros señores había en el palenque, pero don Quijote no se detuvo a mirarlos, satisfecho de tales adversarios cuales había visto uno por uno. El rey de armas y los mariscales dividieron los bandos, mantenedores aquí, aventureros allí, arrostrados con silencioso denuedo hasta cuando se oyese la señal de acometer. La señora doña Engracia de Borja y don Prudencio Santiváñez habían hecho lo posible por evitar semejante juego; pero don Alejo y sus amigos se empestillaron en que se había de llevar adelante la demostración guerrera, y no hubo forma de cambiar el reporte con otro menos peligroso. Cuando don Alejo de Mayorga quería una cosa, la quería fuertemente, como Marco Bruto. Sus pretensiones se mostraban a sus padres o sus tíos con ruegos y caricias, pero ruegos y caricias de consistencia tal, que no dejaban resquicio a la contradicción. Doña Engracia había propuesto se dispusiese un sarao en vez del torneo: su sobrino resolvió el sarao tras el torneo. No hallando modo la señora de frustrar ese temible alarde, puso a lo menos el artículo de que ninguno de los justadores había de usar de sus armas propias, sino de las que ella les proporcionara. Mandó, pues, hacer unos rejones que sirviesen de lanzas, y aun esos con zapatilla, a fin de evitar el derramamiento de sangre. Las señoritas tomaron sobre sí el adorno de las armas, y las adornaron efectivamente con cintas de colores varios, distinguiéndose cada una según la solicitud de su corazón y la osadía de su voluntad. Hallábanse todas en un tablado construido al propósito, y a cual más puesta en orden, servían de estímulo al valor de los combatientes.
-Caballero -dijo el rey de armas, llegándose a don Quijote-; no es de buena caballería servirse de armas superiores a las del enemigo: tenido sois de arrimar la vuestra lanza formidable y proveeros de una igual en un todo a la de los otros campeadores.
-Así es la verdad -respondió el hidalgo-: no se dirá que don Quijote de la Mancha salió con la victoria merced a la superioridad de las armas. Rugero echó en un pozo el escudo encantado que le había servido para vencer a tres andantes; no usaré yo, por tanto, de esta mi buena lanza. A ver acá la que se me destina, que para el buen campeador todas son unas.
Y tomando el rejoncillo que se le presentaba, lo requirió despacio, y dijo:
-Por mi vida, caballeros, gran ridiculez y mengua será que tales hombres cuales aquí nos vemos depongamos nuestras armas por estos bolillos de vieja. Echadme acá una almohadilla de salvado por escudo, y las gafas verdes para complemento de la armadura. ¿Vamos a correr sortija o a dar una batalla?
-Para el buen paladín toda arma es buena -respondió el rey Gradaso-. Yo juro por Mahoma y su alfanje de dos hojas llamado Sufagar, envasaros con este que llamáis bolillo de vieja, de tal suerte, que entrándoos él por los espacios intercostales, os salga media vara por las espaldillas.
::-Passa il ferro crudel tra costa e costa,
::É fuor pel tergo un palmo esce di netto,
dijo Michele Papadópoli, señor de la Punta de La Motta, y añadió:
-Yo hago el mesmo juramento, con la adehala de sacarle uno de sus riñones en la punta de mi bolillo.
-A mí me bastará un mondadientes para sacaros todos los vuestros -respondió don Quijote-. No gastemos prosa y vengamos a las manos, si no sois malos y falsos caballeros.
Aventose el rey Gradaso sobre don Quijote, diciendo en alta voz:
-¡Don follón y mal nacido, pagar heis con la vida esta insolencia!.
Juan de Merlo se interpuso y dijo:
-Nadie sea osado a usurparme lo que a mí solo me pertenece y atañe: tengo ofrecida al diablo el alma de don Quijote, y mi promesa he de cumplir aunque huya él y se esconda en las rendijas del infierno.
-¡Deteneos, paladines! -gritó Brandabrando, tirándose adelante-. Desde muy antes de ahora me debe la vida este caballero, que se la vengo perdonando diariamente por pura conmiseración. Mas llegado es su día y acaban todas las cosas para él, que ya es demasiado compadecer a tan mortal enemigo.
-Eso sería donde no estuviese Duguesclin -dijo éste abalanzándose a la lid-. De fuero se me debe la batalla, pues nada más corriente que el restaurador de la caballería francesa las haya con el de la española. Os intimo, caballeros, que os hagáis atrás dejándome barba a barba con tan poderoso contrario.
-En buenhora sean venidos todos éstos -dijo don Quijote- a quienes, si no fuera amenguar mi acción y aplebeyar la victoria, llamaría de cobardes y alevosos.
-Yo solo he de castigar este desaguisado -dijo Late Jiménez de Oporto, echándose al centro de esa belicosa muchedumbre-. No estoy hecho a sufrir semejantes alusiones, y así me hieren los insultos comunes como los personales. ¡Oh, mi señora Rosinuña de Lisboa, agora me amparad y me acorred y me creced el corazón, para que yo saque a la luz del mundo la sandez y e atrevimiento del que no reconociere y confesare la supremacía de la vuestra fermosura! Mirad por vos, mal caballero, o sois muerto sin confesión.
-Vos sois quien la necesita -respondió el manchego, y abrió la batalla con un tajo tan desmedido, que si el arma fuera un alfanje, allí quedara el portugués para la huesa. En esta sazón los farautes soltaron las bridas y gritaron:
-¡Legeres aller, legeres aller, é fair son deber!.
Y rompiendo las trompetas en una entonación guerrera, principió esa escaramuza, que no le fuera en zaga a las más famosas de los tiempos caballerescos. Hacía mucho que don Quijote de la Mancha tenía olvidado que todo era puro simulacro, y se andaba por ahí en medio de la folga repartiendo golpes a Dios y a la ventura, con tal ardimiento, que iba sacando de sus quicios a los mantenedores, los cuales principiaban a volver palo por palo, y muy de veras.
-¿Dónde está ese rey Gradalso? -decía-; y vos, hermano Papadópoli, ¿por qué os metís entre los vuestros? ¡Mostrad la cara, Juan de Merlo, vencedor en tantas justas!.
Y menudeaba fendientes y reveses tan bien asentados, que más de cuatro paladines tenían ya sus burujones en la cabeza, a pesar del yelmo, si bien éste era de la propia fábrica y hechura del de don Quijote. Los más estropeados, que eran Late Jiménez de Oporto, Juan de Merlo, el rey Gradaso y Michele Papadópoli, empezaron a mostrar su cólera, arremetiendo y parando con enojo manifiesto. El juez del torneo vio que la cosa olía a chamusquina, saltó al palenque, y echando el bastón a la arena, declaró concluida la batalla. Como en don Quijote nada podía más que los usos y reglas caballerescos, fue el primero en contenerse. Bien quisieran los otros asentarle algunos porrazos de adición; pero como ya él no mostraba acometer, todo golpe hubiera sido caer en mal caso y en una nueva cólera suya. Paráronse los campeadores sofrenando a los corceles que bailaban cubiertos de espuma en un bélico jadear muy del gusto de don Quijote, quien tenía por suya la victoria. Es evidente, por lo menos, que ese día repartió muy buenos palos, llevando también algunos de primera clase. Apeados todos y retraídos en sus aposentos a descansar y curarse los chichones, doña Engracia envió a nuestro caballero una chaquetilla de terciopelo verde con briscados de seda y una escarcha de plata muy bien distribuida. No regocijó tanto al noble manchego esta fineza, cuanto el presente que después le trajo una doncella cuyo embozo dejaba ver apenas la pupila rutilante. Era el obsequio un pañuelo no más grande que un lavabo, con bordaduras, en medio de las cuales se estaba exhibiendo un corazón herido de una flecha. Al pie de este hermoso emblema, en caracteres rojos, el nombre de su dueña: «Secundina». Tuvo el trapo don Quijote por pañuelo de finísima batista, y llevado del agradecimiento buscó en la faltriquera una onza de oro con qué regalar a la joven Quintañona; pero ni él la halló, porque no la había guardado, ni la muchacha diera tiempo, según huyó veloz por esos corredores.
-Mira si nos quieren bien, Sanchito -dijo a su escudero-, y si nos envían corazones heridos de saetas.
Sancho Panza admiró escandalosamente la buena fortuna de su amo, y le enteró de que el castillo estaba rebosando en sus alabanzas.
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Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XLII
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Ignacio Rodríguez
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{{encabezado
|título=[[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes]]
|autor=Juan Montalvo
|anterior = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XLI|Capítulo XLI]]
|sección = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XLII|Capítulo XLII]] - Donde se da cuenta del baile de Doña Engracia de Borja, y se delinean algunas de las damas que a él concurrieron
|próximo = [[Capítulos que se le olvidaron a Cervantes/Capítulo XLIII|Capítulo XLIII]]}}
{{t3|Capítulo XLII}}
Las damas del castillo, con todos sus alfileres, estaban fulgurantes esa noche; los jóvenes, de tiros largos, y don Quijote de la Mancha metido en sus gregüescos, secas, estiradas las piernas, y un tanto quebradizas; con una cara de santo por lo flaco, de vista en cuchara por lo prolongado, de emperador por lo grave y señoril. Buena cuenta con no reírse tenían las señoras; pero así como el hidalgo volteaba las espaldas, no había contener la que les atormentaba el pecho. Graciosas e invencioneras las muchachas, no les faltó arbitrios para ilusar a don Quijote, tomando, a imitación de los justadores, nombres altisonantes y caballerescos que halagasen sus oídos. Alda de Sansueña es una joven de singular hermosura, que llama la atención, por la cabellera especialmente, rara en el color como en el caudal, y por el donaire con que la trae derramada sobre los hombros y la espalda en gruesos chorros. Nuestra madre Eva no cultivó más linda mata de pelo, ni con el suyo se hubiera rodeado y cubierto los blancos miembros tanto como esta Alda de Sansueña, la cual en verdad no se llama sino Elena Cabanillas.
A su lado está Lippa de Boloña, obscureciendo a su compañera con la luz de esos ojos que resplandecen cual dos carbunclos negros. Ésta lleva traje de raso blanco con largos torzales de hilo de oro, salpicada la chaqueta de estrellitas azules; la chaqueta, por donde quieren escaparse las dos gordas palomas retenidas apenas en su cárcel.
-Elena -dijo a su amiga a media voz-, ¿te casaras con don Quijote?
-No digo que no, como tú te casases con Sancho: así vendrías a llamarte Jóvita Ponce de Panza.
-¿Y el de León dónde me dejas?
-Ponlo al fin y serás Jóvita Ponce de Panza de León.
-No suena tan mal como de burro, ni tan bien como Elena Cabanillas de la Mancha -concluyó doña Jovita, y se echaron a reír las dos hermosas.
Lida Florida, señora de Cambalú, sigue a Lippa de Boloña en ese coro de ángeles femeninos. En otra cosa consiste su belleza que en lo vivo de la mirada y en lo activo de las maneras: sus ojos son azules, cargados de tan poética melancolía que harto dan a conocer una tierna pesadumbre. Deslumbrara la blancura de su tez, si no acudiera la sangre a sus mejillas y las pusiera como bañadas de rosa. Cuando se ruboriza esta joven, una llama divina desciende del trono de las Gracias y la hace arder en las más delicadas sensaciones.
Viene en seguida Oliva de Sabuco, niña tan alegre y picotera como apacible y silenciosa la enamorada Lida. Mas a su izquierda tiene una buena pareja, porque en el reírse, el moverse y el hablar no le cede una mínima la señora Chimbusa. ¡Chimbusa! ¡Y cómo le hacía bailar en la uña al mal aconsejado que se llegaba a requebrarla! Sólo don Alejo de Mayorga tiene el aguante necesario para no sucumbir a esas carcajadas en las cuales resuenan el desdén, la fisga, el sarcasmo, porque la tal Chimbusa es de las que hacen algunas víctimas antes de serlo ellas mismas, y Dios sabe de qué tonto! No es tan tierna que no debiera tener un cariño, por no decir dos; pero se había propuesto no amar a nadie, y hasta entonces se estaba saliendo con la suya, bien por dureza natural de corazón, bien porque el capricho labraba cierta insensibilidad facticia que la mantenía en sus trece. ¡Pobre Chimbusa!... El amor tardío suele mostrarse de repente con toda su madurez: en llegando su fermentación a lo sumo, revienta sin dar lugar a nada. Estas pasiones son las temibles: toman de sorpresa, exigen, ejecutan y muchas veces dejan en tiempo limitado tristes despojos de la que se prometía larga edad florida. Mejor es amar desde un principio, poco a poco, si puede ser, para ir acostumbrándose a la enfermedad de los dioses, sin hurtar el cuello al yugo de ese pequeño rey absoluto, a cuyo imperio no hay quien se sustraiga.
-Marqués -dijo la señora Chimbusa al de Huagrahuigsa, que se asomaba por ahí-, gustaría yo de ver bailar a don Quijote. Oliva se ofrece a darme esta satisfacción sirviéndole de pareja. Sea vuesa merced servido de transmitir este deseo al caballero andante.
-¡No hay tal! -respondió doña Oliva de Sabuco-; Petra es la empeñada en bailar con él: yo no quiero sino ver un pie de jibado a estos dos elegantes. Don Quijote y Chimbusa, el uno para el otro.
Y soltó una sonora argentina carcajada, que llenó de armonía la sala. El marqués se tuvo por muy dichoso de hallar pronta escapatoria, so pretexto de ir por el hidalgo, pues le huía a esta Chimbusa como a Judas. Y no porque no le tuviese notable afición, siendo como era la bellaca fea de tal naturaleza que se la hubiera llevado sobre cuatro bonitas. El marqués tenía para sí que era correspondido con usura; mas satisfecho de ser amado a la distancia, y vivamente deseado por la dama, dejaba para mejores tiempos el coronar su dicha (la de ella).
La linda Magalona y Floripés estaban juntas, y ante ellas don Quijote, hincada una rodilla en tierra, empeñadísimo en aludir a los amores caballerescos de estas enamoradas princesas.
-Güi de Borgoña -dijo a Floripés- ha sido siempre un buen caballero, tan digno de ser esposo de vuesa merced, como amigo mío, por la constancia y el valor con que defendió la torre donde fue acogido por vuesa merced, junto con los otros pares de Francia. ¿En dónde para el día de hoy tan famoso caballero?
-Nos hemos reconciliado con mi padre el Almirante -respondió Floripés-; mi marido y señor se fue no ha mucho a verse con él en Guirafontaina, de donde le esperamos antes de un año. Si vuesa merced nos favoreciese con permanecer unos once meses en este castillo, el señor Güi, mi esposo, tendría mucho gusto de conocer al tan nombrado don Quijote de la Mancha.
-Once años me quedara -replicó el caballero- por estrechar en mis brazos a tan famoso paladín y tan buen enamorado, si las obligaciones de mi profesión no urgieran por la partida.
Aquí rompió la música, y los jóvenes se tiraron al centro, cada cual con su compañera. Loco era don Quijote y muy loco en ciertas cosas; advertido, empero, hasta sabio en otras: no bailó ni le pasó por el pensamiento el buscar pareja, y se rehusó con vigor a las excitaciones de los pisaverdes. La gravedad de su estado, la circunspección de su edad le hicieron mantener un porte digno; y mientras bailando a todo su poder se hacían pedazos los mancebos, él se dejó estar en una esquina de la sala, grave, alto, casi adusto.
Cintia de Guindaya, señora de elevada estatura y admirables proporciones, no se manifiesta visiblemente gorda; pero la imaginación de los que la contemplan sabe si son redondos, maravillosamente torneados esos miembros, cuya rubicundez no se detiene sino en el blanco leche de ese divino cuerpo. Cintia baila como Diana, garbosa y púdica, con empeño, pero con modestia. De ella no hubiera dicho el antiguo poeta latino: «Sempronia baila mucho mejor de lo que conviene a una mujer juiciosa y honesta».
Cintia de Guindaya pasó a la vista de don Quijote, deslumbrándole como un relámpago; y en efecto, era tan bella, que el bueno del hidalgo estuvo a pique de tenerla por su señora Dulcinea del Toboso, cuando no era sino una cierta Estela Montesdeoca.
Tras ésta vino Prusia Fincoya, morena de infernal hermosura, que había dado en qué merecer a más de un pretendiente a su mano. Digo infernal, porque se la amaba de prisa y con furor, sin esos preliminares de las pasiones comunes, afición, tristeza, vaga esperanza y más afectos indecisos que el corazón experimenta cuando se ha de amar con mesura. Agravio hubiera sido para la tal Fincoya quererla de ese modo: ella prende un vivo fuego en el cual es preciso consumirse. Súplicas fervorosas lágrimas ardientes, pasos inconsiderados; celos, iras, desesperaciones, locuras y suicidios: tales son las ofrendas que se han de depositar en las aras de ese ídolo tan perverso como hermoso.
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Autor:Francisco de Rioja
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Ignacio Rodríguez
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/* Sonetos Amorosos */
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{{Biocitas
|Ordenar = Rioja,Francisco
|Foto=Francisco-de-Rioja.jpg
|Texto= '''Francisco de Rioja ''' <br /> (Sevilla, 1583 - Madrid, 1659) <br /> Poeta y erudito español del Barroco.
}}
== Obras ==
=== Poesías ===
* [[Pura, encendida rosa]]
=== Sonetos ===
* [[Cuando te miro, oh fresno, así al helado]]
=== Sonetos Amorosos ===
* [[Súplica al Guadalquivir]]
* [[A la Vid]]
* [[A unos álamos blancos]]
* [[A un río (de Rioja)|A un río]]
* [[A unos labios]]
* [[Al Héspero]]
* [[Al Guadalquivir]]
* [[Languida flor de Venus]]
* [[A Don Juan de Arguijo]]
* [[Imitación de Horacio]]
* [[Sobre la inconstancia]]
* [[El dolor de la ausencia]]
* [[A una selva]]
* [[Exhortación a amar]]
* [[A un fresno]]
* [[De un naufragio]]
=== Sonetos Morales ===
* [[I. Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana]]
* [[II. Este que ves, oh huésped, vasto pino,]]
* [[III: Almo, divino sol, que en refulgente]]
* [[IV. Este ambicioso mar, que en leño alado]]
* [[V. Date en que ejercitar el sufrimiento]]
* [[VI. Manlio, si alguna vez la igualdad mía]]
* [[VII. ]]
* [[VIII. A las ruinas de la Atlántida]]
* [[IX. ]]
* [[X. ]]
* [[XI. ]]
* [[XII. ]]
* [[XIII. ]]
* [[XIV. ]]
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* [[XVI. ]]
* [[XVII. ]]
* [[XVIII. ]]
* [[XIX. ]]
* [[XX. ]]
* [[XXI. ]]
* [[XXII. ]]
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* [[XXIV. ]]
* [[XXV. ]]
=== Silvas ===
* [[Pura, encendida rosa]]
=== Sextina ===
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Ignacio Rodríguez
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{{Biocitas
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== Obras ==
=== Poesías ===
* [[Pura, encendida rosa]]
=== Sonetos ===
* [[Cuando te miro, oh fresno, así al helado]]
=== Sonetos Amorosos ===
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* [[A un río (de Rioja)|A un río]]
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* [[Al Héspero]]
* [[Al Guadalquivir]]
* [[Languida flor de Venus]]
* [[A Don Juan de Arguijo]]
* [[Imitación de Horacio]]
* [[Sobre la inconstancia]]
* [[El dolor de la ausencia]]
* [[A una selva]]
* [[Exhortación a amar]]
* [[A un fresno]]
* [[De un naufragio]]
=== Sonetos Morales ===
* [[Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana]]
* [[Este que ves, oh huésped, vasto pino,]]
* [[Almo, divino sol, que en refulgente]]
* [[Este ambicioso mar, que en leño alado]]
* [[Date en que ejercitar el sufrimiento]]
* [[Manlio, si alguna vez la igualdad mía]]
* [[En vano del incendio que te inflama]]
* [[A las ruinas de la Atlántida]]
* [[Es esta vez, oh Manlio, la primera]]
* X
* XI
* XII
* XIII
* XIV
* XV
* XVI
* XVII
* XVIII
* XIX
* XX
* XXI
* XXII
* XXIII
* XXIV
* XXV
=== Silvas ===
* [[Pura, encendida rosa]]
=== Sextina ===
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:[[Índice:Glosario etimológico de las palabras españolas (1886).djvu]]
:[[Índice:Gramática del dialecto Eólico - bdh0000247735.pdf]]
:[[Índice:Historia de la esclavitud de la raza africana en el nuevo mundo y en especi - Volumen 1 - IA historiadelaescl01saco.djvu]]
:[[Índice:Historia general de el reyno de Chile - Tomo I.djvu]]
:[[Índice:Historias extraordinarias (Segunda serie).djvu]]
:[[Índice:Jean-Henri Fabre - La vida de los insectos.djvu]]
:[[Índice:La conquista de quince mil leguas.djvu]]
:[[Índice:La venida del mesias en gloria y magestad - Tomo I.djvu]]
:[[Índice:Los heraldos negros.pdf]]
:[[Índice:Los Shelknam.pdf]]
:[[Índice:Origen de las especies por medio de la selección natural.djvu]]
:[[Índice:Ortografia kastellana, nueva i perfeta.pdf]]
:[[Índice:Pequeño diccionario del idioma fueguino-ona - José María Beauvoir.pdf]]
*[[Índice:Rodolfo Lenz - Estudios araucanos.djvu]]
:[[Índice:Viaje a los andes ecuatoriales.djvu]]
:[[Índice:Viaje al Desierto de Atacama.pdf]]
:[[Índice:Viajes del chino Dagar Li Kao - bdh0000097635.pdf]]
:[[Índice:Vocabularios y nuevos materiales para el estudio de la lengua de los indios Licán-Antai.djvu]]
;Para importar
:[http://www.historia.uchile.cl/CDA/fh_index/index.html Fuentes documentales en texto completo de la UChile]
:Historia general de las cosas de Nueva España
:[https://americalee.cedinci.org/revistas/ CeDInCI]
:Historia de la literatura colonial de Chile {{bdh|0000039930}}
:{{BND|336675}} - {{BND|336676}}
:[https://www.biodiversitylibrary.org/bibliography/8796 Revista del Museo del Plata]
:{{IA|biostor-198910}}
:{{internet archive|informesumarioa00stefgoog}}
:{{internet archive|contribucionesp00stefgoog}}
:{{internet archive|memoriajenerals00stefgoog}}
:{{internet archive|viajesiestudios00stefgoog}}
:{{internet archive|viajesporlaamer00rivagoog}}
:{{internet archive|elementosdebotn00philgoog}}
:{{internet archive|losfsilessecun00phil}}
:[https://auroradechile.uchile.cl/index.php/ACL/index Aurora de Chile]
:[https://auroradechile.uchile.cl/index.php/ANUC/about/contact ANUC]
[https://archive.org/search.php?query=%22viajes%20cl%C3%A1sicos%22&sin=TXT Viajes clásicos]:
:{{IA|historigeneralde01lprich}}
:{{IA|historigeneralde02lprich}}
:{{IA|primerviajeentor00piga}}
:{{IA|relacindesuprim00cookgoog}}
:{{IA|relacinabrevia00laco}}
:{{IA|viajesdefrancisc01bern}}
:{{IA|viajesdefrancisc02bern}}
:{{IA|viajesdecristb00nava}}
:{{IA|naufragioscomen00nbudrich}}
:{{IA|historicarelacio00oval_0}} OVALLE HISTORICA RELACION
:{{memoria chilena|7796}}
:{{GB|SsIMAAAAYAAJ}}
:{{GB|kcIMAAAAYAAJ}}
:{{GB|8cIMAAAAYAAJ}}
:{{GB|-7W2YQ2rMukC}}
:{{GB|cdIMa3MRmKkC}}
:{{bdh|0000231283|Chejov}}
:{{at|Historia de una anguila y otras historias.djvu|Chejov 2}}
:[https://catalog.hathitrust.org/Record/001378549 Proceedings of the SECOND]
:{{IA|122_20220427}}
:{{IA|lasociedadjapone00bell}}
:'''Darwin'''
:{{internet archive|viajedeunnatura00darwgoog}} (diario II edicion antigua)
:{{internet archive|H10697}} (origen)
:[http://darwin-online.org.uk/converted/pdf/1880_OriginSpanish_F771.pdf Origen 2da edición aumentada]
:{{internet archive|A323530}} (expresion I)
:{{internet archive|jeologiadelaamr00darwgoog}}
===Listo===
{{plegable||
:{{eo|A la distancia - Miguel Cane.pdf}}
:{{eo|Adivinanzas corrientes en Chile.djvu}}
:{{eo|Alexander von Humboldt - Cosmos - Tomo I.djvu}}
:{{eo|Algunas consideraciones sobre filosofía y enseñanza de la matemática.djvu}}
:{{eo|Anti Dühring ó La revolución de la Ciencia de Eugenio Dühring - bdh0000252307.pdf}}
:{{eo|Anton Chejov - Historia de mi vida - Los campesinos.djvu}}
:{{eo|Buenos Aires en el año 2080 - A. Sioen.pdf}}
:{{eo|Charles Darwin - Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo - Tomo I.djvu}}
:{{eo|Charles Darwin - Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo - Tomo II.djvu}}
:{{eo|Charles Darwin - El origen del hombre.djvu}}
:{{eo|Comentarios del Pueblo Araucano.pdf}}
:{{eo|Comentarios del Pueblo Araucano II.pdf}}
:{{eo|Compendio de la historia geografica natural y civil del reyno de Chile - Parte I.djvu}}
:{{eo|Cuentos de hadas.djvu}}
:{{eo|De la ortografia castellana.djvu}}
:{{eo|Desde Jupiter.pdf}}
:{{eo|Diccionario etimolójico de las voces chilenas derivadas de lenguas indígenas americanas.djvu}}
:{{eo|Diccionario Manual Isleño.pdf}}
:{{eo|Dies iræ (1920).djvu}}
:{{eo|Esploracion de las lagunas Negra i del Encañado.djvu}}
:{{eo|Esploracion del seno de Reloncaví.djvu}}
:{{eo|El caso extraño del Doctor Jekyll (1891).djvu}}
:{{eo|El jardín de los cerezos.djvu}}
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:{{eo|Gesta - Alberto Ghiraldo.pdf}}
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:{{eo|Historia de una anguila y otras historias.djvu}}
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:{{eo|Histórica relación del Reyno de Chile.djvu}}
:{{eo|Horacio Kalibang o Los automatas - Eduardo L. Holmberg.pdf}}
:{{eo|Informe preliminar sobre la espedición esploradora de los Ríos Reñihue, etc.djvu}}
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:{{eo|Juego de bolitas.pdf}}
:{{eo|La fiesta de Andacollo i sus danzas - MC0071839.pdf}}
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:{{eo|Las especies chilenas del jénero mactra.djvu}}
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:{{eo|Luis Emilio Recabarren - El Socialismo.pdf}}
:{{eo|Memoria sobre las plantas medicinales de Chile.pdf}}
:{{eo|Memorias de un perro escritas por su propia pata.pdf}}
:{{eo|Neologismos y americanismos.djvu}}
:{{eo|Notas etimológicas a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha - bdh0000197449.pdf}}
:{{eo|Observaciones críticas sobre algunos pájaros chilenos i descripción de algunas especies nuevas.pdf}}
:{{eo|Observaciones sobre la familia natural de las plantas aparasoladas (Umbelliferae).pdf}}
:{{eo|Origen semítico de la lengua quechua.pdf}}
:{{eo|Origen y descubrimiento de la vacuna.djvu}}
:{{eo|Precauciones que deben tomarse en caso de una epidemia de cólera.pdf}}
:{{eo|Problemas del diccionario castellano en América.pdf}}
:{{eo|Revista del Jardín Zoológico de Buenos Ayres (Tomo II. Entrega I, pp. 1-32).pdf}} ''(y etc.)''
:{{eo|Sobre la poesía popular impresa de Santiago de Chile.pdf}}
:{{eo|Sobre las serpientes de Chile.pdf}}
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:{{eo|Socialismo utópico y Socialismo científico - Por Federico Engels. Con la biografía... del autor. Traducción de Antonio Atienza.pdf}}
:{{eo|Viaje a la Patagonia Austral - Francisco P. Moreno.pdf}}
:{{eo|Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu}}
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:{{eo|Viajes de Fray Francisco Menéndez a la cordillera.pdf}}
:{{eo|Viajes de Fray Francisco Menéndez a Nahuelhuapi.pdf}}
:{{eo|Vida y pensamientos morales de Confucio (IA BRes1115932).pdf}}
:{{eo|Voces chilenas de los reinos animal y vegetal.djvu}}
|oculto=sí}}
===Revisar para arreglar===
;[[Comentarios del Pueblo Araucano II]]: sacar las § de las id
;[[:Categoría:El pesimista corregido]] desoxidar y adaptar máquina loca de fusión de páginas
;[[Diccionario de Educación, Instrucción y Enseñanza]]: trasladar como subpáginas las entradas
;[[A Juan Zorrilla de San Martín]]: Como base para el resto de la [[Tradiciones peruanas - Novena serie|novena serie]]
; [[La corte de Carlos IV]]: "desHTMLizar"
; [[Juicios de Napoleón sobre sus contemporáneos y sobre él mismo]]: "desHTMLizar"
; [[El príncipe y el mendigo]]: extrañas "notas" a ref
; [[Nativa]]: desHTMLizar, extrañas "notas"
; [[El Lunar]]: ídem
; [[Índice:La voz del Nilo (1915).djvu]] encabezados, cabeceras
; [[Índice:Historia Verdadera del Mexico profundo.djvu]] saltos de línea, etc.
; [[Índice:Rega Molina Anunciacion.djvu]] cabeceras, pies, transclusión
{{plegable|LISTA|
* [[Gallística]]
* [[Las poetisas anónimas]]
* [[Más sobre el himno nacional]]
* [[Refutación a un texto de historia]]
Y si te animas (??) [[Tradiciones peruanas - Décima serie]]
|oculto=sí
}}
;[[Usuario discusión:Ignacio Rodríguez/Archivo 2022#Categorizaciones de biocitas|Implementar esto en biocitas]]
;cosas que he hecho por amor a absurdas consideraciones estéticas
:esta expresión regular que captura enlaces, o no enlaces, o nada <nowiki>(\[\[[^\|]+\|[^\|]+\]\]|[^\[\]\|]+|\[\[[^\|]+\]\]|)</nowiki>
:esta otra, que captura cualquier cosa menos una llave de cierre (}), a no ser que sea una plantilla, o una plantilla dentro de otra plantilla <nowiki>((?:{{(?:{{[^}]+}}|\|}|[^}])+}}|\|}|[^}])+)</nowiki>
:esta otra, que captura una tabla, que puede tener muchas plantillas dentro, o plantillas que tienen texto y una plantilla dentro, o comentarios html, y adentro hay una línea que no empieza con "|" '''con grupos atómicos para evitar catastrophic backtracking''' (solo python > 3.11!) <nowiki>({\|\s*(?>{{(?>{{[^{}]+}}|[^{}])+}}\s*|{{[^{}]+}}\s*|<!--[ \w:]+-->\s*)+)^(['\w])</nowiki>
;Cosas para importar de otras WS, tecnologías arcanas, y otras yerbas
:[[:en:Template:WD author]], [[:en:Module:WikidataIB]] y afines
:[[:en:Module:Lang]] y [[:en:Template:Lang block]]
:Solicitar en Wikidata la eliminación de todas las [[:d:Q115493112]] que no tengan sitelinks.
:[[:en:Template:Latest additions]]
;Investigar
:Crear una plantilla para unidades o medidas.
;Traducir
:¿Seré capaz?: [[/Traducción/El alma del hombre bajo el socialismo]]
{| style="border:3px solid #51d1f6; background:#ffffff;" class="noprint plainlinks ambox ambox-notice"
| class="ambox-image" | [[Archivo:WDUBarnstar202503.svg|200px|link=]]
| class="ambox-text" align="left" |
Hola @[[Usuario:Ignacio Rodríguez|Ignacio Rodríguez]], <br>
Esta barnstar es un agradecimiento por tu valiosa participación en el ciclo [[es:Wikipedia:Encuentros/Wikiherramientas|Wikiherramientas]]. Muchas gracias por donar tu tiempo y conocimientos para que las comunidades de los proyectos Wikimedia conozcan Wikisource y sepan cómo empezar a contribuir en esta plataforma.
En nombre de Wikimedistas de Uruguay, recibe nuestro cordial saludo y reconocimiento. --[[Usuario:Paula (WDU)|Paula (WDU)]] ([[Usuario discusión:Paula (WDU)|discusión]]) 17:45 21 may 2025 (UTC)
|}
in1oq3i9cgisllgris0ebjkz1jbhnyy
Módulo:Wikidata
828
217257
1664103
1663523
2026-06-04T18:57:06Z
Ignacio Rodríguez
3603
la lógica la tuve al revés
1664103
Scribunto
text/plain
require('strict')
--[[*********************************************************************************
* Nombre: Módulo:Wikidata
*
* Descripción: Este módulo devuelve el valor o valores con o sin formato
* específico a una propiedad de Wikidata.
*
*********************************************************************************`-- ]]
local p = {}
local marco = mw.getCurrentFrame()
local datequalifiers = {'P585', 'P571', 'P580', 'P582'}
local primera = true
--[[ =========================================================================
Mensajes de error
========================================================================= `-- ]]
local avisos = {
["errores"] = {
["property-param-not-provided"] = "Parámetro de la propiedad no proporcionado.",
["entity-not-found"] = "Entrada no encontrada.",
["unknown-claim-type"] = "Tipo de notificación desconocida.",
["unknown-snak-type"] = "Tipo de dato desconocido.",
["unknown-datavalue-type"] = "Formato de dato desconocido.",
["unknown-entity-type"] = "Tipo de entrada desconocido.",
["unknown-value-module"] = "Debe ajustar ambos parámetros de valor y el valor del módulo de funciones.",
["value-module-not-found"] = "No se ha encontrado el módulo apuntado por valor-módulo.",
["value-function-not-found"] = "No se ha encontrado la función apuntada por valor-función.",
["qualifier-not-found"] = "Qualifier not found.",
["other entity"] = "Enlaces a elementos diferentes desactivado."
},
["somevalue"] = "''valor desconocido''",
["novalue"] = ""
}
--[[ =========================================================================
Función auxiliar para dar formato a los mensajes de error
========================================================================= `-- ]]
local function formatoError( clave )
return '<span class="error">' .. avisos.errores[clave] .. '</span>'
end
-- Módulos en los que están definidos los tipos de datos más habituales si son
-- diferentes de Wikidata/Formatos
--
local modulosTipos = {
['altura'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['área'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['educado en'] = 'Módulo:Wikidata/Formatos educación',
['imagen'] = 'Módulo:Wikidata/Formato imagen',
['lugar'] = 'Módulo:Wikidata/Formato lugar',
['formatoLugar']= 'Módulo:Wikidata/Formato lugar',
['magnitud'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['movimiento'] = 'Módulo:Wikidata/Formato movimiento',
['periodicidad']= 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['premio'] = 'Módulo:Wikidata/Formato premio',
}
--[[ =========================================================================
Función para identificar el ítem correspondiente a la página o otro dado.
Esto último aún no funciona.
========================================================================= `-- ]]
local function SelecionEntidadPorId( id )
if id and id ~= '' then
return mw.wikibase.getEntityObject( id )
else
return mw.wikibase.getEntityObject()
end
end
--[[ =========================================================================
Función que identifica si el valor devuelto es un ítem o una propiedad
y en función de eso añade el prefijo correspondiente
========================================================================= `-- ]]
local function SelecionEntidadPorValor( valor )
if valor['entity-type'] == 'item' then
-- Prefijo de ítem
return 'q' .. valor['numeric-id']
elseif valor['entity-type'] == 'property' then
-- Prefijo de propiedad
return 'p' .. valor['numeric-id']
else
return formatoError( 'unknown-entity-type' )
end
end
local function obtenerFuncion(funcion, nombreModulo)
if not funcion then
return
elseif type(funcion) == 'function' then -- Uso desde LUA
return funcion
elseif funcion == '' or not nombreModulo or nombreModulo == '' then
return
else -- Uso desde una plantilla
local modulo
if not nombreModulo or nombreModulo == '' or nombreModulo == 'Wikidata/Formatos' then
modulo = require(modulosTipos[funcion] or 'Módulo:Wikidata/Formatos')
else
modulo = require ('Módulo:' .. nombreModulo)
end
if not modulo then
return nil, formatoError( 'value-module-not-found' )
elseif not modulo[funcion] then
return nil, formatoError( 'value-function-not-found' )
else
return modulo[funcion]
end
end
end
local function formatoValorDato( valorDato, opciones, calificativos)
local funcion, mensajeError = obtenerFuncion(opciones['valor-función'] or opciones['value-function'] or opciones['funcion'], opciones['valor-módulo'] or opciones['modulo'])
if mensajeError then
return mensajeError
elseif funcion then
local opcionesEntidad = {}
for k, v in pairs(opciones) do
opcionesEntidad[k] = v
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula' ) and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opcionesEntidad['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opcionesEntidad['cursivas'] = 'sí'
end
return funcion(valorDato.value, opcionesEntidad, marco, calificativos)
end
-- == Formatos por defecto en función del tipo de valor ==
-- * Para tipo coordenadas cuando se da como valor de propiedad: latitud, longitud o precisión
if opciones.propiedad == 'latitud' then
return valorDato.value['latitude']
elseif opciones.propiedad == 'longitud' then
return valorDato.value['longitude']
elseif opciones.propiedad == 'precisión' then
return valorDato.value['precision']
-- * Con el resto de valores en propiedad
elseif valorDato.type == 'wikibase-entityid' then -- Tipo: Número de entidad que puede ser un ítem o propiedad
local opcionesEntidad = {}
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula') and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opcionesEntidad['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
opcionesEntidad.enlace = opciones.enlace
opcionesEntidad.etiqueta = opciones.etiqueta
opcionesEntidad['debeExistir'] = opciones['debeExistir']
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opcionesEntidad.cursivas = 'sí'
end
return p.formatoIdEntidad( SelecionEntidadPorValor( valorDato.value ), opcionesEntidad)
elseif valorDato.type == 'string' then -- Tipo: Cadena de texto (string)
return valorDato.value
elseif valorDato.type == 'url' then --Tipo URL (dirección web)
return valorDato.url
elseif valorDato.type == 'time' then -- Tipo: Fecha/hora
local opcionesFecha={['formatoFecha']=opciones['formatoFecha'],enlace=opciones.enlace}
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'] or '','mayúscula') and primera then
opcionesFecha['mayúscula']='sí'
end
return require('Módulo:Wikidata/Fecha').FormateaFechaHora(valorDato.value, opcionesFecha, calificativos)
elseif valorDato.type == 'monolingualtext' then -- Tipo: monoligüe
if valorDato.value then
if opciones.idioma then
for k, v in pairs(valorDato) do
if v.language == opciones.idioma then
return v.text
end
end
else
return valorDato.value.text
end
else
return ''
end
elseif valorDato.type == 'quantity' then -- Tipo: Cantidad
return require('Módulo:Wikidata/Formatos').formatoUnidad(valorDato, opciones)
elseif valorDato.value['latitude'] and valorDato.value['longitude'] then -- Tipo: Coordenadas
local globo = require('Módulo:Wikidata/Globos')[valorDato.value.globe]
--Concatenamos los valores de latitud y longitud dentro de la plantilla Coord
if globo ~= 'earth' then
return marco:preprocess('{{coord|' .. valorDato.value['latitude'] .. '|' ..
valorDato.value['longitude'] .. '|globe:' .. globo .. '_type:' .. opciones.tipo .. '|display=' ..
opciones.display ..'|formato=' .. opciones.formato..'}}')
else
return marco:preprocess('{{coord|' .. valorDato.value['latitude'] .. '|' ..
valorDato.value['longitude'] .. '|type:' .. opciones.tipo .. '|display=' ..
opciones.display ..'|formato=' .. opciones.formato..'}}')
end
else
return formatoError( 'unknown-datavalue-type' ) -- Si no es de ninguno de estos tipos devolverá error valor desconocido
end
end
--[[ =========================================================================
Función para determinar el rango
========================================================================= `-- ]]
local function getRango(tablaDeclaraciones)
local rank = 'deprecated'
for indice, declaracion in pairs(tablaDeclaraciones) do
if declaracion.rank == 'preferred' then
return 'preferred'
elseif declaracion.rank == 'normal' then
rank = 'normal'
end
end
return rank
end
--[[ =========================================================================
Función para determinar la declaracion o declaraciones de mayor rango
========================================================================= `-- ]]
local function filtrarDeclaracionPorRango(tablaDeclaraciones)
local rango = getRango(tablaDeclaraciones)
local tablaAuxiliar = tablaDeclaraciones
tablaDeclaraciones = {}
for indice, declaracion in pairs(tablaAuxiliar) do
if declaracion.rank == rango then
table.insert(tablaDeclaraciones, declaracion)
end
end
return tablaDeclaraciones
end
--[[ =========================================================================
Función para seleccionar el tipo de declaración: Referencia, valor principal
o calificador
========================================================================= `-- ]]
local function seleccionDeclaracion(declaracion, opciones)
local propiedadFuente = {}
local calificador = opciones.formatoCalificador ~= '()' and opciones.calificador
if calificador ~= '' and calificador and declaracion['qualifiers'] then
if declaracion['qualifiers'][mw.ustring.upper(calificador)] then
return declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificador)][1] -- devuelve el calificador (solo devolverá el primer valor)
else
return "" --Para que no lance excepción si no existe el calificador
end
elseif opciones.dato == 'fuente' and declaracion['references'] then
local fuente = declaracion.references[1]['snaks']
for k,v in pairs(fuente) do
propiedadFuente = k
end
return declaracion.references[1]['snaks'][propiedadFuente][1] -- devuelve la fuente (queda que se itinere la tabla)
elseif (calificador == '' or not calificador) and (opciones.dato ~= 'fuente') then
return declaracion.mainsnak -- devuelve el valor principal
else
return ''
end
end
--[[ =========================================================================
Función para recopilar las declaraciones
========================================================================= `-- ]]
function p.getDeclaraciones(entityId)
-- == Comprobamos que existe un ítem enlazado a la página en Wikidata ==
if not pcall (SelecionEntidadPorId, entityId ) then
return false
end
local entidad = SelecionEntidadPorId(entityId)
if not entidad then
return '' -- Si la página no está enlazada a un ítem no devuelve nada
end
-- == Comprobamos que el ítem tiene declaraciones (claims) ==
if not entidad.claims then
return '' -- Si el ítem no tiene declaraciones no devuelve nada
end
-- == Declaración de formato y concatenado limpio ==
return entidad.claims
end
--[[ =========================================================================
Función para crear la cadena que devolverá la declaración
========================================================================= `-- ]]
local function valinQualif(claim, qualifs)
local claimqualifs = claim.qualifiers
local vals, vals1, datavalue, value
if not claimqualifs then
return nil
end
for i, qualif in pairs(qualifs) do
vals = claimqualifs[qualif]
if vals then
vals1 = vals[1]
if vals1 then
datavalue=vals1.datavalue
if datavalue then
value = datavalue.value
if value then
return value.time
end
end
end
end
end
end
function p.getPropiedad(opciones, declaracion)
local propiedad
local tablaOrdenada
if opciones.propiedad == 'precisión' or opciones.propiedad == 'latitud' or opciones.propiedad == 'longitud' then
propiedad = 'P625' -- Si damos el valor latitud, longitud o precisión equivaldrá a dar p625
else
propiedad = opciones.propiedad -- En el resto de casos se lee lo dado
end
if not propiedad then -- Comprobamos si existe la propiedad dada y en caso contrario se devuelve un error
return formatoError( 'property-param-not-provided' )
end
if declaracion then
tablaOrdenada = declaracion
elseif not p.getDeclaraciones(opciones.entityId) then
return formatoError( 'other entity' )
elseif p.getDeclaraciones(opciones.entityId)[mw.ustring.upper(propiedad)] then
tablaOrdenada = p.getDeclaraciones(opciones.entityId)[mw.ustring.upper(propiedad)]
else
return ''
end
-- Evitar que pete cuando se haga el find en opciones['formatoTexto'] si vale nil
if not opciones['formatoTexto'] then
opciones['formatoTexto'] = ''
end
--Dejar en su caso los valores de mayor rango
if (opciones.rangoMayor == 'sí') then
tablaOrdenada = filtrarDeclaracionPorRango(tablaOrdenada)
end
--Ordenar en su caso por fecha. Ver la función chronosort de :fr:Module:Wikidata/Récup
if opciones.ordenar == 'por fecha' then
require('Módulo:Tablas').ordenar(tablaOrdenada,
function(elemento1,elemento2)
local fecha1 = valinQualif(elemento1, datequalifiers) or '' -- elemento1.qualifiers.P580[1].datavalue.value.time or ''
local fecha2 = valinQualif(elemento2, datequalifiers) or '' -- elemento2.qualifiers.P580[1].datavalue.value.time or ''
return fecha1 < fecha2
end
)
end
if not tablaOrdenada[1] then
return
end
-- == Si solo se desea que devuelva un valor ==
-- Pendiente eliminar el parámetro y sustituirlo por un nuevo valor del parámetro lista=no que haría lo mismo que opciones.uno = sí
if opciones.uno == 'sí' then -- Para que devuelva el valor de índice 1
tablaOrdenada = {tablaOrdenada[1]}
elseif opciones.uno == 'último' then -- Para que devuelva la última entrada de la tabla
tablaOrdenada = {tablaOrdenada[#tablaOrdenada]}
end
-- == Creamos una tabla con los valores que devolverá ==
local formatoDeclaraciones = {}
local hayDeclaraciones
for i, dec in pairs(tablaOrdenada) do
local declaracionFormateada = p.formatoDeclaracion(dec, opciones)
if declaracionFormateada and declaracionFormateada ~= '' then
table.insert(formatoDeclaraciones, declaracionFormateada)
hayDeclaraciones = true
end
end
primera = true
if not hayDeclaraciones then
return
end
-- Aplicar el formato a la lista de valores según el tipo de lista de las
-- opciones
local listaDeclaraciones = mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, '</li><li>', '</li><li>' )
-- Añadir en su caso un lápiz
if opciones.linkback == 'sí' then
listaDeclaraciones = p.addLinkback( listaDeclaraciones, opciones.entityId, opciones.propiedad )
end
if opciones['lista'] == 'no ordenada' then
return '<ul><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ul>'
elseif opciones['lista'] == 'ordenada' then
return '<ol><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ol>'
elseif opciones['lista'] == 'nobullet' then
return '<ul style="list-style-type:none;list-style-image:none;margin-left:0;"><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ul>'
else
-- valores separados por coma o por el separador y la
-- conjunción de las opciones
local separador, conjuncion
if opciones['conjunción'] == 'null' then
conjuncion = nil
else
conjuncion = opciones['conjunción']
end
if opciones['separador'] == 'null' then
separador = nil
else
separador = opciones['separador']
end
if #formatoDeclaraciones > 1 then
if not conjuncion then
conjuncion = 'y'
end
if marco and conjuncion == 'y' then
conjuncion = ' ' .. string.sub(marco:preprocess('{{y-e|{{Desvincular|' .. formatoDeclaraciones[#formatoDeclaraciones] .. '}}}}'), 1, 1) .. ' '
elseif conjuncion == 'y' or conjuncion == 'o' then
conjuncion = ' ' .. conjuncion .. ' '
end
end
-- Añadir en su caso un lápiz
if opciones.linkback == 'sí' then
return p.addLinkback(mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, separador,conjuncion ), opciones.entityId, opciones.propiedad)
else
return mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, separador, conjuncion )
end
end
end
-- devuelve el ID de la página en Wikidata (Q...), o nada si la página no está conectada a Wikidata
function p.pageId()
local entity = mw.wikibase.getEntityObject()
if not entity then return nil else return entity.id end
end
--[[ =========================================================================
Función que comprueba si la página está enlazada a Wikidata
en caso de estarlo pasa el valor como a argumento a la función formatSnak()
========================================================================= `-- ]]
function p.formatoDeclaracion( declaracion, opciones)
if not declaracion.type or declaracion.type ~= 'statement' then -- Se comprueba que tiene valor de tipo y que este sea statement (declaración) lo cual pasa siempre que existe la propiedad
return formatoError( 'unknown-claim-type' ) -- Si no se cumple devuelve error
end
-- En el caso de que haya calificador se devuelve a la derecha del valor de la
-- declaración entre paréntesis.
local calificativo = opciones.calificativo or opciones.calificador
if calificativo and declaracion.qualifiers then
-- De momento los calificativos, normalmente años, no se enlazan
local opcionesCalificativo = {['formatoTexto']='', enlace='no', ['formatoFecha']='año'} -- Pendiente
local wValorCalificativo
local wValorCalificativoFormateado
local funcionCalificativo, mensajeError = obtenerFuncion(calificativo, opciones['módulo calificativo'])
if mensajeError then
return mensajeError
elseif funcionCalificativo then
-- Utilizar la función recibida sobre todos los calificativos
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers
wValorCalificativoFormateado = funcionCalificativo(wValorCalificativo, opcionesCalificativo)
elseif opciones.formatoCalificador and opciones.formatoCalificador == '()' then
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificativo)]
if wValorCalificativo and wValorCalificativo[1] then
wValorCalificativoFormateado = p.formatoDato(wValorCalificativo[1], opcionesCalificativo)
end
elseif opciones.formatoCalificador and #mw.text.split(opciones.formatoCalificador, '%.') == 2 then
local moduloFormatoCalificador = mw.text.split(opciones.formatoCalificador, '%.')
local formateado = require ('Módulo:' .. moduloFormatoCalificador[1])
if not formateado then
return formatoError( 'value-module-not-found' )
end
local fun = formateado[moduloFormatoCalificador[2]]
if not fun then
return formatoError( 'value-function-not-found' )
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula') and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opciones['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opciones['cursivas'] = 'sí'
end
wValorCalificativoFormateado = fun( declaracion.qualifiers, opciones, marco)
--return require('Módulo:Tablas').tostring(declaracion)
else
-- Utilizar el primer valor del calificativo de la propiedad recibida
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificativo)]
if wValorCalificativo and wValorCalificativo[1] then
wValorCalificativoFormateado = p.formatoDato(wValorCalificativo[1], opcionesCalificativo)
end
end
-- no usado?
-- if opciones.separadorcalificador then separador = opciones.separadorcalificador else separador = ' ' end
if wValorCalificativoFormateado then
local datoFormateado = p.formatoDato(declaracion.mainsnak, opciones)
return (datoFormateado and datoFormateado .. ' <small>(' .. wValorCalificativoFormateado .. ')</small>') or nil
end
end
-- Si no hay calificativo.
return p.formatoDato(seleccionDeclaracion(declaracion, opciones), opciones, declaracion.qualifiers)
end
--[[ =========================================================================
Función que comprueba el tipo de dato (snaktype)
si es value pasa el valor como argumento a la función formatoValorDato()
========================================================================= `-- ]]
function p.formatoDato( dato, opciones, calificativos)
if not dato or dato == '' then
return ''
end
if dato.snaktype == 'somevalue' then
-- Fecha más temprana
if calificativos then
if calificativos['P1319'] and calificativos['P1319'][1] and
calificativos['P1319'][1].datavalue and
calificativos['P1319'][1].datavalue.type=='time' then
local opcionesFecha={['formatoFecha']=opciones['formatoFecha'],enlace=opciones.enlace}
return 'post. ' .. require('Módulo:Wikidata/Fecha').FormateaFechaHora(calificativos['P1319'][1].datavalue.value, opcionesFecha)
end
end
-- Si no tiene un calificativo válido
return avisos['somevalue'] -- Valor desconocido
elseif dato.snaktype == 'novalue' then
return avisos['novalue'] -- Sin valor
elseif dato.snaktype == 'value' then
return formatoValorDato( dato.datavalue, opciones, calificativos) -- Si tiene el tipo de dato se pasa el valor a la función formatDatavalue()
else
return formatoError( 'unknown-snak-type' ) -- Tipo de dato desconocido
end
end
--[[ =========================================================================
Función que establece el tipo de formato en función del tipo de valor
(valorDato.type) y en caso de solicitarse un formato complemetario asocia
el módulo donde se establece el formato y la función de este que lo establece
========================================================================= `-- ]]
--[[ =========================================================================
Damos formato a los enlaces internos
========================================================================= `-- ]]
-- Opciones:
-- - enlace: Valores posibles 'sí' o 'no'
-- - mayúscula: Valores posibles 'sí' o 'no'
-- - cursivas: Valores posibles 'sí' o 'no'
function p.formatoIdEntidad(idEntidad, opciones)
local enlace = mw.wikibase.sitelink(idEntidad)
local etiqueta = mw.wikibase.label(idEntidad)
return require('Módulo:Wikidata/Formatos').enlazar(enlace, etiqueta, idEntidad, opciones)
end
--[[ =========================================================================
Función principal
========================================================================= `-- ]]
function p.Wikidata( frame )
local args = frame.args
if args.valor == 'no' then
return
end
local parentArgs = frame:getParent().args
-- Copiar los argumentos
local argumentos = {}
for k, v in pairs(args) do
argumentos[k] = v
end
for k, v in pairs(parentArgs) do
if not argumentos[k] then
argumentos[k] = v
end
end
--if true then return require('Módulo:Tablas').tostring(argumentos) end
-- No generar el valor de Wikidata si se ha facilitado un valor local y
-- el valor local es prioritario.
local valorWikidata;
if (args.prioridad ~= 'sí' or (args.importar and args.importar == 'no')) and args.valor and args.valor ~= '' then
valorWikidata = '';
else
valorWikidata = p.getPropiedad(argumentos, nil);
end
local categorias = '';
local namespace = frame:preprocess('{{NAMESPACENUMBER}}');
if (namespace == '0' and (not args.categorias or args.categorias ~= 'no') and
args.propiedad and string.upper(args.propiedad) ~= 'P18' -- P18: imagen de Commons
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P41' -- P41: imagen de la bandera
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P94' -- P94: imagen del escudo de armas
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P109' -- P109: firma de persona
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P154') then -- P154: logotipo
if valorWikidata ~= '' and args.valor and args.valor ~= '' then
categorias = '[[Categoría:Wikipedia:Artículos con datos locales]]'
elseif valorWikidata and valorWikidata == '' and args.valor and args.valor ~= '' and
(not args.calificador or args.calificador == '') and
(not args.dato or args.dato == '' or args.dato ~= 'fuente')then
categorias = '[[Categoría:Wikipedia:Artículos con datos por trasladar a Wikidata]]'
end
end
if args.prioridad == 'sí' and valorWikidata ~= '' then -- Si se da el valor sí a prioridad tendrá preferencia el valor de Wikidata
if args.importar and args.importar == 'no' and args.valor and args.valor ~= '' then
return args.valor .. categorias
elseif valorWikidata then
return valorWikidata .. categorias -- valor que sustituye al valor de Wikidata parámetro 2
else
return categorias
end
elseif args.valor and args.valor ~= '' then
return args.valor .. categorias
elseif args.importar and args.importar == 'no' then
return ''
elseif valorWikidata then -- Si el valor es nil salta una excepcion al concatenar
return valorWikidata .. categorias
else
return ''
end
end
function p.addLinkback(valorPropiedad, idEntidad, idPropiedad)
local lidEntidad
if valorPropiedad and idPropiedad then
lidEntidad= (idEntidad ~='' and idEntidad) or mw.wikibase.getEntityIdForCurrentPage()
end
if lidEntidad then
return valorPropiedad .. '<span class=\"wikidata-link noprint\"> [[Archivo:Blue_pencil.svg|Ver y modificar los datos en Wikidata|10px|baseline|alt=Ver y modificar los datos en Wikidata|enlace=https://www.wikidata.org/wiki/' .. lidEntidad .. '?uselang=es#' .. idPropiedad ..
']]</span>'
else
return valorPropiedad
end
end
--------------------------------------------------------------------
-- A continuación, función p.claim y funciones locales necesarias --
-- Adaptado de https://ca.wikisource.org/wiki/Module:Wikidata --
--------------------------------------------------------------------
local wiki = {
langcode = mw.language.getContentLanguage().code
}
-- Table of language codes: requested or default and its fallbacks
local function findLang(langcode)
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
local cframe = mw.getCurrentFrame()
local pframe = cframe:getParent()
langcode = pframe and pframe.args.lang
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
if not mw.title.getCurrentTitle().isContentPage then
langcode = cframe:preprocess('{{int:lang}}')
end
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
langcode = wiki.langcode
end
end
end
local languages = mw.language.getFallbacksFor(langcode)
table.insert(languages, 1, langcode)
if langcode == wiki.langcode then
for _, l in ipairs({}) do
table.insert(languages, l)
end
end
return languages
end
-- Argument is 'set' when it exists (not nil) or when it is not an empty string.
local function isSet(var)
return not (var == nil or (type(var) == 'string' and mw.text.trim(var) == ''))
end
-- get safely a serialized snak
local function getSnak(statement, snaks)
local ret = statement
for i, v in ipairs(snaks) do
if not ret then return end
ret = ret[v]
end
return ret
end
-- mw.wikibase.getLabelWithLang or getLabelByLang with a table of languages
local function getLabelByLangs(id, languages)
local label
local lang
for _, l in ipairs(languages) do
if l == wiki.langcode then
-- using getLabelWithLang when possible instead of getLabelByLang
label, l = mw.wikibase.getLabelWithLang(id)
else
label = mw.wikibase.getLabelByLang(id, l)
end
if label then
lang = l
break
end
end
return label, lang
end
-- format data value wikibase-entityid: types wikibase-item, wikibase-property
local function printDatatypeEntity(data, parameters)
local entity_id = data['id']
if parameters.formatting == 'raw' then
return entity_id, entity_id
end
local label, _ = getLabelByLangs(entity_id, parameters.lang)
local sitelink = mw.wikibase.getSitelink(entity_id)
local labelcase = label or sitelink
if parameters.citado and parameters.citado ~= '' then labelcase = parameters.citado end
local entity_page = 'Special:EntityPage/' .. entity_id
local ret1
if parameters.formatting == 'label' then
ret1 = labelcase or entity_id
else
if sitelink then
ret1 = '[[' .. sitelink .. '|' .. labelcase .. ']]'
elseif label and string.match(parameters.formatting or '', 'internallink$') and not mw.wikibase.getEntityIdForTitle(label) then
ret1 = '[[' .. label .. '|' .. labelcase .. ']]'
else --si no existe la pág. en WS, crea enlace a WD
ret1 = '[[d:' .. entity_page .. '|<span style="color:#5f9cbb;">' .. (labelcase or entity_id) .. '</span>]]'
end
end
return ret1
end
local function getSnakValue(snak, parameters)
if snak.snaktype == 'value' then
-- see Special:ListDatatypes
if snak.datatype == 'wikibase-item' or snak.datatype == 'wikibase-property' then
return printDatatypeEntity(snak.datavalue.value, parameters)
end
elseif snak.snaktype == 'somevalue' then
if parameters.referenced and parameters.referenced ~= '' then return parameters.referenced end
if parameters.citado and parameters.citado ~= '' then return parameters.citado end
end
return mw.wikibase.renderSnak(snak)
end
local function orderedpairs(array, order)
if not order then return pairs(array) end
-- return iterator function
local i = 0
return function()
i = i + 1
if order[i] then
return order[i], array[order[i]]
end
end
end
local function getCitadoValue(claim)
local result = ""
if claim.qualifiers then
if claim.qualifiers['P1932'] then
local wqualif = claim.qualifiers['P1932'][1].datavalue.value
if wqualif and wqualif ~= '' then
return wqualif
end
end
end
return result
end
local function getReferencedValue(claim, parameters, reftypes)
local result = ""
-- traverse through all references
for ref in pairs(claim.references or {}) do
local refparts
-- traverse through all parts of the current reference
for snakkey, snakval in orderedpairs(claim.references[ref].snaks or {}, claim.references[ref]["snaks-order"]) do
for i, reftype in ipairs(reftypes) do
if snakkey == reftype then
if refparts then refparts = refparts .. ", " else refparts = "" end
for snakidx = 1, #snakval do
if snakidx > 1 then refparts = refparts .. ", " end
refparts = refparts .. getSnakValue(snakval[snakidx], parameters)
end
end
end
end
if refparts then result = result .. refparts end
end
return result
end
local function getQualifierSnak(claim, qualifierId, parameters)
-- a "snak" is Wikidata terminology for a typed key/value pair
-- a claim consists of a main snak holding the main information of this claim,
-- as well as a list of attribute snaks and a list of references snaks
if qualifierId then
-- search the attribute snak with the given qualifier as key
if claim.qualifiers then
local qualifier = claim.qualifiers[qualifierId]
if qualifier then
if qualifier[1].datatype == "monolingualtext" then
-- iterate over monolingualtext qualifiers to get local language
for idx in pairs(qualifier) do
if getSnak(qualifier[idx], {"datavalue", "value", "language"}) == parameters.lang[1] then
return qualifier[idx]
end
end
elseif parameters.list then
return qualifier
else
return qualifier[1]
end
end
end
return nil, formatoError("qualifier-not-found")
else
return claim.mainsnak
end
end
local function getValueOfClaim(claim, qualifierId, parameters)
local snak, error = getQualifierSnak(claim, qualifierId, parameters)
local reftypes = {'P5997'} -- propiedades "tipo referencia" que pueden denotar un valor oculto
parameters.referenced = getReferencedValue(claim, parameters, reftypes)
parameters.citado = getCitadoValue(claim)
if not snak then
return nil, nil, error
elseif snak[1] then -- a multi qualifier
local result = {}
for idx in pairs(snak) do
result[#result + 1] = getSnakValue(snak[idx], parameters)
end
return mw.text.listToText(result), nil
else -- a property or a qualifier (lo habitual)
return getSnakValue(snak, parameters)
end
end
local function getEntityId(args, pargs, unnamed)
pargs = pargs or {}
local id = args.item or args.from or (unnamed and mw.text.trim(args[1] or '') or nil)
if not isSet(id) then
id = pargs.item or pargs.from or (unnamed and mw.text.trim(pargs[1] or '') or nil)
end
if not isSet(id) then
id = mw.wikibase.getEntityIdForCurrentPage()
end
return id
end
local function getArg(value, default, aliases)
if type(value) == 'boolean' then return value
elseif value == "false" or value == "no" then return false
elseif value == "true" or value == "yes" then return true
elseif value and aliases and aliases[value] then return aliases[value]
elseif isSet(value) then return value
elseif default then return default
else return nil
end
end
-- Main function claim ---------------------------------------------
-- on debug console use: =p.claim{item="Q...", property="P...", ...}
function p.claim(frame)
local args = frame.args or frame -- via invoke or require
local pargs = frame.args and frame:getParent().args or {}
-- arguments
local parameters = {}
parameters.id = getEntityId(args, pargs)
if parameters.id == nil then return end
parameters.property = string.upper(args.property or "")
local qualifierId = {}
qualifierId[1] = getArg(string.upper(args.qualifier or ""))
local i = 2
while isSet(args["qualifier" .. i]) do
qualifierId[i] = string.upper(args["qualifier" .. i])
i = i + 1
end
parameters.formatting = getArg(args.formatting)
parameters.list = getArg(args.list, true, {firstrank='bestrank'})
parameters.tabla = getArg(args.tabla)
local default = args.default
parameters.lang = findLang(args.lang)
-- fetch property
local claims = mw.wikibase.getBestStatements(parameters.id, parameters.property)
if #claims == 0 then
return default
end
-- defaults for table
local preformat, postformat = "", ""
-- get initial sort indices
local sortindices = {}
for idx in pairs(claims) do
sortindices[#sortindices + 1] = idx
end
local result
if parameters.tabla then
local value
result = {}
local values = {}
for idx in pairs(claims) do
local claim = claims[sortindices[idx]]
value = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
values[#values + 1] = {}
if value then
values[#values]["col0"] = value
result[#values] = value
end
end
return result
elseif parameters.list then
parameters.separator = mw.message.new('Comma-separator'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain()
parameters.conjunction = (mw.message.new('And'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain() .. mw.message.new('Word-separator'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain())
-- iterate over all elements and return their value (if existing)
local value
result = {}
local values = {}
for idx in pairs(claims) do
local claim = claims[sortindices[idx]]
value = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
values[#values + 1] = {}
if value then
values[#values]["col0"] = value
result[#values] = value
end
end
result = preformat .. mw.text.listToText(result, parameters.separator, parameters.conjunction) .. postformat
else
-- return first element
local claim = claims[sortindices[1]]
result = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
end
if not isSet(result) then
result = default
end
return result or ''
end
--------------------------------------------------------------------------------
-- Get an Item based on what's passed in the 'wikidata' or 'page' parameters of
-- the args, or the current page's ID otherwise.
local function getItem( args )
local id = nil
-- If args is a table with an appropriate element, use it.
if type( args ) == 'table' then
if args.wikidata ~= '' and args.wikidata ~= nil then
id = args.wikidata
elseif args.wikidata_id ~= '' and args.wikidata_id ~= nil then
id = args.wikidata_id
elseif args.page ~= '' and args.page ~= nil then
local title = mw.title.new( args.page )
id = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( title.nsText .. title.text )
-- If no entity for this page, maybe it's a subpage and we should look for the root page's entity.
if id == nil then
id = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( title.nsText .. title.rootText )
end
end
end
if type( args ) == 'string' and args ~= '' then
id = args
end
return mw.wikibase.getEntity( id )
end
--------------------------------------------------------------------------------
-- Exported method. Get wikitext for displaying an edition's badges from Wikidata.
-- Test: =p.badge({args={qid='Q30097675'}})
function p.badge( frame )
local args = frame.args or frame -- via invoke or require
local item = getItem( args ) --por defecto, id de la página
local badges = {}
if args.qid ~= nil then --pero si pasamos un qid, id pasado
item = mw.wikibase.getEntity(args.qid)
end
local status = args.ws
-- status en el índice a badge
if status == 'C' or status == 'P' then
status = "Q20748091"
elseif status == 'V' then
status = "Q20748092"
elseif status == 'T' then
status = "Q20748093"
elseif status == 'E' or status == 'L' then
status = "Q20748094"
end
if not ( item and item.sitelinks and item.sitelinks.eswikisource and #item.sitelinks.eswikisource.badges > 0) and not (status) then
return ''
end
-- alguno con más prioridad que el otro? TODO: hacer algo en caso de discrepancia
if status then
badges = {status}
end
if ( item and item.sitelinks and item.sitelinks.eswikisource and #item.sitelinks.eswikisource.badges > 0) then
badges = {unpack(badges), unpack(item.sitelinks.eswikisource.badges)}
end
local out = ''
for _, badge in pairs( badges ) do
local badgeOut = ''
local badgeItem = mw.wikibase.getEntity( badge )
local wikisourceBadgeClass = 'Q75042035'
local badgeName = ''
if badgeItem.claims.P31[1].mainsnak.datavalue.value.id == wikisourceBadgeClass and badgeItem.claims.P18 ~= nil then
local imageName = badgeItem.claims.P18[1].mainsnak.datavalue.value
if mw.wikibase.getLabel( badge ) ~= nil then
badgeName = mw.wikibase.getLabel( badge )
end
-- TODO: Crear una página de ayuda apropiada para el nivel de los *textos*
if args.indicator then
badgeOut = '<indicator name="wikisource-badge-' .. badgeName .. '">' .. badgeOut .. '</indicator>'
else
badgeOut = '<span class="indicator-badge">[[File:' .. imageName .. '|16px|link=Ayuda:Nivel de las páginas|' .. badgeName .. ']]</span>'
end
--[[ if args.category ~= nil and badgeItem.claims.P910 ~= nil then
local categoryQid = badgeItem.claims.P910[1].mainsnak.datavalue.value.id
local category = mw.wikibase.getEntity( categoryQid )
badgeOut = badgeOut .. '['..'[' .. category.sitelinks.enwikisource.title .. ']'..']'
end ]]
out = out .. badgeOut
end
end
return mw.getCurrentFrame():preprocess(out)
end
return p
r5b60x0gkkw9jg8e3u8p5sydr110g94
1664104
1664103
2026-06-04T19:09:17Z
Ignacio Rodríguez
3603
soy realmente un idiota? (recupero indicador eliminado)
1664104
Scribunto
text/plain
require('strict')
--[[*********************************************************************************
* Nombre: Módulo:Wikidata
*
* Descripción: Este módulo devuelve el valor o valores con o sin formato
* específico a una propiedad de Wikidata.
*
*********************************************************************************`-- ]]
local p = {}
local marco = mw.getCurrentFrame()
local datequalifiers = {'P585', 'P571', 'P580', 'P582'}
local primera = true
--[[ =========================================================================
Mensajes de error
========================================================================= `-- ]]
local avisos = {
["errores"] = {
["property-param-not-provided"] = "Parámetro de la propiedad no proporcionado.",
["entity-not-found"] = "Entrada no encontrada.",
["unknown-claim-type"] = "Tipo de notificación desconocida.",
["unknown-snak-type"] = "Tipo de dato desconocido.",
["unknown-datavalue-type"] = "Formato de dato desconocido.",
["unknown-entity-type"] = "Tipo de entrada desconocido.",
["unknown-value-module"] = "Debe ajustar ambos parámetros de valor y el valor del módulo de funciones.",
["value-module-not-found"] = "No se ha encontrado el módulo apuntado por valor-módulo.",
["value-function-not-found"] = "No se ha encontrado la función apuntada por valor-función.",
["qualifier-not-found"] = "Qualifier not found.",
["other entity"] = "Enlaces a elementos diferentes desactivado."
},
["somevalue"] = "''valor desconocido''",
["novalue"] = ""
}
--[[ =========================================================================
Función auxiliar para dar formato a los mensajes de error
========================================================================= `-- ]]
local function formatoError( clave )
return '<span class="error">' .. avisos.errores[clave] .. '</span>'
end
-- Módulos en los que están definidos los tipos de datos más habituales si son
-- diferentes de Wikidata/Formatos
--
local modulosTipos = {
['altura'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['área'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['educado en'] = 'Módulo:Wikidata/Formatos educación',
['imagen'] = 'Módulo:Wikidata/Formato imagen',
['lugar'] = 'Módulo:Wikidata/Formato lugar',
['formatoLugar']= 'Módulo:Wikidata/Formato lugar',
['magnitud'] = 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['movimiento'] = 'Módulo:Wikidata/Formato movimiento',
['periodicidad']= 'Módulo:Wikidata/Formato magnitud',
['premio'] = 'Módulo:Wikidata/Formato premio',
}
--[[ =========================================================================
Función para identificar el ítem correspondiente a la página o otro dado.
Esto último aún no funciona.
========================================================================= `-- ]]
local function SelecionEntidadPorId( id )
if id and id ~= '' then
return mw.wikibase.getEntityObject( id )
else
return mw.wikibase.getEntityObject()
end
end
--[[ =========================================================================
Función que identifica si el valor devuelto es un ítem o una propiedad
y en función de eso añade el prefijo correspondiente
========================================================================= `-- ]]
local function SelecionEntidadPorValor( valor )
if valor['entity-type'] == 'item' then
-- Prefijo de ítem
return 'q' .. valor['numeric-id']
elseif valor['entity-type'] == 'property' then
-- Prefijo de propiedad
return 'p' .. valor['numeric-id']
else
return formatoError( 'unknown-entity-type' )
end
end
local function obtenerFuncion(funcion, nombreModulo)
if not funcion then
return
elseif type(funcion) == 'function' then -- Uso desde LUA
return funcion
elseif funcion == '' or not nombreModulo or nombreModulo == '' then
return
else -- Uso desde una plantilla
local modulo
if not nombreModulo or nombreModulo == '' or nombreModulo == 'Wikidata/Formatos' then
modulo = require(modulosTipos[funcion] or 'Módulo:Wikidata/Formatos')
else
modulo = require ('Módulo:' .. nombreModulo)
end
if not modulo then
return nil, formatoError( 'value-module-not-found' )
elseif not modulo[funcion] then
return nil, formatoError( 'value-function-not-found' )
else
return modulo[funcion]
end
end
end
local function formatoValorDato( valorDato, opciones, calificativos)
local funcion, mensajeError = obtenerFuncion(opciones['valor-función'] or opciones['value-function'] or opciones['funcion'], opciones['valor-módulo'] or opciones['modulo'])
if mensajeError then
return mensajeError
elseif funcion then
local opcionesEntidad = {}
for k, v in pairs(opciones) do
opcionesEntidad[k] = v
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula' ) and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opcionesEntidad['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opcionesEntidad['cursivas'] = 'sí'
end
return funcion(valorDato.value, opcionesEntidad, marco, calificativos)
end
-- == Formatos por defecto en función del tipo de valor ==
-- * Para tipo coordenadas cuando se da como valor de propiedad: latitud, longitud o precisión
if opciones.propiedad == 'latitud' then
return valorDato.value['latitude']
elseif opciones.propiedad == 'longitud' then
return valorDato.value['longitude']
elseif opciones.propiedad == 'precisión' then
return valorDato.value['precision']
-- * Con el resto de valores en propiedad
elseif valorDato.type == 'wikibase-entityid' then -- Tipo: Número de entidad que puede ser un ítem o propiedad
local opcionesEntidad = {}
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula') and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opcionesEntidad['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
opcionesEntidad.enlace = opciones.enlace
opcionesEntidad.etiqueta = opciones.etiqueta
opcionesEntidad['debeExistir'] = opciones['debeExistir']
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opcionesEntidad.cursivas = 'sí'
end
return p.formatoIdEntidad( SelecionEntidadPorValor( valorDato.value ), opcionesEntidad)
elseif valorDato.type == 'string' then -- Tipo: Cadena de texto (string)
return valorDato.value
elseif valorDato.type == 'url' then --Tipo URL (dirección web)
return valorDato.url
elseif valorDato.type == 'time' then -- Tipo: Fecha/hora
local opcionesFecha={['formatoFecha']=opciones['formatoFecha'],enlace=opciones.enlace}
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'] or '','mayúscula') and primera then
opcionesFecha['mayúscula']='sí'
end
return require('Módulo:Wikidata/Fecha').FormateaFechaHora(valorDato.value, opcionesFecha, calificativos)
elseif valorDato.type == 'monolingualtext' then -- Tipo: monoligüe
if valorDato.value then
if opciones.idioma then
for k, v in pairs(valorDato) do
if v.language == opciones.idioma then
return v.text
end
end
else
return valorDato.value.text
end
else
return ''
end
elseif valorDato.type == 'quantity' then -- Tipo: Cantidad
return require('Módulo:Wikidata/Formatos').formatoUnidad(valorDato, opciones)
elseif valorDato.value['latitude'] and valorDato.value['longitude'] then -- Tipo: Coordenadas
local globo = require('Módulo:Wikidata/Globos')[valorDato.value.globe]
--Concatenamos los valores de latitud y longitud dentro de la plantilla Coord
if globo ~= 'earth' then
return marco:preprocess('{{coord|' .. valorDato.value['latitude'] .. '|' ..
valorDato.value['longitude'] .. '|globe:' .. globo .. '_type:' .. opciones.tipo .. '|display=' ..
opciones.display ..'|formato=' .. opciones.formato..'}}')
else
return marco:preprocess('{{coord|' .. valorDato.value['latitude'] .. '|' ..
valorDato.value['longitude'] .. '|type:' .. opciones.tipo .. '|display=' ..
opciones.display ..'|formato=' .. opciones.formato..'}}')
end
else
return formatoError( 'unknown-datavalue-type' ) -- Si no es de ninguno de estos tipos devolverá error valor desconocido
end
end
--[[ =========================================================================
Función para determinar el rango
========================================================================= `-- ]]
local function getRango(tablaDeclaraciones)
local rank = 'deprecated'
for indice, declaracion in pairs(tablaDeclaraciones) do
if declaracion.rank == 'preferred' then
return 'preferred'
elseif declaracion.rank == 'normal' then
rank = 'normal'
end
end
return rank
end
--[[ =========================================================================
Función para determinar la declaracion o declaraciones de mayor rango
========================================================================= `-- ]]
local function filtrarDeclaracionPorRango(tablaDeclaraciones)
local rango = getRango(tablaDeclaraciones)
local tablaAuxiliar = tablaDeclaraciones
tablaDeclaraciones = {}
for indice, declaracion in pairs(tablaAuxiliar) do
if declaracion.rank == rango then
table.insert(tablaDeclaraciones, declaracion)
end
end
return tablaDeclaraciones
end
--[[ =========================================================================
Función para seleccionar el tipo de declaración: Referencia, valor principal
o calificador
========================================================================= `-- ]]
local function seleccionDeclaracion(declaracion, opciones)
local propiedadFuente = {}
local calificador = opciones.formatoCalificador ~= '()' and opciones.calificador
if calificador ~= '' and calificador and declaracion['qualifiers'] then
if declaracion['qualifiers'][mw.ustring.upper(calificador)] then
return declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificador)][1] -- devuelve el calificador (solo devolverá el primer valor)
else
return "" --Para que no lance excepción si no existe el calificador
end
elseif opciones.dato == 'fuente' and declaracion['references'] then
local fuente = declaracion.references[1]['snaks']
for k,v in pairs(fuente) do
propiedadFuente = k
end
return declaracion.references[1]['snaks'][propiedadFuente][1] -- devuelve la fuente (queda que se itinere la tabla)
elseif (calificador == '' or not calificador) and (opciones.dato ~= 'fuente') then
return declaracion.mainsnak -- devuelve el valor principal
else
return ''
end
end
--[[ =========================================================================
Función para recopilar las declaraciones
========================================================================= `-- ]]
function p.getDeclaraciones(entityId)
-- == Comprobamos que existe un ítem enlazado a la página en Wikidata ==
if not pcall (SelecionEntidadPorId, entityId ) then
return false
end
local entidad = SelecionEntidadPorId(entityId)
if not entidad then
return '' -- Si la página no está enlazada a un ítem no devuelve nada
end
-- == Comprobamos que el ítem tiene declaraciones (claims) ==
if not entidad.claims then
return '' -- Si el ítem no tiene declaraciones no devuelve nada
end
-- == Declaración de formato y concatenado limpio ==
return entidad.claims
end
--[[ =========================================================================
Función para crear la cadena que devolverá la declaración
========================================================================= `-- ]]
local function valinQualif(claim, qualifs)
local claimqualifs = claim.qualifiers
local vals, vals1, datavalue, value
if not claimqualifs then
return nil
end
for i, qualif in pairs(qualifs) do
vals = claimqualifs[qualif]
if vals then
vals1 = vals[1]
if vals1 then
datavalue=vals1.datavalue
if datavalue then
value = datavalue.value
if value then
return value.time
end
end
end
end
end
end
function p.getPropiedad(opciones, declaracion)
local propiedad
local tablaOrdenada
if opciones.propiedad == 'precisión' or opciones.propiedad == 'latitud' or opciones.propiedad == 'longitud' then
propiedad = 'P625' -- Si damos el valor latitud, longitud o precisión equivaldrá a dar p625
else
propiedad = opciones.propiedad -- En el resto de casos se lee lo dado
end
if not propiedad then -- Comprobamos si existe la propiedad dada y en caso contrario se devuelve un error
return formatoError( 'property-param-not-provided' )
end
if declaracion then
tablaOrdenada = declaracion
elseif not p.getDeclaraciones(opciones.entityId) then
return formatoError( 'other entity' )
elseif p.getDeclaraciones(opciones.entityId)[mw.ustring.upper(propiedad)] then
tablaOrdenada = p.getDeclaraciones(opciones.entityId)[mw.ustring.upper(propiedad)]
else
return ''
end
-- Evitar que pete cuando se haga el find en opciones['formatoTexto'] si vale nil
if not opciones['formatoTexto'] then
opciones['formatoTexto'] = ''
end
--Dejar en su caso los valores de mayor rango
if (opciones.rangoMayor == 'sí') then
tablaOrdenada = filtrarDeclaracionPorRango(tablaOrdenada)
end
--Ordenar en su caso por fecha. Ver la función chronosort de :fr:Module:Wikidata/Récup
if opciones.ordenar == 'por fecha' then
require('Módulo:Tablas').ordenar(tablaOrdenada,
function(elemento1,elemento2)
local fecha1 = valinQualif(elemento1, datequalifiers) or '' -- elemento1.qualifiers.P580[1].datavalue.value.time or ''
local fecha2 = valinQualif(elemento2, datequalifiers) or '' -- elemento2.qualifiers.P580[1].datavalue.value.time or ''
return fecha1 < fecha2
end
)
end
if not tablaOrdenada[1] then
return
end
-- == Si solo se desea que devuelva un valor ==
-- Pendiente eliminar el parámetro y sustituirlo por un nuevo valor del parámetro lista=no que haría lo mismo que opciones.uno = sí
if opciones.uno == 'sí' then -- Para que devuelva el valor de índice 1
tablaOrdenada = {tablaOrdenada[1]}
elseif opciones.uno == 'último' then -- Para que devuelva la última entrada de la tabla
tablaOrdenada = {tablaOrdenada[#tablaOrdenada]}
end
-- == Creamos una tabla con los valores que devolverá ==
local formatoDeclaraciones = {}
local hayDeclaraciones
for i, dec in pairs(tablaOrdenada) do
local declaracionFormateada = p.formatoDeclaracion(dec, opciones)
if declaracionFormateada and declaracionFormateada ~= '' then
table.insert(formatoDeclaraciones, declaracionFormateada)
hayDeclaraciones = true
end
end
primera = true
if not hayDeclaraciones then
return
end
-- Aplicar el formato a la lista de valores según el tipo de lista de las
-- opciones
local listaDeclaraciones = mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, '</li><li>', '</li><li>' )
-- Añadir en su caso un lápiz
if opciones.linkback == 'sí' then
listaDeclaraciones = p.addLinkback( listaDeclaraciones, opciones.entityId, opciones.propiedad )
end
if opciones['lista'] == 'no ordenada' then
return '<ul><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ul>'
elseif opciones['lista'] == 'ordenada' then
return '<ol><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ol>'
elseif opciones['lista'] == 'nobullet' then
return '<ul style="list-style-type:none;list-style-image:none;margin-left:0;"><li>' .. listaDeclaraciones .. '</li></ul>'
else
-- valores separados por coma o por el separador y la
-- conjunción de las opciones
local separador, conjuncion
if opciones['conjunción'] == 'null' then
conjuncion = nil
else
conjuncion = opciones['conjunción']
end
if opciones['separador'] == 'null' then
separador = nil
else
separador = opciones['separador']
end
if #formatoDeclaraciones > 1 then
if not conjuncion then
conjuncion = 'y'
end
if marco and conjuncion == 'y' then
conjuncion = ' ' .. string.sub(marco:preprocess('{{y-e|{{Desvincular|' .. formatoDeclaraciones[#formatoDeclaraciones] .. '}}}}'), 1, 1) .. ' '
elseif conjuncion == 'y' or conjuncion == 'o' then
conjuncion = ' ' .. conjuncion .. ' '
end
end
-- Añadir en su caso un lápiz
if opciones.linkback == 'sí' then
return p.addLinkback(mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, separador,conjuncion ), opciones.entityId, opciones.propiedad)
else
return mw.text.listToText( formatoDeclaraciones, separador, conjuncion )
end
end
end
-- devuelve el ID de la página en Wikidata (Q...), o nada si la página no está conectada a Wikidata
function p.pageId()
local entity = mw.wikibase.getEntityObject()
if not entity then return nil else return entity.id end
end
--[[ =========================================================================
Función que comprueba si la página está enlazada a Wikidata
en caso de estarlo pasa el valor como a argumento a la función formatSnak()
========================================================================= `-- ]]
function p.formatoDeclaracion( declaracion, opciones)
if not declaracion.type or declaracion.type ~= 'statement' then -- Se comprueba que tiene valor de tipo y que este sea statement (declaración) lo cual pasa siempre que existe la propiedad
return formatoError( 'unknown-claim-type' ) -- Si no se cumple devuelve error
end
-- En el caso de que haya calificador se devuelve a la derecha del valor de la
-- declaración entre paréntesis.
local calificativo = opciones.calificativo or opciones.calificador
if calificativo and declaracion.qualifiers then
-- De momento los calificativos, normalmente años, no se enlazan
local opcionesCalificativo = {['formatoTexto']='', enlace='no', ['formatoFecha']='año'} -- Pendiente
local wValorCalificativo
local wValorCalificativoFormateado
local funcionCalificativo, mensajeError = obtenerFuncion(calificativo, opciones['módulo calificativo'])
if mensajeError then
return mensajeError
elseif funcionCalificativo then
-- Utilizar la función recibida sobre todos los calificativos
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers
wValorCalificativoFormateado = funcionCalificativo(wValorCalificativo, opcionesCalificativo)
elseif opciones.formatoCalificador and opciones.formatoCalificador == '()' then
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificativo)]
if wValorCalificativo and wValorCalificativo[1] then
wValorCalificativoFormateado = p.formatoDato(wValorCalificativo[1], opcionesCalificativo)
end
elseif opciones.formatoCalificador and #mw.text.split(opciones.formatoCalificador, '%.') == 2 then
local moduloFormatoCalificador = mw.text.split(opciones.formatoCalificador, '%.')
local formateado = require ('Módulo:' .. moduloFormatoCalificador[1])
if not formateado then
return formatoError( 'value-module-not-found' )
end
local fun = formateado[moduloFormatoCalificador[2]]
if not fun then
return formatoError( 'value-function-not-found' )
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'mayúscula') and
(primera or (opciones['separador'] and opciones['separador'] ~= 'null') or
(opciones['lista'] and opciones['lista'] ~= '')) then
opciones['mayúscula'] = 'sí'
primera = false
end
if mw.ustring.find(opciones['formatoTexto'],'cursivas') then
opciones['cursivas'] = 'sí'
end
wValorCalificativoFormateado = fun( declaracion.qualifiers, opciones, marco)
--return require('Módulo:Tablas').tostring(declaracion)
else
-- Utilizar el primer valor del calificativo de la propiedad recibida
wValorCalificativo = declaracion.qualifiers[mw.ustring.upper(calificativo)]
if wValorCalificativo and wValorCalificativo[1] then
wValorCalificativoFormateado = p.formatoDato(wValorCalificativo[1], opcionesCalificativo)
end
end
-- no usado?
-- if opciones.separadorcalificador then separador = opciones.separadorcalificador else separador = ' ' end
if wValorCalificativoFormateado then
local datoFormateado = p.formatoDato(declaracion.mainsnak, opciones)
return (datoFormateado and datoFormateado .. ' <small>(' .. wValorCalificativoFormateado .. ')</small>') or nil
end
end
-- Si no hay calificativo.
return p.formatoDato(seleccionDeclaracion(declaracion, opciones), opciones, declaracion.qualifiers)
end
--[[ =========================================================================
Función que comprueba el tipo de dato (snaktype)
si es value pasa el valor como argumento a la función formatoValorDato()
========================================================================= `-- ]]
function p.formatoDato( dato, opciones, calificativos)
if not dato or dato == '' then
return ''
end
if dato.snaktype == 'somevalue' then
-- Fecha más temprana
if calificativos then
if calificativos['P1319'] and calificativos['P1319'][1] and
calificativos['P1319'][1].datavalue and
calificativos['P1319'][1].datavalue.type=='time' then
local opcionesFecha={['formatoFecha']=opciones['formatoFecha'],enlace=opciones.enlace}
return 'post. ' .. require('Módulo:Wikidata/Fecha').FormateaFechaHora(calificativos['P1319'][1].datavalue.value, opcionesFecha)
end
end
-- Si no tiene un calificativo válido
return avisos['somevalue'] -- Valor desconocido
elseif dato.snaktype == 'novalue' then
return avisos['novalue'] -- Sin valor
elseif dato.snaktype == 'value' then
return formatoValorDato( dato.datavalue, opciones, calificativos) -- Si tiene el tipo de dato se pasa el valor a la función formatDatavalue()
else
return formatoError( 'unknown-snak-type' ) -- Tipo de dato desconocido
end
end
--[[ =========================================================================
Función que establece el tipo de formato en función del tipo de valor
(valorDato.type) y en caso de solicitarse un formato complemetario asocia
el módulo donde se establece el formato y la función de este que lo establece
========================================================================= `-- ]]
--[[ =========================================================================
Damos formato a los enlaces internos
========================================================================= `-- ]]
-- Opciones:
-- - enlace: Valores posibles 'sí' o 'no'
-- - mayúscula: Valores posibles 'sí' o 'no'
-- - cursivas: Valores posibles 'sí' o 'no'
function p.formatoIdEntidad(idEntidad, opciones)
local enlace = mw.wikibase.sitelink(idEntidad)
local etiqueta = mw.wikibase.label(idEntidad)
return require('Módulo:Wikidata/Formatos').enlazar(enlace, etiqueta, idEntidad, opciones)
end
--[[ =========================================================================
Función principal
========================================================================= `-- ]]
function p.Wikidata( frame )
local args = frame.args
if args.valor == 'no' then
return
end
local parentArgs = frame:getParent().args
-- Copiar los argumentos
local argumentos = {}
for k, v in pairs(args) do
argumentos[k] = v
end
for k, v in pairs(parentArgs) do
if not argumentos[k] then
argumentos[k] = v
end
end
--if true then return require('Módulo:Tablas').tostring(argumentos) end
-- No generar el valor de Wikidata si se ha facilitado un valor local y
-- el valor local es prioritario.
local valorWikidata;
if (args.prioridad ~= 'sí' or (args.importar and args.importar == 'no')) and args.valor and args.valor ~= '' then
valorWikidata = '';
else
valorWikidata = p.getPropiedad(argumentos, nil);
end
local categorias = '';
local namespace = frame:preprocess('{{NAMESPACENUMBER}}');
if (namespace == '0' and (not args.categorias or args.categorias ~= 'no') and
args.propiedad and string.upper(args.propiedad) ~= 'P18' -- P18: imagen de Commons
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P41' -- P41: imagen de la bandera
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P94' -- P94: imagen del escudo de armas
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P109' -- P109: firma de persona
and string.upper(args.propiedad) ~= 'P154') then -- P154: logotipo
if valorWikidata ~= '' and args.valor and args.valor ~= '' then
categorias = '[[Categoría:Wikipedia:Artículos con datos locales]]'
elseif valorWikidata and valorWikidata == '' and args.valor and args.valor ~= '' and
(not args.calificador or args.calificador == '') and
(not args.dato or args.dato == '' or args.dato ~= 'fuente')then
categorias = '[[Categoría:Wikipedia:Artículos con datos por trasladar a Wikidata]]'
end
end
if args.prioridad == 'sí' and valorWikidata ~= '' then -- Si se da el valor sí a prioridad tendrá preferencia el valor de Wikidata
if args.importar and args.importar == 'no' and args.valor and args.valor ~= '' then
return args.valor .. categorias
elseif valorWikidata then
return valorWikidata .. categorias -- valor que sustituye al valor de Wikidata parámetro 2
else
return categorias
end
elseif args.valor and args.valor ~= '' then
return args.valor .. categorias
elseif args.importar and args.importar == 'no' then
return ''
elseif valorWikidata then -- Si el valor es nil salta una excepcion al concatenar
return valorWikidata .. categorias
else
return ''
end
end
function p.addLinkback(valorPropiedad, idEntidad, idPropiedad)
local lidEntidad
if valorPropiedad and idPropiedad then
lidEntidad= (idEntidad ~='' and idEntidad) or mw.wikibase.getEntityIdForCurrentPage()
end
if lidEntidad then
return valorPropiedad .. '<span class=\"wikidata-link noprint\"> [[Archivo:Blue_pencil.svg|Ver y modificar los datos en Wikidata|10px|baseline|alt=Ver y modificar los datos en Wikidata|enlace=https://www.wikidata.org/wiki/' .. lidEntidad .. '?uselang=es#' .. idPropiedad ..
']]</span>'
else
return valorPropiedad
end
end
--------------------------------------------------------------------
-- A continuación, función p.claim y funciones locales necesarias --
-- Adaptado de https://ca.wikisource.org/wiki/Module:Wikidata --
--------------------------------------------------------------------
local wiki = {
langcode = mw.language.getContentLanguage().code
}
-- Table of language codes: requested or default and its fallbacks
local function findLang(langcode)
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
local cframe = mw.getCurrentFrame()
local pframe = cframe:getParent()
langcode = pframe and pframe.args.lang
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
if not mw.title.getCurrentTitle().isContentPage then
langcode = cframe:preprocess('{{int:lang}}')
end
if mw.language.isKnownLanguageTag(langcode or '') == false then
langcode = wiki.langcode
end
end
end
local languages = mw.language.getFallbacksFor(langcode)
table.insert(languages, 1, langcode)
if langcode == wiki.langcode then
for _, l in ipairs({}) do
table.insert(languages, l)
end
end
return languages
end
-- Argument is 'set' when it exists (not nil) or when it is not an empty string.
local function isSet(var)
return not (var == nil or (type(var) == 'string' and mw.text.trim(var) == ''))
end
-- get safely a serialized snak
local function getSnak(statement, snaks)
local ret = statement
for i, v in ipairs(snaks) do
if not ret then return end
ret = ret[v]
end
return ret
end
-- mw.wikibase.getLabelWithLang or getLabelByLang with a table of languages
local function getLabelByLangs(id, languages)
local label
local lang
for _, l in ipairs(languages) do
if l == wiki.langcode then
-- using getLabelWithLang when possible instead of getLabelByLang
label, l = mw.wikibase.getLabelWithLang(id)
else
label = mw.wikibase.getLabelByLang(id, l)
end
if label then
lang = l
break
end
end
return label, lang
end
-- format data value wikibase-entityid: types wikibase-item, wikibase-property
local function printDatatypeEntity(data, parameters)
local entity_id = data['id']
if parameters.formatting == 'raw' then
return entity_id, entity_id
end
local label, _ = getLabelByLangs(entity_id, parameters.lang)
local sitelink = mw.wikibase.getSitelink(entity_id)
local labelcase = label or sitelink
if parameters.citado and parameters.citado ~= '' then labelcase = parameters.citado end
local entity_page = 'Special:EntityPage/' .. entity_id
local ret1
if parameters.formatting == 'label' then
ret1 = labelcase or entity_id
else
if sitelink then
ret1 = '[[' .. sitelink .. '|' .. labelcase .. ']]'
elseif label and string.match(parameters.formatting or '', 'internallink$') and not mw.wikibase.getEntityIdForTitle(label) then
ret1 = '[[' .. label .. '|' .. labelcase .. ']]'
else --si no existe la pág. en WS, crea enlace a WD
ret1 = '[[d:' .. entity_page .. '|<span style="color:#5f9cbb;">' .. (labelcase or entity_id) .. '</span>]]'
end
end
return ret1
end
local function getSnakValue(snak, parameters)
if snak.snaktype == 'value' then
-- see Special:ListDatatypes
if snak.datatype == 'wikibase-item' or snak.datatype == 'wikibase-property' then
return printDatatypeEntity(snak.datavalue.value, parameters)
end
elseif snak.snaktype == 'somevalue' then
if parameters.referenced and parameters.referenced ~= '' then return parameters.referenced end
if parameters.citado and parameters.citado ~= '' then return parameters.citado end
end
return mw.wikibase.renderSnak(snak)
end
local function orderedpairs(array, order)
if not order then return pairs(array) end
-- return iterator function
local i = 0
return function()
i = i + 1
if order[i] then
return order[i], array[order[i]]
end
end
end
local function getCitadoValue(claim)
local result = ""
if claim.qualifiers then
if claim.qualifiers['P1932'] then
local wqualif = claim.qualifiers['P1932'][1].datavalue.value
if wqualif and wqualif ~= '' then
return wqualif
end
end
end
return result
end
local function getReferencedValue(claim, parameters, reftypes)
local result = ""
-- traverse through all references
for ref in pairs(claim.references or {}) do
local refparts
-- traverse through all parts of the current reference
for snakkey, snakval in orderedpairs(claim.references[ref].snaks or {}, claim.references[ref]["snaks-order"]) do
for i, reftype in ipairs(reftypes) do
if snakkey == reftype then
if refparts then refparts = refparts .. ", " else refparts = "" end
for snakidx = 1, #snakval do
if snakidx > 1 then refparts = refparts .. ", " end
refparts = refparts .. getSnakValue(snakval[snakidx], parameters)
end
end
end
end
if refparts then result = result .. refparts end
end
return result
end
local function getQualifierSnak(claim, qualifierId, parameters)
-- a "snak" is Wikidata terminology for a typed key/value pair
-- a claim consists of a main snak holding the main information of this claim,
-- as well as a list of attribute snaks and a list of references snaks
if qualifierId then
-- search the attribute snak with the given qualifier as key
if claim.qualifiers then
local qualifier = claim.qualifiers[qualifierId]
if qualifier then
if qualifier[1].datatype == "monolingualtext" then
-- iterate over monolingualtext qualifiers to get local language
for idx in pairs(qualifier) do
if getSnak(qualifier[idx], {"datavalue", "value", "language"}) == parameters.lang[1] then
return qualifier[idx]
end
end
elseif parameters.list then
return qualifier
else
return qualifier[1]
end
end
end
return nil, formatoError("qualifier-not-found")
else
return claim.mainsnak
end
end
local function getValueOfClaim(claim, qualifierId, parameters)
local snak, error = getQualifierSnak(claim, qualifierId, parameters)
local reftypes = {'P5997'} -- propiedades "tipo referencia" que pueden denotar un valor oculto
parameters.referenced = getReferencedValue(claim, parameters, reftypes)
parameters.citado = getCitadoValue(claim)
if not snak then
return nil, nil, error
elseif snak[1] then -- a multi qualifier
local result = {}
for idx in pairs(snak) do
result[#result + 1] = getSnakValue(snak[idx], parameters)
end
return mw.text.listToText(result), nil
else -- a property or a qualifier (lo habitual)
return getSnakValue(snak, parameters)
end
end
local function getEntityId(args, pargs, unnamed)
pargs = pargs or {}
local id = args.item or args.from or (unnamed and mw.text.trim(args[1] or '') or nil)
if not isSet(id) then
id = pargs.item or pargs.from or (unnamed and mw.text.trim(pargs[1] or '') or nil)
end
if not isSet(id) then
id = mw.wikibase.getEntityIdForCurrentPage()
end
return id
end
local function getArg(value, default, aliases)
if type(value) == 'boolean' then return value
elseif value == "false" or value == "no" then return false
elseif value == "true" or value == "yes" then return true
elseif value and aliases and aliases[value] then return aliases[value]
elseif isSet(value) then return value
elseif default then return default
else return nil
end
end
-- Main function claim ---------------------------------------------
-- on debug console use: =p.claim{item="Q...", property="P...", ...}
function p.claim(frame)
local args = frame.args or frame -- via invoke or require
local pargs = frame.args and frame:getParent().args or {}
-- arguments
local parameters = {}
parameters.id = getEntityId(args, pargs)
if parameters.id == nil then return end
parameters.property = string.upper(args.property or "")
local qualifierId = {}
qualifierId[1] = getArg(string.upper(args.qualifier or ""))
local i = 2
while isSet(args["qualifier" .. i]) do
qualifierId[i] = string.upper(args["qualifier" .. i])
i = i + 1
end
parameters.formatting = getArg(args.formatting)
parameters.list = getArg(args.list, true, {firstrank='bestrank'})
parameters.tabla = getArg(args.tabla)
local default = args.default
parameters.lang = findLang(args.lang)
-- fetch property
local claims = mw.wikibase.getBestStatements(parameters.id, parameters.property)
if #claims == 0 then
return default
end
-- defaults for table
local preformat, postformat = "", ""
-- get initial sort indices
local sortindices = {}
for idx in pairs(claims) do
sortindices[#sortindices + 1] = idx
end
local result
if parameters.tabla then
local value
result = {}
local values = {}
for idx in pairs(claims) do
local claim = claims[sortindices[idx]]
value = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
values[#values + 1] = {}
if value then
values[#values]["col0"] = value
result[#values] = value
end
end
return result
elseif parameters.list then
parameters.separator = mw.message.new('Comma-separator'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain()
parameters.conjunction = (mw.message.new('And'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain() .. mw.message.new('Word-separator'):inLanguage(parameters.lang[1]):plain())
-- iterate over all elements and return their value (if existing)
local value
result = {}
local values = {}
for idx in pairs(claims) do
local claim = claims[sortindices[idx]]
value = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
values[#values + 1] = {}
if value then
values[#values]["col0"] = value
result[#values] = value
end
end
result = preformat .. mw.text.listToText(result, parameters.separator, parameters.conjunction) .. postformat
else
-- return first element
local claim = claims[sortindices[1]]
result = getValueOfClaim(claim, qualifierId[1], parameters)
end
if not isSet(result) then
result = default
end
return result or ''
end
--------------------------------------------------------------------------------
-- Get an Item based on what's passed in the 'wikidata' or 'page' parameters of
-- the args, or the current page's ID otherwise.
local function getItem( args )
local id = nil
-- If args is a table with an appropriate element, use it.
if type( args ) == 'table' then
if args.wikidata ~= '' and args.wikidata ~= nil then
id = args.wikidata
elseif args.wikidata_id ~= '' and args.wikidata_id ~= nil then
id = args.wikidata_id
elseif args.page ~= '' and args.page ~= nil then
local title = mw.title.new( args.page )
id = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( title.nsText .. title.text )
-- If no entity for this page, maybe it's a subpage and we should look for the root page's entity.
if id == nil then
id = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( title.nsText .. title.rootText )
end
end
end
if type( args ) == 'string' and args ~= '' then
id = args
end
return mw.wikibase.getEntity( id )
end
--------------------------------------------------------------------------------
-- Exported method. Get wikitext for displaying an edition's badges from Wikidata.
-- Test: =p.badge({args={qid='Q30097675'}})
function p.badge( frame )
local args = frame.args or frame -- via invoke or require
local item = getItem( args ) --por defecto, id de la página
local badges = {}
if args.qid ~= nil then --pero si pasamos un qid, id pasado
item = mw.wikibase.getEntity(args.qid)
end
local status = args.ws
-- status en el índice a badge
if status == 'C' or status == 'P' then
status = "Q20748091"
elseif status == 'V' then
status = "Q20748092"
elseif status == 'T' then
status = "Q20748093"
elseif status == 'E' or status == 'L' then
status = "Q20748094"
end
if not ( item and item.sitelinks and item.sitelinks.eswikisource and #item.sitelinks.eswikisource.badges > 0) and not (status) then
return ''
end
-- alguno con más prioridad que el otro? TODO: hacer algo en caso de discrepancia
if status then
badges = {status}
end
if ( item and item.sitelinks and item.sitelinks.eswikisource and #item.sitelinks.eswikisource.badges > 0) then
badges = {unpack(badges), unpack(item.sitelinks.eswikisource.badges)}
end
local out = ''
for _, badge in pairs( badges ) do
local badgeOut = ''
local badgeItem = mw.wikibase.getEntity( badge )
local wikisourceBadgeClass = 'Q75042035'
local badgeName = ''
if badgeItem.claims.P31[1].mainsnak.datavalue.value.id == wikisourceBadgeClass and badgeItem.claims.P18 ~= nil then
local imageName = badgeItem.claims.P18[1].mainsnak.datavalue.value
if mw.wikibase.getLabel( badge ) ~= nil then
badgeName = mw.wikibase.getLabel( badge )
end
-- TODO: Crear una página de ayuda apropiada para el nivel de los *textos*
badgeOut = '<span class="indicator-badge">[[File:' .. imageName .. '|16px|link=Ayuda:Nivel de las páginas|' .. badgeName .. ']]</span>'
if args.indicator then
badgeOut = '<indicator name="wikisource-badge-' .. badgeName .. '">' .. badgeOut .. '</indicator>'
end
--[[ if args.category ~= nil and badgeItem.claims.P910 ~= nil then
local categoryQid = badgeItem.claims.P910[1].mainsnak.datavalue.value.id
local category = mw.wikibase.getEntity( categoryQid )
badgeOut = badgeOut .. '['..'[' .. category.sitelinks.enwikisource.title .. ']'..']'
end ]]
out = out .. badgeOut
end
end
return mw.getCurrentFrame():preprocess(out)
end
return p
rrp2cu2jz8d03lnx44i60kcmbjquvrg
El ciclo hidrosocial
0
269403
1664114
1120594
2026-06-05T11:20:50Z
Aleator
587
BORRADO
1664114
wikitext
text/x-wiki
<pages index="El ciclo hidrosocial.pdf" from="1" to="5" exclude="3" header="1" current="" next="[[El ciclo hidrosocial/Introducción|Introducción]]"/>
{{delete|1=Borraron el archivo en Commons por infracciones de copyright de las imágenes contenidas ([[:c:Commons:Deletion requests/File:El ciclo hidrosocial.pdf]]).
También tendremos que borrar las siguientes páginas:
*[[El ciclo hidrosocial]]
*[[El ciclo hidrosocial/Introducción]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo I]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo II]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo III]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo IV]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo V]]
*[[El ciclo hidrosocial/Capítulo VI]]
*[[:Categoría:El ciclo hidrosocial]]
*[[:Índice:El ciclo hidrosocial.pdf]]
* Las 92 páginas del índice ([https://es.wikisource.org/wiki/Especial:P%C3%A1ginasPorPrefijo?prefix=El+ciclo+hidrosocial&namespace=102]).
* Y quitar enlaces a Wikisource en el ítem de Wikidata.
{{ping|Carlos yo (UA)}} ¿Hay alguna manera de demostrar que el fichero y sus imágenes tenían licencia libre, para solicitar su restauración en Commons y evitar el borrado acá? -[[Usuario Discusión:Aleator|Aleator]] 11:20 5 jun 2026 (UTC)}}
8cckpclydwqt4vzjawffp77pq4etolx
Módulo:Creador
828
352525
1664068
1647754
2026-06-04T17:09:34Z
Ignacio Rodríguez
3603
?
1664068
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado desde enWS desde la siguiente versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Creator&oldid=11999025
Usado por otros módulos para representar personas u otras "organizaciones
creadoras" de obras.
EL objeto se inicia con with newCreator( id_or_title ) and properties
are accessed though members of the returned object (the same general princible
as proofreadPage.newIndex, mw.title, etc.)
]=]
local p = {} --p stands for package
-- This is provided by the core Scribunto library
local util = require 'libraryUtil'
-- TODO: ship out to /data when this gets big enough to be a memory burden
local PROPS = {
isA = 'P31',
title = 'P1476',
}
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
}
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
else
-- assume it's a page title
item = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
end
return item or {}
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
end
--[=[
Get the local lable of the entity - this is probably a good string to use
in links
]=]
local function getLocalLabel( entity )
local localLabel = entity:getLabel()
if localLabel then
return localLabel
end
return nil
end
--[=[
The main entry point
]=]
function p.newCreator( titleOrQid )
local obj = {}
-- the function that checks if a call to a method is using . instead of :
local checkSelfFunc = util.makeCheckSelfFunction( 'Module:Creador',
'aWork', obj, 'work object' );
local item = getEntity( titleOrQid )
local data = {
item = item
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( t )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( t, k )
-- lazily load the relevant properties only when actually needed
if k == 'wsPage' then
if data.wsPage == nil then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
end
return data.wsPage
end
if k == 'label' then
if data.label == nil then
data.label = getLocalLabel( item )
end
return data.label
end
return data[k]
end,
__newindex = function ( t, k, v )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
return p
cdyhdf0f25dnt7vop9gapjv9n8fiq84
1664079
1664068
2026-06-04T17:30:23Z
Ignacio Rodríguez
3603
soporte para autores sin QID
1664079
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado desde enWS desde la siguiente versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Creator&oldid=11999025
Usado por otros módulos para representar personas u otras "organizaciones
creadoras" de obras.
EL objeto se inicia con with newCreator( titleOrQid ) and properties
are accessed though members of the returned object (the same general princible
as proofreadPage.newIndex, mw.title, etc.)
]=]
local p = {} --p stands for package
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
else
-- assume it's a page title
item = mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
end
return item or {}
end
local function getLocalSiteLink( entity )
if not entity.type then return end
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
end
--[=[
Get the local label of the entity - this is probably a good string to use
in links
]=]
local function getLocalLabel( entity )
if not entity.type then return end
local localLabel = entity:getLabel()
if localLabel then
return localLabel
end
return nil
end
--[=[
The main entry point
]=]
function p.newCreator( titleOrQid )
local obj = {}
local item = getEntity( titleOrQid )
local data = {
item = item,
title = titleOrQid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- lazily load the relevant properties only when actually needed
if k == 'wsPage' then
if data.wsPage == nil then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
end
return data.wsPage
end
if k == 'label' then
if data.label == nil then
data.label = getLocalLabel( item ) or data.title
end
return data.label
end
return data[k]
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
return p
tgj5ao6bn970a8nsdcaj5sv78cfy3dj
Alma chilena
0
376915
1663917
1532427
2026-06-04T13:18:53Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[Alma Chilena]] a [[Alma chilena]]: convención de títulos
1532427
wikitext
text/x-wiki
phoiac9h4m842xq45sp7s6u21eteeq1
1663919
1663917
2026-06-04T13:20:05Z
Ignacio Rodríguez
3603
página en blanco a portada
1663919
wikitext
text/x-wiki
{{incompleto}}
<pages index="Alma chilena - MC0005178.pdf" include=1-3 header=1 />
----
<pages index="Alma chilena - MC0005178.pdf" header=notas />
d4pec9rntzi2qspuhg1r67a7fh7r3a0
1663920
1663919
2026-06-04T13:20:19Z
Ignacio Rodríguez
3603
1663920
wikitext
text/x-wiki
{{incompleto}}
<pages index="Alma chilena - MC0005178.pdf" include=1-3 header=1 />
----
<pages index="Alma chilena - MC0005178.pdf" header=notas />
[[Categoría:Obras de Carlos Pezoa Véliz]]
timgu3bxuv622dw9is8t2idg8d2w474
Ecos del Congreso Araucanista
0
377116
1663926
1533006
2026-06-04T13:25:58Z
Ignacio Rodríguez
3603
1663926
wikitext
text/x-wiki
{{sin formato}}
{{Encabezado
|título=Ecos del Congreso Araucanista
|autor=Manuel Manquilef
|notas=Pueblicado en El Diario Austral, 23 de diciembre de 1916. ''Discurso de don Manuel Manquilef''}}
Excmo. Señor Presidente la República.-Ilmo. y Rvdmo. Señor Arzobispo, señoras, señores: Cuando los valientes castellanos llegaron a Chile, ávidos de conquista y de gloria, creyeron que a las tribus araucanas, como a las demás de la América, se les podría dominar fácilmente.
Todos conocéis la historia, recordáis aquellos siglos de rudo batallar, la fundación de fuertes ciudadeslas; recordáis a sus pobladores, mis abuelos, sin tierras ya, pero indomables, refugiados en los pantanos de Lumaco, de donde saltan a buscar en las tierras habitable el pan y el aire puro para poder resistir nuevamente al conquistados y derramar hasta su última gota de sangre por la libertad de sus queridas montañas.
Recordáis que, poco a poco, fueron reconquistando el suelo perdido y que después de cien batallas arrasaron esos fuertes y volvieron a quedar dueños de aquel territorio hasta su primitiva frontera, el Bio-Bio.
El Bio-Bio, como antes de la conquista, volvió a ser el límite austral del Reino de Chile, y el Norte del estado Araucano, y el poderoso Monarca, en cuyo estado no se ponía el sol, se vio obligado a mantener allí 2000 hombres pagados por el Erario del Perú.
Don Alfonso de Ercilla, el Abate Molina y otros nos cuentan mejor que yo los episodios de esa lucha de siglos que dejó bien en claro que el poderoso conquistados no era capaz de doblegar la cerviz del altivo araucano que siguió libre e independiente hasta el advenimiento de la República.
Señores: No vengo a llorar como mujer lo que mis abuelos supieron defender como hombres; pero permitidme que os diga que mientras los valientes conquistadores nos trataron francamente como enemigos, pudimos defender nuestra tierra; pero cuando algunos malos gobernantes de la República se hicieron nuestros amigos, su amistad debilitó el vigor de nuestra raza alcoholizándola, y nos sumió en la miseria arrebatándonos nuestras tierras.
No es tan triste y doloroso, señores, morir luchando con el enemigo en franca lid, como morir envenenado por quien dice ser nuestro amigos y bebe en nuestra misma copa.
En fin, señores, perdonadme…….Es tan triste la historia de Arauco desde que se cobijó bajo la bandera de República, que vale más no recordarla y que la ignoren nuestros hijos.
En las luchas con España fuimos grandes y hubo poetas que cantaron nuestras glorias: en nuestra amistad con la República, fuimos una raza degenerada, y no hubo sino historiadores que haciéndose eco de la ambición y maldad ajenas nos deprimieron y nos colocaron casi al nivel de las bestias para justificar las perfidias y engaños de que se nos hizo victimas hasta dejarnos reducidos, como hoy, a la miseria.
Pero, señores, olvidar en nobleza, y sólo me permito tocar ligeramente estos hechos para que recordéis que tenéis una obligación sagrada. Los hijos del amigo que se enriquecen arrebatando al amigo sus propiedades y matándolo, deben, al menos, preocuparse de la familia que dejó en la indigencia.
¿Qué queréis, señores? A los hijos de las víctimas de nuestros padres no necesitáis matarlos: al contrario, podréis serviros de ellos y os servirán agradecidos de que al menos les deis una pequeña educación.
Los indios no queremos, ni aspiramos ya a ser vuestros iguales. Los últimos caciques no esperan que el Gobierno, como en otros tiempos, mande emisarios a parlamentar con ellos, ni escoltas después a recibirlos cuando invitamos a Santiago, dejaban sus campos para venir a esta ciudad a recibir halagos y promesas falaces. Nada de eso, señores, los últimos caciques me cargan venir a depositar a vuestros pies lo único que les queda la vida de sus hijos el vigor de sus mocetones, para que los recojáis, les deis en vuestra casa un rincón donde dormir, y os sirváis de ellos como buenos colaboradores en el engrandecimiento patrio.
Si en vuestros corazones anidan principio de equidad o siquiera buenos principios de economía, debéis aprovechar el ofrecimiento y no rechazarlo porque los ricos viven y crecen con el vigor y honradez de quien los sirve.
Considerad, señores, que es socialmente anti económico embrutecer y degenerar al pueblo y que los 180 mil indios que aún viven irán en su mayoría a engrosar las filas de vuestros trabajadores, de vuestros mozos, vaqueros, etc., y que no nos conviene ya seguir aniquilando más para quitarle el último razguño de tierra. Mirad que un pueblo degenerado de nada sirve. Pensad que ya prohíbe usar famelgos en los coches y animales escuálidos y que no es justo que aún no se prohíba “servirse de hombres hambrientos”.
Hasta aquí, señores, ha querido de mostrarse un indio en su pobre lenguaje que ha razones de justicia que os obligas a darnos educación, pero como, señores, es más fácil encontrar caridad que justicia, ya que es más duro reconocer el derecho ajeno que dar algo de lo que nos hace falta, me refujio en esa parte más sensitiva del corazón humano: la caridad que es, indudablemente, la que os congrega en este recinto. Ha tocado a sus puertas el ilustre Prelado que os preside, y todos habéis respondido generosos y dispuestos a luchar por la civilización de mis hermanos de desgracias y de sangre: todos habéis dicho: “hay que salvar a Arauco” y yo, ante una idea tan noble, tan santa, no he trepidado en aceptar contribuir con un átomo siquiera a la consecución de tan laudables deseos.
Ante todo, señores, si queréis civilizar al indio, debéis primero proporcionales el pan, es inútil pensar con enseñar al indio muchas cosas, si primero no os preocupáis de acomodar su situación y lo hacéis salir de los […] por ahora, sin salida, donde otros legisladores los han colocado.
No es necesario que le prometáis más tierras, sino que la que le disteis, no se la deis obligándolo a litigar, es menester que si una hectárea le dejasteis, penséis que es pobre y que es ignorante; que ese terrenito debéis dárselo sancado, no entregárselo en común para que forzosamente el tinterillo el abogado inescrupuloso; el explotador de indios vaya a sembrar entre ellos la discordia para que solos se den el gusto de ser dueños un momento.
“Si el Gobierno, en lugar de hacer a los indios cese presente griego, los toma a todos, les quita sus tierras, seguramente”, hará obra de mejor política que dejarlos así como los tiene incitando constantemente la voracidad de sus explotadores de indios que como aves de rapiña revoletean constantemente sobre sus rucas.
Mientras se nos mantenga con nuestras pequeñas propiedades mal constituidas, nadie pensará en nosotros, sino en degenerarnos para quitárnoslas. Si, al revés, nos dejan con nuestra pequeña propiedad asegurada, ya todos querrán aprovechar nuestros brazos robustos y tratarán de educarnos y servirse de nosotros.
Mientras haya comunidades, habrá un abogado que quiera ser partidor, un ingeniero ser perito, un tinterillo apoderado, etc., y había comuneros más fuertes que querrán aprovechárselo todo.
Mientras haya comunidades, no habrá solidaridad entre los indios, ni habrá quiénes nos defiendan si somos pobres e ignorantes; no nos hacemos solidarios y evidentemente tendremos que ser víctimas de chicos y grandes.
Hasta la fecha, señores, nadie se ha preocupado de nosotros, sino para hacernos aparecer como una raza inferior y extinguida.
Sin embargo, la inferioridad de nuestra raza está sólo en la mente del usurpador; seremos un pueblo atrasado, pero no somos raza inferior, sino desgraciada.
Somos aún cerca de 200000 indios que esperamos ver alguna vez colmada la tempestad permanente que ha azotado nuestras cabezas.
He dicho mal, también, señores, al afirmar que nadie se ha preocupado de nosotros. No, señores, la “Relijion ha estado siempre de nuestro lado, endulzando nuestras penas”.
Relijiosos como Las Casas, hoy el Reverendo Padre Jerónimo, son los únicos que con sus enseñan al niño sus deberes y muestran al viejo desconsolado un más allá donde podrá llegar no obstante haberle robado su caballo y quitado su lanza que debían acompañarle en el viaje eterno: Un más allá donde sus penas servirán de consuelo y sus lágrimas de refrescante bebida.
No creáis, señores, que tenéis siquiera idea del Via-Crusis que ha atravesado mi pobre raza en el último medio siglo. Miles han sido quemados con sus hijos, mujeres y rucas: miles han sido asesinados por defender al razguño de tierra: y miles, también porque no se dejaban robar sus animales, sus hijos y mujeres. Y siempre, señores, la fuerza pública y las autoridades todas, han sido los sostenedores de esos asesinatos.
Aún hoy, señores, si se asesina a un indio, no penséis que el matador irá a la Cárcel. Se establecerá que el muerto fue un asesino y su cadáver se llevará al presidio. ¿Qué queréis, señores, si no tenemos ni al último representante de la autoridad al guardián o carabinero que nos ayude? Todos son nuestros enemigos: salvo uno que otro empleado que se pone de nuestra parte; para ir con nosotros a donde le nieguen el fuego y el agua.
Señores: se ha dicho en la Cámara (por el Diputado don Héctor Anguita), que el Fisco bien podía en el sur ser encargado reo. ¿Qué diré yo, señores, de mis pobre hermanos a quien nadie defiende?
Señores, perdonadme. Nuestros calumniadores son muchos. Tened presente que, salvo raras excepciones, no hay casi millonarios fronterizos ni representantes de esos millonarios ante las Cámaras que no sean nuestros enemigos, Vosotros lo sabéis, señores, y no debéis darles oído.
Vosotros sabéis que a los corruptores más notables de los indios, a los que se enriquecieron embruteciéndolos con el alcohol, se les han elevado estatuas.
Este hecho, señores, os evidenciará que quienes así han querido perpetuar la memoria de esos abortos de la naturaleza, aún, nuestros enemigos.
En la Frontera, señores, como en los tiempos del Paganismo se divinizan las virtudes, pero ante todo las maldades.
Si queréis, señores, conocernos y hacernos y hacer algo útil por nosotros, es necesario que vayáis a nuestras rucas que jamás han tenido puertas y abiertas están todavía, como la manifestación más evidente que el pueblo araucano a quien el mundo califica de ladrón, ha sido siempre honrado y confiado.
Os suplico, señores, que antes de hacer nada por nosotros, nombréis una comisión compuesta de tres o cuatro de los miembros más distinguidos y de corazón generoso que, asesorados del Rvdmo. Padre Jerónimo y del actual Presidente de la Comisión Radicadora, vaya a Cautín y allí nos conocerán y podrán transmitiros sus impresiones.
Estoy seguro, señores, que los favorecidos con esta comisión no se arrepentirán jamás de haberla aceptado y volverán a luchar por nosotros convencidos, visu propio de que nuestra raza no está degenerada y es digna de la preocupación del Gobierno.
Volverán con sus corazones engrandecido y enternecidos a la vez; verán nuestras mujeres, nuestros hijos y nuestras rucas; verán que en medio de sus pobrezas nuestra raza no ha dejado de ser simpática, ni nuestros mocetones han perdido su noble aspecto de altivez y energía, que aún no se nos ha podido arrebatar.
Veréis muchas cosas, señores, veréis historias; veréis la verdad.
Creo inútil, señores, que este gran Congreso Católico Araucanista haga absolutamente nada mientras que una comisión no vaya a nuestras tierras.
El establecimiento de un gran internado, la forma como debe lucharse ante los Poderes Públicos para conseguir buenas leyes, todo debe postergarse para cuando esa comisión pase su informe.
Señores, se ha falseado tanto la verdad que seguramente no me creeréis, ni creeréis a sontos como el Padre Jerónimo, a quienes podréis calificar de locos ante las grandes realidades que él os narre.
Ante esa abrumadora adulteración desisto de convenceros, ni de negarnos.
Pero os pido en nombre de mis padres y hermanos que le hagáis el favor de visitarlos.
Pero os pido en nombre de mis padres y hermanos que le hagáis el favor de visitarlos.
En nombre de la humanidad os pido que vayáis a nuestras tierras.
Exemo. Señor Presidente de la República, Ilmo. Y Revdo., señor Arzobispo, si queréis hacer algo patriótico que de este Congreso se nombren 2 o 3 de sus miembros y que el Supremo Gobierno”, que no puede mantenerse ajeno a este movimiento, nombre otros dos que, como digo, asesorados por el Rvdo., Padre Jerónimo y el Presidente de la Comisión Radicadora, estudien nuestra situación y propongan las medidas convenientes.
Los indios, señores, quieren tener, como he dicho su pedacito de tierra para cultivarlo bien y un poco de instrucción.
De manera que sólo desean la subdivisión de la comunidad y escuelas.
Así tendréis pequeños propietarios que no serán jamás anarquista ni irán a formar parte de una era de hombres descamisados a quienes de tanto vivir del robo, como del trabajo. Tenis buenos trabajadores, buenos sirvientes, buenos empleados.
Señores, no hay que destruir a los chicos porque la sociedad necesidad de débiles y fuertes.
Si como dicen muchos, somos una raza inferior, entiendo que esa afirmación sólo se referirá a la parte intelectual, ya que físicamente está probado somos superiores al común del pueblo.
Chile está harto de abogados y empleados, necesita brazos vigorosos. Aprovéchensenos entonces y seremos un magnífico elemento dentro de la sociedad.
Ilmo. Señor, son dudo que toda vuestra vida la habréis dedicado al servicio de vuestros semejantes; pero estoy seguro que si se ponen en la balanza el día de la cuenta, vuestras accionas, la en que estáis empeñados, hoy bastará por si sola para llevaros al lugar que Redentor prometió a los mejores, y que en el corazón de los araucanos ya ocupáis el sitio predilecto, el que guardan para sus benefactores los desgraciados que encuentras un corazón caritativo.
En nuestros corazones, señores, también quedaréis grabados vosotros que con tanto entusiasmo habéis respondido al llamado de ese anciano venerable.
Estas son, señores las súplicas que me han encargado hacer ante vosotros los 200 mil indios esparcidos por Arauco y que por intermedio de la Sociedad Caupolicán, defensora de la Araucanía, manifiestan que serán a la vez que su última tabla de salvación, será como el viaje de esas golondrinas que emprenden sus largo vuelos en busca del Verano eterno, y no será, señores, como la marcha de ese cansado peregrino que al llegar al fin de la jornada cae y se desvaneces como se derrumban ante esas montañas las lechosas neblinas de las frías mañanas de Invierno.
Yo quiero, como la golondrina, girar juntamente con el estío y no correr la suerte del indio que abandona sus campos y no se atreve a regresar a sus soñados lares, porque por un lado los logreros de la política desean quitarle su pan, mientras por el otro reluce el puñal de rico usurero y el hacha destructora de nuestra sombría montaña que fue el ornato y el confidente de nuestras penas de nuestros amores.
Es por eso, que anhelamos algo para constituir nuestra ciudadanía: solo, nuestra Patria mostraría no a la raza que fue, que es suficiente con sus glorias, no a la actual que gime bajo el peso cobarde del plomo y del bajo acero sino una raza en toda la aurora de la vida que es el gérmen de aquella que ufana y airosa luchó por la defensa de su suelo, y por el sentimiento de la libertan que en el único progenitor de los grandes ideales.
Es por eso que es ahora de que llegue la hermosa tarea de los hombres de corazón a fin de no repetir los versos del gran cantor de nuestra raza, del insigne laureado baile nacional. D. Samuel A. Lillo, cuando exclama refiriéndose al histórico campo de mis abuelos:
Es el negro socavón
En la fa falda del lomaje,
Una herida sin vendaje,
Expuesta al viento y al sol.
[[Categoría:Obras de Manuel Manquilef]]
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Intraducibilidad del Quijote/Capítulo IV/Sección I
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Ignacio Rodríguez
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Ignacio Rodríguez
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Scribunto
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if v == 'valor desconocido' then
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-- pass
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str = str .. "'''[[" .. wsPage .. '|'.. titulo .. "]]''' (".. anyo..")"
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-- TODO: parámetro para no mostrar links de descarga
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1664098
1664097
2026-06-04T18:12:05Z
Ignacio Rodríguez
3603
1664098
Scribunto
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Genera galerías a partir de una lista de Índices
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1664098
2026-06-04T18:18:50Z
Ignacio Rodríguez
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1664099
Scribunto
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Genera galerías a partir de una lista de Índices
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El Único y su Propiedad/18
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NinoBot trasladó la página [[El Único y su Propiedad :18]] a [[El Único y su Propiedad/18]]: Robot: página trasladada
1562956
wikitext
text/x-wiki
#REDIRECCIÓN [[Discusión:El Único y su Propiedad]]
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Súplica al Guadalquivir
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Ignacio Rodríguez
3603
1663875
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Súplica al Guadalquivir
}}
<poem>
Corre con albos pies al espacioso
océano, veloz tarteso río,
así no ciña el abrasado estío
tu dilatado curso glorioso,
y di a mi amor que crece tu espumoso
seno a las muchas lágrimas que envío,
o esparza la dudosa luz rocío,
o muestre Cintia lustre generoso;
que viendo en mustio son mi afán ardiente
de ti con crespa lengua resonado
en verde prado o en sedienta arena,
será que blandas luces al hirviente
humor muestre, ya en vano derramado,
mi acerba y dulce y clara luz serena.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A la Vid
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Ignacio Rodríguez
3603
1663876
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A la Vid
}}
<poem>
Sube, frondosa vid, y en extendido
ramo corona la desnuda frente
de este infelice pobo que al corriente
cristal yace, de honor destituido;
sube, así no amancille el aterido
invierno en duro hielo tu excelente
cima, ni Febo, cuando más ardiente
muestra a tu gloria el rayo embravecido;
que, pues, cuando en su lustre florecía
te dio el áspero tronco y dilatado
seno, donde luciese tu ufanía,
es razón, sacra vid, que el despojado
leño de verde y fresca lozanía
ornes ahora en su funesto estado.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A unos álamos blancos
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Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663877
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A unos álamos blancos
}}
=== III ===
<poem>
Ya del sañudo Bóreas el nevoso
soplo cesó, y el triste invierno helado,
dando paso al divino ardor templado,
huyó al profundo centro tenebroso;
y vuelve el verde honor al espacioso
seno vuestro, del hielo despojado,
sacros pobos, que ornáis el intrincado
curso del claro Guadiamar ondoso.
¡Felices vosl, que ufanos al suave
rayo de Febo coronáis la frente,
libres del yerto humor que os oprimía.
Mas, ¡triste yo!, que de importuno y grave
hielo siento oprimir la frente mía,
lejos de ver mi altiva luz ardiente.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A unos labios
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Ignacio Rodríguez
3603
1663879
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A unos labios
}}
=== V ===
<poem>
Marchite, ¡oh nuncal, frío y cano hielo
de tus labios la dulce y blanda rosa,
do la gracia de amor siempre reposa,
ni otro sitio envidiando ni otro cielo.
De ellos nunca a herir levanta el vuelo
ni hacha cruda o flecha rigurosa,
que una blanda palabra generosa
arma y enciende en el purpúreo velo.
De estos pues blandos, rojos y suaves
labios, do se arma Amor, y que encendieron
mi pecho en llama y rosa dulcemente,
nunca, ¡oh tiempo!, permitas que los graves
hielos de edad la púrpura ardiente
amortigúen, y llama en que me ardieron.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Al Héspero
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Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663880
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Al Héspero
}}
=== VI ===
<poem>
Salve, oh mancebo, flor de la hermosa
llama que enciende y cerca el puro cielo;
cuanto menos que Cintia generosa,
tanto luces más cándido en el suelo,
Apacible destierra en la sombrosa
noche el horror de su medroso velo;
que aún no vibra su hacha luminosa
Venus, mirando al gran señor de Delo.
Luce en su vez, ¡oh Héspero dichoso!,
en su silencio, y con tu luz me envía
a mi dulce esplendor y mi cuidado;
y si tal vez sentiste el amoroso
fuego que así encendió mi pecho helado,
dame no errar por tenebrosa vía.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Al Guadalquivir
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Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663881
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Al Guadalquivir
}}
=== VII ===
<poem>
Otro tiempo profundo y dilatado
te vi correr, ¡oh sacro hesperio río!,
y ya te ciñe el abrasado estío,
y tu luciente mármol seca airado.
Triste pensaba yo nunca sobrado
sentir tal vez el ardimiento mío,
o helase el Tánais el invierno frío,
o regalase el sol su curso helado;
pero si tú, gran lustre de occidente,
Betis, siendo deidad del inhumano
tiempo, la ves y sientes la crueza,
no desespero de mi ardor insano;
vuelta veré en ceniza la grandeza
mientras Febo rayare en oriente.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Languida flor de Venus
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2026-06-04T13:10:12Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663882
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Languida flor de Venus
}}
=== VIII ===
<poem>
Lánguida flor de Venus, que escondida
yaces, y en triste sombra y tenebrosa,
verte impiden la faz del sol hermosa
hojas y espinas de que estás ceñida;
y ellas el puro lustre y la vistosa
púrpura en que apuntar te vi teñida,
ye arrebatan, y a par la dulce vida
del verdor que descubre, ardiente rosa.
Igual es, mustia flor, tu mal al mio;
que sí nieve tu frente descolora
por no sentir el vivo rayo ardiente,
a mí, en profunda oscuridad y frío,
hielo también de muerte me colora
la ausencia de mi luz resplandeciente.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A Don Juan de Arguijo
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2026-06-04T13:10:26Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663883
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A Don Juan de Arguijo
}}
=== IX ===
<poem>
Ya la hoja que verde ornó la frente
desta selva, don Juan, en el verano,
tiende amarilla por el suelo cano
fuerza de helado espíritu inclemente;
y la ova que en agua vi pendiente
de un hueco risco con verdor lozano,
mustio ya y sin color, despojo vano,
Betis explaya con mayor corriente;
y yo así bien no desigual mudanza
siento en mi mal, que ya mi ardor intenso
cambia el hielo en ceniza vana y fría.
¿Quién esperó igual bien? ¡Oh grata usanza
del tiempo, pues fallece a par del día,
si un hermoso verdor, un fuego inmenso!
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Imitación de Horacio
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2026-06-04T13:10:38Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663884
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Imitación de Horacio
}}
=== X ===
<poem>
Aunque pisaras, Laida, la sedienta
arena que en la Libia Apolo enciende,
sintieras, ¡ay!, que el aquilón me ofende,
y del hielo y rigor la pluvia lenta,
Oye con qué ruido la violenta
furia del viento en el jardín se extiende,
y que apena aun la puerta se defiende
del soplo que en mi daño se acrecienta.
Pon la soberbia, oh Laida, y blandos ojos
muestra, pues ves en lágrimas bañado
el umbral que adorné de blanda rosa;
que no siempre tu ceño y tus enojos
podré sufrir, ni el mustio invierno helado,
ni de Bóreas la saña impetuosa.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Sobre la inconstancia
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2026-06-04T13:11:16Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663886
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Sobre la inconstancia
}}
=== XI ===
<poem>
Claro y tranquilo el mar me conducía
a que surcara su profundo seno,
y apena entré, cuando el color sereno
huyó de Bóreas con la saña fría.
Crespos montes de humor al cielo vía
subir, y el mar, de oscura sombra lleno,
cambiar varios semblantes, y el terreno
asiento entre las olas parecía.
Entonce, ay, ¡oh mezquino!, un mortal hielo
me cubría, y el hueco leño roto
luchaba con las aguas fatigado.
En tanto afán, con voz ya incierta al cielo
moví a piedad; libróme, e hice voto
de fiar nunca en ponto sosegado.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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El dolor de la ausencia
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1663887
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2026-06-04T13:11:32Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663887
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=El dolor de la ausencia
}}
=== XII ===
<poem>
Cuando entre luz y púrpura aparece
la alba, y despierto, ¡ay triste!, y miro el día,
y no hallo la dulce Laida mía,
alba y púrpura y luz se me oscurece.
Lloro, y crece mi llanto cuanto crece
más la lumbre, y la sombra se desvía,
y un torpe hielo así me ata y resfría,
que aun la voz para alivio me fallece.
Y a un tiempo apura amor con alto fuego
en este ancho desterto el pecho mío,
donde el pesar lo aviva más y enciende.
Lloro pues y ardo; así mi amor se extiende
tanto, que a luz y a sombra y a rocío
muero en llamas, y en lágrimas me anego.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A una selva
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2026-06-04T13:11:47Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663888
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A una selva
}}
=== XIII ===
<poem>
¡Ay, amarilla selva, que desnuda
yaces, y en cano y yerto humor cubierta!
¡Cómo tu hórrida faz en mí despierta
nuevo mal a mi incendio y llama cruda!
Siéntome, ¡ay, tristel, arder cuando se muda
tu frente, y se descubre blanca y yerta;
y cuando el alma tierra más desierta
se ve de luz, mi llama es más aguda.
Pero, ¡qué mucho, oh selva, si la ardiente
hacha con que te alienta el claro día
declina tanto al Austro pluvioso!
Y yo estoy tan cercano al refulgente
rayo, que de sus luces siempre envía
mi dulce ardor, Aglaya, y glorioso.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Exhortación a amar
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2026-06-04T13:12:45Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías}
1663893
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Exhortación a amar
}}
=== XIV ===
<poem>
No esperes, no, perpetua en tu alba frente,
¡oh Aglaya!, lisa tez, ni que tu boca,
que al más helado a blando amor provoca,
bañe siempre la rosa dulcemente.
¿Ves el sol, que nació resplandeciente,
cuál con luz desvanece tibia y poca?
Y tú sorda a mis ruegos como roca
estás, en quien se rompe alta corriente.
Goza la nieve y rosa que los años
te ofrecen; mira, Aglaya, que los días
llevan tras sí la flor y la belleza;
que cuando de la edad sientas los daños
has de envidiar el lustre que tenías,
y has de llorar en vano tu dureza.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A un fresno
0
396966
1663890
1576103
2026-06-04T13:12:21Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663890
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A un fresno
}}
=== XV ===
<poem>
Cuando te miro, ¡oh fresno!, así al helado
soplo del aquilón, calvo la frente,
y altivo y blando soplo de occidente,
de purpúreo verdor la cima ornado,
alegre vuelvo a mi infelice estado,
y esfuerzo así mi corazón doliente:
«espera, no importunes al luciente
cielo con voces y con llanto airado.
Tiempo será que tan crecida pena
acabe, y tú luz goces, si oprimido
yaces ahora en tan profundo hielo.
Y si el volver del incansable cielo
da a un mudo tronco el verde honor perdido,
¿cómo a ti no tu pura luz serena?»
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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De un naufragio
0
396967
1663889
1576105
2026-06-04T13:12:01Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663889
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=De un naufragio
}}
=== XVI ===
<poem>
Yo acabaré infelice en el ondoso
golfo que ensaña y turba el viento airado,
pues en nevoso invierno surqué osado
piélago así profundo y proceloso.
Ya me arrebata el ponto furioso,
y miro el leño en piezas desatado
entre la espuma errar, jay, yo cuitado!,
y no el cielo a mis lágrimas piadoso.
Yo acabaré, pues me reí imprudente
del manso mar, que inmenso me rodea,
y volverá en sus olas mis desnudos
huesos. No fíe de cristal luciente,
tome ejemplo en mi mal quien no desea
ser, cual yo, pasto de nadantes mudos.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Este ambicioso mar, que en leño alado
0
396971
1663885
1576117
2026-06-04T13:11:00Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663885
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Este ambicioso mar, que en leño alado
}}
=== IV ===
<poem>
''A las ruinas de una ciudad sepultada en el mar''
Este ambicioso mar, que en leño alado
surcas hoy, pesadumbre peregrina,
de fundación en otra edad divina,
ha entre soberbias olas sepultado.
Cuando se ve ceñido y retirado
aparece admirable alta ruina,
y la llaman, ¡oh Manlio!, Salmedina,
que sombra de su nombre aún no ha quedado.
¿Quién creyera que envidia de grandeza
en lisonjero ponto se hallara?
¡Oh mal segura fe de agua inconstante!
Borró desta ciudad la ilustre alteza
por dilatarse, como ya borrara
el ancho imperio y el poder de Atlante.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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1663907
1663885
2026-06-04T13:15:51Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[IV. Este ambicioso mar, que en leño alado]] a [[Este ambicioso mar, que en leño alado]]: convención de títulos
1663885
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Este ambicioso mar, que en leño alado
}}
=== IV ===
<poem>
''A las ruinas de una ciudad sepultada en el mar''
Este ambicioso mar, que en leño alado
surcas hoy, pesadumbre peregrina,
de fundación en otra edad divina,
ha entre soberbias olas sepultado.
Cuando se ve ceñido y retirado
aparece admirable alta ruina,
y la llaman, ¡oh Manlio!, Salmedina,
que sombra de su nombre aún no ha quedado.
¿Quién creyera que envidia de grandeza
en lisonjero ponto se hallara?
¡Oh mal segura fe de agua inconstante!
Borró desta ciudad la ilustre alteza
por dilatarse, como ya borrara
el ancho imperio y el poder de Atlante.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
0
396972
1663891
1576118
2026-06-04T13:12:32Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[I. Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana]] a [[Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana]]: convención de títulos
1576118
wikitext
text/x-wiki
=== I ===
<poem>
Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
este nuestro vivir y, como nieve
al tibio rayo, desvanece en breve
todo apacible bien y gloria humana.
Mira cuánto en color, cuánto en lozana
juventud confiar el hombre debe,
si así acabó Medrano en vuelo leve,
subido ya a la estanza soberana.
Siento tu fin veloz, aunque no incierto;
triste imagino a aquel que nos aguarda
sólo por no avenirle en pena, en lloro.
Tirsis, deja este mar, vuelve ya al puerto
la nave y busca el celestial tesoro;
que a nos, quizá, tan triste fin no tarda.
</poem>
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1663916
1663891
2026-06-04T13:17:34Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663916
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
}}
=== I ===
<poem>
Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
este nuestro vivir y, como nieve
al tibio rayo, desvanece en breve
todo apacible bien y gloria humana.
Mira cuánto en color, cuánto en lozana
juventud confiar el hombre debe,
si así acabó Medrano en vuelo leve,
subido ya a la estanza soberana.
Siento tu fin veloz, aunque no incierto;
triste imagino a aquel que nos aguarda
sólo por no avenirle en pena, en lloro.
Tirsis, deja este mar, vuelve ya al puerto
la nave y busca el celestial tesoro;
que a nos, quizá, tan triste fin no tarda.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Este que ves, oh huésped, vasto pino,
0
396973
1663894
1576119
2026-06-04T13:12:55Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[II. Este que ves, oh huésped, vasto pino,]] a [[Este que ves, oh huésped, vasto pino,]]: convención de títulos
1576119
wikitext
text/x-wiki
=== II ===
<poem>
Este que ves, oh huésped, vasto pino,
útil sólo a la llama ya en el puerto,
selva frondosa un tiempo, en descubierto
cielo dio amiga sombra al peregrino.
De la cumbre citoria al ponto vino
por la mordaz segur el tronco abierto,
y después alta máquina el incierto
golfo abrió siempre con hinchado lino.
Vientos, agua sufrió; llegó al aurora,
veloz nave, rompió luengos caminos,
y a su patria volvió soberbia y rica;
mas no firme a sufrir del mar ahora
los ímpetus, por voto a los marinos
dioses Cástor y Pólux se dedica.
</poem>
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1663909
1663894
2026-06-04T13:16:24Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663909
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Este que ves, oh huésped, vasto pino,
}}
=== II ===
<poem>
Este que ves, oh huésped, vasto pino,
útil sólo a la llama ya en el puerto,
selva frondosa un tiempo, en descubierto
cielo dio amiga sombra al peregrino.
De la cumbre citoria al ponto vino
por la mordaz segur el tronco abierto,
y después alta máquina el incierto
golfo abrió siempre con hinchado lino.
Vientos, agua sufrió; llegó al aurora,
veloz nave, rompió luengos caminos,
y a su patria volvió soberbia y rica;
mas no firme a sufrir del mar ahora
los ímpetus, por voto a los marinos
dioses Cástor y Pólux se dedica.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Almo, divino sol, que en refulgente
0
396974
1663896
1576120
2026-06-04T13:13:06Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[III: Almo, divino sol, que en refulgente]] a [[Almo, divino sol, que en refulgente]]: convención de títulos
1576120
wikitext
text/x-wiki
=== III ===
<poem>
Almo, divino sol, que en refulgente
carro sacas y escondes siempre el día
y otro, y el mismo naces tras la fría
sombra que huye la alba luz ardiente.
Pura y cándida llitia, que luciente
eres del cielo honor, si se desvía
el áureo rayo que tu hermano envía
a tu hermosa faz resplandeciente,
venid ambos, venid, lustre del ciela,
fáciles a mis ruegos; tú, Lucina,
seas blanda a Celia en la cercana hora.
Y pues te honra, oh Febo, con divina
voz, da al infante, cuando sienta el hielo
del aire, ingenio y dulce voz sonora.
</poem>
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1663915
1663896
2026-06-04T13:17:23Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663915
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Almo, divino sol, que en refulgente
}}
=== III ===
<poem>
Almo, divino sol, que en refulgente
carro sacas y escondes siempre el día
y otro, y el mismo naces tras la fría
sombra que huye la alba luz ardiente.
Pura y cándida llitia, que luciente
eres del cielo honor, si se desvía
el áureo rayo que tu hermano envía
a tu hermosa faz resplandeciente,
venid ambos, venid, lustre del ciela,
fáciles a mis ruegos; tú, Lucina,
seas blanda a Celia en la cercana hora.
Y pues te honra, oh Febo, con divina
voz, da al infante, cuando sienta el hielo
del aire, ingenio y dulce voz sonora.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Date en que ejercitar el sufrimiento
0
396975
1663898
1576121
2026-06-04T13:13:12Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[V. Date en que ejercitar el sufrimiento]] a [[Date en que ejercitar el sufrimiento]]: convención de títulos
1576121
wikitext
text/x-wiki
=== V ===
<poem>
Date en qué ejercitar el sufrimiento
y la grandeza de ánimo fortuna,
¿y desmayas así? Ocasión alguna
menospreciar debieras de tormento.
¿Sabes que es infelice el siempre exento
de padecer debajo de Ja luna?
¿Que un mal sufrido, y aspereza una
número da entre dioses y alto asiento?
Mira cómo del hierro y la herida
la mal derecha vid orna su frente
con verde veste y con purpúrea gloria.
Pues la ínclita Sagunto, por sufrida,
mas que a sus fuertes muros y a su gente,
debe a la adversidad su alta memoria.
</poem>
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1663914
1663898
2026-06-04T13:17:13Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663914
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Date en que ejercitar el sufrimiento
}}
=== V ===
<poem>
Date en qué ejercitar el sufrimiento
y la grandeza de ánimo fortuna,
¿y desmayas así? Ocasión alguna
menospreciar debieras de tormento.
¿Sabes que es infelice el siempre exento
de padecer debajo de Ja luna?
¿Que un mal sufrido, y aspereza una
número da entre dioses y alto asiento?
Mira cómo del hierro y la herida
la mal derecha vid orna su frente
con verde veste y con purpúrea gloria.
Pues la ínclita Sagunto, por sufrida,
mas que a sus fuertes muros y a su gente,
debe a la adversidad su alta memoria.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Manlio, si alguna vez la igualdad mía
0
396976
1663900
1576122
2026-06-04T13:13:21Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[VI. Manlio, si alguna vez la igualdad mía]] a [[Manlio, si alguna vez la igualdad mía]]: convención de títulos
1576122
wikitext
text/x-wiki
=== VI ===
<poem>
Manlio, sí alguna vez la igualdad mía,
de la fortuna en el mayor aprieto,
te causó admiración, verme sujeto
a tan fácil rigor, risa podría;
pero sí sabes bien de valentía,
no engañe lo exterior tu alto conceto;
que, ¿quién sabe si más violento efeto
hizo este mal en mí que en otro haría?
Nave que pudo al mar embravecido
firme sufrir, y al viento más airado,
ya vi perder un arenoso asiento.
Y el vidrio, a luenga edad nunca rendido,
ni del agua y la lama sojuzgado,
lo vence y lo consume el blando aliento.
</poem>
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1663913
1663900
2026-06-04T13:17:06Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663913
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Manlio, si alguna vez la igualdad mía
}}
=== VI ===
<poem>
Manlio, sí alguna vez la igualdad mía,
de la fortuna en el mayor aprieto,
te causó admiración, verme sujeto
a tan fácil rigor, risa podría;
pero sí sabes bien de valentía,
no engañe lo exterior tu alto conceto;
que, ¿quién sabe si más violento efeto
hizo este mal en mí que en otro haría?
Nave que pudo al mar embravecido
firme sufrir, y al viento más airado,
ya vi perder un arenoso asiento.
Y el vidrio, a luenga edad nunca rendido,
ni del agua y la lama sojuzgado,
lo vence y lo consume el blando aliento.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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En vano del incendio que te inflama
0
396977
1663902
1576123
2026-06-04T13:14:00Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[VII.]] a [[En vano del incendio que te inflama]] sin dejar una redirección: convención de títulos
1576123
wikitext
text/x-wiki
=== VII ===
<poem>
En vano del incendio que te inflama
eternidad presumes, aunque extienda
su fuerza más, y el pecho tuyo encienda;
que fin breve y veloz tiene quien ama.
Si furioso y violento se derrama
por tus venas en áspera contienda,
por más que el rojo humor se le defienda,
pasto será de su ambiciosa llama.
No temas, pues, del inconstante y ciego
vulgo ser habla un poco, que alterado,
súbito, como el mar su furia deja;
que si soberbio ardor así te aqueja,
serás en breve al no sonante fuego
en humo y en cenizas desatado.
</poem>
fqdh7j8wmuuouxz4snoylyblsfmiti4
1663910
1663902
2026-06-04T13:16:38Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663910
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=En vano del incendio que te inflama
}}
=== VII ===
<poem>
En vano del incendio que te inflama
eternidad presumes, aunque extienda
su fuerza más, y el pecho tuyo encienda;
que fin breve y veloz tiene quien ama.
Si furioso y violento se derrama
por tus venas en áspera contienda,
por más que el rojo humor se le defienda,
pasto será de su ambiciosa llama.
No temas, pues, del inconstante y ciego
vulgo ser habla un poco, que alterado,
súbito, como el mar su furia deja;
que si soberbio ardor así te aqueja,
serás en breve al no sonante fuego
en humo y en cenizas desatado.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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Es esta vez, oh Manlio, la primera
0
396979
1663905
1576126
2026-06-04T13:14:40Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[IX.]] a [[Es esta vez, oh Manlio, la primera]] sin dejar una redirección: convención de títulos
1576126
wikitext
text/x-wiki
=== IX ===
<poem>
¿Es esta vez, oh Manlio, la primera
que sentiste las iras temeroso
del agua y del vulturno proceloso,
o que llegaste a ver la muerte fiera?
¿Por qué la frente con la paz severa
turbas ora con llanto vergonzoso?
De estas olas y viento impetuoso
en vano acusas la celeste esfera;
que no ignorabas tú cuán mal seguras
son del mal las lisonjas, y cuán ciertas
a deslizarse sus tranquilas horas,
Llora la humana condición, si lloras,
Manlio, y que al mar de ayer nunca despiertas
las mientes con que hoy mides tus venturas.
</poem>
2t8u9jwpb3zne2gt4ktvnnabjq052y2
1663911
1663905
2026-06-04T13:16:46Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663911
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=Es esta vez, oh Manlio, la primera
}}
=== IX ===
<poem>
¿Es esta vez, oh Manlio, la primera
que sentiste las iras temeroso
del agua y del vulturno proceloso,
o que llegaste a ver la muerte fiera?
¿Por qué la frente con la paz severa
turbas ora con llanto vergonzoso?
De estas olas y viento impetuoso
en vano acusas la celeste esfera;
que no ignorabas tú cuán mal seguras
son del mal las lisonjas, y cuán ciertas
a deslizarse sus tranquilas horas,
Llora la humana condición, si lloras,
Manlio, y que al mar de ayer nunca despiertas
las mientes con que hoy mides tus venturas.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
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A las ruinas de la Atlántida
0
396980
1663903
1576127
2026-06-04T13:14:25Z
Ignacio Rodríguez
3603
Ignacio Rodríguez trasladó la página [[VIII. A las ruinas de la Atlántida]] a [[A las ruinas de la Atlántida]]: convención de títulos
1576127
wikitext
text/x-wiki
=== VIII ===
==== A las ruinas de la Atlántida ====
<poem>
Este mar, que de Atlante se apellida,
en inmensas llanuras extendido,
que a la tierra amenaza embravecido,
y ella tiembla a sus olas impelida,
cubre, Antonio, la parte más lucida
del orbe, y yace envuelta en alto olvido;
vivir el nombre apenas ha podido,
y fue mayor que el África encendida,
En un sol y una sombra esta grandeza
la agua cubrió; di, ¿y temes alterado
de tus males eterna la aspereza?
¡Oh cuán cerca te juzgo de engañado
si imaginas en ánimos firmezas!
Que todo huye cual sombra o viento airado.
</poem>
co3j6vjzdn2jmrqkd436197ime31z14
1663912
1663903
2026-06-04T13:16:57Z
Ignacio Rodríguez
3603
encabezado, categorías
1663912
wikitext
text/x-wiki
{{encabezado
|autor=Francisco de Rioja
|título=A las ruinas de la Atlántida
}}
=== VIII ===
<poem>
Este mar, que de Atlante se apellida,
en inmensas llanuras extendido,
que a la tierra amenaza embravecido,
y ella tiembla a sus olas impelida,
cubre, Antonio, la parte más lucida
del orbe, y yace envuelta en alto olvido;
vivir el nombre apenas ha podido,
y fue mayor que el África encendida,
En un sol y una sombra esta grandeza
la agua cubrió; di, ¿y temes alterado
de tus males eterna la aspereza?
¡Oh cuán cerca te juzgo de engañado
si imaginas en ánimos firmezas!
Que todo huye cual sombra o viento airado.
</poem>
[[Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja]]
[[Categoría:Sonetos]]
4unee9ru0k0kmoi4o8s6ugv0pyafhhu
Módulo:Obra/pruebas
828
411760
1664037
1663540
2026-06-04T16:42:01Z
Ignacio Rodríguez
3603
sección y sección-autor
1664037
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado de la Wikisource inglesa en esta versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Work&oldid=12000562
Se trata de un módulo que genera un objeto (una tabla) cuyos elementos o
propiedades son las propiedades de una edición/obra ]=]
require('strict')
local p = {}
-- Creator objects, used for authors, etc
local Creator = require('Módulo:Creador')
-- Module constants
p.TYPES = {
EDITION = 'edición',
WORK = 'obra literaria',
ARTICLE = 'artículo', --scholarly articles,
MOVIE = 'obra audiovisual',
OTHER = 'obra'
}
p.local_map = {
isA = { p = 'P31' },
language = { p = 'P407' },
title = { header = 'sección', p = 'P1476' }, -- título obra hija/único
mainTitle = { header = 'titulo', index = 'Titulo', p = 'P1476' }, -- título obra madre
subtitle = { header = 'sub-titulo', index = 'Subtitulo', p = 'P1680' },
series = { index = 'Serie', p = 'P361' },
author = { header = 'sección-autor', p = 'P50' }, -- autor obra hija/único
mainAuthor = { header = 'autor', index = 'Autor', p = 'P50' }, -- autor obra madre
translator = { header = 'traductor', index = 'Traductor', p = 'P655' },
editor = { header = 'editor', index = 'Editor', p = 'P98' },
illustrator = { header = 'ilustrador', index = 'Ilustrador', p = 'P110' },
introducer = { header = 'prologuista', index = 'Prologuista', p = 'P2679' },
pubYear = { header = 'ano', index = 'Ano', p = 'P577' },
inception = { p = 'P571' },
publisher = { header = 'editorial', index = 'Editorial', p = 'P123' },
printer = { header = 'imprenta', index = 'Imprenta', p = 'P123' },
place = { header = 'lugar', index = 'Lugar', p = 'P291' },
country = { header = 'derechos', index = 'derechos' },
volume = { header = 'volumen', index = 'Volumen', p = 'P478' },
issue = { p = 'P433' },
pages = { p = 'P304' },
parentWork = { header = 'publicadoen', p = 'P1433' },
editionof = { header = 'obra', index = 'Obra', p = 'P629' },
commonsFile = { p = 'P996' },
editions = { p = 'P747' },
derivedWorks = { p = 'P4969' },
basedOn = { p = 'P144' },
}
local Wikidata = require('Módulo:Wikidata')
-- Función de salida hacia el Módulo:Wikidata
local function fetchFromWikidata( entityId, propertyId, options )
if not entityId or not propertyId then return nil end
options = options or {}
local queryArgs = {
item = entityId,
property = propertyId,
formatting = options.formatting or nil,
list = options.list,
tabla = options.tabla
}
local result = Wikidata.claim(queryArgs)
if result and result ~= "" then
return result
end
return nil
end
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
edition = 'Q3331189',
scholarlyArticle = 'Q13442814',
literaryWork = 'Q7725634',
movie = {'Q11424', -- película
'Q202866', --película animada
'Q506240', --telefilme
'Q18011171', --película inacabada
'Q5398426', --serie de televisión
},
}
--[=[
Util function: return true if the item is in the given table
]=]
local function valueIn( t, v )
if type(v) == 'string' then
for _, tv in pairs( t ) do
if tv == v then
return true
end
end
elseif type(v) == 'table' then
for _, vv in ipairs( v ) do
for _, tv in ipairs( t ) do
if tv == vv then
return true
end
end
end
end
return false
end
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
elseif string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' ) then
-- es un índice!
local index = mw.ext.proofreadPage.newIndex( titleOrQid )
local Qid = index.fields.Wikidata
item = mw.wikibase.getEntity( Qid )
else
-- assume it's a page title
-- TODO only return the ID and look it up (expensive) only if actually used
item = mw.wikibase.getEntity(
mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
)
end
return item
end
local function getPropIds( id, prop )
-- formatting: raw trae sólo QIDS, formato tabla
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'raw', tabla = true } )
end
local function getPropLabels( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'label', tabla = true } )
end
local function getPropTable( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { tabla = true } )
-- return fetchFromWikidata( id, prop, { list = true } )
end
local function getStringProp( id, prop )
-- directo, para cadenas
return fetchFromWikidata( id, prop )
end
local function getYearProp( id, prop )
-- formatting para años
local dateStr = fetchFromWikidata( id, prop )
if dateStr then
local year = string.match(dateStr, "%d%d%d%d")
return year or dateStr
end
end
local function getCreatorList( id, prop )
--return fetchFromWikidata( id, prop, {list = true} )
local creators = getPropIds( id, prop )
if not creators then return end
local list = {}
for _, v in pairs( creators ) do
local creatorObject = Creator.newCreator( v )
table.insert( list, creatorObject )
end
return list
end
local function getEditionList( id, prop )
local editions = getPropIds( id, prop )
if not editions then return end
local list = {}
for _, v in pairs( editions ) do
local edition = p.newWork( v )
table.insert( list, edition )
end
return list
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
if not entity.sitelinks then return end
for k, v in pairs(entity.sitelinks) do
local m = string.match( k, '(%l+)wikisource')
if m then
return 's:'..m..':'..entity:getSitelink(k)
end
end
end
--[=[
Get the 'type' of the work
Options are: edition, articles (as in journal articles), or works
]=]
local function getWorkType( id )
local isVals = getPropIds( id, p.local_map.isA.p )
if valueIn( isVals, ENTITIES.edition ) then
return p.TYPES.EDITION
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.scholarlyArticle ) then
return p.TYPES.ARTICLE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.movie ) then
return p.TYPES.MOVIE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.literaryWork ) then
return p.TYPES.WORK
end
return p.TYPES.OTHER
end
--[=[
The main entry point (Modificado para aceptar fuentes de Wikisource)
]=]
function p.newWork( titleOrQid, header_args, index_args )
local obj = {}
-- Asegurar que las fuentes locales existan como tablas vacías si no se pasan
header_args = header_args or {}
index_args = index_args or {}
local item = getEntity( titleOrQid )
if not item then
error( 'Failed to look up item: ' .. titleOrQid )
end
local index
if type(titleOrQid) == 'string' and (string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' )) then
index = titleOrQid
end
local m_qid = index_args['Wikidata'] or index_args['wikidata']
local qid = item.id
local qid_fallback = (m_qid and m_qid ~= "") and m_qid or qid
-- Almacén interno de datos y estado de carga
local data = {
item = item,
index = index,
qid = qid,
m_qid = m_qid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- Caché interna
if data[k] ~= nil then
return data[k]
end
-- Resolver propiedades sin P
if k == 'type' then
data.type = getWorkType( qid )
return data.type
end
if k == 'wsPage' then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
return data.wsPage
end
-- Campos modificables (en el índice o encabezado)
local mapping = p.local_map[k]
if mapping then
-- Prioridades en orden:
local P = mapping.p
-- Prioridad 4: Campos ingresados manualmente en {{Encabezado}}
local val_header = header_args[mapping.header]
if val_header and val_header ~= "" then
data[k] = val_header
return data[k]
end
-- Comportamiento especial para el título y autor (sección, sección-autor)
-- Si se pide título (por defecto, sección) y no hay:
if k == 'title' and (not val_header or val_header == "") then
-- solicita mainTitle (título)
local val_main_header = header_args[p.local_map.mainTitle.header]
if val_main_header and val_main_header ~= "" then
data.title = val_main_header
return data.title
end
end
if k == 'author' and (not val_header or val_header == "") then
local val_main_author = header_args[p.local_map.mainAuthor.header]
if val_main_author and val_main_author ~= "" then
data.author = val_main_author
return data.author
end
end
-- Prioridad 3: Wikidata de la Sección/Capítulo
-- Solo buscamos aquí si el qid de la sección difiere del qid de la madre (Índice)
if qid ~= qid_fallback then
local val_wd = nil
if k == 'title' then
val_wd = getStringProp( qid, P )
elseif k == 'author' then
val_wd = getCreatorList( qid, P )
-- El resto de las propiedades menores se pueden interceptar aquí redundantemente si es necesario
end
if val_wd then
data[k] = val_wd
return data[k]
end
end
-- Prioridad 2: Campos ingresados manualmente en el Índice (Espacio de nombres Índice)
local val_index = index_args[mapping.index]
if val_index and val_index ~= "" then
data[k] = val_index
return data[k]
end
-- Prioridad 1: Wikidata de la Edición Madre
-- Fuentes más locales no tenían el dato.
if k == 'title' or k == 'subtitle' or k == 'mainTitle' then
data[k] = getStringProp( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'language' then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'series' or k == 'place' or k == 'publisher' or k == 'printer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'pubYear' then
local theDate
if data.type == p.TYPES.WORK then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.inception.p )
end
if not theDate then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.pubYear.p )
end
data[k] = theDate
return data[k]
end
if k == 'author' or k == 'illustrator' or k == 'editor' or k == 'mainAuthor'
or k == 'translator' or k == 'introducer' then
data[k] = getCreatorList( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'parentWork' or k == 'editions' or k == 'derivedWorks' or k == 'basedOn' then
data[k] = getEditionList(qid_fallback, P)
return data[k]
end
if k == 'commonsFile' then
if data.index == nil then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
else
data[k] = {data.index}
end
return data[k]
end
end
return nil
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
function p.test (frame)
local args = frame.args
local QID = args[1]
local index = {Titulo = 'Aventuras de Perico', Traductor = 'Perico', Wikidata = 'Q130407184'}
local header = {traductor = 'El verdadero Perico'}
local w = p.newWork(QID, header, index)
local s = ''
s = s.. 'Autor: ' .. tostring(w.author) .. '\n'
s = s.. 'Titulo: ' .. tostring(w.title) .. '\n'
s = s.. 'Lugar: ' .. tostring(w.place) .. '\n'
s = s.. 'Traductor: ' .. tostring(w.translator) .. '\n'
s = s.. 'Prologuista: ' .. tostring(w.introducer) .. '\n'
s = s.. 'commonsFile: ' .. tostring(w.commonsFile) .. '\n'
s = s.. 'date: ' .. tostring(w.pubYear) .. '\n'
return s
end
return p
c63ue0bmxhcrtx8gkxfl3zlzqo3ladm
1664038
1664037
2026-06-04T16:45:22Z
Ignacio Rodríguez
3603
tests
1664038
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado de la Wikisource inglesa en esta versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Work&oldid=12000562
Se trata de un módulo que genera un objeto (una tabla) cuyos elementos o
propiedades son las propiedades de una edición/obra ]=]
require('strict')
local p = {}
-- Creator objects, used for authors, etc
local Creator = require('Módulo:Creador')
-- Module constants
p.TYPES = {
EDITION = 'edición',
WORK = 'obra literaria',
ARTICLE = 'artículo', --scholarly articles,
MOVIE = 'obra audiovisual',
OTHER = 'obra'
}
p.local_map = {
isA = { p = 'P31' },
language = { p = 'P407' },
title = { header = 'sección', p = 'P1476' }, -- título obra hija/único
mainTitle = { header = 'titulo', index = 'Titulo', p = 'P1476' }, -- título obra madre
subtitle = { header = 'sub-titulo', index = 'Subtitulo', p = 'P1680' },
series = { index = 'Serie', p = 'P361' },
author = { header = 'sección-autor', p = 'P50' }, -- autor obra hija/único
mainAuthor = { header = 'autor', index = 'Autor', p = 'P50' }, -- autor obra madre
translator = { header = 'traductor', index = 'Traductor', p = 'P655' },
editor = { header = 'editor', index = 'Editor', p = 'P98' },
illustrator = { header = 'ilustrador', index = 'Ilustrador', p = 'P110' },
introducer = { header = 'prologuista', index = 'Prologuista', p = 'P2679' },
pubYear = { header = 'ano', index = 'Ano', p = 'P577' },
inception = { p = 'P571' },
publisher = { header = 'editorial', index = 'Editorial', p = 'P123' },
printer = { header = 'imprenta', index = 'Imprenta', p = 'P123' },
place = { header = 'lugar', index = 'Lugar', p = 'P291' },
country = { header = 'derechos', index = 'derechos' },
volume = { header = 'volumen', index = 'Volumen', p = 'P478' },
issue = { p = 'P433' },
pages = { p = 'P304' },
parentWork = { header = 'publicadoen', p = 'P1433' },
editionof = { header = 'obra', index = 'Obra', p = 'P629' },
commonsFile = { p = 'P996' },
editions = { p = 'P747' },
derivedWorks = { p = 'P4969' },
basedOn = { p = 'P144' },
}
local Wikidata = require('Módulo:Wikidata')
-- Función de salida hacia el Módulo:Wikidata
local function fetchFromWikidata( entityId, propertyId, options )
if not entityId or not propertyId then return nil end
options = options or {}
local queryArgs = {
item = entityId,
property = propertyId,
formatting = options.formatting or nil,
list = options.list,
tabla = options.tabla
}
local result = Wikidata.claim(queryArgs)
if result and result ~= "" then
return result
end
return nil
end
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
edition = 'Q3331189',
scholarlyArticle = 'Q13442814',
literaryWork = 'Q7725634',
movie = {'Q11424', -- película
'Q202866', --película animada
'Q506240', --telefilme
'Q18011171', --película inacabada
'Q5398426', --serie de televisión
},
}
--[=[
Util function: return true if the item is in the given table
]=]
local function valueIn( t, v )
if type(v) == 'string' then
for _, tv in pairs( t ) do
if tv == v then
return true
end
end
elseif type(v) == 'table' then
for _, vv in ipairs( v ) do
for _, tv in ipairs( t ) do
if tv == vv then
return true
end
end
end
end
return false
end
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
elseif string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' ) then
-- es un índice!
local index = mw.ext.proofreadPage.newIndex( titleOrQid )
local Qid = index.fields.Wikidata
item = mw.wikibase.getEntity( Qid )
else
-- assume it's a page title
-- TODO only return the ID and look it up (expensive) only if actually used
item = mw.wikibase.getEntity(
mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
)
end
return item
end
local function getPropIds( id, prop )
-- formatting: raw trae sólo QIDS, formato tabla
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'raw', tabla = true } )
end
local function getPropLabels( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'label', tabla = true } )
end
local function getPropTable( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { tabla = true } )
-- return fetchFromWikidata( id, prop, { list = true } )
end
local function getStringProp( id, prop )
-- directo, para cadenas
return fetchFromWikidata( id, prop )
end
local function getYearProp( id, prop )
-- formatting para años
local dateStr = fetchFromWikidata( id, prop )
if dateStr then
local year = string.match(dateStr, "%d%d%d%d")
return year or dateStr
end
end
local function getCreatorList( id, prop )
--return fetchFromWikidata( id, prop, {list = true} )
local creators = getPropIds( id, prop )
if not creators then return end
local list = {}
for _, v in pairs( creators ) do
local creatorObject = Creator.newCreator( v )
table.insert( list, creatorObject )
end
return list
end
local function getEditionList( id, prop )
local editions = getPropIds( id, prop )
if not editions then return end
local list = {}
for _, v in pairs( editions ) do
local edition = p.newWork( v )
table.insert( list, edition )
end
return list
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
if not entity.sitelinks then return end
for k, v in pairs(entity.sitelinks) do
local m = string.match( k, '(%l+)wikisource')
if m then
return 's:'..m..':'..entity:getSitelink(k)
end
end
end
--[=[
Get the 'type' of the work
Options are: edition, articles (as in journal articles), or works
]=]
local function getWorkType( id )
local isVals = getPropIds( id, p.local_map.isA.p )
if valueIn( isVals, ENTITIES.edition ) then
return p.TYPES.EDITION
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.scholarlyArticle ) then
return p.TYPES.ARTICLE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.movie ) then
return p.TYPES.MOVIE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.literaryWork ) then
return p.TYPES.WORK
end
return p.TYPES.OTHER
end
--[=[
The main entry point (Modificado para aceptar fuentes de Wikisource)
]=]
function p.newWork( titleOrQid, header_args, index_args )
local obj = {}
-- Asegurar que las fuentes locales existan como tablas vacías si no se pasan
header_args = header_args or {}
index_args = index_args or {}
local item = getEntity( titleOrQid )
if not item then
error( 'Failed to look up item: ' .. titleOrQid )
end
local index
if type(titleOrQid) == 'string' and (string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' )) then
index = titleOrQid
end
local m_qid = index_args['Wikidata'] or index_args['wikidata']
local qid = item.id
local qid_fallback = (m_qid and m_qid ~= "") and m_qid or qid
-- Almacén interno de datos y estado de carga
local data = {
item = item,
index = index,
qid = qid,
m_qid = m_qid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- Caché interna
if data[k] ~= nil then
return data[k]
end
-- Resolver propiedades sin P
if k == 'type' then
data.type = getWorkType( qid )
return data.type
end
if k == 'wsPage' then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
return data.wsPage
end
-- Campos modificables (en el índice o encabezado)
local mapping = p.local_map[k]
if mapping then
-- Prioridades en orden:
local P = mapping.p
-- Prioridad 4: Campos ingresados manualmente en {{Encabezado}}
local val_header = header_args[mapping.header]
if val_header and val_header ~= "" then
data[k] = val_header
return data[k]
end
-- Comportamiento especial para el título y autor (sección, sección-autor)
-- Si se pide título (por defecto, sección) y no hay:
if k == 'title' and (not val_header or val_header == "") then
-- solicita mainTitle (título)
local val_main_header = header_args[p.local_map.mainTitle.header]
if val_main_header and val_main_header ~= "" then
data.title = val_main_header
return data.title
end
end
if k == 'author' and (not val_header or val_header == "") then
local val_main_author = header_args[p.local_map.mainAuthor.header]
if val_main_author and val_main_author ~= "" then
data.author = val_main_author
return data.author
end
end
-- Prioridad 3: Wikidata de la Sección/Capítulo
-- Solo buscamos aquí si el qid de la sección difiere del qid de la madre (Índice)
if qid ~= qid_fallback then
local val_wd = nil
if k == 'title' then
val_wd = getStringProp( qid, P )
elseif k == 'author' then
val_wd = getCreatorList( qid, P )
-- El resto de las propiedades menores se pueden interceptar aquí redundantemente si es necesario
end
if val_wd then
data[k] = val_wd
return data[k]
end
end
-- Prioridad 2: Campos ingresados manualmente en el Índice (Espacio de nombres Índice)
local val_index = index_args[mapping.index]
if val_index and val_index ~= "" then
data[k] = val_index
return data[k]
end
-- Prioridad 1: Wikidata de la Edición Madre
-- Fuentes más locales no tenían el dato.
if k == 'title' or k == 'subtitle' or k == 'mainTitle' then
data[k] = getStringProp( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'language' then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'series' or k == 'place' or k == 'publisher' or k == 'printer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'pubYear' then
local theDate
if data.type == p.TYPES.WORK then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.inception.p )
end
if not theDate then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.pubYear.p )
end
data[k] = theDate
return data[k]
end
if k == 'author' or k == 'illustrator' or k == 'editor' or k == 'mainAuthor'
or k == 'translator' or k == 'introducer' then
data[k] = getCreatorList( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'parentWork' or k == 'editions' or k == 'derivedWorks' or k == 'basedOn' then
data[k] = getEditionList(qid_fallback, P)
return data[k]
end
if k == 'commonsFile' then
if data.index == nil then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
else
data[k] = {data.index}
end
return data[k]
end
end
return nil
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
function p.test (frame)
local args = frame.args
local QID = args[1]
local index = {Titulo = 'Aventuras de Perico', Traductor = 'Perico', Wikidata = 'Q130407184'}
local header = {traductor = 'El verdadero Perico', ['sección-autor'] = 'Autor Invitado (Perico)', ['sección'] = 'Capítulo I'}
local w = p.newWork(QID, header, index)
local s = ''
s = s.. 'Autor: ' .. tostring(w.mainAuthor) .. '\n'
s = s.. 'Sección Autor: ' .. tostring(w.author) .. '\n'
s = s.. 'Titulo Obra: ' .. tostring(w.mainTitle) .. '\n'
s = s.. 'Titulo: ' .. tostring(w.title) .. '\n'
s = s.. 'Lugar: ' .. tostring(w.place) .. '\n'
s = s.. 'Traductor: ' .. tostring(w.translator) .. '\n'
s = s.. 'Prologuista: ' .. tostring(w.introducer) .. '\n'
s = s.. 'commonsFile: ' .. tostring(w.commonsFile) .. '\n'
s = s.. 'date: ' .. tostring(w.pubYear) .. '\n'
return s
end
return p
2upsrcuo7m1uf46j2mj2ld6l8fsqdwv
1664088
1664038
2026-06-04T17:45:43Z
Ignacio Rodríguez
3603
temp
1664088
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado de la Wikisource inglesa en esta versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Work&oldid=12000562
Se trata de un módulo que genera un objeto (una tabla) cuyos elementos o
propiedades son las propiedades de una edición/obra ]=]
require('strict')
local p = {}
-- Creator objects, used for authors, etc
local Creator = require('Módulo:Creador')
-- Module constants
p.TYPES = {
EDITION = 'edición',
WORK = 'obra literaria',
ARTICLE = 'artículo', --scholarly articles,
MOVIE = 'obra audiovisual',
OTHER = 'obra'
}
p.local_map = {
isA = { p = 'P31' },
language = { p = 'P407' },
title = { header = 'sección', p = 'P1476' }, -- título obra hija/único
mainTitle = { header = 'titulo', index = 'Titulo', p = 'P1476' }, -- título obra madre
subtitle = { header = 'sub-titulo', index = 'Subtitulo', p = 'P1680' },
series = { index = 'Serie', p = 'P361' },
author = { header = 'sección-autor', p = 'P50' }, -- autor obra hija/único
mainAuthor = { header = 'autor', index = 'Autor', p = 'P50' }, -- autor obra madre
translator = { header = 'traductor', index = 'Traductor', p = 'P655' },
editor = { header = 'editor', index = 'Editor', p = 'P98' },
illustrator = { header = 'ilustrador', index = 'Ilustrador', p = 'P110' },
introducer = { header = 'prologuista', index = 'Prologuista', p = 'P2679' },
pubYear = { header = 'ano', index = 'Ano', p = 'P577' },
inception = { p = 'P571' },
publisher = { header = 'editorial', index = 'Editorial', p = 'P123' },
printer = { header = 'imprenta', index = 'Imprenta', p = 'P123' },
place = { header = 'lugar', index = 'Lugar', p = 'P291' },
country = { header = 'derechos', index = 'derechos' },
volume = { header = 'volumen', index = 'Volumen', p = 'P478' },
issue = { p = 'P433' },
pages = { p = 'P304' },
parentWork = { header = 'publicadoen', p = 'P1433' },
editionof = { header = 'obra', index = 'Obra', p = 'P629' },
commonsFile = { p = 'P996' },
editions = { p = 'P747' },
derivedWorks = { p = 'P4969' },
basedOn = { p = 'P144' },
}
local Wikidata = require('Módulo:Wikidata')
-- Función de salida hacia el Módulo:Wikidata
local function fetchFromWikidata( entityId, propertyId, options )
if not entityId or not propertyId then return nil end
options = options or {}
local queryArgs = {
item = entityId,
property = propertyId,
formatting = options.formatting or nil,
list = options.list,
tabla = options.tabla
}
local result = Wikidata.claim(queryArgs)
if result and result ~= "" then
return result
end
return nil
end
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
edition = 'Q3331189',
scholarlyArticle = 'Q13442814',
literaryWork = 'Q7725634',
movie = {'Q11424', -- película
'Q202866', --película animada
'Q506240', --telefilme
'Q18011171', --película inacabada
'Q5398426', --serie de televisión
},
}
--[=[
Util function: return true if the item is in the given table
]=]
local function valueIn( t, v )
if type(v) == 'string' then
for _, tv in pairs( t ) do
if tv == v then
return true
end
end
elseif type(v) == 'table' then
for _, vv in ipairs( v ) do
for _, tv in ipairs( t ) do
if tv == vv then
return true
end
end
end
end
return false
end
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
elseif string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' ) then
-- es un índice!
local index = mw.ext.proofreadPage.newIndex( titleOrQid )
local Qid = index.fields.Wikidata
item = mw.wikibase.getEntity( Qid )
else
-- assume it's a page title
-- TODO only return the ID and look it up (expensive) only if actually used
item = mw.wikibase.getEntity(
mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
)
end
return item
end
local function getPropIds( id, prop )
-- formatting: raw trae sólo QIDS, formato tabla
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'raw', tabla = true } )
end
local function getPropLabels( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'label', tabla = true } )
end
local function getPropTable( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { tabla = true } )
-- return fetchFromWikidata( id, prop, { list = true } )
end
local function getStringProp( id, prop )
-- directo, para cadenas
return fetchFromWikidata( id, prop )
end
local function getYearProp( id, prop )
-- formatting para años
local dateStr = fetchFromWikidata( id, prop )
if dateStr then
local year = string.match(dateStr, "%d%d%d%d")
return year or dateStr
end
end
local function getCreatorList( id, prop )
--return fetchFromWikidata( id, prop, {list = true} )
local creators = getPropIds( id, prop )
if not creators then return end
local list = {}
for _, v in pairs( creators ) do
local creatorObject = Creator.newCreator( v )
table.insert( list, creatorObject )
end
return list
end
local function getEditionList( id, prop )
local editions = getPropIds( id, prop )
if not editions then return end
local list = {}
for _, v in pairs( editions ) do
local edition = p.newWork( v )
table.insert( list, edition )
end
return list
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
if not entity.sitelinks then return end
for k, v in pairs(entity.sitelinks) do
local m = string.match( k, '(%l+)wikisource')
if m then
return 's:'..m..':'..entity:getSitelink(k)
end
end
end
--[=[
Get the 'type' of the work
Options are: edition, articles (as in journal articles), or works
]=]
local function getWorkType( id )
local isVals = getPropIds( id, p.local_map.isA.p )
if valueIn( isVals, ENTITIES.edition ) then
return p.TYPES.EDITION
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.scholarlyArticle ) then
return p.TYPES.ARTICLE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.movie ) then
return p.TYPES.MOVIE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.literaryWork ) then
return p.TYPES.WORK
end
return p.TYPES.OTHER
end
--[=[
The main entry point (Modificado para aceptar fuentes de Wikisource)
]=]
function p.newWork( titleOrQid, header_args, index_args )
local obj = {}
-- Asegurar que las fuentes locales existan como tablas vacías si no se pasan
header_args = header_args or {}
index_args = index_args or {}
local item = getEntity( titleOrQid )
if not item then
error( 'Failed to look up item: ' .. titleOrQid )
end
local index
if type(titleOrQid) == 'string' and (string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' )) then
index = titleOrQid
end
local m_qid = index_args['Wikidata'] or index_args['wikidata']
local qid = item.id
local qid_fallback = (m_qid and m_qid ~= "") and m_qid or qid
-- Almacén interno de datos y estado de carga
local data = {
item = item,
index = index,
qid = qid,
m_qid = m_qid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- Caché interna
if data[k] ~= nil then
return data[k]
end
-- Resolver propiedades sin P
if k == 'type' then
data.type = getWorkType( qid )
return data.type
end
if k == 'wsPage' then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
return data.wsPage
end
-- Campos modificables (en el índice o encabezado)
local mapping = p.local_map[k]
if mapping then
-- Prioridades en orden:
local P = mapping.p
-- Prioridad 4: Campos ingresados manualmente en {{Encabezado}}
local val_header = header_args[mapping.header]
if val_header and val_header ~= "" then
data[k] = val_header
return data[k]
end
-- Comportamiento especial para el título y autor (sección, sección-autor)
-- Si se pide título (por defecto, sección) y no hay:
if k == 'title' and (not val_header or val_header == "") then
-- solicita mainTitle (título)
local val_main_header = header_args[p.local_map.mainTitle.header]
if val_main_header and val_main_header ~= "" then
data.title = val_main_header
return data.title
end
end
if k == 'author' and (not val_header or val_header == "") then
local val_main_author = header_args[p.local_map.mainAuthor.header]
if val_main_author and val_main_author ~= "" then
data.author = val_main_author
return data.author
end
end
-- Prioridad 3: Wikidata de la Sección/Capítulo
-- Solo buscamos aquí si el qid de la sección difiere del qid de la madre (Índice)
if qid ~= qid_fallback then
local val_wd = nil
if k == 'title' then
val_wd = getStringProp( qid, P )
elseif k == 'author' then
val_wd = getCreatorList( qid, P )
-- El resto de las propiedades menores se pueden interceptar aquí redundantemente si es necesario
end
if val_wd then
data[k] = val_wd
return data[k]
end
end
-- Prioridad 2: Campos ingresados manualmente en el Índice (Espacio de nombres Índice)
local val_index = index_args[mapping.index]
if val_index and val_index ~= "" then
data[k] = val_index
return data[k]
end
-- Prioridad 1: Wikidata de la Edición Madre
-- Fuentes más locales no tenían el dato.
if k == 'title' or k == 'subtitle' or k == 'mainTitle' then
data[k] = getStringProp( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'language' then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'series' or k == 'place' or k == 'publisher' or k == 'printer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'pubYear' then
local theDate
if data.type == p.TYPES.WORK then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.inception.p )
end
if not theDate then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.pubYear.p )
end
data[k] = theDate
return data[k]
end
if k == 'author' or k == 'illustrator' or k == 'editor' or k == 'mainAuthor'
or k == 'translator' or k == 'introducer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'parentWork' or k == 'editions' or k == 'derivedWorks' or k == 'basedOn' then
data[k] = getEditionList(qid_fallback, P)
return data[k]
end
if k == 'commonsFile' then
if data.index == nil then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
else
data[k] = {data.index}
end
return data[k]
end
end
return nil
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
function p.test (frame)
local args = frame.args
local QID = args[1]
local index = {Titulo = 'Aventuras de Perico', Traductor = 'Perico', Wikidata = 'Q130407184'}
local header = {traductor = 'El verdadero Perico', ['sección-autor'] = 'Autor Invitado (Perico)', ['sección'] = 'Capítulo I'}
local w = p.newWork(QID, header, index)
local s = ''
s = s.. 'Autor: ' .. tostring(w.mainAuthor) .. '\n'
s = s.. 'Sección Autor: ' .. tostring(w.author) .. '\n'
s = s.. 'Titulo Obra: ' .. tostring(w.mainTitle) .. '\n'
s = s.. 'Titulo: ' .. tostring(w.title) .. '\n'
s = s.. 'Lugar: ' .. tostring(w.place) .. '\n'
s = s.. 'Traductor: ' .. tostring(w.translator) .. '\n'
s = s.. 'Prologuista: ' .. tostring(w.introducer) .. '\n'
s = s.. 'commonsFile: ' .. tostring(w.commonsFile) .. '\n'
s = s.. 'date: ' .. tostring(w.pubYear) .. '\n'
return s
end
return p
sv4fifahmh5720ja5a4ueyz4oe4mdl0
1664100
1664088
2026-06-04T18:23:48Z
Ignacio Rodríguez
3603
1664100
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado de la Wikisource inglesa en esta versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Work&oldid=12000562
Se trata de un módulo que genera un objeto (una tabla) cuyos elementos o
propiedades son las propiedades de una edición/obra ]=]
require('strict')
local p = {}
-- Creator objects, used for authors, etc
local Creator = require('Módulo:Creador')
-- Module constants
p.TYPES = {
EDITION = 'edición',
WORK = 'obra literaria',
ARTICLE = 'artículo', --scholarly articles,
MOVIE = 'obra audiovisual',
OTHER = 'obra'
}
p.local_map = {
isA = { p = 'P31' },
language = { p = 'P407' },
title = { header = 'sección', index = 'Titulo', p = 'P1476' }, -- título obra hija/único
mainTitle = { header = 'titulo', p = 'P1476' }, -- título obra madre
subtitle = { header = 'sub-titulo', index = 'Subtitulo', p = 'P1680' },
series = { index = 'Serie', p = 'P361' },
author = { header = 'sección-autor',index = 'Autor', p = 'P50' }, -- autor obra hija/único
mainAuthor = { header = 'autor', p = 'P50' }, -- autor obra madre
translator = { header = 'traductor', index = 'Traductor', p = 'P655' },
editor = { header = 'editor', index = 'Editor', p = 'P98' },
illustrator = { header = 'ilustrador', index = 'Ilustrador', p = 'P110' },
introducer = { header = 'prologuista', index = 'Prologuista', p = 'P2679' },
pubYear = { header = 'ano', index = 'Ano', p = 'P577' },
inception = { p = 'P571' },
publisher = { header = 'editorial', index = 'Editorial', p = 'P123' },
printer = { header = 'imprenta', index = 'Imprenta', p = 'P123' },
place = { header = 'lugar', index = 'Lugar', p = 'P291' },
country = { header = 'derechos', index = 'derechos' },
volume = { header = 'volumen', index = 'Volumen', p = 'P478' },
issue = { p = 'P433' },
pages = { p = 'P304' },
parentWork = { header = 'publicadoen', p = 'P1433' },
editionof = { header = 'obra', index = 'Obra', p = 'P629' },
commonsFile = { p = 'P996' },
editions = { p = 'P747' },
derivedWorks = { p = 'P4969' },
basedOn = { p = 'P144' },
}
local Wikidata = require('Módulo:Wikidata')
-- Función de salida hacia el Módulo:Wikidata
local function fetchFromWikidata( entityId, propertyId, options )
if not entityId or not propertyId then return nil end
options = options or {}
local queryArgs = {
item = entityId,
property = propertyId,
formatting = options.formatting or nil,
list = options.list,
tabla = options.tabla
}
local result = Wikidata.claim(queryArgs)
if result and result ~= "" then
return result
end
return nil
end
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
edition = 'Q3331189',
scholarlyArticle = 'Q13442814',
literaryWork = 'Q7725634',
movie = {'Q11424', -- película
'Q202866', --película animada
'Q506240', --telefilme
'Q18011171', --película inacabada
'Q5398426', --serie de televisión
},
}
--[=[
Util function: return true if the item is in the given table
]=]
local function valueIn( t, v )
if type(v) == 'string' then
for _, tv in pairs( t ) do
if tv == v then
return true
end
end
elseif type(v) == 'table' then
for _, vv in ipairs( v ) do
for _, tv in ipairs( t ) do
if tv == vv then
return true
end
end
end
end
return false
end
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
elseif string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' ) then
-- es un índice!
local index = mw.ext.proofreadPage.newIndex( titleOrQid )
local Qid = index.fields.Wikidata
item = mw.wikibase.getEntity( Qid )
else
-- assume it's a page title
-- TODO only return the ID and look it up (expensive) only if actually used
item = mw.wikibase.getEntity(
mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
)
end
return item
end
local function getPropIds( id, prop )
-- formatting: raw trae sólo QIDS, formato tabla
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'raw', tabla = true } )
end
local function getPropLabels( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'label', tabla = true } )
end
local function getPropTable( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { tabla = true } )
-- return fetchFromWikidata( id, prop, { list = true } )
end
local function getStringProp( id, prop )
-- directo, para cadenas
return fetchFromWikidata( id, prop )
end
local function getYearProp( id, prop )
-- formatting para años
local dateStr = fetchFromWikidata( id, prop )
if dateStr then
local year = string.match(dateStr, "%d%d%d%d")
return year or dateStr
end
end
local function getCreatorList( id, prop )
--return fetchFromWikidata( id, prop, {list = true} )
local creators = getPropIds( id, prop )
if not creators then return end
local list = {}
for _, v in pairs( creators ) do
local creatorObject = Creator.newCreator( v )
table.insert( list, creatorObject )
end
return list
end
local function getEditionList( id, prop )
local editions = getPropIds( id, prop )
if not editions then return end
local list = {}
for _, v in pairs( editions ) do
local edition = p.newWork( v )
table.insert( list, edition )
end
return list
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
if not entity.sitelinks then return end
for k, v in pairs(entity.sitelinks) do
local m = string.match( k, '(%l+)wikisource')
if m then
return 's:'..m..':'..entity:getSitelink(k)
end
end
end
--[=[
Get the 'type' of the work
Options are: edition, articles (as in journal articles), or works
]=]
local function getWorkType( id )
local isVals = getPropIds( id, p.local_map.isA.p )
if valueIn( isVals, ENTITIES.edition ) then
return p.TYPES.EDITION
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.scholarlyArticle ) then
return p.TYPES.ARTICLE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.movie ) then
return p.TYPES.MOVIE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.literaryWork ) then
return p.TYPES.WORK
end
return p.TYPES.OTHER
end
--[=[
The main entry point (Modificado para aceptar fuentes de Wikisource)
]=]
function p.newWork( titleOrQid, header_args, index_args )
local obj = {}
-- Asegurar que las fuentes locales existan como tablas vacías si no se pasan
header_args = header_args or {}
index_args = index_args or {}
local item = getEntity( titleOrQid )
if not item then
error( 'Failed to look up item: ' .. titleOrQid )
end
local index
if type(titleOrQid) == 'string' and (string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' )) then
index = titleOrQid
end
local m_qid = index_args['Wikidata'] or index_args['wikidata']
local qid = item.id
local qid_fallback = (m_qid and m_qid ~= "") and m_qid or qid
-- Almacén interno de datos y estado de carga
local data = {
item = item,
index = index,
qid = qid,
m_qid = m_qid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- Caché interna
if data[k] ~= nil then
return data[k]
end
-- Resolver propiedades sin P
if k == 'type' then
data.type = getWorkType( qid )
return data.type
end
if k == 'wsPage' then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
return data.wsPage
end
-- Campos modificables (en el índice o encabezado)
local mapping = p.local_map[k]
if mapping then
-- Prioridades en orden:
local P = mapping.p
local val_header = header_args[mapping.header]
-- Comportamiento especial para el título y autor (sección, sección-autor)
-- Si se pide título (por defecto, sección) y no hay:
if not val_header or val_header == "" then
if k == 'title' then
val_header = header_args[p.local_map.mainTitle.header]
elseif k == 'author' then
val_header = header_args[p.local_map.mainAuthor.header]
end
end
-- Prioridad 4: Campos ingresados manualmente en {{Encabezado}}
if val_header and val_header ~= "" then
data[k] = val_header
return data[k]
end
-- Prioridad 3: Wikidata de la Sección/Capítulo
-- Solo buscamos aquí si el qid de la sección difiere del qid de la madre (Índice)
if qid ~= qid_fallback then
local val_wd = nil
if k == 'title' then
val_wd = getStringProp( qid, P )
elseif k == 'author' then
val_wd = getCreatorList( qid, P )
-- El resto de las propiedades menores se pueden interceptar aquí redundantemente si es necesario
end
if val_wd then
data[k] = val_wd
return data[k]
end
end
-- Prioridad 2: Campos ingresados manualmente en el Índice (Espacio de nombres Índice)
local val_index = index_args[mapping.index]
if val_index and val_index ~= "" then
data[k] = val_index
return data[k]
end
-- Prioridad 1: Wikidata de la Edición Madre
-- Fuentes más locales no tenían el dato.
if k == 'title' or k == 'subtitle' or k == 'mainTitle' then
data[k] = getStringProp( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'language' then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'series' or k == 'place' or k == 'publisher' or k == 'printer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'pubYear' then
local theDate
if data.type == p.TYPES.WORK then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.inception.p )
end
if not theDate then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.pubYear.p )
end
data[k] = theDate
return data[k]
end
if k == 'author' or k == 'illustrator' or k == 'editor' or k == 'mainAuthor'
or k == 'translator' or k == 'introducer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'parentWork' or k == 'editions' or k == 'derivedWorks' or k == 'basedOn' then
data[k] = getEditionList(qid_fallback, P)
return data[k]
end
if k == 'commonsFile' then
if data.index == nil then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
else
data[k] = {data.index}
end
return data[k]
end
end
return nil
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
function p.test (frame)
local args = frame.args
local QID = args[1]
local index = {Titulo = 'Aventuras de Perico', Traductor = 'Perico', Wikidata = 'Q130407184'}
local header = {traductor = 'El verdadero Perico', ['sección-autor'] = 'Autor Invitado (Perico)', ['sección'] = 'Capítulo I'}
local w = p.newWork(QID, header, index)
local s = ''
s = s.. 'Autor: ' .. tostring(w.mainAuthor) .. '\n'
s = s.. 'Sección Autor: ' .. tostring(w.author) .. '\n'
s = s.. 'Titulo Obra: ' .. tostring(w.mainTitle) .. '\n'
s = s.. 'Titulo: ' .. tostring(w.title) .. '\n'
s = s.. 'Lugar: ' .. tostring(w.place) .. '\n'
s = s.. 'Traductor: ' .. tostring(w.translator) .. '\n'
s = s.. 'Prologuista: ' .. tostring(w.introducer) .. '\n'
s = s.. 'commonsFile: ' .. tostring(w.commonsFile) .. '\n'
s = s.. 'date: ' .. tostring(w.pubYear) .. '\n'
return s
end
return p
jrkjujfwpds4620a3dferyfxnqa27aa
1664102
1664100
2026-06-04T18:35:01Z
Ignacio Rodríguez
3603
jubilación de Creator?
1664102
Scribunto
text/plain
--[=[
Importado de la Wikisource inglesa en esta versión:
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Module:Work&oldid=12000562
Se trata de un módulo que genera un objeto (una tabla) cuyos elementos o
propiedades son las propiedades de una edición/obra ]=]
require('strict')
local p = {}
-- Module constants
p.TYPES = {
EDITION = 'edición',
WORK = 'obra literaria',
ARTICLE = 'artículo', --scholarly articles,
MOVIE = 'obra audiovisual',
OTHER = 'obra'
}
p.local_map = {
isA = { p = 'P31' },
language = { p = 'P407' },
title = { header = 'sección', index = 'Titulo', p = 'P1476' }, -- título obra hija/único
mainTitle = { header = 'titulo', p = 'P1476' }, -- título obra madre
subtitle = { header = 'sub-titulo', index = 'Subtitulo', p = 'P1680' },
series = { index = 'Serie', p = 'P361' },
author = { header = 'sección-autor',index = 'Autor', p = 'P50' }, -- autor obra hija/único
mainAuthor = { header = 'autor', p = 'P50' }, -- autor obra madre
translator = { header = 'traductor', index = 'Traductor', p = 'P655' },
editor = { header = 'editor', index = 'Editor', p = 'P98' },
illustrator = { header = 'ilustrador', index = 'Ilustrador', p = 'P110' },
introducer = { header = 'prologuista', index = 'Prologuista', p = 'P2679' },
pubYear = { header = 'ano', index = 'Ano', p = 'P577' },
inception = { p = 'P571' },
publisher = { header = 'editorial', index = 'Editorial', p = 'P123' },
printer = { header = 'imprenta', index = 'Imprenta', p = 'P123' },
place = { header = 'lugar', index = 'Lugar', p = 'P291' },
country = { header = 'derechos', index = 'derechos' },
volume = { header = 'volumen', index = 'Volumen', p = 'P478' },
issue = { p = 'P433' },
pages = { p = 'P304' },
parentWork = { header = 'publicadoen', p = 'P1433' },
editionof = { header = 'obra', index = 'Obra', p = 'P629' },
commonsFile = { p = 'P996' },
editions = { p = 'P747' },
derivedWorks = { p = 'P4969' },
basedOn = { p = 'P144' },
}
local Wikidata = require('Módulo:Wikidata')
-- Función de salida hacia el Módulo:Wikidata
local function fetchFromWikidata( entityId, propertyId, options )
if not entityId or not propertyId then return nil end
options = options or {}
local queryArgs = {
item = entityId,
property = propertyId,
formatting = options.formatting or nil,
list = options.list,
tabla = options.tabla
}
local result = Wikidata.claim(queryArgs)
if result and result ~= "" then
return result
end
return nil
end
local ENTITIES = {
human = 'Q5',
edition = 'Q3331189',
scholarlyArticle = 'Q13442814',
literaryWork = 'Q7725634',
movie = {'Q11424', -- película
'Q202866', --película animada
'Q506240', --telefilme
'Q18011171', --película inacabada
'Q5398426', --serie de televisión
},
}
--[=[
Util function: return true if the item is in the given table
]=]
local function valueIn( t, v )
if type(v) == 'string' then
for _, tv in pairs( t ) do
if tv == v then
return true
end
end
elseif type(v) == 'table' then
for _, vv in ipairs( v ) do
for _, tv in ipairs( t ) do
if tv == vv then
return true
end
end
end
end
return false
end
--[=[
Get the entity for a QID, or a page title
]=]
local function getEntity( titleOrQid )
local item
if type(titleOrQid) == 'table' then
-- this is already Wikibase item data
item = titleOrQid
elseif string.match( titleOrQid, 'Q%d+', 1 ) then
-- it's a QID
item = mw.wikibase.getEntity( titleOrQid )
elseif string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' ) then
-- es un índice!
local index = mw.ext.proofreadPage.newIndex( titleOrQid )
local Qid = index.fields.Wikidata
item = mw.wikibase.getEntity( Qid )
else
-- assume it's a page title
-- TODO only return the ID and look it up (expensive) only if actually used
item = mw.wikibase.getEntity(
mw.wikibase.getEntityIdForTitle( titleOrQid )
)
end
return item
end
local function getPropIds( id, prop )
-- formatting: raw trae sólo QIDS, formato tabla
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'raw', tabla = true } )
end
local function getPropLabels( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { formatting = 'label', tabla = true } )
end
local function getPropTable( id, prop )
return fetchFromWikidata( id, prop, { tabla = true } )
-- return fetchFromWikidata( id, prop, { list = true } )
end
local function getStringProp( id, prop )
-- directo, para cadenas
return fetchFromWikidata( id, prop )
end
local function getYearProp( id, prop )
-- formatting para años
local dateStr = fetchFromWikidata( id, prop )
if dateStr then
local year = string.match(dateStr, "%d%d%d%d")
return year or dateStr
end
end
local function getCreatorList( id, prop )
local creators = getPropTable( id, prop) or {}
if prop == p.local_map.mainAuthor.p then
-- P2093 = cadena de autor
local string_authors = fetchFromWikidata( id, 'P2093', { tabla = true } )
if string_authors then
for _, name in ipairs( string_authors ) do
table.insert( creators, name )
end
end
end
return #creators > 0 and creators or nil
end
local function getEditionList( id, prop )
local editions = getPropIds( id, prop )
if not editions then return end
local list = {}
for _, v in pairs( editions ) do
local edition = p.newWork( v )
table.insert( list, edition )
end
return list
end
local function getLocalSiteLink( entity )
local sl = entity:getSitelink()
if sl then
return sl
end
if not entity.sitelinks then return end
for k, v in pairs(entity.sitelinks) do
local m = string.match( k, '(%l+)wikisource')
if m then
return 's:'..m..':'..entity:getSitelink(k)
end
end
end
--[=[
Get the 'type' of the work
Options are: edition, articles (as in journal articles), or works
]=]
local function getWorkType( id )
local isVals = getPropIds( id, p.local_map.isA.p )
if valueIn( isVals, ENTITIES.edition ) then
return p.TYPES.EDITION
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.scholarlyArticle ) then
return p.TYPES.ARTICLE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.movie ) then
return p.TYPES.MOVIE
elseif valueIn( isVals, ENTITIES.literaryWork ) then
return p.TYPES.WORK
end
return p.TYPES.OTHER
end
--[=[
The main entry point (Modificado para aceptar fuentes de Wikisource)
]=]
function p.newWork( titleOrQid, header_args, index_args )
local obj = {}
-- Asegurar que las fuentes locales existan como tablas vacías si no se pasan
header_args = header_args or {}
index_args = index_args or {}
local item = getEntity( titleOrQid )
if not item then
error( 'Failed to look up item: ' .. titleOrQid )
end
local index
if type(titleOrQid) == 'string' and (string.find( titleOrQid, '%.pdf' ) or string.find( titleOrQid, '%.djvu' )) then
index = titleOrQid
end
local m_qid = index_args['Wikidata'] or index_args['wikidata']
local qid = item.id
local qid_fallback = (m_qid and m_qid ~= "") and m_qid or qid
-- Almacén interno de datos y estado de carga
local data = {
item = item,
index = index,
qid = qid,
m_qid = m_qid
}
return setmetatable( obj, {
__eq = item.equals,
__lt = item.__lt,
__tostring = function ( _ )
return item.prefixedText
end,
__index = function ( _, k )
-- Caché interna
if data[k] ~= nil then
return data[k]
end
-- Resolver propiedades sin P
if k == 'type' then
data.type = getWorkType( qid )
return data.type
end
if k == 'wsPage' then
data.wsPage = getLocalSiteLink( item )
return data.wsPage
end
-- Campos modificables (en el índice o encabezado)
local mapping = p.local_map[k]
if mapping then
-- Prioridades en orden:
local P = mapping.p
local val_header = header_args[mapping.header]
-- Comportamiento especial para el título y autor (sección, sección-autor)
-- Si se pide título (por defecto, sección) y no hay:
if not val_header or val_header == "" then
if k == 'title' then
val_header = header_args[p.local_map.mainTitle.header]
elseif k == 'author' then
val_header = header_args[p.local_map.mainAuthor.header]
end
end
-- Prioridad 4: Campos ingresados manualmente en {{Encabezado}}
if val_header and val_header ~= "" then
data[k] = val_header
return data[k]
end
-- Prioridad 3: Wikidata de la Sección/Capítulo
-- Solo buscamos aquí si el qid de la sección difiere del qid de la madre (Índice)
if qid ~= qid_fallback then
local val_wd = nil
if k == 'title' then
val_wd = getStringProp( qid, P )
elseif k == 'author' then
val_wd = getCreatorList( qid, P )
-- El resto de las propiedades menores se pueden interceptar aquí redundantemente si es necesario
end
if val_wd then
data[k] = val_wd
return data[k]
end
end
-- Prioridad 2: Campos ingresados manualmente en el Índice (Espacio de nombres Índice)
local val_index = index_args[mapping.index]
if val_index and val_index ~= "" then
data[k] = val_index
return data[k]
end
-- Prioridad 1: Wikidata de la Edición Madre
-- Fuentes más locales no tenían el dato.
if k == 'title' or k == 'subtitle' or k == 'mainTitle' then
data[k] = getStringProp( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'language' then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'series' or k == 'place' or k == 'publisher' or k == 'printer' then
data[k] = getPropTable( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'pubYear' then
local theDate
if data.type == p.TYPES.WORK then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.inception.p )
end
if not theDate then
theDate = getYearProp( qid_fallback, p.local_map.pubYear.p )
end
data[k] = theDate
return data[k]
end
if k == 'author' or k == 'illustrator' or k == 'editor' or k == 'mainAuthor'
or k == 'translator' or k == 'introducer' then
data[k] = getCreatorList( qid_fallback, P )
return data[k]
end
if k == 'parentWork' or k == 'editions' or k == 'derivedWorks' or k == 'basedOn' then
data[k] = getEditionList(qid_fallback, P)
return data[k]
end
if k == 'commonsFile' then
if data.index == nil then
data[k] = getPropLabels( qid_fallback, P )
else
data[k] = {data.index}
end
return data[k]
end
end
return nil
end,
__newindex = function ( _, k, _ )
error( "index '" .. k .. "' is read only", 2 )
end
} )
end
function p.test (frame)
local args = frame.args
local QID = args[1]
local index = {Titulo = 'Aventuras de Perico', Traductor = 'Perico', Wikidata = 'Q130407184'}
local header = {traductor = 'El verdadero Perico', ['sección-autor'] = 'Autor Invitado (Perico)', ['sección'] = 'Capítulo I'}
local w = p.newWork(QID, header, index)
local s = ''
s = s.. 'Autor: ' .. tostring(w.mainAuthor) .. '\n'
s = s.. 'Sección Autor: ' .. tostring(w.author) .. '\n'
s = s.. 'Titulo Obra: ' .. tostring(w.mainTitle) .. '\n'
s = s.. 'Titulo: ' .. tostring(w.title) .. '\n'
s = s.. 'Lugar: ' .. tostring(w.place) .. '\n'
s = s.. 'Traductor: ' .. tostring(w.translator) .. '\n'
s = s.. 'Prologuista: ' .. tostring(w.introducer) .. '\n'
s = s.. 'commonsFile: ' .. tostring(w.commonsFile) .. '\n'
s = s.. 'date: ' .. tostring(w.pubYear) .. '\n'
return s
end
return p
e0j9vjr1b15jep52d6gzdy2qvjrdwd3
Eneida (Ochoa) VIII
0
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2026-06-04T13:55:51Z
Ignacio Rodríguez
3603
Revertido el cambio de [[Special:Contributions/~2026-11397-76|~2026-11397-76]] ([[User talk:~2026-11397-76|disc.]]) a la última edición de [[User:BOTicias|BOTicias]]
1590595
wikitext
text/x-wiki
#REDIRECCIÓN [[La Eneida (Ochoa)/Libro VIII]]
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Cartas a Lucilio (Wikisource tr.)/Carta 40
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2026-06-04T13:23:39Z
Ignacio Rodríguez
3603
1663922
wikitext
text/x-wiki
{{Encabezado
|título=Cartas a Lucilio - Carta 40
|autor=Séneca
|traductor=Wikisource
|notas=Traducción del latín y notas por Antonius Djacnov (2009)}}
Carta XL. Sobre la Retórica y la Oratoria.
Te agradezco que me escribas a menudo, pues así te me muestras del único modo que puedes. Nunca recibo una carta tuya sin que enseguida estemos juntos. Si nos agradan los retratos de los amigos ausentes que renuevan el recuerdo y alivian la nostalgia con un consuelo engañoso y vano, ¡cuánto más alegres son las cartas que nos traen las huellas auténticas del amigo ausente, sus auténticos rasgos! Y es que la letra del amigo plasmada en la carta nos permite reconocer aquello que en su presencia era más dulce.
Escribes que has estado oyendo al filósofo Serapión después que atracó en esas costas: “Suele atropellar las palabras a toda prisa, pues no las vierte despacio una a una sino que las apremia y empuja; y es que una sola boca no se basta para tantas como le vienen”. Eso me parece bien en un filósofo, cuya pronunciación también al igual que su conducta, debe ser ordenada; ahora bien, nada que corre y se precipita resulta bien dispuesto. Por eso en Homero el estilo vivo y semejante a nieve que cae sin cesar se le atribuye al orador joven, mientras que las palabras del anciano fluye lenta y más dulce que la miel.
Considéralo así, por tanto: ese impulso en el hablar, veloz y exuberante, es más adecuado para el charlatán que para el hombre que trata o enseña un tema importante y serio. No quiero ni que vaya gota a gota ni que corra, es igual; que no haga estirar las orejas ni tampoco las aplaste. Porque también un lenguaje pobre y mezquino hace que el oyente, aburrido de esas lentas paradas, atienda menos; sin embargo, se asienta mejor lo que se hace esperar que lo que pasa volando. En fin, dicen que a los discípulos se les transmiten preceptos: no se transmite lo que sale a escape.
Añade aquí que el discurso que se afana en la verdad debe ser natural y simple. El otro popular no encierra nada verdadero: busca impresionar a la masa y seducir de un golpe sus oídos irreflexivos, no se ofrece para que se repiense, sino que se escamotea. Pero ¿cómo puede controlar a nadie un discurso que no se controla? ¿No ves además que el discurso que se destina a sanar las mentes debe asentarse en nosotros? Los remedios no sirven de nada si no se aplican durante un tiempo.
Tiene además mucho de vanidad y vacío, suena más que puede. Hay que dulcificar lo que me espanta, reprimir lo que excita, descartar lo que engaña, cohibir la molicie, destruir la avaricia. ¿Cuál de estas cosas se puede lograr a la carrera? ¿qué médico a los enfermos de paso? ¿No ves que esa balumba de palabras que corren sin discernimiento ni siquiera contiene el menor deleite?
Pero tal como es suficiente haber visto aquellas cosas que creerías que son imposibles, así sobra y basta con haber oído una vez sola a esos que practican con la palabra. ¿Qué querría uno aprender, qué querría imitar de ellos? ¿Qué pensará de un espíritu cuyas palabras son confusas y precipitadas y no puede controlarse?
Tal como en la pendiente los pies de los corredores no se detienen donde deciden, sino que dependen de la fuerte inercia del cuerpo y van más allá de donde quieren, así esa aceleración en el hablar ni es dueña de sí, ni es muy conveniente para la filosofía, que debe colocar en su sitio a las palabras, no dispararlas, y avanzar de puntillas.
“¿Qué entonces?, ¿no se elevará también de vez en cuando?”. ¿Cómo no? Pero salvando la dignidad de las maneras, que se ve anulada por ese empuje vehemente y excesivo. Tenga fuertes impulsos, pero bien templados; que la corriente fluya, pero no de modo torrencial. Me cuesta permitir al orador una velocidad en el hablar tan irrefrenable y libre de norma en su avance, pues ¿cómo podrá seguirlo el juez, que a veces es inexperto y hasta tosco? Incluso cuando lo dominen sus alardes o un sentimiento incontrolado, debe apresurarse y expresar tanto cuanto los oídos puedan asimilar.
Harás bien, por tanto, si dejas de oír a esos que pretenden decir muchas cosas sin importarles cómo, y prefieres por tu parte, si no queda más remedio, hablar como Publio Vinicio. “A ver, explícate”. Cuando le preguntaron a Aselio cómo hablaba Vinicio, respondió: “A trompicones”. Porque además Gémino Vario decía: “¿Cómo llamáis elocuente a ese? No es capáz de trabar tres palabras” ¿Por qué no ibas a preferir tú hablar como Vinicio?
Quizá tercie alguno tan desabrido como aquel que cuando el otro iba pellizcando las palabras una a una, como si estuviera dictando y no hablando, le decía: “Dime, ¿vas a hablar de una vez?”. Porque la precipitación de Quinto Haterio, un orador muy célebre en su tiempo, quiero que quede muy lejos de una persona cuerda: no dudaba nunca, no se interrumpía nunca; de una vez empezaba y de una vez concluía.
Sin embargo, algunas cosas convienen más o menos a cada nación, según yo creo. En los griegos admitirías tal descuido: nosotros, incluso cuando escribimos, acostumbramos a marcar las pausas. También nuestro Cicerón, con el que la elocuencia romana dio un salto, era acompasado. La lengua romana es muy remirada y se aprecia y se ofrece para que la apremien.
Fabiano, personaje destacado por su conducta, po su saber y , lo que sigue a estas dos cosas, también por su elocuencia, disertaba con más destreza y rapidez, de manera que podría decirse que la suya era soltura, no velocidad. Yo la admito en un personaje sabio, no la requiero, de manera que su discurso corra sin trabas, aunque prefiero que avance, no que desparrame.
Pero te aparto espantado de esa enfermedad precisamente porque no puedes contraerla más que si dejaras de sentir vergüenza: conviene que eches cara dura y no te oigas a ti mismo, pues esa carrera libre de vigilancia desecha muchas cosas que luego se mantiene en pie tu pudor. Por otra parte, hace falta la práctica diaria y hay que encaminar el estudio desde los asuntos a las palabras. Pero estas, aunque lleguen y puedan discurrir sin ningún esfuerzo por su parte, deben sin embargo atemperarse, ya que, tal como al sabio le conviene un caminar algo pausado, también su hablar debe ser contenido, no temerario. Así pues, el resumen de todos los resúmenes sería: te prescribo que seas lento en el hablar. Adiós.
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Cartas a Lucilio - Carta 40
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2026-06-04T13:23:14Z
Ignacio Rodríguez
3603
duplicado
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text/x-wiki
#REDIRECCIÓN[[Cartas a Lucilio (Wikisource tr.)/Carta 40]]
g2e8d1kogk3tuecjv8zndzelsuphitc
Cartas a Lucilio (Wikisource tr.)/Carta 41
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Ignacio Rodríguez
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Ignacio Rodríguez trasladó la página [[Cartas a Lucilio - Carta 41]] a [[Cartas a Lucilio (Wikisource tr.)/Carta 41]]: armonización de títulos
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wikitext
text/x-wiki
Carta XLI. Sobre lo divino que habita en nosotros.
Haces algo muy bueno y saludable para ti, si, como me escribes, insistes en caminar hacia esa mentalidad correcta que es necio solicitar cuando puedes obtenerla de ti mismo. No hay que levantar las manos al cielo ni pedirle al sacristán que nos deje llegar hasta las orejas de la imagen, como si acaso así nos oyera mejor: el dios está cerca de ti, está contigo, lo tienes dentro.
Así te lo digo, Lucilio: un espíritu sagrado se asienta en nosotros, espectador y guardián de nuestras bondades y maldades; él,tal como nosotros lo tratemos, así nos trata. Es claro que nadie es hombre de bien sin un dios: ¿o es que puede alguno elevarse por encima de la fortuna si no es con su ayuda? Él da consejos estupendos y elevados. En cada uno de los hombres buenos “habita un dios. ¿Qué dios? No se sabe”.
Si te encuentras con un bosque muy poblado de árboles vetustos y más altos de la cuenta, cuyas espesas ramas, entrecruzadas unas sobre otras, no dejan ver el cielo, la gran elevación del follaje, así como lo apartado del paraje y lo sorprendente de una sombra tan espesa y continua en pleno campo, te harán creer en un numen. Si una cueva entre rocas carcomidas deja todo un monte colgado sobre ella, --una de esas no hecha por mano de hombre sino excavada por agentes naturales y muy espaciosa--, conmoverá tu ánimo con ciertos barruntos de religión. Veneramos el nacimiento de los grandes ríos; el surgimiento repentino de una vasta corriente desde una sima tiene sus altares; reciben culto de los manantiales de agua caliente y algunas charcas, por ser sombrías o muy hondas, son sagradas.
Si vieras un hombre impávido en los peligros, no afectado por el deseo, feliz en la adversidad, tranquilo en medio de las tempestades, que ve a los hombres desde un plano superior, en plano de igualdad a los dioses, ¿no te vendrán deseos de adorarlo? ¿No dirás: “Este hecho es tan grande y elevado que es increíble que algo semejante pueda ocurrir en ese corpezuelo?”
Una fuerza divina desciende hasta ahí; al alma superior, sobria, que pasa por todas las cosas como si valieran poco, que se ríe de todo lo que tememos o deseamos, la mueve un poder celeste. Una realidad tan grande no puede sostenerse sin el apoyo de un numen; por eso su parte más valiosa reside en el lugar de donde ha bajado. Al igual que los rayos del sol tocan la tierra pero siguen en el sitio de donde salieron, así el alma grande y santa, y puesta acá abajo para que conozcamos más de cerca lo divino, convive con nosotros pero está pegada en su origen, de él depende, a él mira y tiende con fuerza; participa de nuestros asuntos siendo, como es, mejor.
¿Cuál es, entonces, esa alma? La que no luce con otro bien que el suyo propio. Porque ¿que hay más tonto que alabar en un hombre lo que no es suyo? ¿Qué mayor extravío que admirar cosas que en un instante pueden pasar a otro? No mejoran al caballo unos frenos de oro. De una manera se suelta en el circo al león con la melena sobredorada, desfallecido porque lo han manipulado y obligado a soportar que le pongan semejante ornamento, y de otra al salvaje e incólume en su bravura: es claro que este, impetuosamente fiero, como la naturaleza quiso que fuera, llamativo con su melena encrespada, cuya prestancia estriba en dar espanto a la vista, es preferido al otro desmayado y lleno de alharacas.
Nadie debe presumir más que de lo suyo. Alabamos una viña si carga de frutos sus cepas, si con el peso de lo que produce achanta los rodrigones. ¿Es que alguien preferiría otra de la que colgaran uvas doradas, hojas doradas? El valor propio en la vid es su fertilidad; en el hombre también hay que alabar lo que es suyo propio. Tiene bellos esclavos y una hermosa casa, siembra mucho, presta a rédito mucho: nada de eso está en él mismo sino en su entorno.
Alaba en él lo que no se puede arrebatar ni conceder, lo que es propio del hombre. ¿Quieres saber qué es eso? El alma y una razón perfecta en el alma. Porque el hombre es un animal racional; su bien llega a la perfección, por tanto, si satisface aquello para lo que ha nacido. Ahora bien, ¿qué es lo que de él exige esa razón? Una cosa bien fácil, vivir según su propia naturaleza. Pero esa cosa la hace difícil la locura general: unos a otros nos empujamos hacia los vicio. ¿Y cómo se puede llevar atrás hacia la salvación a los que nadie frena y la gente empuja? Adiós.
p3ggrniq117p57xzqi2a4ycgy5g0mnu
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
{{Encabezado
|título=Cartas a Lucilio - Carta 41
|autor=Séneca
|traductor=Wikisource
|notas=Traducción del latín y notas por Antonius Djacnov (2009)}}
Carta XLI. Sobre lo divino que habita en nosotros.
Haces algo muy bueno y saludable para ti, si, como me escribes, insistes en caminar hacia esa mentalidad correcta que es necio solicitar cuando puedes obtenerla de ti mismo. No hay que levantar las manos al cielo ni pedirle al sacristán que nos deje llegar hasta las orejas de la imagen, como si acaso así nos oyera mejor: el dios está cerca de ti, está contigo, lo tienes dentro.
Así te lo digo, Lucilio: un espíritu sagrado se asienta en nosotros, espectador y guardián de nuestras bondades y maldades; él,tal como nosotros lo tratemos, así nos trata. Es claro que nadie es hombre de bien sin un dios: ¿o es que puede alguno elevarse por encima de la fortuna si no es con su ayuda? Él da consejos estupendos y elevados. En cada uno de los hombres buenos “habita un dios. ¿Qué dios? No se sabe”.
Si te encuentras con un bosque muy poblado de árboles vetustos y más altos de la cuenta, cuyas espesas ramas, entrecruzadas unas sobre otras, no dejan ver el cielo, la gran elevación del follaje, así como lo apartado del paraje y lo sorprendente de una sombra tan espesa y continua en pleno campo, te harán creer en un numen. Si una cueva entre rocas carcomidas deja todo un monte colgado sobre ella, --una de esas no hecha por mano de hombre sino excavada por agentes naturales y muy espaciosa--, conmoverá tu ánimo con ciertos barruntos de religión. Veneramos el nacimiento de los grandes ríos; el surgimiento repentino de una vasta corriente desde una sima tiene sus altares; reciben culto de los manantiales de agua caliente y algunas charcas, por ser sombrías o muy hondas, son sagradas.
Si vieras un hombre impávido en los peligros, no afectado por el deseo, feliz en la adversidad, tranquilo en medio de las tempestades, que ve a los hombres desde un plano superior, en plano de igualdad a los dioses, ¿no te vendrán deseos de adorarlo? ¿No dirás: “Este hecho es tan grande y elevado que es increíble que algo semejante pueda ocurrir en ese corpezuelo?”
Una fuerza divina desciende hasta ahí; al alma superior, sobria, que pasa por todas las cosas como si valieran poco, que se ríe de todo lo que tememos o deseamos, la mueve un poder celeste. Una realidad tan grande no puede sostenerse sin el apoyo de un numen; por eso su parte más valiosa reside en el lugar de donde ha bajado. Al igual que los rayos del sol tocan la tierra pero siguen en el sitio de donde salieron, así el alma grande y santa, y puesta acá abajo para que conozcamos más de cerca lo divino, convive con nosotros pero está pegada en su origen, de él depende, a él mira y tiende con fuerza; participa de nuestros asuntos siendo, como es, mejor.
¿Cuál es, entonces, esa alma? La que no luce con otro bien que el suyo propio. Porque ¿que hay más tonto que alabar en un hombre lo que no es suyo? ¿Qué mayor extravío que admirar cosas que en un instante pueden pasar a otro? No mejoran al caballo unos frenos de oro. De una manera se suelta en el circo al león con la melena sobredorada, desfallecido porque lo han manipulado y obligado a soportar que le pongan semejante ornamento, y de otra al salvaje e incólume en su bravura: es claro que este, impetuosamente fiero, como la naturaleza quiso que fuera, llamativo con su melena encrespada, cuya prestancia estriba en dar espanto a la vista, es preferido al otro desmayado y lleno de alharacas.
Nadie debe presumir más que de lo suyo. Alabamos una viña si carga de frutos sus cepas, si con el peso de lo que produce achanta los rodrigones. ¿Es que alguien preferiría otra de la que colgaran uvas doradas, hojas doradas? El valor propio en la vid es su fertilidad; en el hombre también hay que alabar lo que es suyo propio. Tiene bellos esclavos y una hermosa casa, siembra mucho, presta a rédito mucho: nada de eso está en él mismo sino en su entorno.
Alaba en él lo que no se puede arrebatar ni conceder, lo que es propio del hombre. ¿Quieres saber qué es eso? El alma y una razón perfecta en el alma. Porque el hombre es un animal racional; su bien llega a la perfección, por tanto, si satisface aquello para lo que ha nacido. Ahora bien, ¿qué es lo que de él exige esa razón? Una cosa bien fácil, vivir según su propia naturaleza. Pero esa cosa la hace difícil la locura general: unos a otros nos empujamos hacia los vicio. ¿Y cómo se puede llevar atrás hacia la salvación a los que nadie frena y la gente empuja? Adiós.
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Módulo:Enlace obra/pruebas
828
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1646908
2026-06-04T17:16:24Z
Ignacio Rodríguez
3603
pruebas
1664072
Scribunto
text/plain
--[=[
Experimental, tomado desde
https://en.wikisource.org/w/index.php?title=Template:Work_link&oldid=11502860
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local p = {}
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-- bibliographic data from WD
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-- formatting of {{book links}}
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return true
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end
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suptable = suptable or {}
if workObject == nil then
local cat = "[" .. "[Categoría:Enlaces a obras sin elemento en Wikidata]]"
return "<span class='error'>No se pudo cargar el elemento de Wikidata.</span>" .. cat
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-- edition -> FRBR edition
-- Translate "pure" Work data into the arguments to a BookLink
local args = {
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QID = workObject.item.id,
item = workObject.item
}
-- evitar cargar parámetros que después no se mostrarán para bajar la carga de memoria
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if not valueIn(suptable, k) then
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end
end
local res = BookLink.renderLink(args)
:attr( 'data-wikidata-id', workObject.item.id )
return tostring(res)
elseif workObject.type == Work.TYPES.ARTICLE then
return 'article'
-- some kind of paper or article
else
-- we just assume this is some kind of generic work
-- edition -> FRBR work
-- Translate "pure" Work data into the arguments to a BookLink
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QID = workObject.item.id,
item = workObject.item
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-- evitar cargar parámetros que después no se mostrarán para bajar la carga de memoria
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if not valueIn(suptable, k) then
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local res = BookLink.renderLink(args)
:attr( 'data-wikidata-id', workObject.item.id )
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local args = getArgs(frame)
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local qidOrTitle = args[1]
local workObject = Work.newWork( qidOrTitle )
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return p
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 139 —}}</noinclude>Se dirá tal vez que así quedan sueltos y sin enlace los tres grupos. Mas ¿cómo han de quedar sueltos si el pueblo, autónomo en su vida interior, forma por su vida de relacion parte de la provincia; y la provincia, autónoma en su vida interior, forma, por la de relacion, parte del Estado? Lo que separan unos intereses lo unen otros sin violencia; y marchan por este sistema los tres grupos ordenada é independientemente. Como el individuo es hoy á la vez rey en su casa, ciudadano en su pueblo, el pueblo es á la vez, si así puedo expresarme, rey en su término, ciudadano en su provincia, y la provincia á la vez en su territorio reina, en la nacion ciudadana.
De todos modos, se replicará, hay aquí un límite que separa la autonomía y la heteronomía de cada uno de los tres grupos: ¿quién ha de fijarlo? Viene, repito, determinado por la misma naturaleza de los tres órdenes de intereses; pero convengo en que ha de fijarlo alguien. Quién haya de ser éste no es para mi dudoso. Como he dicho en el libro anterior, el pueblo ha sido y debido ser en todas partes la primera sociedad política. Por necesidades que no ha podido satisfacer por si se ha reunido con otros pueblos y ha creado con ellos un poder comun, órgano y regulador de los comunes intereses. ¿Quién habia de fijar naturalmente la extension y las condiciones de ese poder sino los pueblos asociados? La colectividad, fruto de este movimiento, constituyó de pronto una nacion, no una provincia; que se da á las naciones el nombre de provincias sólo cuando unidas á su vez llegan á formar, por decirlo así, una nacion de segundo grado, y si continúo llamándolas provincias, es para mejor entendernos.
Hubo pequeñas naciones, y éstas por motivos aná-<noinclude></noinclude>
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Página:Cuerpo del derecho civil romano a doble texto (IA cuerpodelderechocivilromanoP1T1).pdf/923
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{{EncabezadoBilingüe|d}}</noinclude>que el vendedor me los entregue, y el vendedor los entregará a Ticio los esclavos que no hubiere debido, creyendo que él se los debía.
:{{sec}} 10.— Si el curador hubiere hecho verdaderamente la venta de los bienes, pero no hubiere pagado el dinero a los acreedores, respondieron Trebacio, Ofilio y Labeón, que a los que estuvieron presentes les compete contra él la acción de mandato, pero que los que estuvieron ausentes tienen la acción de gestión de negocios. Pero si hizo esto habiendo ejecutado mandato de los presentes, no tienen los ausentes la acción de gestión de negocios, sino acaso contra los que mandaron al curador, como si hubieren sido gestores de los negocios de los ausentes; pero si hubieren mandado esto, creyendo que ellos solos eran acreedores, se ha de dar a los ausentes la acción por el hecho contra los que lo hubieren mandado.
§ 11. Pero así como es libre no aceptar un mandato, así también el mandato aceptado debe cumplirse, si no se ha renunciado. Y puede renunciarse de modo que se reserve íntegro el derecho del mandante para ejecutar cómodamente el mismo asunto por sí o por otro, o si recae perjuicio sobre el que aceptó el mandato. Y en verdad, si aquel a quien se mandó que comprara alguna cosa no la hubiera comprado, ni hubiere manifestado que no la compraría, y esto lo hubiera hecho por culpa suya y no de otro, conviene que quede obligado por la acción de mandato; y aún más quedará obligado, como escribió Mela, si por fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya no podía comprarla.
23. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
Si por causa de enfermedad, o de enemistades capitales,
24. Paulo, libro II de las Sentencias.
o por acciones inútiles respecto de la cosa,
25. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
o por otra justa causa alegare excusas, debe ser escuchado.
26. Paulo, libro XXXII al Edicto.
Entre las causas de no cumplir el mandato también está la muerte del mandante, pues el mandato se extingue por la muerte; pero si se ejecuta por ignorancia, se dice que procede acción por causa de utilidad. También escribió Juliano que el mandato se extingue por la muerte del mandante, pero que a veces la obligación permanece.
§ 1. Si alguien hubiere mandado a su deudor que pagase a Ticio, y habiendo muerto aquel, el deudor, ignorándolo, pagare, debe quedar liberado.
§ 2. Se entiende que el dinero está disponible para el fiador, aunque el deudor haya sido delegado al acreedor por él, aunque no sea solvente, porque hace buena la deuda el acreedor que admite al deudor delegado.
§ 3. Si aquel que quiere hacer donación al fiador tuviera como deudor suyo al acreedor de éste, y lo liberara, inmediatamente podrá ejercitar el fiador la acción de mandato, porque nada importa que haya pagado el dinero al acreedor o que lo haya liberado.
(5) immanes, Vulg.
(6) Vease la nota 2.
(7) obmittendi, Hal.<noinclude>{{PieBilingüe|d}}</noinclude>
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la venta de los bienes, pero no hubiere pagado el dinero a los acreedores, respondieron Trebacio, Ofilio y Labeón, que a los que estuvieron presentes les compete contra él la acción de mandato, pero que los que estuvieron ausentes tienen la acción de gestión de negocios. Pero si hizo esto habiendo ejecutado mandato de los presentes, no tienen los ausentes la acción de gestión de negocios, sino acaso contra los que mandaron al curador, como si hubieren sido gestores de los negocios de los ausentes; pero si hubieren mandado esto, creyendo que ellos solos eran acreedores, se ha de dar a los ausentes la acción por el hecho contra los que lo hubieren mandado.
§ 11. Pero así como es libre no aceptar un mandato, así también el mandato aceptado debe cumplirse, si no se ha renunciado. Y puede renunciarse de modo que se reserve íntegro el derecho del mandante para ejecutar cómodamente el mismo asunto por sí o por otro, o si recae perjuicio sobre el que aceptó el mandato. Y en verdad, si aquel a quien se mandó que comprara alguna cosa no la hubiera comprado, ni hubiere manifestado que no la compraría, y esto lo hubiera hecho por culpa suya y no de otro, conviene que quede obligado por la acción de mandato; y aún más quedará obligado, como escribió Mela, si por fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya no podía comprarla.
23. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
Si por causa de enfermedad, o de enemistades capitales,
24. Paulo, libro II de las Sentencias.
o por acciones inútiles respecto de la cosa,
25. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
o por otra justa causa alegare excusas, debe ser escuchado.
26. Paulo, libro XXXII al Edicto.
Entre las causas de no cumplir el mandato también está la muerte del mandante, pues el mandato se extingue por la muerte; pero si se ejecuta por ignorancia, se dice que procede acción por causa de utilidad. También escribió Juliano que el mandato se extingue por la muerte del mandante, pero que a veces la obligación permanece.
§ 1. Si alguien hubiere mandado a su deudor que pagase a Ticio, y habiendo muerto aquel, el deudor, ignorándolo, pagare, debe quedar liberado.
§ 2. Se entiende que el dinero está disponible para el fiador, aunque el deudor haya sido delegado al acreedor por él, aunque no sea solvente, porque hace buena la deuda el acreedor que admite al deudor delegado.
§ 3. Si aquel que quiere hacer donación al fiador tuviera como deudor suyo al acreedor de éste, y lo liberara, inmediatamente podrá ejercitar el fiador la acción de mandato, porque nada importa que haya pagado el dinero al acreedor o que lo haya liberado.
(5) immanes, Vulg.
(6) Vease la nota 2.
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§ 11. Pero así como es libre no aceptar un mandato, así también el mandato aceptado debe cumplirse, si no se ha renunciado. Y puede renunciarse de modo que se reserve íntegro el derecho del mandante para ejecutar cómodamente el mismo asunto por sí o por otro, o si recae perjuicio sobre el que aceptó el mandato. Y en verdad, si aquel a quien se mandó que comprara alguna cosa no la hubiera comprado, ni hubiere manifestado que no la compraría, y esto lo hubiera hecho por culpa suya y no de otro, conviene que quede obligado por la acción de mandato; y aún más quedará obligado, como escribió Mela, si por fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya no podía comprarla.
23. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
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Entre las causas de no cumplir el mandato también está la muerte del mandante, pues el mandato se extingue por la muerte; pero si se ejecuta por ignorancia, se dice que procede acción por causa de utilidad. También escribió Juliano que el mandato se extingue por la muerte del mandante, pero que a veces la obligación permanece.
§ 1. Si alguien hubiere mandado a su deudor que pagase a Ticio, y habiendo muerto aquel, el deudor, ignorándolo, pagare, debe quedar liberado.
§ 2. Se entiende que el dinero está disponible para el fiador, aunque el deudor haya sido delegado al acreedor por él, aunque no sea solvente, porque hace buena la deuda el acreedor que admite al deudor delegado.
§ 3. Si aquel que quiere hacer donación al fiador tuviera como deudor suyo al acreedor de éste, y lo liberara, inmediatamente podrá ejercitar el fiador la acción de mandato, porque nada importa que haya pagado el dinero al acreedor o que lo haya liberado.
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§ 11. Pero así como es libre no aceptar un mandato, así también el mandato aceptado debe cumplirse, si no se ha renunciado. Y puede renunciarse de modo que se reserve íntegro el derecho del mandante para ejecutar cómodamente el mismo asunto por sí o por otro, o si recae perjuicio sobre el que aceptó el mandato. Y en verdad, si aquel a quien se mandó que comprara alguna cosa no la hubiera comprado, ni hubiere manifestado que no la compraría, y esto lo hubiera hecho por culpa suya y no de otro, conviene que quede obligado por la acción de mandato; y aún más quedará obligado, como escribió Mela, si por fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya no podía comprarla.
23. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
Si por causa de enfermedad, o de enemistades capitales,
24. Paulo, libro II de las Sentencias.
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§ 11. Pero así como es libre no aceptar un mandato, así también el mandato aceptado debe cumplirse, si no se ha renunciado. Y puede renunciarse de modo que se reserve íntegro el derecho del mandante para ejecutar cómodamente el mismo asunto por sí o por otro, o si recae perjuicio sobre el que aceptó el mandato. Y en verdad, si aquel a quien se mandó que comprara alguna cosa no la hubiera comprado, ni hubiere manifestado que no la compraría, y esto lo hubiera hecho por culpa suya y no de otro, conviene que quede obligado por la acción de mandato; y aún más quedará obligado, como escribió Mela, si por fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya no podía comprarla.
23. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
Si por causa de enfermedad, o de enemistades capitales,
24. Paulo, libro II de las Sentencias.
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25. Hermogeniano, libro II de los Epítomes del derecho.
o por otra justa causa alegare excusas, debe ser escuchado.
26. Paulo, libro XXXII al Edicto.
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§ 1. Si alguien hubiere mandado a su deudor que pagase a Ticio, y habiendo muerto aquel, el deudor, ignorándolo, pagare, debe quedar liberado.
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que lo hubieren mandado.
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tar un mandato, así debe ejecutarse el aceptado, si
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de modo que se reserve íntegro al mandante su de-
recho para ejecutar cómodamente la misma cosa o
por sí o por otro, o si recae perjuicio
sobre el que aceptó el mandato. Y a la verdad,
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tado que no la compraría, y esto lo hiciera por
culpa suya y no de otro, conviene que el que-
de obligado por la acción de mandato; y tauto más quedará obligado, como escribió Mela, si por
fraude lo hubiera comunicado a tiempo en que ya
no podía comprarla convenientemente.
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24. Paulo, libro II de las Sentencias.
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o por otra justa causa alegare excusas, debe ser escuchado.
26. Paulo, libro XXXII al Edicto.
Entre las causas de no cumplir el mandato también está la muerte del mandante, pues el mandato se extingue por la muerte; pero si se ejecuta por ignorancia, se dice que procede acción por causa de utilidad. También escribió Juliano que el mandato se extingue por la muerte del mandante, pero que a veces la obligación permanece.
§ 1. Si alguien hubiere mandado a su deudor que pagase a Ticio, y habiendo muerto aquel, el deudor, ignorándolo, pagare, debe quedar liberado.
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(5) immanes, Vulg.
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Página:Historia de la esclavitud de la raza africana en el nuevo mundo y en especi - Volumen 1 - IA historiadelaescl01saco.djvu/42
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Elultimolicantropo
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XXXVI|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''fin desaparezca. Así ha sucedido en Cuba desde la época de la conquista hasta nuestros días; y a no haber sido por esta continua transición de una clase a otra, de seguro que hoy tendríamos menos blancos y mucha más gente mestiza. Este es el
gran escalón por donde la raza africana sube a confundirse con la blanca; escalón por donde pasó en España y Portugal y por donde actualmente está pasando en algunas repúblicas hispano-americanas. No habiendo sido contraria a este cambio social la opinión cubana en siglos menos ilustrados, no es de esperar que venga hoy a cerrarle las puertas, imitando la intolerante e impolíitca conducta de los Estados Unidos de Norteamérica."''
''En tal sentido, Saco se adelantó mucho sobre su época, con una visión análoga a la de otros estadistas americanos que ora paladinamente, como en el Brasil, ora a la callada, como en Norteamérica, prevén que la solución mixtigénica es la única que las realidades heteroétnicas impondrán en todo este hemisferio americano, inmenso crisol de mestizajes humanos.''
''En resumen, digamos que la política de blanqueamiento la basaba Saco en tres procedimientos fundamentales, todos ellos "templados y pacíficos" como él decía, a saber: 1° Supresión de la inmigración de negros africanos por el cese efectivo de la trata clandestina de esclavos; 2° Fomento de la población de raza caucásica y cultura occidental por la inmigración de "hombres de todo el mundo", no sólo españoles, "con tal que tengan''<noinclude></noinclude>
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1664031
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2026-06-04T16:26:57Z
Elultimolicantropo
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text/x-wiki
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''En tal sentido, Saco se adelantó mucho sobre su época, con una visión análoga a la de otros estadistas americanos que ora paladinamente, como en el Brasil, ora a la callada, como en Norteamérica, prevén que la solución mixtigénica es la única que las realidades heteroétnicas impondrán en todo este hemisferio americano, inmenso crisol de mestizajes humanos.''
''En resumen, digamos que la política de blanqueamiento la basaba Saco en tres procedimientos fundamentales, todos ellos "templados y pacíficos" como él decía, a saber: 1° Supresión de la inmigración de negros africanos por el cese efectivo de la trata clandestina de esclavos; 2° Fomento de la población de raza caucásica y cultura occidental por la inmigración de "hombres de todo el mundo", no sólo españoles, "con tal que tengan''<noinclude></noinclude>
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Página:Historia de la esclavitud de la raza africana en el nuevo mundo y en especi - Volumen 1 - IA historiadelaescl01saco.djvu/43
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XXXVII}}</noinclude>''la cara blanca y sepan trabajar honradamente"; y 3º Liberiad total de cruces raciales y progresivo amestizamiento de la población cubana, con la consiguiente elisión e insensible desvanecimiento del elemento melanodérmico.''
''Los que, amigos de explicar las grandes opiniones públicas por los hechos pequeños de las vidas privadas, pensaban con cierta malicia que la ideoiogía de Saco tocante al retraso en abolir la esclavitud era influenciada por los intereses de su constante sostenedor el Marqués de Montelo, hacendado liberal pero con esclavos, acaso podrían también calificar este criterio de Saco tocante al blanqueamiento epidérmico como de posición aristocrática, ya que ésta era en realidad la adoptada históricamente, desde los cruces del conquistador con la india, no sólo por los pobladores en general sino por los grandes terratenientes, plantadores y demás potentados de la riqueza donde fué improvisada la aristocracia criolla, quienes no tuvieron reparo en formar familia maridando con mujeres de color, cuando a ello eran impulsados por el afecto. Tan frecuente llegó a ser el mestizaje en nuestros linajes aristocráticos de todas las épocas que ello alarmó un tanto a la linajuda nobleza cortesana y ocasionó la primera medida restrictiva de la legislación colonial de Cuba contra los matrimonios heteroétnicos, pues, como apuntó Bachiller y Morales: " hasta 1801 no se dispuso que no casasen los curas a personas de dos razas sin licencia del Capitán General; esto fué con el''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XXXVIII|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''objeto de que los nobles no se casaran con personas de color, para evitar que sus sucesores eniraran en el cuerpo de cadetes como ya había sucedido."''
{{c|<nowiki>* * *</nowiki>}}
''Todavía creemos prudente añadir unos breves trazos para perfilar más la figura de Saco. Puesto que hemos dicho de él que fué siempre un político y hemos aludido sin reservas a la profunda corrupción del ambiente colonial en que estaba sumida Cuba, no parece ocioso realzar en Saco precisamente la condición ética de su política, por lo que en ésta fué y por lo que no fué. Saco fué un político situado siempre en el punto preciso en que la premiosa realidad pedía la inmediata reforma progresiva para impedir la destrucción total. Saco fué considerado como un liberal y lo fué, sin duda, aun cuando en el radio de un parsimonioso posibilismo; pero repetidas veces fué motejado de conservador, y también con razón. Fué, como años después podía haberse dicho, un centrista; pero no a modo de esos personajes que se dan en todos los países a quienes su vacuidad personal coloca siempre en el centro de los vértigos cívicos como reina la quietud del vacío en el centro de los ciclones, o a manera de esos otros políticos siempre con la horcajadura sobre la cerca de las posibilidades. Saco estuvo siempre en la oposición y en la oposición contra todos los extremismos y radicalismos de su tiempo: pero siempre''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XXXIX}}</noinclude>''vuelto hacia la izquierda, señalando el rumbo y el paso a dar. Siempre en marcha, pero nunca a trancos; siempre andante pero a ritmo, aun cuando fuese demasiado maestoso e incapaz de armonizar la cacofonía del absolutismo con el'' tempo vivace
''del siglo XIX. Ahora, releyendo a Saco y visto en la perspectiva de los tiempos, asombra cómo pudo ser tenido alguna vez por peligroso en la vida política de Cuba. Y su destierro durante medio siglo, más que su peligrosidad positiva, prueba el abatimiento cívico en que estuvo sumida la colonia por la profunda ceguera de la sórdida intolerancia española. Si José Antonio Saco no continuó en la historia de Cuba el papel que tuvo Francisco Arango y Parreño en los supremos consejos del gobierno, como estadista cubano propugnador práctico de los intereses insulares en transacción con los metropolitanos, fué también porque pertenecía a otra clase social que la de aquel consejero de Fernando VII, aristócrata y rico hacendado. Saco no era sino un profesional, modesto burgués, que por culto y decente y por su liberalismo de economías y de políticas, moderado pero sincero, resultaba esencialmente incompatible con aquel régimen reaccionario y depredador, de intolerancia, esclavitud, autoritatismo, contrabando, desafuero, privilegio y corrupción.''
''Saco fué un cerebro político, pero no a estilo de los que a fuer de políticos una y otra vez han hecho de la patria cubana medro oprobioso para sus ambiciones, o han puesto sus mentalidades''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XL|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''al adineramiento inconfensable, o al inflamiento de soberbias, como ceibas, pomposas pero huecas, sin corazón ni fortaleza.. A los diecisiete años de edad realizó Saco su primer acto político, y su epitafio, sesenta y cinco años después, es también acto de política, enlazados uno y otro por una cadena de ideas, de actos, de serenas altiveces, de callados sacrificios, de imperturbable sometimiento al deber y al decoro de la propia personalidad. Cadena flexible pero inquebrada. Saco fué siempre el mismo Saco. Sus ideas parecen a veces cambiar, pero no cambian en lo fundamental. Sólo cambian de posición, pero son las mismas, como los eslabones de la cadena son los mismos aunque al caer presenten cada vez diferente lado. Son los hechos los que mudan en su incesante rodar vital, y Saco, cuya mentalidad no es rígida, va adecuando sus invariados criterios a las realidades variantes. Aquéllos son los mismos, forman un solo y férreo eslabonamiento que se pliega a las anfractuosidades de la vida angulosa de España y sus colonias durante el siglo XIX, sin romper un eslabón, siempre unidos por una lógica perfectamente forjada, siempre uno en la perennidad de su enlace y de su temple, que resisten las más fuertes sacudidas.''
''El pensamiento político de Saco en ciertos aspectos aun hoy sigue dando luces que iluminan las realidades al espíritu a menudo acongojado del cubano, y agiganta y revela las sombras que tras esas realidades se extienden. Aún en Cuba repu-''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XLI}}</noinclude>''blicana, las ideas políticas de Saco no han dejado de ser en algo trascendentes para la nación.''
''A la muerte de Saco su ideario fué sustituído por el revolucionario de Martí. Ambos programas se enlazan en la historia. Ellos son prueba clara de que no ha faltado intelectualidad en Cuba, ni prudencia de estadistas, ni videncia de profetas, ni fervor de apóstoles, ni santidad de mártires. Una vez se preguntó Saco: ''¿Hay en Cuba patriotismo?'' y así tituló uno de sus folletos. En cuanto a él, léase su propia respuesta en estos brillantes párrafos del gran político: "Cuando mis padres bajaron al sepulcro, principios de honor, máximas de virtud, fueron los títulos de nobleza que me legaron; pero títulos que he procurado conservar limpios y sin mancilla, pues en la tormenta o en la calma, en el oriente o el ocaso, siempre, siempre he sido el mismo..." "Lejos de haber medrado a la sombra de Cuba, siempre le he sacrificado mis intereses. Por ella perdí la corta fortuna que de mis padres heredé; pero que me bastaba para vivir cómodamente. Por ella renuncié a mi brillante carrera de abogado, que me ofrecía riquezas, honores y poder. Por ella concité contra mí el odio de individuos, clases y corporaciones. Por ella me persiguieron y desterraron. Por ella he rehusado más de una vez útiles ofrecimientos que me hubieran proporcionado en España una ventajosa posición. Por ella, en fin, he consumido en una larga y dura expatriación los''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XLII|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''mejores años de mi vida. Y todo esto, llámese como se quiera, porque no me toca darle nombre, helo hecho con tanta lealtad y desinterés, que hoy no tengo más patrimonio que una horrorosa pobreza, ni más esperanza que un sepulcro que me aguarda; y al decir ésto, nunca permita Dios que mi ejemplo y martirio retraigan jamás a cubano alguno de prestar a su patria los servicios que todo buen hijo le debe."''
''Saco al morir dejó en la indigencia a su esposa y a su hija. En su testamento el patricio puro recomienda esta última a la piedad de las personas que de él se acordasen. En el aniversario de su muerte, Ricardo del Monte desde El Triunfo excitaba el deber de los cubanos a esa obra de caridad. De lo que fué el ocaso de Saco, en la pobreza y en brega con la muerte en acecho, dan idea las emocionantes cartas de su hija María que se conservan en la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País de la Habana.''
{{c|<nowiki>* * *</nowiki>}}
''La obra principal de Saco, por la ingente labor de su composición, fué su ''Historia de la Esclavitud desde los tiempos más remotos hasta nuestros días'', inspirada por la importancia y trascendencia de ese régimen de explotación humana en la formación y evolución histórica de Cuba.''
''Sin duda, Saco pensó primeramente en escribir la historia del tráfico negrero entre Africa y Cuba.''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XLIII}}</noinclude>''Cuando a fines de 1835 decidióse a lanzar uno de sus folletos sobre la trata negrera, Saco escribió a su amigo eximio'' Don Pepe, ''como sigue: "Recordará usted que desde Madrid le dije que pensaba escribir sobre los negros. Al fin lo voy a hacer, pero no conforme al primer plan que había concebido. Mi objeto era abrazar en un solo papel los puntos siguientes: 1º breve historia del comercio africano en la Isla de Cuba. 2º Necesidad de declararlo piratería. 3º Manifestar que la abolición del tráfico no causara la ruina de los hacendados ni menos la de la Isla." Como se advierte fácilmente, aquí aparece ya la idea, aunque parcial, de su ''Historia de la Esclavitud de la raza negra,'' que ahora reproducimos en el presente volumen.''
''Pero el propósito inicial de Saco fué agrandándose hasta abarcar el estudio del desarrollo histórico de la esclavitud en general. Dice Vidal Morales en unas inéditas apuntaciones: "No tengo datos para afirmar cuando principió Saco su'' Historia de la Esclavitud, ''pero de los papeles que he consultado, cuales son sus cartas a don José Luis Alfonso, Marqués de Montelo, a quien cariñosamentec llamaba'' Pepé, ''y por las de Domingo Delmonte al mismo Saco, puede decirse que hasta después del año 1837 no concibió el ilustre bayamás aquel grandioso proyecto. En una carta al Marqués, fechada en Sevilla (agosto de 1837), le decía que si tuviera rentas para asegurarse su''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XLIV|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''subsistencia en Europa, mientras aguardaba la suerte de Cuba, sentaría sus reales en París, donde escribiría la'' Historia de América. ''En otra carta al mismo Montelo, escrita en Montpellier a 15 de enero de 1841, le dice que se estaba ocupando de su'' Historia de la Esclavitud. ''De ella le vuelve a hablar cuando se encuentra en Pisa, el 18 de marzo de 1843, diciéndole: "Mi obra va cada día alargándose. Pensé ponerle un prólogo, sin que por esto creas que está acabada, trazando rápidamente la historia del comercio de esclavos en los tiempos antiguos y en la Edad Media; empecé a recoger datos y prontamente conocí que el asunto es más importante de lo que me había figurado. Tengo el proyecto de tratarlo con extensión y de aquí resultará que la obra constará de dos partes, una relativa al descubrimiento del Nuevo Mundo, otra desde la época hasta el día. Ya tu ves que el campo es vasto, y que la primera parte erige grandes investigaciones históricas, por consiguiente, no sé cuando la concluiré".''
''"El auxiliar más constante que tuvo hasta 1853 para el acopio de materiales fué don Domingo Delmonte, quien no solamente le enviaba cuantos libros trataban de la esclavitud, sino que puso a su disposición su riquísima colección de manuscritos inéditos sobre América. Después de la muerte de Delmonte no sé quiénes le auxiliarían en esa tarea, pero puede afirmarse que merced a la protección de Montelo y de Valdés Fauli, a quienes secundaron otros compatriotas como V. Jose Ra-''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XLV}}</noinclude>''món Betanconrt, Almagro y otros, sin olvidar a Miguel Aldama, Pepe Mestre y José Antonio Echevarría, que también le auxilió en el acopio de materiales, pudo publicarse la obra. Domingo Delmonte era el que con más constancia le excitaba para que continuara esa obra, cuya publicación varias veces le prometió costear él solo."''
''No era solamente la penuria de dinero la que obstaculizaba los propósitos de Saco. Todo escrito que tratara de la esclavitud era entonces considerado al menos como peligroso y casi siempre como atentatorio al sagrado derecho de la propiedad, como contrario a los supremos intereses patrióticos de Cuba y de España, como subversivo del orden social vigente y merecedor de sanción punitiva.''
''Por esto Saco desfallecía algunas veces y pasó largas temporadas sin trabajar en su'' Historia de la Esclavitud. ''Creía que su publicación soliviantaría a sus enemigos, como se ve por una carta suya a Alfonso, fechada el año 1812 en Génova:''
''"Mi obra duerme y dormirá. He pensado acerca de su publicación y por todas partes veo inconvenientes. Darla a luz en español es imposible. Imprimirla en inglés es fácil; más no por eso me libraría de disgustos y compromisos. Hay casos en que ni la mayor sinceridad, ni la más evidente justicia, ni la más franca imparcialidad, dan al hombre garantías. La materia abre campo a la calumnia; yo tengo enemigos y no quiero darles armas ni pretexto para que cierren las puertas de''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XLVI|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''Cuba. Si por ellas llego a entrar, entonces me pondré con despacio a coordinar mis apuntamientos, a corregir los ya coordinados, y a fiar al tiempo la época de su publicación."''
''La redacción de la grande obra prosiguió con muchas intermitencias. Ya en 1846 Saco se lamentaba en otra carta de haber dejado de la mano algunos años hacía su historia de la esclavitud, y añadía: "Creo que moriré sin concluirla, porque alejándose más y más cada día la esperanza de publicarla, confieso que me faltan fuerzas para trabajar en ella". No se equivocó el autor, pues falleció treinta años después, pero sin acabar su estudio, a pesar de haber continuado trabajando en él.''
''Cuando la guerra separatista de los diez años, Saco estaba en París y en contacto constante con sus antiguos amigos reformistas, ahora entusiasta laborantes del secesionismo republicano. Por esa época, Saco se reunía tres veces por lo menos cada semana con los demás cubanos insignes que residían en París. Como escribió uno de ellos. José Ramón Betanconrt: "El grupo de antillanos que en realidad representaba el verdadero espíritu de nuestro país en el extranjero, hizo la vida de Cuba en París y sólo por Cuba y para Cuba pensaba y sentía... Aquellos que supieron sacrificar comodidades, sosiego y fortuna, al bien, a la honra y al porvenir de la patria y que a esas reuniones asistían José Antonio Saco, Pozos Dulces, José Silverio Jarrin, Alvaro Reinoso, Pedro José''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XLVII}}</noinclude>''Guiteras, Aldama, etc.—tenían siempre como objetivo el bien de Cuba por el amor a Cuba. En esas reuniones se rectificaban los errores en que incurría "la prensa, que no es amiga" por la que lo era; allí se redactaban folletos que expresaban lo cierto y lo justo sobre Cuba, los cubanos y la justicia de la causa en que estaban empeñados. Se leían trabajos escritos por algunos de los mejores, se iniciaban y se llevaban a cabo suscripciones para socorrer a los necesitados, y para publicar obras de mérito escritas por cubanos y sobre cosas de Cuba y de América. Entre todas tenía que surgir la primera, la obra en que Saco estaba empeñado hacía tantos años. Se reúnen, pues, Valdés Fauli, Almagro, Silvio Alfonso y Aldama, y llevando como perito a Rafael Merchán, que allí también se encontraban, deciden imprimir los tres primeros tomos de la'' Historia de la Esclavitud."
''Saco era intimo amigo de Echevarría y en 1875, estando éste al servicio diplomático en la revolución separatista, aquél le envió ejemplares del tomo primero que acababa de publicarse, en París, de su obra Historia de la Esclavitud, para que los repartiese o vendiera en Nueva York; y Echevarría le contestó en términos de gran amistad y estímulo.''
''El entusiasmo de Saco por su trabajo intelectual admira más sabiendo que no exageraba sus males. En sus años postreros, a menudo escribía entonces en cama y se fatigaba en la ultimación del''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XLVIII|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''cuarto tomo de su gran'' Historia de la Esclavitud ''o sea el referente a la servidumbre de los negros africanos. Las últimas labores del incansable publicista fueron, amén de unas breves cartas políticas acerca de la autonomía, las encaminadas a terminar su Historia de la Esclavitud, lo cual no pudo lograr, siendo obra póstuma de sus albaceas y amigos la de dar a luz los escritos y materiales que aquél acopió para terminarla.''
''Como escribió Rafael Montoro, al aparecer en 1883 un volúmen póstumo: "Sabido es que la "Historia de la Esclavitud", de Saco, debía dilatarse desde los tiempos más remotos de la historia hasta nuestros días. Vasto es el plan y digno de la mente poderosa del escritor. Pero sus achaques primero y luego la muerte impidiéronle cumplir el magnífico propósito; y su monumental historia ha quedado harto incompleta y así quedará, si un alto ingenio de este país, que vive en suelo extranjero, no accede, como creyó un tiempo el público, a encargarse de continuar la obra y traerla luego hasta el punto en que la hubiera dejo Saco."''<ref>Artículo Un libro de Saco. En La Discusión, La Habana, 7 de abril de 1883.</ref>
''Montoro añadía: "Tal como está la'' Historia de la Esclavitud, ''contiene en sus tres primeros tomos, como dice muy bien el señor don Vidal Morales, una obra completa sobre la esclavitud en el antiguo continente. Encierra el cuarto un inestimable fragmento sobre la Historia de la esclavitud de la''<noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|XLVIII|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''cuarto tomo de su gran'' Historia de la Esclavitud ''o sea el referente a la servidumbre de los negros africanos. Las últimas labores del incansable publicista fueron, amén de unas breves cartas políticas acerca de la autonomía, las encaminadas a terminar su Historia de la Esclavitud, lo cual no pudo lograr, siendo obra póstuma de sus albaceas y amigos la de dar a luz los escritos y materiales que aquél acopió para terminarla.''
''Como escribió Rafael Montoro, al aparecer en 1883 un volúmen póstumo: "Sabido es que la "Historia de la Esclavitud", de Saco, debía dilatarse desde los tiempos más remotos de la historia hasta nuestros días. Vasto es el plan y digno de la mente poderosa del escritor. Pero sus achaques primero y luego la muerte impidiéronle cumplir el magnífico propósito; y su monumental historia ha quedado harto incompleta y así quedará, si un alto ingenio de este país, que vive en suelo extranjero, no accede, como creyó un tiempo el público, a encargarse de continuar la obra y traerla luego hasta el punto en que la hubiera dejo Saco."''<ref>Artículo Un libro de Saco. En La Discusión, La Habana, 7 de abril de 1883.</ref>
''Montoro añadía: "Tal como está la'' Historia de la Esclavitud, ''contiene en sus tres primeros tomos, como dice muy bien el señor don Vidal Morales, una obra completa sobre la esclavitud en el antiguo continente. Encierra el cuarto un inestimable fragmento sobre la'' Historia de la esclavitud de la<noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|XLIX}}</noinclude>raza africana en el Nuevo Mundo y especialmente en los países hispanoamericanos; ''pero sólo comprende el tiempo trascurrido desde el descubrimiento hasta fines del siglo XVIII. El quinto tomo, también incompleto por no haberlo podido terminar Saco, es ''Historia de la Esclavitud de los Indios,'' publicada primero en primero en la ''"Revista de Cuba",'' con notas de Vidal Morales y de la cual se ha hecho una tirada especial de setenta y cinco ejemplares.''
''La publicación de dicha gran obra fué como sigue: El 1º y 2° tomos vieron la luz en París (Kugelmann) el año 1875; el 3° y 4° tomos en Barcelona (Jaime Jepús) los años 1877 y 1879; el 5° y el 6° tomos en la Habana, 1883 y 1892. publicados aquí en la ''Revista Cubana'' primero y luego en separata de número reducido. Los dos tomos últimos fueron editados por cuidado de Vidal Morales y Morales, quien recogió y ordenó los materiales dejados por Saco.''
{{c|<nowiki>* * *</nowiki>}}
''Como queda dicho, José Antonio Saco comprendió en su obra total acerca de la esclavitud tres partes o estudios separados.''
''Los presentes volúmenes referentes a la esclavitud negro formaron los tomos IV y V de la gran obra de Saco. El tomo IV (Barcelona, 1879) comprendía seis libros, desde la antigüedad hasta la cesación del monopolio del comercio de negros en''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|L|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''tiempos de Carlos IV de España. El tomo V sólo comprendió los libros VII y VIII que llegan al año 1837, cuando España privó a Cuba de su representación de diputados en las Cortes.''
''Como podrá advertirse, Saco abandona en su obra, a partir de fines del siglo XVIII, el tema de la esclavitud negra en lo concerniente a todo el resto de la América y sólo se refiere a Cuba. Su amplio programa, expuesto en el prólogo de su historia general en 1875 y reproducido unas páginas más adelante por nosotros, quedó incumplido. Acerca de la esclavitud negra fuera de Cuba, Saco dejó numerosas páginas manuscritas de apretados datos, según hemos podido ver, pero no quedaron completas y Vidal y Morales estimó preferible no incluirlas tal como se hallaron, en los ''Apéndices'' con que el compilador adicionó los capítulos de Saco.''
''Dicho tomo V fué adicionado por Vidal Morales con numerosos apéndices consistentes en documentos oficiales, informes y datos económicos, políticos, eclesiásticos y de carácter social debidos a personalidades tan relevantes en la historia de Cuba durante el siglo XIX como el Consejero de Indias don Francisco de Arango y Parreño, el sabio Presbítero D. Félix Varela, el literato Domingo del Monte, el censor D. Manuel Martínez Serrano, el naturalista don Felipe Poey, el maestro don José de la Luz y Caballero, los hacendados D. Domingo de Aldama y D. Bernardo María Navarro y el filósofo Enrique José Varona. Los''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|LI}}</noinclude>''escritos recolectados por Vidal Morales e insertos como apéndices a la obra de Suco, son pues, de gran importancia para conocer las vicisitudes históricas de la esclavitud en Cuba y en cierto modo vinieron a suplir lo incompleto de la obra de Saco, que termina en 1837. Por esto estimamos indispensable insertarlos también en esta su nueva edición. Además, tales documentos contienen numerosos datos y juicios muy significativos para la historia de la sociedad cubana, particularmente en su aspecto económico.''
''La historia que ahora reproducimos constituye por sí una obra que puede considerarse independiente. Al publicar Saco su ''Historia de la Esclavitud desde los tiempos más remotos hasta nuestros días'', hizo en la pág. 403 de su tomo III esta advertencia que sigue:''
''"Al concluir la Introducción que estampé al principio del primer tomo de esta Historia dije:''
''"Compónese esta obra, según el plan que he trazado, de tres partes principales, constitutivas de un gran todo; pero este todo lo he arreglado de manera que bien puede romperse su trabazón, formando tres historias separadas y completas en su género cada una, ó volverlas a juntar en un solo cuerpo, dándoles su primer enlace."''
''Esta advertencia fué repetida por Saco al publicar el año 1879, en Barcelona (Imprenta de Jaime Jepús, Pasaje Fortuny, Antigua Universidad), el primer tomo de la obra que ahora reproducimos. Y Saco añadió en dicha ocasión: "Por''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|LII|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''motivos que no interesan al lector, sino tan solo a mí, he preferido publicar en adelante, como historia separada y completa, ''la Historia de la Esclavitud de la raza negra en el Nuevo Mundo,'' cuyo primer tomo puede considerarse sin ningún
inconveniente como el cuarto de los tres anteriores".''
''De modo que la presente obra, que ahora reestampamos, puede ser considerada como una "historia separada y completa", a la vez que como una continuación del tratado general que publicara el mismo autor sobre la historia de la esclavitud en el Viejo Mundo.''
''También son de la ''Introducción'' que Saco escribió para el tomo primero de su gran obra estos párrafos, que fueron a manera de prólogo de su sección referente a la esclavitud de los negros africanos en América. "Poco menos de cuatro centurias abarca la historia de la trata, y al contemplar período tan interesante, se verá que España, gloriosa descubridora de un Nuevo Mundo, fué también la primera nación que a él llevó esclavos negros, no sacados de Africa, según la vulgar creencia, sino de los muchos que ella misma tenía en su propio territorio desde tiempos muy lejanos. Explicaré cuándo y por qué comenzó el comercio directo de negros entre Africa y América; cómo antes del promedio del siglo décimo sexto la esclavitud de la raza africana estaba ya difundida en las posesiones américo-hispanas desde las Antillas las aguas del golfo mejicano hasta las costas de''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|LIII}}</noinclude>''Chile y las regiones del Río de la Plata; cómo aquel tráfico pasó casi todo a manos extranjeras, siendo los españoles quienes en él menos parte tuvicron, por más de doscientos años, y como dió ocasión a conflictos y guerras entre Inglaterra y España."''
''"Referiré las fugas, conspiraciones, alzamientos, incendios, asesinatos cometidos por esclavos, y su intervención, ya espontánea ya por llamamiento de los blancos, en las guerras civiles que destrozaron el Perú y otros países de la América española. Recordaré los hombres piadosos que en ésta y en España elevaron su voz desde el siglo décimo sexto, no sólo contra el comercio de negros, sino aún contra la misma esclavitud."''
''"Seguiré paso a paso sobre la abolición de aquél y de ésta todos los acontecimientos ocurridos hasta nuestros días, así en aquella metrópoli, como en sus hijas ya erigidas en repúblicas independientes. Apreciaré la influencia que ejerció la esclavitud en la agricultura, en las artes, población y costumbres de los pueblos américohispanos. Y también demostraré, con los códigos en la mano, que la legislación española fué más humana con los esclavos, y les dió más protección y facilidad para libertarse que la de ninguna otra metrópoli europea, y que aún la de todos los Estados de la Confederación Norteamericana."''
''"Tal es el cuadro que ofreceré de la esclavitud de los negros en los países que hablan la hermosa lengua de Castilla. Pero esclavos de aquella raza''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|LIV|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''también tuvieron en sus colonias americanas el Portugal, Inglaterra, Francia y otras naciones europeas; y como a mi propósito cumple dejar correr la pluma, escribiré igualmente la historia de la esclavitud africana en cada una de los posesiones ultramarinas que a ellas pertenecen, deteniéndome especialmente en las de Francia e Inglaterra, ya por la importancia de estas dos grandes naciones, y la extensión que el tráfico tomó bajo sus banderas, ya por los interesantes debates que para suprimirlo, ocuparon durante veinte años la atención del Parlamento; ora por las sangrientas insurrecciones de los negros en Jamaica, y la espantosa catástrofe de Santo Domingo, ora por la completa emancipación que alcanzaron los esclavos en las colonias de ambas potencias".''
''"Ni perderé de vista la República de Norteamérica, rama desgajada del frondoso tronco británico. Proclamada su independencia desde 1776, la historia de sus negros ya no pudo seguir confundida con la de su antigua metrópoli. Un siglo
abraza el período que correrá después de su separación, y en él se verá a uno de los pueblos más libres de la tierra, oprimiendo con dura mano a más de cuatro millones de hombres, todos a casi todos cristianos como él, y luchando por llevar la
esclavitud a regiones no contaminadas con ella; veráse a hijos de aquel suelo manchándose con el contrabando más infame, para vender míseros africanos en propios y extraños mercados; veránse fomentadas la inmoralidad y la corrupción en el''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp||Prólogo|LV}}</noinclude>''fango de los criaderos por el vil interés de aumentar los esclavos; pero veránse también nobles ejemplos de abnegación y hombres consagrados a la defensa de la humanidad; veránse desde los primeros años de la Independencia legislaturas de algunos Estados, aliviando unas el peso de las cadenas del esclavo y rompiéndolas otras enteramente; veráse prohibido y aún declarado piratería en toda la Unión el comercio de carne humana que con Africa se hacía; y veráse terminar la esclavitud en medio de la sangre y los horrores de de una guerra civil, la más formidable quizá que han presenciado los siglos."''
{{c|<nowiki>* * *</nowiki>}}
''Saco adelantó la publicación de la parte general o precolombina de su obra total; después acometió la de su parte dedicada a la raza negra, y no llegó a concluir ni publicar la referente a los indoamericanos. Nosotros en esta Colección de Libros Cubanos hemos seguido un pian inverso. Primero dimos la'' Historia de la Esclavitud de los Indios en el Nuevo Mundo, ''como los volúmenes XXVIII y XXIX. Ahora damos la'' Historia de la Esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mundo. ''Y no hemos impreso todavía la parte general. Ello se ha debido, ante todo, a motivos editoriales. La parte general es la más conocida, la menos atinente al interés especial de Cuba y la más ultrapasada por la bibliografía histórica y socioló-''<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|LVI|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''gica de estos últimos cincuenta años que tanto y tan nuevo han producido con relación al origen y desarrollo de las instituciones económicas y sociales del mundo.''
''Hoy ciertamente sería poco aconsejable acometer el estudio interpretativo de la institución social de la esclavitud, sin una preparación amplia en las doctrinas sociológicas contemporáneas y sin la meditada lectura de las numerosas obras modernas sobre aspectos generales de la historia de la esclavitud, debidas a nombres tan reputados como los de'' Ingram, Nieboer, Gibson, Hobhouse, Westermark, Max Weber, Mendelsohn, Glotz, Tenney, Paul Louis, Wareing, Barrow, Buckland, Rostovtzeff ''y otros, aparte de una infinidad de artículos
especialísimos y monografias regionales.''
''Es muy probable que Saco prefiriera anteponer su trabajo sobre la esclavitud negra por razones editoriales, por el mayor interés que entonces inspiraban los problemas del esclavo africano cuando ya se anunciaba la próxima abolición en Cuba de
ese ominoso régimen de subyugación de los trabajadores negros, abolido en 1880 y 1886 y por el desagrado seguro, tanto como el menor interés con que también habría de ser recibido su estudio
de la esclavitud de los indios en aquel ambiente colonial y metropolitano, dado a la exaltación y apologética de la conquista y del absolutismo, desde Cristóbal Colón a los más ineptos, crueles y corrompidos capitanes generales de la Perla de las Antillas en el siglo XIX.''
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" />{{cp|LVI|Fernando Ortiz|}}</noinclude>''gica de estos últimos cincuenta años que tanto y tan nuevo han producido con relación al origen y desarrollo de las instituciones económicas y sociales del mundo.''
''Hoy ciertamente sería poco aconsejable acometer el estudio interpretativo de la institución social de la esclavitud, sin una preparación amplia en las doctrinas sociológicas contemporáneas y sin la meditada lectura de las numerosas obras modernas sobre aspectos generales de la historia de la esclavitud, debidas a nombres tan reputados como los de'' Ingram, Nieboer, Gibson, Hobhouse, Westermark, Max Weber, Mendelsohn, Glotz, Tenney, Paul Louis, Wareing, Barrow, Buckland, Rostovtzeff ''y otros, aparte de una infinidad de artículos especialísimos y monografias regionales.''
''Es muy probable que Saco prefiriera anteponer su trabajo sobre la esclavitud negra por razones editoriales, por el mayor interés que entonces inspiraban los problemas del esclavo africano cuando ya se anunciaba la próxima abolición en Cuba de ese ominoso régimen de subyugación de los trabajadores negros, abolido en 1880 y 1886 y por el desagrado seguro, tanto como el menor interés con que también habría de ser recibido su estudio de la esclavitud de los indios en aquel ambiente colonial y metropolitano, dado a la exaltación y apologética de la conquista y del absolutismo, desde Cristóbal Colón a los más ineptos, crueles y corrompidos capitanes generales de la Perla de las Antillas en el siglo XIX.''
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 143 —}}</noinclude>prestar homenaje á los reyes. Los declararon éstos en sus cartas, no los otorgaron.» Fuertes con esta idea, los defienden hoy contra el gobierno, y si mañana se los quitasen, se creerian autorizados para reivindicarlos por las armas. Y nótese el poder de las provincias mientras conservan su autonomía. En tres puñados de tierra están las Vascongadas, y hoy recien vencidas ocupadas por un ejército, inspiran todavía á la nacion, si no temor, respeto.
Acabemos ya y fijemos el sentido de las palabras y el alcance de las ideas. Federacion viene del nombre latino ''fœdus'', que significa pacto, alianza. Para que la haya es indispensable que los que la celebren tengan capacidad para obligarse y sean por lo tanto libres, es decir, ''sui iuris''. La federacion supone por lo tanto necesariamente igual y perfecta autonomía en los pueblos para constituir las provincias; igual y perfecta autonomía en las provincias para constituir las naciones; igual y perfecta autonomía en las naciones para constituir imperios o repúblicas, latinas, europeas, continentales. Sin esto no hay federacion posible: fuera de esto no hay más que el principio unitario. Los pueblos han de constituir la provincia y las provincias la nacion: este es el sistema.
Pero ¿sabeis á dónde esto nos lleva? se exclama aterrorizado. Esto es la disgregacion y la disolucion de la patria. Horror inmotivado y en muchos fingido. La nacion está vigorosamente afirmada en el pensamiento y en el corazon de todos los españoles. Ocasiones, como hemos visto, se han presentado en este mismo siglo para que la nacion se descompusiera y se hiciera pedazos. Las provincias, y esto es más, han llegado á declararse independientes. Les ha faltado luego tiempo para reorganizar un poder central que<noinclude></noinclude>
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Categoría:Sonetos de Francisco de Rioja
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I. Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana
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II. Este que ves, oh huésped, vasto pino,
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Ignacio Rodríguez
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III: Almo, divino sol, que en refulgente
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V. Date en que ejercitar el sufrimiento
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VI. Manlio, si alguna vez la igualdad mía
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VIII. A las ruinas de la Atlántida
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IV. Este ambicioso mar, que en leño alado
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#REDIRECCIÓN [[Este ambicioso mar, que en leño alado]]
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Alma Chilena
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#REDIRECCIÓN [[Alma chilena]]
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Cartas a Lucilio - Carta 41
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El Único y su Propiedad :1
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/1]]
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El Único y su Propiedad :2a
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/2a]]
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El Único y su Propiedad :2
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/2]]
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/3a]]
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El Único y su Propiedad :3
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/3]]
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/5]]
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/6]]
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/8]]
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#REDIRECCIÓN [[El Único y su Propiedad/9]]
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El Único y su Propiedad :12
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El Único y su Propiedad :14
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 147 —}}</noinclude>lacion, tal como aquí existia, era realmente detestable. Hija de preocupaciones aristocráticas, no servia sino para dar brillo á un corto número de familias y arraigar hábitos de holganza. Pero la hay en otros pueblos, mucho más cultos que el nuestro, para que no se descompongan, por la sucesion forzosa é igualitaria, los establecimientos ya industriales, ya mercantiles, ya agrícolas, creados por el ingenio, la actividad y la economía del hombre. ¿No podrá la nacion un dia, lo mismo que cualquier provincia, hacer algo por que esta clase de vinculacion se establezca entre nosotros? Por ella abogaba Fermin Caballero al encarecer la necesidad de formar y mantener los cotos redondos; por ella se han decidido espontáneamente todos los pueblos que han gozado de plena libertad testamentaria. La hay en Inglaterra, la hay, como se ha visto, en casi todas nuestras provincias aforadas, y la hay, á pesar del Código de Napoleon, en la misma Francia, en muchos pueblos sentados á la otra vertiente de los Pirineos. Donde no la permite la ley, la establece la costumbre; y, aunque bajo diversas formas, la encontramos aún hoy en casi todas las naciones de Europa: de Suecia y Noruega á Italia, de España á Rusia.
Autónomas las provincias, es innegable que podrian corregir las leyes desamortizadoras y aun permitir esa clase de vínculos —¿cómo no, si algunas los tienen desde remotos siglos?—; pero no lo es menos que puede hacer otro tanto la Nacion, aleccionada por los desastrosos efectos que produce tanto la absoluta desamortizacion, como el estrecho principio de la sucesion forzosa. Lo que no se puede ni se debe temer de provincia alguna es que restablezca los antiguos mayorazgos, ni aquella general amortizacion que había puesto en manos de la Iglesia la tercera parte de la<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 148 —}}</noinclude>tierra. En las Vascongadas, por ejemplo, en esas provincias que tanto preocupan á mis contendientes, distaron de hacer la amortizacion ni la vinculacion castellana los estragos que en otras, más afectas al liberalismo; ni de encontrar resistencia, una vez declaradas allí en vigor, ni las leyes desvinculadoras del año 20 ni la desamortizadora del 55. Allí estaba yo precisamente cuando se les acababa de hacer extensiva esta última ley, que se aseguraba no consentirian: en cuanto comprendieron los proprietarios rurales la ventaja con que por ella podian redimir los censos, en tropel bajaban á los juzgados á redimir los de la Iglesia con asombro del clero, impotente para contenerlos.
Imposible parece que sigan aún llamándose federales los que tan exagerados recelos abrigan respecto de las provincias. Si yo los tuviera, abjuraria desde luego las ideas que con tanto calor defiendo. No considero impecables las provincias ni los pueblos, creo que autónomos tendrán sus extralimitaciones y sus extravios; pero veo en la Nacion los mismos ó mayores peligros, y en vez de decidirme por dar á la una la autonomía y á los otros quitársela, reconozco en los tres grupos la que tienen por la razon y la historia, seguro de que la de cada uno ha de servir á las tendencias invasoras de los demás de antemural y contrapeso. ¡La Nacion! ¡El Estado! No parece sino que no sabemos por una dolorosa experiencia, hasta qué punto es avasallador, absorbente, propenso al absolutismo en cuanto no se toma contra él toda clase de garantías. Aún tomándolas, ¡con qué frecuencia no las burla! Más de sesenta años llevamos de buscar y ensayar garantías constitucionales. Las Constituciones son para él juguetes que con la mayor facilidad desbarata y<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 149 —}}</noinclude>rompe. Principalmente en vista de las continuas usurpaciones del Estado he abrazado el federalismo.
{{c|..................................................................................................................................}}
Desembarazados ya de estas cuestiones, edifiquemos: veamos cómo partiendo de la idea federal podria y deberia organizarse la nacion española.
Figurémonos que estamos en los primeros dias de una de tantas revoluciones como han agitado nuestra patria. Por de pronto quedan rotos los vínculos que unian los diversos miembros de la República. Cada provincia, como hemos visto, se declara independiente, y nombra, en medio del tumulto, una junta suprema. Juntas se suelen formar tambien en cada pueblo, pero subordinadas á las de provincia. Las de provincia mandan y legislan: otorgan libertades, derogan leyes, suprimen o ponen tributos, arman á los ciudadanos, edifican, destruyen.
Todo es conmocion y júbilo en las provincias. En tanto los caudillos de la insurreccion vienen precipitadamente á Madrid á recoger el fruto de sus hazañas. Si la monarquía está en pié, reciben el poder de manos de un rey humillado y trémulo, á quien por de pronto se imponen; si caida, de las de una junta que aquí se ha formado sin más ni ménos autoridad que las demás y se erige, con todo, en árbitra de los destinos de España. Surge de repente un gobierno central, y empieza por pedir á las juntas de provincia que se disuelvan. Primero ruega, despues amenaza, y las provincias, en parte sorprendidas, en parte engañadas, doblan la cabeza. La doblan ante un poder que ni directa ni indirectamente han elegido.
No cabe ya esperar que cambie de rumbo la política. El Estado continúa invadiéndolo y avasallándolo<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 150 —}}</noinclude>todo, y hace desde luego comprender á provincias y pueblos, que áun para moverse dentro del círculo de los intereses locales, necesitan, como antes, su beneplácito. Se afana por contener en todas partes la actividad que la revolucion ha despertado: la teme y se desvive por conducir á su antojo los acontecimientos, dominar en los comicios, y ser la sola voz y el solo pensamiento de la República. Al efecto lo vicia y lo corrompe todo. Se deja llevar raras veces por la justicia, muchas por la razon de Estado, origen de tantos crímenes; y pasa al fin la revolucion, si habiendo escrito derechos que luego la reaccion borra de un soplo, dejando agravadas en el país la confusion y la ruina.
Intentan casi siempre las provincias conjurar esa anómala constitucion del gobierno revolucionario por la de una junta central como la de 1808. Su insistencia en este propósito la hemos visto en otro capítulo de este mismo libro. Recuérdese que el año 20 y el 40 llegaron á reunirse en la capital gran parte de sus delegados. ¿Por qué no cuajó nunca el pensamiento? Por no haberse puesto préviamente de acuerdo las provincias, por la consiguiente lentitud con que procedieron, por no haber buscado en el movimiento mismo fuerzas con que hacer respetar su comun deseo, por la resistencia ya moral, ya material, que les opusieron de un lado los héroes de la insurreccion, impacientes por apoderarse del mando, de otro los hombres políticos de Madrid, que veian en la junta central su anulacion y su muerte. Habrian logrado de seguro su intento si se hubieran concertado antes de la revolucion sobre la conveniencia de establecer esa junta, manera de nombrarlą, plazo en que habia de reunirse, atribuciones que habian de concedérsele, fin que<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 151 —}}</noinclude>debía llenar y ocasion en que habia de disolverse; si hubiesen publicado todas el acuerdo el mismo dia en que se declararon independientes y manifestado su firme resolucion de llevarlo á cabo; si hubiesen armado al pueblo é interesado por la idea al mismo ejército; si hubiesen nombrado con rapidez á los representantes y conminádolos á que acudieran inmediatamente al lugar de la convocatoria; si hubiesen mandado fuerzas, de haber sido necesario, en apoyo de la junta. No lo habria sido ciertamente; que el sólo hecho de estar unánimes las provincias habria bastado á vencer todo género de resistencias.
Esto y no otra cosa deberian hacer las provincias si allá en los venideros tiempos, desatentados los gobiernos y rotas las leyes, llamase de nuevo la revolucion á las puertas de la patria. El pensamiento de una junta central seria oportuno y fecundo. Con sólo constituirla se sustituiria el principio federativo al unitario. No es ni puede ser más que un consejo federal, como en otro capítulo he dicho, una junta formada por la representacion directa de cada provincia. ¿Qué mejor gobierno provisional para la transicion del actual sistema político al que defiendo?
Convendria, empero, que esta junta no fuese muy numerosa para que pudiera obrar con la rapidez y la energia que su objeto exige. Deberia constar cuando más de un representante por cada junta de provincia, y á ser posible ni á tanto habria de llegar el número de sus vocales. Dos por cada una de las provincias antiguas habia solo en la de 1808. Entiendo, sin embargo, que no habria de hacerse en esto hincapié si podia ofrecer graves dificultades. Se trata de un poder provisional, y lo importante seria crearle pronto para que tuviese el movimiento una direccion y la anarquía un freno.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 152 —}}</noinclude>Cuando más á los quince dias del triunfo habria de estar la junta instalada en esta villa. En esta villa, digo, porque ni creo fácil mudar el asiento del gobierno, ni racional cambiarlo interinamente. Aquí están los antecedentes de la administracion, aquí los lazos que nos unen á los demás pueblos, aquí el centro de todos los medios de comunicacion con las provincias; y sólo desde aquí podria la junta, sin grandes obstáculos, regir la nacion y llenar el fin para que se la hubiese creado. Sobre que difícilmente se hablaria de cambiar de capital que no surgieran entre las ciudades de importancia rivalidades y celos.
Mas ¿cuáles habrian de ser las atribuciones de la junta? No se pierda de vista que se trata de un poder de transicion. Deberia tener todas las que hoy ejerce el Estado ménos la de legislar en materia civil y la de intervenir en la administracion interior de las provincias y los pueblos. A su cargo habrian de correr los servicios generales, todos los medios de gobierno, las relaciones con el extranjero y las colonias y la recaudacion é inversion de las rentas y los tributos. Deberia además dirigir la reorganizacion federal de la república. A ella incumbiria procurar que esta reorganizacion se hiciera sin desórdenes; á ella garantir al efecto la libertad de los ciudadanos y la de todos los grupos políticos, reprimiendo con mano fuerte toda insurreccion y castigando todo llamamiento á las armas. Así las cosas, ¿qué habia de importar que la transicion fuese más ó menos larga?
Habria de dirigir la junta la reorganizacion del país de una manera, por decirlo así, puramente externa. Podria convocar ante todo las asambleas locales para que dentro de un breve plazo determinasen el régimen de sus municipios; convocar despues las provin-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 153 —}}</noinclude>ciales para que, hecho el pacto de union por los pueblos, redactaran la ley fundamental de sus respectivas provincias; convocar, por fin, la nacional para que, unidas las provincias por otro pacto, escribiesen la Constitucion del Estado. Promulgaria luego esta Constitucion y abriria de nuevo las asambleas de provincia, suspendidas desde la conclusion de sus primeros trabajos, para que á ella ajustaran sus leyes fundamentales y las sometiesen á la aprobacion de la Cámara Federal, que sólo para este objeto subsistiria. Aprobadas, llamaria á los españoles todos á los comicios para la eleccion del poder legislativo y del ejecutivo, y resignaria el suyo en las Cortes dándoles cabal y estrecha cuenta de todos sus actos.
A la junta corresponderia velar por que en ningunas elecciones se privase del voto á ningun ciudadano; por que en las asambleas provinciales estuviese directamente representado cada pueblo y en la nacional cada provincia; por que no se publicase sino con el carácter de interinos así los Estatutos municipales como las Constituciones provinciales, mientras no hubiesen recibido aquéllos la sancion de in provincia y éstas la del Estado. En toda federacion el pueblo se desprende en favor de la provincia, y la provincia en favor de la nacion de atribuciones que primitivamente tuvieron: la provincia revisa la constitucion del municipio, y la nacion la de la provincia sólo para ver si están ajustadas al pacto.
Tropezaria de seguro la junta en tan árdua tarea con graves obstáculos: ¿qué otro gobierno estaria en mejor aptitud para vencerlos ú orillarlos? Nadie como ella podria sortear la cuestion de las provincias. Sobre si se habria de recomponer las antiguas o dejar en pié las modernas, es sabido que no todos los federales<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 154 —}}</noinclude>opinan del mismo modo. Podria muy bien el problema dar mañana origen á conflictos. La junta, representacion de las que hoy existen, tendria medios de averiguar en todas el estado de los ánimos y acomodaria á este conocimiento su conducta.
Mi opinion sobre este punto es conocida: quiero la reconstitucion de las antiguas provincias. Las modernas son en su mayor parte divisiones arbitrarias, hijas cuando más de conveniencias administrativas, sin realidad alguna en la historia. De las antiguas casi todas fueron naciones durante siglos. Conservan aún su especial fisonomia, y algunas se distinguen de las demás por la particularidad y la unidad de su lengua, sus costumbres y sus leyes. Llevado á las ideas federales tanto por la tradicion como por el raciocinio, he de estar naturalmente por que se parta á la vez de la tradicion y la razon para reorganizar la patria.
Llevan, con todo, las provincias modernas más de cuarenta años de vida y no es posible prescindir de un hecho que ha engendrado hábitos y establecido adentro lazos, afuera diferencias. Seria á mi modo de ver imprudente que sin antes consultarlas y llevarlas á un acuerdo se empeñara la junta en no reconocer para todos sus actos más que las antiguas. Deberia empezar por tantearlas; y si por de pronto no lograra su deseo, dejar la cuestion á las asambleas provinciales, donde no dejaria alguien de promoverla. Conviene recordar que la idea de la federacion excluye toda violencia.
Aun no saliendo de la primera reunion de esas asambleas la reconstitucion de las antiguas provincias ó naciones, no deberia desesperarse de alcanzarla. Lo hoy difícil se presenta despues llano, y podria muy bien suceder que se la obtuviese, hecha ya la ley fun-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 155 —}}</noinclude>damental del Estado. Hay que confiar en la espontaneidad social y no precipitarse. Con forzar los sucesos se correria el riesgo de producir contlagraciones que agostasen en flor nuestro pensamiento.
Lo importante seria de pronto que, afirmada la nacion por el pacto de las provincias, ora fuesen éstas las antiguas, ora las modernas, ora en parte las unas, en parte las otras, quedase asentada la federacion sobre firmes bases. Cuáles deberian ser éstas, lo deja escrito en el libro anterior. Repetiré en compendio lo que allí dije acomodándolo al estado actual de España y examinando al paso cuestiones sobre las que guardé silencio.
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Lo importante seria de pronto que, afirmada la nacion por el pacto de las provincias, ora fuesen éstas las antiguas, ora las modernas, ora en parte las unas, en parte las otras, quedase asentada la federacion sobre firmes bases. Cuáles deberian ser éstas, lo deja escrito en el libro anterior. Repetiré en compendio lo que allí dije acomodándolo al estado actual de España y examinando al paso cuestiones sobre las que guardé silencio.
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nota="El texto de este capítulo se encuentra completo en el libro ''Las Nacionalidades'' de 1877.
El primer fragmento pertenece al Libro I, capítulo 13. El segundo al Libro III, capítulo 15. El último al Libro III, capítulo 17.
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Ignacio Rodríguez
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Plantilla:Autogalería/pruebas/doc
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Ignacio Rodríguez
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Constitución de las Provincias Unidas en Sudamérica (1819).djvu}}
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{+++}'''AÑO 1879.'''
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DISCURSO EN DEFENSA DEL PERIÓDICO «LA UNION»
{-}ANTE EL TRIBUNAL DE IMPRENTA.
}}
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No puedo ménos de empezar extrañando el criterio y la conducta del Ministerio fiscal. El periódico {{may|La Union}} se publica hace tiempo con el título de «Diario Democrático Federalista;» defiende y sostiene los principios y las doctrinas federales, sostiene que el pacto es la base de la federacion, encarece la necesidad de hacer autónomos el municipio y la provincia; y el Fiscal, que ha debido seguir por razon de su cargo las polémicas con los demás periódicos, no ha denunciado jamás ni sueltos ni artículos. Y hoy denuncia, no un articulo donde hable por sí el periódico, sino un comunicado de nuestro amigo D. Eladio Carreño, sobre la consecuencia ó inconsecuencia política de un demócrata de Astúrias. Puesto que en este comunicado no se hace más que reproducir las ideas y las doctrinas que hasta aquí ha sostenido {{may|La Union}}, ¿cómo se lo denuncia?
Con esta conducta se pone en primer lugar el Ministerio fiscal en abierta contradiccion consigo mismo. Si nuestras doctrinas contienen un ataque á la Constitucion del Estado, ¿por qué desde el primer dia<noinclude></noinclude>
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Página:La federación - bdh0000287954.pdf/192
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 158 —}}</noinclude>no se ha opuesto a su propaganda? ¿por qué ha consentido, sobre todo, que el periódico se llame «Diario Federalista?»
El Ministerio fiscal se pone además en abierta contradiccion con el Gobierno á quien sirve. No consiente el Gobierno que nos llamemos republicanos, no consiente que se llamen tales ni aún los diputados a Cortes; pero autoriza al partido federal para que públicamente se reuna, nombre comités y tome acuerdos sobre la conducta que ha de seguir para alcanzar más pronto el triunfo de sus principios. Hoy mismo están autorizando los gobernadores en varias provincias el nombramiento de nuestras juntas. Los individuos que las componen levantan acta de sus sesiones y las publican en {{may|La Union}}, sin que lo impidan ni el Fiscal ni el Gobierno. ¿Cómo se atreve á denunciar el Fiscal doctrinas que el Gobierno no tiene por subversivas ni cree que ataquen la Constitucion ni las instituciones vigentes?
Estoy con el Ministerio público en que, dada la actual ley de imprenta, son en general responsables los periódicos de los escritos que reproducen; pero no lo estoy en que deban responder de las ideas y doctrinas que en ellos se viertan cuando no las hagan suyas. Todos los dias hablan los periódicos de los nihilistas de Rusia, de las doctrinas que profesan, de la conducta que siguen, del fin á que aspiran, de las consecuencias que nacerian si triunfaran. No se ha ocurrido nunca al Fiscal hacer responsables á los periódicos ni de esos artículos ni de los documentos de los nihilistas que alguna que otra vez publican.
No se le ocurriria probablemente sino cuando los periódicos defendieran tan peligrosas doctrinas. Aquí da la casualidad de que {{may|La Union}} ha publicado el co-<noinclude></noinclude>
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Página:La federación - bdh0000287954.pdf/193
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 159 —}}</noinclude>municado del Sr. Carreño sin comentarios de ninguna clase.
No vaya con todo á creer el Fiscal que rehusemos examinar si la ideas que sustentamos son ó по соntrarias à la Constitucion del Estado; abordaré la cuestion para que la Sala vea cuán compatibles son con las vigentes instituciones.
Yerra el Fiscal cuando cree que la federacion es una forma de Gobierno. No es una forma, sino un sistema político, administrativo y económico aplicable á todas las formas hasta aquí conocidas. Lo mismo es aplicable á la monarquía que á la república; lo mismo á las repúblicas conservadoras que á las radicales; lo mismo á las monarquías constitucionales que á las democráticas. ¿Lo duda el Fiscal? ¿Lo duda la Sala? No tienen más que volver los ojos á otras naciones. Tres naciones federales hay en Europa: Suiza, Alemania y Austria. Suiza, una república, Alemania y Austria, dos monarquías constitucionales como la de España ¿Necesito decir más para probar que el sistema federal cabe dentro de la monarquía?
Una monarquía puede pasar del sistema unitario al federal sin que pierda nada de lo que esencialmente la constituye. La prueba la tiene el Fiscal en Austria. La nacion austriaca está compuesta de provincias ayer naciones, como lo fueron en otros dias las que componen la nacion española. Adictos los Emperadores al sistema unitario, llegaron a prohibir, como aquí prohibimos en otros tiempos, que las diversas provincias del Imperio escribiesen en sus respectivas lenguas y dialectos. De repente, en 1861, cambió el Emperador de política y concedió á las provincias toda la autonomía que creyó compatible con la unidad del Imperio. Convocó dietas provinciales y<noinclude></noinclude>
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Página:Historia de la esclavitud de la raza africana en el nuevo mundo y en especi - Volumen 4 - IA historiadelaescl04saco.djvu/418
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Elultimolicantropo
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Página:La federación - bdh0000287954.pdf/194
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CabeceraPágina|centro=— 160 —}}</noinclude>llamó al Reichsrath, no ya á los diputados de la nacion, sino á los delegados de esas mismas dietas. Años despues, en 1866, no satisfecho aún, declaró á Hungría libre, independiente, y la dejó enlazada al Imperio por solo el vínculo federal. Fué Emperador de Austria y Rey de Hungría; y quiso que los húngaros tuviesen en adelante su asamblea, su gobierno, sus tropas, su administracion y hasta sus correos y sus telégrafos. Estableció que sólo cuando se tratase de cuestiones que afectasen á los dos pueblos, fuesen resueltas por delegaciones de las dos dietas, húngara y austriaca; federacion exagerada á que no ha llegado ninguna otra nacion ni de Europa ni de América. Pasó aquel Imperio, como vé la Sala, de unitario á federal sin que se menoscabara la unidad de la nacion ni se alterara ninguna de las condiciones esenciales de la monarquía.
En tanto es la federacion un sistema aplicable á todas las formas de gobierno, que si mañana D. Alfonso, recordando que España es un conjunto de provincias, ayer naciones, muchas aún separadas por la legislacion, la historia, la lengua y las costumbres, quisiera seguir la conducta del Emperador de Aus-tria, no haría más que robustecer en vez de aumentar el poder y la unidad del Estado á la vez que el desarrollo de la vida de las provincias. La federacion no es más que la triple autonomía del municipio, la pгоvincia y la nacion dentro del círculo de sus respectivos intereses; y puesto que hay intereses verdaderamente nacionales, deja al Estado fuerzas y campo en que moverse. Las federaciones más perfectas son sin duda las republicanas; pero las hubo, como he dicho, monárquicas lo mismo en la Antigüedad que en los modernos tiempos.<noinclude></noinclude>
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