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Autor:Carlos Arturo Torres
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Ignacio Rodríguez
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/* Traducciones */
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{{Biocitas
|Ordenar = Torres, Carlos
|Texto= '''Carlos Arturo Torres''' <br/> (18 de [[abril]] de 1867 - 11 de [[julio]] de 1911) <br/> Escritor, político, periodista y diplomático [[Colombia|colombiano]].
}}
== Obras ==
* ''Poemas simbólicos'' (1897) {{at|Poemas simbólicos - bdh0000120234.pdf}}
* Obra Poética (1909) {{at|Obra poética - bdh0000129835.pdf}}
* Estudios Ingleses (1909)
* Idola Fori (1909) {{at|Idola Fori - bdh0000080266.pdf}}
=== Traducciones ===
* {{cita libro|título=Las campanas y otros poemas|apellido=Poe|nombre=E. A.|traductor=C. A. Torres|ubicación=Buenos Aires|editorial=Ediciones Mínimas|año=1916}} {{at|Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf}}
* [[Poemas (Edgar Allan Poe)]] (1919)
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Informe de Rocamora sobre Entre Ríos (11 de agosto de 1782)
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{{DH}}
El Paraná es un pedazo de tierra frondosísimo, que tiene al poniente el río del mismo nombre, y al levante el Nogoyá. Su cabeza inmediata es su Bajada, villa situada de esta parte de aquel río; —su extensión á lo largo es como de 26 leguas hasta la punta del Palmar, donde empieza á formarse Nogoyá, y por aquí queda completamente abierto con las avenidas á Montiel y á Corrientes. Su mayor anchura, que es abajo, aseguran prácticos del terreno que no pasa de 14 ó 16 leguas. Por aquí se rompe el Paraná la mayor porción, con el agregado de Grande, baja siempre al Oeste, torciendo luego como á buscar á Buenos Aires y el Río de la Plata, en que desagua no lejos de las Conchas; y la menor, con el de Paraná Chico, después de caracolear seis ú ocho leguas, sube casi derecho al Sur, cerrando los partidos del mismo Paraná, Nogoyá, Gualeguay, cuyas aguas recibe, y parte de Gualeguaychú hasta el Ibicuí, desde donde baja también al Oeste á desembocar en el Uruguay.
La gente del Paraná es en lo general robusta, honrada y muy á propósito para todo.
Se halla bien establecido y bastante poblado este partido.
Asegúrase que pasó de 700 personas el número de las que cumplieron este año con el precepto 4° en la Bajada.
Está al mando de un sargento mayor de Policía.
El Nogoyá, arroyo profundo, encajonado, pantanoso en toda su extensión, y cubierto por una y otra parte de maleza hacia su fin impenetrable, corre al Sur desde las puntas del Palmar, que dije le origina, el espacio de 26 á 28 leguas, y volviendo un poco al Oeste, desemboca en el Paraná Chico, en cuya confluencia forma barra, que imposibilita su entrada á todo bastimento de algún porte.
Los habitantes de este lugar, que realmente divide los partidos del Paraná y Gualeguay, no quieren entenderse ni unos ni otros.
Nogoyá arriba, Nogoyá abajo; de esta y de la otra parte, son sus denominaciones, y así se conocen en la práctica.
Nogoyá abajo, de uno y otro lado, es desierto, pero escabroso: Nogoyá arriba, por el lado occidental es, como todo el Paraná, en extremo fértil: y á esta causa debe el que se halle tan poblada toda su ribera.
Es una continuación de estancias hasta seis ú ocho leguas más allá de lo que llaman el "Pueblito."
Nogoyá de esta parte oriental, comprende el mismo arroyo hasta el del Clé, anchura como de doce leguas muy á propósito también desde que no alcanzan los derrames del Clé; pero no se halla, ni con mucho, tan poblada como la otra parte.
La gente de Nogoyá es en lo general muy honrada y laboriosa.
Se vén sus estancias llenas de chiquillos. No consienten malhechores contra lo general del país.
En tres ocasiones que perseguí agresores, se aprendieron por la eficacia de su auxilio personal, de caballos, y actividad con que ayudaron las partidas. Merecen ser recomendados por buenos.
Paralelo al Nogoyá, corre Norte à Sud el río Gualeguay Grande—y entre ellos se forma una rinconada en su mayor anchura S. O. como 18 leguas, que tercia el arroyo del Clé, con igual curso que los otros.
La larga extensión poblada será casi la misma, pero el terreno se dilata por el Norte con los cerrados montes de Montiel, dirección de Corrientes, poco seguido en el día por desierto y expuesto.
Todo el espacio comprendido se conoce con el nombre de Gualeguay; pero aquí se distingue: las 12 leguas occidentales del Nogoyá al Clé, se llaman Nogoyá de que antes hablé, y las seis leguas orientales encerradas entre el mismo Clé y el Gualeguay se conocen rigurosamente por su nombre.
Es el Clé un arroyo continuo, de poca caja y curso largo, que inunda en tiempo de lluvia las tierras bajas inmediatas, y perdiendo su curso se derrama hacia Nogoyá en bañados que desaguan en el Paraná Chico é inutilizan siempre un terreno de 7 à 8 leguas, que es inaccesible, casi, en invierno por las aguas, y en verano poco transitable aún á los animales menos fieros por pantanoso, y ser madriguera general de tigres en sus grandes pajonales.
El pedazo señalado propiamente por Gualeguay se distribuye en seis pagos, cuyo número de ranchos y cabezas de familias da término en el estado.
Las cuchillas una de ellas, es una pequeña altura, que desde el río Gualeguay se prolonga casi á las cabezas de Nogoyá por el Norte y por el Sud Oeste: el Albardón del Clé es otra altura que en semicírculo desde este arroyo al propio río abraza una llanura de 8 á 10 leguas, fertilísima en pastos, que permanece excelente para trigos, sobresaliente para maíz, y especialmente para porotos y zapallos, que son las únicas semillas que hasta ahora con mucha limitación y extremo abandono, enterró la lluvia, ó corta facultad de estas gentes.
Desde aquella cuchilla, subiendo las aguas del Gualeguay son tierras mas altas, no tan abundantes de pastos y secas, motivos porque el ganado, particularmente en verano, se baja á la llanura y á la costa, y motivo también de que se hayan poblado en los parajes de Arrecife y de Jacinta, los que, ó no cupieron por abajo ó quieren vivir en sus anchas.
Del Albardón del Clé, bajando el Gualeguay, sigue la costa como 4 leguas, hasta en frente de la calera de Hormaechea; poco poblada, porque los derrames de las crecientes del río inundan á veces esta orilla, que se dilata de dos á tres leguas mas abajo, paradero general de las haciendas por la excesiva fertilidad de sus pastos é inundación del río, que después de voltear muy pocas leguas, entra en el Paraná Chico, navegable como lo es hasta el extremo casi del Pago del Habrá y puerto que dicen de Santa-Fé, último donde, á río lleno, llegan las lanchas de comercio.
La gente de este partido es un mixto del derrame general de todas partes; con todo son dóciles, sus facultades son muy limitadas; hay pocas con alguna comodidad, los más son miserables;— pero no es extraño: es población moderna, y no obstante que las continuas amenazas con que se han querido espeler los han tenido sin arraigarse, se vé continuamente en su vecindario.
A corta distancia del nacimiento del río Gualeguay Grande entre Corrientes y Misiones, tiene también su emanación Gualeguay Chico — ó Gualeguaychú; —y siguiendo ambos un curso uniforme: — primero pajonales y después, cuchilla por medio, hacen una lengua de tierra ancha, á proporción que el Gualeguaychú se retira más al Sud, buscando al Uruguay en el que se desagua navegable.
Este terreno, estrecho en su principio, en medio como de 16 leguas, y en su fin como de 24, es el partido de Gualeguaychú, y con bastante intervalo, casi lo cruzan diagonalmente por arriba el Ñancay, que por abajo se corta en lago y con mas de 60 vueltas en diez ó doce leguas, que es todo su curso, entra también navegable en el Uruguay.
Este partido está tan poblado como prevengo al pié: — Su fuerza es con capilla al centro, hasta donde llegan las embarcaciones.
Los pastos son muy abundantes aunque dicen que no de igual bondad á los de Gualeguay.
El vecindario (sobre el estado actual del partido), nunca será más numeroso: — comprimido por arriba y por abajo, con dos ó tres hacendados no le permiten dilatarse.
En esta parte inferior de Gualeguaychú, á un palmo ó dos de excavación, y también superficialmente, se encuentra con prodigiosa abundancia conchilla suelta en masa, y creo único material de su especie en este dominio que fomentaba las caleras de Chirif, Wright y Hormaechea y producía bastante esta industria.
La gente y facultades de este partido son, como se dijo, de Gualeguay; uno y otro se mandan por sus respectivos jueces, con dependencia de Buenos Aires.
Corriendo con igual dirección que los antecedentes, baja de Misiones caudaloso el río Uruguay, y deja á Gualeguaychú un espacio de 18 leguas medidas.
Los arroyos de Cupalén, Tala, China, Vera, Córdoba ó Flores, Perucho y Palmar, originados de sus cuchillas, cortan aquel intermedio, y precediendo al Uruguay forman con él rinconadas de su nombre.
Expulsadas veinte y tres familias, (á fines de 1771 ó principios de 1772) no sé por qué ni con qué razón, pero con fuerza, que se hallaban bien situadas en Gualeguaychú, entre Gualeyán y el Gato, pasaron á ocupar esta costa del Uruguay, hasta ahora solo poblada con solo dos ó tres estancias, que se hallaban entre el Cupalén y el Tala, y se establecieron en la rinconada que forman este último arroyo con el de la China, frente al río.
La bondad esquisita de esta tierra feliz aumentó el vecindario, y no pudiendo contenerse en la rinconada, pasó á acomodarse de la otra parte, entre el mismo arroyo de la China y el de Vera, y de allí sucesivamente hasta los puestos medios de Misiones; pero como la primitiva y más fuerte población es la de aquel arroyo, toda la prolongación de este vecindario sobre la costa, se entiende que está sujeta al Juzgado particular del arroyo de la China, con dependencia solo de Buenos Aires.
Todo contribuye á fomentar admirablemente este partido, — muchas rinconadas para contener los ganados, y las excelentes aguas y comunicación del Uruguay: pero quiere la desgracia que hasta allí se les persiga; dos veces se les ha querido expulsar; — y en el día viven con el desconsuelo de haber visto medir el mejor terreno de su posesión: bien que parece que ha habido moratoria. Esto, no obstante, esperan otro golpe.
Siendo los pastos de este dominio el mas solicitado recurso de sus habitantes, aquel suelo será más á propósito para poblarse porque más abunda de ellos; evidenciaré el nutrimiento de la tierra, y puede bien creerse que la que lleva pastos ó sazón no será ingrata á las semillas generales que se le confien, si no hay oposición en la atmósfera.
Aquí la hacen feliz un cielo sereno y un aire, aunque cargado, que no es perjucial.
La humedad que comunica el continuo curso de los ríos y arroyos hace que no se advierta mucho la escasez de las nubes. Terreno tan extenso, con tales ventajas, es muy apreciable.
Dedos años á esta parte empezaron á sembrar con fuerza los del arroyo de la China, no mucho antes los de Gualeguaychú y Gualeguay, y á todos correspondió el efecto de las causas generales que determiné.
No obstante lo moderno de estas poblaciones, considerada aquella fertilidad justamente admirable, parece que el ganado vacuno debería cubrir sus campos, y no es así, pero no es defecto de fecundidad apenas se mata en tiempo vaca ó vaquillona, sin concepto; las continuas arreadas por millares á los pueblos Guaraníes y las faenas establecidas para la saca de grasa, á que comunmente se destinan las vacas mas lozanas, son las causas que atrasan su propagación mas numerosa.
Creo que una y otra salida debería limitarse, hasta que la abundancia llenara los partidos: muy pocos años bastarían.
Lo que en aquella especie mas necesaria se vó de moderado se nota de exceso en las bagualadas, que aunque comunes en las dependencias del Río de la Plata, las que hay entre esos arroyos, por su prodigiosa abundancia, por dóciles y gallardas, considero también que es un recurso general que la Providencia depositó también en ella para acomodo y utilidad de sus vecinos.
Aquerenciadas entre fértiles pastos y copiosas aguas permanentes no tienen á donde retirarse á fuerza de correrlas de continuo se han vuelto ya casi domésticas.
Las más de las caballadas que bajan esa playa con el nombre de Santa-Fé, son de esta; que sacan, doman, castran y enfrenan en término de un mes; á Misiones es igualmente la salida, y mucho más la utilidad de este ganado.
Si como son hábiles y tienen facilidad estas gentes para la maniobra, tuvieran continua aplicación, ninguno de ellos carecería de la posesión de estos animales. Saben cogerlos para el marchante ó patrón que les paga el día; saben por siete pesos, en general que de conchavo seles paga por mes, dar, al fin de cada uno, ocho ó diez caballos de freno; — y los más de los que saben hacer todo esto, apenas tienen un caballo propio para montar!
Casi todo el consumo de leña en Buenos Aires, postería, maderaje, corte y alguna tirantería, es transacción de estos pueblos, y un recurso que igualmente creo general y como ineficaz para el fomento de sus vecindarios.—Aquí se agregan algunas producciones menores que, promovidas, no dejarían de contribuir al mismo aumento.
La gramilla es común y abundante en todos estos ríos; aunque aquí luego la pagan los pulperos á 14 reales—como es entretenimientro prolijo, apenas hay alguno que no se dedica á recogerla.
La raíz de tintura es solo en las inmediaciones del río de Gualeguaychú (departamento), que dije hablando de los partidos; el último ingreso no es despreciable.
El ganado de lana, en medio que es renglón muy útil, que se lleva á Misiones y que aquí, con particularidad en el Paraná, hacen algunos tejidos, se mira con extremo abandono, pero cuidando de él sería interesante.
Finalmente, para todo hay disposición en estos partidos, si se ponen en manos que precise, anime y estimule con justicia, con dulzura y con tezón.
Gualeguay Grande, Agosto 11 de 1782.
TOMÁS DE ROCAMORA
PADRÓN DE ENTRE-RIOS
*PARTIDOS-PADRON DE BLANCOS-cabezas de Ranchos-Hombres para las armas
*Paraná (1)
*Nogoyá-De esta parte-21-33
*Nogoyá-De la otra con el pueblito-49-62
*Nogoyá-Arroyo D Cristóbal (allí mismo)-13-18
*Gualeguay Grande-Albardón-19-20
*Gualeguay Grande-Capilla Vieja-19-18
*Gualeguay Grande-Habra-20-17
*Gualeguay Grande-Cuchilla-19-22
*Gualeguay Grande-Arrecife-21-22
*Gualeguay Grande-Jacinta-10-10
*Gualeguaychú-Total del vecindario y jente para las armas-48-48
*Arroyo de la China-Gran rinconada hacia la confluencia de Gualeguaychú y Uruguay, poseída por el Dr. García, con 4 Estancias y capataces esclavos y un blanco."-7
*Arroyo de la China- Rinc. entre Cupalen y Osuna-2-2
*Arroyo de la China- Id. id. Osuna y Tala-7-5
*Arroyo de la China- Id. id. Tala y China-19-13
*Arroyo de la China- Id. id. China y Vera-27-25
*Arroyo de la China- Id. id. Vera y Flores-2-2
*Arroyo de la China- Id. id. Flores y Perucho-l2-9
*Arroyo de la China- Id. id. Perucho y Palmar-7-8
*Arroyo de la China- Id. id. Palmar y Puestos de Misiones-5-3
*Total general-320-344
(1) Pasan de 700 personas el número de las que cumplieron este año con el precepto 1° en la Bajada; que además de las casas o ranchos de blancos que expresa este resumen, se hallaban en los mismos partidos.
[[Categoría:DH-I]]
[[Categoría:Virreinato del Río de la Plata]]
[[Categoría:Provincia de Entre Ríos]]
[[Categoría:D1782]]
[[Categoría:Documentos de Tomás de Rocamora]]
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Wikisource:Políticas de borrado/Tao Te King
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Ignacio Rodríguez
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== Posible Borrado ==
Usuario ATW-KOD, comprendo que la enciclopedia y los demas websites de Wikimedia Foundation tienen sus determinadas políticas legales, pero sepa usted que sus páginas y artículos son leídas y usadas por millones de personas en todo el mundo, así por ejemplo, yo no he subido esta página pero la edite en una ocasión (desde otro cibercafé, así que tenía otro IP) y le confío que esta versión del ''Tao Te King'' no posee copyrigth, y usted mismo puede corroborarlo si se interioriza en el tema y busca acerca de las distintas traducciones de este texto.
Verá usted, las versiones traducidas del ''Tao Te King'' mas difundidas en idioma español corresponden a sinólogos y traductores como Wilhelm, Idoeta, Tola, Le Guin, Elorduy, Lin, Mitchell, y otros de renombre, y ninguna de esas traducciones corresponde a esta que está aquí presente, por lo que lo mas probable es que ésta se trate de una versión anónima.
Muchas traducciones de autores anónimos se han hecho de este libro, y a pesar de su anonimato muchas de estas han sido traducciones fieles y estudiadas por los seguidores de estos temas orientalistas, así pues, traducciones anonimas han sido fieles al original, y doy fe que esta es una de ellas.
En las publicaciones impresas de las traducciones anónimas, la editorial posee copyright sobre su libro impreso y su venta, pero no sobre el texto en sí, precisamente porque el autor es desconocido y no podría haber un derecho de autor específico en ese caso, y tampoco le corresponde a la editorial porque ésta no fue la autora de la traducción, sino que solo hizo su publicación. Debido a esto se pueden hallar impresiones de distintas editoriales que contienen la misma versión traducida de algun autor anónimo, por lo que, como dije antes, dicha versión no posee derechos de autor y se encuentra en el dominio publico, ya que el copyright afecta al libro impreso pero no al contenido del texto, que se encuentra bajo licencia libre por no pertenecer a autor alguno que lo haya registrado como tal.
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Sin mas que decirle, solo le imploro que investigue acerca de las traducciones de este texto y usted verá que le estoy diciendo la verdad al respecto de que el aquí expresado no corresponde a ningun autor que reclamase sus derechos sino que resulta ser una version anonima, y como tantas otras, se encuentra en dominio público por no pertenecer a ninguna persona fisica o jurídica que pudiera manifestar certeramente los derechos de copyright para con esta version de éste texto.
Gracias por su atención.
--[[Especial:Contribuciones/209.8.41.106|209.8.41.106]] 17:42 4 oct 2009 (UTC)
== Fuente ==
No es una pagina con copyright, es de licencia libre y la fuente esta aqui http://elblogdeltaoteking.blogspot.com/search?updated-max=2005-04-05K99%3KTE8%3KDPR012-0303456 {{Nofirmado|201.212.133.171}}
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:Antes del borrado, he intentado buscar traducciones en español libres de derechos. No las encontré. En la BNE online (referencia fiable) la traducción más antigua es de [http://datos.bne.es/persona/XX1011911.html 1931? de un tal Pedro Guirao] (fallecido en 1993, de manera que esa traducción no sería aceptable de acuerdo a las [[Wikisource:Qué_es_Wikisource#¿Qué_podemos_incluir?|actuales políticas de admisión]]).
:En definitiva, sin evidencias que apunten a una traducción libre, y con evidencias de apuntan a una traducción inadmisible, no queda más remedio que borrar. Si se demuestra mi error, lo agradeceré. -[[Usuario Discusión:Aleator|Aleator]] 16:37 21 oct 2020 (UTC)
== Posibilidad de una versión libre de derechos del Tao Te King ==
Lo que he encontrado sobre el Tao Te King y libros relacionados:
* 1926: [https://datos.bne.es/edicion/bimo0001606729.html Laotsé y el taoismo] de Ricardo Wilhelm ; traducción del alemán por A(ntonio?). García-Molins
* 1926: [https://datos.bne.es/edicion/bimo0001513664.html Apología del taoismo] traducción de G. Tucci; traducida del italiano por A[ntonio] Ballesteros de Martos (1894-1967)
* 1931?: [https://datos.bne.es/edicion/Mimo0001081151.html El evangelio del Tao; del libro sagrado Tao tê ching] traducción de [https://datos.bne.es/persona/XX5350199.html Pedro Guirao] ([https://www.boe.es/datos/pdfs/BOE//1953/261/A05608-05620.pdf 17 de junio de 1890 - después de 1953])
*1952: [https://datos.bne.es/edicion/bimo0001081155.html Tao-teh-king; (El libro del camino recto)] traducción de C. Serra
*Encontré este artículo: [https://core.ac.uk/download/pdf/81231123.pdf ''Bibliografía seleccionada y comentada sobre Taoísmo Clásico (II): Dao De Jing (Tao Te King / Laozi)''] de Javier Bustamante Donas y Juan Luis Varona, que no mencionan traducciones al castellano anteriores a 1978.
A ver si algún día tenemos algo de esto. Saludos, --[[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 16:04 24 sep 2024 (UTC)
==Nueva Creación de la Página==
Hola, volví a crear la página traduciendo mediante ChatGPT el texto capítulo por capítulo del original que se encuentra en la wikisource en chino, al ser un texto del siglo IV AC carece de derechos de autor; así como al asistirme una inteligencia artificial en esto, también carece ella de autoría intelectual. [[Usuario:Tadeoska|Tadeoska]] ([[Usuario discusión:Tadeoska|discusión]]) 19:41 12 dic 2024 (UTC)
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==Encontrado!==
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Santiago, 21 de Noviembre de 1796
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Ignacio Rodríguez
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pruebas
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|autor=Juan Manuel de la Cruz y Bahamonde
|históricos=1796}}
Exmo Sor
Don Juan Manuel de la Cruz, Capitán de Caballería del Regimiento del Principe, con mi mayor rendimiento padezco ante V. Exelenciay digo: que después de muchas prolijas y costosas diligencias para justificar el estado de población, su calidad, bienes y demás proporciones territoriales de la Villa de San Agustín de Talca, á intento de alcanzar de la Soberana Gracias en Honorifico Titulo de Ciudad, que mis hermanos, y yo deseamos para nuestra Patria, hemos merecido en fin, que el Rey Nuestro Señor, que dios guarde, se dignase mandar despachar el Titulo de Ciudad, correspondiente á la mencionadaVilla, como consta de su Real cedula fecha de Aranjuez a seso de junio último que debidamente , presento: en cuya atención
A V. Excelencia pido y suplico que habiendo por presentada diganamente dicha Real Cedula, se sirva mandar tomar razón de ella, noticiarla, y cumplir como corresponde, que es Justicia
Juan Manuel de la Cruz
Santiago, 21 de Noviembre de 1796
Vista al Ministro Fiscal con el Real Titulo presentado
AVILES.
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Módulo:Encabezado/pruebas
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['obra'] = 1,
['header']=1, ['index']=1, ['index_wikidata']=1
}
local enlacePagina = mw.title.getCurrentTitle().text
local textoenlace=mw.uri.encode(enlacePagina, "QUERY")
local altparams= {['título']='titulo', ['title']='titulo',
['subtítulo']='sub-titulo', ['subtitulo']='sub-titulo', ['sub-título']='sub-titulo', ['sub-title']='sub-titulo', ['subtitle']='sub-titulo',
['left']='anterior',
['right']='próximo', ['siguiente']='próximo',
['author']='autor',
['traducción']='traductor',
['año']='ano',
['bilingue']='bilingüe',
['noaño']='noano',
['nota']='notas',
['subpagina']='subpágina',
['seccion']='sección',
['seccion autor']='sección autor', ['seccion-autor']='sección autor', ['sección-autor']='sección autor'
}
local function link(s)
if s:find("[%[%{%<]") then
return s
else
return '[[Autor:'..s..'|'..s..']]'
end
end
local function aCadena(t)
if not t then return '' end
if type(t) == 'string' then
t = mw.text.split(t, '[/,]')
for i, v in ipairs(t) do
t[i] = {text = v}
end
end
local z = {}
for i, creator in ipairs(t) do
z[i] = creator.text
if (z[i] == 'Anónimo') or (z[i] == 'valor desconocido') then
z[i] = '[[Portal:Anónimo|Anónimo]]'
elseif z[i] == 'Wikisource' then
z[i] = '[[Ayuda:Directrices para traducciones|Wikisource]]'
else
z[i] = link(z[i])
end
end
return mw.text.listToText(z)
end
local function errorMessage(text)
-- Función que entrega un mensaje de error formateado como tal
local html = mw.html.create('div')
html:addClass('error')
:wikitext(text)
table.insert(errorcats, '[[Categoría:Wikisource:Páginas con errores en la plantilla Encabe]]')
return tostring(html)
end
local deAutor = function(s) --Para [[Autor:AAA|BBB]], devuelve AAA
-- remover entidades html
s = s:gsub("<[%a%d%s%\"'/#;:=]+>", "")
local m = mw.ustring.match(s, '%[%[Autor:(.+)%|.+%]%]')
if m and m ~= '' then return m end
m = mw.ustring.match(s, '%[%[Autor:(.+)%]%]')
if m and m ~= '' then return m end
--enlaces a wikidata u otros
m = mw.ustring.match(s, '%[%[.+%|(.+)%]%]')
if m and m ~= '' then return m end
return delink(s)
end
local function enlaceMicroformato(param, valor)
if valor and valor ~= '' then
if type(valor) == 'string' then
return mw.html.create('span')
:addClass('ws-' .. param) --ws-author, ws-title, etc.
:wikitext(delink(valor))
elseif type(valor) == 'table' then
local spans = {}
for i, v in ipairs(valor) do
-- creadores
if type(v)=='table' then
v = v.wsPage or v.label
end
table.insert(spans, tostring(mw.html.create('span')
:addClass('ws-' .. param)
:wikitext(delink(v)))
)
end
return table.concat(spans)
end
end
return ''
end
local function microformato(d, argus)
local microformat = mw.html.create('div')
:cssText('display:none')
:attr('id', 'ws-data')
:addClass('ws-noexport')
-- todo: no captura datos del Índice si tiene otro Wikidata (p.ej. Q88887973)
-- todo: los que no están en [[Plantilla:Proofreadpage header template]] (lugar, volumen, nivel) no llegan del
-- índice y sólo los captura de Wikidata.
if d.title and d.title ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'title', d.title ) )
microformat:node( enlaceMicroformato( 'key', d.title ) ) --todo: mejorable
end
if d.pubYear and d.pubYear ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'year', d.pubYear ) )
end
if d.author and d.author ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'author', d.author ) )
end
if d.translator and d.translator ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'translator', d.translator ) )
end
if d.illustrator and d.illustrator ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'illustrator', d.illustrator ) )
end
if argus["sección"] and argus["sección"] ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'chapter', argus["sección"] ) )
end
if d.printer and d.printer ~= '' then --ojo: Editorial ~= Editor ~= Imprenta
microformat:node( enlaceMicroformato( 'publisher', d.printer ) )
end
if d.place and d.place ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'place', d.place ) )
end
if d.progress then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'progress', argus.progreso ) ) --puede que esté roto
end
if d.volume and d.volume ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'volume', d.volume ) )
end
--todo: pdte. (¿adaptar de [[:ca:Module:Header]]?)
--if argus.index then
-- microformat:node( enlaceMicroformato( 'scan', argus.index ) )
-- if argus.image and mw.ustring.match(argus.image, '^%d+$') ~= nil then
-- microformat:node( enlaceMicroformato( 'cover', argus.index .. '/' .. argus.image ) )
-- end
-- end
--todo: ¿extraer de listaenlaces? argus.x ~= listaenlaces
if argus.wikipedia and argus.wikipedia ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'wikipedia', argus.wikipedia ) )
end
if argus.wikiquote and argus.wikiquote ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'wikiquote', argus.wikiquote ) )
end
if argus.commonscat and argus.commonscat ~= '' then
microformat:node( enlaceMicroformato( 'commons', argus.commons ) )
end
if argus.notas and argus.notas ~= '' then
microformat:tag('div') --no puede ser span
:addClass('ws-notes') --ws-summary?
:wikitext(argus.notas)
end
return tostring(microformat)
end
local function buscaDesam(title)
local match = string.match( title.text, '(.-) %(.-%)')
if not match then return end
local desam = mw.title.new(match)
for i, cat in ipairs(desam.categories) do
if cat == 'Wikisource:Páginas de desambiguación' then
return match
end
end
end
local function personaCats(t, catprefix, cats)
if not t then return '' end
if type(t) == 'string' then
t = mw.text.split(t, '[/,]')
for i, v in ipairs(t) do
t[i] = {text = v}
end
end
if t then
for i, creator in ipairs(t) do
local name = creator.text
local delinked = delink(name)
if (delinked == 'Anónimo') or (delinked == 'valor desconocido') then
table.insert(cats, '[[Categoría:'..catprefix..' de autor anónimo]]')
else
table.insert(cats, '[[Categoría:'..catprefix..' de '..deAutor(name):match("^%s*(.-)%s*$") ..']]')
end
end
end
if catprefix ~= '' then return cats end
return ''
end
function p.encabe( frame )
local titulo = mw.title.getCurrentTitle()
local html = mw.html.create()
local argus = Args.getArgs(frame)
argus = Args.alias(argus, altparams)
-- QID real prevalece sobre el importado desde el índice (importante en subdivisiones)
argus.index_wikidata = argus.wikidata -- guarda el QID del Índice, por si difiere de la obra/subdivisión
argus.wikidata = (QID ~= '' and QID) or argus.wikidata
local essub = titulo.isSubpage
if argus['subpágina'] == 'no' then
essub = false
end
-- obtener todos los datos
local d = Obra.newWork((QID or titulo.text), argus)
--variables matemática derechos de autor
local anosmuerte
local anospub
if d.pubYear and tonumber(d.pubYear) ~= nil then
anospub = tonumber(lang:formatDate('Y')) - tonumber(d.pubYear)
end
if argus['última muerte'] and tonumber(argus['última muerte']) ~= nil then
anosmuerte = tonumber(lang:formatDate('Y')) - tonumber(argus['última muerte'])
end
-- estructura HTML
local content = {}
----- enlaces de navegación
if argus['anterior'] and argus['anterior'] ~= '' then
content.anterior = argus['anterior']
end
if argus['próximo'] and argus['próximo'] ~= '' then
content.proximo = argus['próximo']
end
-- Datos al medio
local medio = mw.html.create('div'):addClass('middle-div')
if d.parentWork then
-- TODO: hacer algo con las obras que son parte de otras
end
-- datos bibliográficos
if d.mainTitle then
medio:wikitext("'''''".. d.mainTitle .."'''''")
if d.subtitle then
medio:wikitext(': '..'<span style="font-size:83%;">'.. d.subtitle ..'</span>')
end
if d.pubYear and not argus['noano'] then
medio:wikitext(' ('.. d.pubYear ..')')
if tonumber(d.pubYear) ~= nil then
table.insert(categorias, '[[Categoría:P'.. d.pubYear ..']]')
end
end
medio:wikitext('<br>')
else
table.insert(errorcats, '[[Categoría:Wikisource:Textos sin título]]')
end
if d.mainAuthor then
personaCats(d.author, '', {})
medio:wikitext('de '.. aCadena(d.mainAuthor) ..'<br>')
end
if d.translator then
personaCats(d.translator, 'Traducciones', categorias)
medio:wikitext('traducción de '..aCadena(d.translator)..'<br>')
end
if d.illustrator then
personaCats(d.illustrator, 'Ilustraciones', categorias)
medio:wikitext('ilustración de '..aCadena(d.illustrator)..'<br>')
end
if argus['más info'] then
medio:wikitext(argus['más info']..'<br>')
end
if d.title and d.title ~= d.mainTitle then -- "sección" pasa a "title" cuando este último no existe
medio:tag('span'):cssText('font-style:italics'):wikitext(d.title)
if d.author and aCadena(d.mainAuthor) ~= aCadena(d.author) then
medio:wikitext(' de '..aCadena(d.author))
end
if argus['subsección'] then
medio:tag('span'):cssText('font-size: 83%;'):wikitext('<br>'..argus['subsección'])
end
end
content.medio = tostring(medio)
-- ENLACES A PROYECTOS HERMANOS
if not argus['desambiguación'] and not essub then
argus['desambiguación'] = buscaDesam(titulo)
end
local listaenlaces = Enlaces.all(argus)
-- TODO: pasarlo al módulo enlaces, o es muy específico de encabezado?
if d.editionof then
listaenlaces[3] = {
['name'] = 'Otras versiones',
['image'] = 'OOjs_UI_icon_book-ltr.svg',
['text'] = 'otras versiones',
['prefix'] = '',
['title'] = d.editionof[1].wsPage,}
end
--matematica y manejo derechos de autor
if not argus['derechos'] or argus['derechos'] == '' then
if d.place then
argus['derechos'] = require('Módulo:Obra/países').get_country(d.place[1])
end
end
if argus['derechos'] then
listaenlaces[1] = {['text'] = argus.derechos,
['image'] = 'PD-icon.svg',
['prefix'] = ':Wikisource:Duración de derechos de autor por país#',
['title'] = argus.derechos}
if (argus['última muerte'] == 'seudónimo' or argus['última muerte'] == 'anónimo') and (anospub ~= nil) then
local numero = math.floor((anospub - 1)/10)
if numero > 10 then numero = 10 end
listaenlaces[2] = {['image'] = nil,
['text'] = tostring(numero*10)..' p.a.p. o menos',
['prefix'] = ':Wikisource:Duración de derechos de autor por país#',
['title'] = tostring(numero*10)..' p.a.p.'}
table.insert(categorias, '[[Categoría:'..tostring(numero*10)..' p.a.p.]]')
elseif argus['última muerte'] and (anosmuerte ~= nil) then
local numero = math.floor((anosmuerte - 1)/10)
if numero > 4 then --a partir de 50 p.m.a.
if numero > 10 then numero = 10 end
listaenlaces[2] = {['image'] = nil,
['text'] = tostring(numero*10)..' p.m.a. o menos',
['prefix'] = ':Wikisource:Duración de derechos de autor por país#',
['title'] = tostring(numero*10)..' p.m.a.'}
table.insert(categorias, '[[Categoría:'..tostring(numero*10)..' p.m.a.]]')
end
end
local cadena = argus.derechos:gsub(" y ", ", ")
-- Usar string.gmatch para separar por comas y procesar directamente
for nombre in cadena:gmatch("([^,]+)") do
table.insert(categorias, '[[Categoría:Publicado en '.. nombre:match("^%s*(.-)%s*$") ..']]')
end
end
local enlaces = Enlaces.formattedlinks(listaenlaces)
if argus['bilingüe'] and argus['bilingüe'] ~= '' then
enlaces = enlaces .. (' ['..titulo:fullUrl({['match']=argus['bilingüe']})..' ver texto bilingüe]')
end
--Enlaces de descarga
if not essub then
local LinkExport='https://ws-export.wmcloud.org/?lang=es&page='..textoenlace..'&format='
local w = "<div style=\"font-size:80%\">Descargar como "
w = w .. "[[Archivo:EPUB silk icon.svg|12px|link="..LinkExport.."epub|Descargar en formato ePub]] "
w = w .. "[[Archivo:Document-pdf.svg|15px|link="..LinkExport.."pdf|Descargar en formato PDF]] "
w = w .. "[[Archivo:Mobi_icon.svg|22px|link="..LinkExport.."mobi|Descargar en formato mobi]]</div>"
enlaces = enlaces .. w
end
content.enlaces = enlaces
if argus['notas'] and argus['notas'] ~= '' then
content.notas = argus.notas
end
if argus['audio'] and argus['audio'] ~= '' then
content.notas2 = frame:expandTemplate{ title = 'Multimedia', args = { argus['audio'] } }
end
--categorías automáticas
if not essub then
table.insert(categorias, '[[Categoría:ES-'..Str.CaracterParaOrdenar(titulo.rootText)..']]')
if not argus.wikidata then
table.insert(errorcats, '[[Categoría:Wikisource:Textos no conectados a Wikidata]]')
end
else
categorias = {'[[Categoría:'..titulo.rootText..']]'}
html:wikitext('__EXPECTED_UNCONNECTED_PAGE__')
end
for k,v in pairs(argus) do
if params[k] or altparams[k] then
if params[k] == 0 then
table.insert(errorcats, '[[Categoría:Wikisource:Páginas que usan parámetros obsoletos en la plantilla Encabe]]') --añade categoría de seguimiento a parámetros obsoletos (declarados arriba)
end
else
html:wikitext(errorMessage('Error: parámetro '..k..' no reconocido'))
table.insert(errorcats, '[[Categoría:Wikisource:Páginas que usan parámetros no reconocidos en la plantilla Encabe]]')
end
end
if titulo.namespace ~= 0 then --solo categorías en el espacio principal
categorias = {}
end
html:wikitext(Wikidata.badge{qid=argus.wikidata, ws=argus.progreso, indicator=1, category=(not essub) })
html:wikitext(Box.box(content))
table.sort(categorias)
html:wikitext(table.concat(categorias))
html:wikitext(table.concat(errorcats))
html:wikitext(microformato(d, argus))
return tostring(html)
end
return p
58yoxgymvbpibdlpozc2c2j758wx3p6
Usuario:Ignacio Rodríguez/Botonera.js
2
343973
1669117
1651925
2026-07-17T01:19:56Z
Ignacio Rodríguez
3603
¬¬ mediawikicosas
1669117
javascript
text/javascript
/***************************************************************
* Botonera
* TODO: Documentar, etc.
***************************************************************/
// Carga rexps de página comunitaria
mw.loader.load( 'https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Usuario:Ignacio_Rodríguez/regex.js&action=raw&action=raw&ctype=text/javascript', 'text/javascript' );
// zoom arriba para poder usarlo al inicio
var zoom = function(factor, sign) {
if (factor == false){
mw.cookie.set('last-textarea-zoom', null);
factor = 1;
}
var last = mw.cookie.get('last-textarea-zoom', null, 100);
var newsize = last * (factor ** sign);
mw.cookie.set('last-textarea-zoom', newsize);
var textarea = $( 'textarea' );
textarea.css({'font-size': newsize + '%'});
var sheet = document.styleSheets[0];
sheet.insertRule(".cm-line { font-size:"+newsize+"%; }", sheet.cssRules.length);
};
// Check if we're editing a page.
if ( [ 'edit', 'submit' ].indexOf( mw.config.get( 'wgAction' ) ) !== -1 ) {
// Add a hook handler.
mw.hook( 'wikiEditor.toolbarReady' ).add( function ( $textarea ) {
// Configure a new toolbar entry on the given $textarea jQuery object.
$textarea.wikiEditor( 'addToToolbar', {
section: 'proofreadpage-tools',
groups: {
advanced: {
label: 'Avanzado' // or use mw.msg() for a localized label, see above
},
},
group: 'advanced',
tools: { cleanOCR: {
label: 'Limpiar OCR',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/f/fe/OOjs_UI_icon_checkAll.svg/20px-OOjs_UI_icon_checkAll.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {pageCleanup()}}
},
header: {label: 'Agregar encabezado',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/9/99/Tabler-icons_arrow-bar-to-up.svg/20px-Tabler-icons_arrow-bar-to-up.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {cabeceraPagina()}}
},
footer: {label: 'Agregar pie de página',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/e6/Tabler-icons_arrow-bar-to-down.svg/20px-Tabler-icons_arrow-bar-to-down.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {piePagina()}}
},
makeref: {label: 'Hacer referencia',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/f/f8/Tabler-icons_code.svg/20px-Tabler-icons_code.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {makeReference()}}
},
smallcaps: {label: 'Versalitas',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/b/b5/Tabler-icons_text-size.svg/20px-Tabler-icons_text-size.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {versalita()} }
},
upper: {label: 'A mayúsculas',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/8d/Tabler-icons_letter-case-upper.svg/20px-Tabler-icons_letter-case-upper.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {mayus()} }
},
lower: {label: 'A minúsculas',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/d4/Tabler-icons_letter-case-lower.svg/20px-Tabler-icons_letter-case-lower.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {minus()} }
},
orthoOld: {label: 'Arcaizar ortografía',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/2/2d/OOjs_UI_icon_searchDiacritics.svg/20px-OOjs_UI_icon_searchDiacritics.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) { orthoOld()} }
},
regexp: {label: 'Editor de regex',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/c/cd/OOjs_UI_icon_regular-expression.svg/20px-OOjs_UI_icon_regular-expression.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) { $('#ts-link-0').click() } }
},
ftolongs: {label: 'De f a s larga',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/8e/F_to_long_s_icon.svg/20px-OOjs_UI_icon_regular-expression.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) { ftolongs()} }
},
}
} );
$textarea.wikiEditor( 'addToToolbar', {
section: 'proofreadpage-tools',
groups: {
fontsize: {
label: 'Fuente' // or use mw.msg() for a localized label, see above
},
},
group: 'fontsize',
tools: { zoomin: {
label: 'Aumenta tamaño del texto del editor',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/ed/Font_Awesome_5_solid_search-plus.svg/20px-Font_Awesome_5_solid_search-plus.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {zoom(1.1, 1)}}
},
zoomout: {
label: 'Disminuye tamaño del texto del editor',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/80/Font_Awesome_5_solid_search-minus.svg/20px-Font_Awesome_5_solid_search-minus.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {zoom(1.1, -1)}}
},
zerozoom: {
label: 'Disminuye tamaño del texto del editor',type: 'button',
icon: '//upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/0/06/OOUI_icon_reset_zoom.svg/20px-OOUI_icon_reset_zoom.svg.png',
action: {type: 'callback', execute: function ( context ) {zoom(false, 1)}}
},
}
} );
$('[rel="cleanOCR"]').attr('accesskey', "2");
$('[rel="header"]').attr('accesskey', "3");
$('[rel="footer"]').attr('accesskey', "4");
$('[rel="makeref"]').attr('accesskey', "h");
$('[rel="lower"]').attr('accesskey', "-");
$('[rel="smallcaps"]').attr('accesskey', "+");
$('[title="Negrita"]').attr('accesskey', "n");
$('[title="Cursiva"]').attr('accesskey', "k");
zoom(1, 1);
} );
}
/******************************************************************************
* Funciones recreadas acá
* A lo bruto pq no tengo posibilidades de replicar la lógica de TemplateScript
* Está todo en el historial si alguien del futuro puede hacerlo
* ****************************************************************************/
// Roman numeral functions
// From http://blog.stevenlevithan.com/archives/javascript-roman-numeral-converter
function int_to_roman( num ) {
if ( Number( num ) === 0 ) {
return false;
}
var digits = String( Number( num ) ).split( '' ),
key = [ '', 'C', 'CC', 'CCC', 'CD', 'D', 'DC', 'DCC', 'DCCC', 'CM',
'', 'X', 'XX', 'XXX', 'XL', 'L', 'LX', 'LXX', 'LXXX', 'XC',
'', 'I', 'II', 'III', 'IV', 'V', 'VI', 'VII', 'VIII', 'IX'
],
roman = '',
i = 3;
while ( i-- ) {
roman = ( key[ +digits.pop() + ( i * 10 ) ] || '' ) + roman;
}
return Array( +digits.join( '' ) + 1 ).join( 'M' ) + roman;
}
function roman_to_int( in_str ) {
var str = in_str.toUpperCase(),
validator =
/^M*(?:D?C{0,3}|C[MD])(?:L?X{0,3}|X[CL])(?:V?I{0,3}|I[XV])$/,
token = /[MDLV]|C[MD]?|X[CL]?|I[XV]?/g,
key = {
M: 1000,
CM: 900,
D: 500,
CD: 400,
C: 100,
XC: 90,
L: 50,
XL: 40,
X: 10,
IX: 9,
V: 5,
IV: 4,
I: 1
},
num = 0,
m;
if ( !( str && validator.test( str ) ) ) { return false; }
while ( ( m = token.exec( str ) ) ) { num += key[ m[ 0 ] ]; }
return num;
}
var write_to = function(target, text){
target.focus();
target.textSelection('setSelection', {start: 0, end: target.val().length})
target.textSelection('replaceSelection', text);
};
var pageCleanup = function(context) {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $textbox.val();
// push <noinclude> content at the top & bottom into the header & footer
if (text.match(/^<noinclude\>/)) {
var e = text.indexOf("</noinclude>");
$('#wpHeaderTextbox').val(function(i, val) {
return $.trim(val + "\n" + text.substr(11, e-11).replace(/^\s+|\s+$/g, ''));
});
text = text.substr(e+12);
}
if (text.match(/<\/noinclude\>$/)) {
var s = text.lastIndexOf("<noinclude>");
$('#wpFooterTextbox').val(function(i, val) {
return $.trim(text.substr(s+11, text.length-s-11-12).replace(/^\s+|\s+$/g, '') + "\n" + val);
});
text = text.substr(0, s);
}
// clean up text
text = text
// remove trailing spaces at the end of each line
.replace(/ +\n/g, '\n')
// remove trailing whitespace preceding a hard line break
.replace(/ +<br *\/?>/g, '<br />')
// remove trailing whitespace and numerals at the end of page text
// (numerals are nearly always page numbers in the footer)
.replace(/[\s\d]+$/g, '')
.replace(/^[\s\d]+/g, '')
// quitar restos de OCR de Google
.replace(/Digitized.{8,15}$/g, '')
// quitar Biblioteca Nacional de España
.replace(/(© )?Biblioteca Nacional de España/g, '')
// remove trailing spaces at the end of refs
.replace(/ +<\/ref>/g, '</ref>')
// remove trailing spaces at the end of template calls
.replace(/ +}}/g, '}}')
// convert double-hyphen to mdash (avoiding breaking HTML comment syntax)
.replace(/([^\!])--([^>])/g, '$1—$2')
// remove spacing around mdash, but only if it has spaces on both sides
// (we don't want to remove the trailing space from "...as follows:— ",
// bearing in mind that the space will already be gone if at end of line).
.replace(/ +— +/g, '—')
// aparecer "guiones suaves"
//.replace(/\u00AD/g, '-')
// join words that are hyphenated across a line break
// (but leave "|-" table syntax alone)
.replace(/([^\|])[\-¬\u00AD]\n/g, '$1');
// clean up pages if they don't have <poem>
if (text.indexOf('<poem>') == -1) {
text = text
// lines that start with " should probably be new lines,
// if the previous line ends in punctuation,
// other than a comma or semicolon
// and let's get rid of trailing space while we're at it
.replace(/([^\n\w,;])\n\" */g, '$1\n\n"')
// nueva línea y abre comillas (o cierra en algunos casos)
// probablemente sea continuación de las comillas, excepto
// si precede un punto (creo que de eso se encarga la expresión)
// anterior, pero mejor estar seguros.
.replace(/([^\n\.:])\n["«»]/g, '$1 ')
// lines that end with " should probably precede a new line,
// unless preceded by a comma,
// or unless the new line starts with a lower-case letter;
// and let's get rid of preceding space while we're at it
.replace(/([^,])\ *\"\n([^a-z\n])/g, '$1"\n\n$2')
//nueva línea y emdash probablemente es un diálogo y debería ser un nuevo párrafo
.replace(/([^\n])\n—/g, '$1\n\n—')
// remove single line breaks; preserve multiple.
// but not if there's a tag, template or table syntax either side of the line break
.replace(/([^>}\|\n])\n([^:#\*<{\|\n])/g, '$1 $2')
// collapse sequences of spaces into a single space
.replace(/ +/g, ' ');
}
// Replace con regex comunitarios
for (let tuple of window.BOTONERA_REGEX) {
text = text.replace(tuple[0], tuple[1]);
}
$textbox.focus();
write_to($textbox, text);
};
function splitPagina(tpp) {
var testo = ["", "", ""];
testo[0] = tpp.substring(0, tpp.indexOf("</noinclude>") + 12);
testo[2] = tpp.substring(tpp.lastIndexOf("<noinclude>"));
testo[1] = tpp.substring(testo[0].length, tpp.length - testo[2].length);
testo[0] = $.trim(testo[0].replace(/<noinclude\><pagequality.+?>/,"").replace("</noinclude>",""));
return testo;
}
var cabeceraPagina = function(off_slot=0){
var offsets = [-2, -4, 2, 4, -1, 1];
if (off_slot > offsets.length) { return }
pageName=$("#firstHeading").text(); // obtenerlo directamente del HTML para compatibilidad con EIS
var t=(/(.+\/)(\d+)$/).exec(pageName);
var offset = offsets[off_slot];
var t_n = t[2]*1 + offset;
title = t[1] + t_n;
var api = new mw.Api();
api.get( {
action: 'query',
prop: 'revisions',
titles: title,
rvprop:"content"
} ).done( function ( data ) {
$.each(data.query.pages, function(index,value) {
if (data.query.pages[index].missing!==undefined) {
cabeceraPagina(off_slot+1);
} else {
split = splitPagina(data.query.pages[index].revisions[0]["*"]);
if (split[0]) {
addCabecera(split[0], offset); }
else {
cabeceraPagina(off_slot+1); }
}
});
});
};
var getNewHeader = function(cab, off){
var rexp0 = /{{ *c(?:entrar|p)?\|\|?[^|}]*?(\d+)[^|}]*}}/i;
var match = cab.match(rexp0);
if (match) {
num = match[1];
return cab.replace(num, num*1 - off);
}
var rexp1 = /{{ *(?:cp|rh)\|([^|]*)\|?([^|]*)\|*([^|]*?)}}/i;
match = cab.match(rexp1);
if (match){
// dar vuelta recto-verso
if (off % 2 != 0){ cab = cab.replace(rexp1, "{{cp|$3|$2|$1}}")}
var verso = /{{ *(?:cp|rh) *\|[^|}]*?(\d+)/i;
var recto = /{{ *(?:cp|rh) *\|[^|}]*?\|[^|}]*\|[^|}]*?(\d+)/i;
if (verso.test(cab)) {
match = cab.match(verso)[1];
} else if (recto.test(cab)){
match = cab.match(recto)[1];
} else if (/(\d+)/.test(cab)){ // x si cae algo
match = cab.match(/(\d+)/)[1];
}
return cab.replace(match, match*1 - off);
} else if (/(\d+)/.test(cab)){
match = cab.match(/(\d+)/)[1];
return cab.replace(match, match*1 - off);
}
return cab;
};
var addCabecera = function(data, offset) {
var $header = $("#wpHeaderTextbox");
$header.focus();
try {
var nuevoCab = getNewHeader(data, offset);
write_to($header, nuevoCab);
}
catch (error) {
console.log(error);
write_to($header, data);
}
};
/**
* As you work your way through the page, when you encounter a reference, just mark it with <ref></ref> tags and continue.
* Once you've got to the end of the page and proofed the references, simply highlight each reference in turn,
* and use this function to move it to its proper position.
* @param {object} editor The script helpers for the page.
*/
var makeReference = function() {
var editbox = $('#wpTextbox1');
var [refStart, refEnd] = editbox.textSelection( 'getCaretPosition', {startAndEnd: true});
var value = editbox.textSelection('getContents');
var newvalue = value
var firstref = value.match(/(<ref(?: name ?= ?["']?[^>"'/]+["']?)? ?>)<\/ref>/);
if (firstref != null) {
newvalue = value.slice(0,firstref.index)
+ firstref[1]
+ value.slice(refStart, refEnd)
+ '</ref>'
+ value.slice(firstref.index + firstref[0].length, refStart)
+ value.slice(refEnd);
}
editbox.textSelection('setContents', newvalue)
piePagina();
editbox.focus();
editbox.textSelection('setSelection', {start: 2*(refStart+11)-refEnd});
editbox.textSelection('scrollToCaretPosition', {force: true});
};
/**
* Insert formatted references into the footer box if needed.
* @param {object} editor The script helpers for the page.
*/
var piePagina = function() {
var editbox = $('#wpTextbox1').get(0);
var $footbox = $('#wpFooterTextbox');
var footval = $footbox.val();
var footerbox = '';
var group = editbox.value.match(/<ref *group *= *["']*([^\s]+)["']* *>/); //
var endtable = editbox.value.match(/\n\|-\s*$/); //si termina con una tabla, agregar arreglos para cerrarla correctamente
if (editbox.value.indexOf("<ref") == -1 && editbox.value.indexOf("{{#tag:ref") == -1) {
/* empty */
} else if (footval.indexOf("{{listaref") == -1) {
if (endtable){
footerbox = "{{npt}}\n|}";
}
footerbox += '\n{{listaref}}';
if (group){
footerbox += '\n{{listaref|group='+group[1]+'}}';
}
}
var final = footval + footerbox;
write_to($footbox, final.trim());
};
/**
* Mark the selected text with {{sc}}. If the text is uppercase, it will be converted to titlecase.
*/
var versalita = function() {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $textbox.textSelection( 'getSelection');
if (text == text.toUpperCase()){
text = _titlecase(text);}
$textbox.textSelection('replaceSelection', '{{may|' + text + '}}');
};
/**
* Convert the text to uppercase.
* @param {object} editor The script helpers for the page.
*/
var mayus = function() {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $textbox.textSelection( 'getSelection');
$textbox.textSelection( 'replaceSelection', text.toUpperCase());
};
var minus = function() {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $textbox.textSelection( 'getSelection');
$textbox.textSelection( 'replaceSelection', text.toLowerCase());
};
function orthoOld() {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $( '#wpTextbox1' ).val();
$textbox.focus();
text = text.replace(/ a /g,' á ')
.replace(/ o /g,' ó ')
.replace(/ e /g,' é ')
.replace(/ión\b/g,'ion')
;
write_to($textbox, text);
}
function ftolongs() {
var $textbox = $( '#wpTextbox1' );
var text = $( '#wpTextbox1' ).val();
$textbox.focus();
text = text
// ſ larga (método histograma)
.replace(/(?<=\P{L})fu(?=\P{L}|s)/gu, 'ſu')
.replace(/(?<=\P{L})fi(?=\P{L}|s)/gu, 'ſi')
.replace(/(?<=\P{L})fe([adfgimnñpt])/gu, 'ſe$1')
.replace(/(?<=\P{L})fi([mt])/gu, 'ſi$1')
.replace(/(?<=\P{L})fo([bcflnpſ])/gu, 'ſo$1')
.replace(/(?<=\P{L})fu([abcdfgmpsyſ])/gu, 'ſu$1')
.replace(/(?<=\P{L})fa([çgn])/gu, "ſa$1")
.replace(/afa/gu, "aſa")
.replace(/afc/gu, "aſc")
.replace(/Aff/gu, "Aſſ")
.replace(/afo/gu, "aſo")
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.replace(/bfe/gu, "bſe")
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.replace(/bft/gu, "bſt")
.replace(/efa/gu, "eſa")
.replace(/efc/gu, "eſc")
.replace(/efd/gu, "eſd")
.replace(/efg/gu, "eſg")
.replace(/efm/gu, "eſm")
.replace(/efn/gu, "eſn")
.replace(/efp/gu, "eſp")
.replace(/Efp/gu, "Eſp")
.replace(/efq/gu, "eſq")
.replace(/Eft/gu, "Eſt")
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.replace(/fad/gu, "ſad")
.replace(/fag/gu, "ſag")
.replace(/faj/gu, "ſaj")
.replace(/fan/gu, "ſan")
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.replace(/fea/gu, "ſea")
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.replace(/fem/gu, "ſem")
.replace(/fep/gu, "ſep")
//.replace(/fes/gu, "ſes")
.replace(/feu/gu, "ſeu")
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.replace(/fup/gu, "ſup")
.replace(/fus/gu, "ſus")
.replace(/fut/gu, "ſut")
.replace(/fuy/gu, "ſuy")
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.replace(/ifc/gu, "iſc")
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.replace(/ifm/gu, "iſm")
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.replace(/ifp/gu, "iſp")
.replace(/ift/gu, "iſt")
.replace(/lfa/gu, "lſa")
.replace(/nft/gu, "nſt")
.replace(/ofa/gu, "oſa")
.replace(/ofc/gu, "oſc")
.replace(/(?<! )ofe/gu, "oſe")
.replace(/ofn/gu, "oſn")
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.replace(/Ofo/gu, "Oſo")
.replace(/ofp/gu, "oſp")
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.replace(/ufc/gu, "uſc")
.replace(/ufe/gu, "uſe")
.replace(/ufo/gu, "uſo")
.replace(/ufp/gu, "uſp")
.replace(/uft/gu, "uſt")
.replace(/vfa/gu, "vſa")
.replace(/vfo/gu, "vſo")
.replace(/ fer /gu, " ſer ")
//endings
.replace(/(?<!u)\s*[ce]lt(?=a|o)/gu, ' eſt')
.replace(/o[fíÍ\(/]([oa]s?)(?=\P{L})/gu, 'oſ$1')
.replace(/[flíÍI\(\/]el([oea]s?)(?=\P{L})/gu, 'ſel$1')
.replace(/[fíÍ\(/]ando/gu, 'ſando')
.replace(/[flíÍI\(\/][flíÍI\(\/]ion(?=\P{L})/gu, 'ſſion')
.replace(/(?<!e)[flíÍI\(\/]ion(?=\P{L})/gu, 'ſion')
.replace(/ro[flíÍI\(\/]o(?=\P{L}|s)/gu, 'roſo') //poderoſo, valeroſo
.replace(/(?!ella)[ce][flíÍI\(\/][flíÍI\(\/]a/gu, 'eſſa')
.replace(/[ce][flíÍI\(\/][flíÍI\(\/][ce](?=\P{L}|n\P{L})/gu, 'eſſe')
.replace(/(?!ello)[ce][flíÍI\(\/][flíÍI\(\/]o/gu, 'eſſo')
.replace(/(?!ll)[flíÍI\(\/][flíÍI\(\/](os?)(?=\P{L})/gu, 'ſſ$1')
.replace(/(?!ll)[flíÍI\(\/][flíÍI\(\/](a[nrs]?)(?=\P{L})/gu, 'ſſ$1')
.replace(/(?!ll)[flíÍI\(\/][flíÍ\(/)](en?)(?=\P{L})/gu, 'ſſ$1')
.replace(/[flíÍI\(\/]+(im[ao]s?)(?=\P{L})/gu, 'ſſ$1') //ilustriſſimas, os, etc
.replace(/[fíÍI\(\/]t([ao])(?=\P{L}|s)/gu, 'ſt$1')
.replace(/[fíÍI\(\/]amente(?=\P{L})/gu, 'ſamente')
.replace(/[fíÍ\(/][ce](?=\P{L})/gu, 'ſe') //al final
.replace(/[fíÍ\(/]as(?=\P{L})/gu, 'ſas')
.replace(/[fíÍ\(/]os(?=\P{L})/gu, 'ſos')
.replace(/fſ/gu, "ſſ")
//otras
.replace(/(q|G) /gu, 'q̃ ') //risky
;
write_to($textbox, text);
}
var _titlecase = function(text) {
// split text into individual words and examine them one by one
var words = text.toLowerCase().split(" ");
$.each(words, function(i, word) {
switch(word) {
case "a":
case "á":
case "e":
case "é":
case "i":
case "y":
case "o":
case "ó":
case "u":
case "el":
case "la":
case "los":
case "las":
case "un":
case "una":
case "unos":
case "de":
case "del":
return; // don't capitalise articles, "to" as part of an infinitive, prepositions or short conjunctions
default: // capitalise everything else
// capitalise words in parentheses
if (word.substring(0, 1) == '(' ) {
words[i] = word.substring(0, 2).toUpperCase() + word.substring(2, words[i].length);
return;
}
words[i] = word.substring(0, 1).toUpperCase() + word.substring(1, words[i].length);
return;
}
});
// capitalise first word regardless
words[0] = words[0].substring(0, 1).toUpperCase() + words[0].substring(1, words[0].length);
//
// capitalise last word regardless
// var last = words.length-1;
// words[last] = words[last].substring(0, 1).toUpperCase() + words[last].substring(1, words[last].length);
// reconstruct title
return words.join(' ');
};
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Índice:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf
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Cuentos trágicos
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Ignacio Rodríguez
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<pages index="Cuentos trágicos (IA cuentostragicos00pard).pdf" include=235-236 header=test />
[[Categoría:Cuentos]]
[[Categoría:Cuentos de Emilia Pardo Bazán]]
[[Categoría:Cuentos trágicos| ]]
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Autor:Maximilien Robespierre
106
405877
1669154
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2026-07-17T09:26:24Z
Repub73
93361
Se añade una nueva publicación.
1669154
wikitext
text/x-wiki
{{Biocitas
|Texto='''Maximilien Robespierre'''<br /> (6 de [[mayo]] de 1758 - 28 de [[julio]] de 1794) <br/>Abogado, revolucionario y político francés de ideología republicana.
}}
== Obras ==
=== Discursos ===
* ''[[Discurso de la sesión del 2 de enero de 1792 en la Société des Amis de la Constitution - Sobre la guerra (continuación)|Sobre la guerra (continuación)]]'' — Discurso en la Société des Amis de la Constitution (2 de enero de 1792).
* ''[[Sobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención nacional en la administración de la República — Discurso de Robespierre en la Convención pronunciado el 17 de pluvioso, año II (5 de febrero de 1794)|Sobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención nacional en la administración de la República]]''— Discurso en la Convención pronunciado el 17 de pluvioso, año II (5 de febrero de 1794)
* ''[[Primer discurso en la Fiesta del Ser Supremo del 8 de junio de 1794 (20 de pradial, año II)|Primer discurso en la Fiesta del Ser Supremo]]'' — Pronunciado el 20 de pradial, año II (8 de junio de 1794).
* ''[[Segundo discurso en la Fiesta del Ser Supremo del 8 de junio de 1794 (20 de pradial, año II)|Segundo discurso en la Fiesta del Ser Supremo]]'' — Pronunciado el 20 de pradial, año II (8 de junio de 1794).
* ''[[Último discurso de Robespierre en la Convención el 26 de julio de 1794 (8 de termidor, año II) - Contra las nuevas facciones y los diputados corruptos|Contra las nuevas facciones y los diputados corruptos]]'' — Último discurso de Robespierre en la Convención. Pronunciado el 8 de termidor, año II (26 de julio 1794).
=== Documentos y otros escritos ===
* [[Dedicatoria a Jean-Jacques Rousseau de Robespierre|Dedicatoria a Jean-Jacques Rousseau]] (c. 1789)
* [[Orden de arresto del Comité de Salud Pública y del Comité de Seguridad General del 30 de marzo 1794|Orden de arresto del Comité de Salud Pública y del Comité de Seguridad General]] — Aprobada en la sesión del 10 de germinal, año II (10 de marzo de 1794).
[[Categoría:Revolución francesa]]
[[Categoría:Republicanismo histórico francés]]
[[Categoría:Republicanismo]]
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Discurso de la sesión del 2 de enero de 1792 en la Société des Amis de la Constitution - Sobre la guerra (continuación)
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wikitext
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{{Encabezado
|título=Sobre la guerra (continuación)
|subtítulo=discurso en la Société des Amis de la Constitution
|autor=Maximilien Robespierre
|traductor=Wikisource
|año=2 de enero de 1792
|nota=Traducción del usuario @Repub73 desde una fuente digitalizada de las ''Obras completas'' de Maximilien Robespierre (tomo 3) en la página The ARTFL Project - Universidad de Chicago.
}}
{{menor|El discurso de Robespierre del 18 de diciembre de 1791 había causado una profunda impresión en la prensa, y su campaña contra la guerra fue apoyada por las ''Révolutions de Paris''<ref>Véase los nº 127 y 128 (17 y 24 de diciembre de 1791).</ref>. Para recuperar la opinión pública, Brissot intensificó entonces su acción, tanto en la Asamblea como en el Club de los Jacobinos: pronunció dos grandes discursos, los días 29 y 30 de diciembre de 1791. En la Asamblea Legislativa, el día 29, sostuvo que Francia debía «adoptar una actitud firme, a fin de hacer respetar en todas partes la Constitución y el nombre francés»... «Francia quiere la paz, pero no teme la guerra... La guerra es necesaria para Francia por su honor, por su seguridad exterior, por su tranquilidad interior, para restablecer nuestras finanzas y el crédito público, para poner fin a los terrores, a las traiciones y a la anarquía... Esta guerra es un beneficio nacional»<ref>Se puede encontrar este discurso en la B.N. El 33/3K (II).</ref>.}}
{{menor|El 30 de diciembre habló extensamente sobre la necesidad de la guerra ofensiva y fue aplaudido con frecuencia. «Venceremos —afirmó— y restableceremos nuestro crédito público y nuestra prosperidad, o seremos derrotados y los traidores serán por fin desenmascarados y castigados. Solo tengo un temor: que se nos traicione. Necesitamos grandes traiciones; en ello reside nuestra salvación, pues todavía existen fuertes dosis de veneno en el seno de Francia, y hacen falta grandes explosiones para expulsarlo». Recordando las cruzadas, Brissot concluía: «Ha llegado el momento de otra cruzada, y esta tiene un objeto mucho más noble, mucho más puro. Es la cruzada de la libertad universal». Robespierre le respondió el 2 de enero de 1792, y se acordó la impresión de su discurso, así como la audiencia de la continuación «de sus opiniones»<ref>Véase más abajo, la sesión del 11 de enero de 1792.</ref>.}}
{{línea|6em|e=3em}}
Las grandes cuestiones que agitan a los hombres a menudo son fruto de un malentendido; si no me equivoco, se han cometido algunos aquí; solo es necesario que se solucionen para que todos los buenos ciudadanos se unan en torno a los principios y la verdad.
De las dos opiniones que se están tratando en esta asamblea, una tiene de su lado todas las ideas que halagan a la imaginación, todas las esperanzas brillantes que animan el entusiasmo e incluso un sentimiento generoso, sostenido por todos los medios que el gobierno más activo y más poderoso puede emplear para influir en la opinión pública; la otra se apoya únicamente en la fría razón y en la triste verdad. Para complacer, se debe defender la primera; para ser útil, se debe sostener la segunda, con la certeza de que molestará a todos aquellos que tienen el poder de hacer daño: es por esta que yo me declaro.
¿Haremos nosotros la guerra o haremos la paz? ¿Atacaremos a nuestros enemigos o les esperaremos en nuestras casas? Yo creo que este enunciado no trata el tema en todas sus partes y en toda su extensión. ¿Qué postura deberían tomar en la situación en la que nos encontramos la nación y sus representantes en lo que respecta a nuestros enemigos interiores y exteriores? Esta es la verdadera perspectiva desde la que debe considerarse, si deseamos comprenderla en su totalidad y analizarla con toda la precisión que se merece. Lo que importa, sobre todo, sea cual sea el fruto de nuestros esfuerzos, es iluminar a la nación sobre sus verdaderos intereses y los de sus enemigos; se trata de no privar a la libertad de su último recurso, engañando a la opinión pública en estas circunstancias críticas. Intentaré lograr este objetivo respondiendo principalmente a la opinión de M. Brissot.
Si los rasgos generales, si la brillante y profética pintura de éxito de una guerra terminada por los abrazos fraternos de todos los pueblos de Europa son razones suficientes para decidir una cuestión tan seria, estoy de acuerdo en que M. Brissot la tiene perfectamente resuelta; pero su discurso me parece que presenta un vicio, que carece de importancia en un discurso académico, y que es de alguna importancia en la más grande de todas las discusiones políticas; que ha evitado sin cesar el punto fundamental de la cuestión, para elevar a su lado su sistema sobre una base absolutamente ruinosa.
Ciertamente, yo amo tanto como M. Brissot una guerra emprendida para extender el reino de la libertad, y podría entregarme igualmente al placer de contar de antemano todas sus maravillas. Si fuese dueño de los destinos de Francia, si yo pudiera, a mi gusto, dirigir sus fuerzas y sus recursos, habría enviado hace tiempo un ejército a Brabante, habría socorrido a los liejenses y roto las cadenas de los Bátavos; esas expediciones son muy de mi gusto. Yo no habría, es cierto, declarado la guerra a unos súbditos rebeldes; les habría quitado incluso la voluntad de reunirse; no habría permitido a enemigos más formidables y más cercanos a nosotros protegerles y suscitar en nuestro interior peligros más serios<ref>Se trata de las concentraciones de émigrés en el Electorado de Tréveris. El 14 de diciembre, el rey compareció ante la Asamblea para anunciar que consentía en intimar al Elector a dispersar esas concentraciones.</ref>.
Pero en las circunstancias en las que encuentro a mi país, lanzo una mirada inquieta a mi alrededor, y me pregunto si la guerra que se hará será la misma que el entusiasmo nos promete; me pregunto, ¿quién la propone, cómo, en qué circunstancias y por qué?
Es ahí, es en nuestra situación tan extraordinaria donde reside toda la cuestión. Vosotros habéis apartado sin cesar vuestra mirada; pero yo pruebo lo que era claro para todo el mundo, que la proposición de la guerra actual es el resultado de un proyecto formado hace mucho tiempo por los enemigos interiores de nuestra libertad; os he mostrado su objetivo; os he indicado los medios de su ejecución; otros os han mostrado que no es más que una trampa visible: un orador, miembro de la Asamblea Constituyente, os ha dicho a este respecto, verdades de hecho muy importantes<ref>Se trata, al parecer, de Claude Ambroise Régnier (1746-1814), diputado del bailiazgo de Nancy en la Asamblea Constituyente; más tarde fue diputado durante el Directorio y, bajo el Imperio, gran juez y duque de Massa. Pronunció un importante discurso sobre la cuestión de la guerra, pero no se encuentra mención de él en Aulard. En cambio, ''L'Ami des citoyens'' (n.º 30, p. 475) hace referencia a dicho discurso.</ref>; ¿nadie ha dejado de ver esta trampa al considerar que, después de haber protegido constantemente las emigraciones y a los emigrados rebeldes, se proponía declarar la guerra a sus protectores, al mismo tiempo que se seguía protegiendo a los enemigos internos, confederados con ellos? Vos mismo habéis convenido en que la guerra agradaba a los emigrados, que agrada al ministerio, a los intrigantes de la Corte, a esa numerosa facción cuyos jefes, demasiado conocidos, dirigen hace tiempo todas las acciones del poder ejecutivo; todas las trompetas de la aristocracia y del gobierno dan a la vez la señal; en fin, cualquiera que pueda creer que la conducta de la Corte, desde el comienzo de esta revolución, no ha estado siempre en oposición a los principios de igualdad y el respeto por los derechos del pueblo, sería considerado un insensato, si fuese de buena fe; cualquiera que pudiera sostener que la Corte propone una medida tan decisiva como la guerra, sin relacionarla con su plan, no daría una idea más ventajosa de su juicio; o ¿podéis decir que sea indiferente al bien del Estado que la empresa de la guerra sea dirigida por el amor a la libertad en lugar de por el espíritu del despotismo; o por la fidelidad en lugar de la perfidia? Sin embargo, ¿qué habéis respondido a todos estos hechos decisivos? ¿Qué habéis dicho para disipar tantos justos recelos? Vuestra respuesta al principio fundamental de toda esta cuestión servirá para juzgar todo vuestro sistema.
La desconfianza, habéis dicho en vuestro primer discurso, ''la desconfianza es un estado horrible: impide que los dos poderes actúen en concierto; impide al pueblo creer en las demostraciones del poder ejecutivo, enfría su apego y afloja su sumisión<ref>Véase el discurso de Brissot, citado más arriba.</ref>''
¡La desconfianza es un estado horrible! ¿Es esta la palabra de un hombre libre que cree que la libertad no puede comprarse a demasiado alto precio? ¡Impide que los dos poderes actúen en concierto! ¿Sois aún vos quien habla aquí? ¡Cómo! ¿Es la desconfianza del pueblo la que impide al poder ejecutivo avanzar, y no su propia voluntad? ¡Cómo! ¿Es el pueblo el que debe creer en las ''demostraciones'' del poder ejecutivo; y no el poder ejecutivo el que debe merecer la confianza del pueblo, no por ''demostraciones'', sino por hechos? ¡''La desconfianza enfría su apego''! ¿Y a quién debe el pueblo su apego? ¿A un hombre? ¿Al trabajo de sus manos, o más bien a la patria, a la libertad? ¡''La desconfianza afloja su sumisión''! A la ley, sin duda. ¿Ha faltado hasta ahora a ello? ¿Quién tiene más reproches que hacerse a este respecto: el pueblo o sus opresores? Si este texto causó mi sorpresa, no disminuyó, lo confieso, cuando escuché el comentario con que lo desarrollasteis en vuestro último discurso.
Nos habéis enseñado que había que desterrar la desconfianza, porque se había producido un cambio en el ministerio<ref>Delessart había sustituido a Montmorin en el Ministerio de Asuntos Exteriores, y Narbonne a Duportail en el Ministerio de la Guerra.</ref>. ¡Cómo! Vos que tenéis filosofía y experiencia, vos a quien he escuchado decir veinte veces sobre la política y sobre el espíritu inmortal de las Cortes, todo lo que piensa al respecto todo hombre que tiene la capacidad de pensar: ¡sois vos el que piensa que el ministerio debe cambiar con un ministro! A mí me corresponde explicarme libremente sobre los ministros: 1º porque no temo ser sospechoso de especular sobre su cambio, ni por mí ni por mis amigos; 2º porque yo no deseo verlos reemplazados por otros, convencido de que aquellos que aspiran a sus cargos no serían mejores. No ataco a los ministros; ataco sus principios y sus actos. Que se conviertan, si pueden, y combatiré a sus detractores. Tengo, por tanto, el derecho de examinar las bases sobre las que reposa la garantía que les otorgáis. ¡Reprobáis al ministro Montmorin que cedió su puesto, para atraer la confianza hacia el ministro Lessart que lo ha reemplazado! ¡Dios no quiera que pierda momentos preciosos haciendo un paralelismo entre esos dos ilustres defensores de los derechos del pueblo! Habéis expedido dos certificados de patriotismo a otros dos ministros, porque habían sido sacados de la clase plebeya<ref>Cahier de Gerville, ministro del Interior, y Tarbé, ministro de Contribuciones e Ingresos Públicos.</ref>, y yo, digo francamente, que la presunción más razonable, a mi juicio, es que, en las circunstancias en las que nos encontramos, unos plebeyos no habrían sido llamados al ministerio, si no hubieran sido juzgados dignos de ser nobles. Me asombra que la confianza de un representante del pueblo recaiga sobre un ministro a quien el pueblo de la capital temió ver llegar a un cargo municipal; me asombra veros recomendar a la benevolencia pública al ministro de justicia<ref>Duport du Tertre.</ref>, que paralizó la corte provisional de Orleans, al excusarse de enviarle los principales procedimientos; el ministro que calumnió groseramente, ante la Asamblea Nacional, a las sociedades patrióticas del Estado para provocar su destrucción; el ministro que, recientemente, acaba de pedir a la asamblea actual la suspensión del establecimiento de los nuevos tribunales criminales, con el pretexto de que la nación no estaba madura para los jurados, con el pretexto (¡quién lo creería!) de que el invierno es una estación demasiado dura para realizar esta institución, declarada parte esencial de nuestra constitución por el acto constitucional, reclamada por los principios eternos de la justicia y por la tiranía insoportable del sistema bárbaro que pesa todavía sobre el patriotismo y sobre la humanidad; este ministro, este opresor del pueblo de Avignon, rodeado de todos los intrigantes que vos mismo habéis denunciado en vuestros escritos, y enemigo declarado de todos los patriotas invariablemente ligados a la causa pública. Habéis incluso puesto bajo vuestra salvaguardia al actual ministro de la guerra. ¡Ah! Por favor, ahorradnos la pena de discutir la conducta, las relaciones y el personal de tantos individuos, cuando no debe tratarse más que de los principios y de la patria. No basta con emprender la apología de los ministros, aún queréis aislarlos de las intenciones y de la sociedad de aquellas que son notoriamente sus consejeros y cooperadores.
Nadie duda hoy de que existe una liga poderosa y peligrosa contra la igualdad y contra los principios de nuestra libertad; se sabe que la coalición que puso manos sacrílegas sobre las bases de la constitución se ocupa activamente de los medios de acabar su obra; que domina en la Corte, que gobierna a los ministros: vos habéis convenido en que tenía el proyecto de extenderse aún más el poder ministerial y de aristocratizar la representación nacional; nos habéis rogado creer que los ministros y la Corte no tenían nada en común con ella; habéis desmentido, a este respecto, las afirmaciones positivas de varios oradores y la opinión general; os habéis contentado con alegar que unos intrigantes no podían causar ningún perjuicio a la libertad. ¿Ignoráis que son los intrigantes quienes hacen la desgracia de los pueblos? ¿Ignoráis que unos intrigantes, secundados por la fuerza y por los tesoros del gobierno, no son poca cosa? ¿Que vos mismo no jurasteis en otro tiempo perseguir con ardor a una parte de aquellos de quienes aquí se trata? ¿Ignoráis que desde la partida del rey, cuyo misterio comienza a aclararse, han tenido el poder de hacer retroceder la revolución y de cometer impunemente los más culpables atentados contra la libertad? ¿De dónde os viene, de pronto, tanta indulgencia o tanta seguridad?
No os alarméis —nos ha dicho el mismo orador— si esta facción quiere la guerra; no os alarméis si, como ella, la Corte y los ministros quieren la guerra; si los periódicos, ''que el ministerio subvenciona'', predican la guerra: los ministros, es verdad, se unirán siempre a los moderados contra los patriotas; pero se unirán a los patriotas y a los moderados contra los emigrados. ¡Qué teoría tan reconfortante y luminosa! Los ministros, lo admitís, son los enemigos de los patriotas; los moderados, por quienes se declaran, quieren volver nuestra constitución aristocrática; ¿y queréis que adoptemos sus proyectos? Los ministros subvencionan —y sois vos quien lo dice— periódicos cuya tarea es apagar el espíritu público, borrar los principios de la libertad, ensalzar a sus más peligrosos enemigos, calumniar a todos los buenos ciudadanos; ¿y queréis que yo me fíe de las intenciones y de los principios de los ministros?
¿Creéis que los agentes del poder ejecutivo están más dispuestos a adoptar las máximas de la igualdad y a defender los derechos del pueblo en toda su pureza que a transigir con los miembros de la dinastía, con los amigos de la Corte, a expensas del pueblo y de los patriotas, a quienes llaman abiertamente facciosos? Pero los aristócratas de todos los matices piden la guerra; todos los ecos de la aristocracia repiten también el grito de guerra: sin duda tampoco hay que desconfiar de sus intenciones. Por mi parte, admiro vuestra suerte y no la envidio. Habéis sido destinado a defender la libertad sin desconfianza, sin desagradar a sus enemigos, sin hallaros en oposición ni con la Corte, ni con los ministros, ni con los moderados. ¡Qué fáciles y agradables se han vuelto para vos los caminos del patriotismo!
Por mi parte, he encontrado que, cuanto más se avanza en esa carrera, más obstáculos y enemigos se encuentran, más se halla uno abandonado por aquellos con quienes entró en ella; y confieso que si me viese rodeado de cortesanos, de aristócratas, ''de moderados'', me sentiría al menos tentado de creerme en muy mala compañía.
O me equivoco, o la debilidad de los motivos con los que habéis querido tranquilizarnos sobre las intenciones de aquellos que nos empujan a la guerra es la prueba más contundente que pueda demostrarlas. Lejos de abordar el verdadero estado de la cuestión, lo habéis siempre evitado. Todo lo que habéis hecho queda, pues, fuera de la cuestión. Vuestra opinión no se funda más que en hipótesis vagas y ajenas.
¿Qué nos importan, por ejemplo, vuestras largas y pomposas disertaciones sobre la guerra americana? ¿Qué tienen en común la guerra abierta que un pueblo hace a sus tiranos, con un sistema de intriga conducido por el propio gobierno contra la libertad naciente? Si los americanos hubieran triunfado de la tiranía inglesa combatiendo bajo las banderas de Inglaterra y bajo las órdenes de sus generales contra sus propios aliados, el ejemplo de los americanos sería bueno de citar; se podría incluso añadir el de los holandeses y los suizos, si se hubiesen confiado al duque de Alba y a los príncipes de Austria y de Borgoña para vengar sus ultrajes y asegurar su libertad. ¿Qué nos importan también las rápidas victorias que obtenéis en la tribuna sobre el despotismo y la aristocracia del universo? ¡Cómo si la naturaleza de las cosas se plegara tan fácilmente a la imaginación de un orador! ¿Será el pueblo o el genio de la libertad quien dirigirá el plan que se nos propone? Es la Corte, son sus oficiales, son sus ministros. Olvidáis siempre que ese dato cambia todas las combinaciones.
¿Creéis que la intención de la Corte sea la de sacudir el trono de Leopoldo y los de todos los reyes que, en sus respuesta a sus mensajes, le testimonian un apego exclusivo, ella que no cesa de predicaros ''el respeto por los gobiernos extranjeros'', ella que ha perturbado por sus maniobras la revolución de Brabante, ella que acaba de designar a la nación, como el salvador de la patria, como el héroe de la libertad, al general que, en la Asamblea Constituyente, se había declarado abiertamente contra la causa de los brabanzones? Esta reflexión me hace nacer otra idea; me recuerda un hecho que prueba quizás a qué trampas están expuestos los representantes del pueblo. Tal vez sea sorprendente que, en el momento en que se hablaba de la guerra contra los príncipes alemanes para dispersas a los emigrados franceses, se haya apresurado uno a tranquilizar, por un decreto, al jefe del cuerpo germánico contra el temor de ver reunirse en nuestras fronteras a los brabanzones que vienen a buscar asilo entre nosotros. Lo cierto es que los patriotas más celosos de la región francesa donde se han retirado no parecen tener una idea tan desfavorable de ellos como la que se ha querido difundir, y que no están sobre este asunto del mismo parecer que el directorio del departamento del norte. Por mi parte, temo, lo confieso, que el patriotismo de los representantes haya sido engañado por los hechos. Lo digo sin temor de que se me sospeche querer desacreditar su prudencia; incluso me habría ahorrado esta última reflexión, inútil para mi propio interés, si no deseara, desde hace algún tiempo, encontrar la ocasión de disipar los prejuicios que ciertos malentendidos han podido hacer nacer y que podrían aflojar los lazos que deben unir a todos los amigos de la libertad. Se dice que se intenta aprovecharse de ciertas observaciones dictadas sin duda por el amor al bien público, y que, por lo demás, son personales de su autor, para alejar de esta sociedad a diputados patriotas y poner el amor propio de los representantes del pueblo en oposición con su civismo. Creo imposible el éxito de esta empresa; creo además que ningún miembro de esta sociedad ha tenido la intención de rebajar a los legisladores actuales mediante un paralelismo injusto entre la primera y la segunda asamblea. Por mi parte, declaro abiertamente que, lejos de vincular mi interés personal al de la Asamblea Constituyente, la considero como un poder que ya no existe y para el cual el severo juicio de la posteridad debe comenzar desde ahora. Declaro que nadie tiene más respeto que yo por el carácter de los representantes del pueblo en general; que nadie tiene mayor estima y apego por los diputados patriotas que son miembros de esta sociedad. Estoy incluso convencido de que a las faltas de la primera asamblea deben imputarse la mayoría de aquellas que la legislatura actual podría cometer. El hecho mismo que acabo de citar es quizá un ejemplo. Creo también cumplir un deber de fraternidad, tanto como de civismo, al explicar libremente mi opinión sobre todas las cuestiones que interesan a la patria y a sus representantes; pienso incluso que no deben rechazar el homenaje de las reflexiones que me dicta el puro celo por el bien público, y en las cuales la experiencia de tres años de revolución quizá me da derecho a poner cierta confianza.
De lo que he dicho más arriba se sigue que podría suceder que la intención de quienes piden y conducirían la guerra no la hiciera fatal a los enemigos de nuestra revolución y a los amigos del poder absoluto de los reyes: no importa, vosotros mismo os encargáis de la conquista de Alemania, en primer lugar; paseáis a nuestro ejército triunfante entre todos los pueblos vecinos; establecéis por todas partes municipalidades, directorios, asambleas nacionales, y vosotros mismos proclamáis que este pensamiento es sublime, como si el destino de los imperios se rigiera por figuras retóricas. Nuestros generales, guiados por vosotros, no son ya más que misioneros de la constitución; nuestro campamento no es más que una escuela de derecho público; los satélites de los monarcas extranjeros, lejos de poner obstáculo alguno a la ejecución de este proyecto, vuelan a nuestro encuentro, no para rechazarnos, sino para escucharnos.
Es lamentable que la verdad y el buen sentido desmientan estas magníficas predicciones; está en la naturaleza de las cosas que la marcha de la razón sea lenta y progresiva. El gobierno más vicioso encuentra un poderoso apoyo en los prejuicios, en las costumbres, en la educación de los pueblos. El propio despotismo pervierte el espíritu de los hombres hasta hacerse adorar, y hasta volver sospechosa y aterradora la libertad a primera vista. La idea más extravagante que puede nacer de la cabeza de un político es creer que basta con que un pueblo entre armado en casa de un pueblo extranjero para hacerle adoptar sus leyes y su constitución. A nadie le gustan los misioneros armados; y el primer consejo que dan la naturaleza y la prudencia es rechazarlos como enemigos. He dicho que una invasión semejante podría despertar la idea del incendio del Palatinado y de las últimas guerras más fácilmente de lo que haría germinar ideas constitucionales, porque la masa del pueblo, en esas regiones, conoce mejor esos hechos que nuestra constitución. Los relatos de los hombres ilustrados que las conocen desmienten todo lo que se nos cuenta acerca del ardor con que suspiran por nuestra constitución y por nuestros ejércitos. Antes de que los efectos de nuestra revolución se hagan sentir entre las naciones extranjeras, es necesario que esté consolidada. Querer darles la libertad antes de haberla conquistado nosotros mismos es asegurar al mismo tiempo nuestra servidumbre y la del mundo entero; es formarse de las cosas una idea extravagante y absurda, pensar que desde el momento en que un pueblo se da una constitución, todos los demás responden al mismo instante a esa señal. El ejemplo de América, que habéis citado, ¿habría bastado para romper nuestras cadenas, si el tiempo y el concurso de las circunstancias más favorables no hubieran conducido insensiblemente a esta revolución? La declaración de los derechos no es la luz del sol que ilumina a todos los hombres al mismo tiempo; no es el rayo que golpea simultáneamente todos los tronos. Es más fácil escribirla en el papel o grabarla en el bronce que restablecer en el corazón de los hombres sus caracteres sagrados borrados por la ignorancia, por las pasiones y por el despotismo. ¿Qué digo? ¿No es desconocida todos los días, pisoteada, incluso ignorada entre vosotros mismos que la habéis promulgado? ¿La igualdad de derechos existe en algún otro lugar que no sean los principios de nuestra carta constitucional? ¿El despotismo, la aristocracia resucitada bajo nuevas formas, no alza de nuevo su cabeza horrenda? ¿No oprime todavía a la debilidad, a la virtud, a la inocencia, en nombre de las leyes y de la libertad misma? ¿No ha sido maltratada y mancillada de las manos impuras de esa coalición que hoy perturba y tiraniza a Francia, y a la que solo le falta, para consumar sus funestos proyectos, la adopción de las medidas pérfidas que combato en este momento? ¿Cómo, pues, podéis creer que obrará, en el mismo momento que nuestros enemigos interiores han señalado para la guerra, los prodigio que aún no han podido obrar entre nosotros?
Estoy lejos de pretender que nuestra revolución no influirá en lo sucesivo sobre el destino del globo, quizá incluso antes de lo que las apariencias actuales parecen anunciar. ¡Dios me libre de renunciar a una esperanza tan dulce! Pero digo que no será hoy; digo que al menos no está probado, y que, en la duda, no hay que arriesgar nuestra libertad; digo que, en todos los tiempos, para ejecutar con éxito una empresa semejante, sería necesario quererlo, y que el gobierno al que estaría confiada, y sus principales agentes, no lo quieren y lo han declarado abiertamente.
Por último, ¿queréis un antídoto seguro contra todas las ilusiones que se os presentan? Reflexionad siempre sobre la marcha natural de las revoluciones. En los Estados constituidos, como casi todos los países de Europa, hay tres poderes: el monarca, los aristócratas y el pueblo, o más bien el pueblo es nulo. Si ocurre una revolución en esos países, solo puede ser gradual; comienza por los nobles, por el clero, por los ricos, y el pueblo los sostiene cuando su interés coincide con el de ellos para resistir al poder dominante, que es el del monarca. Así fue también entre vosotros: fueron los parlamentos, los nobles, el clero, los ricos quienes dieron el impulso a la revolución; después apareció el pueblo. Se arrepintieron de ello, o al menos quisieron detener la revolución cuando vieron que el pueblo podía recuperar su soberanía; pero fueron ellos quienes la comenzaron; y sin su resistencia y sus falsos cálculos, la nación estaría todavía bajo el yugo del despotismo. A partir de esta verdad histórica y moral, podéis juzgar hasta qué punto debéis contar con las naciones de Europa en general; pues en ellas, lejos de dar la señal de la insurrección, los aristócratas, advertidos por nuestro propio ejemplo, tan enemigos del pueblo y de la igualdad como los nuestros, se han aliado como ellos con el gobierno para mantener al pueblo en la ignorancia y en las cadenas, y para escapar a la declaración de los derechos. No nos objetéis los movimientos que se anuncian en algunas partes de los Estados de Leopoldo, y particularmente en el Brabante; pues esos movimientos son absolutamente independientes de nuestra revolución y de nuestros principios actuales. La revolución de Brabante había comenzado antes que la nuestra; fue detenida por las intrigas de la Corte de Viena, secundadas por los agentes de la Francia; está a punto de reanudar su curso hoy, pero por la influencia, por el poder, por las riquezas de los aristócratas y, sobre todo, del clero que la había comenzado; hay un siglo de distancia entre los Países Bajos austríacos y nosotros, como hay un siglo entre el pueblo de las fronteras de vuestras provincias del norte el de la capital. Vuestra organización civil del clero y el conjunto de vuestra constitución, propuestos bruscamente a los brabanzones, bastaría para afianzar el poder de Leopoldo; ese pueblo está condenado, por el imperio de la superstición y la costumbre, a pasar por la aristocracia para llegar a la libertad.
¿Cómo puede uno, sobre cálculos tan inciertos como esos, comprometer los destinos de Francia y de todos los pueblos?
No conozco un juicio hecho tan a la ligera sobre esta cuestión como el de M. Brissot, salvo quizá la efervescencia filantrópica de M. ''Anacharsis Cloots''. Refutaré de paso, y con una sola palabra, el discurso deslumbrante de M. Anacharsis Cloots; me limitaré a citarle un rasgo de aquel sabio de Grecia, de aquel filósofo viajero cuyo nombre ha tomado prestado. Creo que fue ese Anacarsis griego quien se burlaba de un astrónomo que, al contemplar el cielo con excesiva atención, cayó en un foso que no había visto en la tierra. ¡Pues bien! El Anacarsis moderno, al ver en el sol ''manchas semejantes a las de nuestra constitución', al ver descender del cielo al ángel de la libertad para ponerse al frente de nuestras legiones y exterminar, por medio de sus brazos, a todos los tiranos del universo, no ha visto bajo sus pies el precipicio al que se quiere arrastrar al pueblo francés. Puesto que ''el orador del género humano'' cree que el destino del universo está ligado al de Francia, que defienda con mayor reflexión los intereses de sus clientes, o que tema que el género humano le retire su poder.
Dejad, pues, dejad todas estas declamaciones engañosas; no nos presentéis la imagen conmovedora de la felicidad para arrastrarnos a males reales; dadnos menos descripciones agradables y consejos más sabios.
Podéis incluso dispensaros de entrar en tan largos detalles sobre los recursos, los intereses y las pasiones de los príncipes y de los gobiernos actuales de Europa. Me habéis reprochado no haberlos discutido con suficiente amplitud. No. Tampoco lo haré ahora: 1º porque no es sobre conjeturas de ese tipo, siempre inciertas por su propia naturaleza, sobre las que quiero fundar la salvación de mi patria; 2º porque quien llega a afirmar que todas las potencias de Europa no podrían, de acuerdo con nuestros enemigos interiores, sostener un ejército para favorecer el sistema de intrigas del que he hablado, adelanta una proposición que no merece ser refutada; 3º finalmente, porque ahí no está el nudo de la cuestión. Pues sostengo, y probaré, que tanto si la Corte y la coalición que la dirigen hacen una guerra seria, como si se limitan a preparativos y amenazas, habrán avanzado siempre el éxito de sus verdaderos proyectos.
Ahorraos al menos todas las contradicciones que vuestro sistema presenta a cada instante: no nos digáis unas veces que solo se trata de ir a perseguir a veinte o treinta leguas a los caballeros de Coblenza y volver triunfantes; y otras, que no se trata nada menos que de romper las cadenas de las naciones. No nos digáis unas veces que todos los príncipes de Europa permanecerán espectadores indiferentes de nuestros conflictos con los emigrados y de nuestras incursiones en el territorio germánico; y otras, que derribaremos el gobierno de todos esos príncipes.
Pero adopto vuestra hipótesis favorita y extraigo de ella un razonamiento al que desafío a todos los partidarios de vuestro sistema a responder de manera satisfactoria. Les propongo este dilema: o bien podemos temer la intervención de las potencias extranjeras, y entonces todos vuestros cálculos fallan; o bien las potencias extranjeras no se mezclarán de ningún modo en vuestra expedición; en este último caso, Francia no tiene entonces otro enemigo que temer que ese puñado de aristócratas emigrados a los que apenas prestaba atención hace algún tiempo. ¿Pretendéis acaso que esa potencia debe alarmarnos? Y si fuese terrible, ¿no lo sería evidentemente por el apoyo que le prestarían nuestros enemigos interiores, de los que no desconfiáis en absoluto? Todo prueba, pues, que esta guerra ridícula es una intriga de la Corte y de las facciones que nos desgarran; declararles la guerra fiándose de la Corte, violar el territorio extranjero, ¿qué es sino secundar sus designios? Tratar como potencia rival a unos criminales a los que basta con estigmatizar, juzgar y castigar en rebeldía; nombrar para combatirlos mariscales de Francia extraordinarios, contra las leyes; afectar el exhibir ante los ojos del universo a La Fayette en toda su extensión, ¿qué es sino darles una imagen y una importancia que desean, y que conviene a los enemigos de dentro que los favorecen? La Corte y los facciosos tienen sin duda razones para adoptar este plan: ¿cuáles pueden ser las nuestras? ''El honor del nombre francés'', decís. ¡Justo cielo! ¿La nación francesa deshonrada por esa turba de fugitivos tan ridículos como impotentes, a los que puede despojar de sus bienes y marcar ante los ojos del universo con el sello del crimen y de la traición? ¡Ah! La vergüenza consiste en dejarse engañar por los groseros artificios de los enemigos de nuestra libertad. La magnanimidad, la sabiduría, la libertad, la felicidad, la virtud: he ahí nuestro honor. El que queréis resucitar es el amigo y el sostén del despotismo; es el honor de los héroes de la aristocracia, de todos los tiranos; es el honor del crimen, un ser extraño que yo creería nacido de no sé qué unión monstruosa del vicio y la virtud, pero que se ha puesto del lado del primero para degollar a su madre; está proscrito de la tierra de la libertad; dejad ese honor, o relegadlo más allá del Rin; que vaya a buscar un asilo en el corazón o en la cabeza de los príncipes y de los caballeros de Coblenza.
¿Es, pues, con esta ligereza como hay que tratar los más altos intereses del Estado?
Antes de extraviaros en la política y en los Estados de los príncipes de Europa, comenzad por volver la mirada a vuestra situación interior; restableced el orden en vuestra propia casa antes de llevar la libertad a otra parte. Pero pretendéis que ese cuidado no debe ni siquiera ocuparos, como si las reglas ordinarias del buen sentido no estuvieran hechas para los grandes políticos. Restablecer el orden en las finanzas, detener su depredación, armar al pueblo y a las guardias nacionales, hacer todo lo que el gobierno ha querido impedir hasta ahora para no temer ni los ataques de nuestros enemigos ni las intrigas ministeriales; reavivar, mediante leyes benéficas y mediante un carácter sostenido de energía, dignidad y sabiduría, el espíritu público y el horror a la tiranía, que es lo único que puede hacernos invencibles frente a todos nuestros enemigos: todo eso no serían más que ideas ridículas; la guerra, la guerra, en cuanto la Corte la pide; ese partido dispensa de cualquier otro cuidado; se está en paz con el pueblo en cuanto se le da la guerra; guerra contra los justiciables del tribunal nacional o contra los príncipes alemanes; confianza, idolatría hacia los enemigos interiores. ¿Pero qué digo? ¿Tenemos enemigos interiores? No, no los conocéis; solo conocéis Coblenza. ¿No habéis dicho que la sede del mal está en Coblenza? ¿No está entonces en París? ¿No hay, pues, ninguna relación entre Coblenza y otro lugar que no está lejos de nosotros? ¿Qué? ¿Os atrevéis a decir que lo que ha hecho retroceder la revolución es el miedo que inspiran a la nación los aristócratas fugitivos que siempre ha despreciado, y esperáis de esa nación prodigios de todo tipo? Aprended, pues, que a juicio de todos los franceses ilustrados, la verdadera Coblenza está en Francia; que el del obispo de Tréveris no es más que uno de los resortes de una profunda conspiración tramada contra la libertad, cuyo foco, cuyo centro, cuyos jefes están en medio de nosotros. Si ignoráis todo eso, sois ajeno a todo lo que ocurre en este país. Si lo sabéis, ¿por qué lo negáis? ¿Por qué desviar la atención pública de nuestros enemigos más terribles para fijarla en otros objetos, para conducirnos a la trampa en la que nos esperan?
Otras personas, sintiendo vivamente la profundidad de nuestros males y conociendo su verdadera causa, se equivocan evidentemente en cuanto al remedio. En una especie de desesperación, quieren precipitarse hacia la guerra extranjera, como si esperaran que el solo movimiento de la guerra nos devolviera la vida, o que de la confusión general surgieran por fin el orden y la libertad. Cometen el más funesto de los errores, porque no distinguen las circunstancias y confunden ideas absolutamente distintas. En las revoluciones hay movimientos contrarios y movimientos favorables a la libertad, como en las enfermedades hay crisis salutíferas y crisis mortales.
Los movimientos favorables son aquellos que se dirigen directamente contra los tiranos, como la insurrección de los americanos o como la del 14 de julio; pero la guerra en el exterior, provocada y dirigida por el gobierno en las circunstancias en las que nos encontramos, es un movimiento a contracorriente, una crisis que puede conducir a la muerte del cuerpo político. Tal guerra no puede sino engañar a la opinión pública, desviar la atención de las justas inquietudes de la nación y prevenir la crisis favorable que los atentados de los enemigos de la libertad habrían podido provocar. Bajo este aspecto fue como desarrollé en primer lugar los inconvenientes de la guerra. Durante la guerra extranjera, el pueblo —como ya he dicho— distraído por los acontecimientos militares de las deliberaciones políticas que interesan a las bases esenciales de su libertad, presta una atención menos seria a las maniobras sordas de los intrigantes que las socavan, del poder ejecutivo que las sacude, a la debilidad o a la corrupción de los representantes que no las defienden. Esta política fue conocida en todos los tiempos y, diga lo que diga M. Brissot, es aplicable y elocuente el ejemplo de los aristócratas de Roma que he citado: cuando el pueblo reclamaba sus derechos contra las usurpaciones del Senado y de los patricios, el Senado declaraba la guerra, y el pueblo, olvidando sus derechos y sus agravios, no se preocupaba más que de la guerra, dejaba al Senado su dominio y preparaba nuevos triunfos para los patricios. La guerra es buena para los oficiales militares, para los ambiciosos, para los agiotistas que especulan con este tipo de acontecimientos; es buena para los ministros, pues cubre sus operaciones con un velo más espeso y casi sagrado; es buena para la Corte, es buena para el poder ejecutivo, pues aumenta su autoridad, su popularidad, su ascendiente; es buena para la coalición de nobles, intrigantes moderados que gobierna Francia. Esta facción puede colocar a sus héroes y a sus miembros al frente del ejército; la Corte puede confiar las fuerzas del Estado a hombres que pueden servirla llegado el caso, tanto más eficazmente cuanto que se les habrá fabricado una especie de reputación de patriotismo; ganarán los corazones y la confianza de los soldados para ligarlos más firmemente a la causa del realismo y el moderantismo; esta es la única clase de seducción que temo para los soldados: no es de una deserción abierta y voluntaria de la causa pública de lo que hay que tranquilizarme. Tal hombre que sentiría horror por traicionar a la patria puede ser conducido por jefes hábiles a clavar el hierro en el seno de los mejores ciudadanos; la palabra pérfida de republicano y de faccioso, inventada por la secta de los enemigos hipócritas de la Constitución, puede armar a la ignorancia engañada contra la causa del pueblo. Ahora bien, la destrucción del partido patriótico es el gran objetivo de todas sus conspiraciones; una vez aniquilado, ¿qué queda sino la servidumbre? No es una contrarrevolución lo que temo; son los progresos de los falsos principios, de la idolatría y de la pérdida del espíritu público. ¿Creéis acaso que sea una ventaja mediocre para la Corte y para el partido del que hablo acantonar a los soldados, acamparlos, dividirlos en cuerpos del ejército, aislarlos de los ciudadanos, para sustituir insensiblemente, bajo los nombres impotentes de disciplina militar y honor, el espíritu de obediencia ciega y absoluta, el antiguo espíritu militar, el amor por la libertad y a los sentimientos populares que se mantenían por su comunicación con el pueblo? Aunque el espíritu del ejército sea todavía bueno en general, ¿debéis disimular que la intriga y la sugestión han obtenido éxitos en varios cuerpos y que ya no es enteramente lo que era en los primeros días de la revolución? ¿No teméis el sistema seguido constantemente desde hace tanto tiempo, de devolver al ejército al puro amor por los reyes y de purgarlo del espíritu patriótico, que siempre se ha considerado como una peste que lo devastaba? ¿Veis sin inquietud alguna el viaje del ministro y el nombramiento de tal general famoso por los desastres de los regimientos más patrióticos? ¿Consideráis como cosa sin importancia el derecho arbitrario de vida y muerte del que la ley va a investir a nuestros patricios militares desde el momento en el que la nación sea declarada en guerra? ¿Consideráis como cosa sin importancia la autoridad policial que se entrega a los jefes militares en todas nuestras ciudades fronterizas? ¿Se ha respondido a todos estos hechos con la disertación sobre la dictadura de los romanos y con el paralelo entre César y nuestros generales? Se ha dicho que la guerra impondría respeto a la aristocracia del interior y secaría la fuente de sus maniobras; en absoluto: adivinan demasiado bien las intenciones de sus amigos secretos como para temer el desenlace; no harán sino mostrarse más activos en proseguir la guerra sorda que pueden hacernos impunemente, sembrando la división, el fanatismo y corrompiendo la opinión. Es entonces sobre todo cuando el partido moderado, revestido con las libreas del patriotismo, cuyos jefes son los artífices de esta trama, desplegará toda su siniestra influencia; es entonces cuando, en nombre de la salvación pública, impondrán silencio a cualquiera que ose elevar alguna sospecha sobre la conducta o las intenciones de los agentes del poder ejecutivo —en el que reposará— y de los generales que, como él, se habrán convertido en la esperanza y el ídolo de la nación; si uno de estos generales está destinado a obtener algún éxito aparente, que creo que no será muy mortífero para los emigrados ni fatal para sus protectores, ¡qué ascendiente no dará a su partido! ¡Qué servicios no podrá prestar a la Corte! Es entonces cuando se hará una guerra más seria contra los verdaderos amigos de la libertad, y solo entonces triunfará el sistema pérfido del egoísmo y de la intriga. Una vez corrompido el espíritu público, ¿hasta dónde no podrán llevar sus usurpaciones el poder ejecutivo y las facciones que lo sirven? No tendrá necesidad de comprometer el éxito de sus proyectos con una precipitación imprudente; quizá no se apresure a poner el plan de transacción del que ya se ha hablado: ya se atenga a ese, ya adopte otro, ¿qué no podrá esperar del tiempo, de la languidez, de la ignorancia, de las divisiones internas, de las maniobras de la numerosa cohorte de sus adeptos en el cuerpo legislativo, de todos los resortes, en fin, que prepara desde hace tanto tiempo?
Nuestros generales —decís— no nos traicionarán; y si fuéramos traicionados, ¡tanto mejor! No os diré que me parezca extraño este gusto por la traición; pues en esto estoy perfectamente de acuerdo con vosotros. Sí, nuestros enemigos son demasiado hábiles para traicionarnos abiertamente, como vosotros lo entendéis; la especie de traición que debemos temer es la que acabo de exponeros: esa no despierta la vigilancia pública, prolonga el sueño del pueblo hasta el momento en que se le encadena; esa no deja ningún recuerdo; esa...todos los que adormecen al pueblo favorecen su éxito; y advertid bien que para lograrlo ni siquiera es necesario hacer seriamente la guerra; basta con ponernos en pie de guerra; basta con mantenernos en la idea de una guerra extranjera: aun cuando no se obtuviera otro beneficio que los millones que se hacen contar por adelantado, no se habría perdido del todo el esfuerzo. Esos veinte millones, sobre todo en el momento en que estamos, valen al menos tanto como las proclamas patrióticas en las que se predica al pueblo la confianza y la guerra.
Decís que desanimo a la nación; no, la ilumino; iluminar a hombres libres es despertar su coraje, es impedir que su propio coraje se convierta en el escollo de su libertad; y aun cuando no hubiera hecho otra cosa que descubrir tantos lazos, refutar tantas ideas falsas y malos principios, frenar los impulsos de un entusiasmo peligroso, habría contribuido a impulsar el espíritu público y servido a la patria.
Habéis dicho también que he ultrajado a los franceses dudando de su coraje y de su amor por la libertad. No; no es el coraje de los franceses de lo que desconfío, es la perfidia de sus enemigos lo que temo; que la tiranía los ataque abiertamente, serán invencibles; pero el coraje es inútil contra la intriga.
Habéis dicho que os sorprendió oír a un defensor del pueblo calumniar y envilecerlo. Ciertamente, no esperaba un reproche semejante. Aprended, ante todo, que no soy el defensor del pueblo; jamás he pretendido ese título fastuoso; yo soy pueblo, nunca he sido otra cosa, no quiero ser otra; desprecio a cualquiera que quiera ser algo más. Si hay que decir más, confesaré que nunca he comprendido por qué se daban nombres pomposos a la fidelidad constante de quienes no han traicionado su causa; ¿sería un medio de reservar una excusa a quienes la abandonan, presentando la conducta contraria como un esfuerzo de heroísmo y de virtud? No; no es nada de eso: no es más que el resultado natural del carácter de todo hombre que no está degradado. El amor a la justicia, a la humanidad, a la libertad es una pasión como cualquier otra; cuando es dominante, se le sacrifica todo; cuando se abre el alma a pasiones de otra especie, como la sed de oro u honores, se les inmola todo: la gloria, la justicia, la humanidad, el pueblo y la patria. He ahí todo el secreto del corazón humano; he ahí toda la diferencia que existe entre el crimen y la probidad, entre los tiranos y los bienhechores del país.
¿Qué debo responder, pues, al reproche de haber envilecido y calumniado al pueblo? No: no se envilece aquello que se ama, no se calumnia uno a sí mismo.
¡He envilecido al pueblo! Es verdad que no sé adularlo para perderlo; que ignoro el arte de conducirlo al precipicio por caminos sembrados de flores; pero, en cambio, fui yo quien supo desagradar a todos los que no son pueblo, defendiendo, casi solo, los derechos de los ciudadanos más pobres y más desgraciados contra la mayoría de los legisladores; fui yo quien opuso constantemente la Declaración de los Derechos a todas esas distinciones calculadas según la cuantía de los impuestos, que establecían distancias entre los ciudadanos; fui yo quien defendió no solo los derechos del pueblo, sino su carácter y sus virtudes; quien sostuvo, contra el orgullo y los prejuicios, que los vicios enemigos de la humanidad y del orden social disminuyen siempre, junto con las necesidades artificiales y el egoísmo, desde el trono hasta la choza; fui yo quien consintió en parecer exagerado, obstinado, incluso orgulloso, para ser justo.
La verdadera forma de dar una prueba de respeto al pueblo no es adormecerlo alabando su fuerza y su libertad, sino defenderlo, prevenirlo contra sus propios defectos; porque el propio pueblo los tiene. ''El pueblo es así'' es, en este sentido, una sentencia muy peligrosa. Nadie nos ha dado una idea más justa del pueblo que Rousseau, porque nadie lo ha amado más. «El pueblo siempre quiere el bien, pero no siempre lo ve.» Para completar la teoría de los principios del gobierno bastaría con añadir: los mandatarios del pueblo ven a menudo el bien, pero no siempre lo quieren. El pueblo quiere el bien porque el bien público es su interés, porque las buenas leyes son su salvaguardia; sus mandatarios no siempre lo quieren, porque quieren volver la autoridad que se les confía en provecho de su orgullo. Leed lo que Rousseau ha escrito sobre el gobierno representativo, y juzgaréis si el pueblo puede dormir impunemente. El pueblo, sin embargo, siente más vivamente y ve mejor todo lo que concierne a los primeros principios de la justicia y de la humanidad que la mayoría de quienes se separan de él; y su buen sentido en este aspecto es a menudo superior al ingenio de los hombres hábiles; pero no tiene la misma aptitud para desenmarañar los rodeos de la política artificiosa que estos emplean para engañarlo y someterlo, y su bondad natural lo dispone a ser víctima de los charlatanes políticos. Estos lo saben bien y se aprovechan de ello.
Cuando despierta y despliega su fuerza y su majestad, lo que ocurre una vez cada siglos, todo se inclina ante él; el despotismo se postra ante tierra y finge estar muerto, como un animal cobarde y feroz ante la vista del león; pero pronto se levanta de nuevo; se acerca al pueblo con aire halagador; sustituye la astucia por la fuerza; se cree convertido, se ha oído salir de su boca la palabra libertad: el pueblo se abandona a la alegría y al entusiasmo; se amontonan en sus manos inmensos tesoros, se le entrega la fortuna pública; se le da un poder colosal; puede ofrecer atractivos irresistibles a la ambición y a la codicia de sus partidarios, mientras que el pueblo solo puede pagar a sus servidores con su estima. Pronto, cualquiera que tenga talentos unidos con vicios le pertenece; sigue constantemente un plan de intriga y de seducción; se aplica sobre todo a corromper la opinión pública; despierta los antiguos prejuicios y las viejas costumbres aún no borradas; mantiene la depravación de las costumbres aún no regeneradas; ahoga el germen de las nuevas virtudes; la innumerable horda de sus esclavos ambiciosos difunde por todas partes falsas máximas; ya no se predica a los ciudadanos sino el reposo y la confianza; la palabra libertad pasa casi por un grito de sedición; se persigue y se calumnia a sus defensores más celosos; se intenta extraviar, seducir o dominar a los delegados del pueblo; hombres usurpan su confianza para vender sus derechos y gozan en paz del fruto de sus crímenes. Tendrán imitadores que, combatiéndolos, no aspirarán sino a reemplazarlos. Los intrigantes y los partidos se apiñan como las olas del mar. El pueblo no reconoce a los traidores sino cuando ya le han hecho suficiente daño como para desafiarlo impunemente. A cada atentado contra su libertad se lo deslumbra con pretextos especiosos, se lo seduce con actos ilusorios de patriotismo, se engaña su celo y se extravía su opinión mediante todos los resortes de la intriga y del gobierno, se lo tranquiliza recordándole su fuerza y su poder. Llega el momento en que la división reina por todas partes, en que todas las trampas de los tiranos están tendidas, en que la liga de todos los enemigos de la igualdad está enteramente formada, en que los depositarios de la autoridad pública son sus jefes, en que la porción de ciudadanos que tiene mayor influencia por sus luces y su fortuna está dispuesta a ponerse de su lado.
He aquí a la nación colocada entre la servidumbre y la guerra civil. Se había mostrado al pueblo la insurrección como un remedio; pero ¿es posible siquiera ese remedio extremo? Es imposible que todas las partes de un imperio, así dividido, se subleven a la vez; y toda insurrección parcial es considerada como un acto de rebelión; la ley la castiga y la ley estaría en manos de los conspiradores. Si el pueblo es soberano, no puede ejercer su soberanía, no puede reunirse en su totalidad y la ley declara que ninguna sección del pueblo puede siquiera deliberar. ¿Qué digo? Entonces ni siquiera la opinión, ni el pensamiento, serían libres. Los escritores estarían vendidos al gobierno; los defensores de la libertad que aún osaran alzar la voz no serían considerados más que como sediciosos; pues la sedición es todo signo de existencia que desagrada al más fuerte; beberían la cicuta, como Sócrates, o expirarían bajo la espada de la tiranía, como Sydney, o se desgarrarían las entrañas, como Catón. ¿Puede aplicarse este cuadro aterrador a nuestra situación? No; aún no hemos llegado a ese último grado de oprobio y desgracia al que conducen la credulidad de los pueblos y la perfidia de los tiranos. Se quiere llevarnos a él; quizá ya hemos dado pasos bastante grandes hacia ese fin; pero aún estamos a una distancia considerable; la libertad triunfará, lo espero, no lo dudo siquiera; pero con la condición de que adoptemos tarde o temprano, y lo antes posible, los principios y el carácter de los hombres libres, de que cerremos el oído a las sirenas que nos atrae hacia los escollos del despotismo, de que no sigamos corriendo, como un rebaño estúpido, por el camino por el que se intenta conducirnos a la esclavitud o la muerte.
He descubierto una parte de los proyectos de nuestros enemigos; pues no dudo de que oculten aún profundidades que no podemos sondear; he señalado nuestros verdaderos peligros y la verdadera causa de nuestros males: es en la naturaleza de esa causa donde hay que buscar el remedio; es ella la que debe determinar la conducta de los representantes del pueblo.
Quedarían aún muchas cosas que decir sobre esta materia, que encierra todo lo que puede interesar a la causa de la libertad; pero ya me he excedido del tiempo establecido: si me lo pedís, cumpliré esta tarea en otra ocasión.
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playa blanca de espuma; y mirando á la negrura de alta mar, extendidas las manos, invocó á su muy amada madre:
—¡Madre! Ya que me diste á luz para vivir poco tiempo, el Olímpico Zeus que en sus nubes truena debía concederme algún honor; pero menos que nunca lo hace ahora. Y he aquí que el Atreida Agamenón, que desde lejos manda, me ha cubierto de oprobio y se ha adueñado de la recompensa que me arrebató.
Habló así, vertiendo lágrimas. Y su madre venerable le oyó desde la sima del abismo, donde estaba sentada al lado de su viejo padre. Y súbito emergió del blanco mar, como una nube; y sentándose ante su hijo, que lloraba, le acarició con la mano y le hablo:
—Hijo mío, ¿por qué lloras? ¿Qué amargura anida en tu alma? Habla, nada me ocultes, para que ambos sepamos la causa de tu pena.
Y tras profundo suspiro, habló Akileo el de los pies veloces:
—Ya lo sabes. ¿Á qué contarte lo que sabes? Fuimos á Tebas, la santa ciudad de Aetión, y la saqueamos, y nos apoderamos de cuanto pudimos; y al partir el botin, los hijos de los acaienos hicieron al Atreida Agamenón el regalo de Criseida la de lindas mejillas. Pero no tardó Crises, el sacrificador del arquero Apolo, en venir a las ligeras naves de los acaienos, revestidos de bronce, para recuperar á su hija. Y llevaba consigo el precio in<noinclude></noinclude>
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Sobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención nacional en la administración de la República — Discurso de Robespierre en la Convención pronunciado el 17 de pluvioso, año II (5 de febrero de 1794)
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Se termina la traducción completa del discurso. Fuente original consultada: https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic5/robespierre-01-26/navigate/10/93
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wikitext
text/x-wiki
{{Encabezado
|título=Sobre los principios de moral política que deben guiar a la Convención nacional en la administración de la República
|subtítulo=discurso de Robespierre en la Convención. Pronunciado el 17 de pluvioso, año II
|autor=Maximilien Robespierre
|traductor=Wikisource
|año=5 de febrero de 1794
|nota=Traducción del usuario @Repub73 desde una fuente digitalizada de las ''Obras completas'' (Tomo 10) de Maximilien Robespierre en la página The ARTFL Project - Universidad de Chicago.
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{{menor|
Robespierre, en nombre del Comité de Salvación Pública, expone «los grandes principios que deben constituir la moral del gobierno francés». La lectura es interrumpida en repetidas ocasiones por los más vivos aplausos<ref>Actas de la Convención nacional, t. XXXI, p. 34. Ver G. Walter, edición definitiva, I, 432-436</ref>.}}
{{menor|A propuesta de Couthon, la Convención ordenó la impresión del informe y su envío a las municipalidades, a las sociedades populares y a los ejércitos<ref>Informe impreso por orden dela Convención (fechado por error el 18 de pluvioso), folleto in-8°, Imp. nat., s.d., 31 p. (''Arch. nat''., AD XVIIIc 263, n°31, AD XVIIIa 60; B.N., 8° Le (38)688 y 4° Lb (41)3761; ''Bibl. V. de P.'', 13 A (123); ''Bibl. Ch. des Députés'', coll. Portiez de l'Oise, t. 361, nº 5; t. 492, nº 71, t. 529, nº 32; ''Bibl. Sorbonne'', HFr 140, t. II, n°24); Imp. nat., s.d., 23 p. (Β.Ν., 8°Le38688A); Imp. des 86 départemens, Paris, s.d., 32 p. (''Β.Ν.'', 8° Le(38)688(B)); Melun, s.d., in-4° (''Β.Ν.'', 4° Lb (41)3761); traduction en italien (''Bibl. V. de P.'', 601 296, nº 5, en alemán y en inglés (à Philadelphie). Reproducido en ''Mon''., XIX, 401-408, Laponneraye, t. III, p. 539; Buchez et Roux, XXXI, 268; ''Arch. parl.'', LXXXIV, 330-337; Ch. Vellay, p. 323 et s.; J. Poperen, t. III, p. 110 et s., M. Bouloiseau, p. 207 y s. Voir E. Hamel, III, 385-91.</ref>.}}
{{menor|El 19 de pluvioso, los jacobinos decidieron trasladarse a la imprenta de Baudouin para hacer sacar más ejemplares, con el fin de distribuirlos entre los miembros, los ciudadanos de las tribunas y las sociedades afiliadas<ref>Véase Aulard, V, 642</ref>.}}
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''Robespierre el mayor''<ref>Este apodo es empleado para distinguirle de su hermano Augustin Robespierre, también diputado y miembro de la Convención.</ref>: Ciudadanos representantes del pueblo, expusimos, hace un tiempo, los principios de nuestra política exterior: hoy vamos a desarrollar los de nuestra política interior.
Después de haber marchado durante mucho tiempo al azar, y como arrastrados por el movimiento de las facciones enfrentadas, los representantes del pueblo francés han mostrado finalmente un carácter y un gobierno. Un cambio súbito en la fortuna de la nación, anunció a la Europa la regeneración que se había producido en la representación nacional. Pero, en este mismo momento en el que estoy hablando, hay que reconocer que hemos sido guiados, en estas circunstancias tan tempestuosas, más por el amor al bien y por el sentimiento de las necesidades de la Patria, que por una teoría exacta y unas reglas precisas de conducta, que ni siquiera tuvimos tiempo de establecer.
A llegado la hora de señalar claramente el objetivo de la Revolución, y el fin al que queremos llegar; es tiempo de rendirnos cuentas a nosotros mismos, y a los obstáculos que aún nos alejan de él, y a los medios que debemos adoptar para alcanzarlo: idea simple e importante que parece no haber sido nunca percibida. ¡Eh! ¿Cómo habría osado realizarlo un gobierno cobarde y corrompido? Un rey, un senado orgulloso, un César, un Cromwell, deben ante todo cubrir sus proyectos con un velo religioso, transigir con todos los vicios, halagar a todos los partidos, aplastar al de los hombres de bien, oprimir o engañar al pueblo, para alcanzar el objetivo de su pérfida ambición. Si no hubiéramos tenido una tarea más elevada que cumplir, si no se tratara aquí más que de los intereses de una facción o de una nueva aristocracia, podríamos haber creído como ciertos escritores, más ignorantes incluso que perversos, que el plan de la Revolución francesa estaba escrito con todas sus letras en los libros de Tácito y de Maquiavelo, y buscar los deberes de los representantes del pueblo en la historia de Augusto, de Tiberio o de Vespasiano, o incluso en la de ciertos legisladores franceses; porque, salvo algunas diferencias de perfidia o de crueldad, todos los tiranos se parecen.
Por nuestra parte, venimos hoy a hacer partícipe al universo entero de vuestros secretos políticos, para que todos los amigos de la patria puedan unirse a la voz de la razón y del interés público; para que la nación francesa y sus representantes sean respetados en todos los países del universo a los que pueda llegar el conocimiento de sus verdaderos principios; para que los intrigantes que siempre buscan sustituir a otros intrigantes, sean juzgados por la opinión pública, según reglas seguras y sencillas.
Es preciso tomar con suficiente antelación las precauciones necesarias para poner los destinos de la libertad en manos de la verdad, que es eterna, más que en las de los hombres, que son mudables, de manera que si el gobierno olvida los intereses del pueblo, o vuelve a caer en manos de hombres corruptos, según el curso natural de las cosas, la luz de los principios reconocidos ilumine sus traiciones, y que toda facción nueva encuentre su muerte en el solo pensamiento del crimen. ¡Feliz el pueblo que puede llegar a este punto! Porque, por muchos nuevos ultrajes que se le preparen, ¡qué recursos no ofrece un orden de cosas en el que la razón pública es la garantía de la libertad!
¿Cuál es el objetivo al que aspiramos? El disfrute pacífico de la libertad y de la igualdad; el reinado de esa justicia eterna, cuyas leyes han sido grabadas, no sobre el mármol o sobre la piedra, sino en los corazones de todos los hombres, incluso en el del esclavo que las olvida y en el del tirano que las niega.
Nosotros queremos un orden de cosas en el que todas las pasiones bajas y crueles estén encadenadas, todas las pasiones benéficas y generosas sean fomentadas por las leyes; en el que la ambición sea el deseo por merecer la gloria y de servir a la patria; en el que las distinciones no nazcan sino de la propia igualdad; en el que el ciudadano esté sometido al magistrado, el magistrado al pueblo, y el pueblo a la justicia; en el que la patria asegure el bienestar de cada individuo, y en el que cada individuo disfrute con orgullo de la prosperidad y de la gloria de la patria; en el que todas las almas se engrandezcan mediante la comunicación continua de los sentimientos republicanos y por la necesidad de merecer la estima de un gran pueblo; en el que las artes sean los adornos de la libertad que las ennoblece, y el comercio la fuente de la riqueza pública, y no solamente de la opulencia monstruosa de unas pocas familias.
Nosotros queremos sustituir, en nuestro país, la moral por el egoísmo, la probidad por el honor, los principios por las costumbres, los deberes por las conveniencias sociales, el imperio de la razón por la tiranía de la moda, el desprecio del vicio por el desprecio de la desgracia, la dignidad por la insolencia, la grandeza del alma por la vanidad, el amor a la gloria por el amor al dinero, la gente de bien por la buena sociedad, el mérito por la intriga, el genio por el espíritu ingenioso, la verdad por la apariencia, el encanto de la felicidad por los hastíos de la voluptuosidad, la grandeza del hombre por la pequeñez de los grandes, un pueblo magnánimo, poderoso y feliz por un pueblo amable, frívolo y miserable; es decir, todas las virtudes y todos los prodigios de la República por todos los vicios y todas las ridiculeces de la monarquía.
Nosotros queremos, en una palabra, realizar los deseos de la naturaleza, cumplir los destinos de la humanidad, hacer realidad las promesas de la filosofía, absolver a la providencia del largo reinado del crimen y de la tiranía. Que la Francia, antaño ilustre entre los países esclavizados, eclipsando la gloria de todo los pueblos libres que han existido, llegue a ser el modelo de las naciones, el terror de los opresores, el consuelo de los oprimidos, el ornamento del universo, y que al sellar nuestra obra con nuestra sangre, podamos ver al menos brillar la aurora de la felicidad universal… Ese es nuestro propósito, ese es nuestro objetivo.
¿Qué tipo de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamente el gobierno democrático o republicano: estas dos palabras son sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar; porque la aristocracia no es una república como tampoco es una monarquía. La democracia no es un estado en el que el pueblo, reunido continuamente en asamblea, regule por sí mismo todos los asuntos públicos; y mucho menos en el que cien mil facciones del pueblo, mediante decisiones aisladas, precipitadas y contradictorias, decidan el destino de una sociedad entera: semejante gobierno jamás ha existido y solo podría existir para devolver al pueblo al despotismo.
La democracia es un estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo aquello que puede hacer bien, y por medio de delegados todo aquello que no puede hacer por sí mismo.
Por tanto, es en los principios del gobierno democrático donde debéis buscar las reglas de vuestra conducta política.
Pero para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para llegar al reinado pacífico de las leyes constitucionales, es preciso terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y atravesar felizmente las tormentas de la Revolución: tal es el objetivo del sistema revolucionario que vosotros habéis regularizado<ref>Véase el informe del 5 de nivoso (más arriba, nº 78)</ref>. Debéis, por tanto, seguir ajustando vuestra conducta a las circunstancias tempestuosas en las que se encuentra la República; y el plan de vuestra administración debe ser el resultado del espíritu del gobierno revolucionario, combinado con los principios generales de la democracia.
Ahora bien, ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, el resorte esencial que lo sostiene y lo pone en movimiento? Es la virtud; hablo de la virtud pública, que obró tantos prodigios en Grecia y en Roma, y que debe producir otros muchos más asombrosos en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la patria y a sus leyes.
Pero, como la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se sigue de ello que el amor a la patria comprende necesariamente el amor a la igualdad.
Es igualmente cierto que este sentimiento sublime supone la preferencia del interés público sobre todos los intereses particulares; de ello se sigue que el amor a la patria presupone también, o produce, todas las virtudes: pues ¿qué son estas sino la fortaleza del alma que hace al hombre capaz de tales sacrificios? ¿Y cómo podría el esclavo de la avaricia o de la ambición, por ejemplo, inmolar su ídolo a la patria?
La virtud no solo es el alma de la democracia; además, solo puede existir en este tipo de gobierno. En la monarquía, no conozco más que a un solo individuo que pueda amar a la patria y que, para ello, ni siquiera necesita una virtud: el monarca. La razón es que, de todos los habitantes de sus estados, el monarca es el único que tiene una patria. ¿No es él el soberano, al menos de hecho? ¿No ocupa el lugar del pueblo? ¿Y qué es la patria, sino el país en el que se es ciudadano y miembro de la soberanía?
Como consecuencia del mismo principio, en los estados aristocráticos la palabra patria solo tiene un verdadero significado para las familias patricias que se han apoderado de la soberanía.
Solo en la democracia el Estado es verdaderamente la patria de todos los individuos que lo componen, y puede contar con tantos defensores interesados en su causa como ciudadanos alberga. He ahí la fuente de la superioridad de los pueblos libres sobre todos los demás. Si Atenas y Esparta triunfaron sobre los tiranos de Asia, y los suizos sobre los tiranos de España y de Austria, no hay que buscar otra causa.
Pero los franceses son el primer pueblo del mundo que ha establecido la verdadera democracia, al llamar a todos los hombres a la igualdad y a la plenitud de los derechos del ciudadano; y esa es, a mi juicio, la verdadera razón por la que todos los tiranos coaligados contra la República serán vencidos.
Desde este momento se pueden extraer importantes consecuencias de los principios que acabamos de exponer.
Puesto que el alma de la República es la virtud y la igualdad, y puesto que vuestro objetivo es fundar y consolidar la República, se sigue que la primera regla de vuestra conducta política debe consistir en orientar todas vuestras acciones al mantenimiento de la igualdad y al desarrollo de la virtud; pues la primera preocupación del legislador debe ser fortalecer el principio del gobierno. Así, todo cuanto tienda a despertar el amor a la patria, a purificar las costumbres, a elevar los espíritus y a dirigir las pasiones del corazón humano hacia el interés público debe ser adoptado o establecido por vosotros. Todo cuanto tienda a concentrarlas en la abyección del yo personal, a reavivar el entusiasmo por las cosas pequeñas y el desprecio por las grandes, debe ser rechazado o reprimido por vosotros. En el sistema de la Revolución francesa, lo que es inmoral es impolítico, lo que corrompe es contrarrevolucionario. La debilidad, los vicios y los prejuicios son el camino a la monarquía. Arrastrados quizás con demasiada frecuencia tanto por el peso de nuestras antiguas costumbres como por la insensible inclinación de la debilidad humana, hacia las ideas falsas y los sentimientos pusilánimes, debemos defendernos mucho menos de los excesos de energía que de los excesos de debilidad. El mayor escollo que quizá debamos evitar no es el ardor excesivo del celo, sino más bien el cansancio de obrar el bien y el miedo a nuestro propio valor. Reavivad, pues, sin cesar el sagrado resorte del gobierno republicano, en lugar de dejar que se relaje. No necesito decir que no pretendo justificar aquí ningún exceso. Se puede abusar incluso de los principios más sagrados; corresponde a la sabiduría del gobierno atender a las circunstancias, aprovechar el momento oportuno y escoger los medios adecuados; pues el arte de preparar las grandes empresas constituye una parte esencial del talento para llevarlas a cabo, del mismo modo que la sabiduría es, en sí misma, una parte de la virtud.
Nosotros no pretendemos moldear la República francesa según el modelo de la de Esparta; no queremos darle ni la austeridad ni la corrupción de los claustros. Acabamos de presentaros, en toda su pureza, el principio moral y político del gobierno popular. Tenéis, pues, una brújula que puede guiaros en medio de las tempestades de todas las pasiones y en el torbellino de intrigas que os rodean. Tenéis la piedra de toque mediante la cual podéis poner a prueba todas vuestras leyes y todas las propuestas que se os presenten. Al compararlas constantemente con este principio, podéis desde ahora evitar el escollo habitual de las grandes asambleas, el peligro de las sorpresas y de las medidas precipitadas, incoherentes y contradictorias. Podréis dar a todas vuestras acciones el conjunto, la unidad, la sabiduría y la dignidad que deben caracterizar a los representantes del primer pueblo del mundo.
No son las consecuencias fáciles del principio de la democracia las que hay que detallar, es este principio simple y fecundo el que merece ser desarrollado por sí mismo.
La virtud republicana puede considerarse en relación con el pueblo y con el gobierno: es necesaria tanto en uno como en el otro. Cuando únicamente el gobierno carece de ella, queda todavía un recurso en la virtud del pueblo; pero, cuando el propio pueblo está corrompido, la libertad ya está perdida.
Afortunadamente, la virtud es natural al pueblo, a pesar de los prejuicios aristocráticos. Una nación está verdaderamente corrompida cuando, después de haber perdido, gradualmente, su carácter y su libertad, pasa de la democracia a la aristocracia o la monarquía; es la muerte del cuerpo político, por la decrepitud. Cuando, después de cuatrocientos años de gloria, la avaricia expulsó finalmente de Esparta las costumbres junto con las leyes de Licurgo, Agis murió en vano tratando de restaurarlas. Demóstenes puede tronar cuanto quiera contra Filipo; Filipo encuentra en los vicios de una Atenas degenerada abogados más elocuentes que Demóstenes. Todavía hay, en Atenas, una población tan numerosa como en los tiempos de Milcíades y Aristides; pero ya no hay atenienses. ¿Qué importa que Bruto haya matado al tirano? La tiranía sigue viviendo en los corazones, y Roma ya no existe sino en Bruto.
Pero, cuando, tras prodigiosos esfuerzos de valor y de razón, un pueblo rompe las cadenas del despotismo para convertirlas en trofeos de la libertad; cuando por la fuerza de su temple moral, sale, por así decirlo, de los brazos de la muerte para recobrar todo el vigor de la juventud; cuando sensible y digno a la vez, intrépido y dócil, no puede ser detenido ni por las inexpugnables murallas ni por los innumerables ejércitos de los tiranos armados contra él, y solo se detiene ante la imagen de la ley; si no se eleva hasta la altura de su destino, ello solo podría deberse a la culpa de quienes lo gobiernan.
Por lo demás puede decirse, en cierto sentido, que para amar la justicia y la igualdad, el pueblo no necesita una gran virtud; le basta con amarse a sí mismo.
Pero el magistrado está obligado a sacrificar su propio interés al interés del pueblo y el orgullo del poder a la igualdad. Es necesario que la ley hable con autoridad sobre todo a quien es su órgano. Es necesario que el gobierno se imponga una disciplina a sí mismo para mantener todas sus partes en armonía con ella. Si existe un cuerpo representativo, una autoridad suprema constituida por el pueblo, le corresponde a esta vigilar y controlar sin cesar a todos los funcionarios públicos. Pero ¿quién la controlará a ella misma, sino su propia virtud? Cuanto más elevada sea esta fuente del orden público, tanto más pura debe ser; por ello es necesario que el cuerpo representativo comience por someter en su propio seno todas las pasiones privadas a la pasión general por el bien público. Dichosos los representantes cuando su gloria y su propio interés se vinculan, tanto como sus deberes, a la causa de la libertad.
Deduzcamos de todo esto una gran verdad; el rasgo característico del gobierno popular es tener confianza en el pueblo y mostrarse severo consigo mismo.
Aquí concluiría toda la exposición de nuestra teoría, si no tuvierais más que gobernar en tiempos de calma la nave de la República: pero la tempestad ruge; y el estado de la revolución en que os encontráis os impone una tarea diferente.
Esta misma pureza de los principios de la Revolución francesa, la misma sublimidad de su objetivo, es precisamente lo que constituye nuestra pureza y nuestra debilidad; nuestra fuerza, porque nos da el ascendiente de la verdad sobre la impostura y los derechos del interés público sobre los intereses privados; nuestra debilidad, porque agrupa contra nosotros a todos los hombres viciosos, a todos aquellos que en sus corazones meditaban despojar al pueblo, a todos los que desean haberlo despojado impunemente, a quienes rechazaron la libertad como una calamidad personal y a quienes abrazaron la Revolución como un oficio y la República como un botín: de ahí la deserción de tantos hombres ambiciosos o codiciosos que, desde el punto de partida, nos abandonaron en el camino, porque no habían emprendido el viaje al mismo destino. Se diría que los dos genios opuestos que se han representado disputándose el imperio de la naturaleza, combaten en esta gran época de la historia humana, para fijar de una vez y para siempre el destino del mundo, y que la Francia es el escenario de esa lucha formidable. En el exterior todos los tiranos os cercan; en el interior, todos los amigos de la tiranía conspiran: conspirarán hasta la esperanza le haya sido arrebatada al crimen. Es preciso sofocar a los enemigos interiores y exteriores de la República, o perecer con ella; ahora bien, en esta situación, la primera máxima de vuestra política debe ser que al pueblo se lo guía por la razón, y a los enemigos del pueblo, por el terror.
Si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno popular en revolución es a la vez ''la virtud y el terror'': la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la justicia pronta, severa e inflexible; es, por tanto, una emanación de la virtud; es menos un principio particular, que una consecuencia del principio general de la democracia, aplicado a las necesidades más urgentes de la patria.
Se ha dicho que el terror es el resorte del gobierno despótico. ¿Acaso el vuestro se parece entonces al despotismo? Sí, tanto como la espada que brilla en las manos de los héroes de la libertad se aparece a aquella con la que los esbirros de la tiranía están armados. Que el déspota gobierne con terror a sus súbditos embrutecidos; tiene razón, como déspota: someted mediante el terror a los enemigos de la libertad; y tendréis razón, como fundadores de la República. El gobierno de la Revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía. ¿Acaso la fuerza solo está hecha para proteger el crimen? ¿Y no está acaso destinada la fuerza del rayo a abatir las cabezas orgullosas?
La naturaleza impone a todo ser físico y moral la ley de velar por su conservación; el crimen degüella a la inocencia para reinar, y la inocencia se debate con todas sus fuerzas entre las manos del crimen. Que la tiranía reine un día y ya no quedará ni un solo patriota. ¿Hasta cuándo la furia de los déspotas será llamada justicia, y la justicia del pueblo, barbarie o rebelión? ¡Cuán indulgentes se muestran con los opresores y cuán implacables con los oprimidos! Nada más natural: quien no odia el crimen no puede amar la virtud.
Sin embargo, es necesario que uno u otro sucumban. Indulgencia para los realistas, exclaman ciertas personas. ¡Gracia para los malvados! No: ¡gracia para los inocentes, gracia para los débiles, gracia para los desgraciados, gracia para la humanidad!
La protección social solo se debe a los ciudadanos pacíficos: en la República solo hay ciudadanos entre los republicanos. Los realistas y los conspiradores no son para ella más que extranjeros, o más bien enemigos. Esta terrible guerra que sostiene la libertad contra la tiranía, ¿no es acaso indivisible? Los enemigos del interior, ¿no son acaso los aliados de los enemigos del exterior? Los asesinos que desgarran la patria desde el interior; los intrigantes que compran las conciencias de los representantes del pueblo; los traidores que las venden; los libelistas mercenarios sobornados para deshonrar la causa del pueblo, para matar la virtud pública, para avivar el fuego de las discordias civiles y para preparar la contrarrevolución política mediante la contrarrevolución moral; toda esa gente ¿es menos culpable o menos peligrosa que los tiranos a los que sirven? Todos aquellos que interponen su dulzura parricida entre esos malvados y la espada vengadora de la justicia nacional se parecen a quienes se arrojarían entre los secuaces de los tiranos y las bayonetas de nuestros soldados; todos los impulsos de su falsa sensibilidad no me parecen más que suspiros escapados hacia Inglaterra y hacia Austria.
¡Eh! ¿Por quién entonces se enternecerían? ¿Sería por doscientos mil héroes, la élite de la nación, segados por el hierro de los enemigos de la libertad o por los puñales de los asesinos realistas o federalistas? No; no eran más que plebeyos, patriotas; para tener derecho a su tierna compasión hay que ser, al menos, la viuda de un general que ha traicionado veinte veces a la patria; para obtener su indulgencia, casi hay que demostrar que se ha hecho sacrificar a diez mil franceses, como un general romano que, para obtener el triunfo, debía matar, creo, a diez mil enemigos. Se escucha con sangre fría el relato de los horrores cometidos por los enemigos de la libertad: nuestras mujeres horriblemente mutiladas; nuestros hijos masacrados sobre el pecho de sus madres; nuestros prisioneros expiando, entre tormentos horribles, su heroísmo conmovedor y sublime; y se ha llamado carnicería al castigo, demasiado lento, de algunos monstruos engordados con la sangre más pura de la patria.
Se soporta, con paciencia, la miseria de las ciudadanas generosas que han sacrificado por la más noble de las causas a sus hermanos, a sus hijos y a sus esposos; pero se prodigan las más generosas consolaciones a las mujeres de los conspiradores; se admite que ellas puedan impunemente seducir a la justicia, defender contra la libertad la causa de sus parientes y de sus cómplices; se las ha convertido casi en una corporación privilegiada, acreedora y pensionista del pueblo.
¡Con qué ingenuidad seguimos siendo engañados por las palabras! ¡Cómo la aristocracia y el moderantismo nos siguen gobernando mediante las máximas asesinas que nos han inculcado!
La aristocracia se defiende mejor con las intrigas, que el patriotismo con su servicio. Se pretende gobernar las revoluciones con el sofisma de los tribunales; se tratan las conspiraciones contra la República como los procesos de los particulares. La tiranía mata, y la libertad litiga; y el código hecho por los propios conspiradores es la ley conforme a la cual se les juzga.
Cuando está en juego la salvación de la patria, ni el testimonio del universo puede reemplazar la prueba testimonial, ni la evidencia más clara puede sustituir la prueba escrita.
La lentitud de los juicios equivale a la impunidad, la incertidumbre del castigo anima a todos los culpables: y, sin embargo, se lamentan de la severidad de la justicia; se quejan de la detención de los enemigos de la República. Buscan sus ejemplos en la historia de los tiranos, porque no quieren tomarlos de la historia de los pueblos, ni extraerlos del espíritu de la libertad amenazada. En Roma, cuando el cónsul descubrió la conjuración, y la sofocó de inmediato con la muerte de los cómplices de Catilina, fue acusado de haber violado las formas. ¿Por quién? Por el ambicioso César, que quería engrosar su partido con la horda de los conjurados, por los Pisones, los Clodios, y todos los malos ciudadanos que temían, para sí mismos, la virtud de un verdadero romano y la severidad de las leyes.
Castigar a los opresores de la humanidad, es clemencia; perdonarlos, es barbarie. El rigor de los tiranos no tiene otro principio que el propio rigor: el del gobierno republicano nace de la beneficencia.
De la misma manera, ¡desdichado sea el que ose dirigir hacia el pueblo el terror que no debe acercarse sino a sus enemigos! ¡Desdichado el que, confundiendo los errores inevitables del civismo con los errores calculados de la perfidia, o con los atentados de los conspiradores, abandone al intrigante peligroso para perseguir al ciudadano pacífico! ¡Perezca el malvado que ose abusar del nombre sagrado de la libertad, o de las armas temibles que ella le ha confiado, para llevar el duelo o la muerte al corazón de los patriotas! Este abuso ha existido, no se puede dudar de ello. Ha sido exagerado, sin duda, por la aristocracia: pero, aunque no existiese en toda la República más que un solo hombre virtuoso perseguido por los enemigos de la libertad, el deber del gobierno sería buscarlo con inquietud, y vengarlo con solemnidad.
Pero ¿debe concluirse a partir de estas persecuciones suscitadas contra los patriotas por el celo hipócrita de los contrarrevolucionarios, que es preciso devolver la libertad a los contrarrevolucionarios y renunciar a la severidad? Estos nuevos crímenes de la aristocracia no hacen sino demostrar su necesidad. ¿Qué prueba la audacia de nuestros enemigos, sino la debilidad con que han sido perseguidos? Ella se debe, en gran parte, a la doctrina relajada que se ha predicado en estos últimos tiempos, para tranquilizarlos. Si escucharais estos consejos, vuestros enemigos alcanzarían su propósito y recibirían de vuestras propias manos el premio del último de sus crímenes.
¡Qué ligereza sería considerar algunas victorias obtenidas por el patriotismo como el fin de todos nuestros peligros! Echad una mirada a nuestra verdadera situación: sentiréis que la vigilancia y la energía os son más necesarias que nunca. Una sorda malevolencia contraría por todas partes las operaciones del gobierno: la funesta influencia de las cortes extranjeras, por estar más oculta, no es ni menos activa ni menos funesta. Se advierte que el crimen, intimidado, no ha hecho sino encubrir su marcha con mayor destreza.
Los enemigos interiores del pueblo francés se han dividido en dos facciones, como en dos cuerpos de ejército. Marchan bajo banderas de distintos colores y por caminos diversos: pero marchan hacia un mismo fin; ese fin es la desorganización del gobierno popular, la ruina de la Convención, es decir, el triunfo de la tiranía. Una de estas dos facciones nos empuja a la debilidad, la otra, a los excesos. Una quiere convertir la libertad en una bacante; la otra en una prostituta.
Algunos intrigantes subalternos, a menudo incluso buenos ciudadanos engañados, se alinean con uno u otro partido: pero los jefes pertenecen a la causa de los reyes o de la aristocracia, y se unen siempre contra los patriotas. Los bribones, aun cuando se hacen la guerra, se odian mucho menos de lo que detestan a los hombres de bien. La patria es su presa; combaten por repartírsela, pero se coaligan contra quienes la defienden.
A unos se les ha dado el nombre de moderados; acaso haya más ingenio que exactitud en la denominación de ''ultrarrevolucionarios'' con la que se ha designado a los otros<ref>Robespierre ya se ha referido a este término. Véase más arriba, en la sesión del 19 de nivoso (n.º 86) y el ''Discurso no pronunciado'' (n.º 89).</ref>. Esta denominación, que en ningún caso puede aplicarse a los hombres de buena fe a quienes el celo y la ignorancia pueden arrastrar más allá de la sana política de la Revolución, no caracteriza exactamente a los hombres pérfidos a quienes la tiranía soborna para comprometer, mediante aplicaciones falsas o funestas, los principios sagrados de nuestra Revolución.
El falso revolucionario quizá está más a menudo cerca de esta posición que de ir más allá de la Revolución: es moderado o está loco de patriotismo, según las circunstancias. Es en los comités prusianos, ingleses, austríacos e incluso moscovitas donde se decide lo que pensará al día siguiente. Se opone a las medidas enérgicas y las exagera cuando no ha podido impedirlas: es severo con la inocencia, pero indulgente con el crimen: llega incluso a acusar a los culpables que no sean lo bastante ricos para comprar su silencio, ni lo bastante importantes para merecer su celo; pero se guarda muy bien de jamás comprometerse hasta el punto de defender la virtud calumniada: descubriendo a veces complots ya descubiertos, arrancando la máscara a traidores ya desenmascarados e incluso decapitados; pero ensalzando a los traidores vivos y todavía acreditados: siempre apresurado a halagar la opinión del momento, y no menos atento a no corregirla jamás y, sobre todo, a no contrariarla nunca: siempre dispuesto a adoptar las medidas audaces, con tal de que tengan muchos inconvenientes: calumniando aquellas que no presentan sino ventajas, o bien añadiéndoles todas las enmiendas que pueden hacerlas perjudiciales: diciendo la verdad con economía, y solo en la medida necesaria para adquirir el derecho de mentir impunemente: destilando el bien gota a gota y derramando el mal a torrentes: lleno de ardor para las grandes resoluciones que no significan nada; más que indiferente para con aquellas que pueden honrar la causa del pueblo y salvar la patria: concediendo mucha importancia a las formas del patriotismo; muy apegado, como los devotos de quienes se declara enemigo, a las prácticas exteriores, preferiría gastar cien gorros rojos antes que hacer una buena acción.
¿Qué diferencia encontráis entre esa gente y vuestros moderados? Son servidores empleados por el mismo amo o, si lo preferís, cómplices que fingen enemistarse para ocultar mejor sus crímenes. Juzgadlos no por la diferencia de su lenguaje, sino por la similitud de sus resultados. ¿No están de acuerdo tanto el que ataca a la Convención nacional con discursos insensatos como el que la engaña para comprometerla? Quien, mediante rigores injustos, obliga al patriotismo a temblar por sí mismo, invoca la amnistía en favor de la aristocracia y de la traición. Hubo quien llamaba a la Francia a la conquista del mundo, cuando no tenía otro propósito que llamar a los tiranos a la conquista de la Francia<ref>Referencia a Jacques-Pierre Brissot.</ref>. El extranjero hipócrita que, desde hace cinco años, proclama a París capital del mundo<ref>Referencia a Anacharsis Cloots.</ref> no hacía sino traducir, en otra jerga, los anatemas de los viles federalistas que condenaban a París a la destrucción. Predicar el ateísmo no es más que una manera de absolver la superstición y de acusar a la filosofía; y la guerra declarada contra la divinidad no es más que una maniobra de distracción en favor de la realeza.
¿Qué otro método queda para combatir la libertad? ¿Se irá, a ejemplo de los primeros campeones de la aristocracia, a ensalzar las dulzuras de la servidumbre y los beneficios de la monarquía, el genio sobrenatural y las incomparables virtudes de los reyes?
¿Se irá a proclamar la vanidad de los derechos del hombre y de los principios de la justicia eterna?
¿Se irá a exhumar a la nobleza y al clero, o a reclamar los derechos imprescriptibles de la alta burguesía a heredar los privilegios de ambos?
No. Es mucho más cómodo tomar la máscara del patriotismo para desfigurar, mediante insolentes parodias, el sublime drama de la Revolución; para comprometer la causa de la libertad mediante una moderación hipócrita o mediante extravagancias estudiadas.
Así la aristocracia se constituye en sociedades populares; el orgullo contrarrevolucionario oculta, bajo harapos, sus complots y sus puñales; el fanatismo derriba sus propios altares; el realismo canta las victorias de la República; la nobleza, abrumada por los recuerdos, abraza tiernamente la igualdad para sofocarla; la tiranía, teñida con la sangre de los defensores de la libertad, esparce flores sobre su sepulcro. Si no todos los corazones han cambiado, ¡cuántos rostros están enmascarados! ¡Cuántos traidores no se mezclan en nuestros asuntos sino para arruinarlos!
¿Queréis ponerlos a prueba? Pedidles, en lugar de juramentos y declamaciones, servicios reales.
¿Hay que actuar? Ellos peroran. ¿Hay que deliberar? Ellos quieren comenzar por actuar. ¿Son tiempos tranquilos? Se opondrán a todo cambio útil. ¿Son tempestuosos? Hablarán de reformarlo todo para trastornarlo todo. ¿Queréis contener a los sediciosos? Os recuerdan la clemencia de César. ¿Queréis arrancar a los patriotas de la persecución? Os proponen como modelo la firmeza de Bruto; descubren que tal o cual ha sido noble cuando sirve a la República; ya no se acuerdan de ello en cuanto la traiciona. ¿Es útil la paz? Os despliegan las palmas de la victoria. ¿Es necesaria la guerra? Ellos ensalzan las dulzuras de la paz. ¿Hay que defender el territorio? Quieren ir a castigar a los tiranos más allá de los montes y de los mares. ¿Hay que recuperar nuestras fortalezas? Quieren tomar por asalto las iglesias y escalar el cielo. Se olvidan de los austríacos para hacer la guerra a las devotas. ¿Hay que apoyar nuestra causa en la fidelidad de nuestros aliados? Declamarán contra todos los gobiernos del mundo y os propondrán poner en estado de acusación al propio Gran Mogol. ¿Va el pueblo al Capitolio a dar gracias a los dioses por sus victorias? Ellos entonan cantos lúgubres sobre nuestras derrotas pasadas. ¿Se trata de obtener nuevas victorias? Siembran en medio de nosotros el odio, las divisiones, las persecuciones y el desaliento. ¿Hay que hacer efectiva la soberanía del pueblo y concentrar su fuerza mediante un gobierno firme y respetado? Encuentran que los principios del gobierno lesionan la soberanía del pueblo. ¿Hay que reivindicar los derechos del pueblo oprimido por el gobierno? No hablan más que del respeto a las leyes y de la obediencia debida a las autoridades constituidas.
Han encontrado un admirable recurso para secundar los esfuerzos del gobierno republicano: desorganizarlo, degradarlo por completo y hacer la guerra a los patriotas que han contribuido a nuestros éxitos.
¿Buscáis los medios de abastecer a vuestros ejércitos? ¿Os ocupáis de arrancar a la avaricia y al miedo las provisiones que estos acaparan? Ellos gimen patrióticamente por la miseria pública y anuncian el hambre. El deseo de prevenir el mal es siempre para ellos un motivo para aumentarlo. En el Norte se mató a las gallinas y se nos privó de los huevos, con el pretexto de que las gallinas comen grano. En el Mediodía se propuso destruir las moreras y los naranjos, con el pretexto de que la seda es un objeto de lujo y las naranjas una superfluidad.
Jamás podríais imaginar ciertos excesos cometidos por algunos contrarrevolucionarios hipócritas para mancillar la causa de la Revolución. ¿Creeríais que, en los países donde la superstición había ejercido el mayor imperio, no contentos con recargar las medidas relativas al culto con todas las formas que podían hacerlas odiosas, sembraron el terror entre el pueblo difundiendo el rumor de que iban a matar a todos los niños menores de diez años y a todos los ancianos mayores de setenta? ¿Que ese rumor fue difundido particularmente en la antigua Bretaña y en los departamentos del Rin y del Mosela? Es uno de los crímenes imputados al antiguo acusador público del tribunal criminal de Estrasburgo<ref>Se refiere a Euloge Schneider. Véase al respecto, el artículo de E. Jacquel en A.H.F.R., 1931, pág. 399, 1932, págs. 1-27, 103-115, 336-342; 1933, págs. 61-73; 1935, págs. 218-248.</ref>. Las locuras tiránicas de ese hombre hacen verosímil todo cuanto se cuenta de Calígula y de Heliogábalo; pero no puede dársele crédito, ni aun ante la vista de las pruebas. Llevaba el delirio hasta poner a las mujeres en requisición para su propio uso: incluso se asegura que empleó ese método para casarse. ¿De dónde salió de repente ese enjambre de extranjeros, de sacerdotes, de nobles y de intrigantes de toda especie, que en un mismo instante se extendió por toda la superficie de la República, para ejecutar, en nombre de la filosofía, un plan de contrarrevolución que solo pudo ser detenido por la fuerza de la razón pública? ¡Execrable concepción, digna del genio de las cortes extranjeras coaligadas contra la Libertad, y de la corrupción de todos los enemigos interiores de la República!
Así es como, a los continuos milagros obrados por la virtud de un gran pueblo, la intriga mezcla siempre la bajeza de sus tramas criminales, bajeza ordenada por los tiranos, y de la que luego hacen la materia de sus ridículos manifiestos para mantener a los pueblos ignorantes en el fango del oprobio y en las cadenas de la servidumbre.
¡Eh! ¿Qué le importan a la libertad los crímenes de sus enemigos? ¿Acaso el sol, velado por una nube pasajera, deja por ello de ser el astro que anima la naturaleza? ¿Acaso la impura espuma que el Océano arroja a sus orillas lo hace menos imponente?
En pérfidas manos, todos los remedios para nuestros males se convierten en venenos; todo lo que podéis hacer, todo lo que podéis decir, lo volverán contra vosotros; incluso las verdades que acabamos de exponer.
Así, por ejemplo, después de haber diseminado por todas partes los gérmenes de la guerra civil, mediante el violento ataque contra los prejuicios religiosos, tratarán de armar al fanatismo y a la aristocracia con las mismas medidas que la sana política os ha prescrito en favor de la libertad de cultos. Si hubierais dejado libre curso a la conspiración, esta habría producido, tarde o temprano, una reacción terrible y universal; si la detenéis, tratarán todavía de sacar provecho de ello, tratando de persuadir de que protegéis a los sacerdotes y a los moderados.
Ni siquiera deberá sorprenderos que los autores de ese sistema sean los sacerdotes que con mayor descaro hayan confesado su charlatanería.
Si los patriotas, llevados por un celo puro, pero irreflexivo, han sido en alguna parte víctimas de sus intrigas, ellos echarán toda la culpa sobre los patriotas; pues el primer principio de su doctrina maquiavélica consiste en perder la República, perdiendo a los Republicanos, del mismo modo que se subyuga un país destruyendo el ejército que lo defiende. Por ello puede apreciarse uno de sus principios favoritos, que no hay que contar para nada con los hombres; máxima de origen real, que quiere decir que hay que abandonar a todos los amigos de la Libertad a sus enemigos.
Es de notar que el destino de los hombres que no buscan más que el bien público es ser las víctimas de quienes no se buscan más que a sí mismos, lo cual procede de dos causas; la primera, que los intrigantes atacan con los vicios del antiguo régimen; la segunda, que los patriotas solo se defienden con las virtudes del nuevo.
Una situación interior semejante debe pareceros digna de toda vuestra atención, sobre todo si reflexionáis que al mismo tiempo tenéis que combatir a los tiranos de Europa, mantener bajo las armas a un millón doscientos mil hombres, y que el gobierno está obligado a reparar continuamente, a fuerza de energía y de vigilancia, todos los males que la multitud innumerable de nuestros enemigos nos ha preparado durante el transcurso de cinco años.
¿Cuál es el remedio para todos estos males? No conocemos otro que el desarrollo de ese resorte general de la República, la virtud.
La democracia perece por dos excesos, la aristocracia de quienes gobiernan, o el desprecio del pueblo hacia las autoridades que él mismo ha establecido; desprecio que hace que cada camarilla, que cada individuo atraiga hacia sí el poder público, y conduzca de nuevo al pueblo, por el exceso del desorden, al aniquilamiento o al poder de un solo hombre.
La doble tarea de los moderados y de los falsos revolucionarios consiste en hacernos oscilar perpetuamente entre esos dos escollos.
Pero los representantes del pueblo pueden evitar ambos; pues el gobierno es siempre dueño de ser justo y prudente, y cuando posee ese carácter, tiene asegurada la confianza del pueblo.
Es bien cierto que el objetivo de todos nuestros enemigos es disolver la Convención; es cierto que el tirano de la Gran Bretaña y sus aliados prometen a su Parlamento y a sus súbditos despojaros de vuestra energía y de la confianza pública que esta os ha merecido; que esa es la primera instrucción de todos sus comisarios.
Pero hay una verdad que debe considerarse trivial en política: que un gran cuerpo investido de la confianza de un gran pueblo solo puede perderse por sí mismo; vuestros enemigos no lo ignoran: así pues no dudéis de que se aplican sobre todo a despertar en medio de vosotros todas las pasiones que puedan favorecer sus siniestros designios.
¿Qué pueden contra la representación nacional, si no consiguen arrancarle actos impolíticos que puedan proporcionar pretextos para sus criminales declamaciones? Deben por tanto desear necesariamente disponer de dos clases de agentes, unos que procuren desacreditarla con sus discursos, otros que, en su propio seno, se esfuercen por engañarla para comprometer su gloria y los intereses de la República.
Para atacarla con éxito, era conveniente comenzar la guerra contra los representantes en los departamentos que habían justificado vuestra confianza, y contra el Comité de Salud Pública; así también han sido atacados por hombres que parecen combatirse entre sí.
¿Qué podían hacer mejor que paralizar el gobierno de la Convención, y romper todos sus resortes, en el momento que ha de decidir la suerte de la República y de los tiranos?
¡Lejos de nosotros la idea de que exista todavía entre nosotros un solo hombre lo bastante cobarde para querer servir la causa de los tiranos! ¡Pero más lejos aún de nosotros el crimen, que no nos sería perdonado, de engañar a la Convención nacional y traicionar al pueblo francés con un culpable silencio! Pues hay en ello algo afortunado para un pueblo libre, que la verdad, azote de los déspotas, es siempre su fuerza y su salvación. Ahora bien es cierto que todavía existe para nuestra libertad un peligro, quizá el único peligro serio que aún le queda por correr: este peligro es un plan que ha existido, para reunir a todos los enemigos de la República, resucitando el espíritu de partido; para perseguir a los patriotas, desalentar y perder a los agentes fieles del gobierno republicano, y hacer fracasar las partes más esenciales del servicio público. Se ha querido engañar a la Convención sobre los hombres y sobre las cosas; se ha querido inducirla a error acerca de las causas de los abusos que se exageran, a fin de hacerlos irremediables; se ha procurado llenarla de falsos temores para extraviarla o paralizarla; se busca dividirla; se ha buscado sobre todo dividir a los representantes enviados a los departamentos y al Comité de Salud Pública; se ha querido inducir a los primeros a contrariar las medidas de la autoridad central, para provocar el desorden y la confusión; se ha querido exasperarlos a su regreso, para convertirlos, sin que ellos lo supieran, en instrumentos de una camarilla. Los extranjeros sacan provecho de todas las pasiones particulares, incluso del patriotismo extraviado.
Al principio se había optado por ir directamente al objetivo, calumniando al Comité de Salud Pública; entonces se jactaban abiertamente de que sucumbiría bajo el peso de sus penosas funciones. La victoria y la fortuna del pueblo francés lo defendieron. Desde esa época, se ha optado por elogiarlo mientras se lo paraliza y se destruye el fruto de sus trabajos. Todas esas vagas declamaciones contra agentes indispensables del Comité, todos esos proyectos de desorganización, disfrazados bajo el nombre de reformas, ya rechazados por la Convención y reproducidos hoy con una afectación extraña; ese afán por ensalzar a intrigantes a quienes el Comité de Salud Pública se ha visto obligado a apartar; ese terror inspirado a los buenos ciudadanos, esa indulgencia con que se halaga a los conspiradores, todo ese sistema de impostura e intriga, cuyo principal autor es un hombre a quien habéis expulsado de vuestro seno, está dirigido contra la Convención Nacional y tiende a realizar los deseos de todos los enemigos de Francia.
Fue desde el momento en que ese sistema fue anunciado en los libelos, y llevado a la práctica mediante actos públicos, cuando la aristocracia y el realismo comenzaron a levantar de nuevo su cabeza insolente, cuando el patriotismo volvió a ser perseguido en una parte de la República, cuando la autoridad nacional encontró una resistencia a la que los intrigantes empezaban a perder la costumbre. Por lo demás, aun cuando esos ataques indirectos no tuvieran otro inconveniente que el de dividir la atención y la energía de quienes han de soportar la inmensa carga con que los habéis gravado, y distraerlos con demasiada frecuencia de las grandes medidas de salvación pública para obligarlos a ocuparse de desbaratar peligrosas intrigas; todavía podrían considerarse una útil maniobra de distracción en beneficio de nuestros enemigos<ref>Véase más arriba el ''Discurso no pronunciado...'', nº 89</ref>.
Pero tranquilicémonos; este es el santuario de la verdad; aquí residen los fundadores de la República, los vengadores de la humanidad y los destructores de los tiranos.
Aquí, para destruir un abuso, basta con señalarlo. Nos basta con llamar, en nombre de la patria, por encima de los consejos del amor propio o de la debilidad de los individuos, a la virtud y a la gloria de la Convención nacional.
Invitamos a la Convención a entablar, sobre todos los objetos de su inquietud, y sobre todo acerca de cuanto pueda influir en la marcha de la Revolución, una discusión solemne; la conjuramos a no permitir que ningún interés particular y oculto pueda usurpar aquí el ascendiente de la voluntad general de la Asamblea y el poder indestructible de la razón.
Invitamos a entablar, sobre todos los objetos de su inquietud, y sobre todo aquello que pueda influir en la marcha de la Revolución, una discusión solemne; la conjuramos a no permitir que ningún interés particular y oculto pueda usurpar aquí el ascendiente de la voluntad general de la Asamblea, y el poder indestructible de la razón.
Nos limitaremos hoy a proponeros consagrar, mediante vuestra aprobación formal, las verdades morales y políticas sobre las que deben fundarse vuestra administración interior y la estabilidad de la República, así como ya habéis consagrado los principios de vuestra conducta hacia los pueblos extranjeros<ref>Véase más arriba, p. 226.</ref>:por ese medio reuniréis a todos los buenos ciudadanos, quitaréis toda esperanza a los conspiradores, aseguraréis vuestra marcha y confundiréis las intrigas y las calumnias de los reyes; honraréis vuestra causa y vuestro carácter a los ojos de todos los pueblos.
Dad al pueblo francés esta nueva prenda de vuestro celo por proteger el patriotismo, de vuestra justicia inflexible para con los culpables y de vuestra entrega a la causa del pueblo. Ordenad que los principios de moral política que acabamos de exponer sean proclamados, en vuestro nombre, dentro y fuera de la República.
Decreto
La Convención nacional decreta que el informe del Comité de Salud Pública será impreso, enviado a todas las autoridades constituidas, a las sociedades populares y a los ejércitos, y traducido a todas las lenguas.
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Publicado íntegramente en ''Mercure universel'', XXXVI, 399-400, 412-416, 430-432, 446-448, 474-479; ''Journal universel''
t. XXXI, n° 1535, p. 6858; n° 1537, p. 6876-6880; n° 1538, p. 6883-6888; n° 1539, p. 6900-6904; ''Courrier historique
et politique des 86 départemens'', n° 136, p. 560, n° 137, p. 564, n° 138, p. 568, n° 139, p. 572, n° 143, p. 587-588;
''Gazette nationale ou le Moniteur universel'', n° 139; ''Journal des Débats et Décrets'', n° 510, p. 330-340 ; n° 511, 355-360; ''Auditeur national'', nº 508, 509, 510, 511, 513, 514. ''Extraits dans Gazette de France'', n° 40, p. 158-160, n° 41, p. 162-163; ''Feuille du salut public'', n° 221, p. 1-4; ''Gazette française'', n° 768, p. 1898, n° 769, p. 1900-1901; ''Batave'', n° 356, p. 1431-1432; ''Nouvelles politiques'', p. 316; ''Journal de France'', n° 500, p. 2-3; ''Journal du soir'', n° 500, p. 2-3; ''Affiches d'Angers'', n° 23, p. 93-94; ''Journal de Paris'', n° 402, p. 1625-1627; ''Abréviateur universel'', n° 409, p. 1635; n° 413, p. 1650-1651; n° 416, p. 1663-1664; ''Annales patriotiques'', n° 401, p. 1795-1796; n° 413, p. 1846; ''Journal de Perlet'', n° 502, p. 43-45; ''Journal de Sablier'', n° 1121; ''Messager du soir'', n° 537. Brevemente resumido en ''Les Trois décades'', n° 108, p. 412; ''Sans-culotte observateur'', 17 pluviôse, p. 4; ''Courrier de l'Egalité'', n° 537, p. 292-293; ''Journal de la Montagne'', n° 85, p. 679; ''Journal des Hommes libres.'' 18 pluviôse, p. 3.
Sociedad de Amigos de la Libertad y la Igualdad
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finito del rescate, y en su3 manos las bandas del arquero Apolo colgando del cetro de oro. Y conjuró, suplicante, á los acaienos, y especialmente á ambos Atreidas, principes de pueblos. Y los acaienos todos dieron á entender, con propicios rumorea, que deseaban se respetase al sacrificador y se admitiese el precio espléndido.
Pero no plugo así al alma del Atreida Agamenón, que amenazó humillantemente al viejo con palabras violentas.
Y el anciano se retiró airado. Pero Apolo escuchó
su ruego, pues le quiere mucho. Y envió contra los
argienos una flecha mortífera; y los pueblos perecían arracimados; y las saetas del Dios silbaban á través del vasto ejército acaieno. Un sabio adivinador hubo de interpretar en el ágora las voluntades sagradas de Apolo. Yo fui en seguida quien primero quiso que se aplacase al Dios. Pero la cólera dominaba al atreida, y levantándose repentino, pronunció una amenaza que hubo de cumplirse. Los acaienos de arqueadas cejas conducen en una nave ligera á la joven virgen Criseida y también llevan presentes para el Dios; pero dos heraldos acaban de sacar de mi tienda á la virgen Briseida, á quien los acaienos me habían regalado. Tú ahora, si quieres, socorre á tu muy amado hijo. Sube al Olímpico Urano y suplica á Zeus, si es que algún día conmoviste su corazón con tus palabras. A menudo, en la casa paterna, te oí relatar que tú sola entre los inmortales libraste de un indigno tratamiento al Cronión que amon<noinclude></noinclude>
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Pero no plugo así al alma del Atreida Agamenón, que amenazó humillantemente al viejo con palabras violentas.
Y el anciano se retiró airado. Pero Apolo escuchó
su ruego, pues le quiere mucho. Y envió contra los
argienos una flecha mortífera; y los pueblos perecían arracimados; y las saetas del Dios silbaban á través del vasto ejército acaieno. Un sabio adivinador hubo de interpretar en el ágora las voluntades sagradas de Apolo. Yo fui en seguida quien primero quiso que se aplacase al Dios. Pero la cólera dominaba al atreida, y levantándose repentino, pronunció una amenaza que hubo de cumplirse. Los acaienos de arqueadas cejas conducen en una nave ligera á la joven virgen Criseida y también llevan presentes para el Dios; pero dos heraldos acaban de sacar de mi tienda á la virgen Briseida, á quien los acaienos me habían regalado. Tú ahora, si quieres, socorre á tu muy amado hijo. Sube al Olímpico Urano y suplica á Zeus, si es que algún día conmoviste su corazón con tus palabras. A menudo, en la casa paterna, te oí relatar que tú sola entre los inmortales libraste de un indigno tratamiento al Cronión que amon<noinclude></noinclude>
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Pero no plugo así al alma del Atreida Agamenón, que amenazó humillantemente al viejo con palabras violentas.
Y el anciano se retiró airado. Pero Apolo escuchó
su ruego, pues le quiere mucho. Y envió contra los
argienos una flecha mortífera; y los pueblos perecían arracimados; y las saetas del Dios silbaban á través del vasto ejército acaieno. Un sabio adivinador hubo de interpretar en el ágora las voluntades sagradas de Apolo. Yo fui en seguida quien primero quiso que se aplacase al Dios. Pero la cólera dominaba al atreida, y levantándose repentino, pronunció una amenaza que hubo de cumplirse. Los acaienos de arqueadas cejas conducen en una nave ligera á la joven virgen Criseida y también llevan presentes para el Dios; pero dos heraldos acaban de sacar de mi tienda á la virgen Briseida, á quien los acaienos me habían regalado. Tú ahora, si quieres, socorre á tu muy amado hijo. Sube al Olímpico Urano y suplica á Zeus, si es que algún día conmoviste su corazón con tus palabras. A menudo, en la casa paterna, te oí relatar que tú sola entre los inmortales libraste de un indigno tratamiento al Cronión que amon<noinclude></noinclude>
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Discusión:Informe de Rocamora sobre Entre Ríos (11 de agosto de 1782)
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== Fuente ==
Ruiz Moreno, Martín (1896). ''La provincia de Entre-Rios, sus leyes sobre tierras''. Editor: [https://www.google.com.ar/books/edition/La_provinca_de_Entre_Rios_sus_leyes_sobr/LeBNAQAAMAAJ?hl=es&gbpv=1 Tipografía Guttemberg de Miró y Pizzola] [[Usuario:Nerêo|Nerêo]] ([[Usuario discusión:Nerêo|discusión]]) 18:17 16 jul 2026 (UTC)
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europeo, hace cinco decenios, otro poeta, extraño y genial jardinero, que cultivó también
maravillosas flores de ensueño bajo el cielo
humoso de las ciudades fabriles y febriles de
Norte América. Este poeta, que era a la vez
un extraordinario escritor de historias extraordinarias, llamábase Edgar Allan Poe, y
habia publicado sus poemas y sus cuentos
en copiosos magazines y amazacotados periódicos, hurtándole espacio a las estadísticas
sobre producción de lanas y exportación de
cueros. Pero los hombres de presa no se de
tuvieron ante aquellos renglones cortos que
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Norte América. Este poeta, que era a la vez un extraordinario escritor de historias extraordinarias, llamábase Edgar Allan Poe, y habia publicado sus poemas y sus cuentos en copiosos magazines y amazacotados periódicos, hurtándole espacio a las estadísticas sobre producción de lanas y exportación de cueros. Pero los hombres de presa no se detuvieron ante aquellos renglones cortos que expresaban cosas efímeras y vagas, ni fijaron<noinclude>{{Bloque bastardilla/f}}</noinclude>
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poeta llenóse entonces de un doloroso desencanto y una tristeza inmensa. Sintiéndose extranjero en la tierra, refugióse en los paraísos
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alegre campanilleo....
Son las campanas de plata
del trineo...
¡Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía!
¡Qué retintín de cristal
en el ambiente glacial!
Mientras las luces astrales
que titilan en los cielos.
se miran en los cristales
de los hielos,
y sube la nota única.
como un ágil rima rúnica
que allá en la noche serena
va dilatando sus ecos por el último confín,
y la campanilla suena
dilín, dilín...
¡Melodiosa y eristalina
suena, suena,
suena, suena, suena, suena
la nota ágil y argentina
con metálico y alegre y límpido retintín!|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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se miran en los cristales
de los hielos,
y sube la nota única.
como un ágil rima rúnica
que allá en la noche serena
va dilatando sus ecos por el último confín,
y la campanilla suena
dilín, dilín...
¡Melodiosa y cristalina
suena, suena,
suena, suena, suena, suena
la nota ágil y argentina
con metálico y alegre y límpido retintín!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/10
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Ignacio Rodríguez
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/* EIS nivel 3 */
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|8|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|II}}
{{poema|¡Escuchad! Un dulce coro
puebla la atmósfera toda:
son las campanas de oro
de la boda.
¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza!
Su voz como una caricia
o como un suave reproche
desgrana en la calma noche
las perlas de su delicia.
Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo
o el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna
en la dormida laguna vierte miradas de plata,
y en el éter y en las linfas palpita la serenata...
¡Y cómo en el aire flota.
la áurea nota!
¡Cómo brota,
cual dice la dicha ignota,
en el balsámico efluvio de noche primaveral!
Y cuán dulce y cuán sonoro,
—din dan, din dan—,
es el coro,
—din dan, din dan—,
de la campana de oro,
que en su lengua musical
celebrando está el misterio de la noche nupcial!}}<noinclude></noinclude>
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1669162
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2026-07-17T11:54:57Z
Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|8|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|II}}
{{poema|¡Escuchad! Un dulce coro
puebla la atmósfera toda:
son las campanas de oro
de la boda.
¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza!
Su voz como una caricia
o como un suave reproche
desgrana en la calma noche
las perlas de su delicia.
Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo
o el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna
en la dormida laguna vierte miradas de plata,
y en el éter y en las linfas palpita la serenata...
¡Y cómo en el aire flota.
la áurea nota!
¡Cómo brota,
cual dice la dicha ignota,
en el balsámico efluvio de noche primaveral!
¡Y cuán dulce y cuán sonoro,
—din dan, din dan—,
es el coro,
—din dan, din dan—,
de la campana de oro,
que en su lengua musical
celebrando está el misterio de la noche nupcial!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/11
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2026-07-16T21:07:41Z
Ignacio Rodríguez
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/* EIS nivel 3 */
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|9}}</noinclude>{{t3|III}}
{{poema|¡Turba el nocturno sosiego
súbita alarma, y entonce
la gran campana de bronce
toca a fuego!
¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura!
Es desesperado ruego
desgarrador y tenaz
al rojo elemento ciego,
cada instante más frenético, cada instante más voraz!
En indescriptible pánico
el cataclismo volcánico
con raudo impulso titánico
avanza, la campanada alarido es de terror;
sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo
diciendo
cual erece el peligro horrendo,
cual se inflama
la llama,
y la Luna como forma de sangriento tabernáculo
alumbra el rojo espectáculo
en su fantástico horror.}}<noinclude></noinclude>
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2026-07-16T21:08:27Z
Ignacio Rodríguez
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/* EIS nivel 3 */
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|9}}</noinclude>{{t3|III}}
{{poema|¡Turba el nocturno sosiego
súbita alarma, y entonce
la gran campana de bronce
toca a fuego!
¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura!
Es desesperado ruego
desgarrador y tenaz
al rojo elemento ciego,
cada instante más frenético, cada instante más voraz!
En indescriptible pánico
el cataclismo volcánico
con raudo impulso titánico
avanza, la campanada alarido es de terror;
sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo
diciendo
cual erece el peligro horrendo,
cual se inflama
la llama,
y la Luna como forma de sangriento tabernáculo
alumbra el rojo espectáculo
en su fantástico horror.|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/12
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Ignacio Rodríguez
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/* EIS nivel 3 */
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|10|EDGAR POE|}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|
Y el bronce alarmante clama,
clama, clama
como se extiende la injuria
del incendio y crece en furia,
y es ya locura el pavor....
Bajo los cielos escarlatas se extiende inflamado manto,
el espanto
en tanto
crece, y sigue la campana de su rebato el clamor.
¡Y en ese rebato armígero,
—dan dan, dan dan—,
crece el estrago flamígero
—dan dan, dan dan—,
al són violento que dan
las campanas de la torre que tocando a fuego están!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/13
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2026-07-16T21:12:57Z
Ignacio Rodríguez
3603
/* EIS nivel 3 */
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|11}}</noinclude>{{t3|IV}}
{{poema|Dobla y dobla lentamente
negra campana de hierro
que invita con són doliente
al entierro
¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos!
Del lento y triste sonido
cada toque, cada nota
en el vago viento flota
como doliente gemido,
y de la noche en la calma
el melancólico són,
siente estremecida el alma
cual solemne admonición.
¡Se desprenden esos dobles lúgubres y funerarios
de los altos campanarios
en fúnebre vibración;
en esos dobles alienta algún espíritu irónico
que a cada nota que zumba,
con agrio gesto sardónico
rueda implacable y derrumba
y oprime con todo el peso de la piedra de una tumba
el humano corazón!
¡Quienes tañen las campanas de los toques funerales
no son pobres campaneros, no son sencillos mortales,
son espectros sepulcrales!|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/14
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2026-07-16T21:14:01Z
Ignacio Rodríguez
3603
/* EIS nivel 3 */
1669110
proofread-page
text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|12|EDGAR POE|}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|¡Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón!
Pausado, implacable, lento
su toque a cada momento
resuena como un lamento
pregonando la hora única
en extraña rima rúnica,
y parece que sintiera intenso placer diabólico
en este toque simbólico
de muerte y desolación.
—Din dan, din don—,
—din dan, din don—,
dobla, dobla el són monótono, dobla el toque funeral,
y el Rey espectro su gozo
refina en este sollozo,
en este intenso suspiro
que en su giro
remeda el doble augural
que va recordando al hombre de su existencia el final!
El toque sigue y no cesa
y vibra en el alma opresa
sordamente como un cuerpo que cayera en una huesa....
—¡Din dan, din don—,
resuena en el corazón,
—din dan, din don—,
de la campana que dobla el lento y lúgubre són!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/15
102
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1669118
2026-07-17T01:21:15Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669118
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|13}}</noinclude>{{t2|ULALUME}}
{{t3|I}}
{{poema|{{gota|L}}os cielos cenicientos y sombríos,
crespa las hojas, lividas y mustias,
y era una noche del doliente octubre
del tiempo inmemorial entre las brumas,
era en las tristes márgenes del Auber,
el lago tenebroso de aguas mudas,
ante los bosques tétricos del Weir,
la región espectral de la pavura.}}
{{t3|II}}
{{poema|A solas con mi alma, recorría
avenida titánica y obscura
de fúnebres cipreses... con mi alma,
con Psiquis, alma que al misterio turba....
Era la edad del corazón volcánico
como las llamas del Yanek sulfúreas,
como las lavas del Yanek que brotan
allá del polo en la región nocturna.}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/16
102
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1669119
2026-07-17T01:22:21Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669119
proofread-page
text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|14|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|III}}
{{poema|Pocas palabras nos dijimos, era
como una confidencia íntima y muda;
palabras serias, pensamientos graves
que la memoria para siempre turban;
no recordamos que era el triste octubre,
que era la noche (¡noche infausta y única!),
no recordamos la región del Auber
que tanto conoció mi desventura,
ni el bosque fantasmático del Weir,
la región espectral de la pavura.}}
{{t3|IV}}
{{poema|Y cuando la noche ya avanza
de estrellas al vago tremer,
al fin de la obscura avenida
un lánguido rayo se ve,
fulgor diamantino que anuncia
de fúnebre velo al través,
que emerje de nubes fantástica
la Luna, la blanca Astarté.}}
{{t3|V}}
{{poema|Y yo dije a mi alma: "Más que Diana
ardiente, aquella misteriosa Luna
rueda al través de un éter de suspiros;
lágrimas de su faz una por una
caen donde el gusano nunca muere.|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/17
102
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1669120
2026-07-17T01:23:27Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669120
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|15}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|
Para mostrarnos la celeste ruta
y el alma imperio de la paz Letea
atrás dejó al león en las alturas,
del león las estrellas traspasando,
del león a despecho, ora nos busca
y sus miradas límpidas y dulces
son las miradas que el amor anuncian."}}
{{t3|VI}}
{{poema|Mas Psiquis dijo señalando al Cielo:
"La palidez de ese astro me conturba,
pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso."
Y de sus alas recogió las plumas
con intenso terror, y sollozando,
presa de pronto de invencible angustia
plegó las alas, hasta el polvo frío
lentas dejando descender las plumas.}}
{{t3|VII}}
{{poema|Y yo le dije: Tu terror es vano,
sigamos esa luz trémula y pura,
que nos bañen sus rayos cristalinos,
sus rayos sibilinos que ya auguran
e irradian la belleza y la esperanza.
Mira: la senda de los cielos busca;
sigamos sin temor sus limpios rayos
que ellos a playa llevarán segura,
sigamos esa luz limpia y tranquila
a través de la bóveda cerúlea.}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/18
102
420186
1669121
2026-07-17T01:25:01Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669121
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|16|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|VIII}}
{{poema|Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola,
de su mente aparté las inquietudes
y sus zozobras disipé profundas,
y convencerle que siguiera pude.
Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca
llegara! Al fin de la avenida lúgubre
nos detuvo la puerta de una tumba
(¡oh, triste noche del lejano octubre!)
nos detuvo la losa de una tumba,
de legendario monumento fúnebre,
¡Oh, hermana! —dije.— ¿Qué inscripción confusa
en la sellada losa se descubre?
Respondióme: "Ulalume", esta es su tumba,
¡la tumba de tu pálida Ulalume!}}
{{t3|IX}}
{{poema|Quedó mi corazón como ese Cielo
ceniciento, como esas hojas mustias,
como esas hojas yertas y crispadas....
¡Ay!, pensé: el mismo octubre fué, sin duda
fué en ''esa misma noche'' cuando vine
al través del horror y de la bruma
aquí trayendo mi doliente carga...
¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!
¡Oh! ¿Qué infernal espíritu me trajo
a esta región fatal de la tristura?
Bien reconozco el mudo lago de Auber,
y esta comarca que el horror anubla,
y el bosque fantasmático de Weir,
la región espectral de la pavura!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/19
102
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1669122
2026-07-17T01:26:11Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669122
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|17}}</noinclude>{{t2|ESTRELLAS FIJAS|sub=(TO HELEN)}}
{{t3|I}}
{{poema|{{gota|¡T}}e ví un punto;
era una noche de julio, noche tibia y perfumada,
noche diáfana;
de la Luna plena y límpida,
límpida como tu alma,
descendían
sobre el parque adormecido gráciles velos de plata;
ni una ráfaga
el infinito silencio.
y la quietud preturbaban;
en el parque
evaporaban las rosas los perfumes de sus almas,
para que los recogieras
en aquella noche mágica;
para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban,
como en una muerte extática;
y era una selva encantada,
y era una noche de ensueños y claridades fantásticas!}}
{{t3|II}}
{{poema|¡Toda de blanco vestida,
toda blanca
sobre un banco de violetas
reclinada
te veía,
y a las rosas moribundas y a tí una luz tenue y diáfana
alumbraba,
luz de perla diluída
en un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas!}}<noinclude></noinclude>
673s66safghlh14p3hwhs66c6qwfnt4
Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/20
102
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1669123
2026-07-17T01:28:14Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669123
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|18|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|III}}
{{poema|¿Qué hado extraño
(¿fué ventura, fué desgracia?)
me condujo
aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban
los suspiros perfumados
de su alma?
Ni una hoja
susurraba;
no se oía
una pisada,
todo mudo,
todo en calma,
todo en sueño.
menos ''tú'' y ''yo'' (¡cuál me agito al unir las dos palabras!)
menos ''tú'' y ''yo''. De repente
todo cambia.
De la Luna la luz límpida, la luz de perla se apaga,
el perfume de las rosas muere en las dormidas auras,
los senderos se obscurecen,
expiran las violas castas,
menos ''tú'' y ''yo'', todo huye, todo muere, todo pasa...
¡Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas,
tus dos ojos donde arde
tu alma!
Y sólo veo entre sombras aquellos ojos....
¡Oh, amada!
¡Qué tristezas extrahumanas,
qué irreales
leyendas de amor relatan!
¡Qué misteriosos dolores,
qué sublimes esperanzas,
qué mudas renunciaciones
expresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí sus miradas!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/21
102
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1669124
2026-07-17T01:29:21Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669124
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|19}}</noinclude>{{t3|IV}}
{{poema|¡Noche obscura,
ya Diana
entre turbios nubarrones hundió la faz plateada;
y tú sola
en medio de la avenida
funeraria,
te deslizas
ideal, mística y blanca,
te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma;
sólo flotan tus miradas
sólo tus ojos perennes,
tus ojos de hondas miradas
fijos quedan!
A través de los espacios y los tiempos marean, marean
mi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza.
¡Van siguiéndome,
siguiéndome
como dos estrellas cándidas,
eual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas!
En la noche
solitaria
purifican con sus rayos y mi corazón abrasan
y me prosterno ante ellos con adoración extática;
y en el día
no se ocultan cual se ocultó mi esperanza;
por todas partes me siguen mirándome fijamente
en mi espíritu elavadas....
¡Misteriosas y lejanas
me persiguen tus miradas
como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes,
como dos estrellas blancas!}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/22
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2026-07-17T01:31:21Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669125
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|20|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t2|DREAMLAND}}
{{t3|I}}
{{poema|{{gota|E}}n una senda abandonada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
una extraña Deidad, la negra Noche,
ha erigido su trono solitario;
allí llegué una vez; crucé atrevido.
de Thule ignota los contornos vagos
y al Reino entré que extiende sus confines
fuera del Tiempo y fuera del Espacio.}}
{{t3|II}}
{{poema|Valles sin lindes, mares sin riberas,
cavernas, bosques densos y titánicos,
montañas que a los cielos desafían
y hunden la base en insondables lagos,
en lagos insondables siempre mudos
de misteriosos bordes escarpados,
gélidos lagos, cuyas muertas aguas
un Cielo copian tétrico y extraño.}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/23
102
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2026-07-17T01:46:04Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669126
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|21}}</noinclude>{{t3|III}}
{{poema|Orillas de esos lagos que reflejan
siempre un Cielo fatídico y huraño,
cerca de aquellos bosques gigantescos,
enfrente de esos negros oceanos,
al pie de aquellos montes formidables,
de esas cavernas en los hondos antros,
vense a veces fantasmas silenciosos
que pasan a lo lejos sollozando,
fúnebres y dolientes... ¡son aquellos
amigos que por siempre nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!}}
{{t3|IV}}
{{poema|Para el alma nutrida de pesares,
para el transido corazón, acaso
es el asilo de la paz suprema,
del reposo y la calma en Eldorado.
Pero el viajero que azorado cruza
la región no contempla sin espantos
que a los mortales ojos sus misterios
perennemente seguirán sellados,
así lo quiere la Deidad sombría
que tiene alli su imperio incontrastado.}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/24
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2026-07-17T01:47:33Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|22|EDGAR POE|}}</noinclude>{{t3|V}}
{{poema|Por esa senda desolada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
senda fatal donde la Diosa Noche
ha erigido su trono solitario,
donde la inexplorada, última Thule
esfuma en sombras sus contornos vagos,
con el alma abrumada de pesares,
transido el corazón, he paseado....
¡He paseado en pos de los que huyeron
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!}}<noinclude></noinclude>
pre8sg5c87tq2i3nk8uy98icjj6109o
Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/25
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2026-07-17T01:54:33Z
Ignacio Rodríguez
3603
Edición en secuencia (EIS)
1669128
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" /></noinclude>{{título|Al literato, diplomático y amigo distinguidísimo
Don MIGUEL VELAZCO Y VELAZCO
{+}DEDICA
esta versión castellana de "El Cuervo"
de Edgar A. Poe,
{>}EL TRADUCTOR<ref>J. A. Pérez Bonalde.</ref>
{<, asc}NEW-YORK, 1° DE ABRIL DE 1887.}}<noinclude></noinclude>
52fqh6o8cczvxkl0qtf3ctde2nk26r8
Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/26
102
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2026-07-17T01:54:38Z
Ignacio Rodríguez
3603
/* EIS nivel 0 */
1669129
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="0" user="Ignacio Rodríguez" /></noinclude><noinclude></noinclude>
28h4vl42g9yu8ylwfdva38viwjxhcrr
Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/27
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2026-07-17T02:24:53Z
Ignacio Rodríguez
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/* EIS nivel 3 */
1669131
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|25}}</noinclude>{{t2|EL CUERVO}}
{{poema|{{gota|U}}na fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
::::a mi puerta oí llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
::::mano tímida a tocar:
"Es —me dije— una visita que llamando está a mi puerta:
::::eso es todo, ¡y nada más!"
:¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
::::procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
::::la radiante, la sin par
virgen pura a quien Leonora los querubes llaman hora
::::ya sin nombre... ¡nunca más!|fin=estrofa}}<noinclude></noinclude>
rl0bqptqhvi4ml3uboh7bf1il1sk90p
Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/28
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|26|EDGAR POE|}}</noinclude>{{poema|comienzo=estrofa|:Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo, que el latido de mi pecho palpitante.
::::procurando dominar
"es sin duda, un visitante—repetía con instancia—
::::que a mi alcoba quiere entrar;
un tardío visitante a las puertas de mi estancia....
::::eso es todo, ¡y nada más!"}}
{{poema|:Paso a paso, fuerza y bríos
fué mi espíritu cobrando:
"Caballero—dije—, o dama:
mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormín,
y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar,
y con tal delicadeza
y tan tímida constancia
os pusisteis a tocar
que no oí"—dije—, y las puertas
abrí al punto de mi estancia;
¡sombras sólo y...
nada más!}}
{{poema|:Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
::::ruído alguno... Resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
::::yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora!....
::::esto apenas, ¡nada más!|fin=estrofa}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/29
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420197
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Ignacio Rodríguez
3603
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|27}}</noinclude>{{poema|comienzo=estrofa|
:A mi aleoba retornando con el alma en turbulencia,
pronto oí llamar de nuevo—esta vez con más violencia:
"De seguro—dije—, es algo que se posa en mi persiana;
::::pues, veamos de encontrar
la razón abierta y llana de este caso raro y serio
::::y el enigma averiguar.
¡Corazón! Calma un instante y aclaremos el misterio....
::::—Es el viento— y nada más!"
La ventana abrí—y con rítmico aleteo y garbo extraño
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
::::con aspecto señorial,
fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
::::de mi puerta el cabezal
sobre el busto que de Palas la figura representa,
::::fué y posóse—¡y nada más!
Trocó entonce el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria decorosa gentileza;
y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
::::no eres cuervo nocturnal,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
::::Dime:—""¡Cuál tu nombre, cuál
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?..."
::::Dijo el cuervo: "Nunca más."
:Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/30
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|28|EDGAR POE|}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
::::que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
::::ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
::::con tal nombre: "¡Nunca más!"
:Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada—ni una pluma sacudía, ni un acento.
::::se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
::::y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado."
::::Dijo el cuervo: ¡Nunca más!"
:Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
"no hay ya duda alguna—dije—, lo que dice es aprendido;
aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte
::::persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
::::sus canciones terminar,
y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo.
::::de jamás, ¡y nunca más!"
:Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodó hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
::::dime entonces a juntar,
por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
::::de un pasado inmemorial,|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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102
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|29}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|aquel hosco, torvo, infausto, euervo lúgubre y odioso.
::::al graznar: "¡Nunca jamás!"
:Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
::::me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
:::luminoso mi fanal —
terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella
::::a oprimir—. ¡Ah! ¡Nunca más!
:Parecióme el aire entonces,
por incógnito incensario
que un querube columpiase
de mi alcoba en el santuario,
perfumado—. "Miserable ser—me dije—, Dios te ha oído,
::::y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
::::te ha venido hoy a brindar:
¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora
::::Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
:"Eh, profeta—dije—, o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo—ya te envíe
la tormenta, ya te veas
por los ábregos barrido a esta playa,
::::desolado
pero intrépido a este hogar
por los males devastado,|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Página:Las campanas y otros poemas - Poe - Torres tr.pdf/32
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|30|EDGAR POE|}}</noinclude>{{Poema|comienzo=seguir|::::dime, dime, te lo imploro:
::::¡Llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?"
::::Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
:¡Oh, profeta—dije—, o diablo!—Por ese ancho combo velo
de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,
::::presa infausta del pesar,
si jamás en otra vida la doncella arrobadora
::::a mi seno he de estrechar,
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!"
::::Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"'}}
{{poema|:"Esa voz,
oh, cuervo, sea
la señal
de la partida,}}
{{poema|::::grité alzándome: —¡Retorna,
::::vuelve a tu hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...
::::de tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra. ¡El busto deja!
::::¡Deja en paz mi soledad!
Quita el pico de mi pecho. De mi umbral tu forma aleja..."
::::Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
:Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura....
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
::::las visiones ve del mal;|fin=seguir}}<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||LAS CAMPANAS Y OTROS POEMAS|31}}</noinclude>{{poema|comienzo=seguir|y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, trunca
::::su ancha sombra funeral,
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota... ¡nunca
::::se alzará... nunca jamás!}}<noinclude></noinclude>
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[[Archivo:Ediciones Mínimas - Ex libris.jpg|center|400px]]
{{bd|alinear=center|'''DIRECTORES:'''<br>ERNESTO MORALES Y LEOPOLDO DURÁN|menor}}
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Ignacio Rodríguez
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Ignacio Rodríguez
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|-
|style="width:50%"|1. ALMAFUERTE||'''Evangélicas'''
|-
|2. RABINDRANATH TAGORE||'''Poemas'''
|-
|3. JUAN B. JUSTO||'''Labor Periodistica'''
|-
|4. JUAN PEDRO CALOU||'''Breviario de los Tristes'''
|-
|5. LAO TSÉ||'''El Libro del Sendero y de la Linea Recta'''
|-
|6. RUBÉN DARÍO||'''Cabezas'''
|-
|colspan=2|{{c|SEGUNDO SEMESTRE}}
|-
|7. OSCAR WILDE||'''Balada de la Cárcel de Reading'''
|-
|8. LEOPOLDO LUGONES||'''Cuentos'''
|-
|9. EDGAR POE||'''Las Campanas y otros poemas'''
|-
|}
Cuaderno de próxima publicación:
PSICOLOGÍA DE LA CURIOSIDAD
por JOSÉ INGENIEROS
SUBSCRIPCIONES:
Capital, un semestre 8 1.20 m/n - Interior 8 1.50 m/n
"
un año
2.40
"
Número suelto $ 0.25 centavos
3.00
"
"
OFICINAS: SÁENZ PEÑA, 178 -BS. AIRES
DIRIJASE LA CORRESPONDENCIA A
LEOPOLDO DURÁN<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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Orden de arresto del Comité de Salud Pública y del Comité de Seguridad General del 30 de marzo 1794
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|autor=Jacques Nicolas Billaud-Varenne, Marc-Guillaume Alexis Vadier, Lazare Carnot, Philippe Le Bas, Louis du Bas-Rhin, Jean Marie Collot d'Herbois, Louis de Saint-Just, Grégoire Jagot, Claude-Antoine Prieur, Georges Couthon, Bertrand Barère, Joseph-Nicolas Barbeau du Barran, Jean-Henri Voulland, Élie Lacoste, Moyse Bayle, Jean-Pierre-André Amar, Maximilien Robespierre, Louis-Charles de Lavicomterie
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Las campanas y otros poemas
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Ignacio Rodríguez
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Las campanas (Poe, 1916)
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Ignacio Rodríguez
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Ulalume (Torres tr., 1916)
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Estrellas fijas (Poe, 1916)
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Ignacio Rodríguez
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