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Autor:Antonio José Cavanilles
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Paso del lobo
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/* Obras */
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{{Biocitas
|Ordenar = Cavanilles, Antonio Jose de
|Texto='''Antoni Josep Cavanilles i Palop'''<br /> (16 de enero de 1745 - 5 de mayo de 1804)
}}
== Obras ==
* ''Observations de M. l'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle Encyclopédie'' (1784)
* ''Monadelphiae Classis Dissertationis'' (1785)
* ''Icones'' (1797)
** Tomo I
** Tomo II
*{{cita libro|título=[[Observaciones sobre el reyno de Valencia]]|año=1795-1797}} {{at|Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf|Volumen 1}}, {{at|Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 2.pdf|Volumen 2}}
** Tomo I (1795)
***[[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Prólogo|Prólogo]].
***[[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Libro primero|Libro Primero. ''"Norte ó Tierras septemtrionales del Reyno de Valencia"'']]
***[[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Libro segundo|Libro Segundo. ''"Centro del Reyno de Valencia"'']]
** Tomo II (1797)
***[[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Libro tercero|Libro Tercero. ''"Poniente, ó Tierras occidentales del Reyno de Valencia"'']]
***[[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Libro cuarto|Libro Quarto. ''"Sur, ó Tierras meridionales del Reyno de Valencia"'']]
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Autor:Francisco Pi y Margall
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{{Biocitas
|Texto='''Francisco Pi y Margall'''<br /> (29 de [[abril]] de 1824 - 29 de [[noviembre]] de 1901)<br /> Político, filósofo y escritor republicano español.<br>Presidente de la Primera República española.
|Obras=Francisco Pi y Margall
|Foto=Pi y margall.jpg
}}
== Obras ==
=== Libros ===
* ''España: Obra pintoresca en láminas ya sacadas con el daguerrotipo, ya dibujadas del natural, grabadas en acero y en boj - Cataluña'' — Barcelona: Imprenta de Juan Roger (1842-1846).
*''[[Historia de la pintura en España]]''. Tomo 1. — Madrid: Imprenta de Manini Hermanos (1851). {{at|Historia de la pintura en España T 1 - bdh0000052910.pdf|Tomo I}}
* ''Estudios de la Edad Media''. Publicado por primera vez en 1873 (1851). {{at|Estudios sobre la Edad Media - bdh0000225923.pdf}}
* ''[[El eco de la revolución]]'' . Publicado por primera vez el 21 de julio de 1854 y recogida como apéndice en ''La reacción y la revolución'' (1854).
* ''[[La reacción y la revolución]]''. Tomo Primero. — Madrid: Imprenta y estereotipa de M. Rivadeneyra (1854).
* ''La República de 1873'' — Madrid: Imprenta de Aribau (1874).
* ''Joyas literarias'' — Barcelona: Imprenta de la Renaixença (1876).
* ''[[Las nacionalidades|Las Nacionalidades]]'' — Madrid: Imprenta y librería de Eduardo Martínez (1877).
* {{cita libro|título=Historia general de América desde sus tiempos más remotos|ubicación=Buenos Aires|año=(1879)|otros=En dos volúmenes}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiagenerald01py).pdf|Tomo I}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiagenerald02py).pdf|Tomo II}}
* ''[[La federación|La Federación]]''. Discurso pronunciado ante el Tribunal de Imprenta en defensa del periódico federalista ''La Unión'' y otros trabajos acerca del sistema federativo, precedidos de una noticia biográfica del autor. — Madrid: Imprenta de Enrique Vicente (1880).
* ''[[Proyecto de Constitución federal de Pi y Margall|Proyecto de Constitución federal]]'' (1883).
* ''Observaciones sobre el carácter de Don Juan Tenorio'' (1884).
* ''Las luchas de nuestros días: Primeros diálogos'' — Madrid: Tipografía de Manuel G. Hernández (1884).
* {{cita libro|título=Cataluña|autor1=[[Autor:Pablo Piferrer y Fábregas|Pablo Piferrer y Fábregas]]|autor2=Francisco Pi y Margall|serie=[[Portal:España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia|España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia]]|ubicación=Barcelona|editorial=[[Portal:Daniel Cortezo y Compañía|Daniel Cortezo y Compañía]]|año=1884|otros=En dos volúmenes}} {{at|Cataluña - Tomo I - España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia.pdf|Tomo I}} {{at|Cataluña - Tomo II - España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia.pdf|Tomo II}}
* {{cita libro|año=(1888)|título=Historia general de América desde sus tiempos más remotos (Volumen segundo)|editorial=El Progreso Editorial}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiageneral02piymrich).pdf}}
* ''Amadeo de Saboya'', sin datar.
* ''Programa del Partido Federal'' (1894).
* ''[[Guatimozín y Hernán Cortés. Diálogo (Pi y Margall)|Guatimozín y Hernán Cortés. Diálogo]]'' (1899).
* {{cita libro|título=Las clases jornaleras|serie=[[Portal:Los grandes pensadores|Los grandes pensadores]]|volumen=II|año=(1915)|ubicación= Barcelona|editorial=[[Portal:Publicaciones de La Escuela Moderna|Publicaciones de la Escuela Moderna]]}} {{at|Las clases jornaleras (1915).pdf}}
=== Artículos ===
*«¿Cuál debe ser nuestra forma de gobierno?» (1856). Publicado en la revista ''La Razón''.
* «[[Declaración de los Treinta]]» — Publicado en el periódico ''La Discusión'' (16 de noviembre de 1860).
* «[[Las comunidades religiosas (9-07-1871). Artículo de Francisco Pi y Margall|Las comunidades religiosas]]» — Publicado en el periódico ''La Ilustración Republicana Federal'' (9 de julio de 1871).
=== Discursos ===
* ''En defensa de la Federación republicana'' — Discurso en las Cortes españolas (10 de mayo de 1869).
* [[Discurso en las Cortes españolas del 31 de Octubre de 1871. Defensa de la Internacional - Parte I | ''Defensa de la Internacional. Parte I'' ]] — Discurso en las Cortes españolas (31 de octubre de 1871).
* [[Discurso en las Cortes españolas del 2 de noviembre de 1871 (sobre la AIT) de Pi y Margall|''Defensa de la Internacional. Parte II'' ]] — Discurso en las Cortes españolas (2 de noviembre de 1871).
* ''Defensa del periódico «La Unión» ante el tribunal de imprenta'' (1879).
* ''[[Discurso conmemorando el 18 aniversario de la República de 1873|Discurso por el 18º aniversario de la Primera República española]]'' — Publicado en el periódico ''El Nuevo Régimen'' (14 de febrero de 1891).
* ''[[Último discurso de D. Francisco Pi y Margall, pronunciado en la noche del sábado 16 de Noviembre en la Unión Escolar]]'' (1901) — Publicado en el periódico ''El Nuevo Régimen'' (14 de diciembre de 1901).
=== Traducciones ===
*[[Ediciones El principio federativo|''El principio federativo'']] (1863) de [[Pierre-Joseph Proudhon]]. Traducción de [[Francisco Pi y Margall]]. — Madrid: Librería de Alfonso Durán.
=== Biografías sobre el autor ===
* «[[La federación/'''D. Francisco Pi y Margall.'''|{{may|D. Francisco Pi y Margall}}: El Sr. Pi como particular, escritor, filósofo, crítico y jurisconsulto.]]» por [[Pablo Correa y Zafrilla]] en el libro [[La federación|''La Federación'']] (1880).
* «[[La federación/Biografía política del Sr. Pi y Margall.|Biografía política del Sr. Pi y Margall]]» por [[Pablo Correa y Zafrilla]] en el libro [[La federación|''La Federación'']] (1880).
[[Categoría:Republicanismo histórico español]]
[[Categoría:Republicanismo]]
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text/x-wiki
{{Biocitas
|Texto='''Francisco Pi y Margall'''<br /> (29 de [[abril]] de 1824 - 29 de [[noviembre]] de 1901)<br /> Político, filósofo y escritor republicano español.<br>Presidente de la Primera República española.
|Obras=Francisco Pi y Margall
|Foto=Pi y margall.jpg
}}
== Obras ==
=== Libros ===
* ''España: Obra pintoresca en láminas ya sacadas con el daguerrotipo, ya dibujadas del natural, grabadas en acero y en boj - Cataluña'' — Barcelona: Imprenta de Juan Roger (1842-1846).
*''[[Historia de la pintura en España]]''. Tomo 1. — Madrid: Imprenta de Manini Hermanos (1851). {{at|Historia de la pintura en España T 1 - bdh0000052910.pdf|Tomo I}}
* ''Estudios de la Edad Media''. Publicado por primera vez en 1873 (1851). {{at|Estudios sobre la Edad Media - bdh0000225923.pdf}}
* ''[[El eco de la revolución]]'' . Publicado por primera vez el 21 de julio de 1854 y recogida como apéndice en ''La reacción y la revolución'' (1854).
* ''[[La reacción y la revolución]]''. Tomo Primero. — Madrid: Imprenta y estereotipa de M. Rivadeneyra (1854).
* ''La República de 1873'' — Madrid: Imprenta de Aribau (1874).
* ''Joyas literarias'' — Barcelona: Imprenta de la Renaixença (1876).
* ''[[Las nacionalidades|Las Nacionalidades]]'' — Madrid: Imprenta y librería de Eduardo Martínez (1877).
* {{cita libro|título=Historia general de América desde sus tiempos más remotos|ubicación=Buenos Aires|año=(1879)|otros=En dos volúmenes}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiagenerald01py).pdf|Tomo I}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiagenerald02py).pdf|Tomo II}}
* ''[[La federación|La Federación]]''. Discurso pronunciado ante el Tribunal de Imprenta en defensa del periódico federalista ''La Unión'' y otros trabajos acerca del sistema federativo, precedidos de una noticia biográfica del autor. — Madrid: Imprenta de Enrique Vicente (1880).
* ''[[Proyecto de Constitución federal de Pi y Margall|Proyecto de Constitución federal]]'' (1883).
* ''Observaciones sobre el carácter de Don Juan Tenorio'' (1884).
* ''Las luchas de nuestros días: Primeros diálogos'' — Madrid: Tipografía de Manuel G. Hernández (1884).
* {{cita libro|título=Cataluña|autor1=[[Autor:Pablo Piferrer y Fábregas|Pablo Piferrer y Fábregas]]|autor2=Francisco Pi y Margall|serie=[[Portal:España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia|España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia]]|ubicación=Barcelona|editorial=[[Portal:Daniel Cortezo y Compañía|Daniel Cortezo y Compañía]]|año=1884|otros=En dos volúmenes}} {{at|Cataluña - Tomo I - España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia.pdf|Tomo I}} {{at|Cataluña - Tomo II - España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia.pdf|Tomo II}}
* {{cita libro|año=(1888)|título=Historia general de América desde sus tiempos más remotos (Volumen segundo)|editorial=El Progreso Editorial}} {{at|Historia general de América desde sus tiempos más remotos (IA historiageneral02piymrich).pdf}}
* ''Amadeo de Saboya'', sin datar.
* ''Programa del Partido Federal'' (1894).
* ''[[Guatimozín y Hernán Cortés. Diálogo (Pi y Margall)|Guatimozín y Hernán Cortés. Diálogo]]'' (1899).
* {{cita libro|título=Las clases jornaleras|serie=[[Portal:Los grandes pensadores|Los grandes pensadores]]|volumen=II|año=(1915)|ubicación= Barcelona|editorial=[[Portal:Publicaciones de La Escuela Moderna|Publicaciones de la Escuela Moderna]]}} {{at|Las clases jornaleras (1915).pdf}}
=== Artículos ===
*«¿Cuál debe ser nuestra forma de gobierno?» (1856). Publicado en la revista ''La Razón''.
* «[[Declaración de los Treinta]]» — Publicado en el periódico ''La Discusión'' (16 de noviembre de 1860).
* «[[Las comunidades religiosas (9-07-1871). Artículo de Francisco Pi y Margall|Las comunidades religiosas]]» — Publicado en el periódico ''La Ilustración Republicana Federal'' (9 de julio de 1871).
* «[[Asociaciones obreras (9-08-1872). Artículo de Francisco Pi y Margall|Asociaciones obreras]]» — Publicado en el periódico ''La Ilustración Republicana Federal'' (9 de agosto de 1872).
=== Discursos ===
* ''En defensa de la Federación republicana'' — Discurso en las Cortes españolas (10 de mayo de 1869).
* [[Discurso en las Cortes españolas del 31 de Octubre de 1871. Defensa de la Internacional - Parte I | ''Defensa de la Internacional. Parte I'' ]] — Discurso en las Cortes españolas (31 de octubre de 1871).
* [[Discurso en las Cortes españolas del 2 de noviembre de 1871 (sobre la AIT) de Pi y Margall|''Defensa de la Internacional. Parte II'' ]] — Discurso en las Cortes españolas (2 de noviembre de 1871).
* ''Defensa del periódico «La Unión» ante el tribunal de imprenta'' (1879).
* ''[[Discurso conmemorando el 18 aniversario de la República de 1873|Discurso por el 18º aniversario de la Primera República española]]'' — Publicado en el periódico ''El Nuevo Régimen'' (14 de febrero de 1891).
* ''[[Último discurso de D. Francisco Pi y Margall, pronunciado en la noche del sábado 16 de Noviembre en la Unión Escolar]]'' (1901) — Publicado en el periódico ''El Nuevo Régimen'' (14 de diciembre de 1901).
=== Traducciones ===
*[[Ediciones El principio federativo|''El principio federativo'']] (1863) de [[Pierre-Joseph Proudhon]]. Traducción de [[Francisco Pi y Margall]]. — Madrid: Librería de Alfonso Durán.
=== Biografías sobre el autor ===
* «[[La federación/'''D. Francisco Pi y Margall.'''|{{may|D. Francisco Pi y Margall}}: El Sr. Pi como particular, escritor, filósofo, crítico y jurisconsulto.]]» por [[Pablo Correa y Zafrilla]] en el libro [[La federación|''La Federación'']] (1880).
* «[[La federación/Biografía política del Sr. Pi y Margall.|Biografía política del Sr. Pi y Margall]]» por [[Pablo Correa y Zafrilla]] en el libro [[La federación|''La Federación'']] (1880).
[[Categoría:Republicanismo histórico español]]
[[Categoría:Republicanismo]]
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Ayuda:Imágenes
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Ignacio Rodríguez
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/* Véase también */
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text/x-wiki
{{Wikisource encabe
|titulo=Imágenes
}}{{ayuda edición}}
En esta página se explican algunos trucos para trabajar con imágenes en Wikisource.
== Introducción ==
Al subir un texto a Wikisource es interesante replicar las imágenes que contiene el original.
Las imágenes han de estar en dominio público o tener una licencia compatible con la que sea vigente en Commons. Véase la página [[Ayuda:Cómo_empezar_una_página#.C2.BFC.C3.B3mo_subir_el_fichero_a_Commons.3F|"¿Cómo subir un fichero a Commons?"]] para más detalles.
== Tipos de archivos ==
Si se utiliza el sistema de [[Ayuda:Índices|índices]], los archivos que se pueden utilizar son dos:
*[[w:DjVu|DjVu]]: véase [[Ayuda:Gestión de ficheros DjVu]] para más información.
*[[w:PDF|PDF]].
Los archivos utilizados para ilustrar los textos pueden ser alguno de los permitidos en Commons, como por ejemplo [[w:Joint Photographic Experts Group|JPG]], [[w:Portable Network Graphics|PNG]], [[w:TIFF|TIFF]], etc..
No se recomienda tomar las imágenes de los archivos DjVu porque están comprimidas y se pierde calidad. Se recomienda por lo tanto usar una fuente de mejor calidad de donde obtener las imágenes tales como JPG/PNG/TIFF escaneados del texto.
Si el DjVu o PDF se encuentra en archive.org o Google Books o cualquier otra web similar, resulta interesante extraer la imagen desde la propia web (de mayor calidad) en lugar de partir del archivo DjVu o PDF (la imagen será de menor calidad).
A continuación se muestra un ejemplo con dos imágenes de distinta calidad:
{|style="text-align:center; margin: 1em auto 1em auto"
|[[Archivo:Crainquebille, Putois, Riquet - Illuminated Initial - W (from DJVU).png|frameless|upright=.5]]
|[[Archivo:Crainquebille, Putois, Riquet - Illuminated Initial - W.png|frameless|upright=.5]]
|-
|{{menor|''Del archivo DjVu''}}
|{{menor|''Del archivo PDF''}}
|}
==Aislar la imagen==
[[Archivo:Video tutorial for editing old images.ogv|thumb|Vídeo tutorial (en inglés) sobre edición de imágenes antiguas]]
A veces puede ser conveniente o necesario recortar o girar una imagen o realizar blanqueados o limpiezas antes de colocarla en su ubicación definitiva. Esto normalmente incluye:
#Obtener una imagen de alta calidad. Abrirlo en un editor de imágenes.
#Recortar la imagen para eliminar el texto, incluyendo el título y cualquier espacio en blanco.
#Girar a la izquierda o derecha la ilustración según sea necesario. Un ajuste más fino también puede mejorar la imagen.
#Se debe ser especialmente cuidadosos con aquellas ilustraciones con fondo blanco o transparente que coincida con una parte ocupada por texto.
Más detalles y ejemplos a continuación:
===Recorte===
La mayoría de las imágenes que aparecen en la impresión tendrán un espacio vacío que las rodea. Debe ser retirado recortando la imágen por el borde exterior. Puede ser realizado con muchos programas de edición de imágenes, como por ejemplo el programa gratuito [[w:GIMP|GIMP]].
{|align=center
|[[Archivo:Música en verso.djvu|page=9|frameless|upright=.7]]
||{{brecha}}[[Archivo:Arrow right.svg|frameless|upright=.2]]{{brecha}}
||[[Archivo:Música en verso pg 9.jpg|frameless|upright=.5]]
|}
===Rotación===
Las imágenes que aparecen en horizontal deben ser rotadas. Esto también se puede hacer con una gran variedad de programas de edición de imágenes.
{|align=center
|[[Archivo:El Japón.djvu|page=25|frameless|upright=.6]]
||{{brecha}}[[Archivo:Arrow right.svg|frameless|upright=.2]]{{brecha}}
||[[Archivo:El Japón pg 25.jpg|frameless|upright=.7]]
|}
===Blanqueo===
Muchos libros antiguos tienen las páginas blancas envejecidas y los escáneres capturan el envejecimiento de la página en forma de bronceado o de color amarillento. Para eliminar el efecto de envejecimiento existe una gran variedad de programas de edición de imágenes que nos pueden resultar útiles.
{|align=center
|[[Archivo:Diccionario Geográfico de la República de Chile (1899).djvu|page=6|frameless|upright=.6]]
||{{brecha}}[[Archivo:Arrow right.svg|frameless|upright=.2]]{{brecha}}
||[[Archivo:Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos.jpg|frameless|upright=.35]]
|}
Se debe tener cuidado en el blanqueo para no suprimir o atenuar en exceso alguna parte de la imagen. Las áreas más claras se volverán blancas si no se es cuidadoso.
===Limpieza===
Otros problemas que pueden presentar algunas imágenes son escrituras, manchas y otros artefactos que no aparecen en la impresión original. Si aparecen alrededor de la imagen puede resultar sencillo eliminarlos. Pero si aparecen dentro de la imagen se debe tener cuidado de no quitar o perder partes de ésta, y lo mejor es dejarlos en lugar de sacrificar su integridad. También hay que tener en cuenta que las imágenes que aparecen en los textos antiguos pueden ser atenuadas. Manipular y modificar el esquema de color para iluminarlas puede ser una solución, pero no debe ser exagerado. Si no se tiene cuidado, estos cambios pueden crear diferencias significativas respecto del original. De acuerdo a la imagen sobre la que trabajemos se recomienda hacer ajustes, siempre con prudencia, en parámetros como iluminar u oscurecer, saturar o redefinir el esquema de color.
==Sobre imágenes==
Puede resultar útil emplear el parámetro "frameless" para asegurar que las imágenes sean visualizadas en tantos dispositivos como sea posible, especialmente las más grandes. El parámetro "upright" es una función de "frameless", y es un valor numérico que controla el ancho en relación con el valor por defecto "frameless" . "Frameless" en sí mismo es equivalente a "upright=1", siendo igual al ancho de la página vertical. Por lo tanto, si deseamos insertar una imagen que es la mitad del ancho de página vertical, emplearíamos "frameless|upright=.5". Se sugiere que el tamaño de la imagen no supere los 400 píxeles de ancho,<ref>{{libro|url=https://en.wikipedia.org/w/index.php?title=Wikipedia:Picture_tutorial&oldid=441466068|título=Wikipedia:Picture tutorial|idioma=inglés|cita=larger images should generally be a maximum of 500 pixels tall and 400 pixels wide, so that they can comfortably be displayed on the smallest displays in common use.}}</ref> por lo que es importante no establecer el valor de "upright" más grande que 1.8
Los usuarios también pueden personalizar los tamaños de imagen en "[[Especial:Preferencias|Mis preferencias]]".
===Parámetros===
Para incluir una imagen, primero debe ser cargada en [[:c:Commons:Upload/es|Wikimedia Commons]]. Los parámetros son:
#El nombre del archivo
::Archivo:Ejemplo.jpg
#Porcentaje del ancho de página horizontal
::Sin seleccionar un tamaño de imagen con "upright", "frameless" será por defecto el ancho de miniatura.
#Colocación de la imagen (izquierda, derecha, centro)
::Sin seleccionar una orientación de la imagen, será por defecto a la izquierda.
===Ejemplos===
{| border="1" cellpadding="5" cellspacing="0" align="center"
|-
|{{c|{{x-grande|Página escaneada}}}}
|{{c|{{x-grande|Código (sólo la imagen)}}}}
|{{c|{{x-grande|Salida (sólo la imagen)}}}}
|-
|[[Archivo:Canciones Surianas.djvu|page=6|frameless]]
|<code><nowiki>[[Archivo:Canciones Surianas pg 6.jpg|frameless|center]]</nowiki></code>
|[[Archivo:Canciones Surianas pg 6.jpg|frameless|center]]
|-
|[[Archivo:Don Sancho Garcia conde de Castilla.djvu|page=1|frameless]]
|<code><nowiki>[[Archivo:Don Sancho Garcia conde de Castilla pg 1.jpg|frameless|upright=.33|center]]</nowiki></code>
|[[Archivo:Don Sancho Garcia conde de Castilla pg 1.jpg|frameless|upright=.33|center]]
|-
|[[Archivo:El niño de nieve.djvu|page=15|frameless]]
|<code><nowiki>[[Archivo:El niño de nieve pg 15b.jpg|frameless|upright=.2|center]]</nowiki></code>
|[[Archivo:El niño de nieve pg 15b.jpg|frameless|upright=.2|center]]
|-
|[[Archivo:El Japón.djvu|page=96|frameless]]
|<code><nowiki>[[Archivo:El pabellón de las mil campanitas.jpg|frameless|upright=1.5|center]]</nowiki></code>
|[[Archivo:El pabellón de las mil campanitas.jpg|frameless|upright=1.5|center]]
|}
===Inclusión===
Las imágenes que se incluyan centradas pueden dar la sensación de interrumpir el texto.
Ejemplo:
{{bloque centro|[[Archivo:Pedagogía Tolteca example.jpg|frameless|upright=1.8|center|border]] Gran espacio en blanco a ambos lados y sensación de interrupción del texto.}}
[[Archivo:Arrow down.svg|frameless|upright=.05|center]]
{{bloque centro|[[Archivo:Pedagogía Tolteca example 2.jpg|frameless|upright=1.8|center|border]] Ahora la imagen aparece a la derecha, por lo que no aparece el espacio en blanco y el texto no muestra interrupción.}}
==Avanzado==
Contamos con plantillas para el formateo completo de una imagen y su leyenda, que se encargan además del flujo de texto en forma apropiada. La más completa es {{ep|img float}}, que permite "flotar" la imagen y hacer que el texto fluya a su alrededor, incluso en imágenes centradas. Esto es útil si se quiere evitar incluir un salto de párrafo donde no existe en el texto original.
<pre><nowiki>
{{Img float
| archivo = The Kinematics of Machinery Fig 1.png
| ancho = 250px
| alinear = right
| leyenda = Fig. 1.
}}
</nowiki></pre>
<div class="prose">
{{Img float
| archivo = The Kinematics of Machinery Fig 1.png
| ancho = 250px
| alinear = right
| leyenda = Fig. 1.
}}
{{lorem ipsum}}
</div>
==Véase también==
*{{tl|Imagen}}
*[[:Categoría:Falta imagen en página]] (páginas con imágenes pendientes de extraer)
*[[Wikisource:Cómo se edita una página]]
==Referencia==
{{Listaref}}
[[Categoría:Wikisource:Ayuda]]
[[Categoría:Archivos]]
[[en:Help:Adding images]]
dm5cx7c1y6z40poeaubtt03xspcjbzx
Portada/bienvenida
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Ignacio Rodríguez
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Políticas y Tareas pendientes (semi abandonado) están en el Portal comunitario
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text/x-wiki
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[[Wikisource:Portal de la comunidad|<span style="display:inline-block;margin:0 auto;padding:8px;border:1px solid #ccc;border-bottom:3px solid #55c;border-radius:5px;background:#fff">Portal de la comunidad</span>]]
[[Wikisource:Mapa_de_ayuda|<span style="display:inline-block;margin:0 auto;padding:8px;border:1px solid #ccc;border-bottom:3px solid #55c;border-radius:5px;background:#fff">Ayuda</span>]]
[[Wikisource:Café|<span style="display:inline-block;margin:0 auto;padding:8px;border:1px solid #ccc;border-bottom:3px solid #55c;border-radius:5px;background:#fff">El Café</span>]]
[[Wikisource:Consultas|<span style="display:inline-block;margin:0 auto;padding:8px;border:1px solid #ccc;border-bottom:3px solid #55c;border-radius:5px;background:#fff">Consultas</span>]]
</div>
</div><noinclude>
[[Categoría:Portadas]]
[[Categoría:Subpáginas]]
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Usuario discusión:Paso del lobo
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Ignacio Rodríguez
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/* Observaciones sobre el reyno de Valencia */ Respuesta
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Bienvenido :) -[[Usuario Discusión:Aleator|Aleator]] 19:24 14 ene 2017 (UTC)<br />
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<br />
== [[Observaciones sobre el reyno de Valencia]] ==
Bienvenido, creo que ya lograste sortear algunas dificultades con éxito. Espero ver tus aportes por acá! Cualquier duda escríbeme directamente o en el Café. Yo por mi parte voy a echarle un ojo a las Observaciones, para dejarlo como creo que debería quedar estructurado, y después si te parece me sigues la lógica. La transcripción se haría [[Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf|acá]], y en el volumen 2. Lo veo un muy bonito trabajo para usar como recurso en descripciones históricas y naturalistas de Valencia en Wikipedia. [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 18:37 28 jul 2026 (UTC)
:Muchísimas gracias por la bienvenida, [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']]. Sí, es verdad, mientras que en Wikipedia estoy siendo un auténtico veterano, en Wikisource estoy siendo un auténtico novato. Es la primera vez que me implico tanto en ella, siendo que había aterrizado aquí por casualidad desde Wikipedia. Me queda mucho por familiarizarme con la manera en que se edita aquí. Siento mucho que a veces pareciera que estuviera pegando con palo de ciego. Vale entonces, cualquier duda te consultaré. En principio, sobre el libro en el que estoy trabajando, el título sería ''[[Observaciones sobre el reyno de Valencia]]'', considerando que el subtítulo conceptual sería «Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia». Intentaré, al menos, completar (y corregir) la transcripción del prólogo del primer tomo. Mando un cordial saludo, Ignacio, y de verdad, muchísimas gracias por el apoyo. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 19:39 28 jul 2026 (UTC)
::Qué bueno que recibas esto bien. Te cuento que en vez de transcribir a mano en una sola gran columna de texto, tenemos un sistema que permite basarse en la imagen de cada página del libro, para poder ver las diferencias en tiempo real. Mira [[Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf|esta página]]. Es un "índice" con todas las páginas del tomo I. Me tomé el trabajo de ponerle número a cada página para navegarlo mejor. El prólogo está en las páginas numeradas con números romanos. Ahí puedes transcribir el texto original desde cero (más exactamente desde una transcripción óptica digital, OCR) y corregirlo página por página, o copiar y pegar el que está en el [[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Tomo I/Prólogo|prólogo]]. Verás que con un poco de costumbre es casi lo mismo que leer. Fíjate en la [[Página:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf/13|primera página del prólogo]] como ejemplo. El título tiene una plantilla para marcarlo como tal, lo mismo la inicial grande, y al final, una plantilla {{ep|np}} para marcar el fin de un párrafo y el comienzo del siguiente. También fíjate en la ortografía de fines del siglo 18: freqüentes, exâctitud. Y eso es todo. Que te vaya bien! [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 19:50 28 jul 2026 (UTC)
:::Vale, [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']], creo que lo estoy pillando. Entonces el prólogo entero no debería exponerse en una sola página, a como está [https://es.wikisource.org/wiki/Observaciones_sobre_el_reyno_de_Valencia/Tomo_I/Pr%C3%B3logo aquí]. Entiendo que cada página original del libro tendría que tener su correspondiente en Wikisource. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 20:09 28 jul 2026 (UTC)
::::un poco de ambas: cada página tiene su correspondiente en Wikisource y luego se [[Ayuda:Cómo publicar un texto|"transcluyen"]] juntas en una sola página. Así mantenemos la fidelidad al máximo al poder comparar con el original siempre. Si te animas a transcribir voy a estar atento. Las páginas de ayuda están mejorando pero creo que son decentes. [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 21:24 28 jul 2026 (UTC)
:::::Vale, [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']], acabo de transcribir fidedignamente la segunda página del prólogo, pero no sé qué hacer a continuación: ¿simplemente grabar y ya está? He eliminado el número de página original y la anotación de «Biblioteca Nacional de España» al final. Arriba me consta el aviso de «Esta página no ha sido corregida». Tú dirás, Ignacio. Estaré esperándote para grabar mi trabajo :). --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 21:30 28 jul 2026 (UTC)
::::::Claro! Se graba y ya. Ese aviso tiene que ver con el [[Ayuda:nivel de las páginas|nivel de las páginas]]. Justo al lado del botón de guardar, si ya corregiste el texto se marca como corregido (amarillo). [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 22:00 28 jul 2026 (UTC)
:::::::¡Perfecto! Pero advierto que el primer párrafo no sale con sangría. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 22:02 28 jul 2026 (UTC)
::::::::Excelente ! Eso de la sangría es un tema de visualización, no te preocupes demasiado. Al unir las partes se verá bien. Saludos, y quedaré atento a lo que vayas haciendo. Nos vemos en los historiales. [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 22:06 28 jul 2026 (UTC)
:::::::::Gracias por todo, [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']]. Ya tengo agenda de trabajo, que incluso me divierte... y me cultivo :D. Por hoy ya está. Mañana más. Buenas noches, entonces. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 22:09 28 jul 2026 (UTC)
[[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] ¿y qué pasa con el texto existente en [[Observaciones sobre el reyno de Valencia/Prólogo]]? He notado que tiene deficiencias de transcripción. ¿Se sustituirá por los que se están ahora transcribiendo? Saludos. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 20:06 29 jul 2026 (UTC)
:Esa es la idea! [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 20:31 29 jul 2026 (UTC)
::[[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']], ahora me asalta la duda de cuál va a ser el título definitivo de la obra, y si se va a dividir en dos tomos, tal como fue editado en su tiempo. ¿No sería ''Observaciones sobre el reyno de Valencia'' (dividido en dos tomos), acompañado por el subtítulo de «Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia»? Por cierto, nótese que el [https://es.wikisource.org/wiki/%C3%8Dndice:Observaciones_sobre_la_historia_natural,_geografia,_agricultura,_poblaciones_y_frutos_del_Reyno_de_Valencia_-_bdh0000129705_-_Volumen_1.pdf subtítulo contiene aquí tres faltas de transcripción]. Saludos. --[[Usuario:Paso del lobo|Paso del lobo]] ([[Usuario discusión:Paso del lobo|discusión]]) 08:00 30 jul 2026 (UTC)
:::Estimado: como Wikisource no es de papel, la división en "tomos" no es necesaria. La obra se editó en dos tomos por razones prácticas y económicas de la editorial, pero no es lo mismo que la división propia del texto en "libros", que sí la respetamos. Esta es una "re-edición" digital, no una réplica. Sobre los títulos: diferenciamos entre el título de la página en Wikisource, con el título de la edición misma. Tenemos una [[Wikisource:CT|convención de títulos]] que dice que ambos deben coincidir en lo posible, pero títulos excesivamente largos pueden ser abreviados, como en este caso que la obra que se titula ''Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia'' pueda ir en la página [[Observaciones sobre el reyno de Valencia]]. El "sub-título" es algo un poco diferente y se presenta de dos maneras: una es la "segunda parte" de un corte arbitrario que hace uno en títulos realmente largos, lo que es más común mientras más antiguo el libro, como la ''[[Histórica relación del Reyno de Chile]], y de las misiones, y ministerios que ejercita en él la Compañía de Jesús''. La segunda es más común en libros más modernos como "[[La Alpujarra|La Aplujarra]]: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia" donde el sub-título es un título alternativo que entrega contexto adicional. Espero no estar enredando demasiado las cosas. En fin, lo otro importante es que nada aquí es definitivo. Siempre podemos mover sin drama. Saludos! [[User:Ignacio Rodríguez|'''Ignacio''']] - [[User talk:Ignacio Rodríguez|( '''話合''' )]] 16:46 30 jul 2026 (UTC)
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|342|BIBLIOGRAFÍA|}}</noinclude>:{{QID|Q951453|{{may|E. Cunningham}}}}. {{QID|Q123737044|''Relativity and the Electron Theory''}}.
:{{QID|Q215022|{{may|A. S. Eddington}}}}. ''Space, Times and Gravitation''.
::Traducciones francesa y española (por J. M. Plans).
:{{QID|Q183372|{{may|A. N. Whitehead}}}}. ''The Principes of Natural Knowledge''.
:{{ditto|{{may|A. N. Whitehead}}.}} ''The Concept of Nature''.
:{{QID|Q376955|{{may|A. A. Robb}}}}. ''The absolute relations of Times and Space''.
{{c|'''II. Relatividad restringida'''}}
:{{QID|Q41688|{{may|Lorentz}}}}. ''{{QID||The Theory of Electrons}}''.
:{{QID|Q15298673|{{may|M. B. Weinstein}}}}. ''Die Physik der bewegten Materie und die Relativitätstheorie''.
:{{may|J. M. Plans}}. ''Mecánica relativista''.
:{{QID|Q714440|{{may|R. C. Tolman}}}}. ''The Theory of the Relativity of Motion''.
:{{may|E. Cunningham}}. ''The Principe of the Relativity''.
:{{QID|Q451657|{{may|Silberstein}}}}. ''The Theory of Relativity''.
:{{QID|Q57067|{{may|M. V. {{corr|Lauf|Laue}}}}}}. ''Die Relativitätstheorie'' (tomo I).
:{{may|A. A. Robb}}. ''Theory of Time and Space''.
{{c|'''III. Relatividad general'''}}
:{{QID|Q24203464|{{may|G. Juvet}}}}. ''Introduction au calcul tensoriel et au calcul differentiel absolu''.
:{{may|A. Einstein}}. ''Die Grundlage der allgemeine Relativitätstheorie''.
:{{may|A. Einstein}}. ''Vier Vorlesungen über Relativitätstheorie''.
::Traducción inglesa.
:{{may|A. S. Eddington}}. ''Report on the Relativity Theory of Gravitation''.
:{{may|A. S. Eddington}}. Segunda parte de la traducción francesa de ''Space, Times and Gravitation''.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|106|B. CABRERA|}}</noinclude>tal directa; pero la presencia de <math>c^2</math> en el denominador de {{ea|23_2|(23, 2)}} pone estos experimentos fuera del alcance de nuestros medios en la inmensa mayoría de los casos. Se explica así como aun en los trabajos cuidadosos de Landolt no se ha encontrado en definitiva ninguna variación apreciable. Baste observar que una de las reacciones químicas más violentas, la combinación del hidrógeno y el oxígeno para formar el vapor de agua, va acompañada de una pérdida de energía por gramo igual a <math>3,24 \times 10^3</math> calorías o <math>1,35 \times 10^{11}</math> erg., a las cuales, según la ecuación {{ea|23_2|(23, 2)}} corresponden <math>1,5 \times 10^{-10}</math> gr. No obstante, para ser completamente rigorosos en el enunciado de la ley de Lavoisier sería menester, no sólo asegurarse contra la pérdida de substancias gaseosas, como ya hacía el químico francés en sus experimentos clásicos, sino retener toda la energía radiante que puede producirse.
Los cambios de energía son más violentos en los procesos radiactivos. El Ur se transforma en Ra, pasando por un cierto número de elementos intermedios, y en cada una de estas transmutaciones se emite una partícula α o una β y radiación γ simultáneamente, emisiones que suponen la pérdida de ciertas cantidades de energía, en la hipótesis de que su origen esté en el seno del propio átomo y no venga del exterior; cual sucedería si se admitiese, con Perrin, que el proceso radiactivo se produce gracias a<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|107}}</noinclude>la absorción de una radiación de frecuencia específica. Análogamente, el Ra se convierte en Pb también mediante una serie de saltos análogos a los anteriores. Limitándonos a los rayos α, la energía total representada por ellos en la primera transformación es <math>2,12 \times 10^{-5}</math> erg. por átomo, o sea <math>5,71 \times 10^{16}</math> por gramo de Ra; para la segunda, las mismas magnitudes tienen por valor, respectivamente, <math>4,90 \times 10^{-5}</math> y <math>13,2 \times 10^{16}</math>, De unas y otras se deduce que los pesos atómicos del Ra y del Ra-Pb deben sufrir una disminución de 0,0063 y 0,0147 por 100 en virtud de esta causa, si se les compara con los valores obtenidos restando de las masas atómicas del Ur y el Ra, respectivamente, 3 y 5 átomos de He, o sean 12.00 y 20.00 unidades. La precisión de las actuales determinaciones de los pesos atómicos de los elementos precitados no basta para contrastar aquellas predicciones teóricas; pero es innegable que se trata de magnitudes ya en el mismo dintel de nuestras posibilidades experimentales. Conviene además advertir a este respecto que, si bien la comprobación de aquella presunción teórica sería argumento de peso en pro de la ecuación {{ea|23_2|(23, 2)}} , la demostración experimental de que la diferencia de los pesos atómicos es exactamente igual a la masa perdida por efecto de la radiación α, podría interpretarse admitiendo que el origen de la energía de los rayos α, β, y γ se encuentra en una forma de ener-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|108|B. CABRERA|}}</noinclude>gía de frecuencia muy pequeña absorbida por los átomos radiactivos, según ya dije que Perrin pretende.
Dicho se está que, aun admitiendo la referida ecuación {{ea|23_2|(23, 2)}} que liga los cambios de energía con los de masa, no se desprende como consecuencia necesaria que toda la masa se reduzca a una mera consecuencia de la energía acumulada en el volumen por ella ocupado. Para pasar de {{ea|23_2|(23, 2)}} a {{cel|<math>m = \frac{\mathcal{E}}{c^2}</math>{{fd|id=23_3|(23, 3)}}}}
que es la traducción analítica de dicha idea, es menester una nueva hipótesis que significa la anulación de la constante introducida al integrar {{ea|23_2|(23, 2)}}. Innegablemente la hipótesis es lógica, pues supone una economía de pensamiento; pero no pasa de ser una hipótesis. Importa además notar que no se trata de una concepción que se opone a aquel otro corolario de la ciencia moderna, según el cual la masa de los cuerpos es de origen electromagnético. Esto último sólo supone una concreción más de {{ea|23_3|(23, 3)}}, pues equivale a especificar la naturaleza de <math>\mathcal{E}</math>.
Diré aún que aquella necesidad mental que llevó a crear el éter como soporte material de la energía y la cantidad de movimiento de la radiación electromagnética, halla plena satistacción aquí sin introducir tal medio universal, puesto que la energía supone<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|109}}</noinclude>una masa y se propaga a través del espacio vacío a la manera de las partículas luminosas de Newton.
{{t3|24.}} Al trazar el bosquejo de la Mecánica clásica señalé (§ 5) el gran interés que ofrece el principio de Hamilton, que tija el proceso según el cual un sistema pasa de un estado determinado, correspondiente al tiempo <math>t_0</math>, a otro también definido que adquiere en el tiempo <math>t_1</math>, mediante la condición
{{cel|<math>\delta \int^{t_1}_{t_0}\mathrm{H}dt=0</math>}}
donde H = T — W. En la nueva ciencia existe un principio equivalente, cuya única diferencia con el anterior estriba en que no figura en H la energía cinética propiamente dicha, sino la función
{{cel|<math>T' = \sum mv^2 - T = \sum m_0c^2 \left [ 1 - \left ( 1 - \frac{v^2}{c^2} \right )^{\tfrac{1}{2}} \right ]</math>,}}
frecuentemente llamada función recíproca de T. Notoriamente, en primera aproximación, T' se reduce a <math>\tfrac{1}{2}\sum m_0 v^2</math>, y ello prueba que el principio de la Mecánica clásica es un caso particular de éste, que atribuye a H el valor T' — W.
{{t3|25}}. En este camino que vamos siguiendo corresponde ahora ocuparnos de la aplicación del principio de relatividad a los fenómenos electromagnéticos. Este principio requiere, según he repetido frecuen-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|110|B. CABRERA|}}</noinclude>temente, que las leyes naturales conserven su forma sea cual fuere el sistema de referencia; estúdielas el observador O' o el O. Tal afirmación no significa que los valores actuales de las diversas magnitudes medidas por O y O' sean idénticos, ni siquiera que ambos perciban simultáneamente los mismos fenómenos. Quiere decir únicamente que la correlación entre ellos se produce de idéntico modo para ambos.
Así es notorio ateniéndonos a un caso concreto. Imaginemos un cuerpo electrizado en reposo en nuestro laboratorio. Evidentemente, el campo que le envuelve será puramente eléctrico juzgado por nosotros mismos. Pero si admitimos la presencia de un observador extraterrestre que percibe la existencia de aquel cuerpo y estudia los fenómenos que de él dependen, hallará, a más de un campo eléctrico, otro magnético. Lo que ha de conservarse idéntico para unos y otros son las leyes que rigen los fenómenos provocados por las acciones mutuas de las cargas eléctricas; por ejemplo, la relación de dependencia entre las fuerzas mecánicas que actúan sobre los cuerpos cargados y los campos eléctrico y magnéticos que de las propias cargas proceden.
Sin duda, la única forma de asegurar la invariancia de las ecuaciones que definen las leyes naturales al cambiar de sistema de referencia, no obstante el diferente aspecto que los fenómenos ofrecerán para unos y otros observadores, es la existencia de un<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|111}}</noinclude>grupo de transtormación para los campos <math>\vec{E}</math> y <math>\vec{H}</math>. El mismo caso sencillo recordado hace un momento, nos permite prever la forma de las ecuaciones.
En primer término, la carga eléctrica del cuerpo a que me he referido en el caso en cuestión es un invariante en el cambio de sistema de referencia, puesto que de una parte la ley experimental de la conservación de las cargas hace que aquélla no altere de valor cuando O pasa del estado de reposo al de movimiento, y de otra para O' los fenómenos han de ocurrir de modo idéntico que para O en el estado de reposo, en virtud del principio mismo de relatividad. Asi,
{{cel| <math>e' = e</math>{{fd|id=25_1|(25, 1)}}}}
En segundo término, para nosotros, arrastrados por la tierra en su movimiento, la carga eléctrica no producirá más campo que el electrostático de componentes <math>E'_1</math>, <math>E'_2</math>, <math>E'_3</math>. Para el observador extraterrestre habrá también un campo eléctrico VECE; pero además un campo magnético provocado por el movimiento del VECE con velocidad V, según {{ea|10_2|(10, 2)}}. Supongamos ahora que O y O' estudian la acción que estos campos determinan sobre un péndulo eléctrico de carga ''e'' ligado al laboratorio, y situado en cualquier punto del plano normal a VECV: según {{ea|22_2|(22, 2)}}, entre las componentes para O' y O de estas fuerzas habrá la relación
{{cel|<math>F'_1 = F_1</math>, <math>F'_2 = kF_2</math>, <math>F'_3 = kF_3</math>{{fd|id=25_2|(25, 2)}}}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|111}}</noinclude>grupo de transtormación para los campos <math>\vec{E}</math> y <math>\vec{H}</math>. El mismo caso sencillo recordado hace un momento, nos permite prever la forma de las ecuaciones.
En primer término, la carga eléctrica del cuerpo a que me he referido en el caso en cuestión es un invariante en el cambio de sistema de referencia, puesto que de una parte la ley experimental de la conservación de las cargas hace que aquélla no altere de valor cuando O pasa del estado de reposo al de movimiento, y de otra para O' los fenómenos han de ocurrir de modo idéntico que para O en el estado de reposo, en virtud del principio mismo de relatividad. Asi,
{{cel| <math>e' = e</math>{{fd|id=25_1|(25, 1)}}}}
En segundo término, para nosotros, arrastrados por la tierra en su movimiento, la carga eléctrica no producirá más campo que el electrostático de componentes <math>E'_1</math>, <math>E'_2</math>, <math>E'_3</math>. Para el observador extraterrestre habrá también un campo eléctrico <math>\vec{E}</math>; pero además un campo magnético provocado por el movimiento del <math>\vec{E}</math> con velocidad V, según {{ea|10_2|(10, 2)}}. Supongamos ahora que O y O' estudian la acción que estos campos determinan sobre un péndulo eléctrico de carga ''e'' ligado al laboratorio, y situado en cualquier punto del plano normal a <math>\vec{V:}</math> según {{ea|22_2|(22, 2)}}, entre las componentes para O' y O de estas fuerzas habrá la relación
{{cel|<math>F'_1 = F_1</math>, <math>F'_2 = kF_2</math>, <math>F'_3 = kF_3</math>{{fd|id=25_2|(25, 2)}}}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|112|B. CABRERA|}}</noinclude>De otra parte, y en atención a {{ea|10_4|(10, 4)}},
{{cel|<math>F'_1 = e'E'_1, \quad F'_2=e'E'_2, \quad F'_3 = e'E'_3;</math>
<math>F_1 = eE_1, \quad F_2=eE_2 - \frac{eV}{c}H_3, \quad F_3=eE_3 + \frac{eV}{c}H_2
</math>}}
Sustituyendo estos valores de las componentes de <math>\vec{F}</math> y <math>\vec{F'}</math> en {{ea|25_2|(25, 2)}}, se deduce inmediatamente el grupo
{{cel|<math>\left . \begin{align}
E'_1 &= E_1 \\
E'_2 &= k(E_2 - \tfrac{V}{c}H_3) \\
E'_3 &= k(E_3 + \tfrac{V}{c}H_2)
\end{align} \right \}</math>. {{fd|id=25_3|(25, 3)}}}}
Por un razonamiento análogo, sólo que aplicando la atención a un solenoide de nuestro laboratorio, en vez de un cuerpo electrizado, obtendremos un segundo grupo de transformación que da los valores de <math>H'_1, H'_2, H'_3</math>
{{cel|<math>\left . \begin{align}
H'_1 &= H_1 \\
H'_2 &= k(H_2 - \tfrac{V}{c}E_3) \\
H'_3 &= k(H_3 + \tfrac{V}{c}E_2)
\end{align} \right \}</math>. {{fd|id=25_4|(25, 4)}}}}
Utilizando {{ea|25_3|(25, 3)}} y {{ea|25_4|(25, 4)}} para pasar de los campos que O percibe a los que O' puede denunciar, o recíprocamente, las leyes naturales adoptan idéntica forma, sea cual fuere el observador que las contemple, como hemos dicho tantas veces requiera el principio de relatividad. El razonamiento mismo<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|113}}</noinclude>de que me he servido para llegar a ellas es una garantía de que así debe ocurrir; pero se obtiene la plena confirmación de la exactitud de la anterior proposición aplicando dichas ecuaciones, juntamente con el grupo de Lorentz, para transformar las fundamentales del campo electromagnético.
De tal grupo, escrito en la forma
{{cel|<math>\begin{align}
x'_1 &= k(x_1- \frac{V}{c}x_4); \\
x'_2 &= x_2, \quad x'_3=x_3; \\
x'_4 &= k(x_4 - \frac{V}{c}x_1);
\end{align}</math>}}
por la sustitución de <math>x_4</math>, en vez de ''ct'', se obtiene para los símbolos de derivación
{{cel|<math>\begin{align}
\frac{\partial}{\partial x_1} = k \frac{\partial}{\partial x'_1} - k\frac{V}{c}\frac{\partial}{\partial x'_4}; \\
\frac{\partial}{\partial x_2} = \frac{\partial}{\partial x'_2}, \quad \frac{\partial}{\partial x_3} = \frac{\partial}{\partial x'_3}; \\
\frac{\partial}{\partial x_4} = k \frac{\partial}{\partial x'_4} - k\frac{V}{c}\frac{\partial}{\partial x'_1}; \\
\\
\frac{\partial^2}{\partial x^2_1} = k^2 \frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_1} - k^2 \frac{V^2}{c^2}\frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_4}; \\
\frac{\partial^2}{\partial x^2_2} = \frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_2}, \quad \frac{\partial^2}{\partial x^2_3} = \frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_3}; \\
\frac{\partial^2}{\partial x^2_4} = k^2 \frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_4} - k^2 \frac{V^2}{c^2}\frac{\partial^2}{\partial {x'}^2_1};
\end{align}</math>}}<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp|114|B. CABRERA|}}</noinclude>El primer grupo en combinación con los {{ea|25_3|(25, 3)}} y {{ea|25_4|(25, 4)}}, permite demostrar que las condiciones
{{cel|<math>\frac{\partial h_{ij}}{\partial x_k} + \frac{\partial h_{jk}}{\partial x_i} + \frac{\partial h_{ki}}{\partial x_j} = 0</math> {{fd|id=25_5|(25, 5)}}}}
imponen la exactitud de ecuaciones de la misma forma entre las componentes de los campos para el sistema O'.
Por otra parte, es consecuencia inmediata del segundo grupo que el operador
{{cel|<math>\square = \frac{\partial^2}{\partial x^2_1} + \frac{\partial^2}{\partial x^2_2} + \frac{\partial^2}{\partial x^2_3} - \frac{\partial^2}{\partial x^2_4}</math>}}
es por sí mismo invariante; esto es, no altera la naturaleza de la magnitud a que se aplique. Con ello, las ecuaciones
{{cel|<math>C_1 = - \square P_i</math>}}
tendrán igual forma en el sistema acentuado, puesto que los vectores de componentes <math>C_i</math> y <math>P_i</math> se transforman de igual modo.<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{cp||PRINCIPIO DE RELATIVIDAD|115}}</noinclude>{{t2|CAPÍTULO IV}}
{{c|'''Las nociones de espacio y tiempo y el Universo de Minkowski'''}}
{{sc|
{{ea|26.|26. Heterogeneidad de las nociones de espacio y tiempo. El Universo de Minkowski}}.—{{ea|27.|27. Su aplicación a la ciencia clásica. Los conceptos de Espacio y Universo}}.—{{ea|28.|28. La transformación de Galileo en el Universo}}.—{{ea|29.|29. El Universo de Minkowski para el grupo de Lorentz}}.—{{ea|30.|30. Generalización a ejes cualesquiera}}.—{{ea|31.|31. Hodócronas, reglas, planos y espacios: Universos de diferentes órdenes}}.—{{ea|32.|32. Empleo del tiempo imaginario para conservar la geometría de Euclides en el Universo}}.—{{ea|33.|33. Intervalo elemental: longitud y tiempo propios}}.—{{ea|34.|34. La ley de inercia}}.}}
{{t3|26.}} El grupo de Lorentz, estudiado en el capítulo precedente, establece una conexión entre el espacio y el tiempo que ya hemos visto choca fundamentalmente con las nociones suministradas por la ciencia clásica y con nuestros hábitos mentales, seguramente porque estos últimos son el resultado de una educación guiada por aquélla. Para juzgar con sana crítica el valor de dicha contradicción es indispensa-<noinclude></noinclude>
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Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf
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Paso del lobo
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Paso del lobo trasladó la página [[Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf]] a [[Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblacion y frutos del reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf]]
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Ignacio Rodríguez
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|Serie=[[Portal:Colección de historiadores de Chile y de documentos relativos a la historia nacional|Colección de historiadores de Chile y de documentos relativos a la historia nacional]]
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Autor:Augusto d'Halmar
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Ignacio Rodríguez
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wikitext
text/x-wiki
{{Biocitas
|Texto='''Augusto Jorge Goeminne Thomson''', más conocido por su seudónimo artistico '''Augusto d'Halmar'''<br>((Valparaíso, 23 de abril de 1882-Santiago, 27 de enero de 1950)<br>Escritor chileno.
|Ordenar= D Halmar, Augusto
}}
===Obras===
* ''Juana Lucero'' (1902, novela); en 1934 se publicó con el nombre de ''La Lucero'' {{at|Juana Lucero - MC0006017.pdf}}
* ''Vía crucis'' (1906)
* ''Al caer la tarde'', teatro (1907)
* ''La lámpara en el molino'' (1914, novela) {{memoria chilena|636750}}
* ''Los Alucinados'' (1917, novela)
* ''La Gatita'' (1917, novela corta)
* ''La sombra del humo en el espejo'' (1918, novela) {{at|La sombra del humo en el espejo - MC0011437.pdf}}
* ''Nirvana'' (1918, relato de viaje) {{memoria chilena|636751}}
* ''Cuatro evangélicos en uno'', edición de lujo (1922)
* ''Vía Crucis'', edición ilustrada (1923)
* ''Pasión y muerte del cura Deusto'' (1924) {{at|La pasión y muerte del cura Deusto - MC0073933.pdf}}
* ''Mi otro yo. La doble vida en la India'' (1924, novela corta)
* ''La Mancha de Don Quijote'' (1934)
* ''Capitanes sin barco, tres novelas'' (1934, novela)
* ''Catita y otras narraciones, cuentos'' (1935)
* ''Amor, cara y cruz, novela y cuentos'' (1935)
* ''Lo que no se ha dicho sobre la actual revolución española'' (1936, poesía)
* ''Rubén Darío y los americanos en París'' (1941, ensayo)
* ''Palabras para canciones'' (1942, poesía)
* ''Mar, novela poemática'' (1945)
* ''Carlos V en Yuste y Castilla'' (1945)
* ''Cristián y yo, cuentos'' (1946)
* ''Los 21'', ensayo (1948)
* ''Cursos de oratoria'' (1949)
* ''Recuerdos olvidados'' (1975, memorias publicadas póstumamente)
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>bombas y ruedas de fuego. Causa admiración ver la modestia у fervor que estos actos inspiran en el corazón de los creyentes, la fe pura y grande que a la Virgen de la Paz profesan, la solemnidad y ferviente devoción con que tales solemnidades celebramos los que tuvimos la dicha de nacer bajo el sacrosanto é inmaculado pabellón de España.
»Terminada la procesión, se dió principio à la misa ejecutada por la orquesta y los artistas del teatro. Después del Evangelio, subió al púlpito el M. R. P. fray Manuel Martin, agustino, que ha venido de la provincia de Batangas, el cual ha tenido absorto y pendiente de su palabra á todo el auditorio y principalmente a los españoles en el exordio en castellano, que dijo con valentía y frases tan fácilmente traídas y adecuadas, que llenaban nuestros corazones de fervor y entusiasmo. Esta palabra, pues, es lo que debe darse á lo que se siente ó sentimos cuando se trata de la Virgen y de nuestra querida España, y sobre todo cuando pueden intercalarse en el texto, puesto que la materia se presta, las ideas de un príncipe de la Iglesia, el ''señor Monescillo'' <ref>El que fué arzobispo de Toledo, primado de las Españas.</ref>, que son con seguridad las de todos los españoles.
»Concluida la misa subimos todos al convento juntamente con los principales del pueblo y otras personas de importancia, donde fueron muy bien obsequiados con la finura, atención y prodigalidad que caracterizan al M. R. P. fray Salví ofreciéndoles cigarros y un fuerte tente en pie que el Hermano mayor había preparado debajo del convento, para todo el que necesitase acallar las necesidades de su estómago.
»Durante el día no faltó nada para hacer alegre la fiesta
y para conservar la animación característica de los españoles, que en ocasiones tales no pueden contenerse, demostrando ya en canciones ó bailes, ya en otras sencillas y alegres distracciones, que tienen corazón noble y fuerte, que las penas no les abaten y que basta se reunan en un sitio dado tres españoles para que la tristeza y malestar de allí se ausenten. Rindióse, pues, culto á Terpsicore en muchas casas, pero principalmente en la del ilustrado millonario filipino, a donde fuímos todos invitados á comer.<noinclude></noinclude>
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Elultimolicantropo
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>Excuso decirle a usted que el banquete, opípara y brillantemente servido, fué la segunda edición de las bodas de Caná ó Camacho, corregida y aumentada. Mientras gozábamos de los placeres de la bucólica que dirigía un cocinero de ''la Campana'', tocaba la orquesta harmoniosas melodías. La hermosísima señorita de la casa lucía un traje de mestiza y una cascada de brillantes, y fué como siempre la reina de la fiesta. Todos deploramos en el fondo de nuestra alma que una ligera torcedura de su lindo pie la haya privado de los placeres del baile, pues si hemos de juzgar por lo que sus perfecciones en todo demuestran, la señorita de los Santos debe bailar como una sílfide.
» El alcalde de la provincia ha llegado esta tarde con
objeto de solemnizar con su presencia la ceremonia de mañana. Ha deplorado el malestar del distinguido propietario señor Ibarra, que, gracias a Dios, según se nos ha dicho, ya está mejor.
» Esta noche hubo procesión solemne, pero de esto le hablaré en mi carta de mañana, porque, además de los bombazos que me han aturdido y vuelto algo sordo, estoy muy cansado y me caigo de sueño. Mientras, pues, recupero fuerzas en los brazos de Morfeo ó sea en el catre del convento, deseo á usted, mi distinguido amigo, buenas noches y hasta mañana, que será el gran día.
{{derecha|Su affmo. amigo q. b . s . m .}}
» San Diego, 11 de Noviembre.
{{derecha|El corresponsal.»}}
Esto escribía el bueno del corresponsal. Veamos ahora
qué escribía capitán Martín a su amigo Luis Chiquito:
« Querido Choy: Ven corriendo, si puedes, que la fiesta
es muy alegre; figúrate que capitán Joaquín está casi desbancado: capitán Tiago le ha doblado tres veces y las tres en puertas, con lo que Cabezang Manuel, el dueño de la casa, se vuelve cada vez más pequeño de alegría. El padre Dámaso rompió de un puñetazo una lámpara porque hasta ahora no ha ganado una carta; el cónsul ha perdido en sus gallos y en la banca todo lo que nos ha ganado en la fiesta de Biñang y en la del Pilar de Santa Cruz.
» Esperábamos que capitán Tiago nos trajese á su futuro yerno, el rico heredero de don Rafael, pero parece que<noinclude></noinclude>
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Elultimolicantropo
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXVIII"/>quiere imitar a su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. ¡Lástima! Parece que no será nunca de provecho.
» El chino Carlos está haciendo una grande fortuna con el ''liam pó''; sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imán: se queja continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando el cubo del ''liam po'' se para poco a poco, entonces se inclina casi hasta tocarlo, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado, porque sé otras historias parecidas.
» Adiós, Choy; mis gallos van bien y mi mujer está alegre y se divierte,
Tu amigo
{{derecha|Martin Aristorenas.}}
Ibarra había recibido también un billetito perfumado,
que Andeng, la hermana de leche de Maria Clara, le había entregado à la noche del primer dia de la fiesta. El
billete decía:
« Crisóstomo: Hace más de un día que no te dejas ver;
he oído que estás algo enfermo, he rezado por ti y he encendido dos cirios, por más que papá dice que no estás enfermo de gravedad. Anoche y hoy me han aburrido mandándome tocar el piano é invitándome á bailar. ¡No sabía que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si no fuera por el padre Dámaso, que procura distraerme contando y diciéndome muchas cosas, me habría encerrado en mi alcoba para dormir. Escríbeme qué tienes, pues diré á papá que te visite. Por ahora, te envio á Andeng, para que te haga te: ella lo sabe cocer bien y acaso mejor que tus criados.
{{derecha|Maria Clara.}}
» P. D. Si no vienes mañana, no iré a la ceremonia.
Vale.»
<section end="CapXXVIII"/>
<section begin="CapXXIX"/>{{t3|XXIX}}
{{t4|LA MAÑANA}}
Las bandas de música tocaron diana á los primeros albores de la aurora, despertando con aires alegres á los fatigados vecinos del pueblo. La vida y la animación rena-
<section end="CapXXIX"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXVIII"/>quiere imitar a su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. ¡Lástima! Parece que no será nunca de provecho.
» El chino Carlos está haciendo una grande fortuna con el ''liam pó''; sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imán: se queja continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando el cubo del ''liam po'' se para poco a poco, entonces se inclina casi hasta tocarlo, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado, porque sé otras historias parecidas.
» Adiós, Choy; mis gallos van bien y mi mujer está alegre y se divierte,
Tu amigo
{{derecha|Martin Aristorenas.}}
Ibarra había recibido también un billetito perfumado,
que Andeng, la hermana de leche de Maria Clara, le había entregado à la noche del primer dia de la fiesta. El
billete decía:
« Crisóstomo: Hace más de un día que no te dejas ver;
he oído que estás algo enfermo, he rezado por ti y he encendido dos cirios, por más que papá dice que no estás enfermo de gravedad. Anoche y hoy me han aburrido mandándome tocar el piano é invitándome á bailar. ¡No sabía que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si no fuera por el padre Dámaso, que procura distraerme contando y diciéndome muchas cosas, me habría encerrado en mi alcoba para dormir. Escríbeme qué tienes, pues diré á papá que te visite. Por ahora, te envio á Andeng, para que te haga te: ella lo sabe cocer bien y acaso mejor que tus criados.
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» P. D. Si no vienes mañana, no iré a la ceremonia.
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Las bandas de música tocaron diana á los primeros albores de la aurora, despertando con aires alegres á los fatigados vecinos del pueblo. La vida y la animación rena-<section end="CapXXIX"/><noinclude></noinclude>
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Elultimolicantropo
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>cieron , las campanas volvieron a repicar y las detonaciones comenzaron.
Era el último día de la fiesta , era verdaderamente la
fiesta misma. Se esperaba ver mucho más que el día anterior. Los hermanos de la V. O. T. eran más numerosos que los del Santísimo Rosario, y los cofrades sonreían piadosamente, seguros de humillar á sus rivales. Habían comprado mayor número de velas: los chinos cereros hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por más que algunos aseguraban que no era fe en el catolicismo, sino por el deseo de tomar mujer. Pero á esto respondían las piadosas mujeres:
- Aunque así fuera, el casarse tantos chinos a la vez
no dejaría de ser un milagro, y ya les convertirían sus esposas
La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las alhajas. Los tahures y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos sombreros de jipijapa. Sólo el viejo filósofo seguía como siempre: la camisa de ''sinamay'' <ref>Tela fabricada con el filamento de una variedad del abacá, llamada albay</ref> con rayas obscuras, abotonada hasta el cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color de ceniza.
-¡Está usted hoy más triste que nunca!- le dijo el teniente mayor;-¿no quiere usted que nos alegremos de vez en cuando, puesto que tenemos mucho que llorar?
-¡Alegrarse no quiere decir cometer locuras!-contesto el viejo.-¡Es la insensata orgia de todos los años! Y todo ¿por qué? Malgastar el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades! ¡Ya lo entiendo, es la orgía, es la bacanal
para apagar las lamentaciones de todos!
—Ya sabe usted que participo de su opinión,—repuso don Filipo, medio serio medio sonriendo.—La he defendido, pero ¿qué podía hacer contra el gobernadorcillo y el cura?
—¡Dimitir!—contestó el filósofo y se alejó.
Don Filipo se quedó perplejo, siguiendo con la vista al
anciano.
—¡Dimitir!—murmuraba dirigiéndose á la iglesia,—¡di-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>mitir! ¡Sí! si este cargo fuese una dignidad y no una carga, sí , ¡dimitiria!
El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, niños y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros, entraban у salían por las estrechas puertas. Olía á pólvora, á flores, á incienso, á perfume; bombas, cohetes, y buscapiés hacían correr y gritar á las mujeres, reir a los niños. Una banda de música tocaba delante del convento, otras, conduciendo a la municipalidad , recorrían las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz y colores abigarrados distraían la vista, harmonías y estruendos el oído. Las campanas no cesaban de repicar; cruzábanse coches y calesas cuyos caballos á veces se espantaban, encabritaban, se ponían de manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta, constituía un espectáculo gratis y de los más interesantes.
El Hermano mayor de este día había enviado criados para buscar convidados en la calle, como el que dió el festín de que nos habla el Evangelio. Se invitaba, casi á la fuerza, á tomar chocolate, café, te, dulces, etc. No pocas veces la invitación tomaba las proporciones de una querella.
Iba a celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmática, como la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, sólo que ahora el celebrante seria el padre Salví, y entre las personas que iban á oirla estaría el alcalde de la provincia con otros muchos españoles y gente ilustrada para escuchar al padre Dámaso, que gozaba de gran fama en la provincia. El alférez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones del padre Salví, acudía también para dar una prueba de su buena voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura le había dado. Tal fama tenía el padre Damaso, que ya el corresponsal escribió de antemano al director del periódico lo siguiente:
«Como le había anunciado á usted en mis mal pergeñadas líneas de ayer, así ha sucedido Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray Dámaso Verdolagas, antiguo de este pueblo, transferido hoy á otro mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado ocupó la cátedra del Espíritu Santo pronunciando un elo-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>cuentísimo y profundísimo sermón , que edificó y dejó pasmados a todos los fieles que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos, novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los gestos, gracia en el hablar, gallardía en las ideas, he aquí las prendas del Bossuet español, que tiene justamente ganada su alta reputación, no sólo entre los ilustrados españoles, sino aun entre los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.»
Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado á borrar cuanto había escrito. El padre Dámaso se quejaba de cierto ligero catarro que había cogido la noche anterior: después de cantar unas alegres peteneras se había tomado tres vasos de sorbete y asistido un momento al espectáculo. A consecuencia de esto quería renunciar á ser el intérprete de Dios para con los hombres, pero no encontrándose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San Diego, -el cura los sabía, es verdad, mas tenía que oficiar- los otros religiosos hallaron unánimemente que el timbre de voz del padre Dámaso era inmejorable y que seria una gran lástima dejar de pronunciar sermón tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por esto, la antigua ama de llaves le preparo limonadas, le untó pecho y cuello con ungüentos y aceites, le envolvió en paños calientes, le sobó, etc., etc. El padre Dámaso tomó huevos crudos batidos en vino, y en toda la mañana ni habló ni se desayuno; apenas bebió un vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos, renunciando heroicamente a su pollo frito y á su medio queso de la Laguna de todos las mañanas, porque, según el ama, pollo y queso tenían sal y grasa y podrían provocar la tos.
—¡Todo para ganar el cielo y convertirnos! — decían conmovidas las hermanas de la V.O.T., al enterarse de estos sacrificios.
—¡La Virgen de la Paz le castiga!—murmuraban las hermanas del Santísimo Rosario, que no le podían perdonar el haberse inclinado al lado de sus enemigas.
A las ocho y media salió la procesión á la sombra del
entoldado de lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien
había una novedad: la Hermandad de la V.O.T. Viejos,<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>viejas y algunas jóvenes camino de viejas exhibian largos hábitos de guingón; los pobres los gastaban de tela basta, los ricos de seda ó sea del guingón franciscano, que llaman por usarlo más los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos sagrados hábitos eran legítimos, venían del convento de Manila de donde el pueblo los adquiere por limosna, á cambio de dinero ''prix fixe'', si se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse, pero no disminuirse. Lo mismo que estos hábitos se venden también otros en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen, además de la gracia especial de procurar muchas indulgencias a los muertos que en ellos se amortajan, la gracia más especial aun de ser más caros cuanto más viejos, raídos é inservibles son. Escribimos esto por si algún piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas, ó algún tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevándose á Filipinas un cargamento de hábitos zurcidos y mugrientos, pues llegan a costar dieciséis pesos ó más según el aspecto más o menos haraposo.
San Diego de Alcalá iba en un carro adornado con planchas de plata repujada. El Santo, bastante delgado, tenía el busto de marfil de una expresión severa y majestuosa, a pesar del abundante cerquillo rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.
Nuestro venerable padre San Francisco seguía. Después la Virgen, como ayer, solo que el sacerdote que venía debajo del palio, era esta vez el padre Salví y no el elegante padre Sibyla de modales tan distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente, le sobraba unción: tenía las manos juntas en actitud mística, los ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfacción al verse á la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz, iba de un carro á otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se ponía más serio aun y más grave.
Así andaba la procesión lenta, pausadamente al son de bombas, cantos y religiosas melodías, lanzadas al aire por las bandas de música , que seguían detrás de cada carro.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXIX"/>Con tal afán, entretanto, distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan a las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.
Frente a una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras, se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase saludo o que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más derecho у la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia y más elegantemente.
En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático, vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta edad. Nodriza o niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio, y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.
Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio: «¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»
La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca y alejóse corriendo muy confusa. El niño echose á llorar.
Los maliciosos se guiñaron unos a otros ,y los españoles que vieron la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salvi se trocó en un rojo amapola.
Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera á la mujer, que era una forastera.
<section end="CapXXIX"/>
<section begin="CapXXX"/>{{t3|XXX}}
{{t4|EN LA IGLESIA}}
De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los
hombres asignan por casa al Criador de cuanto existe.
Se empujaban, se oprimian, se machucaban unos a otros, exhalando ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavia, desde lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita, pero a lo mejor venia la
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXIX"/>Con tal afán, entretanto, distribuía el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompañantes se retiraron á sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan a las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.
Frente a una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras, se asomaban el alcalde, capitán Tiago, María Clara, Ibarra, varios españoles y señoritas, detúvose el carro; el padre Salví acertó levantar la vista, pero no hizo el más pequeño gesto que demostrase saludo o que los reconociese: únicamente se irguió, se puso más derecho у la capa pluvial cayó sobre sus hombros con cierta gracia y más elegantemente.
En la calle, debajo de la ventana, había una joven de rostro simpático, vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un niño de corta edad. Nodriza o niñera debía ser, pues el chico era blanco y rubio, y ella morena, y sus cabellos más negros que el azabache.
Al ver al cura, extendió el tierno infante sus manecitas, rióse con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos provocada, y gritó balbuceando en medio de un breve silencio: «¡Pa... pá! ¡Papá! ¡papá!»
La joven se estremeció, puso precipitadamente su mano sobre la boca y alejóse corriendo muy confusa. El niño echose á llorar.
Los maliciosos se guiñaron unos a otros ,y los españoles que vieron la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salvi se trocó en un rojo amapola.
Y sin embargo, la gente no tenía razón: el cura no conocía siquiera á la mujer, que era una forastera.
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{{t4|EN LA IGLESIA}}
De extremo á extremo estaba lleno el camarín, que los
hombres asignan por casa al Criador de cuanto existe.
Se empujaban, se oprimian, se machucaban unos a otros, exhalando ayes los pocos que salían y los muchos que entraban. Todavia, desde lejos, extendíase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita, pero a lo mejor venia la<section end="CapXXX"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>oleada y apartaba la mano: entonces se oía un gruñido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los empujones. Algunos viejos que conseguían refrescar sus dedos en el agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una población entera con más los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien con trabajo, el cogote; la coronilla, la frente, la nariz, la barba, el pecho y el ombligo, en la convicción de que asi santificaban todas aquellas partes y no padecerían ni torticolis, ni dolores de cabeza, ni tísis, ni indigestiones Las personas jóvenes, bien porque no fuesen tan enfermizas ó no creyesen en aquella sagrada profilaxis, apenas humedecian la puntita del dedo -para que la gente devota no tuviese nada que decir,-y hacian de señalar la frente sin tocarla , por supuesto .«Será bendita y todo lo que se quiera,» pensaría alguna joven, «¡pero tiene un color!»
Se respiraba á duras penas; hacia calor y olía á animal
bimano; pero el predicador valía todas aquellas molestias: su sermón le costaba al pueblo doscientos cincuenta pesos. El viejo Tasio había dicho:
- ¡Doscientos cincuenta pesos por un sermón! ¡Un hombre solo y una sola vez! ¡La tercera parte de lo que cuestan los comediantes que trabajarán durante tres noches!... ¡Necesariamente debéis ser muy ricos!
-¿Qué tiene eso que ver con la comedia? -contestó malhumorado el nervioso maestro de los Hermanos de la V. O. T.; con la comedia se van las almas al infierno, y con el sermón al cielo. Si hubiese pedido mil, le pagaríamos y todavía se lo tendríamos que agradecer...
-¡Después de todo, tenéis razón! -replicó el filósofo;-á mí al menos me divierte más el sermón que la comedia.
-¡Pues á mí ni la comedia! -gritaba furioso el otro.
-¡Lo creo, tanto entendéis del uno como del otro!
Y el impío se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas profecías que el irritable maestro hacía sobre su vida futura.
Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba: agitaban el aire abanicos, sombreros y pañuelos; gritaban y lloraban los niños, lo que daba que trabajar á los sacristanes para echarlos del templo. Esto hacia pen-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>sar al concienzudo y flemático maestro de la Cofradía del
Santísimo Rosario:
-«Dejad que los niños se acerquen á mi» , decia N. S. Jesucristo, es verdad; pero aquí debe sobrentenderse «niños que no lloran.»
Una vieja, de las vestidas de guingón, la Hermana Putê, decía á su nieta, una chiquilla de seis años, que estaba á su lado arrodillada:
-¡Condenada! ¡estáte atenta, que vas á oír un sermón como el de Viernes Santo!
Y le dió un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo una mueca, alargó el hocico y arrugó las cejas.
Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los confesonarios. Un viejo, cabeceando, hacia creer á nuestra vieja que mascullaba rezos y hacía correr rápidamente los dedos por las cuentas de su rosario, que aquella era la manera más reverente de acatar los designios del cielo, y poco a poco se puso á imitarle.
Ibarra estaba en un rincón: María Clara, arrodillada cerca del altar mayor en un sitio que el cura tuvo la galantería de hacer despejar por los sacristanes. Capitán Tiago, vestido de frac, se sentaba en los bancos destinados á las autoridades, por lo cual los chicos que no le conocían, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercársele.
Por fin llegó el señor alcalde con su estado mayor, viniendo de la sacristía y ocupando uno de los magníficos sillones, sobre una alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la banda de Carlos III y cuatro o cinco condecoraciones más.
El pueblo no le reconoció.
-¡Aha!-exclamó un labriego:-¡un civil vestido de comediante!
-¡Simple!-le contestó el vecino codeándole:-¡es el príncipe Villardo, que vimos anoche en el teatro!
El alcalde subió de categoría a los ojos del pueblo, llegando á ser encantado príncipe, vencedor de gigantes,
Empezó la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dormían se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El P. Salví, a pesar de su<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>gravedad, parecía muy satisfecho, pues le servían de diácono y subdiácono nada menos que dos agustinos.
Cada cual cantó bien, cuando le llegó el turno, con voz más o menos nasal y pronunciación obscura, menos el oficiante que la tenía algo temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extrañeza de los que le conocían. Se movía sin embargo, con precisión y elegancia; decía el ''Dominus vobiscum'' con unción ladeando un poco la cabeza y mirándo hacia la bóveda. Al verle recibir el humo del incienso, se habría dicho que Galeno tenía razón admitiendo el paso del humo de las fosas nasales al cráneo por la criba del etmoides, pues se erguía, echaba hacia atrás la cabeza, caminaba después hacia el centro del altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitán Tiago le halló más majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda de caballo y babuchas de alta suela.
-Indudablemente,-pensaba,-un solo cura nuestro tiene más majestad que todos los emperadores.
Por fin llegó el deseado momento de oír al P. Dámaso. Los tres sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como diría el honrado corresponsal; el alcalde y demás gente de varas y bastones los imitaron; la música cesó.
Aquel paso del ruido al silencio, despertó á nuestra vieja hermana Putê, que ya roncaba, gracias a la música. Como Segismundo, ó como el cocinero del cuento de Dornröschen, lo primero que hizo al despertarse fué dar un cogotazo á su nieta, que también se había dormido. Esta chilló, pero se distrajo pronto viendo a una mujer darse golpes de pecho convencida y entusiasmada.
Todos procuraron colocarse comodamente; los que no tenían banco se sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo ó sus mismas piernas.
El P. Dámaso atravesó la multitud , precedido de dos sacristanes y seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareció al subir la escalera de caracol, pero pronto reapareció su redonda cabeza, después el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Miró á todas partes con seguridad, medio tosiendo; vió a Ibarra; un<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXX"/>pestañeo particular dió á entender que no se olvidaría de él en sus oraciones; después una mirada de satisfacción al P. Sibyla y otra de desdén al P. Manuel Martin, el predicador de ayer. Concluída esta revista, volviose disimuladamente al compañero diciéndole: «¡Atención, hermano!» Éste abrió el cuaderno.
Pero el sermón merece capítulo aparte. Un joven que entonces aprendía la taquigrafía y que idolatra á los grandes oradores, lo estenografió; gracias a esto podemos traer aquí un trozo de la oratoria sagrada de aquellas regiones.
<section end="CapXXX"/>
<section begin="CapXXXI"/>{{t3|XXXI}}
{{t4|EL SERMON}}
Fray Dámaso empezó lentamente, pronunciando á media voz:
« ''Et spiritum tuum bonum dedisti, qui doceret eos, et manna
tuum non prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.''»
«¡Y les diste tu espíritu bueno para que los enseñase y no quitáste tu maná de su boca y les diste agua en su sed! »
« Palabras que dijo el Señor por boca de Esdras, libro II,
cap. IX, vers . 20. »
El P. Sibyla miró sorprendido al predicador; el P. Manuel Martín palideció y se tragó saliva; aquello era mejor que el suyo.
Sea que el P. Dámaso lo notara ó estuviese aún ronco, es el caso que tosió varias veces poniendo ambas manos sobre el aptepecho de la santa tribuna. El Espíritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar: blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.
«Excelentísimo Señor (al alcalde), virtuosísimos sacerdotes, cristianos, hermanos en Jesucristo!»
Aquí hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el auditorio, cuya atención y recogimiento le llenaron de satisfacción.
La primera parte del sermón debía ser en castellano y
la otra en tagalo: loquebantur omnes linguas <ref>Hablarán todas las lenguas</ref> .
Después de los vocativos y de la pausa, extendió majes-<section end="CapXXXI"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>tuosamente la mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; después se cruzó de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de esta calma á la movilidad, echó hacia atrás la cabeza, señaló hacia la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto ímpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y cerraron las puertas; el alférez se inquietó y estuvo dudando sobre si salir ó quedarse, pero ya el predicador empezaba a hablar con voz fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente en medicina.
«Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el aire es el vehículo de la santa palabra divina que brotará de mi boca, oíd, pues, vosotros con los oídos del alma y del corazón, para que las palabras del Señor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves del Infierno, sino que crezcáis y brotéis como una santa simiente en el campo de nuestro venerable y seráfico P. San Francisco. Vosotros, grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne y del mundo, vosotros que estáis cargados con los grilletes de la lascivia y concupiscencia y remáis en las galeras del Satán infernal, ved ahí con reverente compunción al que rescata las almas de la cautividad del demonio, al intrépido Gedeón, al esforzado David, al victorioso Roldán del Cristianismo, al guardia civil celestial, más valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y por haber»...- (El alférez
arruga el ceño ), - « sí, señor alférez , más valiente y prepotente, que sin más fusil que una cruz de palo, vence con
denuedo al eterno tulisán de las tinieblas y á todos los secuaces de Luzbel y habría a todos para siempre extirpado, si los espíritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creación divina, este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcalá, que, valiéndome de una comparación, porque las comparaciones ayudan bien à la comprensión de las cosas incomprensibles, como dijo el otro, digo, pues, que este gran santo es únicamente un soldado último, un ranchero en nuestra poderosísima compañía, que desde el cielo manda nuestro seráfico P. S. Francisco, à la que tengo la honra de pertenecer como cabo o sargento por la gracia de Dios»
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del párrafo otra cosa que las palabras ''guardia civil, tulisán. S. Diego y S. Francisco'', observaron la mala cara que había puesto el alférez, el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regañaba á aquél porque no perseguía a los tulisanes. San Diego y S. Francisco se encargarían de ello, y muy bien, como lo prueba una pintura, existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con sólo su cordón había contenido la invasión china en los primeros años del descubrimiento. Alegráronse, pues, no poco los devotos, agradecieron á Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes, S. Francisco destruiría también a los guardias civiles. Redoblaron, pues, la atención siguiendo al P. Dámaso, que continuó:
«Excelentísimo señor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas aun al lado de las pequeñas, y las pequeñas siempre son pequeñas aun al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los hombres, y los hombres se equivocan: ''errarle es hominum'' <ref>Errare humanum est.</ref> como dice Cicerón, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi país, resulta que hay más profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades, Excmo. Señor, ha dicho el Espíritu divino en su suprema sabiduría que jamás comprendió la humana inteligencia desde los tiempos de Séneca y Aristóteles, esos sabios religiosos de la antigüedad, hasta nuestros pecadores días, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeñas son pequeñas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al lado de las más grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las nubes у de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...»
-¡Amén! -contestó el maestro de la V. O . T. y se santiguó.
Con esta figura de retórica , que aprendiera de un gran predicador en Manila, quería el P. Dámaso sorprender a su auditorio, y en efecto, su Espíritu santo, embobado con tantas verdades, necesitó que le tocara con el pie para recordarle su misión.
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>- Patente está á vuestros ojos! -dijo el Espíritu desde abajo.
«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aún en medio del día como lo hace el sol; así brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis patente à vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, patente, patente a todos, ¡patente!»
Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió a salir de su escondite mientras duró el sermón.
«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»-(la que tenia la imágen era de plata), - «tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro» - (el alcalde contiene la respiración)- « sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada» - (¡Ah! respira el alcalde) - «que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición.»
Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á poco. María Clara no atendía al sermón; sabia que Ibarra estaba cerca y pensaba en él, mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los evangelistas, que tenia todas las trazas de un pequeño carabao.
«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos, y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por más que muchos de vosotros, lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes o herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>- Patente está á vuestros ojos! -dijo el Espíritu desde abajo.
«¡Patente está á vuestros ojos la prueba concluyente y contundente de esta eterna verdad filosófica! Patente está ese sol de virtudes, y digo sol y no luna, porque no hay gran mérito en que la luna brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey; por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mérito es poder brillar aún en medio del día como lo hace el sol; así brilla el hermano Diego aun en medio de los más grandes santos. Ahí tenéis patente à vuestros ojos, á vuestra impía incredulidad la obra maestra del Altísimo para confundir á los grandes de la tierra, sí, hermanos míos, patente, patente a todos, ¡patente!»
Un hombre se levantó pálido y tembloroso y se escondió en un confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y soñó que los carabineros le pedían la patente que no tenía. Asegúrase que no volvió a salir de su escondite mientras duró el sermón.
«¡Humilde y recogido santo, tu cruz de palo»-(la que tenia la imágen era de plata), - «tu modesto hábito honran al gran Francisco de quien somos los hijos é imitadores! Nosotros propagamos tu santa raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los pueblos sin distinguir al blanco del negro» - (el alcalde contiene la respiración)- « sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de fe y de religión armada» - (¡Ah! respira el alcalde) - «que sostiene al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la perdición.»
Los oyentes, hasta el mismo capitán Tiago, bostezaban poco á poco. María Clara no atendía al sermón; sabia que Ibarra estaba cerca y pensaba en él, mientras miraba, abanicándose, el toro de uno de los evangelistas, que tenia todas las trazas de un pequeño carabao.
«Todos debíamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de los santos, y así no tendría yo que predicaros, pecadores; debíais saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por más que muchos de vosotros, lo habéis olvidado ya viviendo como los protestantes o herejes, que no respetan á los ministros de Dios, como los chinos, pero os vais á condenar, peor para vosotros, ¡condenados!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>-¡Abá cosa ese pale Lámaso <ref>Los chinos cambian la d en l: Pale Lámaso por padre Dámaso.</ref> , ese!- murmuró el chino Carlos mirando con ira al predicador, que seguía improvisando, desencadenando una serie de apostrofes é imprecaciones.
«¡Moriréis en la impenitencia final, raza de herejes! ¡Dios os castiga ya desde esta tierra con cárceles y prisiones! ¡Las familias, las mujeres debian huir de vosotros, los gobernantes os deberían ahorcar a todos para que no se extienda la semilla de Satanás en la villa del Señor!... ¡Si tenéis un miembro malo que os induce al pecado, cortadlo y arrojadlo al fuego...!»
Fray Dámaso estaba nervioso, habla olvidado su sermón y su retórica.
-¿Oyes? -preguntó un joven estudiante de Manila á su
compañero; - ¿te lo cortas?
-¡Ca! ¡que lo haga él antes! -contestó el otro señalando al predicador.
Ibarra se puso inquieto: miró en derredor suyo buscando algún rincón, pero toda la iglesia estaba llena. Nada oía ni veía María Clara, que analizaba el cuadro de las benditas ánimas del purgatorio, almas en forma de hombres y mujeres en cueros, con mitras, capelos ó tocas, asándose en el fuego y agarrándose al cordón de S. Francisco, que no se rompía á pesar de tanto peso.
El Espíritu santo fraile, con aquella improvisación, perdió el hilo del sermón y saltó tres largos párrafos. apuntando mal al P. Dámaso, que descansaba jadeante de su apóstrofe.
« ¿Quién de vosotros, pecadores que me escucháis, lamería las llagas de un pobre y andrajoso mendigo? ¿Quién? ¡Que responda y levante la mano! ¡Ninguno! Ya lo sabía yo: sólo un santo como Diego de Alcalá puede hacerlo; él lamió toda podredumbre diciendo á un asombrado hermano: ¡Así se cura á este enfermo! ¡Oh caridad cristiana! ¡Oh piedad sin ejemplo! ¡Oh virtud de virtudes! ¡Oh dechado inimitable! ¡Oh talismán sin mancha!... »
Y siguió con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos en cruz, subiéndolos y bajándolos como si quisiese volar ó espantar á los pájaros.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>«Antes de morir habló en latín sin saber latín. ¡Pasmaos,
pecadores! Vosotros, a pesar de que lo estudiáis y os dan por ello azotes, no hablaréis latín, ¡moriréis sin saberlo! Hablar latín es una gracia de Dios, por eso la Iglesia habla latín. ¡Yo también hablo latín! ¿Cómo? ¿Dios iba á negar este consuelo á su querido Diego? ¿Podía morir, podía dejarle morir sin hablar latín? ¡Imposible! ¡Dios no sería justo, no sería Dios! Habló, pues, latín , y de ello dan testimonio los autores de aquella época.» Y terminó su exordio con el trozo que más trabajo le costara y que plagiara de un gran escritor, Sinibaldo de Más.
«Yo te saludo, pues, esclarecido Diego, honra de nuestra corporación. Tú eres dechado de virtudes, modesto con honra, humilde con nobleza, sumiso con entereza, sobrio con ambición, enemigo con lealtad, compasivo con perdón, religioso con escrúpulo, creyente con devoción, crédulo con candidez, casto con amor, callado con secreto, sufrido con paciencia, valiente con temor, continente con voluptuosidad, atrevido con resolución, obediente con sujeción, vergonzoso con pundonor, cuidadoso en tus intereses con desprendimiento, diestro con capacidad, ceremonioso con urbanidad, astuto con sagacidad, misericordioso con piedad, recatado con vergüenza, vengativo con valor, pobre por laboriosidad con conformidad, pródigo con economía, activo con negligencia, económico con liberalidad, inocente con penetración, reformador con consecuencia, indiferente con ansia de aprender, ¡Dios te crió para sentir los deliquios del amor platónico...! Ayúdame a cantar tus grandezas y tu nombre más alto que las estrellas y más claro que el sol mismo que gira a tus pies! Ayudadme, vosotros, pedid a Dios la inspiración suficiente rezando el avemaría».
Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil moscardones. El alcalde dobló trabajosamente una rodilla, moviendo la cabeza disgustado; el alférez estaba pálido y contrito.
-¡Al diablo con el cura! - murmuró uno de los dos jóvenes que venían de Manila.
- ¡Silencio! - contesta el otro, - que nos oye su mujer...
Entretanto, el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía á su Espíritu santo por haber saltado tres de sus mejores párrafos, tomaba dos merengues y un vaso de Mála-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>ga, seguro de encontrar en ellos mayor inspiración que en todos los Espíritus santos ya sean de madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraído fraile.
Iba á empezar con el sermón tagalo.
La vieja devota da otro cogotazo a su nieta, quien despierta malhumorada y pregunta:
-¿Es hora ya de llorar?
-¡Aun no, pero no te duermas, condenada! - contestó la buena abuela.
De la segunda parte del sermón, o sea del tagalo no tenemos más que ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque lo poseyese mejor, sino porque, teniendo a los filipinos de provincia por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oído hablar de reglas de la oratoria y entre sus oyentes podía haber alguno que hubiese saludado las aulas, acaso el señor alcalde mayor; por lo cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.
Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón: eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo, como decía hermana Rufa; así que el auditorio esperó en vano una ocasión para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvió à dormirse.
No obstante, esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.
Empezó con un ''Maná capatir con cristiano'' <ref>Hermanos míos en Jesucristo</ref>, al que siguió una avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno, del ''mahal na santo pintacasi'' <ref>Venerable Santo patrón</ref>, de los pecadores indios y de los virtuosos Padres Franciscanos.
-¡Menchel! <ref>¡Cáspita!</ref> -dijo uno de los irreverentes manileños á su compañero; - eso está en griego para mí, yo me voy.
Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo a la mitad de su frase; algunos esperaban un violenso apóstrofe, pero el P. Dámaso se<noinclude></noinclude>
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Elultimolicantropo
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>contentó con seguirle con la vista y prosiguió su sermón.
Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte, pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles sin sacramentos, de familias malditas, de ''mesticillos'' orgullosos y soplados, de jóvenes ''sabiondos, filosofillos ó pilosopillos'', de ''abogadillos, estudiantillos, etc''. Conocida es la costumbre que tienen muchos cuando quieren ridiculizar á sus enemigos: sacan en todo la terminación en illo, porque el cráneo parece no dar otra cosa, y se quedan muy felices.
Ibarra lo oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente tranquilidad, buscaba con los ojos á Dios у á las autoridades, pero allí no había más que imágenes de santos, y el alcalde dormitaba.
Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar á un sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una mano.- «Pero ahora -añadía- sólo os quitáis el salakot o el sombrero de castorillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para no desarreglar el peinado! Os contentáis con decir: buenos días, ''¡among!'' <ref>Among, señor.</ref>, y hay orgullosos estudiantillos de
poco latín, que por haber estudiado en Manila ó en Europa, se creen con derecho a estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah! ¡el día del juicio pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! ¡va á llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!»
Y exhortaba al pueblo á que no imitase á esos salvajes, sino que los huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.
- «¡Oid lo que dicen los santos Concilios! –clamaba.- Cuando un indio encontrare en la calle á un cura , doblará la cabeza y ofrecerá el cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van a caballo ambos, entonces el indio se parará, se quitará el salakot ó sombrero reverentemente; en fin, si el indio va á caballo y el cura á pie, el indio bajará del caballo y no volverá á montar hasta<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>que el cura le diga: ¡Sulung! <ref>Para despedirle, Sulung, vete.</ref> o esté ya muy lejos. Esto dicen los santos Concilios, y el que no obedezca estará excomulgado.»
-¿Y cuando uno monta un carabao? —pregunta un escrupuloso labriego á su vecino.
-¡Entonces... sigue adelante! - contesta éste, que es un
casuista.
Pero a pesar de los gritos y gestos del predicador, muchos se dormían o distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos: en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre los pecados de los impíos; tuvieron que desistir de su empresa por falta de socios. La misma hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un hombre sentado a su lado se había de tal manera dormido, que se cayó sobre ella, descomponiéndole el hábito: la buena anciana cogió su zueco y á golpes empezó á despertarle, gritando:
-¡Ay! ¡quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!
Armóse un tumulto, como era consiguiente. Paróse el predicador, enarcó las cejas, sorprendido de tanto escándalo. La indignación ahogó la palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente de rodillas.
- «¡Aaah! ¡aaah! - pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando los brazos y agitando la cabeza; -¡para eso os predico yo aquí toda la mañana, salvajes! Aquí, en la casa de Dios, reñís y decís malas palabras, ¡desvergonzados! ¡Aaaaah! ¡ya no respetáis nada!... ¡Esta es la obra de la lujuria é incontinencia del siglo! ¡Ya lo decía, aaah!»
Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen por analizar ni en qué distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras ni las alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía a María Clara en un jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren los hombres en sus miserables pueblos!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXI"/>El padre Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto era echar leña al fuego: fray Dámaso era terco y prolongó más el sermón. Fray Sibyla se mordia los labios y arreglaba repetidas veces sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martin era el único que parecía escuchar con placer, pues sonreía.
Por fin, dijo Dios basta: el orador se canso y bajó del púlpito.
Todos se arrodillaron para dar gracias a Dios. El alcalde se restregó los ojos, extendió un brazo como para desperezarse, soltando un ¡ah! profundo y bostezando.
Continuó la misa.
Cuando, al cantar Balbino y Chananay el ''Incarnatus est'',
todos se arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuro al oído de Ibarra: «¡En la ceremonia de la bendición no os alejéis del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis á la piedra, que os va la vida en ello!»
Ibarra vió a Elias, que, dicho esto, se perdía entre la
muchedumbre.
<section end="CapXXXI"/>
<section begin="CapXXXII"/>{{t3|XXXII}}
{{t4|LA CABRIA}}
El hombre amarillo había cumplido su palabra: no era una sencilla cabria lo que había construído sobre el abierto foso para hacer descender la enorme mole de granito; no era el trípode que ñor Juan había deseado para suspender una polea de su vértice, era algo más; era a la vez que una máquina, un adorno, pero un grandioso é imponente adorno.
Sobre ocho metros de altura se eleva la confusa y complicada andamiada: cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servían de almas, sujetos entre sí por colosales vigas cruzadas formando diagonales, unidas unas á otras por gruesos clavos hundidos sólo hasta la mitad, acaso porque, teniendo el aparato un carácter provisional, pudiera ser después fácilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados, daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado allá arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y mons-<section end="CapXXXII"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>truosas guirnaldas de flores y hojas, artísticamente entretejidas.
Allá arriba, en la sombra que proyectan maderos, guirnaldas y banderas, pende sujeta por cuerdas y ganchos de hierro una descomunal polea de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres cables aun mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar lleno, socavado en su centro, para formar con la excavación de la otra piedra, ya colocada en el foso, el pequeño espacio destinado a guardar la historia del día, como periódicos, escritos, monedas, medallas, etc., y transmitirla acaso à muy lejanas generaciones. Estos cables descendían de arriba abajo, se enlazaban con otra no menos gruesa polea atada al pie del aparato, é iban à arrollarse al cilindro de un torno, sujeto en tierra merced á gruesos maderos. Este torno, que se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica la fuerza de un hombre merced à un juego de ruedas dentadas, si bien lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.
-Mirad, -decía el hombre amarillo haciendo girar el manubrio :-mirad, ñor Juan, como con mis fuerzas únicamente hago subir y bajar la inmensa mole... Está tan bien dispuesto, que a voluntad puedo graduar, pulgada por pulgada, el ascenso ó descenso, de modo que un hombre desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras, mientras yo lo manejo desde aquí.
Ñor Juan no podía menos de admirar al hombre que se sonreía tan particularmente. Los curiosos hacían comentarios y alababan al hombre amarillo.
-¿Quién os enseñó la maquinaria? --le preguntó ñor Juan.
-¡Mi padre, mi difunto padre!-- contestaba con su particular sonrisa.
-¿Y à vuestro padre?...
-Don Saturnino, el abuelo de don Crisóstomo.
-No sabía que don Saturnino...
-¡Oh! ¡sabía muchas cosas! No solamente pegaba bien y exponía al sol á sus trabajadores; sabía además despertar á los dormidos y hacer dormir á los despiertos. ¡Ya veréis con el tiempo lo que mi padre me ha enseñado, ya veréis!
Y el hombre amarillo se reía, pero de un modo extraño.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>Sobre una mesa cubierta de un tapiz de Persia, estaban el cilindro de plomo y los objetos que iban á guardar en aquella especie de tumba: una caja de cristal de gruesas paredes contendría aquella momia de una época y guardaría para el porvenir los recuerdos de un pasado. El filósofo Tasio, que discurría por allí pensativo, murmuraba:
-Quizás algún día, cuando la obra que hoy comienza á nacer, envejecida después de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya å las sacudidas de la naturaleza, ya a la destructora mano del hombre, y sobre las ruinas crezcan la yedra y el musgo; después, cuando el tiempo destruya el musgo, la yedra y las ruinas, y esparza sus cenizas al viento, borrando de las páginas de la Historia el recuerdo de ella y de los que la destruyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria de los hombres; quizás, cuando las razas con las capas del suelo se hayan sepultado o desaparecido, sólo por alguna casualidad el pico de algún minero, haciendo brotar del granito la chispa, podrá desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizás los sabios de la nación que habiten estas regiones trabajarán, como trabajan los actuales egiptólogos con los restos de una gran diosa civilización, preocupada de la eternidad y que no sospechaba iba a descender sobre ella una tan larga noche. Quizás algún sabio profesor diga á sus alumnos de cinco у siete años en un idioma hablado por todos los hombres : «¡Señores! Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos signos y traducidas algunas palabras, podemos, sin género alguno de temor, presumir que tales objetos pertenecían á la edad bárbara del hombre, á la era obscura que solemos llamar fabulosa. En efecto, señores, para que os podáis formar una aproximada idea del atraso de nuestros antepasados, bastará que os diga, que los que vivían aquí no sólo reconocían aún reyes, sino que para resolver cuestiones de su gobierno interior, tenían todavía que acudir al otro extremo del mundo, que es como si dijéramos un cuerpo que para moverse necesitase consultar su cabeza existente en otra parte del globo, acaso en los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increíble imperfección, por inverosímil que os parezca, deja de ser así si consideramos las circunstancias de aquellos seres, que apenas me atrevo á llamar humanos. En<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (ó al menos así lo creían) en relación directa con su Criador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray, sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y a pesar de su gran poder y prestigio, jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el argumento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender á Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos, y á quien se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también á comer á los hombres comunes ..
Estas у otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de todos los corrumpidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos a nuestra narración.
En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y á los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo, opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada á los chicos de la escuela, no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas.- En la enramada estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediente público.
El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.
La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado. Los muchachos se subían á las ramas, sobre las piedras, para ver mejor la ceremonia, supliendo así su pequeña estatura; miraban con envidia á los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados: ellos, pobres campesinos, verían<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>á sus hijos comer sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en ello para no tener hambre, y tal suceso se contaría padres á hijos.
Pronto se oyeron los lejanos acordes de la música; la precedía una abigarrada turba, compuesta de todas las edades у vestida de todos los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examinó con una mirada todo su aparato. Un curioso campesino seguía su mirada y observaba todos sus movimientos: era Elías que acudía también á presenciar la ceremonia; por su salakot y su manera de vestir, casi estaba desconocido. Se había procurado el mejor sitio, casi al lado mismo del torno, al borde de la excavación.
Con la música venían el alcalde, los munícipes, los frailes, menos el padre Dámaso, y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos aristocráticos eran el flaco de S. E. capitán Tiago; el alférez y algunos ricos más iban en la dorada pléyade de las jóvenes que lucían sus sombrillas de seda. El padre Salví seguía, como siempre, silencioso y pensativo.
-Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena acción, --decía el alcalde á Ibarra ; -yo le proporcionaré cuanto usted necesite, y sino, haré que se lo proporcionen los otros.
A medida que se iban acercando, sentía el joven palpitar su corazón. Instintivamente dirigió, una mirada a la extraña andamiada, allí levantada; vió al hombre amarillo saludarle respetuosamente y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió a Elías, quien con un significativo pestañeo le dio á entender se acordase de lo que le había dicho en la iglesia.
El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el tuerto sacristán mayor tenía el libro, y un
monaguillo el hisopo y la vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos, guardaban un tan profundo silencio, que, a pesar de leer en voz baja, se conocía que temblaba la voz del padre Salví.
Entretanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que poner, como manuscritos, periódicos, meda-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>llas, monedas, etc., y el todo encerrado dentro del cilindro de plomo y herméticamente soldado.
—Señor Ibarra, ¿quiere usted colocar la caja en su sitio?
¡El cura espera á usted!—murmuró el alcalde al oído del joven.
—Con mucho gusto,—murmuró éste;—pero usurparía ese honroso deber al señor escribano: ¡el señor escribano debe dar fe del acto!
El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que conducía al fondo de la excavación, y con la solemnidad conveniente lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo y roció las piedras con agua bendita.
Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se adaptase bien y se agarrase.
Ibarra presentó al alcalde una llana de albañil, sobre cuya ancha hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunció antes una alocución en castellano.
«¡Vecinos de San Diego! — dijo con grave acento: tenemos el honor de presidir una ceremonia de una - importancia que vosotros comprenderéis sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el porvenir de los pueblos! Enseñadnos la escuela de un pueblo, y os diremos qué pueblo es.
»¡Vecinos de San Diego! bendecid á Dios, que os ha dado virtuosos sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo su glorioso manto ¡Bendecid á Dios, que se ha apiadado de vosotros trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la divina palabra! ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho, hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!
»¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan trascendental edificio, Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el rey, que Dios guarde, rey de las Españas, en nombre del preclaro gobierno español, y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación de esta escuela!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>» ¡Vecinos de San Diego, viva el rey! ¡Viva España! ¡Vivan los religiosos! ¡Viva la religión católica!»
-¡Viva! viva! --contestaron muchas voces, -¡viva el señor alcalde!
Este descendió después majestuoso á los acordes de la música que empezó á tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la piedra, y con igual majestad que al principio volvió a subir.
Los empleados aplaudieron.
Ibarra ofreció otra cuchara de plata al cura que, después de fijar los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta por los poderosos cables, pero fué sólo un segundo, y continuó descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron más aplausos: a los empleados se habían agregado algunos frailes y capitản Tiago.
El padre Salví parecía que buscaba a alguien á quien entregar la cuchara; miró como dudoso á Maria Clara, pero cambiando de opinión se la ofreció al escribano. Este, por galantería, se acerca a Maria Clara, quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan todos uno tras otro. Capitán Tiago no fué olvidado.
Faltaba Ibarra, y ya se iba a ordenar que el hombre amarillo hiciese descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven, diciéndole en tono de broma y afectando familiaridad:
—¿No mete usted su cuchara, señor Ibarra?
—¡Sería un Juan Palomo; yo me lo guiso, yo me lo como!—contestó éste en el mismo tono.
—¡Ande usted!—dijo el alcalde empujándole suavemente; sino, doy orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el día del juicio.
Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreír á algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con expresión indefinible; al verle, se habría dicho que toda su vida se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo abierto á sus pies.
Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>que pendía sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan con voz algo temblorosa:
—¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!
El joven quedó solo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.
Oyóse el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al alcalde por su discurso.
De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta: un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el padre Salvi permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabra.
Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron a Ibarra de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra , que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre, que yacía á sus pies, medio sepultado entre las vigas.
—¿No se ha muerto usted?—¿Vive usted todavía?—¡Por Dios, hable usted!—decían algunos empleados, llenos de terror é interés.
—¡Milagro! ¡Milagro!—gritaron algunos.
—¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!—dijo Ibarra, como despertando de un sueño.
Al oir su voz, Maria Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.
Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado á otro, bajaban à la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.
—¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?—preguntaba el alférez.
Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—¡Que procesen al maestro de obras!—fué lo primero que pudo decir el alcalde.
Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y una por el opuesto aunque algo más grande: al verlas se habría creído que una mano de acero le había cogido como una tenaza.
Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu santo al P. Dámaso, decía con ojos llorosos:
—¡Dios es justo, Dios es bueno!
—Cuando pienso que momentos antes estaba alli! - decía uno de los empleados a Ibarra, -¡digo! si llego a ser el último, ¡Jesús!
—¡A mi se me ponen los pelos de punta! - decía otro medio calvo.
—¡Y bueno que á usted le pasó eso y no á mi!—murmuraba tembloroso aun un viejo.
—¡Don Pascual!—exclamaron algunos españoles.
—Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo, si no salía aplastado, me habría muerto después con solo pensar en ello.
Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.
—¡Que esto no impida que la fiesta continúe, señor de Ibarra! -decía el alcalde - ¡alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni español. Hay que festejar su salvación de
usted. ¡Mire que si le coge la piedra debajo!
—¡Hay presentimientos, hay presentimientos!—exclamaba el escribano;—yo ya lo decía: El señor Ibarra no bajaba á gusto. ¡Yo ya lo veía!
—¡El muerto es no más que un indio!
—¡Que siga la fiesta! ¡Música! ¡no resucita al muerto la
tristeza! ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias!...
¡Que venga el directorcillo!... ¡Preso el maestro de obras!
—¡Al cepo con él!
—¡Al cepo! ¡Eh! ¡música, música! ¡Al cepo el maestrillo!
—Señor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza
no ha de resucitar al muerto, menos lo conseguirá la pri-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXII"/>sión de un hombre sobre cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido su libertad por estos días al menos.
—¡Bien! ¡bien! pero ¡que no reincida!
Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa admitida . Fr. Salvi parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro, que á un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.
No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras todo se desplomaba, una figura vestida de un traje obscuro como el de los franciscanos. No había duda: era el mismo San Diego. Súpose también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo no; claro como la luz del sol.
—¿Ves? tú no querías oír misa,—decía una madre á su hijo;—si no te llego á pegar para obligarte, ahora irías tu al tribunal como ese, ¡en carreta!
En efecto , el hombre amarillo ó su cadáver, envuelto en
una estera, era conducido al tribunal.
Ibarra corría á su casa para mudarse.
—¡Mal comienzo , hum!—decía el viejo Tasio alejándose.
<section end="CapXXXII"/>
<section begin="CapXXXIII"/>{{t3|XXXIII}}
{{t4|LIBRE PENSAMIENTO}}
Estaba concluyendo Ibarra de arreglarse, cuando un criado le anunció que un campesino preguntaba por él.
Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, ordenó le introdujesen en su despacho o gabinete de estudio, biblioteca a la vez que laboratorio químico.
Pero con extrañeza vió allí la severa y misteriosa figura de Elías.
—Me habéis salvado la vida,—dijo éste en tagalo comprendiendo el movimiento de Ibarra;-os he pagado mi deuda á medias y no tenéis nada que agradecerme, antes al contrario. He venido para pediros un favor...
—¡Hablad!—contestó el joven en el mismo idioma, sorprendido de la gravedad de aquel campesino.
Elías fijo algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:
—Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este<section end="CapXXXIII"/><noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>misterio, os suplico no habléis á nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.
—Descuidad,—contestó el joven con cierto tono de disgusto;—sé que os persiguen, pero yo no soy ningún delator.
—¡Oh, no es por mí, no es por mi!—exclamó con cierta viveza у altivez Elías;—es por vos: yo no temo nada de los hombres.
La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni con su estado ni con su fortuna.
—¿Qué queréis decir?—preguntó interrogando con sus miradas á aquel hombre misterioso.
—Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido y confiado vuestros enemigos.
Ibarra retrocedió.
—¿Mis enemigos? ¿Tengo enemigos?
—Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso! ¡La enemistad es la ley de la vida!
Ibarra miró en silencio á Elías.
—¡Vos no sois piloto ni campesino...—murmuró.
—Tenéis enemigos en las altas y en las bajas esferas,—continuó Elías sin advertir las palabras del joven;-meditáis una empresa grande, tenéis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos, porque han tenido pasiones, y en la vida no son los criminales los que más odio provocan, sino los hombres honrados.
—¿Conocéis á mis enemigos?
Elías no contestó por de pronto y meditó.
—Conocí a uno, al que ha muerto, repuso. Ayer noche descubrí que él tramaba algo contra vos, por algunas palabras cambiadas con un desconocido que se perdió entre la multitud. «A éste no le comerán los peces como á su padre: lo veréis mañana», decía. Estas palabras llamaron mi atención no sólo por su sentido, sino por el que las pronunciaba, que hace días se había presentado al maestro de obras, con el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocación de la piedra, no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo no tenía motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo en mi me decía que mis presunciones eran ciertas, y por<noinclude></noinclude>
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{{Encabezado
|título=Declaración de los Treinta
|autor=Francisco Pi y Margall
|año=16 de noviembre de 1860
|nota= Publicado el 16 de noviembre de 1860 en el periódico ''La Discusión''.}}
<pages index="Declaración de los Treinta - La Discusion, Madrid (16-11-1860).pdf" include=1/>
[[Categoría:Obras de Francisco Pi y Margall]]
[[Categoría:Documentos de Francisco Pi y Margall]]
[[Categoría:Republicanismo histórico español]]
[[Categoría:Republicanismo]]
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{{CP|352|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude><section begin="Sección1"/>
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{{x-grande|II.}}
{{x-grande|''VIDA DEL TORRIGIANO, ESCULTOR''.}}
}}
{{nli|''Torrigiano, natural de Florencia.''}}{{GrandeInicial|E}}l Torrigiano Torrigiani, nombrado así del Vasari, fué natural de Florencia, y escultor insigne, y tan estudioso, que era uno de los muchos que acudian para este efecto en aquella célebre academia del palacio, y jardin del magnífico señor Lorenzo de Medicis, Gran Duque de Florencia, y Toscana, de cuyo célebre estudio, ya en las estatuas, y relieves mas insignes; ya en los dibuxos, y pinturas mas selectas, salieron los mas señalados ingenios de aquel fertilisimo clima, y bien afortunado siglo. {{nli|''Micael Angel, su eminencia, y estimacion del Gran Duque.''}}Entre los quales sobresalian Micael Angel Bonarrota, y el Torrigiano, escultor pero este de tan desmesurado, y presuntuoso genio, quanto el otro de modesto, y apacible trato, acompañado de grande aplicacion á el estudio, y tan superior adelantamiento en todas las tres artes, que con justa razon usurpaba Bonarrota los primeros aplausos de todos, y desfrutaba la mayor estimacion del Gran Duque acompañandola con dádivas, y premios magníficos.
{{nli|''Genio altivo del Torrigiano.''}}Era el Torrigiano tan altivo, que no se contentaba con ser eminente, sino que quisiera ser único; no por la ambicion virtuosa del saber, sino por la hinchazon viciosa de dominar. Y así sucedia, que en viendo alguna cosa que los demas executaban, ó la borraba, ó la deshacia, afectando correccion, y magisterio: siguiendose á esto grandes quimeras, que acompañaba con vituperosas palabras, y obras. {{nli|''Riña que tuvo el Torrigiano con Micael Angel.''}}Y como en Micael Angel habia mas abundante materia en que cebar su rabiosa envidia, trabó con él un dia tal contienda, que viniendo á las manos, le dió á Micael tal puñada en las narices, aunque otros dicen que fué con un tintero de piedra, que se las desbarató, dexandole señalado para toda su vida, como nos lo manifiesta su retrato.
{{nli|''Fusse fugitivo á Roma, donde manifestó su havilidad.''}}De esta demasía se dió tan justamente por ofendido el Gran Duque, que á no haberse á toda diligencia escapado á Roma el Torrigiano, hubiera experimentado bien á su costa su indignacion. Llegó pues á Roma á tiempo que el Papa Alexandro Sexto hacia obra en el palacio de Torre Borgia, donde el Torrigiano se introduxo, y exécutó con grande acierto varias cosas de Estuco. {{nli|''Sienta plaza de soldado, en que se portó con gran valor.''}}Despues ofreciendose la guerra del Duque Valentin contra la Romanía, alentado de otros paisanos, y amigos suyos, se transformó de escultor en solda-<noinclude></noinclude>
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Página:El museo pictorico, y escala óptica ... (IA elmuseopictorico23palo).pdf/369
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|D}}
{{CP||Y ESCULTORES ESPAÑOLES.|353}}</noinclude>dado, en que se portó grandemente aquel espíritu verdaderamente belicoso. Y lo mismo hizo con Paulo Vitelli en la guerra de Pisa, y con Pietro de Medici se halló tambien en el asedio del Garillano, donde adquirió la insignia, y renombre ''del valiente Alferez Torrigiano''. Finalmente, conociendo, que aunque lo mereciese, no llegaba á obtener el grado de capitan, que mucho anhelaba, y que en la guerra no habia adelantado nada, habiendose aventurado mucho; {{nld|''Dexa la Milicia, y se vuelve á la Escultura.''}} antes sí habia perdido el tiempo, y el curso de su facultad, se volvió á exercer la escultura, é hizo algunas piezas pequeñas de marmol, y bronce, para diferentes mercantes florentines, que hoy se ven en dicha ciudad en casas particulares; y tambien algunos dibuxos hechos con gran valentía, y magisterio.
{{nld|''Pasa á Inglaterra, donde practicó su facultad.''}}Fué despues de esto conducido de dichos mercantes á Inglaterra, donde hizo para aquel Rey diferentes cosas de marmol, bronce, y madera, en oposicion de otros grandes artífices, quedando el Torrigiano superior en todo, en que interesó tanto caudal, que á no haber sido tan desbaratado, y soberbio, pudiera haber pasado una vida feliz, pero la misma viveza, y altivez de su espíritu, no le permitian sosiego, ni moderacion en cosa alguna.
{{nld|''Pasa á España, donde tambien exercita su facultad.''}}Despues fué conducido á España, donde hizo muchas obras, que estan esparcidas en diferentes lugares con grande estimacion, y especialmente en Granada, donde se tiene por cierto ser de su mano un medio relieve, que está sobre la puerta de la torre en aquella santa iglesia, donde pretendió la obra de las urnas, ó sepulcros de los Reyes en aquella real capilla: {{nld|''Obras que hizo en Andalucía.''}}para cuya oposicion hizo aquella célebre figura de la Caridad, de mas de medio relieve, del tamaño del natural, que está en dicha iglesia hácia los pies á el lado del evangelio, que verdaderamente parece de Micael Angel. Y tambien es de su mano un ''Ecce Homo'', que está sobre el postigo de los abades en dicha santa iglesia. Y tienese tambien por cierto serlo las figuras de medio relieve del natural, que están en la portada en la puente de Córdoba, aunque ya muy robadas, por lo deleznable de la piedra, y la injuria del tiempo.
{{nld|''Ultimamente pasó á Sevilla, y obras que allí executó.''}}Finalmente pasó á Sevilla, donde hizo pie, y executó un crucifixo de barro, cosa estupenda, que hoy está en el monasterio de Gerónimos, fuera de aquella ciudad; y un san Gerónimo con el leon, cosa maravillosa. Y últimamente hizo entre otras cosas una imagen de nuestra Señora con su hijo precioso en los brazos, tan bella, que habiendola visto cierto gran Señor, que á la sazon moraba en Sevilla, le mandó hacer otra, ofreciendole remunerarsela quanto quisiese. {{nld|''Caso desgraciado que le sucedió con un gran Señor.''}}Hízola pues el Torrigiano, que segun las promesas del Duque, esperaba quedar rico para toda su vida. Mas el tal Señor<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|I}}
{{CP|354|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>ñor, habiendola recibido, y celebrado mucho, le envió á otro dia dos mozos cargados de dinero, todo en maravedises, que entonces habia muchos en Andalucía, y aun hoy hay bastantes. El Torrigiano que vió tanto dinero, y estrañó la calidad de él, llamó á un paisano suyo, que tenia comprehension de las monedas de España, y de Italia, que le dixese á qué cantidad correspondia aquella suma en su tierra, y se halló, que apenas llegaba á treinta ducados con lo qual, el Torrigiano atribuyendolo á befa, y escarnio, se fué colérico á casa del Duque con una hacha, é hizo pedazos la imagen, la qual era del tamaño del natural; porque una mano,
que se libró del estrago, y anda vaciada entre los modelos de los pintores, aplicandola á el pecho, para darsela á el niño, es de dicha efigie, y del tamaño del natural, cosa superior, y le llaman ''la Mano de la Teta'': y aun tambien la cabeza de la Virgen, y el niño, permanecen entre los pintores. El Duque pues teniendose por agraviado de semejante exceso, dió cuenta á el santo Tribunal de la Inquisicion, calumniando de herege á el Torrigiano. Lo cierto es, que la accion, y habiendo venido de Inglaterra, aunque entonces no estaba allí tan declarada la heregia, junto con otros desvarios de su genio, eran vehementes indicios. Pero no sé yo si el Duque cumplió en lo uno, ni en lo otro con las leyes de gran Señor, ni aun de caballero por cuya razon, y por ser español, no le nombro; y mas con un extrangero, hombre eminente, y de genio altivo, cuyo furor le precipitó, herido del desprecio de su obra, á quien tuvo por objeto su
intrepidez, prescindiendo de la representacion que tenia.
{{nli|''Sentencia del santo Tribunal contra el Torrigiano.''}}El santo Tribunal, substanciada la causa, con tan malos visos, y con un contrario tan poderoso, despues de larga prision, le sentenció á muerte ignominiosa. Lo qual entendido por el Torrigiano, que ya se hallaba poseido de una profundísima melancolía, dió en no comer, ó por industria, ó por desgana, y de esta suerte {{nli|''Muerte desastrada del Torrigiano. Año 1522.''}} murió infelizmente en la carcel de la Inquisicion de dicha ciudad de Sevilla por los años de mil quinientos y veinte y dos, y á los cincuenta de su edad, con poca diferencia. O fuerza de un destino infeliz!
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{{c|
{{x-grande|III.}}
{{x-grande|''JULIO Y ALEXANDRO, PINTORES''.}}
}}
{{GrandeInicial|N}}o he querido pasar en silencio la noticia que encontré en unos papeles curiosos de estos dos ínclitos varones Julio, y Alexandro, pintores eminentes, aunque la haya de sugerir con<noinclude></noinclude>
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Página:El museo pictorico, y escala óptica ... (IA elmuseopictorico23palo).pdf/371
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|D}}
{{CP||Y ESCULTORES ESPAÑOLES.|355}}</noinclude>con el desaliño, que me la deparó el acaso: pero lo señalado de sus obras les constituye dignos de este lugar, aunque su naturaleza no se sabe: bien que se presume con gran fundamento fueron italianos, así por lo poco práctico de sus nombres en estas provincias, como porque aprendieron el arte de la pintura en Roma, en la escuela de Juan de Udine, discípulo de Rafael de Urbino; y de allí fueron llamados por el invictísimo Señor Emperador Cárlos Quinto para pintar las bóvedas, salones, pasillos, miradores, y otros sitios de la casa real de la Alhambra de Granada, sin duda por informes de Alonso Berruguete, quien habia estado allá, lo que hicieron con tan superior gusto, y excelencia, que habiendolas yo visto, y admirado mucho el año de mil setecientos y doce, deseé notablemente saber su artífice, y nunca lo pude conseguir, hasta que lo encontré en dichos papeles, de que tuve gran complacencia, como tambien de que ellos mismos pintaron {{nld|''Obras de Julio, y Alexandro.''}} las célebres casas de Cobos, secretario que fué de dicho Señor Emperador Cárlos Quinto, en la ciudad de Ubeda, del reyno de Jaen; y especialmente la del hospital de Santiago en dicha ciudad, sin otras muchas obras. Y tambien las que habia, y conocí yo en las casas del Excelentísimo Señor Duque de Alba en esta Corte, y las que hoy permanecen en el célebre alcazar de la villa de Alba de Tormes, aunque no todas son iguales, porque debió de pintar algunas piezas algun discípulo suyo. Y tienese tambien por cierto, que los célebres pinturas de Mérida en los aqüeductos son tambien de mano de Julio, y Alexandro, {{nld|''Volvieronse á Italia, y alli murieron. Su muerte año 1530.''}} los quales se volvieron á Italia, donde murieron sobre los años de mil quinientos y treinta : hace tambien mencion de ellos Pacheco, en su tratado de la Pintura, ''lib. 3 cap. 3.'' con grandes elogios.
{{c|
{{x-grande|IV.}}
{{x-grande|''ALONSO BERRUGUETE, PINTORES''.}}
''Escultor, y Arquitecto.
}}
{{nld|''Berruguete, gran pintor, escultor, y arquitecto.''}}{{GrandeInicial|A}}lonso Berruguete, natural de Paredes de Nava, lugar cercano á Valladolid, pasó á Florencia, donde curso las artes de la Pintura, Escultura, y Arquitectura en la escuela del gran Micael Angel, en compañia de Andrea del Sarto, Bachio Bandinelo y otros; y despues pasó á Roma á estudiar en aquellos célebres vestigios de la antigüedad, donde examinó, e inquirió tan de veras la proporcion, y simetría de los cuerpos humanos, que fué de los primeros, que la traxeron, y enseñaron en España, no obstante que á los prin-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|I}}
{{CP|356|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>cipios hubo opiniones contrarias<ref>Juan de Arce var. comm. lib. 2.. tit. I.</ref>; porque unos aprobaban la simetría de Pomponio Gaurico, que era de nueve rostros: otros la de un maestre Filipo de Borgoña, que añadió un tercio mas : otros la de Durero; {{nli|''Obras de Berruguete.''}} pero al fin venció Berruguete, mostrando las obras que hizo tan raras en estos reynos, como fueron el retablo de san Benito el Real de Valladolid, y el de la Mejorada en pintura, escultura, y arquitectura, porque en todas tres artes fué eminente; y el medio coro de sillas del lado de la epistola, con historias de medio relieve de la Sagrada Escritura en la santa iglesia de Toledo; {{nli|''Obra maravillosa del monte Tabor de mano de Berruguete.''}}como tambien el trascoro, donde executó la célebre historia de marmol del monte Tabor, todo hecho de una pieza, que es una admiracion, y el mas clásico testimonio de su eminente ingenio, y habilidad.
Tambien son de su mano los caxones del archivo de dicha santa iglesia, cosa muy singular. Tambien la portada que sale á el claustro hácia los pies de la iglesia. La santa Leocadia de la puerta del Cambron por la parte de adentro; y el san Eugenio de la de Visagra en dicha ciudad, donde hay otras muchas obras de su mano de todas las tres artes, porque en todas fué eminentísimo; y así fué Pintor de Cámara, y maestro mayor de las obras reales del invictísimo Señor Emperador Cárlos Quinto, y su Ayuda de Cámara<ref>Butron disc. 15. fol. 121.</ref>. Y valió tanto este ilustre varon por su industria, que compró el lugar
{{nli|''Mayorazgo, que fundó Berruguete.''}}de la Ventosa, cerca de Paredes de Nava, y otras muchas rentas, con que dexo fundado el mayorazgo, que hoy vive titulado, como diximos en el tomo primero<ref>Lib. 2. cap. 9. §. 4.</ref>. Y por sus muchas, y aventajadas partes, le honró el Señor Emperador, y Rey de España Cárlos Quinto con la llave de su {{nli|''Merced de Ayuda de Cámara á Berruguete.''}}Ayuda de Cámara, oficio, que le sirven caballeros cruzados, ó muy notorios, en atencion, sin duda, á lo que sirvió á su Magestad en la fábrica de los palacios de Madrid, el Pardo, y Alhambra de Granada. Y con razon por cierto, porque fué hombre de espíritu sublime, y en todas las tres artes tan eminente, como si en cada una sola hubiera empleado todo su estudio. Y sobre todo por haber sido el primero que acabó de extinguir en España la manera bárbara, é inculta que en todas tres artes habia: Que si en la Pintura no son sus obras tan notorias, fue porque la ocupacion en las otras artes fué tan continua, que no le dieron lugar á explayarse en las de la Pintura; pero aun duran algunas de su mano en su casa del dicho lugar de la Ventosa, hechas con singular primor. Y así le, debemos los profesores de estas facultades inmortal gratitud, y<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|D}}
{{CP||Y ESCULTORES ESPAÑOLES.|357}}</noinclude>España el inmarcesible laurel de la Fama, pues empleó sus lucidos desvelos en honor, y beneficio de la nacion española.{{nld|''Su muerte año de 1545.''}} Murió en Madrid, siendo de crecida edad, por los años de mil quinientos y quarenta y cinco.
{{c|
{{x-grande|V.}}
{{x-grande|''ANTONIO FLORES, PINTOR''.}}
}}
{{GrandeInicial|D}}e Antonio Flores, eminente pintor, no nos ha dispensado la injuria de los tiempos mas noticia que haber sido contemporaneo de Maese Pedro Campaña, y de iguales créditos, y ambos flamencos; bien, que es el Flores oriundo de España. {{nld|''Sus obras, y muerte en Sevilla, año de 1550.''}}Floreció tambien en Sevilla, donde dexo obras eminentes, y murió mozo, mucho antes que el dicho Campaña en dicha ciudad, por los años de mil quinientos y cincuenta.
{{c|
{{x-grande|VI.}}
{{x-grande|''FERNANDO GALLEGOS, PINTOR''.}}
}}
{{GrandeInicial|F}}ernando Gallegos, natural, y vecino de la ciudad de Salamanca, fué pintor insigne, y de la escuela del grande Alberto Durero : no se sabe si aprendió del mismo Alberto en Alemania, ó si aquí aprendió de algun discípulo suyo, pues no hay noticia efectiva de que Alberto estuviese en España; pero sí de que en ella hay innumerables pinturas de aquella misma casta suya, especialmente en iglesias, tabernáculos, y capillas antiguas, y algunas con gravisima presuncion de ser de su mano. {{nld|''Siguió la escuela de Alberto Durero con gran puntualidad.''}}Y es muy creible, que habiendo Alberto florecido á los principios del reynado del Señor Emperador Cárlos Quinto, como vasallo suyo, y á quien estimó, y honró mucho su Magestad Cesárea, hiciese venir á España algunas pinturas suyas, y por este medio dexase establecida su escuela; pues no consta, que este, ni otros fuesen á aprender á Alemania, por lo menos, que algun gran discípulo suyo la dexase aquí sembrada, como entonces estaba tan esteril de pintores España.
Sentadas estas conjeturas, fué nuestro Fernando excelente, tanto en aquella escuela de Alberto, que á no estar firmadas sus pinturas, sin agravio alguno se pudieran tener por originales de Alberto Durero : {{nld|''Sus obras en Salamanca.''}}bien lo califican las que tiene executadas en diferentes capillas de las parroquias de Salamanca; y especialmente en la iglesia vieja, ó antigua en las<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo III|sub=Coemata Etú}}
{{gota|A}}{{may|dams}} habia salido. Yo, sentado en una silla de lona, bajo un angosto corredor, dejaba vagar mi pensamiento i el humo del cigarro. La mañana estaba estraordinariamente quieta. El cielo, de un añil intenso, se veia cubierto de nubecillas redondas i blancas como el copo del algodon. Bajo las moreras del jardin flotaba una vislumbre verde i cálida. Las<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo IV|sub=Inú}}
{{gota|J}}{{may|eca}} Majina tenia una hermana melliza, i ámbas habitaban con sus padres la última cabaña situada precisamente donde comienza a enderezarse el camino que penetra entre los renuevos de toromiros i trepa las colinas del norte. Tooa Tafune (Dulce Caracol) se llamaba la hermana i ámbas eran idénticas. Coincidencia<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo V|sub=Un parlamento nocturno}}
{{gota|C}}{{may|uando}} se hacia de noche, las mellizas, acompañadas de Kanaroga, un mozo alto, delgado i sonriente, se encaminaban a la reunion nocturna de los isleños, en la que se da cuenta a la reina de las novedades del dia. Terminado el parlamento, a veces nos quedábamos a contemplar las danzas i a oir las cancio-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Ignacio Rodríguez" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo V|sub=Un parlamento nocturno}}
{{gota|C}}{{may|uando}} se hacia de noche, las mellizas, acompañadas de Kanaroga, un mozo alto, delgado i sonriente, se encaminaban a la reunion nocturna de los isleños, en la que se da cuenta a la reina de las novedades del dia. Terminado el parlamento, a veces nos quedábamos a contemplar las danzas i a oir las cancio-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo VI|sub=Tukuihú}}
{{gota|P}}{{may|oco}} ántes de medio dia llegó Kanaroga a decirme que la reina habia partido en direccion del volcan Huititi. Me rogó que lo acompañara i, para convencerme, me dijo, haciendo un jesto de intelijencia, que Coemata Etú habia preguntado por mí. La malicia ajena se anticipa a nuestros propósitos. A mí me era agradable la compañía de la reina,<noinclude></noinclude>
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{{gota|P}}{{may|oco}} ántes de medio dia llegó Kanaroga a decirme que la reina habia partido en direccion del volcan Huititi. Me rogó que lo acompañara i, para convencerme, me dijo, haciendo un jesto de intelijencia, que Coemata Etú habia preguntado por mí. La malicia ajena se anticipa a nuestros propósitos. A mí me era agradable la compañía de la reina,<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo VII|sub=Un veterano de la guerra de Crimea}}
{{gota|A}}{{may|ntes}} de su partida a Anakena, Adams me contó la historia de Bornier.
Estábamos tendidos en la playa en medio de la inmensa sombra que proyectaba el volcan Kau. La arena, aun tibia, nos sumia en una agradable somnolencia, i la suave brisa del mar borraba los últimos restos de mi inquietud.
—Monsieur du Trou Bornier, comenzó<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|43|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Rieron con alborozo. Coemata Etú cojió de las ramas de la higuera una larga seda que brillaba al sol; la puso en mi mejilla i ámbas, alegres como colejialas, corrieron hácia su casa dejándome solo i asombrado.
Sentí sobre mi rostro un levísimo peso; pero ni mis ojos impacientes, ni mis manos intranquilas, lograron desprender la hebra de la araña.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|69|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>que sus cabellos estaban perfumados. Entre mis manos su cabecita aromaba como una magnolia.
—Tú no sabes, me dijo, mirándome a los ojos, cuál fué el ensueño de esta tarde.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|59|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>jóven de Anakena, el agua no se agota; pero enferma a quien la bebe. ¿Oyes? me dijo.
Se distinguía un croar cercano.
Cuando llegamos a la poza, los sapos enmudecieron. Quise lanzarles una piedra, pero el jóven me contuvo.
—Si les arrojas una piedra, el agua enturbiada no les dejará cantar. Los sapos saben que su agua es podrida. Por eso cantan rara vez de dia, i casi nunca en las noches nubladas. Cuando brillan las estrellas cantan alegres, porque las ven en el fondo i creen que el agua es nueva.
Me despedí del emisario de Anakena i regresé lentamente pensando en el peligro de la sequía. Ya en lo alto de la colina pude distinguir las casas de Angapiko. Permanecí largo rato inmóvil contemplando el efecto de las danzas i de la luna sobre el mar. El rocío brillaba en el césped como polvo de plata, i al palpar mis cabellos los sentí húmedos i frescos.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|49|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>el vencedor se lleva al vencido i a las mujeres i a los hijos del vencido, i todo lo que era de su enemigo es suyo, porque el que pierde debe callar.
Nosotros cultivamos lo poco que tú ves; así nadie quiere llevárselo. Mis hijas buscan en el Kau las frutas que a todos pertenecen, i mi marido saca del mar los peces i las langostas.
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|46|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>que esplotaria a maravilla el mui listo de Kanaroga.
Aun no se habia realizado el matrimonio, porque la novia no alcanzaba los diez años. El nacimiento de las mellizas fué mui celebrado, i Kanaroga se hizo reconocer como futuro marido cuando Jeca Majina cumplió cinco años.
A mi me agradaba permanecer en compañía de las mellizas, porque eran alegres como pajarillos i golosas de las frutas perfumadas que embalsaman la rada de Angapiko.
Una tarde cojí algunas flores del jardin i atravesando la aldea fuí a visitar a las mellizas. En una revuelta del camino encontré a un isleño armado de una maza de la madera pesada del toromiro, de una lanza, que llevaba en el estremo un afilado pedernal, i de una hacha de piedra colgada a su cintura. No me atreví a hablarle, pero él me preguntó por Coemata Etú. Le dije que la reina habia salido. Se detuvo, indeciso i miró a uno i otro lado. Como, a pesar de ello, nada parecia tramar en mi contra, me atreví a preguntarle qué deseaba decir a Coemata Etú.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|47|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Vengo, me contestó, a pedir permiso para hacer la guerra.
I sin agregar otra palabra se fué por donde habia venido.
Dudando de lo que debia hacer, continué, sin embargo, mi camino, no sin volver la vista de vez en cuando.
Como las propiedades de los isleños no tienen cercos que las separen del campo libre, penetré sin cuidado en la de las mellizas. Detras de la casa encontré a la madre sacando agua del pozo.
Ella me hizo saber que sus hijas no estaban i que el padre andaba en la pesca de la careba.
—Volverán tarde, me dijo, porque Kanaroga las llevó a la playa de los caracoles.
—¿Has visto pasar a un hombre armado? le pregunté.
—Sí, sí; le he visto.
—Iba en busca de la reina para pedirle permiso para hacer la guerra. ¿Qué quiere decir ese permiso?
La madre de las mellizas dejó en tierra el<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|48|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>cántaro de barro lleno de agua i con ira i tristeza dijo:
—Malo es Inú. Mui léjos arroja las piedras, i las piedras que arroja Inú buscan la cabeza de su enemigo. Toda la isla está cubierta de piedras. Niño, jugaba con ellas i golpeaba el mar para que el mar se enojase. I lo escupia i lo insultaba, i era mui pequeño Inú cuando hacia todo esto. Lijero para la carrera como el viento de Mataveri i sufrido para la marcha, i en el agua se burla de la langosta porque todo el fondo del mar lo conoce. Pero Inú es malo, porque no gusta de la alegría.
—Díme, volví a insistir; pero ¿por qué pide permiso para hacer la guerra?
—La guerra se hace con permiso de la reina. Los que desean pelear van a la guerra. A veces son varios i en dos bandos se dividen. A veces son dos. Uno hace la guerra al otro, i se arrojan las piedras de la tierra. El enemigo acecha al enemigo, i detras de las estatuas se esconde. I pide ayuda a las sombras de la noche i paso a paso va sin hacer ruido. Cuando léjos lo creen, tan cerca está que hiere; pero es mas deseable el esclavo i no lo mata. I<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|40|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>hojas, quietas i lavadas por las continuas lluvias, brillaban como el esmalte. De los cuadros, donde florecian alelíes i pensamientos, i de los senderos enmalezados i húmedos, emerjía un vaho caliente, denso i perfumado, que subia lentamente entre los troncos, se desgarraba contra las ramas i desaparecia poco despues de haber atravesado las copas espesas i oscuras de los árboles.
La atmósfera, diáfana en la altura, prestaba un valor minucioso a los detalles de los volcanes i lejanas colinas que se veian hermosos i cercanos. Por los claros de la espesura se divisaba a trechos el azul resplandeciente del mar.
El jardin de Bornier se confundía con el de la reina. En las parras ásperas i nudosas, destacándose contra la penumbra, los pámpanos trasparentes i encendidos por el otoño, eran pequeñas llamas resplandeciendo sobre los sarmientos. Bajo la sombra de un grupo de higueras enanas habia dos mujeres. Al moverse, grandes manchas de sol corrian por sus cabellos i por sus túnicas blancas i rojizas. Una de ellas era la reina. Al reconocerme me llamó.
El dia anterior el danes me habia presenta-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|41|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>do a la soberana de Rapa Nui. Era una mujercita menuda i graciosa, i tan pequeña que parecia una niña de diez años. Su nombre, Coemata Etú, queria decir Estrella en los Ojos.
Esa mañana una jóven le ofrecia, risueña, los higos caidos de las higueras. Escojia sólo los lacios i blanduchos, que se rasgaban de maduros, i con sus dientes blancos desgarraba la pulpa convertida en una miel espesa.
—Ven, me dijo con naturalidad, i me ofreció de sus higos.
La jóven siguió recojiendo las frutas caidas.
En verdad que era mui grato estar en compañía de una reina tan sencilla, comiendo, a la sombra de las higueras enanas, higos dulces como el almíbar.
Una brisa naciente curioseaba bajo su túnica anaranjada, i los gallos silvestres cantaban ocultos en los matorrales.
—¿Estás contento? me dijo.
No me preguntaba si estaba bueno de salud, como es costumbre en los paises civilizados; me preguntaba por mi felicidad.
—Sí, estoi mui contento, le respondí.
Sus ojos eran grandes, negros i húmedos;<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|42|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>su frente, tersa i tranquila; la nariz perfilada, abria las ventanillas sensuales a la brisa marina, i en la boca grande, de labios finos i acariciadores, los dientes blancos sonreian a los higos abundantes. Su cabellera amarillenta era lijeramente tostada como la piel de su pescuezo largo i flexible. De pié, a su lado, yo veia el nacimiento de la espalda i adivinaba los músculos finos i la carne suave i aterciopelada de Coemata Etú.
—¿Qué me miras? me preguntó.
Yo, sorprendido, no supe qué responder.
—¿Me encuentras fea?
—¡Oh! no, le dije; tú bien sabes que eres hermosa.
Fué ella entónces la que se confundió.
—Ven, Jeca Majina (Canoa de Luna) esclamó dirijiéndose a la jóven. Ven i repite a este señor lo que te dijo Kanaroga.
La muchachita, interrumpiendo su tarea, sonrojada, reia en silencio.
—Kanaroga es mi novio, dijo en voz mui baja. Hace dos noches me aseguró que mi mirada quedó prendida de su frente como la hebra de la araña.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|52|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>nes que sonaban mui agradables en la calma nocturna.
Una vez, llegados de los primeros, fuimos en busca de la reina. Como lucia una luna hermosa, comprendimos que la reunion se haria en la playa, al aire libre. Coemata Etú no estaba en su casa. Las mellizas curiosearon en las habitaciones vacías i cojieron varios meloncillos limensos que impregnaban el aire, allí encerrado, de un perfume mareador. Miéntras ellas los comian con placer, yo me encaminé a la playa por temor a un disgusto de la reina, si ésta llegaba de improviso.
Un grupo de isleños, tumbados en la arena, aguardaban silenciosos. Algunas mujeres reian con los gritos de los niños cuando les mojaban los pies las olas mansas.
Por los senderos que vienen del norte, del interior i del volcan, llegaban los habitantes de las playas lejanas. El penúltimo en llegar fué el emisario que venia de la distante Anakena, a ocho millas de distancia; i el último, Coturhe Uruiri (Fuego Negro), el viejo de Vui Mou.
Despues aparecieron la reina i Adams. Ella se sentó en un estremo de la suerte de círculo<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|53|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>que formaban los isleños, i el danes buscó sitio al igual de todos. Yo, sentado entre los pescadores de Angaroa, aguardé con curiosidad, porque Adams iba a quejarse de ciertos robos de ovejas.
La arena fresca blanqueaba a la luna. Estrellas azulinas, estrellas doradas, estrellas rojas se veian por el ámbito del cielo silencioso. La Via Láctea era una niebla de luz, i el Saco de Carbon una sima negra en el profundo color del firmamento. El acompasado sonar de las olas parecia medir el tiempo que volaba invisible. En el mar oscuro rielaban los rayos de la luna. La silueta nítida de las colinas en sombra les daba un aspecto desconocido, i el viento que dormia habia dejado vagando en el aire el aroma agradable de las algas marinas.
—En Anakena, Coemata Etú, el dia de hoi i el de ayer son hermanos. La luna dice que el tiempo cambiará, i yo creo que esto será pronto; porque son mui escasas las estrellas que caen en el mar.
Todos, levantando los ojos, contemplamos al mozo que habia pronunciado esas palabras.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|54|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Hácia el lado del viento de Mayo, las estrellas caen en abundancia. Yo creo que el mal tiempo hará daño a las fiestas de Areanti, dijo una mujer anciana.
—Las fiestas de Areanti serán tristes, porque pocos alcanzarán a ellas, esclamó el viejo de Vui Mou.
—La época que nombras está aun lejana i te puedes engañar, dijo la reina, i si lo que aseguras fuese verdad i ningun remedio se te alcanza ¿por qué nos entristeces dos lunas ántes de que llegue el mal?
—El viejo que trata de asustarnos, o alguno de sus parientes, me ha robado, dijo Adams. Estuve ayer en Vui Mou i vi que faltaban dos ovejas negras.
—Yo no las he robado, replicó el anciano.
—Pero tú sabes quién es el ladron.
—Yo no sé nada. Tú tienes muchas ovejas, i poca falta te hacen las ovejas negras.
—Cómo se entiende, saltó el danes ¿es decir que yo no tengo derecho para reclamar?
—No te enfades, le suplicó Coemata Etú. Todos te ayudan; dáles en cambio las ovejas perdidas.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|55|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—¿A los ladrones?
—Me has dicho, comenzó la reina con su voz armoniosa, que en tu pais se castiga el robo. I yo he comprendido que se castiga porque son muchos los que, no queriendo robar, no desean que otros se apoderen de sus cosas. En Rapa Nui, en cambio, todos roban a todos; de esta manera nadie hace daño a nadie. ¿Por qué no robas tú tambien?
—¿I qué les voi a robar? replicó con sorna Adams.
—Roba los conejos i los gallos silvestres, dijo un pescador que se sentaba a mi lado.
—Como los robos de gallinas en tiempos de Inucura, prosiguió la reina, eran fastidiosos, porque quedaban las nidadas a medio empollar, sin que nadie lo propusiera, se dejaron las gallinas en libertad, i desde aquel tiempo pertenecen a todos, i los muchachos mas listos buscan los sitios donde esconden sus huevos.
—Cómo sabes, dijo un jóven, si las ovejas negras se te han perdido al igual del sombrero que reclamabas la otra noche.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|56|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Mientes, gritó Adams; tú encontraste el sombrero i lo tienes en Angaroa.
—Entónces, dijo la reina, el sombrero no se ha perdido. Si álguien recoje lo que a tí se te cae, no puedes decir que se ha perdido algo. Si lo que cayó nadie lo ve i permanece como oculto o tragado por el mar, sin que a nadie aproveche, puedes decir que algo has perdido. Quédate tú con el sombrero, díjole al jóven, porque a tí tambien te aprovecha.
Adams se levantó furioso i vino a sentarse a mi lado.
—Estoi aburrido, me dijo, de vivir entre estos mentirosos i ladrones. En pocos dias mas, me iré al norte, a Anakena.
Álguien repitió a la reina lo que yo acababa de oir, porque ella dijo:
—Si no te acostumbras entre nosotros, yo lo sentiria; pero sentiria mas que vivieses disgustado en Rapa Nui. No nos comprendes i nosotros tampoco te comprendemos. Es verdad que hasta nuestros niños acostumbran a mentir; pero como todos sabemos que se nos quiere engañar, no creemos en lo que se nos dice, i así llegamos a conocernos unos a otros mucho<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|57|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>mejor de lo que tú te figuras. En tu lugar, yo tambien mentiria; pero varios me han dicho que eres mui tonto para mentir, por eso no te guardan el respeto que deseas.
—Pero si afirmas que todos Uds. mienten, replicó el danes amoscado ¿cómo sé yo ahora si lo que me dices lo dices o no en serio?
—En las noches decimos la verdad, porque es inútil engañar a álguien cuando estamos todos juntos i cualquiera puede en seguida, prevenirlo.
Siguió un largo silencio. Adams se retiró disgustado.
—¿Nada mas tienen que decirme? preguntó Coemata Etú. Me alegro, porque así sé que el dia de hoi fué hermano del de ayer.
Los jóvenes se dispusieron a bailar en la parte de la playa húmeda i endurecida, i los muchachos corrieron alegremente.
Cuando el emisario de Anakena se retiró, yo le alcancé i le pedí que me esplicara sus temores.
—Tú sabes, me dijo, sin acortar su paso elástico i en tanto ascendíamos la colina, que en<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|58|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Rapa Nui no hai mas agua que el agua de la lluvia.
—Sí, le contesté. Estraña tierra es ésta en que nadie conoce un rio, ni un arroyo, ni una fuente.
—Tú sabes, proseguia sin escucharme, que la tierra arenosa sólo deja hacer pozos en mui pocas partes. En muchas nunca mana el agua, i en ninguno se encuentra cuando pasa una luna sin llover. En los tres volcanes de los tres estremos de Rapa Nui se mantiene un tiempo el agua del cielo, i en los doce pequeños que se levantan en el centro, brilla un sólo dia. La luna dice que llegarán dias secos, i tú has oido que hacia el viento de Mayo caen muchas estrellas en el mar. Las fiestas de Areanti, en celebracion de la época de las lluvias, serán tristes. Coemata Etú lo sabe, pero es buena i ha querido engañarnos.
El campo estaba sembrado de pedruscos que hacian fatigosa la marcha. Algunos conejos sorprendidos corrian azorados en busca de sus madrigueras.
—Sólo en la poza de los sapos, continuó el<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|62|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>porque, olvidada de Bornier, habia quedado gustando del trato de los estranjeros. Curiosa de las costumbres, que llamamos civilizadas, tenia sobre ellas juicios tan orijinales que me hacian admirar su intelijencia tranquila i libre.
El sol picaba la piel, i los oidos el viento los llenaba de canciones. Nubecillas de polvo arremolinado nos antecedian. Kanaroga, desnudo, llevaba sólo un ancho cinturon de hojas i, a manera de sombrero, un círculo de plumas de aves marinas, trenzadas con yerbas flexibles.
Se hacia difícil el conversar; el viento impetuoso nos atragantaba, si habríamos la boca. Inclinados hácia adelante, los ojos fruncidos, caminábamos con dificultad. A la vera del camino los arbustos, estremecidos por los golpes huracanados entregaban sus hojas entre las garras del viento. Toda la grande estension del mar se veia salpicada de espumas blancas. Los torbellinos cambiantes peinaban i despeinaban a las pequeñas espigas como a los hilos de una cabellera. Si necesitábamos comunicar-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|63|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>nos algo, nos veíamos obligados a hablar a gritos.
Nuestra marcha seguia las ondulaciones suaves i continuas del terreno sinuoso. Se divisaba el volcan, pero los ojos cegados se abrian con dolor.
Al cruzar Winipao, atravesamos una plataforma que hácia el lado del mar tenia una muralla de piedra de mas de cien pasos de largo. Las malezas crecian entre las grietas. Varias vereditas sorteaban las escalinatas ocultas i las peñas desprendidas. Trepaban en seguida, entre los cimientos i las ruinas de los primeros bastiones de lo que fué castillo, fortaleza o templo. Numerosas i enormes estatuas i columnas tumbadas, medio ocultas por los matorrales i el guano de las aves marinas, yacian por todas partes. Sólo tres quedaban aun en pié. Una, cerca de nosotros, nos mostraba su fuerte i ancho torso de piedra. Habia otra tan inclinada, que se esperaba sentir el sordo estrecimiento que haria su mole al caer. I como centinela avizorando el mar, la mas jigantesca de todas rasgaba con su enorme nariz el paso del viento i allí, entre sus hermanas caidas,<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|64|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>misteriosa, soberbia i sombría, su perfil aquilino reconcentraba orgullo por los siglos vencidos.
Lagartos inquietos, rojos i atornasolados corrian entre las piedras.
Descansando, sentados a la sombra de la muralla, sentíamos pasar el vientro monstruoso por encima de nuestras cabezas. Algunas de las grandes estatuas, talladas en lava gris, llevaban una roja corona de tofo volcánico. Las caras rectas, abultadas, contemplaban la altura con una mirada vacía. Todas tenian una impresion desdeñosa que los escultores indicaron con estraño vigor. Huesos quemados i dispersos al pie de las columnas hacian pensar en antiguos sacrificios.
—¿Quién hizo todo esto? pregunté a Kanaroga.
—Tukuihú lo hizo.
—¿Hace mucho tiempo?
Kanaroga con un jesto de su brazo estendido quiso dar a entender una época mui antigua
—La luna estaba jóven cuando partieron de la Isla Rapa hácia el Oriente Tukuihú i los<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|65|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>suyos. En un gran barco venían. Tukuihú era el rei i todos lo querían, porque era el rei de todos.
A Ouinipu llegó el gran barco. Sólo Tukuihú bajó a tierra i gustó de ella, i como era sabio hizo en Huititi ochenta casas de la piedra del mar, i fué al volcan i de la piedra del volcan hizo las estatuas de la isla. Entónces llamó a todos i distribuyó la tierra. Tukuihú vivía en el volcan i cuando la fardela pone su huevo vivia en su casa de piedra que bañan las olas.
Tukuihú hizo en los barrancos que caen al mar las estatuas de los hombres sin piernas. I al llegar a viejo, tallaba en madera; la piedra era dura para él. Muchas cosas sabia i no quiso morir. En mariposa se transformó, porque amaba a los niños. Los niños corren detras de las mariposas i llaman a Tukuihú.
Su hijo fué rei. Inmeke se llamaba, i despues reinaron Va Kai, Marama, Roa, Mitiake, Utuite, Inucura, Mira,... Tepito i Gregorio. Nombre feo; los estranjeros le pusieron este nombre; pero su hermana, Coemata Etú, tiene un nombre hermoso. Ella te espera para ofrecerte de sus plátanos, i Jeca Majina a mí me aguarda.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|66|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Habia menguado el viento i la tarde, bañada largo rato por él, estaba fria.
Una red de caminillos trazados por los animales cubria la falda de los cerros de la costa. Vacas i ovejas dispersas pacian tranquilamente. El volcan Huititi alzaba su mole rota. Seguimos orillando el mar. Las olas, al retirarse, formaban con los guijarros un ruido alegre.
En las vertientes del cráter se veian nuevas i numerosas estatuas. Eran tambien de lava. Medio enterradas, asomando sólo sus grandes i toscas cabezas, admiré a los desconocidos artistas que al hacer ese pueblo frio, silencioso e inmóvil, escojieren, como el mas preciado material, a lo que un dia, animado por el fuego, corrió con estrépito, rojo, ardiente i devastador.
Se distinguian algunas mujeres con sus túnicas amarillas hinchadas por el viento. Los muchachos bajaban a la carrera sorteando las estatuas a riesgo de matarse: Tukuihú! Tukuihú! Uno de ellos habia levantado una mariposa i todos la perseguian sin descanso.
—Tarde has llegado, me dijo Coemata Etú.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|67|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Nada tengo que ofrecerte, porque todo lo hemos comido.
Pero Tooa Tafune, en quien no habia reparado, sacando de debajo de su túnica un lijero racimo de plátanos pequeñitos, me los ofreció sonriendo.
La reina sorprendida miraba intrigada.
Yo le aseguré que habia comprendido su castigo, i ella, creyéndome engañado, dijo a mi oido palabras dulces i cariñosas.
Tukuihú! Tukuihú! esclamaban los muchachos contemplando con tristeza la mariposa que se alejaba aire arriba.
Caminando por la arena muelle dije a Coemata Etú:
—Kanaroga me ha contado la historia de Tukuihú; quisiera haberla oido de tus labios.
—¿Qué te dijo Kanaroga?
Le repetí lo que oyera cuando, sentado a la sombra de la muralla, contemplaba las estatuas caidas.
—Hai muchos, dijo Coemata Etú, que creen mas de lo que uno dice. En las reuniones de la noche recordamos a veces los años pasados de la isla. Yo les cuento lo que oí a mis padres i<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|68|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>ellos entienden mas de lo que oyen. Cierto que Tukuihú llegó el primero a Rapa Nui. Pero yo no creo que haya hecho las estatuas, porque no dijo para qué las habia hecho. Las estatuas son tantas como las estrellas. ¿Cómo pudo hacerlas un hombre solo? Pero Tukuihú era mas sabio que nosotros i se convirtió en mariposa.
—¿En muchas mariposas?
—Sí, en muchas; ¿no lleva el viento a todas partes las cenizas? Aquellas, terminó, señalando unas rocas distantes, son las casas de piedra. Tukuihú sabia que es poderoso el huevo de la fardela i se apoderaba del primero del año.
Me regañó, en seguida, por no haber ido al cráter del Huititi.
—Es hermoso, me dijo, i tan hondo que, si existiera un paso, el mar bañaria las plantaciones de caña de azúcar i de plátano. Es mui agradable dormir allí, en la sombra, bajo las grandes hojas, cuando el sol está alto i el calor hace que los plátanos sean mas olorosos que las flores. Acércate, me dijo.
I haciendo que aproximara mi cara, sentí<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|D}}
{{CP||Y ESCULTORES ESPAÑOLES.|357}}</noinclude>{{nld|''Obras suyas en Toledo.''}}En Toledo hay muchas, y famosas pinturas de su mano, que son muy estimadas; y especialmente en aquella santa iglesia, en un ángulo del claustro, junto á la puerta de la capilla de san Blas, hay una pintura suya de una imagen de nuestra Señora sentada, y con el niño Jesus en su regazo, y á el un lado san Blas, y á el otro san Antonio Abad, y delante del santo un caballero armado de rodillas, que debe de ser el patrono de aquella capilla, y á los lados de esta pintura estan otras dos de san Cosme, y san Damian: son todas las dichas figuras del tamaño del natural; y aunque deslucidas de la injuria del tiempo, manifiestan bien la eminencia de su autor, de quien hay otras muchas en diferentes partes, así en Toledo, como en los lugares comarcanos, y casas particulares.
{{nld|''Pinturas de Prado en esta Corte.''}}En esta Corte tambien hay algunas en retablos antiguos, y especialmente en la parroquial de san Pedro hay un célebre quadro del Descendimiento de la Cruz, bien grande, que hoy está en la sacristía, y se tiene por cierto ser de su mano, y es cosa excelente. Y allí mesmo hay un retablito antiguo con sus puertas, que en él está pintada la Encarnacion del Hijo de Dios, y en la puerta de mano derecha esta san Pedro, y en la otra san Francisco de Asís, y en el remate de en medio el Padre Eterno, que todas son de su mano, y califican su grande habilidad para aquel siglo; y mucho mas la acreditan las dos tablas {{nld|''Pinturas de Prado en la capilla del obispo.''}}de los colaterales de la capilla del señor obispo de Plasencia, contigua á la parroquial de san Andres, la una del bautismo de Christo Señor nuestro, y la otra del martirio de san Juan Evangelista en la tina de aceyte; y tambien la colgadura que ponen la semana santa en dicha capilla, executada de aguazo de claro, y obscuro sobre lienzo blanco toda la pasion de Christo Señor nuestro. Pintó frutas con superior excelencia y quando fué á Marruecos llevó algunos lienzos de frutas muy bien pintados, como lo dice Pacheco en su libro de la Pintura, pag. 421. {{nld|''Su muerte año de'' 1557.}}Murio Blas de Prado en esta Corte por los años de mil quinientos y cincuenta y siete, y á los sesenta de su edad, con poca diferencia.
{{c|
{{x-grande|IX.}}
{{x-grande|''CHRISTOBAL DE UTRECHT, PINTOR''.}}
}}
{{GrandeInicial|C}}hristobal de Utrecht, natural de Holanda, y pintor insigne, discípulo de Antonio Moro, tambien ultrayectino, paso con un embaxador de Portugal á el servicio del Rey Don Juan el Tercero de aquel reyno, donde hizo eminen-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|360|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>tes obras, y especialmente retratos; y fué tan estimado de aquel Rey, que le armó caballero del Hábito de Christo por los años de mil quinientos y cincuenta; y colmado de riquezas, y mercedes de tan gran Príncipe, murió poco despues por los años de mil quinientos y cincuenta y siete, á los cincuenta y nueve de su edad.
{{c|
{{x-grande|X.}}
{{x-grande|''ANTONIO MORO, PINTOR''.}}<br>''Ultrayectino''<ref>Iuxta Ioachim de Sandrart in Academ. Nobiliss. ArtisPictoriæ.</ref>
}}
{{GrandeInicial|F}}ué Antonio Moro natural de la villa de Utrecht en Holanda: mostró desde sus primeros años singular aficion á el Arte de la Pintura; y llevado de la fama de las obras de Juan Escorelio, pintor insigne en dicha villa, se entregó Antonio á su disciplina, en la qual aprovechó tanto, que en breve tiempo consiguió la verdadera imitacion del natural, especialmente en los retratos, en que se aventajó á muchos de su tiempo. Paso á Italia, y en Roma estudió en las mas célebres obras de Micael Angel, y Rafael de Urbino, de donde volvió muy aprovechado, de suerte, que daba tal viveza á lo que executaba, así en color, como en dibuxo, y en las mas exquisitas menudencias, que parecia desmentir el natural.
Pasó á España, y llegado á Madrid por los años de mil quinientos y cincuenta y dos, retrató principalmente á el Señor Felipe Segundo, Rey de España, Príncipe entonces; y habiendole promovido por el Cardenal Grambeli á el servicio del Señor Emperador Cárlos Quinto, fué enviado por su Magestad Cesárea á executar el retrato de la Señora Princesa de Portugal Doña María, primera muger del Señor Felipe Segundo, y asimesmo el retrato del Rey Don Juan el Tercero de Portugal, y el de la Reyna Doña Catalina su esposa, hermana menor del Señor Emperador, por los quales tres retratos recibió Antonio Moro seiscientos ducados de paga, ademas del salario que le estaba señalado, y otros muchos dones de gran precio, entre los quales fué un anillo de oro, estimado en mil florines, con que le regalaron los estados de aquel reyno. Y habiendo retratado á el mismo tiempo muchos Príncipes, y Caballeros de Portugal, cada uno le dió por su retrato cien ducados, y un anillo de oro, segun
su posibilidad, que en aquel tiempo era suma excesiva. Despues de esto fué enviado por su Magestad Cesárea á In-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|360|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>tes obras, y especialmente retratos; y fué tan estimado de aquel Rey, que le armó caballero del Hábito de Christo por los años de mil quinientos y cincuenta; y colmado de riquezas, y mercedes de tan gran Príncipe, murió poco despues por los años de mil quinientos y cincuenta y siete, á los cincuenta y nueve de su edad.
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{{GrandeInicial|F}}ué Antonio Moro natural de la villa de Utrecht en Holanda: mostró desde sus primeros años singular aficion á el Arte de la Pintura; y llevado de la fama de las obras de Juan Escorelio, pintor insigne en dicha villa, se entregó Antonio á su disciplina, en la qual aprovechó tanto, que en breve tiempo consiguió la verdadera imitacion del natural, especialmente en los retratos, en que se aventajó á muchos de su tiempo. Paso á Italia, y en Roma estudió en las mas célebres obras de Micael Angel, y Rafael de Urbino, de donde volvió muy aprovechado, de suerte, que daba tal viveza á lo que executaba, así en color, como en dibuxo, y en las mas exquisitas menudencias, que parecia desmentir el natural.
Pasó á España, y llegado á Madrid por los años de mil quinientos y cincuenta y dos, retrató principalmente á el Señor Felipe Segundo, Rey de España, Príncipe entonces; y habiendole promovido por el Cardenal Grambeli á el servicio del Señor Emperador Cárlos Quinto, fué enviado por su Magestad Cesárea á executar el retrato de la Señora Princesa de Portugal Doña María, primera muger del Señor Felipe Segundo, y asimesmo el retrato del Rey Don Juan el Tercero de Portugal, y el de la Reyna Doña Catalina su esposa, hermana menor del Señor Emperador, por los quales tres retratos recibió Antonio Moro seiscientos ducados de paga, ademas del salario que le estaba señalado, y otros muchos dones de gran precio, entre los quales fué un anillo de oro, estimado en mil florines, con que le regalaron los estados de aquel reyno. Y habiendo retratado á el mismo tiempo muchos Príncipes, y Caballeros de Portugal, cada uno le dió por su retrato cien ducados, y un anillo de oro, segun
su posibilidad, que en aquel tiempo era suma excesiva.
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{{CP|360|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>tes obras, y especialmente retratos; y fué tan estimado de aquel Rey, que {{nli|''Fué armado Caballero del Hábito de Christo''.}}le armó caballero del Hábito de Christo por los años de mil quinientos y cincuenta; y colmado de riquezas, y mercedes de tan gran Príncipe, {{nli|''Su muerte año de'' 1557.}}murió poco despues por los años de mil quinientos y cincuenta y siete, á los cincuenta y nueve de su edad.
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{{x-grande|''ANTONIO MORO, PINTOR''.}}<br>''Ultrayectino''<ref>Iuxta Ioachim de Sandrart in Academ. Nobiliss. ArtisPictoriæ.</ref>
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{{GrandeInicial|F}}ué Antonio Moro natural de la villa de Utrecht en Holanda: mostró desde sus primeros años singular aficion á el Arte de la Pintura; y llevado de la fama de las {{nli|''Fué discípulo de Juan Escorelio''.}}obras de Juan Escorelio, pintor insigne en dicha villa, se entregó Antonio á su disciplina, en la qual aprovechó tanto, que en breve tiempo consiguió la verdadera imitacion del natural, especialmente en los retratos, en que se aventajó á muchos de su tiempo. {{nli|''Pasó á Roma''.}}Paso á Italia, y en Roma estudió en las mas célebres obras de Micael Angel, y Rafael de Urbino, de donde volvió muy aprovechado, de suerte, que daba tal viveza á lo que executaba, así en color, como en dibuxo, y en las mas exquisitas menudencias, que parecia desmentir el natural.
{{nli|''Pasó á España''.}}Pasó á España, y llegado á Madrid por los años de mil quinientos y cincuenta y dos, retrató principalmente á el Señor Felipe Segundo, Rey de España, Príncipe entonces; y habiendole promovido por el Cardenal Grambeli á el servicio del Señor Emperador Cárlos Quinto, {{nli|''Pasó á Portugal de orden del Emperador''.}}fué enviado por su Magestad Cesárea á executar el retrato de la Señora Princesa de Portugal Doña María, primera muger del Señor Felipe Segundo, y asimesmo el retrato del Rey Don Juan el Tercero de Portugal, y el de la Reyna Doña Catalina su esposa, hermana menor del Señor Emperador, {{nli|''Retratos de Antonio Moro, en que fué eminente''.}}por los quales tres retratos recibió Antonio Moro seiscientos ducados de paga, ademas del salario que le estaba señalado, y otros muchos dones de gran precio, entre los quales fué un anillo de oro, estimado en mil florines, con que le regalaron los estados de aquel reyno. Y habiendo retratado á el mismo tiempo muchos Príncipes, y Caballeros de Portugal, cada uno le dió por su retrato cien ducados, y un anillo de oro, segun
su posibilidad, que en aquel tiempo era suma excesiva.
{{nli|''Pasó Antonio Moro á Inglaterra de orden del Señor Emperador''.}}Despues de esto fué enviado por su Magestad Cesárea á In-<noinclude></noinclude>
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Página:El museo pictorico, y escala óptica ... (IA elmuseopictorico23palo).pdf/377
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{nl|D}}
{{CP||Y ESCULTORES ESPAÑOLES.|361}}</noinclude>Inglaterra, para hacer el retrato de la princesa Doña María; segunda muger que fué del Señor Felipe Segundo, por el qual retrato recibió tambien un anillo de oro de gran precio, y {{nld|''Libras esterlinas, y su valor.''}}cien libras esterlinas anglicanas, ademas del salario anual de otras cien libras esterlinas, que corresponde a quinientos pesos de moneda castellana, por valer cinco pesos cada libra esterlina. Y respecto de ser esta señora princesa de extremada hermosura, hizo varias copias de este retrato, con las quales regaló á diferentes magnates de aquel reyno, de quienes fué remunerado superiormente; y entre otros regaló tambien con una copia á el Cardenal Grambeli, y sirvió con otra á el mismo Señor Emperador, el qual le mandó dar por ella doscientos florines de oro.
{{nld|''Volvió Antonio Moro á el servicio de el Señor Felipe Segundo.''}}Ajustadas pues las paces entre España, y Francia, volvió otra vez Antonio Moro á el servicio del Señor Felipe Segundo, siendo muy bien visto, y estimado de toda la nobleza, donde hizo varios retratos, así de su Magestad, como de muchos príncipes, y caballeros, de que fue muy bien remunerado; {{nld|''Llaneza, y familiaridad suma del Rey con Antonio Moro.''}}y llegó á ser tan favorecido de su Magestad, que usando con él de extraordinaria familiaridad, baxando á su quarto, que tenia en palacio, á verle pintar, y poniendole el Rey la mano sobre el hombro algunas veces, le daba con el tiento cariñosamente, para que no le embarazase: accion verdaderamente peligrosa, quanto expresiva de singular honra, y llaneza, y mas en la seriedad de tan gran Rey; lo qual llegó á estrañarse tanto, que pudo serle á Antonio sumamente dañosa esta familiaridad, si uno de los grandes Ministros de España, muy especial protector suyo, no le hubiese amparado contra los Ministros de la Inquisicion, sospechosos ya de que hubiese Antonio traido de Flandes algun hechizo, para grangear la gracia del Rey, de suerte, que faltó muy poco para ponerlo en la carcel del Tribunal. Y así amonestado secretamente, {{nld|''Parte otra vez Antonio á Bruselas.''}}hubo de pedir licencia á su Magestad para ir á Bruselas, fingiendo otros motivos que le forzaban á ello, y ofreciendo indubitable, y prontamente la vuelta. Obtenida la licencia, y executada su partida, á pocos dias era continuamente solicitado del Rey con repetidas cartas por lo mucho que apreciaba su habilidad, y persona: excusabase él siempre con profundo respeto, con el motivo de los retratos que estaba executando del Duque Albano, y sus madamas. {{nld|''Mercedes que le hicieron el Rey, y el Duque Albano.''}}Entretanto el Rey usando de su grandeza, honró con diferentes mercedes á sus hijos, como de canonicatos, y otras semejantes; aunque tambien el Duque Albano á una hija del dicho Antonio le dió las rentas de la aduana de Amberes, para tomar estado, y pasar con grande esplendidez, donde se retiró Antonio para vivir con mas libertad. Y úl-<noinclude></noinclude>
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Página:El museo pictorico, y escala óptica ... (IA elmuseopictorico23palo).pdf/378
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<noinclude><pagequality level="1" user="Repub73" />{{nl|I}}
{{CP|362|VIDAS DE LOS PINTORES,|}}</noinclude>últimamente, para decirlo de una vez, fué tan favorecido del arte de la Pintura, que por ella adquirió honra, fama, y hacienda para él, y para sus hijos, no siendo escaso para sus amigos, con quienes fué muy espléndido, y generoso.
{{nli|''Historias de mano de Antonio Moro.''}}Demas de los retratos pintó tambien algunas historias con excelencia, entre las quales fué un Christo resucitado, acompañado de angeles; tambien dos apostoles san Pedro, y san Pablo, executados con tal viveza de colorido, que podia persuadirse la vista á que eran vivientes.
Copió tambien para el Rey una pintura de Danae, original de Ticiano, y la aventajó mucho; y dexando otras diferentes obras, la última de su mano, y en la que parece se excedió á sí mismo, fué la Circuncision de Christo Señor nuestro para la iglesia de Santa María de Amberes, la qual pintura fué celebrada con grandes elogios. De este famoso pintor habia excelentes pinturas en el Pardo, antes que se quemase, el año de 1608, y especialmente retratos; si bien Pacheco dice fué en el de 604; pero atengome á Carducho, que fué pintor del Señor Felipe Tercero, en cuyo tiempo se quemó dicho palacio, y despues pintó en él. {{nli|''Su muerte año de'' 1568.}}Murió finalmente en Amberes á los cincuenta y seis años de su edad, con universal sentimiento, por la pérdida de un tan singular artífice en lo mas florido de sus años en los de mil quinientos y sesenta y ocho.
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{{x-grande|XI.}}
{{x-grande|''EL BERGAMASCO, PINTOR''.}}
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{{nli|''Fué discípulo de Micael Angel.''}}{{GrandeInicial|J}}uan Bautista el Bergamasco, fué natural de Bérgamo, y discípulo de Micael Angel; {{nli|''Vino á España con Becerra.''}}vino á España juntamente con Becerra, y en tiempo del Señor Emperador Carlos Quinto, quando se fabricó este palacio de Madrid, {{nli|''Obras que executó.''}}donde pintó de su mano al fresco dos cubos, que estan junto á la galería del cierzo del quarto del Rey: y en la pieza del despacho ayudó á Becerra, como tambien lo hizo en una de las torres del palacio del Pardo, aunque Pacheco se engañó diciendo que fué Rómulo, donde está pintada la historia, ó fábula de Medusa, compartida en diferentes historias al fresco, en paredes, y techo, enlazadas con excelentes adornos, estuques, y oro, todo con gran gusto, magisterio, y diligentísimo dibuxo. {{nli|''Su muerte año de'' 1570.}}Murió de crecida edad por los años de mil quinientos y setenta, en esta villa de Madrid.
{{nli|''Granelo, y Fabricio pintores, hijos del Bergamasco.''}}Tuvo dos hijos, llamados Granelo, y Fabricio, los quales fueron excelentes, en especial en los grutescos, de que dan testimonio los que executaron con grande acierto, hermosura, y variedad en la sala de capítulo, del real monas-<noinclude></noinclude>
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Copió tambien para el Rey una pintura de Danae, original de Ticiano, y la aventajó mucho; y dexando otras diferentes obras, la última de su mano, y en la que parece se excedió á sí mismo, fué la Circuncision de Christo Señor nuestro para la iglesia de Santa María de Amberes, la qual pintura fué celebrada con grandes elogios. De este famoso pintor habia excelentes pinturas en el Pardo, antes que se quemase, el año de 1608, y especialmente retratos; si bien Pacheco dice fué en el de 604; pero atengome á Carducho, que fué pintor del Señor Felipe Tercero, en cuyo tiempo se quemó dicho palacio, y despues pintó en él. {{nli|''Su muerte año de'' 1568.}}Murió finalmente en Amberes á los cincuenta y seis años de su edad, con universal sentimiento, por la pérdida de un tan singular artífice en lo mas florido de sus años en los de mil quinientos y sesenta y ocho.
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{{t2|LAS COMUNIDADES RELIGIOSAS.}}
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Consideramos ocioso examinar la historia de esta institucion. Si las comunidades religiosas han sido en unos tiempos focos de ciencia y de virtud, tambien en otros, centros de inmoralidad y de ignorancia. Testigos los que, escandalizados por su relajacion, debieron acometer en distintos siglos la empresa de reformarlas haciendo frente á una oposicion vigorosa y arrostrando no pocas veces el ódio y la calumnia.
Como pudieron parecer buenas en una época por la caridad y el saber de los individuos que las constituian, pudieron parecer malas en otra por la estupidez y los vicios de sus indignos sucesores. No en el terreno de la historia, sino en el de la lógica, habriamos de juzgar la institucion, á creer necesario este juicio. Mas ¿qué nos ha de importar á nosotros investigar si fué en sí provechosa ó nociva, conforme ó contraria al espíritu del Evangelio, acomodada ó no á su propio objeto, cuando nos basta saber para la solucion del problema que fué hija de la espontaneidad social y de la libertad del individuo? Donde quiera que ha habido creencias, se han organizado más ó ménos tarde comunidades de esta clase: hecho á nuestros ojos suficiente para considerarlas tan legítimas como las religiones á que debieron su origen.
Ardientes partidarios de la libertad absoluta, hombres que hemos defendido siempre con calor la asociacion, y hoy más que nunca la presentamos como la esperanza de las clases jornaleras, bando político resuelto á ser víctima de sus principios antes que falsearlos, lo decimos en alta voz, y no nos pesa el compromiso, no solo no nos opondriamos mañana que triunfásemos al establecimiento de todo género de comunidades; les garantiriamos la existencia y la seguridad bajo las mismas leyes que garantiesen las de las asociaciones civiles.
Con tal que no violen la libertad ajena, tiene cada ciudadano, es indisputable, derecho de escoger el género de vida que más convenga á sus ideas y á su carácter; ni autorizacion habria de pedir nadie para asociarse como quisiese, bien bajo el sistema de un profano, bien bajo la regla de un santo.
¿Es acaso el Estado árbitro de la conciencia de nadie? ¿Puede acaso el Estado impedir la realizacion de las necesidades que sienta esa conciencia?
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Página:Las comunidades religiosas (9-07-1871), Francisco Pi y Margall.pdf/2
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" /></noinclude>El Estado lo que puede y debe hacer es dejarlas abandonadas todas á su suerte, cerrarles sus arcas, destinadas tan solo á la satisfaccion de los intereses generales; legislar lo que crea oportuno para impedir que lastimen esos mismos intereses. ¿Conviene, por ejemplo, que la propiedad no esté amortizada y se considera que lo ha de estar mientras conserven la facultad de adquirir las manos muertas? Por una ley que abrace, no simplemente á las comunidades religiosas, sino a todas las corporaciones que no tengan un objeto transitorio, les ha de prohibir terminantemente la facultad de adquirir bienes inmuebles.
La tierra, segun los autores de casi todas las escuelas, ha sido primitivamente y por un derecho inconcuso el patrimonio de las antiguas nacionalidades; hoy por hoy está bajo el ''dominium eminens'' de los diversos Estados que las representan: nada como su propiedad es tan esencialmente legislable.
Disposiciones generales sobre este derecho, disposiciones generales sobre el de testar bastarian para que no fuesen las comunidades religiosas ni las civiles un elemento de perturbacion económica.
¿Nos dirán tal vez los absolutistas que hariamos así irrealizable el objeto de las instituciones monásticas? El trabajo no está reñido con la oracion ni con la penitencia. La vida activa no excluye la contemplativa. En la obra hecha con conciencia, cabe tambien elevarse á Dios y honrarle. Si algunas comunidades se hallaban incompatibles con las leyes que llevamos dichas, culpa seria, no del legislador, sino de las vicisitudes de los tiempos.
La tarea social es hoy muy grande; justo y necesario es que concurramos todos á cumplirla para que no sucumban los que la llevan hoy sobre sus hombros.
¿Nos dirán tal vez los liberales que detendriamos así el crecimiento progresivo de la poblacion, favoreceriamos la holganza y fortificariamos preocupaciones que van desapareciendo? No está en manos del Estado impedir el celibato: el celibato no es un crimen.
No se favorece la holganza empleando ni proponiendo medios indirectos para condenar á las comunidades á vivir de su trabajo. No se desarraiga una preocupacion coartando las manifestaciones de la libertad, sino haciéndolas todas posibles. La libertad religiosa está destinada á destruir otras preocupaciones más hondas que las que pueden nacer del establecimiento de las comunidades.
Adviértase, empero, bien: estamos por el libre establecimiento, no por la restauracion de las corporaciones religiosas. Las corporaciones religiosas han sido y son hijas de un odioso privilegio. Han surgido del seno de la libertad, pero vivido por una gracia especial de los gobiernos, gracia que no han podido obtener otras sociedades tanto ó más necesarias. En nombre de la libertad cabria admitir mañana á las que apareciesen de nuevo en el teatro de la vida, no respetar la existencia de las que son ó han sido. La obra de la revolucion ha sido consagrada por la ley: la obra de la revolucion, siempre justa, es hoy legítima.
Claman siempre los absolutistas por la libertad de la Iglesia. ¿Por qué no han de clamar igualmente por la libertad del Estado, de la provincia, del municipio, de la familia, del individuo? Nosotros queremos tambien la libertad de la Iglesia, pero no como un principio, sino como la consecuencia de nuestro sistema.
Hoy la Iglesia no está libre, no solo porque el gobierno se entromete en si han de existir ó no las comunidades religiosas, sino porque no tiene bien garantizada la enseñanza, ni puede elegir por sí á sus prelados, ni hacer oir la voz de su Pontífice, sino mediante la voluntad del poder ejecutivo. ¿Estarian los absolutistas dispuestos como nosotros á romperle de una plumada todas estas trabas? La historia no nos lo permite esperar de un partido tradicionalista que apenas se atreve á dar un paso fuera del círculo que le trazaron sus mayores.
Los racionalistas, los impíos, habremos de enseñar todavía el catolicismo á los que por antonomasia quieren ser llamados los católicos. Solo dentro del principio de la libertad tienen solucion las grandes cuestiones que al catolicismo se refieren.
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Las comunidades religiosas (9-07-1871). Artículo de Francisco Pi y Margall
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[[Categoría:Obras de Francisco Pi y Margall]]
[[Categoría:Republicanismo histórico español]]
[[Categoría:Republicanismo]]
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Índice:Asociaciones obreras (9-08-1872), Francisco Pi y Margall.pdf
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{{t2|LAS COMUNIDADES RELIGIOSAS.}}
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Las asociaciones jornaleras, lejos de ser, como creen muchos, una causa permanente de anarquia, organizan la lucha entre el capital y el trabajo, y la hacen menos sangrienta. Donde no las hay y sobran los brazos son frecuentes las coaliciones tumultuosas, no poco ocasionadas á peligros.
Organizadas las asociaciones por artes y oficios, solo los directores entienden en las cuestiones de salarios. Cuando la baja está realmente motivada por causas generales ú otras que afecten de una manera especial un ramo de la industria, los directores consideran temeraria toda resistencia y transigen ó ceden. Cuando la baja procede solo de la voluntad de capitalistas que desean provocar á costa del obrero la ruina de sus rivales y aprovechar el exceso de brazos, retiran de los talleres á sus asociados y logran en dias, sin necesidad de desórdenes ni de alarmas, hacer capitular á sus adversarios. Las más de las veces no tienen ni necesidad de dar este paso: basta que no se manifiesten dispuestos a ceder para que el capital acepte sus justas condiciones.
Se alegarán los sérios conflictos individuales ocurridos en Cataluña en 1858, cuando las asociaciones estaban en más vigor y se extendian como una red por todos los centros manufactureros; mas conviene advertir que fueron siempre debidos á imprudentes medidas de las autoridades militares, que apoyaban ideas descabelladas y perturbaban los ánimos y enconaban los ódios. Por cada conflicto que no pudo impedirse se evitaron además otros ciento. Los salarios llegaron a normalizarse; algunas juntas directivas redactaron detalladas tarifas, que, al decir de los mismos fabricantes, revelaban un profundo estudio y no escasos conocimientos.
Se atribuye tambien á las asociaciones una larga série de disturbios políticos. En ellas, se dice, ha encontrado la revolucion sus mejores elementos y reclutado sus formidables huestes. Como si las insurrecciones más violentas y de más trascendencia que hemos conocido perteneciesen á una época en que ó no existian las asociaciones, ó estaban naciendo. Las asociaciones, lejos de favorecer la idea revolucionaria, le han quitado armas. Han llamado vivamente la atencion de los jorna-<noinclude></noinclude>
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Las asociaciones jornaleras, lejos de ser, como creen muchos, una causa permanente de anarquia, organizan la lucha entre el capital y el trabajo, y la hacen menos sangrienta. Donde no las hay y sobran los brazos son frecuentes las coaliciones tumultuosas, no poco ocasionadas á peligros.
Organizadas las asociaciones por artes y oficios, solo los directores entienden en las cuestiones de salarios. Cuando la baja está realmente motivada por causas generales ú otras que afecten de una manera especial un ramo de la industria, los directores consideran temeraria toda resistencia y transigen ó ceden. Cuando la baja procede solo de la voluntad de capitalistas que desean provocar á costa del obrero la ruina de sus rivales y aprovechar el exceso de brazos, retiran de los talleres á sus asociados y logran en dias, sin necesidad de desórdenes ni de alarmas, hacer capitular á sus adversarios. Las más de las veces no tienen ni necesidad de dar este paso: basta que no se manifiesten dispuestos a ceder para que el capital acepte sus justas condiciones.
Se alegarán los sérios conflictos individuales ocurridos en Cataluña en 1858, cuando las asociaciones estaban en más vigor y se extendian como una red por todos los centros manufactureros; mas conviene advertir que fueron siempre debidos á imprudentes medidas de las autoridades militares, que apoyaban ideas descabelladas y perturbaban los ánimos y enconaban los ódios. Por cada conflicto que no pudo impedirse se evitaron además otros ciento. Los salarios llegaron a normalizarse; algunas juntas directivas redactaron detalladas tarifas, que, al decir de los mismos fabricantes, revelaban un profundo estudio y no escasos conocimientos.
Se atribuye tambien á las asociaciones una larga série de disturbios políticos. En ellas, se dice, ha encontrado la revolucion sus mejores elementos y reclutado sus formidables huestes. Como si las insurrecciones más violentas y de más trascendencia que hemos conocido perteneciesen á una época en que ó no existian las asociaciones, ó estaban naciendo. Las asociaciones, lejos de favorecer la idea revolucionaria, le han quitado armas. Han llamado vivamente la atencion de los jorna-<noinclude></noinclude>
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Página:Asociaciones obreras (9-08-1872), Francisco Pi y Margall.pdf/2
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" /></noinclude>leros sobre las cuestiones sociales é inspirádoles indiferencia por las políticas. La democracia los ha hallado durante mucho tiempo impasibles: no ha logrado moverlos sino agitando esa misma bandera de la asociacion en que tenian puesta su esperanza. Manifiestan hoy interés por la realizacion de nuestros principios, pero atribúyenlo sobre todo á que los gobiernos de los partidos medios les han hecho comprender mucho mejor que nuestras más ardientes palabras la necesidad de conquistar los derechos políticos antes de resolver los problemas relativos al trabajo.
Las asociaciones no solo no merecen ser temidas; contienen el gérmen de saludables reformas en la personalidad del Estado. Unidas entre si y centralizadas en un gran comité directivo, podrian ir absorbiendo lentamente todas las funciones que ejerce el gobierno con relacion á los intereses industriales. A ejemplo de los jornaleros, no seria difícil que se asociasen las demás clases. La ''materia'' administrativa iria naturalmente desparramándose y perdiéndose en el seno de tan vasto organismo. La administracion descansaria sobre una ancha base económica.
Ven aun pocos la revolucion contenida en el principio de las asociaciones jornaleras. No es de extrañar que muchos las den tan escasa importancia. Las asociaciones, se escribe á menudo, no sirven ni para contener la baja de los salarios. No servirian indudablemente para contenerla en absoluto, si no reuniesen todos sus esfuerzos, ni tratasen de equilibrar los diversos ramos industriales; ¿habrian, empero, de tardar en elevarse á la altura de su mision apenas se reconocieran impotentes para contrarestar los efectos de las nuevas máquinas, de la crisis y aun de la misma division de trabajo? Hay que observar, por otra parte, que las bajas de los salarios proceden no pocas veces del aislamiento en que viven las clases trabajadoras. Alega el capital pretextos especiosos, sorprende la buena fé de los obreros, explota las tristes condiciones en que viven y los obliga á aceptar la baja. Si los brazos no sobran, volverán más o menos tarde los salarios á declararse en alza; ¿quién, en tanto, resarce al jornalero los perjuicios que la baja le ocasiona? Ya que no contenerla, pueden por lo ménos retardarla las asociaciones. ¿Ignora acaso nadie que conoce las luchas de la industria, los mil medios á que apela el capital para cargar sobre el trabajador todos sus quebrantos y rebajar los salarios aun con el solo objeto de aumentar sus beneficios? Obra el capital sobre el obrero como ''in anima vili''; solo asociándose puede el obrero hacer respetar su personalidad y su derecho.
Grave, muy grave, es la cuestion que nos ocupa. No basta impedir que el individuo acapare ni reducir los tributos para matar la cuestion de los salarios; es indispensable que el Estado absorba y concentre en sí todas las funciones sociales; realice el derecho al trabajo y á la existencia; estudie constantemente las relaciones entre la produccion y el consumo; busque un escudo contra las grandes y las pequeñas crisis; se reserve el derecho de autorizar la introduccion de nuevas máquinas y procedimientos; intervenga en todas las evoluciones y pasos de la industria. ¿Puede hacerlo el Estado?
La cuestion de los salarios es toda la cuestion social.
Se engañan muchos si creen que la cuestion social lo es solo para el liberalismo. La cuestion social está sobre todas las cuestiones, sobre todos los principios políticos, sobre todas las escuelas. Es el enigma de nuestros dias; enigma aun indescifrable, lo mismo para la religion que para la filosofía, lo mismo para la libertad que para el absolutismo. Sabemos ya cuál es la esfinge: estamos lejos de saber quién será el Edipo.
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Asociaciones obreras (9-08-1872). Artículo de Francisco Pi y Margall
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{{Encabezado
|título=Asociaciones obreras
|autor=Francisco Pi y Margall
|año=9 de agosto de 1872
|nota= Publicado el 9 de agosto de 1872 en el periódico ''La Ilustración Republicana Federal''.}}
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|23}}</noinclude>que ocupó sus pinceles. Idealizó sus dioses; pero nunca logró pintar á Apolo sino como el mas bello de los hombres, ni á Venus sino como el modelo de la gracia y la hermosura, ni á Júpiter sino como el tipo de la magestad humana<ref>''Condet, Histoire de la Peinture en Italie''.</ref>. Su religion era toda material, su culto esterno; sus divinidades habian vivido en la tierra y conservaban aun en el cielo nuestras formas y pasiones; nada sabia ni podia ver mas allá del hombre. La perfeccion constituia para ella la divinidad: en el mas intrépido de los hombres adoraba al Dios de la guerra; en el mas fuerte un semidios; en el que supo arrastrar los pueblos tras los melodiosos acentos de su lira, en el que hizo brotar la mies sobre los campos yermos, en el que cubrió las vertientes de los montes con la sombra de las vides, en el que al volver del combate echó los cimientos de una ciudad y sentó allí su trono, en el que rescató una belleza robada, en el que arrostró el peligro para salvar su patria, en cuantos supieron elevarse sobre el nivel de sus semejantes, adoraba dioses, semidioses, héroes. Divinizando al hombre habia de humanizar la divinidad: imposible que al par de las naciones cristianas pudiese siquiera concebir que podia recorrer aun nuevos y mas dilatados espacios. Llegó á la mayor belleza de formas, pero no á la mayor belleza de espresion: no penetró en el fondo del arte.
Detúvose en la superficie; mas, en cambio, ¡qué bellas y deliciosas figuras! ¡qué bien acabados grupos compuso! No existen ya sus pinturas; mas sus esculturas, aun hoy que están ensombrecidas por el sol de veinte siglos y mutiladas por las impías lanzas de cien revoluciones, cautivan los sentidos y satisfacen el mas delicado sentimiento estético. No en vano son buscadas con avidez por los museos, reproducidas por las academias, colocadas en magníficos salones, distribuidas en nuestros jardines bajo la sombra de frondosos árboles. Sucumbió el arte á la caida del imperio y luchó inútilmente por mas de siete si-<noinclude></noinclude>
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Página:Historia de la pintura en España T 1 - bdh0000052910.pdf/28
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|24|HISTORIA|}}</noinclude>glos para levantarse del ataud en que la hundieron las frámeas de los bárbaros; mas, apenas pudo arrojar lejos de si el sudario que la envolvia, sobre esas pocas estátuas que sobrenadaban entre los escombros del antiguo mundo, empezó de nuevo su camino, sobre ellas recogió sus tradiciones, sobre ellas se elevó desde las tinieblas del sepulcro á la mayor altura de su gloria. Cuando no quedasen ya ni las ruinas del Partenon ni los cantos de Píndaro ni Homero, bastarian el Apulino y el Laocoonte para reflejar el pueblo griego, ese pueblo eminentemente artista que rechazaba lo feo con el mismo horror con que los sacerdotes indios desterraban de los muros de sus templos las imágenes bellas y exactas de sus divinidades. Amaban los griegos la belleza hasta con delirio, y es ya sabido cuanto hicieron entre ellos los artistas para no presentarla ni aun con los lunares con que tan á menudo la oscureció naturaleza. Veló Timanto la faz de Agamenon temiendo pintar un rostro contraido por los tormentos de un padre que ve sacrificar á su hija; y el autor del Laocoonte, aun debiendo trasladar al mármol el furor y la desesperacion del que muere con sus dos hijos sin poder tenderlos su mano enlazada y detenida tambien por la serpiente, se contentó con dar á su cabeza la espresion de un dolor profundo, inmenso, pero tranquilo y grande. Tuvo Apoles que pintar al rey Antioco, á quien faltaba un ojo, y presentó escorzada la cabeza de modo que ni cupiese presumir siquiera que existia en ella aquel defecto. Llegó a ser tanta en Grecia la aversion á lo feo, que una ley de Tebas castigaba severamente á los caricaturistas porque afeaban al hombre al trasladarlo a sus tablas.
Favorecieron mucho estas ideas los adelantos del arte, pero, abandonadas dentro de algun tiempo, no tardó en abrirse paso á la mas espantosa decadencia. La belleza ideal dejó de ser el objeto de los artistas; la reproduccion exacta y nimia de la naturaleza fué tenida en mayor aprecio; y viose á poco juzgar del mérito de las composiciones por el mayor ó menor número de detalles y dificultades vencidas. Prostituyose el arte hasta el<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|25}}</noinclude>punto de pretender copiar con todos sus colores los fenómenos mas repugnantes de la vida; prostituyose hasta el estremo de pintar con el mas grosero materialismo las escandalosas escenas de sus dioses, tocadas con tanta delicadeza por el pincel de Zeuxis y de Apeles. Perdió á la vuelta de un siglo hasta ese mismo don de imitacion, y cayó de delirio en delirio al cenagoso abismo á que le han precipitado ya las invasiones de pueblos estrangeros, ya la exageracion y la ignorancia.
Protogenes, competidor de Apeles, fué tal vez el primero que llevó el arte por este fatal camino. Su célebre ''Jalysus'' no es hijo de la inspiracion; es una obra de puro artificio, fruto de siete años de trabajo. Cuéntase que en todo este tiempo comió muy parcamente para avivar mas su ingenio; y es fama que un dia hasta tiró con ira los pinceles desesperando de trasladar al lienzo la espuma que veia en la boca de un perro con los ojos de su fantasía. Asoman aquí ya la afectacion, el deseo de alcanzar en la pintura ésa verdad daguerreotípica por la que suspiran aun tantos artistas; asoma aquí ya la decadencia. Para mayor desventura el pueblo griego, entusiasta por la fiel reproduccion de unas aves pintadas en lo alto de una columna, miró con tanto desden lo demás del cuadro, que Protogenes se creyó obligado á borrarlo: hecho que revela no solo decadencia en el arte, sino tambien depravacion en el gusto.
Siguieron á Protogenes los Nicomacos las Mecofanes que hicieron consistir en la facilidad de ejecutar todo su mérito y grandeza, de los Pansos que cifraban el buen éxito de sus obras en el doble aspecto que daban á sus figuras, los Ctesilocos que no vacilaron en pintar á Júpiter dando á luz á Baco entre muchas diosas que le servian de comadres. No gozaban ya por estos tiempos los artistas de la consideracion que en mejor época alcanzaron: no tenian ya Megabices que honrasen sus talleres, ni Alejandros que les ofreciesen sus esclavas, ni Demetrios que abandonasen la conquista de las ciudades por no destruir sus obras; no podian ya como Parrhasio vestir mantos de púrpura, ni<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|26|HISTORIA|}}</noinclude>calzar zapatos con lazadas de oro; y para colmo de desdicha, ellos, los sacerdotes del arte en Grecia, los sucesores de aquellos grandes artistas que privaban con príncipes y reyes, iban recorriendo con sus cuadros las diversas repúblicas helénicas, cuando no acudian con ellos á los juegos olímpicos como hizo Aecio, el pintor de Rosana y Alejandro. ¡Qué caida tan profunda la del arte! ¡Pero fué aun mucho mayor cuando cayó sobre ella la espada del cónsul Mummio! Esa Grecia, cuyo heroismo cantan aun las solitarias llanuras de Maratou, Tencra y Salamina, dobló humildemente la cerviz ante las águilas de Roma; ¡ay! y pereció con ella la luz con que había alumbrado los mas remotos confines de la Europa. Sus mejores obras artísticas sirvieron de trofeo al vencedor, salieron con él para las playas del Tiber y pasaron á decorar el foro y los palacios del pueblo rey, de ese pueblo que, embriagado con sus triunfos, pereció, al fin, coronado de rosas bajo las plantas de los caballos de Atila.
Roma hizo con Grecia lo que con las demás naciones del mundo: la redujo á provincia, apagó en ella toda actividad y le dió la paz de los sepulcros. Orgullosa y llena de codicia le arrebató sus obras de pintura y escultura; pero no para admirarlas ni para satisfacer su sentimiento estético. Aunque buscó á los artistas griegos con deseo al parecer de fomentar las artes, conviene recordar que no dejó de considerarlas nunca como осuраcion digna tan solo de estrangeros y de esclavos; conviene recordar que cuando vió á uno de sus patricios y hasta á uno de sus cónsules dedicándoles sus momentos de inspiracion, los tuvo por hombres que habian descendido al último rango de sus ciudadanos. Halló la pintura griega en un estado lastimoso y no hizo sino agravar los males que la devoraban: pueblo imitador, pueblo que no supo romper en poesía los límites trazados por Teócrito, Píndaro y Homero, ni moverse en filosofía fuera de los sistemas de Platon y de Aristóteles, ni adelantar en oratoria sobre el terreno que conquistaron Demóstenes y Esquino, no se sintió tampoco con fuerzas para abrirse un camino propio en es-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|27}}</noinclude>ta ni en ninguna arte: imitó y, lo que es mas, entregó este egercicio á hombres mercenarios que no esperando de él la menor gloria rompieron para siempre entre sus manos los pinceles de Apelos y Parrhasio.
Murió en Roma el arte y no podia menos de morir: se materializó, se ciñó á la forma, al ritmo; y de rey que era pasó á ser súbdito humilde de la industria. Brilló aun en los mosáicos con que fueron decoradas hasta las casas de los simples ciudadanos; pero de una manera pálida, débil, no como principal, sino como cosa puramente secundaria. Estaba ya del todo muerto cuando para colmo de desventura vino á pasar sobre él el torrente asolador del siglo V: ¡ay! la esclavitud le mató, los bárbaros le hundieron en el fondo del sepulcro. No solo años, siglos tardó en resucitar: escombros de ciudades enteras pesaban sobre su losa y no era fácil levantarla; cercáronle por mucho tiempo la ignorancia y el fanatismo religioso armados de la tea y de la espada, y no era fácil burlar la vigilancia de tan implacables enemigos. Resucitó cuando era ya tarde para volver á dominar en el mundo, cuando de entre las piras de los mártires cristianos habia nacido otro arte, cuando no podia ya reaparecer sino para identificarse y confundirse con él, para prestarle sus formas, para darle color y movimiento. Es casi impropio decir que revivió: no revivió, no hizo mas que entregar su antigua y gallarda vestimenta al arte que le habia reemplazado, al arte cristiano que estaba aun desnudo, que tenia aun mas espíritu que cuerpo, que poseia ya un símbolo propio, pero no un ritmo que bastara para la enunciacion de sus conceptos.
El arte cristiano diferia tan esencialmente del antiguo, como el cristianismo del culto de los ídolos. Era el paganismo todo material; todo espiritual el cristianismo; aquel recibia en sus altares la sangre de las víctimas; este, solo las aspiraciones del corazon, las exhalaciones mas puras y sublimes del alma. Sancionaba el cristianismo con la unidad de Dios la unidad de la especie humana; con la multiplicidad do sus divinidades conservaba y<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|28|HISTORIA|}}</noinclude>eternizaba el paganismo la division de razas, de castas, de condiciones sociales. Nada contribuia en aquel á acercar ni á igualar los hombres; todo conspiraba en este á romper la valla que
los separaba, á levantar la humildad, á humillar la soberbia, á
establecer la fraternidad universal entre los que siendo hechura
de un mismo Dios son hijos de un mismo padre. Estaban animados los dioses del paganismo de toda suerte de pasiones: envidiaban, aborrecian, apelaban á la perfidia, á la guerra; el Dios del cristianismo no abrigaba mas que una pasion y esta era la del amor, la de ese amor sacrosanto de que surgirá un dia la igualdad y la libertad del mundo. Era Jesucristo todo caridad: sus manos no se abrian sino para ensalzar al caido, sus lábios no pronunciaban sino palabras de ternura, sus párpados no se movian sino para consolar con miradas de compasion al desgraciado. Amaba al que sufria, tenia tesoros de amor hasta para el delincuente, oraba con amor á su padre hasta para sus verdugos. Lleno de celo por la humanidad, le dió su ciencia, su pan, su vida; no satisfecho aun, le comunicó ese mismo amor que le abrasaba, ese amor que ha obrado despues de él tantos prodigios, que ha sepultado la esclavitud entre las ruinas del imperio, que está combatiendo la tirania bajo todas sus faces hace veinte siglos, que lucha aun y tiene ya abierto el abismo en que van á ser devorados los últimos azotes de los pueblos, que ha levantado casas de asilo para los pobres y los enfermos, que ha escudado con los muros de los templos á los reos de muerte, que ha
trazado entro los mares sendas llenas de peligros, y ha hecho
llegar hasta los pueblos mas salvages la luz del Evangelio. Legó
su testamento al mundo; y ese testamento es tambien un libro
de amor, en cuyas páginas han ido sucesivamente á inflamar su
corazon no solo los apóstoles y los mártires, sino cuantos desde
entonces acá han querido contribuir á que se cumplan los futuros
destinos de los pueblos. Consignó en él los derechos del hombre,
trazó en él á la humanidad el camino del progreso, anunció en él la venida del reino de Dios, abrió en él la puerta á esas san-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|29}}</noinclude>tas revoluciones que vienen desde tantos siglos operando la lenta y penosa emancipacion del mundo. Hizo brotar del seno de ese amor universal la esperanza y la fé; elevó hácia el porvenir los ojos que estaban sumergidos en la contemplacion de las desventuras presentes y los infortunios pasados; dispertó en todos los corazones la dignidad y el valor; enalteció el espíritu de los pueblos y los animó á esa larga lucha que van siguiendo sin tregua por entre el campo de batalla y el cadalso. No tiembla ya la humanidad como temblaba ante las razas opresoras: exaltada sin cesar por ese amor, animada por esa esperanza, llena de fé en ese Dios que le ha prometido hacer florecer en esta tierra el reino de los cielos, se levanta despues de cada derrota tanto mas temible cuanto mas desgarrada y cubierta está de sangre. Ni desespera jamás, ni deja de agitarse nunca entre los hierros que la sujetan: arrostra sin temor la infamia, los peligros y la muerte; y aun en medio del abismo en que la sepultan sus desgracias, arroja de su pecho gritos que hacen palidecer á sus mismos vencedores. No desespera ya ni la humanidad ni el hombre: aman los dos, confian uno y otra en su destino y no se estremecen ni al ver pendiente sobre su cabeza la espada de la venganza. Entran los hombres gozosos y tranquilos en el sepulcro como si atravesaran el umbral del cielo.
El paganismo no inspiré nunca ese amor, no encendió nunca esa esperanza, no escitó nunca un sentimiento universal que pudiese caracterizar intrínsecamente ni la sociedad ni el arte; y hé aquí en lo que se distingue esencialmente del cristianismo. El arte á que dió origen, se concretó mas á reproducir las formas de la materia que á espresar las aspiraciones del espíritu; fué mas individual que nacional, mas nacional que social. Tuvo un tipo para el ritmo y no para el símbolo, una vida esterior determinada y no una vida interior; moviose casi siempre en un círculo estrecho, y solo una que otra vez aspiró á traspasar el dominio de los sentidos y á romper los límites de la naturaleza. Gozó desde un principio de una libertad ámplia tanto para concebir como<noinclude></noinclude>
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