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Índice:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="4" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Prólogo|sub={{errata||Últimos años de un hombre raro}}}}
{{gota|S}}{{may|u}} viña estaba cercana a mi propiedad.
Como fué amigo de mi padre, me recibia con cariño i deferencia; pero pronto nuestro afecto se hizo independiente de toda causa ajena a nosotros mismos, i mis visitas fueron continuas i prolongadas.
Antes de llegar al pueblo de X., siguiendo el camino que orilla el estero, en una gran hondonada que defienden cerros yermos, se divi-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>esto escogí, para advertiros un momento y una ocasión propios para que no me pudieseis hacer preguntas. Lo demás ya lo visteis.
Largo rato había callado ya Elías y aun no había contestado ni dicho una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.
—¡Siento que ese hombre haya muerto!—repuso al fin;—¡de él se habría podido saber algo más!
—Si hubiese vivido se habría escapado de la temblorosa mano de la ciega justicia humana. ¡Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios sea el único Juez!
Crisóstomo miró un momento al hombre que así le hablaba, y descubriendo sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones:
—¿Creéis también en el milagro?—dijo sonriendo;—¡ved el milagro de que habla el pueblo!
—Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado á Dios á su imagen y semejanza,—contesto solemnemente: pero yo creo en Él; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción á cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fué herido y yo estoy sano y salvo.
—¿Vos? ¿de manera que vos?...
—¡Sí! yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo ví su crimen . Y os digo: sea Dios el único juez entre los hombres , sea El el único que tenga derecho sobre la vida; ¡que el hombre no piense nunca en substituirle!
—Y sin embargo, vos esta vez...
—¡No!—interrumpió Elias adivinando la objeción,—no es lo mismo. Cuando el hombre condena a los otros á muerte ó destruye para siempre su porvenir, lo hace a mansalva y dispone de la fuerza de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo pueden ser equivocadas ó erróneas. Pero yo, al exponer al criminal en el mismo peligro que él ha preparado a los otros, participaba de los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.
-¿No creéis en la casualidad?
—Creer en la casualidad es como creer en milagos:<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXIII"/>ambas cosas suponen que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es milagro? Una contradicción, un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significan dos grandes imperfecciones.
—¿Quién sois? —volvió a preguntar Ibarra con cierto temor; —¿habéis estudiado?
—He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los hombres,—contestó el piloto eludiendo la pregunta.
Ibarra creyó comprender a aquel joven perseguido: negaba la justicia humana, desconocía el derecho del hombre à juzgar á sus iguales, protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre las otras.
—Con todo, debéis admitir la necesidad de la justicia humana, por imperfecta que ella pueda ser,-repuso— Dios, por más ministros que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras pasiones. ¡Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue al guna vez á sus semejantes!
—Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de remediar el mal que ha hecho. Pero—añadió cambiando de tono,—esta discusión está por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos; conservaos para el bien de vuestro país.
Y se despidió.
—¿Cuándo os volveré a ver? -preguntó Ibarra.
—Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aun soy vuestro deudor!
<section end="CapXXXIII"/>
<section begin="CapXXXIV"/>{{t3|XXXIV}}
{{t4|LA COMIDA}}
Allá bajo el adornado kiosco comían los grandes hombres de la provincia.
El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A la derecha del joven se sentaba María Clara, y el escribano á su izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el go-<section end="CapXXXIV"/><noinclude></noinclude>
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Elultimolicantropo
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>bernadorcillo, los frailes, los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban, no según el rango, sino según sus aficiones.
La comida era bastante animada y alegre, pero , á la mitad de ella, vino un empleado de telégrafos en busca de capitán Tiago, trayendo un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo, y naturalmente todos se lo suplican.
El digno Capitán frunce primero las cejas, después las levanta: su rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego y levantándose:
—¡Señores,—dice azorado,—S. E. el Capitán general, viene esta tarde á honrar mi casa!
Y echa à correr llevándose el parte y la servilleta, pero sin sombrero, acosado por exclamaciones y preguntas.
El anuncio de la venida de los tulisanes no habría producido más efecto.
—¡Pero oiga usted!—¿Cuándo viene?—¡Cuéntenos usted!—¡Su Excelencia!
Capitán Tiago ya estaba lejos.
—¡Viene S. E. y se hospeda en casa de capitán Tiago!—exclaman algunos sin considerar que allí estaban la hija y el futuro yerno.
—¡La elección no podía ser mejor!—repuso éste.
Loe frailes se miran unos a otros; la mirada quería decir: «El capitán general comete una de las suyas; nos ofende»; piensan así, se callan y nadie expresa su pensamiento.
—Ya me habían hablado de eso ayer,—dice el alcalde,— pero entonces S. E. no estaba aún decidido.
—¿Sabe V. E., señor alcalde, cuánto tiempo piensa el capitán general quedarse aquí?-pregunta inquieto el alférez.
—Con certeza no; á S. E. le gusta dar sorpresas.
—¡Aquí vienen otros partes!
Eran para el alcalde, el alférez y el gobernadorcillo,
anunciando lo mismo: los frailes notan bien que ninguno
va dirigido al cura.
—S. E. llegará a las cuatro de la tarde, señores!—dice el alcalde solemnemente;—¡podemos comer con tranquilidad! Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termopilas: «¡Esta noche cenaremos con Plutón!»
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>La conversación volvió a tomar su curso ordinario.
—¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador!—dice tímidamente uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en toda la mañana.
Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron un movimiento y un guiño que querían decir: «¡Ande usted! ¡Al primer tapón zurrapas !» Pero algunos más benévolos contestaron:
—Debe usted estar algo cansado...
—¿Qué algo?—exclama el alférez;—rendido debe estar y, como dicen por aquí, malunqueado. ¡Cuidado con la plática!
—¡Un sermón soberbio, gigante!—dice el escribano.
—¡Magnífico, profundo!-añade el corresponsal.
-Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él tiene,—observa el P. Manuel Martín.
El agustino no le concedía más que pulmones.
—Y la facilidad de expresarse,—añade el P. Salví.
—¿Saben ustedes que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de la provincia?—dice el alcalde cortando la conversación.
—Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues apenas prueba bocado,—repuso uno de los empleados.
María Clara se ruborizó.
—Doy gracias al señor... se ocupa demasiado de mi persona, —balbuceo tímidamente,—pero...
—Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,—concluyó el galante alcalde, y volviéndose al P. Salví:
—Padre cura,—añadió en voz alta,—noto que todo el día está V. R. callado y pensativo...
—El señor alcalde es un terrible observador—exclama el P. Sibyla en un tono particular.
—Esa es mi costumbre,—balbucea el franciscano;—me gusta más oír que hablar.
—¡V. R. atiende siempre a ganar y no perder!—dice en tono de broma el alférez.
El P. Salví no tomó la cosa á broma: su mirada brilló un momento y replicó:
—¡Ya sabe bien el señor alférez que estos días no soy
yo el que más gana o pierde!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dió por aludido.
-Pero, señores, yo no comprendo como se puede hablar de ganancias ó pérdidas, -interviene el alcalde; – ¿qué pensarían de nosotros esas amables y discretas señoritas, que nos honran con su presencia? Para mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche: hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables harmonias, que elevan al alma á las celestiales esferas de lo infinito y de lo ideal...
—¡V. E. está poetizando!-dice alegremente el escribano, y ambos apuran la copa.
—No puedo menos,—dice el alcalde limpiándose los labios;—la ocasión, si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse versos, y por cierto, no malos.
—¡De modo que V. E. ha sido infiel à las musas por seguir à Temis!—dice enfáticamente nuestro mítico o mitólogo corresponsal.
—¡Psh! ¿qué quiere usted? Recorrer toda la escala social fué siempre mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara de la justicia y sirvo á la humanidad, mañana...
—Mañana arrojará V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro,—añade el P. Sibyla.
—¡Psh! si... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal: cualquier advenedizo lo llega á ser. Una villa en el norte para pasar el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucia para el invierno... ¡Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas...! De mi no dirá Voltaire: ''Nous n'avons jamais été chez ces peuples que pour nous y enrichir et pour les calomnier.'' <ref>Hemos vivido entre esas gentes sólo para enriquecernos y calumniarles.</ref>
Los empleados creyeron que S. E. había dicho una gracia y se echaron á reir celebrándola; los frailes los imitaron, pues no sabían que Volter era el Voltaire tantas veces maldecido por ellos y puesto en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo sabía y se puso serio, suponiendo que el alcalde había dicho una herejía ó impiedad.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>En el otro kiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Aquel que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino; de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quienes optaban por la cuchara, quienes por el tenedor ó el cuchillo, y como no consideraban á nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios es Cristo ó, más claramente, una discusión de teólogos.
Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas se podía leer que eran felices.
—¡Ya!—decía una campesina á un viejo que trituraba buyo en su ''kalikut''<ref>Canuto pequeño de bambú con un escoplo que sirve para triturar el buyo.</ref>;—por más que mi marido no quiera mi Andoy será sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese necesario, pediremos limosna. No falta quien de dinero para que los pobres puedan ordenarse. ¿No dice el hermano Mateo, hombre que no miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? ¡Pues mirad á mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!
Y á la buena madre se la hacia agua la boca viendo á su hijo coger el tenedor con ambas manos.
—¡Dios nos ayude!—añade el viejo mascando el sapá;—si Andoy llega á ser papa, nos iremos á Roma, ¡jejé! todavía puedo andar bien. Y si me muero... ¡jejé!
—¡Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidará de que le habéis enseñado à tejer cestos de caña y ''dikines'' <ref>Cestitos hechos con filamentos de la ''Dillenia ph.'' (magnoliáceas).</ref>.
—Tienes razón, Petra; yo también creo que tu hijo será gran cosa... cuando menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya aprendido el oficio! Ya, ya se acordará de mí cuando Papa ú obispo se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dirá misas por mi alma, ¡jejé!
Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalíkut con mucho buyo.
—Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré á Andoy : Hijo, quitanos a todos los pecados y mán-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>danos al cielo. Ya no tendremos necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo santo Papa ya puede cometer pecados!
—Envíale mañana á casa, Petra,—dice entusiasmado el viejo;—¡le voy á enseñar a labrar el ''nitô!'' <ref>Filamentos de un helecho de Filipinas , que se emplean para tejer petacas y salakots.</ref>
—¡Hum! ¡abá! ¿Qué creéis, abuelo? ¿Pensáis que los curas mueven todavía las manos? ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas, dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dirá en la cama, con abanico... ¿Qué os figurábais?
-No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el ''nitô''. Bueno es que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna, como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Ne da compasión ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.
Acercóse otro campesino diciendo:
—Está decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; ¡no hay como ser doctor!
—¡Doctor! calláos, cumpare,<ref>Compadre. Cumare, comadre.</ref>—contesta la Petra;—¡no como ser cura!
—¿Cura? ¡brr! ¿cura? ¡El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le veneran, cumare!
—¡Por favor! El cura, con dar tres o cuatro vueltas y decir déminos pabiscum, come á Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le cuentan sus secretos.
—¿Y el doctor? Pues ¿qué creéis que es el doctor? El doctor ve todo lo que tenéis las mujeres, toma el pulso a las dalagas... ¡Yo sólo quisiera ser doctor una semana!
—Y ¿el cura? ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor? ¡Y todavía mejor! ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda para el cura.
—¿Pues qué? ¿comen los médicos sardinas secas? ¿se lastiman los dedos comiendo sal?
—¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos? Para eso tiene grandes haciendas , y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan los sacristanes.
—¿Y el confesar, cumare? ¿No es un trabajo?
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—¡Vaya un trabajo! ¡Ya quisiérais estar confesando a todo el mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los hombres y las mujeres, que nuestros vecinos. El cura no hace más que sentarse, y todo se lo cuentan; á veces se duerme, pero suelta dos o tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios. ¡Yo quisiera ser cura en una tarde de cuaresma!
-Y ¿el... el predicar? eso no me diréis que no es trabajo. Ved, sino, ¡cómo sudaba esta mañana el cura grande!—objetaba el hombre, que sentia batirse en retirada.
—¿El predicar? ¿Un trabajo el predicar? ¿Dónde tenéis el juicio? Ya quisiera yo estar hablando medio día, desde el púlpito, regañando y riñendo a todos, sin que ninguno se atreva á replicar, y pagándome por ello todavía. Ya quisiera yo ser cura no más que una mañana cuando estén oyendo misa los que me deben. ¡Ved, ved no más al padre Dámaso como engorda de tanto reñir y pegar!
En efecto venía el padre Dámaso, con el andar de hombre gordo, medio sonriendo, pero de una manera tan maligna, que Ibarra al verle perdió el hilo de su discurso.
El padre Dámaso fué saludado, si bien con cierta extrañeza, con muestras de alegría por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los postres y el champaña espumaba en las copas.
La sonrisa del padre Dámaso se hizo nerviosa cuando vió a María Clara sentada a la derecha de Crisóstomo; pero, tomando una silla al lado del alcalde, preguntó en medio de un silencio significativo:
—¿Se hablaba de algo, señores? ¡continúen ustedes!
—Se brindaba,—contestó el alcalde.—El señor de Ibarra mencionaba á cuantos le habían ayudado en su filántrópica empresa y hablaba del arquitecto, cuando V. R...
-Pues yo no entiendo de arquitectura,-interrumpió el padre Damaso, pero me rio de los arquitectos y de los bobos que a ellos acuden. Ahí está: yo tracé el plano de esa iglesia, y está construída perfectamente: así me lo dijo un joyero inglés que se hospedó un día en el convento. ¡Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!
—Sin embargo,—repuso el alcalde viendo que Ibarra se callaba—cuando ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela, necesitamos un perito...!
-¡Qué perito ni que peritas!—exclama con burla el<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>padre Dámaso. —¡Quién necesite de peritos es un perrito! ¡Hay que ser más bruto que los indios , que se levantan sus propias casas, para no saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco encima , que es todo una escuela!
Todos miraron hacia Ibarra, pero éste, si bien se puso pálido, siguió como conversando con Maria Clara.
—Pero considere V. R...
—Vea usted,—continúa el franciscano no dejando hablar al Alcalde,—vea usted como un lego nuestro, el más bruto que tenemos, ha construído un hospital bueno, bonito y barato. Hacia trabajar bien y no pagaba más que ocho cuartos diarios á los que tenían aun que venir de otros pueblos. Ese sabía tratarlos, no como chiflados ni mesticillos, que los echan á perder pagándoles tres o cuatro reales.
—¿Dice V. R. que sólo pagaba ocho cuartos? ¡Imposible!—dice el alcalde para cambiar el curso de la conversación.
—Si, señor, y eso debían imitar los que se precian de buenos españoles. Ya se ve, desde que el canal de Suez se ha abierto, la corrupción ha venido acá. ¡Antes cuando teníamos que doblar el Cabo, ni venían tantos perdidos, ni iban allá otros á perderse!
—Pero ¡padre Damaso!...
—Usted ya conoce lo que es el indio: tan pronto como aprende algo, la echa de doctor. Todos esos mocosos que se van a Europa....
—Pero ¡oiga V. R...!-interrumpía el alcalde, que se inquietaba por lo agresivo de aquellos palabras.
—Todos van a acabar como merecen,—continúa el fraile;—la mano de Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en esta vida reciben el castigo los padres de semejantes víboras, se mueren en la cárcel ¡je je! como si dijéramos, no tienen donde...
Pero no concluyó la frase. Ibarra, lívido, le había estado siguiendo con la vista; al oír la alusión a su padre, se
levantó, y de un salto dejó caer su robusta mano sobre la
cabeza del sacerdote, que cayó de espaldas atontado.
Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevió á intervenir.
—¡Lejos!—gritó el joven con voz terrible,—y extendió<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>su mano á un afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile, que volvía de su atolondramiento; — ¡el que no quiera morir que no se acerque!
Ibarra estaba fuera de si: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus órbitas amenazadores. Fray Dámaso, haciendo un esfuerzo, se levantó, pero él, cogiéndole del cuello le sacudió hasta ponerle de rodillas y doblarle.
—¡Señor de Ibarra! ¡Señor de Ibarra!—balbucearon algunos.
Pero ninguno, ni el mismo alférez, se atrevía á acercarse viendo el cuchillo brillar, calculando la fuerza y el estado de ánimo del joven . Todos se sentían paralizados.
—¡Vosotros, ahí! vosotros os habéis callado, ahora me toca á mí. Yo lo he evitado. Dios me lo trae, ¡juzgue Dios!
El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro seguía sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.
—Mi corazón late tranquilo, mi mano va segura...
Y mirando alrededor suyo:—Antes, ¿hay entre vosotros alguno, alguno que no haya amado a su padre, que haya odiado su memoria, alguno nacido en la vergüenza y la humillación?... ¿Ves? ¿oyes ese silencio? Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de santidad y religión, y el corazón de miserias, tú no debiste conocer lo que es un padre... ¡hubieras pensado en el tuyo! ¿Ves? ¡Entre esa multitud que tú desprecias no hay uno como tú! ¡Estás juzgado!
La gente que le rodeaba, creyendo que iba a cometer un asesinato, hizo un movimiento.
-¡Lejos!—volvió á gritar con voz amenazadora; —¡qué! ¿teméis que manche mi mano en sangre impura? ¿No os he dicho que mi corazon late tranquilo? ¡Lejos de nosotros! ¡Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis otros hombres y os atribuís otros derechos! Mi padre era un hombre honrado; preguntadlo á ese pueblo que venera su memoria. Mi padre era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mi y por el bien de su país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero ó el desterrado que acudía a él en su miseria! Era buen cristiano: ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le ha he-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXIV"/>cho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él á la ignorancia, valiendose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora! Yo le he huido, he evitado, su presencia... Vosotros le oisteis esta mañana profanar el púlpito, señalarme al fanatismo popular, y yo me he callado. Ahora viene aquí á buscarme querella; he sufrido en silencio, con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria más sagrada para todos los hijos... Vosotros, los que estáis aquí, sacerdotes, jueces, ¿visteis á vuestro anciano padre desvelarse trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien, morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar, buscando un ser que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en el extranjero?... ¿Oisteis después deshonrar su nombre, hallásteis su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella? ¿No ? ¡Os callais, luego le condenais!
Levantó el brazo, pero una joven , rápida como la luz, se puso en medio, y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.
Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco a poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos, dejando caer el cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó al través de la multitud.
<section end="CapXXXIV"/>
<section begin="CapXXXV"/>{{t3|XXXV}}
{{t4|COMENTARIOS}}
Pronto se divulgó el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie lo quería creer, pero, teniendo que ceder á la realidad, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa.
Cada cual, según el grado de su elevación moral, hacia sus comentarios.
—¡El padre Dámaso está muerto!—decían algunos;—cuando le levantaron tenía toda la cara bañada en sangre y no respiraba.
—Descanse en paz, pero no ha hecho más que saldar
<section end="CapXXXV"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>su deuda!—exclamaba un joven.—Mirad que lo que há hecho esta mañana en el convento no tiene nombre.
—¿Qué ha hecho? ¿Ha vuelto á pegar al coadjutor?
—¿Qué ha hecho? ¡A ver! Cuéntanoslo.
—¿Habéis visto esta mañana á un mestizo español salir por la sacristía durante el sermón?
—¡Sí! si que le vimos. El padre Dámaso se fijó en él.
—Bueno... después del sermon, le hizo llamar y le preguntó por qué había salido. «No entiendo el tagalo, padre» contestó. « Y ¿ por qué te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos á puñetazos hasta que los separaron.
—Si me ocurriese eso... -murmuró entre dientes un estudiante.
—No apruebo la acción del franciscano—repuso otro—pues la religión no se debe imponer á nadie como un castigo o una penitencia; pero casi lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati, y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido de Rusia, y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.
—Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!
—Sin embargo, debemos protestar contra el hecho—exclamaba otro estudiante;—callarse sería asentir, y lo sucedido puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!
—¡Te equivocas! – le replicaba otro. –Nerón era un gran artista y el padre Dámaso un pésimo predicador!
Los comentarios de las personas de edad eran otros.
Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera del pueblo, decía el gobernadorcillo:
—Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...
—¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor Ibarra, queriais decir probablemente?—interrumpía don Filipo.—El mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado como un viejo, y el viejo como un joven.
—Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera de la hija de capitán Tiago? -pregunta capi-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>tán Martín. —¿Ninguno de los frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que ''te'' peor! No quisiera estar en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido miedo. ¡Peor que ''te'' peor, hum!
—¿Lo creeis?—pregunta con interés capitán Basilio.
—Espero—dice don Filipo cambiando con éste una mirada—que el pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado, el pueblo se calla, sus amigos...
—Pero, señores—interrumpe el gobernadorcillo—¿qué podemos hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda, los frailes siempre tienen razón.
—Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos—contesta don Filipo con impaciencia, recargando el acento en la palabra «siempre»—¡démonosla una vez y entonces hablaremos!
El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con voz agria:
—¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Si! tratad de defenderle y veréis como os dejan solo en el compromiso.
—¡Si!—exclama don Filipo con amargura—eso sucederá, mientras se piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los demás; por eso todos somos débiles.
—¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis como os dejan colgado! ¿No sabéis el refrán español: la caridad bien entendida empieza por sí mismo?
—¡Mejor diríais—contesta exasperado el teniente mayor—que la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!
Las mujeres opinaban de otra manera.
—¡Ay!—suspiraba una mujer de expresión bondadosa;—los jóvenes siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay, Dios! Cuando pienso que otro tanto<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>puede pasarle a mi hijo , que también tiene la cabeza caliente... ¿ay, Jesús! casi le tengo envidia á su difunta madre... me moriría de pena.
—Pues yo no—contestaba otra mujer; —no me daría pena si tal pasase a mis dos hijos.
—¿Qué decís, capitana María?—exclamaba la primera juntando las manos?
—Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido, y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?
—¡Yo le negaría mi bendición!—exclama una tercera, la hermana Rufa.—pero...
—¡Negarle la bendición, jamás!—interrumpe la bondadosa capitana Tinay—una madre no debe decir eso... pero yo no sé lo que haría... no sé... creo que me moriria... le... no! ¡Dios mío! pero no querría verle más... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?
—Con todo—añadía hermana Rufa—no hay que olvidar que es un gran pecado poner la mano sobre una persona sagrada
—¡La memoria de los padres es más sagrada!—replica capitana Maria.— ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar tan santa memoria!
—¡Es verdad!—murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de ambas;—¿de dónde sacáis tan buenas razones?
—Pero y ¿la excomunión y la condenación?—replicaba la Rufa.— ¿Qué son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos condenamos? Todo pasa pronto... pero la excomunión... ultrajar á un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!
—¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre... Dios no le excomulgara! Y yo os digo : si ese joven viene a mi casa, yo le recibo y hablo con él; si tuviese una hija le querría por yerno: ¡el que es buen hijo será buen marido y y buen padre, creedlo, hermana Rufa!
—Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi alma, ¿qué decis, capitana Tinay?
-¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una tonta..., ¡Lo que voy a hacer es decirle à mi hijo que no estudie más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir á Europa!
—¿Qué pensáis hacer?
—Decirle que se quede á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana o pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante... la cuestión es vivir en paz.
Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.
—Pues yo—decía gravemente capitana María—si fuese rica como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres... yo ya he de vivir poco... nos veríamos en la otra vida... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.
—¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!—exclamaba espantada capitana Tinay, juntando las manos; —¡parece que no habéis parido con dolor á vuestros gemelos!
—Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me han costado, sean no más que medio hombres...
—¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!—dice en tono algo severo hermana Rufa.
—Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman para si, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas últimas; mi marido así me lo ha enseñado.
—Todos vuestros pensamientos, capitana María—dice la Rufa como predicando-son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario, de San Francisco, de Santa Rifa ó Santa Clara!
—¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos—contestaba la otra sonriendo.
Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos a la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, veremos allí á un<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>conocido nuestro, el hombre que soñaba con los doctores en medicina.
—¡Lo que más siento—decía éste—es que la escuela ya no se termina!
—¿Cómo? ¿cómo? —preguntaban los circunstantes con interés.
—¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá escuela!
—¿Quién dice que ya no habrá escuela?—pregunta un rudo y robusto aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.
—¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo ''plibastiero''<ref>Filibustero.</ref>. ¡Ya no hay escuela!
Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo para ellos.
—¿Y es malo ese nombre?—se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.
—¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!
—¿Peor que ''tarantado'' y ''saragate''? <ref>''Tarantado'', atolondrado; ''saragate'', buscarruidos,</ref>
—¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así, y ni siquiera me ha dolido el estómago.
—¡Vamos, no será peor que ''indio'' <ref>Indigena que profesa la religión católica</ref>, que dice el alférez.
El que va a tener un hijo carretero se pone más sombrio; el otro se rasca la cabeza y piensa.
—¡Entonces será como ''betelapora'' <ref>¡Vete á la porra!</ref>, que dice la vieja del alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.
—Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes Santo,—contestaba gravemente.—Ya os acordáis de la palabra ''ispichoso'', que bastaba aplicar a un hombre para que los civiles de Villa Abrille se le llevasen al desierto o à la
Cárcel; pues ''plibastiero'' es mucho peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, ''plibustiero'' dicho por un cristiano, un cura ó un español a otro cristiano como nosotros, parece ''santusdeus'' con ''requimiternam'': si te llaman una vez ''plibastiero'', ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo y el telegrafista deben estar enterados:<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXV"/>el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.
Todos estaban aterrados.
—¡Que me obliguen a ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo llamar ''pelbistero''!—jura cerrando sus puños el aldeano.—¿Quién? ¡Yo, rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!
—¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo ''palabistiero''... y me confesaré en seguida!— murmura en voz muy baja, alejándose del grupo, uno de los campesinos.
<section end="CapXXXV"/>
<section begin="CapXXXVI"/>{{t3|XXXVI}}
{{t4|LA PRIMERA NUBE}}
En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.
Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir dignamente al Capitán general, había sido llamado al convento.
—No llores, hija,—decía tía Isabel pagando la gamuza sobre las brillantes lunas de los espejos; —ya le retirarán la excomunión, ya escribirán al Santo Papa... haremos una grande limosna... ¡El padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo... no ha muerto!
—No llores,—le decía Andeng en voz baja;—ya haré yo que le hables: ¿ para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se perdona con decirlo al cura!
¡Por fin , capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta a muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el desaliento. El pobre hombre sudaba, <section end="CapXXXVI"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>se pasaba la mano por la frente y no conseguía articular una palabra.
—¿Qué hay, Santiago?—pregunta ansiosa la tía Isabel.
Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.
—¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?
—¡Lo que yo ya me temía!—prorrumpe al fin medio llorando. —¡Todo está perdido! El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto a los padres, pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían , cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay , San Antonio! si lo hubiese sabido, ¡si lo hubiese
sabido!
Maria Clara sollozaba.
—No llores, hija mía,—añadía volviéndose á ésta; tú no eres como tu madre que no lloraba nunca... no lloraba más que por antojos... El padre Dámaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de España... y te lo destina por novio...
María Clara se tapó los oídos.
—Pero, Santiago, ¿estás loco? -le grito tía Isabel;—¡hablarle de otro novio ahora! ¿Crees que tu hija muda de novios como de camisa?
—Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisóstomo es rico... los españoles sólo se casan por amor al dinero... pero ¿qué quieres que haga? Me han amenazado con otra excomunión... dicen que corre gran peligro no sólo mi alma sino también el cuerpo... el cuerpo , ¿oyes? ¡el cuerpo!
—¡Pero tú no haces más que desconsolar a tu hija! ¿No es amigo tuyo el arzobispo? ¿Por qué no le escribes?
—El arzobispo también es fraile, el arzobispo no hace más que lo que los frailes le dicen . Pero, María, no llores; vendrá el Capitán general, querrá verte y tus ojos estarán encarnados...
¡Ay! yo que pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia seria el más feliz de los hombres y todos me tendrían envidia... ¡ Calmate, hija mía: yo soy más desgraciado que tú y no lloro! ¡Tú puedes tener otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>se pasaba la mano por la frente y no conseguía articular una palabra.
—¿Qué hay, Santiago?—pregunta ansiosa la tía Isabel.
Este contesta con un suspiro, enjugándose una lágrima.
—¡Por Dios, habla! ¿Qué pasa?
—¡Lo que yo ya me temía!—prorrumpe al fin medio llorando. —¡Todo está perdido! El padre Dámaso manda que rompa el compromiso, de lo contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo mismo, ¡hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa y... ¡le debo más de cincuenta mil pesos! He dicho esto a los padres, pero no han querido hacerme caso: ¿Qué prefieres perder, me decían , cincuenta mil pesos ó tu vida y tu alma? ¡Ay , San Antonio! si lo hubiese sabido, ¡si lo hubiese
sabido!
Maria Clara sollozaba.
—No llores, hija mía,—añadía volviéndose á ésta; tú no eres como tu madre que no lloraba nunca... no lloraba más que por antojos... El padre Dámaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de España... y te lo destina por novio...
María Clara se tapó los oídos.
—Pero, Santiago, ¿estás loco? -le grito tía Isabel;—¡hablarle de otro novio ahora! ¿Crees que tu hija muda de novios como de camisa?
—Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisóstomo es rico... los españoles sólo se casan por amor al dinero... pero ¿qué quieres que haga? Me han amenazado con otra excomunión... dicen que corre gran peligro no sólo mi alma sino también el cuerpo... el cuerpo , ¿oyes? ¡el cuerpo!
—¡Pero tú no haces más que desconsolar a tu hija! ¿No es amigo tuyo el arzobispo? ¿Por qué no le escribes?
—El arzobispo también es fraile, el arzobispo no hace más que lo que los frailes le dicen . Pero, María, no llores; vendrá el Capitán general, querrá verte y tus ojos estarán encarnados...
¡Ay! yo que pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia seria el más feliz de los hombres y todos me tendrían envidia... ¡ Calmate, hija mía: yo soy más desgraciado que tú y no lloro! ¡Tú puedes tener otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>pesos! ¡ Ay, Virgen de Antipolo, si esta noche al menos tuviese suerte!
Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, música tocando la marcha real anunciaron la llegada de S. E. el Gobernador general de las Islas Filipinas. María Clara corrió a esconderse en su alcoba... ¡Pobre joven! juegan con tu corazón groseras manos que no conocen sus delicadas fibras.
Mientras la casa se llenaba de gente, y fuertes pasos, voces de mando, ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada joven yacía medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen , que la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, sólo sentida por Delaroche, como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de su Hijo . María Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos apoyadas contra el suelo, parecía el tallo de una azucena doblada por la tempestad. ¡Un porvenir soñado y acariciado durante años, cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud, daban forma á las células de su organismo, querer borrarlo ahora, con una sola palabra, de la mente y del corazón! ¡Tanto valía paralizar los latidos de uno y privar á la otra de su luz!
María Clara era tan buena y piadosa cristiana , como amante hija. No sólo le arredraba la excomunión: el mandato y la amenazada tranquilidad de su padre le exigen ahora el sacrificio de sus amores. Sentía ella toda la fuerza de aquel afecto que hasta entonces no sospechaba. Era una vez un río que se deslizaba mansamente; fragantes flores alfombraban sus orillas, y en lecho lo formaba fina arena. Su corriente apenas rizaba el viento; habríase dicho al verle que se remansaba. Pero de repente se estrecha el cauce, ásperas rocas lo cierran el paso, añosos troncos se atraviesan formando dique, ¡ah! ¡entonces ruge el río, se levanta , hierven las olas, sacude penachos de espuma, bate las rocas y se lanza al abismo!
Quería orar, pero ¿quién ora en la desesperación? Se ora cuando se espera, y cuando no, y nos dirigimos a Dios, sólo exhalamos quejas.—« Dios mío! gritaba su corazón, ¿por qué separar asi à un hombre, por qué negarle el amor de los demás? Tú no le niegas tu sol, ni tu aire, ni le ocul-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXXXVI"/>tas la vista de tu cielo, ¿por qué negarle el amor, cuando sin cielo, sin aire y sin sol se puede vivir, pero sin amor
jamás?»
¿Llegarían al trono de Dios esos gritos que no oyen los
hombres? ¿los oiría la Madre de los desgraciados?
¡Ay! la pobre joven, que no había conocido una madre, se atrevía á confiar estos pesares que causan los amores de la tierra á aquel corazón purísimo, que sólo había conocido el amor de hija y el de madre: ella en sus tristezas acudía á esa imagen divinizada de la mujer, la idealización más hermosa de la más ideal de las criaturas, á esa creación poética del Cristianismo, que reune en sí los dos más bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias, y á quien llamamos María.
—¡Madre , madre!—gemía.
Tía Isabel vino á sacarla de su dolor. Habían llegado
algunas amigas y el Capitán general deseaba hablarle.
—¡Tía, decid que estoy enferma!—suplicó la joven espantada;—¡me van a hacer tocar el piano y cantar!
—Tu padre lo ha prometido, ¿vas a dejar dar un feo á
tu padre?
María Clara se levantó, miró a su tía, retorcióse los hermosos brazos y balbuceo:
—¡Oh! si tuviese yo...
Pero no concluyó su frase y empezó á arreglarse.
<section end="CapXXXVI"/>
<section begin="CapXXXVII"/>{{t3|XXXVII}}
{{t4|SU EXCELENCIA}}
—¡Deseo hablar con ese joven!—decía S. E. á un ayudante;—ha despertado todo mi interés.
—Ya han ido á buscarle, mi general. Pero aquí hay un joven de Manila que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no tenía tiempo y que no había venido para dar audiencias sino para ver el pueblo y la procesión, pero ha contestado que V. E. siempre tiene tiempo disponible para hacer justicia...
S. E. se vuelve al alcalde maravillado.
—Si no me engaño,—contesta éste haciendo una ligera inclinación,—es el joven que esta mañana ha tenido una cuestión con el padre Dámaso con motivo del sermón.
{{np}}<section end="CapXXXVII"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo I|sub=De las predisposiciones a las aventuras}}
{{gota|S}}{{may|e}} ha dicho que Chile es una isla, yo creo que hay pocas islas tan islas como nuestro territorio. En realidad, sólo poseemos una estensa playa. La cordillera nos empuja al mar, i si la contemplamos a la distancia, azul i empenachada de nieve, nos parece una ola jigante floreciendo su espuma; i si trepamos por ella vemos, en los dias claros, un océano inmenso.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo VIII|sub=Los Nautilos}}
{{gota|L}}{{may|a}} embriaguez del estío se apoderaba del ánimo i nacia un deseo de vagar a la ventura. Cada cosa la contemplaban los ojos con amor i uno reia de ver tantas variedades de florecillas orillando los caminos de la aldea. Por los senderos de las rocas bajaban los pescadores de langostas con sus redes de barahú, i en la playa distante se divisaba a los isleños<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo IX|sub={{errata|El sabio Wi|El sabio de Wi}} Mou}}
{{gota|P}}{{may|oco}} a poco confirmé mi opinion de que Coturhe Uruiri era considerado como un sabio. No sin cierto trabajo conseguí ganarme su amistad. Un dia, deseando aclarar algunos datos que él mismo me habia dado, fuí en su busca.
Unos muchachos me hicieron saber que Coturhe habia ido al cráter del Kau; tomé esta nueva direccion. Al llegar a la cumbre, una<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|97|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>las mujeres i las mujeres temian a los hombres, i como todos se deseaban, Rapa Nui se volvió loca de no poder amar sin caer en la muerte. I muchos pensaron que sólo quedarian los hombres de piedra del volcan Huititi; mas los enfermos comenzaron a lanzarse desde este sitio al cráter del volcan Kau, i todos se mataron contra las rocas de allá abajo. Volvió así el amor i volvió triste i miedoso, porque ahora quien va a amar piensa en aquella enfermedad.
I qué importa el amor i el mal, continuó diciendo, cuando luego todos de sed vamos a morir!
—¿Por qué crees que pronto no lloverá mas? le pregunté.
—Mira, me dijo ¿ves la luna?
En medio del dia, por el cielo ya despejado a trechos, se veia avanzar a la luna en creciente, blanca i pequeñita como el jiron de alguna nube densa.
—Dime si la luna ha estado así alguna vez!
—Nada le encuentro, dije, de anormal.
—En el dia nadie mira a la luna, pero Coturhe Uruiri la sigue i la cuida, i él dice que nunca ha estado como ahora la ve...
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo X|sub=Alegría estraña}}
{{gota|S}}{{may|upimos}} una noche, en un parlamento nocturno,. que desde lo alto del morro de Wi Mou se habia arrojado al mar Coturhe Uruiri. Cosa frecuente entre los isleños; él tambien quiso despedirse de la vida.
Gran trabajo costó sacar su cadáver despedazado de entre las rocas que sólo asoman en la baja marea. En unas parihuelas lo trajeron<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo XI|sub=La muerte de los sacerdotes}}
{{gota|G}}{{may|aruaba}} sin fuerza i a largos intervalos. La tierra reseca absorbia con rapidez las dispersas gotas, pero ya a medio dia toda esperanza de una abundante lluvia habia desaparecido.
Cuando dejé a Angapiko, internándome en direccion a Anakena, la yerba llamada pelo de raton se veia cuajada de gotitas brillantes; i allí donde el sendero baja al vecino i angosto<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="3" user="Eievie" />{{hay imagen}}</noinclude>{{t3|Capítulo XII|sub=Evai o'quimai}}
{{gota|L}}{{may|os}} nativos atribuian al cambio de mes lunar la prolongada sequía. Por el sendero que trepa al cráter del volcan Kau iban los hombres intranquilos a observar el horizonte marino.
El aire paralizado i el cielo azul imperturbable i limpio daban a los idénticos dias sucesivos la apariencia de un solo dia inmóvil.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|89|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>era tal su número que yo no hallaba donde colocar mis pies.
Por trepar sobre rocas afiladas, Coemata Etú se lastimó ámbos tobillos. La senté sobre mis rodillas; con un pañuelo enjugaba su sangre. Su peso no era mayor que el de una brazada de flores, i el calor de su cuerpo, al atravesar su túnica i mis ropas, turbaba mis sentidos.
Libélulas encarnadas volaban de a pares jugando al amor. Silenciosos contemplamos sus jiros ondulados. De vez en vez {{errata|llegaban|llegaba}} hasta nosotros el zumbido ardoroso de sus alas.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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Ignacio Rodríguez
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|82|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>inocente de estos hombres buenos i primitivos?»
I todo lo recuerdo, palabra por palabra, porque estaba bien dicho. ¿No lo cree usted así?
—Sin embargo, amigo Adams...
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|117|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>de librar a los indefensos frailes de las malas artes de su enemigo.
Cuando sobrevino la guerra civil, que referi a Ud. en otra ocasion, Torometi estaba de turno en la defensa de los misioneros; pero bastó que codiciara unas viejas armas de fuego para que se pasase al otro bando. Entónces fué Temana el que acudió a protejer a los sacerdotes, i creyendo el pobre diablo que aun se podria servir de ellos, los siguió con sus huestes en la huida a Tahití.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|105|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>gueras. Avanzó una jóven desnuda, vibrando como una sensitiva. Se hizo un breve silencio. Todos adivinamos, con sólo ver sus flancos estremecidos, la armonía naciente. Su cuerpo trémulo era como un vaso lleno empuñado por una mano febril. Bebimos en él la embriaguez de la danza.
Las voces se hicieron agudísimas; los hombres i las mujeres bailaban frenéticos. En medio de esa tempestad, la bailarina radiante era como una hoja en el viento.
Coemata Etú, recostando su cabeza en mi hombro, me besaba con su boca mas dulce que el tií. Sus brazos flojos caian sin fuerza sobre su cuerpo lánguido.
Kanaroga bailaba con la pequeña Jeca Majina. Tooa Tafune, acompañada de un desconocido, me miraba con insistencia.
Los hijos del muerto hacian reir a las mujeres alegres. Los hombres se fueron aproximando hasta formar corro en torno de ellas. Cesaron poco a poco los bailes i luego sólo se oyeron las palabras ardientes del amor.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|84|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>buscando la careba. El aire caldeado por las arenas subia tembloroso.
—Coemata Etú, le dije; quiéres que vayamos donde aquellos pescadores?
—Sí, vamos, me contestó.
En los montones de algas que las olas habian arrojado sobre la playa, pululaban las blancas pulgas de mar. A nuestro paso, abandonando su comida, saltaban en todas direcciones i quedábanse las mas pequeñas imposibilitadas de salir de los hoyos que hicieran las pisadas de los pescadores. Coemata Etú sonreia observándolas.
La humedad de la arena era un espejo que copiaba sus piernas finas, i los pliegues de su capa amarilla recibian el azul reflejo del mar. Su pequeña silueta se veia aun mas reducida al recortarse en la vasta amplitud de las aguas.
Divisamos, de pronto, que los pescadores comenzaban a correr i, asombrados, nos detuvimos. Uno subió a lo alto de una roca. Todos parecian llenos de ajitacion. Se les veia discutir.
Fuimos hácia ellos i nos recibieron con grande algazara. Un mocetón, que llevaba un ca-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|85|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>labazo de sombrero, nos dijo que hácia el poniente se divisaba una vela.
El que permanecia sobre la roca nos aseguró que sus compañeros se equivocaban y pronto todos vimos que tenia razon. Con desaliento los pescadores volvieron hacia los peces abandonados que ensuciaban el brillo de sus escamas con sus saltos sobre la arena.
Nos sentamos a la sombra de las rocas i, tomando entre las mias una mano de Coemata Etú, le pregunté si no habia deseado alguna vez abandonar a Rapa Nui i conocer tierras lejanas.
—Nunca, me dijo, nunca. Mucho tiempo hace, un buque retuvo engañadas a las mujeres que van a ofrecer amor a los mariñeros i a los hombres que venden el ñame i las gallinas silvestres. Salió el buque mar afuera i les dejaron en libertad cuando sólo agua se veia en torno; mas ninguno dudó, i todos se arrojaron al agua. Nadaron con rapidez, siguiendo la huella que dejan los buques en el agua. ¿Dónde estaba Rapa Nui? Buenos para nadar son sus hijos, pero son muchas las olas del mar. La tarde era oscura i el frio mordia las carnes.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|86|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Allá van, allá van unos tras los otros los hijos de Rapa Nui como las rondas de la careba. Las mujeres seguian a los hombres, pero el amor las habia fatigado i buscaron para dormir el fondo del mar. Entónces los hombres divisaron el volcan Kau, i el volcan Kau les dió fuerzas para nadar. I la noche llegó i siguieron en la noche nadando. Los que iban adelante no sabian de los demas. Los tiburones venian a reemplazarlos. I el primero que nadaba vió que Rapa Nui parecia alejarse. Pero él era mas fuerte que todos i no creyó en lo que veia. I nadó sobre cada ola, i una a una las dejó vencidas i todos los tiburones lo acompañaban.
El contó todo esto i puso a su hijo el nombre de Jecan Jerai, que quiere decir Nadar el Mar. El mereció su nombre porque fué dos veces el ganador de la fardela...
Un repentino chubasco nos hizo guarecernos en una gruta formada por grandes rocas verdinegras. El agua de la lluvia comenzó a filtrar por una grieta invisible, i un arroyuelo corrió buscando una salida.
—Coemata Etú, le dije; al igual de este hilo<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|87|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>de agua que corre a nuestros pies, hai en esas tierras, que tú no quieres conocer, rios anchurosos cuyas locas aguas bajan de las montañas a los mares sin que nunca dejen de pasar i pasar. Antes de que yo naciera, i ántes del nacimiento de mi padre, ántes de que llegase Tukuihú a Rapa Nui, mil lunas hacia desde que esas aguas estaban corriendo. I despues de mi muerte i de la tuya, Coemata Etú, correrán otras mil i mil lunas, i el rumor que hacen esas aguas es como un canto; i como todas se juntan en el mar, el mar puede hacer el estruendo armonioso que tú conoces. ¿No oyes sin cansancio i con agrado el ruido de las olas? ¿Verdad que en esta gruta suenan sus voces como si estuviéramos dentro de un caracol?
Coemata Etú, que escuchaba ensimismada i con el pensamiento lejano, se puso repentinamente de pié i corrió hácia la salida de la gruta.
—Ven, ven, decia, i señalaba algo sobre el mar.
Ah! entónces ví, entre la chispería de la lluvia, al ser iluminada por el sol, un espectáculo maravilloso.
A corta distancia de la playa navegaban<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|88|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>tres pequeños barcos a la vela, no mayores que los que hacíamos cuando muchachos. Sus cascos eran tornasolados como madreperlas; su velámen, amarillento i trasparente, i azul el cordon del ancla que caia en el agua como buscando puerto.
—Qué es eso, Coemata Etú, le pregunté.
Los invisibles tripulantes de esos barcos diminutos parecieron advertir nuestra presencia, i temerosos de correr algun peligro, enmendaron rumbo alejándose con rapidez.
—¿Son nautilos?
—Sí, me dijo; ese nombre i otros muchos tienen. Oh! en ellos, agregó sonriendo, en ellos sí que yo quisiera ir por los mares, hácia las tierras de que tú me hablas.
El chubasco seguia su camino hacia el sur, i el sur se tornaba mas i mas oscuro, en tanto que sobre nosotros i sobre todo lo que nos rodeaba caia un sol brillante.
Largo rato permanecimos reuniendo conchas de pequeños caracoles i ramillas de corales blancas, rosadas i rojas. Eran tan hermosas, que la playa se veia como un jardin, i<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|92|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>cortina de nubes bajas volaba con lijereza; pronto ocultaria el sol. Sobre el fondo oscuro i violeta de las nubes, como una arista de fuego, se destacaba el inmenso anillo rojizo del cráter. Era de una regularidad tan perfecta, que se creeria contemplar un coliseo para jigantes. Grandes i profundas torrenteras labradas por el agua de la lluvia partian las imajinarias graderías, i sombras de un azul oscuro llenaban sus hondas concavidades. A cien varas de profundidad comenzaba a señalarse una lijera vejetacion, que se hacia cada vez mas tupida i lozana hasta convertir el fondo del cráter en una elipse verde i tropical.
La relativa aridez esterior se trocaba allí en una fertilidad imposible de ponderar. Los arbustos llamados barahú, los plátanos, las cañas de azúcar, las palmeras, los helechos crecian casi unos sobre otros con una fuerza que sólo ese conservatorio de una milla de largo les podia dar.
Por el cómodo camino de descenso bajé en busca de Coturhe, i cruzando de un estremo a otro el fondo plano del cráter, llegué hasta una angosta laguna formada por las lluvias.<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|93|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Numerosas mujeres sacaban en sus calabazos del agua allí apozada.
Como nadie supiera donde estaba Coturhe, volví a salir ayudando a una anciana que apénas podia caminar bajo su carga de plátanos.
Cuando llegamos al anillo de la cumbre vimos a un viejo que, inmóvil, contemplaba la vasta estension de las aguas. Ya el cielo i el mar estaban grises i velados por una niebla ténue. Pasaba el uno al otro sin cambio aparente, de modo que, desde el silencio de la altura, la isla era como un mundo pequeño suspendido en el espacio. Me senté para cobrar aliento i, mirando el cielo i el océano confundidos, me quedé pensando en algo que no tomaba forma, pero que, dominándome cada vez mas, me hizo olvidar lo que me rodeaba i lo que yo era.
—¿En qué piensas? dijo una voz conocida.
Desperté sobresaltado i la conciencia que volvia, al penetrar violentamente en mí, pareció herirme. De pié, sonriente i triste, estaba Coturhe Uruiri.
—¿Buscas las islas perdidas?
—No sé nada de lo que me cuentas, le contesté.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|94|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Hombres de tu tierra vienen a buscarlas. Nadie las encuentra. I las islas siguen donde nadie las ve.
—¿Es verdad lo que dices?
—Sí, es verdad. I no son aquéllas. Aquéllas son el Mutu Rakau i el Mutu Nioi. Las otras están lejos i están cerca, adelante i atras, i a uno i otro lado.
—No comprendo lo que quieres decir.
—Digo que ellas están donde nadie las ve. Yo no las he visto, pero álguien las vió.
Mutu Rakau i su hermana son las de las fiestas de Mataveri, cuando el mahute retoña i pone su huevo la fardela.
—Llegué en Enero, Coturhe, ya el Mataveri habia pasado. ¿Porqué buscan el huevo de la fardela?
—Cuando el mahute retoña nos reunimos al pie de este volcan frente a Mutu Rakau. Mutu Rakau i su hermana están llenas de los pájaros del mar. Los jóvenes se meten en una caverna i la caverna les oculta corto tiempo. Despues todos se lanzan al agua. Mutu Rakau está léjos, el mar lo defiende con sus olas grandes; las rocas i los corales lo defienden, i una co-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|95|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>rriente oculta lleva léjos a los que se ahogan. Los jóvenes, al nadar, van gritando, i todas las aves dejan la isla i gritan a su vez. I las aves vienen i vuelan en torno de los que nadan i los persiguen con furia i quieren romperles la cabeza i los ojos. I al llegar a Mutu Rakau, algunos tiemblan por el trueno del mar. Las olas grandes estrellan contra las rocas a los que han temblado. I a los que nada temen, las olas los dejan encima de las rocas altas de Mutu Rakau. I el primero que toma un huevo de fardela i vuelve con él a Rapa Nui es el elejido. Todavía vuelan las aves cuando él se aisla i es el jefe de todos, i todos dicen que es el mas fuerte i el mas valiente. Por doce lunas es el jefe despues del rei i vive solo, i entónces muchos quieren pelear i con gusto pelean porque la guerra es buena.
—Qué estraño es todo lo que me dices, Coturhe.
—La guerra es buena i viene en Mataveri, i todos sienten como nace la guerra en ellos.
—En mi tierra es el amor el que nace en primavera.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|96|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—El amor i la guerra son hermanos; pero el amor en Rapa Nui ahora es triste.
—¿Por qué es triste?
—Es triste desde que se fué el rei Tepito. Una vez robaron en un buque al rei Tepito i a todos los que le acompañaban. Eran muchos, muchos. Pasaba el tiempo i ninguno volvia. Todos los tuvieron por muertos i las mujeres buscaron otros maridos. Mas un dia apareció un buque i álguien se vino nadando a tierra i era Pana. Cuando todos lo reconocieron, le lanzaron piedras porque Pana estaba muerto i los muertos no deben volver. Las mujeres de Pana se habian ido con otros; la casa de Pana era de otro i ninguna cosa era entónces suya.
Mataron a Pana, pero llegaron otros i otros nadando; i vieron que no eran muertos los que volvian. Hubo así muchas guerras, porque todo estaba confuso.
Las mujeres i los hombres que habian llegado principiaron a enfermar. I era una cosa terrible. Quien encontraba el amor de ellos luego sus carnes caian a pedazos i sus huesos se quebraban. En medio de lamentos moria. I cundió el miedo i los hombres temian a<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|100|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>hasta su casa. Sus restos venian acompañados por los habitantes de Wi Mou que entonaban sin órden canciones alegres.
Kanaroga estaba conmigo. Sentados sobre una estatua caida comentábamos lo sucedido, cuando divisamos la curiosa procesion. La distancia no me permitia entender la letra de las canciones, pero el regocijo de todos era evidente:
{{poema|
Grande era Coturhe Uruiri,
Sabio......
}}
—Viene esa jente cantando con alegría i acompañan a un muerto, esclamé con disguto.
—Déjalos hacer, que ellos entienden de estas cosas, dijo Kanaroga, tranquilamente. ¿No fué él el que quiso morir? ¿Por qué tener tristeza de lo que se hizo con voluntad?
—¿Cómo sabes si la deseperacion le llevó a matarse?
—No lo sé, ni tú tampoco lo sabes. Pero si él prefirió la muerte a su vida, era para estar mejor. El fué sabio i todo lo que hizo está bien.
{{np}}<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|101|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Me parece estraño, repliqué, el estar contento en casos semejantes.
—Si álguien muere i no queria morir, todos le lloramos. Triste dejó la vida, ¿por qué no llorar? Coturhe Uruiri, para alegrarse la dejó, ¿por qué no alegrarnos? Oye tú las canciones i no olvides que esta noche habrá gran fiesta.
—Creo, Kanaroga, que el difunto ha dejado varios hijos, algunos pequeños, ¿quién los cuidará? ¿No sientes siquiera pena por ellos?
—Los hijos son los hijos i no valen ni mas ni ménos que los padres. Esto hace que cada uno esté tranquilo i se sienta libre. Sobran los plátanos en los volcanes i las gallinas silvestres no escapan dos veces de las pedradas de los muchachos. ¿Por qué atormentarse?
Malhumorado Kanaroga por mi insistencia, calló largo rato i luego se fué sin decir una palabra.
Wi Mou con sus cabañas pardas sobre el faldeo estéril, rojo i polvoriento, era un lugarejo desolado, en el que, por primera vez, se notaba desusada animacion. Frente a las chozas, con ramas i cabezas resecas de plátanos, hacian fogatas en grandes agujeros abiertos en<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|102|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>la tierra i llenos hasta la mitad de piedras lisas. Las mujeres cuidaban de alimentar las llamas. Los hombres volvian con raices de tií i sartas de conejos i gallinas.
Coemata Etú habia dispuesto que trajesen diez de los mejores corderos de Bornier. No demoraron mucho en ser cumplidas sus órdenes. Enterrándoles las cabezas en montones de tierra, los asfixiaban. Con las afiladas hachas de piedra les abrieron el vientre. Envueltos en telas viejas i húmedas los depositaban en los hoyos que habian sido despojados del fuego. Tapando con otras piedras los huecos, encendieron nuevamente las alegres fogatas que humearon todo el dia. Con los conejos, las gallinas, los ñames i las raices de los helechos llamados tií, hicieron igual cosa.
Mientras los deudos terminaban de construir una pirámide de piedras a la orilla del mar, las mujeres sacaron el cadáver arropado en telas blancas de mahute. La envoltura tenia la forma de una canoa. Tomaron los parientes el estraño barco, colocándolo sobre la pirámide, la cabeza hácia el mar.
Allí quedó Coturhe Uruiri. Una ola invisible<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|103|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>bañaria sus restos; deslizándose sin ruido sobre las peñas, en las altas horas de la noche, dejaria a Rapa Nui el casco abandonado de su cuerpo.
La tarde languidecia en un suave crepúsculo. Largos i pesados cirrus cruzaban la claridad verdiazul del poniente. El sol, bajo las aguas, aureolaba sus vientres de gualda i sus dorsos tenian los matices de las heces del vino.
La noche entrada, llegó Coemata Etú i su séquito. No hubo parlamento i los emisarios venian a gozar de la fiesta. La alegre comitiva cruzó entre las fogatas que resplandecian mas i mas a medida que avanzaba la noche.
El aguardiente de Bornier era el licor preferido i la reina hizo que trajeran de él en abundancia. Las raíces de tií asadas entre las piedras, se habian convertido en una chancaca mas fina que la de Pascamayo. El aroma que salia cuando destapaban los agujeros era delicioso. Las carnes jugosas de los corderos, blandas como mantecas, desprendian un vapor como el incienso de la gula.
Habia grupos al rededor de cada uno de los ocho agujeros. Los muchachos buscaban<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|104|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>los que contenian las raíces de tií i los hombres iban de uno en otro deteniéndose a beber en sus calabazos.
Las cortesanas alternaban con las mujeres de vida un poco mas recatada. Eran las primeras las codiciadas de los muchachos, aunque ellas, a su vez, prefiriesen la compañía de los hombres formados.
Cuando los cantos i las danzas comenzaron, Coemata Etú vino a buscarme. Contemplábamos todo con induljencia i oíamos los agradecimientos que los isleños hacian al muerto:
{{poema|
Era grande Coturhe Uruiri,
Sabio era......
}}
Las canciones se iniciaban con acentos opacos, breves i distanciados. Las cabezas principiaron a moverse lentamente, siguiendo el compas. Una melancolía estraña brotaba de las voces monótonas i veladas. Poco a poco fué elevándose el diapason i los brazos comenzaron a ajitarse; el recitado se hacia más rápido i agudo, i a los cuerpos, temblando un instante, se les vió ondular como a las llamas de las ho-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|72|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Adams, veterano de la guerra de Crimea, es un hombre estraordinario. Escuche Ud.
Yo no prestaba gran atencion. Observando sus manos toscas, rubias i velludas, veia, en medio de los cordones azules de las venas i de las pecas doradas, un ancla tatuada en índigo, cubriéndole la muñeca izquierda.
—Bornier llegó a esta isla hace cuatros años, traido por su irresistible necesidad de movimiento i quién sabe si por quitarle el bulto a cierto asunto. Son díceres; yo no lo puedo asegurar. Los oí una vez en Tahití, en la taberna de un amigo mio; despues, el piloto de la goleta que hace el viaje a las Islas Marquesas, me los confirmó. No me atrevería; pero ya que Ud. se empeña le diré que hai cierto robo de cananacas para venderlos en el Perú a la Empresa de las Guaneras de las Islas Chinchas.
Llegó a Rapa Nui en circunstancias de que mediaba un año, o poco mas, que se habia establecido aquí, al otro lado de esa colina, en Angapiko, una mision de frailes franceses. En un principio todo marchó bien, pero Bornier es sanguíneo, i qué diablos... I como no siempre se consigue lo que se desea... En una pala-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|73|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>bra, tuvo cierta cuestion con una mujer i los relijiosos formaron un escándalo. Qué vamos a hacerle! los frailes meten una alharaca por cualquier motivo. Este fué el comienzo.
Bornier, que talvez venia para estudiar el terreno, ver modo de traer ganado a la isla i emprender algunos cultivos, para evitar enredos se vino a Angapiko i comenzó a construir una casa con la madera, aun servible, de algugos buques que habian naufragado en años anteriores.
Casualmente aquélla, la última a la derecha, detras de esos nísperos. Es bien poco confortable, pero era mucho hacer para la poca ayuda que le prestaron los indíjenas.
Se veia, medio oculta por los árboles, una casucha plomiza de ese color gris que toma la madera espuesta a la lluvia i al viento salino.
—Aprovechando el caso, rarísimo en ese tiempo, de la llegada de un buque, volvió a Tahití por poco tiempo. Meses despues regresaba con ciertos poderes otorgados por las autoridades francesas i bien surtida una vieja goleta de ganado lanar, algunos arbolillos, herramientas, comestibles. Yo le acompañaba. Nos ha-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|74|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>bíamos conocido en casa de una mujer amable de Papeete, i como sucede en esos casos, uno intima estrechamente o se quita el cuerpo a los conocedores de nuestras horas alegres.
Yo soi danes, Ud. lo sabe, nací en Aalborg, pero mis primeros años transcurrieron en Islandia a donde fuí emigrando con mis padres, unos pobres campesinos. Un dia, no alcanzaba todavía catorce años, triste i desesperado en esa tierra oscura i muerta, me escapé a bordo de un velero. Desde entónces ruedo por el mundo. No me he casado. No he reconocido hijos. Tuve i dejé de tener en mas de una ocasion una pequeña fortuna. I ahora, sin esperar nada, sigo viviendo porque la vida es mas fuerte que todo eso.
Me ofreció tabaco, sacó su cachimba, i, despues de cargarla cuidadosamente, prosiguió envuelto en grandes volutas de humo que le hacian fruncir sus ojos azules i candorosos.
—Cuando me habló Bornier de su proyecto, no me quedaba un centavo. Un bandido habia soplado ciertos cuentos a la policía, mentiras, calumnias. Acepté. ¿Podia hacer otra cosa? I luego me parecia un gabacho listo. En<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|75|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>sus espansiones me refirió aventuras deliciosas.
Llegamos en primavera, en tiempo de las fiestas de Mataveri, que se celebran por dos meses; pero un aire de muerte vagaba por la isla. Bornier no reconocia la animacion antigua. Los misioneros estaban entristeciendo a los alegres isleños.
Ud. no ignorará que en todas las islas nacen, el diablo se mete en ello, mas hombres que mujeres. Así la mujer, que en cualquier parte es codiciada, en una isla vale mas que el oro. Los buenos padres, al impedir que unos pocos con su poligamia abarrotaran la existencia, hicieron un bien a la mayoría, pero como amenazaran con las llamas del infierno a algunas mujercitas complacientes, los pobres muchachos andaban tristes i rabiosos.
—Ah! este don Adams, le dije golpeándole el hombro.
—Qué diablos, amigo mío. Yo tengo mi modo de pensar i siempre he dicho que dónde hai de todo, viene bien la moral; pero dónde no hai nada?
—De modo que Ud...
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|76|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Ai! señor; cuando uno ha dado vuelta al mundo no ignora que hai muchas maneras de vivir, i no me vengan a mí que esta es buena i que la otra es mala. Ignorancia i nada mas.
Bornier encontró tambien que la casucha que habia construido estaba medio hecha pedazos i como el hombre con los años se pone sospechoso, creyó entender que sus compatriotas... Entónces; ah! nunca me he reido mas. Le juro a Ud. que estuve enfermo de reir.
El gabacho, que no se achicaba por cualquier cosa, llamó a los hombres que vagaban como almas que lleva el diablo. Por ellos supo que la reina, huyendo de toda catequizacion, se habia retirado a Anakena con unos cuantos súbditos fieles. En tanto, Torometi i su hijo Inú, los isleños mas belicosos, eran el brazo derecho de los misioneros.
Pues señor, nos fuimos una madrugada a Anakena. La reina, Coemata Etú, antigua conocida de mi amigo, nos recibió cordialmente, convidándonos con ñames o camotes asados. Comprendí, desde el primer momento, que esa<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|77|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>mujer era intelijente porque aceptó, sin vacilar, el plan que le propuso el frances.
Se llamó a todos los habitantes que se pudo, logrando que vinieran no pocos curiosos de los que vivian con los frailes en Angaroa.
Reunidos en la playa, la reina les hizo saber que éramos sacerdotes de mas elevada alcurnia que los entrometidos del sur i que, provistos de poderes divinos, íbamos a poner fin a sus prédicas. En adelante, sólo nosotros podríamos hacer los verdaderos matrimonios y fijar las normas de conducta.
Era un hermoso dia de Octubre. En la noche habia llovido torrencialmente en medio de truenos i relámpagos. A traves del aire lavado, el sol brillaba hasta cegarnos. Bornier se habia puesto toda la ropa que pudo: una chaqueta sobre la otra, dos sombreros. Un verdadero lujo de abundancia que hizo gran impresion entre los desnudos circunstantes.
A mí, no se ria Ud., me obligó a meterme un tarro en la cabeza. Esto brillará, me decia.
Bornier, como sumo pontifice, deshizo para comenzar, todos los matrimonios que se le presentaron, consagrados por los misioneros;<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|78|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>formó nuevas uniones mas del gusto del dia de los interesados, i siguió, en lo que pudo, las tendencias de sus alegres fieles.
I esto no se hizo sólo en Anakena; por espacio de una semana recorrimos la isla de un estremo a otro, enderezando entuertos i devolviendo la perdida libertad.
Pero siempre quedaba un punto oscuro, porque ha de saber Ud. que existía una situacion falsa para Coemata Etú. El rei Tepito, su padre, años atras, habia sido robado a bordo de un buque con mil de sus súbditos por uno de esos tantos traficantes de esclavos que, hasta no hace mucho tiempo, venian a buscar sus mercaderías en estas islas indefensas del Pacífico.
Tepito dejó dos hijos: Coemata Etú i un muchacho que pronto catequizaron los misioneros, bautizándolo con el nombre de Gregorio. Como habia cierta disconformidad de pareceres para saber cuál de ellos debia gobernar, la isla andaba revuelta.
Gregorio era un pobre niño flacuchento i enfermo, que en medio de sus nuevas creencias no pudo desprenderse de antiguas prácti-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|79|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>cas i prerrogativas. Tonteras que Bornier, nunca he sabido cómo, le ayudaba a cultivar. Quién sabe si lo hizo por intermedio de algunos indíjenas, que con sus consejos robustecerian esa actitud ridícula que molestaba a los frailes.
Pues bien, uno de esos prejuicios, el de que la cabeza real era tabú e impalpable, iba a costar la vida al pobre Gregorio. Enfermo como estaba de fiebres, resistió con enerjía a los cuidados de los misioneros, que no pudieron conseguir que les permitiese colocarle paños húmedos en la frente, ni cortar uno solo de sus abundantes i larguísimos cabellos, que crecian libremente, en virtud de esa idea, desde que vino al mundo. Claro está que tuvo que morir; porque con la mata esa de pelo, bueno i sano cualquiera se lleva un sofocon.
Fué nuestro primer triunfo; la suerte nos ayudaba. Pero mi amigo queria un procedimiento mas rápido; con este fin repartió cuatro o cinco viejas armas de fuego que sólo entónces supe que habia traido ex-profeso.
Se formó una verdadera guerra civil. El bravo Torometi i su hijo Inú, codiciando las nue-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|80|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>vas i terribles armas, se pasaron a nuestro bando. Ah! no iban a quedar descontentos; les armamos de pies a cabeza.
Mientras tanto, el gabacho le hacia el amor a la reina i llegó a ser el verdadero príncipe consorte. Coemata Etú lo dejaba hacer i, cediendo a sus deseos, dispuso que, en adelante, los frutos de la tierra se repartiesen en tres partes iguales: una para ella, otra para el frances, i la tercera para el pueblo. Mas, como Bornier era el marido de la reina, fueron, en realidad, dos las partes que él recibía. Los frutos eran abundantes; bastaban i bastan dos dias de trabajo en un año de fiestas i jolgorios; los isleños no protestaron.
La revolucion duró poco tiempo. Dos veces los nuestros incendiaron el pueblo i la nueva mision de Vui Mou. Por suerte para los misioneros, llegó una goleta de arribada forzosa, por falta de víveres, i se embarcaron mas que de prisa. La mitad de la poblacion de la isla los siguió. Bornier quedaba satisfecho; pero la pobre Coemata Etú lloró largo tiempo la ingratitud de algunos de sus súbditos.
De dos mil o mas habitantes que habia en<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|81|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>tiempos de Tepito, con tales descalabros, no quedaron arriba de trescientos. Rapa Nui era una isla silenciosa. Andando por los caminos interiores no se veia un alma, i aun cuando Bornier asegurase que todo ello redundaba en nuestro beneficio, lo cierto es que se sentia un desasosiego al recorrer los campos solitarios.
Yo me habia puesto de pie. Un vientecillo helado i desagradable comenzaba a soplar.
—¿Quiere Ud. que regresemos? le dije.
Mientras caminábamos fatigosamente por la playa, deteniéndonos a cada instante, Adams recordó que los misioneros habian enviado numerosas cartas a Bornier en las que le rogaban que hiciera cesar los graves disturbios en que la isla se veia envuelta.
—Invariablemente, decia Adams, mi amigo les contestaba:
«Reverendos padres: Uds. son unas buenas personas; pero severas i tristes en exceso. Enturbian la alegre inconciencia de los isleños con demasiados deberes i anuncios espeluznantes. Esto está mal, mui mal. Si hai un Dios, les castigará a Uds. Porque ¿a qué viene el llenar de trabas i temores a la vida sencilla e<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|108|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>valle, cubierto de cizaña i de verbena, un aroma indefinible brotaba de la tierra i de las yerbas húmedas. Un grupo de yeguas arrancó al galope. Las verbenas lucian sus hermosas i pequeñitas flores de color violado, i millares de insignificantes insectos volaban en derredor de cada una como en torno de una lámpara. Aquel perfume incomparable me acompañó por largo tiempo, i durante toda esa parte de mi viaje sentí una especie de placer i reconocimiento.
La tierra se iba haciendo mas arenosa, los matorrales eran cada vez mas escasos, i mucho ántes de divisar el mar dejé a mi espalda el último toromiro.
Mis zapatos, húmedos por el roce de las yerbas mojadas, todavía conservaban adheridos pequeños pétalos violados. El sonriente recuerdo del sur de la isla contrastaba con las áridas colinas que en ese dia de bochorno cubria un aire espeso i caliente.
Desde una eminencia, a la que trepara para asegurar mi rumbo, pude ver la playa blanca de Anakena. Olvidando mi fatiga, caminé con resolucion.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|109|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Adams, conocedor de mi viaje, me aguardaba a la entrada de la aldea. La alegría que tuvo al verme desapareció pronto, i sus lamentaciones sobre el mal tiempo hicieron que sin descanso me persiguiera la angustia que se habia apoderado de la infortunada Rapa Nui.
—La cosecha de camotes puede darse por perdida, me dijo. He preguntado a los isleños mas viejos i todos aseguran que nunca ha habido un año semejante. I en Angapiko?
—Allá, como aquí, Adams, todos están desesperados. El agua del volcan Kau se evapora con rapidez, i si ántes de una semana no ha llovido, creo que no quedará una gota de agua dulce en toda la isla.
—Me dicen que han robado los licores que guardaba Bornier.
—No he sabido nada. Aunque no; es verdad. En las fiestas que acaban de celebrarse en memoria de Coturhe Uruiri, el aguardiente no ha escaseado.
—¿Del viejo de Wi Mou, el de las ovejas?
—Sí, le dije; se suicidó hace tres dias.
Comentamos con asombro el gran número de suicidios que ocurre en Rapa Nui.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|110|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>—Ello le probará a Ud., me dijo Adams, que estos indíjenas no son tan salvajes como los ignorantes los creen. Tienen una nerviosidad mui desarrollada i muchas veces la desesperacion nace por motivos que yo no he podido comprender. Mui por el contrario de un pueblo primitivo, da la impresion de una raza sencilla, pero trabajada por los siglos.
—Me han dicho, Adams, que no han sido sus antepasados los que han tallado las estatuas de la isla.
—¡Quién sabe! ¿Quiere Ud. que le lleve donde un artista famoso? Bien, iremos esta tarde a la choza de Rakaja.
Despues que comimos una lijera colacion, medios recostados bajo la carpa de mi amigo, vagamos un rato sin rumbo entre las escasas i dispersas habitaciones de los indíjenas. Luego fuimos a ver a Rakaja.
Penetramos, arrastrándonos, por la angosta gatera de la choza i cuando nuestros ojos se acostumbraron a esa semi-oscuridad distinguimos, al fondo, a un anciano acurrucado e inmóvil que nos veia avanzar sin decirnos una palabra. Detras de él una mujer viejísima i de<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|111|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>repugnante fealdad permanecia igualmente en silencio.
—Buenos dias, amigos, esclamó Adams.
—A tu casa llegas, respondió el anciano.
—Te traigo al estranjero que llegó hace tiempo a Angapiko.
—¿Tú eres el estranjero? ¿Qué buscas en Rapa Nui? me preguntó,
—Nada, le repliqué.
—¿I por qué has venido?
—Por conocerla i no por otra cosa.
—¿Es verdad lo que dice tu amigo?
—Sí, confirmó Adams; le gusta correr por el mundo i ahora quiere ver lo que tú haces i cambiar algún ídolo por varias cosas que a tí te agradarán.
Rakaja tenia ojos cansados i blanquecinos, barba rojiza i escasa. La frente i las mejillas las llevaba adornadas con un tatuaje azul de complicado dibujo, que a la escasa luz no se distinguia bien. Su cabellera, como la de su mujer, era un verdadero haz de penachos negros. Al hablar, entre los labios azules, sus dientes brillaban en la penumbra i su cuerpo desnudo<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|112|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>era sólo un poco mas claro que la techumbre de carrizo i de hojas de palma.
Curioseando los paños de la pulpa filamentosa del mahute, que él tejía diestramente, las redes de barabú que nunca pudre el agua del mar, los ídolos, las figuras de pescados i de aves, i los curiosos jeroglíficos que tallaba en la madera del toromiro, pasamos todo el resto de la tarde.
—¿Qué quieren decir los signos de estas tablas que tú has labrado? le pregunté señalando los jeroglíficos.
—No sé, me dijo. Mi padre hacía otros iguales.
—I estos ídolos ¿son tus dioses?
—No entiendo lo que quieres decir. Hago esto por que sé hacerlo, i las jentes que vienen en los buques los piden i dan ropa por ellos.
De regreso, bajo la carpa, observando los objetos que habia comprado a Rakaja, pregunté a Adams si seria posible que los indíjenas no tuvieran ninguna idea acerca de dioses i divinidades. El danes me hizo saber una nueva historia verdaderamente estraña.
Por la abertura de la carpa se veia la niebla<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|113|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>que, desprendiéndose del mar, avanzaba borrándolo todo i apresurando la oscuridad naciente de la noche. Era una neblina olorosa i espesa. En torno de la lámpara se formó un halo luminoso. Envuelto en una frazada, escuché con avidez. Mi amigo fumaba su gran cachimba, que mordía con sus dientes negros, arriscando el labio superior como si sonriese a su propio relato.
—Lo que asegura Rakaja es la verdad. Muchas personas se han preguntado qué quieren decir esos jeroglíficos, i creen que los pascuenses no han comprendido la pregunta que se les hace, porque responden que no significan nada. Así, ellos, sin desearlo, engañan a los sabios, que en su afan de descubrir la verdad, quieren encontrar revelaciones estraordinarias en hechos mecánicos i sencillos. Los jeroglíficos que Ud. ha visto no son otra cosa que la reproduccion, en madera, de los antiguos dibujos que hacian en los tejidos de mahute. No hai tal escritura ni cosa parecida. I en cuanto a lo que nosotros creemos que son sus ídolos, Ud. ve que no les sirven sino para negociar<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|114|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>con ellos. Es un pequeño comercio que se efectúa cada vez que llega un buque.
—No puedo creer, repliqué, en lo que usted afirma. Ideas mas elevadas deben inspirarlos. Un pueblo que no tenga fábulas sobre lo que sigue a la muerte, es difícil de encontrar.
—Verá Ud., me interrumpió el danes, como ámbos tenemos razon.
Por tradiciones que conservan los mas ancianos i que tengo anotadas en mis memorias, he sabido que, hace mucho tiempo, hubo entre ellos sacerdotes que, rodeándose de toda clase de misterios, enseñaron multitud de cosas que hoi dia nadie recuerda.
El sacerdocio era hereditario i el poder de esa relijion siempre fué fielmente trasmitido de padres a hijos, sin que ninguna otra persona vislumbrase su secreto ni pudiera ejercer las ceremonias del culto. Pero sucedió que unos sacerdotes no dejaron hijos, llevándose a la tumba su ciencia i poderío, i un dia, en medio de la inquietud de todos los fieles, murió el último sacerdote. Como éste tampoco tuvo descendencia a quien legar su tesoro, los isleños quedaron confusos i aturdidos.
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|115|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Pasaron los años; nada de particular ocurrió al pueblo huérfano de intermediarios divinos, i al ganador de la fardela, que es siempre el jóven mas fuerte i mas valiente, se le concedió algo así como las prerrogativas del sacerdocio; pero sin que él ni nadie sepa claramente cuáles pueden ser esas prerrogativas.
A su llegada, los misioneros franceses en contraron que no tenian necesidad de desarraigar viejas creencias para sembrar las suyas. El campo estaba limpio, i como el indíjena de esta isla es curioso i asequible, las catequizaciones parecieron ciertas.
—¿Duda Ud. de ellas?
—Ahí están las diabluras de Temana i Torometi que le convecerán a Ud.
Torometi era un hombre fuerte e intelijente, que ejercia cierto imperio sobre muchos de sus compatriotas, i Temana, su mas odiado enemigo, era en todo su mas digno rival.
Torometi, cuando supo la llegada de los misioneros, entreviendo en ello alguna ventaja, abrazó la relijion católica, constituyéndose en el protector de los sacerdotes franceses.
Estos recelaron de tanta obsequiosidad; pero<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Ignacio Rodríguez" />{{crv|116|LA REINA DE RAPA NUI|PEDRO PRADO}}{{línea}}</noinclude>Torometi les obligó a aceptar a la fuerza la merced que les otorgaba.
Temana, en el intermedio, envidioso de su contrincante, hizo llegar a oidos de los misioneros que Torometi les estaba robando, i que él iria a defenderlos de toda injuria i daño. No porque tuviesen mas fe en uno que en otro, sino porque Torometi, sospechoso de algo, activaba sus rapiñas, los misioneros dejaron a Angapiko para irse a Wi Mou, huyendo al mismo tiempo de Temana que vivia en el norte. Pero éste, que estaba sobre aviso, se les dejó caer proclamándose a su vez su mas fiel i cristiano defensor. Sin pérdida de tiempo, por senderos estraviados, los hizo huir en busca de un sitio mas seguro. Allí, por algunas semanas, se aprovechó de ellos, robándoles hasta la ropa; pero sus víctimas lograron escapar.
I así aconteció que Temana i los suyos por un lado i Torometi i los que le seguian por otro, iniciaron una persecucion continuada contra los misioneros medio desnudos. No hubo camino que no recorrieron, ni escondrijo que no visitaron en esa apasionante cacería hecha, segun cada uno de ellos, con el único objeto<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="4" user="Paso del lobo" /></noinclude>{{t2|PRÓLOGO.}}
{{gi|E}}n la primavera del año 1791 empecé á recorrer la España de órden del Rey para exâminar los vegetales que en ella crecen. Creí que podrian ser mas útiles mis viages si á las observaciones botánicas añadia otras sobre el reyno mineral, la geografía y agricultura; puesto que apénas teniamos cosa alguna sobre la posicion y naturaleza de los montes, la geografía estaba muy inexâcta por punto general, y se ignoraba la verdadera poblacion y frutos de las provincias, como tambien las mejoras que en todas ellas podia recibir la agricultura, fuente inagotable de abundancia y de felicidad. Por esto al paso que procuraba desempeñar mi comision, iba siempre juntando observaciones y noticias útiles para la historia natural, geográfica y político-económica de España. Dí principio á mis tareas por el reyno de Valencia, objeto de la presente obra.
Con el propósito de averiguar la verdad en todo quanto fuese posible por observaciones propias, atravesaba llanuras y barrancos, y subia hasta las cumbres de los montes en busca de vegetales. De camino exâminaba la naturaleza de las piedras, tierras, fosiles y metales; observaba el orígen y curso de los rios, la distribucion y uso de las aguas; notaba los progresos que ha hecho la agricultura, y algunos defectos que deben corregirse. En las empinadas cumbres por medio de una brújula tiraba mi meridiana, y luego dirigia la visual á los puntos mas sobresalientes, los picos, las torres de los pueblos, las ermitas, situando cada objeto en el papel con las respectivas distancias que me daban los prácticos del pais: medía despues las mismas distancias caminando con igual velocidad, y teniendo cuenta con los rodeos y cuestas, harto freqüentes en tierras montuosas. Con estos auxîlios he formado el mapa general del reyno, sirviéndome de la carta marina del Señor D. Vicente Tofiño para la costa del mar. Los otros mapas son copias que he sacado de los que se conservan en archivos, excepto el de Peñagolosa, hecho segun mis observaciones y medidas.
Una de mis principales atenciones ha sido el cálculo de la poblacion y de los frutos, por donde se viene en conocimiento así de la calidad del suelo, como de la industria de sus habitantes. Para formarle con la exâctitud posible; he juntado quantos habian hecho varias personas hábiles y fidedignas, he consultado muchas veces las listas que los Señores Curas forman para el cumplimiento de la Iglesia, y me he valido de los productos de los diezmos, y de los estados hechos de órden superior por el gobierno de los pueblos. Ademas he registrado los historiadores á fin de comparar los diversos estados del reyno en varias épocas, y descubrir las causas de tales diferencias. Excuso referir otras muchas diligencias que se echarán de ver en el cuerpo del escrito; pero ántes de entrar en él convendrá dar algunas ideas sobre la formacion, naturaleza y estado actual de la provincia de que vamos á tratar.
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/* Validado */ He repasado el texto y corregido una errata de edición para el reflejo de letra cursiva
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<noinclude><pagequality level="4" user="Paso del lobo" /></noinclude>{{t2|LIBRO PRIMERO.|sub= NORTE Ó TIERRAS SEPTENTRIONALES<br>
{{menor|DEL REYNO DE VALENCIA.}}}}
{{gi|L}}a grande idea que se tiene de lo fértil, ameno y poblado del reyno de Valencia, parece exâgerada y aun falsa si se entra por Aragon. A cada paso se ven pruebas evidentes que la destruyen, y se multiplican al recorrer el norte del reyno. Erizado de montes los mas altos y frios, sembrado de cerros que dexan entre sí barrancos y cañadas, privado en fin de las aguas que podian facilitar mejoras en los campos, cuenta pocos vecinos respecto de su extension, y estos reducidos á mantenerse con un corto número de producciones. La sierra de Espadan, que empieza en las inmediaciones de Almenara, sigue aumentando de latitud y altura hácia el norte declinando al poniente; permite estrechos y tortuosos pasos á los rios de Millares y Villahermosa, y cerca de esta villa se confunde con el monte de Peñagolosa. Extiende este sus raices y se introduce en Aragon por el poniente; se derrama por el norte hácia Morella y Benifazá sin interrupcion hasta el Ebro, y siembra de asperezas buena parte del Maestrazgo de Montesa. Otras series de montes empiezan en el desierto de las Palmas y Borriol, con direccion al norte: la oriental, interrumpida mas allá de Oropesa, renace luego en Alcalá, y batida siempre por el mar se termina en Peñíscola. Otra casi paralela á la primera corre por Villanueva de Alcolea, las Cuevas y Cervera, para formar aquí intrincados laberintos. En fin la sierra de Engarceran queda como aislada entre Vilafamés y la Salsadella, bien que sigue continuada con los montes del norte hasta confundirse con los de Morella y Benifazá. En medio de tanto monte y aspereza se ven llanuras de bastante extension. Ocupan algunas las cimas de elevados cerros, como las de Zucayna, Vistabella y Moll: otras se hallan entre las raices y faldas de los montes, como las de Vilafamés, Cabanes, San Mateo, Alcalá y Adsaneta: y á la orilla del mar en fin se ven las de Vinaróz, Benicarló y Torreblanca. Estas llanuras y la mayor parte del señorío de Alcalaten, son las privilegiadas por la naturaleza, y en donde se descubre la industria rural, no pocas veces con esfuerzos que asombran. Pero si atravesado el Maestrazgo de Montesa se intenta salir hácia el norte, se aumenta la aspereza, se disminuye la poblacion, y la corta cantidad de frutos que se cogen apénas basta para el sustento de los habitantes. En ninguna parte son tan notables estos tristes fenómenos como en el distrito conocido con el nombre de {{c|''TENENCIA DE BENIFAZÁ''}}
2. Ocupa esta lo peor y lo mas septentrional del reyno. Confina por la parte meridional con los términos de Rosell y Vallibona; por la occidental con el de Morella;<noinclude></noinclude>
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El punto...
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<noinclude><pagequality level="4" user="Paso del lobo" /></noinclude>{{t2|LIBRO PRIMERO.|sub= NORTE Ó TIERRAS SEPTENTRIONALES<br>
{{menor|DEL REYNO DE VALENCIA.}}}}
{{gi|L}}a grande idea que se tiene de lo fértil, ameno y poblado del reyno de Valencia, parece exâgerada y aun falsa si se entra por Aragon. A cada paso se ven pruebas evidentes que la destruyen, y se multiplican al recorrer el norte del reyno. Erizado de montes los mas altos y frios, sembrado de cerros que dexan entre sí barrancos y cañadas, privado en fin de las aguas que podian facilitar mejoras en los campos, cuenta pocos vecinos respecto de su extension, y estos reducidos á mantenerse con un corto número de producciones. La sierra de Espadan, que empieza en las inmediaciones de Almenara, sigue aumentando de latitud y altura hácia el norte declinando al poniente; permite estrechos y tortuosos pasos á los rios de Millares y Villahermosa, y cerca de esta villa se confunde con el monte de Peñagolosa. Extiende este sus raices y se introduce en Aragon por el poniente; se derrama por el norte hácia Morella y Benifazá sin interrupcion hasta el Ebro, y siembra de asperezas buena parte del Maestrazgo de Montesa. Otras series de montes empiezan en el desierto de las Palmas y Borriol, con direccion al norte: la oriental, interrumpida mas allá de Oropesa, renace luego en Alcalá, y batida siempre por el mar se termina en Peñíscola. Otra casi paralela á la primera corre por Villanueva de Alcolea, las Cuevas y Cervera, para formar aquí intrincados laberintos. En fin la sierra de Engarceran queda como aislada entre Vilafamés y la Salsadella, bien que sigue continuada con los montes del norte hasta confundirse con los de Morella y Benifazá. En medio de tanto monte y aspereza se ven llanuras de bastante extension. Ocupan algunas las cimas de elevados cerros, como las de Zucayna, Vistabella y Moll: otras se hallan entre las raices y faldas de los montes, como las de Vilafamés, Cabanes, San Mateo, Alcalá y Adsaneta: y á la orilla del mar en fin se ven las de Vinaróz, Benicarló y Torreblanca. Estas llanuras y la mayor parte del señorío de Alcalaten, son las privilegiadas por la naturaleza, y en donde se descubre la industria rural, no pocas veces con esfuerzos que asombran. Pero si atravesado el Maestrazgo de Montesa se intenta salir hácia el norte, se aumenta la aspereza, se disminuye la poblacion, y la corta cantidad de frutos que se cogen apénas basta para el sustento de los habitantes. En ninguna parte son tan notables estos tristes fenómenos como en el distrito conocido con el nombre de {{c|''TENENCIA DE BENIFAZÁ''.}}
2. Ocupa esta lo peor y lo mas septentrional del reyno. Confina por la parte meridional con los términos de Rosell y Vallibona; por la occidental con el de Morella;<noinclude></noinclude>
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Página:Observaciones sobre la historia natural, geografia, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia - bdh0000129705 - Volumen 1.pdf/15
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<noinclude><pagequality level="3" user="Paso del lobo" /></noinclude>tierras y peñas; las conchas ó petrificadas ó sueltas que se hallan á cada paso; los
cortes pelados y desmoronados hácia el sur ó sueste; la vasta extension de montes, cerros, barrancos y lugares que se descubren, todo este cúmulo de objetos arrebata y deleyta el ánimo de un atento naturalista. Nácenle allí grandiosas ideas acerca de la formacion de aquellas enormes masas; del trastorno que experimentáron, ó para perder en poco tiempo la mitad de su mole, ó para sufrir iguales pérdidas en muchos siglos; de la fuerza de las aguas que lamiendo y excavando peñas durísimas, con el transcurso del tiempo se abren paso, y vencen obstáculos al parecer insuperables.
Si al baxar de los montes se escogen otros puntos para descubrir las llanuras cultivadas, se ven serpear mansamente los rios, oprimidos ántes en gargantas estrechas; y se observan mil canales de riego en varias direcciones, la infatigable industria de los Valencianos, la multitud de árboles y producciones, objetos todos que obligan á suspender el exâmen de los efectos de la naturaleza, para admirar los del arte. Recorriendo los ribazos de los rios se presentan nuevos objetos dignos de observacion. Allí se ven con claridad y se pueden contar las varias capas y diferentes substancias de que se compone el actual terreno. Casi siempre alternan porciones horizontales de marga con otras de cantos rodados, los mas de la misma naturaleza que los montes vecinos de donde baxáron con las aguas, y otros que la tienen diferente parecen fragmentos de masas que ya no exîsten.
Los montes y los cerros, que cubren la mayor parte del reyno, deben al parecer su orígen á los cuerpos orgánicos que viviéron en el mar. Porque no solamente se componen de peñas calizas casi todos ellos, sino que tambien se notan bancos de hasta 30 palmos de grueso, formados de conchas amontonadas y dispuestas por familias, muchas veces con su barniz natural, y casi siempre con su forma primitiva. Es cierto que la petrificacion no está siempre completa en dichos bancos, pero su posicion casi horizontal y su paralelismo dan indicios ciertos del orígen que debiéron tener en el fondo de las aguas. Así vemos que en el monte Meca, que parte términos entre Almansa y Ayora, alternan gruesos bancos de peña caliza con otros mas gruesos de aquellas ostras que los naturalistas llaman
Peynes. La muela de Aras de Alpuente, cuya corona es de bancos calizos, ántes
de llegar á aquella altura se compone de ostras rellenadas de mármol. En lo mas
alto de Peñagolosa y en los montes de Cervera se hallan buccinos petrificados,
que conservan las espirales y la forma exterior. Se ven con freqüencia conchas en los montes de Xixona, Cullera, Castalla, y otros del reyno. Hasta estampas de pescados conocidos se conservan en los de Pego. El propio elemento de estos animales ha sido siempre el mar; en él nacen, viven, se multiplican y perecen. Las corrientes van amontonando los cadáveres y despojos, y así preparan materiales para formar montes, cuyos bancos quedan por lo comun horizontales, y siempre paralelos aun en las curvas. Parece pues cierto que los montes del reyno de Valencia se formáron en el fondo del mar, cuyas aguas cubriéron la superficie que habitamos.<noinclude></noinclude>
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cortes pelados y desmoronados hácia el sur ó sueste; la vasta extension de montes, cerros, barrancos y lugares que se descubren, todo este cúmulo de objetos arrebata y deleyta el ánimo de un atento naturalista. Nácenle allí grandiosas ideas acerca de la formacion de aquellas enormes masas; del trastorno que experimentáron, ó para perder en poco tiempo la mitad de su mole, ó para sufrir iguales pérdidas en muchos siglos; de la fuerza de las aguas que lamiendo y excavando peñas durísimas, con el transcurso del tiempo se abren paso, y vencen obstáculos al parecer insuperables.
Si al baxar de los montes se escogen otros puntos para descubrir las llanuras cultivadas, se ven serpear mansamente los rios, oprimidos ántes en gargantas estrechas; y se observan mil canales de riego en varias direcciones, la infatigable industria de los Valencianos, la multitud de árboles y producciones, objetos todos que obligan á suspender el exâmen de los efectos de la naturaleza, para admirar los del arte. Recorriendo los ribazos de los rios se presentan nuevos objetos dignos de observacion. Allí se ven con claridad y se pueden contar las varias capas y diferentes substancias de que se compone el actual terreno. Casi siempre alternan porciones horizontales de marga con otras de cantos rodados, los mas de la misma naturaleza que los montes vecinos de donde baxáron con las aguas, y otros que la tienen diferente parecen fragmentos de masas que ya no exîsten.
Los montes y los cerros, que cubren la mayor parte del reyno, deben al parecer su orígen á los cuerpos orgánicos que viviéron en el mar. Porque no solamente se componen de peñas calizas casi todos ellos, sino que tambien se notan bancos de hasta 30 palmos de grueso, formados de conchas amontonadas y dispuestas por familias, muchas veces con su barniz natural, y casi siempre con su forma primitiva. Es cierto que la petrificacion no está siempre completa en dichos bancos, pero su posicion casi horizontal y su paralelismo dan indicios ciertos del orígen que debiéron tener en el fondo de las aguas. Así vemos que en el monte Meca, que parte términos entre Almansa y Ayora, alternan gruesos bancos de peña caliza con otros mas gruesos de aquellas ostras que los naturalistas llaman
Peynes. La muela de Aras de Alpuente, cuya corona es de bancos calizos, ántes
de llegar á aquella altura se compone de ostras rellenadas de mármol. En lo mas
alto de Peñagolosa y en los montes de Cervera se hallan buccinos petrificados,
que conservan las espirales y la forma exterior. Se ven con freqüencia conchas en los montes de Xixona, Cullera, Castalla, y otros del reyno. Hasta estampas de pescados conocidos se conservan en los de Pego. El propio elemento de estos animales ha sido siempre el mar; en él nacen, viven, se multiplican y perecen. Las corrientes van amontonando los cadáveres y despojos, y así preparan materiales para formar montes, cuyos bancos quedan por lo comun horizontales, y siempre paralelos aun en las curvas. Parece pues cierto que los montes del reyno de Valencia se formáron en el fondo del mar, cuyas aguas cubriéron la superficie que habitamos.
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