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Capitulación de Pedro de Mendoza (1534)
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{{Encabezado
|título= Capitulación que se tomó con Don Pedro de Mendoza
|autor= Carlos I de España
|año=21 de mayo de 1534
|nota= Extracto del libro-registros de asientos y capitulaciones generales para descubrimiento y población de las Indias
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El Rey.
Por quanto vos, Don Pedro Mendoza, Mi criado y gentil hombre de Mi casa, Nos hiziste relación, que por la mucha voluntad que teneis de Nos servir y del acrecentamiento do Nuestra Corona Real do Castilla, os ofreceis de ir á conquistar y poblar las tierras y provincias que hay en el rio de Solís que llaman de la Plata, donde estuvo Sebastian Caboto, y por allí calar y pasar la tierra hasta llegar á la mar del Sur, y de llevar destos Nuestros Reynos, á vuestra costa y minsion, mil hombres, los quinientos en el primer viaje en que vos habéis de ir, con el mantenimiento necesario para un año y cien caballos y yeguas, y dentro de dos años siguientes los otros quinientos hombres, con el mismo batimento y con las armas y artillería necesaria; y ansí mismo trabajareis de descubrir todas las Islas ques tuviesen en parage del dicho rio de vuestra gobernación, en la dicha mar del Sur, en lo que fuese dentro de los límites de Nuestra demarcación, todo á vuestra costa y mincion, sin que en ningún tiempo Seamos obligado á vos pagar ni satisfacer los gastos que en ello hizierdes, más de lo que en esta capitulación vos será otorgado; y Me suplicasles y pedistes por merced, vos hiziese merced de la conquista de las dichas tierras y provincias del dicho rio, y de las ques tuvieren en su parage, y vos hiziese y otorgase las mercedes y con las condiciones que de yuso serán contenidas; sobre lo qual, Yo mande tomar con vos el asiento y capitulación siguiente:
Primeramente, vos doy licencia y facultad para que por Nos y en Nuestro nombre y de la Corona Real de Castilla, podáis entrar
por el dicho rio de Solís que llaman de la Plata, hasta la mar del Sur, donde tengáis doscientas leguas de luengo de costa de gobernación, que comience desde donde se acaba la gobernación que tenemos encomendada al mariscal Don Diego de Almagro, hacia
el estrecho de Magallanes, y conquistar y poblar las tierras y provincias que hubiere en las dichas tierras.
Item, entendiendo ser cumplidero al servicio do Dios y Nuestro y por honrar vuestra persona, y por vos hazer merced, Prometemos de vos hacer Nuestro Gobernador y Capitán General de las dichas tierras, y provincias, y pueblos del dicho rio de la Plata, y de las dichas doscientas leguas de costa del mar del Sur, que comienza desde donde acaban los límites que como dicho es, tenemos dado en gobernación al dicho Mariscal Don Diego Almagro, por todos los dias de vuestra vida, con salario de dos mil ducados de oro en cada un año y dos mil ducados de ayuda de costa, que sean por todos quatro mil ducados, de los quales gozeis desde el dia que vos hizierdes á la vela en estos Nuestros Reynos, para hazer la dicha población y conquista, los quales dichos quatro mil ducados de salario y ayuda de costa, vos han de ser pagados de las rentas y provechos á Nos pertenecientes en la dicha tierra que huviésemos, durante el tiempo de vuestra gobernación, y no de otra manera alguna.
Otro sí, vos hacemos merced de título de Nuestro Adelantado de las dichas tierras y provincias que así descubrierdes y poblardes en el dicho rio de Solís. y en las dichas doscientas leguas, y ansí mismo vos hazemos merced del oficio del alguacilazgo mayor de las dichas tierras, perpetuamente.
Otro sí, vos hazemos merced, para que con parecer y acuerdo de los dichos Nuestros ofílciales, podáis hazer en las dichas tierras y provincias hasta tres fortalezas de piedra, en las partes y lugares que más convengan, pareciendo á vos y á los dichos Nuestros ofílciales ser necesarias, para guarda y pacificación de la dicha tierra, y vos hazemos merced de la tenencia dellas, para vos y dos herederos y subcesores vuestros, uno en pos de otros, quales vos nombrardes, con salario de cien mil maravedís y cincuenta mil maravedís de ayuda de costa en cada un año, con cada una de las dichas fortalezas que ansí estuvieren fechas, las quales habéis de hazer de piedra, á vuestra costa, sin que Nos ni los Reyes que después de Nos vinieren, Seamos obligados á vos pagar lo que así gastardes en las dichas fortalezas.
Otro sí, por quanto Nos habéis suplicado vos hizicscmos merced de alguna parte de tierra y vasallos en las dichas tierras, y al presente lo dejamos de hazer por no tener entera relación dellas, vos prometemos do vos hazer merced, como por la presente vos la hazemos, de diez mil vasallos en la dicha governacion, con que no sea en puerto de mar ni cabeza de provincia, con la jurisdicion que vos señalaremos y declararemos al tiempo que vos hiziesemos la dicha merced, con título de condes; y entre tanto que informados de la calidad de la tierra, lo mandamos efectuar, es Nuestra merced, que tengáis de Nos por merced la dozava parte de todos los quintos que Nos tuviéremos en las dichas tierras, sacando ante todas cosas dellos, los gastos y salarios que Nos tubiesemos en ellas.
Item, vos damos licencia y facultad para que podáis conquistar y poblar las Islas que estuvieren en vuestro paraje, questen dentro de los límites de Nuestra demarcación, en las quales, es Nuestra merced, que tengáis el dozavo del provecho que Nos hovieremos en ellas, sacados los salarios que en las dichas Islas pagaremos, en tanto que informados de las dichas Islas, que asi descubrierdes y poblardes en el dicho viaje y de vuestros servicios y travaxos, vos mandaremos hazer la enmienda y remuneración que fuéremos servidos y vuestros servicios merescieren-
Y porque Nos habéis suplicado, que si Dios fuere servido que en este viaje muriesedes, antes de acabar el dicho descubrimiento y población, que en tal caso, vuestro heredero ó la persona que por vos fuese nombrada, lo pudiese acabar y gozar do las mercedes que por Nos vos son concedidas en esta capitulación, é no bastando lo susodicho, y por vos hazer merced, por la presente Declaramos, que haviendo entrado en las dichas tierras y cumpliendo lo que sois obligado, y oslando en ellas tres años, que en tal caso, vuestro heredero ó la persona que por vos fuese nombrada, pueda acabar la dicha población y conquista y gozar de las mercedes en esta capitulación contenidas, con tanto que dentro de dos años sea aprovado por Nos. Como quiera que según derecho y leyes de Nuestros Reynos, quando las gentes y capitanes de Nuestras armadas toman preso algún Principe ó Señor en las tierras donde por Nuestro mandado hazen guerra, el rescate del tal señor ó cacique pertenece á Nos, con todas las otras cosas muebles que fuesen halladas que perteneciesen á él mismo; pero considerando los grandes peligros y trabajos que Nuestros súbditos pasan en las conquistas de las Yndias, en alguna enmienda dellos y por les hazer merced, Declaramos y Mandamos que si en la dicha vuestra conquista ó governacion, se cativare ó prendiere algún cacique ó señor, que de todos los tesoros, oro y plata, piedras y perlas que se ovieren dél, por via de rescate ó en otra qualquier manera, se Nos dé la sesta parte dello, y lo demas se reparta entre los conquistadores, sacando primeramente Nuestro quinto, y en caso quel dicho cacique ó señor principal matasen en batalla, ó después, por via de justicia ó en otra qualquier manera, que en tal caso de los tesoros y bienes susodichos que del se oviesen, justamente ayamos la mitad, la qual, ante todas cosas cobren Nuestros officiales, y la otra mitad se reparta, sacando primeramente Nuestro quinto.
Otro sí, franqueamos á los que fuesen á poblar las dichas tierras y provincias, por seis años primeros siguientes, que se cuenten desde el dia de la data desta, del almoxarifazgo de todo lo qne llevaren para proveimiento y provisión de sus casas, con tanto que no sea para lo vender.
Otro sí, Concedemos á los que fueren á poblar las dichas tierras y provincias que así descubrieren y poblaren en el dicho rio, en el término de las dichas doscientas leguas, que en los seis años primeros siguientes, desde el dia de la data deste asiento y capitulación en adelante, que del oro que se cogiere en las minas, Nos paguen el diezmo, y cumplidos los dichos seis años, paguen el noveno, y ansí descendiendo en cada un año hasta llegar al quinto; pero del oro y otras cosas que oviesen de rescate ó cavalgadas ó en otra qualquier manera, desde luego Nos han de pagar el quinto de todo ello.
Así mismo, franqueamos á vos el dicho Don Pedro de Mendoza, por todos los dias de vuestra vida, del dicho almoxarifazgo de
todo lo que llevardes para proveimiento y provisión de vuestra casa, con tanto que no sea para vender; y si alguna vendierdes
dello ó rescatardes, que lo paguéis enteramente, y esta concesión sea en sí ninguna.
Item, Concedemos á los dichos vecinos y pobladores, que les sean dados por vos los solares en que edifiquen casas y tierras, y
caballerías, y aguas convenientes á sus personas, conforme á lo que se ha hecho y haze en la Isla Española; y ansí mismo le Daremos poder, para que en Nuestro nombre, durante el tiempo de vuestra governacion, hagais la encomienda de indios de la dicha tierra, guardando en ellas las instrucciones y ordenanzas que os serán dadas.
Otro sí, vos daremos licencia, como por la presente vos la Damos, para que destos Nuestros Reynos ó del Reyno de Portugal ó
Islas de Cabo Verde y Guinea, vos ó quien vuestro poder hubiere, podáis llevar y llevéis á las tierras y provincias de vuestra governacion, doscientos esclavos negros, la mitad hombres y la otra mitad hembras, libres de todos derechos á Nos pertenecientes, con tanto que si los llevardes á otras partes é Islas ó provincias, ó los vendierdes en ellas, los hayais perdido y los aplicamos á Nuestra Cámara y fisco.
Item, que vos el dicho Don Pedro de Mendoza, seáis obligado de llevar á la dicha tierra un médico y cirujano y un boticario,
para que curen los enfermos que en ella y en el viaje adolecieren, á los cuales, Queremos y es Nuestra merced que de las rentas y provechos que tuviésemos en las dichas tierras y provincias, se les dé en cada un año de salario, al físico en cinquenta mil, y al cirujano otros cincuenta mil, y al boticario veinte y cinco mil, los quales dichos salarios, corran y comienzen á correr desde el dia que se hizieren á la vela con vuestra armada, para seguir vuestro viaje, en adelante.
Item, vos damos licencia y facultad, para que podáis tener y tengáis en las Nuestras atarazanas de Sevilla, todos los bastimentos y vituallas que ovierdes menester para vuestra armada y partida.
Lo qual que dicho es, y cada cosa y parte dello, os Concedemos, con tanto que vos el dicho Don Pedro de Mendoza seáis tenido y
obligado á salir destos Reynos, con los navios y aparejos y mantenimientos y otras cosas que fueren menester para el dicho viaje y población, con los dichos quinientos hombres, de Nuestros Reynos y otras partes no prohibidas; lo qual ayais de cumplir desde el dia de la data desta capitulación, hasta diez meses primeros siguientes.
Item, con condición que cuando salierdes destos Nuestros Reynos y llegardes á la dicha tierra, hoyáis de llevar y tener con vos, las personas religiosas ó eclesiásticas que por Nos serán señaladas, para instrucción do los indios naturales de aquella tierra á Nuestra Santa Feé Católica, con cuyo parecer y no sin ellos haveis de hazer la conquista, descubrimientos y población de la dicha tierra; á los quales religiosos haveis de dar y pagar el flete y matalotaje y los otros mantenimientos necesarios, conforme á sus personas, todo á vuestra costa, sin por ello les llevar cosa alguna durante toda la dicha navegación; lo qual mucho vos encargamos que así lo guardéis y cumpláis como cosa del servicio de Dios y Nuestro.
Otro si, con condición que en la dicha conquista, pacificación y población y nombramiento de los dichos indios, en sus personas y bienes seáis tenido y obligado do guardar en todo y por todo, lo contenido en las ordenanzas é instrucciones que para esto tenemos fechas y se hizieren, y vos serán dadas.
Por ende, haziendo vos lo susodicho á vuestra costa, y según y de la manera que de suso se contiene, y guardando y cumpliendo lo contenido en la dicha provisión que de suso vá incorporada, y todas las otras instrucciones que adelante vos mandaremos
guardar y hazer para la dicha tierra y para el buen tratamiento y conversión á Nuestra Santa Feé Catholica de los naturales della, Digo y Prometo, que vos será guardada esta capitulación y todo lo en ella contenido, en todo y por todo, que según de suso so contiene, y no lo haziendo ni cumpliendo ansí Nos no seamos obligados á vos guardar y cumplir lo susodicho en cosa alguna dello, ante vos mandaremos castigar y proceder contra vos como contra persona que no guarda y cumple y traspasa los mandamientos de su Rey y Señor natural; y dello vos mandamos dar la presente, firmada de Mi nombre y refrendada de mi infrascrito Secretario.
Fecha en la Ciudad de Toledo á veinte y un dias del mes de Mayo de mil y quinientos y treinta y cuatro años.
Yo EL REY.
Por mandado de Su Magestad Cobos, Comendador mayor, Señalada de Beltran y Juárez y Mercado.
[[Categoría:DH-C]]
[[Categoría:D1534]]
[[Categoría:Historia de España]]
[[Categoría:Documentos para la historia del Virreinato del Río de la Plata]]
[[Categoría:La Colonia (Chile)]]
[[Categoría:Documentos de Carlos I de España]]
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXLVII"/>{{t3|XLVII}}
{{t4|LAS DOS SEÑORAS}}
Mientras capitán Tiago jugaba su lásak, doña Victorina daba un paseo por el pueblo, con la intención de ver cómo tenían los insolentes indios sus casas y sementeras. Se había vestido lo más elegantemente que podía, poniéndose sobre la bata de seda todas sus cintas y flores, para imponer a los provincianos y hacerles ver cuánta distancia mediaba entre ellos y su sagrada persona, y dando el brazo á su marido cojo, se pavoneo por las calles del pueblo, en medio de la estupefacción y de la extrañeza de los habitantes. El primo Linares se había quedado en casa.
—¡Qué feas casas tienen esos indios!—empezó doña Victorina haciendo una mueca;—yo no sé cómo pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y ¡qué mal educados son y qué orgullosos! ¡Se encuentran con nosotros y no se descubren! Pégales en el sombrero como hacen los curas y los tenientes de la guardia civil, enséñales urbanidad.
—Y ¿si me pegan?-pregunta el doctor de Espadaña.
—¡Para eso eres hombre!
—¡Pe... pero estoy cojo!
Doña Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrábase además con muchas jóvenes que, al pasar a su lado, bajaban los ojos y no admiraban, como debían, su lujoso traje. El cochero de Sinang, que conducía á ésta y á su prima en un elegante ''tres por ciento'' <ref>Coche descubierto.</ref> , tuvo la desfachatez de gritarle ''¡tabí!'' con voz tan imponente, que ella tuvo que apartarse y sólo pudo protestar: —«¡Mírale al bruto del cochero! Le voy a decir á su amo que eduque mejor á sus criados».
—¡Volvámonos á casa!—mandó á su marido.
Este, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo el mandato.
Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumento el descontento de doña Victorina: el militar no sólo no
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>le hizo ningún cumplido por su traje, sino que casi lo examinó con burla.
—Tú no debías darle la mano à un simple alférez, dijo á su marido al alejarse aquél;—él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el sombrero; ¡no sabes guardar el rango!
—¡Él es jefe a... aquí!
—Y ¿qué nos importa? ¿Somos acaso indios?
—¡Tienes razón!—contestó él que no quería reñir.
Pasaron delante de la casa del militar. Doña Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela у fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron, y doña Victorina la distinguió bien: la Musa de la guardia civil la examinó tranquilamente de pies á cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia adelante, escupió , volviendo la cara á otro lado. Esto acabó con la paciencia de doña Victorina, y dejando a su marido sin apoyo, se cuadró en frente de la alféreza, temblando de ira y sin poder hablar. Doña Consolación volvió lentamente la cabeza, la examinó de nuevo tranquilamente y escupió otra vez, pero con mayor desdén.
—¿Qué tiene usted, doña?—pregunta.
—¿Puede usted decirme, señora, por qué me mira usted así? ¿Tiene usted envidia?—consigue al fin hablar doña Victorina.
—¿Yo, envidia yo, y de usted? -dice con sorna la Medusa;—¡si! ¡le envidio los rizos!
—¡Ven, mujer!—dice el doctor;—¡no le hagas ca... caso!
—¡Deja que le dé una lección á esta ordinaria sin vergüenza!— contesta la mujer dando un empellón á su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose á doña Consolación:
—¡Mire usted con quién se trata!–dice;—no crea usted que soy una provinciana ó una querida de soldados! En mi casa, en Manila, no entran los alféreces; esperan a la puerta.
—¡Hola, excelentísima señora Puput! no entrarán los alféreces, pero sí los inválidos, como ese, ¡ja! ¡ja! ¡ja!
A no haber sido por los coloretes, se habría visto á doña Victorina ruborizarse: quiso asaltar á su enemiga, pero el centinela la detuvo, Entretanto la calle se llenaba de curiosos.
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Elultimolicantropo
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—¡Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de categoria... ¿Quiere usted lavar mi ropa? ¡la pagaré bien! ¿Cree usted que no sé que era usted lavandera?
—¿Cree usted que no sabemos quién es y qué gente trae? ¡Vaya! ¡ya me lo ha dicho mi marido! Señora, yo al menos no he pertenecido más que á uno, pero ¿y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo.
El tiro le dió en la cabeza a doña Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó a decir:
—¡Baje usted, vieja cochina, que le voy a machacar esa
sucia boca! ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!
La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, y pronto se la vió bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.
Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habrían venido a las manos, si no hubiese llegado el alférez.
—Pero ¡señoras!... ¡Don Tiburcio!
—¡Eduque usted mejor á su mujer, cómprele mejores vestidos, y si no tiene dinero, robe usted á los del pueblo, que para eso tiene usted soldados!—gritaba doña Victorina.
-¡Aquí estoy, señora! ¿por qué no me machaca V. E. la boca? ¡Usted no tiene más que lengua y saliva, doña Excelencias!
—¡Señora!-decía el alférez furioso;—dé usted gracias que yo me acuerde de que es usted mujer, que sino la reventaba a puntapiés con todos sus rizos y cintajos!
—¡Se... señor alférez!
—¡Ande usted , matasanos! ¡No lleva usted pantalones, Juan Lanas!
Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos é injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro a la vez y decían tantas cosas, que desprestigian á ciertas clases, sacando á relucir muchas verdades, renunciamos aquí á escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen á las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.
—¡Señores, señoras! ¡qué vergüenza! ¡Señor alférez!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—¿Qué se mete usted aquí, hipócrita, carlistón?
—¡Don Tiburcio, llévese usted á su señora! ¡Señora, contenga usted su lengua!
—¡Eso dígaselo usted á esos roba pobres!
Poco a poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenazándose é insultándose, se fueron separando poco a poco. Fray Salví iba de una parte á otra animando el espectáculo; ¡si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese estado presente!...
—¡Hoy mismo nos vamos á Manila y nos presentamos al Capitán general!—decía furiosa doña Victorina á su marido.—Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!
—Pe... pero, mujer, y ¿los guardias? ¡yo estoy cojo!
—Debes desafiarle à pistola o sable, o sino... sino...
Y doña Victorina le miró en la dentadura.
—Hija , no he cogido nunca...
Doña Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. Él, medio llorando, y ella echando chispas, llegaron a casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquieto no poco al ver á sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.
—Primo,—dice doña Victorina,—tú desafías ahora mismo al alférez, ó sino...
—Y ¿por qué? pregunta Linares sorprendido.
—Le desafías ahora mismo, ó sino digo aquí á todos quién eres tú.
—Pero ¡doña Victorina!
Las tres amigas se miran.
—¿Te parece? ¡El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres! La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!
-¡Abá! -dijo Sinang; —¡se han peleado y no lo hemos visto!
—¡El alférez le rompió los dientes al doctor!—añadió Victoria.
—Hoy mismo nos vamos á Manila; tú, te quedas aquí<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXLVII"/>á desafiarle, y sino le digo á don Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo...
—¡Pero, doña Victorina, doña Victorina!-interrumpe pálido Linares acercándose á ella,—cálmese usted; no me haga usted recordar...—y añadió en voz baja:—No sea usted imprudente, precisamente ahora .
A la sazón que pasaba esto, llegaba capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lasak.
No le dejó tiempo doña Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz.
—Linares le va a desafiar, ¿oye usted? ¡Si no, no le deje usted que se case con su hija, no lo permita usted! Sino tiene valor, no merece á Clarita...
—¿Con que te casas con ese señor?—pregunta Sinang cuyos alegres ojos se llenan de lágrimas;—yo sabía que eras discreta, pero no voluble.
María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos a su padre, á doña Victorina y á Linares. Éste se ruboriza, capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:
—Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones a que te insulten hasta los perros.
Pero la joven no contestó y dijo a sus amigas:
—Conducidme a mi cuarto, que no puedo andar sola.
Ayudáronla á levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.
Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta á capitán Tiago, la cual ascendió á algunos miles, y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al tímido Linares le confiaron el papel de vengador.
<section end="CapXLVII"/>
<section begin="CapXLVIII"/>{{t3|XLVIII}}
{{t4|EL ENIGMA}}
{{derecha|Volverán las obscuras golondrinas... (Becquer).}}
Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día si-<section end="CapXLVIII"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>guiente. Su primera visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel, que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.
—Pase usted,—decía la tía en su medio castellano;—María, don Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha descomulgado.
Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa, la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como sus afilados dedos.
A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero, faltándole las fuerzas, bajo los ojos y dejó caer el abanico.
Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo adelantarse y murmurar tembloroso:
—Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás mejor de lo que yo creía .
María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra y continuaba con los ojos bajos.
Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el
vergonzoso joven sostuvo con altivez.
—Vamos, veo que mi llegada no era esperada,—repuso lentamente;—María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos veremos... con seguridad.
Estas últimas palabras fueron acompañadas de una mirada para Linares. La joven levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía, tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.
—¿Podré venir mañana?
—Ya sabes que para mi siempre eres bien venido,—contestó ella apenas.
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Elultimolicantropo
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?
—¡Oh, mujer al fin!—murmuraba.
Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada, iba y venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió a su encuentro.
—Don Crisóstomo,—dijo,—al fin ha llegado usted ; todos le esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro diez de alto ; dentro de dos dias tendrán la altura de un hombre. No he admitido más que molave, dungon , ipil, langil; he pedido tíndalo, malatapay, pino y narra <ref>Molave macho, ''Vitex geniculata'' , P. Bl .; molave hembra. ''Vitex op.'' Dungon. ''Heritiera littoralis'' o ''Heritiera sylvatica Vid'' . Ipil. ''Afzelia bijuga'' o ''Eperua decandra,'' P. Bl., leguminobus Langil, ''Mimosa lebbek (?)'', P. Bl., Tindalo o balayon, ''Eperua rhomboidea'', Bl. Malapatay, ''Diospyros embrioptesis,'' Bl. Pino ó palo -pino, ''Pinus Merkusi,'' Junk et Vrieuse. ''Pinus insularis,'' Lindl. Narra colorada,madera roja parecida á la caoba, ''Pterocarpus Santalinus,'' L.; Darra blanca o arana, ''Pterocarpus pallidus,'' Bl.</ref> para las obras muertas. ¿Quiere usted visitar los subterráneos?
Los trabajadores saludaban respetuosos.
—Aquí está la canalización que me he permitido añadir,—decía Ñor Juan;—estos canales subterráneos conducen á una especie de depósito que hay á treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto no había en el plano. ¿Le disgusta á usted?
—Todo lo contrario; lo apruebo y le felicito por su idea; usted es un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió usted?
—Conmigo, señor,—contestaba el viejo modestamente.
—¡Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo me ha invitado á comer.
-¡Aba, señor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está, y sin embargo sigue tan gordo.
—¿Cómo?
—Ya lo creo; hace un año dió un bastonazo al coadjutor y el coadjutor es tan sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXLVIII"/>Ibarra divisó á Elias entre los trabajadores; éste le saludó como los demás, pero con una mirada le dió á entender que tenía algo que decirle.
—Ñor Juan,—dijo Ibarra ;—¿quiere usted traerme la lista de los trabajadores?
Ñor Juan desapareció, é Ibarra se acercó á Elías, que levantaba solo una gruesa piedra y la cargaba en un carro.
—Si me podéis conceder, señor, algunas horas de conversación, paseaos luego la tarde á orillas del lago y embarcaos en mi banca, pues tengo que hablaros de graves asuntos; -dijo Elías alejándose, después de ver el movimiento de cabeza del joven.
Ñor Juan trajo la lista, pero en vano la leyó Ibarra; el
nombre de Elias no figuraba allí.
<section end="CapXLVIII"/>
<section begin="CapXLIX"/>{{t3|XLIX}}
{{t4|LA VOZ DE LOS PERSEGUIDOS}}
Antes de ocultarse el sol, ponía Ibarra el pie en la banca de
Elías, á la orilla del lago. El joven parecía contrariado.
—Perdonad, señor,—dijo Elías con cierta tristeza, al verle;—perdonad que me haya atrevido á daros esta cita; quería hablaros en libertad y aquí no tendremos testigos: dentro de una hora podemos volver.
—Os equivocáis, amigo Elías,—contestó Ibarra procurando sonreír; —me tenéis que conducir á ese pueblo cuyo campanario vemos desde aquí. La fatalidad me obliga á ello.
—¿La fatalidad?
—Si ; figuráos que al venir me encuentro con el alférez, que se esfuerza en ofrecerme su compañía; yo que pensaba en vos y sabía que os conocía, para alejarle le he dicho que me iba a ese pueblo, en donde tendré que estar todo el día, pues el hombre me quiere buscar mañana á la tarde.
—Os agradezco esta atención, pero debíais sencillamente invitarle á que os acompañara,—contestó Ellas con naturalidad.
—¡Cómo! ¿y vos?
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—No me habría reconocido, pues la única vez que me vió no podía pensar en hacer mi filiación.
—¡Estoy de malas!—suspiró Ibarra, pensando en María Clara.—¿Qué teníais que decirme?
Elías miró alrededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se había ocultado y, como en estas latitudes el crepúsculo apenas dura, comenzaban las sombras á extenderse, y hacían brillar el disco de la luna en su lleno.
—Señor,—repuso Elías con voz grave,—soy portador de los deseos de muchos desgraciados.
—¿De los desgraciados? ¿Qué queréis decir?
Elías le refirió en pocas palabras la conversación que había tenido con el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que éste abrigaba y sus amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elías concluyó su relato, reinó un largo silencio, que Ibarra fué el primero en romper:
—¿De modo que desean?...
—Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la administración de justicia, es decir, piden una mirada paternal por parte del Gobierno.
—Reformas ¿en qué sentido?
—Por ejemplo: más respeto a la dignidad humana, más seguridades al individuo, menos fuerza a la fuerza ya armada, menos privilegios para este cuerpo que fácilmente abusa de ellos.
—Elías,—contestó el joven,—yo no sé quién sois, pero adivino que no sois un hombre vulgar; pensáis y obráis de otra manera que los otros. Vos me comprenderéis, si os digo que si bien el estado actual de las cosas es defectuoso, más lo sería si se cambiase. Yo podría hacer hablar á los amigos que tengo en Madrid, pagándolos, podría hablar al Capitán general, pero ni aquellos conseguirían nada, ni éste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo daría jamás un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora necesarias: son lo que se llama un mal necesario.
Elías, muy sorprendido, levantó la cabeza y le miró atónito.
—¿Creéis vos también, señor, en el mal necesario?-preguntó con voz ligeramente temblorosa;—¿creéis que para hacer el bien se necesita hacer el mal?
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>—No; creo en él como en un remedio violento de que nos valemos cuando queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el país es un organismo que padece una enfermedad crónica, y para sanarle, el gobierno se ve precisado a usar de medios, duros y violentos si queréis, pero útiles y necesarios.
—Mal médico es, señor, aquel que sólo busca corregir los síntomas y sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal, o conociéndolo, teme atacarlo. La guardia civil tiene no más que este fin: represión del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple más que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad sólo puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro país, como no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el gobierno, éste debe ser indulgente, no sólo porque necesita indulgencia, sino porque el individuo, descuidado y abandonado por él, tiene menos luces. Además, siguiendo vuestra comparación, el tratamiento que se aplica a los males del país, es tan destructor que sólo se deja sentir en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. ¿No sería más razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un poco la violencia del medicamento?
—Debilitar á la guardia civil sería poner en peligro la seguridad de los pueblos.
—¡La seguridad de los pueblos!—exclamó Elías con amargura.—Pronto hará quince años que estos pueblos tienen su guardia civil, y ved: aun tenemos tulisanes, aun oímos que se saquean pueblos, aun se ataja en los caminos; los robos continúan y no se averiguan los autores; el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no así el pacífico habitante del pueblo. Preguntad a cada honrado vecino si mira esta institución como un bien, una protección del gobierno y no como una imposición, un despotismo cuyas demasias hieren más que las violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero raras, y contra ellas está uno facultado para defenderse; contra las vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. ¿Qué efecto produce esta institución en la vida de nuestros pueblos ? Paraliza las comu-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>nicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas; se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula, ha de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse saludar de grado ó por fuerza, aun en la obscuridad de la noche, en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar a los campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar: hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un pacífico habitante á quien el jefe debía favores; no hay la seguridad del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel o la casa salen y prenden a todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante el día; ¿queréis más? pues durante estas fiestas han continuado los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de ellos; ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia de los hombres? ¡Ah, señor, si á esto llamáis conservar el orden!...
—Convengo en que hay males,—replicó Ibarra,—pero aceptemos estos males por los bienes que los acompañan. Esta institución puede ser imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que el número de los criminales aumente.
—Decid más bien que por este terror aumenta el número,—rectificó Elías.—Antes de la creación de este cuerpo, todos los malhechores casi, con excepción de muy pocos, eran criminales por el hambre; pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la carestía, y los caminos se veían otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros, tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro país, los que tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta, un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasías de este poder, el temor á atroces suplicios los arrojan para siempre de la sociedad y los condenan á matar o á morir. El terrorismo de la
guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como un tulisan lucha y se defiende en la montaña mejor que un soldado de quien se burla, resulta que no somos<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>capaces de extinguir el mal que hemos creado. Acordaos de lo que ha hecho la prudencia del Capitán general, de la Torre: el indulto, concedido por él á esos infelices, ha probado que en estos montes late aún el corazón del hombre y sólo espera el perdón. El terrorismo es útil cuando el pueblo es esclavo, cuando el monte no tiene cavernas, cuando el poder pone apostado detrás de cada árbol un centinela y cuando en el cuerpo del esclavo sólo hay estómago y tripas; pero, cuando el desesperado que lucha por la vida siente su brazo fuerte, latir su corazón y su sér llenarse de bilis, ¿podrá el terrorismo apagar el incendio al que libra combustibles?
—Me confundís, Elías, al oíros hablar así; creería que tenéis razón si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho,—no os déis por ofendido, pues os excluyo y os miro como una excepción;—ved quiénes son los que piden esa reforma. ¡Casi todos criminales o gentes que están para serlo!
—Criminales o futuros criminales, pero ¿por qué lo son? Porque se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus más caras afecciones, y al pedir protección à la justicia, se han convencido de que sólo la podían esperar de sí mismos. Pero os equivocáis, señor, si creéis que sólo la piden los criminales; id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos suspiros de las familias y os convenceréis de que los males que la Guardia civil corrige, son iguales, si no menores, à los que ella continuamente causa. ¿Deduciríamos por esto que son criminales todos los vecinos? Entonces ¿para qué defenderlos de los otros? ¿por qué no destruirlos a todos?
—Algún error existe aquí que se me escapa ahora, algún error en la teoría que deshace la práctica, pues en España, en la patria, este cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades.
-No lo dudo: quizás esté allá mejor organizado, el personal más selecto; acaso también porque España lo necesite, pero no Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se invocan cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, señor; ¿por qué no han adoptado esta institución las otras naciones, que por su vecindad á España debían parecérsele más que Filipi-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>nas? ¿Será por esto que tienen aún menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos asesinatos y se dan menos puñaladas en sus grandes capitales?
Ibarra bajó la cabeza como meditando, después la levantó y contestó:
—Esta cuestión, amigo mío, necesita un serio estudio; si mis indagaciones me dicen que esas quejas son fundadas, escribiré á mis amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed que el gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada, para hacerse respetar, y autoridad para imponer.
—Eso, señor, cuando el gobierno está en guerra con el país; mas, para bien del gobierno, no debemos hacer creer al pueblo que está en oposición contra el poder. Y si así fuese, si prefiriésemos la fuerza al prestigio, debíamos mirar bien à quién damos esta fuerza ilimitada, esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes, llenos de pasiones, sin educación moral, sin honradez probada, es un arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero creer con vos que el gobierno necesita este brazo; pues que escoja bien su brazo, que escoja los más dignos; y puesto que prefiere darse autoridad á que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que sabe dársela.
Elías hablaba con pasión, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el timbre de su voz resonaba vibrante. Siguió una solemne pausa: la banca, no impelida por el remo, parecía mantenerse tranquila sobre las aguas; la luna resplandecía majestuosa en un cielo de zafir, algunas luces brillaban a lo lejos de la ribera.
—Y ¿qué más piden?—preguntó Ibarra.
—Reforma del sacerdocio—respondió con voz desalentada y triste Elías;—los desgraciados piden más protección contra...
—¿Contra las órdenes religiosas ?
—Contra sus opresores, señor.
—¿Habrá olvidado Filipinas lo que á estas órdenes debe? ¿Habrá olvidado la inmensa deuda de gratitud á los que los han sacado del error para darles la fe, a los que los han amparado contra las tiranías del poder civil? ¡He aquí el mal de desconocer la historia patria!
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>Elías, sorprendido, apenas podía dar crédito á lo que oía.
—Señor,—repuso con voz grave;—acusáis de ingratitud al pueblo; permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misión, de la caridad cristiano, tan manoseada; prescindamos de la historia, no preguntemos que ha hecho España del pueblo judío, que ha dado à toda Europa, un libro, una religión y un Dios; qué ha hecho del pueblo árabe que le ha dado cultura, ha sido tolerante con su religión y ha despertado su amor propio nacional, aletargado, destruído casi durante la dominación romana y goda. Decís que nos han dado la fe y nos han sacado del error: ¿llamáis fe á esas prácticas exteriores, religión á ese comercio de correas y escapularios, verdad a esos milagros y cuentos que oímos todos los días? ¿Es esta la ley de Jesucristo? Para esto no necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos á una gratitud eterna: la superstición existía mucho antes, sólo necesitaba perfeccionarla, y subir el precio de las mercancías. Me diréis que, por imperfecta que fuese nuestra religión de ahora, es preferible á la que teníamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara, pues por ella hemos renunciado a nuestra nacionalidad, á nuestra independencia; por ella hemos dado á sus sacerdotes nuestros mejores pueblos, nuestros campos y damos aún nuestras economías con la compra de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artículo de industria extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me habláis de la protección dada contra los encomenderos <ref>En otro tiempo propietarios de tierras, quienes para cultivarlas utilizaban el trabajo de los indios, sujetos á servidumbre real, Elías alude á las luchas sostenidas por los frailes contra los primitivos colonos</ref>, os podría contestar que por ellos caímos bajo el poder de estos encomenderos; pero no, reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor a la humanidad guiaban a los primeros misioneros que vinieron a nuestras playas; reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; sé que la España de entonces abundaba en héroes de todas clases, así en lo religioso, como en lo político, en lo civil y en lo militar. Pero porque los antepasados fueron virtuo-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>sos, ¿consentiríamos el abuso en sus degenerados descendientes? Porque se nos ha hecho un gran bien, ¿seríamos culpables por impedir que nos hagan un mal? El país no pide la abolición, sólo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias y las nuevas necesidades.
—Yo amo á nuestra patria, como la podéis amar vos, Elías; comprendo algo lo que desea, he oído con atención lo que dijísteis, y con todo, amigo mío, creo que vemos un poco con los ojos de la pasión: aquí menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.
—¿Será posible, señor?—preguntó Elías extendiendo con desaliento las manos—¿no véis la necesidad de reformas, vos, cuyas desgracias de familia...
—¡Ah, yo me olvido de mí y olvido mis propios males ante la seguridad de Filipinas, ante los intereses de España!—interrumpió vivamente Ibarra.—Para conservar á Filipinas es menester que continúen como son los frailes, y en la unión con España está el bien de nuestro país.
Ibarra había concluído ya de hablar, y Elías escuchaba aún; su fisonomía está triste, sus ojos han perdido su brillo.
—Los misioneros han conquistado el país, es verdad —repuso—¿creéis que por los frailes se conservará Filipinas?
—Sí, sólo por ellos, así lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas.
—¡Oh!—exclamó Elías arrojando con desaliento el remo en la banca—no creía que tuviéseis tan pobre idea del gobierno y del país. ¿Por qué no despreciáis á uno y otro? ¿qué diríais de una familia que sólo vive en paz por la intervención de un extraño? ¡Un país que obedece porque se le engaña, un gobierno que manda porque se vale del engaño, un gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por el mismo! Perdonad, señor, pero creo que vuestros gobierno es torpe y suicida cuando se alegra de que tal se crea. Os doy gracias por vuestra amabilidad; ¿á dónde queréis que os conduzca ahora?
—No—repuso Ibarra; discutamos, es menester saber quién tiene la razón en materia tan importante.
—Perdonad, señor—contestó Elías sacudiendo la cabeza —no soy bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna educación, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis palabras os parecerán siempre sos-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>pechosas. Los que han expresado la opinión contraria son españoles, y como tales, aunque digan trivialidades o simplezas, el tono, los títulos y el origen las consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de combatirlos. Además, cuando veo que vos que amais vuestro país, vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os habéis visto provocado, insultado y perseguido, conserváis tales opiniones a pesar de todo y de vuestra ilustración, empiezo a dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo se equivoque. He de decir á esos desgraciados que han puesto su confianza en los hombres, que la pongan en Dios ó en sus brazos. Os doy de nuevo las gracias y mandad á dónde os debo conducir.
—Elías, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazón y me hacen también dudar. ¿Qué queréis? No me he educado en medio del pueblo, cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niñez en el colegio de los jesuitas, he crecido en Europa, me he formado en los libros y he leído sólo lo que los hombres han podido traer á la luz: lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores, eso lo ignoro. Con todo, amo como vos nuestra patria, no sólo porque es deber de todo hombre amar el país a quien debe el sér y a quien deberá acaso el último asilo; no sólo porque mi padre me lo ha enseñado así, porque mi madre era india, y porque todos mis más hermosos recuerdos viven en él; ¡le amo además porque le debo y le deberé mi felicidad!
—Y yo porque le debo mi desgracia—murmuró Elías.
—Si, amigo mío, sé que sufrís; sois desgraciado, y esto os hace ver obscuro el porvenir é influye en vuestra manera de pensar; por esto escucho con cierta prevención vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar los motivos, parte de ese pasado...
—Mis desgracias reconocen otro origen, si supiese que iban a ser de alguna utilidad, os las referiría, pues aparte de que no hago de ellas ningún misterio, son bastante conocidas de muchos.
—Acaso al saberlas rectifique mis juicios; sabéis que desconfío mucho de las teorías, me guío más por los hechos.
Elías permaneció pensativo algunos instantes.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapXLIX"/>—Si es así, señor—repuso—os referiré brevemente mi historia.
<section end="CapXLIX"/>
<section begin="CapL"/>{{t3|L}}
{{t4|LA FAMILIA DE ELÍAS}}
«Hará unos sesenta años vivía mi abuelo en Manila y servía de tenedor de libros en casa de un comerciante español. Mi abuelo era entonces muy joven, estaba casado y tenía un hijo. Una noche, sin saberse cómo, ardió el almacén, el incendio se comunicó a toda la casa y de ésta á otras muchas. Las pérdidas fueron innumerables, se buscó un criminal y el comerciante acusó á mi abuelo. En vano protestó, y como era pobre y no podía pagar a los célebres abogados, fué condenado á ser azotado públicamente y paseado por las calles de Manila. No hace mucho se usaba todavía este castigo infamante, que el pueblo llama ''caballo y vaca,'' peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado de todos menos de su joven esposa, vióse atado á un caballo, seguido de una cruel multitud, azotado en cada esquina, a la faz de los hombres, sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de paz. Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho la venganza de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos, le tuvieron que sacar del caballo, pues había perdido el sentido, y ¡ojalá hubiese muerto! Por una de esas crueldades refinadas le dieron la libertad: su pobre mujer, en cinta entonces, en vano mendigó de puerta en puerta trabajo ó limosna para cuidar al enfermo marido y al pobre hijo, ¿quién se fía de la mujer de un incendiario e infame? ¡La esposa, pues, tuvo que dedicarse a la prostitución.»
Ibarra se levantó de su asiento.
«¡Oh, no os inquieteies! la prostitución no era ya una deshonra para ella ni un deshonor para el marido: honor y vergüenza ya no existían. El marido curó de sus heridas у vino á ocultarse con su mujer é hijo en los montes de esta provincia. Aquí parió la mujer un feto estropeado y lleno de enfermedades, que tuvo la fortuna de morir. Aquí vivieron algunos meses aun, miserables, aislados, odiados y temidos de todos. No pudiendo mi abuelo sopor-<section end="CapL"/><noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>tar su miseria y menos valeroso que su mujer, se ahorcó, desesperado de ver á su esposa enferma, privada de todo auxilio y cuidado. El cadáver se pudrió a la vista del hijo, que apenas podía cuidar a su madre enferma, y el mal olor lo descubrió a la justicia. Mi abuela fué acusada y condenada por no haber dado parte; se le atribuyó la muerte de su marido y se creyó esto, pues ¿de qué no es capaz la mujer de un miserable, que después fué prostituta? Si jura, la llaman perjura, si llora la dicen que miente, y blasfema si invoca a Dios. Sin embargo, le tuvieron consideración y esperaron su alumbramiento para después azotarla: sabéis que los frailes extienden la creencia de que a los indios únicamente se les puede tratar á palos: leed lo que dice el padre Gaspar de S. Agustín.
«Condenada así una mujer, maldecirá el día en que su hijo salga á luz: lo cual es, además de prolongar el suplicio, violentar los sentimientos maternales. La mujer parió con felicidad por desgracia, y por desgracia también el niño nació robusto. Dos meses después cumplióse la sentencia con gran satisfacción de los hombres, que así creían cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huyó con sus dos hijos a la vecina provincia y allí vivieron como fieras: odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisan tan luego como se halló con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de ''Bálat'' se extendió de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en su venganza todo lo llevaba á sangre y fuego. El menor, que había recibido de la Naturaleza un corazón bueno, habíase resignado con su suerte é infamia al lado de su madre: vivían de lo que el bosque daba, vestíanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes, ella había perdido su nombre, sólo se la conocía por los apelativos de delincuente, prostituta, apaleada; él era únicamente conocido por el hijo de su madre, porque por la dulzura de su carácter no le creían hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad de los indios. Al fin, el famoso Balat cayó un día en poder de la justicia, que le pidió estrecha cuenta de sus crímenes, ella que nada hizo para enseñarle el bien; y una mañana, buscando el joven á su madre, que había ido al bosque para coger hongos y aun no había vuelto, encontróla ten-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>dida en tierra, á orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, ¡y ve en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza
del hermano!»
—¡Dios mío!—exclamó Ibarra.
—«¡Eso pudo exclamar mi padre!—continuó Elías friamente.—Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido, y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron delante de la cabaña de la madre !»
Ibarra bajó la cabeza.
—«El joven huyo como un maldito - continuó Elías—huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economia logró hacerse un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trato de defenderse, lo admitió todo y fué enviado à presidio. La joven dió á luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fue muy venturosa; mi her-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>mana y yo nos educamos juntos, nos amábamos como sólo se aman dos gemelos que no conocen otros amores. Muy joven fui a estudiar en el colegio de los jesuítas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pasó a la pensión de la Concordia. Concluída nuestra corta educación, porque únicamente deseábamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para tomar posesión de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algún tiempo felices, el porvenir nos sonreía, teníamos muchos criados, nuestros campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vísperas de casarse con un joven á quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por cuestiones pecuniarias, por mi carácter entonces altivo, me enajené la voluntad de un lejano pariente, y un día me echó en cara mi tenebroso nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo creí una calumnia y pedí satisfacción; la tumba en que dormía tanta podredumbre se volvió a abrir y la verdad salió para confundirme. Para mayor desdicha, teníamos desde hace años un criado viejo, que sufría todos mis caprichos sin dejarnos nunca, contentándose sólo con llorar y gemir entre las burlas de los otros servidores. Yo no sé cómo lo averiguó mi pariente; el caso es que citó ante la justicia á este viejo y le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que se pegaba á sus queridos hijos y á quien yo había maltratado varias veces. Nuestra dicha se desvaneció, renuncié á nuestra fortuna, mi hermana perdió su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para ir a otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuído a nuestra desgracia acortó los días del anciano, de cuyos labios supe todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.
»Ella lloró mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir una palabra, vió casarse con otra á su antiguo novio, y yo la vi poco a poco enfermarse sin poderla consolar. Un día desapareció; en vano la busqué por todas partes, en vano pregunté por ella, hasta que seis meses después supe que por aquella época, después de una crecida del lago, se había encontrado en la playa de Calamba, entre unos arrozales, el cadáver de una joven, ahogada ó asesinada; tenia, según dicen, un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>pueblo hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se presento á reclamar el cadáver, ninguna joven había desaparecido por las señas que me dieron después, por el traje, las alhajas, la hermosura de su rostro y su abundantísima cabellera, reconocí en aquella á mi pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos, á veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y continúo mi camino. He aquí brevemente relatada mi historia, y la historia de uno de los juicios de los hombres».
Elías se calló y continuó remando.
—Voy creyendo que no os falta razón,—murmuró en voz baja Crisóstomo, —cuando decís que la justicia debía procurar el bien por la recompensa de la virtud y la educación de los criminales. Sólo que... esto es imposible, utópico; pues ¿de dónde sacar tanto dinero, tantos nuevos empleados?
—Y ¿para qué están los sacerdotes que pregonan su misión de paz y caridad? ¿Será más meritorio mojar con agua la cabeza de un niño, darle a comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un criminal esa centella, dada por Dios á cada hombre para buscar el bien? ¿Será más humano acompañar á un reo al patíbulo, que acompañarle por la difícil senda que conduce del vicio a la virtud? No se pagan también espías, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio, cuesta dinero también.
—Amigo mío, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos
—Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo, uníos al pueblo, no desoigáis sus voces, dad ejemplo a los demás. ¡dad la idea de lo que se llama una patria!
—Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.
—¡Esperar, esperar equivale a sufrir!
—Si lo pidiese, se me reirían.
—Y ¿si el pueblo os sostiene?
—¡Jamás! no seré yo nunca el que he de guiar å la multitud á conseguir por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, ¡no! Y si yo viera alguna vez á esa multitud ar-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude>mada, me pondría del lado del gobierno y la combatiría, pues en esa turba no vería a mi país. Yo quiero su bien, por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instrucción, por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.
—¡Sin lucha tampoco hay libertad!—contestó Elías.
—¡Es que no quiero esa libertad!
—Es que sin libertad no hay luz,—replicó el piloto con viveza;— decís que conocéis poco vuestro país, lo creo. No véis la lucha que se prepara, no véis la nube en el horizonte; el combate comienza en la esfera de las ideas para descender á la arena, que se teñirá en sangre; oigo la voz de Dios, ¡ay de los que quieran resistirle! ¡para ellos no se ha escrito la historia!
Elías estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil, iluminado por la luna, tenía algo de extraordinario. Sacudió su abundante cabellera, у continuo:
—¿No véis como todo despierta? El sueño duró siglos, pero un día cayó el rayo, y el rayo, al destruir, llamó la vida; desde entonces nuevas tendencias trabajan los espiritus, y estas tendencias, hoy separadas, se unirán un día guiadas por Dios. Dios no ha faltado a los otros pueblos, tampoco faltará al nuestro; su causa es la causa de la libertad.
Un silencio solemne siguió á estas palabras. Entretanto la banca, llevada insensiblemente por las olas, se acercaba a la orilla. Elías fué el primero que rompió el silencio.
—¿Qué he de decir á los que me envían ?—preguntó cambiando de tono.
—Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen, pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia todos tenemos nuestras culpas.
Elías no volvió a replicar: bajó la cabeza, continuo remando, y llegado a la orilla, se despidió de Ibarra, diciendo:
—Os doy gracias, señor, por la condescendencia que habéis tenido conmigo; en interés vuestro os pido que en adelante os olvidéis de mí y no me reconozcáis en cualquiera situación que me encontréis.
Y dicho esto, volvió a conducir la banca, remando en<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Elultimolicantropo" /></noinclude><section begin="CapL"/>dirección á una espesura en la playa. Durante la larga travesía permaneció silencioso; parecía no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el remo sacaba y devolvía al lago donde desaparecían misteriosos entre las azules ondas.
Por fin llego; un hombre salió de la espesura y se le acercó.
—¿Qué digo al capitán? — preguntó.
—Dile que Elías, si no muere antes, cumplirá su palabra,—contestó tristemente.
—Entonces ¿cuándo te reunirás con nosotros?
—Cuando vuestro capitán crea que ha llegado la hora del peligro.
—¡Está bien, adiós!
—¡Si no muero antes!—murmuró Elías.
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El pudibundo Linares está serio y lleno de inquietud; acaba de recibir una carta de doña Victorina, que dice así:
«Estimado primo: Dentro de tres días espero saber de ti ci ya te á matado el alférez ó tu hael no qiero que pase un dia mas cin que eze animal tenga su castigo si pasa este plazo iaun no leas desafiao haese le digo ha don Santiago que jamas fuiste segretario ni dabas bromas á Canobas ni ivas de golgorio con el general don arseño Martines le digo ha Clarita que todo es bola ino te doy ni un quarto mas si le desafias te prometo todo lo que qieras con que haver si le deza fías te prebengo que no hay es qucas ni motibos.
Tu prima que te qiere de coracon
{{Centrar|Victorina de los Reyes de Espadaña.}}
Sampaloc lunes a las 7 de la Noche. »
El asunto era serio : Linares conocía el carácter de doña Victorina y sabia de qué era capaz; hablarle de razón era
hablar de honradez y urbanidad á un carabinero de Hacienda, cuando se propone encontrar contrabando donde no lo hay; suplicar era inútil; engañar, peor; no había más remedio que desafiar.
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El arte, nos contestamos, es la manifestacion de nuestra vida interior por medio del símbolo, la creacion de objetos que puedan herir vivamente el alma y los sentidos, la revelacion de las misteriosas armonías que brotan á cada paso sobre la superficie general del mundo. No es la reproduccion ni la imitacion de la naturaleza: se encarna en los seres que le rodean, pero no los reproduce ni los imita; los crea, les da una nueva existencia comunicándoles las impresiones, las sensaciones y los sentimientos del artista. Reflejo constante del hombre, varia con los siglos, crece de generacion en generacion, traza al vivo todas las revoluciones políticas y sociales, determina el carácter de las épocas por que vá pasando, consigna las aspiraciones de la sociedad en que vive, bosqueja el cuadro que presentarán los pueblos destinados á ocupar el lugar de los que van sucumbiendo en las luchas que los agitan y conmueven. Marcha con la humanidad: llora con ella sobre las ruinas de los imperios, canta con ella los triunfos del derecho sobre la fuerza, de la libertad<noinclude></noinclude>
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|[[/Introduccion.|Introduccion.]]|1
|[[/Capítulo I.|Capítulo I.]]—Ligera ojeada sobre la historia general del arte hasta el siglo XV|19
|[[/Capítulo II.|Capítulo II.]]—Estado de la pintura en España durante la edad media.|61
|[[/Capítulo III.|Capítulo III.]]—Estudios sobre la edad media: reflexiones sobre el carácter de la pintura de aquella época.|143
|[[/Capítulo IV.|Capítulo IV.]]—Arte moderno.—Ojeada general sobre la historia de la pintura italiana.|351
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''Advertencia'': Con la última entrega de la obra se acompañará el guion que indique donde deban colocarse los grabados. No se hace ahora por pertenecer al tomo II la mayor parte de los que se han repartido, y no haberse publicado aun algunos correspondientes á este tomo I.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|6|HISTORIA|}}</noinclude>del raso, el claro-oscuro del terciopelo y la trasparencia del tul y del encaje. La hermosura y contraste de líneas, la exactitud en los trages, la nobleza y gallardía de las figuras, el acierto en agruparlas, cierta unidad afectada en la composicion son las principales dotes de sus cuadros históricos, un misticismo exagerado y mal entendido, hijo no de la fé sino de la imitacion, no del sentimiento sino de un estudio mas ó menos detallado sobre los tipos que nos ha legado el cristianismo en su mayor grandeza, cierta vaguedad afectadísima en las formas, cierto amaneramiento inevitable constituyen el carácter de sus cuadros religiosos. Imitadores casi siempre y cuando no, mas rimadores que poetas, mas artífices que artistas. Si alguna vez pretenden abrir á nuestros ojos el seno de la naturaleza, ¿hacen tampoco mas que hablar á los sentidos con ingeniosas perspectivas, con valles fecundos donde corre el agua entre frondosas alamedas, con pintorescas colinas, con cerros coronados de muros y torreones, con celages bañados en la tibia luz de la mañana ó cubiertos de colores por los últimos rayos del sol al precipitarse al occidente? Reproducen, imitan, se acercan mas ó menos á la belleza ideal; pero no sienten ni hacen sentir, no sumergen nuestra alma en ese mar, ya de placer, ya de melancolia, en que la agita dulcemente el mas pálido espectáculo del mundo, de ese mundo inmenso en que, fermentando sin cesar la vida, brotan á cada paso nuevas armonías que para llegar á ser arte no aguardan sino que uno de nuestros sentidos las recoja.
No existe pues el arte en España: ¿ha existido?
Prescindiremos de la edad media, época en que el sentimiento religioso fué en todo el mundo cristiano un manantial inagotable para el arte; fijaremos la atencion en el renacimiento, nos concretaremos á un período de cerca de dos siglos que empezó con las guerras de Italia y feneció con los reyes de la casa de Austria.
Durante ese período hubo en Europa una gran revolucion, la de la Reforma. La duda sucedió á la creencia, la razon á la<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|7}}</noinclude>fé, la ciencia á la religion, el fraccionamento á la unidad, la soberanía de las naciones á la supremacia absoluta de los sucesores de San Pedro, á la omnipotencia humana del catolicismo. Declamose entonces contra la idolatría de las imágenes, levantose una voz poderosa contra el culto esterior, proscribiose del
templo al arte que habia dominado en él por mas de nueve siglos. El sentimiento cristiano no murió, pero quedó amortiguado por las nieblas del escepticismo que fueron deshaciéndose y obrando sobre el corazon de los pueblos como el agua sobre el fuego. Nuestros artistas, sin embargo, continuaron dedicándose á los asuntos místicos, rasgaron de nuevo el cielo, volvieron á
desplegar los misterios de la Divinidad, á levantar de su tumba á los profetas, á repetir una tras otra las sublimes escenas de ese drama llamado el Evangelio, que está conmoviendo hace diez y ocho siglos las sociedades de la tierra y acabará por regenerar la humanidad, por renovar la faz del mundo. ¿No obedecieron, pues, á los sentimientos de su época? ¿no tradujeron su vida interior en las obras que nos legaron? ¿no fueron,
pues, artistas? La Reforma no fué una revolucion universal: suscitó una lucha sangrienta entre individuos é individuos, entre naciones y naciones. La España se hizo el brazo del Vaticano y combatió las nuevas ideas en el interior con la hoguera, en el
esterior con el cañon y con la espada. Cerró las fronteras á los disidentes, se replegó en su propio espíritu que era esencialmente religioso, lejos de abjurar ni debilitar sus creencias las fijó en sus banderas de guerra, pasó con ellas los mares é hizo
estremecer la tierra sentando un pié en las vírgenes llanuras de la América y otro en el suelo de la vieja Europa. El mismo calor de la lucha, la política de sus reyes que no veian unidas las provincias por otro lazo moral que por la identidad de los sentimientos cristianos, hechos á cual mas importantes, las incesantes conquistas hechas bajo el estandarte de la cruz en un continente desconocido hasta hace poco del antiguo mundo, la victoria de Lepanto que cerró para siempre los mares de Europa al<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|8|HISTORIA|}}</noinclude>mahometismo, la circunstancia de estar la ciencia vinculada principalmente en el sacerdocio, la saludable influencia que por mucho tiempo ejerció el cláustro sobre el trono, todo contribuyó entonces á fortificar en nuestra patria esas creencias que iban desfalleciendo en las naciones vecinas, esas aspiraciones religiosas que iba sofocando en otros paises el encono de los partidos, las violentas discusiones de los teólogos, los triunfos del protestantismo. Lo revelan todas las obras literarias de la época, el sinnúmero de libros ascéticos que se publicaron, el ardor con que á principios del siglo XVII se entregaron los escritores á las cuestiones Marianas, cuestiones en que tomaron parte hasta los
mismos pueblos; lo revelan hasta los cantos de los mismos poetas, cantos que casi siempre llevan impreso en sí cierto sello religioso. ¿Habian de renunciar nuestros artistas á trasladar al lienzo las escenas que nuestros romanceros ponian constantemente en la boca del pueblo, y nuestros autores dramáticos reproducian en el teatro? Sentian su corazon lleno de fé, y esplayaban esa fé en sus cuadros; veian el dedo de Dios dirigiendo nuestros ejércitos, y glorificaban á Dios con las producciones de su génio; creian en una vida futura, y reservaban sus mas bellos pensamientos para revelar á los ojos del pueblo en que vivian el vinculo de amor que une los espíritus de los justos con
el espíritu universal de que vivieron separados durante su doloroso tránsito por el mundo; miraban la sociedad al través del cristianismo, y al considerarla libre de la esclavitud con que la encadenaron las antiguas religiones, animada de una esperanza consoladora que antes no tenia, emancipada del yugo que hacian pesar sobre ella la tiranía de las repúblicas anteriores al
establecimiento de la iglesia, el orgullo de las razas conquistadoras y la division de castas se entregaban con entusiasmo á la reproduccion artística de esa Virgen que llevó en su seno al Redentor de la humanidad esclava, de ese hijo de Dios que vino á doblar la cabeza sobre una cruz para inspirar á los hombres una fraternidad, sin la cual hemos de gemir siempre en la hor-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|9}}</noinclude>fandad y en la miseria, de esos santos mártires que bajo el hacha del verdugo y en medio de las mismas llamas atestiguaron la verdad del Evangelio, de esa série no interrumpida de apóstoles que han hecho penetrar hasta el fondo de los desiertos, hasta los mas apartados confines de la tierra la luz de los rayos que alumbraron el Calvario. Seguian consagrando sus pinceles á los asuntos místicos, pero no por capricho, sino por una necesidad de su alma. Traducian en ellos su vida interior, su vida de relacion, la vida de su época, la vida de su pueblo. Fueron artistas: lo fueron á pesar de no haber alcanzado siempre esa belleza ideal que muchos de nuestros escritores dan por base al arte: lo fueron á pesar de no haber dado á todas sus figuras la espresion profundamente mística que caracteriza las que trazó el pincel de la edad media.
Fueron artistas hasta en los cuadros mitológicos, hasta en las pinturas del paganismo, esa religion puramente esterna, del todo irreconciliable con la de un Dios que exige solo el culto del corazon, no el de los sentidos. Durante la edad media los monges de muchas órdenes estuvieron recogiendo en el silencio del claustro los despojos de la civilizacion antigua. Copiaron con asiduidad los manuscritos que contenian la ciencia, la religion y la poesía del imperio, ordenaron aquellos desparejados restos de los conocimientos humanos y reconstruyeron lentamente el mundo que habia caido bajo las frámeas de los bárbaros. Tenian ya casi concluida su obra, cuando apareció la imprenta. La ciencia saltó los muros que separaban de la sociedad á los anacoretas, alumbró de nuevo la Europa y llamó la atencion de todos los hombres pensadores hácia las ruinas de Atenas, Constantinopla y Roma. Apoderóse entonces de los espíritus una especie de vértigo: todos olvidaban lo presente y sondaban la profundidad de lo pasado. Fueron estudiadas detenidamente la lengua griega y la latina, devoradas con afan las obras que sobrenadaron en el torrente de la invasion germánica, tomados sus autores por maestros y hasta por oráculos. La filosofía de Aristóteles se apo-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|10|HISTORIA|}}</noinclude>deró de las escuelas, la elocuencia se amoldó á las formas que le dieron Demóstenos y Tulio, el derecho volvió á encerrarse en las leyes de las doce Tablas, los decretos de los príncipes, las decisiones de los jurisconsultos, los edictos de los Prétores y las
resoluciones del Senado y de la plebe; la poesía calcó sus inspiraciones épicas sobre Homero y Virgilio, sus dramas sobre Sófocles y Séneca, sus arrebatos líricos sobre Pindaro y Horacio. La mitología no pudo ser admitida ya como religion; pero al ver sacadas de ella las hermosas y pintorescas imágenes con que están animados los cantos de los antiguos poetas, la consideraron como una de las mas ricas fuentes de poesía, como un elemento indispensable para dar cierto tinte heróico y maravilloso á la epopeya, y dejaron por sus bellas fábulas los cuentos de hadas de que están matizados los libros caballerescos de los siglos medios. Identificado el siglo XVI con las ideas de aquellos tiempos, no pudo al fin pensar en trabajar sin ellas. La pintura, la escultura, la arquitectura, ¿podian dejar de seguir ese movimiento universal de los espíritus? ¿podian dejar de sentir esa influencia
que esperimentaron la ciencia y la poesia? Tenian ya el símbolo del arte, pero no el ritmo, es decir la forma, la espresion del simbolo, y lo estudiaren sobre los monumentos, sobre las estátuas, sobre los sepulcros que habian podido resistir al furor de los hombres y á las tempestades do los siglos. Estudiaron sobre templos consagrados á los dioses del Olimpo, sobre figuras que
representaban esas mismas deidades, sobre sarcófagos en cuyos relieves estaban traducidos los hechos de esos mismos mitos: ¿quién con mas razon que los artistas habia de reproducir las reminiscencias de una religion, que por lo poética y variada parecia ser obra del arte? Basta echar una ojeada á las producciones monumentales del Renacimiento, para ver amalgamados los símbolos del paganismo con los del cristianismo, las ninfas con las plañideras, las sirenas con las vírgenes que se ofrecieron en holocausto ante los altares de Jesucristo, el fuego de las vestales con las hogueras de los mártires, los risueños cuadros maritimos<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|11}}</noinclude>de Neptuno con las dolorosas escenas por que pasó el hijo del hombre antes de elevarse al ciclo entre las quebradas losas del sepulcro. Basta echar una ojeada á las mas notables producciones de la escultura de los siglos XVI y XVII para verla griega y mitológica en el símbolo y el ritmo. Nuestros pintores no hicieron sino seguir el ejemplo obedeciendo en esto como en lo demás al espíritu de su época, à la fuerza de sus propias sensaciones y sentimientos, á esa misma vida de relacion que les hizo descubrir el reino de Dios, y trasladarlo a sus lienzos con la espresion vigorosa y enérgica que les daba su propia fé y la fé del pueblo. Jamás dejaron de ser artistas, jamás dejaron de pertenecer á su época.
Consagraron tambien sus pinceles á la historia, pero casi siempre á la historia contemporánea, á la pintura de los grandes hechos que ilustraron en aquel tiempo la monarquía, á la de los guerreros que la gobernaron y ensancharon sus fronteras, á la de los soldados que pasearon por toda Europa los estandartes que cubria el polvo de cien combates, á la de esa córte faustuosa y brillante que oscurecia con sus vivos resplandores el trono de otros reyes, á la de ese pueblo que vivia y se agitaba en torno suyo y les impresionaba con la originalidad de sus antiguas costumbres, cuyo orígen se perdia tal vez en las nieblas de los primeros tiempos. Refléjase en sus cuadros históricos todo el período que en estas consideraciones abrazamos: trages, armas, muebles, arquitectura, industria, todo tiene en ellos su representacion, todo puede contribuir á darnos la síntesis de esa época por mas que nos parezca á primera vista vaga, confusa, complicada. Viven casi siempre en lo presente y esto es principalmente lo que les constituye artistas: las impresiones y sentimientos de los pueblos son los suyos, y comunican á sus obras no solo el entusiasmo que las inspira, sino hasta la manera como vé su época los sucesos que vá á dejar consignados en el lienzo.
Por mas que volvamos á nuestro alrededor los ojos ¿dónde podremos encontrar ni la sombra de Velazquez, de ese gran<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|12|HISTORIA|}}</noinclude>pintor cuyo génio sin moverse nunca fuera del círculo de las ideas de su siglo, pudo legarnos la pintura exacta de todo el reinado de Felipe IV? Las creencias religiosas, los hechos militares, la córte, el pueblo, todo halló cabida en la coleccion de sus inmensas obras. Su Jesucristo en la cruz, esa noble imágen
de un Dios que al doblar la cabeza bajo el peso del dolor hace estremecer el mundo, es el mas vivo rayo de la fé religiosa de su siglo; su cuadro de las Meninas, ese cuadro lleno de ambiente en que figura la familia de Felipe con las enanas y enanos que divierten á la infanta Margarita reproducen á nuestros ojos las costumbres de la monarquía; su cuadro de las lanzas nos traza al vivo el aire marcial de los tercios castellanos que fueron el terror de Flandes y de Italia, la caballerosidad toda española de sus caudillos, hombres que casi siempre supieron conciliar
la familiaridad con la grandeza; su cuadro de las Hilanderas simboliza al pueblo en esas humildes obreras que inclinan la frente al trabajo sin sospechar aun la regeneracion social que ha de ennoblecer un dia á las hijas de sus hijas; sus retratos de príncipes y privados revelan el poder de una aristocracia que
no ha recibido ni teme recibir aun su última lanzada; su Fragua de Vulcano y su Mercurio y Argos son flores poéticas arrancadas á la antigua mitología para templar la amargura que deja en el corazon la vista de una sociedad que funda sus glorias en la ruina de otros pueblos, vive para sostener la córte y yace oscurecida por una nobleza que solo puede medrar con la guerra y
el embrutecimiento y la esclavitud del pueblo.
Nuestros pintores de los siglos XVI y XVII fueron, pues, artistas. Pintaron los misterios del cristianismo porque el cristianismo vivia aun en el fondo de todos los corazones; pintaron la brillante grandeza de la monarquía porque la monarquía era la clave del edificio social, el eje á cuyo alrededor giraban la aristocracia y el pueblo; pintaron las escenas de la mitologia porque en medio de la tendencia universal de los espíritus á una civilizacion que habian oscurecido ocho siglos de tinieblas, tomaron por<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|13}}</noinclude>objetos de arte lo que eran símbolos religiosos y confundieron la luz de la creencia con la luz de la poesia; pintaron el mundo esterior que les rodeaba porque de él habian recibido sus impresiones, sobre él se habian desarrollado sus sentimientos y quisieron simbolizar esas mismas impresiones y esos mismos sentimientos en los seres que lo componian, en esa inmensa multitud de seres cuyas relaciones modificadas incesantemente por la accion de unos sobre otros, producen la infinita variedad de espectáculos con que deja atras la naturaleza las mas ardientes fantasias. Los pintores de hoy quieren seguir aun sus huellas y hé aquí donde revelan que no son artistas. Pintan los misterios del cristianismo cuando ha estendido sobre él sus vastas sombras la filosofía, la poesía, la profunda tristeza y la sombria desesperacion que está escitando en nosotros la vista de nuestros propios males; pintan la grandeza de la monarquía cuando la corona de los reyes no arroja mas que falsos resplandores, cuando está ya manchada con sangre de príncipes decapitados por los pueblos, cuando las cabezas que la sostienen se sienten arrastradas por un espantoso vértigo al abismo de las revoluciones; pintan lo pasado cuando nos separan de él montes de ruinas y los ojos que no están deslumbrados por el oropel con que se encubre la miseria y la hediondez de nuestras sociedades, se fijan todos en el porvenir radiantes de esperanza. No, no son artistas nuestros pintores; son solo imitadores reproductores de arte.
Mas los pintores de los siglos XVI y XVII, se dirá, imitaron tambien: formáronse los mas entre los artistas de Italia, calcaron los mas sus obras sobre las obras de sus artistas, debieron los mas á esos artistas su vigoroso diseño, su fuerza de claro-oscuro, su acierto en el toque de los ropages, su valentía y brillantez de estilo. De los artistas italianos tomaron el ritmo, pero no el símbolo del arte, la forma, no la idea, la traduccion de sus conceptos, no sus grandiosas invenciones. El ritmo es hasta cierto punto independiente del símbolo; tiene muchas veces una vida propia y no es raro verle sobrevivir al arte. En la India y<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|14|HISTORIA|}}</noinclude>en el Egipto yacía el arte en el mas lastimoso estacionamento, cuando el ritmo no solo progresaba, sino que hasta iba acercándose por momentos á esa línea de perfeccion á que aun en las sociedades mas comprimidas tiende y aspira de contínuo la mano de los hombres. En la edad media se observó por lo contrario que mientras el arte crecia y presentaba todos los dias un mas visible desarrollo, el ritmo ó marchaba muy lentamente ó se mostraba del todo débil para romper sus límites. Hoy apenas tenemos poesía, y no nos faltan, sin embargo, buenos y escelentes versos, ni bellas y bien coordinadas estrofas que si no mueven el corazon, satisfacen cuando menos el delicado oido de nuestros literatos. ¿Puede empero negarse que el ritmo es el cumplemento del arte? ¿que el arte sin él es una semilla poderosa echada en un pedregal, una mariposa de brillantes alas que no tiene aun fuerzas para romper la crisálida que la encubre, un diamante entre tinieblas? El arte vé en el ritmo su único medio de manifestacion y procura casi siempre identificarse con él, sujetarlo á su marcha progresiva, hacerlo crecer y modificar con él á fin de que no le falte nunca un lenguage que guarde proporcion con la belleza, la energía ó la magestad del pensamiento. Cuando no tiene en torno suyo la insuperable valla de la teocracia ó el despotismo, sino lo encuentra en la nacion en que vive, lo busca en otras naciones, lo estudia, lo sujeta á ser el dócil intérprete de su vida interior, el redactor de sus impresiones, el evangelista de sus creencias, la fisonomía que debe revelar sus sentimientos. A principios del siglo XVI carecia de ritmo no solo en España sino en casi todas las naciones de Europa; lo vió desarrollado en Italia y corrió á Italia: ¿es acaso esto una falta que debamos imputar á los artistas? Ya que el ritmo se aclimató en nuestro suelo y estuvo arraigado en él ¿no tuvieron nuestros pintores un símbolo y un ritmo propios? Los artistas italianos poseian dentro de su propia patria los mejores restos artísticos de la antigüedad griega y romana: habian tenido lugar de estudiar en ellos las mejores formas y llevaban ya<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|15}}</noinclude>desde mucho tiempo creado y adelantado el ritmo que habia de servir para la traduccion de las atrevidas concepciones de Rafael y Miguel Angel. Las demás naciones no habian dispertado aun enteramente del letargo de la edad media, cuando nació la imprenta que puso en contacto la inteligencia de todos los pueblos: sintieron la necesidad de una revolucion en el arte, concibieron las exigencias que traia consigo esa reforma, crearon y no encontraron medio de espresion, y corrieron á buscarlo en el pais que desde entonces es respetado como patria de las artes.
Nuestros pintores de hoy no se han contentado con irlo á estudiar donde ha llegado á un mas alto grado de perfeccion; los que mas se creen con derecho al título de artistas han retrocedido cinco siglos prefiriendo tomarlo en su estado de progreso que en el apogeo á que llegó despues del siglo XV. ¿Qué de estraño que se haya levantado contra ellos el grito de los que pertenecen á las demás escuelas? ¿qué diriamos de un poeta que de la versificacion de Juan de Mena quisiese hacer el ritmo de su época? ¿no seria eso tomar la infancia por la virilidad y atribuir á belleza de forma lo que no es hijo sino del atraso, es decir de la impotencia para llegar á lo que pudieron ya Garcilaso, Rioja y Juan de Herrera? Nuestros artistas, faltos del sentimiento religioso que pretenden aparentar en sus cuadros, han visto en los autores que imitan reproducida de una manera admirable la fé en el cristianismo: no han podido usurparles esa fé que solo es hija del corazon y les han usurpado las formas creyendo tal vez encubrir con ellas el escepticismo que los devora y la corrupcion que ha hecho germinar en ellos la emponzoñada sociedad en que viven. La forma no es el arte: sus cuadros no lograrán nunca producir en el ánimo otras impresiones que las que ellos mismos recibieron. Los mirará el mundo como objetos de curiosidad, como bellas y bien entendidas restauraciones de cuadros de otras épocas, á lo mas como obras desenterradas de entre las ruinas de esos monasterios góticos que guardan lo pasado entre sus escombros.<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|16|HISTORIA|}}</noinclude>Artistas que amais de corazon al arte, cerrad ante vosotros las puertas de lo pasado, vivid y pensad en medio de los pueblos que rugen á vuestro alrededor como las olas del Océano. La humanidad sufre y está en perpétua lucha: en lugar de inmortalizar los héroes que sucumbieron en la guerra, inmortalizad con vuestros pinceles los mártires de nuestras sangrientas revoluciones. Pintad medio tendida en el sepulcro á esa misma humanidad; pintadla cubierta aun con los viejos harapos de la aristocracia y la monarquía; pintadla cayendo de nuevo en su ensangrentado ataud á impulso de las lanzas de la barbarie; pintadla agonizando lleno de podre el corazon, de úlceras el cuerpo, de tinieblas el alma; pintadla muerta ya hasta que animada otra vez por el espíritu del que volvió la vida á Lázaro, rompa sus ataduras y renazca al mundo rejuvenecida por el amor y por la ciencia. Sed constantemente los cantores de vuestro siglo; sed, si es que sois artistas, sus profetas. Contad uno a uno los suspiros de esta sociedad y reproducid los tormentos que los arrancan de su pecho lacerado; removed el fondo de las miserias de los pueblos y hacerlas aparecer á la superficie para que se estremezcan sus autores ante su propia obra; recoged los votos y las aspiraciones de los que sufren y apenas entreveais el alba de la regeneracion, alegraos y derramad su rocio sobre tantos corazones abrasados por la desesperacion y el sufrimiento. Dejaos impresionar por ese valle de lágrimas que llamamos mundo: cuando no quepa ya el dolor en vuestra alma, simbolizadlo en los seres que os rodean, vertedlo á raudales sobre vuestros cuadros y sereis artistas. Habreis comprendido el mundo y el mundo os comprenderá; crecerá de dia en dia vuestra inspiracion y la posteridad no mirará con desprecio vuestras obras, porque verá en ellas vuestros sentimientos, los sentimientos de vuestra época. Si solo pintais lo presente reconocerán eternamente en vosotros á los artistas del siglo XIX; si llegais además á encerrar lo futuro en el círculo de vuestras producciones, sereis tenidos eternamente como artistas y como precursores. Está<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|17}}</noinclude>abierto ante vosotros un mundo de donde podeis hacer brotar torrentes de poesía: acercaos á él llenos de fé en el porvenir y los hareis brotar de entre rocas áridas, abrasadas por un sol de veinte siglos.
Los grandes artistas que os precedieron no se apartaron nunca de ese camino. Vamos á evocar sus sombras, á presentarlos frente a frente con la naturaleza, á pintarlos envueltos en el torbellino de su siglo, á descubrirlos con la cabeza en el pecho recogiendo sus impresiones y dejándose arrebatar de sus sentimientos, á turbarlos en el silencio de sus talleres, á sorprenderlos en los momentos de entusiasmo en que trasladan a lienzo la vida de su alma: siempre les vereis inspirados por su siglo, ocupados en las cosas de su siglo, trabajando para su siglo. Corramos á levantar la losa que cubre su sepulcro porque ellos son los verdaderos artistas: retratémoslos, animémoslos levantaremos luego ante sus sombras vuestras figuras, duro será para vosotros el contraste, mas nacerá de los hechos, no de nuestra pluma. No tenemos fanatismo para los unos ni ódio para los otros: seremos para todos historiadores imparciales: vosotros sereis los jueces.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Sucdemagrana" />{{cp||{{asc|picro carminato amoniacal}}|73}}</noinclude>general, las sustancias grasientas y las materias amorfas. Esta selección del carmín por ciertos elementos se refuerza sobremanera después de la acción del ácido acético.
Empléase el carmín disuelto en agua que lleve una pequeña cantidad de amoniaco. Cuanto menos amoniacal es la solución más completamente se verifica la selección del carmín por los núcleos nucleolos.
Hé aquí algunas fórmulas muy usadas:
a.—''Carmín de Beale''.
{| style="margin:auto"
|Carmín laca.||10 granos.
|-
|Amoniaco fuerte.{{brecha}}||½ dracma.
|-
|Glicerina||2 onzas.
|-
|Alcohol.||½ onza.
|}
El carmín, según esta fórmula preparado, es un verdadero reactivo de la vida, pues que según Beale, sólo colorea el ''bioplasma'', ó protoplasma viviente, distinguiéndole, por tanto, correctamente de las materias intercelulares, sustancias inertes segregadas por el bioplasma é indiferentes al reactivo.
A fin de que tan singular y valiosa virtud analítica no se pervierta, aconseja Beale no usar su fórmula sino en tejidos absolutamente frescos; toda descomposición de los mismos, así como una reacción amoniacal algo marcada, imposibilita la selección.
b. ''Fórmula de Thiersch''.
{| style="margin:auto"
|Carmín||1
|-
|Amoniaco||1
|-
|Agua destilada.{{brecha}}||3
|}
Fíltrese y añádase una parte de este líquido á 8 de solución de ácido oxálico al 1 por 22, y á 12 de alcohol absoluto.
c.—''Picro-carminato amoniacal''. Sustancia propuesta por Ranvier en que se combinan el ácido pícrico y el carmín para constituir una sustancia soluble llamada picro-carminato de amoniaco. Hé aquí como se prepara según su autor: «Se vierte en una solución saturada de ácido pícrico carmín disuelto en amoniaco hasta saturación; después se evapora en una estufa. Cuando esté reducido el líquido a los cuatro quintos, el licor enfriado abandona un<noinclude></noinclude>
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Página:Historia de la pintura en España T 1 - bdh0000052910.pdf/34
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|30|HISTORIA|}}</noinclude>para ejecutar; mas esta libertad no le sirvió sino para el desarollo de la forma, que alcanzó un grado de perfeccion á que no pudo llegar el arte moderno sino despues de siglos.
No ha sucedido asi con el arte cristiano. El arte cristiano, apenas nacido, dió con graves obstáculos suscitados por la religion misma: tuvo contra sí, no solo á los que fueron conocidos mas tarde con el nombre de iconoclastas; tuvo contra si la iglesia entera, que, temerosa aun del influjo que ejercia el paganismo sobre los pueblos, rechazaba de su seno al que se atreviese á reproducir una obra de la antigüedad griega ó romana, prohibia que se pintaran las imágenes de los santos en las paredes do los templos, y para apagar hasta el deseo de representar á Jesucristo, llegó á inculcar la idea de que este hijo de Dios era de un alma tan elevada, como de una figura innoble. Cuan-do estuvo libre de la persecucion y el ódio, la Europa dormia ya toda ensangrentada en la fosa abierta por los bárbaros: se encontró solo, privado de modelos, sin tradiciones, sin recuerdos, sin ritmo con que espresar sus concepciones. Empezó á crear, pero tardía, lentamente, luchando á cada paso con una dificultad poco menos que invencible, sintiendo fuerza en el corazon y no en la mano, gozando al concebir, desesperándose al ejecutar, entrando quizás en furor al contemplar su obra. Empezó á crear, pero no solo sin medios de ejecucion, sino hasta sin libertad: no pudo medrar mas que á la sombra de sus enemigos, y tuvo que ser por entonces y por mucho tiempo esclavo del sacerdocio, de ese poder siempre celoso que tiende por instinto de conservacion á la inmovilidad, que se opone constantemente al progreso. No solo no pudo salir de los dominios del misticismo; viose obligado á no reproducir mas que los mitos creados por la imaginacion del clero, mitos casi siempre anti-artísticos, estraños, bárbaros, agenos de la naturalidad y del buen gusto. Gimió en esta esclavitud durante siglos, durante toda esa larga época de confusion y de trastorno en que, aun no bien combinados los elementos constitutivos del antiguo y del nuevo mundo, presen-<noinclude></noinclude>
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Página:Manual de histología normal y técnica micrográfica - bdh0000191874.pdf/105
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<noinclude><pagequality level="3" user="Sucdemagrana" /></noinclude>{{t3|SECCION TERCERA|sub=metodos histológicos}}
{{línea|5em}}
{{t4|CAPÍTULO I.}}
Las distintas propiedades físicas y químicas de los tejidos, su varia conformación y estructura han dado lugar á diversos procedimientos de demostración. Así, los tejidos fibrosos se estudian por la disociación, los parenquimatosos por el método de los cortes, los membranosos por la distensión, los líquidos por la dilución, etc. Estos distintos ''modus operandi'', han sido designados con el nombre de ''métodos histológicos''. Aunque el número de métodos es indefinido, tanto como pueden serlo los procederes de preparación que la demostración de la textura de cada tejido exija, cabe, no obstante, reducirlos todos á dos: ''el analítico ó aislador'' que abarca el conjunto de medios aplicables al estudio individual de cada elemento, y el ''sintético ó de conjunto'' realizado mediante la práctica de cortes, por el cual el micrógrafo pone de manifiesto el engranaje y relaciones recíprocas de los corpúsculos histológicos.
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Las distintas propiedades físicas y químicas de los tejidos, su varia conformación y estructura han dado lugar á diversos procedimientos de demostración. Así, los tejidos fibrosos se estudian por la disociación, los parenquimatosos por el método de los cortes, los membranosos por la distensión, los líquidos por la dilución, etc. Estos distintos ''modus operandi'', han sido designados con el nombre de ''métodos histológicos''. Aunque el número de métodos es indefinido, tanto como pueden serlo los procederes de preparación que la demostración de la textura de cada tejido exija, cabe, no obstante, reducirlos todos á dos: ''el analítico ó aislador'' que abarca el conjunto de medios aplicables al estudio individual de cada elemento, y el ''sintético ó de conjunto'' realizado mediante la práctica de cortes, por el cual el micrógrafo pone de manifiesto el engranaje y relaciones recíprocas de los corpúsculos histológicos.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|32|HISTORIA|}}</noinclude>de aquella época, y aun esas pocas están medio borradas y carcomidas por los siglos; pero esas pocas imágenes son aun en su estado de deterioro páginas importantísimas para la historia de las artes. Carecen de gracia, de dibujo, de armonía, de proporcion, de movimiento; carecen de gusto, carecen hasta de inteligencia. No tienen ni perspectiva ni colorido; no revelan siquiera el mas pequeño conocimiento de la naturaleza. Son informes, bárbaras; mas apenas se fijan los ojos en sus cabezas coronadas de aureolas, cuando se distinguen en ellas, aunque vaga y confusamente espresadas, las huellas de todos nuestros sentimientos evangélicos. De aquellos rostros dulcemente melancólicos brotan ya por todas partes los rayos del amor cristiano; brilla ya en aquellos ojos la esperanza; sale ya de aquellas frentes la llama de esa fé divina que viene guiando la humanidad por entre las tinieblas de diez y nueve siglos. ¡Qué inmensa diferencia la que existe entre estas imágenes y las de los dioses y héroes del Olimpo! El alma empieza á estar ya reflejada en aquellos semblantes, el espíritu trabaja ya por aparecer al través de aquellas rudas formas. La belleza física ha abierto paso á la belleza moral; el arte ha roto el nema del corazon humano y ha dado á leer al mundo los misterios que encerraba. El pintor ha buscado un tipo on la sociedad que le rodea y ha sabido dar un mismo carácter á sus obras. Traslada constantemente á sus tablas ese amor, esa esperanza y esa fé que están en el fondo de todos los corazones; fija constantemente esos sentimientos de la humanidad en la figura de su Dios, en la de ese Jesucristo que se hizo, él mismo, símbolo de la caridad, imágen del pueblo, personificacion viva de la especie humana.
Obsérvase de ordinario en las imágenes de esta época, que la pintura de los sentimientos cristianos está mezclada con la de una tristeza y melancolía, dulce algunas voces, pero otras grave y profunda. Mas hasta esa mezcla es hija no solo de la época sino tambien del mismo cristianismo. Las almas cristianas sufrian mucho en aquellos siglos: amaban, y no oian en torno suyo sino<noinclude></noinclude>
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{{título|
{++}'''HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA'''.
{{Línea adornada|sp|20|sp|10|d|6|sp|10|sp|20}}
'''CAPITULO PRIMERO.'''
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{--}'''LIGERA OJEADA SOBRE LA HISTORIA GENERAL DEL ARTE.'''
}}
El arte no pudo florecer nunca á la sombra de la tiranía: hija la mas pura de nuestra vida interior, necesita respirar el aire de los pueblos en que el espíritu cruza libremente los espacios, en que la lucha, la gloria de las armas y los triunfos de la libertad y la justicia enardecen sin cesar el alma. No pudo florecer en la India ni en el Egipto, dominados por teocracias poderosas, divididos en castas que separa la religion con un abismo, reducidos á no reproducir mas que los monstruosos tipos creados por la sombría imaginacion del sacerdote; no pudo florecer sino en la Grecia, cuna de la democracia, templo de la ciencia y la belleza, sepulcro de los mas grandes héroes.
La Grecia fué constantemente un campo de batalla: cubríala aun el polvo que levantaron los combates entre unas y otras razas, cuando estaba agitada ya por las sangrientas luchas que habian de sepultar el trono de los reyes y sentar mas tarde sobre las ruinas de la aristocracia la poderosa magestad del pueblo; removianla aun las pasiones políticas, cuando vió nacer la guerra en los dominios de la ciencia y la poesía, y oyó de los lábios<noinclude></noinclude>
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El arte no pudo florecer nunca á la sombra de la tiranía: hija la mas pura de nuestra vida interior, necesita respirar el aire de los pueblos en que el espíritu cruza libremente los espacios, en que la lucha, la gloria de las armas y los triunfos de la libertad y la justicia enardecen sin cesar el alma. No pudo florecer en la India ni en el Egipto, dominados por teocracias poderosas, divididos en castas que separa la religion con un abismo, reducidos á no reproducir mas que los monstruosos tipos creados por la sombría imaginacion del sacerdote; no pudo florecer sino en la Grecia, cuna de la democracia, templo de la ciencia y la belleza, sepulcro de los mas grandes héroes.
La Grecia fué constantemente un campo de batalla: cubríala aun el polvo que levantaron los combates entre unas y otras razas, cuando estaba agitada ya por las sangrientas luchas que habian de sepultar el trono de los reyes y sentar mas tarde sobre las ruinas de la aristocracia la poderosa magestad del pueblo; removianla aun las pasiones políticas, cuando vió nacer la guerra en los dominios de la ciencia y la poesía, y oyó de los lábios<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|33}}</noinclude>el grito de la discordia y el estruendo de la guerra; esperaban el reino de Dios, y se hallaban de continuo entre los brazos de la barbarie; creian, y cada aurora que amanecia venia á contrariar sus creencias. Vivian tristes, melancólicas, fijo el pensamiento en Dios, sumergidas en el misticismo. Rechazaba la tierra sus miradas y las dirigian al cielo: fijaban toda su actividad en Dios con quien, segun el Evangelio, habia de reunirles la muerte, y estaban preparándose sin cesar para entregar al sepulcro el cuerpo que las encerraba. Cuando el misticismo de por sí imprime ya en los hombres ese carácter triste, ¿no habia de imprimirlo con mas razon acompañado de la vista de contínuos males y cubierto sin cesar por las sombras de la muerte? El arte cristiano fué desde sus primeros momentos social, y no dejó de envolver nunca en los sentimientos sociales, los sentimientos religiosos.
Siguió en ese estado el arte cristiano hasta principios del siglo X, en que lejos de adelantar retrogradó. Comprimido por la inflexible voluntad sacerdotal y sobre todo falto de un ritmo que correspondiera á la sublimidad de sus ideas, encontró entonces límites poco menos que insuperables: desesperó de vencerlos, perdió poco a poco su actividad, se aletargó, y cayó en un espantoso abatimiento. Continuó pintando imágenes, pero no ya creándolas sino reproduciéndolas, no ya con el corazon sino con la mano, no ya como hijo de la inspiracion y el génio sino como rastrero imitador de lo pasado que no obedece mas que á un empirismo ciego. Se degradó y se convirtió on mora industria como el arte griego cuando fué entregado á los esclavos de Roma: perdió hasta las aspiraciones que tenia, hasta los sentimientos que desde un principio le animaron; y cuando llegó á tener conciencia de sí mismo, ni con fuerzas se sintió ya para recobrar la posicion que se habia conquistado: no trató sino de encubrir su pobreza con brillantes joyas que solo contribuyeron á hacer mas palpable su envilecimiento. Dejó sus tablas por los pavimentos de mosaico que cubrian las basílicas; echó mano de<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|34|HISTORIA|}}</noinclude>la plata, del oro, de las perlas, del cristal, del abalorio; y no procuró mas que hacer campear sobre los mas brillantes fondos sus bárbaras figuras. En lugar de irse acercando á la naturaleza, se fué apartando de ella: trazó ramos, hojas, flores, pero caprichosas todas, no solo en la forma sino en el colorido.
Grande muy grande fué el retroceso que esperimentó á la sazon el arte: no pudiendo adelantar se estacionó, y le fué fatal el estacionamiento. Bajan puras las aguas de un arroyo; y no bien se estancan, cuando pierden su trasparencia y se corrompen: estancose y corrompiose el arte, y no pudo ya recobrar su pureza hasta que inesperados sucesos le abrieron nuevos cauces y dejaron correr con libertad sus aguas. Fué necesaria una revolucion para levantarle de su lastimoso estado: la fuerza progresiva de los siglos X y XI no bastó; debió venir para ello Pedro el Ermitaño, las cruzadas, la efervescencia militar y religiosa que hizo levantar la Europa, y la arrojó armada sobre el Asia para la conquista de la Tierra Santa. Dispertose con las cruzadas el espíritu de los pueblos, renació la dignidad en el hombre y cayó herido de muerte el feudalismo; acercáronse unas á otras las naciones, se conocieron, se amaron y substituyeron á sus frecuentes provocaciones de guerra relaciones de paz y de comercio; levantó la libertad su voz y constituyéronse las ciudades en repúblicas, aliáronse los reyes con sus súbditos; conmoviéronse y alteráronse todos los poderes públicos y empezaron á trazarse limites unos á otros; emancipáronse de la tutela de la Iglesia las aristocracias, las democracias, los imperios; quedó al fin roto para siempre el mas opresor de los cetros, el cetro absoluto de la teocracia que siempre ha pesado sobre los pueblos, como sobre los cadáveres la losa del sepulcro. No fué entonces de los últimos en emanciparse el arte: apenas dejó de esperimentar sobre si la mano del sacerdocio, rompió los diques que le contenian, huyó de las tinieblas del santuario, saltó los muros del templo y fué á gozar del aire, de la luz, del cielo, de ese cielo bello y poético que no habia visto<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|35}}</noinclude>hasta entonces sino al través de negras paredes y opacas y silenciosas bóvedas. Agitado, conmovido ante los grandiosos espectáculos de la naturaleza, sintió arder de nuevo en su frente la llama de la inspiracion, sintió latir de nuevo su pecho al impulso de los sentimientos religiosos, y de nuevo empezó á meditar, a concebir, á evocar á los ojos de su fantasía las figuras de Jesucristo, de la Virgen, de los Profetas que anunciaron su venida, de los Apóstoles que esparcieron por el mundo su doctrina, de los Mártires que para atestiguarla entregaron su cuerpo á los mas bárbaros tormentos. Encontrose aun sin medios de ejecucion; pero era ya libre y buscó las ruinas en que estaba sepultado el arte griego, sentose al pié de los sarcófagos, entró con paso respetuoso entre las destrozadas columnas de los antiguos templos, levantó de los escombros las mutiladas imágenes de los dioses, calcó sobre aquellas desfiguradas formas clásicas sus santas concepciones. No se contentó con estudiar sobre las ruinas de lo pasado se hizo discípulo de los artistas bizantinos que vinieron con los vencedores de Constantinopla, examinó y copió detenidamente la naturaleza, se secularizó, no perdonó medio para encontrar formas con que pudiese dar cuerpo á los brillantes ensueños de su fantasia. Comprendió que todas las dificultades con que luchaba dependian de la falta de un ritmo, y lo buscó con la misma avidez con que la poesía de todas las naciones se apresuraba á formar el idioma en que habia de traducir sus impresiones y sus sentimientos.
Satisfizo, al fin, el arte esa necesidad imperiosa; pero antes de alcanzario ¡qué de tiempo no tuvo que invertir en inútiles tentativas aun despues del primer movimiento de las cruzadas! Levántanse fácilmente los pueblos en favor de una idea, empieza pronto la lucha; mas se tarda casi siempre en tocar los resultados. Estalla una revolucion, y mueren tal vez los pueblos que la hicieron sin haber recogido mas que frutos de sangre; vienen luego otras generaciones que lejos de proseguirla la condenan, y para ellas son los beneficios. Grandes, inmensas fueron las con-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|36|HISTORIA|}}</noinclude>secuencias que derivaron de las cruzadas; pero no todas tuvieron lugar en aquel mismo tiempo; muchas, y fueron las mas, no se realizaron sino despues de siglos. Tardaron en caer las antiguas instituciones, aunque ya desde un principio temblaron sobre sus cimientos; tardó en romperse el cetro del mundo entre las manos del sacerdocio, por mas que ya desde un principio fué mellado por la espada de los reyes, todos los dias mas poderosos y temibles. No se esperimentaron estos efectos de las cruzadas hasta el siglo XIII, siglo en que la Europa vió aun con entusiasmo salir para el Asia los ejércitos de San Luis y de Ricardo; y solo en aquel siglo pudo empezar su nueva marcha el arte, sujeto hasta entonces á ese poder teocrático que parecia indestructible. Respiró desde el primer grito de ''Dios lo quiere'', levantó la cabeza á la primera voz de libertad que resonó en Italia, púsose involuntariamente en pié al ver flotar sobre los umbrales del templo el pendon de las comunidades y las banderas de las asociaciones fabriles, se enardeció al oir en torno del santuario los combates de los pueblos contra los barones, se estremeció de gozo apenas vió como á las basílicas romanas sucedieron las iglesias góticas, al macizo pilar el haz de palmas, á la pesada cimbra la gallarda ojiva; mas no salió de los muros que le ahogaban, ni pudo recorrer las ruinas, ni estudiar la naturaleza en sus mas bellas creaciones hasta que los brazos que pesaban inmóviles sobre su cabeza se recogieron, no ya para abrazar la esfera del mundo, sino para no dejar caer la humilde tiara de San Pedro.
Salió á la luz y todo le habló en nuevo lenguage. La naturaleza le reveló sus misterios, el entusiasmo guerrero y religioso le prestó su fuego, la poesía desplegó al verle sus brillantes alas. Hízole oir sus dulces canciones el trovador del Lacio; sus rudos ecos de guerra, el cantor de la entusiasta Iberia; sus misteriosas baladas, el errante ''Minnesinger'' que iba de comarca en comarca dispertando las silenciosas bóvedas de los castillos feudales con los acentos de su lira; sus amorosas coplas, aquel ca-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|37}}</noinclude>balleresco emperador del Occidente que dejaba de noche la lanza y tomaba su ''mandora'' para ir á recorrer cantando las calles de Palermo. Manifestole la arquitectura sus aereas catedrales, los ricos palacios que acababa de levantar para los concejos y los tribunales, las fuentes con que decoró las plazas, las fortalezas con que defendió las ciudades; la milicia le deslumbró con sus galas; las órdenes de caballería con el lujo de sus trages; la comunidad con el brillo de sus fiestas; la iglesia con sus imponentes ceremonias exteriores; el simple ciudadano con los nuevos productos de sus artes. Detúvolo aquí una danza pública, celebrada á la luz del dia bajo telas de colores y oro; allí un torneo cuyo juez es la hermosura; mas acá una boda en que llenan el placer y el amor las trasparentes copas; mas allá la fúnebre pompa de un entierro. Tomole el comercio de la mano y le enseñó las lonjas de sus consulados animadas por el murmullo de un tráfico incesante, sus vastas playas en cuyas aguas estaban flotando buques y banderas de todas las naciones. Abriole la industria sus talleres, mostrole cada profesion sus artefactos, indicole la ciencia sus progresos.
Sintiose á la vista de tan generales adelantos y tan poéticas costumbres no solo conmovido sino hasta avergonzado. Conoció su degeneracion; y al volver atras los ojos, no pudo mirar sino con horror sus propias obras. Sus crucifijos le parecieron espectros; sus vírgenes, momias identificadas con sus viejos sudarios; sus figuras todas, monstruos que solo en el semblante reflejaban algo de la forma humana. Buscó la belleza que acababa de descubrir en el mundo real y no la encontró en ninguna de sus pinturas; buscó la variedad que acababa de observar en cuanto le rodeaba y no encontró mas que la monotonía. No pudo sobrellevar por mucho tiempo ese contraste que tanto le humillaba: lanzose á la investigacion, al estudio, y entonces fué cuando se consagró por entero á hacerse con un ritmo que facilitara la ejecucion de sus ideas. Aunque ya mas ilustrado y libre que antes, no pensó todavía en ensanchar el círculo de sus concepcio-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|38|HISTORIA|}}</noinclude>nes, no intentó recorrer nuevos espacios, no pretendió siquiera dar mas grandiosidad á sus composiciones; no se acordó sino de la forma, no tuvo por de pronto mas ambicion que la de poder traducir en mejor lenguage los conceptos que debió á sus primeros sentimientos religiosos. Contó entre sus primeros alumnos, desde principios á mediados del siglo XIII, un Guido de Siena, un Giunta de Pisa, un Margaritone de Arezzo, pintores todos cuyas obras van señalando los pasos dados en la nueva senda; contó adenmás otros machos que fueron siguiendo las huellas trazadas por tan ilustres gefes; mas apenas tuvo entre unos ni otros quien se atreviera á pintar mas que las imágenes de Jesus y de la Vírgen. Las obras de estos pintores no eran sino ensayos, obras de estudio: la ejecucion, no el argumento, era para ellos de importancia.
No entró el arte en mayores pretensiones hasta que empezó á brillar en Florencia Cimabue, estrella matutina de la pintura moderna, primer rayo de luz que arrojó sobre las tinieblas de la edad media el ángel de la nueva inspiracion, la aurora del renacimiento. Cimabue no solo mejoró el dibujo, mejoró la invencion, el colorido; dió carácter á la figura, espresion al rostro, flexibilidad á los ropages, vida á todo lo que tocaron sus pinceles; templó algun tanto la dureza de las líneas, la monotonía de los tonos; se acercó mas que ningun otro de sus antecesores, mas que ningun otro de sus contemporáneos, á la naturaleza. Fué aun seco en los contornos, estremadamente sombrio en las cabezas de sus vírgenes, infelicísimo en la perspectiva, poco acortado en la eleccion de sus fondos que fueron siempre verdes ó azules, exageradamente nimio en los detalles; pero aun en medio de esas mismas faltas revela adelantos notables, bellezas grandes arrancadas al mundo visible. No sin razon se enorgulleció con él Florencia que invitó al rey Cárlos de Anjou á visitar una de sus obras y le aplaudió por ella con tanto placer y entusiasmo, que aun hoy conserva la calle en que él vivió el nombre de ''Borgo Allegri''; enorgulleciose con él la Italia entera, creció con<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|39}}</noinclude>él en fuerzas el arte, que como si se considerase ya vencedor en el dominio de la forma, entró otra vez en el de las ideas retirando cuanto pudo los límites que le habia trazado por una parte el sacerdocio y por otra la ignorancia. No es preciso apelar á los discípulos de Cimabue; el mismo Cimabue ha ensanchado ya el campo objetivo de la pintura. Ahí están aun los dos grandes cuadros que guarda bajo sus bóvedas la iglesia de Santa Maria Novella y la de la Santa Trinidad en Florencia: ellos solos bastan para manifestar que no pudo ya aquel pintor contener dentro del estrecho círculo en que la encerraron otros siglos el vuelo de su fantasía. Abriose el mismo camino Tomás de Stefani, que pintaba á la sazon en Nápoles; siguiéronlo hasta los que se dedicaban á la miniatura y al mosaico.
No salió, sin embargo, el arte de los asuntos religiosos. Debia su origen al cristianismo y siguió siéndole fiel: á él consagró aun por mas de dos siglos todo el fuego de su imaginacion, toda la fuerza de sus sentimientos. Ni podia ser de otra manera si se atiende al estado de la Europa en aquel siglo, siglo en que el pensamiento cristiano flota aun incólume sobre todos los vicios y los crímenes del pueblo. Desenfrénase en aquel siglo la lujuria, invade la prostitucion los templos, resuenan hasta dentro del Vaticano los cantos de la orgia; mas en medio de ese mismo libertinage alza la virtud su voz y es oida y respetada, nacen nuevas órdenes religiosas, constrúyense á cada paso monasterios donde va el hombre á macerar su cuerpo y á sacrificar la virgen su hermosura. Dispiértase una avaricia sórdida; cunde la usura, el juego de azar, el robo; se hace el noble bandido y asalta al pasagero en el camino público; mas en cambio es aun general la hospitalidad, dispútanse en las ciudades el honor de recibir á un estrangero, levántase en los castillos el puente levadizo para acoger á los mendigos con los mismos honores que á los reyes. Hay ódios de pueblo á pueblo, pequeñas venganzas, guerras; en un momento de furor se desnuda la espada contra la misma iglesia; pero basta todavía una palabra de los pontífices<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|40|HISTORIA|}}</noinclude>para calmar la tempestad, para arrojar de nuevo sobre el Asia ejércitos de cruzados, compuestos no solo de varones esforzados sino tambien de niños y mugeres. Háblase á voz en grito contra el clero caya incontinencia satirizan sin cesar la poesía y la escultura, sílvase públicamente á sus concubinas y á sus hijos; mas no por esto deja de respetarse en él su carácter sacerdotal, su augusto ministerio. Se declama contra los papas, y se les hace al mismo tiempo escudo contra toda clase de tiranías. El dogma está fuera de todo ataque, el herege es perseguido por el mismo pueblo. Considérase á la teología como la ciencia de las ciencias; y es ella la que toca y resuelve entonces todas las cuestiones. Es la síntesis de todo el saber humano, es la ciencia política y social de nuestros tiempos. La filosofia y la legislacion que están á sus órdenes no han salido aun del claustro. Todo lo dominan todavía el cristianismo y su iglesia: de ellos y solo de ellos son hijos ese grito de guerra que lanza la España contra los árabes del reino de Granada, esas voces de libertad que arrojan de su pecho con tanto entusiasmo las repúblicas de Italia, ese ardor con que se levantan las comunidades contra los barones de Francia, contra los margraves y landgraves de Alemania: de ellos y solo de ellos es hijo ese amor caballeresco que se siente en todas partes para la muger, amor poético y sublime que lejos de degradar ennoblece á los que arden en su llama. No: no hay razon para que el arte se separe del círculo religioso: la cruz del Redentor brilla aun en el Calvario iluminada por el fuego del amor divino; la Virgen del Apocalipsis cubre aun la tierra con ese manto de sol con que voló á los cielos; no es justo, no os posible que rompa aquel con las brillantes visiones que alumbraron y embellecieron su modesta cuna. Tiene abiertos ante sí, no solo los libros de los Evangelistas, sino tambien los de los patriarcas y los de los profetas; tiene abierta en estos la historia de todo un pueblo dirigido por la mano Dios, en aquellos la de ese Dios mismo y el porvenir del mundo. No es fácil que agote en siglos esos ricos tesoros de poesía: cuanto mas los esplote, ha de en-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|41}}</noinclude>contrar tanta mayor riqueza. Están encerradas en ellos todas las escenas, todos los accidentes, todos los contrastes de la vida humana, toda la sublimidad del Creador, toda la grandeza de sus escogidos, toda la belleza de los ángeles que guardan el trono de Dios, todo el horror de que están cercados los espíritus que fueron precipitados al infierno, las terribles vicisitudes de los imperios, el encumbramiento y caida de los poderosos, la magestad de los pueblos, creencias todas populares, universales, santas: no es fácil que agote en siglos un poema tan gigantesco, tan inmenso. Crecerá su inspiracion á medida que vaya traduciendo cada uno de sus versos; se desarrollará sobre ellos, y sobre ellos ha de llegar á su mayor altura.
Acaba de salir el arte de su infancia, y en esta infancia apenas ha visto mas que dos ó tres figuras; ahora es cuando va á entrar en ese Océano que llamamos Biblia, ahora es cuando va á evocar del fondo de sus aguas los millares de imágenes que encierra. No ha terminado aun el siglo XIII y tiene ya á sus órdenes á Giotto, á ese humilde pastor de Vespignano, á quien encontró Cimabuo á la orilla de un bosque solitario, dibujando en la arena á sus ovejas. Cimabue es desde luego el guia del ignorado artista; la naturaleza, su maestro; las ruinas de la antigüedad, su consejero; la religion, su númen; la poesía hebrea y la del Dante, el fuego que enardece sin cesar su fantasia. Su imaginacion, su estudio, su talento le hacen sentir cada dia mejor la belleza de los seres que le rodean: descubre á cada momento nuevas formas, nuevos caminos, y deja pronto atrás al mismo Cimabue. Véncele en la gracia del dibujo, en la hermosura y trasparencia del colorido, en el acierto con que combina las figuras, en la armonía que sabe comunicar al conjunto de sus composiciones, en la espresion que da á todas sus cabezas, cualidad en que llega á ser rival de Rafael de Urbino. Nada se resiste ya á su pincel: la belleza física, la belleza moral, los afectos, las pasiones, el dolor, el amor místico, la beatitud, el éxtasis, la cólera, la desesperacion, el furor, todos los movi-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|42|HISTORIA|}}</noinclude>mientos del corazon y el alma se reflejan en sus cuadros como en un espejo fiel, como en un lago de aguas cristalinas. No satisfecho con reproducir el mundo real, con arrancar á la historia sagrada la sombra de sus héroes, con sorprender los misterios de la Divinidad, con abrir el cielo á los ojos de sus contemporáneos; da cuerpo á los seres mas abstractos, recurre á la alegoria, al símbolo, rasga el velo que encubre el porvenir del cristianismo, pinta la nave de la Iglesia sobrenadando en el proceloso mar de las revoluciones, que han de agitar al mundo. Osado como todo hombre de génio, mezcla lo verdadero con lo ideal, los seres de la tierra con los del cielo, el retrato con la fantasía; nos traslada con Dante á la region de los espíritus, nos hace descubrir desde ella, esa tierra de pequeñas pasiones y de incesantes luchas. Viaja de pueblo en pueblo por la Italia: hoy entra en los palacios de los pontífices, mañana en el de los reyes, al otro dia en el de una comunidad, y deja impresos en todas partes rasgos de inspiracion, que revelan á las nuevas generaciones la gloria de su nombre. Deja obras en Rimini, Verona, Ferrara, Gaeta, Urbino, en Nápoles, en Pisa, en Aviñon, en Roma; abre aquí el Apocalipsis y se inspira ante sus fantásticas escenas; lee allí el libro de Job y vierte á raudales sobre las paredes de un cementerio el dolor que aquella leyenda acaba de comunicar á su alma; penetra mas allá en los muros de un claustro, se absorve en la meditacion, ve la pálida figura de San Francisco y pinta en aquel mismo lugar las místicas escenas de la vida del santo anacoreta. La figura de la Virgen del Evangelio, de esa flor delicada divinizada por un rayo del espíritu, está siempre ante sus ojos rebosando de amor y de hermosura; y apenas deja de pintarla ya mecida en la cuna, ya adorando de rodillas al Dios del Sinaí, ya recibiendo llena de inefable gozo al arcángel Gabriel, ya sonriendo sobre la humilde banasta de Jesus, ya derramando amargas lágrimas sobre el cadáver de su hijo en la cumbre del Calvario. Tenia ese gran pintor un alma pura, un corazon sensible; todos los sentimientos, todas las afecciones<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|42}}</noinclude>comprendia. Comprendia sobre todo el amor, ese amor grande y fecundo que vino á dispertar Jesucristo en el yerto corazon de los antiguos pueblos: lo revela en todas sus composiciones, hasta en las mas profanas. Todas las figuras respiran en ellas amor: de todas brota cierta uncion, cierta ternura. No parece sino que lo ve todo al través de ese amor mismo.
No es posible dar á conocer en su verdadero valor, el mérito de Giotto. Es el pintor del corazon, es despues de Dante, el poeta de su siglo. Da bases á la pintura y le traza un camino; enlaza la forma y el sentimiento, funde en uno solo el arte antiguo y el moderno. Mejora el ritmo hasta el punto de hacerle tan flexible, como el lenguage de aquella época, para toda clase de argumentos. Domina á la vez la pintura, la escultura, la arquitectura; da leyes á las tres y las arroja todas en la via del progreso. Apenas tiene antecesores, apenas cuenta rivales, apenas aparece en todo un siglo quien prosiga su obra. No lleva á la perfeccion ni el dibujo, ni el colorido, ni la invencion, ni la composicion, ni la elegancia, ni la soltura; pero da en todo un gran paso y en muchos de sus detalles se adelanta, no solo á su siglo sino á toda la edad media. Deja además de sus tablas y sus frescos, alumnos tan aventajados como Gaddi, Buffalmaco, Capauna, los dos Orcagnas, Cavallini, Gozzoli y otros artistas que pintaron con él los muros del panteon de Pisa; deja fundada una escuela que conservará su estilo y sus principios, que difundirá la luz de su génio por la Italia y por el mundo, que seis siglos despues encontrará aun discípulos, apesar de separarla de tan remota edad una guerra religiosa, un cadalso teñido con sangre de reyes, una filosofía que secará las creencias, una agitacion social que amenazará la tierra con un cataclismo y querrá establecer el reino de Dios sobre las ruinas de las viejas sociedades.
Adelantó el arte con ese gran pintor lo que no habia adelantado en mas de nueve siglos. Pasó de la muerte á la vida, del mito á la realidad, de la figura al grupo, del simple verso al poema; aprendió á espresar las ideas mas complexas, á armoni-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|43}}</noinclude>comprendia. Comprendia sobre todo el amor, ese amor grande y fecundo que vino á dispertar Jesucristo en el yerto corazon de los antiguos pueblos: lo revela en todas sus composiciones, hasta en las mas profanas. Todas las figuras respiran en ellas amor: de todas brota cierta uncion, cierta ternura. No parece sino que lo ve todo al través de ese amor mismo.
No es posible dar á conocer en su verdadero valor, el mérito de Giotto. Es el pintor del corazon, es despues de Dante, el poeta de su siglo. Da bases á la pintura y le traza un camino; enlaza la forma y el sentimiento, funde en uno solo el arte antiguo y el moderno. Mejora el ritmo hasta el punto de hacerle tan flexible, como el lenguage de aquella época, para toda clase de argumentos. Domina á la vez la pintura, la escultura, la arquitectura; da leyes á las tres y las arroja todas en la via del progreso. Apenas tiene antecesores, apenas cuenta rivales, apenas aparece en todo un siglo quien prosiga su obra. No lleva á la perfeccion ni el dibujo, ni el colorido, ni la invencion, ni la composicion, ni la elegancia, ni la soltura; pero da en todo un gran paso y en muchos de sus detalles se adelanta, no solo á su siglo sino á toda la edad media. Deja además de sus tablas y sus frescos, alumnos tan aventajados como Gaddi, Buffalmaco, Capauna, los dos Orcagnas, Cavallini, Gozzoli y otros artistas que pintaron con él los muros del panteon de Pisa; deja fundada una escuela que conservará su estilo y sus principios, que difundirá la luz de su génio por la Italia y por el mundo, que seis siglos despues encontrará aun discípulos, apesar de separarla de tan remota edad una guerra religiosa, un cadalso teñido con sangre de reyes, una filosofía que secará las creencias, una agitacion social que amenazará la tierra con un cataclismo y querrá establecer el reino de Dios sobre las ruinas de las viejas sociedades.
Adelantó el arte con ese gran pintor lo que no habia adelantado en mas de nueve siglos. Pasó de la muerte á la vida, del mito á la realidad, de la figura al grupo, del simple verso al poema; aprendió á espresar las ideas mas complexas, á armoni-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|44|HISTORIA|}}</noinclude>zar las imágenes mas antitéticas, á reunir el cielo con la tierra, el paraiso con el infierno. Ganó en energía, en intensidad, en espresion; dió á luz obras que hicieron estremecer los mas frios corazones. No había llegado aun á mediados del siglo XIV, cuando imponia ya al cristiano que atravesaba los umbrales del Campo Santo de Pisa con las aterradoras escenas de la muerte, con los sublimes cuadros del juicio final, con las terribles señales de la cólera de Dios en la frente de los condenados. Abrazó en toda su estension dentro de aquel cementerio todos los destinos del hombre: lo consideró en medio de sus placeres, le siguió al través del sepulcro, le acompañó hasta el valle de Josafat, donde se han de abrir ó cerrar para él las puertas de la vida. Sintiose en su virilidad y quiso desplegar allí sus fuerzas: habia resuelto ya en medio de sus profundas meditaciones los grandes problemas de la humanidad y quiso desarrollar allí su pensamiento, quiso escribir su poema. Llamó á Giotto, á Gozzoli, á Buffalmacco, á Memmi, á los Orcagnas; encargó á cada cual un canto, y en un corto número de años tuvo complota la obra.
Grandes, notables bajo todos conceptos son las pinturas de este cementerio; no solo revelan el mayor esfuerzo del arte en aquel siglo, no solo presentan todas las faces de la vida humana; contienen en resúmen todas las creencias populares de la edad media, todos los presentimientos de que se hizo eco el Dante en su Comedia. Giotto pintó allí á Job, es decir á la humanidad que sufre, que recibe sin defensa los duros golpes de un destino impío, que busca abatida por el dolor quien la consuele y no encuentra en torno suyo mas que ingratitud y egoismo, que cansada de padecer maldice al fin la causa de sus males, que recobrada de su instantáneo furor dobla humildemente la cabeza, besa la mano del que la azota, reconoce la esperanza. Empezaron allí su canto los Orcagnas con una escena triste tambien, pero consoladora: con la danza de los muertos. Entrégase el mundo al baile, al amor, á los placeres; todo sonrie allí, todo respira movimiento, vida: viene en tanto la muerte; y reyes, rei-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|45}}</noinclude>nas, juventud, belleza, todo cae debajo de su fatal guadaña. No hay para nadie piedad: las lágrimas, el grito del amor, los ayes del alma temerosa no alcanzan á detener aquel brazo inflexible del destino. Abandonan las almas los cuerpos ya caidos, y dan aquí con el ángel del Señor, allá con los espíritus rebeldes. Pasan de unas a otras manos; ¡ay! y vuelan unas llenas de beatitud, otras contraido el rostro por el temor de los tormentos. Vénse mas allá en el fondo tres reyes que acaban de salir de un bosque; llegan al pié de tres sepulcros y ven en ellos otros tantos cadáveres en que está pintada por grados la descomposicion de los cuerpos: quedan llenos de horror; no aciertan siquiera á dar un solo paso, no aciertan siquiera á levantar los ojos. No cabe ya mas intencion, mas fuerza en ese cuadro de la muerte: la instantaneidad de la vida, la igualdad de los hombres, la inmortalidad del espíritu, la destruccion del cuerpo, el terror que inspira la conciencia del mal, todo está comprendido y trazado en él con una admirable espresion, con una fé viva, con una espontaneidad de sentimiento la mas grande, con un deseo manifiesto de impresionar los sentidos y conmover el corazon de cuantos insultan la miseria de los pueblos con el festivo rumor de sus placeres y el brillo de sus galas.
Sigue á esta pintura la del juicio final, que pertenece tambien á los Orcagnas. Levantan los muertos las losas de sus tumbas y aparecen ante el gran tribunal. La luz de Dios ofende á los impíos; desean volver á sus sepulcros; pero están ya cerrados. Jesucristo es el juez y un juez inexorable. No despide ya de su rostro rayos de amor; no presenta en sus facciones sino la severidad de la justicia. Hay entre Dios y el hombre un solo intercesor, la Virgen. Todo es solemne tambien en este cuadro, todo es misterioso, es grande. Han oido los malos en la tierra la voz del Redentor y no han dejado la senda de los crímenes; se han arrodillado con hipocresía ante la cruz y no han titubeado en clavar su puñal en el seno de los pueblos; han sido cien veces perdonados y otras cien han reincidido: no hay ya<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|46|HISTORIA|}}</noinclude>piedad para ellos en el Señor, no hay ya misericordia. Claman contra ellos los sufrimientos de los justos, clama contra ellos la sangre de las víctimas: solo intercede por ellos una voz, y esta es la voz de un amor ciego como todo amor de madre. Con razon tiemblan todos: la justicia divina va á pronunciar su fallo y este fallo es eterno. No cabe apelacion contra él: van á bajar al palacio de Luzbel, y no atravesarán el umbral sin que hayan resonado en sus oidos las fatídicas palabras: ''lasciate ogni speranza''.
Todos los tormentos del infierno, todas las glorias del paraiso están pintadas en otras dos comparticiones. ¡Contraste espantoso! ¡antítesis terrible! Las almas se abrasan aquí en amor; allí en el fuego de la desesperacion, fuego siempre creciente: rayos de pura luz, reflejos de oro y záfiro, imágenes á cual mas encantadoras ensanchan aquí la pupila de los justos; tinieblas apenas vencidas por el resplandor de las llamas, rostros contraidos estrañamente por el dolor, espectros que vagan entre las sombras cercan allí á los condenados. Oyese allí el grito de la agonía eterna; aquí un eterno himno de alabanza. Reina el orgullo allí; aquí la magestad divina entre coros de espíritus que forman una aureola al rededor de un trono. ¡Qué de belleza en aquella mansion de bienaventuranza! ¡qué de horror en esta de tortura! No disponen aun los artistas de los medios de que dispusieron dos siglos despues Rafael y Miguel Angel; mas no retroceden ya ante las mas espantosas profundidades de la teologia, no dejan ya de comprender en toda su intensidad los arcanos de la vida futura, no temen ya en descorrer el velo que cubre lo inmenso, lo eterno, lo infinito, no carecen ya de fuerzas para levantar á los ojos del mundo real un mundo en que hasta ahora solo han podido penetrar la ciencia y la poesía. ¡Gloria y loor á estos artistas! Sin un ritmo perfecto, sin el auxilio de la perspectiva, sin el conocimiento del claro-oscuro, sin reglas fijas, sin ninguna de esas teorías sublimes en que hoy descansa el arte, sin mas luz que la de su fé, sin mas estímulo que el de su vida interior,<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|47}}</noinclude>sin mas aspiracion artística que la de traducir sus sentimientos y los de su época han arrostrado las mayores dificultades y las han casi vencido; han luchado en todos los terrenos y han salido airosos de la lucha. Mucho han dejado aun por adelantar á los que han de sucederles, pues no conocen ni los estudios académicos, ni las leyes de los escorzos, ni la anatomía, ni el modo de presentar con entera libertad de accion las figuras de sus cuadros; mas poco muy poco les dejan por adelantar en punto á espresion, á sentimiento, en todo lo relativo á la reproduccion de nuestras propias impresiones, á la manera de manifestar la vida del corazon humano.
En espresion no les han vencido ni esos colosos del arte que constituyen aun hoy el orgullo de la Italia. No solo en las paredes y altares que pintaron; en todos los manuscritos iluminados, en los vidrios de las catedrales, en las ricas armaduras de los caballeros, hasta en las miniaturas con que se adornaban entonces los jaeces de los caballos, en todo se ve la huella de ese sentimiento religioso que en aquel siglo pasaba como una corriente magnética desde la mano del artista al cuadro. Abundan todavía los vidrios y los libros de aquella época: ¡cómo se esplaya el corazon ante aquellas figuras místicas, atravesadas por la luz del dia! ¡cómo goza el alma ante aquellas dulces imágenes que asoman al volver de cada hoja y aparecen y desaparecen como visiones celestiales! Parece que nos habla la religion misma por boca de aquellas figuras; parece que retoñan en nuestra alma los ensueños de la infancia ante estas bellas figuras. El fondo en que estas se destacan es comunmente de oro; azules y salpicados de estrellas, los mantos de las virgenes; colorada, la túnica del Señor; ceñidas de brillantes aureolas, las cabezas de los santos; doradas y pintadas, las alas de los ángeles; tocadas de los mas vivos colores del iris, las nubes en que bajan los espíritus; lleno siempre de pureza y de candor, el rostro de los siervos de Dios: todo contribuye á trasladarnos al cielo, á recordarnos una época en que éramos todo sentimiento, á hablarnos<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|48|HISTORIA|}}</noinclude>de unos dias en que nuestro corazon se abria como las flores solo á los rayos de la luz, al contacto de un benéfico rocío. Dicen si en aquel tiempo hubo un pintor, un Angel de Fiésola que no pudo dejar nunca de prorumpir en llanto al querer trasladar á un manuscrito la figura de Jesucristo: no hay mas que ver uno de aquellos libros para creer que esto es posible. ¡Qué amor, qué espiritualismo en todas las figuras! Brilla el alma al través de aquellos cuerpos, refléjanse en aquellos rostros los mas delicados sentimientos. ¡Qué intencion al mismo tiempo! En la cabeza de la Virgen, en la de Jesucristo, en la de los Apóstoles, en la de esos santos Mártires que en medio de los tormentos no pronuncian sino palabras de paz é himnos de gloria se llega á creer á veces que está representado el porvenir del mundo. Siglos despues podrán haber sido pintadas las escenas del Evangelio con mayor grandeza, pero no con mas espresion, no con una fé mas viva ni mas ardiente. No sin razon algunas órdenes religiosas conservaron en lujosos tabernáculos la mano de los monges que se dedicaron á esta clase de trabajos; no sin razon las bibliotecas guardan hoy estos manuscritos, como inapreciables tesoros. Son verdaderos tesoros para la historia de las artes. Nacen con el siglo IX y acaban con el XV; y durante este largo período apenas se da un paso de que no conserven huellas, apenas se hace un adelanto que ellos no revelen. No solo manifiestan los progresos de la pintura; manifiestan los de la caligrafía, los del encuadernador, los del cincelador, los del dorador, los del platero.
No ha sido bien conocida aun la importancia do estos libros. Además de conmover el corazon con sus sentidas viñetas, además de darnos á conocer en un pequeño espacio la marcha de las artes, abren á los ojos del observador las puertas del siglo en que fueron escritos, le revelan los trages, las armas, los muebles, las joyas, las ceremonias civiles y religiosas, las fiestas, los mas curiosos detalles de cada época. Sus autores, como todos los artistas anteriores al siglo XVI, solian vestir hasta las<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|49}}</noinclude>figuras de la Biblia segun el uso de su tiempo no se habian acordado aun de poner sus composiciones en armonía con la historia. Dejaron con esto sus cuadros espuestos al ridículo de las generaciones futuras; pero dejaron tambien para esas mismas generaciones la mayor parte de los recursos en que fundan con loco orgullo su triste superioridad en el ejercicio de las artes.
Mas nos hemos apartado algun tanto de nuestro objeto: no nos toca á nosotros manifestar la importancia histórica de estos libros; basta que hayamos revelado su importancia artística. Estábamos en el siglo XIV y acabábamos de ver á Giotto con todos sus discípulos: no nos queda mas que admirar en aquella época. Hubo otros pintores; mas todos imitaron las obras de tan grande artista. Si no se retrocedió, tampoco se adelantó un paso mas hasta Masaccio, que abrió de una manera espléndida el siglo XV, siglo de transicion entre la edad moderna y la edad media. Nació Masaccio en 1401, cuando la imprenta iba á producir una revolucion en el mundo literario, cuando Dante, Petrarca y Bocaccio habian dado ya vida y color á la poesía, cuando acababa de producir la arquitectura sus mas atrevidas catedrales y la escultura estaba para llegar á su apogeo, cuando vivian y prosperaban ya los Médicis, raza de príncipes que convirtieron sus palacios en teatro de las ciencias y templo de las artes, cuando Florencia, su patria, iba á hacerse señora de Pisa y á elevarse á la cumbre superior de su grandeza. Dotado de una imaginacion fecunda, de tanta fuerza de sentimiento como Giotto, de un instinto de observacion mayor que el de todos sus antecesores, animado por estímulos poderosos, agitado sin cesar por las vicisitudes de su época, las de su propia vida y la odiosa envidia de sus rivales, exaltado por otra parte con sus mismos triunfos, no tardó en sacar al arte de su estacionamiento, en arrojarlo por sendas aun desconocidas, en conmover la Italia con obras en que despues de un siglo venia á inspirarse el mismo Rafael de Urbino. No fué larga su<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|50|HISTORIA|}}</noinclude>vida: murió á los cuarenta y dos años envenenado por sus terribles émulos; mas vivió lo bastante para descubrir los secretos mas íntimos de la naturaleza, para llevar el estudio de la forma hasta el punto de dar movimiento á sus figuras, para conducir el arte al idealismo, para acercarse á la altura que dominaron despues el génio y la osadía de Rafael y Miguel Angel. Venció á todos sus predecesores en naturalidad, en colorido, en belleza, hasta en espresion si cabe: tuvo mejores combinaciones de claro-oscuro, mas acierto en el modo de colocar sus figuras, en el modo de darles relieve y presentarlas vivas, animadas, llenas de elegancia y gracia.
Fueron contemporáneos de Masaccio Felipe Lippi y Juan de Fiesola (Beato Angelico); mas ni uno ni otro reunieron tantas ni tan bellas cualidades por mas que en unas le igualasen y en otras le venciesen. Era Lippi, aunque monge, hombre de grandes pasiones: se enamoró de una religiosa y la robó; fué encarcelado y rompió los muros de su calabozo; cayó en manos de piratas y reconquistó su libertad, se unió de nuevo con su amada y no la dejó sino al caer victima de un impío asesinato. Mas sensualista que Masaccio, reprodujo con mayor energía la naturaleza especialmente en los paisages que dió por fondo á sus figuras; pero ni tuvo tan elevados pensamientos, ni supo espresarlos con tanta nobleza, ni pudo borrar, como él, de la frente de sus mártires la oscura huella del primer pecado. Logró hacerla desaparecer de la fisonomia de sus personages Juan de Fiesola, dominicano lleno de dulzura, que no abrigaba mas pasiones que un amor protundo á la Divinidad y al arte, que entraba frecuentemente en éxtasis á fuerza de identificarse con el argumento de sus cuadros, que por no dejar sus pinceles renunció el arzobispado de Florencia, que amó constantemente de corazon la paz de su celda y la oscuridad del claustro, que, con solo seguir los impulsos de su vida interior y trasladar sus propios sentimientos, supo revestir de una gracia toda celestial las mas de sus figuras, que con solo aprovechar los transportes que tenia, pudo arreba-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|51}}</noinclude>tar de la morada de los justos los ángeles, los querubines, las gratas visiones de oro con que embelleció sus frescos y sus bellos manuscritos; mas no alcanzó en cambio tanta correccion en el dibujo del cuerpo humano, ni individualizó tanto los caractéres, ni ensanchó tanto el círculo de sus concepciones, nacidas todas de una misma fuente, calcadas sobre un mismo sentimiento, ejecutadas con esa suavidad y esa calma inalterables que constituian el fondo de su vida.
Fueron indudablemente grandes pintores Fiesola y Lippi: sus
obras conmueven aun el corazon y embelesan los sentidos, encienden en nuestras almas la fé que apagaron los abusos de un clero impío y el soplo de la duda, dan nueva vida al amor cristiano que ha muerto en nuestros pechos ahogado por leyes inícuas y por la terrible impasibilidad de nuestras sociedades, templan en la sangre de los antiguos mártires y en el fuego de las hogueras de Neron nuestros espíritus gastados y horrorosamente mellados en la piedra diamantina de la indiferencia y del egoismo: efectos todos que buscariamos inútilmente en pinturas de artistas vulgares, de hombres á quienes no hubiese alumbrado esa llama de la inspiracion, que, como el fluido magnético, sublima y diviniza. Mas hay en casi todos los siglos un hombre que viene á ser la personificacion del arte, que dá luz y no la recibe, que al paso que alumbra eclipsa, que fuerza la entrada de un camino peligroso y arrastra consigo por él á todos sus contemporáneos, que á todos sobrepuja, que lo domina todo; y este hombre, que en el siglo XIV fué Giotto, en el XV fué Masaccio. Masaccio, sí, el primero que supo dar con el punto medio entre el naturalismo y el misticismo, es decir el primero que determinó la marcha del arte moderno, que le encarriló, que le imprimió el sello y el carácter que tuvo hasta en su misma decadencia. Masaccio, el que no solo sirvió de maestro á Rafael, que no se cansaba de admirar sus obras ni se avergonzaba de reproducir sus mismas figuras en los cartones que tanto han contribuido á inmortalizarle, sino que hasta llegó á ser el<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|52|HISTORIA|}}</noinclude>modelo predilecto de Miguel Angel, Leonardo de Vinci, el Perugino, Bartolomeo, Andrea del Sarto y otros muchos pintores de los que formaron el siglo de oro de las artes.
Nació pocos años antes de su muerte Verocchio y pocos despues Ghirlandajo, dos ilustres artistas tambien, dos hombres que aun hoy merecen el respeto de esta presuntuosa generacion de pintores, que á falta de sentimientos apela á sistemas filosóficos que matan la espontaneidad y la verdadera vida del arte, pero que no le igualan tampoco, que no hacen mas que continuar su obra, que lejos de adelantarla, la falsean por querer imprimir en ella un sello especial, por quererle comunicar un carácter de que está afortunadamente muy ageno. Verocchio era mas escultor que pintor: presentó formas bellísimas, supo dar movimiento y verdad al cuerpo humano, entendió mejor que ninguno de sus contemporáneos el desnudo, modeló con tanta exactitud como gracia sus figuras; mas solo en esta parte puramente plástica, solo en el ritmo hizo progresos, no en lo demás, en que fué vencido, no solamente por Masaccio, sino por sus mismos discípulos ante cuyos adelantos es fama que abandonó de celos la pintura. Daba ya demasiada importancia á la forma; y esto era evidentemente un retroceso, retroceso que hubiera llevado el arte al sepulcro á no haberle tomado los artistas del siglo XVI en el punto en que lo dejó Masaccio.
Ghirlandajo reunia mejores cualidades; pero no contribuyó menos á este retroceso. Fisonomista escelente, se entregó al retrato; cincelador como su padre, quiso mas adelantar en la parte rítmica que en la simbólica del arte. Era naturalista y no se daba por satisfecho de sus obras sino al ver reproducido en ellas el rostro, el continente, el trage de sus conciudadanos. Ya pintase á Jesus, ya á la Virgen, ya á los Apóstoles, no podia dejar de darles su ciudad de Florencia por teatro ni sus florentinos por espectadores. Idealizó algun tanto las figuras principales; mas no por la fuerza de sus propias ideas, sino por la de las ideas de su escuela. Colocose en una pendiente fatal; y á no haber sentido<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|53}}</noinclude>la poderosa influencia que ejercian á la sazon sobre Italia las tradiciones artísticas legadas por Giotto y por Masaccio, es muy de temer que hubiese caido en los absurdos de la escuela de Venecia y la de Holanda: en las artes como en las ciencias un paso dado en falso puede precipitar á un abismo. No llegó por fortuna á tanto; mas ¿quién duda que con solo declararse tan sensualista interrumpió la marcha del arte cristiano, de ese arte esencialmente ideal que nunca buscó en la naturaleza sino un lenguaje en que pudiese traducir sus altas concepciones? El arte cristiano, hijo puro del sentimiento, intérprete del alma, reflejo constante de Dios, no puede descender al sensualismo sino despues de haber abjurado sus creencias, despues de haber cegado el manantial de su vida, despues de haber muerto: el idealismo fué su cuna y el sensualismo no hubiera podido ser mas que su sepulcro. Alcanzó su apogeo en el siglo XVI y apareció mas brillante y grandioso que en toda la edad media; pero no porque se hiciese mas sensual, como han dado lugar á suponer muchos escritores, sino porque despues de los penosos trabajos de tantos siglos logró, al fin, establecer una armonía completa entre la forma y la idea, logró hacer marchar la mano al compás del corazon, logró que sus pinceles siguiesen sin esfuerzo el vuelo de la fantasía. Lo que llamamos impropiamente arte moderno no es un arte distinto del de los siglos medios; es su continuacion, su desarrollo. Entre Cimabue y Rafael no hay mas distancia que la que separa á la juventud de la virilidad, son el nadir y el zenit de un mismo planeta, son el primero y el último eslabon de una cadena. No existe un arte moderno: lo que llamamos tal, no es sino la perfeccion ó cuando mas la apoteosis del que hemos llamado hasta ahora arte cristiano.
Mas no adelantemos ideas que hemos de desarrollar en otros capítulos de esta obra. No hemos hablado hasta aquí mas que de los artistas de Florencia: ¿fué acaso el arte patrimonio esclusivo de esta ciudad de Italia? ¿No tuvo mas templo en toda aquella vasta península, en que despues de las cruzadas se alzaron<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|54|HISTORIA|}}</noinclude>tantas repúblicas y sobre las ruinas de las repúblicas se encumbraron mas tarde tantas y tan brillantes monarquías? ¿No encontró siquiera asilo en ninguna otra nacion de Europa? Tuvo alumnos en todos los pueblos y en todos los imperios de la tierra; pero, salvas algunas pocas escepciones, no tuvo génios que le dirigiesen sino en esa Florencia que ha sido llamada con razón la Atenas de la Italia. Nos concretamos á la edad media. Durante este largo periodo y sobre todo hasta el siglo XV, el arte en Europa no ha hecho mas que seguir y aun tardía y perezosamente los progresos que fué esperimentando en aquel pequeño centro de opulencia y de grandeza: ha tratado los mismos asuntos; ha reproducido las mismas imágenes; ha impreso un mismo sello, un mismo carácter á todas sus obras. Ha adelantado en algunos pueblos mas que en otros respecto á un determinado género de pintura: en Francia ha iluminado mejor los manuscritos, en Alemania ha manifestado mas gusto en las ricas vidrieras de las catedrales góticas, en Roma y en Venecia ha desarrollado ideas mas grandiosas en los mosaicos de los templos; mas en ninguna otra ciudad sino en Florencia, y poco antes que en Florencia en Pisa, dió ninguno de esos pasos que señalan su marcha general, su línea de movimiento. Ya durante el siglo XIV hubo artistas en Milan, en Bolonia, en la córte de los Estados Pontificios, en la aristocrática Señora del Adriático, en la córte de Sicilia, en la Germania; pero casi todos fueron á estudiar en Giotto, casi todos se contentaron con importar á su patria el pensamiento, el estilo, la manera de ese Dante de la pintura.
No empezó el arte á tener independencia en estos pueblos hasta el siglo XV. Bolonia vió entonces salir de la oscuridad á Marco Zoppo, que, no contento con haber eclipsado á todos sus antecesores, dejó en su alumno Francisco de Francia, un artista á quien sus compatricios respetaron como el primer pintor de Italia, hasta que tuvieron ocasion de admirar la Santa Cecilia de Rafael de Urbino; Nápoles tuvo para honra suya á un Zíngano, en quien el amor desarrolló el génio que revelan aun los solita-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|55}}</noinclude>rios muros del claustro de San Severino; Venecia contó entre sus grandes hombres á los Bellinis, que, formados á la sombra de Gentil de Fabriano, discípulo de Juan Fiesola, comunicaron á todas sus obras aquella fé viva y ardiente que tanto distinguió á este artista florentino, aquella poesía melancólica que solo es hija del sentimiento religioso; Mantua abrió su escuela bajo la direccion de Andrés Mantegna, el mejor alumno de Squarcione; Flandes asombró la Europa con el talento de Vandick, á quien siguió Hugo Van der Goes; la Alemania pudo envanecerse con las obras de Alberto Durero y Holbein, notables por su estilo alegórico y la perfeccion de sus detalles, y mas notables todavía por haber sabido conservar el carácter de aquella escuela del Norte tan fantástica y sombria. Casi todas las naciones vieron florecer en su seno la pintura; casi todas vieron asomar en su horizonte la estrella de las artes. El siglo era de transicion, de movimiento: sentíase libre y agitado el espíritu y deseaba en todas partes re-correr nuevos espacios. No solo en la pintura, en la poesia, en todo se hicieron á la sazon grandes progresos.
¿Es acaso estraño, conocido el estado de la Europa durante el siglo XV? El feudalismo, durante este siglo, recibe en la mayor parte de las naciones su última lanzada; la monarquía da armas á los pueblos para acabar con la hidra. La libertad da pasos de gigante: el siervo alza su frente y se siente hombre; el ciudadano reconoce sus propios derechos y está dispuesto á sostenerlos contra los mismos reyes. Se fortalece el imperio de la ley, y la igualdad crece á su sombra. Tiende todo á la unidad: pueblos que se miraban ayer como rivales, se agrupan hoy para constituir una nacion, un reino; barones que insultaban ayer á sus monarcas desde sus castillos se contentan hoy con ser los satélites de sus enemigos y participar del esplendor del trono. Queda terminada enteramente la lucha del cristianismo con el islamismo, desaparece de Europa este elemento heterogéneo y las nacionalidades pueden organizarse todas, sin necesidad de lucha, de una manera sólida y compacta. Sacúdese donde quiera<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|56|HISTORIA|}}</noinclude>la cabeza contra el yugo del Pontificado, denúncianse á voz en grito los escándalos del clero, y se pide con urgencia su reforma. La humanidad, cansada ya de sufrir, suspira por la libertad y la justicia, y levanta la voz contra toda clase de tirania, contra toda clase de desórden. No alcanza aun lo que pretende; pero tiene ya dos armas que mas tarde han de llenar cumplidamente sus deseos: la pólvora y la imprenta: no pasará medio siglo sin que haya encendido en guerra el mundo.
Cambió en el siglo XV no solo la faz política, sino hasta la faz moral é intelectual de Europa. Tiembla la espada en la mano de los héroes al estampido del cañon y del mosquete; apágase de un soplo el entusiasmo caballeresco; empieza á predominar sobre el instinto la razon, sobre el sentimiento el cálculo, sobre la fuerza material la ciencia. Disminúyese lentamente la fé, ábrese paso á la duda, y todo se sujeta á exámen. No se cree ya; se discute sobre las creencias mismas: no se siguen ya las inspiraciones del corazon; se obedece friamente al raciocinio. Muerto ya el esclusivismo que nacia de la fé, vuélvense los ojos á la antigüedad, estúdianse con ardor sus sistemas filosóficos, sus códigos, sus poemas; adóptanse sin sentirlo sus ideas y sus leyes; acéptase su mitología; púgnase por hacer resucitar sus siglos de oro; lucha el génio por llegar á reproducir sus grandes obras. Depúrase el gusto literario, rompe la ciencia sus estrechos límites; pero muere en cambio la espontaneidad, queda cortado el vuelo de la inspiracion, falséase el colorido de la poesía moderna, dejan de seguirse los impulsos de la vida interior, llénase el mundo de ecos agradables, pero no de cantos dictados por el alma. A principios del siglo hay aun vida propia en la poesía, hay aun fuerza instintiva en el hombre: pero al morir ¿dónde están ya esa fuerza ni esa vida? La imprenta acaba de desplegar todas sus alas, Colon ha descubierto un Nuevo-Mundo, reina la cruz en todos los ámbitos de Europa; y no hay una voz que cante movida é inspirada por la sola grandeza de estos triunfos. El amor á la antigüedad llegó á hacer desechar<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|57}}</noinclude>como bárbaro todo lo que se apartaba de los tipos que aquella habia creado: ¿cómo podia atreverse nadie a dejarse llevar de los espontáneos arranques de su fantasia?
Fué hasta cierto punto ese estudio de la antigüedad la muerte de la literatura; mas conviene no preocuparse. Ese estudio de la antiguedad, lejos de ser hijo de la impotencia, fué el resultado del deseo de adelantar, fué efecto de lo impacientes que estaban los espíritus para llegar de un salto al grado de perfeccion que revelaban las grandes obras escritas á la sombra del Partenon y el Capitolio. Lanzada ya la Europa en la senda del progreso, comparó su civilizacion con la de las generaciones anteriores a la caida del Imperio; viose vencida, degenerada, en grande atraso; se sonrojó de su propio estado, trabajó para mejorarlo, y no paró hasta ponerse al nivel de aquellos pueblos. Creyó alcanzarlo con solo reproducir lo ya hecho y reprodujo: no tenia necesidad de reproducir sino las formas, mas en me dio de su alucinacion reprodujo símbolo y ritmo, ideas y enunciacion, composicion y estilo. La impaciencia, solo la impaciencia la llevó á ser imitadora; la impaciencia, solo la impaciencia pudo hacerla preferir á sus propias inspiraciones las inspiraciones agenas. ¿Qué motivo habia para que renunciase á ser original una poesía que habia escrito ya los Niebelungen, las trovas provenzalas y esa Divina Comedia en que están reflejados todos los sentimientos, todas las elucubraciones filosóficas, todos los sucesos, todas las tendencias de dos siglos? «Esta poesía, se dijo, es rica, fecunda, grande en sus concepciones, inmensa en sus aspiraciones; mas es desigual, confusa, caprichosa, carece de unidad, de espresion, es aun medio bárbara en las formas. Dénsele por modelos Horacio y Píndaro, Virgilio y Homero, Sófocles y Séneca; y no se tardará en verla despojada de su rudeza, proporcionada, armónica, llena de elegancia y hermosura.» Hubiera llegado la poesía por si sola á reunir estas cualidades; pero su marcha hubiera sido lenta, y no era la lentitud lo que menos se aborrecia en aquel siglo.
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|57}}</noinclude>como bárbaro todo lo que se apartaba de los tipos que aquella habia creado: ¿cómo podia atreverse nadie a dejarse llevar de los espontáneos arranques de su fantasia?
Fué hasta cierto punto ese estudio de la antigüedad la muerte de la literatura; mas conviene no preocuparse. Ese estudio de la antigüedad, lejos de ser hijo de la impotencia, fué el resultado del deseo de adelantar, fué efecto de lo impacientes que estaban los espíritus para llegar de un salto al grado de perfeccion que revelaban las grandes obras escritas á la sombra del Partenon y el Capitolio. Lanzada ya la Europa en la senda del progreso, comparó su civilizacion con la de las generaciones anteriores a la caida del Imperio; viose vencida, degenerada, en grande atraso; se sonrojó de su propio estado, trabajó para mejorarlo, y no paró hasta ponerse al nivel de aquellos pueblos. Creyó alcanzarlo con solo reproducir lo ya hecho y reprodujo: no tenia necesidad de reproducir sino las formas, mas en me dio de su alucinacion reprodujo símbolo y ritmo, ideas y enunciacion, composicion y estilo. La impaciencia, solo la impaciencia la llevó á ser imitadora; la impaciencia, solo la impaciencia pudo hacerla preferir á sus propias inspiraciones las inspiraciones agenas. ¿Qué motivo habia para que renunciase á ser original una poesía que habia escrito ya los Niebelungen, las trovas provenzalas y esa Divina Comedia en que están reflejados todos los sentimientos, todas las elucubraciones filosóficas, todos los sucesos, todas las tendencias de dos siglos? «Esta poesía, se dijo, es rica, fecunda, grande en sus concepciones, inmensa en sus aspiraciones; mas es desigual, confusa, caprichosa, carece de unidad, de espresion, es aun medio bárbara en las formas. Dénsele por modelos Horacio y Píndaro, Virgilio y Homero, Sófocles y Séneca; y no se tardará en verla despojada de su rudeza, proporcionada, armónica, llena de elegancia y hermosura.» Hubiera llegado la poesía por si sola á reunir estas cualidades; pero su marcha hubiera sido lenta, y no era la lentitud lo que menos se aborrecia en aquel siglo.
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|58|HISTORIA|}}</noinclude>Condujo á la imitacion esta impaciencia de los espíritus no solo la poesía, sino hasta la arquitectura y la escultura. Esas bellas catedrales góticas que resumian tan bien su época, que eran la traduccion mas fiel de los sentimientos cristianos, que hablaban simultáneamente al corazon y á los sentidos, que elevaban el alma hácia Dios, que hacian presentir bajo sus oscuras y misteriosas bóvedas lo infinito y lo eterno, que se alzaban en el seno de las ciudades como masas informes de pirámides y agujas destinadas á absorver y á dirigir al cielo todos los votos y los ayes de las almas doloridas, pronto muy pronto tuvieron que hacer lugar á templos greco-romanos, algo mas regulares que ellas, sí, pero frios, monótonos, destituidos de todo carácter sagrado, faltos de colorido local, sin armonía con nuestras creencias, con nuestras tradiciones de mas de doce siglos. Esas figuras que adornaban las fachadas y los retablos de nuestros viejos templos, figuras toscas y llenas de anacronismos, pero graves, solemnes, de estilo vigoroso, de intencion profunda, hasta esas hermosas imágenes de los siglos XIV y principios del XV, en que hay tanta espresion y tanta delicadeza de sentimiento, se vieron postergadas durante años á las copias y á las imitaciones de las estátuas griegas, estátuas casi todas mitológicas que nada representaban ya para nuestras sociedades, que no tenian mas atractivo que el de la incomparable belleza de sus formas. Eran estas en los originales de Grecia y Roma mas que seductoras, divinas; hubo por ellas hasta fanatismo; se las quiso adquirir con rapidez y á toda costa; ¡ay! y se les sacrificó por algun tiempo todo.
Esta agitacion, este afan de adelantar fueron en aquel siglo universales: ¿podia acaso dejar de sentir sus efectos la pintura? Por esto rompió entonces y no antes las fronteras de la Italia; por esto tuvo entonces un templo en cada nacion de Europa y en cada pintor un verdadero artista. No cayó en la imitacion como la arquitectura y la poesía; mas fué por causas especiales que contrabalancearon la tendencia general de la época, no porque no se sintiera impelida del mismo modo que las demás ar-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||DE LA PINTURA.|59}}</noinclude>tes á calcar sus obras sobre las de la antigüedad griega y romana. Sobrenadaban aun entre las ruinas del viejo mundo templos, palacios, anfiteatros, circos, imágenes de dioses, estátuas de emperadores, figuras alegóricas, relieves que adornaron frisos y sepulcros, himnos, epopeyas, dramas; mas ni una sola obra de Timanto, ni un solo cuadro de Apeles, ni una sola reproduccion de estas pinturas hecha en Roma por los esclavos griegos. Buscó el arte originales, no los encontró, y esta fué su suerte. Apeló á las producciones de la escultura, las estudió, las anatomizó detenidamente; mas no pudo por fortuna suya tomar de ellas sino lo que era indispensable para su progreso, la forma. No tuvo modelos, y continuó siendo original: siguió la senda abierta por Giotto y por Masaccio, caminó de adelanto en adelanto, y sola y por la sola virtud de sus esfuerzos llegó á mayor perfeccion que á la que aspiraban las otras artes al hacerse imitadoras. No dejó de resentirse algun tanto de las falsas aspiraciones del siglo: consagró sus pinceles á las reproducciones mitológicas y se hizo mas naturalista de lo que permitian su orígen y su espíritu; pero no por esto esperimentó sino una reaccion momentánea, una reaccion tal vez necesaria para acelerar su marcha magestuosa. Estaba demasiado cerca del fin de su carrera para que pudiera perjudicarle ese fatal deslumbramiento de la época: en dos siglos habia dado pasos que la habian llevado quizás mas allá de la antigüedad misma. Conocia ya la perspectiva lineal y la perspectiva aérea, tenia en su auxilio el grabado en cobre, acababa de adoptar y generalizar la pintura al óleo, cosas todas, si no ignoradas, mal apreciadas cuando menos por los romanos y los griegos. No decayó, no cambió de faz, no alteró en nada su carácter; y hé aquí porque hemos dicho y sostenemos que no hay con respecto á él arte moderno. Pudo haberlo con respecto a la arquitectura, á la escultura, á la poesía; mas nunca para la pintura, que ha reflejado hasta los últimos instantes de su vida los sentimientos que guiaron la mano de sus primeros génios.
<br>
<br><noinclude></noinclude>
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Página:Historia de la pintura en España T 1 - bdh0000052910.pdf/65
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|60|HISTORIA|}}</noinclude>Cerramos aquí sin embargo nuestro primer capitulo. Con el siglo XV concluye la edad media: tras él empieza una época nueva para los pueblos. El arte es el mismo; pero elevado ya á su mayor altura, produce hombres cuyas obras é influencias no es posible abarcar de una ojeada rápida como la que escribimos. Urge por otra parte volver los ojos á España, sobre la cual hemos guardado silencio: hay nombres de la edad media que conviene citar, hay obras que merecen un detenido análisis. No son desgraciadamente muchas ni estas obras ni estos nombres; mas ¿qué importa si bastan para revelar los progresos del arte? Nos hemos propuesto dar la HISTORIA DE LA PINTURA, no una coleccion de biografias ni un catálogo de cuadros. Para nosotros los hombres son nada, cuando no han contribuido de una manera ostensible á los adelantos de su siglo; muy poco las obras en que no vemos consignado un progreso. Nuestros verdaderos artistas son ya conocidos: lo que falta conocer es el arte.
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Historia de la pintura en España/Capítulo I.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Sucdemagrana" />{{cp||{{asc|métodos histológicos}}|95}}</noinclude>Hé aquí un cuadro de los métodos generales:
{| style="margin:auto"
|rowspan=12|Métodos||rowspan=12|{{llave|15|i}}||rowspan=6|Analítico ó de separación.||rowspan=6|{{llave|8|i}}||rowspan=4|Por separación mecánica.||rowspan=4|{{llave|6|i}}||Con las agujas.
|-
|Química ó por medio de los reactivos.
|-
|Por inyecciones {{Corr|insterticiales|intersticiales}}.
|-
|Por dilución y compresión.
|-
|rowspan=2|Por separación óptica.||rowspan=2|{{llave|2|i}}||Por coloración.
|-
|Por inyección.
|-
|rowspan=6|Sintético ó de los cortes.||rowspan=6|{{llave|8|i}}||rowspan=4|En los tejidos blandos (cerebro, etc.)||rowspan=4|{{llave|6|i}}||Parenquimatosos
|-
|Filamentosos.
|-
|Vellosos y esponjosos.
|-
|Membranosos.
|-
|En los tejidos consistentes (cartílago, etc.)
|-
|En los tejidos pétreos (hueso, diente).
|}
{{t5|método analítico.—disociación mecánica}}
1.—'''Disociación con las agujas'''. Esta operación puede ejecutarse en todos los tejidos blandos, pero se efectúa preferentemente en los formados de fibras largas paralelamente dispuestas, como por ejemplo, el tejido muscular, nervioso, fibroso, etc. Los tejidos parenquimatosos y los epiteliales, se prestan mal á este género de separación.
Para llevar á cabo esta delicada maniobra, se comenzará por colocar los trozos de la pieza que se desea disociar sobre un porta-objetos negro ó blanco según el color del tejido, á fin de que éste destaque claramente y puedan seguirse con la vista las delicadas hebras que resulten de la fragmentación. Será conveniente auxiliarnos del microscopio simple, aunque esto no es completamente indispensable. A favor de las agujas, las partes ya groseramente disgregadas se fraccionarán en más diminutas porciones por estiramientos y desgarros repetidos. Casi siempre se logra por este procedimiento aislar completamente algunos corpúsculos ó fibras de la preparación, sobre todo si la ganga interfibrilar es poco consistente.
2.—'''Disociación con los reactivos'''. Pero hay tejidos cuyos elementos no están orientados en una misma dirección, sino que forman<noinclude></noinclude>
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|Química ó por medio de los reactivos.
|-
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|Por dilución y compresión.
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|Filamentosos.
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1.—'''Disociación con las agujas'''. Esta operación puede ejecutarse en todos los tejidos blandos, pero se efectúa preferentemente en los formados de fibras largas paralelamente dispuestas, como por ejemplo, el tejido muscular, nervioso, fibroso, etc. Los tejidos parenquimatosos y los epiteliales, se prestan mal á este género de separación.
Para llevar á cabo esta delicada maniobra, se comenzará por colocar los trozos de la pieza que se desea disociar sobre un porta-objetos negro ó blanco según el color del tejido, á fin de que éste destaque claramente y puedan seguirse con la vista las delicadas hebras que resulten de la fragmentación. Será conveniente auxiliarnos del microscopio simple, aunque esto no es completamente indispensable. A favor de las agujas, las partes ya groseramente disgregadas se fraccionarán en más diminutas porciones por estiramientos y desgarros repetidos. Casi siempre se logra por este procedimiento aislar completamente algunos corpúsculos ó fibras de la preparación, sobre todo si la ganga interfibrilar es poco consistente.
2.—'''Disociación con los reactivos'''. Pero hay tejidos cuyos elementos no están orientados en una misma dirección, sino que forman<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|142|HISTORIA|}}</noinclude>sobre ella numerosas citas y conviene evacuarlas: no la hemos manifestado sino en detalle y conviene que la manifestemos en conjunto: nos hemos comprometido á poner en evidencia el punto de union que media entre lo que se ha llamado arte cristiano y lo que se ha llamado arte moderno, y conviene para cumplir nuestra palabra que, echando una ojeada retrospectiva á esos doce siglos calificados de bárbaros, procuremos comprender la síntesis bajo cuya influencia llegaron las naciones de Europa á esa decantada restauracion del siglo XVI, punto de partida de la civilizacion de que tanto nos envanecemos. Es difícil, dificilísima la empresa que acometemos; mas faltariamos á uno de nuestros primeros deberes si arredrados ante los obstáculos que presenta, desistiésemos de llevarla á cabo ó la omitiéramos con la esperanza de que nuestros lectores no habian de notar este vacío. Débiles son aun nuestras fuerzas para sacar de entre tanta confusion como hubo en aquella época principios luminosos; mas llegaremos hasta donde podamos: en materias difíciles nunca son los primeros los que coronan la obra. La naturaleza del arte cristiano puede salir de este estudio perfectamente apreciada y definida: y es ya conocido nuestro objeto al escribir este libro. No solo son para nosotros útiles las investigaciones á que vamos á consagrar algunas páginas; son necesarias, son indispensables. Debemos principalmente á ellas las ideas que constituyen nuestra manera de ver en arte; nos es imposible de toda imposibilidad dejar de trascribirlas.
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|77}}</noinclude>{{altura|10em}}
{{t3|CUARTA PARTE.}}
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Desde su regreso á Grecia hasta su casamiento, es la edad de oro de Lord Byron. Los cantos primeros del ''Childe-Harold'' tan llenos de poesía, lo encumbran súbitamente á la cima del Parnaso inglés. En pocos dias llega á ser el hombre más célebre de su país y uno de los hombres más célebres de su siglo. Los que ántes le habian tan duramente criticado, lo ensalzan. La sociedad que ántes le menospreciára, lo pone á su cabeza. Las damas se disputan una sonrisa de sus lábios, los editores un verso de su pluma. Los más aristocráticos salones se abren á su paso para que reciba la corte de admiradores y respire á plenos pulmones el incienso de la alabanza. Envíanle nombramientos de honor los clubs más distinguidos. El príncipe regente lo invita á sus fiestas, y en presencia de toda la aristocracia<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|78|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>inglesa, le aprieta las manos que sostienen aquella lira inmortal. La Cámara de los Pares, que lo recibiera como un jóven oscuro, lo cuenta como una verdadera gloria. Y hasta los escritores protestantes ortodoxos, segun observacion de Macaulay, no se ensañan fuertemente con este jóven sublime, que mina los principios cristianos por su base, á cáusa del esplendor de su aureola. Byron, cuyo principal atributo es la sensibilidad, bebe á grandes tragos en esta copa de oro. ¡El, disgustado siempre del mundo y de sus pasiones, cree posible vivir en aquella nube, como los dioses inmortales, oyendo un perpétuo himno en loor de su génio! La alabanza, el aplauso, la gloria, suenan gratísimamente al oido. Por algunos momentos cree el cándido corazon que todas aquellas muestras de entusiasmo han de ser eternas, que todas aquellas flores nunca han de marchitarse. Olvida que hay en el fondo de la sociedad, como en el fondo de la naturaleza, el aguijon del mal para impulsar la vida, espoleándola, hiriéndola. Olvida que entra más cantidad de mal, de desgracia, en aquellas almas en que entra más cantidad de génio. La naturaleza, despues de haber dotado á sus hijos predilectos con algunas de esas grandes cualidades propias para alcanzar la gloria, les exige que la merezcan por su trabajo y por sus luchas. Así es que en el fondo de todo génio hay siempre un abismo. No se lleva una corona de estrellas en la frente, sin llevar otra corona de espinas en el corazon. No se penetra en ese templo de la fama para escribir un nombre inmortal, sino á costa de escribirlo con sangre de las propias venas. A veces nace un génio, trabaja, lucha, cae, recae, muere olvidado en el cami-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|79}}</noinclude>no de la gloria, y la posteridad, solamente la posteridad le conoce y le venga de las injusticias de su tiempo. Pero ¿qué más? Hay hasta en esos juicios póstumos que se creen definitivos é implacables, grandes alternativas y grandes eclipses. Shakespeare, el poeta más querido de nuestro siglo, ha pasado durante otros siglos por un bárbaro. No hay poeta académico, de esos que peinan la frase, cabelluda, pero sin seso, hasta convertir la prosodia y la sintáxis en el arte de un peluquero; no hay ninguno que no haya condenado el gusto del gran poeta y que no lo haya creido propio sólo para divertir á las gentes vulgares con sus monstruosidades y sus horrores. Y sin embargo, Shakespeare es hoy la mayor gloria de Inglaterra.
La vida es complicadísima, y por lo mismo, se halla erizada de dificultades insuperables. Y así como hay los grandes contrastes en la naturaleza, los hay en la sociedad. Junto á cada profeta que anuncia el porvenir, se levanta el magistrado que tiene el ministerio de conservar lo presente y que persigue al profeta. Junto á cada pensador nuevo, hay una asociacion que se declara infalible. Junto á cada reformador, hay la eterna copa de cicuta. Parece que no pueden caer las semillas del bien sobre la tierra, si no se rompe el vaso que las contiene. Cada preocupacion vieja se siente herida por la idea nueva, y la muerde. Cada privilegio persigue y calumnia á cada derecho que le contradice. La sociedad es movimiento. Pero los que vienen á moverla, caen siempre aplastados bajo su inmensa rueda. La sociedad es renovacion. Pero los que vienen á renovarla, mueren perseguidos por los viejos errores. No podeis aspirar á la ben-<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|80|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>dicion de los venideros sino teniendo la maldicion de los contemporáneos. Los animales feroces no se van sino despues de una peligrosísima caza. ¡Cuántos génios caen, cuán tos se malogran, cuántos mueren y desaparecen como sombras en estas largas correrías necesarias para limpiar la tierra de monstruos! La mayor parte de las gentes cree que, al arrancarles una preocupacion ó un error, á cuya sombra sus padres han vivido siglos y siglos, le arrancais su alma y su Dios.
Y vosotras, almas-poetas; vosotras, que venís de regiones más limpias; vosotras, coronadas de flores, batiendo blancas alas, vestidas del éter; con un cántico inmortal en los lábios y una lira en las manos, como los primeros ángeles que asistieron inclinados sobre el caos al nacimiento del Universo; vosotras, que llevais el ideal como una estrella sobre la frente, y que vivís embebidas y estáticas en la contemplacion de un mundo de ideas, que á nosotros, débiles mortales, sin vista tan penetrante como la vuestra, nos parece un mundo de sombras; vosotras no podeis venir aquí sino como á un abismo; no podeis penetrar en esta esfera de las realidades, sino tronchando vuestras alas y cubriendo de espinas vuestros piés; no podeis bajar desde el fuego donde habeis sido amasadas, á la frialdad de nuestras sombras, sin que el rocío de vuestras lágrimas, en el cual se descomponía la luz in-creada, se hiele en la caida y se convierta en granizo que apedree el vaso trasparente de vuestros corazones.
Indudablemente, el dolor de los dolores consiste en la desproporcion que hay entre la idea de justicia, de belleza, de bien, y las realidades del mundo. El único medio de<noinclude></noinclude>
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text/x-wiki
<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|81}}</noinclude>aliviar este dolor es trabajar por la modificacion de la realidad, cincelar el mundo, como el escultor cincela una estátua, hasta aproximarlo á la idea; y vivir y morir en la seguridad de que esta obra no se interrumpirá, sino que será continuada por otras manos. Todo poeta siente, lo que en lenguaje vulgar se llama el mal del país, el dolor del destierro, la nostalgia del cielo. Todo gran poeta es como un ángel desterrado. Byron sentía, como nadie, este mal inmenso,
infinito. Lo que en Virgilio, en Petrarca, en Bellini, en Rafael es una tristeza melancólica, dulce, igual, como las noches de luna, en Calderon, en Cervantes, en Shaskespeare, en Miguel Angel, en el Dante, en Byron es un dolor intensísimo, que toca ya en la desesperacion, es como el bramido del huracan sobre el oleaje del Oceano, es una inmensa tempestad. Hay muchos de estos génios que se han consolado desarrollando la virtualidad infinita de su alma en sus obras. Miguel Angel se encierra largos años y llena la bóveda de la Capilla Sixtina de profetas, de sibilas, de titanes sublimes. Cada una de aquellas figuras le ha costado extremecimientos horribles de dolor. Todas las ha parido su alma destrozándose. Sus actitudes dicen que no caben dentro de los estrechos límites concedidos á las obras humanas. Yo estoy segurísimo de que el gran dolor del artista se consolaría, se
aliviaría, en medio del coro de sus hijos inmortales, de sus obras eternas. Pero Byron buscaba su consuelo en la vida real, en el mundo, en la copa misma de donde fluía su dolor. Así, ninguna de las mujeres que encontró correspondió al ideal de su mente.
Sólo se acercó un poco la condesa de Guiccoli. Ningu-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|82|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>no de sus amigos le amó con aquel sentimiento de exaltacion que Byron llevaba hasta el heroismo. Ninguna de sus orgías satisfizo la fiebre de placeres ideados allá en el caos de su mente. Ninguno de sus viajes llenó la curiosidad de su alma, nacida para viajar por lo infinito. Entre las olas del mar y las estrellas del cielo; al través de las costas españolas, bruñidas por los rayos de nuestro espléndido sol; y la sombra de la Giralda y de los laureles del Alcázar de Sevilla; en la falda del Pindo y en la falda del Vesubio; entre los coros de las islas del Adriático y los coros de las islas del archipiélago; á orillas del Bósforo y sobre las ruinas de Roma; en las noches silenciosas de Aténas, cuando la luna bañaba con sus melancólicos resplandores la columna de mármol, á cuyos piés se extiende la yedra y sobre cuyo destrozado chapitel se cimbreaban las palmas, al soplo de las brisas del Egeo; en todos estos grandes teatros del arte y de la historia, en todo el mundo, encontró siempre el hastío que llevaba dentro de su alma. El mar cae como una gota de hiel y la tierra como un átomo de polvo en el abismo insondable del deseo. Hé aquí por qué la vida humana, esa vida llena de aspiraciones á lo infinito, no es como el círculo que el niño produce en sereno estanque arrojando una piedra, sino como esa faja infinita de mundos que Dios produjo en el inmenso espacio arrojando una palabra. La vida humana es infinita. Desde el momento en que nos convencemos de esta verdad, modelamos los hechos que están al corto alcance de nuestra mano con arreglo al pensamiento de la mente; y dejamos aquellas ideas imposibles de realizar, que se esparzan como llamaradas misteriosas en<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|83}}</noinclude>la infinidad y en la eternidad de la vida futura, que se extiende hasta el seno de Dios.
Pero veamos á Byron luchar con la vida. presente. El 14 de Julio de 1811 entraba en Lóndres, vigorizado por su viaje. A los pocos dias encontró en Murray un editor que ha unido su nombre al nombre del poeta. En estos momentos le sonreia todo en la vida. Mas, como si hubiera un génio del mal empeñado en contrariarle, casi todas las personas amadas de su corazon murieron en esta época. Misterios singulares, bien singulares tiene la vida. Toda cuna se levanta sobre un monton de sepulcros. Vuestra existencia se eleva sobre una série infinita de esqueletos perdidos en las profundidades de la tierra, como las raices de un árbol. Contar vuestra genealogía es contar un monton de huesos. Y, sin embargo, hay cierta época de la vida en que la inocencia es la atmósfera del alma y el mundo un paraíso. Teneis tanto tiempo delante de vosotros, que se confunde casi el horizonte sensible de la existencia individual con el infinito de la eternidad. No solamente olvidais vuestra propia muerte, sino la muerte de todas las personas que os rodean; aunque el mónstruo vive hiriendo, devorando y rumiando, eternamente suspendido sobre nuestras cabezas, como la araña sobre las moscas. Creeis que es imposible morir. Pero un dia, en la primavera de la vida, en la flor de la adolescencia, empezais por ver morir una de las personas más queridas, la joven que habeis amado, la madre de cuyo santo seno habeis recibido el calor de la vida, el amigo con quien habeis compartido vuestras alegrías. Ese contrasentido de la muerte os hiere en mitad de la frente y en mitad del co-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|84|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>razon. Lo que más admira en presencia de un cadáver es la facilidad con que mueren los séres. Lo que más extraña es la continuacion de vuestra vida, despues de la desaparicion de aquellas vidas sin las cuales creíais imposible respirar. Pero si no morís de pronto en esas horas supremas de las separaciones eternas, comenzais á morir. Con el primer ataud querido entregais á las mordeduras de la muerte un pedazo del corazon. Despues, poco á poco, veis caer séres que os son caros sobre la tierra humedecida por vuestras lágrimas, como las hojas secas sobre el barro del otoño. Y no solamente enterrais vuestras afecciones, vuestros amigos, vuestra madre, vuestra amada, sino que enterrais vuestras ilusiones, vuestras esperanzas. Y cuando llegais á la muerte, llegais como un árbol deshojado y seco, sobre el cual pone algunas veces el amor un nido como una promesa de la continuacion de la vida para otras generaciones.
El primer golpe que Byron recibió fué la muerte de su madre. Poco cuidadosa de la educacion de su hijo, demasiado violenta, al fin era madre. Hacía tiempo que la orgullosa señora presentía con resignacion su muerte, pero con dolor que iba á morir sin ver á su hijo. Desgraciados de aquellos que no han recibido la última mirada de una madre en el momento de la muerte. Ese pálido y triste rayo del sol en el ocaso, está lleno de consejos de virtud y de promesas de inmortalidad. Si en el momento de cometer una mala accion ó de abrigar una mala idea, os acordais de que teneis en el alma esa mirada bendita, que os pide una imitacion de sus virtudes y de su amor para encontraros en otra existencia más serena; si os acordais de que llevais<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|85}}</noinclude>ese tesoro en el alma, ¡oh! no querreis, nó, mancharlo ni con una sombra. Para apreciar el valor de la virtud, es necesario ver morir, en su divina serenidad, una madre virtuosa. Para creer en la inmortalidad, es necesario estudiar la muerte. La que reservó la naturaleza á la madre de Byron fué violenta, como habia sido su carácter. Estaba ya enferma cuando un mueblista le presentó una crecida cuenta por arreglos hechos en su menaje. Tomó una gran pesadumbre y le sobrevino una apoplegía que la mató como un rayo. No se vieron hijo y madre en esta hora suprema. Cuando llegó Byron, se asentó inmóvil á la cabecera del ataud. Un sollozo amarguísimo salió de su corazon, reprimido pronto por su indomable voluntad. El jóven poeta siguió las costumbres de los pueblos meridionales, que no tienen valor para acompañar los séres amados hasta el pié de la fosa, como hacen los franceses y los ingleses. Cuando el cadáver hubo salido de la casa, invitó á uno de sus criados á sostener con él esas apuestas y esas partidas de puñetazos frecuentes en Inglaterra. Buscaba en estos ejercicios del cuerpo una distraccion á las tristes ideas de su alma; pero pronto, rendido á la fatiga moral, é incapaz de sostener su fingida serenidad, se encerró en su cuarto y se entregó al torrente de sus lágrimas.
Los eslabones de la cadena de la vida se rompen con una admirable facilidad. Los tres amigos más queridos de su infancia murieron por aquellos dias. El que más lloró Byron fué Edleton, corista de Cambridge, niño de figura celestial y voz dulcísima, que ya anunciaba desde los primeros años no ser en el mundo sino una fugaz aparicion, como las ilusiones,<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Sucdemagrana" />{{cp|96|{{asc|primera parte}}|}}</noinclude>un ''plexus'' inextricable; á mayor abundamiento la ganga intercalar puede ofrecer gran consistencia y tenacidad, y no consentir sin grandes desgarros y deformaciones la separación de las células; los epitelios, las glándulas, los músculos de fibra lisa, los centros nerviosos hállanse en este caso; de aquí la necesidad de emplear medios químicos que disuelvan ó reblandezcan la materia citada, y endurezcan ó respeten los corpúsculos en ella sumergidos. El alcohol al tercio, el ácido nítrico diluído, la potasa, el bicromato de potasa nos auxiliarán poderosamente en el aislamiento de las células. Los tejidos frescos se macerarán por 24 horas ó más en estos líquidos (exceptuando la potasa que obra más rápidamente), se agitará fuertemente el frasco que los contenga, y se tomará por fin, para hacer la preparación, un poco del precipitado que se deposita en el fondo de la vasija.
Sin embargo, ocasiones hay en que se tropieza con grandes dificultades, y todos los recursos técnicos se estrellan ó sirven muy para poco. La disolución de una célula nerviosa multipolar, de un corpúsculo de Pacini ó de Krause, de una placa terminal de Rouget, etc., constituyen no pocas veces una obra de verdadera paciencia, en cuyo éxito entra por mucho el azar.
3.—'''Aislamiento por inyecciones intersticiales'''. En los tejidos laxos fácilmente alterables, donde los elementos están separados por espacios plasmáticos, la disociación se obtiene inyectando en las citadas mallas un líquido fijador, ácido ósmico, nitrato de playa, ó un agente colorante (picrocarminato).
Si tomamos por medio de unas tijeras curvas un pedazo de la bola de edema constituída por la materia de inyección, y la observamos al microscopio, todos los elementos normales del tejido se verán claramente y con su posición habitual, gracias á su separación y coloración por la sustancia inyectada. Este procedimiento ha sido puesto en boga por Ranvier, quien lo ha aplicado con felicísimos resultados al estudio del tejido conectivo y del nervioso.
4.—'''Aislamiento por disolución y compresión'''. Por último, si desea estudiarse un líquido que posea elementos anatómicos en suspensión, (sangre, pus, saliva{{Corr||,}} etc.), bastará colocar una pequeña gota entre la lámina porta y el cubre-objetos, comprimiendo suavemente con este hasta que el líquido forma una capa delgada y<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|86|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>como las flores, como las mariposas. Fué tanta la angustia del poeta, que redactó un testamento como si no creyese imposible sobrevivir á los rudos golpes de la adversidad. Escrito de su mano, tenía el testamento un laconismo trágico. Repartía todos sus bienes entre los legatarios legítimos. Imponíales como una obligacion imperiosa un entierro modesto, oscuro, para su cadáver, en el jardin de Newsteard; pero sin molestar ni incomodar á su perro allí enterrado. Sus nervios se rompían como las cuerdas de una lira demasiado tirantes. Pasaba sus dias en una languidez cercana á la muerte, y sus noches en una soñolencia cercana á la locura. No tenía refugio en su hogar desierto, en el corazon de sus amigos, ya todos muertos, en el seno de su pensamiento, más triste que todos los sepulcros. La mujer que había amado en brazos de otro. El hijo de esa mujer idolatrada, que debiera ser su hijo, atormentándolo con sus besos, con sus caricias, que le recordaban la fortuna de su rival. Todo el aire en torno suyo oscuro, toda la tierra bajo sus piés desierta, todo el pensamiento una tempestad, todo el corazon una llaga. Entonces, desesperado, preguntando, como Job, el origen de tantos males apénas comprensibles, juró entregarse al mundo con furor y en el mundo al crímen. Y entró en la vida social nuevamente con maldicion en los lábios, pero con la bondad en el alma.
Los años de 1812, 1813 y 1814 fueron los tres años de la gloria de Byron. Indudablemente es el período más dramático, pero tambien más desconocido de su vida. Las memorias, que el poeta había escrito en estilo superior al de sus versos, si hemos de juzgar por algunos fragmentos, esas<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|87}}</noinclude>memorias, que debian ser uno de los más seguros testimonios históricos de la época, han desaparecido por la gazmoñería de la aristocracia inglesa, pintada allí, como suelen los grandes pintores, al desnudo. Un dia Byron estuvo á punto de tener un duelo con Moore, poeta irlandés. El duelo concluyó en un banquete. De este banquete salieron Byron y Moore amigos. Esta amistad fué ya inmortal en el corazon del poeta, y le obligó á entregar sus memorias á Moore. Pero Moore, este irlandés astuto, de helado corazon, deseoso de frecuentar la alta sociedad, incapaz de decir una verdad, posesor de secretos inmortales en que representaban varios cómicos ó trágicos papeles diversas grandes señoras de alto nombre, rompió aquél espejo donde se veían la faz del poeta y la faz de su tiempo. Así es que no tenemos la clave de muchos sucesos, la fuente de muchas ideas, la narracion de muchas aventuras; no conocemos bien los tres años genesíacos de la vida de Byron. En 1812 se instala en Saint James-Street, número 8, en el corazon de Lóndres. Estaba en el esplendor de su gloria, en la irradiacion más luminosa de su varonil hermosura, en aquella época de lucidez mental en que sus lábios despedían oráculos, sus miradas imperioso magnetismo. Aquél hombre tenía trasparencia en la frente. Velase en sus ojos chispeantes y de color indefinible, una luz inmortal. Todo cuanto se ha modelado para expresar el génio, ántes ó despues de él, se le parece, desde el Apolo de Belvedere, hasta el busto de Napoleon por Canova. Aun recuerdo el dia que ví este busto en una de las mesas del maravilloso palacio Pitti, en Florencia. El busto no es un retrato, sino una apoteosis. El escultor ha<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|88|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>visto el Napoleon de Manzzoni con el génio, la gloria, el heroismo, la inmortalidad, la inspiracion sobre su frente, el mundo á sus piés, dos siglos batallando á su lado, y cubriéndose las sienes con sus relámpagos. Los escultores de los grandes tiempos del Imperio Romano esculpían así los Césares, cuando deseaban levantarlos á los altares de la inmortalidad. Es aquella la cabeza de un Dios. Pues bien: no lo querreis creer; creí al primer pronto por el parecido que era la cabeza de Byron. Acaso no sea posible pintar ó modelar el génio, sin pintar ó modelar algunos de los rasgos de esa fisonomía verdaderamente apolina, donde la inspiracion ha dejado sus inmortales resplandores.
Esta sávia de juventud y de génio brotaba en escritos y en discursos. Byron entró nuevamente en la Cámara de los Lores y pronunció tres oraciones. En las tres mantuvo la cáusa justa por excelencia, la causa de los oprimidos. Jamás la palabra humana, ese don de los dones, podrá tener empleo tan glorioso como el de consagrarse á la defensa de la justicia. Así, muestra que no hay en la naturaleza música comparable á la música de la palabra, cada una de cuyas notas es una idea, ó cada una de cuyas ideas la semilla de un mundo. Mancharla con el sofisma, es un error; pero mancharla con la adulacion, es un crímen. La elocuencia es la trompeta de un ángel que llama al Juicio de Dios á los tiranos, y abre los cielos infinitos de una nueva vida. Byron tenia todas las facultades del orador, todas: sensibilidad, imaginacion, idea, voz flexible, respondiendo á los varios tonos del pensamiento, palabra abundosa, claras nociones de justicia. Solamente le faltaba fijeża de vocacion. Su gé-<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP||LA PROPAGANDA LITERARIA.|89}}</noinclude>nio inquieto le llevaba á otras cimas del arte donde su sobresaliente individualidad pudiera desarrollarse en todas direcciones sin ningun obstáculo. Byron necesitaba volar. Su alma se creía demasiado cerca de la tierra en la tribuna. Y allá, en la poesía, desarrollábase en toda su plenitud. Pero los tres discursos que de él nos quedan, sin ser extraordinarios, nos obligan á lamentar que sus grandes desgracias le arrojáran de Londres, y, por consiguiente, de la tribuna británica, ántes de haber dado mayor desarrollo á sus facultades. El primer discurso tenia por objeto impedir la promulgacion de una ley cruel contra los trabajadores que, acosados por el hambre, destrozaban las nuevas máquinas con las cuales se obtenian ahorros de brazos. El segundo tenia por objeto sostener la emancipacion de los católicos, perseguidos por la intolerancia protestante. El tercero, presentar una queja al Parlamento del mayor Cartwright, jefe de la liga para la reforma parlamentaria, molestado por la policía en su radical propaganda de estos principios: parlamento anual, voto para todos los ciudadanos. De suerte que en todas las cuestiones que áun agitan á Inglaterra, en el problema del trabajo, en la emancipacion de los católicos, á cuyo término vamos á llegar, gracias al empeño de Gladstone, y en la reforma electoral, Byron ha dejado huellas de su génio, defendiendo siempre la causa de la libertad.
El mundo lo arrastraba en sus torbellinos y en sus pasiones. Gustábanle á la sociedad extraordinariamente las poesías de Byron, pero asediándolo de contínuo con sus seducciones, apénas le dejaban tiempo al poeta para escribir otras nuevas. Aseméjase la sociedad á esas gentes que para<noinclude></noinclude>
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<noinclude><pagequality level="3" user="Repub73" />{{CP|90|VIDA DE LORD BYRON.|}}</noinclude>mirar ú oler una rosa, comienzan por arrancarla de su tallo. Ignora que toda grande vocacion necesita un culto contínuo y casi exclusivo. El éxito de ''Childe-Harold'' fué extraordinario. Inglaterra sentía su tristeza en aquella sublime tristeza; su génio aventurero en aquella odisea del occidente al oriente de Europa; su orgullo nacional en aquellos cantos consagrados á la guerra contra Napoleon; y el pensamiento de su siglo en aquella alma gigante, que tenía, á pesar de sus dudas, un recuerdo para todos los sacrificios y una simpatía para todas las heroicidades de la historia. Hubo en torno suyo una tempestad de entusiasmo. Los ingleses, á fuerza de brazos, sofocaban á su ídolo. Byron no podia respirar en aquella copiosa lluvia de flores. No hubo sociedad, no hubo salon que no quisiera su presencia; no hubo ni hombre ni mujer célebre que no buscára su amistad. Los mismos á quienes habia más despiadadamente flagelado en sus sátiras, le perdonaban todo y hasta enorgullecíanse de aquellas heridas causadas por la lanza del jóven dios de la poesía. El año de 1813 fué un año triunfal. En él vió levantarse como un sueño el templo de su gloria, y vió á la primera de las naciones á su piés, ofreciéndole enagenada la corona de su génio.
Y, sin embargo, sentía el hastío. La gloria era para él amarga, el entusiasmo vano, las pasiones encontradas en estos senderos de laureles, venenosas. Su alma devoraba ese disgusto de la realidad, contra el cual sólo tenía él poeta un refugio: lo ideal. Y práctico por excelencia, realista, hería la tierra con el pié, buscando el manantial de sus goces. Y el goce eterno para las almas grandes, la bienaven-<noinclude></noinclude>
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